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El exterminio
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| Alexis Po | |||||||||||||
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Había sido una larga noche fría, |
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Alexis Po
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Po, Alexis. 1991. El exterminio. Ciencias núm. 23, julio-septiembre, p. 71. [En línea]
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| cuento |
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La inercia,
los peatones
y la muerte
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| Alexis Po | ||||||||||||||
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Cualquier transeúnte que se cruzaba con ella,
invariablemente volvía la mirada para verla.
Su aspecto era cadavérico, de piel rígida y grisácea; la mirada fija, perdida, semejaba la imagen de una esfinge olvidada en las dunas del tiempo, de la arena y del sol resplandeciente, esfinge que posa para el cielo tan igual y tan diferente, día a día.
El cuerpo rígido —tambaleante, de robot— seguía de frente: las piernas tiesas, cual soldado acatando lo orden, sin pensar, sin sentir, sin discernir ni cuestionar.
Los brazos colgaban como el péndulo de un reloj que midiera el tiempo segundo tras segundo, sólido y acompasado, rítmico y constante… mientras existan el universo y la materia.
Músculos faciales tensos, ni gesto ni sonrisa, no miosina, no sinopsis no acetilcolina, no cambio de polaridad membrana-membrana.
Aquel ser sin parpadea, tenso, rígido y en movimiento, se convertía en espectáculo como la aurora, como el crepúsculo, como el bosque y la montaña, como el paisaje marino, como el rock, las luces y la muchedumbre.
El caucho de un auto obligado a detenerse bruscamente pintó el asfalto: sí, había frenado por la impertinencia de aquella autómata ¿qué digo?, no, rectifico: de esa zombi.
Aquella belleza de otro momento continuó hasta que fue detectada por el servicio recolector de entes en inercia: la mujer había fallecido de un paro cardiaco; continuaba caminando porque así había muerto… la naturaleza —en obediencia a la primera Ley de Newton— la mantuvo así hasta que el aparato psicomotor del sistema nervioso central fue desconectado por los físico-médicos del servicio de limpia.
La inercia, superada por la mayor fuerza aplicada, había cesado y el cadáver deambulante cesó su marcha.
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Alexis Po
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cómo citar este artículo →
Po, Alexis. 1991. La inercia, los peatones y la muerte. Ciencias núm. 23, julio-septiembre, pp. 70-71. [En línea]
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| bibliofilia |
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México diverso:
un libro como espejo
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Autores:
Antonio Cantú D. B.,
Fulvio Eccardi A.,
Enrique Lira F.,
Jesús Ramírez R.,
Manuel Serrato T.,
Alfredo Zavala G.,
Edit. México Diverso.
ISSSTE, México, 1991.
Los pueblos como los individuos siempre buscan
el espejo con denuedo, a veces con desesperación, en esos duros tiempos cuando el futuro se torna incierto o impredecible y cuando el alma tiene que afrontar las aguas peligrosas de la vicisitud. Frente a la perturbante profundidad del espejo; sociedades y seres, buscan con esperanza rastros, rostros, designios, identidades y perfiles con los cuales descifrar el presente, única manera de enfrentar el porvenir. Especular, enfrentar el espejo, es el acto inicial de todo proyecto exploratorio.
México Diverso es un libro que quiere ser espejo. En efecto la obra cuyo feliz nacimiento hoy presenciamos es, ante todo, un nuevo esfuerzo de autoanálisis social, visión y revisión del panorama contemporáneo. En tal sentido podría ser reiterativo, sin embargo es particularmente novedoso en tanto que gira alrededor de un nuevo y poderoso paradigma civilizador: la diversidad, esgrimida ésta en una época en que los grandes procesos sociales, económicos y políticos del planeta parecen arrojarnos, más y más, hacia un modelo basado en la homogeneidad, la uniformidad y la monotonía. También, a diferencia de otros esfuerzos del pasado, esta obra no se limita a documentar una sola de las dimensiones del rostro multifacético de México. La obra revisa la multiplicidad de la nación, ubicándose en un punto nodal que abarca cinco ejes: el geográfico, el ecológico, el biológico, el genético y, por supuesto, el cultural.
Fruto de un muy encomiable esfuerzo institucional, del trabajo laborioso de un entusiasta grupo de jóvenes investigadores, fotógrafos y redactores, y de la visión de largo alcance de quienes lo promovieron, el libro espejo no puede ser mas oportuno: viene a aparecer justo en la época en que el país se apresta a tornar decisiones capitales, altamente riesgosas y definitorias.
México es diverso porque su caprichosa geografía lo ha dotado de situaciones inimaginables. Bajoplanicies y altoplanicies, montañas cuya variedad mineralógica revela una multitud de orígenes; pantanos y lagos, más de 60 lagunas costeras, volcanes por doquier, anchos ríos o gigantes terraplenes de sal, plataformas marinas y multicolores arrecifes; murmullos que surgen del silencio de los fósiles.
De lo anterior ha resultado tal variedad de ambientes, que se dice que en el mundo sólo tiene parangón en dos países: Perú y la India. Y en esta diversidad ecológica desfilan por igual desiertos y semidesiertos, selvas altas, medianas y bajas, extensos pastizales templados y tropicales, bosques de coníferas, de encinas, de abetos, bosques mixtos, manglares, vegetación de dunas, paramos de altura, palmares. A tal heterogeneidad la enmarcan dos ejes: uno que va del cero a los cinco metros de lluvia anual, y otro que recorre desde cero hasta cinco mil metros de altitud. Entre ambos, uno puede encontrar casi cualquier combinación en los paisajes de México, y a todo ello aún es posible agregarle anomalías de origen histórico.
La tercera diversidad, la biológica, es entonces explicable en razón de las dos anteriores y de los cambios históricos que tuvieron lugar en el tiempo geológico. El resultado es una sorprendente variedad de especies. México es, biológicamente hablando, el tercer país más rico del mundo porque contiene alrededor del 12% de todos los organismos que deben existir en el planeta. Cuando en las próximas décadas logren terminarse los inventarios, los mexicanos sabremos si compartimos el territorio nacional con otras 500,000 especies de organismos vivos (estimación conservadora) o con más de 4,000.000 (si aceptamos las predicciones de quienes piensan que la diversidad biológica del mundo ha sido subestimada).
En la cuarta dimensión, la de los genes, México ha sido reconocido como uno de los siete principales centros de germoplasma vegetal en el mundo. Sólo habría que señalar que los antiguos mexicanos habían domesticado más de 100 especies de plantas con fines alimenticios, medicinales, textiles, de construcción, o mítico-religiosos.
Otra cosa es la diversidad de culturas. Como espacio, como recurso y como espejo, la naturaleza mexicana procreó una inusitada variedad de culturas en el territorio nacional que, según los especialistas, alcanzaba 120 diferentes lenguas en el momento en que entraron en contacto con el mundo europeo, varias de ellas pertenecían a los pináculos de su civilización. Del colapso demográfico que resultó de la conquista española y que según algunos autores pudo alcanzar el 90% de la población original, resistieron y reemergieron los más de 50 grupos étnicos que hay sobreviven y cuyas poblaciones se encuentran desde hace varias décadas en pleno ascenso. Una hazaña colosal de supervivencia de casi quinientos años, que viene a darnos el enorme poderío del entramado cultural, y nos revela una naturaleza convertida en refugio, en sabia matriz de una amplia gama de percepciones, ensoñaciones, mitos y apreciaciones sobre ella misma y sobre quienes la interpretan.
México es diverso y no puede dejar de serlo, porque ello significaría atentar contra su soberanía, que es lo mismo que decir contra su existencia. Y es que de esta diversidad de percepciones y sueños, sabores y aromas, de este mundo policromo, de esta variedad de pájaros, de esta multiplicidad de paisajes, de esta inmensidad de montañas, es de donde se alimenta esa peculiar característica del ser que llamamos idiosincrasia. Alfonso Reyes, lo mismo que Octavio Paz, han hecho referencia a ello en repetidas ocasiones desde sus exilios voluntarios, o desde sus reflexiones más íntimas.
Y para no traicionar el ideario que nos ilumina, diremos que en el país no hay una sino muchas, yo diría muchísimas idiosincrasias, casi tantas como cantidad de combinaciones que resultan del encuentro de la historia particular de los individuos, con la historia secular de las regiones, los pueblos, las comunidades. Y es de nuevo en la múltiple variedad de configuraciones que forman el nudo natura y cultura, de donde esta nación debe hacer surgir los elementos claves para visualizar el futuro.
Reconocer en el espejo una noción diversa (geográfica, ecológica, cultural, biológica y genética), es descubrir un atributo de un enorme, yo diría supremo, valor en estos duros tiempos de uniformación planetaria. El mundo se aproxima a su completa integración, mediante la globalización de los procesos económicos y el desarrollo inaudito de la tecnología, las comunicaciones y el transporte. Pero este mega-proceso, deseable en tanto que realiza la consolidación de la especie como sociedad, se lleva a cabo, paradójicamente, bajo los esquemas de un modelo de civilización esencialmente homogeneizante, es decir incompatible de entrada, con todo rasgo de diversidad. Tal es el mecanismo que imponen los pulsos de concentración, centralización y acumulación de poder en la escala planetaria.
Defender lo que de múltiple tiene este país, debe ser una consigna de todo mexicano enamorado de la sangre que corre por su tierra, de su presente y de su historia, de su apariencia y de su profundidad. En su diversidad, nuestro país encuentra, y opone, un rasgo esencial a los patrones uniformantes sobre los que se han erigido las pesadas, casi escleróticas, sociedades industriales; así como un manantial del cual derivar nuevas configuraciones productivas, tecnológicas, sociales, culturales y de articulación con la naturaleza.
Por todo lo anterior, deseo fervientemente que nuestros hijos y los hijos de nuestros hijos logren que esta obra que hoy presentamos siga teniendo vigencia en los futuros tiempos que nuestros ojos, por desgracia, ya no verán.
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Nota
Texto leído en la presentación del libro México Diverso,
abril 2 de 1991 en el Museo Franz Mayer.
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Víctor Toledo
Centro de Ecología,
Universidad Nacional Autónoma de México.
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Toledo, Víctor Manuel. 1991. México diverso: un libro como espejo. Ciencias núm. 23, julio-septiembre, pp. 62-63. [En línea]
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| nota |
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El problema de la conservación
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| Federico Campbell Peña | ||||||||||||||
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Preocupados por la conservación de la tortuga marina
en México, dos activistas ecológicos visitaron recientemente las playas del estado de Oaxaca, cercanas a Puerto Escondido, con el fin de poner en marcha un proyecto de desarrollo alternativo que le de empleos a los pescadores para que así no tengan necesidad de sacrificar los huevos del quelóneo ni utilizar su piel.
Miembros del Earth Island Institute, de San Francisco, California, José Karsten y Billy Idol, señalaron que su organismo desarrolló un plan similar en la costa atlántica de Nicaragua hace unos años, pero no fructificó debido a que los pobladores de la región, presionados por la guerra contrarrevolucionaria y la situación política posterior a la victoria de Violeta Chamorro, no continuaron el programa de salvación de la tortuga. Pertenecientes al mismo instituto ecológico que promovió el embargo atunero contra México hace unos meses, mediante quejas interpuestas en la Corte de San Francisco y mítines frente a nuestro consulado en dicha ciudad, Karsten explicó que ellos se distanciaron de los activistas que, para salvar la cacería de delfines, boicotean la comercialización del atún producido en México. Sin embargo, no descartan la posibilidad de tomar medidas que presionen al gobierno mexicano a poner en práctica la veda de la tortuga, como en meses pasados se prometió, y en especial sabotear a los barcos japoneses que de aguas del Pacífico mexicano recogen a los preciados animales. Los entrevistados recordaron la represión que sufrieron algunos militantes del grupo ecologista radical Earth First, cuando dos de sus integrantes sufrieron heridas graves al estallar una bomba en el coche de uno de ellos hace unos meses en Los Ángeles. El FBI acusa a estos activistas de ser “ecoterroristas”. Tanto Karsten como Idol, mostraron interés en la posible construcción de una hidroeléctrica en San Juan Tatelcingo, Guerrero, a la que se opone el Consejo Supremo Nahua y habitantes del lugar por considerar que su patrimonio sería irreversiblemente dañado. Es posible que el Earth Island Institute se ocupe de este caso, ya que es uno de los organismos ecológicos extranjeros que están más interesados en el ecosistema mexicano, lo cual inevitablemente tiene implicaciones políticas. Los ecologistas se oponen a la firma de un Tratado de Libre Comercio entre Estados Unidos, Canadá y México, por considerar que saldríamos poco beneficiados en el aspecto ecológico, toda vez que la comercialización del atún, tortuga y demás especies en peligro, sufriría menos bloqueos y nuestros recursos naturales (renovables y no renovables), serían mas fácilmente explotados por manos ajenas. |
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Federico Campbell Peña
Escritor
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Campbell Peña, Federico. 1991. El problema de la conservación. Ciencias núm. 23, julio-septiembre, p. 41. [En línea]
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| del herbario |
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Ficus, una historia diferente |
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| Patricia Magaña Rueda | ||||||||||||||
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El higo es un apreciado “fruto” miembro de un grupo
de plantas que encierran una historia que pocos conocen.
La formación del higo es peculiar, ya que desde sus inicios asemeja un fruto, llamado sicono, el cual presenta una abertura en su parte superior. En el interior de esta estructura se desarrollan flores unisexuales (masculinas o femeninas) que una vez polinizadas, producirán posteriormente “los frutos” (en realidad semillas), que la mayoría de las personas han saboreado frescos, en almíbar o como parte de las tan conocidas roscas de reyes.
Al igual que los árboles “estranguladores” de las selvas o algunas de las plantas que podemos adquirir en el mercado de Xochimilco, el higo pertenece al género Ficus, el cual forma parte de la familia Moraceae. Los miembros de este grupo de plantas producen un exudado (o líquido) lechoso cuando se corta una de sus ramas o corteza y pueden crecer en el suelo, sobre rocas o adoptando el hábito “epífito”, es decir, creciendo sobre otra planta, a la cual terminan rodeando con sus raíces y estrangulando.
La morfología del sicono es muy característica y Ficus es la única morácea que posee una inflorescencia totalmente cerrada, con forma de urna, que requiere para su polinización de un insecto ya que sus flores nunca tienen contacto con el exterior.
Las avispas que llevan el polen a las flores femeninas pertenecen a la familia Agaonidae. Estos pequeños insectos depositan sus huevecillos en un tipo de flores femeninas, las de estilo corto, desarrollándose sus descendientes a partir de los tejidos de éstas, de manera que serán incapaces de producir semillas; mientras que las flores de estilo largo no son usadas y permiten la propagación de la especie.
Durante su ciclo de vida, las avispas desarrollan diferentes actividades y hembras y machos presentan un dimorfismo sexual muy marcado, siendo lo más distintivo el que los machos no tienen alas, ni antenas, son más pequeños, ciegos, polígamos y nunca abandonan el sicono, mientras que las hembras poseen alas, antenas, son más grandes, con visión, monógamas y además abandonan siempre el sicono.
El desarrollo del sicono se da, en forma resumida, de la siguiente manera:
1. Aparecen las yemas del sicono hasta la maduración de las flores femeninas.
2. Las flores femeninas pueden ser polinizadas. Las escamas que cubren el ostiolo (apertura del sicono) están flácidas y facilitan la entrada de 1-9 avispas hembras, las que llevan a cabo la polinización de las flores que producirán semillas, mientras que depositan sus huevos en las flores que servirán de alimento a la nueva generación de avispas.
3. Ocurre la maduración de flores masculinas, frutos y avispas.
4. Las avispas macho emergen primero y fertilizan a las hembras, las cuales salen de las flores donde se desarrollaron, alcanzando las anteras maduras y llevando fuera del sicono, el polen que depositaron en otro sicono en fase femenina.
5. La última parte del desarrollo del sicono consiste en un proceso de fermentación alcohólica, por lo que se torna carnoso, flácido y muy atractivo para el consumo de distintos vertebrados.
La interacción entre este tipo de avispas y el Ficus, es una de las que se presentan con menor frecuencia entre plantas e insectos, y se piensa que se trata de un caso de coevolución estricta; es decir, cada especie de Ficus ha evolucionado en paralelo con una especie de avispa.
A diferencia del sistema único de polinización en el Ficus, la dispersión de sus frutos la llevan a cabo muy diversos grupos de vertebrados, ya sean peces, aves o mamíferos, sobresaliendo los murciélagos y los primates.
Ficus carica, nombre científico del higo que todos hemos comido, es nativo de la región mediterránea y ha sido cultivado en Tierra Santa por más de 5000 años, donde se le encuentra abundantemente fuera de los cultivos o creciendo de manera silvestre en esa zona. Con mucha frecuencia se le menciona en la Biblia y en varios escritos que datan de alrededor de 2700 años antes de Cristo.
Los nombres comunes más frecuentes en México para las especies de Ficus son: amate, amate blanco, camichin, copoy, ficus, higuera, higuera prieta, higuerón, hule, macahuite, matapalo, soiba, siranda, xalama, xalamatl y zalote. Un buen número de ellas se usa como plantas ornamentales o de sombra; otras poseen siconos comestibles y de algunas más se usa el exudado como remedio curativo, si bien el uso actual más conocido es la utilización de su corteza para la obtención del “papel amate”.
En la época precolonial la corteza de diferentes amates tuvo gran importancia porque se utilizaba como tributo o como elemento básico en la fabricación de papel; para ello se maceraba con agua y se mezclaba con una sustancia obtenida del pseudobulbo del tzautli (orquídea); así se obtenían láminas que se secaban al sol y que posteriormente se usaban para elaborar códices, libros, pinturas, adornos y vestimentas ceremoniales.
En general, muchos de los aspectos básicos de la biología del Ficus todavía no se han investigado a fondo, seguramente porque en parte, hay serias dificultades en la determinación de sus especies. Recientemente se han realizado algunos trabajos taxonómicos (Ibarra, 1989) que han comenzado a desarrollar descripciones y claves de determinación para las especies mexicanas, lo que permitirá un mejor acercamiento de otro tipo de estudios del género. Es sin duda dentro del campo de la ecología tropical donde más se ha indagado el papel desempeñado por las especies de Ficus en las zonas tropicales del mundo.
A partir de las numerosas relaciones que el Ficus sostiene con su entorno biótico, se le ha considerado como uno de los recursos fundamentales (keystone resources) de las zonas cálido-húmedas del mundo, de tal forma que si llegara a producirse su desaparición dentro de las comunidades que ocupa, pondría en grave peligro la estabilidad biótica de la zona.
Valorar a Ficus como componente importante de nuestros recursos vegetales representa un reto que, como en muchos otros casos, requiere de la atención no solo de investigadores, sino también de autoridades y público en general que deberían preocuparse por su conservación en México.
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Referencias Bibliográficas
La mayor parte de los datos de este texto fueron tomados del trabajo: “Taxonomía del género Ficus, subgénero Pharmacosycea (Moraceae) en Veracruz, México. Guillermo Ibarra Manríquez. 1990. Colegio de Postgraduados, Chapingo, México. Tesis Maestría 96p.” gracias a la colaboración de Guillermo Ibarra Manríquez.
Schery, R.W., Plants for man, Prentice-Hall lnc., Second Edition, 1972, p. 569-572. |
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Patricia Magaña Rueda
Facultad de Ciencias,
Universidad Nacional Autónoma de México.
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cómo citar este artículo →
Magaña Rueda, Patricia. 1991. Ficus, una historia diferente. Ciencias núm. 23, julio-septiembre, pp. 20-21. [En línea]
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| nota |
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Los dinosaurios
más grandes y
los más pequeños
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| Héctor Gómez de Silva Garza |
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En una nota anterior en Ciencias, se escribió acerca de
los dinosaurios más grandes de los que se tiene noticia. Sin embargo, hubo algunas imprecisiones, por lo que es necesario aclarar ciertos datos, particularmente en relación con los tamaños de los animales más grandes.
Los cálculos mas recientes (y aparentemente los más correctos) para la longitud de “Supersaurus” son alrededor de 37 metros y de “Seismosaurus” son entre 36 y 42 metros. Ambos sobrepasan a la ballena azul, cuyo ejemplar más grande tiene 33 metros de largo. El peso fuera del agua de esta ballena azul sería 130,000 kilogramos, que es el peso calculado para “Ultrasaurus” por un investigador. Otros investigadores postulan un peso de más de 50 toneladas métricas.
Probablemente la verdad esté en un valor intermedio. Además de ser el dinosaurio más pesado, “Ultrasaurus” es el animal más alto de todos los tiempos, probablemente alcanza los 16 metros de altura; esto equivale a un edificio de 6 pisos. En 1983, tal vez por maldad, se le dio el nombre oficial de Ultrasaurus a un dinosaurio que se descubrió en Corea del Sur y que era de mucho menor tamaño que el que se había llamado informalmente “Supersaurus” desde 1972. Así, este nombre queda prohibido, según las Reglas de Nomenclatura Zoológica, para denominar a un dinosaurio más pesado y más alto. Se conoce también, de la misma zona y de la misma época, una vértebra aislada que tiene más de un metro de alto y que perteneció a un dinosaurio similar, al que se ha llamado Dystylosaurus. Epanterias, no “Espanterias”, era el enorme dinosaurio carnívoro que cohabitaba con Dystylosourus, “Supersaurus” y “Ultrasaurus”.
Se conoce parte de la mandíbula superior de un Tyrannosaurus rex, que es casi 29% más larga que la del segundo ejemplar más grande; este individuo debió pesar 12 toneladas, se calcula, y sus dientes medían ¡casi 20 centímetros de largo, sin contar la raíz. Su cráneo mediría 1 metro 75 centímetros, que es la altura de un ser humano promedio. Algunos autores creen que el poco conocido Therizinosaurus no era un dinosaurio carnívoro, en parte por el increíble tamaño de sus garras, sino un representante de un grupo un tanto enigmático de dinosaurios herbívoros. Sus restos incompletos quizás sean insuficientes para confirmar su posición taxonómica. A un par de enormes brazos de 2.4 metros de largo, con garras fuertes y curvas, de unos 20 centímetros, también pertenecientes al Cretácico superior de Mongolia, se les ha dado el nombre de Deinocheirus. Los proporciones de cada uno de los huesos del brazo son idénticas a las de Struthiomimus y Gallimimus, que medían de 3 a 6 metros de largo (y cuyos brazos medían entre 1 y 1.5 metros de largo). En el otro extremo de la escala, se encuentran dinosaurios pequeños como Compsognothus, carnívoro y Echinodon, Nanosourus, Phyllodon y Lesothosaurus, herbívoros. Los cinco medían alrededor de 90 centímetros de largo. Los primeros son del Jurásico Superior y el último es del Jurásico Inferior. Dos herbívoros del Cretácico superior de China, Microceratops y Micropachycephalosourus, medían, el primero 76 y el segundo 51 centímetros de largo. Mussaurus, del Triásico superior, de Argentina, mide sólo 20 centímetros de largo pero aparentemente es un bebé de un dinosaurio más grande. El verdadero dinosaurio más pequeño es uno que vivió en el mismo lugar y al mismo tiempo que Compsognothus. Es Archaeopteryx y hay diferentes ejemplares que miden entre 30 y 50 centímetros de largo. ¿Pero cómo que es el dinosaurio más pequeño? Archoeopteryx es un ave, el ave más antigua que se conoce. En realidad Archaeopteryx es un ave y un dinosaurio al mismo tiempo. Sus plumas perfectas demuestran que es un ave. Pero aparte de algunos detalles, su esqueleto no tiene ninguna de las características exclusivas de las aves. El esqueleto de Archoeopteryx es el de un dinosaurio. De hecho, como lo demuestra la ambigüedad de Archaeopteryx, las aves podrían considerarse descendientes directos de los dinosaurios. Es más, siguiendo un criterio filogenético estricto, podemos decir que el macho del colibrí abeja (o “pájaro mosca”) de Cuba, Mellisuga helenae, con alrededor de 5.5 centímetros de largo y con un peso de menos de 2 gramos, es el dinosaurio más pequeño que se conoce. En México, existen varios “dinosaurios” voladores que se acercan a estos valores. Los bebés recién salidos del huevo miden menos de 2 centímetros de largo. Un pariente de los dinosaurios, y quizás el antepasado de todos ellos, Lagosuchus talampayensis del Triásico medio, medía entre 40 y 50 centímetros de largo. Otro posible “protodinosaurio”, Scleromochlus, medía alrededor de 30 centímetros. Se encontraron huellas fósiles de dinosaurios o “protodinosourios” que serían más o menos de este tamaño, en sedimentos del Jurásico Inferior (hace 200 millones de años) y del Triásico inferior de Canadá y Brasil. Cada huella mide más o menos 2 centímetros, casi el diámetro de una moneda de un centavo estadounidense. |
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Referencias bibliográficas
Bernier, P. 1985. “Los dinosaurios saltadores”, Mundo Científico 45 (5): 302-304.
Bond, James, 1980. Birds of the West Indies, Haughton Mifflin. Bower, B. 1986. “Nova Scotia Fossils Illuminate 200-million-year-old-changes”, Science News 129 (febrero 6, 1986): 86. Lambert, David y el Diagram Group, 1990. The Dinosaur Databook, Avon Books. Monastersky, R. 1989a. “Huge dinosaur bones discovered hollow”, Science News 135 (abril 29, 1989): 261. ———, 1989b. “Homing in on the longest dinosaur”, Science News 136 (diciembre 30, 1989): 413. Norman, David, 1985. The Illustrated Encyclopedia of Dinosaurs, Crescent Books. Paul, Gregory S. 1988, Predatory Dinosours of the World, Simon and Schuster. Tyrrell, Esther y Robert Tyrrell. 1990. “The World’s Smallest Bird”, National Geographic 177 (6) junio 1990: 72-5. |
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Héctor Gómez de Silva Garza
Facultad de Ciencias,
Universidad Nacional Autónoma de México.
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Gómez de Silva Garza, Héctor 1991. Los dinosaurios más grandes y los más pequeños. Ciencias núm. 23, julio-septiembre, p. 41. [En línea]
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| Santiago Ramírez | |||||||||||
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1968 colocó a las instituciones educativas, a los métodos
de enseñanza, a la pertinencia de lo que se enseñaba —y a sus contenidos—, a la orientación de las investigaciones —y a la investigación misma—, en la mira de la crítica; pero, sobre todo, puso en crisis las formas de legitimación de las relaciones cotidianas, lo que posteriormente se tematizaría en torno al ejercicio del poder.
Desde la guerra de Vietnam hasta las relaciones familiares; desde las formas burocráticas y autoritarias del Estado, hasta los usos estrictamente individuales del cuerpo, todas las formas de actividad y sus contenidos fueron cuestionados: el Ché Guevara, John Lennon y Herbert Marcuse eran algunos de los personajes más visibles de estas revueltas que no dejaban ningún aspecto de la vida sin ser atacado.
Fueron tiempos en los que todo era inminente, en los que todo era para el día siguiente: en América Latina se anunciaba la revolución socialista y con ella el hombre nuevo, la segunda declaración de la Habana enunciaba el credo que se convirtió en la razón última de nuestro quehacer: “era la hora de los hornos y no se debía de ver más que la luz”.
Genaro Vázquez, Camilo Torres y los Tupamaros constituían otros tantos elementos de una mitología que veinticinco años después, es el núcleo de nuestra nostalgia. Nostalgia de la esperanza: hace veinticinco años todo era inminente y sobre todo, todo era posible.
En ese panorama optimista, en esa visión prometedora del mundo, en esa referencia a lo que entonces era futuro y que hoy no es más que una lista de frustraciones y desencantos, ya aparecían hechos inquietantes que incidían en algunas de las certezas en que sustentábamos nuestra misión histórica, nuestro papel en la historia y nuestra confianza en el porvenir luminoso de la humanidad.
Las divergencias chino-soviéticas, el informe de Jruschov, la invasión a Checoslovaquia, la expulsión de Claudín del PC español y el muro de Berlín, no podían ser atribuidos solamente a las malévolas maniobras de los enemigos agazapados en la infinidad de agencias y corporaciones que, desde la CIA hasta el Opus Dei, se empeñaban en oponerse a la gran marcha de la humanidad.
Pero, por otra parte, contábamos en nuestro haber con la irrefutable, la indudable, la incontrovertible fuerza de la cientificidad del materialismo histórico y dialéctico.
Cuando la práctica política necesitó de la teoría, para extender la confrontación más allá de las barricadas o mas allá de las asambleas, la cientificidad del marxismo preveía de las razones y las ocasiones para hacer de los discursos vigentes de legitimación, simples artificios ilusorios o fantásticos, que fueron agrupados inmediatamente bajo el rubro omniabarcante y peyorativo de “ideología”.
El papel que Althusser jugaba en ese maniqueísmo teórico, desde donde se justificaba el conjunto espontáneo de nuestras intuiciones y de nuestras prácticas, era insoslayable.
En efecto, Althusser nos permitía deslindar con una claridad que hoy resulta sospechosa, no solamente dos bandos en la lucha política, sino dos partidos cristalinamente delimitados en la lucha teórica: por un lado quienes, como Marx, ya habían denunciado, solamente interpretaban al mundo y, por el otro, los que lo habrían de transformar: era la reconfortante e irreconciliable distinción entre la ideología y la ciencia.
La tarea era particularmente simple en los ámbitos teóricos del discurso filosófico o de las ciencias “humanas y sociales”. En el quehacer propiamente científico, en el de las ciencias “exactas y naturales”, la distinción entre un discurso científico al servicio del proletariado y un discurso científico, sometido a las inhumanas necesidades de una burguesía malvada, resultaba difícil de establecer.
Ciertamente los usos bélicos del conocimiento científico o la ideología de los sujetos de la ciencia, formaban parte de las posibilidades de la crítica marxista a la producción científica; sin embargo, la cientificidad misma impedía una crítica radical a la forma en que el conocimiento se estructuraba.
La lectura de Althusser nos permitió ir más allá de la crítica romántica e inocente que se oponía a los usos “dominantes" del conocimiento científico: si bien era cierto que no podíamos ignorar el horror de Hiroshima, Althusser nos permitía ir más allá de la crítica del uso que se daba a los descubrimientos científicos: nos permitía reconstruir la historia de la ciencia.
Fue gracias a Althusser que conocimos a Bachelard y, también gracias a Althusser, conocimos a Koyré. Fue entonces que nos percatamos de que la ciencia no era una. Fue también entonces, cuando nos percatamos que la ciencia experimentaba grandes saltos, grandes revoluciones o, como les llamaba Bachelard, rupturas epistemológicas. En medio del optimismo, Marx era el anuncio de una eclosión que nos haría partícipes de una nueva conflagración, la que transformaría a la ciencia en el momento teórico de la revolución que se anunciaba.
Así como en otros ámbitos se dilucidaban los momentos precisos de ruptura entre el joven Marx y el Marx de los marxistas, nosotros intentábamos discernir, para provocarlos, los momentos en que se habrían producido las grandes revoluciones teóricas. Más modestamente, intentábamos, por lo menos, diagnosticar en dónde yacían los obstáculos “epistemológicos” que impedían que esta ruptura se llevara a cabo.
Así llegamos al concepto de “problemática”. Es decir, apoyados sobre lo que se concebía como “el método científico correcto”, el método de lo concreto a lo abstracto para recuperar “el concepto de múltiples determinaciones”, criticábamos el modo de construcción del aparato teórico de la ciencia, no desde el punto de vista de sus procedimientos, sino desde el punto de vista de los problemas y de las preguntas que los científicos se proponían; esto nos permitía “denunciar” los usos estrictamente teóricos de un método científico, el que, siguiendo a Althusser, considerábamos infalible.
Un texto —hoy famoso— de Dominique Lecourt, nos permitió montar un primer aparato teórico, desde donde podíamos incidir en el desarrollo futuro de la ciencia. Fue en el texto de Dominique Lecourt en donde por primera vez encontramos a Canguilhem y a Foucault.
Canguilhem nos permitió transitar del problema al concepto y del concepto a la teoría: desarmando conceptualmente la teoría, creíamos poder encontrar la problemática que la había gestado y, con ella, el carácter de clase que se daba al método científico.
Foucault fue rápidamente descalificado, porque no tenía “confianza en el materialismo histórico”.1
Pero en Canguilhem había más. Había la monstruosidad teórica de las “ideologías científicas”. Es decir, la posibilidad de transformación de contrarios congruente con el punto de vista de las inolvidables “tres leyes de la dialéctica”. En otras palabras, la historia hacía posible la transformación de la ciencia en ideología y de la ideología en ciencia. La segunda posibilidad era inconcebible. La primera era prácticamente demostrable. El punto conflictivo era, sin embargo, el sustrato, la transformación de los contrarios y, con ella, el aparato teórico del “materialismo dialéctico”. De manera más general, la cuestión consistía en dilucidar la relación entre ciencia y filosofía.
El primer elemento que althusserianamente debía introducirse —después de la famosa autocrítica—, era la política: la relación entre ciencia y filosofía siempre estaba, siempre estuvo, mediada por la política, ésta se concebía como el quehacer discursivo en torno al ejercicio del poder.
Puestos en el campo de la política, no cabía la duda. Nuestro punto de vista era irreductiblemente el del proletariado: la ciencia se convertía así en la víctima inocente a la que sorprendían, en abierta complicidad, las necesidades del ejercicio “burgués” del poder y el discurso teórico de la filosofía burguesa.
La crítica a esta forma de articulación entre ciencia y filosofía, nos condujo a proponer un nuevo discurso filosófico acerca de la ciencia que, suponíamos, habría de transformar a la propia ciencia en un elemento de subversión de los modos de ejercicio del poder. Sin embargo, la forma misma de articulación, todavía no se ponía en duda. Además, este nuevo discurso filosófico, ya no podía ser el del materialismo dialéctico, porque el materialismo dialéctico reproducía una racionalidad “burguesa” como estructura sustantiva de la cientificidad. A fin de cuentas, todo racionalismo era burgués y un discurso proletario acerca de la ciencia debía ser crítico de la racionalidad. En otros contextos se intentó mostrar que el discurso filosófico al que debíamos oponemos, era el humanista. Sin embargo, esta vertiente no era utilizable para la crítica proletaria de la ciencia y de este modo descubrimos a Foucault (y a través de Foucault a Nietzsche) y nos adherimos entusiasmadamente al idilio entre Althusser y Lacan, reedición de la ansiada y largamente esperada reconciliación entre Freud y Marx.
El panorama no podía ser más halagador, las fuentes de antifundamentalismo radical eran inagotables: desde la desesperación pascaliana hasta la locura de Artaud, toda manifestación incoherente era una crítica de la racionalidad y, por lo tanto, de la ciencia, burguesa.
La racionalidad burguesa estaba caracterizada como aquel discurso que se estructuraba en torno de los requerimientos de coherencia, exactitud, orden, sistematicidad, inteligibilidad y sentido. Nuestra misión consistía en demostrar que ninguno de estos requisitos era necesario ya que sólo aparecían como imposiciones externas, en función de las necesidades de legitimación de un poder que, a estas alturas, ya no era solamente el de la burguesía sino todo poder posible, todo Poder con P mayúscula.
El hilo conductor de esta crítica era la historia. El estatuto teórico de esta historia estaba dado desde la única ciencia posible, la ciencia del materialismo histórico. Esta era el ancla que todavía nos daba identidad, que todavía nos indicaba la posibilidad de nuestra propia racionalidad: la cientificidad del materialismo histórico fue el último residuo de nuestro último pecado. En algún sitio debíamos preservar lo que nos atara al mundo. La otra alternativa era la esquizofrenia pura. En cierto modo, nos encontrábamos atrapados entre nuestra historia individual, nuestro inconsciente y la historia.
En esta misma trampa estaba atrapado Althusser.
Este callejón, esta paradoja, esta imposibilidad teórica y práctica, este proceso de autocrítica despiadada, sin misericordia y sin compasión, fue el proceso en torno al cual Althusser nos dio las más grandes lecciones; primero fue el fin del idilio con Lacan, después la crisis del marxismo. Por último el “suicidio” de Louis Althusser, desplazado a un incidente que la justicia francesa, con una sabiduría misteriosa, declaró como un “no lugar”: la muerte de Elena Althusser.
En diciembre de 1980, hace diez años, hubo una extraña e inquietante coincidencia entre la muerte de John Lennon, el juicio a la Banda de los Cuatro en la China post-maoísta y la muerte de la esposa de Louis Althusser.
Paul Henry, discípulo de Althusser escribía días después, “Althusser ha sido de los primeros en encontrarse arrinconado entre el inconsciente y la historia. Toda una generación de intelectuales se encuentra hoy atrapada en ese mismo sitio. Como no se dediquen a cultivar coles o a cuidar borregos en los Pirineos, tendrán que ver con esto, para bien o para mal… Entre quienes vieron en Althusser un pretexto para enviar todo al diablo, como si se tratara de un delirio o de un fantasma y quienes no quieren, o no pueden, oír nada sobre lo que ha sucedido, hay que tomar en cuenta el vínculo entre lo que condujo a tales hechos y lo que permitió a Althusser desarrollar sus posiciones teóricas…”
Diez años después, aquel mundo que hace veinticinco años nos ofrecía todas las posibilidades, aquel mundo que debíamos transformar armados de alegría, se ha derrumbado de manera estrepitosa. Aquel mundo cuyos cimientos estábamos construyendo, aquel que nos dio la oportunidad de creer en los actos de fundación, es hoy un conjunto de ruinas, de recuerdos y de nostalgia. De 1970 a 1980 fuimos conducidos por Althusser, desde una visión en la que todo era posible a otra en la que ya nada era posible. De 1980 a 1990, el silencio de Althusser fue el testimonio elocuente, con el que dimos fe de que todo aquel universo en el que sustentamos nuestra razón de ser estaba, corroído por la fragilidad de lo fantástico, de lo ilusorio, de lo mítico.
Con Althusser calló para siempre y cayó para siempre el porvenir de una ilusión.
Pero Althusser no es solamente la víctima-testigo de las transformaciones del mundo de este último cuarto de siglo. Nos hizo pensar, volver a pensar y empezar a pensar, en torno de todo aquello que constituían nuestras certezas, nuestros hábitos reconfortantes, nuestros puntos de apoyo, nuestros dogmas, nuestras razones para ser y para hacer. Con su muerte, Althusser ya no nos conduce simplemente a pensar en otras cosas. La muerte de Althusser, con la que alegóricamente hacemos referencia a la del Ché Guevara, a la de John Lennon, a la de Michel Foucault, a la de Michel Pecheux y a la de Carlos Pereyra, pero también a la de Franco y a la de Caeucescu, suscita volver a pensar, sin más. A volver a pensar todo. Si Althusser inevitablemente evoca ¡nuestra autobiografía y nuestra mitología personal, su muerte nos obliga a cuestionar nuestra historia y nuestro propio ser: nuevamente.
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Nota 1. Lecourt, Dominque, Pour une critique de l’épistémologie, p. 117. |
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Santiago Ramírez
Facultad de Ciencias,
Universidad Nacionla Autónoma de México.
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cómo citar este artículo →
Ramírez, Santiago. 1991. Los años de Althusser. Ciencias núm. 23, julio-septiembre, pp. 64-69. [En línea]
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César Carrillo, Patricia Magaña, Moisés Robles,
Silvia Torres, Ruán Almeida y Alba Rojo
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“¿No es extraño que quienes dominan al género humano
ocupen un rango muy superior al de quienes lo educan?” Se preguntaba Lichtenberg hace dos siglos, ironizando acerca de lo que él llamaba la “barbarie ilustrada”. Nosotros podemos retomar la pregunta, orientándola a la divulgación de la ciencia: ¿No es extraño que quienes gobiernan y quienes deciden salarios y criterios de evaluación, asignen tan pobre lugar a la ciencia y a su difusión?
Aventuremos algunas hipótesis que puedan explicar este fenómeno social.
Hipótesis de complot. Esta teoría sostiene que, gobernantes y funcionarios deciden pagar mal a profesores y divulgadores, para así impedir que realicen correctamente su trabajo, y de esta manera mantener al pueblo en un estado casi analfabeta para poder dominarlo sin problema alguno. Y si aún así llegase a destacar alguno, lo reprimen. A esta posibilidad se la asocia normalmente con el imperialismo.
Hipótesis de la miopía. Esta teoría se basa en pensar que las intenciones de funcionarios y gobernantes son buenas, lo que sucede es que creen que el desarrollo es un modelo para armar, que se adquiere en Estados Unidos o en Europa —tabuladores incluidos— y que generalmente es vistoso. Industrias que funcionan a la mitad de su capacidad: centrales nucleares, grandes proyectos de desarrollo científico-tecnológico —consejos y rascacielos obligatorios—, elefantes blancos que denotan un problema de miopía, son su resultado. En lugar de construir un sistema educativo sólido y de difundir la ciencia, prefieren megaproyectos que de pasada les ayuden a pasar a la historia, pues están convencidos de su trascendencia. Confunden lo grandote con lo grandioso.
Hipótesis de la corrupción. Aquí se trata de suponer que en realidad los funcionarios sólo buscan el camino que les permita obtener beneficios para ellos y para sus cuates. Es por esto que no les interesa en lo más mínimo, gastar en algo que no les reditúe económica y directamente. Construyen fachadas de proyectos que no sirven más que para ocultar sus truculentas movidas. No les importan ni la educación de la gente ni el país. Tienen su cuenta en Suiza y al terminar el sexenio ya habrán adquirido alguna finca en el Cono Sur y un cirujano plástico que les espera (aunque por los cambios en la región ya han puesto el ojo en zonas de ultramar o aguardan el nuevo orden mundial).
Hipótesis de la élite. La esencia de esta teoría se basa fundamentalmente en el desprecio por la divulgación, pero presenta tres variantes:
a) El culturólogo. Para este tipo de funcionario la cultura no incluye a la ciencia. Piensa que esta última tiene que ver con cosas muy abstractas que no interesan a nadie, o bien con máquinas y transistores, que cualquiera conoce y maneja. Detesta los artículos sobre ciencia que por casualidad llegan a aparecer en su revista cultural preferida. Ignora la poesía de las matemáticas, la imaginación del astrónomo o las maravillosas especulaciones del paleontólogo. Lleva su definición de cultura en un bolsillo de su saco neoyorquino.
b) El pragmático. Para él la ciencia y su divulgación deben ser apoyadas sólo si dan frutos aplicables, esto es, tecnología. Por ello desconfía de toda investigación básica y cree que el Conalep es lo mejor que se ha hecho en este sentido. Enaltece cualquier innovación tecnológica y su sueño es hacer de México un Taiwán, o de perdida, una Corea del Sur. Sus hijos asisten al Liceo Taiwanés y espera que obtengan un know-how muy oriental en la administración de maquiladoras. Piensa que un túnel del metro repleto de estrellas carece del sentido que tendría uno lleno de chips. En el fondo, desprecia a la ciencia por su inutilidad. Su eslogan es: Desarrollo = administración + tecnología. No en balde estudió administración en Harvard, o en el ITAM o en el TEC.
c) El excelso académico. Es investigador, titular al menos, y doctor en alguna universidad del Primer Mundo, al lado de una eminencia en su rama. Para él la ciencia es igual a investigación básica, más publicaciones en revistas internacionales y participaciones en congresos de primer nivel. La divulgación le quita tiempo, por lo que la evita al máximo: una plática al año para guardar las apariencias. Está plenamente convencido de que la evaluación del trabajo científico debe realizarse siguiendo estas jerarquías. Su tragedia es tener una hija que después de cursar una carrera científica decidió dedicarse a la divulgación de tiempo completo en lugar de ir al extranjero a continuar sus estudios (—¿Que te vas a dedicar a la divulgación? —¡Eso déjalo a los que no sirven para la investigación! Le dijo frunciendo la boca).
Y si dejáramos volar nuestra imaginación, la lista de hipótesis aquí presentes continuaría pero nuestros tiempos no están para eso. Si les preguntáramos a ustedes, lectores, a qué hipótesis se adhieren, seguramente sería a más de una. Lo mismo pensamos nosotros. Si reunimos casos que hemos conocido, o rememoramos escritorios ante los que hemos estado sentados esperando una respuesta, o revivimos anécdotas e historias de nuestros compañeros, tendríamos curiosos híbridos.
La única constante es la indiferencia ante el trabajo de divulgación. El que uno se dedique parcial u ocasionalmente a ello, o que éste sea su oficio o vocación, da como resultado el mismo problema: la necesidad de elaborar criterios de evaluación que consideren de una manera adecuada esta labor. Por esta razón queremos señalar algunos puntos que nos parecen esenciales para llegar a conformar una propuesta a nivel nacional. Ésta, pensamos, sólo puede surgir de una discusión entre quienes nos dedicamos de una manera u otra a tan ingrata pero satisfactoria faena.
1. En primer lugar, creemos que, aunque parezca increíble, es necesario continuar atacando todas las falsas ideas que circulan acerca del quehacer científico y de la importancia de la divulgación. Advertir que la matrícula de ingreso a las áreas científicas continúa disminuyendo en forma alarmante, las implicaciones que esto tiene, etcétera.
2. Basándonos en esto, exigir una evaluación y remuneración decorosa para todos aquellos que consagran parte de su tiempo a la divulgación y con mayor razón para quienes lo hacen de tiempo completo.
3. Que se consideren como profesionales en este campo, independientemente de su formación académica, a todos aquellos que posean una trayectoria reconocida. Esto es muy importante, ya que en nuestro país no existen instituciones que impartan estudios para obtener algún grado, en materia de divulgación.
4. Por esto mismo, resulta indispensable la creación de un diplomado o especialización en difusión de la ciencia, ya sea en el área de ciencias de la comunicación o en las Facultades de Ciencias.
5. Que exista la promoción en esta área.
6. Que se otorgue todo el apoyo material necesario para el desempeño de este trabajo.
Pensamos que una de las principales tareas de una sociedad como la Sociedad Mexicana de la Divulgación de la Ciencia y la Tecnología (SOMEDICyT) debería ser la de impulsar una revaluación del trabajo de divulgación. Por lo anterior, creemos que es imprescindible constituir una plataforma para avanzar en tal dirección. Asimismo, nos parece que no hay razón para que el ingreso a la SOMEDICyT sea tan estricto, pues su acción solamente será eficaz, cuando se logre reunir a la gran mayoría de las personas que se dedican a esta actividad. Ya es tiempo de acabar con esta situación de menosprecio a tan importante trabajo.
Addéndum. Apenas concluida la redacción de este trabajo, nos llegó la noticia del cambio ocurrido en el tabulador del Programa de Estímulos a la Productividad y el Rendimiento Académico, elaborado por la Dirección General del Personal Académico de la UNAM. A diferencia del inicial, ahora se limita a un diez por ciento el trabajo de divulgación. Quiere decir que quienes únicamente trabajamos en esta área —con plazas de Técnicos Académicos, lo cual no implica impartir algún curso— no podremos tener acceso a los estímulos académicos que obteníamos a través de este programa ¿Miopía? ¿Elitismo? ¿Complot? Protestamos de cualquier manera.
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Nota
Ponencia presentada en el I Congreso Nacional de Divulgación
de la Ciencia, Morelia, Michoacán. 18 al 20 de marzo de 1991.
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César Carrillo, Patricia Magaña, Moisés Robles,
Silvia Torres, Ruán Almeida y Alba Rojo
Facultad de Ciencias,
Universidad Nacional Autónoma de México.
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cómo citar este artículo → Carrillo Trueba, César, Magaña Patricia, Robles Moisés, Torres Silvia, Almeida Ruán, Alba Rojo. 1991. Divulgación: devaluación, evaluación. Ciencias núm. 23, julio-septiembre, pp. 59-61. [En línea] |
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| César Carrillo Trueba |
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Vivimos y morimos racional y productivamente, sabemos que la destrucción es el precio del progreso, como la muerte es el precio de la vida, que la renuncia y el esfuerzo son los prerrequisitos para la gratificación y el placer, que los negocios deben ir adelante y que las alternativas son utópicas. Esta ideología pertenece al aparato social establecido; es un requisito para su continuo funcionamiento y es parte de su racionalidad.
Herbert Marcuse
A principios del siglo XV, procedentes de Portugal, llegaron
a la isla Porto Santo —parte del archipiélago situado frente a la costa atlántica del norte de África, conocido como Madeira— los primeros seres humanos. Buscaban tierras donde poder instalarse. El capitán de Porto Santo, quien después sería suegro de Colón, tuvo la ocurrencia de soltar una coneja con sus crías que habían nacido en altamar. Haciendo honor a su fama, los conejos “se extendieron por la tierra de manera que nuestros hombres no podían sembrar nada que ellos no destruyeran”* cuenta un testigo. Los esfuerzos de los recién llegados pobladores fueron vanos: tuvieron que abandonar la isla.
Al llegar a Madeira, isla en la que no había “un solo pie que no estuviera recubierto de grandes árboles”, de ahí su nombre, los colonos intentaron hacerse un lugarcito al sol para vivir, sembrar y tener sus animales. Se les hizo fácil prender fuego. Mas, pequeño incidente, el control de éste se les fue de las manos y la isla se convirtió en una tea, ardiendo casi por completo. Dicen que el fuego duró siete años, lo cual parece una exageración, pero cierto es que los abochornados colonizadores tuvieron que refugiarse “en el mar, donde permanecieron sin comida ni bebida durante dos días y dos noches”.
Años más tarde, los portugueses volvieron a Porto Santo logrando imponerse sobre los conejos. Para entonces, igual que ocurriría en Australia durante el siglo XIX, los conejos ya habían arrasado con las plantas nativas, ocasionando al mismo tiempo la muerte de sus competidores. Posteriormente las plantas y los animales procedentes del continente reinarían en esta pequeña isla junto con los pobladores.
Asimismo, para mediados del siglo XV, en lugar de sus maravillosos árboles, Madeira rebosaba de caña de azúcar. De sus puertos salían barcos repletos de azúcar con destino a las principales metrópolis de Europa, e incluso hasta Constantinopla. En la isla había cerca de dos mil esclavos y casi 20,000 habitantes. Estos ya habían dejado de alimentarse de palomas nativas, gracias a lo favorable que había resultado la tierra para el cultivo del trigo y la vid, así como para la cría de cerdos, reses, abejas y demás animales domésticos. Trataron de reproducir el medio del que provenían, de europeizar la isla.
Simultáneamente, un poco más al sur de Madeira, tenía lugar la colonización del archipiélago de las Canarias. El proceso ocurría de manera similar al de Madeira: los bosques se cambiaban por plantaciones de caña, pastizales y laderas peladas. La madera se pagaba bien y en vano se promulgaron leyes para proteger los bosques. La excesiva deforestación generaba erosión y disminución de la precipitación y de los cursos de agua. Plantas, cultivos y animales del continente invadían las islas, reemplazando la biota autóctona. Se presentaba el mismo intento de europeización del medio.
Sin embargo, a diferencia de Madeira, las Canarias estaban habitadas. Procedentes de las costas africanas, los guanches habían poblado las islas probablemente cerca de 2000 años a.C. Las Canarias eran codiciadas por Francia, Portugal y España. En 1402 desembarcó en una de las pequeñas islas, la primera expedición francesa, venciendo a 300 guanches. Los españoles tomaron el relevo y hacia fines de siglo ya sólo resistía Tenerife. Los guanches eran aguerridos guerreros y poseían una organización militar consistente. Alfred W. Crosby afirma que es muy difícil entender la victoria española a partir únicamente de los aspectos militares’. Según este historiador, a pesar de la desunión existente entre los guanches, de la impresión que causaban los conquistadores y sus utensilios —los anzuelos de metal que llevaban llamaban mucho la atención de los habitantes de las islas— y del miedo que les infundían los caballos, los guanches se encontraban en una situación ventajosa sobre el enemigo.
Así, en 1494 repelen la avanzada española. Los españoles refuerzan el contingente y al año siguiente regresan. “Pero, misteriosamente, no encuentran resistencia y toman la isla con suma facilidad. Conforme se adentran llega a ellos el rumor de que un mal se ha abatido sobre el pueblo guanche. Lo que sus ojos ven es aterrador, había “tantos cadáveres que los perros de los guanches se los estaban comiendo”. Cuentan que la isla quedó prácticamente despoblada, cuando se estimaba en 15,000 el número de habitantes. Los guanches habían sucumbido a la peste. Para 1541 solamente sobrevivían unos cuantos y a fines del mismo siglo era un pueblo extinto.
La conquista de estos archipiélagos marca el inicio de la expansión europea e inaugura un proceso de colonización que posteriormente se convertirá en una constante: la destrucción del medio autóctono, disminución o exterminio de los pueblos nativos, introducción de una biota europea, y la repoblación por europeos. Por supuesto, esto último no fue posible en todas partes.
Un horizonte cultural
Los europeos no veían más allá de su horizonte cultural. Les resultaba “natural” el tratar de reproducirlo. Si imaginamos un grupo de europeos embarcados con destino a nuevas tierras, tendríamos un cuadro un tanto conmovedor: pobres y llenos de temores e ilusiones, ansiosos por dejar para siempre la miseria en que viven, con la esperanza de que en las “Nuevas Europas”, encontrarán un pedazo de tierra para tener una parcela, construir una casita y criar sus animales. Llevan tal vez algo de ganado y con certeza un perro. Con suerte harán fortuna.
Es probable que la proporción de temores e ilusiones haya variado con el tiempo. Seguramente entre los primeros colonos había más temor que ilusión, y que para el siglo XIX las ilusiones hervían en sus cabezas, como lo muestra la visión tan prometedora que proporcionaba el célebre escritor inglés, Samuel Butler, para quien se instalara en Nueva Zelanda, donde él vivía:
“Tendrá vacas, y cantidad de mantequilla, leche y huevos, tendrá cerdos y, si quiere, abejas, cantidad de verduras, y, en realidad, podrá vivir de la tierra fértil, con muy pocos problemas y casi tan poco gasto.”
Si bien es cierto que los aventureros no escaseaban, esta visión constituía el sueño dorado de todo colono. La mayoría se aterraba por los calores excesivos y las enfermedades raras de los trópicos. Se les revolvía el estómago de pensar en verse obligados a comer iguanas o zarigüeyas. Es por ello que las zonas templadas ejercían tal atracción, ya que en ellas les parecía posible llevar una vida como en Europa, pero sin privaciones. A esas regiones (en donde era posible tal ‘sueño’, o en donde ya se encontraba en parte materializado, como la Nueva Zelanda de Butler), Crosby las ha denominado “Nuevas Europas”.
Las “Nuevas Europas”
Las “Nuevas Europas” son regiones que, aunque dispersas, se encuentran en latitudes similares. Son zonas templadas del norte y del sur, con climas muy parecidos. Presentan una precipitación de entre 50 y 15 cm. “Era de esperarse que un inglés, un español o un alemán, se sintieran atraídos por lugares donde no había problemas para cultivar trigo y criar ganado bovino”. De hecho, estas regiones conformaron núcleos a partir de los cuales los colonos se dispersaron posteriormente. Crosby los ubica en el tercio norte de Estados Unidos y Canadá, en donde actualmente vive la mitad de la población de estos países; la esquina sudoriental de Australia, prácticamente la totalidad de Nueva Zelanda, y la zona de Sudamérica que incluye la quinta parte de Argentina, todo Uruguay y Rio Grande do Sul, en Brasil, en donde se localiza la mayor concentración demográfica al sur del Trópico de Capricornio.
No obstante, a pesar de sus similitudes, estas regiones poseían biotas totalmente distintas. Los miles de años que habían transcurrido desde la separación de estas masas de tierra no habían sido en balde. Georg Federici hace una descripción muy detallada de las “Nuevas Europas” del continente americano; con sus respectivas faunas y floras, antes, durante y después de la conquista. Como muestra de lo que eran antes, tenemos el testimonio de un naturalista finlandés del siglo XVIII, Peter Kalm, quien al llegar a Filadelfia en 1748, manifiesta una “angustia de taxónomo” ante tanta novedad:
“Descubrí que había llegado a otro mundo. Donde quiera que mirase por el suelo, encontraba por doquier plantas que no había visto nunca antes, cuando veía un árbol, debía detenerme a preguntar a mis acompañantes cómo se llamaba… me causó pavor la idea de tener que clasificar sectores tan nuevos y desconocidos de la historia natural.”
Muy similar es la impresión de un colono australiano, quien en 1830 se quejaba de que “los árboles retenían las hojas y se despojaban de la corteza, los cisnes eran negros, las águilas blancas, las abejas no tenían aguijón, algunos mamíferos tenían bolsas, otros ponían huevos, eran más templadas las cimas de las colinas que los valles, (e) incluso las zarzamoras eran rojas.”
Entre lo que actualmente son las “Nuevas Europas” y lo que eran antes de la llegada de los europeos, median varios siglos de destrucción, perturbación ecológica e introducción de una biota distinta a la antes existente, incluidos los seres humanos y sus culturas. G. Federici, escribió en su monumental obra en 1920, dice: “los cambios operados en la imagen del paisaje de Norteamérica, sobre todo dentro de las fronteras de los actuales Estados Unidos, son mucho mayores que los producidos en el centro y el sur de América. No acierta uno a imaginárselos, y para formarse una idea de cuál debía de ser el aspecto de la actual Unión Americana hay que ir, hoy, a ciertos parajes poco visitados… Prescindiendo de los cambios geológicos a los que nos hemos referido más arriba, del eterno proceso de lo que nace y lo que muere en la naturaleza, contribuyeron a estas mutaciones operadas en la imagen del paisaje, las plantas, los animales y sobre todo el hombre”.
Semejantes son sus afirmaciones acerca de los cambios ocurridos en las llanuras de Sudamérica. Por su parte Crosby detalla de manera similar las transformaciones que tuvieron lugar en Australia y Nueva Zelanda.
En todos los casos fueron plantas, animales, microorganismos y el hombre, los elementos clave de la colonización. La semejanza de clima actuó en estas zonas en su favor. En El Imperialismo Ecológico, Crosby narra múltiples historias y ejemplos de la manera en que se dispersaban ahí las “malas hierbas”, y del crecimiento poblacional de los animales introducidos, que llegaban a volverse silvestres. En condiciones muy favorables, éstos avanzaban aun antes que los colonos, de tal manera que cuando ellos llegaban a algún lugar nuevo, encontraban flora y fauna conocidas. Lo mismo sucedía con los microorganismos, los que por medio de sólo una persona podían llegar a poblaciones aún no conquistadas, facilitando así la ocupación de nuevas áreas.
Siempre un elemento llevó al otro y éste a su vez al siguiente, y así sucesivamente. Un ejemplo de esta especie de simbiosis de lo que Crosby llama “biota mixta”, es la manera en que las ovejas se multiplicaron en la Isla Norte de Nueva Zelanda. Al llegar los colonos a esta isla encontraron una gran escasez de pastos como para poder tener ovejas en un buen número. Así que se dedicaron a quemar la vegetación de las islas ¡una selva más densa que la del Amazonas!, y a regar semillas de trébol, un excelente forraje que en Inglaterra crece por todos lados. Sin embargo, éste no se daba bien y tenía que ser replantado cada temporada. Los colonos no entendían por qué. El problema era que no había en Nueva Zelanda un insecto polinizador eficaz. En 1839, miss Bumby, hermana de un misionero, introdujo un par de colmenas en la Isla Norte. La abeja enjambró y enjambró, cumpliendo su misión polinizadora, el trébol se extendió por todos los espacios que el hombre le había abierto, el ganado crecía gracias al trébol, y los colonos seguían reproduciéndose, construyendo su “Nueva Europa”, que cada vez atraía más personas. El avance de esta “biota mixta” fue incontenible en las “Nuevas Europas”.
Los resultados de este proceso se pueden cuantificar: en la pampa argentina, en 1920, sólo una cuarta parte de las plantas silvestres eran nativas. En Australia la mayoría son de origen europeo. En Canadá el 60% de las llamadas “malas hierbas” provienen de Europa. En los Estados Unidos, de 500, 258 tienen su origen en el Viejo Mundo y un estudio realizado a mediados de este siglo en el Valle de San Joaquín, California, “reveló que las plantas introducidas constituían el 63% de la vegetación herbácea, 66% en los bosques y 54% en el chaparral”.
Vacas, ovejas, cabras, cerdos, gallinas y demás animales domésticos procedentes de Europa, constituyen las principales fuentes de proteína en estas zonas. Caballos, perros y ratas conviven con ellos.
Y junto con plantas y animales, la población europea se extendió y se multiplicó en las “Nuevas Europas” a expensas de los nativos de estas regiones. Actualmente ésta representa el 90% de la población de los Estados Unidos y Canadá, el 98% de la australiana, el 98% en Nueva Zelanda y en Argentina y Uruguay sobrepasa el 95%.
A costa de muerte y destrucción, los europeos construyeron un mundo a imagen y semejanza del suyo, bajo el discurso “civilizatorio” del progreso, idea que justificaba sus actos y encubría la lógica de todo imperio: la homogeneización de lo diverso.
Los Trópicos Americanos
“Cuando las naciones civilizadas entran en contacto con los bárbaros, la pugna es corta, excepto allí donde un clima pernicioso otorga su ayuda a la raza nativa” afirma Charles Darwin en The Descent of Man, mostrando una vez más su enorme capacidad de observación y sus irremediables prejuicios. En efecto, los europeos lograron finalmente conquistar todo el continente americano, mas no en todas partes obtuvieron el mismo “éxito” que en las “Nuevas Europas”; aunque por falta de voluntad no quedó.
El primer contacto con el Nuevo Mundo tuvo lugar en una zona neotropical. El asombro de Colón es ya legendario. “No vi ni ovejas ni cabras ni ningún otro animal… había perros que nunca ladraban… todos los árboles son tan diferentes de los nuestros como el día de la noche, y lo mismo los frutos, la hierba, las piedras y todas las cosas…” Pero al mismo tiempo que no cabía en su asombro, Colón no cesaba de deplorar su ignorancia en cuanto a la utilidad de todo lo que veían sus ojos (Gerbi, 1975).
Más claro aún resulta el testimonio de un naturalista del siglo XVII, Bernabé Cobo, quien afirmaba que: “todas las regiones del globo han contribuido con sus frutos y abundancia a adornar y enriquecer esta cuarta parte del mundo, que los españoles encontraron tan pobre y despejada de las plantas y animales más necesarios para sustentar y dar servicio a la humanidad, y sin embargo tan próspera y abundante en recursos minerales de oro y plata”.
La falta de sus ovejas y demás animales y plantas conocidas les causaba desasosiego, pero con oro y plata de por medio, todo tenía solución. Así, Colón regresó en 1493 a La Española con 17 barcos, 1200 hombres, trigo, cebolla, perros, cerdos, reses, gallinas, gansos y ovejas, entre otras cosas (ver recuadro Colón en las Antillas). Y gracias a estas precauciones, para principios del siguiente siglo, La Española lo era en todo el sentido de la palabra. Los animales introducidos proliferaban, la caña de azúcar arrasaba con cuanta vegetación se le interpusiera, cultivos y malas hierbas prosperaban —con excepción de la vid, lo que no terminaba de agradar a los colonos— y los arawaks, habitantes nativos de la isla se encontraban al borde de la extinción a causa del maltrato y las enfermedades. El padre Las Casas se lamentaba de ello, así como de la desaparición de los hermosos pastos que había conocido cuando joven. El deseo de europeizar el medio era más que patente.
Las Antillas sirvieron de base biológica para la conquista del continente (ver recuadro: En donde los animales remplazaban a los hombres). Ésta avanzaba a tal ritmo que, para el año 1500, habían llegado ya a América, todas las especies de animales domésticos más importantes de Europa. En 1600 se cultivaban la totalidad de sus plantas alimenticias y las enfermedades del Viejo Mundo hacían estragos en la población indígena, acercándola al exterminio. Parecía que los europeos estaban haciendo realidad sus sueños.
Sin embargo lo sucedido fue diferente. Actualmente la zona neotropical de América (con excepción del Caribe, que conserva apenas un 10% de lo que tenía como biota y cero indígenas) cuenta con la diversidad biológica y cultural más elevada del planeta. Su flora se estima entre 90,000 y 120,000 especies. Es el área más rica en mamíferos, anfibios y reptiles, y junto con Asia tropical, la de mayor diversidad en aves. El porcentaje de población indígena es aún alto en muchos de los países de esta región: 95% en Bolivia, 73% en Perú, 54.8% en Ecuador, 81.8% en Guatemala y 36% en México (cifras de 1978). El número de lenguas existentes en toda América Latina se calcula en un total de 1491 (Toledo, 1986 y 1985).
La pregunta es obligada: ¿por qué no se convirtió esta región en otra “Nueva Europa”?
Una historia antigua
La respuesta que da Crosby es de orden biológico y la expone basándose en la historia misma, en los fracasos que han sufrido los europeos al intentar conquistar y colonizar zonas como Medio Oriente, Asia y África, que resultaron ser, al igual que los trópicos americanos, “bocados para los que Europa disponía de dientes pero carecía de estómago”.
Las Cruzadas pueden ser vistas como una de las primeras y más célebres invasiones intentadas por los europeos. Abanderados por el papa Urbano II, en 1095 los europeos se dan a la muy religiosa tarea de rescatar de manos de los musulmanes la llamada Tierra Santa. Durante dos siglos, miles de cruzados marcharon hacia una zona altamente poblada, con una tradición cultural bastante arraigada, que contiene una biota distinta a la europea y enfermedades como la malaria, a la que sucumbían éstos con mucha facilidad.
A partir de observaciones hechas a principios de siglo entre los colonos sionistas de Palestina, de los cuales un 42% contraía la malaria durante los primeros seis meses y un 64.7% a lo largo del primer año, es posible extrapolar y formarse una idea del impacto de esta enfermedad entre los cruzados. Tomando en cuenta que la malaria puede provocar un aborto, y el efecto que tiene ésta en los niños, es posible entender por qué incluso en dónde lograron establecerse, los cruzados jamás consiguieron sobrepasar a la población local que además de ser muy numerosa había convivido con Plasmodium durante tanto tiempo. El Medio Oriente parecía estar cerrado para los europeos.
En la parte norte de Asia —China, Corea y Japón— los europeos se encontraron con pueblos muy numerosos que poseían una historia milenaria, una cultura muy cohesionada, cuyos cultivos, animales domésticos y microorganismos se parecían bastante a los de ellos (con excepción del arroz que en esa época no se cultivaba en Europa).
La naturaleza no les era muy adversa, pero la población constituía una muralla mayor que la China. Lo más que lograron fue el establecimiento de pequeños enclaves, principalmente puertos, para mantener intercambios comerciales que conformaron grandes fortunas.
En Asia tropical los europeos se enfrentaron a múltiples enfermedades que los aniquilaban sin piedad alguna. Además, la población era numerosa, y culturalmente fuerte y poseía plantas y animales domésticos similares a los europeos. Con trabajo lograron consolidar algunos enclaves que, al igual que los del norte, les permitieron hacer fortuna a costa de las riquezas naturales de la región.
África fue el hueso más duro de roer. Como invocada, la naturaleza impedía el avance europeo. Las cosechas se podrían, eran atacadas por cientos de insectos y animales, y cuando resistían no crecían mucho o los cereales no daban granos. Los animales domésticos fallecían por la multitud de parásitos ahí existentes, y también, cuando sobrevivían, eran magros y diminutos. Faltos de alimentos y agobiados por los tórridos calores, los colonos no aguantaban la primera enfermedad que los atacara. Fiebre amarilla, disentería, malaria, “fiebre de las aguas negras”, “de los huesos rotos”, eran algunas de las enfermedades más comunes, que, a principios del siglo XIX, por ejemplo, depuraban la mitad de sus hombres a las tropas de la Gran Bretaña instaladas en este inhóspito continente.
La conquista del África por los europeos tuvo que esperar a que la medicina los auxiliara con sus investigaciones y que entrara en escena la quinina. Inclusive el intento de los abolicionistas del norte de Estados Unidos de regresar a esclavos emancipados, realizado a fines del siglo XVIII y principios del XIX, tuvo serias dificultades por las mismas razones. De los esclavos enviados a Liberia durante el primer año murió el 21%, y en Sierra Leona en los primeros años falleció el 39%. El sistema inmunológico parecía requerir de un entrenamiento más que de un abuelo africano.
Los trópicos de América fueron menos inclementes para la implantación de cultivos y animales domésticos, aunque estos no crecían igual que en Europa ya que resultaban ser más pequeños y débiles. Pero la cosa marchaba mejor que en África, sobre todo para los colonos. De cualquier manera, éstos buscaban las zonas más templadas para instalarse, por las mismas razones que preferían las llamadas “Nuevas Europas”. Las partes más altas resultaban ser más adecuadas, pero el problema radicaba en que éstas eran las regiones más pobladas. Este hecho fue decisivo en la sobrevivencia de las poblaciones indígenas, así como del mestizaje que tuvo lugar en ellas. Su número les permitió sobrevivir a las oleadas de muerte que causaban las epidemias de las enfermedades traídas por los europeos. Lo que se denomina “epidemia en tierra virgen”, es decir, la dispersión de patógenos entre poblaciones nunca antes expuestas a ellos, tiene un efecto exterminador en pequeñas poblaciones, sobre todo en islas no muy extensas, pero no alcanza tales proporciones en poblaciones numerosas.
Por ello, a pesar de la violenta disminución de las poblaciones indígenas, éstas lograron recuperarse en dichas zonas, ya que la población europea no avanzaba con mayor velocidad. Esto dio como resultado un fuerte mestizaje. En algunos lugares en donde la población local fue exterminada, se le reemplazó con negros traídos de África, lo cual contribuyó a la conformación actual de la población de Las Antillas y de muchas regiones de América Latina, en donde existe una gran mezcla de estos grupos humanos. No fue así en los Estados Unidos, en donde los negros fueron segregados.
Al no convertirse en “Nuevas Europas”, los trópicos se vieron destinados a enriquecer a cientos de colonos que, a diferencia de Cristóbal Colón, habían encontrado utilidad a mucho de lo que ahí había. Tanto en Asia como en África y América, las riquezas naturales de los trópicos fueron extraídas con voracidad, sin detenerse ante los irremediables daños que esto acarreaba. Al igual que ocurrió con el oro y la plata, la explotación de los trópicos americanos despojó de sus tierras a los indígenas, los llevó a su exterminio en donde se opusieran, dejando como testigo un ecosistema completamente deteriorado. La miseria de las naciones que ocupan actualmente estas zonas tiene su origen en esta rapiña que aún no cesa. Las venas de América Latina siguen abiertas.
¿Una cuestión de superioridad?
El “éxito” de los europeos en las zonas templadas ha sido atribuido por muchos autores a una supuesta “superioridad” natural y curiosamente su fracaso en los trópicos ha sido adjudicado a la “inferioridad” de los ecosistemas tropicales. Esta explicación, ligada a una idea de progreso en donde la cultura occidental es sinónimo de civilización y modelo para los demás, no es sólo el resultado o la explicación a posteriori de un proceso, sino que fue, en buena medida, motor y causa de éste.
Es cierto que los primeros contactos entre los dos mundos dejaron testimonios muy diversos. Se registraban hechos y se les buscaba alguna interpretación. Hubo quienes vieron novedad en todo lo que el Nuevo Mundo contenía, les parecía completamente diferente a lo del Viejo, así como hubo quienes encontraron similitudes con este último, viendo el mismo paisaje. El asombro predominaba y el espíritu de superioridad afloraba aquí y allá de manera dispersa. No obstante, la racionalidad en que se quería hacer entrar las diversas apreciaciones era una o variantes con raíces comunes (Gerbi, 1975).
Durante esa época las ciencias naturales se desarrollaron considerablemente. El mal llamado descubrimiento tuvo mucho que ver en esto. Pero, como en todas las épocas, el saber oficial se entremezcla con prejuicios e ideologías. La ciencia contemporánea ha dado muestras de la misma capacidad para integrar los prejuicios de la sociedad dentro de sus resultados e interpretaciones. Según el célebre historiador italiano Antonello Gerbi (1982), sería Buffon el primero en sistematizar los hechos más importantes, registrados por las ciencias naturales de la época.
Buffon fue uno de los más acérrimos críticos de la supuesta “inferioridad” de la naturaleza americana. El “león americano” (puma) le parece “muy pequeño y poco vigoroso, además carece de melena”. No deja de repetir que escasean los animales de gran tamaño en América, que el tapir, lo más cercano al elefante según él, no llega siquiera al tamaño de una mula joven, y que sólo proliferan los reptiles e insectos. Piensa que el clima y la tierra no son buenos, y que prueba de ello son los problemas que tienen los cultivos para su crecimiento y reproducción y el escaso tamaño de los animales domésticos europeos, su poco peso y el mal sabor de su carne. Los indígenas le parecen flojos, pequeños e imberbes. En suma, se trata de una naturaleza degenerada, “inferior” en todos los sentidos.
La tesis de Buffon marca el inicio de una polémica que va a durar hasta principios de este siglo y que en muchos aspectos no ha terminado. Gerbi (1982) pasa revista a las ideas de Voltaire, De Paw, Hume, Kant, Jefferson, Franklin y muchos más. Los principales representantes de las ideas evolucionistas se van a adherir a esta idea. Lyell, el padre de la geología moderna, no tenía empacho en afirmar: “mas si blandimos la espada del exterminio a medida que avanzamos, no tenemos por qué afligirnos por los estragos cometidos”. En la misma línea, Charles Darwin, su discípulo, escribió: “las variedades humanas parecen actuar una sobre otra del mismo modo que las diferentes especies de animales: la más fuerte erradica a la más débil”.
La idea de la “ineluctabilidad del avance de la humanidad”, así fuera sobre el cadáver de los indígenas, dio a la colonización una especie de aureola mesiánica. Colonizar al mundo era la nueva cruzada. El genocidio y el ecocidio no eran más que pasos inevitables de la gran marcha de la humanidad hacia el progreso.
Con la consolidación de este concepto de “superioridad” se cerró la época en que la actitud eurocentrista era un tanto inconsciente, cuando se llevaban animales y plantas con el fin de reproducir una forma de vida; para dar paso a una actitud en la que la destrucción se hizo consciente, pero se encontraba justificada por la razón científica.
Resulta absurdo atribuir la expansión biológica de Europa a una supuesta “superioridad” de la biota europea, como lo es explicar la desaparición o la disminución de los pueblos indígenas por la “superioridad biológica“ de los europeos. Si algo se puede concluir al realizar una integración de los aspectos sociales y naturales, es que su interacción es lo suficientemente compleja como para reducir la historia a uno de ellos.
No estaría de más recordar las palabras del padre José de Acosta, quien al señalar que las plantas llevadas de América a España “son pocas y danse mal”, y que las de España en América “son muchas y danse bien”, comentaba con sarcasmo que no sabía qué hacer, si halagar a las plantas para que la gloria fuera de España, o bien, halagar a la tierra para que el mérito fuera de América.
Quinientos años después…
En América, la conquista concluyó, dando paso a la colonia. El proceso de destrucción ecológica y cultural prosiguió. Impusieron religión, lengua, costumbres y leyes, fragmentando cada vez más la identidad de los pueblos indígenas. La independencia prometía acabar con este estado de cosas, pero jamás cumplió. Nunca se tomó en cuenta la voluntad de los pueblos indígenas. Se les trató siempre como a niños aún inmaduros para entender de decisiones y no dejó de vérseles como parte de un pasado que se deseaba olvidar. Los representantes del “progreso” eran políticos e intelectuales autóctonos.
A nivel del continente la mayor transformación que vio el siglo XIX ya en su ocaso, fue la ascensión del imperio de los Estados Unidos. Estos se erigieron en luz que habría de iluminar el camino del resto del continente, convencidos de ser los depositarios del legado anglosajón y de que su misión era acabar con la barbarie de su traspatio. La doctrina del Destino Manifiesto es la expresión mas acabada de esta idea. Pronto el continente les quedaría chico.
Estos cambios políticos y económicos alteraron poco la idea del desarrollo histórico que había dirigido hasta entonces el desenvolvimiento del continente. Los estadounidenses se afanaban en borrar todo vestigio del pasado indio de la “Nueva Europa”, con el fin de preservar la “pureza” de su sangre anglosajona. En el resto del continente las élites gobernantes harían lo mismo con su pasado indígena, aunque les costaría más trabajo lavar su sangre mestiza. La idea de la “superioridad europea” flotaba en el aire, como lo señala E. Bradford Burns: “Las élites hablaban constantemente de ‘progreso’, acaso la palabra más sagrada del vocabulario político, pero poseedora también de un impresionante conjunto de significados. Generaciones posteriores de estudiosos la reemplazaron por la palabra modernización, más esta sustitución poco hizo para clarificar el concepto. Ambos términos, usados indistintamente en adelante, entrañaban admiración por los valores, ideas, modas, invenciones y estilos más recientes de Europa y Estados Unidos, además de un deseo de adoptarlos —y sólo en raras ocasiones de adaptarlos. Las élites creían que ‘progresar’ significaba volver a crear sus naciones apegándose tanto como fuera posible a los modelos europeo y norteamericano. Creían que sacarían algún beneficio de esta reconstitución, y por extensión, suponían que sus naciones se beneficiarían también. Siempre identificaron (y confundieron) el bienestar de una clase con el bienestar nacional.
Este modelo de desarrollo ha tenido el mérito de aumentar el ritmo de destrucción de los ecosistemas de los trópicos, así como la marginación de los pueblos indígenas. La inmensa riqueza de estas zonas pende de un hilo que se desteje cada vez más aprisa. Es tal la miseria y el abandono en que se encuentran estos pueblos, que a principios de este año se reportó la muerte de 1600 indígenas en la Amazonia, a causa de enfermedades como el Sarampión, ante la cual los habitantes de estas zonas carecen de defensas, ¡como hace 500 años! Enfermedades contraídas por el contacto con los explotadores de madera y los garimpeiros, como se les llama a los buscadores de oro. Quinientos años después, el ecocidio y el etnocidio continúan, anunciando aún, según los apologistas de la “civilización” la llegada del supuesto progreso.
El tiempo transcurrido ha mostrado la ineficiencia de esta concepción del desarrollo, unidireccional, orientado hacia el modelo europeo. A través de la historia podemos observar a los hombres con su idea de civilización en la cabeza, realizar sus primeros pininos en el inicio de la expansión europea, hasta llegar a la época actual. La inmensa ignorancia que manifestaron siempre los europeos en cuanto a los ecosistemas de otras latitudes como lo muestra el caos producido en Madeira y en las Canarias. La limitación cultural de los colonos que pensaban que sólo se podía vivir de una manera e intentaban a toda costa reproducirla en donde llegaban, sin tomar en cuenta especificidad alguna, lo que contribuyó siempre a aumentar el caos.
En las zonas en donde tuvieron “éxito”, la desaparición de elementos de la biota local o el reemplazo de éstos por otros de origen europeo, trajo como consecuencia un empobrecimiento genético que hoy alarma considerablemente a estos países. El exterminio de los pueblos nativos los privó del saber acumulado, en algunas ocasiones durante siglos, y que, con todas las limitaciones que podrían haber tenido, hubieran facilitado la comprensión de los ecosistemas locales. Igualmente, la cultura de las naciones que en la actualidad se encuentran ahí, se perdió de un posible enriquecimiento.
En las regiones que no se consolidaron como “Nuevas Europas”, el ecocidio y el etnocidio realizados durante los múltiples intentos y la política de extracción y explotación de las riquezas naturales, sumieron en el subdesarrollo a regiones enteras en donde la miseria fue lo único que progresó.
De todo esto emerge con claridad la interacción tan imbricada que existe entre naturaleza y cultura, el efecto que tiene la destrucción de una sobre la otra. La complejidad de las relaciones que hay entre el hombre y sus cultivos, sus animales domésticos y sus microorganismos; entre los hombres y la flora y fauna que los rodean. La consistencia y fragilidad de estas relaciones.
Quinientos años después, el modelo de desarrollo sigue siendo el mismo y la tendencia a la homogenización parece cobrar vigor. Esta racionalidad ha mostrado ya sus efectos perniciosos. Que se transforme el progreso en modernización, la esencia sigue siendo la misma. Ante este modelo de “civilización” la pregunta de Herman Melville sigue vigente: ¿es la civilización algo diferente, o es tan solo un estado avanzado de barbarie?
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Refrerencias Bibliográficas
Burns, B. E., 1990. La pobreza del progreso, Siglo XXI, México, 212 p.
Crosby, Alfred W., 1972, El intercambio colombino, Manuscrito, traducción Cristina Carbó, próxima publicación UNAM. Crosby, A. W., 1986, Imperialismo Ecológico, crítica, Grijalbo, Barcelona, 351 pp. Traducción Montserrat Iniesta, 1988. Crosby, A. W., 1988, “Ecological Imperialism: the overseas migration of western Europeans as a biological phenomenon” en: The ends of the earth, D. Worster (Ed.), Cambridge Univ. Press. Friederici, Georg, 1920, El carácter del descubrimiento y de la conquista de América, vol. 3, Fondo de Cultura Económica, México, 1987. Galeano, Eduardo, 1971, Las venas abiertas de América Latina, Siglo XXI, México, 486 pp. Gerbi, Antonella, 1975, La naturaleza de las Indias Nuevas, Fondo de Cultura Económica, México, 562 pp. Traducción Antonio Alatorre, 1978. Gerbi, A., 1982, La disputa del Nuevo Mundo, Fondo de Cultura Económica, México, 884 pp. Horsman, Reginald, 1981, La raza y el destino manifiesto, Fondo de Cultura Económica, México, 412 pp. 1985. Toledo, Víctor M., 1985, A critical evaluation of the Historic Knowledge in Latin America and the Caribean. Report to the Nature Conservancy, International Program, Washington D. C. 95 pp. Toledo, Víctor M., 1986, La etnobotánica en Latinoamérica: vicisitudes, contextos, desafíos, IV Congreso Latinoamericano de Botánica, Medellín, Colombia, 1986, Memorias. |
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Nota
* La información contenida en este trabajo, ha sido tomada en su mayoría de las obras de Alfred W. Crosby. Las citas proceden de éstas, a menos que se señale lo contrario.
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César Carrillo Trueba
Facultad de Ciencias,
Universidad Nacional Autónoma de México.
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cómo citar este artículo →
Carrillo Trueba, César. 1991. La conquista biológica de América. Ciencias núm. 23, julio-septiembre, pp. 42-58. [En línea]
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| Pablo de la Mora y Alex George | |||||||||||||||||||
| Vamos a suponer que contamos con doce monedas, una
de ellas falsa, (más pesada o más ligera), y también vamos a suponer que contamos con una balanza. ¿Cómo se podría encontrar la moneda falsa usando la balanza sólo tres veces? ¿Podríamos a la vez saber si la moneda falsa es mas liviana o más pesada, o si no hay tal moneda falsa?
Este problema es antiguo, y se han encontrado ya muchas soluciones, generalmente utilizando el sistema de prueba y error. Aparentemente las soluciones son asimétricas. La descripción completa de las soluciones se complica por todas las diferentes posibilidades que hay que incluir.
Los puntos interesantes de este problema son: a) Las simetrías ocultas de las soluciones; b)El desarrollo de un método conciso para describir la solución y encontrar las diferentes soluciones; y c) Determinar el número máximo de monedas para las que bastan tres pesadas, y extender el problema a cuatro o más pesadas.
Este artículo presenta un estudio de la estructura y de las simetrías de este problema. Muestra algoritmos que llevan a soluciones de una forma natural, y hacen explícitas las simetrías del problema. Además analiza los puntos anteriores.
Descripción de la solución
Una descripción de la solución debe de incluir todas las diferentes posibilidades. Una forma concisa de hacer esto se muestra en la figura I (a esta solución particular se le llamará la “solución simétrica con signos alternos”).
En esta descripción, cada pesada se representa con una balanza (. .) y abajo de los extremos de la balanza están las monedas que se colocan en los platos respectivos. En medio están las monedas que se dejan fuera de la balanza, pero que no se han eliminado aún, entre las cuales también puede estar la moneda falsa. Abajo de esta balanza están tres balanzas más pequeñas que representan las siguientes pesadas, esto crea un diagrama de árbol, que se separa en tres posibilidades diferentes después de cada pesada. La balanza izquierda, media o derecha se escoge dependiendo de si en la pesada anterior la balanza se inclinó a la izquierda, no se inclinó o se inclinó a la derecha. El signo sobre la moneda representa que la moneda subió (-) o bajó (+) en la pesada anterior, lo cual, aunque no es esencial contiene la información relevante de las pesadas anteriores. Abajo de la tercera pesada esta el renglón de respuestas, indicando cuál fue la moneda falsa y si ésta es más pesada (+) o más liviana (-). El asterisco (*) representa a una moneda neutral (que pudo haber sido eliminada en una pesada anterior) y el signo ‘=’ representa al caso de que todas las monedas fueran iguales.
El número máximo de monedas
Para encontrar el número máximo de monedas que se pueden examinar en tres pesadas es necesario conocer previamente la máxima cantidad de datos que la balanza puede proveer en estas pesadas. Observando la solución (figura I), se ve que en cada pesada hay tres posibilidades: que se incline la balanza a la izquierda, a la derecha o se quede balanceada. A la siguiente pesada cada uno de estos casos tiene a su vez tres posibilidades, quedando 3 x 3 = 9 y en tres pesadas queda 9 x 3 = 27 = 33.
¿Cuántas monedas se pueden pesar con estas 27 posibilidades? Una de las probabilidades es que todas las monedas sean iguales, si restamos esta posibilidad quedan 33 - 1 = 26. Como la moneda falsa puede ser o más pesada o más liviana, entonces por cada moneda debemos tomar dos casos, por lo que el número se reduce a (33 - 1) / 2 = 13.
Otro requerimiento es que el número de monedas, en cada uno de los platos de la balanza, sea el mismo. ¿Cuántas monedas se pueden poner en la balanza en la primera pesada? Observando la solución (figura I), contamos 18 diferentes posibilidades de que una moneda que está sobre la balanza en la primera pesada sea mala, y como esta moneda puede ser más pesada o más liviana, encontramos que el número máximo de monedas sobre la balanza es 9(= 32) que es impar, por lo que hay que restar uno al número total (33 - 1) / 2 - 1 = 12. Ahora bien, si afuera del grupo de monedas por analizar, se tiene una moneda buena o neutra, ésta se puede usar para igualar el número de monedas en la balanza, y así se incrementa el número a 13.
Quedan 4 monedas afuera de la balanza después de la primera pesada (13 - 9). ¿Pueden estas monedas ser analizadas? Si, cuatro es el número máximo de monedas que se pueden analizar en dos pesadas cuando se tiene una moneda neutra (32 - 1) / 2 = 4, la moneda neutra se toma de entre las que se eliminaron en la primera pesada.
Esto se puede generalizar para un número r arbitrario de pesadas, y se encuentra que el número máximo de monedas n es n = (3r - 1) / 2 si se tiene una moneda neutra al principio y n = (3r - 1) / 2 - 1 si no. El número de monedas que se deja afuera en la primera pesada es (3r - 1) / 2, igual al número de monedas que se pone en cada plato, si no hay moneda neutra.
Si las condiciones del problema se cambian y se especifica que siempre hay una moneda mala y que además no se tiene que averiguar si ésta es más pesada o más ligera, entonces el número que se puede examinar se incrementa en uno. Esta es una extensión trivial del problema anterior ya que se aparta una moneda del montón, luego se examinan las monedas restantes, y si éstas resultan todas iguales, entonces la moneda falsa es la que se apartó.
Si se resuelve el problema de las trece monedas más la moneda neutra, entonces también se resuelve el problema de las doce monedas sin moneda neutra. Esto se logra de la siguiente manera en la figura I: en la primera pesada se quita la moneda neutra y otra moneda del otro plato de la balanza y en las siguientes pesadas también se quita esta otra moneda de la balanza (para igualar el número de monedas en los platos de la balanza, se pueden utilizar monedas que se descartaron en la primera pesada). Hay ciertas soluciones que no permiten esto, como se puede ver un ejemplo en la figura V.
Por lo tanto, sólo es necesario resolver el problema de las trece monedas más una moneda neutral.
Solución del problema
Si se tienen 9 monedas neutras o más, el problema se vuelve muy simple (figura II); en la primera pesada se colocan 9 monedas en un plato y 9 monedas neutras en el otro, si la balanza queda balanceada esas monedas se descartan y en la siguiente pesada se comparan tres monedas contra tres monedas neutrales. Si las monedas bajan (suben), entonces son más pesadas (livianas); en este caso, en la siguiente pesada, las monedas se dividen en tres grupos de tres monedas y, finalmente, en tres grupos de una moneda.
Llamaremos soluciones simétricas a las que la parte derecha del renglón respuesta corresponde a la reflexión ‘negativa’ de la parte izquierda, donde la moneda reflejada tiene el signo opuesto a la moneda no reflejada.
Cualquier solución simétrica se puede encontrar a partir de la solución anterior (figura II), transfiriendo primero una moneda de un lado de la balanza al otro, esta moneda se transfiere en las tres pesadas. En este proceso hay que añadir, o quitar, una moneda neutra, para mantener el número igual de monedas en los platos de la balanza, aunque el objetivo es eliminar monedas neutras de la primera pesada. Como resultado la moneda X+ cambia su signo a X- y viceversa, pero el diagrama sigue representando una solución del problema con muchas monedas neutras. La figura III ejemplifica este movimiento con la moneda F, este movimiento no cambia la posición de la moneda en el renglón de respuesta, solo cambia el signo.
Transfiriendo cuatro monedas a la derecha se eliminan 8 monedas neutrales de la primera pesada, dejando sólo la moneda neutral original. Si estas monedas se escogen mal, entonces se pueden requerir 6 monedas neutras en la segunda pesada, como lo ejemplifica la figura IV. Como las monedas que se eliminan en la primera pesada, se pueden usar como neutras en las siguientes pesadas, es claro que la figura IV no es la solución, ya que requiere demasiadas monedas neutras en la segunda pesada.
La solución de la figura I se puede encontrar cambiando en la figura II las monedas B D F H J L y luego renombrando las monedas.
Si sólo se tiene el renglón de respuestas, es posible reconstruir el resto del diagrama. Por ejemplo, en la figura I, para que la balanza escoja la sexta posición, es decir la moneda L, y que sea ésta más ligera, la balanza tuvo que inclinarse en la primera pesada a la izquierda, en la segunda no inclinarse y, finalmente hacerlo a la derecha, y como la moneda era más ligera (-) entonces estaba en el plato que subió, o sea primero estaba en la derecha, luego fuera y finalmente izquierda. Haciendo esto para todas las monedas se completa el diagrama.
Por lo tanto la solución está determinada unívocamente con solo el renglón de respuestas (signo y posición).
Para las respuestas simétricas la posición de las monedas no es importante, ya que cada moneda aparece en posiciones simétricas y las diferentes soluciones que tengan la misma configuración de signos, es solamente un reordenamiento o renombramiento de las monedas. Por lo tanto lo único relevante es el renglón de los signos. Las monedas de la mitad izquierda, que tienen signo negativo en el renglón de respuestas, son las que se transfirieron de plato en la construcción de la solución, partiendo del caso en que se tenían 9 monedas neutras.
Esto sugiere un refinamiento de la estrategia anterior para encontrar las soluciones; el renglón de soluciones se divide en secciones 1, 2 y 3 y éstas se subdividen en izquierda y derecha (ver parte inferior de la figura I). El número de monedas neutras impone condiciones sobre el renglón de signos: Los signos positivos de la sección 3I muestran las monedas que en la primera pesada estaban en el lado izquierdo de la balanza y los negativos en el lado derecho, por lo que el número de signos positivos y negativos no debe diferir más de uno en la sección 3I, si se tiene una moneda neutra, y cero si no se tiene. Para la segunda pesada la condición es más complicada, para esto la sección 3I se subdivide en 3Ia, 3Ib y 3Ic; en la sección 3Ic se cambian los signos a su opuesto (para propósitos de conteo solamente), luego se cuenta el número de signos positivos y negativos en 3Ia y 3Ic, y estos no deben diferir en más de 5 (el número de monedas neutras que se tienen para la segunda pesada, cuatro si se comienza sin moneda neutra).
Por lo tanto, cualquier orden de signos que cumpla con las condiciones anteriores, es la solución del problema. La parte derecha del renglón de signos es la reflexión negativa de la izquierda. La solución general incluye soluciones no simétricas. En este caso el renglón de soluciones no es necesariamente simétrica, y siguen habiendo condiciones para que sea solución, aunque no tan estrictas. Si una moneda está en el lado izquierdo de una sección, también debe estar en esa misma sección del lado derecho, aunque no necesariamente en posición equivalente, pero con signo contrario. En este caso, en el renglón de respuestas son importantes tanto el signo como la letra de la moneda. Las condiciones de la segunda pesada se deben revisar en cada lado, independientemente.
Una ilustración de esto se puede ver en la figura V, en donde en el lado izquierdo se utilizan 4 monedas neutras, y en el lado derecho sólo dos; es más, si la moneda G se cambia de un lado de la balanza al otro, entonces se necesitarán 6 monedas neutras en la segunda pesada del lado izquierdo y ninguna en el derecho.
Para el problema de 12 monedas se utilizan las mismas condiciones, pero en la primera pesada no hay monedas neutras, y en la segunda sólo hay 4. Para generar una solución a partir del problema anterior, se quita una moneda de la sección 3 (izquierda y derecha) del renglón de respuestas, dejando un espacio.
Para entender este problema relativo a 4 o más pesadas, el sistema es el mismo, excepto que el número de monedas neutras que hay para la segunda pesada, es diferente.
La solución de monedas apareadas
Esta solución particular no requiere de un diagrama, y es válida para cualquier número de pesadas.
Aquí el problema de r pesadas y (3r - 1) / 2 monedas, se reduce, después de una pesada, al problema de r - 1 pesadas y (3r-1 - 1) / 2 monedas.
En la primera pesada se forman tres montones de (3r-1 - 1) / 2 monedas, dejando una moneda fuera ((3r - 1) / 2 = 3 x (3r-1 - 1) / 2 + 1). Se pone un montón en cada uno de los platos de la balanza, también dejando uno fuera, la moneda que se quedó fuera de los montones se coloca en uno de los platos, y la neutral en otro.
Si la balanza permanece equilibrada entonces el problema se redujo a r - 1 pesadas y (3r-1 - 1) / 2 monedas.
Si la balanza no queda equilibrada, se forman monedas apareadas, tomando una moneda de cada lado de la balanza y se juntan formando una moneda doble o una moneda apareada. Una de las monedas que forman la moneda apareada, viene del plato que bajo, por lo que no puede ser más liviana. En la notación de la solución anterior se le ponía un signo 1 después de la letra de la moneda. La otra moneda del par no podía ser más pesada y llevaba el signo 2.
Las monedas apareadas se pueden representar de la siguiente forma:
A/B (= A-B+)
Las monedas apareadas pueden pesar más, menos, o igual que una moneda apareada neutral, lo que equivale en la moneda A/B, a que respectivamente B sea más pesada, A sea más liviana o ninguna de las dos es falsa, teniendo así una equivalencia entre las monedas sencillas y las apareadas.
Se formaron (3r-1 - 1) / 2 monedas apareadas con monedas no neutras y una que incluye a la moneda neutral, esta última moneda se pone aparte. Las monedas apareadas se trabajan como las sencillas, cuando una de ellas es más pesada o más liviana ya se sabe cual de las monedas sencillas que la forman es la falsa, y en caso de que todas las monedas apareadas sean iguales, entonces la falsa es la que se apartó (y también se sabe si es más liviana o más pesada, porque ya estuvo en la balanza). De esta forma también se reduce al problema de n - 1 pesadas y (3r-1 - 1) / 2 monedas pero apareadas, y los dos casos son equivalentes.
En las pesadas siguientes es necesario aparcar monedas apareadas, pero éstas se reducen a una sola moneda apareada:
(A/B)/(C/D) = A/D
eliminándose B y C (B se eliminó, ya que originalmente venía del lado de la balanza que bajó, y luego la moneda A/B estuvo en el plato que subió).
Como se ve, esta solución no necesita de ningún diagrama para localizar la moneda falsa, y la situación de una pesada es equivalente a la siguiente, pero con menos monedas.
Esta solución está ilustrada en la figura VI para el caso de tres pesadas. En este ejemplo, para la primera pesada, el caso de que la balanza se inclina a la izquierda se puede comparar con el caso en que la balanza no se inclina; en un caso la moneda F/B se comporta igual a J en el otro caso, la moneda apareada */M, en el primer caso, representa la situación en que en el segundo caso todas las monedas son iguales.
Conclusiones
En este artículo se analizó el problema de separar la moneda falsa de un montón de monedas, usando una balanza un número mínimo de veces. Primero se construye un diagrama para representar las soluciones, lo que facilita el análisis y permite encontrarlas más fácilmente. Con este diagrama es más fácil visualizar las simetrías de las soluciones, aunque hay soluciones asimétricas. Se estudia cuántos datos provee la balanza, cuanta información es necesaria para separar la moneda falsa, y como optimizar este proceso. Se muestran algoritmos para encontrar las diferentes soluciones al problema. La solución de signos alternos es posiblemente la solución de mayor simetría.
Por último se muestra la solución de monedas apareadas, la cual muestra otro tipo de simetría, y además no necesita utilizar un diagrama de soluciones para encontrar la moneda falsa, sino unas reglas sencillas. Esta solución es válida para cualquier número de pesadas.
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Agradecimientos
La lectura detallada y las múltiples sugerencias hechas por Gerardo Ruíz Chavarría ayudaron mucho a hacer claro y entendible este artículo.
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| Pablo de la Mora
Departamento de Física, Facultad de Ciencias,
Universidad Nacional Autónoma de México.Alex George
Wolfson College, Oxford, Inglaterra.
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cómo citar este artículo → De la Mora, Pablo y George, Alex. 1991. Simetrías del problema de las doce monedas. Ciencias núm. 23, julio-septiembre, pp. 35-39. [En línea] |
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