revista de cultura científica FACULTAD DE CIENCIAS, UNIVERSIDAD NACIONAL AUTÓNOMA DE MÉXICO
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María Teresa Velázquez Uribe      
               
               
La población es el sujeto primordial y el agente fundamental
del desarrollo. El progreso de las sociedades se basa en el mejor y más cabal aprovechamiento de las capacidades humanas, en su aplicación creativa para obtener, mediante el trabajo y la transformación productiva, los satisfactores que favorecen el bienestar y la calidad de vida. Así pues, el desarrollo se finca en los atributos de la población y gracias a él se obtienen los beneficios que la enriquecen.
 
El vínculo entre población y medio ambiente se manifiesta de múltiples formas y a través de diversos factores intermediarios de tipo tecnológico, económico y cultural; sin embargo, los estudios acerca de la medición de la presión o carga que ejerce la población en los recursos se encuentran aún en desarrollo. Los efectos de la dinámica demográfica en el ambiente no son directos, sino resultado de dichos factores por medio de los cuales el crecimiento poblacional aumenta el consumo de recursos limitados.
 
En la actualidad, el interés por estudiar la relación entre población y ambiente ha adquirido una importancia creciente de frente al deterioro ecológico, el rápido crecimiento demográfico, las tendencias a que exista una alta concentración y una fuerte dispersión en la distribución de la población, las modalidades de ocupación y utilización del espacio por parte de ésta y, en general, las desfavorables condiciones para la vida y el bienestar de la humanidad.
 
Hay que llamar la atención en la variedad de factores que influyen en la relación población y medio ambiente. En este sentido, en función de la región ecológica, del patrón de poblamiento, del uso de los recursos y tecnologías, de sus características históricas, su régimen de propiedad, de su nivel de vida, así como de su relación con el exterior, se observan distintas prácticas productivas y comportamientos migratorios, que dan lugar a diferentes grados de pobreza y deterioro ambiental.
 
Crecimiento de la población
 
En los análisis sobre las relaciones población/medio ambiente (recursos) predominan los del impacto que las transformaciones ambientales imprimen sobre diferentes procesos demográficos. Así, los cambios en los patrones de uso del suelo, la construcción de una presa, o un desastre ambiental, por ejemplo, tienden a expulsar a la población de su medio; o las diversas formas de contaminación que tienen impacto en la salud, la morbilidad y mortalidad, o los efectos de desnutrición por el cambio de cultivos tradicionales de autoconsumo a cultivos comerciales.
 
Hasta la fecha, el análisis predominante ha consistido en presentar dichas interrelaciones como una presión que cada vez es mayor de la población en recursos naturales escasos. Así, la explicación se ve reducida a un dato de volumen o tasa de crecimiento, donde se restringe la especificidad de cada uno de los componentes demográficos (fecundidad, mortalidad y migración), los cuales generan cambios ambientales que a su vez afectan la dinámica demográfica. Esta dinámica demográfica se compone de crecimiento natural y crecimiento social, lo que constituye el crecimiento total de la población (gráfica 1).
 
Se estima que en el presente año la población de México suma 93.2 millones de habitantes, y también que, durante el año, ocurran alrededor de 2.3 millones de nacimientos y cerca de 420 mil defunciones; ello implica un incremento absoluto anual de casi 1.9 millones de mexicanos, lo que significa una tasa de crecimiento natural anual de 2.01 por ciento, que es la diferencia entre las tasas brutas de natalidad y mortalidad que se estiman en 24.6 y 4.5 por mil, respectivamente.       
 
El saldo migratorio internacional de México es negativo, y asciende aproximadamente a 300 mil personas por año. A su vez, la tasa bruta de migración neta se estima en –0.32 por ciento, lo que lleva a una tasa de crecimiento medio anual de la población del 1.69%.
 
La actual situación demográfica de México se caracteriza por el rápido crecimiento que tuvo la población hasta los años setenta, lo cual propició un hecho en apariencia paradójico: aunque la tasa de crecimiento de la población comenzó a disminuir desde entonces, la población ha seguido aumentando significativamente en números absolutos (gráfica 2). En efecto, mientras la tasa de crecimiento natural de la población disminuyó en los últimos 30 años de 3.4 a 2.01 por ciento anual, en este lapso la población pasó de 42.5 a 91.6 millones de habitantes, es decir, se duplicó. La tasa de crecimiento total disminuirá de 1.69 por ciento en 1996 a 1.15 en el año 2010.
 
En la gráfica 3 se observa una disminución gradual y sostenida de la mortalidad entre 1930 y 1996, lapso en el que se redujo de 26 a 4.5 defunciones por cada mil habitantes. En contraste, la natalidad se mantuvo prácticamente constante (aún con un ligero aumento) entre 1950 y 1965, en un nivel de aproximadamente 46 nacimientos por cada mil habitantes. La diferencia entre ambas tendencias y sus respectivos niveles condujo a un considerable aumento del crecimiento natural de la población, hasta alcanzar el máximo antes citado de 3.4 por ciento en 1965, que es la parte más ancha entre las dos gráficas. A partir de entonces, debido a la disminución de la fecundidad, comienza a notarse una significativa disminución de la natalidad, la cual se extiende hasta el momento actual. Esta rápida disminución de la natalidad, en contraste con las reducciones moderadas que se aprecian en la mortalidad, es lo que origina la disminución de la tasa de crecimiento indicada en la gráfica 1.
 
Composición por edad de la población
 
Una vez presentada la dinámica del crecimiento de la población en términos de tamaño y de crecimiento, es necesario analizar la composición de la población valiéndose de las gráficas denominadas pirámides de edades.
 
Durante los últimos 25 años son marcados los cambios que se aprecian en la composición por edades de la población. Por ejemplo, entre 1970 y 1995, la proporción de la población menor de 15 años pasó de 48 a 36 por ciento; de manera similar, la población en edad preescolar (menor de 6 años) pasó de 22 a 15 por ciento del total de la población (gráficas 4 y 5). La edad media aumentó de 22.3 a 25.3 años, para el año 2030 ésta será de 37 años. Mientras la razón de dependencia (la población menor de 15 años sumada a la de 65 años y mayor de tal edad, dividida entre la población 15-64) disminuyó sensiblemente, de 1.04 a 0.68.
 
Los distintos grupos de edades evolucionan con diferentes tendencias de crecimiento:
 
• La población preescolar (menor de 6 años) presenta actualmente un crecimiento negativo.
 
• La población en edad escolar (entre 6 y 14 años) crece a una tasa cercana a cero. En 1995, aunque el incremento sigue siendo positivo, su tasa es baja y prosigue una tendencia decreciente, la cual se tornará negativa hacia el año 2000.
 
• La población en edad laboral (entre 15 y 64 años), está dominada por la inercia del crecimiento demográfico pasado. Si bien a partir de 1992 comenzó a disminuir el incremento anual de personas de estas edades, esta reducción es moderada y continuará siéndolo en el futuro próximo. Se estima que hasta el año 2010 los incrementos anuales de la población entre 15 y 64 años serán superiores a 1.2 millones de personas, lo que conllevará una presión en el empleo.
 
• Por último, la población correspondiente a la tercera edad (de 65 años o más), representa hoy día sólo 4% de la población, pero su crecimiento es muy marcado: pasó de menos de 1% anual en 1960 a 4.2% en 1996, y se ha mantenido en este nivel desde entonces. Sin embargo, esta proporción se incrementará alrededor de 11.9% para el año 2030.
 
Se advierte que los distintos grupos de edades evolucionan con diferentes tasas de crecimiento. Así, los cambios en la composición por edades modifican la magnitud y el perfil de las demandas sociales.
 
En el caso de la población preescolar y escolar, se aprecia ya el efecto de la disminución de la fecundidad, traducido en tasas de crecimiento negativas para estos grupos. Así, se estima que la demanda histórica más alta a la que tendrá que hacer frente la impartición de educación primaria es de poco más de 13 millones de niños, así como de 6.3 millones de jóvenes para la instrucción secundaria. Por el contrario, la población en edades laborales y de retiro ven su crecimiento marcado por la inercia demográfica del pasado. No se aprecian en el mediano plazo disminuciones significativas en sus tasas respectivas de crecimiento, e incluso se anticipan aumentos considerables en su volumen, lo que resulta particularmente marcado para los grupos integrados por personas mayores de 65 años. Es importante destacar que el rápido envejecimiento de la población se traducirá en presiones crecientes sobre las bases de financiamiento de la seguridad social del país. A ello responde la prioridad que señala el Plan Nacional de Desarrollo de impulsar y extender esquemas de ahorro personal y familiar.
 
Evolución de las tres componentes demográficas
 
Mortalidad          
 
A partir de 1930 se ha registrado un descenso sostenido de la mortalidad, lo que ha dado lugar a un incremento significativo en la esperanza de vida al nacimiento. En 1930, los hombres tenían una esperanza de vida de 35 años y las mujeres de 37; seis décadas más tarde, en 1994, este indicador se duplicó a 69 y 75 años, respectivamente (gráfica 6). No obstante estos avances, la vida media de los mexicanos se encuentra aún lejos de la de países con bajas tasas de mortalidad, como Japón, Suiza y Suecia (cuadro 1).
 
En la década de los sesenta se registró en México, al igual que en muchos otros países, un freno en el descenso de la mortalidad y, por lo tanto, en las ganancias de la esperanza de vida al nacimiento. Se supone que la mortalidad continuará en descenso, aumentando la esperanza de vida de 72.5 años en 1996 a 79.2 en el año 2030, según se observa en la gráfica 6. El descenso de la mortalidad entre 1 y 4 años de edad siguió un patrón paralelo hasta la década de los setenta, aunque en este caso se aprecia un marcado freno durante los años ochenta (gráfica 7).
 
Gran parte de las ganancias en la sobrevivencia provienen de la disminución de la mortalidad infantil, ya que se ha logrado de manera muy acelerada, en comparación con la experiencia histórica de los países desarrollados. En 1996, 2.5% de los recién nacidos fallece antes de su primer aniversario. Un factor determinante en el nivel de mortalidad infantil es el nivel educativo de la madre, donde se observa, por un lado, cierta convergencia entre los niveles de mortalidad infantil de los hijos de mujeres con algún grado de secundaria o más que pasó de 38 en 1980 a 18 en 1990 por cada mil nacidos vivos (cuadro 2).
 
Otro factor diferencial que repercute en la sobrevivencia infantil son las condiciones sanitarias de la vivienda, para el periodo 1980-1990 se presentan grandes diferencias: desde si las viviendas tienen piso de tierra y sin disponibilidad de agua ni drenaje hasta viviendas con piso de tierra y con agua y drenaje, presentan entre ambos extremos valores en que la mortalidad infantil del peor contexto llega a ser más del doble que la mejor (gráfica 8).
 
Fecundidad          
 
Esta segunda componente es el determinante principal del cambio demográfico en México durante los últimos treinta y cinco años, ya que la tasa global de fecundidad (TGF) descendió de 7 a 2.8 hijos por mujer, de 1960 a 1995 respectivamente, que se define como el número de hijos que en promedio tendría una mujer dentro de su periodo fértil, es decir, entre 15 y 50 años. Se estima que para el año 2000 la TGF sea de 2.4 hijos (gráfica 9).
 
Migración       
 
La tercera componente no ha sido determinante en la dinámica demográfica del país en las primeras seis décadas de este siglo. Sin embargo, durante las últimas décadas se ha registrado un notable incremento de la emigración de mexicanos hacia Estados Unidos.
 
La proyección de los escenarios demográficos señala que el paulatino envejecimiento de la estructura por edades (gráfica 10), seguirá propiciando un aumento gradual de la tasa bruta de mortalidad más allá del 2010 (gráfica 3). Asimismo, la fecundidad por debajo del remplazo generacional favorecerá el continuo descenso de la tasa de natalidad, de tal suerte que en los primeros años de la segunda mitad del próximo siglo no sólo se habrá completado la transición demográfica, sino que incluso el país experimentará una progresiva disminución de su población, fenómeno que ocurrirá por vez primera desde la culminación del periodo revolucionario (1910-1921).
 
Sustentabilidad del desarrollo           
 
El volumen, el ritmo de crecimiento, la estructura y la distribución territorial de la población, así como las variables que determinan la dinámica poblacional (fecundidad, mortalidad y migración), constituyen dimensiones que se interrelacionan en forma compleja con los procesos de desarrollo económico y social. En consecuencia, la política de población debe tener un carácter multisectorial y ser parte integral de la estrategia de desarrollo y de la política social, buscando que la evolución de las variables demográficas esté en consonancia con el desarrollo, tanto en sus aspectos económicos como en los de equidad y sustentabilidad, pues el acelerado crecimiento demográfico y la distribución desequilibrada de la población ponen en peligro la sustentabilidad del desarrollo.
 
El país enfrenta una compleja problemática ambiental. La explotación irracional de los recursos naturales, la deforestación, la erosión del suelo y la desertificación, la contaminación del aire y el agua, la acumulación de residuos tóxicos, por solo mencionar algunos ejemplos, constituyen fenómenos de grave deterioro ambiental fuertemente interconectados, con causas múltiples e interrelaciones complejas.
 
El desarrollo sustentable es una estrategia que reconoce que la calidad de la vida humana es inseparable de la calidad del medio ambiente. Los vínculos entre la población, el medio ambiente y los recursos naturales están mediados por múltiples factores. Se reconoce, sin embargo, que el acelerado crecimiento demográfico —“explosión demográfica”— y la distribución desequilibrada de la población en el territorio —al interactuar con la pobreza y las desigualdades sociales y regionales, las pautas de acceso y uso de los recursos naturales, las tecnologías utilizadas para su explotación y los patrones de producción y consumo vigentes— pueden ejercer fuerte presión en el medio ambiente y la base de los recursos naturales. Es urgente frenar las tendencias de deterioro ecológico y sentar las bases para transitar a un desarrollo sustentable, por lo que se debe buscar la armonización de la evolución de los fenómenos demográficos con las exigencias de un desarrollo sustentable, al entender de manera prioritaria la búsqueda de equilibrio entre la población, los recursos naturales y la calidad del medio ambiente. Por lo tanto, es necesario profundizar en el estudio de las interrelaciones entre los procesos demográficos y los ecológico-ambientales, para analizar, por ejemplo, cómo influyen las condiciones del ambiente en la salud de la población y en los patrones de reproducción; cómo una estrategia de ordenamiento ecológico de los asentamientos humanos y de las actividades productivas, o un cambio en los patrones de producción y consumo, generaría una redistribución de la población en el territorio que amortiguaría la presión de la población en la “capacidad de carga” de la tierra y sus recursos y eliminaría los factores de expulsión y atracción de los procesos migratorios actuales y de las condiciones de salud que inciden en ciertos procesos de morbilidad y mortalidad de la población.
 
En el futuro inmediato, la dimensión ambiental, en sus diversos contextos socioeconómicos y regionales, se incorporará al análisis de la dinámica poblacional, lo cual será de gran utilidad para el enfoque del desarrollo sustentable que México ya está llevando a la práctica.
 
Empero, lo que predomina en el paradigma normal de la demografía es, a decir de Hogan, “una visión que ve la relación como una presión del volumen de la población sobre recursos (escasos)”, es decir, “un malthusianismo puro o moderado… (centrado en) el volumen de la población, o en su tasa de crecimiento”.
 
La demografía ha aportado cifras acerca de la dinámica poblacional, ofreciendo pocos elementos para la comprensión de la multicausalidad de los procesos socio-ambientales. Los estudios poblacionales no son patrimonio exclusivo de la demografía, pues todas las ciencias sociales y humanas tienen que ver con diferentes procesos de la población, constituyéndose en la variable endógena de cualquier tipo de problema social.
 
En la relación población/recursos se analizan los factores convencionales de población (esperanza de vida al nacer, tasas de fecundidad, migraciones) y se incorporan diferentes temas de la problemática ambiental (urbanización agotamiento de recursos, desechos tóxicos, salud, etcétera) en estudios interdisciplinarios que buscan un análisis ambiental global; pero en pocos casos se analizan las formas en que la dinámica poblacional propiamente dicha se incorpora a los procesos multicausales de transformaciones ambientales, o cómo los cambios globales y locales del ambiente afectan y determinan los procesos demográficos a través del tiempo que se analizan.
 
Población/Medio Ambiente
 
Así, la relación entre población/medio ambiente tiende a ser asimilada por el paradigma de la ecología humana, o a ser explicada por diferentes disciplinas biológicas y sociales, análisis en los que la demografía sólo aporta proyecciones de población.
 
Los dos elementos de la ecuación población y medio ambiente no se pueden separar, pues están íntimamente relacionados con las desigualdades geográficas y las sociales; es decir, con la dimensión y estructura de la actividad, con las condiciones económicas y sociales, con el tipo de desarrollo, y en fin, con el bienestar o con la pobreza.
 
En este sentido, en el deterioro del agua, del suelo, del aire y sus diversos efectos se involucran diferentes actores o universos socioeconómicos y políticos. Entre ellos, se pueden distinguir al menos cuatro:
 
El primero, que corresponde a la sociedad misma que contamina y que recibe los efectos de su propia contaminación (concentración, pobreza, hábitos); es decir, la población contamina y a su vez los efectos de esa contaminación se revierten en ella misma.
 
El segundo, que comprende al sector empresarial que participa en el proceso de deterioro ambiental por medio de la emisión de contaminantes en los procesos productivos de sus industrias, y no obstante que recibe los efectos globales de la contaminación, también obtiene beneficios económicos de sus industrias no limpias.
 
Un tercer universo corresponde al Estado, que participa como un actor relevante en el deterioro del medio ambiente en diversos sentidos: como contaminador directo por medio de sus empresas, de sus industrias paraestatales o descentralizadas, que aunque cada vez son menos siguen siendo importantes, como Petróleos Mexicanos, los diversos medios de transporte colectivo y otros servicios. También el gobierno se convierte en promotor de la contaminación al unirse con intereses económicos del sector privado y otorgar concesiones para la explotación de recursos naturales sin ningún control para su regeneración. En este sentido están las concesiones para explotar la tierra y ampliar la mancha urbana mediante la creación de nuevas colonias; y los complejos turísticos que son grandes contaminadores y además productores de pobreza. A estas dos situaciones se agrega el papel clave del Estado como regulador del uso y explotación de los recursos naturales, al controlar la corrupción y la asociación no ética o moral para beneficios personales, con grupos privados nacionales e internacionales, así como al implementar acciones para el cumplimiento de las leyes relacionadas, directa e indirectamente, con el control de la contaminación o la creación de normas anticontaminantes.
 
Un cuarto sector o fuente más de contaminación es la ubicación de industrias transnacionales en territorio nacional, ya que cabe la probabilidad de que sean industrias no limpias.
 
Las proyecciones de crecimiento poblacional presuponen que no habrá “restricciones malthusianas”. Sin embargo, no por efecto directo del incremento demográfico, sino de los patrones tecnológicos del crecimiento económico, se están generando cambios ambientales que afectan las tasas de mortalidad y natalidad, se está degradando la capacidad de sustentabilidad del planeta y la base de recursos para satisfacer las necesidades básicas de esta población creciente. Aunque en términos generales los progresos de la humanidad se traducen en una mayor esperanza de vida de la población, las relaciones entre cambios tecnológicos, transformaciones ambientales y dinámicas poblacionales son mucho más complejas. Así, se aprecia por ejemplo en el incremento de las defunciones debidas a “catástrofes naturales”, las cuales tienen tanto de natural como las guerras, que de tiempo en tiempo venían equilibrando los incrementos poblacionales; o las tasas de mortalidad infantil que aún prevalecen debido a la pobreza.
 
Conclusiones
 
La crisis ambiental, como señala Hogan, representa un desafío para los demógrafos, quienes deberán descubrir sus mecanismos y elaborar esquemas analíticos que superen la idea de presión de números sobre recursos. Es importante poner el énfasis en los componentes del crecimiento, como son los estudios sobre morbilidad/mortalidad o sobre migración que representan terreno fértil para la demografía ambiental, sin olvidar el tamaño de la población.
 
Otro tema a incorporar en la relación población/medio ambiente es el de la calidad de vida de la población. Este concepto se ha convertido en uno de los objetivos fundamentales del desarrollo sustentable, sin ser patrimonio de ninguna de las disciplinas establecidas.
 
 
Cuadro 1    
Esperanza de vida según sexo en países seleccionados
  ESPERANZA DE VIDA   
País Año  Hombres  Mujeres 
México 1994 69.4 75.8
Suecia 1991 74.9 80.5
Japón 1991 76.1 82.1
Suiza 1990 74.1 80.9
Fuente: ONU, 1994. Demographic Yearbook, 1992.
 
Cuadro 2 
Tasas de mortalidad infantil, según nivel educativo de la madre, 1980-1990   
   MORTALIDAD INFANTIL
Año 1980  1990 
Sin instrucción 83 53
Primaria incompleta 63 51
Primaria completa 53 39
Secundaria o más 38 18
Fuente: Cálculos propios.
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Referencias Bibliográficas
 
Consejo Nacional de Población, 1995, Proyecciones de población, México.
Hogan, D. J., 1989, “Populacao e medio ambiente”, en Textos NEPO 16, Núcleo de Estudios de Populacao, Universidade Estaudal de Campinas.
Hogan, D. J., 1992, “The impact of population growth on the physical environment”, en European Journal of Population, pp. 121-137.
INEGI, 1993, Niveles de bienestar en México, México.
Izazola, Haydea y Susana Lerner (comp.), 1993, Población y ambiente ¿nuevas interrogantes a viejos problemas?, Soc. Mexicana de Demografía, El Colegio de México, The Population Council.
Leff, Enrique, 1986, Ecología y capital: hacia una perspectiva ambiental del desarrollo, UNAM, México.
Naciones Unidas, 1992, Agenda 21, Conferencia de la ONU sobre Medio Ambiente y Desarrollo, Río de Janeiro, junio, 1992.
Naciones Unidas, 1994, Demographic Yearbook, 1992, Nueva York.
Poder Ejecutivo Federal, 1995, Plan Nacional de Desarrollo 1995-2000, México.
Poder Ejecutivo Federal, 1995, Programa Nacional de Población 1995-2000, México.
     
 ___________________________________      
María Teresa Velázquez Uribe
Facultad de Ciencias y Dirección General de Estadística
y Sistemas de Información Institucionales,
Universidad Nacional Autónoma de México.
     
___________________________________________
     
cómo citar este artículo
 
Velázquez Uribe, María Teresa. 1996. Dinámica poblacional y medio ambiente. Ciencias, núm. 44, octubre-diciembre, pp. 56-63. [En línea].
     

 

 

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Antonio Sarmiento Galán      
               
               
Hace poco tiempo, quienes tenemos acceso a los medios
informativos nos enteramos de algo que, en un principio, parecía increíble: la aparición de las llamadas vacas locas en el Reino Unido. La causa es una enfermedad del sistema nervioso central que procura en estos animales la pérdida de la coordinación, y que se conoce genéricamente con el nombre de encefalopatías espongiformes (EE). Hace poco esta noticia cobró su dimensión real y el impacto que causó fue muy distinto: la enfermedad aparentemente se había trasmitido al ser humano. Ante tal situación, los británicos se volvieron hacia su comunidad científica en busca de información y consejo sobre el problema y sobre las medidas necesarias para evitar el contagio (en caso de que éste fuese realmente posible).
 
Como respuesta a esta demanda de la sociedad, la Royal Society1 llevó a cabo una serie de medidas que, en mi opinión, fueron la respuesta de una comunidad científica que ha sabido ganarse el respeto y la estima de la sociedad en su conjunto, una sociedad donde el desarrollo se entiende en forma integral y no en términos económicos exclusivamente, donde la ciencia es considerada como una actividad humana en la que es necesario invertir de manera constante, sobre todo y especialmente si se quiere mantener una perspectiva integral de desarrollo.
 
Entre lo realizado por la Royal Society se encuentra la emisión de un comunicado de prensa, de manera conjunta con la Asociación de Escritores de Ciencia Británicos, acerca de los aspectos de la investigación científica de las EEs en 1990 y la realización de un congreso en 1993 con los expertos de todo el mundo sobre las enfermedades causadas por priones,2 entre las que se encuentran las EEs (los trabajos presentados en este congreso fueron publicados en 1994 por la misma Royal Society).
 
Finalmente, ante la posibilidad de que esta enfermedad sea transmitida al ser humano, la Royal Society emitió el 2 de abril y el 23 de julio de este año un par de comunicados sobre la encefalopatía espongiforme bovina (EEB) en los que presenta su opinión sobre lo que actualmente se sabe acerca del desarrollo del brote reciente de EEB y su posible relación con la llamada enfermedad de Creutzfeldt-Jakob (ECJ), la forma humana de la encefalopatía espongiforme. En este comunicado se concluye que es de toda posibilidad que la EEB pueda infectar al ser humano, pero que dado el estado actual del conocimiento científico sobre las EE, no es posible estimar con confianza el riesgo que dicho brote representa para la salud humana. El comunicado también hace énfasis en la importancia de garantizar a largo plazo el apoyo a la investigación básica —aquélla que no está ligada a objetivos prácticos alcanzables a corto plazo— y sin la cual se sabría muy poco en la actualidad sobre este tipo de enfermedades. La investigación sobre las EE en el Reino Unido se ha llevado a cabo durante varias décadas por grupos de reconocido prestigio internacional en diversos centros, entre los que destacan la Unidad de Neuropatogénesis del Instituto de Salud Animal en Edimburgo (bajo los auspicios de los Consejos de Investigación en Ciencias Biológicas y Biotecnología y de Investigación Médica) y la Unidad de Enfermedades Causadas por Priones en el Hospital de St. Mary en Londres.
 
La forma ovina de la encefalopatía espongiforme se conoce en el idioma inglés con el nombre de scrapie, una enfermedad antigua y bien conocida entre los criadores de ganado lanar británicos y de la cual se sabe que el agente causante del mal no infecta al ser humano. Los agentes infecciosos de las EE son los priones y son poco comunes debido a varios aspectos. A diferencia de todos los otros agentes infecciosos conocidos en los que se encuentra ácido nucleico, en el caso de los priones sólo se conoce un componente: la proteína. Los priones son además muy resistentes a ser desactivados por químicos, radiación o calor (medios que normalmente desactivan las proteínas). Además, no se les puede criar en laboratorio, lo que significa que sólo pueden ser estudiados mediante experimentos en animales que duran varios meses; por tanto, la investigación sobre las EE se vuelve difícil y lenta. Sin embargo, se han logrado avances considerables gracias a los esfuerzos realizados por los grupos de investigación en Europa y Norteamérica, principalmente en la definición de la naturaleza molecular de los agentes causantes de las EE, en la identificación de los factores genéticos que influyen en la susceptibilidad a las EE y en la epidemiología de las enfermedades.
 
La EEB se observó por vez primera en el ganado durante 1986, su aparición parece deberse a los cambios realizados a principios y mediados de la década de los ochenta en la preparación de los suplementos proteínicos para la alimentación del ganado a partir de ovejas procesadas y esqueletos de ganado (incluyendo ovejas con scrapie) y en el procesamiento mismo. Antiguamente, los esqueletos se procesaban para obtener sebo, harina y alimento para animales mediante el uso de solventes que removían el sebo y la aplicación de altas temperaturas que removían los solventes orgánicos; se piensa ahora que estos procedimientos destruían al agente infeccioso, el prion de la scrapie. Sin embargo, obligados por factores económicos (la caída en el precio del sebo y los aumentos en los solventes y la energía) y por factores de seguridad (exposición de los trabajadores a los solventes), el proceso se cambió para evitar el uso de solventes y la aplicación de las altas temperaturas. El prion de la scrapie sobrevivió a este nuevo proceso e infectó al ganado vacuno, creando aparentemente una nueva enfermedad en el ganado —la encefalopatía espongiforme bovina.
 
Esta forma de la enfermedad ha alcanzado a otras especies que han sido alimentadas con material infectado, a pesar de las barreras en contra de que los priones de una especie infecten a otra; debe, por lo tanto, ser posible que la EEB infecte al hombre. A partir de 1994, se ha confirmado la existencia de once casos en el Reino Unido y uno en Francia de una forma inusual de la enfermedad de Creutzfeldt-Jakob en sujetos cuyo factor de riesgo es desconocido, y ello ha motivado la consecuente preocupación de que estos casos se puedan atribuir a que la EEB ha cruzado la barrera de las especies. Esta variante de la ECJ es claramente distinguible de la enfermedad esporádica, las diferencias son las siguientes: i) clínicamente, la variante de la enfermedad se presenta con frecuencia acompañada de síntomas psiquiátricos con bastante anticipación al desarrollo de la ataxia y de la demencia, existe un daño neuropatológico característico en el cerebro que es poco usual; ii) el ataque ha ocurrido a una edad promedio de 27 años, lo que contrasta fuertemente con la enfermedad esporádica que se presenta en personas mayores, en todos estos nuevos casos se ha eliminado la posibilidad de que se debiesen a la única otra causa posible de la ECJ en jóvenes (la administración a los niños en el pasado, de una hormona para el crecimiento que estaba contaminada con priones); iii) el curso promedio de la enfermedad es considerablemente más largo que el curso típico de la enfermedad esporádica, los casos con la variante de la ECJ han permanecido enfermos durante un año en promedio antes de morir, mientras que la muerte en los casos de la ECJ esporádica se presenta entre los 3 y los 6 meses.
 
En cuanto a los estudios genéticos, se sabe ahora que en la posición 129 del gen de la proteína relacionada con el prion (PrP) en el humano, existen dos alelos donde el aminoácido es metionina o valina; en todos los casos confirmados de la enfermedad variante, el gen de la PrP tiene dos copias del alelo metionina en esta posición. Esta forma genética de la proteína relacionada con el prion se encuentra también con mayor frecuencia entre los casos de la enfermedad esporádica (90% de los pacientes) que en la población normal (40% de los individuos). Aproximadamente 50% de la población posee una copia del gen con metionina y otra con valina en la posición 129, de manera que el riesgo de que contraigan la enfermedad esporádica o la variante es sustancialmente menor. Diez por ciento de los individuos que poseen dos copias de valina en la misma posición están sujetos a la misma incidencia de la ECJ esporádica, pero hasta el momento no se puede decir cuál es su susceptibilidad a la enfermedad variante. El trabajo más reciente en esta área demuestra que no existe otra mutación en el gen de la PrP en los casos de la enfermedad variante que pudiese causar dicha enfermedad.3
 
El único estudio que involucra especies cercanas a la humana es el realizado con macacos cinomolgos. Dentro de un periodo de tres años a partir de la inoculación intracerebral de dos simios adultos y uno recién nacido, los tres animales desarrollaron una encefalopatía espongiforme cuya neuropatología era sorprendentemente similar a la variante de la ECJ observada en humanos.4
 
Esta observación de la transmisión a un primate ha reforzado la posibilidad de que la variante de la enfermedad de Creutzfeldt-Jakob sea una forma humana de la encefalopatía espongiforme bovina; sin embargo, aún debe establecerse experimentalmente la infectabilidad de la EEB en simios por la vía alimentaria. También se reportó recientemente5 que una colonia de monos Tití fue alimentada durante muchos años y hasta abril del presente, a base de una dieta que incluye rosquetas de marca registrada que garantiza un contenido de 20% de proteína cárnica derivada de rumiantes (ruminant-derived meat meal protein), y no se ha observado ningún caso espontáneo de EE en más de cien de estos animales nacidos entre 1980 y 1990, y en todos los animales que perecieron se realizó la debida autopsia. Aunque se desconoce la cantidad de harina de hueso infectada con priones que se suministró a estos animales y aun cuando no parece haberse usado este tipo de rosquetas en la alimentación de ratones o de otros animales susceptibles a la EEB como un control sobre su infectabilidad, este resultado proporciona pruebas que sugieren que la infección por medio de la barrera de las especies por la vía alimenticia no es algo fácil de lograr.
 
De lo anteriormente señalado se deduce la necesidad de llevar a cabo los estudios de dosis apropiadamente controladas con alimentos que contengan priones de la EEB en simios con genotipo conocido de la PrP.
 
Se cree que el riesgo de exposición de humanos a la EEB alcanzó su máximo a finales de la década de los ochenta, antes de que se reconociese el problema y que se introdujeran nuevos reglamentos en 1988 y 1989 para expulsar el material infeccioso de las cadenas alimentarias humana y animal. Se piensa que el riesgo de la aparición de material infeccioso en la cadena alimentaria humana es ahora mucho menor y que debería reducirse aún más mediante la implementación rigurosa de reglamentos adicionales que erradiquen el material infectado de ambas cadenas alimentarias. En la década de los cincuenta ocurrió una epidemia de kuru en humanos, el kuru es una encefalopatía espongiforme asociada con el consumo y el untado de los sesos de los familiares muertos que se practicaba en Papúa Nueva Guinea y su propagación fue detenida al abolirse tal práctica.
 
Existe también la posibilidad de que la EEB se haya podido transmitir al ganado ovino por el uso de carne o harina de hueso infectada con EEB en la alimentación de las ovejas antes de que se implantasen en 1988 los primeros de los nuevos reglamentos que prohíben su introducción en la cadena alimentaria. Como nunca se han detectado priones en los músculos, el riesgo de adquirir la nueva variante de la ECJ por la ingestión de carne de oveja puede considerarse como inexistente; sin embargo, persiste la incógnita de si sería prudente excluir de la cadena alimentaria humana a ciertas menudencias de las ovejas. Un artículo reciente6 describe la infección experimental de ovejas mediante el estímulo intracerebral u oral mediante sesos bovinos contaminados con priones; las ovejas infectadas de esta manera provienen de una cepa que es genéticamente resistente a la scrapie natural. Al realizar el ensayo biológico en ratones, se detectó la presencia de los priones en los sesos y el bazo de las ovejas infectadas. El perfil neuropatológico que este material infectado generó en un panel de cepas de ratones presenta características más similares a la EEB que a la scrapie ovina convencional. Este resultado difiere de la forma pura de la hipótesis del “prion exclusivamente”, pues muestra que la proteína relacionada con el prion puede ser transformada en un agente con características más similares a las de la EEB que a las de la scrapie ovina. Sin embargo, estas ovejas al igual que las ovejas con scrapie convencional, mostraron infectabilidad en el bazo; lo que no se presenta en el ganado vacuno con EEB. Las ovejas con scrapie convencional muestran también priones infecciosos en sus nodos linfáticos y en partes de sus intestinos.
 
Aunque se han realizado algunos intentos para detectar la EEB (con la certeza de que no se trata de scrapie) en un número limitado de ovejas que provienen de hatos que se sabe han sido alimentados con carne y harina de hueso, no se la ha podido detectar hasta la fecha; esto proporciona, aunque en forma limitada, cierta seguridad de que no existe la EEB en los rebaños. Más tranquilizante es el hecho de que la gran mayoría de las ovejas que se sacrifican para consumo humano son muy jóvenes y por lo tanto, debería haber muy pocas ovejas sobrevivientes nacidas antes de que su introducción en la cadena alimentaria fuese prohibida.
 
Debe decidirse ahora si sería prudente excluir de la cadena alimentaria ciertas menudencias ovinas: sesos, espina dorsal, bazo, amígdalas, nodos linfáticos, timo e intestinos; los sesos ovinos se consumen muy poco en el Reino Unido pero muy frecuentemente en Francia. En junio de este año se prohibió en Francia la introducción de las menudencias ovinas en la cadena alimentaria humana, y se ha reportado recientemente que tal prohibición se hará extensiva a todos los Estados miembros de la comunidad europea. También parece oportuno considerar en este momento si la scrapie debería eliminarse por completo en el Reino Unido. Aun cuando esta enfermedad ha resultado —hasta donde se sabe inofensiva para el ser humano, es ahora claro que las EE pueden cruzar la barrera de las especies y no es posible asegurar la imposibilidad de que una variante de la scrapie capaz de infectar a los humanos surja en el futuro.
 
Se considera un asunto de suma urgencia realizar la investigación sobre la forma en la que operan estos agentes causantes de las EE y la forma en la que pasan del ganado a los humanos; una necesidad particular es desarrollar un examen para detectar la presencia de priones que sea tan sensible como el ensayo biológico pero que no requiera realizar experimentos en animales para los que se necesitan ocho meses al menos; por ejemplo, el examen para establecer la diferencia entre la encefalopatía espongiforme bovina y la scrapie, en caso de que la primera haya logrado cruzar la barrera e infectado a las ovejas, requiere ser inyectada en grupos de ratones y esperar varios meses para poder observar los resultados. Otros objetivos prioritarios, son establecer las vías para tratar la enfermedad o para prevenir su desarrollo en aquellos individuos que se crea hayan sido expuestos a la EEB. Ya se tienen identificadas varias posibilidades al respecto, que incluyen el reducir la extensión de la expresión de la proteína relacionada con el prion en el anfitrión (altos niveles de expresión aumentan el riesgo de desarrollar la enfermedad) y la creación de agentes que prevengan la agregación de la misma proteína. Es posible que surjan nuevas posibilidades a partir de la investigación básica continua en el área de enfermedades causadas por priones; por ello, es también prioritario que se apoye económicamente a esta investigación básica en forma total y urgente.      
 
El estado actual del conocimiento científico sobre las EE no le permitió a la Royal Society estimar con algún grado de confianza el riesgo que la epidemia de EE representa para la salud humana; se espera, sin embargo, que durante el transcurso del siguiente año los científicos se encuentren en una posición más adecuada para dar consejos precisos. Mientras ello ocurre, es importante que el conocimiento científico que ya se tiene de esta compleja enfermedad y de su epidemiología, continúe apuntalando las políticas de salud pública.  
 
En vista de la importancia que, en este problema y en cualquier otro, tiene la interacción de la comprensión científica y la percepción pública del riesgo en la definición de la política a seguir, la Royal Society inició una serie de consultas con algunos consejos, entre ellos el Consejo de Investigación en Sociología y Economía, con el objetivo de incrementar su trabajo en el área de percepción y administración de riesgos en beneficio del público.
 
Este brote de encefalopatía espongiforme ilustra a la perfección la necesidad de mantener la investigación científica en áreas que aparentemente carecen de relevancia inmediata y muestra los beneficios mutuos e irrenunciables que se generan a partir de la relación de una sociedad informada y demandante que sabe reconocer el valor real de la actividad científica.   
 
Al final, la Royal Society expresa una duda grave que deberá ser considerada por todos los miembros de la sociedad británica, científicos o no. Tras reconocer que mucho del conocimiento sobre enfermedades causadas por priones ha surgido del trabajo que tenazmente se ha realizado en la Unidad de Neuropatogénesis del Instituto de Salud Animal desde los años en que la ECJ se presentaba en tan solo un puñado de individuos y las ovejas infectadas con scrapie eran inofensivas para los humanos, se menciona el hecho de que el gobierno está considerando privatizar esta institución de investigación y otras similares del sector público. La duda que abiertamente expresa la Royal Society es que el sector privado hubiera apoyado en algún momento el trabajo de investigación básica para el que no veía una necesidad inmediata o la obtención de resultados a corto plazo.
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Referencias Bibliográficas
 
1. La agrupación científica más antigua de Europa, con sede en la ciudad de Londres, Inglaterra.
2. Prion es una palabra técnica en la medicina que proviene del arreglo de las primeras letras de los vocablos ingleses proteinaceous infectious particle, que significa partícula proteica infecciosa.
3. J. Collinge, J. Beck, T. Campbell, K. Estibeiro y R. G. Will, Lancet, 348, p. 56, julio 6, 1996.
4. C. Y. Lasmézas, J-P. Deslys, R. Delaimay, K. T. Adjou, F. Lamoury y D. Dormont, Nature; 381, p. 743,junio 27, 1996.
5 R. M. Ridley, H. F. Baker y C. P. Windle, Lancet, 348, p. 56, julio 6, 1996.
6. J. D. Foster, M. Bruce, Y. McConnell, A. Chree y H. Fraser, Veterinary Record, 138, p. 546, junio 1, 1996.
     
 __________________________________      
Antonio Sarmiento Galán
Instituto de Astronomía,
Universidad Nacional Autónoma de México.
     
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cómo citar este artículo
 
Sarmiento Galán, Antonio. 1996. Vacas locas, ciencia básica y divulgación. Ciencias, núm. 44, octubre-diciembre, pp. 50-54. [En línea].
     

 

 

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Luis Arturo García H.      
               
               
Como es bien sabido, el hombre mesoamericano reducía
la explotación animal a aves y perros. El animal de manada era desconocido y su introducción por los españoles tuvo una respuesta amplia y favorable a causa de la abundancia de forrajes y terrenos. Sin embargo, paralelamente a la introducción de la ganadería, la población novohispana sufrió una reducción de 350000 a 35000 habitantes entre 1520 y 1620; aunque esto también se atribuye a la propagación de enfermedades epidémicas (paperas, viruela y sarampión).
 
En la Mixteca, desde 1560, los pueblos empezaron a explotar la ganadería menor para la obtención de lana, pieles y sebo, productos intercambiables por dinero en los mercados españoles; la provisión de carne y leche era secundaria y sólo se recurría a ella en caso de hambruna. Una gran cantidad de comunidades mixtecas solicitó mercedes de estancias para criar ganado menor entre 1563 y 1598; el gobierno colonial les otorgó por lo menos 57 mercedes en ese lapso.         
 
En ese tiempo, a los indios se les ubicaba en tres estamentos: los señores, los nobles y los macehuales. A los primeros, que también eran los caciques, se les mercedaron en propiedad tierras “realengas”, que servían para estancias de ganado mayor y menor. A los nobles, también llamados “principales”, se les licenció para criar ganado menor en las tierras de la comunidad. Ya los terceros, indios comunes y macehuales, se les permitió únicamente criar ganado menor en forma colectiva y en tierras comunales, negándoseles la posibilidad de poseer explotaciones individuales así como de concentración de la tierra. A los nobles y principales se les otorgó un margen más amplio de usufructo individual, que permitía una posibilidad de acumulación. Así, muchos caciques sobrevivieron a la primera crisis colonial al consolidar su papel económico en función de las propiedades ganaderas, conservando a su vez el control político y social de las comunidades. No es sino hasta el siglo XVII cuando se da una privatización general de la tierra comunal, transformándola, de la forma limitada de mercancía que era, en un bien intercambiable, con lo que se benefició a los grupos mejor situados.
 
La actividad económica en la Mixteca, a la llegada de los españoles, deja de ser exclusivamente agrícola para convertirse en agropecuaria con la introducción de ganado. El indio aprovechó los montes, yermos y residuos de las cosechas para la crianza del ganado caprino. La carne mejoró la dieta del indio común y se introdujo la lana del borrego corno un nuevo material para el vestido. Pero con el tiempo la explotación del pequeño rumiante contribuiría a dañar el medio físico y a empobrecer la región. El ganado que introdujeron los encomenderos1 y religiosos impedían la regeneración de bosques que se talaron intensamente.
 
Al ganado caprino se le tenía especial consideración, pues eran animales de tierra fría y se alimentaban de “ramón” (ramas de arbustos o árboles), lo que permitió su propagación hacia el interior de la sierra donde el único problema para su explotación fue la fauna silvestre depredadora. Su adaptación a un terreno agreste hizo posible que se aprovecharan superficies no cultivables. Además, este ganado ofrecía las ventajas de que resistía las sequías, buscaba por sí mismo alimento y agua, y requería poca mano de obra. Este último factor permite entender cómo, ante la continuación de la crisis demográfica, cada vez más personas y organizaciones, sobre todo caciques, principales y corporaciones indígenas, solicitaron un gran número de mercedes para criar ganado. Las primeras dieciocho peticiones de merced abarcaron de 1565 a 1575; el número de estancias solicitadas por décadas aumentó, y llegó a 55 entre 1585 y 1595, cuando la población alcanzó su nivel mínimo. En total, en los últimos 35 años del siglo XVI, los mixtecos solicitaron 198 estancias, y el gobierno colonial otorgó por lo menos 135 mercedes sobre esas peticiones. Las mercedes hicieron posible la crianza de 150000 animales, entre ovinos y caprinos en la Mixteca Alta, cifra que equivale a las cabezas de ganado inventariado en la misma región a mediados del siglo XIX, y sólo algo menor del registrado en el censo agrícola ganadero de 1970. Algunas comunidades mercedadas, como Teposcolula y Tlaxiaco, llegaron a tener, a finales del siglo XVI, entre 8000 y 9000 cabezas de ganado menor cada una y contrataron para su cuidado a mayordomos españoles. Parece ser que, si se parte de un enfoque nacionalista, el régimen colonial se aprovechó del entusiasmo de los indios por la ganadería para destinar esta región a la especialización productiva de sebo, pieles, lana y derivados. La ganadería colonial fue de gran vitalidad ante la demanda del mercado. La piel era un material utilizado para la confección de vestido y calzado, pero también se usaba para la fabricación de muebles, monturas, recipientes para líquidos (odres para agua, aguardiente y pulque) y sólidos (en el acarreo de la minería). El sebo no sólo servía para la fabricación de velas que proveían de iluminación, sino que se utilizaba también en la producción de jabón, medicamentos y lubricantes (para molinos, carretas y maquinaria rudimentaria). El pelambre, tanto de oveja como de cabra, se utilizaba en la elaboración de tejidos; y por supuesto, se aprovechaban la carne y la leche fresca o preservada, como chito y queso.
 
Poco a poco el desarrollo de la ganadería fue incidiendo en la organización económica y social de la región. A principios del siglo XVII se determina por real cédula permitir a los macehuales la libre crianza de menos de 70 cabezas de ganado menor; aunque esta limitante era explícita, sólo se infraccionaría lo muy evidente. De esta manera, al lado de los hatos de las comunidades y cofradías, se multiplicaron los pequeños corrales de los campesinos comunes, estableciéndose un sistema complementario al agrícola desde el punto de vista técnico y económico. Este sistema fue sencillo y de un alto potencial productivo; consistía en encerrar a las cabras en la noche dentro de corrales de vara en el campo agrícola, rotándose periódicamente sobre las parcelas de cultivo en descanso, lo cual permitía la fertilización. La familia campesina pastoreaba el ganado durante la primavera en las lomas vecinas y en los espacios entre las milpas; mataba o vendía a los machos cuando, a principios de noviembre, empezaba a escasear el pasto y conservaba, durante la época seca, un número menor de padrones y vientres de cría, alimentándolos con desechos de la cosecha. Así, se completaba un circuito de insumos que aprovechaba plenamente los recursos disponibles, la tierra del ejido y el trabajo de la familia. Esto permitía que la renta agrícola y la pecuaria se integraran dentro de la economía familiar y comunitaria.
 
Los pequeños rebaños, al no estar limitados a un paraje exclusivo, como era la estancia mercedada, y al no tener la posibilidad de ser trashumantes, fueron un factor de sobrepastoreo. Cada propietario trataba de conservar el mayor número de animales durante el estío, con lo que se producía un sobrepastoreo en las terrazas que al impedir la regeneración de la capa vegetal agravaba la erosión.
 
El mixteco dependió cada vez más de la ganadería del complemento económico que garantizara su reproducción, y en ocasiones esta actividad sustituyó a la agricultura colectiva y se convirtió en un elemento fundamental de la economía comunitaria. Sin considerar el ingreso marginal (de la carne de matanza), el ingreso ganadero a fines del siglo XVI era, con mucho, el más importante para las cajas de la comunidad.
 
Es la época en la que los obispos piden que los indios paguen un diezmo de su producción de seda, trigo y ganado aduciendo que “están ricos” (…). El alto valor del producto indígena induce desde entonces al surgimiento de mecanismos de intercambio compulsivo (los repartimientos) que aparecen en el último cuarto del siglo XVI.
 
Con la disminución de la población a fines del siglo XVI la desarticulación del barrio, la introducción de la ganadería y la consecuente descolectivización de la agricultura indígena, se reducen gradualmente las obligaciones de dar trabajo (tequio) a la comunidad. En la medida en que la economía comunitaria fue dependiendo más del ganado y menos de la agricultura colectiva, la comuna necesitaba y exigía menos tequio, lo que creó un precedente de menor demanda y al mismo tiempo liberó trabajo para la producción mercantil.
 
Aun cuando la población de ganado menor iba en aumento y representaba una importante fuente de ingresos, el valor del producto regional tenía una tendencia descendente. Los mixtecos dejaron de producir grana cochinilla y seda, lo cual le agregaba valor a su producto excedente, debido a una disminución en la oferta de mano de obra. Por ello, la ganadería representó una opción alternativa ante la escasez de fuerza de trabajo, aunque sus productos tuvieran un menor valor en relación con la grana y la seda.
 
A fines del siglo XVI la Mixteca estaba ya consolidada como región productiva y comercial. Los indios que se dedicaban al comercio con la ciudad de México y los comerciantes españoles instalados en la región, posibilitaron que se diese una creciente monetarización de la economía mixteca. Cabe hacer mención que para la primera mitad del siglo XVII, la grana y las pieles novohispanas representaban 35% del valor de los productos exportados a España.
 
El siglo XVII
 
Los españoles dedicados a la actividad comercial en la Mixteca también iniciaron operaciones ganaderas de cría y engorda de cabras en tierras arrendadas informalmente a los indios. Desde fines del siglo XVII estas operaciones crecieron y necesitaron de una mayor superficie. De manera simultánea, aumenta el ganado en las comunidades y en las cofradías.2 Los nuevos arrendamientos expresaron la competencia por un recurso cada vez más valioso: la tierra de pastoreo para la ganadería comercial. Además, el capital español empezó a diversificarse en función de un incremento en el mercado; pues se desarrollaron las operaciones azucareras y se expandieron los sembradíos de trigo, por lo tanto, los españoles necesitaron arrendar las tierras de las comunidades.      
 
Pero el arrendamiento de tierras a españoles no sólo se hizo a los comerciantes, sino también a los dominicos y jesuitas. Estos últimos organizaron una compleja red de haciendas de ganado menor en el sur de Puebla, la Mixteca Baja y la Costeña, al alquilar en esta última los agostaderos en época de invierno. La operación de los jesuitas estaba dirigida a ranchos de labor para producir el maíz de las raciones, con una ruta de trashumancia planificada desde los agostaderos en las cañadas costeñas de Putla, pasando por varios parajes de descanso en la Mixteca Baja, hasta la hacienda de San Jerónimo en Puebla, donde estaban las instalaciones en las que se sacrificaban a los animales.
 
Asimismo, el ganado seguía siendo el bien más valioso para los gobiernos indígenas. Las comunidades más pequeñas poseían de 30 a 50 cabezas de ganado menor, y las más grandes varios cientos de reses. Para cuidar los hatos los gobiernos designaban por turnos al mayordomo y a los pastores, que normalmente servían sin retribución, por lo cual se les dispensaba el pago de tributos, limosnas y demás obligaciones. La República compraba los insumos (sal) y realizaba una vez al año la matanza y la esquila comunales (sebo o lana) de su ganadería. Los gobernadores vendían los animales y sus productos en los tianguis. Sin embargo, la facultad del alcalde mayor para confiscar bienes de la comunidad con el objeto de cobrarse el tributo, volvía especialmente vulnerables los hatos, pues eran los bienes más confiscables de la comunidad. Esto facilitó la transferencia gradual de la ganadería indígena a las cofradías.
 
El siglo XVIII
 
A principios del siglo XVIII en la Mixteca las fincas eran, principalmente, ranchos de ganado menor, básicamente de caprinos, especializados en cría y ceba. Los ranchos de ceba eran, por regla general, unidades compactas y estacionarias, aunque existían algunas asociadas a la trashumancia. Los engordadores compraban los chivos ya desarrollados y los cebaban durante siete u ocho meses en los montes cerrados durante la época de abundancia de “ramón”, esto es, de mayo a noviembre. Existió el antecedente de la compra de animales en los estados de Puebla, México y Michoacán, para ser engordados en Oaxaca. La ganancia del engordador era la suma del plusvalor del chivo tierno, el valor de la ceba y el procesamiento (o matanza), el cual nueve meses después valía de tres a cuatro veces más de lo que se pagaba en la compra del animal. Habría que deducir del producto los impuestos (alcabalas), los insumos, el equipo para matanza (calderas, prensas), las materias primas para el curtido de piel y salado de carne y las instalaciones. Los gastos y los riesgos eran bajos. Por otro lado, el arrendamiento de tierras, al ser barato, permitía al engordador adecuar su inversión en pastos según el tamaño del hato y las fluctuantes necesidades del mercado.
 
A fines de la época colonial existían en la Mixteca seis grandes ganaderos con haciendas flotantes de caprinos: tres en Teposcolula y tres en Huajuapan. Las haciendas operaban en una escala muy diferente a la de los ranchos de principios del siglo XVIII, y tenían una organización de tendencia capitalista. La más modesta se valoraba en 12000 pesos y solicitaba licencias anuales para sacrificar 1500 chivos. Cabe mencionar que la hacienda flotante combinó las operaciones de cría y ceba.
 
Conclusiones
 
La población indígena de la Mixteca oaxaqueña manifestó un gran interés por la explotación caprina. Independientemente del tamaño del animal, existió una posición flexible por parte de la Corona española para que las comunidades indígenas desarrollaran dicha actividad. Esto puede ser entendido dentro de una cierta lógica de división y especialización productiva, pues los grandes rumiantes fueron generalmente explotados por los españoles.
 
A partir de lo anteriormente expuesto, puede entenderse el arraigo de la caprinocultura a la región como una actividad vinculada fundamentalmente al mercado y con una cierta representación de prestigio social, aunque nunca se tomó en cuenta el equilibrio entre el animal y su entorno físico, que llevó a las manifestaciones tan dramáticas que vemos hoy día: la erosión y la destrucción irreversible del medio ambiente.
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Notas
1. Se entiende por “encomienda” el reparto de indios (fuerza de trabajo) con que fueron retribuidos generalmente los conquistadores. Era una forma de abastecerse por medio del tributo indígena, así como utilizar mano de obra para establecer y mantener funciones de empresas españolas. Podía o no estar asociada a la posesión de tierra, es decir, en la encomienda existía la posesión individual y colectiva, la adquisición, la propiedad de la Corona o de otros españoles no encomenderos.        
2. A finales del siglo XVII, cuando los gobiernos de la república se fundaron en la Mixteca de Cofradías en donde fueron transferidos los bienes de las comunidades. Paralelamente a la transferencia ocurre una sustitución funcional de la antigua economía: la corporación civil del pueblo por las corporaciones religiosas, obviamente avalado esto por la Iglesia. Sin duda, un móvil principal de la transferencia fue evitar la expropiación de los bienes comunitarios por parte de los funcionarios españoles recolectores de impuestos, que comerciaban con los productos y que no sólo podían confiscar los bienes del pueblo para cobrarse tributos o deudas de reparamiento, sino que además abusaban de la ganadería comunal cobrando derechos o quedándose con mercancías. A esto se suma que la propiedad de los ganados se volvió problemática por la fragmentación de los gobiernos. Una estancia de comunidad pertenecía no sólo a una cabecera sino al conjunto de poblaciones que ésta aglutinaba, de modo que las cabeceras debieron quedarse con las estancias originales y los nuevos pueblos habrían buscado en la cofradía un instrumento para criar ganado propio.
     
Referencias Bibliográficas
 
Gibson, Charles, 1967, Tlaxcala in the Sixteenth Century, Stanford, Stanford University Press.
Gunder, Frank Adre, 1982, La agricultura mexicana: transformación del modo de producción (1521-1630), México, Era, pp. 28-35.
Miranda, J., 1958, “Orígenes de la ganadería indígena en la Mixteca”, en Miscellanea Paul Rivet, México, Octagenaria Ricata, pp. 787-796.
Pastor, R., 1987, Campesinos y reformas: la Mixteca, 1700-1856, México, El Colegio de México, p. 71.
Romero, Frizzi, A., 1979-1983. “El siglo de oro de una capital de provincia; Teposcolula: 1541 a 1720”, Centro Regional de Oaxaca, INAH.
     
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Luis Arturo García H.      
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cómo citar este artículo
 
García H., Luis Arturo. 1996. La caprinocultura en la mixteca oxaqueña. Orígenes. Ciencias, núm. 44, octubre-diciembre, pp. 28-31. [En línea].
     

 

 

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Elena Lazos Chavero      
               
     
“…En aquel entonces era la pobreza del dinero. Había maíz, frijol, arroz, pero no había dinero. Había más tristeza porque no había dinero. Entonces …el campesino cambió de sistema de vida”; “el ganado es un ahorro y en caso de enfermedad lo puede sacar de cualquier problema”; “el ganado está en primer lugar…, tiene muchas incrementaciones, la agricultura no se da”; “no baja tanto el precio del ganado”; “uno sólo no puede hacer mucha milpa, sin hijos que le ayuden, uno puede tener ganado, aunque no lo vigile todos los días, el ganado se está reproduciendo”; “yo he aguantado muchos gastos con el… estudio de mis hijos, sólo tengo que vender becerros para mandar dinero, con sólo la milpa no los saco adelante”.
 
Campesinos de Tatahuicapan y de Benigno Mendoza, Sierra de Santa Marta
 
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En los últimos años hemos sido testigos de un largo debate
acerca del manejo y la destrucción de los recursos naturales en las zonas tropicales en todo el mundo. El ritmo alarmante de la deforestación es fuente de preocupación de muchas organizaciones, de investigadores y de instituciones gubernamentales. Del conjunto de éstos distinguimos dos posiciones opuestas en la explicación de la destrucción de los recursos. Por un lado, se ha defendido la pequeña producción agrícola campesina como un modelo de sustentabilidad productiva y se ha culpado a las actividades económicas de los grandes propietarios o de las compañías madereras o mineras o a las actividades “modernizadoras” de los gobiernos como agentes de la mayor destrucción ambiental. Por otro lado, se ha condenado y responsabilizado a la población rural pobre por generar la destrucción de la fragilidad de las tierras tropicales sin mencionar a otros posibles sujetos sociales. Sin embargo, en esta última década, ha habido importantes avances en el entendimiento de las causas y de la naturaleza del problema. Esta oposición se ha matizado, brindando así una nueva perspectiva.
 
Aun cuando la mayor destrucción de los recursos haya estado bajo la responsabilidad de las grandes concesiones madereras y compañías mineras y de la llamada “modernización” instrumentada por los planes de desarrollo gubernamentales y apoyada por los bancos internacionales, es igualmente cierto que las comunidades rurales han tenido un impacto serio en el deterioro de sus propios recursos. Estamos ya en una etapa en la cual podemos evaluar más objetivamente las ventajas y las desventajas de la agricultura practicada en los trópicos (el sistema de roza, tumba y quema). Una gran multiplicidad de estudios ha mostrado sus virtudes ecológicas y sociales, al identificarla como una agricultura base de muchas civilizaciones. Sin embargo, bajo la política agrícola internacional actual, las presiones demográficas y la pobreza de muchas comunidades tropicales, los límites y el agotamiento del ciclo de la agricultura de roza, tumba y quema nos lleva a replantear otras alternativas agrícolas más bondadosas (i. e. abonos verdes).
 
 
Viejas polémicas y nuevos sujetos
 
En este acalorado debate sobre el deterioro de los recursos naturales ha desempeñado un papel importante la “ganaderización” de las tierras tropicales. En la mayor parte de los trabajos, la ganadería se ha considerado como un modelo meramente externo, como una imposición que viene de fuera y que sus únicos móviles sociales y económicos se tejen de manera extrarregional. Estas aseveraciones están fundadas en el inicio y en el apogeo de la expansión ganadera que en la mayoría de los países del Tercer Mundo se dio a partir de la década de los cuarenta. En varias investigaciones, inclusive, la hipótesis central era que el crecimiento del proceso ganadero respondía a las prioridades del capital financiero internacional y a la existencia de una burguesía territorializada y conservadora. Algunos autores tiñeron esta propuesta al reconocer igualmente la influencia del mercado interno como el factor estructural de demanda más importante en algunos momentos del desarrollo ganadero.
 
Si bien es cierto que cada estudioso le asigna un peso distinto a la multiplicidad de causas de la “ganaderización”, todos coinciden en señalar que el florecimiento de la ganadería se basó en la extensión territorial y no en la intensificación tecnológica, y que estuvo en manos de acaparadores de tierras o de compañías trasnacionales y no en los ejidos ni en comunidades campesinas. Esto conllevó desequilibrios de uso del suelo, ecológicos, sociales, económicos y políticos. Por su carácter latifundista, la ganadería entró en contradicción con la reforma agraria, con el campesinado numeroso, con los proyectos de autosuficiencia alimentaria de granos básicos y con las pocas propuestas de conservación ecológica de ese entonces. No solamente los pastos ocuparon la superficie cultivable, sino también los cultivos forrajeros fueron extendiéndose sobre antiguos campos de maíz y frijol. La ganadería llegó incluso, en muchas investigaciones, a ser satanizada: “…son los campesinos y los trabajadores asalariados del campo las víctimas de un proceso cada vez más brutal: la expansión de la industria ganadera en México para que se beneficien el capital extranjero y la agroindustria internacional”, escribió Feder. En un texto de Toledo podemos leer: “…la ganadería bovina libra, desde hace tiempo, una especie de guerra secreta contra la población campesina de México, al competir por el espacio natural, el suelo, el agua y los granos”; mientras que Velasco afirma: “…el incremento de la ganadería bovina, que por ser extensiva, devora maizales y enfrenta a las reses, con los hombres.”
 
En una primera aproximación, el conjunto de estas investigaciones ayudaron a la comprensión de la “ganaderización” en dos niveles: 1. la interrelación entre los intereses del financiamiento internacional y la política agropecuaria nacional; y 2. la interrelación entre los procesos sociopolíticos y macroeconómicos y el destino de las tierras agrícolas y forestales. Con respecto al primer nivel, se llegó a demostrar que desde mediados de los años sesenta, la ganadería en México había estado fuertemente moldeada por las políticas crediticias del Banco Mundial y del Banco Interamericano de Desarrollo con el objetivo de tener el control de la producción y de la comercialización ganadera.1 Respecto al segundo nivel, en México se resaltaron las enmiendas del presidente Miguel Alemán al artículo 27 Constitucional cuyas metas fueron bloquear el reparto de tierras ganaderas a los campesinos y dar amparo a los grandes latifundios ganaderos. Con esto y con la expedición anterior de la Ley de Asociaciones Ganaderas emitida por Cárdenas en 1936 se consolidaron las bases económicas y políticas del grupo ganadero. En este sentido, como lo señala Rutsch, “…la ganadería mexicana es aún y ha sido, tanto en su concepción jurídica-política como de hecho en la práctica productiva una producción de tipo extensiva”. Por otro lado, no solamente los distintos gobiernos favorecieron a los ganaderos, sino igualmente desde principios de siglo existió el vínculo entre la burocracia política del país y la actividad ganadera. Los ganaderos poderosos han ocupado siempre altos puestos en la administración pública: es el caso de muchos gobernadores, diputados, presidentes municipales y comisariados ejidales.
 
Políticamente, en la década de los ochenta varios estudios tuvieron un papel importante al responsabilizar a las instituciones nacionales e internacionales y al gobierno (estatal y federal) de la destrucción ecológica y del desmembramiento social que provocaron los planes de desarrollo en aras del progreso, convirtiendo bosques, selvas y tierras agrícolas en áreas destinadas a una ganadería extensiva y poco productiva. Desde el gobierno de Díaz Ordaz hasta el de López Portillo hubieron diversos planes ganaderos apoyados por altos créditos blandos otorgados por organismos financieros del exterior, con lo cual el crédito se convirtió en un poderoso incentivo del crecimiento ganadero en manos privadas. Debemos recordar aquí el programa de colonización en tiempos de Ruiz Cortínez, “la marcha hacia el mar”, cuyo objetivo económico era desarrollar la agricultura de plantación y cuyo propósito político era servir como válvula de escape ante las presiones de campesinos minifundistas en búsqueda de tierras. Los resultados no cumplieron con las metas,2 pero sí provocaron la deforestación masiva del trópico húmedo.
 
Además de evidenciar el latifundismo ganadero y su respaldo político, se demostró el costo más evidente de esta precipitada extensión de la ganadería en tierras tropicales: la acelerada deforestación. El avance de los pastos tuvo una tasa de aumento de 157% sólo entre 1970 y 1979 en la zona sur del país, mientras que las existencias forestales entre 1950 y 1970 decrecían en un 50%.
 
El crecimiento del hato ganadero en México ha ido acelerándose desde 1950, alcanzando el mayor incremento en la década de los setenta y perfilando un pequeño descenso hacia 1990.
 
Hasta 1960 esta edad de oro estaba controlada por el sector agrario privado, con escasos ejemplos en el sector campesino. Para esta década, 94% de las unidades ganaderas del país estaban en manos privadas y las unidades ejidales participaban sólo con 6 por ciento. A partir de estos años, los campesinos se iniciaron en esta “prometedora” actividad productiva. Ya para 1970, las unidades ejidales con tribuían con 12 de las unidades ganaderas nacionales. Si tomamos en cuenta los datos censales para el trópico húmedo y seco, podemos observar esta misma tendencia: mientras que para 1960 sólo 26% de las cabezas de ganado estaban en manos ejidales o en propiedades privadas menores a 5 hectáreas; para 1990, 60% ocupaban tierras campesinas.
 
Desde finales de los años setenta la ganadería se extendió hacia el sector ejidal en muchas zonas tropicales del país. En una gran cantidad de comunidades indígenas los campesinos-ejidatarios se convirtieron paulatinamente en pequeños ganaderos, mientras que, a grandes rasgos, en las comunidades mestizas los pequeños ganaderos o agricultores, colonizadores de las nuevas tierras del trópico húmedo, se transformaron en medianos ganaderos. Tenemos dos procesos que se interrelacionan constantemente pero que desarrollaron dinámicas distintas.
 
Difusión del ganado en comunidades indígenas  
 
Podemos establecer que frente a la carencia de créditos agrícolas, los precios irrisorios del maíz, la falta de liquidez monetaria constante, la ausencia de un mercado regional agrícola que pueda captar nuevos productos, la aleatoriedad agrícola, la inseguridad en una capitalización, y la escasez de mano de obra por las altas tasas de migración temporal hacia ranchos ganaderos y ciudades industriales cercanas, los campesinos convierten poco a poco sus milpas y acahuales en potreros de muy baja productividad o conjugan estas dos alternativas pero con una fuerte reducción de la superficie agrícola. El inicio de la ganadería se explica por la combinación de factores y no se puede entender con la interpretación de una sola variable. El intrajuego de estos azares se modifica temporal y regionalmente. En algunas comunidades, la productividad agrícola puede ser inclusive alta, es decir, con los graneros de la mayoría de las familias llenos, y aún así, los campesinos buscan otras alternativas de producción. En estos casos, el problema puede radicar más en la inestabilidad comercial de los mercados agrícolas, los cuales resultan demasiado fluctuantes comparados con la alta inversión de trabajo necesaria. La estacionalidad agrícola provoca una fluidez monetaria azarosa, imperiosa para cualquier urgencia de la unidad doméstica. Además, el estancamiento de los precios de maíz desde 1960 hasta 1985 fue un elemento decisivo en el viraje hacia la ganadería del sector ejidal en todo el país, que va a conocer su auge en los setenta.
 
Todo esto produjo una transfiguración del paisaje en gran parte del trópico húmedo, lo que ha significado la destrucción de los bosques y selvas de las mismas comunidades. Aunada a esta situación, el abandono de prácticas de conservación, el descuido de prácticas agrícolas, el remplazo de milpas diversificadas por monocultivos de maíz, la pérdida de germoplasma (variedades locales de maíz, frijol y calabaza), la falta de fertilidad debido a los acahuales de corta edad y la erosión son las vivencias ecológicas que hoy día han llevado al campesinado a un anquilosamiento de alternativas productivas y a considerar a la ganadería como la única opción con futuro.
 
Así, los campesinos indígenas se convirtieron en “pastores” de un ganado vacuno con bajo rendimiento y en los destructores de sus propios recursos naturales. El inicio y la difusión de este nuevo modelo agrario respondió tanto a condiciones externas como a condiciones internas de las propias comunidades campesinas. Las interpretaciones anteriores explicaron la ganaderización por medio de un modelo que veía únicamente la influencia externa como el factor más importante; actualmente, considero que la ganadería se ha convertido en un modelo interno, que aunque siga teniendo nexos y determinantes externos, ha sido apropiada por los campesinos en su lucha económica y política. La ruptura del modelo y de la cultura milpera3 conllevaron la adopción y difusión de un modelo que prometía un futuro mejor para los campesinos. El parcelamiento de las tierras comunales tuvo como consecuencia una redistribución más equitativa de la tierra pero, al mismo tiempo, muchos campesinos que no alcanzaron el estatuto de ejidatarios perdieron la posibilidad de cultivar su pedazo de tierra. El parcelamiento, el estancamiento de los precios del maíz, la falta de mercados para generar nuevas alternativas productivas y la disminución de mano de obra familiar por la migración a las ciudades cercanas fueron las condiciones internas económicas que propiciaron la “ganaderización”. El reflejo del “becerro de oro” por los grandes ganaderos vecinos y el ansia por salir de la pobreza fueron las condiciones ideológicas y culturales internas que permitieron la difusión de la ganadería entre los campesinos.
 
El ganado en la ideología mestiza    
 
En las comunidades recientemente constituidas, la mayoría de los migrantes mestizos colonizadores de los nuevos terrenos en el trópico húmedo carecían de tierras en sus lugares de origen y su búsqueda de éstas los internaba en selvas casi vírgenes con el objetivo etéreo de transformarlas en parcelas o potreros “productivos”. El modelo agrícola vivido por ellos ya había sido derrumbado desde sus lugares de origen y posiblemente ni siquiera experimentado por ellos mismos, sino por sus padres. Muy probablemente la mayoría de los mestizos colonizadores no pasaron por un modelo milpero diversificado, y quizás algunos intentaron la siembra del maíz durante los primeros años, pero las pérdidas de las cosechas4 y la inseguridad en los precios los llevó a “postrerizar” rápidamente las tierras y a invertir en la ganadería mediante diversas vías (ahorro agrícola por cultivos comerciales, ganado a medias con grandes ganaderos de la región, renta de pastos).
 
Ideológicamente, muchos de los colonizadores, aunque no fueran ganaderos en sus lugares de origen, portaban el modelo cultural del ganadero.5 Otros colonizadores eran ya ganaderos en sus pueblos de procedencia, por lo que al llegar a las nuevas tierras desmontaban la selva para sembrar pastos inmediatamente y enclavar las pocas cabezas de ganado que traían.
 
Los mestizos solicitantes de tierras soñaban con un modelo que prometiera sacarlos de la pobreza. Y ese modelo por la experiencia vivida en sus lugares de origen no se basaba en la agricultura sino en la ganadería. “Allá por mi tierra, los ganaderos eran los ricos, no, los pobres campesinos no salen de pobres…” son opiniones compartidas entre muchos de estos migrantes. No se trata de campesinos mestizos que per se fueran destructores de los recursos naturales, sino de campesinos que no estaban ligados simbólicamente con los recursos naturales de la región, eran campesinos, errantes muchos de ellos, que habían pasado por varios lugares probando suerte. El modelo agrícola mil pero ya no funcionaba ni productiva ni simbólicamente para ellos. El modelo ganadero que comenzaba a predominar en el trópico húmedo mexicano era el que marchaba para ellos. Las condiciones internas económicas, sociales y culturales para la “ganaderización” ya se habían dado desde sus lugares de origen y se reforzaban con el paso por ranchos ganaderos donde trabajaban como vaqueros hasta llegar a las tierras “prometidas” e implementar el mismo modelo que ya había sido apropiado por ellos.
 
¿Un solo camino?   
 
¡Tantas comunidades en el país que han forjado su propio destino dentro de la ganadería! Si bien es cierto que debemos reconocer la influencia de la compulsión macroeconómica ejercida en las decisiones de las unidades familiares (falta de créditos agrícolas, apertura de créditos ganaderos, estancamiento en los precios del maíz, fluidez monetaria constante con la ganadería, ausencia de un mercado agrícola regional) y la influencia ideológica y cultural de la sociedad de consumo, las familias campesinas-ganaderas “potrerizan” sus tierras como única alternativa viable y redituable.       
 
La “ganaderización” de las tierras de las comunidades indígenas estuvo en manos campesinas y de las mestizas estuvo en manos de pequeños y medianos ganaderos-campesinos. Tanto los campesinos de las comunidades indígenas como los ganaderos-campesinos de los poblados mestizos perdieron la autosuficiencia alimentaria, los primeros de manera paulatina, los segundos de manera abrupta, por el espejismo ideológico de las “vacas gordas”.
 
Ahora resulta claro que aquellos campesinos que no han “ganaderizado” sus tierras es porque no han tenido los recursos económicos para hacerlo. La ganadería se ha convertido en una actividad ya adoptada por la mayoría de los pobladores de las comunidades campesinas de gran parte del país. En este sentido, de seguir con este modelo ganadero, la selva y los bosques del trópico húmedo, incluyendo los territorios en donde se han establecido áreas protegidas, quedarán en el recuerdo, con todo lo que esto implica para el deterioro de los recursos y de las condiciones de vida de los campesinos. Por estas razones, planteamos un nuevo modelo agrario de desarrollo alternativo, que busca tres metas. La primera es paliar la tan precaria economía de estos agricultores, a condición de lograr una participación plena y responsable por parte de ellos. La segunda es tener un manejo ecológico diversificado y a largo plazo. La tercera meta es la recuperación de los deteriorados recursos naturales, tanto de la vegetación y la fauna como la conservación de los suelos y de las aguas. Este modelo intensivo permitiría liberar zonas para restaurar ecológicamente acahuales, para construir corredores de vegetación natural que permitan el intercambio genético poblacional (tanto de vegetación como de fauna), y para reforestar la vegetación riparia. En suma, sería una manera de enfrentar el agudo deterioro de los recursos naturales al tiempo que se desarrollan alternativas productivas reales.
 
 Numeralia
 

La expedición de la Ley Ganadera en 1936 permitió la creación de la Confederación Nacional Ganadera, la organización gremial más sólida del sector pecuario.

Únicamente de 1940 a 1960, la extensión de los terrenos nacionales de los estados del trópico mexicano (Tabasco, Veracruz, Chiapas, Campeche, etcétera) se redujo 5.5 millones de hectáreas, pues pasó de tener 11.5 millones en 1940 a 6.0 millones de hectáreas en 1960.

En 1979, la superficie ganadera de Veracruz representó 45.6 por ciento de su superficie total; 60.8 por ciento de la de Tabasco en 19807 y más de 50 por ciento de la de Chiapas.

Las exportaciones cárnicas hasta el 15 de octubre de 1995 representaron un 7% más que los embarques registrados en igual periodo de 1994.

1993 fue el año de mayor explotación de cabezas de ganado (1383) con un valor de 448254 dólares. En 1995, con datos anteriores a marzo, sólo se vendió ganado al extranjero por 234202 dólares y se importó en este mismo periodo, carne de bovino por la cantidad de 5596 dólares.

En marzo de 1996, Sonora exportó 29981 becerros a Estados Unidos. En mayo de ese mismo año Jalisco y Tlaxcala exportaron un becerro cada uno a ese mismo país. En abril, el estado de Tamaulipas exportó 1637 vaquillas a Estados Unidos.

Los principales compradores de carne mexicana son la Unión Europea e Israel, que concentran 57% del total exportado, les siguen Brasil y las Islas Canarias.

Por su número de cabezas de ganado (25 millones aproximadamente, según datos oficiales; cifras extraoficiales señalan una existencia de más de 38 millones), México ocupa la décima posición en el mundo.

Treinta por ciento del hato ganadero en México corresponde a animales criollos, 28.6% es de animales finos, como el cebú (carne) y el holstein (leche). De esa población, 41.8% es cruza entre una raza criolla y una pura, mejor conocida como “exótica”. Los “mejorados” son producto de la cruza entre razas puras y se especializan para la producción ya sea de carne o de leche.

Veracruz, Chihuahua y Chiapas cuentan con la mayor existencia de ganado criollo: Veracruz, Sonora y Jalisco tienen la mayor población de ganado cruzado, y el mejorado se concentra en Veracruz, Chihuahua y Jalisco.

Estados Unidos produjo 11039 toneladas de carne de res en 1994; México produjo 1365, poco menos que las dos Alemanias ya unificadas, cuya producción fue de 1500.

Brasil es el mayor productor de carne de res en América Latina. En ese mismo año produjo 3160 toneladas.

Veracruz (2532676 cabezas), Chihuahua (1942086) y Jalisco (1937174) son los estados con mayor número de unidades de producción. En algunos de estos estados, la ganadería ocupa el doble de la superficie que se dedica a la agricultura.

En 1995, la producción de carne de bovino, porcino, ovino, caprino y de aves fue de 3686 toneladas. La bovina fue de 1412. En 1995 ésta misma fue de 1426. Para junio de 1996, la producción alcanzará las 635.5 toneladas.

La producción lechera, al cierre de 1995, fue de 7538 millones de litros, de los cuales 139 fueron de origen caprino. Jalisco produjo 1453545 litros; Veracruz, 699216. El Distrito Federal sólo produjo 13730.
El Distrito Federal demanda diariamente 2600 cabezas de ganado bovino, 7000 de cerdo, 2400 de ovino-caprinos y más de 300 mil de aves.

 
 
 El caso de la Sierra de Santa Marta, Veracruz

El estado de Veracruz, cuya particularidad biogeográfica radica en que en su territorio coinciden dos sistemas biogeográficos, el neártico y el neotropical, ocupa el tercer lugar nacional en biodiversidad. Sin embargo, la destrucción de sus recursos ha avanzado galopantemente. Las selvas altas y medianas perennifolias del área tropical húmeda, cuando no hubieran sido desmontadas, cubrirían 65% del territorio de Veracruz y representarían 23% de las selvas del país. Pero en los últimos 50 años, 91% de su cubierta forestal ha sido devastada. La ganadería y las plantaciones agrícolas son las responsables de esta destrucción.

En 1940 Veracruz ocupaba el tercer lugar del país en la existencia de ganado, para 1950 se apropió el segundo lugar y en la siguiente década alcanzó el primer lugar, representando 11.8% de las existencias totales. Las tasas de crecimiento del ganado no coinciden entre Veracruz y México: mientras que el mayor incremento en el primero es entre 1940 y 1960, en el país se registra entre 1970 y 1980, este último se vincula con el despliegue del financiamiento internacional, con los planes de modernización y con un hambriento mercado interno.

Al igual que en gran parte del trópico húmedo de México, a partir de 1970 la ganadería en Veracruz se expande en tierras campesinas. Mientras que para 1960, 25% de las cabezas de ganado estaban en propiedades menores de 5 hectáreas, ejidos y poblaciones; para 1990, 43% de las cabezas de ganado están en este tipo de propiedad. En varias comunidades indígenas de la Sierra de Santa Marta, los campesinos-ejidatarios se convirtieron paulatinamente en pequeños ganaderos, mientras que en las comunidades mestizas de la zona, los pequeños ganaderos o agricultores, colonizadores de las nuevas tierras del sur, se transformaron en medianos ganaderos (figura 1).

 
Figura 1. Crecimiento del hato ganadero en México y Veracruz
 
 
 Una comunidad indígena

Con base en una encuesta realizada a 121 campesinos-ganaderos registrados en la Asociación Local Ganadera de Tatahuicapan, muestra que representa 70% del total de los campesinos inscritos en la Asociación en 1993, encontramos las siguientes tendencias. Respecto al inicio de la ganadería, la mayor parte de los campesinos (42%) ha comprado ganado con dinero de sus ahorros agrícolas y pecuarios (principalmente de la engorda de puercos); casi una cuarta parte (22%) lo ha adquirido con créditos bancarios; una décima parte (11%) lo han heredado de su familia; y el resto lo ha comprado utilizando los ahorros generados trabajando como obreros en la zona petrolera, pequeños comerciantes, maestros de escuela o de otros oficios urbanos, y en muy pocos casos de los ahorros como jornaleros agrícolas (figura 2).

Es interesante hacer notar que casi la cuarta parte (22%) de los ganaderos-campesinos han adquirido la capitalización fuera de la esfera agrícola, y a pesar de ser trabajadores de PEMEX o ser maestros, siguen pensando en la ganadería como una alternativa productiva redituable. Anteriormente a la reforma agraria de 1992, los no-ejidatarios poseían su ganado en parcelas de sus familiares; actualmente, hemos detectado un número creciente de no-ejidatarios que están comprando parcelas para independizarse de su familia y tener su ganado en sus propias parcelas.

A pesar de que sólo la décima parte de los agricultores hayan heredado ganado (de 1 a 5 cabezas), 43% de los encuestados tuvieron padres que tenían ya ganado. Esto nos habla de una “ganaderización” campesina. Estos padres fueron los que participaron en las cooperativas o en las pequeñas sociedades ganaderas. Muchos de ellos perdieron a sus animales, ya sea por sequías, falta de un manejo adecuado de los pastizales, por enfermedades del ganado o por el alto índice de alcoholismo y de enfermedades de los campesinos. Otros pudieron conservar, e inclusive, incrementar su hato. Si ahora analizamos la forma de inicio en la ganadería por parte de los padres, la mayoría (57%) compró ganado a partir de sus ahorros agrícolas y pecuarios.

Nuevamente, tenemos una décima parte de los padres de los productores que heredaron ganado. Así, desde los abuelos de nuestros encuestados había ganado. Seguramente, ellos eran quienes tenían de 1 a 3 animales, sueltos en los acahuales bajos.

 

Una comunidad mestiza

Podemos entonces decir que la “ganaderización” de la selva del lado nororiental del volcán San Martín comienza, al igual que en Tatahuicapan, a pequeña escala; pero en manos de campesinos que, a pesar de que en la mayoría de los casos no hubieran tenido tierras en sus comunidades de origen, culturalmente se identificaban más con el modelo ganadero que con el modelo milpero. Aun así, durante los primeros años, la mayor parte de las familias intentaron el cultivo del maíz, del frijol, del arroz y de la azucena.

Al inicio de su establecimiento, los inmigrantes, cuya gran mayoría estaba constituida por familias mestizas de escasos o medianos recursos y originarias del centro de Veracruz, explotaron directamente los recursos naturales, en especial el barbasco y la madera. Ambos productos se comercializaron fuertemente al exterior, agotándose rápidamente. Inclusive, respecto al “aprovechamiento” de la madera, hubo un aserradero que no funcionó, no tenía la maquinaria adecuada por lo que se desperdició mucha madera. Aunado a estas pérdidas forestales, el aserradero pertenecía de nombre a los ejidatarios de varias comunidades, pero las ganancias se canalizaban a un solo usufructuario que vivía en Acayucan.

Sin embargo, las condiciones climáticas, su falta de experiencia como cultivadores, las plagas y la influencia ideológica ganadera, los llevaron al curso de tres o cuatro años a “ganaderizar” sus tierras. “Yo sí sembré maíz y sí se me dio, poquito pero sí se me dio, partes bien partes mal, pero lo que sí se daba era el frijol. El arroz sí se da, nada más que se abona mucho y no devenga, vamos, lo que se invierte no lo saca uno. También la azucena, como dio esa flor, de aquí muchos hicieron su ganado, pero tiene una desgracia, a los tres años se mancha, se pudre y se pierde” nos cuenta don Reyes. Otros ahorraron de su trabajo asalariado o del trabajo asalariado de sus hijos (como jornaleros agrícolas o como obreros). Otros llegaron con ganado propio, que aunque fuera poco, establecía diferencias económicas y culturales de partida. Fueron éstos los que con mayor facilidad lograron tener ganado a medias de ganaderos externos a la comunidad.

A partir de una encuesta realizada a 17 productores, los cuales representan 85% de los ganaderos de Benigno Mendoza inscritos en la Asociación Ganadera de Tatahuicapan en 1993, observamos que al igual que en Tatahuicapan (aunque en menor porcentaje), la mayor parte de las familias se iniciaron en la ganadería mediante la compra de ganado gracias a sus ahorros agrícolas y pecuarios (cochinos principalmente). La siembra de la azucena fue un factor determinante en la capitalización de los agricultores, más tarde el fracaso de la misma los orilló a abandonar el cultivo de la flor y a invertirlo todo en ganado. “Aquellos que les fue bien, fueron cambiando camotes por becerros” nos cuenta un poblador. Como segunda forma, la herencia fue un principio de capitalización (venta de parcelas o de solares y venta de ganado en sus lugares de origen). Como tercera forma, los contratos de mediería con ganaderos externos a la región fueron disparadores importantes de la ganadería en las comunidades de reciente colonización. El crédito, el comercio y el trabajo asalariado en diversos oficios jugaron un papel en el inicio de la ganadería menos importante que en Tatahuicapan (figura 3). Hay que señalar que aunque éstas sean las formas principales, la mayoría de los productores juegan con el conjunto de posibilidades en diferentes tiempos según la composición familiar y la situación económica del momento. Un mismo productor puede haber heredado dos vacas, haber tenido buenas cosechas y tener un hijo paletero en Coatzacoalcos que le envía remesas monetarias mensuales. Aquí señalamos la forma más importante de inicio declarada por el campesino-ganadero (figura 3).

La herencia ha jugado un papel más importante en el inicio de la ganaderización. Sin embargo, no siempre se heredó ganado (de 1 a 4 cabezas), sino también se heredaban otros bienes para compensar el hecho de la no herencia de la parcela familiar en su lugar de origen a ese hijo migrante. La mayoría de los padres de nuestros ganaderos entrevistados tenían algunas cabezas de ganado en sus lugares de procedencia. Esto nos habla, al igual que en Tatahuicapan, de una “ganaderización campesina”.

La forma fundamental de inicio en la ganadería de los padres de los productores encuestados fue a través del ahorro agrícola y pecuario, volviendo a remarcar el financiamiento de la agricultura a la ganadería. Pero igualmente importante fueron los contratos a medias. Posiblemente en el centro de Veracruz, los grandes ganaderos ávidos de espacio establecieron estos contratos como una forma de expansión de su hato. Con una menor participación, fungen el crédito, la herencia y el trabajo asalariado.

 
 
Figura 2. Formas de inicio de la ganadería en Benigno Mendoza
 Figura 3. Formas de inicio de la ganadería de Tatahuicapan
 
 Modelo Triádico de Desarrollo Alternativo

El Modelo de Desarrollo Alternativo tiene tres componentes:

1. Un área ganadera bajo un manejo intensivo. En la parcela: asociar pastos de mayores rendimientos con leguminosas herbáceas que sirvan como bancos de proteínas. Introducir pastos de corte para ser ramoneados por el mismo ganado. Incluir árboles forrajeros con el fin de ir abriendo nuevas opciones en la alimentación. Lograr el pastoreo intensivo mediante un sistema de rotación diaria con base en el cerco eléctrico y en múltiples divisiones de la parcela.

Para el ganado, el cual es predominantemente una cruza de cebú con suizo en diversas proporciones y con diferentes propósitos (doble propósito, pie de cría y/o de engorda): la incidencia genética requiere de mayores inversiones. Sin embargo, con poca inversión, se puede lograr un mejoramiento de la producción lechera y en el acortamiento del periodo entreparto.

Las ventajas de un manejo de pastoreo intensivo son múltiples: a) el ramoneo parejo de los pastos acelera el crecimiento de éstos; b) los herbicidas y el chapeo son casi eliminados; c) los excrementos de las vacas son incorporados al suelo y además son eliminados como fuentes de infecciones; d) algunas plagas de pastos se controlan más fácil; e) varias enfermedades provocadas tanto por endo como por ectoparásitos han podido ser eliminadas. Además de estas ventajas ecológicas, se aumenta la capacidad de carga del potrero.

2. Una zona agrícola intensiva que combine la milpa y cultivos comerciales. Lograr un manejo de recuperación de suelos por medio de abonos verdes y de conservación por medio de barreras vivas. Esta tecnología es ya conocida por los agricultores, pero no ha sido implementada por la competencia ejercida por la ganadería. Además, a los campesinos les interesa igualmente la siembra de un cultivo comercial en pequeñas áreas.

3. Una frontera forestal que combine árboles de selva para recuperación de la fauna y árboles maderables con un interés comercial y de autoconsumo. Igualmente, se puede pensar en cultivos herbáceos cultivables dentro de la selva con potencial comercial (i. e. vainilla o ixtle).

Con este manejo diversificado, buscamos tres metas. La primera es paliar la economía tan precaria de estos agricultores, pero la condición es lograr una participación plena y responsable por parte de ellos. La segunda es tener un manejo ecológico diversificado y a largo plazo. La tercera meta es la recuperación de los recursos naturales tan deteriorados, tanto vegetación y fauna como la conservación de los suelos y de las aguas. Este modelo intensivo de ganadería permitiría liberar zonas para restaurar ecológicamente acahuales, para construir corredores de vegetación natural que permitan el intercambio genético poblacional (tanto de vegetación como de fauna) y para reforestar la vegetación riparia.

 
Notas
 
1 .Hasta 1977, México había recibido 5.6% de los 50 mil millones de dólares prestados por el Banco Mundial a los países pobres. Para ese mismo año, México recibió del BID 44% del total del préstamo agrícola, el cual totalizaba 492 millones de dólares. Bajo las presiones de este financiamiento, se lograba que México entrara a formar parte de la estrategia mundial de aumentar las fuentes de suministro de carne barata y con ello transformar la estructura del mercado internacional de ganado y carne, estrategia que había nacido principalmente en Estados Unidos. En 1976, 63% de los préstamos agrícolas otorgados por el Banco Mundial se destinaron al sector ganadero.
2. Uno de los primeros planes en Tabasco que fungió como modelo a seguir, el Plan Chontalpa, tuvo como meta impulsar un crecimiento regional por medio de la aplicación del paquete de la “revolución verde”; mejorar las condiciones de vida de la población rural y reducir el déficit productivo nacional.
3. Mucho se ha hablado de la cultura del maíz, pero creo que dice más el término cultura milpera. Este término no solamente se refiere al cultivo principal, sino que implica un sistema agrícola diversificado, un tipo de organización laboral específico, una distribución de consumo, una vida cotidiana típica, una búsqueda de la autosuficiencia alimentaria y un conjunto de ceremonias y rituales asociados con la milpa.
4. Estas experiencias contradicen el modelo más conocido de rotación agrícola y de fertilidad de suelos, el cual demuestra que en el área tropical después de un periodo largo de descanso de la vegetación, existen durante los primeros años altos rendimientos, y a medida que la vegetación no tenga el suficiente tiempo de descanso, habrá una disminución de la fertilidad.
5. En el aspecto económico, la ganadería al representar una inversión más segura luce los signos de prosperidad. La norma es: “entre más ganado, más ganancias”. Por el contrario, una mayor superficie cultivada de maíz o una parcela altamente diversificada no necesariamente significa más riqueza. La calidad del ganado es más un orgullo patrimonial que en verdad una mayor rentabilidad económica. En el aspecto cultural, los ganaderos muestran un paquete de valores que los hacen sentir superiores a los agricultores: el dominio sobre los animales les da una mayor hombría, la habilidad ecuestre, el control patriarcal sobre la organización del trabajo y de la familia y el machismo exacerbado. La actitud que se demuestra al tener estos valores tan interiorizados nos hace distinguir rápidamente y a simple vista un ganadero de un milperos.
     
       
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Elena Lazos Chavero
Instituto de Investigaciones Sociales,
Universidad Nacional Autónoma de México.
     
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cómo citar este artículo
 
Lazos Chavero, Elena. 1996. El encuentro de subjetividades en la ganadería campesina. Ciencias, núm. 44, octubre-diciembre, pp. 36-44. [En línea].
     

 

 

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Narciso Barrera Bassols      
               
               
La caza y la pesca son comunes a los salvajes:
la ganadería indica siempre el primer paso a la civilización.
 
Francisco Hernández
 
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La conquista europea de América, la instauración
de un sistema colonial en la Nueva España y el arribo de nuevos mamíferos (vacas, caballos, cerdos, asnos, mulas, cabras y borregos) han tenido profundas consecuencias en la historia de los últimos 500 años de esta porción de Mesoamérica. De acuerdo con los trabajos de Crosby, podemos decir que una de las más importantes fue el derrumbe demográfico de las sociedades del “nuevo continente” como resultado de la pérdida de un enorme número de vidas humanas por las enfermedades importadas del Viejo Mundo, las guerras emprendidas contra los indios mesoamericanos y el maltrato y esclavismo al que fueron sujetos los pobladores originales de estas tierras.
 
El súbito despoblamiento trajo consigo la oportunidad de repartir y colonizar los nuevos territorios “vaciados” para el usufructo de los nuevos actores sociales, bajo un nuevo sistema económico: el colonial.
 
Durante la Colonia, la ganadería bovina —con una densa historia tanto ibérica como africana— constituyó el eje central del repoblamiento y conformación del Golfo mediante las mercedes y las encomiendas, el despojo de las tierras indias y el arribo de esclavos africanos.
 
Aunque las cifras de la población autóctona del centro de México en el momento del contacto difieren, casi todos los investigadores coinciden en señalar, de acuerdo con las escasas fuentes que se tienen para la fecha y su difícil comprobación, un súbito despoblamiento entre 1519 y 1570, el cual redujo de manera drástica el total de la población en más de 95 por ciento.
 
El cataclismo demográfico reconocido durante los primeros 100 años de la Colonia en las tierras bajas del Golfo provocó, sin duda alguna, una disminución en el aprovechamiento de los recursos naturales y, por consiguiente, una paulatina recuperación ecológica de extensas superficies, largas e intensamente utilizadas para la agricultura indígena. Además, el lento proceso de repoblamiento de estas tierras por españoles y esclavos negros permitió que muchas de estas áreas transformadas por la mano del hombre mesoamericano permanecieran prácticamente aisladas y en franca recuperación natural.
 
Por otro lado, la concentración espacial de la menguada población autóctona a partir de las congregaciones de pueblos indios en las llamadas “repúblicas de indios”, ahora bajo el dominio político y económico de los señores de la conquista o encomenderos, resultó un factor de peso para la dominación del trabajo indígena, primero por medio de los tributos y después por el repartimiento de tierras —debido al despojo y control de sus propiedades. En resumen, la reducción de la población mesoamericana a su mínima expresión histórica durante los primeros 100 años de la Colonia, la congregación de indios mediante la encomienda y el lento proceso de repoblamiento de vastas extensiones por los españoles (por medio de las mercedes) resultan, en su conjunto, el entramado biofísico y social sobre el cual se inicia la irrupción de la ganadería bovina en la Nueva España.
 
La irrupción de las reses
 
Fue a la Vera Cruz adonde arribaron las primeras reses a la Nueva España, e inclusive se conoce el nombre del primer y aventurado propietario que desembarcó sus ungulados: Gregorio de Villalobos. Éstos se convirtieron en los ancestros de los hatos que pacieron en las tierras altas y centrales de la Nueva España durante la Colonia, en un periodo de casi 300 años, mas no así de los bovinos que llegaron a la región del Pánuco.
 
Según Doolittle, los primeros rumiantes provenientes de las islas de Cuba y La Española llegaron al Pánuco en 1527, siendo el conquistador Nuño de Guzmán su introductor, a decir de Harnap “el primer ranchero de México”. El proyecto de este señor de la conquista era intercambiar ganado por esclavos indios (huastecos) de esa región. Su propósito era negociar con unas cuantas reses, que abundaban para ese entonces en las Antillas señaladas y cambiarlas por mano de obra, la cual era deficitaria en dichas islas. Un buen negocio que prosperó.
 
La llegada de estos ungulados tendrá un proceso inversamente proporcional al llamado derrumbe demográfico de la población mesoamericana. Para 1620, Simpson calcula que en el centro de la Nueva España pastaban alrededor de 1300000 reses y 8100000 borregos y cabras, y que todos ellos ocupaban una superficie de 30000 millas cuadradas (77700 kilómetros cuadrados), mientras que la población india se encontraba en su nadir, sumando un total estimado de 1.8 millones de habitantes. Butzer a su vez calcula, a partir del análisis de 10000 mercedes, un total de bovinos que varía entre 1.5 y 2 millones que ocupaba un área estimada de 150000 kilómetros cuadrados, con un índice de agostadero promedio de una cabeza por hectárea.
 
Al igual que en el resto del país, durante los primeros 100 años de conquista y Colonia, la Huasteca y la región del Pánuco sufrieron un derrumbe demográfico indígena tan severo que para mediados del siglo XVI este territorio veracruzano se encontraba prácticamente despoblado.
 
El súbito despoblamiento de sus paisajes, de gran fragilidad ecológica, riqueza biológica y alta productividad alimentaria, resulta la base original para la llegada y establecimiento de los nuevos rumiantes. Las condiciones naturales generadas durante el Cenozoico —con el derrumbe demográfico de los grandes mamíferos de América— y durante el Pleistoceno —con el crecimiento de las superficies de las sabanas y pastizales tropicales producto de los cambios climáticos interglaciales de los últimos 40000 años— constituyen, junto con el ya antes mencionado derrumbe demográfico de la población mesoamericana, elementos biofísicos y sociales de inigualable peso en el reconocimiento de la súbita y exitosa ganaderización bovina desde el siglo XVI en Veracruz.
 
A partir del estudio de los primeros 35 volúmenes del Ramo de Mercedes que contienen información sobre 7500 títulos de tierras otorgados en un periodo de 84 años (que va de 1536 a 1620), Simpson estima que 665000 reses pastaban en las tierras bajas del Golfo, para 1620, en una superficie un poco mayor a la extensión del Veracruz actual. Las existencias ganaderas en esta porción del territorio de la Nueva España conformaban 51.6 del total y abarcaban a su vez 51.8 de las áreas bajo pastoreo en todo el territorio estudiado.
 
Butzer ubica 550 estancias para ganado mayor otorgadas entre 1550 y 1615, dentro del actual territorio veracruzano, en un total aproximado de 1 millón de hectáreas, es decir, 13.6% de su superficie. El tamaño calculado del hato para ese entonces sería de un mínimo de 275000 cabezas si se reconoce el mínimo de 500 cabezas por estancia (1755 hectáreas), aunque se tienen evidencias de que en muchas de las estancias el tamaño del hato y de su superficie resultaba mucho mayor al estipulado por la Corona. Este mismo autor señala que para 1640 se calculan 400000 cabezas de ganado mayor en las tierras bajas del Golfo.
 
Aguirre Beltrán anota en su impresionante biografía sobre la hoya del Papaloapan, al sur de las tierras bajas veracruzanas, que tan solo el Marquesado de Tuztla mantenía entre 1568 y 1575: “… 25000 a 30000 cabezas de ganado vacuno, la mayor parte de él cimarrón. Gerónimo Pérez afirmó que la cantidad exacta y precisa era de 19756 cabezas. Pastaban en las vegas 305 cabezas de ganado caballar, un número indeterminado de puercos y otro número también indeterminado de cabras.”
 
En las relaciones geográficas de la provincia de Tlaxcala del siglo XVI se señala lo siguiente, en referencia a la ciudad de Veracruz y a su comarca, en 1577, respondiendo a la encuesta solicitada por la Corona: “…porque, como queda dicho, es por la mayor parte tierra llana y, de cualquier lugar alto, se ve con grandísimo contento la hermosura de las aguas que, por varias y diversas partes, atraviesan regando abundantísimamente la tierra y causando en ella una frescura y verdor perpetuo, de manera que siempre goza de una constante y perpetua primavera; de lo que se sigue ser esta comarca de la Vera Cruz tan fértil y abundante de pastos, que, en poco más de siete leguas a la redonda, se apacientan de ordinario más [de] ciento cincuenta mil cabezas de ganado mayor, que baja cada año a invernar a esta comarca, de las provincias de Tlaxcala y Cholula y otras partes, siendo esta tierra, en este particular, la Extremadura destos reinos y reparo de las provincias vecinas en esta necesidad de los pastos…”.
 
Para la cabal comprensión de este acelerado proceso de ganaderización bovina en los primeros años de la Colonia, tanto en el centro de la Nueva España como en las tierras bajas del Golfo, resulta menester describir el conjunto de factores socioculturales y biofísicos que lo anteceden y que permitieron su vertiginoso despliegue.
 
Las culturas ganaderas ibéricas y africanas
 
En un estudio seminal y muy reciente realizado por Jordan, se reconocen tres importantes centros de desarrollo cultural ganadero que, a la luz de intensas investigaciones etnohistóricas, resultan los nodos de origen de la ganadería bovina en las Américas. Dos de ellos se encuentran en el occidente de Europa: las tierras altas de las Islas Británicas y el oeste y sur de la península ibérica. El tercero se localiza en las estepas subsaharianas del occidente de África.
 
De estos tres centros de origen y difusión de las ganaderías en el Nuevo Mundo, dos de ellos, el ibérico y el africano, resultan de especial interés para el proceso de ganaderización de Nueva España en general, y en particular para las tierras bajas del Golfo. Obvias son las razones de ello. La conquista de la Nueva España fue comandada por peninsulares acompañados desde el inicio por esclavos africanos. Ambos mantenían estrechas relaciones económicas y culturales con las ganaderías bovinas, caballares, mulares ovinas y caprinas.
 
En la península ibérica la ganadería vacuna remonta su historia desde mucho antes de la época medieval, con la influencia cultural y tecnológica de los godos, árabes y bereberes. Sin embargo, la tradición del pastoreo se acrecienta y se perpetúa durante el Medievo. Este mismo autor reconoce tres principales núcleos de desarrollo ganadero en la península: La “Media Luna Húmeda” en el norte y noroeste, incluyendo la mayor parte de Portugal, Asturias, Galicia, Euzkadi y Cataluña. Aquí se desarrollan ganaderías lecheras de montaña en combinación con complejos agrícolas. Las ganaderías de borregos, cabras y reses de las tierras altas, en Extremadura y fundamentalmente de Andalucía. Estos últimos núcleos íntimamente articulados se constituían por complejos ganaderos especializados en la producción de carne a partir del manejo extensivo de los hatos y la producción lechera no era importante. Estas dos últimas regiones constituyen los verdaderos centros de origen de las ganaderías latinoamericanas.
 
Específicamente, el nodo central de origen lo localizan diversos autores en las costas andaluzas, extremeñas y portuguesas denominadas marismas, especialmente en la de mayor extensión y de gran tradición ganadera: las marismas del río Guadalquivir, cercana a la ciudad andaluza de Sevilla, en donde en el momento del descubrimiento de América el desarrollo bovino, en palabras de Jordan, mantenía las siguientes peculiaridades: “El sistema andaluz de ganadería en marismas, entonces, representó una adaptación particular a un ambiente físico singular. En la época del descubrimiento de América, los sistemas usados en las tierras bajas eran de capital y trabajo extensivos, caracterizados por manadas grandes de animales sin castrar dirigidas por vaqueros a caballo no experimentados; por una gran proporción de ganado vacuno y una baja de ganado menor; por una mesta municipal reguladora, por un desplazamiento local y de temporada del ganado; por la ausencia de pobladores en las marismas, esto es, los dueños del ganado no cultivaban en las inmediaciones de los terrenos ocupados por el ganado; por un alto grado de comercialización y una creciente competencia por la pastura, con un significativo remplazo por la agricultura. Aquí, propiamente, se encuentra la semilla de la ganadería en América Latina.”
 
Si bien las características ecogeográficas de este centro de origen difieren climáticamente de las marismas del golfo veracruzano, las hoyas del Papaloapan y del Pánuco (las primeras con un régimen mediterráneo y las segundas con un régimen tropical cálido húmedo), mantienen una estrecha similitud ecológica y geográfica. Tanto en los pantanos ibéricos como en los mesoamericanos se constata la abundancia de agua superficial en estas tierras bajas durante buena parte del año, así como extensas superficies de sabanas y pastizales naturales y su cercanía a depósitos salinos, alimento importante para los ungulados, factores todos ellos que resultan rasgos comunes y específicos. Además de ello, la trashumancia de los hatos ibéricos de las marismas a la meseta semiárida permitió la adaptación de las reses a estos disímbolos ecosistemas y constituyó un factor fundamental para su readaptación en Mesoamérica y su trashumancia entre las tierras bajas del Golfo y el Altiplano central y septentrional novohispano.
 
El escenario ganadero en la Vera Cruz
 
Diversos autores coinciden en que los primeros tres enclaves de ganaderización en la entidad fueron la región del Pánuco, al norte; los llanos de Almería (lo que hoy corresponde a las tierras bajas de Misantla, Vega de Alatorre y Nautla), en el centro; y la hoya del Papaloapan, al sur. Estos tres enclaves tienen características ecológicas en común y relativas semejanzas con las tierras bajas (marismas) de Andalucía.
 
Todas ellas se localizan en las tierras bajas del Golfo o Llanura Costera Veracruzana, en un rango altitudinal que va de cero a los 250 msnm. El relieve característico es el plano en el sur y centro, y el semiplano con colinas redondeadas de origen sedimentario, en el norte. Se encuentran irrigadas por anchos ríos, rías permanentes, lagunas costeras, médanos y albuferas, estas últimas inundadas temporal y permanentemente. En el norte el río Pánuco; en el centro los ríos Misantla y Nautla; en el sur, el sistema hídrico del Papaloapan.
 
Los tres enclaves se ubican en los límites del clima cálido húmedo (A), con diversas variantes. Al sur y norte el cálido subhúmedo con lluvias en verano (Aw2 y Aw1), y al centro, en los llanos de Almería, el cálido húmedo con lluvias en verano de tipo monzónico (Am). En todos los casos el porcentaje de lluvia invernal varía entre 5% y 10.2%, respecto del total anual. Las temperaturas anuales promedio varían entre los 28°C y los 24°C, en el sur y centro, es decir, en la hoya del Papaloapan y en los llanos de Almería, y al norte, en un Pánuco más extremoso, entre los 22°C y los 26°C. Los promedios anuales de precipitación se distribuyen de la siguiente manera: al sur y centro se presenta un volumen anual que varía entre los 1500 y los 2000 mm; en el norte, más seco, se precipitan volúmenes que fluctúan entre los 1200 y los 1500 mm anuales.
 
Su vegetación característica consistiría entonces en diversos tipos de selvas (altas y medianas al sur y centro; medianas y bajas al norte), bosques abiertos de encinares tropicales (Quercus oleoides), en forma de sabanas (las dehesas tropicales), manglares y vegetaciones halófita e hidrófita en las márgenes de los depósitos lacustres y pantanos.
 
Los procesos comunes desplegados en los nuevos enclaves —además del derrumbe demográfico descrito anteriormente y de las similitudes ecogeográficas entre éstos y los centros de origen de la península ibérica—, que permitieron la colonización y la expansión ganadera en las tierras bajas del Golfo y que en sí no difieren sustancialmente del proceso general experimentado en el centro de la Nueva España durante los primeros 100 años de la Colonia, son los siguientes: las encomiendas otorgadas a los señores de la conquista y el nuevo régimen de tributos para la Corona; las políticas de congregación, establecimiento de las repúblicas de indios y la reordenación demográfica y productiva de los antiguos territorios mesoamericanos; el otorgamiento de las mercedes a los nuevos colonizadores y el establecimiento de nuevos estatutos para regular la organización productiva y comercial de los enclaves colonizados; la adaptación de la “experiencia ibérica” en el usufructo agropecuario de la tierra; el proceso de acumulación paulatina de las tierras por los señores de la Colonia y la creación de latifundios y haciendas en el agro.
 
A continuación, realizaremos un breve recorrido en dos de los enclaves de interés, la hoya del Papaloapan al sur y la región del Pánuco, al norte de lo que hoy es Veracruz, tomando en cuenta estos cinco principales factores de colonización.
 
La hoya del Papaloapan
 
De las 676 mercedes descritas por Aguirre Beltrán, un total de 218 sitios fueron otorgados explícitamente como tierras para el ganado mayor, es decir, 32.2% del total, con una superficie estimada de 382590 hectáreas de agostadero en donde pació un número estimado de 109000 reses, si tomamos el dato de 500 cabezas por sitio y 1755 hectáreas por sitio o estancia para ganado mayor.
 
Además de estas cifras, resulta importante tomar en cuenta las grandes haciendas ganaderas que se conformaron aquí a partir del acaparamiento de tierras. De ellas resaltan las del Marquesado de Uluapa, con 18 sitios iniciales de ganado mayor; el latifundio de Diego Pérez, con 25 sitios de ganado mayor (43785 hectáreas); la Hacienda de Santa Ana Chiltepec, que para 1757 contaba con 1071 reses de monte, 97 yeguas de todas edades y 11 potros domaderos; la Hacienda de Guerrero; la Hacienda de los Rivadeneira o de Estanzuela, que concentró hasta 46 sitios de ganado, acaparando la cantidad de 80730 hectáreas.
 
Además, posiblemente muchas de las tierras mercedadas como sitios sin explicitar el destino de su uso deben haber sido utilizadas como agostaderos, dada la cercanía del Puerto de la Vera Cruz, principal punto de exportación de pieles producidas por la Nueva España y con destino a la Madre Patria y a la poca pujanza que mantuvo la agricultura de básicos durante este periodo en las tierras bajas del Golfo.
 
De las 676 mercedes otorgadas en la hoya, solamente 8 sitios fueron mercedados como tierras de ganado menor y 18 caballerías para la agricultura. Estos datos resaltan por sus diferencias según lo observado por Butzer, al encontrar 85 sitios para ganado menor y 100 sitios para la agricultura o caballerías. Al respecto vale la pena señalar que, debido a particulares condiciones biofísicas, socioculturales y legales (tierras altas y frías, presencia de alta población indígena y posibilidad legal del manejo y usufructo de los rebaños por parte de la población aborigen), la ganadería menor (cabras y borregos), no tuvo un fuerte impacto en las tierras bajas del Golfo, no así en sus sierras circunvecinas.
 
En relación con el escaso número de tierras mercedadas para su uso agrícola, vale la pena señalar que exceptuando el cacao, el algodón, el tabaco y la caña de azúcar —los cultivos comerciales más importantes de la región poco después de la conquista—, no hubo una rápida adaptación de las nuevas semillas traídas por los europeos, debido principalmente a las condiciones climáticas prevalecientes en las tierras calientes del trópico húmedo. Además, la compleja estructura agrícola mesoamericana de las tierras bajas e intermedias del Golfo, descritas por Díaz del Castillo al entrar a Cempoala como “un jardín con vegetación como vergel”, y analizadas por Withmore y Turner, denominándolas como el “Transecto de Cortés”, quienes resaltan el complejo entramado de microambientes agrícolas, de gran diversidad y productividad desde la costa hasta el Altiplano, se mantuvo similar, con algunas reducidas innovaciones agronómicas y botánicas. Estos dos factores tuvieron fuerte peso en la ganaderización bovina de las tierras bajas junto con la adquisición de terrenos baldíos, antes trabajados agrícolamente por los indígenas.
 
Butzer observa que, a finales del siglo XVI, la adaptación de los agrosistemas mediterráneos en las tierras bajas del trópico húmedo conformaron agroecosistemas híbridos en donde dominaban las especies mesoamericanas y las protoplantaciones con mano de obra esclava de origen africano, desarrollándose más ampliamente las ganaderías mayores en campos abiertos y en menor medida las menores, en forma semiestabulada.
 
Aunado a ello, las propias condiciones climáticas de estas regiones provocaron malestares y enfermedades a los europeos, debido fundamentalmente al fuerte calor, a las intensas lluvias y a la humedad atmosférica, por lo que su establecimiento fue más bien reducido en cuanto a número de españoles y españolas (y como ya lo establecimos, no en cuanto a tierras mercedadas), residiendo en dichas condiciones de “insalubridad”.
 
La composición de la estructura poblacional a finales de la Colonia en la cuenca del Papaloapan nos demuestra, en primer lugar, una muy baja densidad demográfica en donde el peso mayor lo mantenía la menguada población indígena, proseguida por la población de esclavos africanos y en menor medida por el grupo de españoles y sus descendientes, quienes iniciaron la colonización de estas tierras. Según el propio Aguirre Beltrán, en 1609 no residirían más de 100 españoles en la región. En segundo lugar, dicha composición demográfica refleja un fenómeno de ausentismo de muchos de los españoles poseedores de estas tierras ganaderas y agrícolas. De las 676 mercedes otorgadas durante estos 44 años, un número muy elevado no fueron habitadas por sus dueños, quienes vivían en Veracruz, en la ciudad de Puebla, en la Ciudad de México o en otras poblaciones vecinas. Así, el ausentismo y el latifundismo configuraron el proceso de ganaderización “original” de esta hoya.
 
De todo esto resalta la relación entre el número de habitantes de la hoya en estas fechas y el número de ganado que súbitamente la colonizó. La proporción habla por sí misma, 17.2 cabezas de ganado mayor por habitante, haya sido este “de razón”, esclavo africano o indio mesoamericano.
 
El Pánuco
 
La Huasteca, territorio étnico que poco antes de la llegada de los europeos a estos parajes se encontraba densamente poblado (se calculan para 1518 entre un millón y un millón 300 mil indígenas), mantenía además condiciones naturales semejantes a las de las tierras bajas de Andalucía y a las marismas del Guadalquivir: pastos y agua. Por ello mismo y por las ambiciones de Nuño de Guzmán, el negocio de los ganados prosperó y prospera aún en la actualidad, como lo veremos más adelante. Sin embargo, una limitante fuerte en la expansión colonial de esta vasta región lo constituía la cercana frontera con los chichimecas, grupo vinculado a la apachería del norte, bastión aguerrido de defensa india durante la conquista, la Colonia y el porfiriato. Mucho tiempo tuvo que pasar para que se apaciguaran estas vastas regiones del norte de la Nueva España, pero ello no dio pie para que se estableciera en los márgenes de sus fronteras, un nuevo centro de expansión ganadera en la Nueva España.
 
Las condiciones ecológicas prevalecientes y el negocio de Nuño de Guzmán permitió que, quince años después de la llegada de las primeras 100 reses, éstas se duplicaran en número. Doolittle utiliza las estadísticas de los esclavos “exportados” por medio del intercambio por reses, caballos, borregos y asnos. Los tratos de intercambio se establecen a partir de 1527 y hasta 1530, periodo durante el cual se embarcan a las Antillas entre seis y 10 mil esclavos. Del total de éstos, un tercio fue entregado como pago de los gastos realizados por los encargados de las embarcaciones y como ganancias de sus aventuras; el monto de otro tercio correspondía a las ganancias de Nuño de Guzmán, por lo que se calcula que un último tercio fue intercambiado por animales. Doolittle calcula aproximadamente 2000 esclavos intercambiados por ganado durante este lapso, a razón de 15 esclavos por bestia. Esto deja un total de 130 animales, de los cuales el mismo autor calcula 100 bovinos.
 
Tomando estas cifras y las anotaciones que hace Chevalier para toda la Nueva España, según aseveraciones de un tasador de la Audiencia que exclama que “…los hatos casi se doblan [en tamaño] cada quince años”, y las anotaciones de un observador de 1540, Muñoz Camargo, quien concluye que en el Pánuco “…el ganado nace y se multiplica de manera increíble; resulta imposible exagerar sus números”, Doolittle considera que, debido a las características reproductivas de estos animales y a las condiciones biofísicas y demográficas que prevalecían en ese entonces, un tercio del hato debía aumentar cada cuatro años. De esta manera estima que para 1620 existirían 230000 cabezas de bovinos.
 
Por su lado, Simpson calcula un número semejante para 1620, pero además establece la extensión de sus agostaderos en 10920 kilómetros cuadrados. Más aún, este autor estima 654 mil cabezas en total: 468 mil borregos, 176 mil vacas y toros y 10 mil caballos y burros, alimentándose en una extensión aproximada de 20 mil kilómetros cuadrados.
 
Butzer por su parte, al analizar las mercedes otorgadas para la ganadería mayor entre 1575 y 1608, ubica en el mapa 195 estancias con un total estimado de 100 mil cabezas paciendo en una superficie un poco mayor a los tres mil kilómetros cuadrados. Todo esto sin tomar en cuenta las estancias de ganado mayor en los alrededores de Valles, en la actual huasteca potosina y las de Tanchipa, en Tamaulipas.
 
Independientemente de las cifras reconocidas por los diversos autores, lo que resulta importante aquí es que la Huasteca conformó un prístino enclave ganadero de consideración, desde el inicio de la Colonia, por medio de la trata de esclavos e independiente en su desarrollo de la ganadería del centro de Veracruz. Además, por su posición geográfica, la Huasteca se constituyó como el centro de origen y dispersión de la ganadería bovina en el norte de México y sur de Estados Unidos.
 
Los primeros cowboys
 
Las culturas ganaderas sahelianas del occidente de África tuvieron un papel importante aunque secundario en relación con la cultura ganadera mediterránea, en el establecimiento de la ganadería en las tierras bajas del Golfo, debido al manejo y cuidado que le daban a los hatos, pues a diferencia del indio, los esclavos negros provenientes de esta franja esteparia conocían muy bien el cuidado de rumiantes y caballos. En sus sociedades éstas eran prácticas comunes, y los que provenían de las tierras mediterráneas también estaban habituados a las formas de ganadería hispánicas. En las nuevas colonias de América, estas prácticas constituyeron parte de los trabajos a ellos asignados. Además, mientras que la población europea no pudo acostumbrarse a las condiciones climáticas y ambientales de las tierras bajas, el esclavo africano no tuvo muchos problemas para hacerlo pues, de hecho, estas condiciones resultaban semejantes a las de sus lugares de origen.
 
Jordan nos señala que los vaqueros de las costas del Golfo durante el siglo XVI fueron frecuentemente negros o mestizos, aunque siempre guiados por un caporal de origen español. Reseña además que en 1571 un “señor de ganados” reportaba que mantenía a unos 200 vaqueros negros en sus 20 sitios mercedados. Para estas fechas, los negros vaqueros que primero fueron esclavos, después cimarrones o huidos hacia los montes, más tarde se convirtieron en aguerridos trabajadores independientes que incluso realizaban paros para recibir un aumento de salario. Jordan acota además: “Debido a que algunos negros que llegaron a México en el siglo XVI provenían del Sudán, es probable que el conocimiento de las técnicas africanas de ganadería se adoptaran en las tierras bajas del Golfo”.
 
En la hoya del Papaloapan muchas de las artes y técnicas utilizadas en la ganadería mayor fueron semejantes a las practicadas en las tierras bajas de Andalucía. Aguirre Beltrán señala que, en ese entonces (a principios del siglo XVII), los vacunos eran de tres diferentes variedades. Aquellos denominados chichihua o lecheros, estabulados y especializados para estos productos. Los llamados rodeanos o semiestabulados, que pacían y reproducían en los rodeos, cuyos límites en general se conformaban de accidentes naturales. Por último, el ganado cimarrón, montaraz o salvaje, en un sistema de manejo abierto o de monte, que se reproducía naturalmente y el que es utilizado para las sacas anuales para su venta. Este mismo autor nos dice: “Cuando la cuadrilla de esclavos negros y sirvientes mezclados de la hacienda organiza en el rodeo una batida por sitios apartados o montuosos, los vaqueros van tras las presas provistos de una larga vara que lleva adosada en uno de sus extremos una lámina de acero en forma de media luna, muy cortante, llamada desjarretadera; con ella cortan las piernas al vacuno al nivel del jarrete y lo invalidan. Luego lo matan, para aprovechar —las más de las veces— sólo el cuero del animal”.
 
Bishko y Jordan señalan que entre los vaqueros peninsulares el uso de la garrocha, una especie de largo pico, era y sigue siendo muy común para el caso de los toros de lidia. Sin embargo, las desjarretaderas posiblemente provendrían de una técnica desarrollada en las Antillas para la “caza” de los vacunos salvajes. Este instrumento de 3.5 metros de largo, con una navaja de 16 cm en forma de media luna incrustada en su punta, resultaba el arma principal para la caza de estos salvajes ungulados. La utilización de caballos y perros para este ejercicio la comandaba el matador o lancero, quien con su arma doblaba al animal golpeándolo entre las pantorrillas para, una vez tumbado, matarlo con una navaja sujeta en una vara o palo. Una vez sacrificado el animal se le encueraba y se le extraía el sebo, dejando el resto del cuerpo como alimento para los perros de caza.
 
Al igual que en las marismas de Guadalquivir, en Andalucía, el uso de caballos en el manejo de las reses salvajes en estas zonas es bastante considerable y, según Doolittle, las manadas que corrían por el Pánuco son antepasados de los caballos salvajes de las planicies del sur del vecino país, conocidos como mustangs, lo que sería, a decir de Lucina Hernández, traducción al inglés del término mesteño. El vínculo entre toro y caballo en el Pánuco se asemeja al de la ganadería del sur de España, ambas semejantes en condiciones biofísicas y, al igual que en la hoya del Papaloapan, aquí se registra 22% de españoles que originalmente llegaron a colonizar estas tierras procedentes de aquellas zonas inundadas de la península ibérica.
 
Para finales del siglo XVI, según Chevalier, un gran aficionado a la equitación de la época, el señor Suárez de Peralta, contaba: “…por el rumbo de Valles, en las tierras calientes de la Huasteca, se reunían más de trescientos jinetes de todos los señores de ganados para el gran rodeo. En esos inmensos espacios del Norte, ciertos propietarios poseían 150 mil vacas, y, según el mismo autor, el que tenía 20 mil tenía pocas”.
 
En un reciente estudio de la región de Valles, en la Huasteca potosina y no muy lejana al delta del Pánuco, se estima que se otorgaron en el transcurso de 69 años, entre 1550 y 1619, un total de 103 estancias para ganado mayor, cuyo cálculo en superficie es parecido a las 180 mil hectáreas. Estas estancias junto con las otorgadas para ganado menor (118), para yeguas (42), y para la agricultura (130 caballerías), dan un total de 350 mil hectáreas, de las cuales 98.4% fueron mercedadas para su usufructo ganadero mientras que sólo 1.3% para las labores agrícolas. De todas las tierras otorgadas para la ganadería en Valles, 53% fue dedicado a la ganadería mayor y a los caballos y yeguas 21.3 por ciento. Butzer anota, al respecto, que aproximadamente 60% del total de los potreros de yeguas mercedados en la Nueva España se localizaron en la Huasteca tropical, con un total de 200 títulos, sugiriendo una cantidad de equinos que transita entre los 100 y los 150 mil para principios del siglo XVII.
 
Junto con los caballos, al igual que en la hoya del Papaloapan, se registra la llegada de esclavos negros desde los inicios de la Colonia. Según Jordan, algunos de ellos se rebelan y conforman gavillas para robar ganado hacia finales del siglo XVI. El robo de caballos les permite realizar sus fechorías y congregar pequeños hatos de bovinos con los cuales después negociaban con los propios peninsulares. Estos vaqueros negros, con conocimiento en el manejo de los hatos y manadas, también formaron parte de las cuadrillas que custodiaban las pertenencias de los señores de ganados y, siempre acompañados de un blanco u hombre de “razón”, realizaban con destreza las artes del jinete en las actividades del rodeo. Así, el negro mulato o mestizo vinculado a las actividades pecuarias se convirtió en el prototipo del cowboy, actualmente reconocido como de “pura raza” norteamericana y con el estereotipo de “Marlboro”.
 
Las consecuencias ecológicas
 
El “crecimiento original” de la ganadería bovina en las tierras bajas del Golfo veracruzano durante los 300 años de coloniaje novohispano marcó huellas profundas en la historia ambiental del agro veracruzano, pues transformó radicalmente las formas americanas de uso del suelo, especializando las actividades productivas de estos territorios marítimos al adquirir un papel privilegiado en el intercambio transoceánico como el primer “producto tropical” de exportación a la Europa ibérica; configuró las primeras protorregiones ganaderas de la Nueva España mediante el acaparamiento de tierras, del esclavismo, de la sujeción de los menguados pueblos de indios y del advenimiento del latifundismo ausentista. Generó cambios en los patrones culturales, fusionando elementos de culturas tan disímbolas como la mesoamericana, la africana y la peninsular. Transformó patrones de conducta y de consumo a partir de las legislaciones coloniales y de la conversión de la dieta alimenticia.
 
En síntesis, trastocó las condiciones ambientales de la vida mesoamericana de estas tierras externas, simplificando su compleja producción agrosilvícola a formas de agostadero bajo una ganadería transhumante y bajo un marcado proceso de concentración de las riquezas naturales y sociales, en manos de unos cuantos señores dueños de ganados. Es así como devienen las primeras regiones ganaderas de la entidad: la del Pánuco al norte, la de los llanos de Almería al centro, y la de la hoya del Papaloapan al sur.
 
En efecto, imaginémonos a nuestros 2.5, o en su caso, al 1.6 millones de habitantes mesoamericanos produciendo, aquí, sus satisfactores agrícolas bajo este peculiar y eficaz sistema tropical de aprovechamiento del suelo. Para ello, grandes extensiones de selvas necesariamente debieron ser transformadas en agrosistemas temporales, cuyo manejo cíclico permitía su parcial recuperación forestal y ecológica. Aun así constituían selvas manejadas, con un total aproximado de medio millón de hectáreas cultivadas anualmente, si tomamos como tamaño promedio de la unidad doméstica el de 5 personas y 1.5 hectáreas de mil (bajo el sistema temporal-tonalmil, es decir, verano-invierno), necesarias para cubrir los requerimientos de cada una de las 320000 unidades familiares durante el ciclo anual, esto con el dato de 1.6 millones de habitantes. Si a ello le sumamos 3 hectáreas bajo descanso, tendremos una cantidad de 1.5 millones de hectáreas manejadas, esto es, 20% aproximado de la superficie del actual Veracruz. Sin embargo, para un mejor y más detallado acercamiento se debería tomar en cuenta la producción agrícola intensiva que se desarrolló bajo sistemas agrohidráulicos parcialmente inundados y el tamaño de los montos excedentarios necesarios para cubrir tributos y otros menesteres.
 
Aunque estas sencillas estadísticas resultan bastante preliminares, lo que queremos destacar aquí es el probable tamaño de naturaleza manejada en estas tierras y demostrar que, a la luz del derrumbe demográfico postcolombino, una buena extensión de selvas y bosques se vio sujeta a procesos de restauración ecológica. La recuperación natural de estos espacios se dio, además, en el marco de una muy baja densificación y una muy alta concentración demográfica en los siguientes 250 años. Para 1820 se calculan alrededor de 200 mil habitantes en estas tierras, hoy veracruzanas, y si tomamos la cifra de 4 personas por unidad familiar, tendríamos un total de 50 mil unidades familiares y un estimado de 75 mil hectáreas hipotéticas, requeridas para la producción agrícola anual. Las desproporciones resultan significativas. Éstas serían las hipotéticas condiciones ecológicas bajo las cuales se experimentó el explosivo “crecimiento original” del ganado bovino en las tierras bajas de Veracruz.
 
Desgraciadamente, la concentración en dos enclaves del crecimiento ganadero —el Pánuco al norte y el Papaloapan al sur— en donde llegaron a pastorear hasta medio millón de vacas, mitigó de alguna manera el proceso de recuperación ambiental de sus paisajes costeros. Por un lado el Huastecapan, en donde se concentraría el mayor número de habitantes mesoamericanos, llegó a mantener un hato no menor a las 200 mil reses, más caballos, mulas, burros, cabras y borregos, aunados a las tierras de cultivos. En el Papaloapan, con otro tanto de reses y sitios agrícolas, también se sufrirían las consecuencias del pisoteo y ramoneo de estos ungulados. Sin embargo, al mantener un sistema abierto de pastoreo y un manejo trashumante, los efectos ecológicos provocados en un sistema natural frágil pero con una alta capacidad de recuperación, por sus altos índices de pluviosidad y de regeneración de la cubierta vegetal herbácea, no presentarían alteraciones graves, y en dado lugar éstas serían muy localizadas. Tal es el caso de los “pasos” o caminos de los hatos del Altiplano a la costa y fundamentalmente en las cañadas o barrancos. Una frase de un viajero y comerciante inglés, Juan Chilton, que en 1572 recorrió los caminos y los parajes que transcurrían de la ciudad de México al delta del Pánuco, reconoce estas alteraciones naturales producto del pago y “ramoneo” del ganado, encontrándose con que: “[…] Fuimos luego a Pánuco, catorce leguas de Tampico […]. A la mañana siguiente pasamos el río en canoa: puestos ya al otro lado, yo me adelanté solo, y a causa de haber muchas veredas hechas por las fieras, me perdí y caminé como dos leguas por un gran bosque […]”. Seguramente las fieras a las que hace referencia no eran leones, camellos o elefantes, sino rumiantes del orden vacuno y los caminos que señala fueron construidos por pastores y por los hatos y las recuas de los arrieros.
 
La apertura de los caminos y el pisoteo constante y masivo en los “pasos”, junto con la quema de pastos y el ramoneo selectivo de los rumiantes, constituyeron los factores que debieron provocar las más acentuadas modificaciones naturales. El caso de las quemas de pastos durante la época de secas resulta ilustrativo para el sur de la entidad. En una descripción hecha por el intendente del Departamento de Acayucan y de sus tres cantones: Acayucan, Huimanguillo y San Andrés Tuxtla, don José María Iglesias, en marzo de 1831, señala: “Los pastos que se encuentran en los tres cantones para la cría de ganados y bestias caballares son inmejorables, porque son praderas naturales que no necesitan más cultivo que el de quemarlos a la entrada del estío, para que en las aguas renazca con más abundancia el pelillo y sea menos áspero para el alimento del ganado…”.
 
Al parecer, la práctica de la quema de pastos fue muy extendida durante los periodos iniciales de la Colonia y fundamentalmente en el Altiplano, aunque también en las costas, y sus destrozos tuvieron que regularse, de tal manera que en las ordenanzas del Consejo de la Mesta de 1564 aparece una específica que prohíbe la quema de los pastos y praderas no penalización. ¿Qué tanto se regularizó dicha práctica con estas ordenanzas?, no tenemos evidencias para discutir el caso.
 
El “ramoneo” o “saca” provocada por los vacunos como práctica extendida bajo el tipo de ganadería abierta debió causar efectos en las flores locales, inhibiendo el desarrollo de algunas especies y disparando el desarrollo de otras. Lo que sí se reconoce es que los pastos altos (tall grasses) de las tierras bajas se hicieron incomestibles y de bajos contenidos nutricionales, por lo que el manejo de las quemas fue extendido, permitiendo el renacimiento de éstos y su mayor palatabilidad. Al respecto, De la Mota y Escobar, fraile dominico nacido en México e hijo de encomenderos y ganaderos, al realizar un viaje por Veracruz en 1609 y describir el pueblo de Cempoala comenta: “Están convertidos en estancias de ganado mayor sus tierras y es el principio de lo que llaman Almería, que es[tá] en la playa de este mar, aunque ya están todas asoladas y perdidas por el mucho bosque espinos [o] y sacas que ha habido de ganado”.
 
Otra consecuencia ecológica directa pero vinculada con las prácticas ganaderas lo fue la extracción forestal. El comercio de maderas preciosas, la utilización de leña y los requerimientos de otra naturaleza que proveían las diversas especies de la selva, resultaron práctica extendida pero poco mensurable hasta ahora. Al respecto retomamos una frase de Aguirre Beltrán, cuando nos habla de las monterías en la hoya del Papaloapan: “Todo parece indicar que durante los primeros años de la Colonia y en el Papaloapan, ya bien establecido el dominio colonial, los virreyes, alcaldes mayores y justicias, toman libremente decisiones en cuanto al corte y destino de la madera. Las necesidades involucradas en la construcción de la fortaleza de San Juan Ulúa y de la flota de barlovento encargada de la protección y defensa del puerto de entrada a las tierras recién ganadas, originan la celebración de contratos signados por autoridades coloniales y particulares para proveerse de madera para la construcción de navíos, cureñas para la artillería y otros menesteres…”. Sin embargo, el mismo autor señala que más tarde los propios hacendados presentaron mayor oposición a estas prácticas, pertextando prejuicios a sus ganados.
 
Un último aspecto en este orden sería el del arribo de pastos y otras gramíneas exóticas para el consumo de estos animales. Al respecto y ante las pingües evidencias poco hay que decir. Jordan señala que la africanización de la flora antillana durante los últimos años de la Colonia se consumó con la llegada del pasto de Guinea o Privilegio (Panicum maximum) en el año de 1770.
 
En nuestra búsqueda encontramos que esta gramínea arribó a las tierras del norte mexicano en 1870; sin embargo, sabemos que este pasto fue ampliamente utilizado como colchón o cama de los esclavos africanos que se transportaban masivamente por mar durante el periodo del comercio de esclavos en las Américas. Otras gramíneas forrajeras de origen africano y colectadas en Veracruz son el zacate Rhodes (Chloris gayana), nativa del sur y este de ese continente; el pasto estrella gigante (Cynodon plectostachyus), nativa del oriente de África; el Pannisetum clandestinum, nativa del norte de ese mismo continente, el zacate pangola (Digitaria decumbens), del sur de África, el zacate kikuyu (Pannisetum clandestinum), de África central y oriental; el Pennisetum purpureum; el Rhynchelytum repens o pasto natal; el zacate Johnson (Sorghum halapense), cuya distribución original es de la zona costera mediterránea y se extiende desde Arabia hasta la India. Sin embargo, muchas de ellas arribaron a nuestras tierras en el primer tercio de este siglo, acompañando al cebú, nuestro “acorazado viviente” y africanizando la flora adventicia mexicana.
 
Conclusiones
 
El origen prístino de las protorregiones ganaderas en las tierras bajas del Golfo veracruzano durante los primeros años de la Colonia marca, sin duda alguna, la historia de las relaciones sociales que se establecerán a lo largo de los tres siguientes siglos en el agro: el acaparamiento de tierras bajo un sistema de encomiendas, mercedes y composiciones que le permitirán al español aprovecharse de los beneficios de las tierras despobladas y orientar su producción, con la ayuda de la mano de obra esclava o muy barata, hacia la cría de ganados vacunos semisalvajes bajo el modelo de pastoreo abierto o trashumancia. A pesar de que aún no se ha estudiado el papel económico de la ganadería bovina durante los siglos XVII y XVIII en estas tierras cálidas, es de suponerse que dicha actividad económica mantuvo su importancia, independientemente de los vaivenes en el comercio exterior, al producir alimentos consumidos por la mayoría a muy bajos costos y bajo un modelo pecuario extensivo que permitió el crecimiento y consolidación de los latifundios con propietarios ausentistas y más relacionados con la vida urbana colonial.
 
La llegada de la vaca hispana junto con caballos, mulas, burros, cabras y borregos revolucionó los transportes con el uso de la rueda y la carreta tirada por bestias. Las mulas y burros se convirtieron en los “ferrocarriles” coloniales; la arriería constituyó el sistema de transporte masivo que permitió, junto con las espaldas de esclavos africanos e indios, la circulación de los bienes que se comerciaron al interior del territorio y hacia las Europas. El sebo, recurso muy preciado en la Nueva España por sus usos industriales, conforma la pléyade de productos derivados de la ganadería con un uso extendido e importante. El toro se agregó a esta revolución tecnológica al convertirse en bestia de tiro para el manejo del arado. Todos estos cuadrúpedos revolucionaron la agricultura al utilizarse masivamente sus desechos orgánicos como fertilizantes, práctica usada entre los mesoamericanos en baja escala. La circulación del ganado en las milpas en los tiempos de barbecho integró la práctica agrícola con la pecuaria.
 
Sin embargo, este sistema cultivo-ganado se dio bajo una fuerte competencia por el uso del suelo. Esto resulta del tipo de ganadería trashumante en combinación con la reducción del territorio de manejo agrícola de los pueblos indios. Resulta paradójico que, como en el caso de las tierras bajas del golfo veracruzano, dicha competencia se estableciera bajo el marco de un radical fenómeno de despoblación y sólo se entiende a través del proceso de acaparamiento de las tierras por parte de los señores de ganados y del carácter peculiar de este sistema productivo.
 
La competencia de la vaca y los señores de ganados por el territorio indio incluyó no sólo los recursos naturales involucrados (agua, suelo, recursos forestales, etcétera) sino también la producción por alimentos. En efecto, la reducción drástica de las agriculturas en las tierras bajas del golfo veracruzano se combinó con la frágil capacidad de los europeos para construir complejos agrícolas en el trópico. Con excepción de las plantaciones de caña de azúcar, el algodón, el tabaco, el añil, los cítricos y más tarde el café (ninguno de ellos de origen europeo), la agricultura mesoamericana pervivió de manera subordinada a las actividades ganaderas y alimentó a indios, negros y uno que otro español aventurado a convivir bajo este régimen climático.
 
La carne se convirtió en un alimento importante. Su abundancia y sus bajos precios junto con la escasez de granos y vegetales trastocó los patrones de consumo tradicionales y, a pesar de la prohibición de establecer carnicerías en los pueblos de indios y de la posesión de ganado bovino, en 1830, poco después de haberse establecido la República, en los pueblos indios se contaba con pequeños hatos de bovinos y con la existencia de establecimientos para la venta de carne.
 
Junto con la carne, otros alimentos de importancia por sus características nutritivas se consumieron cada vez con mayor abundancia. Estos son la leche y sus derivados, quesos y mantequilla. Aunque es de suponerse que las poblaciones indias debieron tener un periodo de asimilación digestiva a estos productos, lo que resulta indudable es que poco a poco se integraron a la dieta cotidiana.
 
Si el cambio en el patrón de consumo resultó también una consecuencia sociocultural, fue más importante excluir al indio de la posesión de hatos y del manejo de la ganadería bovina mediante una legislación dolosa que privilegió a los estancieros propietarios de ganado. Esta práctica legal tuvo consecuencias funestas para la población original —que resultaba fuertemente penada por incurrir en sus intentos de poseer ganado— y marcó una mayor estratificación productiva racial y establecida por castas. Pero, por otro lado, la participación colectiva en el manejo de los hatos bovinos por indios, esclavos negros y moros, todos ellos guiados por caporales españoles y administrados por el señor de la hacienda o rancho, resultó un elemento cultural importante que permitió el proceso de transculturación cuyo resultado fue la cultura jarocha y la afición por la tauromaquia y por la pamplonada, artes que aún se practican en los pueblos de la costa y en algunos de la sierra como lo es Xico.
 
En síntesis, a pesar de todo la vaca y el toro se convirtieron para el indio y para el mestizo en un espejo cultural cuyos valores se orientaron al prestigio y a la esfera de lo económico, como se expresa muy nítidamente en las actuales realidades indígenas en el estado de Veracruz y en todo el país, y que aún sigue siendo origen de tantos conflictos sociales y de la destrucción de la cubierta vegetal que originalmente cubriera el territorio de México.
 
La dehesa tropical: sabanas y encinos para las vacas

En el sur de la península ibérica se desarrolló un sistema agrosilvopastoril vinculado directamente con el tipo de ganadería y de animal que pasta de manera abierta sus praderas, después de la reconquista hispánica, y resulta el medio en donde se desarrolla la ganadería bovina que más tarde será el principal centro de origen de la novohispana. La dehesa (tierra acotada o defensa), término con el que se nombra a este sistema agropastoril, se caracteriza por mantener bosques abiertos de encinos (Quercus spp.) productores de bellotas dulces, alimento muy degustado por animales como el cerdo y la vaca y con una densa cobertura de gramíneas en forma de pradera. Estos sistemas agrosilvopastoriles se han manejado en España hasta la actualidad para múltiples propósitos, pero fundamentalmente para el pastoreo y como cobijo del ganado mayor y menor. Otros usos asociados al pastoreo son la extracción y recolección de leña y otros productos forestales y la producción agrícola de cereales o el mantenimiento de pastos como alimento animal. Por su estructura y tipo de manejo, estas unidades agroecológicas mantienen un cierto equilibrio, al permanecer su cobertura arbórea de carácter deciduo, lo cual mantiene, junto con el denso estrato herbáceo, suelos estables y en proceso de formación.

Un símil de estas unidades ambientales se localiza en la meseta central mexicana y principalmente en el Eje Neovolcánico Transversal. Desde la llegada de los españoles a la Nueva España se les dio un uso similar al peninsular, tanto para el manejo de los hatos vacunos como para el pastoreo de rebaños de cabras y borregos.

En el caso de las tierras bajas del Golfo, una unidad semejante en cuanto a su arquitectura (bosque abierto con una densa cobertura herbácea) se localiza a lo largo de la llanura costera, formando un patrón en mosaico junto con manchones de selvas altas, medianas y bajas, esto es la sabana con un bosque abierto de encino tropicales (Quercus oleoides) y palmares. Estas sabanas o pastizales tropicales de bajas altitudes, con o sin árboles esparcidos, se distribuyen en áreas con suelos con problemas de drenaje, con una capa arcillosa bien definida. Aunque también existen otros pastizales tropicales, éstos de origen antropogénico sujetos a quemas periódicas para el rejuvenecimiento de los pastos, objeto de la ganadería abierta. Denominados como sabanoides, su composición vegetal resulta diferente al de la sabana propiamente dicha. Las sabanas están estrechamente vinculadas con los encinares tropicales y frecuentemente comparten muchas especies, pero cuando se da la conjunción, los suelos resultan menos pobres que en el caso de las sabanas abiertas.

Otro tipo de pastizales de importancia para la ganadería y que se localizan en los tres enclaves de desarrollo prístino de la ganadería bovina en Veracruz, son los salinos o hálofilos y vinculados a áreas sujetas a inundaciones temporales. Además, los matorrales espinosos del norte de Veracruz han constituido históricamente una fuente alimenticia, mediante “ramoneo”, “forrajeo” o “saca” del ganado bovino.

Las sabanas, con o sin encinares tropicales, los matorrales espinosos y los pastizales salinos, resultan unidades naturales semejantes o con una arquitectura parecida a la hispánica, los cuales se convirtieron en los medios donde el ganado bovino ibérico se desarrolló de manera vertiginosa durante los primeros años de la Colonia. Cabe mencionar que estos nuevos sistemas productivos fueron utilizados de manera múltiple, al proveer al estanciero productos forestales, bellotas para el consumo de los animales, áreas de resguardo animal de las altas temperaturas y fuertes lluvias, así como un proveedor de maderas y taninos, entre otros productos.

 
El cimarrón: un galeón orgánico

Si nuestros invasores arribaron en escaparates marítimos provistos de corazas, instrumentos y defensas que les permitieron cruzar los mares del Atlántico y llegar hasta el lago de Tenochtitlán sin ser drásticamente incomodados, esto es, bajo los cobijos del galeón español; los bovinos que prístinamente arribaron a las tierras bajas del Golfo en 1522, resultan un símil de estos “cachalotes de madera”. Por ello mismo los hemos denominado aquí los “galeones orgánicos”, al estar equipados biológicamente para soportar las calamidades de los extremosos climas tropicales, para resistir el paso del altiplano novohispano a las llanuras costeras a lo largo de cientos de kilómetros de sinuosos caminos y para pacer, de manera salvaje o semidomesticada, en las extensas selvas y sabanas de nuestros amplios bordes marítimos.

El tipo de res traída por Colón en su viaje de 1492 a las Antillas había ya pervivido, bajo pastoreo, durante miles de años en la península ibérica, bajo un manejo trashumante y controlado por sociedades con una densa cultura ganadera. Las principales características biológicas de este cuadrúpedo ungulado fueron: su alta capacidad termorreguladora que les permitió soportar la insolación tropical directa por periodos prolongados y tolerar altas temperaturas durante amplios lapsos de tiempo y su capacidad de convertir la celulosa —hierbas, brotes y hojas— (que los humanos somos incapaces de digerir), en carne, leche, fibra y cuero, alimentos de alto contenido proteínico.

Las principales características anatómicas de estos cuadrúpedos (Bos taurus ibericus) eran para ese entonces: sus largos, fuertes y delgados cuernos (de allí su denominación en las planicies del sur norteamericano como Longhorns), con una cabeza poco voluminosa, con una grupa ancha y musculosa, de talla más bien baja; de colores variados, negros (comúnmente denominados como toros andaluces de pelea), café rojizos (retintos), pintos (berrenda), e inclusive blancos (cacereño), estos últimos originarios de Extremadura y Andalucía; de peso más bien bajo si lo comparamos con el ganado británico (de cuernos cortos, de gran peso y con carne grasosa), con baja producción de leche y carne magra, más bien fibrosa. En síntesis, un mamífero adaptado a las condiciones de trashumancia cotidiana para el pastoreo en campos abiertos (dehesas) y por consiguiente de gran agilidad y con una fuerte musculatura. Adaptado a una alimentación con gramíneas naturales, hojas y bellotas que, según el historiador norteamericano Boorstin, al describir el comportamiento alimenticio de su descendiente, el criollo Longhorn, en las planicies del sur de Norteamérica, señaló: “Podrían alimentarse con cactáceas, y cuando no hubiera pasto, ramonear como venados los retoños de árboles y arbustos. Se supone que deberían tener el cuello flexible de la cabra y un estómago que pudiera digerir las espinas del cactus y del chaparral, así como una boca que pudiera rumiarlas.”

Poco acostumbrado a la presencia cotidiana del hombre y por consiguiente con un comportamiento semisalvaje, la res hispánica evolucionó bajo condiciones prevalecientes de selección natural y bajo la ausencia de la castración como sistema de especialización genética y productiva.

Este “bicho” correspondió y fue un producto biológico de las particularidades ganaderas del sur peninsular, las tierras bajas de España. Con una influencia árabe en su manejo y adecuado a las condiciones ecogeográficas peninsulares y a su medio ecológico de subsistencia: la dehesa.

 
 
La mesta novohispana

De la misma manera que para el caso de los centros culturales de origen de la ganadería bovina novohispana, el Consejo de la mesta o Junta Local de Ganaderos en la Nueva España tiene como antecedente las legislaciones medievales que operaban entre los peninsulares de la época de Cristóbal Colón. Al igual que el acondicionamiento e hibridación de las ganaderías ibéricas en las Américas, la mesta, como comúnmente se le denomina a esta legislación, sufre una serie de transformaciones, éstas bajo el marco de la conquista y colonización de las nuevas, amplias y lejanas tierras, adquiriendo un papel diferente al otorgado en la España medieval por Alfonso X, con el objeto de privilegiar y dirimir las diferencias entre los señores del ganado.

La primera diferencia consistió en que mientras la mesta hispánica constituía una organización de propietarios de ganado, la mesta novohispana se convirtió en una organización de propietarios de tierras. La segunda diferencia fue que la mesta ibérica se constituyó para reglamentar, entre los señores de ganados y pastores, el uso de los pastos comunes y realengos, mientras que la mesta novohispana se constituyó para reglamentar las relaciones entre los señores del ganado y los pueblos de indios. Estos últimos, desde un principio se opusieron a la destrucción de sus cultivos por la intromisión del ganado, el cual no respetaba los límites de los fondos establecidos por el gobierno colonial. La tercera diferencia consistió en la complicada regulación que se fue implementando a partir de 1524, con la inauguración de las primeras mestas municipales en el centro de México y con las subsecuentes que se establecieron con validez general para toda la Nueva España, a partir de 1542 y hasta 1813, apartándose cada vez más del “espíritu” de la mesta peninsular.

Estas particularidades novohispanas en la organización de la mesta ayudaron a consolidar el carácter de la Colonia, cuya operación se reflejó más como una empresa privada que como un proceso de sujeción económica y territorial a la corona española. Las disputas que se presentaron durante la vigencia de esta organización de propietarios novohispanos con los mandatos de la corona reflejan este carácter y dan cuenta del proceso de acaparamiento de tierras y capitales por los nuevos terratenientes y dueños de ganados.

Para regular los negocios del ganado en la Nueva España y otorgar beneficios a los señores que usufructúan y son propietarios, de hecho, de las estancias de ganado mayor y menor, reconozco al menos 12 ordenanzas que resultan centrales. Éstas tienen que ver con la regulación de: 1) los traslados y usos de los montes y pastos comunes y terrenos baldíos por los hatos y rebaños trashumantes; 2) la pertenencia y herraje del ganado mostrenco, el semiferal que vive en las sabanas y dehesas, lejos del vaquero durante amplios periodos del año y que puede pastar en las estancias de uno u otro señor mercedado o bien, en los terrenos baldíos; 3) reglamentar el uso de los fierros y el tipo de herrajes que se debe utilizar por cada dueño de estancia, siendo un solo fierro para cada sitio so pena de recibir castigo; 4) ordenar la forma de utilizar la mano de obra india, negra, mulata y morisca, conforme al tamaño del hato; 5) regular las ventas de carne y cueros; 6) reglamentar el funcionamiento de las carnicerías y el debido pesaje de los animales; 7) sancionar el abigeato; 8) establecer la prohibición para indios y esclavos negros de poseer ganado; 9) establecer las distancias que deben de tener los límites de las estancias respecto a los poblados de indios; 10) prohibir el uso de perros de caza, tanto a los señores del ganado como a los propios indios y negros, con el objeto de evitar la matanza de reses bajo este método; 11) establecer y reglamentar los periodos para la realización de los rodeos y aquellos en donde es posible que el ganado entre a las sementeras indias; 12) reglamentar los registros de traslado de hatos y rebaño y las formas y tiempos de utilización de los montes y pastos comunes.

El carácter clasista (y racista) de la mesta novohispana se deja ver nítidamente cuando se revisan las penalizaciones por la desobediencia de sus estatutos. Por ejemplo, si los dueños de estancias ganaderas y hermanos de la mesta infringían alguna de estas ordenanzas, se penalizaba con el pago de dinero, pero si la infringían indios, negros, mulatos o mestizos, el pago eran azotes o inclusive el destierro. Ningún indio podía poseer reses o caballos. Se prohibía la monta de caballos sin la supervisión del caporal, que debía ser español. Un señor de ganados con un mínimo de 2000 cabezas, podía contratar a un caporal o estanciero español y poseer cuatro esclavos indios o negros, dos a caballo y dos a pie, para los menesteres del rodeo. Los indios o negros que hubiesen sido vaqueros tenían prohibido poseer desjarrataderas o lanzas, redes, lazos y perros. Ningún indio que viviese cercano (3 leguas mínimo) a las estancias ganaderas podía poseer perros, siendo que los caninos engordados constituían un alimento de las sociedades indias. Ningún estanciero tenía derecho a poseer ganado o herrajes propios. Se prohibían los establecimientos de carnicerías en los pueblos de indios.

Todos estos estatutos prevalecieron y se renovaron durante 250 años bajo el acaparamiento de tierras por medio de su compra ilícita, de las componendas entre los señores de gobierno y los señores de ganados y, fundamentalmente, mediante la expropiación ilegal de las tierras indígenas.

La consolidación de la mesta en la Nueva España se articula directamente con lo que Chevalier ha demostrado como la formación de los latifundios en México y, su vigencia, mayor a los 250 años, dejó profundas huellas en el modo de operar de la nueva clase agraria que se fortalecería durante la segunda mitad del Porfiriato, esta es la de los hacendados. Además de ello, los resultados promisorios de esta peculiar organización de los señores de ganados y de estancias se verá reflejada en las subsiguientes legislaciones ganaderas de los siglos XIX, con las Cámaras Agrícolas y Ganaderas, y XX, con la aparición de la Confederación Nacional Ganadera, las Uniones Ganaderas Regionales y las Asociaciones Ganaderas Locales.

 
Bueyes

“Esta es una de las especies de animales que nuestros filósofos creen degrada en América, y a la cual se supone contrario el clima. Pero si acaso en Canadá han perdido los bueyes una parte de su corporatura, como afirma Buffon, y si en la Española se ha hecho más fibrosa su carne, como quiere Paw, a lo menos no es así en la mayor parte de los países del Nuevo Mundo en los que la multitud y el tamaño de aquellos animales y la bondad de su carne, muestran cuán favorables sean aquellos climas a su generación. Su prodigiosa multiplicación en aquellos países se halla testificada por muchos autores europeos, tanto antiguos como modernos. El padre Acosta (Lib. 4, cap. 33) que en la flota fue de la Nueva España a la antigua, en lo que volvió él a Europa en 1587, cerca de sesenta años después que habían sido trasladados a México los primeros toros y vacas, se llevaron de aquel país 64,360 pieles de toro, […] Baldecebro, dominico español que vivió algunos años en México a mediados del siglo XVII, refiere como cosa notoria que a Juan Orduña, caballero mexicano, le dieron sus vacas en un año treinta y seis mil becerros, lo que no puede suceder sino en una manada de doscientos mil entre toros y vacas. En el día hay particulares que son dueños de 50000. Pero ninguna otra cosa muestra la estupenda multiplicación de tales cuadrúpedos, como el venderse a precio tan barato en aquellos países, en los cuales son necesarios para el sustento de los hombres y para las labores del campo y en donde por la abundancia de dinero todo se vende caro […] en Nueva España, pues aunque sean buenos allí los bueyes de los países fríos y templados, son sin embargo mejores los de los países calientes. La carne de estos animales en las tierras marítimas, que son muy calientes, es tan excelente, que se manda como regalo a la capital aun de lugares distantes de ello doscientos cincuenta y trescientas millas.”

Clavijero

 
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Narciso Barrera Bassols
Instituto de Ecología, A.C.
     
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cómo citar este artículo
 
Barrera Bassols, Narciso. 1996. Los orígenes de la ganadería en México. Ciencias, núm. 44, octubre-diciembre, pp. 14-27. [En línea].
     

 

 

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