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El hombre y los peces
R046B06  
 
 
 
Rodrigo Moya  
                     
Cuando el pargo blanco al fin se dejó arrastrar por la
línea que con todo y arpón atravesaba su cuerpo, el buzo pensó que la captura submarina del día era suficiente. En realidad, había matado más de lo necesario atravesando con su infalible arma pargos, huachinangos, meros, cabrillas, y hasta dos pequeñas mantarrayas que pasaron ante él exhibiendo su majestuoso vuelo, como de águilas desplazándose sin prisa en un cielo líquido. La jaba estaba repleta de víctimas, muertas unas y otras agonizando. Para facilitar los movimientos de ascenso hacia la superficie donde lo aguardaba el pequeño velero, se deshizo con cierto remordimiento del mero más grande y de tres langostas cuyas abatidas antenas las hacían ingobernables.
 
Aun así, la cuantiosa captura que pendía más abajo, unida a su hombro por la cuerda de nailon, lo obligaba a un ascenso cuidadoso, pero conforme arreciaba la claridad, lejos del talud donde era forzoso cuidarse de salientes y corales, los movimientos eran más fáciles. Casi agotados los tanques de aire después de una hora de inmersión, echó una mirada al profundímetro: estaba a seis metros bajo la superficie, y debía contener las ansias de ascender más rápido, para más arriba hacer la obligada parada de descompresión.
 
Luego, cuando a tres metros bajo la superficie miraba distraído hacia el fondo mientras cumplía el tiempo de reposo para eliminar el nitrógeno de la sangre, sintió de pronto una inusitada vibración. Apenas escrutaba la cercana superficie en busca de la fuente del ruido, suponiendo que se trataba del motor de un barco, cuando se sintió violentamente empujado del sitio en que mantenía su precario equilibrio hidrostático. Una fuerza inexplicable le hizo perder en el primer impacto la aleta del pie izquierdo, su fusil neumático, y la línea de la que más abajo pendían sus presas. Instintivamente apretó el visor contra su rostro y mordió con angustia la boquilla portadora de los últimos minutos de aire comprimido. Sacudido por ese vendaval de ondas y turbulencias que le impedían moverse, vio horrorizado cómo una densa masa de peces que emergían de los torbellinos lo rodeaban por todas partes. La luz se hizo mínima y móvil; entre corrientes repentinas y encontradas, con una oscuridad creciente, se resignó a morir, víctima —pensó— de un fantástico cardumen de peces carniceros.
 
Aferrando su visor, incrustándolo casi contra su frente para no perderlo mientras rebotaba de un pez a otro, mordiendo ferozmente la boquilla del regulador y hecho un ovillo indefenso sin movimiento propio, veía en la penumbra la estampida de peces embistiéndolo. Sin embargo, las esperadas mordeduras no llegaban. Aplastados contra su cara, contra su pecho, entre sus piernas, presionándolo por todas partes como un compacto ejército, los peces lo rodeaban y oprimían. Algunos parecían observarlo fugazmente cuando en su convulso fluir pasaban ante el cristal de su visor; a pocos centímetros veía los ojos saltones de los animales y distinguía su cabezas boqueando. El espacio faltó. El aire de la boquilla apenas llegaba a sus pulmones. La enloquecida masa natatoria ocupaba cada palmo del espacio líquido y lo aprisionaba cada vez más. No pudo ya mover brazos ni piernas, atenazado por el hiriente cardumen. Su mano derecha quedó atrapada entre el visor y el muro vivo, y la izquierda permaneció soldada a su costado por la presión de los peces. Sintió apretados coletazos contra su pecho, su espalda y su cabeza. Como un muñeco en el centro de la feroz corriente, fue arrastrado hacia una densa oscuridad donde sólo brillaban de pronto los cuerpos escamosos. Sintiéndose aplastado bajo las encontradas presiones, incapaz de la más ligera flexión o del menor movimiento natatorio, se abandonó a su destino.
 
Lúcido pese a todo, poseedor de un sereno valor adquirido en la soledad de prolongadas inmersiones, en su último trance pensaba más en el insólito fenómeno que en la cercanía de la muerte. Mientras percibía la vaga sensación de ser izado hacia la superficie por la masa compacta de peces, creyó descubrir la verdad: no era devorado por un pez, por diez, o por mil; no era mordido, sajado ni despedazado; su cuerpo permanecía intacto, si bien lacerado por la presión sumada de los animales. Lo devoraba el cardumen, los peces lo habían atrapado, así como él los capturaba y aprisionaba en la red de la jaba, y era engullido simultáneamente por miles de ellos. Como un todo, ese turbulento cardumen lo tenía apresado en su propio centro. Cada animal era la célula de un gigantesco organismo que deliberadamente, a pesar del aparente caos, le causaba una dolorosa muerte por compresión y asfixia.
 
Ahora entendía que la organización biológica de los seres marinos, observada desde los barcos pesqueros donde tantos años había trabajando como biólogo, no residía solamente en sus complejas conductas ante estímulos y respuestas, sino que eran capaces de algo más que buscar gregariamente las corrientes, las temperaturas, las profundidades y el alimento adecuado, o de huir aterrados como un solo organismo ante la embestida de orcas y tiburones. Esa fría organización animal podía elegir y acechar una presa, y más allá del hambre y el instinto de cada individuo, destruirla como un todo para satisfacer un misterioso designio, tal vez de protección, tal vez de venganza. Bajo la superficie los peces poseían una diabólica inteligencia colectiva que ahora lo tragaba y digería. Después, como víctima propiciatoria, su cuerpo sería vomitado por el saciado cardumen en algún lugar del mar, donde un universo de minúsculos seres abisales lo devorarían lentamente.
 
Superado el terror de los primeros instantes y de la lucha librada contra tal fuerza, lamentó que su descubrimiento fuera en el momento final. Sintió vagamente cómo el regulador escapaba de sus labios, lo mismo que el visor, empujado por el movimiento convulsivo de algún pez. Vio indiferente los ojos desorbitados de un ejemplar que boqueaba junto a su rostro. A un paso de la inconsciencia, y mientras la última idea sobre su descubrimiento se diluía en la abulia precursora de la muerte, dejó de sentir la terrible presión y bruscamente percibió una intensa luz que irradiaba a través de sus párpados cerrados. Los peces se movían desesperados produciendo el ruido de tambores apagados por el agua, y golpeaban cada parte de su cuerpo, ya insensible al dolor. Contra su voluntad, ahora movía nuevamente brazos y piernas, llevados de aquí para allá por el desplazamiento cada vez más brusco de los animales. pudo pensar aún que el transcurso a la muerte no era dolor ni tristeza, sino una especie de resignación tal que podía vencer dolores como la falta de aire, o el golpeteo incesante de aletas y colas contra su cuerpo.
 
Al abandonar su último pensamiento sintió un impacto indoloro y brutal, distinto del multiplicado golpear de los peces. Vio un mundo de luz; no la difusa y plana del ámbito submarino, sino una luz clara, definida en interminables contornos, en luces y sombras. Oyó el sonido de sus tanques golpeando contra algo metálico, produciendo tañidos de campanas destempladas. Fue levantado en vilo y maltratado nuevamente por la convulsa masa. Creyó escuchar lejanos gritos incomprensibles, chirriar de cadenas, golpes compactos y el sordo rumor del cardumen agitándose. Se sintió caer en el vacío y perdió la sensación de la tibieza del agua y el frío rasposo de los peces.
 
Izado por el enorme malacate sobre la cubierta del barco pesquero, el buzo yacía, despatarrado y sangrante, como un espécimen insólito entre la pesca de la red. Ante los estupefactos pescadores, el aire del mundo entraba de nuevo en sus pulmones y aceleraba su corazón y el calor del sol desentumía sus manos y otra vez la luz vibraba en sus pupilas. Mientras, rodeándolo por todas partes en el copo recién abierto, a su lado agonizaban estrepitosamente sesenta toneladas de merluzas.
 
  articulos
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Rodrigo Moya Macondito
Xalapa, junio de 1975
     
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cómo citar este artículo
 
Moya, Rodrigo. 1997. El hombre y los peces. Ciencias, núm. 46, abril-junio, pp. 66-67. [En línea].
     

 

   
   

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