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Leon Battista Alberti.
De la pintura
   
 
 
 
Colección Mathema.
Servicios Editoriales
de la Facultad de Ciencias,
UNAM. 1996.
 
                     
Cuando uno examina las preocupaciones de los artistas
del Quattrocento y se encuentra ese increíble e inmenso deseo de progreso que guió a los artistas-artesanos, viene a la mente qué tan distinta fue esa época y por qué cada una de sus obras de arte llegó a ser una especie de trofeo ganado a la manera de una conquista. Si uno considera que en menos de un siglo se cambiaron las imágenes del cuerpo humano, se sentaron los principios de la perspectiva y se concibió al hombre también como “creador”, no parece casualidad que los siglos XV y XVI dieran a luz al artista como héroe.
 
El artífice de la promoción social de los pintores, el gremio artístico más destacado del siglo XV, fue una técnica —primero empírica y posteriormente con un fuerte sustento de carácter matemático— geométrica que permitía situar correctamente en el espacio pictórico todos los elementos que constituían la escena representada. Así, tamaño, situación y colorido de personajes y demás objetos que integraban la obra artística, pasaban a quedar determinados por reglas precisas que permitían imitar la realidad.
 
Sin embargo, aunque se acepte que la presentación de las reglas de la perspectiva fuera una contribución del Renacimiento italiano, esta empresa era antigua, remontándose a los tiempos de Esquilo, cuando el escenógrafo Agatarco preparaba los espacios y trasfondos que enmarcarían las puestas en escena del gran trágico.
 
En parte perdida, esta tradición que permitía generar ilusiones espaciales renace en el Medievo como un reclamo que en boca de Roger Bacon invita a los artistas a que sus obras simulen el espacio tridimensional que permita convencer a los observadores de que lo que contemplan es una imagen de la realidad, como lo señala Samuel Edgerton en su obra La herencia de la geometría de Giotto. La herramienta, en este caso, no guardaba relación alguna con la fe, y sí mucho con la geometría y la óptica. Del uso ecléctico de ambas surgiría la “figuración geométrica” baconiana que, en el espíritu del siglo XII, y partiendo de que Dios habría creado el mundo según las reglas de la geometría euclideana, concluía que los artistas debían representarlo siguiendo las mismas reglas. Por ello, en lugar de preocuparse por mostrar las relaciones metafísicas, los nuevos pintores-geómetras del Renacimiento dieron paso a la que sería conocida como una “pintura en perspectiva”.
 
La nueva propuesta iba mucho más allá de ser un mero cambio en la moda artística, llegando incluso a plantear una nueva manera de contemplar el mundo según la cual las relaciones metafísicas dejaban el sitio a las físicas: bajo el nuevo orden, determinado por estrictas reglas geométricas, serían las posiciones relativas las que determinarían el tamaño y la posición de los objetos en el espacio pictórico.
 
Para oficiar en el surgimiento de este nuevo orden, el siglo XV contó con Leon Battista Alberti. En De la pintura, el mismo Alberti declara estar “por ocuparse de un tema que nunca antes se había estudiado”, refiriéndose con ello a una nueva forma de visualizar la escena y a su racionalización en términos de la construcción en perspectiva. Según lo indica Alberti, el propósito de la perspectiva es reproducir lo que está frente al ojo: “el pintor se ocupa de representar lo que se puede ver”. En otras palabras, el objeto de estudio para Alberti es la experiencia visual y la manera como ésta puede ser plasmada.
 
Pensando desde la modernidad no es difícil entender que el surgimiento de la perspectiva fue uno de los primeros pasos en dirección de la elaboración conceptual de la ciencia moderna. Con el uso de la perspectiva cambió lo que para la Edad Media era un objeto de algo dotado con cualidades simbólicas, en las que el sujeto y el objeto externo tendían a fusionarse a algo que podía ser sostenido con los brazos extendidos para que, desde ahí, se le sometiera a un escrutinio óptico desprovisto de cualquier subjetividad posible. Sólo así podría expresarse la verdadera naturaleza de una superficie que envuelve a un volumen.
 
Es así como el sueño de Alberti une su destino al de Leonardo y al de muchos genios del Renacimiento y, todos ellos, se integran al devenir histórico de las artes. La fama le tocó a Leonardo por causas ajenas a la justicia histórica. Sin embargo, al hombre que dejó su alma en Florencia también lo alcanzó la fama. Una fama extraña que al principio parecía ocultarse tras un velo, pero tan sutil y avasallante fue su influencia que pasó a formar parte de lo común, lo evidente, lo visible.        
 
  articulos
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(Fragmento del estudio preliminar de J. Rafael Martínez-E).

     
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Morir con dignidad,
un derecho en cuestión
R046B07   
 
 
 
Asunción Álvarez  
                     
POUR UNE MORT PLUS DOUCE
(por una muerte más suave)
Panoramiques número 21,
tercer trimestre, 1995.
 
 
Recientemente, llegó a mis manos un número de
la revista francesa Panoramiques dedicado al tema del fin de la vida. Esta publicación se suma a las múltiples que han surgido en los últimos años como la reacción al silencio impuesto sobre la muerte. “Por una muerte más suave” reúne escritos de médicos, psicólogos, antropólogos, sacerdotes, abogados y periodistas. Fue realizado en colaboración con la Asociación para el derecho a morir con dignidad.
 
Que sea necesario dignificar la muerte como derecho es en sí mismo revelador de que algo grave sucede: un hecho tan intrínsecamente humano no tendría que requerir defenderse. Pero lo cierto es que existen alrededor de 30 asociaciones de este tipo —distribuidas en 18 países (ninguna en México), pertenecientes a los 5 continentes. Esto obliga a preguntarnos ante quién hay que defender tal derecho y a comprender cómo se ha llegado a esta necesidad.
 
Para respondernos, es preciso reconocer que la forma en que el hombre se ha adaptado a la muerte ha cambiado a lo largo de la historia en función del contexto cultural en que vive. Pensar que nuestras actitudes en relación con el morir son las naturales no es más que una ilusión que ignora el papel fundamental que las costumbres sociales desempeñan en su moldeamiento. Las concepciones y representaciones que determinan el comportamiento actual ante la muerte sustituyen a otras previas y, al mismo tiempo, anteceden a las que habrán de imponerse en el futuro. Comprendiendo lo que hacemos ahora podremos influir en lo que haremos mañana, extrayendo lo que en otras épocas demostraba su utilidad y sentido. Lo cierto es que nunca antes como en este siglo se habían modificado tan bruscamente las actitudes ante la muerte. Los que han vivido con él, han podido advertir cambios que en épocas pasadas no podían percibirse porque se daban lentamente, a lo largo de muchos años. Leonardo Sciascia es uno de estos testigos y nos relata su visión en un breve escrito intitulado La medicalización de la vida: “Tengo, pues, no sólo el recuerdo —de asombro, de estupor— del pasaje de la lámpara de petróleo a la luz eléctrica; del coche al automóvil; del gramófono a la radio; […] también tengo el recuerdo del pasaje de una idea de la muerte a la interdicción sobre la muerte”.
 
Sciascia recuerda lo que hacían en su pueblo, cuando él era niño, ante la muerte de un ser querido. Esto debería llamar nuestra atención para preguntarnos qué recordarán nuestros niños cuando crezcan. Ellos, a quienes creemos poder excluir de la realidad de la muerte, decidiendo que no deben acercarse a sus viejos familiares enfermos para aportarles las últimas alegrías y despedirse de ellos; o que deben aceptar que sus personas más queridas son capaces de abandonarlos sin decirles nada para irse de viaje. Suprimimos lo que en otros tiempos aprendían desde pequeños: que el morir, y el dolor que produce, son partes inevitables de la vida. La muerte que conocen nuestros hijos tiene carácter de ficción: es la que invade el cine y la televisión, la que aparentemente puede evitarse. Así se entiende la respuesta de un niño al que informaron que una tía suya había muerto: “¿quién la mató?”.
 
Volvamos ahora al pueblo de los años veinte del escritor italiano. Nos cuenta él que entonces, para atender a los que estaban por morir, había que llamar al cura y al médico. El primero era indispensable porque ayudaba al moribundo a prepararse espiritualmente y esto era determinante para asegurar que el destino de su alma no fuera el infierno. Por el contrario, la presencia del médico era un acto puramente formal con el que los familiares se apegaban a lo que socialmente se esperaba de ellos: aparentar que hacían el último intento por prolongar la vida del enfermo. Por lo mismo, se consideraba sumamente imprudente al médico que prescribía medicamentos que había que ir a buscar con sacrificio, en lugar de simplemente recomendar cuidados que los mismos familiares podían aplicar.
 
En este escenario, había lugar para las despedidas y las recomendaciones mutuas entre el moribundo y los familiares. Nadie dudaba que el enfermo debía prepararse para morir y si era necesario informarle que su fin estaba próximo, se hacía con la convicción de que era lo correcto; lo que entonces se consideraba terrible era la muerte inadvertida, esa que hoy —paradójicamente— se tiene como ideal.
 
Sciascia presencia el desarrollo de la interdicción de la muerte en la etapa que va del final de la década de los veinte a los años de la Segunda Guerra Mundial, si bien reconoce su anticipación medio siglo antes por Tolstoi en La muerte de Iván Illich, relato ubicado en un ambiente urbano y burgués. Desde entonces se cree que es mejor para el enfermo permanecer en la ignorancia de la proximidad de su muerte y éste, aunque sospeche que está por morir, prefiere guardar las apariencias y no ser tratado como moribundo.
 
Así, van desapareciendo las palabras para nombrar a la muerte y con ellas el instrumento que en otros tiempos servía precisamente para contener emocional y socialmente la devastadora realidad que evocaban. Que ahora no podamos hablar de la muerte no es más que un desesperado recurso para alejarla, con el que hemos creado nuestra propia trampa: la del silencio que mantiene la angustia difusa y agobiante.
 
Ahora la muerte llega una vez que han fracasado todos los intentos por prolongar la vida. Esto en sí mismo suena deseable; el problema surge cuando comprobamos que esa misma descripción —de hecho lógica— puede referirse a prácticas completamente opuestas entre sí, que sólo se comprueban tales si nos hacemos algunas preguntas. Por ejemplo, ¿qué se entiende por los intentos posibles?, porque no es lo mismo aplicar un tratamiento probado que uno experimental, o uno que resulta en un 50% de los casos, a otro que ha tenido éxito en un 5% (las estadísticas, después de todo, algo indican). O bien, ¿qué se entiende por prolongar la vida? ¿Debe prolongarse en tiempo a cualquier costo, es preferible mantener su calidad, aun si esto implica acortarla? ¿Quién debe decidirlo? Finalmente, ¿qué entendemos por vida?, ¿qué entiende, entendía o entendería el paciente del que se trata?
 
En la actualidad el enfermo ya no participa de su muerte porque se considera cruel tratar abiertamente con él la proximidad de su fin. Los médicos, los familiares y el mismo paciente hacen un gran esfuerzo por representar una situación en la que la muerte parece no tener lugar. Sin embargo, es ella la que determina las acciones médicas que responden al deseo, muchas veces irracional, de vencerla. De la misma manera que es la necesidad de ocultarla la que organiza las relaciones entre la persona que va a morir y los que la rodean.
 
A lo largo de la historia las representaciones de la muerte han ido variando; las que infunden miedo en una época se remplazan por otras en la siguiente. Así, según el historiador Philippe Aries, la imagen del esqueleto y del transido han cedido su lugar a otra mucho más terrorífica: la del moribundo, solo y rodeado de tubos en el hospital. La sociedad, que ve su rostro proyectado en esa representación, se ha movilizado para exigir que se revisen los mecanismos que inadvertidamente siguen los médicos y la comunidad y recuperar así su voz como futuros enfermos que un día tendrán que morir.
 
El número de Panoramiques dedicado al derecho a morir con dignidad reúne reflexiones muy valiosas, tanto personales como profesionales que expresan diversos cuestionamientos sobre el tema. De todas ellas, selecciono una que ilustra ejemplarmente la necesidad de revisar la relación con el paciente que ve próxima su muerte.
 
El autor es el doctor Gérard Payen, un neumólogo con treinta años de práctica, en contacto cotidiano con hombres y mujeres que sufren y se encuentran en el final de su vida. Relata el caso de una mujer de edad a la que describe como muy dinámica y entusiasta por la vida. Inscrita en la Asociación por el Derecho a Morir con Dignidad, lo escogió a él como representante y le indicó con toda claridad que no quería sufrir ni sentirse disminuida en caso de padecer una enfermedad incurable. Cuando se le diagnosticó cáncer de tiroides inoperable, pues comprometía tráquea y esófago, la mujer aceptó alimentación líquida y más tarde, al aparecer las dificultades respiratorias, ella misma solicitó su hospitalización para “intentar algo” y no sentir esa espantosa sensación de ahogarse lentamente. El doctor Payen se dirigió a un servicio del que conocía al responsable y a los jefes clínicos a quienes informó la manera de pensar de esta paciente. Su sorpresa fue enorme cuando la mujer internada le telefoneó para decirle que nadie acudía a sus llamados. Uno de los médicos le confirmó esta información, explicándole que no hacía nada teniendo en cuenta lo que él les había comentado sobre la forma de pensar de la paciente. Así pues, la repuesta al deseo de esta mujer que rechazaba el encarnizamiento terapéutico había sido el abandono.
 
Ese mismo día la paciente aceptó que se le realizara una traqueotomía pues decía que podía tolerar todo menos sentir que moría ahogada. Sabía que nunca volvería a hablar. El doctor Payen estaba presente cuando ella despertó, muda, con aquel tubo en la garganta, depositándole todo el peso de su mirada durante un momento que a él le pareció larguísimo. Cuando la mujer empezó a escribir algo, esperó angustiado la lectura de esas líneas. Quería prepararse mentalmente para responder a un pedido que tanto temía aun cuando lo comprendiera perfectamente. Al fin pudo leer lo que le entregó la mujer: “Tengo frío en mis pies, quiero mis calcetines”.
 
La enferma murió unos días más tarde, aparentemente tranquila, sin necesidad de solicitar ninguna medida para abreviar su vida. Pero, si algo ilustra esta historia es lo difícil que resulta escuchar, comprender y respetar el deseo de los pacientes que se aproximan al final de su vida. ¡Cuántas necesidades y preocupaciones se ignoran o se interpretan superficialmente porque no corresponden a las que los médicos o los familiares esperan! ¡Cuántas personas son sometidas al silencio porque no queda una presencia real que las escuche sin condiciones!
 
Dice Víctor Serge que la técnica moderna —que comprende no sólo la invención de las máquinas, sino la organización social— ha aprisionado sociedades enteras y destruido en segundos lo que lleva años, generaciones o siglos de amor y de trabajo formar: al hombre, a sus ciudades. Esta denuncia, inspirada por todos los horrores de la guerra y el despotismo, puede servir para reflexionar qué representa cada persona y evitar que el avance de la técnica moderna disminuya una vida que, con toda su historia y su misterio, se acerca a su fin”.
  articulos
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Asunción Álvarez
Departamento de Psicología Médica, Psiquiatría y Salud Mental,
Universidad Nacional Autónoma de México.
     
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Álvarez, Asunción. 1997. Morir con dignidad, un derecho en cuestión. Ciencias, núm. 46, abril-junio, pp. 68-70. [En línea].
     

 

 

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El cerdo de Sulawesi
R046B05  
 
 
 
Héctor T. Arita  
                     
De acuerdo con el libro del Levítico, Dios dio
instrucciones precisas, por medio de Moisés y Aarón, acerca del tipo de animales que podían ser consumidos por los hijos de Israel: “Todo animal de casco partido y pezuña hendida y que rumie lo comeréis; pero no comeréis los que sólo rumian o sólo tienen partida la pezuña”. Muchos años después de este episodio bíblico, Alá hizo ver al profeta Mahoma que los seguidores del Islam deberían observar la misma regla. Hoy día, millones de judíos y de musulmanes en todo el mundo siguen la ordenanza y se abstienen de consumir e incluso de tocar a los cerdos.
 
El origen de la prohibición de comer cerdo ha sido objeto de numerosos análisis filosóficos, naturales y sociológicos. Una de las explicaciones más plausibles fue propuesta por el filósofo judío de origen español Maimónides en el siglo XII. Dios, según “el Santo Tomás del judaísmo”, habría querido mantener a sus hijos lejos de los riesgos de salud que podrían enfrentar si consumían la carne de un animal que tiene por costumbre revolcarse en fango contaminado con sus propias heces y orina. El propósito de la prohibición sería, por tanto, de carácter práctico aunque de origen divino.
 
Ya en el siglo XX, el antropólogo Marvin Harris ha puesto el tabú del cerdo dentro del contexto de su teoría del materialismo cultural. Para Harris, los patrones de comportamiento más extraños dentro de las sociedades humanas (la adoración de las vacas por los hindúes, las cacerías de brujas, el canibalismo) pueden explicarse como “adaptaciones” de las sociedades al ambiente en el que se desarrollan. En Israel, por ejemplo, la crianza y consumo de cerdo se ve limitada por el clima, ya que los cochinos son animales que no soportan climas muy calientes ni secos como el que predomina en Judea. Para los judíos de los tiempos bíblicos, según el argumento de Harris, era mucho más redituable y sana la crianza de rumiantes, como las ovejas y las cabras, que la de los cerdos. La controvertida teoría de Harris difiere de la idea de Maimónides en que el tabú tendría un origen humano, no divino, aunque el propósito sería el mismo: mantener a la gente alejada de un animal que era un posible foco transmisor de enfermedades y cuya crianza era costosa.
 
Desde el punto de vista biológico, el texto del Levítico ofrece una oportunidad interesante para especular sobre los alcances de la prohibición bíblica. Para cumplir los requisitos de la ordenanza bíblica, un animal debe tener una pezuña “dividida” y debe ser rumiante. Los únicos mamíferos que cumplen con estas características son algunas especies del orden Artiodactyla, que incluye animales como los cerdos, camellos, venados, antílopes y vacas. Todos los artiodáctilos, con la excepción de un género de jabalíes, poseen un número par de dedos, y el peso se concentra en el punto medio entre los dígitos III y IV (análogos con el dedo medio y el anular de los humanos). El aspecto externo de este arreglo es justamente la “pezuña dividida” que se menciona en el Levítico.
 
Sin embargo, no todos los artiodáctilos son rumiantes. Un rumiante auténtico mastica su alimento, lo ingiere y lo hace llegar a una cámara de su complicado estómago para comenzar la digestión. Posteriormente, el animal regurgita (regresa el alimento al hocico) para masticarlo nuevamente, deglutirlo y pasarlo por otra sección del estómago para completar la digestión.
 
Entre los artiodáctilos, los cerdos, jabalíes e hipopótamos tienen estómagos de dos o tres cámaras, pero no rumian. Los camellos y los tragúlidos (un tipo primitivo de venado) tienen estómagos de tres cámaras y sí rumian, mientras que el resto de las especies (venados, jirafas, berrendos, antílopes, vacas, borregos y cabras) son rumiantes y tienen estómagos de cuatro cámaras.
 
Aunque evidentemente la prohibición bíblica se refería a los cerdos, en el contexto de un mundo moderno en el que hay judíos practicantes en casi todo el mundo una interpretación literal del texto bíblico podría hacer dudar a alguno de ellos. Por ejemplo, la capacidad de rumiar no es una característica binaria, que existe o no existe, sino un mecanismo fisiológico que presenta sutiles diferencias entre las especies que lo poseen. Aunque la clasificación de los artiodáctilos corresponde cercanamente con la capacidad de rumiar y con la complejidad del estómago, la realidad es que no existe un límite tajante entre los rumiantes y los no rumiantes. Un practicante que siguiera literalmente las instrucciones bíblicas tendría dificultades para discernir entre los animales comestibles y los inmundos.
 
Un ejemplo real se dio cuando un grupo de científicos presentó evidencias de que la babirusa, un pariente silvestre de los cerdos, podría ser en efecto un rumiante. La babirusa (Babyrousa babyrussa) es básicamente un cerdo salvaje que habita algunas de las islas Célebes (Sulawesi) y Malucas, pertenecientes a Indonesia. El aspecto general del animal es el de un marrano más bien pequeño, con un peso máximo de 100 kg, de pelo muy corto y escaso y con la piel plegada en arrugas en la parte ventral. La característica más llamativa, sin embargo, son los colmillos superiores, que en vez de extenderse por afuera del labio, como en los jabalíes, crecen a través de la parte superior del hocico y se doblan hacia atrás. La babirusa es un alimento muy apreciado por los nativos de las islas donde habita, pero ¿qué opinaría un judío al respecto? Se trata de un animal de pezuña hendida y que aparentemente es capaz de rumiar. A pesar de ser evidentemente un cerdo, ¿estaría permitido su consumo? Aquí entramos ya en el terreno de la filosofía y de la teología judaica en el que la biología tiene poca injerencia. Sin embargo, es interesante constatar cómo los descubrimientos científicos pueden poner en tela de juicio las interpretaciones de ciertos tabúes sociales.
 
Para Marvin Harris, el tabú del cerdo no es sino reflejo de las condiciones que imperaban en Israel hace cientos de años y la aplicación de la regla no tendría sentido para los judíos y musulmanes de la actualidad. Para la mayoría de los fieles al judaísmo o al Islam, sin embargo, la prohibición es parte de las tradiciones más arraigadas y, para algunos judíos ortodoxos, el seguimiento estricto de las indicaciones bíblicas es una condición indispensable para la vida cotidiana. La respuesta a la pregunta de que si un judío o un musulmán podrían consumir la carne de la babirusa no reside en el ámbito científico sino en el espiritual, en la conciencia de cada practicante de esas religiones.
 
  articulos  
Referencias Bibliográficas
 
Harris, M., 1974, Vacas, cerdos, guerras y brujas. Los enigmas de la cultura, Alianza Editorial, Madrid, 1988. Libro no técnico en el que Harris presenta varias de sus controvertidas explicaciones sobre las costumbres sociales.
     
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Héctor T. Arita
Instituto de Ecología,
Universidad Nacional Autónoma de México.
     
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cómo citar este artículo 
 
Arita, Héctor T. 1997. El cerdo de Sulawesi. Ciencias, núm. 46, abril-junio, pp. 58-59. [En línea].
     

 

 

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El hombre y los peces
R046B06  
 
 
 
Rodrigo Moya  
                     
Cuando el pargo blanco al fin se dejó arrastrar por la
línea que con todo y arpón atravesaba su cuerpo, el buzo pensó que la captura submarina del día era suficiente. En realidad, había matado más de lo necesario atravesando con su infalible arma pargos, huachinangos, meros, cabrillas, y hasta dos pequeñas mantarrayas que pasaron ante él exhibiendo su majestuoso vuelo, como de águilas desplazándose sin prisa en un cielo líquido. La jaba estaba repleta de víctimas, muertas unas y otras agonizando. Para facilitar los movimientos de ascenso hacia la superficie donde lo aguardaba el pequeño velero, se deshizo con cierto remordimiento del mero más grande y de tres langostas cuyas abatidas antenas las hacían ingobernables.
 
Aun así, la cuantiosa captura que pendía más abajo, unida a su hombro por la cuerda de nailon, lo obligaba a un ascenso cuidadoso, pero conforme arreciaba la claridad, lejos del talud donde era forzoso cuidarse de salientes y corales, los movimientos eran más fáciles. Casi agotados los tanques de aire después de una hora de inmersión, echó una mirada al profundímetro: estaba a seis metros bajo la superficie, y debía contener las ansias de ascender más rápido, para más arriba hacer la obligada parada de descompresión.
 
Luego, cuando a tres metros bajo la superficie miraba distraído hacia el fondo mientras cumplía el tiempo de reposo para eliminar el nitrógeno de la sangre, sintió de pronto una inusitada vibración. Apenas escrutaba la cercana superficie en busca de la fuente del ruido, suponiendo que se trataba del motor de un barco, cuando se sintió violentamente empujado del sitio en que mantenía su precario equilibrio hidrostático. Una fuerza inexplicable le hizo perder en el primer impacto la aleta del pie izquierdo, su fusil neumático, y la línea de la que más abajo pendían sus presas. Instintivamente apretó el visor contra su rostro y mordió con angustia la boquilla portadora de los últimos minutos de aire comprimido. Sacudido por ese vendaval de ondas y turbulencias que le impedían moverse, vio horrorizado cómo una densa masa de peces que emergían de los torbellinos lo rodeaban por todas partes. La luz se hizo mínima y móvil; entre corrientes repentinas y encontradas, con una oscuridad creciente, se resignó a morir, víctima —pensó— de un fantástico cardumen de peces carniceros.
 
Aferrando su visor, incrustándolo casi contra su frente para no perderlo mientras rebotaba de un pez a otro, mordiendo ferozmente la boquilla del regulador y hecho un ovillo indefenso sin movimiento propio, veía en la penumbra la estampida de peces embistiéndolo. Sin embargo, las esperadas mordeduras no llegaban. Aplastados contra su cara, contra su pecho, entre sus piernas, presionándolo por todas partes como un compacto ejército, los peces lo rodeaban y oprimían. Algunos parecían observarlo fugazmente cuando en su convulso fluir pasaban ante el cristal de su visor; a pocos centímetros veía los ojos saltones de los animales y distinguía su cabezas boqueando. El espacio faltó. El aire de la boquilla apenas llegaba a sus pulmones. La enloquecida masa natatoria ocupaba cada palmo del espacio líquido y lo aprisionaba cada vez más. No pudo ya mover brazos ni piernas, atenazado por el hiriente cardumen. Su mano derecha quedó atrapada entre el visor y el muro vivo, y la izquierda permaneció soldada a su costado por la presión de los peces. Sintió apretados coletazos contra su pecho, su espalda y su cabeza. Como un muñeco en el centro de la feroz corriente, fue arrastrado hacia una densa oscuridad donde sólo brillaban de pronto los cuerpos escamosos. Sintiéndose aplastado bajo las encontradas presiones, incapaz de la más ligera flexión o del menor movimiento natatorio, se abandonó a su destino.
 
Lúcido pese a todo, poseedor de un sereno valor adquirido en la soledad de prolongadas inmersiones, en su último trance pensaba más en el insólito fenómeno que en la cercanía de la muerte. Mientras percibía la vaga sensación de ser izado hacia la superficie por la masa compacta de peces, creyó descubrir la verdad: no era devorado por un pez, por diez, o por mil; no era mordido, sajado ni despedazado; su cuerpo permanecía intacto, si bien lacerado por la presión sumada de los animales. Lo devoraba el cardumen, los peces lo habían atrapado, así como él los capturaba y aprisionaba en la red de la jaba, y era engullido simultáneamente por miles de ellos. Como un todo, ese turbulento cardumen lo tenía apresado en su propio centro. Cada animal era la célula de un gigantesco organismo que deliberadamente, a pesar del aparente caos, le causaba una dolorosa muerte por compresión y asfixia.
 
Ahora entendía que la organización biológica de los seres marinos, observada desde los barcos pesqueros donde tantos años había trabajando como biólogo, no residía solamente en sus complejas conductas ante estímulos y respuestas, sino que eran capaces de algo más que buscar gregariamente las corrientes, las temperaturas, las profundidades y el alimento adecuado, o de huir aterrados como un solo organismo ante la embestida de orcas y tiburones. Esa fría organización animal podía elegir y acechar una presa, y más allá del hambre y el instinto de cada individuo, destruirla como un todo para satisfacer un misterioso designio, tal vez de protección, tal vez de venganza. Bajo la superficie los peces poseían una diabólica inteligencia colectiva que ahora lo tragaba y digería. Después, como víctima propiciatoria, su cuerpo sería vomitado por el saciado cardumen en algún lugar del mar, donde un universo de minúsculos seres abisales lo devorarían lentamente.
 
Superado el terror de los primeros instantes y de la lucha librada contra tal fuerza, lamentó que su descubrimiento fuera en el momento final. Sintió vagamente cómo el regulador escapaba de sus labios, lo mismo que el visor, empujado por el movimiento convulsivo de algún pez. Vio indiferente los ojos desorbitados de un ejemplar que boqueaba junto a su rostro. A un paso de la inconsciencia, y mientras la última idea sobre su descubrimiento se diluía en la abulia precursora de la muerte, dejó de sentir la terrible presión y bruscamente percibió una intensa luz que irradiaba a través de sus párpados cerrados. Los peces se movían desesperados produciendo el ruido de tambores apagados por el agua, y golpeaban cada parte de su cuerpo, ya insensible al dolor. Contra su voluntad, ahora movía nuevamente brazos y piernas, llevados de aquí para allá por el desplazamiento cada vez más brusco de los animales. pudo pensar aún que el transcurso a la muerte no era dolor ni tristeza, sino una especie de resignación tal que podía vencer dolores como la falta de aire, o el golpeteo incesante de aletas y colas contra su cuerpo.
 
Al abandonar su último pensamiento sintió un impacto indoloro y brutal, distinto del multiplicado golpear de los peces. Vio un mundo de luz; no la difusa y plana del ámbito submarino, sino una luz clara, definida en interminables contornos, en luces y sombras. Oyó el sonido de sus tanques golpeando contra algo metálico, produciendo tañidos de campanas destempladas. Fue levantado en vilo y maltratado nuevamente por la convulsa masa. Creyó escuchar lejanos gritos incomprensibles, chirriar de cadenas, golpes compactos y el sordo rumor del cardumen agitándose. Se sintió caer en el vacío y perdió la sensación de la tibieza del agua y el frío rasposo de los peces.
 
Izado por el enorme malacate sobre la cubierta del barco pesquero, el buzo yacía, despatarrado y sangrante, como un espécimen insólito entre la pesca de la red. Ante los estupefactos pescadores, el aire del mundo entraba de nuevo en sus pulmones y aceleraba su corazón y el calor del sol desentumía sus manos y otra vez la luz vibraba en sus pupilas. Mientras, rodeándolo por todas partes en el copo recién abierto, a su lado agonizaban estrepitosamente sesenta toneladas de merluzas.
 
  articulos
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Rodrigo Moya Macondito
Xalapa, junio de 1975
     
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cómo citar este artículo
 
Moya, Rodrigo. 1997. El hombre y los peces. Ciencias, núm. 46, abril-junio, pp. 66-67. [En línea].
     

 

   
   
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Conservación de las
monarcas, desprecio
por los plebeyos
R046B04  
 
 
 
Zenón Cano-Santana  
                     
Los insectos, esos artrópodos alados, constituyen
aproximadamente 54% de las 1.4 millones de especies conocidas. Su capacidad para volar, su pequeño tamaño, su estrecha relación evolutiva con las plantas vasculares, así como la plasticidad estructural de su aparato bucal, les ha permitido tener este éxito adaptativo sin precedentes. Sin embargo, se reconoce que uno de los grupos de seres vivos menos conocidos por la ciencia es precisamente el de los insectos. Se calcula que en las zonas tropicales se encuentran aún 30 millones de especies de insectos en espera de ser clasificados, lo cual contrasta con los cerca de 800000 que se conocen actualmente.
 
Por esa sorprendente riqueza, este grupo tiene un gran número de especies en la lista (desconocida, por supuesto) de seres vivos extintos o en peligro de extinción. Así, aunque sólo 7% de los animales en la lista de 500 especies extintas en Estados Unidos sean insectos, tal vez por desconocimiento de la fauna entomológica y la ausencia de programas de muestreo adecuados, estos valores pueden no representar los índices de extinción de insectos en ese país.
 
En un artículo que Pyle, Bentzien y Opler publicaron en 1981 en el Annual Review of Entomology, se enumeran las causas de la declinación de las poblaciones de insectos: la urbanización, la lluvia ácida, la luz eléctrica, la construcción de represas de agua, la contaminación de aguas, el desagüe de zonas inundables, la conversión a la agricultura, el paso de vehículos, la pérdida de las plantas hospederas, la introducción de especies exóticas, la colecta excesiva y los pesticidas.
 
Fue precisamente una monarca, la reina Cristina de Borbón, quien en España, en 1835, inició la que sería una larga serie de programas de protección dirigida a los insectos. A la reina Cristina le interesó la protección de las luciérnagas. Actualmente, países como Alemania, Estados Unidos, Gran Bretaña, Malasia, Papua Nueva Guinea, Costa Rica y Rusia tienen programas de este tipo.
 
En México no existe todavía una cultura en la que el futuro de la conservación de los insectos sea una preocupación. Más bien la hay por las plantas y animales más grandes, peludos o emplumados. Por otra parte, existe una excepción a la regla de desprecio por la conservación de los insectos: en México, la conservación de la mariposa monarca ocupa un primerísimo lugar, lo cual se pone de manifiesto con la instauración de una “Reserva Especial de la Biósfera” en las áreas de hibernación de este insecto.
 
¿Es este tipo de conservación suficiente y adecuado para un país considerado como un hot spot de la biodiversidad? Evidentemente no. Veamos por qué.
 
En primer lugar, los programas de conservación encaminados a proteger una especie en particular son limitados, pues ignoran la integración que tiene cada especie con su entorno natural y con las especies con las que coexiste. La mejor manera de conservar es proteger, en forma integral, los ecosistemas, pues esto garantiza la conservación de varias entidades naturales: a) el paisaje, b) los procesos funcionales de la naturaleza, y c) la evolución de las poblaciones.
 
En segundo lugar, los programas de protección de una especie (como por ejemplo, los encaminados a proteger la ballena gris, el teporingo o la mariposa monarca), pueden constituirse en una tarjeta de presentación de las instituciones gubernamentales para aparentar una preocupación por la naturaleza. Ello sólo constituye un parapeto que impide ver el efecto que tiene el deterioro ambiental y el crecimiento de las poblaciones humanas sobre la existencia de muchas otras especies. En un país con desigualdades, con asimetrías y con antidemocracia, los programas de conservación no se han salvado de tener estas tres tristes características. Actualmente, la deforestación, la urbanización y la liberación de desechos tóxicos al aire y a las corrientes de aguas superficiales provocan la extinción de especies a una tasa que ni siquiera hemos podido medir con exactitud. Se están destruyendo poblaciones de plantas y animales que ni siquiera registramos en las listas florísticas y faunísticas.
 
Frente a este panorama, ¿cómo podemos alegrarnos de conservar una especie de insecto, cuyas poblaciones se encuentran distribuidas en casi todo el mundo, mientras localmente desaparecen muchas especies a todo lo largo y ancho del territorio mexicano? Un ejemplo cercano —alejándonos de las zonas tropicales, donde la reducción en 10% de zona selvática significaría una reducción a 50% de las especies— es el Pedregal de San Ángel, en el que el doctor Carlos Beutelspacher estimó que 10 especies de esfíngidos desaparecieron entre 1933 y 1970, y que probablemente 11 especies más no se encuentren ya en esta zona. ¿Quién se ha preocupado por Manduca ochus, Sphinx leucophaeta o Monarda oryx, de los cuales ya no hay un solo individuo en esta zona? La mariposa monarca, entre tanto, tiene poblaciones en Australia, Nueva Guinea, Islas Molucas, Islas Canarias y en toda América; en México ha recibido mucha atención de los medios masivos de comunicación por los niveles de mortandad que presentó en el invierno pasado.
 
Me satisface la existencia de la Reserva Especial de la Biósfera en los sitios de hibernación de la monarca. Pero me satisface no sólo por la protección de la monarca (creo que porque tengo un poco de vasallo), sino por todo el ensamblaje de plantas y animales que involuntariamente fueron protegidos bajo la sombra de la monarca, su majestad, Oanaus plexippus.
 
     
Referencias Bibliográficas
 
Beutelspacher, C., 1972, La Familia Sphingidae (Insecta: Lepidoptera) en el Pedregal de San Ángel, D.F., México, An. Inst. Biol. Univ. Nal. Auton. México 01:17-24.
Dirzo, R., 1990, “La biodiversidad como crisis ecológica actual ¿qué sabemos?”, Ciencias (núm. especial) 4:48-55.
Franklin, J. F., 1993, Preserving biodiversity: species, ecosystems, or landscapes? Ecol. Appl., 3:202-205.
Pyle, R., M. Bentzien y P. Opler, 1981, Insect conservation, Ann. Rev. Entomol., 26:233-258.
 
     
Texto leído en la Mesa Redonda “Mariposa Monarca: Cultura y Conservación” que se llevó a cabo el 14 de marzo de 1996 en el Amoxcalli de la Facultad de Ciencias, Universidad Nacional Autónoma de México.
     
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Zenón Cano-Santana
Facultad de Ciencias,
Universidad Nacional Autónoma de México.
     
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cómo citar este artículo 
 
Cano Santana, Zenón. 1997. Conservación de las monarcas, desprecio por los plebeyos. Ciencias, núm. 46, abril-junio, pp. 46-47. [En línea].
     

 

 

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