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La montaña más alta del mundo Calisto Nuevas estructuras alrededor de la nebulosa del anillo |
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| Julieta Fierro | ||||||||||
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La montaña más alta del mundo Si las mediciones hechas por personal de la Universidad de Washington, basadas en datos obtenidos por satélite son correctas, el Monte Everest no es la montaña más alta del mundo. De acuerdo con lo reportado por el astrónomo George Wallerstein, la altitud de k2, que se pensaba era el segundo pico del mundo, estaba subestimada en 330 metros. Las mediciones efectuadas por Wallerstein indican que la altura k2 en la cordillera de Karakoram,a lo largo de la frontera entre China y Pakistán, no es de 8,610.6 metros como especifican los atlas, sino cuando menos de 8,858.7 metros. Con relación al Monte Everest, localizado en la frontera de China y Nepal a 1 288 km de distancia, tiene una altitud de 8,847.7 metros. Wallerstein, un montañista experimentado, encontró este nuevo valor para la altitud de k2 durante la expedición que hizo a este lugar en 1986. El jefe de la expidición Lance Owens, tomó a Wallerstein como sherpa voluntario y le pidió que le ayudara a medir la altitud de k2 utilizando técnicas modernas. Para medir la altitud de k2 se aplicó el efecto Doppler. Ondas de radio provenientes de un satélite en órbita circular alrededor del centro de la Tierra, sufren corrimiento Doppler que depende de la distancia del observador al centro de la Tierra. Si en efecto k2 es el mayor pico de la Tierra, los honores de la primera escalada corresponden a los alpinistas italianos, Aquiles Compagnoni y Lino Lacadelli, quienes alcanzaron la cima el 31 de julio de 1954 a las 18 horas.
Calisto A Júpiter se le conocen 17 satélites; Galileo descubrió cuatro y por ello fueron llamados satélites galileanos; son esféricos, de gran tamaño y visibles con un telescopio pequeño. Calisto es el satélite galileano más lejano de Júpiter. A primera vista se parece a la Luna, es 44% mayor que ésta, aparece cubierto de cráteres y siempre muestra la misma cara a Júpiter, pero no tiene una composición de roca sólida como el satélite terrestre. La densidad media de Calisto es sólo 1.79 g/cm3, lo cual implica que no puede ser totalmente sólido (la densidad del agua es 1 g/cm3, y la de la Tierra 5.5 g/cm3). Se piensa que Calisto posee un pequeño núcleo sólido rodeado de agua parcialmente fundida. La corteza está compuesta en un 90% de hielo de agua, además tiene polvo y fragmentos de roca. Las fotografías de Calisto dejan apreciar que es un mundo muerto con la superficie cubierta de cráteres producidos por impactos de meteoritos y carece de regiones parecidas a los mares de la Luna. El cráter Valhalla mide 350 km de diámetro y está rodeado de arrugas concéntricas parecidas a las de un tablero de tiro al blanco cuya extención abarca hasta 2,000 km del centro, aproximadamente. En Calisto casi no hay relieve, es decir presenta pocas montañas y valles; esto, probablemente se debe a la combinación de tres efectos: es posible que la profundidad de un cráter por impacto no produzca un agujero tan profundo cuando la superficie es de hielo en vez de roca. Cuando se ha horadado un cráter puede ir borrándose por flujos de hielo, parecidos a los glaciares; si se llegara a dormar un promontorio de tamaño y masa considerables se sumergiría, ya que el interior de Calisto es líquido. Aunque la supericie de Calisto se conforma de hielo no es blanca y brillante, sino oscura, debido a la gran cantidad de meteoritos que se han incrustado en su superficie. La misión Galileo de la NASA planea fotografiar a Calisto dentro de seis años.
Nuevas estructuras alrededor de la nebulosa del anillo Uno de los objetos astronómicos más hermoso del cielo son las nebulosas planetarias. Se les denomina así porque con telescopios pequeños se ven como regiones nebulosas más o menos esféricas, parecidas a Urano y Neptuno. En realidad son estrellas evolucionadas que se han desprendido de su atmósfera extendida, quedando el núcleo de la ex-estrella "pelón", muy caliente y rodeado de una envolvente gaseosa y brillante. Dentro de 4,500 millones de años el Sol se convertirá en Nebulosa Planetaria. En uno de los seminarios del Instituo de Astronomía, efectuado en el mes de Mayo de 1987, el Físico Marco Moreno expuso un trabajo que está desarrollando con el Dr. Alberto López. Ellos han tomado fotografías de Nebulosa del Anillo, una Nebulosa Planetaria, con el telescopio de 2.1 m de San Pedro Mártir. Encontraron que fuera de la envolvente gaseosa brillante existen estructuras más tenues. Probablemente estas estructuras fueron arrojadas por la estrella en una etapa llamada de Gigante Mira, en que la estrella oscilaba. Las estrellas producen los llamados vientos estelares que arrojan material estelar a grandes velocidades al espacio exterior. las estructuras estudiadas por los investigadores mexicanos podrían provenir de vientos estelares |
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| El búho | ||||||||||
| Julieta Fierro G. | ||||||||||
| Había una vez un orador, era un búho sabio, vivió hace muchos años, tantos que era cuando los búhos estaban despiertos de día. Ojeando el Ciencia y Desarrollo encontró un artículo sobre comunicación. Ahí decía que cuando uno escribiera el guión para un discurso era muy importante darlo a leer a algún colega, porque aún el más inteligente de los redactores suele cometer errores.
El búho le dio su manuscrito al pavo real, a la víbora y a la zorra. El pavo real se había rodeado de tal cantidad de objetos superfluos que le fue muy fácil perder el manuscrito y argumentar que no había tenido tiempo de leerlo; además así logró esconder su ignorancia, pues era corto de espíritu. La víbora hizo algunos comentarios sobre la forma y después corrió el chisme de que el búho no sabía de lo que estaba hablando y que no comprendía como semejantes lechuzas podrían pertenecer al “reino animal”. La zorra hizo algunos comentarios de fondo pero no los más importantes, esos los guardó para rebatir en público al búho. A pesar de que el búho era un animal sabio, era inseguro. Desde entonces el búho es un ave nocturna. |
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Julieta Fierro G.
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| del herbario |
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| Vainilla | ||||||||||
| Consuelo Bonfil S. | ||||||||||
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La vainilla, el saborizante más ampliamente usado en el mundo después de los condimentos, debe su nombre al diminutivo de vaina, con que la denominaron los españoles a su llegada a México. Esta planta fue utilizada y valorada desde tiempos remotos por los grupos que habitaban la costa del Golfo de México, y está ligada a la leyenda de una pareja de príncipes totonacas: de la sangre derramada por la princesa brotó la “cacxixinat” o flor recóndita. Los aztecas la llamaban “tilixóchitl” o flor negra, y era muy apreciada, pues le atribuían propiedades medicinales, además de empleada en la elaboración de chocolate. Según la leyenda, al llegar Cortés a México-Tenochtitlán fue recibido por Moctezuma, quien le ofreció una bebida de chocolate saborizado con vainilla y otras especias. El género Vanilla pertenece a la familia de las orquídeas, e incluye alrededor de cien especies de los trópicos de ambos hemisferios. Sólo tres especies tienen importancia comercial como fuentes de vainilla: V. planifolia, V. pompona y V. thaithiensis. Vanilla planifolia Andreas (también conocida como V. fragens Ames) es la principal fuente comercial de vainilla. Al igual que V. pompona, es nativa del Sureste de México, América Central, Trinidad y el norte de Sudamérica. Es una liana monopódica trepadora que se fija con la ayuda de raíces adventicias, de tallas verdes y carnosas, hojas lanceoladas y suculentas, y flores verde amarillentas dispuestas en racimos de diez. Aunque la flor es hermafrodita, un órgano especial, el rostellum, hace imposible el contacto del polen con el estigma sin una intervención mecánica, extraña a la flor, que en el medio natural es realizada por insectos, y en las plantaciones obliga a la polinización manual. El fruto es una cápsula triangular que comúnmente mide entre 15 y 20 cms., del cual se obtiene el extracto que por la regular adquirimos en los almacenes. Al cosecharse las vainas son firmes, gruesas, de color verde amarillento y sin olor; sólo después de ser “curadas” adquieren un color café brillante y su aroma y textura característicos. Durante el curado se completa la madurez de los frutos, asoleándolos o calentándolos en hornos para luego hacerlos sudar y secarlos alternadamente, hasta que han perdido alrededor de un 80% de humedad. El proceso es largo y complicado, y se lleva más de dos meses. Si las vainas han sido bien tratadas, se pueden conservar indefinidamente. El valor de la vainilla depende en buena medida de un correcto curado y empacado de las vainas. La fragancia y sabor de vainilla se deben a la vainillina, la cual se produce por acción enzimática durante el proceso de curado de las vainas. La vainillina se fabrica sintéticamente a costos muy bajos, a partir de productos de deshecho maderables de los molinos de papel, de extractos alquitrán de hulla y de eugenol obtenido del aceite de clavo. Esta producción industrial a precios muy bajos produjo una fuerte caída en el precio del producto natural; sin embargo, el producto natural de V. fragans es superior, debido probablemente a la presencia de substancias subsidiarias. El cultivo de la vainilla es muy delicado, ya que requiere de condiciones climáticas muy especiales y de una gran cantidad de atención individual por planta: debe polinizarse manualmente cada flor durante un periodo de tiempo muy breve, seleccionar y mantener sólo el número deseado de frutos para permitirles madurar, cuidar a las plantas de plagas y enfermedades y cosechar cada fruto cuando se encuentre en un grado de madurez adecuado. Las plantas requieren además de un soporte adecuado para trepar, de abundante materia orgánica y de una proporción adecuada de luz y sombra, ya que los rayos directas del sol la queman e impiden su crecimiento. Desde hace ya muchos añas, México dejó de ser el principal país productor de vainilla; sin embargo, sigue siendo considerado el centro clásico e histórico del cultivo, y el lugar en que tradicionalmente se producen las vainas más finas del mundo.
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Referencias Bibliografícas Correl S., Donovan, 1953, Vanila-Its Botany, History, Cultivation and Economic Importance, Ec. Bot., 7, pp. 291.358. |
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Consuelo Bonfil S. Facultad de Ciencias, UNAM. |
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| Lancandonia Schismatica | ||||||||||
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Su descubrimiento obligará a reconsiderar la teoría de la evolución de las plantas con flores “Concluyendo: sentimos recomendarles que no publiquen este nuevo género”, fue la respuesta de P. J. M. Maas y H. Maas-van de Kamer, botánicos holandeses a la propuesta de Esteban Martínez* y Clara Ramos** de dar a conocer este descubrimiento en los Anales del Jardín Botánico de Missouri. Los investigadores europeos se basaban en que la característica de presentar el gineceo alrededor del androceo no se conocía en ninguna especie vegetal y que la estructura de esta planta correspondía en todo caso a una especie del género Sciaphila de la familia Triuridaceae. Pero he aquí que la planta existe y fue descubierta en la zona lacandona en Chiapas y en parte a ello debe el nombre del género; el nombre de la especie se refiere al rompimiento que crea en la taxonomía botánica. Lacandonia schismatica E. Martínez et C. H. Ramos es una pequeña planta de 5 cm de alto que crece sobre materia orgánica en descomposición; es hialina y con ausencia de hojas. Como ya se dijo, los ovarios (presenta carpetas separadas) se desarrollan alrededor de los estambres, característica no vista antes en ninguna especie fanerógama conocida. Según nos comenta Esteban Martínez, después de recolectar la planta en septiembre de 1985, inició el arduo trabajo de tratar de determinar un material que como muchos otros que ha encontrado en su zona de trabajo, le pareció interesante. Después de más de un año de búsqueda de información acerca de la planta, Esteban y Clara pensaron que se trataba de una especie de la familia Triuridaceae, grupo de plantas saprófitas con las que Lacandonia comparte rasgos morfológicos, pero que por sus características propias constituye una nueva familia vegetal: Lacandoniaceae. El impacto que este descubrimiento ha tenido o tendrá sobre la filosofía botánica empieza a vislumbrarse. Su estudio apenas se inicia; habrá que llevar a cabo investigaciones fitoquímicas, anatómicas, ecológicas y evolutivas entre otras, lo que permitirá esbozar hipótesis más claras sobre la evolución de esta pequeña planta que definitivamente revolucionará el conocimiento de las especies vegetales en el mundo. Podría decirse que este hallazgo tiene un valor similar en México a los trabajos de superconductores en física o a las técnicas quirúrgicas en la curación del mal de Parkinson. Lacandonia crece en la selva alta subperennifolia en condiciones de extrema humedad en la zona de amortiguamiento de la reserva de Montes Azules al este del estado de Chispas. La zona es interesante de por sí ya que durante los varios años de recolecta de plantas que Esteban ha trabajado allí, no sólo ha descubierto este interesante vegetal, sino que también ha encontrado nuevas especies y nuevos registros de plantas que se habían reportado sólo en Sudamérica o en las Antillas. Pero como sucede en muchos otros lugares del país, esta importante área se encuentra amenazada, ya que las ganaderas planean convertirla en un potrero a corto plazo. Esta situación es realmente grave pues si no se actúa de inmediato para protegerla nos veremos, como en muchos otros casos, ante la destrucción de nuestros ecosistemas y la pérdida de nuestros recursos, en este caso de un valor incalculable. |
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Intituto de Biología, Facultad de Ciencias, UNAM. |
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| microcine |
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| Algunos aspectos de la historia de la microscopía en México | ||||||||||||||||
| Alejandro Martínez M. | ||||||||||||||||
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La breve reseña aquí presentada pretende dar una idea de los principales hechos relacionados con la historia de la microscopía, partiendo de fines del siglo XVII a nuestros días. Se ha resaltado la labor desempeñada por los microscopistas mexicanos; tanto su trabajo de investigación, como su actividad docente en este campo. El microscopio es una herramienta de trabajo y se usa para obtener información en diversas áreas científicas y tecnológicas, tales como las Ciencias Biomédicas, Metalurgia, Física, Geología, Petroquímica y hasta en los trabajos de restauración artística. El microscopio generalmente es requerido por algunas de ellas sólo de manera secundaria, mientras que para otras resulta elemento primordial. El microscopio, instrumento inventado por Hans y Zacharias Jensen en Holanda, hace más de 300 años, fue usado por primera vez en 1590. La iluminación según Köhler data de la última década del siglo pasado, los sistemas de iluminación tangencial, campo obscuro, microscopía de fluorescencia se desarrollaron a principios de este siglo y prácticamente cuentan con sólo 80 años de existir. Pero estos viejos microscopios se han actualizado, modificado su operatividad para dar lugar a las nuevas generaciones de sistemas ópticos: contraste de fases, los microscopios de interferencia de Nomarski, Jamin-Lebedeff, los microscopios acústicos, electrónicos de transmisión y de barrido, los cuales se desarrollan en los años comprendidos entre 1930 y 1965. En las últimas dos décadas la evolución del microscopio avanza en el área de la microscopía de fluorescencia y en la aplicación de sistemas automatizados de medición y cuantificación de las imágenes, culminando con los flamantes microscopios que funcionan con sistemas láser y rayos X. En nuestro país el microscopio se usa por primera vez en 1690 o 1692 (casi 100 años después de haberse inventado), y corresponde a Carlos Singüenza y Góngora (1645-1700) el honor de ser el pionero mexicano de la microscopia. Este dato se deduce de los estudios históricos del Dr. Enrique Beltrán, quien anota en sus trabajos “…Singüenza era de un espíritu inquieto… que no era extraño a la Biología. Se desprende de una carta dirigida al Almirante Pez el 8 de junio de 1692; comentando diversos asuntos, uno de ellos referente a la plaga de “chiahuiztli” que atacó al trigo… Lo interesante es que la forma en que habla del asunto muestra que se mueve en un terreno familiar pera él, y, más interesante aún, es la referencia a que sus observaciones las realizó “haciendo uso de un microscopio, pues esta es la mención más antigua que he localizado del empleo de dicha instrumento en América”.
Como es claro, se desconoce con qué tipo de microscopio se hicieron las primeras observaciones en nuestro país, pero se piensa que pudo ser de cualquiera de los tres tipos siguientes: un Hooke modificado, un microscopio de “tornillo de barril” o un modelo “compás”; es importante hacer notar que se trata para el continente americano de la primicia en microscopía. En el siglo XVIII aparecen algunas referencias a microbios, e infusorios (protozoarios), en los trabajos de Antonio Álzate, sin embargo, se trata de alusiones a trabajos europeos sobre el tema de la influencia de estas organismos en la salud humana. Los estudios desarrollados en el siglo XIX se localizan en “La Naturaleza Ia”, Volumen I, páginas 27 a 36, de 1869, bajo el título de “El Microscopio y la fotografía aplicados al Estudio de las Ciencias Naturales”, el autor de este trabajo es José Joaquín Arriaga. Pasalagua, en 1872, realiza un trabajo similar al de Arriaga, quedando así publicados los primeros registros fotográficos realizados con el microscopio. A principias de este siglo, el Dr. Isaac Ochoterena publicó 3 trabajos sobre técnicas microscópicas; “Elementos de técnica microscópica y de histología vegetal, fase I”, “Elementos de citología, fase II” y “Notas de Biología Vegetal y de Técnica Microscópica”. En estas publicaciones se menciona al microscopio como herramienta de trabajo, y él mismo dice: “No nos ocuparemos ni de su teoría ni del detalle de la parte óptica… nos limitaremos a algunas consideraciones de carácter práctico que faciliten al estudiante el uso correcto del aparato”. En estos escritos el Dr. Ochoterena también señala aportes científicos y de diseño de equipo del “padre de la microscopía moderna”, el Dr. E. Abbe y recomienda el uso de los “Globos de cristal con la solución filtra-rayos”, llamados “filtros con soluciones coloridas”; también se refiere a los trabajos de fotomicrografía. La década de los veinte marca una época importante; por primera vez aparece de manera formal un curso de microscopía; trataba de microscopía botánica y fue impartido en la Facultad de Altos Estudios (que en 1925 se transforma en la Facultad de Filosofía y Letras) de la Universidad. Dicho curso la sustentó el Dr. Enrique Beltrán, convirtiéndote así en pionero de la enseñanza de la microscopia en México; el curso era libre por no formar parte de ningún programa de estudios de las carreras entonces impartidas en la Universidad Nacional; se le asignó como “curso libre de Microscopía Botánica”. El Dr. Ignacio González Guzmán, publica en la Revista Mexicana de Biología en 1931: “El objetivo de inmersión en agua aplicada al Estudio Leucocitario en la Cámara Cuenta Glóbulos”, trabajo que representa una de los primeros esfuerzos por propiciar el uso de técnicas más económicas en los trabajos hematológicos. En 1940, el Dr. Beltrán publica la única biografía encontrada en revistas nacionales referente a Ernst Abbe, padre de la microscopia moderna. En 1941, el mismo Beltrán publica en la revista mexicana “Ciencia” el primer artículo acerca de la microscopía electrónica: “El microscopio electrónico y sus posibilidades”. El Dr. Daniel Nieto Roaro edita el primer trabajo sobre la iluminación en el microscopio según Köhler; es una explicación cuyo fin es dar a conocer el método de iluminación que es actualmente el más usado. En 1950 se encuentra el primer estudio realizado con el microscopio de contraste de fases: la tesis profesional del Dr. Jorge González Ramírez quien, más tarde fuera destacado citólogo del Instituto de Estudios Médicos y Biológicos de la Universidad, primera institución del país que contó con un microscopio de contraste de fases. Esta obra de González Ramírez trata del “Análisis morfológico de la sangre de los batracios”, aplicando diferentes técnicas de estudio, entre ellas, la observación de células vivas con microscopía de contraste de fases, de la cual dice en sus conclusiones “…me parece que este método constituye la piedra base para los avances de la Citología moderna. Nos permite el estudio de las células vivientes sin empleo de reactivo o colorante alguno… tiene, además, el inestimable valor de no introducir artificios de técnica, aún más, permite descubrirlos… Sin embargo, tiene la limitación de mostrar sólo aquellos elementos cuyo índice de refracción es ligeramente diferente…” El Dr. González Ramírez hace un resumen notable, dejando expresadas en unas cuantas líneas las ventajas de esta forma de microscopía, hoy día la más usada en los laboratorios de Biología Celular. El Dr. Ignacio González Guzmán, fundador y director del Instituto de Estudios Médicos y Biológicos de la UNAN de 1940 a 1966 (que durante la década de los sesenta cambió su nombre por Instituto de Investigaciones Biomédicas), en el curso del año 1955 se avoca al estudio del microscopio de contraste de fases y divulga sus conocimientos en uno de sus numerosos cursos impartidos en el Colegio Nacional. El evento a que se hace referencia consta de 13 conferencias; posteriormente, publica en el Boletín del Instituto de Estudios Médicos y Biológicos los primeros trabajos sobre la aplicación del microscopio de contraste de fases según Zernike. Se trata de los trabajos “Nota sobre un sencillo procedimiento para el estudio del aparato nucleonar de las células de los derrames serofibrinosos” y “Observación de las granulaciones argentófilas intranucleares en células vivas con óptica de contraste de fases”. La profundidad de las investigaciones del Dr. González Guzmán lo hacen prácticamente el descubridor del Ácido Ribonucleico o ARN, dado que sin nombrar dicha sustancia, explica su fisiología, y varios años más tarde investigadores dedicados a la bioquímica le dieron el nombre de Ácido Ribonucleico. Esta afirmación se desprende de lo anotado por el Dr. Alfonso Vélez Orozco en la semblanza que escribió sobre la vida y fecunda labor del ilustre mexicano el Dr. Ignacio González Guzmán, cuyos restos yacen en la Rotonda de los Hombres Ilustres desde el 7 de enero de 1974.
En los años correspondientes a 1963 y 1964, el Dr. Eucario López Ochoterena publica trabajos de fotomicrografía y uso del microflash (lámparas de destello para fotomicrografía que permiten obtener registros en fracciones de segundo) para estudios fisiológicos en protozoarios. La microscopía electrónica la trabaja por vez primera en nuestro país el maestro Nicolás Aguilera Herrera en 1946, cuando llega a la Escuela Nacional de Ciencias Biológicas del Instituto Politécnico Nacional un microscopio RCA consola (tipo escritorio) de 30 kv, con un poder de resolución de 100 unidades Angstrom y que permitía hasta 5000 aumentos. También se podían obtener electrofotomicrografías a razón de una cada media hora. En la Escuela Nacional de Agricultura, el maestro Aguilera y el Físico Efrén Fierro emplean en 1948, un microscopio de 50 kv y 100 unidades Angstrom de poder de resolución para desarrollar los estudios sobre arcillas. El Instituto Politécnico Nacional, en 1950, adquiere un microscopio de mayor resolución que los dos anteriores. En el Instituto de Estudios Médicos y Biológicos, el Dr. Jorge González Ramírez realiza por primera vez trabajos que culminan en publicaciones referentes a la aplicación del cultivo de tejidos y la autorradiografía, a él también se deben los trabajos pioneras de ultramicroespectrofotometría, que pusieron a México a la vanguardia de la microscopía mundial. El prestigio de González Ramírez como investigador y microscopista le merecieron ser el único latinoamericano que ha publicado en el Libro Conmemorativo del Centenario de la principal casa fabricante de microscopios en el mundo, fundada por Carl Zeiss y que continuó Ernst Abbe.
En la década de los sesenta la Universidad Nacional adquiere gran cantidad de equipo de microscopía, tanto fotónica como electrónica, el cual distribuyó en las Facultades de Ciencias, Medicina, Instituto de Física, entre otras. En 1965 el maestro Nicolás Aguilera, coordinador del Laboratorio de Edafología de la Facultad de Ciencias de la UNAM, produce gran número de trabajos de alto nivel académico a la vez que imparte cursos y conferencias sobre microscopía electrónica. Actualmente existen los siguientes centros y dependencias en donde se trabaja cotidiana e intensamente con microscopía fotónica: el Laboratorio de Cultivo de Tejidos del Instituto Nacional de Cardiología, a cargo del Dr. Agustín Chávez; el Departamento de Histología a cargo del Dr. Joaquín Carrillo, el Laboratorio de Microscopía Fotónica y Fotografía Científica (Microcine) de la Facultad de Ciencias de la UNAM. El Laboratorio de Biología Celular del Centro de Investigación y Estudios Avanzadas del IPN, a cargo del Dr. Adolfo Martínez Palomo y el Laboratorio de Palinología del Instituto de Geología de la UNAM, entre otros. La enseñanza de la microscopía electrónica ha sido impartida en cursos cortos e intensivos en diferentes dependencias de la UNAM, IPN, Centro Médico del IMSS y otras instituciones. Es actualmente en la Facultad de Ciencias de la UNAM, en el Laboratorio de Microscopía Electrónica, donde se imparte el Curso de Especialización en Microscopía Electrónica aplicada a las ciencias biológicas; este curso forma parte de los programas de la División de Posgrado de la propia dependencia universitaria. De 1965 a la fecha, la microscopía ha recibido un fuerte apoyo en las universidades del país y dentro de ellas hay maestros e investigadores destacados que cotidianamente trabajan con microscopía fotónica y electrónica. En un futuro análisis se presentarán datos acerca del estado actual de la microscopía en nuestro país.
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Referencias Bibliografícas Arredondo, A., y A. Martínez Mena, 1978, La microscopía óptica en el estudio de los protozoarios de vida libre, Tesis Profesional, Facultad de Ciencias, UNAM. * Este artículo aparece en forma similar en el volumen 9 de la Enciclopedia de México, SEP, 1988. |
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Alejandro Martínez M. Departamento de Biología, Facultad de Ciencias, UNAM. |
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| César Carrillo Trueba |
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Sindicato Democrático de Trabajadores Científicos Académicos (TDZZ), primer sindicato independiente de Hungría El pasado 14 de mayo se fundó la primera organización sindical independiente húngara como respuesta a la circular del Ministerio de Educación aparecida en diciembre de 1987, en la cual se anunciaba la reducción de presupuesto y de personal de un 20% a partir de enero de este año en diversos centros de investigación. Esto con el aval de la Academia Húngara de Ciencias y el sindicato oficial. A iniciativa de Gyrgy Spira, historiador, se integrará un comité en el que participan alrededor de 400 intelectuales: matemáticas, filósofos, sociólogos, historiadores, técnicos de la industria y de centros de investigación, etc. Se calcula que podrían llegar a afiliar a cerca de 70 mil personas. En la carta de fundación afirman: “lucharemos por la valorización permanente de una política científica consecuente y que considere también nuestros intereses comunes; por acabar con las restricciones concernientes a la educación y a la ciencia; por la valorización del trabajo de los investigadores (…) por el control democrático y la claridad en la vida científica (…). En el espíritu de solidaridad social seguiremos con atención el desarrollo de la situación de todas las capas sociales”. Manifiestan claramente oposición a “que alguien en su lugar de trabajo sea afectado por sus posiciones políticas, y seremos solidarios con aquellos a los que les suceda tal cosa”. Asimismo se menciona la incapacidad del sindicato oficial para defender a sus agremiados, lo que ha valido incluso que en la última conferencia del POSH, Sandor Gaspar, viejo secretario general de los sindicatos oficiales, no haya quedado en el Comité Central y haya tenido que abandonar el Buró Político. Uno de los miembros del Comité Organizador, el historiador Gyoergy Kerekes, señaló que la ciencia no debe ser víctima de restricciones económicas, sino que debe impulsar la economía y la industria húngaras. EFE, La Jornada
¿Creacionismo en México? Después de múltiples pleitos, críticas e impugnaciones a los libros de texto gratuito, la iniciativa privada ha iniciado la publicación de sus propios libros. Estos “textos paralelos” son editados por la empresa Publicaciones Didácticas, S.A. y promovidos por el Comité Coordinador de la Educación Privada (Cocep), el cual está integrado por el Consejo Coordinador Empresarial, la Confederación de Cámaras Industriales, la Confederación de Cámaras Nacionales de Comercio, la Confederación Patronal de la República Mexicana, la Confederación Nacional de Escuelas Particulares y la Unión Nacional de Padres de Familia. El libro de texto gratuito sobre Ciencias Sociales para 5o. año, dice al referirse al problema del origen del hombre: “los seres humanos aparecieron hace varios millones de años y han evolucionado físicamente”. Mientras que en el libro editado por la iniciativa privada se afirma: “el hombre a partir de su creación, ha sido y será hombre”. Más adelante dice que se cumplió el precepto bíblico que dice: “creced y multiplicaos y henchid la tierra y enseñoreaos en ella”. Recuerda a los niños “que en todos los pueblos existe la tradición de una época remota, cuando empezó el mundo, en la que los hombres fueron creados y eran felices: de alguna manera, todos coinciden también en que el hombre cometió una ofensa a Dios y perdió la época feliz que todos los pueblos añoran”. Estos libros empezarán a circular el próximo año escolar.
La contaminación, causa de la fuerte sequía de este año El 24 de junio del presente año, el senado estadounidense convocó urgentemente a una audiencia para indagar sobre las posibles causas de la fuerte sequía por la que pasaba el país, así como el norte de México. Ante ésta compareció un experto de la Agencia Nacional de la Aeronáutica y el Espacio, James Hansen, quien informó que la NASA ha logrado determinar que la acumulación de anhídrido carbónico en la atmósfera terrestre está recalentando el planeta. Hansen señaló que la temperatura de la Tierra ha aumentado durante los últimos 130 años, lo cual se debe al hecho de que la concentración de anhídrido carbónico ha originado una capa que recubre el planeta impidiendo el paso de los rayos solares, los cuales rebotan sobre la capa atmosférica recalentándola. Este fenómeno so conoce como “efecto de invernadero”, y sería la causa de la sequía sufrida tanto en EU como en nuestro país. Asimismo comentó que la NASA ha realizado una serie de estudios cuyos resultados muestran que la contaminación está alterando drásticamente el clima de la Tierra y que de seguir así, se producirían efectos tales como la aceleración del deshielo de los polos, lo que originaria la expansión de los océanos y el aumento del nivel de agua en las costas así como la evaporación de las numerosas reservas acuáticas continentales como los grandes lagos. Concluyó advirtiendo que de no tomarse medidas eficaces para evitar el aumento del anhídrido carbónico, se podría dar un proceso de desertificación sobre la Tierra. |
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César Carrillo T. Facultad de Ciencias, UNAM. |
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| Montserrat Gispert, Armando Gómez y Alfredo Nuñez | |||||||||||||||
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La interacción Naturaleza-Sociedad puede ser abordada a partir de perspectivas distintas. Una de ellas es la de la Etnobotánica. Las definiciones y los conceptos que de esta disciplina existen son limitados, porque la praxis, a través del tiempo, se ha encargado de cuestionarlos. Para adentrarnos en la concepción y el quehacer de la Etnobotánica, es imprescindible remontarnos a los antecedentes universales y nacionales que le fueran dando cuerpo. A continuación se presenta un breve recuento histórico, mencionando algunos de los trabajos más sobresalientes en este campo. La cultura del vegetal desde tiempos prehispánicos, ha tenido gran relevancia; lo evidencia, el conocimiento, manejo y aprovechamiento de los recursos naturales que poseían los antiguos mexicanos; esta sabiduría se reflejó en el interés que sus gobernantes tuvieron por establecer diferentes tipos de jardines botánicos en donde se cultivaban plantas de ornato, medicinales, alimenticias, que eran colectadas en todos los rincones posibles.
Así tenemos que el primer jardín botánico del Anáhuac lo fundó Nezahualcóyotl en 1402, en el reino de Texcoco, siendo uno de los centros de herbolaria del México precortesiano destruido durante la conquista, al igual que el fundado por Moctezuma Ilhuicamina en Oaxtepetl, que fue el más famoso y notable de los jardines de plantas aztecas en el cual Francisco Hernández tuvo todavía oportunidad de trabajar al llegar a México. Moctezuma Xocoyotzin fundó varios jardines en Tenochtitlán, Ixtapalapa, Azcapotzalco, Coyoacan, Tepoztlán, Tollancingo, Huauchinanco, Xicotepetl, Quauhnahunc, el del cerro del Peñón, el de Atlixco. El de Chapultepetl era uno de los principales. Acerca de su trascendencia, De Gortari (1963) comenta: “Los conocimientos sobre nuevas yerbas medicinales se propagaban con rapidez, lo que permitía que se cultivaran y aprovecharan por la mayoría. De esta manera, los jardines botánicos fueron centros de investigación y aprendizaje tanto sobre vegetales nativos como sobre los procedentes de otros lugares. Más aún, los aztecas adoptaron la costumbre de imponer como pago el envío de plantas”. Es evidente que la conservación de las plantas in vivo requería de un gran saber edáfico, climático, biogeográfico, fenológico, fisiológico y ecológico. Esta sapiencia a pesar de haber sido soslayada y devastada, fue recuperada parcialmente en una serie de documentos trascendentales como son los códices, en particular en el Códice Cruz-Badiano (1552) “De Libellus Medicinalibus Indorum Herbis”, elaborado dentro del contexto del mundo indígena por el médico xochimilca Martín de la Cruz en dónde aún se plasma, en el diseño pictórico, el conocimiento y uso de las plantas medicinales. La traducción al latín por el indígena bilingüe Juan Badiano, presenta concepciones y términos hipocráticos. Autor y traductor, fueron egresados de la escuela Santa Cruz de Tlaltelolco, pilar de la aculutración forzada en el ámbito educativo del México antiguo. Otra obra esa la de Fray Bernardino de Sahagún, para muchos el primer etnólogo mexicano. Se acercó a la Botánica Tradicional por medio de un proceso de evangelización, cuya finalidad ideológica era la destrucción de los cultos nativos e imposición de la religión católica. Como resultado de esta acción surgen “La Historia General de las cosas de la Nueva España” (1573) y el “Códice Florentino” (1569) tomando como sustento metodológico el dominio del idioma y las entrevistas con miembros de la gerontocracia nativa, lo que le permitió presentar un panorama global de la cultural náguatl (López, A., 1976 en: Martínez, J. (comp.)). En su marco teórico, la botánica popular jugó un papel fundamental en el proceso de dominación, ya que en ella confluían aspectos religiosos, sociales, económicos y políticos que debían ser destruidos. El libro XI de su Historia General trata de las propiedades de “Los animales, aves, peces, árboles, hierbas, flores, metales, piedras y de los colores”. En el párrafo referente a los árboles frutales y a las hierbas comestibles, sienta los fundamentos de las técnicas de entrevista y encuesta globales y no sólo de la singularidad. Por ejemplo, cuando habla sobre las hierbas comestibles pregunta: ¿cuál es el origen de su nombre?, ¿cuál es su aspecto?, ¿a qué saben?, ¿cómo se comen?, etc. Este tipo de método es retomado en la actualidad como un aporte primordial al desarrollo de la Etnobotánica. A diferencia de Sahagún, el protomédico Francisco Hernández llega a México bajo el mandato expreso del imperio español, para llevar a cabo un listado de plantas medicinales que reforzaría la farmacopea mexicana y renovaría la monumental obra De Historia Plantarum Novae Hispanie. Es con Clavijero y Del Paso y Troncoso en 1780 que se inicia el proceso de ratificación de los valores culturales de las etnias del México precolombino. Del Paso y Troncoso señala que la iconografía del códice Cruz-Badiano revela, a través de la nomenclatura pictórica un saber tradicional que no debe ponerse en duda, pues esta nomenclatura, que es anterior a la linneana posee grandes analogías con ésta. Esto se pone de manifiesto en la tesis que sostiene Del Paso y Troncoso, de que lo náhuatl tenían dos tipos de nomenclatura botánica: una de tipo morfológico y ecológico y otra que se refería a las virtudes de las plantas.
Uno de los acontecimientos que permitió el restablecimiento de un jardín botánico y la impartición de la primera materia de Botánica, fue la expedición enviada por Carlos III, e integrada por los naturalistas Martín Sessé y Lacasta, Vicente Cervantes y el dibujante Juan Cerda entre otros. A ella se incorporó después el mexicano José Mariano Mociño. Esta primera cátedra de Botánica fue asignada a Vicente Cervantes el 1° de mayo de 1788 y estaba dirigida a médicos con el fin de que conocieran las propiedades y virtudes curativas de algunas plantas medicinales. Desde ese tiempo y hasta principios del presente siglo, la asignatura de Botánica se consolida como cátedra esencial al interior de las escuelas de Medicina, Química, Agronomía y Biología. No obstante, poco a poco la enseñanza de la botánica se aísla y descontextualiza como fiel reflejo de una doctrina que se implantó y que persiste en la actualidad: el Positivismo. En México, el positivismo se convirtió en la expresión ideológica de un grupo social y político llamado los “Científicos” cuya finalidad era formar “hombres prudentes, indiferentes, juiciosos y sumisos”, para justificar sus prerrogativas. “La educación fue el arma de que se valió la burguesía mexicana para persuadir a otras clases…” de que su Orden “… era el Orden de la sociedad”.
La interpretación de esta filosofía va aún más lejos al proponer “eliminar de los mexicanos los defectos de la raza latina y obtener las cualidades de la raza sajona”. (Zea, L., 1943-1944). A pesar de los cambios políticos y sociales que generó la Revolución, el contenido filosófico de la educación mantiene, hoy en día, ciertas rasgos positivistas. Ejemplos de ello son: 1) la enseñanza ahistórica de la Botánica (sin vínculo alguno con los procesos que dan lugar al surgimiento y desarrollo de esta disciplina); 2) el enciclopedismo (un cúmulo de información desconexa); 3) el memorismo (que centra su atención en la repetición mecánica de los aspectos teóricos y prácticos, sin una orientación analítica y crítica). Estos rasgos, aunados a la tendencia a utilizar y reproducir la literatura científica que enseña e ilustra únicamente el conocimiento de la vegetación de otras latitudes (Estados Unidos, Francia e Inglaterra), da como consecuencia inevitable el desconocimiento total del origen, manejo y aprovechamiento de la flora mexicana. A lo larga de varias décadas, esto se ha visto reflejado no sólo en la instrucción formal de la Botánica sino también en la manera de concebir y hacer ciencia. El ignorar la cultura vegetal tradicional ha desembocado en la ausencia de una educación y conciencia botánica en todos los niveles de aprendizaje del sistema nacional. Como puede notarse, la instrucción de la botánica en México ha estado circunscrita a moldes rígidos, arcaicos y anacrónicos que no han permitido una interpretación real de los ecosistemas y sus recursos. A nivel internacional, la Botánica se mantuvo durante largo tiempo bajo la misma concepción hasta que Agustín De Candolle (1819 en: Porteres, R. [comp.], 1970), J. W. Harshberger (1896 Ibidem), Vavilov (1951), Vestal y Schultes (1939 Ibidem), vuelven la mirada hacia la sabiduría tradicional en sus investigaciones, con el propósito de retomarlo para fines utilitarios, desatendiendo el papel que juegan las plantas en el contexto cultural de las etnias estudiadas. Se debe a Harshberger la acuñación del término Ethnobotany (del Latín Ethnobotani). En 1941 Volney Jones y en 1946 Louis Hedin (Ibidem), van más allá de la sola idea de plantas útiles al integrar en sus estudios aspectos filosóficos, mitología, folklore, religión y nociones de botánica. G. P. Murdock (1950 Ibidem) y Harold C. Conklin (1954 Ibidem) consideran que la Etnobotánica es una parte de la Etnociencia, entendida ésta como el saber tradicional a todos las niveles; Conklin considera que la Etnobotánica debe formar parte de las Ciencias Humanas o las Ciencias Sociales, mencionando que la Botánica Científica debe abordarse únicamente para esclarecer las diferencias entre los dos sistemas semánticos. Jaques Barrau (1965 en: Porteres, R. [comp.] 1970), señala que el acercamiento a la investigación Etnobotánica debe enfocarse sobre todo, tomándola como una disciplina autónoma, aunque las Ciencias Sociales y las Ciencias Naturales intervengan en su estructuración haciéndola una rama interdisciplinaria de la Ciencia. Berlin, Breedlove y Raven (1974), implantan un esquema en el cual la Etnobotánica basa su percepción en el análisis lingüístico formal, dejando de lado al hombre como ente cultural, modelo que ha sido severamente criticado por Friedberg (1974) entre otros. En México, la etnobotánica presenta diversas interpretaciones; Manuel Maldonado Koerdell (1940) la integra a las ciencias antropológicas, permitiendo ampliar el objeto de estudio al contemplar la significación cultural de la naturaleza y el impacto que ésta tiene en los diversos grupos étnicos, mientras que Efraím Hernández X. (1976), propone que el modelo etnobotánico está determinado por el medio y la cultura, planteando que el estudio de la relación hombre-planta se encuentra definido dentro del campo parcial y/o total de diversas disciplinas científicas. Alfredo Barrera Marín (1976) insiste en la interdisciplinariedad hablando a favor de la sabiduría botánica tradicional, señalando además la gran importancia de llevar a cabo estudios regionales. A su vez, Miguel Ángel Martínez Alfaro (1976) destaca la importancia de la unión entre Ciencias Sociales y Naturales, que serían el puente entre los portadores nativos de la cultura y el investigador. La reversión del conocimiento botánico tradicional es una preocupación constante en Víctor Toledo que desde 1974 plantea modelos que pueden conducir a dilucidar esta problemática. La Antropología Mexicana participa activamente en la investigación etnobotánica y va a ser el lingüista Roberto Escalante (1974) quien encabeza los modernos estudios etnocientíficos, retomando los modelos de Conklin y Berlin. Como resultado del análisis de esta síntesis histórica, es factible llegar a la conclusión de que la mayoría de las definiciones que existen de la Etnobotánica son descriptivas e incompletas por naturaleza, por lo cual forman parte de una limitante teórica que puede invalidar a la Botánica tradicional como reflejo de la cosmovisión de las pueblos. El resultado de la confrontación constante entre la teoría y la practica ha demostrado al grupo de Etnobotánica de la Facultad de Ciencias que la percepción integral que tienen de la naturaleza las distintas comunidades estudiadas, es convergente, ya que ella corresponde a la cosmovisión que poseen sus pobladores aún en tipos tan disímbolos de vegetación como lo pueden ser un Bosque Tropical Perennifolio (con 4000 mm de precipitación anual) y un Bosque Tropical Caducifolio (con 684 mm de precipitación anual). Esta visión, que llamamos holística, se refleja en su interacción con las plantas, las cuales no son visualizadas como individuos aislados sino dentro de una matriz que engloba, por un lado, aspectos ecológicos (suelo, clima, vegetación, geología, hidrografía, topografía); fenológicos (floración, fructificación, polinización, dispersión); fitogeográficos (regionales); taxonómicos (sistemas de clasificación y nomenclatura) y las características y propiedades de las plantas (medicinales, mágicas, rituales, alimenticias, maderables, ornamentales, etc.). Por el otro, incluye aspectos socio-culturales tales como: costumbres, creencias, religión, festividades, mitos y leyendas, cosmogonía. Este equipo de trabaja, ha propugnado por la recuperación y revaloración del saber tradicional —holístico— que existe primordialmente en los asentamientos rurales a través de tres líneas de investigación: 1) El espacio natural, 2) El espacio transformado y 3) La percepción del medio. En la primera línea quedan incluidos los estudios sobre recursos vegetales silvestres con usos alimenticios, medicinales, ornamentales y maderables. En la segunda, se incluyen las huertas familiares, los procesos de domesticación y el estudio de los sistemas agrícolas tradicionales. La tercera comprende los sistemas de nomenclatura y clasificación. Estas tres líneas de investigación científica están interrelacionadas, respondiendo así a la concepción totalizadora de la Naturaleza que tienen los habitantes de estas zonas. En cuanto al método, la columna vertebral es la entrevista abierta y la observación directa y participativa. A través de las experiencias obtenidas en el estudio de esta disciplina, se ha constatado que: 1. Las definiciones sobre etnobotánica son limitadas. 2. Hay percepciones de la naturaleza diferentes a las nuestras. 3. Existe un saber y una utilización del recurso natural vegetal silvestre propio de cada grupo humano, pero convergente en su cosmovisión. 4. La forma de explotación y conservación de los recursos vegetales por parte de las comunidades rurales entra en contradicción con las políticas económicas (capitalismo dependiente) del gobierno central.
Lo que ha sucedido hasta ahora, es que a la Etnobotánica se ha manipulado como si fuese una papa caliente en las manos que urgía colocar inmediatamente en algún lugar. Es por ello que hoy proponemos hacer un alto en el camino, el cual permita dar cauce a esta nueva orientación en la que quede inmerso el saber ancestral de los grupos humanos estudiados, su cultura, la naturaleza, sus recursos; y nosotros con los resultados de nuestras investigaciones. Es decir, abrir un abanico de posibilidades viables, desde la problemática que nos atañe —la biológica—, en la que se produzcan modificaciones que, respetando tanto el conocimiento tradicional como el científico, repercutan en el avance y en el bienestar más equitativo de la sociedad. Es aquí donde debemos ampliar las posibilidades de la Etnobotánica para que al ligar los eslabones del saber tradicional que poseen las comunidades rurales con las del conocimiento occidental, experimentemos un acercamiento, diferente al actual, hacia la naturaleza. Si esto no se da, en el futuro seguirá sucediendo lo que actualmente acontece. Por un lado, el desplazamiento de los cultivos oriundos de Mesoamérica por otros introducidos del exterior, los cuales ni cultural ni económicamente responden a las necesidades de nuestro pueblo; el “maíz”, (Zea mays L.) substituido por gramíneas forrajeras como el sorgo (Sorghum vulgare Pers.), el “pasto estrella de África” (Cynodon plectostachyus Pilger.), etc. Por el otro, la inexistencia de un inventario florístico y de un registro de recursos vegetales que incluya el saber tradicional sobre su manejo potencial, lo que lleva a la falta de comercialización y exportación de especies nativas como son los casos del “tejocote” (Crataegus mexicana Moc. & Sess.), el “capulín” (Prunus capuli Cav.), el “marañón” (Anacardium occidentale L.), el “huautli” o “amaranto” (Amaranthus hybridus L., A. leucocarpus Wats.), etc. Subsanar estas deficiencias no es tarea fácil. Un camino a recorrer podría ser el del proceso de enseñanza-aprendizaje de la Botánica —y particularmente de la Etnobotánica—, la revalorización del recurso vegetal desde una nueva óptica que contemple las esferas de la cultura, la economía y la política, para arribar a un cambio radical en el diseño curricular que permita un acercamiento cada vez más orgánico a la relación dialéctica Sociedad-Naturaleza. Además, es indispensable que todas los involucrados en las tareas de docencia e investigación de estas disciplinas lleven a cabo una reflexión profunda, que permita generar una conciencia de cambio. Proponemos tres puntos de partida: 1. El conocimiento científico universal. 2. El saber tradicional de los pueblos 3. El establecimiento de grupos de investigación interdisciplinarios. El segundo, entendido como la representación de una herencia cultural que debe ser validada para construir la base de un nuevo conocimiento. La Etnobotánica no puede seguir circunscrita al rescate y revaloración del saber tradicional como objeto de culto o contemplación de las comunidades rurales. Si queremos realmente que se comporte como una disciplina transformadora, debe responder a dos grandes retos: i. Formar nuevas generaciones de educandos que conozcan la potencialidad de la flora nacional y asuman una actitud de responsabilidad crítica y de defensa ante los grupos de poder que hacen un manejo expoliador de la naturaleza. ii. Ser la punta de lanza en la búsqueda de nuevas alternativas en el manejo de los recursos vegetales a partir de la conjunción: saber tradicional 1 conocimiento científico. La constancia de más de un saber es innegable. La existencia de una sola verdad es inadmisible. La pujanza renovadora de la Etnobotánica ha empezado, su progreso es nuestra responsabilidad. |
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Referencias bibliográficas
Barrera, A., 1976, en: Barrera, A. (ed.), 1979, La Etnobotánica: tres puntos de vista y una perspectiva, INIREB, Xalapa. |
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| Montserrat Gispert
Departemento de Biología, Facultad de Ciencias, UNAM.
Armando Gómez
Departemento de Biología, Facultad de Ciencias, UNAM.
Alfredo Nuñez
Departemento de Biología, Facultad de Ciencias, UNAM.
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| Humberto Madrid V. y José Guerrero G. | ||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||
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El usuario (casi) siempre escoge la formulación matemática menos estable para resolver su problema. Nash PRÓLOGO Nuestra intención al elaborar este trabajo es mostrar que si bien la computadora representa un instrumento de gran utilidad en la solución de problemas —llegando a ser indispensable en muchos casos—, su uso acrítico junto con la mitificación que este uso induce en una gran cantidad de usuarios, puede llevar a situaciones tan lamentables como el creer que un resultado obtenido computacionalmente es siempre correcto cuando en realidad en muchas ocasiones está muy lejos de serlo. La presentación que se hace trata de ser lo menos técnica posible de tal forma que las ideas que se intentan transmitir pueden llegar a un público amplio. I. Computación y análisis numérico Un hecho importante con relación a nuestro mundo actual, lo constituye el gran impacto que los avances de la computación han tenido sobre áreas cada vez más extensas de la actividad humana. Así, la investigación científica, la enseñanza, la industria, la administración y algunas manifestaciones artísticas contemporáneas se hayan estrechamente ligadas a la computación, y es éste un fenómeno que tiende a generalizarse cada vez más. Por lo que toca al campo de las matemáticas, la interacción matemática-computación ha sido extraordinariamente rica, siendo uno de sus principales frutos el surgimiento del moderno análisis numérico, cuyo desarrollo en las últimas décadas ha sido tan acelerado que sólo le son comparables la estadística, la investigación de operaciones y la computación misma. Un producto importante de este desarrollo son los programas para calcular soluciones numéricas de problemas matemáticos, presentes en cualesquiera de los centros de cómputo donde se hacen cálculos científicos. II. Mételo a la computadora Una situación usual en la vida diaria de alumnos y profesores es la de enfrentarse a problemas cuya solución implica cálculos tediosos, y cuando esto sucede no falta una voz que sugiera: mételo a la computadora. Los resultados de optar por esa vía merecen algunas reflexiones, según se muestra en los siguientes ejemplos: i) restas pánicas. Problema: dados calcular x - y. El cálculo de la resta da como resultado x - y = r = 10-6 Consideremos ahora las siguientes aproximaciones de x, y: Entra fórmula 01 De estos valores resulta Entra fórmula 02 Por otra parte, los errores relativos cometidos en x, y resultan ser Entra fórmula 03 Así pues, podríamos considerar que las perturbaciones en x, y son razonablemente pequeñas, lo que podría llevarnos a pensar que el correspondiente er fuese también pequeño. Sin embargo, resulta que: Entra fórmula 04 Esto es, hemos llegado a que, errores del orden de 1026 en los datos producen un error del orden de 10° en el resultado. Pero ¿y qué con todo esto?, podría preguntar algún lector. Tratemos entonces de aclarar este drama numérico. En primer lugar obsérvese que, tanto para x, x como para y, y hemos calculado los llamados errores relativos ex, ey respectivamente. Estos valores, además de tener ciertas propiedades interesantes nos permiten saber qué tan buenas aproximaciones de x, y son x, y en un sentido muy preciso. En efecto, obsérvese que ex ≤ 10-5 ey ≤ 10-5 y en ambos casos x, y coinciden con x, y en los primeros cinco dígitos; esto es, ambas aproximaciones tienen cinco cifras correctas de x, y respectivamente. Siguiendo este esquema es directo concluir que en r no tenemos ninguna cifra correcta de r, cosa que en efecto sucede. Al fenómeno antes ejemplificado se le conoce con el nombre de cancelación catastrófica y se presenta cuando (como en nuestro caso) se restan dos cantidades muy parecidas. Un caso típico en el que este fenómeno se presenta es cuando se intenta calcular numéricamente las raíces de una cuadrática. F(x) = ax2 + bx +c mediante el conocido algoritmo Entra fórmula 07 El lector interesado puede recurrir a la bibliografía citada al final para mayor información sobre este punto. ii) No todos los caminos conducen a Roma. Presentamos ahora un problema cuya formulación es una sucesión numérica de las llamadas recurrentes. Aunque el ejemplo aquí presentado es en términos de integrales, al lector no familiarizado con este tema le podemos decir que existen muchos problemas cuya formulación matemática es similar a la aquí presentada. A estos lectores les pedimos que concentren su atención en la fórmula (1). Vayamos pues a lo que nos interesa, que en este caso es calcular los valores de la integral. Entra fórmula 08 para diversos valores de n. Por supuesto, podríamos intentar el cálculo directamente o bien usar algún método numérico para conseguir una aproximación de nuestra integral, sin embargo, el problema resulta más sencillo si notamos que Entra fórmula 09 Lo realmente importante del desarrollo anterior es la relación. Entra fórmula 10 Esta relación nos indica que si conocemos el valor de alguna yn para alguna n particular, podemos entonces calcular los valores de las integrales que le siguen o que le anteceden. Por ejemplo, si conocemos y20 podemos conocer y21 usando nuestra fórmula (1) que para este caso nos dice que Entra fórmula 11 En forma análoga podemos conocer y22, y23, etc. Pero también partiendo de nuestra relación (1) podemos conocer y19 dado que Entra fórmula 12 de donde resulta Entra fórmula 13 y una vez tenido esto, podemos proceder a calcular recursivamente y18, y17, etc. Ahora bien, todo esto a partir del supuesto de que conocemos y20. Sin embargo, conocerla en la práctica no resulta tan fácil. Pero lo que sí es fácil de calcular es y0, ya que Entra fórmula 14 Usando este valor inicial podemos entonces calcular los valores y1, y2, y3, … usando la relación Entra fórmula 15 Una posibilidad para hacer esto sería realizar los cálculos auxiliándonos de papel y lápiz. Otra, mucho más veloz es ¡pasarle el problema a la micro! Por nuestra parte, elaboramos un programa que fue ejecutado en una microcomputadora PC-compatible, obteniendo los siguientes resultados:
¿Y bien? ¿Podemos irnos felices a casa con nuestros resultados? ¡Nada de eso!, porque resulta que yn debe ser positiva para todo valor de n ≥ 0, dado que en el intervalo [0,1] el integrando Entra fórmula 16 es una función continua positiva y debido a ello es que yn debe ser positiva. ¿Cuál es entonces la razón de estos resultados absurdos? ¿Será que nuestro programa está mal escrito? A continuación lo presentamos: program recursion (input, output) El lector que conozca un poco de programación podrá darse cuenta que el programa es correcto. Al lector perspicaz le podemos asegurar que las fórmulas (1) y (2) son también correctas. ¿Cuál es entonces la bronca? El problema radica en la fórmula (2). Pero no piense usted mal, estimado lector. No se trata de un timo; dicha fórmula es impecable desde el punto de vista matemático, pero resulta muy inadecuada desde el punto de vista numérico. Veamos por qué. El valor y0, por ser un número irracional, no es representable en forma exacta en una computadora, por lo que de hecho ésta trabaja internamente con una aproximación —llamémosla y0—. Sea ahora ε=y0-y0 la diferencia entre el valor exacto y su aproximación numérica (ε es llamado el error de aproximación inicial). Supongamos además, con el afán de ser lo menos complicados posible, que en los cálculos posteriores no se comete ningún error de aproximación. Denotemos ahora por y1,y2 … etcétera a las aproximaciones de y1, y2, … calculadas por la computadora. Tenemos entonces que y1 = 1 - 5y0 = 1 - 5(y0 - ε) = 1 - 5y0 + 5ε = y1 + 5ε, esto es, resulta que en el cómputo de y1 a partir de y0 se comete un error de 5ε. Procediendo en forma similar para y2, y3, etc., resulta que Entra fórmula 17
Lo que esta fórmula nos dice es que |yn - yn| = 5n|ε|; o bien, dicho en palabras, que el error en el paso n es 5n veces el error inicial. Así pues, a medid que crece n, el error de aproximación inicial se propaga en forma exponencial, por lo que, en unos cuantos pasos el error correspondiente deja de ser despreciable y esto a la larga conduce a resultados cada vez más incorrectos. El fenómeno descrito con este ejemplo se conoce como inestabilidad algorítmica, y a él nos referiremos más adelante. Y ahora… ¿quién podrá ayudarnos? En nuestro caso, el problema se debe a que en cada paso el error de aproximación inicial se multiplica por un factor de 5, por lo que, aunque el valor de ? sea pequeño a la larga el error de aproximación será grande; y todo ello es debido a la forma como hemos calculado los valores de y1, y2, etc.; esto es, la raíz de nuestro problema está en la fórmula (2). Sería conveniente tratar de ver si es posible plantearse los cálculos de otra forma. Y en efecto, resulta que nuestro ejemplo acepta un tratamiento que nos permite salvar estos problemas. Para ello obsérvese que la fórmula (2) puede ser reescrita como Entra fórmula 18 Si ahora aplicamos esta nueva fórmula para el cálculo de nuevos valores, tendremos un fenómeno totalmente opuesto al anterior; es decir, el error inicial de aproximación disminuirá en cada paso en vez de crecer. Para mostrar esto, supongamos que conocemos, por ejemplo, una aproximación de y20, que llamaremos y20. Tendremos entonces como error de aproximación ε = y20 -y20. Usando ahora la fórmula (3) tendremos Entra fórmula 19 de donde resulta Entra fórmula 20 Esto es, el error de aproximación disminuye en 1/5. Si se prosigue en esta forma el error disminuye 1/5 en cada paso. En general, si conocemos una aproximación yn de yn, con un error de aproximación ε = yn - yn, tendremos que Entra fórmula 21 es decir, Entra fórmula 22 Esto significa que, a medida que k crece, los valores calculados computacionalmente son cada vez más exactos. El nuevo camino que hemos propuesto vía la fórmula (3) es satisfactorio, según se ha mostrado teóricamente. Sin embargo, persiste un problema. ¿Cómo encontrar un valor aproximado de y que nos permita inicializar nuestro proceso? Recurriendo nuevamente a nuestro problema original, ni es difícil demostrar que (entra fórmula 23) (esto se puede deducir partiendo de que en [0,1] , x + 5 ≥ x, y de las propiedades básicas de la integral). De acuerdo a lo anterior 0 < y20 < 1/20. En principio cualquier número entre 0 y 1/20 puede ser usado como una razonable aproximación. A continuación se presentan algunos resultados computacionales obtenidos usando la fórmula (3) y dos valores iniciales de y20.
En ambos casos se obtiene para y0 un valor con ocho dígitos correctos. III. La teoría sirve, aún después de ahogado el niño En general, en un problema numérico, se tiene como punto de partida una colección (x1, x2, … , xm) de datos relativos al problema, y si éste tiene solución única entonces dichos datos deberán producir una colección (y1, y2, … , yn) de resultados. Esto es, se puede decir que existe una relación “funcional” entre datos y resultados; lo que puede simbolizarse como Entra fórmula 24
El interés consiste en calcular una “buena” aproximación de (y1, … , yn) a partir de los datos (x1, … , xm). Y es aquí justamente donde comienzan los problemas, ya que en general lo que se tiene no es exactamente x sino una —digamos “buena”— aproximación, a la que llamaremos x. Esto establece de inmediato la siguiente situación: si a partir de x el resultado es y, entonces si partimos de x deberemos llegar a una solución y. Ahora bien, nosotros desearíamos que se satisficiera algo del siguiente estilo Entra figura Es decir, nos gustaría que si x está próxima a x, entonces la correspondiente y estuviera igualmente próxima a y. Sin embargo, resulta que en general esto no es cierto, pues bien puede darse la siguiente situación Entra figura y esto puede ser así, independientemente del camino que se siga para calcular y. Presentamos enseguida un ejemplo al respecto. Considérese el problema de evaluar la función f (x) en el punto x0. Gráficamente se tiene Entra figura como se observará, aún a pesar de que la evaluación en xa se realice en forma exacta, puede ser que la diferencia entre f (x0) y f (xa) sea mucho mayor que la diferencia entre z0 y za. Dicho en otras palabras: dependiendo de f y x0, puede suceder que un error “pequeño” en los datos nos produzca un error “grande” en los resultados, y ello sin importar el camino seguido en el cálculo de la solución. El fenómeno antes descrito es de ocurrencia generalizada en Análisis Numérico y se le conoce como problema de mal condicionamiento; e igual puede presentarse al evaluar una función como al resolver un sistema de ecuaciones o calcular las raíces de un polinomio. El efecto de cancelación catastrófica mostrado en el ejemplo de la resta de cantidades parecidas es un caso particular de mal condicionamiento. No es nuestro interés discutir en este trabajo cada uno de los casos en los que éste fenómeno se presenta —así como sus posibles curas—, sino sólo mostrarlo como una fuente importante de resultados erróneos cuando se intenta resolver un problema numérico a tontas y a locas; y esto con el fin de que el lector reflexión un poco cuando se enfrenta a un problema numérico, dado que —como hemos visto, el drama puede empezar con el problema mismo. Pero lo anterior no es todo. Resulta que una mala solución puede deberse también al procedimiento seguido para calcularla. En principio uno esperaría que al ejecutar un proceso para calcular la solución de un problema, el resultado fuera suficientemente cercano a la solución teórica (ver figura) Entra figura Esta situación es plenamente razonable dado que los cálculos involucrados en el proceso de solución pueden inducir un resultado que difiera de la solución exacta debido a que, en general, la computadora opera con aproximaciones de números reales. De aquí se desprenden distintas posibilidades: i) Si el problema a resolver es bien condicionado (si no es mal condicionado) se tendría, gráficamente Entra figura El procedimiento P produce un resultad Py “próximo” a y, que a su vez es resultado exacto para los datos x. Todo procedimiento que satisfaga estas propiedades se conoce como algoritmo numéricamente estable; y, por el contrario, un algoritmo será inestable si no produce un resultado cercano a la solución exacta del problema con datos “cercanos”, (ver figura). Entra figura Podríamos resumir lo anterior como sigue: a) Si estamos ante un problema bien condicionado y aplicamos un algoritmo numéricamente estable, es de esperar una buena solución. b) Si el problema en cuestión es bien condicionado y aplicamos un algoritmo inestable, en general, la solución será mala; y esta situación puede agravarse cada vez más dependiendo de las dimensiones del problema. En el ejemplo relativo al cálculo de la integral visto en la sección anterior, se tiene el caso de un problema bien condicionado cuya solución puede resultar “buena” o “mala” dependiendo de la utilización de un algoritmo estable o uno inestable. ii) Si el problema a resolver es mal condicionado y se aplica un algoritmo estable, la situación —gráficamente— sería Entra figura aquí se muestra que puede tenerse una solución “mala“ a pesar de haber sido bien calculada. El caso de atacar un problema mal condicionado con un algoritmo inestable se deja a la imaginación del lector. IV. A manera de despedida Es alarmante el número de personas que usan la computadora en forma irreflexiva, pensado que por el hecho de programar una fórmula encontrarán la solución correcta a su problema. Estas personas sólo validan de forma contundente el axioma de Nash citado al inicio de este trabajo. Es por ello que resultad recomendable el tener ciertos cuidados al escribir un programa o usar un paquete. Existen paquetes en los que se recoge la experiencia de gentes que durante años han trabajado en problemas de estabilidad y mal condicionamiento. Hay que conocerlos. Pero igualmente importante resulta el que el usuario reflexione sobre la naturaleza de sus problemas y se informe sobre las características numéricas de los algoritmos que piense usar, antes de confiar ciegamente en los resultados. Algunas recomendaciones finales: no calcular determinantes para resolver sistemas de ecuaciones lineales; no calcular los valores propios de una matriz evaluando directamente su polinomio característico no usar la fórmula por radicales para calcular las raíces de un polinomio de tercer grado. Si tiene problemas consulte con su analista numérico más cercano. El lector interesado podrá ampliar su visión sobre todo lo antes tratado recurriendo a los trabajos citados en la bibliografía. |
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Referencias bibliográficas
1. Dahlquist, G., and A., Björck, Numerical Methods, Prentice-Hall, 1977. |
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Humberto Madrid V. José Guerrero G. Departamento de Matemáticas, Facultad de Ciencias, UNAM. como citar este artículo → |
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| Ivan Restrepo | |||||||||||||||||||
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Los plaguicidas en México I. EL FRACASO DE LA ESTRATEGIA QUIMICA EN EL CONTROL DE LAS PLAGAS Desde hace por lo menos dos décadas, los estudiosos del problema alimentario han demostrado que la producción mundial de alimentos ha sido más que suficiente para satisfacer los requerimientos nutricionales de toda la población. No obstante, por problemas de distribución, especulación, almacenamiento y transporte, va a dar a la basura aproximadamente el 40% de dicha producción. Y mientras los países industrializados han incrementado sus cosechas gracias a métodos intensivos y nuevas tecnologías, los demás se estancan, o peor aún, retroceden. Así, desde hace un buen tiempo se urge a los países pobres o en vías de desarrollo a aumentar los rendimientos en numerosos cultivos. Esto ha conducido, entre otras cosas, a la progresiva adopción en el sector agrícola de los sistemas de cultivo que dieron origen a la Revolución Verde. Para lograr altos rendimientos, no sólo se ha mejorado la tecnología, también se han ampliado las áreas de riego e intensificado el empleo de fertilizantes. La modernización de la agricultura, implicó igualmente un incremento en el uso de los plaguicidas. Sin embargo, la utilidad real de éstos se discute actualmente en muchos ámbitos y bajo distintas concepciones.
En efecto, el empleo de compuestos químicos para el control de las plagas causa impactos negativos al ambiente, a la salud, e incluso incide desfavorablemente en el proceso productivo del sector agropecuario. Se ha comprobado, por ejemplo, que con los plaguicidas se ocasiona la extinción de depredadores naturales de insectos y se incrementa cada vez más la resistencia de las plagas a las fórmulas químicas. Con ello, el costo de los plaguicidas puede llegar a representar hasta el 80% de los insumos utilizados en el campo. Más no es sólo por esos impactos desfavorables por lo que muchos países industrializados y algunos del Tercer Mundo han suspendido o restringido el uso de diversos agroquímicos. También por los peligros que constituye para la comunidad su fabricación, distribución y empleo. Sin embargo, todas las predicciones coinciden en que la utilización de tales productos continuará creciendo en el futuro, especialmente en los países atrasados o en vías de desarrollo. En tanto, en diversos estudios se demuestra cómo el problema de la escasez de alimentos no se resolverá por la simple vía de incrementar el uso de plaguicidas, como sugieren algunos grupos empresariales y técnicos; se necesita, en cambio, de otro tipo de tecnología y de variados apoyos para aumentar la producción. 1. Algunos ejemplos del fracaso de la estrategia química En la concepción de la agricultura moderna, los plaguicidas son el arma más violenta, efectiva e importante contra infestaciones agudas de las plagas; son productos fáciles de almacenar, transportar y aplicar.* Sin embargo, el uso de compuestos químicos en la agricultura está directamente vinculado con costas apreciables. Si en muchos casos se afirma que los beneficios directos de los plaguicidas pesan más que las desventajas, es necesario revaluar la situación actual y sus posibles implicaciones futuras. La estrategia de combatir a la plaga (sobre todo a las insectos) con el uso unilateral de armas químicas es, desde su concepción, una estrategia equivocada. Los insectos son los más diversos entre toda la fauna de la Tierra, los más adaptables y los más prolíficos. Estos rasgos los hacen perfectamente capaces de resistir, a largo plazo, un producto químico. La estrategia química, además de ser inadecuada para combatir las plagas, es peligrosa. Por principio, significa una amenaza para toda persona que tiene contacto directo con tales compuestos, tanto en una fábrica como en el campo. Se trata de materiales muy tóxicos. Dicha estrategia implica también un peligro para la saciedad en términos de la contaminación del agua, el aire y el suelo y de no pocos alimentos que contienen residuos de agroquímicos. Además, en muchos sentidos, el uso del plaguicida no resulta costeable si se consideran otras posibilidades para solucionar ciertos problemas de la agricultura. Por eso, la alternativa tajante entre el uso de plaguicidas o la pérdida de la cosecha, es sólo parte de la estrategia comercial de quienes los fabrican y venden. Son numerosos los ejemplos que ilustran el fracaso de la estrategia química. Así ha ocurrido en el cultivo de algodón en el valle del Río Bravo, en el sureste de Texas y en el noreste de Métrico. En Texas, antes del surgimiento de los insecticidas orgánicas sintéticos, las plagas primarias del algodón eran el gusano rosado (Pectinophora gossypiella), el picudo del algodonero (Anthonomys grandis) y la pulga saltona (Pseudatomoscelis seriatus). El picudo se controlaba parcialmente por medio de polvos de arsénico; la pulga saltona, con azufre; y el gusano rosado, por métodos culturales de cultivo: fechas exactas y vigiladas para la siembra y la cosecha, así como la eliminación de los residuos de las plantas después de la cosecha. Las otras plagas que ocasionalmente surgieron se atacaban con insecticidas inorgánicos o botánicos. Con la aparición de los insecticidas organoclorados después de la Segunda Guerra Mundial, fue posible controlar mejor el picudo del algodonero. El resultado se reflejó en rendimientos más altos que estimularan la inversión en ese cultivo, en términos de fertilización, riego y mecanización. Durante 10 años se registraron efectos muy favorables, en buena medida debido al uso intensivo de los compuestos organoclorados. Durante la segunda mitad de la década de los cincuenta, el picado logró desarrollar una resistencia al DDT. Para combatirla fue necesario optar por el uso de los insecticidas organofosforados. Esta maniobra ocasionó que el gusano bellotero (Heliothis spp.) se convirtiera en una plaga severa, cuando antes no presentaba problemas mayores. Más el efecto de los organofosforados recayó sobre los enemigos naturales que controlaban a dicho gusano. A partir de entonces se comprobó que dichos productos tienen un efecto relativamente nulo sobre el bellotero, pero adverso sobre sus enemigos. Libre de depredadores naturales, el gusano se reproducía con gran rapidez. Los agricultores cambiaron de nuevo al DDT, pero el bellotero ya había desarrollado una resistencia al veneno. Entonces se hizo necesario tratar el cultivo con altas dosis de paratión metílico para lograr un control mínimo. Este último compuesto también era capaz de combatir al picudo, pero su uso implicaba un gasto muy alto para el productor. Finalmente, en los últimos años de la década de los sesenta, el gusano Heliothis virescens logró tal resistencia al paratión que era necesario rociar el cultivo de 14 a 18 veces por temporada; y aún así, las siembras registraban grandes pérdidas. En este caso, el uso de agroquímicos propició que un organismo que no era plaga llegara a serla y causara grandes trastornos a la actividad algodonera. Durante la misma década, el problema fue aún más severo en el área de Matamoros y Reynosa (bajo río Bravo), al noreste de México. La resistencia de Heliothis spp. a los organoclorados obligó a los agricultores a usar el paratión metílico. Como en Texas, H. virescens se volvió rápidamente resistente al paratión. Después logró tenerla hacia todos los productos químicos disponibles. La imposibilidad de controlar al insecto y otras plagas y los altos costos de control, provocaran que el cultivo del algodón ya no fuera económicamente redituable. Más de 280 mil hectáreas de algodonero desaparecieron virtualmente del noreste de México; y en el lado de Texas, la superficie disminuyó de 121 mil hectáreas a 28 mil. El gobierno mexicano impulsó una nueva área algodonera cerca de Tampico, 400 km al sur de Matamoros y Reynosa. En 1966 se sembraran 200 mil hectáreas de algodón. En cuatro años H. virescens también dañó seriamente el cultivo. El uso inadecuado de los plaguicidas para combatir una sola especie de insecto tuvo el poder de destruir una agroindustria. Estos casos no constituyen ejemplos aislados. Son claras expresiones de lo inadecuado que resulta la estrategia de control que se ejerce con base en tratamientos químicos. Otras regiones de México son ahora una buena muestra de la aseveración anterior, como más adelante damos cuenta. El desarrollo del proceso es predecible: Primero, es el resurgimiento de la plaga principal, que fuera originalmente el objetivo del tratamiento. Dicho resurgimiento se debe a la eliminación de insectos benignos que compiten con la plaga y a la interacción que ejercen los agroquímicos sobre los procesos naturales de regulación. En un ambiente sin enemigos, tanto la plaga que sobrevive al tratamiento con base en una fórmula determinada, como las nuevas generaciones de individuos que nacen con resistencia genética a ella, tienen la libertad de multiplicarse a su antojo. La segunda etapa del proceso es el brote, la erupción de una o más plagas secundarias en el medio. Sin depredadores ni parásitos, las especies que no tenían importancia como plagas se convienen en dañinas. Y para combatirlas se recurre a la aplicación de más y sofisticados compuestas químicos. De ese modo se gesta lo que muchos investigadores llaman el círculo vicioso de los plaguicidas. Cada problema ocasionado por una plaga requiere un tratamiento distinto con más agroquímicos, sean nuevos o conocidos. Pero virtualmente todo organismo vivo puede desarrollar una resistencia a los productos con que se les ataca. Este hecho señala el comienza de la tercera fase del proceso predecible: el último eslabón en el fracaso del control químico es la resistencia. Eventualmente, con el uso continuo de los compuestos mencionados, se eliminan los organismos no resistentes de la plaga y solamente subsisten los individuos bien adaptados a vivir en el medio modificado por el hombre. En poblaciones que no han sido previamente expuestas a los productos químicos, el desarrollo de la resistencia es relativamente lento; pero la frecuencia de genes resistentes, seleccionados para mantener la salud ante los plaguicidas, aumenta rápidamente en una población que por varias generaciones ha sido repetidamente expuesta a estos compuestos. El resultado final es que la especie llega a ser incontrolable por medio de fórmulas químicas. Las plagas que han logrado resistencias múltiples aumentan año con año y cada vez son más difíciles de controlar. Sólo de las especies artrópodas, en 1969 se habían catalogado más de 280 como resistentes a uno o más compuestos. Entre 1970 y 1980, su número se incrementó de 224 a 328; en la actualidad suman ya 411. Pero también los hongos, bacterias, malas hierbas y roedores resisten cada vez más a algunos plaguicidas, En efecto, en 1960 sólo había 20 especies de hongos y bacterias resistentes; hoy son más de 150. Asimismo, se cuentan ya 60 especies de hierbas que resisten a uno o más herbicidas. También hay por lo menos siete especies de ratas que no desaparecen con los productos elaborados para matarlas; incluyendo a la rata negra común.
La resistencia a los plaguicidas organoclorados, organofosforados y carbamatos, quizás con la excepción de los ciclodienos, no se basa en el mismo mecanismo genético. De modo que de nada sirve reemplazar un plaguicida con otro dentro de estos grupos. Por el contrario, agravan generalmente el problema de la resistencia. La evolución que en esta se observa demuestra que la estrategia del control químico ha fracasado totalmente. Así, el uso de plaguicidas no conlleva peligros solamente para la salud humana en los procesos de su fabricación y aplicación; o para la contaminación del medio y los alimentos, también es con frecuencia un peligro para el mismo desarrolla del cultivo, particularmente en cuanto a su continuidad en un lugar específico. Los efectos nocivos de los plaguicidas en los ecosistemas han sido bien investigados últimamente; estos incluyen: a) la resistencia que a su acción muestran cientos de especies de insectos, con clara tendencia a aumentar en el futuro; b) la resistencia de numerosas especies a los herbicidas y fungicidas; c) las variaciones en el éxito reproductor de una gran variedad de plantas, inducidas por los efectos nocivos de los plaguicidas sobre los organismos polinizantes; d) la reducción de las poblaciones vegetales y animales benéficas como efecto del uso de herbicidas; e) la toxicidad de los productos químicos en organismos benéficos y f) la presencia de plaguicidas persistentes en el agua, el suelo y los organismos vivientes. A pesar de todos los hechos anteriores, aparentemente los beneficios económicos obtenidos por el uso de plaguicidas exceden las pérdidas que se registran por los efectos inesperados. Esto es así seguramente porque no es fácil cuantificar los daños ecológicos de la más diversa índole que también se presentan. A pesar de los graves problemas que han causado los plaguicidas, hay que señalar su utilidad cuando existe un brote inesperado de plagas, salvo en el caso de una que sea ya resistente. Pero el paso desde el uso prudente al abuso del plaguicida no es fácil de evitar. La utilización del producto químico estimula su abuso. Esto sucedió en los casos del algodón mencionados antes, y en muchos más registrados en México y en otros países. El algodón es quizás un ejemplo extremo, pero sirve muy bien para subrayar los peligros inherentes al control químico. La cantidad de plaguicidas utilizada en él es gigantesca. Tan solo en Centroamérica se consumen anualmente más de 23 mil toneladas métricas de plaguicidas, en forma de ingrediente activo. El país que más plaguicidas utiliza en el algodón es Guatemala: 9000 toneladas métricas. Le sigue El Salvador con 7000; Nicaragua con 5800 y por último Honduras con sólo 176 toneladas métricas de ingrediente activo. Es imponente notar que en la región centroamericana, la mayor parte de estos productos se utiliza en un periodo de tiempo relativamente corto (entre agosto y diciembre) y en una superficie menor a cuatro mil kilómetros cuadrados. Varios factores explican un consumo de tal magnitud, que también se observa en otras partes del mundo. El algodón es un cultivo de exportación que se siembra en muchos países que así obtienen divisas. A causa de esto, en varios sentidos se encuentra sometido a estrategias políticas, o subsidios, precios fijos, etc. Es muy común que las agencias gubernamentales concedan préstamos para invertir en el uso preventivo de las plagas. Así, existe la idea de que cualquier plaga que aparece en el algodón le resta dinero al bolsillo del agricultor y a la vez, al mismo gobierno. Pero también el uso prolífico de agroquímicos es provocado por la presión que ejerce sobre el productor la industria que los elabora; esta presión se da por medio de una intensa propaganda, por los numerosos vendedores al servicio de las grandes empresas y las agencias comercializadoras y por la generalización de la idea de que el campo debe estar libre de insectos. El resultado de tanto uso de agroquímicos ha sido la ruptura de gran número de ecosistemas algodoneros en diversas partes del mundo. Son conocidos los casos registrados en Egipto, el Valle Imperial en California, el Valle del Cañete en Perú y el Valle del río Ord en Australia; lo mismo que en Colombia, México, Guatemala y Brasil, para citar sólo unos cuantos. Aunque la situación es más aguda en el algodón, los mismos problemas surgen, tarde o temprano, en varios cultivos y el patrón de comportamiento siempre es el mismo: primera, hay un periodo durante el cual disminuyen las pérdidas en el cultivo debido al uso innovador de agroquímicos; esto es, a corto plazo hay una ganancia concreta para el agricultor. Por lo general se aplica un organoclorado, después, empieza la resistencia, ya sea en la plaga primaria o en la secundaria. Esto provoca que el agricultor añada mayor cantidad de plaguicidas o nuevos plaguicidas a sus cultivos. Comúnmente, el cambio se orienta hacia un organofosforado o un carbamato que no dañe tanto al ecosistema y que no ofrezca tanta acción residual. Pero se requieren más aplicaciones por temporada, con lo cual los problemas se agigantan por la resistencia y la aparición de plagas diversas. Finalmente, en los casos extremos, el cultivo no resulta costeable. Cuando se llega a este punto, solamente quedan dos opciones: abandonar el cultivo afectado cambiando a otro cultivo o a otro tipo de uso de la tierra, o variar de táctica en el control de las plagas. Lo que sucede en el campo de la salud pública es más dramático, especialmente en la lucha contra el vector del paludismo o malaria: el mosquito anófeles. Parece que será imposible erradicar esta enfermedad por medio del DDT u otros insecticidas. En 1973, 24 vectores eran ya resistentes al DDT, 41 al dieldrín y BHC. Tres de las 10 especies de anófeles importantes en nuestro continente han desarrollado resistencia al DDT: el A. quadrimaculatus, en Estado Unidos; el A. pseudopunctipennis, en México y, por último, el Anopheles albinanus wiedermann en Centroamérica, que es ya resistente a tres grupos enteros de insecticidas: los organoclorados, los organofosforados y los carbamatos. Para las especies ya resistentes a los organoclorados (en especial a los ciclodienos y al DDT) las opciones que quedan para controlarlas son el malatión y el propoxur, pero éstos son muy caros. Cabe advertir cómo el control de la malaria se requiere precisamente en los países más pobres del mundo. En China, las grandes campanas contra el paludismo se llevan a cabo siguiendo un programa de control integrado. Este comienza con el incremento de la medicina preventiva, la cual incluye el estudio, diagnóstico y tratamiento de los pacientes afectados por la enfermedad; ello permite registrar la incidencia y prevalencia del padecimiento. Incluye también diversos aspectos de tipo social. Así, en sus zonas tropicales, los pobladores han eliminado las fuentes de reproducción de los mosquitos, como son las aguas estancadas; los habitantes se protegen en sus casas con mosquitos y en los huertos se siembran hierbas que repelen los insectos o se queman algunos compuestos de la herbolaria que tienen efectos repelentes. En el campo, donde existen lagunas y estanques, así como en los arrozales, se han sembrado peces de los géneros Gambusia y Poecilia, que se alimentan con los huevos y larvas de los anófeles. Esta técnica ha dado buenos resultados como una forma de control biológico del vector. También existen regulaciones apropiadas sobre el uso de plaguicidas en la agricultura, restringiendo el número y cantidad de agroquímicos para el combate de otras plagas. Este programo constituye una viva demostración de lo que es el control integrado; en él la prevención de malaria se basa en el trabajo de los habitantes de las comunidades y no en lo imposición de una tecnología importada y costosa que desplazaría su participación activa. En gran parte la resistencia que se observa en las poblaciones de mosquitos vectores de la malaria, se debe al uso de sustancias químicas en la agricultura. Por ejemplo, en México, Guatemala, Honduras, El Salvador y Panamá, el Anopheles albimanus desarrolló resistencia a los organofosforados y los carbamatos, que se emplearon como sustitutos del DDT y el dieldrín, en correlación con el uso de estos productos en el algodonero. En Centroamérica, las áreas con más problemas de materia, son justamente aquéllas donde se cultiva el algodonero. El uso intensivo de plaguicidas en la agricultura muchas veces provoca que un producto cuya eficacia debía ser alta para la salud pública, deje de tener las ventajas esperadas. Respecto a las consecuencias en la salud, hay una gran cantidad de estudios que señalan los efectos residuales de los plaguicidas en mamíferos. Se ha analizado la leche materna y la leche de vaca en múltiples regiones tropicales sometidas a las campañas contra el paludismo; también en países templados, concentrándose en ambos casos la acumulación de sustancias tóxicas. En particular, DDT y su producto de biotransformación, el DDE. Más adelante nos referiremos con más amplitud a este asunto, al hablar de los impactos adversos de los agroquímicos en el ser humano y en el ambiente. Otro ejemplo de los peligros del control químico se tiene en la agricultura de California, en Estados Unidos. Se trata del usuario número uno de insecticidas en el mundo, con un 5% del total. Allí, cada una de las 25 especies de plagas más dañinas provocan pérdidas millonarias. Diecisiete ya son resistentes a uno o más insecticidas, y se sospecha que siete más lo son también. Diversos estudios señalan que en California 24 de las 23 plagas principales son agravadas o inducidas por el uso de insecticidas. Antes eran menos peligrosas, pero ahora son un problema debido a la acción de los agroquímicos. En otros casos se trata de plagas en etapa de resurgimiento después del uso de dichos compuestos. Cuando en 1945 empezó la época de los plaguicidas sintéticos debido al gran éxito del DDT', en Estados Unidos se aplicaban alrededor de 25 millones de kilos de insecticidas. En ese entonces las pérdidas ocasionadas por insectos constituían alrededor del 7% del cultivo antes de la cosecha. Actualmente se utilizan allí más de 300 millones de kilos, pero se pierde el 13% del cultivo antes de la cosecha debido a la acción de los insectos. La utilización creciente de sofisticados agroquímicos no ha podido resolver el problema. Cuando en 1945 empezó la época de los plaguicidas sintéticos debido al gran éxito del DDT', en Estados Unidos se aplicaban alrededor de 25 millones de kilos de insecticidas. En ese entonces las pérdidas ocasionadas por insectos constituían alrededor del 7% del cultivo antes de la cosecha. Actualmente se utilizan allí más de 300 millones de kilos, pero se pierde el 13% del cultivo antes de la cosecha debido a la acción de los insectos. La utilización creciente de sofisticados agroquímicos no ha podido resolver el problema. Para algunos investigadores, en los Estados Unidos la producción agrícola en áreas de alta tecnología se aproxima ya a su nivel más alto. A pesar de la intensificación de la agrotecnología, las plantas se encuentran en sus limites genéticos y no son capaces de producir más cada año. Por otra parte, el uso de plaguicidas aumenta de manera exponencial pero sin que se registre un aumento apreciable en los rendimientos de las plantas. A la vez más que nunca existen especies de insectos dañinos; el costo de control es también más alto y el efecto nocivo en el medio no tiene comparación. Sin embargo, sigue aumentando el uso de agroquímicos. A pesar de que hoy se utilizan métodos más avanzados e intensivos, hay pérdidas de aproximadamente 33% de la producción agrícola potencial, propiciadas por las malezas, los insectos, diversos organismos patógenos, los nemátodos y otras plagas. Se calcula que sin el uso de tales fórmulas, las pérdidas llegarían a un 41% de la producción potencial. Estas cifras adquieren toda su magnitud si se les compara con el 7% de pérdidas que había al empezar la época del uso extensivo de fórmulas químicás. 2. El supermercado de los plaguicidas Es importante señalar algunos indicadores económicos de los plaguicidas. En 1974, por ejemplo, los países del Tercer Mundo importaron 641 millones de dólares de estos insumos químicos; cuatro años después, aumentó casi a 1000 millones de dólares. Para 1980 este cifra llega a 2817 millones, lo que equivalió al 20% del comercio internacional de plaguicidas (13 mil millones de dólares). Los principales exportadores a nivel mundial son: Alemania, con el 25%; Estados Unidos, 20%; Inglaterra, 15%; Suiza, 15%; Francia, 13%; Japón, 5% e Italia, 3%. Estos países surten virtualmente todas las importaciones del Tercer Mundo. Para 1986 se calcula que el consumo total de plaguicidas se aproximó a los 2.5 millones de toneladas con un valor de 15 mil millones de dólares; y que el Tercer Mundo tuvo un consumo de poco más de medio millón de toneladas con un costo de 3600 millones de dólares. Cada año los Estados Unidos se inclinan más hacia las exportaciones. En la última década, la producción interna de plaguicidas creció un 50%, mientras las exportaciones lo hicieron en 200%. Se estima que dicho país exporta más de 1000 millones de dólares en plaguicidas, el 30% de las cuales se compone de productos no registrados para uso interno, o bien cuyo registro ha sido cancelado por su Agencia de Protección Ambiental (EPA). No están disponibles aún cifras que permitan comparar el fenómeno anterior con lo que ocurre en el caso de otras naciones exportadoras, pero todo hace suponer que el comportamiento es muy similar. No hay duda, tampoco, del negocio inmenso que en este caso constituye el Tercer Mundo para las multinacionales. La tecnología de los plaguicidas atraviesa las fronteras con mucho más facilidad que la superestructura social y legislativa necesaria para su control en nuestros países. Los intereses económicos en juego hacen que se hagan a un lado y no se consideren en lo más mínimo los graves problemas de salud, de empleo y del ambiente que ocasionan los agroquímicos. En las fábricas de los países importadores, el mayor peligro es para los obreros que mezclan, empaquetan y distribuyen los productos, sin tener la protección necesaria (ropa adecuada, guantes, mascarillas, etc.). Bien poco saben del peligro que representan los productos con los que trabajan. Cabe aclarar que, a la materia prima que llega al país importador en recipientes con etiquetas en inglés, francés, etc., se le debe colocar otra en castellano donde se advierta del peligro y uso correcto de los productos. Pero aún teniendo estas etiquetas, muchos trabajadores no ponen atención en ellas por negligencia, porque a duras penas dejaron el analfabetismo o porque están escritas de manera ininteligible.
No terminan ahí las cosas: cuando el producto es envasado nuevamente en recipientes pequeños, a veces se expende sin etiqueta y, por ende, sin advertencia del peligro de envenenamiento a que se expone el usuario directo y en general quienes habitan el campo o consumen ciertos productos impregnados con estos agroquímicos. La contaminación generalizada del suelo, del agua, de las plantas y de los alimentos (leche, carne y verduras, por ejemplo), propicia graves problemas de intoxicación en la población trabajadora; afecta también a quienes viven en otras áreas pero consumen los productos alimentarios citados. El daño para la población es pues directo e indirecto. Tomemos como ejemplo de lo anterior a una sola empresa norteamericana para indicar el peligro que constituyen los plaguicidas en el Tercer Mundo: la Velsicol Chemical Corporation, parte del monopolio Northwest Industries. Esta empresa logró renombre en 1976 a través de la prensa norteamericana, después de una denuncia de la OSHA, agencia de los Estados Unidos destinada a la administración de seguridad y salud ocupacional. Se reveló que los obreros de la planta de esa empresa que trabajaban en Texas en la fabricación de fosvel (leptofos), sufrían enfermedades del sistema nervioso central. Los trabajadores levantarin una demanda contra Velsicol; la fábrica fue cerrada. La Agencia de Protección Ambiental (EPA) negó el permiso a Velsicol para vender fosvel en ese país pero lo otorgó por un año para “uso experimental”. Entre los organoclorados, Velsicol produce endín, clordano y heptacloro, y a pesar de que en los Estados Unidos está estrictamente limitado su uso, estos productos se exportan al Tercer Mundo. ¿Por qué alientan los países industrializados la exportación de productos altamente tóxicos? Responder a esta interrogante lleva a conocer el papel que juegan las trasnacionales. Tomemos nuevamente los Estados Unidos como ejemplo, por ser el país del que disponemos de mayor información. Allí, todo ingrediente activo debe estar registrado y aprobado por la EPA. Pero no existe ninguna institución que vigile o restrinja realmente las exportaciones de aquéllos que son suspendidos; más aún, la ley estadounidense permite el envío al exterior de los productos suspendidos internamente. Si una empresa tiene un producto que es sólo para exportación, no requiere registrarlo en la EPA y tampoco avisar de los ingredientes que lo componen. Lo grave es que en los plaguicidas no registrados se utilizan sustancias aún más dañinas que las suspendidas por esa agencia. A partir de 1979 la EPA modificó algunos de sus reglamentos. Por ejemplo, toda empresa fabricante de tóxicos debe notificar al comprador de los peligros del producto; también, avisar si está registrado o no por la EPA. El comprador, a su vez, acusará recibo de esa advertencia a la citada agencia gubernamental. Sin embargo, aunque la EPA informe a los gobiernas compradores sobre el por qué no está registrado cierto compuesto, no tiene el poder de impedir ni la exportación ni su uso. Las transacciones se dan tan velozmente que antes de que un gobierno pueda decidir la autorización o restricción de un producto, éste ya se encuentra en el país. Además, muchos de los compradores extranjeros son filiales de las compañías elaboradoras, por lo cual la información del producto jamás llega a las autoridades competente y menos a los consumidores que las aplican en el campo. Si los gobiernos que compran o permiten que particulares adquieran agroquímicos en los Estados Unidos no disponen de métodos eficaces de vigilancia, control o información, muy poco pueden hacer para sancionar a éstos o para evitar problemas en la salud y el ambiente. A esta dificultad se enlazan los efectos de la política de la actual administración norteamericana que ha debilitado el poder de la EPA frente a los fabricantes, al no hacer necesaria la aprobación por parte de los Departamentos de Estado y Comercio, el que los exportadores notifiquen el contenido y riesgo de sus productos. Agréguese a lo anterior el que la Asociación de Fabricantes de Productos Químicos y la Asociación Nacional de Productos Químicos Agrícolas se oponen vigorosamente a la EPA alegando, entre otras cosas, que no tienen ninguna necesidad ni obligación de informar sobre los peligros que representan las fórmulas que elaboran. A este respecto, las asociaciones de fabricantes de productos químicos, lanzaron en agosto de 1981 una propuesta: a grandes rasgos, señala que avisar sobre la peligrosidad de sus fórmulas puede ser perjudicial para ellos, pues se crea una desventaja competitiva para los exportadores y arriesga los intereses del comercio estadounidense. A la fecha no existe ningún acuerdo oficial entre el Departamento de Estado y el de Comercio de dicho país acerca de la ley de producción y exportación de insumos químicos peligrosos. Ambas dependencias estaban de acuerdo en que era conducente distribuir entre los consumidores los reglamentos de los productos. El Departamento de Estado proponía que se enviaran a los gobiernos interesados y el de Comercio quería que lo fueran a un intermediario, como la ONU. Las advertencias sobre uso y contenido de los plaguicidas, según la ley estadounidense vigente en 1981, contienen muy poca información sobre las formas adecuadas de utilizarlos, los antídotos en caso de envenenamiento, etc. Por esta razón, los gobiernos importadores y los particulares no pueden tomar decisiones convenientes a la hora de comprarlos. Más aún si carecen de medios de investigación adecuados y confiables. Las nuevas disposiciones sobre la materia están diseñadas para diseminar menos información, evitando así las “desventajas competitivas” para el exportador. La política de los Estados Unidos es coherente con el apoyo que ese país brinda a sus productores. Así, el Tercer Mundo no cuenta con las autoridades de dicho país, ni tampoco de las de aquellos otros que elaboran agroquímicos, para obtener la información y la protección adecuada sobre el uso de tales compuestos. Tampoco se tiene el apoyo científico y técnico necesario que impida localmente la acción de los exportador. El mercado de plaguicidas tiende a crecer sin control porque, en general, los países compradores del Tercer Mundo no disponen de los medios adecuados para proteger a la población; en la mayoría de los casos reina la ignorancia sobre el problema. Suele suceder con frecuencia, también, que a pesar de conocer las implicaciones del uso unilateral de agroquímicos, ciertos funcionarios y técnicos están coludidos con los agentes vendedores de las multinacionales. Los beneficiarios principales de la estrategia química de control son precisamente los fabricantes y quienes viven de la industria, pues tienen grandes ganancias económicas. Por ejemplo, los distribuidores profesionales, los fabricantes de implementos para la aplicación de los productos, los dueños de los aviones fumigadores, las casas de publicidad que promueven los agroquímicos a través de revistas, folletos, programas de radio, etc. Todo hace pensar que la estrategia que basa un programa de control de plagas en el uso intensivo de plaguicidas está destinada al fracaso aún en los países en vías de desarrollo agrícola y tecnológico. Si bien hay un aumento inicial en los rendimientos de la cosecha, a mediano plazo el aumento es y se debe sobre todo a la aplicación intensiva de cada vez más compuestos químicos; más esta espiral tiene su límite, no solamente porque las inversiones monetarias llegarán a ser astronómicas (de 20 a 46 millones de dólares el descubrimiento de un nuevo plaguicida) sino porque debe protegerse el ambiente y a la población, cada vez más afectadas por los residuos de los numerosos venenos modernos. 3. El atractivo de utilizar plaguicidas y sus contraindicación Dadas las limitaciones inherentes al control químico unilateral y a los altos costos que implica, es importante explicar por qué se suscitó la atracción por dicha estrategia. Es evidente, por ejemplo, que en el campo de la salud pública el control fue efectivo, por lo menos al principio, y es relativamente barato y fácil de aplicar. También implica una cuestión moral: si el uso del plaguicida sirve para salvar la vida de muchas personas, debe ser aprovechado. Asimismo, recurrir en el lugar apropiado a métodos químicos en contra de ciertas enfermedades originadas por vectores rinde su efecto. Pero termina en cuanto se desarrolla una resistencia.
Ahora bien, el atractivo del control unilateral en la agricultura tiene bases más complejas. En buena medida, es el resultado de la inercia de una buena parte de los profesionistas vinculados con el sector agropecuario y de la voracidad de los fabricantes de agroquímicos, interesados en ampliar sus mercados. Hoy en día —salvo en muy pocas universidades y dependencias gubernamentales— la mayoría de los entomólogos prefiere el método químico, como fruto de su preparación, de su creencia en los resultados a corto plazo y hasta de la interesada intromisión de las empresas en los planes de estudio de no pocas instituciones de educación superior. También cuenta el que una parte considerable de la investigación que se realiza en el mundo sobre temas de interés agrícola y entomológico es patrocinada directa o indirectamente por la industria química. En el campo, casi toda la información sobre los plaguicidas se recibe a través de la propaganda elaborada por quienes los fabrican o distribuyen, y el resto a través de los técnicos que recomiendan su uso. Casi siempre, los agricultores se orientan para utilizarlos por las indicaciones que se incluyen en las etiquetas de los envases que contienen los plaguicidas. Con los fármacos ocurren en numerosos países diversas anomalías: además de no existir mayor control para su venta, es fácil comprobar cómo la gente recurre a la automedicación y hasta recomienda a amigos y familiares tal o cual nombre porque “les hizo mucho bien”. Con los agroquímicos sucede algo semejante. El campesino escucha a través de un técnico, un amigo, por la radia o en la tienda, las ventajas de un producto determinado por qué es bueno para las plagas y lo adquiere fácilmente en el mercado. Además, el agricultor que ya sabe algo acerca del poder inmediato de un plaguicida no quiere arriesgar su cosecha. En la mayoría de los casos desconoce la capacidad de resistencia que ofrece un cultivo determinado a cierto nivel de plaga y no tiene el concepto de “umbral económico”. Por esto, en vez de buscar una solución a través del conocimiento profundo del problema (lo cual siempre implica costo y riesgo así como tiempo y técnicos capaces), se empeña en auto protegerse con un tratamiento profiláctico a base del control químico, de acuerdo con un programa preestablecido. Este tratamiento programado, en vez de responder a una necesidad real, entraña un uso mucho mayor de insumos que el adecuado; y a largo plazo, crea más problemas de los que resuelve. Así, por ejemplo, a causa del éxito inicial del DDT y de los otros organoclorados, el objetivo del agricultor fue dejar a su cultivo completamente libre de insectos. Los plaguicidas son las únicos capaces de matarlos indiscriminadamente, aunque con el paso del tiempo compruebe que es un éxito pasajero. La respuesta de la industria química a la perdida de eficacia del DDT y otros compuestos fue y sigue siendo el descubrimiento y as comercialización de nuevos productos cuya eficacia también inevitablemente será limitada. Pero esta estrategia evita la necesidad de confrontar globalmente la falla principal del enfoque: creer que el insumo químico puede afectar selectivamente a un organismo determinado, cuando lo que sucede en realidad es que afecta a todo el ecosistema, del cual la plaga es apenas una parte, a veces mínima. No debe subestimarse el papel de la industria trasnacional para mantener la popularidad de la estrategia química unilateral: el uso de plaguicidas le representó en 1986 ventas anuales por 15 billones de dólares. No solamente ejerce un poder gigantesco por medio de la propaganda, sino que también utiliza tácticas de intimidación contra investigadores y trabajadores que en estaciones experimentales de diversas partes del mundo estudian opciones alternativas al uso de compuestos químicos; y contra quienes en diversos foros denuncian los muchos riesgos de tales productos. Cabe señalar que el plaguicida se considera indispensable en el ambiente creado en torno a la modernización de la agricultora. Es cierto que las plagas destruyen un porcentaje apreciable de la cosecha potencial en muchos países y que representan un peligro para la salud humana. Pero tampoco debe olvidarse que la mayor parte de los cultivos modernos se basan en híbridos, en frutos genéticas que no tienen una larga historia en el desarrollo de resistencias apropiadas, y de esa manera necesitan la protección artificial que lea da la industria química. La tendencia actual de establece áreas extensas de monocultivos propicia que una infestación llegue rápidamente a niveles muy peligrosos y requieran tratamiento químico. También la preferencia creciente en el mundo por hortalizas, frutas y cítricos estéticamente perfectos, impulsada también por la publicidad, aumenta la necesidad de recurrir a plaguicidas que eviten la imperfección del fruto. 4. Incrementar la producción de alimentos, una justificación Los que proponen el uso intensivo de plaguicidas sostienen que hay un mundo hambriento y que se necesita recurrir a cualquier método con tal de aumentar los rendimientos de los cultivos, para así alimentar a cada vez más seres humanos. Este argumento es acaso el más esgrimido por los fabricantes de agroquímicos y sus defensores en diversas esferas, cuando hablan de lo indispensable de utilizar sus productos. Pero dicho criterio merece un cuidadoso análisis. Ante todo, es necesario precisar que tanto en el mundo industrializado como en los países en vías de desarrollo o abiertamente atrasados, la mayoría de los plaguicidas no se usa en las cultivos cuyas cosechas proporcionan el alimento que demanda la población. Por ejemplo, en los Estados Unidas casi la mitad del insecticida se utiliza en el algodón; otra tercera parte no va a los campos agrícolas, sino a las industrias, los clubes de golf, los parques y los pastos de casas particulares. En el caso del Tercer Mundo, la gran mayoría se destina a los cultivos de exportación, principalmente algodón, tabaco, café y hortalizas. El argumento de que se necesitan los agroquímicos para alimentar a los hambrientos, tampoco es válido por otra causa también importante. Como hemos visto, el uso de los plaguicidas propicia su necesidad, cada ves a un precio más alto. La tendencia del agricultor cuando aumentan sus costos de cultivo, es dedicar más terreno a la agricultura de lujo, de exportación, con la cual obtendrá mayores ganancias. Esto conduce a que haya menos hectáreas dedicadas a los cultivos básicos que son los que demanda la mayoría de la población. Toda las estadísticas demuestran que en el Tercer Mundo el uso más intenso de plaguicidas se concentra en los cultivos destinados a la exportación. No pocos investigadores sostienen que dicha práctica da la oportunidad al mundo industrializado de experimentar en cabeza ajena el uso extremo de productos químicos. Un ejemplo claro es el caso del algodón en Nicaragua. Entre 1950 y 1965, el número de hectáreas dedicadas a dicho cultivo aumentó 1000%. A fines de la década de los cincuenta, por recomendación de los técnicos de la Agencia Internacional para el Desarrollo de los Estadas Unidos (AID), los grandes agricultores aplicaban insecticidas unas ocho veces por temporada, y también una buena cantidad de fertilizantes. Los rendimientos aumentaron considerablemente hasta alcanzar su más alto nivel en 1965. Al año siguiente, todavía con la asesoría de la AID, las aplicaciones eran 28 por temporada; aún así, los rendimientos empezaran a bajar y los costos a aumentar considerablemente. Pocos años después, en la región costera del Océano Pacífico los campos se trataban de 35 a 40 veces con mezclas de varios plaguicidas aplicados por avión. La producción del algodón dejó de ser costeable. Nicaragua obtuvo en cambio el récord mundial en el número de aplicaciones de agroquímicos a un solo cultivo. Y por primera vez el frijol y el maíz cultivados en la región citada, que no se trataron para nada, sufrieran grandes daños a causa de los insectos. El caso nicaragüense muestra claramente el resultado del sobreuso de los plaguicidas; ese país funcionó virtualmente como campo experimental en beneficio de las poderosas empresas trasnacionales de Estados Unidos. Muy alto fue el costo ecológico para los campesinas pues muchos resultaron intoxicados o sufrieron enfermedades como ceguera y dermatitis; y las mujeres, trastornos de tipo reproductivo. Debe señalarse que a partir del triunfo de la revolución sandinista, los recursos económicos destinados a la compra de plaguicidas se redujeron dramáticamente, lo que motivó que se despertara el interés y la experimentación con métodos alternativos y de control integral, a través de comités regionales, quienes han obtenido algunos éxitos importantes, pese a la inestabilidad que existe en ciertas áreas agropecuarias por la acción de los mercenarios.
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| * Actualmente en prensa, a ser publicado por la editorial Océano.
con la colaboración de Susana Franco. |
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| Richard Feynman | |||||||||||
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Conferencie pronunciada durante el Congreso Anual de la Asociación Nacional de Profesores de Ciencia de los Estados Unidos, 1966* Quisiera agradecer al Sr. De Rose la invitación para asistir a su congreso de profesores de ciencia. Yo mismo enseño ciencia, y mi experiencia, que se limita a la enseñanza de la Física a estudiantes universitarios, me basta para saber que no sé cómo enseñar. Pero estoy seguro que ustedes tampoco lo saben; los verdaderos maestros que trabajan en la base de esta jerarquía de profesores, consejeros pedagógicos y demás expertos, tampoco saben cómo hacerlo; de otra forma no se encontrarían aquí. No fui yo quien escogió el tema de esta conferencia: ¿Qué es la ciencia?, fue el Sr. De Rose. Quisiera aclarar que para mi la pregunta: ¿Qué es la ciencia?, no es equivalente a la de: ¿Cómo enseñar la ciencia? Y lo quiero aclarar por dos razones: primero porque en vista de la forma en que comencé esta conferencia, se podría creer que me dispongo a decirles cómo enseñar la ciencia, que no es el caso, ya que ignoro todo sobre los niños. Ya he tenido uno, y por lo tanto yo sé que no es nada. En segundo, porque pienso que hay tanto en esta área, tantos expertos, coloquios y artículos, que la mayoría de ustedes deben padecer de alguna manera u otra, una cierta falta de seguridad. No cesan de reprenderlos, de repetirles que así no es como se enseña, que hay que hacerlo de otra forma. No es mi intención sermonearlos una vez más, ni decirles que ustedes hacen mal su trabajo o cómo mejorarlo. De hecho, nosotros constatamos en Caltech que los estudiantes que nos llegan son muy buenos, mejores año con año. ¿A qué se debe? No lo sé. Quizás lo saben ustedes. Yo no quiero modificar en nada el sistema de enseñanza, funciona muy bien. Hace apenas dos días que en nuestra universidad, durante una reunión de comisión, hemos decidido que ya no es necesario enseñar la mecánica cuántica a nivel de maestría. Sin embargo, cuando yo era estudiante de maestría, no teníamos ningún curso de mecánica cuántica; era considerado muy difícil. La mecánica cuántica fue introducida como materia en la maestría en la época que yo empezaba a enseñar. Ahora ésta se enseña desde la licenciatura, y podemos comprobar que los estudiantes que vienen de otras universidades tampoco necesitan aprender mecánica cuántica elemental. ¿Por qué? Porque los estudiantes están mejor preparados que antes, lo cual nos permite realizar una mejor enseñanza en las universidades. ¿Qué es la ciencia? Todos ustedes saben lo que es; es evidente puesto que la enseñan. ¿Qué más puedo decirles? De hecho, si ustedes lo ignoran, consulten el prefacio del primer manual que tengan a la mano; todos contienen una explicación completa sobre la cuestión. Ahí encontrarán la quinta esencia diluida y deformada de las ideas de Francis Bacon; ideas que en la época, es decir, hace varias siglos, pasaban por el nec plus ultra de la filosofía de la ciencia. Sin embargo, uno de los más grandes experimentadores de la época, William Harvey, decía que la ciencia vista por Bacon no era más que la ciencia del ministro que éste era. Pues Bacon, quien hablaba sin cesar de las observaciones que había que hacer, olvidaba una sola cosa, a pesar de ser ésta esencial: la necesidad de elaborar primero un juicio sobre lo que vale o no la pena de ser observado, sobre aquello a lo que hay que prestar atención. La ciencia no es por lo tanto lo que los filósofos han dicho y menos lo que dicen los manuales ¿Qué es entonces? Esta pregunta realmente me la he hecho después de haber estada de acuerdo con el título de la conferencia propuesta por el Sr. De Rose. Entonces me vino a la memoria un poema: Un ciempiés vivía feliz, Yo he hecho ciencia toda mi vida, sabiendo perfectamente lo que era. Pero para decirles cómo poner un pié delante del otro —por lo que se supone que estoy aquí— me siento incapaz. Es más, la comparación con el ciempiés me inquieta; tengo miedo que al regresar a casa no pueda investigar más. Muchos periodistas me han pedido por adelantado un resumen de esta conferencia, pero como la preparé en el último momento, me fue imposible hacerlo. Ya los veo precipitarse hacia las oficinas de redacción para anunciar con grades letras el encabezado: “El profesor Feynman dijo al presidente de la Asociación de Profesores de Ciencia: ¡Usted no es más que un sapo bromista!”. En vista de la dificultad del tema y de mi escaso gusto por las explicaciones filosóficas, voy a tratar la cuestión de un modo poco habitual. Voy a decirles cómo aprendí lo que es la ciencia. Lo aprendí cuando era niño; siempre lo he tenido en la sangre y quisiera decirles como sucedió. No vayan a creer que me preparo a decirles como enseñar; en ningún momento ha sido esta mi intención. Solamente quiero explicarles lo qué es la ciencia contándoles como la aprendí. De hecho, todo lo debo a mi padre. Cuando me encontraba en el vientre de mi madre, mi padre dijo un día: “Si es niño, se dedicará a la ciencia” (al menos es lo que cuenta la leyenda, pues yo no me encontraba en posibilidades de escuchar la conversación). ¿Cómo hizo pata llevarlo a cabo? Nunca me dijo que yo tenía que dedicarme a la ciencia. El mismo no era científico, se dedicaba a los negocios; era director de ventas de una empresa que fabricaba uniformes. Pero había leído cosas sobre la ciencia que lo apasionaban. La primera historia que se refiere a mi, data de cuando era muy pequeño: todavía comía en una silla alta. Después de la comida mi padre jugaba conmigo. Había traído de no sé qué parte de Long Island City, una pila de viejos mosaicos para baño; los colocábamos como si fueran naipes, extremo con extremo uno detrás del otro, y luego me dejaba empujar uno de los extremos para ver caer toda la fila. Hasta aquí, nada había de extraordinario. Pero más tarde el juego se volvió un poco más complejo. Los mosaicos eran de colores diferentes y yo tenía que colocarlos en orden: un blanco, dos azules, un blanco, dos azules, etc. Si por casualidad me daban ganas de colocar tres azules seguidos, mi padre me hacía poner uno blanco. Como podrán ver, se trata de la vieja astucia de siempre: se empieza por divertir a los niños y luego se les pasa bajo el agua una dosis de materia educativa. Este engaño no escapaba en todo caso a mi madre, quien era más sentimental que mi padre, “Mel, decía ella ¡déjale poner un mosaico blanco si tiene ganas! No, quiero que entienda que hay una estructura. Son las únicas matemáticas que puedo lograr que haga a esta edad”. Si el tema de mi conferencia hubiese sido “¿Qué son las matemáticas?”, les habría respondido: las matemáticas son la búsqueda de estructuras. Por cierto, la educación de mi padre dio sus frutos: de ello tuvimos la prueba experimental directa cuando entré al jardín de niños. En aquel entonces hacíamos tejido; actualmente han suprimido todo eso, so pretexto que es demasiado difícil. Tejíamos con bandas de papel de color, las cuales pasábamos a través de tramas verticales, lo que nos permitía construir motivos. La maestra se quedó tan impresionada de mis capacidades, que escribió a mis padres para decirles que yo era un niño extraordinario, pues daba la impresión de preveer con anticipación los motivos que iba a hacer; motivos que además eran bastante complicados. Total, que el juego con los mosaicos no había sido inútil. Quisiera darles otra prueba de que las matemáticas no son más que una cuestión de estructuras. Cuando estuve en la Universidad de Cornell, la población estudiantil me asombraba mucho; no veía más que una masa de tontos, estudiantes de economía doméstica, etc. (sobre todo mujeres), de donde emergían por aquí y por allá algunos individuos razonables. En la cafetería, mientras comía entre los estudiantes, escuchaba las conversaciones tratando en vano de detectar una mínima partícula de inteligencia. Un día hice un descubrimiento extraordinario, o al menos así me pareció. Imaginen mi sorpresa. Una tarde me encontraba sentado al lado de dos muchachas y escuchaba su conversación. Una decía: “para hacer una línea recta, aumentas cada vez la misma cantidad. Ves, cuando aumentas lo mismo cada vez, te da una línea recta”. Que bello principio de geometría analítica, me dije. Y a medida que avanzaba la conversación, me asombraba más y más. Pues nunca me había parecido que el cerebro femenino fuese capaz de comprender la geometría analítica. Y continuaba: “Si tienes dos líneas que vienen cada una en un sentido, es sencillo saber cuándo se van a cruzar. Por ejemplo, si a la línea que va hacia la derecha le aumentas de uno en uno, y a la que va hacia la izquierda le aumentas de tres en tres, y si al principio había veinte puntos, etc.” ¡Yo estaba boquiabierto; de veras, ella iba a encontrar la intersección! Hasta que me di cuenta que se trataba de un tejido y que ellas estaban explicándose los dibujos de un suéter. Aquel día aprendí una cosa: que el cerebro femenino es capaz de comprender la geometría analítica. Quienes pretenden —aunque esto esté en entredicho todos los días— que las mujeres son igualmente capaces de pensar racionalmente que los hombres, puede que no estén tan equivocados. Quizás nuestras dificultades se deben simplemente a que no hemos encontrado todavía la forma de comunicarnos con los cerebros femeninos. Pero cuando esto es posible, siempre hay algo que queda. Bueno, regresemos a mis recuerdos de infancia sobre las matemáticas. Una de las primeras cosas que mi padre me enseñó —por cierto no puedo decir exactamente como, ya que más bien me lo hizo sentir— es que la relación entre la longitud de la circunferencia y el diámetro es siempre la misma para todos los círculos, independientemente de su tamaño. En sí no me parecía tan asombroso; pero esta relación poseía propiedades maravillosas. Era un número asombroso, un número obscuro, pi. Para mi espíritu infantil ese número se encontraba rodeado de un misterio que yo percibía mal, era una cosa absolutamente extraordinaria y me puse a buscar por por todas partes. Más tarde, en la escuela, aprendí a escribir fracciones en forma decimal. Y, escribiendo 3 1/8 bajo la forma 3.125 creí reconocer a mi viejo amigo π, la relación circunferencia sobre diámetro. Escribí entonces 3.125 = π. La maestra me corrigió: π = 3.1416. Les cuento todo esto para mostrarles lo que me ha formado. Lo que era importante para mi, más aún que el número, era la idea que éste se encontrara rodeado de cierto misterio, de un halo maravilloso. Más adelante empecé a hacer experimentos en mi laboratorio, —es decir, en lo que dentro de la casa yo llamaba mi laboratorio, donde hacía talacha— discúlpenme, no eran verdaderos experimentos, nunca los he hecho, nunca he hecho más que talacha; aparatos de radio, chácharas, ¡pura talacha! Fue entonces cuando poco a poco descubrí en los libros y los manuales que existían fórmulas de electricidad que daban la corriente en función de la resistencia, etc. Y un buen día, en uno de esos manuales, me encontré con la fórmula que da la frecuencia propia de un circuito oscilante: f = 1/2π√LC, donde L es la inductancia del circuito y C su capacidad. ¿Pero pi? ¿De qué circuito se trataba? Ustedes pueden reír, pero yo lo tomaba muy en serio. Para mi pi tenía que ver necesariamente con el circulo y ahí lo tenemos apareciendo en un circuito eléctrico. ¿De qué círculo se trataba? Los que se están riendo me podrían decir por qué interviene pi aquí… Hay que reflexionar, me dije: Tengo que pensar. Tengo que dedicarme a la cuestión. Entonces me di cuenta, por supuesto, que las bobinas eléctricas son en forma de círculo. Pero resulta que seis meses más tarde descubro, en otro libro, las fórmulas que dan la inductancia del devanado en sección cuadrada. ¡Y siempre con un pi! Después de haber reflexionado nuevamente, terminé por comprender que pi no tenía nada que ver con la forma circular de las bobinas. Ahora comprendo mejor todas estas cuestiones, pero, en el fondo, no sé muy bien todavía de qué círculo se trata ni de dónde viene el pi. Cuando todavía era muy pequeño —no sé exactamente que edad podía tener— un día que jalaba un carrito con un balón adentro de él, me di cuenta de algo extraño. Corrí hacia mi padre: “Cuando jalo el carrito el balón rueda hacia atrás, y cuando me paro bruscamente el balón se precipita hacia adelante. ¿Por qué?”. ¿Qué responder a tal pregunta? Mi padre me dijo simplemente: “Nadie sabe por qué. Sin embargo, es muy general y siempre pasa así y con cualquier gente. Una cosa que se mueve siempre tiene tendencia a continuar moviéndose, y una cosa que no se mueve tiene siempre tendencia a quedarse inmóvil. Si miras bien, verás que el balón no retrocede; no va hacia la parte trasera del carrito; él avanza también un poco pero no tan rápido como el carrito. La parte trasera del carrito alcanza al balón que no puede fácilmente ponerse en movimiento. Es lo que se llama el principio de inercia.” Regresé entonces a mi carrito y verifiqué que efectivamente el balón no retrocedía. Mi padre me había hecho sentir la diferencia que hay entre lo que sabemos y la forma en que lo nombramos. A propósito de nomenclatura, quisiera contarles otra historia. Mi familia pasaba sus vacaciones en la montaña, en los Catskill. La gente de Nueva York acostumbra pasar sus vacaciones en los Catskill. Los pobres esposos, después de trabajar toda la semana, se apresuran para alcanzar a su familia cada fin de semana. Durante el fin de semana mi padre me llevaba también de paseo y me enseñaba a observar la naturaleza. Los otros niños, mis amigos, hubiesen querido ir con nosotros y acosaban a mi padre para que los llevara. Pero él se negaba porque decía que yo estaba más adelantado que los otros. Para nada les estoy diciendo cómo llevar a cabo la enseñanza, ya que la clase de mi padre se reducía a un solo alumno, habiendo más de un alumno, ya no podía funcionar. Así, los dos solos salíamos a pasear por el busque. Pero en esta época las madres eran muy poderosas —todavía lo son, por cierto. Así que lograron también convencer a los otros padres de que era su deber llevar a sus propios hijos a pasear por el bosque. De tal forma que un domingo por la tarde todos los padres se fueron de paseo con sus hijos. Al otro día, por la mañana, mientras jugábamos en el campo, un niño me dijo: “Ves ese pájaro allá en el campo de trigo. ¿Sabes como se llama? —No tengo la más mínima idea, le respondí. Entonces, ¿qué es lo que te enseña tu padre, si ni siquiera sabes que es un tordo de pecho café?” Esto me hizo sonreír para mis adentros, pues mi padre ya me había enseñado que el nombre de un pájaro no nos dice gran cosa sobre él. “Ves este pájaro, me decía, es un tordo de pecho café; pero en alemán se llama Halzenflugel, y en chino se dice Chung Ling; y aún cuando conocieras todos los nombres que se le dan no sabrías nada sobre el ave. A lo más, ¡sabrías algo sobre la gente y la forma en que llaman a este pájaro¡ Pero este tordo canta, enseña a volar a sus pequeños, recorre tantos kilómetros durante el verano y nadie sabe cómo se guía, etc. Hay una diferencia entre el nombre de una cosa y lo que ponemos dentro de éste”. El resultado de todo esto es que no logro retener los nombres propios y que si en una discusión sobre física me hablan del efecto Fulano Mengano, nunca sé de que se trata; estoy obligado a preguntar: “¿Cuál es ese efecto?”. Quisiera ahora decir algunas palabras —discúlpenme si interrumpo mi historia a la mitad— sobre esta cuestión de definiciones y nombres. Por supuesto que hay que aprender el nombre de las cosas; pero eso no es ciencia. Lo cual no quiere decir por tanto, que no haya que enseñar las definiciones. De hecho, aquí no hablamos de lo que hay que enseñar, hablamos de lo que es la ciencia. Saber convertir grados Fahrenheit a grados centígrados no es ciencia. Es útil, pero no es verdaderamente ciencia. Del mismo modo, si se tratase de arte, no diríamos que el arte es saber que un lápiz 3B es menos duro que un lápiz 2B. La diferencia es clara. Lo cual no quiere decir que un profesor de arte pueda evitar enseñar ese tipo de cosas, o que un artista pueda ahorrarse ese tipo de conocimiento, de hecho, la diferencia entre un lápiz 3B y un lápiz 2B es fácil de encontrar: basta con probarlos; pero ese es el tipo de procedimiento científico que los profesores de dibujo no siempre piensan que deben explicar. Para comunicar necesitamos palabras. De acuerdo. Pero es bueno saber hacer la diferencia entre lo que es la enseñanza de las herramientas de la ciencia (por ejemplo las de definiciones), y lo que es la enseñanza de la ciencia propiamente dicha. Para que me comprendan mejor voy a tomar ahora como ejemplo cierto manual de física, del cual voy a hablar mal. Lo cual no es justo pues, estoy seguro que se puede hablar igual de mal de cualquier otro manual. En ese manual para uso del primer año de secundaria, desde la primera lección las cosas empiezan mal pues el autor parte de una falsa idea de lo que es la ciencia. Vemos una primera imagen que representa a un perro mecánico, uno de estos juguetes de resortes a os que hay que dar cuerda; enseguida vemos una mano sobre la llave de la cuerda y el perro empieza a caminar. Abajo está escrito: “¿Qué es lo que hace caminar al perro?” Un poco más adelante, en otra imagen, vemos un perro de verdad con la misma pregunta: “¿Qué es lo que hace caminar al perro?” Luego vemos una moto con la misma frase: “¿Qué es lo que hace caminar a la moto?”. Al principio creí que se trataba de una introducción a diversas áreas de la ciencia: la física, la biología, la química. Pero nada. Pues la respuesta adecuada la encontré en el libro del maestro, anexo al manual: “Es la energía la que hace caminar al perro, a la moto, etc.”. Pero la energía es un concepto extremadamente sutil, muy difícil de ser bien asimilado. Yo entiendo por esto que llegar a comprender suficientemente bien la idea de energía para poder utilizarla como se debe y sacar las deducciones correctas no es algo inmediato; esto rebasa ampliamente el nivel de 1o. de secundaria. Se hubiese podido decir igual de sencillo que lo que hace caminar al perro y a la moto es “Dios” o “la fuerza del espíritu” o “la tendencia al movimiento”. De hecho, en lo que respecta a la energía podemos decir que es ella la que tanto detiene el movimiento como lo causa. Adoptemos ahora un punto de vista distinto y digamos, al contrario, que se trata simplemente de la definición de la energía. Algo que se mueve tiene por definición, cierta energía; pero no es la energía la que lo hace moverse. El matiz es bastante sutil. Es igual para este asunto de inercia. Quizás podría hacerles percibir mejor la diferencia diciendo las cosas de otra forma. Cuando uno hace la pregunta a un niño sobre lo que hace que se mueva un perro mecánico, hay que tener presente cual será la respuesta normal. Es decir, que el resorte ha sida tensado al darle cuerda y que se afloja moviendo los engranes del mecanismo. Sería una buena idea comenzar un curso así: tomamos un juguete, se enseña cómo camina, lo ingenioso del mecanismo. Se aprende entonces algo sobre el juguete, la forma en que está construido, sobre el ingenio de quienes concibieran sus engranes… Bien, en suma, la pregunta planteada por el manual es buena. La respuesta es la que está mal dada, pues no es más que una definición de la energía que no nos enseña nada. Imagínese que un alumno diga: “Yo no creo que sea la energía la que hace moverse al perro”. ¡Es imposible discutir con él! Con el tiempo he llegado a encontrar algo que permite saber si lo que ha sido enseñado es una definición o un concepto. Basta con decir a los alumnos: “sin utilizar la nueva palabra que acaban de aprender, repitan la misma cosa con su vocabulario habitual”. “Por ejemplo: ¡Díganme lo que saben del movimiento del perro sin utilizar la palabra energía!”. Imposible. Por lo tanto no han aprendido nada más que una definición, nada de ciencia. Por cierto, en algunas ocasiones esto carece de importancia, no siempre necesitamos aprender inmediatamente ciencia y hay que aprender también definiciones. Pero vamos, para una primera clase, ¿no existe el riesgo de que hayan efectos desastrosos? Es muy malo, pienso, que la primera lección no aporte en respuesta a una pregunta más que una fórmula cabalística. El manual del que les hablo contiene otras fórmulas del mismo tipo: “Es la gravedad la que hace caer a las cuerpos” o “las suelas de los zapatas se gastan a causa del frotamiento”. Si el cuero de los zapatos se gasta es porque las asperezas y las protuberancias de las banquetas atoran el cuero arrancando pedazos. Decir únicamente que es por el efecto del frotamiento no es ciencia y es un poco triste. Mi padre también trató conmigo la cuestión de la energía, pero él no utilizó el término sino hasta que me dio una pequeña idea de lo que es. Yo sé lo que él habría hecho para hacerme comprender este ejemplo. Lo sé porque el caso se dio con otro ejemplo diferente. Me habría dicho: “Es porque el Sol brilla que el perro camina”. A lo que yo habría respondido: “Claro que no, ¡el Sol no tiene nada que ver en esto! El perro camina porque le di cuerda. —Sí amiguito, pero ¿qué te da la fuerza para que le des cuerda?— Lo que como —¿Y qué comes?— No sé… espinacas. —¿Y qué hace que las espinacas crezcan?— el Sol”. Lo mismo sucede con el perro. ¿Y la gasolina de la moto? Es energía solar acumulada, captada por las plantas y almacenada en el sucio. Podríamos multiplicar los ejemplos que nos llevan al Sol. Y vean que la idea a la que el manual nos quiere hacer llegar se encuentra expresada de una forma más emocionante. Todo lo que vemos moverse se mueve porque el Sol brilla. El lazo entre una y otra fuente de energía se encuentra por lo tanto explicado y el argumento puede ser refutado por los alumnos. Si ellos dicen: “No creo que sea porque el Sol brilla”, se puede establecer una discusión. Lo cual cambia todo. Un poco más tarde pude objetar a mi padre que esto no era verdad para las mareas ni para la rotación de la Tierra. Y volví a encontrar el misterio. Esto no es más que un ejemplo de lo que distingue a las definiciones (necesarias) de la ciencia misma. En el caso presente, lo que reprocho al manual es dar definiciones desde la primera lección. Más tarde hay que decir, por supuesto, lo que es la energía, pero no en respuesta a una pregunta tan simple como: “¿Qué es lo que hace caminar al perro?”. A esta pregunta hay que dar a los niños una respuesta a su nivel: “Abre y mira la que hay adentro”. Yo aprendí mucho durante esos paseos por el bosque. Ya les he hablado de las aves y de la migración. Pero puedo darles otros ejemplos. En lugar de indicarme su nombre mi padre me decía por ejemplo: “¿Te has dado cuenta que los pájaros están siempre hurgando entre sus plumas con el pico? Mira ese pájaro cómo revuelve entre sus plumas. ¿Por qué crees que lo hace?”; intenté responder: “Es parque sus plumas están enredadas y el trata de desenredarlas. —Puede ser— me dijo; pero ¿cuándo se enredan sus plumas y por qué? —Cuando vuela, dije ¿cuando camina sobre el suelo todo va bien, pero cuando vuela sus plumas se enredan. Entonces, me respondió: —el pájaro debería hurgar entre sus plumas más seguido después de aterrizar que después de haber simplemente caminado. Pues bien, veamos si es cierto”. Nos pusimos entonces a observar: hasta donde yo podía ver, el pájaro no revolvía su plumaje ni más ni menos después de haber velado que después de haber caminado sobre el suelo. Yo había entonces adivinado mal. Y como no lograba encontrar la explicación correcta, mi padre me la dio: “Las aves tienen piojos; sus plumas producen un tipo de pellejitos comestibles de los que se alimentan los piojos. Y como de entre las articulaciones de las patas de los piojos escurre una cera, hay un pequeño parásito que vive y se alimenta de esta cera. Pero como este alimento es demasiado abundante para el parásito, le cuesta trabajo digerir todo, por lo que arroja un líquido extremadamente azucarado, del cual se alimenta otra criatura minúscula, etc.”. Todo esto no es totalmente exacto. Pero la idea general es válida. Y es así como yo aprendí lo que es el parasitismo, un ser viviendo a expensas de otro que a su vez, etc. Mi padre no se detuvo ahí. También me explicó que en el mundo cada vez que existe una fuente de materia prima comestible propicia para mantener la vida, existe también una forma de vida que encuentra cómo emplear esta fuente y que todos los restas terminan siempre siendo utilizados por alguien. Lo que es importante en todo esto es que todas mis observaciones —aún cuando era incapaz de sacar todas las conclusiones— llegaban siempre a un tesoro, a un resultado extraordinario. Era absolutamente maravilloso. Imagínense que en lugar de todo esto, me hubieran dicho que hiciera observaciones, tomase notas, hiciera una lista, hiciese esto y lo otro, mirase aquí y allá, y diera cuenta de todo esto en una ficha que habría colocado en un archivo con 137 más. La única lección que habría sacado es que una observación no es nada divertida y que no lleva a gran casa. Yo creo que es muy importante —en todo caso para mi fue muy importante— cuando uno quiere enseñar a la gente a observar, mostrarles que puede resultar algo extraordinario. En esta época aprendí lo que es la ciencia: una gran paciencia. Si se sabe mirar, examinar, poner atención, uno es ampliamente recompensado (¡aunque no siempre!). Más tarde, ya adulto, me tocó trabajar con tesón sobre ciertos problemas durante horas y horas, años —aunque también a veces menos tiempo— sin llegar a nada más que aventar al bote de basura montañas de papel. Pero de vez en cuando me ha tocado llegar a una comprensión de un tipo distinto, novedosa, al tesoro que había aprendido a esperar cuando era pequeño y hacía mis observaciones. Pues ya había tomado conciencia desde entonces que siempre vale la pena. Por cierto, en el bosque aprendíamos muchas otras casas. Durante nuestros paseos observábamos todo lo que pasaba. Discutíamos mucho sobre las plantas que crecen, las árboles que luchan para tener luz tratando de subir la más alto posible, y el problema pata hacer subir el agua a más de quince metros, sobre las pequeñas plantas que al ras del suelo tratan de captar lo poco de luz que pasa a través, de las árboles… sobre todo el crecimiento en general. Un buen día, después de haber visto todo eso, mi padre me llevó nuevamente al bosque y me dijo: “Durante todo el tiempo que hemos pasado en el bosque no hemos visto más que la mitad de lo que pasa, exactamente la mitad. —¿Qué quería decir? —pregunté. —Hemos examinado la forma en que las cosas crecen. Pero todo crecimiento debe estar forzosamente acompañado de una degradación igual, sino las diferentes substancias jamás serían consumidas. No habría más que árboles muertos que habrían agotado todo el alimento del aire y del suelo; nada regresaría ya ni a la tierra ni al aire. Nada más podría crecer ya que no habría más materiales disponibles. Todo crecimiento debe ser seguido necesariamente de una degradación equivalente”. Hubieron entonces más paseos por el bosque: partíamos viejos troncos, observábamos curiosos insectos, hongos en crecimiento; mi padre no podía mostrarme las bacterias para observábamos su efecto degradador… Yo ví en el bosque un incesante trabajo de circulación de la materia. El me explicaba así muchas cosas, de esta forma tan graciosa. A menudo empezaba sus frases con: “Imagina que un marciano llega y observa nuestro mundo”. Es una buena manera de ver el mundo. Así, por ejemplo, cuando me puse a jugar con el tren eléctrico, me contó que hay en algún lugar una gran rueda que el agua hace girar y de ahí salen un montón de cables de cobre en todas direcciones, que van muy lejos… y al final hay unas ruedas pequeñas que giran cuando la gran rueda gira. La gran rueda y las pequeñas no están unidas más que por cables de cobre o de fierro, nada más, nada que se mueva. Se hace girar una rueda en algún lugar y todas las pequeñas ruedas en todas partes se ponen a girar; y tu tren eléctrico es una de esas ruedas. “!Que bello era el mundo que me describía mi padre!”. Y finalmente dirán: qué ha ganado con todo esto su padre. Yo entré al MIT; fui a Princeton. Luego regresé a la casa y él me dijo entonces: “Ahora que has realizado estudias de ciencia, hijo mío, hay algo que jamás he comprendido y que quisiera que me explicaras. —Dilo—. Hasta donde yo sé, un átomo emite luz cuando pasa de un estado a otro, de un estado de excitación a un estado de menor energía. —Exacto—. Y la luz es un tipo de partícula, un fotón creo. —Sí—. Bueno, pero si el fotón sale del átomo cuando éste pasa del estada excitado al estado de energía más baja ¿estaba ya el fotón en el átomo en estado de excitación? Reflexioné un instante. “Discúlpame, dije, no lo sé; no puedo responderte”. Se decepcionó mucho ¡Haber hecho tantos esfuerzos, tanto tiempo empleado para llegar a tan malos resultados! ¿Qué es la ciencia? A mi parecerá algo así: la vida sobre nuestro planeta ha evolucionado hasta que aparecieron animales dotados de inteligencia. No pienso solamente en los humanos, sino también en los animales que son capaces de jugar y de extraer lecciones de la experiencia (los gatos, por ejemplo). Sin embargo, en ese estadio cada animal sacaba únicamente lecciones de su propia experiencia. Pero en el curso de la evolución sucedió que uno de esos animales fue capaz de sacar lecciones de la experiencia de otros, mirándolas actuar. O bien, uno de ellas llegó a ser capaz de enseñar a los otras cómo actuar; desde entonces, cada uno tuvo la posibilidad de aprender. Pero la transmisión no se hacía necesariamente y los animales morían antes que aquellos que sabían hubiesen tenido tiempo de transmitirles su saber. La pregunta se impone: ¿es posible aprender lo que otro aprendió antes de que lo olvide, o que la memoria falle, o bien que el que ha comprendido o inventado algo, muera? Llegó entonces una época, quizás, en la que para una cierta especie las facultades de aprendizaje aumentaron tan rápidamente que se produjo algo absolutamente nuevo. A partir de entonces, lo que un animal había aprendido individualmente podía ser transmitido a otro, luego a otro, suficientemente rápido para que toda la especie se beneficiara. Le fue posible a esta especie acumular su conocimiento. Tengo en este momento algunos representantes de esta especie animal que tratan de unir sus experiencias individuales. Este fenómeno de memoria colectiva, de conocimiento acumulado, transmisible de una generación a otra es completamente nuevo. Pero presenta un inconveniente, que las ideas dañinas al igual que las demás, pueden ser transmitidas. No todas las idees son forzosamente benéficas a la especie. Durante cierta época, se acumularon entonces, poco a poco, cosas prácticas y útiles, pero así mismo prejuicios de todo tipo, creencias raras o aberrantes. La especie inventó entonces la forma de remediar este inconveniente: dudar que las ideas legadas por el pasado fuesen efectivamente verdaderas, tratar de descubrir, ab initio, a través de la experiencia, cual es la situación real y no conformarse con la experiencia pasada tal y como fue transmitida. Esto es la ciencia —este descubrimiento de que más vale no confiar en la experiencia del pasado de la especie— y que más vale verificar todo por sí mismo haciendo nuevos experimentos. Así es como yo veo las cosas. Es la mejor definición de la ciencia que puedo dar. Para incitarlos a entusiasmarse quisiera ahora recordarles ciertas cosas que ya saben. En la enseñanza religiosa hay lecciones de moral, pero no se contentan con enseñarnos esta moral de una vez para todas; nos la repiten constantemente; la ciencia también creo que hay que insulfarla constantemente, hay que recordar sin cesar los efectos benéficos de la ciencia para los niños, los adultos o cualquiera. Y no solamente sobre el tema: “la ciencia desarrolla el sentido de responsabilidad cívica, o ella permite controlar mejor la naturaleza”. No, pues esto no es todo. La ciencia vale también por la riqueza de la visión del mundo que nos da, por la belleza maravillosa del mundo tal y como lo descubrimos a través de los resultados de los experimentos nuevos. Entiendo por esto maravillas tales como las que acabo de evocar; que las cosas se mueven porque el Sol brilla. (Sin embargo, no todos los movimientos se deben a que el Sol brilla. La Tierra gira independientemente de que el Sol brille y las reacciones nucleares aportan desde hace poco, nuevas fuentes de energía terrestre. Es probable que la actividad volcánica no tenga su origen en la energía solar.) ¡El mundo parece tan diferente cuando uno sabe! Por ejemplo, los árboles están esencialmente hechos de aire. cuando un árbol se quema, regresa al aire; el calor liberado por la combustión es el calor del Sol que se necesitó para transformar el aire en árbol, y las cenizas representan la parte restante, la que no provenía del aire sino de la tierra. ¿No es bello todo esto? La ciencia rebosa de tales maravillas que inspiran entusiasmo y de las que uno se puede servir para insulfar el entusiasmo a otros. La ciencia posee también la cualidad de enseñarnos las virtudes del pensamiento racional, la importancia de la libertad de pensamiento, los efectos benéficos de la duda frente a lo aprendido. Hay que distinguir aquí —y particularmente en la enseñanza— la ciencia propiamente dicha de su letra o de las formulaciones empleadas algunas veces para exponerla. Decir: “Escribamos esto o lo otro, hagamos tal o cual experimento, observemos que…” etc., no tiene nada de difícil. Basta con recopiar palabra por palabra la fórmula. Pero sabemos bien que las grandes religiones se debilitan por atenerse únicamente a la letra y olvidar el contenido de las enseñanzas de sus grandes figuras. Igual podemos llamar ciencia, concentrándonos con la formulación solamente, a lo que es pseudociencia. Desde este punto de vista, actualmente todos soportamos la especie de dictadura que reina en gran cantidad de instituciones científicas, caídas bajo la bota de consejeros pseudocientíficos. Tomemos por ejemplo el caso de los estudios de pedagogía en los que la gente hace experimentos, listas, estadísticas, etc. Todo esto no hace por tanto que se trate de ciencia verdadera, de conocimiento auténtico; no son más que copias de las ciencias, comparables a esos aeródromos y torres de control de madera que encontramos en las islas del Sur del Pacífico. Los indígenas que desean la visita de un gran avión llagan hasta construir aviones de madera con la misma forma que los que han visto en los aeropuertos construidos por los extranjeros; pero, curiosamente, esos aviones de madera no vuelan. Esta imitación pseudocientífca tiene por objetivo producir expertos. Pero ustedes que son verdaderamente expertos, ustedes que se las ven con los niños directamente, ustedes deberían quizás, de vez en cuando, poner en duda la palabra de los expertos. De hecho, yo podría dar otra definición de la ciencia: la ciencia es la creencia en la ignorancia de los expertos. Si alguien les dice: “La ciencia nos enseña que…”, no está empleando la palabra ciencia como se debe. La ciencia no nos enseña nada: es la experiencia la que nos enseña algo. Si les dicen: “La ciencia muestra que…”, respondan: “¿Cómo lo muestra la ciencia? ¿Cómo han encontrado los científicos esto? ¿Cómo? ¿Dónde? ¿Quién?”. No debemos decir: “La ciencia muestra que…”, sino: “Tal experimento, tal efecto, muestra que…”. Y tienen todo el derecho, ustedes al igual que todos, después de haber escuchado una reseña de tales experimentos (pero cuidado, sean pacientes y escuchen bien todo) a decidir si la conclusión que se ha sacado es o no razonable. En un área tan complicada como la enseñanza, donde la verdadera ciencia no lleva aún a nada, tenemos que confiarnos a una sabiduría tradicional de un elemental sentido común. Yo trato aquí de sugerir a los enseñantes de base que pueden depositar su confianza y su esperanza en la inteligencia natural y el sentido común. Los expertos que los guían pueden equivocarse. El día de hoy probablemente eché todo a perder y de ahora en adelante los estudiantes que nos lleguen a Caltech no servirán para nada. Vivimos, me parece, una época de no ciencia y todo ese escándalo alrededor de las comunicaciones, de la televisión, de las palabras, de los libros, etc., no tiene nada que ver con la ciencia. Mediante todo esto sufrimos, en nombre de la ciencia, una pesada tiranía intelectual. Un hombre no sobrevive a su muerte. Cada generación que descubre algo a partir de su propia experiencia debe transmitirlo a las siguientes; pero hay que mantener un delicado equilibrio entre respeto e irrespeto, de tal forma que la especie (que ahora sabe a qué peligro se expone) no imponga de manera tan rígida sus errores a la generación que viene y le transmita su capital de sabiduría… y además, la sabiduría para saber que quizás no es esta la sabiduría. Hay que enseñar a los niños al mismo tiempo a aceptar el pasado y a desecharlo, lo cual requiere de mucha habilidad. Entre las disciplinas impartidas, la ciencia es la única que porta en ella esta lección: es peligroso creer en la infalibilidad de los maestros de la generación precedente. Por lo tanto, buena suerte.
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| * Tomado de “La nature de la physique”, 1980. Título original en inglés: What is science? Richard Feynman, 1966. Traducción al francés: Le Seuil, 1966. Traducción del francés al español: César Carrillo T., 1988. | |||||||||||
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