revista de cultura científica FACULTAD DE CIENCIAS, UNIVERSIDAD NACIONAL AUTÓNOMA DE MÉXICO
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El potencial productivo del maíz
 
Antonio Turrent F.
   
   
     
                     
                     
En el Instituto Nacional de ­Investigaciones Forestales, 
Agrí­colas y Pecuarias (INIFAP), desde 1963 se estudia el potencial pro­duc­tivo de maíz de la República Mexicana. Hasta antes del año 2000, el con­cep­to de potencial productivo se ceñía a la evolución de las superficies y a la calidad de la tie­rra de labor sembrada bajo rie­go y bajo temporal, y al avan­ce del conocimiento público. Se definía al potencial pro­duc­tivo como el promedio de varios años de producción na­cio­nal de maíz si la superficie sembrada fuera tratada con la tecnología pública disponible. Este ejercicio servía como guía para impulsar programas de transferencia de tecnología.

En la actualidad también se toman en cuenta las tierras de labor de ocho estados del sur-sur­es­te factibles de ser irrigadas y que se siembran con maíz bajo temporal; también se con­tabiliza una parte de las tie­rras con vocación agrícola que se manejan bajo el sistema de ganadería extensiva. Mientras en la definición previa se ponderaba solamente la inversión re­­querida para generar nuevo co­no­ci­mien­to público y para transferirlo, en la actualidad también se pondera la oportunidad de la inversión pública en varios tipos de infraestructura: interconexión de energía eléc­trica para el campo, caminos, irrigación, y otros servicios.

Hasta antes de la década de 1980, los investigadores del inifap y de otras doce institu­cio­nes del país habían con­duci­do más de 2 500 experimentos de campo en terrenos de agricultores cooperantes en las principales regiones pro­duc­toras bajo temporal del país, y más de 800 experi­men­tos bajo riego. En esos experimentos, típicamente de 0.3 a 0.5 hectáreas, se estudió la res­puesta del maíz a la fertili­za­ción, a las densidades de po­bla­ción y otras prácticas de pro­ducción y protección. Es­tos experimentos fueron conducidos a lo largo de trein­ta años, por lo que sus resulta­dos integran las variabilidades en los rendimientos asocia­das al clima y la edafología.
El conocimiento tecnoló­gi­co y la superficie y calidad de la tierra dedicada al cultivo del maíz muestran una evolución en el tiempo, y se asocian cada vez con mayores rendimientos y producción nacional. De aquí que los varios intentos por evaluar el potencial pro­ductivo de maíz han conducido a información cambiante.

La segunda evaluación del potencial productivo de maíz se hizo en 1977, a partir de 2 545 experimentos de cam­po conducidos en el pe­rio­do 1952-1977. Los experi­men­tos involucrados en este es­tudio fueron sembrados con las primeras generaciones de maí­ces mejorados y con los maíces de los productores (razas nativas de maíz). En 1991 el pro­grama conocido como pro­namat, del mismo inifap, aportó información fresca sobre el des­empeño de la segunda ge­neración de maíces mejorados en las Provincias agronómicas de riego y de temporal de muy buena y buena productividad. En 1996 se actualizó la información sobre los rendi­mien­tos a partir de proyecciones con apoyo empírico; finalmente, en 2000 se incluyeron ­resultados de experimentos con­ducidos en ocho estados del sur-sureste bajo riego, que involucran proyecciones sobre tierras potencialmente irrigables, y también se pon­de­ró el uso potencial de tierras con vo­cación agrícola, que actual­men­te se subexplotan con el sistema de ganadería extensiva.

Evaluación de 1977

Los 2 545 experimentos conducidos bajo temporal en el pe­riodo 1952-1977 fueron agrupados en 72 agrosistemas de maíz, definidos a partir de seis estratos arbitrarios del co­ciente de la precipitación sobre la evaporación, tres estratos térmicos y cuatro estratos por la calidad de la tierra. El rendimiento óptimo-económico de cada experimento fue ajus­tado a un modelo de expo­nen­tes fraccionarios basado en las variables independientes del agrosistema, por técni­ca de regresión. De la ecuación de regresión se obtuvo una es­timación del rendimiento po­ten­cial para cada uno de los 72 agrosistemas de maíz. A partir de información del V Cen­so Agrí­cola, Ganadero y Ejidal y de las cartas edáficas y cli­má­ticas del territorio nacional, se estimó la superficie cultivada de maíz correspondiente a cada uno de los 72 agrosistemas. La integración numérica del rendimiento potencial y la superficie cosechada con­dujo a la estimación de la producción agregada de maíz ­para los niveles país, estado, distrito de temporal y municipio. Además se dispuso de 819 experimentos de maíz ba­jo riego, estimándose la producción por un procedimiento similar simplificado. El resultado de este ejercicio fue que la producción potencial de maíz sería igual a 20.17 millones de toneladas anuales para la escala nacional, mientras que la producción observada en 1977 fue igual a 10.05 millones de toneladas anuales. La superficie cosechada para am­bas estimaciones fue de 7.48 millones de hectáreas, de ellas 0.97 millones fueron de riego y 6.51 millones de temporal.
 
Evaluación de 1991

Este estudio tuvo como objetivo evaluar el estatus de la tec­nología para el cultivo de maíz bajo riego y bajo temporal en las Provincias agronómicas (PA) de muy buena y de buena productividad. Se condujo 302 módulos de riego en los ciclos agrícolas OI 87/88 y pri­ma­vera-verano (PV) 1988, como muestra repre­sen­tativa ­de un millón de hectáreas de maíz bajo riego, y 201 módulos de temporal en los ciclos pv 1989 y pv 1990 para mues­trear 1.77 millones de hectáreas de tem­poral de bue­na ca­li­dad. En am­bos casos los módulos fue­ron de una hec­tárea.
 
Estos módulos fueron con­ducidos de manera coopera­tiva entre el productor y el investigador residente del inifap. Los insumos, particularmente la semilla para la siembra y la tecnología, fueron aportados por el proyecto, en tanto que el productor aportó la mano de obra y la fuente de potencia requeridas. Se estableció por coordenadas al azar dos a cuatro predios vecinos de referencia por módulo, en los que el productor aceptó se die­ra seguimiento a su operación de campo y resultados. Esta parte del estudio produjo 730 parcelas referentes bajo riego y 567 bajo temporal.

Los rendimientos promediaron 6.15 t/ha bajo riego, 4.30 t/ha en la pa de muy buena pro­duc­tividad y 3.80 t/ha en la pa de buena productividad; los ren­dimientos homólogos re­fe­ren­tes fueron respectivamente 3.63, 2.88 y 2.88 t/ha. Las con­siderables diferencias se asociaron con el mayor poten­cial productivo de los híbridos del inifap y con mayores densidades de población, aun­que similar fertilización, con re­la­ción a las parcelas referentes.

A partir de esta información y de su comparación con el estudio de 1977 se hicieron proyecciones para la producción nacional de 1985-1989 y para el periodo 2005-2009. La producción potencial fue 25.77 millones de toneladas anuales, para el periodo 1985-1989 y de 28.62 millones de toneladas anuales para el periodo 2005-2009. Se hicieron am­bas proyecciones usando la superficie cosechada de 7.10 millones de hectáreas, de las cuales 1.1 millones son de rie­go y 6 millones de temporal.

Evaluación de 2000


Por los estados de Guerrero, Oaxaca, Chiapas, Quintana Roo, Yucatán, Campeche, Tabasco y Veracruz, fluye 62% del agua dulce del país. Sin embargo, muy poca in­fra­es­truc­tura hidroagrícola ha sido desarrollada en este región sur-sureste, donde se cosechan anualmente unas dos millones de hectáreas de maíz. Por manejarse bajo temporal, las tierras se siem­bran sola­men­te en el ciclo pv, per­ma­ne­cien­do ociosas en el ciclo oto­ño-invierno (OI), que es ma­yormen­te seco. Se estima que hay un millón de hectáreas de tierras de labor cercanas a fuentes abundantes de agua (ríos, lagunas, acuíferos so­me­ros) que podrían ser sembradas dos ve­ces al año si se ­dotaran de infraestructura de riego.

Con el objetivo de ampliar el potencial productivo conocido de maíz del campo mexicano, se realizaron estudios de campo durante los ciclos agrícolas oi 96/97, oi 97/98 y oi 98/99, aprovechando la escasa y regionalmente dis­per­sa disponibilidad de predios con riego. En el ciclo oi 96/97 se condujeron experimentos en 261 localidades de los ocho estados, comparando tres híbridos y cinco variedades de polinización libre del inifap con 22 híbridos comerciales ofrecidos por los con­sor­cios transnacionales. En los ciclos oi 97/98 y oi 98/99 se condujeron diez experi­men­tos en otras tantas localidades en donde se estudió la res­pues­ta de seis híbridos del inifap a la fecha de siembra y a la fer­tilización npk, y a la den­sidad de población bajo con­di­cio­nes de riego. Los resultados muestran que la tecnología ac­tual permite obtener un rendimiento promedio del orden de 8 t/ha en el millón de hectáreas estudiado.
 
Muy probablemente la fac­tibilidad de introducir el rie­go en las tierras de temporal del sur-sureste se asocie más con la pequeña que con la gran irrigación, dada la topografía de lomerío y la profundidad somera de gran parte de esos suelos. El sistema de riego pre­surizado del tipo pivote cen­tral o de desplazamiento lateral podría ser la alternativa en muchos casos, como ya lo han experimentado productores visionarios del sureste. Has­ta ahora, la escasa interco­nexión eléctrica actúa como barrera al desarrollo de este tipo de riego.

Finalmente, la consideración de la capacidad maicera del campo mexicano quedaría incompleta si se excluyera la reserva de tierras de labor que actualmente se subutiliza bajo el sistema de ganadería exten­siva. Se estima que hay unas 12 millones de hectáreas bajo tal manejo en los mismos ocho estados del sur-sureste. En el sexenio 1988-1994 el poder Ejecutivo Federal tuvo a consi­deración, y lo descartó por no ser prioritario, el “proyecto Usu­ma­cinta” que planteaba construir infraestructura para el rie­go de un millón de hectáreas de tierras limítrofes entre Cam­peche y Tabasco. Gran parte de estas tierras es actualmente de uso ganadero extensivo.
 
Probablemente en los pró­ximos 10 a 15 años, en la bús­queda de su seguridad ali­men­taria, la sociedad tomará la decisión de hacer los ajustes necesarios al Artículo 27 cons­titucional que permitan dar uso agropecuario integrado a esas tierras. Si en dos millones de esa superficie se siembra maíz bajo riego en el ciclo otoño-invierno, se añadirán por lo me­nos 16 millones de toneladas al año.
 
La estimación del potencial productivo de maíz para los pró­ximos 10 a 15 años es de 53 millones de tone­ladas anua­les, de las que: a) 29 mi­llones corresponden a lo que se podría producir ac­tual­men­te a partir de las tie­rras que ya se cosechan anual­mente de maíz; esto es, 1.1 millones de hectáreas bajo rie­go y 6 millones de hectáreas de temporal; b) 8 millones adicionales en el sur-sureste después de acondicionar con infraestructura hidroagrícola un millón de hectáreas de ­tie­rras de labor; y c) 16 millones de toneladas cosechables en dos millones de hectáreas de la reserva de tie­rras, ac­tual­­mente bajo manejo ganadero extensivo, que ha­brán de acondicionarse para el ­riego.

La producción nacional promedio del periodo 2002-2006 es de 20.58 millones de to­neladas de maíz al año (mientras la producción po­ten­cial es de 29 millones de tone­ladas anuales) y se im­por­ta al­rededor de 10 millones de toneladas. Es conveniente acla­rar que la potencialidad productiva examinada se refie­re exclusivamente al uso de tecnología de origen público y con maíz no transgénico. No es necesario cambiar a maíz transgénico y asumir colectivamente el riesgo y depen­den­cia tecnológica asociados ­para recuperar la suficiencia alimen­taria en maíz.
 
  articulos  
Referencias bibliográficas

Aveldaño Salazar, R. y 55 colaboradores. 1992. El Programa Nacional de Maíz de Alta Tecnología. Documento de circulación interna, Instituto Nacional de Investigaciones Forestales, Agrícolas y Pecuarias, México.
Turrent F., A. 1986. Estimación del Potencial Productivo Actual de Maíz y Frijol en la República Mexicana. Colegio de Postgraduados, Chapingo, México.
, R. Aveldaño Salazar y R. Moreno Dahme. 1996. “Análisis de las posibilidades técnicas de la autosuficiencia sostenible de maíz en México”, en Terra, vol. 14, núm. 4, pp. 445-468.
, R. Camas Gómez, A. López Luna, M. Cantú Almaguer, J. Ramírez Silva, J. Medina Méndezy A. Palafox Caballero. 2004. “Producción de maíz bajo riego en el Sur-Sureste de México:II. Desempeño financiero y primera aproximación tecnológica”, en Agric. Tec. Mex., vol. 30, núm. 2, pp. 205-221.
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como citar este artículo
Turrent Fernández, Antonio. (2009). El potencial productivo del maíz. Ciencias 92, octubre-marzo, 126-129. [En línea]
     
 
     

 

       
 
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Hacer milpa

Armando Bartra

   
   
     
                     
                     
 
Más que hombre de maíz, los mesoamericanos somos gente
de milpa. Es la nuestra una cul­tura ancestral cimentada en la domesticación de diversas plan­tas como maíz, frijol, chile, tomatillo y calabaza que se siem­bran entreveradas en par­celas con cercos de magueyes o nopales, donde a veces tam­bién crecen ciruelos, guayabos o capulines silvestres y donde se recogen quelites. Milpas que junto con las huertas de hor­talizas y de frutales, con los animales de traspatio y con la caza la pesca y la re­co­lec­ción, sustentan la buena vi­da campesina. En rigor los me­soa­me­ricanos no sembramos maíz, hacemos milpa, con toda la di­versidad entrelazada que es­to conlleva. Y la milpa —sus dones, sudores y saberes— es el origen de nuestra polícroma cultura. No solo la rural, también la urbana; que los pueblos son lo que siembran y co­se­chan, pero también lo que co­men y lo que beben, lo que can­tan y lo que bailan, lo que lamentan y lo que celebran.

Pero no hay milpa sin cui­tlacoches y en la última dé­ca­da el sustento histórico de nues­tra identidad está en entredicho. Asia es impensable sin arroz y Europa inconcebible sin trigo, como Mesoamérica lo es sin maíz, pero aquí ya tenemos que importarlo.

Con una producción anual promedio de 20 millones de to­neladas, México todavía es autosuficiente en maíz blanco. Aunque, visto más de cerca, es­to no es tan buena noticia, pues las cosechas que han cre­cido son los cultivos del nor­oeste, sobre todo de Sinaloa; siembras de riego, intensivas en agroquímicos y de altos rendimientos, que además acaparan los subsidios; en cam­bio la producción maicera en tie­rras de temporal y con me­no­res rendimientos no ha de­ja­do de disminuir. Así, el maíz devino en agronegocio empresarial mientras que la milpa cam­pesina se estancaba y retro­ce­día. Además de que la autosuficiencia es sólo en maíz blanco, en cambio traemos de Estados Unidos en promedio 7 millones de toneladas anuales del amarillo, que es para uso industrial o forrajero. Pero cuando hay escasez y precios altos en el mercado mundial, el maíz blanco se exporta con subsidio, se da al ganado en sustitución del amarillo y se ocul­ta con fines especulativos. De modo que siendo autosuficientes y aun exceden­tarios en el grano para consumo humano, para completar lo que se ocupa en las tortillas de­bemos comprar en el ex­tran­jero un maíz caro, amarillo y en parte transgénico.
 
Si queremos comer, los me­xicanos necesitamos im­por­tar más de 100 mil millones de pesos anuales en alimentos, entre ellos 25% del maíz que aquí se consume. ¿Cómo llegamos a esto? ¿Por qué, si antes nos dábamos abasto so­bradamente, caímos en la dependencia? La respuesta es sencilla pero alarmante: porque desde los ochentas del pasado siglo el gobierno renunció voluntariamente a la soberanía alimentaria en nombre de las “ventajas comparativas”; un pa­radigma según el cual es me­jor exportar mexicanos e im­portar comida que apoyar a los campesinos para que cul­tiven aquí nuestros alimentos. El resultado ha sido dependen­cia alimentaria y migración; es decir hambre y éxodo.

Racismo alimentario

El maíz es identidad porque es sustento de los pobres, alimen­to básico de la mayoría del pue­blo mexicano. En El nuevo cocinero mexicano, libro de recetas publicado en 1831, se define al maíz como “Planta (…) indígena del suelo Americano (…) que se ha cultivado con sumo provecho de la gen­te pobre, que en su fruto ha encontrado un alimento sano, sabroso al paladar y barato”. Sin embargo, después de la apo­logía se afirma, también, que “este ramo de industria se ha descuidado enteramente con notable perjuicio de los pobres, que tendrían pan a me­nos precio, por ser siempre más barato el maíz que el trigo”. Por su parte, unos años antes, el científico y viajero Ale­jandro Humboldt escribía, refiriéndose a México: “El maíz debe considerarse como el alimento principal del pueblo, como lo es también de la mayor parte de los animales domésticos (…) El año en que falta la cosecha de maíz, es de hambre y miseria”.

¿Por qué, entonces, si fue y es tan importante, el maicero ha sido un ramo enteramente descuidado, como ya en 1831 reconocían los autores de El nue­vo cocinero mexicano? Las razones son muchas, pero una de ellas —y no poco relevante— es que el maíz es el ali­mento de las mayorías, de los pobres, de los herederos de las culturas mesoamericanas originarias. El maíz preparado en sus formas tradiciona­les es lo que comen los indios, lo que comen los campesinos, lo que come la chusma, el peladaje. Y los criollos y sus herederos, que desprecian a la indiada, desprecian también el grano que la alimenta. Entonces, el maíz ha sido relegado por consideraciones racistas.

El desprecio racial a los pue­blos originarios ha sido una constante de la derecha mexicana, tanto la criolla como des­pués la afrancesada y hoy la agringada. Desprecio que se complementa con la subesti­ma­ción de las lenguas, culturas y alimentos vernáculos. Pero además de discriminatoria, la derecha es socialmente insen­sible y le tiene sin cuidado el hambre del pueblo —salvo cuan­do éste se alborota— de modo que ni por razones culturales ni por razones sociales le preocupa mayormente la falta de maíz.
Un inmejorable ejemplo del racismo alimentario de la dere­cha lo encontramos en Francisco Bulnes. Hostil a Benito Juárez, favorable a Porfirio Díaz y enemigo de la revolución de 1910, Bulnes renegaba también de quienes defendían los derechos indios, con argumen­tos idénticos a los de derechis­tas de hoy, como Enrique Krau­ze. “Los yaqui eran bárbaros y pretendían ser nación, como un francés de la nación francesa —escribía nuestro ultramontano en la inmediata posrevolución. En México 35% de la población es de indios aborígenes (…) y según la doc­trina de los defensores de los yaqui, los mestizos, criollos y extranjeros propietarios (…) deben restituir a los aborígenes todo lo que los españoles les quitaron (…) El zapatismo ha sido una consecuencia lógica del yaquismo (…) Ningún mexicano debió haber acep­ta­do la existencia de una nación yaqui o de cualquier otra clase dentro de la nación mexicana”.
 
Pues bien, este antiindianista radical era consecuente y sostenía también la superioridad racial de los blancos ­comedores de trigo sobre los prietos comedores de maíz y los amarillos comedores de arroz, razas de segunda cuya proverbial barbarie y molicie justificaba cualquier exceso dicciplinario en que tuviera que incurrir el hombre blanco.

Más sofisticado y reciente que el de Bulnes, es el racismo embozado que alega la ausen­cia en el maíz de dos amino­ácidos esenciales para la alimen­tación: lisina y triptofano, como presunta explicación científica de la incapacidad de los mexicanos para acceder a los niveles de bienestar y cultura de las naciones desarrolladas. ¿Cómo va a prosperar —sostienen— un pueblo que se alimenta de un grano propio para animales? Aparte de la obviedad de que ningún pue­blo se sustenta sólo en un cereal, pues todos son nutricionalmente limitados, y de que la cultura del maíz se apoya tam­bién en el frijol, el chile y otros alimentos, el argumento seudocientífico es una muestra más de racismo alimentario.

El desprecio racial al maíz y a los mexicanos de a pie se expresa muy claramente en los períodos de crisis agrícola, cuando caen las cosechas del cereal. En estas coyunturas es habitual que se enfrenten dos posiciones: la de quienes reivindican la importancia de recuperar la producción maicera campesina, por razones econó­micas pero también de justicia social y de preservación de la cultura, y la de quienes reducen la cuestión a un asunto de mercado, por lo que apuestan a la importación y en todo caso a la producción intensiva y em­presarial del grano. Las reacciones frente al estancamiento de la producción maicera du­ran­te los años setentas del siglo pasado —crisis que rompió una larga historia de autosuficiencia y tuvo que compen­sar­se con importaciones crecientes con las que se satisfacía la cuarta parte del consumo to­tal— ejemplifica esta con­fron­tación, en términos que se han mantenido básicamente iguales durante los últimos treinta años.

Defensa de la diversidad

La reivindicación de la milpa —la defensa de la producción campesina de maíz, frijol y otros alimentos básicos— es una lucha contra el hambre y el éxo­do, un combate por la sobe­ranía alimentaria y por la soberanía laboral. Pero es tam­bién una batalla, aun más profunda y decisiva, por preservar la pluralidad cultural y la diversidad biológica, de las que ­depende no sólo el futuro del país sino también el futuro de la humanidad.

Pese al implacable emparejamiento tecnológico y cultu­ral del último medio siglo, el ma­pa de los maíces mexicanos es aún la cartografía de los pue­blos originarios. Nuestra di­versidad maicera es raíz y sus­tento de nuestra diversidad ét­nica. Pero el maíz está amenazado, no sólo por la insuficiencia de la producción y el acoso de las importaciones, sino también por la tendencia a transformar un cultivo campesino de milpa en una siembra intensiva empresarial.
 
El mundo campesino no fue avasallado por la implacable extensión del comercio, que transformó en mercancías una parte creciente de sus insumos y de sus productos; tampoco fue derrotado por el latifundio expropiador de las mejores tie­rras, ni por la competencia des­leal del empresario agrícola, ni por la rapiña del usurero, ni por la inequidad del coyote, ni por la torpeza del burócrata. La debacle profunda del mundo campesino empezó con la insidiosa inducción de una tecnología que carcome el núcleo duro de su racio­nalidad al sustituir la laboriosa conservación de la fertilidad natural por el empleo de máquinas e insumos de síntesis química; recursos que terminan por hacer de la tierra un simple sustrato estéril dependien­te de los fertilizantes sintéticos y por mudar el equilibrio biológico basado en la diversidad en un frágil monocultivo cuyas plagas sólo los más feroces pesticidas pueden abatir.

Hoy, el campesino está pre­so en las asimetrías del mer­ca­do, pero también y sobre to­do en la perversidad de un mo­de­lo tecnológico que lo obliga a emplear dosis crecientes de abonos químicos que proporcionan una apariencia de fertilidad pero agotan los suelos; que le exige el uso de herbicidas y “selladores” —propia­men­te llamados “mata todo”— que destruyen las diversas formas de vida; y por la aplicación de agresivos pesticidas que enve­nenan los suelos y las aguas enfermando al agricultor y a los consumidores. Una milpa don­de se aplica Gramaxone es una milpa en la que no puede haber matas de frijol y de cala­baza; es una milpa a suelo ­raso, sin biodiversidad y propen­sa a las plagas; es una milpa crecientemente contaminada por pesticidas y cada vez más dependiente del fertilizante químico, y es, por último, un cul­tivo cada día más caro cuya cosecha ya no paga el cos­to de los insumos.
 
El paradigma campesino de producción, que había resis­tido con prestancia desarrollos agronómicos en última instancia basados en el manejo tradi­cional del agricultor, es herido de muerte hace medio siglo por una “Revolución verde” cu­yas fuentes son la mecánica y la química. Y recibirá la puntilla si no detenemos a tiempo la ame­naza de los transgénicos; una tecnología que como los híbridos de la revolución ver­de, for­talece la dependencia respecto de las trasnacionales que la producen, pero que, a di­fe­ren­­cia de los primeros, ame­naza la diversidad biológica en el corazón, en el pro­pio germoplasma.

Éste es el tamaño del reto. Salvar al país es salvar al maíz. Pero salvar al maíz es restaurar la milpa como paradigma de agricultura sustentable ba­sa­da en la diversidad productiva y sustento de la pluralidad cultural. Y para eso el campo mexicano necesita una cirugía mayor; una rectificación pro­fun­da que es impensable sin un cam­bio de rumbo general, un viraje histórico en el modelo civilizatorio.
 
  articulos  
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como citar este artículo
Bartra, Armando. (2009). Hacer milpa. Ciencias 92, octubre-marzo, 42-45. [En línea]
     
 
     

 

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La boda del maíz y la fragilidad de la alianza
 
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Johannes Neurath
   
               
               
En Mesoamérica el maíz no es un simple ali­men­to. Hay una
relación especial de los seres hu­manos con este grano. Como dice Bonfil Bata­lla, “maíz, sociedad, cultura e historia son insepa­rables; nuestro pasado y presente tienen su fundamento en el maíz; nuestra vida esta basada en el maíz […] somos gente de maíz”. ¿Pero qué significa, en la concepción indígena, que los hombres están hechos de maíz? Creo que es evidente que no se trata de una simple metá­fora. Por otra parte, parece relevante señalar que, en la on­to­lo­gía indígena, la relación con el maíz y la iden­ti­fi­ca­ción de los seres humanos con este grano es un asunto que no pertenece al ámbito de la naturaleza. Tampoco im­plica un discurso identitario. Más bien, podemos decir que la iden­tificación mesoamericana con el maíz revela una for­ma amerindia de relacionarse con el otro.
 
El Popol Vuh (un texto de la época colonial temprana) se burla de los hombres de barro que no servían debido a su inmovilidad e incapacidad de hablar, y narra la historia del origen de los hombres de maíz. Pero, como señala Bro­therston, hay dos versiones sobre el inicio de la agricul­tura. Según la primer versión, el maíz es producto de la in­te­rac­ción entre los hombres y los dioses del inframundo. Como narra la gran epopeya maya, los héroes cultura­les luchan y, finalmente, vencen a sus enemigos de Xibal­ba pero, al mismo tiempo, establecen una relación. El na­cimiento de la segunda generación de gemelos héroes es el resultado se un affair entre el héroe Uno Caza­dor y una diosa del inframundo de nombre Mu­jer Sangre. Al morir Uno Cazador, Mujer Sangre aban­dona a Xibalba y va a vivir en la casa de su sue­gra Xmucame en la tierra —llevando consigo el cultivo de maíz. La implicación es que el maíz viene de los enemi­gos. Lo más propio —podríamos decir lo esencial de la ci­vilización mesoamericana— viene de los otros. Estamos frente a un paradigma que no enfatiza la uni­cidad (particularidad, autonomía) de los humanos, sino se­ñala la necesidad de establecer relaciones y alianzas, in­cluso con los seres de Xibalba. Entre los huicholes en­con­tramos una situación similar. Según la mitología wi­xa­rika, el origen del maíz es un pacto matrimonial entre Watakame el ancestro de los huicholes, y una diosa algo omi­nosa, madre de cinco hijas, que habita en un pequeño rancho ubicado en algún lugar de las profundidades de la barranca. Versión del mito del origen del maíz y la publicó con el título La boda del maíz: Hubo una hambruna tremenda. Los seres humanos no tenían qué comer. Watakame, que vi­vía con su anciana madre, exclamó: —¡Tengo hambre! —dijo el hombre—, voy a preguntarle a la gente. En su ca­mino Watakame se topa con la “gente-hormiga” que iba trans­por­tan­do maíz. —¿Dónde lo compraron [el maíz]? —pre­guntó. —Allá hay maíz, vamos hacia allá a com­prarlo. Watakame se fue con ellos. —Aquí vamos a pasar la noche— dijeron. Todos se fueron a dormir. Cuando Watakame despertó ya no había nadie, pero sus cabellos habían de­sa­parecido. Se había quedado calvo. Las hormigas arrie­ras le habían robado el cabello. Entonces se dio cuenta de que estas arrieras no compraban el maíz, sino que se lo ro­baban. —¿Qué hago? Tengo hambre. —Se sentó en la cres­ta de una sierra y, desde ahí, vio cómo se acercaba una paloma [kukurú, güilota] que traía masa de maíz en el pico. La paloma es la madre del maíz. —¿Puedo visitarte en tu casa?—le dijó. Pronto llegó al rancho de la paloma y pre­gun­tó: —¿Aquí venden maíz? —Bueno— dijo la dueña del rancho que era una viejita—. Bueno, si quieres te doy una muchacha. Ella abrió la puerta y exclamó: —Ven maíz ama­rillo; maíz rojo, ven; maíz negro, ven; maíz pinto, ven; maíz blanco, ven; ven, flor de calabaza; ven, amaranto rojo. Maíz amarillo, tú te vas a ir con él. —No. —Maíz rojo, te vas. —No. —Maíz negro, te vas. —No. No voy. —Maíz pin­to, te vas. —No voy. Mañana o pasado mañana me va a regañar. Ca­mino muy despacito. —Flor de calabaza, te vas. —No, me cortará con un cuchillo. —Amaranto rojo, te vas. —No, me ti­rará. —Construye cinco trojes y un adoratorio bonito. Durante cinco días coloca flores rojas de cempasúchil en el sur, flores amarillas de cempasúchil en el Norte, betónicas en el Oriente, tempranillas en el Poniente, y en el centro vas a colocar flores de corpus. Durante cinco días enciende una vela. No vayas a regañar a las muchachas. Ponlas en el adoratorio. Y nunca dejes de barrerlo. Watakame se fue a su casa e hizo como le dijeron.
 
A los cinco días llegó la muchacha del maíz, fue entonces cuan­do él vio que sus trojes estaban llenas de maíz y comió. Pero este idilio no duró mucho. La madre de Watakame no pudo aceptar que las cinco Niwetsika fueran tratadas como princesas y no le ayudaran con las tareas de la casa. Entonces la madre de Watakame regaño a su nuera: —¡Prepara [la comida]. Eres una mujer y no un hombre como para que te sirvan la comida! —dijo ella. La muchacha maíz se puso a moler en el metate. Un chorro de san­gre salió de sus manos. Llorando molió el maíz. Se quemó las manos. Al final desapareció. Ya no hubo maíz en el rancho. —¿Qué voy a comer?— exclamó la viejita y le dijo a su hijo: —Las Niwetsika se fueron a su casa. ¡Tráemelas otra vez! Watakame regresó al rancho de la madre del maíz y dijo: —Perdí a las Niwetsika ¿vinieron aquí? —Te dije que no las regañaras. Ya no te la voy a dar. Aquí vino. Aquí está. Sus manos quedaron totalmente quemadas. Vete tú sólo. No sabes comer. Se fue. Llegando a su choza regañó a su mamá: —La regañaste. Por eso se fue, y nosotros nos vamos a morir de hambre. Mitos similares existen en otras partes de Mesoamérica e, incluso, en el Suroeste de los Estados Unidos. En otras versiones huicholes de este mito, el hombre y su madre sobreviven la hambruna y se convierten en los antepasados de los seres humanos, pero esto sólo después de arduas negociaciones con la madre de las muchachas. Watakame le llevó a su suegra muchos obsequios: carne de venado, ta­males. También elaboró para ella velas, jícaras y flechas, es decir las ofrendas que actualmente se preparan en oca­sión de las fiestas. Así es como se celebró la primera fiesta de la siembra, Namawita Neixa. —Ahora el maíz ya no crece por sí mismo sino que requiere mucho trabajo físico y ritual. Los decendientes del matrimonio entre Watakame y las Niwetsikas son los huicholes. La relación entre el hombre cultivador y las plantas de maíz equivale a un matrimonio, pero ésta es una relación frágil que implica establecer una alianza con los dioses del mundo de abajo. De esta manera, el cultivo implica invo­lu­crarse con un ámbito del cosmos que, a menudo, se aso­cia con el mundo mestizo. Los ancestros de los huicholes se describen como cazadores y seres solares de “arriba” —los mestizos se consideran más antiguos, pues sus ante­pa­sados vivían “abajo”, en la planicie costera de Nayarit y, por ex­ten­sión, en el inframundo (el país de los muertos que se ubica también al fondo de las barrancas). En esta ló­gica es significativo que la madre de las muchachas maíz se iden­ti­fi­que con una diosa de los mestizos, la virgen de Gua­da­lu­pe (Tanana), misma que, entre los huicholes, a me­nudo se representa con una cabeza de calavera.
 
Alteridad constituyente
 
La relación con los otros que se describe en el Popol Vuh y entre los huicholes, aparentemente, no es una concepción tan excepcional. También en la Amazonia se han do­cu­men­ta­do casos donde las culturas indígenas no se fundamen­tan en un discurso de identidad sino en una alianza con los ene­migos. Una “alteridad constituyente” también se ha plan­tea­do para el caso del carnaval otomí de la Huasteca. Galinier describe que los otomíes se disfrazan de hacendados, charros, doctores, ingenieros, políticos, mujeres blan­cas se­­ductoras y personajes de las películas de Holly­wood. Muchos de estos “diablos” del inframundo se consideran ancestros de los otomíes. De manera similar, Pitarch anali­za cómo, entre los tzeltales de Cancuc, las “almas” y los “se­res sobrenaturales” se caracterizan por ser todo menos in­dígenas: animales, fenómenos atmosféricos, sacerdotes católicos, maestros, rancheros.Como vimos entre los huicholes y en el Popol Vuh, in­cluso el maíz es resultado de la relación de alianza con los otros. Asimismo, afirmamos que la identificación meso­ame­ricana de los seres humanos con el maíz no debe en­ten­der­se como un discurso sobre la naturaleza físico-bioló­gi­ca, sino sobre relaciones culturales. A la inversa del sentido común occidental, aquí lo innato (la naturaleza) se considera lo variable, la convención (la cultura) como lo invaria­ble. De esta manera, al participar en las campañas contra el uso de semillas genéticamente manipuladas, los hui­cho­les no defienden la causa de la protección de la naturaleza, sino una civilización. La amenaza del maíz Frankenstein no pone en duda el código genético compartido de las es­pecies maíz u Homo sapiens, sino los fundamentos ontoló­gicos de la existencia humana en relación con los ancestros y dioses del inframundo.
 
La familia poligínica
 
Cultivar y alimentarse de las cinco variantes de maíz tra­di­cional es el paradigma social huichol. Esto implica también que el consumo de otros granos (como trigo) es conside­ra­do aberrante. Para los comuneros es una obligación sem­brar maíz tradicional. Gente que vive fuera de las comu­ni­dades encarga su maíz con familiares y envía dinero para cubrir los gastos de las ceremonias. Esto es muy impor­tan­te, pues quien deja de sembrar el maíz sagrado pierde sus de­re­chos comunales. En los terrenos comunales no se per­mite la siembra de otras va­riedades que no sean las tradicionales y en numerosas comunidades, aunque no en to­das, el uso de fertilizantes y plaguicidas ha sido prohibido por las asam­bleas y las autoridades tradicionales. El concepto huichol de la persona está sobredetermi­nado por la relación entre el cultivador y la planta. Muchos nom­bres personales, tanto de hombres como de mujeres, se refieren a algún aspecto del cultivo de la milpa. Los ni­ños reciben nombres como Xitakame, “joven ji­lote” o Xi­ka­tame, “joven de las cinco primeras hojas de la plan­ta de maíz”, la niñas llevan nombres como Niwetsika, que es el nombre de la diosa del maíz, Utsiama, “semilla guar­da­da [el la troje]”, o Keiwima, “guía de frijol”. Por otra parte, la identificación con el maíz vale espe­cial­mente para las mujeres. Las cinco variantes de maíz son concebidas como hermanas y se asocian a los cinco rum­bos del cosmos: Yuawime, el maíz azul oscuro del sur, Tuxame, el maíz blanco del norte, Tailawime, el maíz mo­rado del poniente, Taxawime, el maíz amarillo del oriente y Tsayule, el maíz “pinto” del centro, deben sembrarse jun­tas en el coamil (waxa, milpa), aunque nunca revueltas. De esta manera, el cultivo de maíz es el modelo para la familia poligínica huichola. La poliginia no necesariamente es so­roral, como lo plantea el mito de Watakame, pero real­men­te es un aspecto fundamental de la sociedad huichola. Este hecho queda aún más claro si tomamos en cuenta que los misioneros (católicos y recientemente también los pro­tes­tantes) llevan ya varios siglos esforzándose inútilmente por acabar con esta práctica. Mantener varias esposas significa más trabajo para el hom­bre, que es el principal responsable de los trabajos del coamil y, por eso, sólo unos cuantos varones llegan a rea­lizar el ideal de tener cinco mujeres. Muchos hombres no se casan con una segunda o tercera esposa antes de que sus hijos mayores hayan alcanzado una edad en la que ya puedan trabajar como adultos. Un hombre pobre generalmente no tiene más que una o dos mujeres. Sin embargo, con­tar con varias esposas también representa una ventaja que se puede traducir en una mejor posición económica, ya que las mujeres son las principales productoras de ar­te­sa­nías para vender. A una mujer huichola, por cierto, no le conviene ser la única esposa, ya que los trabajos do­més­ticos suelen repartirse entre las diferentes mujeres de un rancho. Hay que mencionar que la regla de la endogamia étni­ca, es decir, la prohibición de casarse con mestizos o miem­bros de otras etnias, no es tan estricta como la de sembrar un maíz que provenga de fuera.
 
El fracaso en la cacería y la fiesta de la siembra
 
Watakame, el esposo de las cinco Niwetsika y primer culti­vador de maíz, frecuentemente se describe como un joven cazador perdido: errante, solitario y hambriento, sin casa y sin parientes, engañado por las hormigas. Sólo a través de su matrimonio con una o varias mujeres del inframundo se convierte en “gente” (tewi) y adquiere un modo de vida sedentario y en familia. En el inicio del mito, el héroe cultural se describe como un cazador fracasado y, por ende, desprestigiado. Como no puede cazar, padece hambre y va en busca de un lugar don­de le vendan comida. Llegando a un rancho ubicado en el fondo de una barranca, conoce el alimento maravilloso que son las tortillas de maíz, pero la dueña del rancho se niega a venderlas. Más bien, ofrece a sus hijas como esposas. Sin embargo, pronto surge un conflicto entre parientes afinales: la madre del cultivador no respeta a sus nueras, las re­gaña y las obliga a trabajar, rompiendo así el trato que se ha­bía establecido con la madre de las muchachas maíz. La relación entre las familias de arriba y abajo es con­­flic­tiva y puede llevar al desastre. Como ya vimos, las nue­ras regañadas se mueren desangradas al ser obligadas a mo­ler maíz, que son ellas mismas. Para recuperar el alimen­to se establece toda una serie de trabajos rituales para recon­ciliar a las familias antagónicas de arriba y de abajo, concre­tamente la fiesta Namawita Neixa, que es el único día del año en que se respeta plenamente al acuerdo con la madre del maíz. Este día, el maíz y las mujeres no trabajan. Única­mente se consume alimento preparado a base de maíz no-nixtamalizado, las mujeres descansan y los hombres son los que tienen que barrer y preparar el alimento.
 
La fiesta de los primeros frutos y el fantasma del canibalismo
 
Como producto de un “matrimonio” entre hombres huma­nos y mujeres-plantas, los niños recién nacidos se identifi­can con el maíz. Para poder vivir, deben perder algo de esta identificación y someterse a un rito de iniciación que lo se­para de los elotes y demás primeros frutos. El rito en cues­tión, Tatei Neixa (la “danza de Nuestra Madre”) es, en pri­mer lugar, un rito iniciático y mortuorio para el elote y, en segundo lugar, un rito de paso para los niños. En la primera fase del ritual los niños, los elotes y las ca­labazas tiernas se tratan igual y se conciben como lo mis­mo. Elotes, calabazas y bebés son los productos del ma­trimonio agricultor-plantas de maíz. Hasta en la segunda fase se establece una separación. Los niños no aguantan y se quedan dormidos, los elotes y calabazas continúan en la fiesta. Según los cantos chamánicos, el elote se autosacrifi­ca para que la gente y, en particular los niños, puedan cele­brar una comida de los primeros frutos. Debido a su sa­cri­ficio, el elote se convierte en una deidad astral, es de­cir, un ancestro deificado. El niño no se autosacrifica, ya que aún no logra la iniciación chamánica, únicamente adquie­re un estatus quo que le permite alimentarse de maíz; es de­cir, se convierte en una persona, tewi. Pero no es que el niño deje de ser maíz, más bien los elotes dejan de ser “gen­te” y, como consecuencia de su autosacrificio, se con­vierten en ancestros. Como ancestro, el maíz se equipara con las presas de ca­cería, en particular, con los venados, y no sorprende así que, en algunos ritos de los primeros frutos, los cazadores hui­choles se dirigen a la milpa y cazan un elote con arco y flecha. Alimentarse de maíz ya no es un acto de “comer gen­te”, sino reproduce la relación sacrificial de los hui­­cho­­les con los ancestros deificados. El hecho de que el maíz se deje comer implica que es un an­ces­tro que se sa­­cri­fica en be­ne­ficio de sus descen­dientes. Pero el maíz no solamente es ancestro. Como plan­ta de maíz es esposa del agricultor y, en forma de elote, es su hijo. Comer maíz, por ende, siem­pre man­tiene una cier­ta connotación de canibalismo. Los amazonistas describen que la relación entre hom­bres y animales de cacería se complica porque se les atribu­ye humanidad a estos animales. Según Viveiros de Cas­tro, el fantasma del canibalismo es el equivalente amerindio del solipsismo occidental. “Si éste deriva de la inseguridad de que la semejanza entre los cuerpos garantiza la comunidad real de los espíritus, aquél sospecha que la se­mejanza de los espíritus pueda prevalecer sobre la dife­ren­cia real de los cuer­pos, y que todo animal que se come siga siendo, pese a los esfuerzos cha­má­nicos para la des-subjetivización, hu­ma­no”. Entre los huicholes y, posible­men­te, otros grupos me­soamericanos agri­cul­to­res, esta re­lación ambivalente invo­lucra, so­bre todo, el maíz. Al comer maíz nunca se sabe con certeza si uno no está comiendo gente.
 
  articulos  
Referencias bibliográficas

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como citar este artículo
Neurath, Johannes. (2009). La boda del maíz y la fragilidad de la alianza. Ciencias 92, octubre-marzo, 34-40. [En línea]
 
     

 

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La nixtamalización y el valor nutritivo
del maíz
 
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O. Paredes, F. Guevara y L. A. Bello
   
               
               
El papel central que el maíz ha desempeñado en la historia de
Mesoamérica es indiscutible, sin embargo poco se ha­bla del proceso de nixtamalización que le confiere un alto va­lor nutritivo y cambios funcionales extraordinarios, y que es clave en la elaboración de la tortilla, el prin­ci­pal ali­men­to en la dieta del pueblo mexicano y base de su su­per­vi­ven­cia desde hace más de 3 500 años. ¿Qué procesos quí­mi­cos tienen lugar durante este proceso? Veamos.
 
La composición química del grano de maíz, y por ende su valor nutritivo, dependen del genotipo de la variedad, el ambiente y las condiciones de siembra. En promedio, el contenido de proteína del maíz es de 10% y una buena par­te se encuentra en el germen del grano. No obstante, tanto el endospermo como el pedicelo (figura 1) llegan a tener has­ta 9% de proteínas —clasificadas en cuatro tipos de acuer­do con su solubilidad: albúminas (solubles en agua), glo­bulinas (solubles en soluciones de sales), prolaminas (so­lubles en soluciones alcohólicas) y glutelinas (solubles en soluciones alcalinas o ácidas diluidas). En el maíz, las pro­laminas se encuentran principalmente en el endospermo y han recibido el nombre de zeínas, mientras que las glute­linas se encuentran en la matriz proteínica de esta misma estructura; ambas proteínas constituyen cerca de 90% de las proteínas del grano completo. Por el contrario, las del ger­men son casi en su totalidad albúminas y globulinas.
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fig1

     

La calidad nutritiva del maíz está definida en buena me­dida por la calidad de sus proteínas y ésta, a su vez, la es­tablece el contenido de los llamados aminoácidos esen­ciales. Es importante indicar que estos aminoácidos no pue­den ser sintetizados por el ser humano, por lo que de­ben estar presentes en su dieta en cantidades recomenda­das por organismos de salud tales como la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimenta­ción (fao) y por la Organización Mundial de la Salud (oms). Con el fin de conocer la calidad de las proteínas del maíz se ha determinado el patrón de aminoácidos esenciales; como resultado, se ha encontrado que tanto la zeína como la glu­telina son deficientes en lisina y triptófano. De hecho, la zeína no contiene este último aminoácido. Otro aspecto so­bresaliente de la calidad de la proteína del maíz es su alto contenido de leucina pero su bajo contenido en isoleucina. Este desbalance provoca que el valor biológico de la pro­teí­na dis­minuya. Es pertinente aclarar que el valor biológico de una proteína se determina midiendo el nitrógeno absor­bido, que es el ingerido menos el excretado en heces, di­­vidido entre el nitrógeno retenido —el ingerido menos el excretado en heces y orina.

En cuanto al contenido de lípidos, el grano de maíz con­tiene alrededor de 5%, principalmente en el germen. Se ha encontrado que el aceite de maíz, como la mayoría de los aceites de origen vegetal, contiene bajos niveles de grasas saturadas, las cuales se han relacionado desde un pun­to de vista epidemiológico con problemas cardiovascu­lares. El contenido de los ácidos grasos saturados, como el palmítico y el esteárico, es relativamente bajo en compara­ción con los ácidos grasos no saturados, como el oleico y li­noleico, los cuales representan la mayoría del total de los lípidos contenidos en el grano de maíz. Cabe mencionar que el ácido linoleico es uno de los ácidos grasos esen­ciales en la nutrición humana, y forma parte de un grupo de compuestos bioactivos asociados a los lípidos, todos ellos relacionados con nutrición y salud, y varios de los cuales se encuentran en niveles variables en el maíz.

En cuanto a vitaminas, se sabe que el maíz amarillo con­tiene principalmente dos vitaminas solubles en grasa, β-ca­roteno o provitamina A y α-tocoferol o vitamina E, y la ma­yoría de las vitaminas solubles en agua. El maíz ama­­ri­llo es una fuente razonablemente buena de provitamina A; sin embargo, ésta se pierde paulatinamente con el almace­namiento prolongado. Por otro lado, el contenido de nia­ci­na en el grano de maíz es muy alto en comparación con los requerimientos mínimos, pero no está presente en for­ma disponible para ser asimilado por el cuerpo humano.
 
El germen del grano contiene 78% de los minerales, pro­bablemente porque son esenciales durante el creci­mien­to del embrión, de los cuales el componente inorgáni­co más abundante es el fósforo, principalmente en las ­sales de potasio y magnesio del ácido fítico. Este compuesto, que llega a representar hasta 1% de la masa del grano, in­ter­fiere en la absorción intestinal de muchos minerales esen­ciales. El azufre, que es el cuarto elemento más abun­dante en el grano, está contenido en forma orgánica como parte de los aminoácidos metionina y cisteína. El contenido de algunos minerales es muy variable dependiendo de los tipos de maíz, por ejemplo, existen materiales de maíz que contienen únicamente 0.1 miligramos/100 gramos de hie­rro mientras que otros llegan a tener hasta 10 miligramos/ 100 gramos. Consumir 250 gramos de un maíz que conten­ga altos contenidos de hierro, a pesar de las po­sibles pérdi­das que se presentan durante la nixtamalización y de los efec­tos inhibitorios del ácido fítico sobre su biodisponibili­dad, podría cubrir 50% de los requerimientos mínimos dia­rios de este mineral. Otro micronutri­mento de mucho interés para la salud humana es el zinc, el cual está pre­sen­te en niveles bajos en el grano en comparación con los requerimientos mínimos diarios.
 
En relación con el almidón, el grano maduro del maíz presenta en promedio 72%, y prácticamente todo está pre­sente en las células del endospermo. En un maíz normal, el gránulo de almidón contiene aproximadamente 27% de amilosa —una molécula esencialmente lineal formada apro­ximadamente por 1 000 unidades de glucosa— y 73% de amilopectina —una molécula ramificada que posee apro­ximadamente 40 000 o más unidades de glucosa.
 
El proceso de la nixtamalización

Del náhuatl nixtli, cenizas, y tamalli, masa, el proceso de la nixtamalización se ha transmitido de generación en ge­ne­ración en Mesoamérica, y todavía se utiliza como en tiem­pos prehispánicos. Se inicia con la adición de dos partes de una solución de cal aproximadamente al 1% a una por­ción de maíz. Esta preparación se cuece de 50 a 90 minutos, y se deja remojando en el agua de cocción de 14 a 18 ho­ras. Posterior al remojo, el agua de cocción, conocida como nejayote, se retira y el maíz se lava dos o tres veces con agua, sin retirar el pericarpio ni el germen del maíz. Se ob­tiene así el llamado maíz nixtamalizado o nixtamal, que lle­ga a tener hasta 45% de humedad.
 
El maíz nixtamalizado es molido en un metate para pro­ducir la masa que se utiliza para formar a mano discos que luego son cocidos en un comal de barro. Es importante in­dicar que el proceso de molienda requiere la adición de agua y que la masa llega a tener de 48 a 55% de humedad. Finalmente el disco de masa, de aproximadamente 20 cen­tímetros de diámetro, se cuece permitiendo que un lado de la tortilla esté en contacto con el calor de 30 a 45 segundos, se voltea para cocer el otro lado durante un minuto y otra vez el lado inicial por otros 30 segundos para completar la cocción. El producto resultante era llamado en nahuatl tlax­calli y fue nombrado tortilla por los españoles.

La masa es también la materia básica para la preparación de totopos de maíz o fritos, tostadas o totopos de torti­lla. Los totopos de maíz se obtienen friendo la masa directa­mente, mientras que los de tortilla se obtienen precisamente cuando la tortilla cortada se somete al proceso de freído. Los totopos de tortilla absorben mucho más aceite (36%) que los totopos de maíz (24%) y por consiguiente aportan mayor cantidad de calorías.

Las propiedades sensoriales y funcionales de todos los productos derivados de la masa son de suma importancia. Por ejemplo, uno de los aspectos de mayor relevancia en re­lación con las características de estos productos, es el tipo de grano. En general, la tortilla preparada a partir de maíz blanco tiene mayor aceptación. Los totopos y tostadas pue­den prepararse utilizando maíz amarillo o blanco. Otros fac­tores que afectan negativamente la calidad del producto final son los agentes que deterioran al maíz, como roedores, daño microbiano o el tiempo de almacén.

El endospermo es una estructura que está muy rela­cio­nada con la calidad de la tortilla. Por ejemplo, variedades con endospermo vítreo o no harinoso requieren tiem­pos de cocción mayores que los maíces con endospermo tipo harinoso. El contenido de humedad de la masa tam­bién es un factor importante, el óptimo para producir tortillas de alta calidad y buena vida de anaquel, que varía se­gún la línea de maíz; aparentemente los mejores resultados en este sentido se obtienen cuando la masa tiene de 50 a 55% de humedad. Una característica importante en la cali­dad de ciertos productos derivados del maíz es que el peri­carpio sea fácilmente removible.

La nixtamalización no sólo ha servido para producir tor­tillas. La masa, el maíz nixtamalizado y las tortillas, ob­via­mente, se han usado también para preparar un gran nú­mero de platillos. Cada región prepara algunos de éstos con un condimento especial, muchos son consumidos lo­cal­men­te, como es el caso del joroch (esferas de masa coci­das), los panuchos y el pozol (esferas de masa envueltas en hojas de plátano) que forman parte de la cultura culi­na­ria del sur de México y Centroamérica. Los tamales se pre­pa­ran con maíz nixtamalizado y se conocen al menos 20 tipos diferentes que son elaborados en diversas formas de­pen­diendo de la región. Los productos elaborados a base de maíz se han vuelto muy populares en otros países de América y Europa. Las dos botanas nixtamalizadas por ex­celencia, los totopos y las tostadas, están colocadas en el se­gun­do lugar en ventas en el mundo después de las papas fritas, y representan un gran ingreso económico en los Es­ta­dos Unidos.

En el caso del estado de Guerrero, México, una tradición de todos los jueves es consumir pozole. Existen re­por­tes que señalan que la cuna de este platillo a base de maíz nixtamalizado es la ciudad de Chilapa, en la región de la Mon­­ta­ña. El pozole guerrerense, ya sea blanco o verde —pre­pa­ra­do con una pasta a base de semilla de calabaza—, de puerco o pollo, se degusta con chicharrón, aguacate, que­so fresco, chile, cebolla y orégano que, dicen los oriundos de estos lugares, ayuda a la buena digestión de este platillo.

Cómo aumenta el valor nutritivo

La cocción alcalina y el remojo provocan la disolución y el hinchamiento de las capas del pericarpio, esto hace que las paredes celulares y los componentes de la fibra dietaria de esta parte del grano se vuelvan frágiles, facilitando su re­mo­ción, lo cual obviamente disminuye el contenido de fi­bra dietaria insoluble. Sin embargo, y por fortuna, en este proceso la fibra dietaria soluble pasa de 0.9% en el maíz a 1.3% en la masa, y a 1.7% en la tortilla. La fibra dietaria en general ha sido reconocida como un componente impor­tan­te y altamente deseable en los alimentos, ya que ejerce di­versas funciones fisiológicas asociadas a la salud.

La nixtamalización también provoca que la estructura que une las células del endospermo, llamada lámina media, y las paredes celulares se degraden y solubilicen par­cial­men­te. La mayoría del germen permanece en el grano durante la nixtamalización, lo que permite que la calidad de la proteína de los productos de la masa no se vea afec­tada. Otro aspecto sobresaliente es que la membrana semi­per­mea­ble que está alrededor del grano, denominada aleu­ro­na, permanece sobre el mismo durante este tratamiento, lo que minimiza la pérdida de nutrimentos hacia el neja­yo­te por el fenómeno llamado lixiviación.

Cuando el maíz nixtamalizado se muele pierde su es­truc­tura debido a que los componentes del grano fueron acon­di­cionados por la cocción y el remojo. La masa resul­tante de la molienda consiste en fragmentos de germen, residuos del pericarpio y endospermo unidos por el almidón parcialmente gelatinizado, y por las proteínas y los lípidos emulsificados.
 
Desde mediados del siglo XX se ha llevado a cabo una se­rie de trabajos para entender el efecto que el proceso de la cocción alcalina tiene sobre la calidad nutritiva del maíz. Por ejemplo, la cocción alcalina altera la estructura y la so­lu­bi­li­dad de las proteínas del maíz, la nixtamalización y la cocción de la tortilla reducen la solubilidad de las albúminas y de las globulinas, y lo mismo ocurre con la solu­bili­dad de las prolaminas; asimismo, se observa la aparición de glutelinas de alto peso molecular. Estos cambios se de­ben al enlazamiento de proteínas y a la ruptura de su es­truc­tu­ra, que es estabilizada por diversas fuerzas de atracción.
 
El contenido de proteína no se ve afectado sensible­men­te después que el maíz ha sido nixtamalizado y se pro­duce la tortilla. Las diferencias en el contenido de proteína en los reportes existentes se debe a que hay diferencias en el contenido de proteína entre diferentes materiales de maíz. La digestibilidad de la proteína disminuye ligera­men­te tanto en el nixtamal como en la tortilla, lo cual está re­lacionado con el tiempo de cocción y la concentración de cal, ya que la cocción altera las prolaminas provocando que sean menos susceptibles a la digestión.
El contenido de lisina y triptófano no se ve muy afec­ta­do después de que el maíz ha sido sometido tanto a la nix­ta­ma­li­za­ción como a la producción de tortilla, aunque sí se presentan ligeras pérdidas. Los aminoácidos liberados pueden producir un compuesto llamado lisinoalanina, que no es biodisponible, y además pueden reaccionar con azú­ca­res reductores formando compuestos de color oscuro.

El maíz es deficiente en lisina y triptófano, y obvia­men­te el nixtamal y la tortilla también lo son. Sin embargo, la nixtamalización incrementa la disponibilidad de la mayoría de los aminoácidos esenciales: es una de las prin­cipales contribuciones a la nutrición humana. En general, se ha observado que uno de los indicadores importantes del valor nutritivo de una pro­teí­na, la relación de eficiencia proteíni­ca, se incrementa por el proceso de nixtamalización; es una de las bondades de consumir tortilla, en lugar de maíz sin nixtamalizar.
 
Es pertinente aclarar que la re­­lación de eficiencia proteínica mi­de la relación que existe entre la ga­­nancia en peso con respecto a la can­tidad de proteína consumida. De esta forma, una proteína pre­sen­tará mejor eficiencia proteínica cuan­do el organismo en cuestión ga­ne más peso con menor cantidad de proteína ingerida. Así, el valor bio­ló­gico de la proteína se incrementa sen­siblemente como re­sultado de la nixtamalización y la producción de la tortilla, mientras que la utilización neta de la proteína puede disminuir ligeramente. Pero el valor bio­lógico de una pro­teína se mide por la cantidad de nitrógeno que es asimi­lado por el cuerpo humano, mientras que la utilización neta de la proteína se calcula con base en la digestibilidad y el valor biológico de la proteína. En resumen, la nixta­ma­lización mejora considerablemente en forma global el aporte nutritivo de las proteínas del gra­no de maíz.

En cuanto a los cambios que el almidón sufre durante la nixtamalización, ésta retarda la gelatinización del mismo debido a la aparente interacción del calcio con el almidón, especialmente con la amilosa. El almidón de maíz alcanza un bajo grado de gelatinización por efecto de la nixtamalización, lo que contrasta con la creencia anterior de que el almidón de maíz se gelatinizaba completamente por efecto de la cocción alcalina que se lleva a cabo en di­cho proceso. Posterior al cocimiento, el almidón se retro­gra­da, es decir, se recristaliza o reasocia para formar nue­vas estructuras, durante el tiempo que el grano per­­ma­nece en remojo. El proceso de la molienda libera al almidón del endospermo y reduce aún más su cristalinidad, y la coc­ción de la masa para producir la tortilla la reduce nuevamente, y en forma drástica. Durante el enfriamiento de estos productos, el almidón se reasocia formando también complejos amilosa-lípidos.
Por otro lado, un nixtamal sobrecocido absorbe más agua debido a un mayor grado de gelatinización; una vez que este tipo de nixtamal es transformado en masa, ésta ad­quiere propiedades de pegajosidad y adhesividad que son indeseables en la producción de tortilla. Este tipo de tortillas generalmente pierden flexibilidad o textura más rápidamente debido al fenómeno de retrogradación del almidón.
 
El proceso de retrogradación del almidón ha llamado la atención en los últimos años. Hoy día se sabe que, desde un punto de vista nutrimental, la fracción del almidón re­trogradado no es digerida en el intestino delgado de los se­res humanos. Este almidón, llamado almidón resistente, pasa al tracto intestinal inferior y llega al colon. En forma similar a la fibra soluble, el almidón resistente es fermentado por la microflora del colon, con lo cual se producen áci­dos grasos de cadena corta como el ácido propiónico, el acético y el butírico.

La fermentación de este almidón produce cantidades ma­yores de ácido butírico en comparación con la produ­ci­da por la fibra soluble. Este ácido sirve como la principal fuen­te de energía de los colonocitos —las células del colon—, por lo que el almidón resistente es considerado de gran importancia para mantener el colon en estado sa­lu­dable, ya que por este mecanismo, tanto el almidón como la fibra soluble ayudan a prevenir el cáncer de colon.

En la actualidad, los consumidores de tortilla tienen generalmente la cos­tum­bre de almacenar las tortillas bajo condiciones de refrigeración y las so­me­ten a un ciclo de calentamiento y enfriamiento hasta que el producto se agota. Esta práctica pudiera favorecer la formación de almidón resistente, aparte del que se produce durante el proceso de la nixtamalización, lo que aumenta el beneficio que tiene la tortilla para la salud.
 
Los lípidos del grano de maíz disminuyen en forma im­portante, hasta 3.4% en tortilla de maíz amarillo y 2.5% en la de maíz blanco. Estas pérdidas no se han explicado to­talmente, sin embargo, pueden deberse a la pérdida del pericarpio, del pedicelo o probablemente a la del germen, que puede ser par­cial o total, en donde se localiza la ma­yo­ría de los lípidos del grano.
Por otro lado, las pérdidas que la cocción alcalina y la pro­ducción de la tortilla provocan en las vitaminas son va­riables. Se sabe que cuando el maíz amarillo se somete a la nixtamalización pierde de 15 a 28% de su contenido de caroteno. La tiamina (vitamina B1), que en promedio está presente en el maíz en 0.7 miligramos por 100 gramos de materia seca, se reduce hasta en 60%, mientras que la ri­bo­flavina (vitamina B2) y la niacina (vitamina B3) se pier­den hasta en 70 y 40% respectivamente.

Cabe mencionar que la niacina presente en el grano de maíz no se halla disponible, pero el proceso de cocción provoca que esta vitamina sea liberada como ácido nico­tí­ni­co —un componente de la niacina— para su aprovecha­miento. Al respecto se ha indicado que la cocción alcalina destruye el efecto pelagró­ge­no —causante de la en­fer­medad llamada pelagra— que tienen las dietas ricas en maíz crudo o tostado. Apa­rentemente esta enfer­medad se debe al desbalance de los aminoácidos esenciales del maíz, en particular su bajo nivel de triptófano, lo que incrementa los requerimientos de niacina por parte del organismo. La cocción del maíz en agua tiene el mismo efecto; es decir, incrementa la disponibilidad de nia­ci­na. Se ha reportado que los productos del maíz nixtama­li­zado proporcionan entre 39 y 56% de niacina, de 32 a 62% de tiamina y 19 a 36% de riboflavina del mínimo reque­ri­do diariamente por el ser humano.

En relación con el calcio, se ha observado que el con­te­nido de este elemento en la masa se ve afectado por la can­tidad de cal añadida, las temperaturas de cocción, el tiem­po de remojo y el nivel de cal eliminado durante el la­vado del grano cocido. Por otro lado, si el maíz se remoja antes de la cocción, el contenido de calcio aumenta en el grano nixtamalizado, que generalmente puede contener alrededor de 30 veces el nivel original de calcio del grano crudo. Es interesante hacer notar que el calcio de la tor­tilla es altamente biodisponible, ya que cuando se alimen­tan ratas con tortilla absorben y retienen más calcio que aquellas que se alimentan con granos crudos de maíz. Las ratas presentan huesos más grandes y resistentes a frac­tu­ras, lo que confirma la absorción y retención de este im­­por­tan­te elemento. Por otro lado, tomando en consideración el consumo diario de productos nixtamalizados, el calcio de las tortillas provee más de la mitad del ingerido per ca­pita en México. La nixtamalización indudablemente reduce los problemas asociados a la deficiencia de este elemento.
 
Otro aspecto importante desde el punto de vista nutri­men­tal que se relaciona con el calcio y el fósforo, es que la relación entre estos elementos, que en el maíz es de 1 a 20, llega a ser de 1 a 1 en la tortilla. Debe tenerse presente que el fósforo del maíz está presente principalmente en el áci­do fítico, compuesto químico que interfiere fuertemente en la absorción de varios elementos, incluido el calcio, y cuyo contenido disminuye de 1% en el grano de maíz a 0.4% en la tortilla. Finalmente, se ha calculado que la tor­ti­­lla puede proporcionar de 32 a 62% de los requerimientos mínimos de hierro. En conclusión, el aporte nutrimental que el maíz suministra a la dieta humana es mucho más importante que el que da el maíz sin nixtamalizar.

Maíz de alta calidad proteínica


Como ya se mencionó, una de las principales deficiencias nu­tri­mentales del maíz es su bajo contenido en lisina y trip­tófano, lo cual ha despertado el interés por encontrar alternativas para mejorar su calidad proteínica. Así, en los años sesentas se encontró una mutación espontánea en el cromosoma 7 del maíz, denominada opaco-2, que duplica el contenido de lisina y triptófano. El maíz normal contiene en promedio 1.6 gramos de lisina y 0.5 gramos de triptófano por 100 gramos de proteína, mientras el denominado maíz opaco-2 posee hasta 2.5 veces el nivel original de lisina y el doble del de triptófano.
 
Por su alto contenido proteínico se pensó que este maíz podría sembrarse extensivamente, pero su endospermo es blando, lo cual lo hace mucho más susceptible a las plagas de almacén y al daño mecánico, y su rendimiento es mucho menor que el del maíz normal, además de que el grano requiere largos periodos de tiempo para secar.

Con el fin de contrarrestar estas características inde­sea­bles, durante diez años de esfuerzos el Centro Interna­cio­nal de Mejoramiento del Maíz y el Trigo, cimmyt, situa­do en México, realizó una serie de trabajos con tecnología genética tradicional que dieron como resultado la generación de un maíz de alta calidad proteínica, el maíz qpm, por sus siglas en inglés. Los granos de este nuevo tipo de maíz presentan contenidos similares de lisina y triptófano al del opaco-2 pero no las características indeseables de su endospermo. El programa de maíz qpm en Sudáfrica fue el primero en liberar híbridos comerciales y hoy existen numerosas variedades e híbridos de color blanco y amarillo diseminados por todo el mundo —en Sudáfrica, Ghana, China y Brasil se siembra comercialmente este tipo de maíces. Es interesante notar que se ha encontrado que la relación de eficiencia proteínica del maíz qpm es del orden de 1.9 cuando el de la tortilla llega a ser de 2.1, lo cual indica que la calidad de su proteína para la nutrición de los niños es equivalente a 84% de la proteína de la leche. Asimismo, para la nutrición del humano adulto el valor biológico del maíz qpm es del 80%, mientras que la cantidad de maíz requerido diariamente para equilibrio de nitrógeno es de 230 gramos, valores que son cualitativa­mente superiores a los correspondientes al maíz normal de 40 a 57% y 547 gramos, respectivamente.

Se han llevado a cabo estudios para evaluar el compor­tamiento del maíz qpm en relación con la producción de tortilla y otros productos relacionados, y se ha encontrado que, además del alto contenido de lisina y triptófano en com­paración con el maíz normal, las tortillas y totopos pre­sentan más del doble del contenido normal de proteínas tipo albúminas y globulinas. Cuando se ali­men­tan ra­tas con estos productos, la ganancia en peso es del doble en comparación con las ratas alimentadas con productos de maíz normal.

Existe un acuerdo de cooperación entre el Instituto Na­cional de Investigaciones Forestales, Agrícolas y Pe­cua­rias de México (inifap) y el cimmyt que tiene como objeti­vo producir híbridos qpm de este grano básico. Se espera que este avance revolucione el sistema productivo y mejore los aspectos nutricionales, sobre todo de los producto­res de maíz para autoconsumo y sus familias. Este acuerdo señala que el inifap es responsable de desarrollar los materiales genéticos a través de los procesos tradicionales para incrementar semilla.
 
En la actualidad en México ya se produce semilla re­gis­trada de maíz qpm, 26 híbridos y variedades diferentes su­­fi­ciente para sembrar más de 80 000 hectáreas en áreas tropi­cales y subtropicales. Se tiene proyectado que en los pró­ximos años en la mitad de las cerca de ocho millones de hectáreas que se siembran con maíz se podrían utilizar las variedades disponibles de maíz qpm.

Consideraciones finales

Los beneficios físicos, nutrimentales y sensoriales que se derivan de la nixtamalización son suficientes para sugerir que éstas fueron las razones para su implementación y uso. No sabemos cómo lo explicaban ni cómo llegaron a ello, pero las antiguas civilizaciones mesoamericanas fue­ron capaces de observar los efectos adversos si el maíz no se sometía al proceso de la cocción alcalina antes de producir tortillas y otros productos derivados de este cereal. Así, estas grandes culturas que todavía nos continúan im­pre­sionando generaron uno más de los alimentos mágicos que formaban parte de su dieta.
 
Por otro lado, se sabe que el consumo de harina de tri­­go refinada está ampliamente extendido en los países desarrollados. Este hábito de consumo tiende a establecerse en aquellos países en vías de desarrollo conforme la urba­ni­zación y el ingreso aumentan. Sin embargo, existen varias ventajas que favorecen al maíz nixtamalizado por so­­bre la harina de trigo. Así, se ha visto que la calidad de la proteína de mezclas de harina de maíz y de trigo dismi­­nu­ye conforme la proporción de esta última aumenta, mientras otros estudios han demostrado que las tortillas presentan una proteína cuya calidad es mejor que la del pan blanco.

A pesar de la belleza de las transformaciones que ocurren durante la nixtamalización, está claro que se requiere complementar los productos alimenticios de esta tecnolo­gía con otros como frijol, frutas y verduras, todos ellos par­te de la dieta tradicional mexicana. Sin embargo, en nues­tro país, los grupos sociales con bajos ingresos están dejando de consumir tortilla por una idea equivocada de lo que es el estatus social, y lo mismo ocurre en aquellas de altos in­­gre­sos, lo que constituye un problema serio. Deberían en­ten­der que, en comparación con productos de harinas de tri­go refinadas como el pan blanco, el consumo de tor­tilla incrementa el de fibra y otros importantes nutrimentos. El renunciar a este alimento, sea por ignorancia o por otros factores, lleva a la pérdida de los enormes beneficios nutracéuticos —esto es, nutrimentales y medicinales— que conlleva su consumo.
     
Referencias bibliográficas

Bello-Pérez, L. A., Solorza-Feria y O. Paredes-López. 2002. “Tortillas bajas en calorías: ¿una alternativa nutri­cional?”, en Memoria de Investigación 2002, ceprobi-ipn, pp. 147-152.
Bressani, R. 1990. “Chemistry, technology and nu­tri­tive value of maize tortillas”, en Food Reviews In­ter­na­tio­nal, vol. 6, núm. 2, pp. 225-264.
Guzmán-Maldonado, S. H. y O. Paredes-López. 1999. “Biotechnology for the improvement of nutritional qual­ity of food crop plants”, en Molecular Biotechnology for food Plant Food Production, O. Paredes-López (coord.). crc Press, Boca Raton, Pp. 553-620.
Paredes-López, O., y M. E. Saharópulos-Paredes. 1983. “Maize — A review of tortilla production tech­nol­ogy”, en Bakers Digest, núm. 13, pp 16-25.
Rascón-Cruz, Q., Y. Bohorova, J. Osuna-Castro y O. Paredes-López. 2004. “Accumulation, assembly and digestibility of amarantin expressed in transgenic tropi­cal maize”, en Theoretical and Applied genetics, vol. 108, núm. 2, pp. 335-342.
Serna-Saldívar, S. O., M. H. Gómez y L. W. Rooney. 1990. “Technology, chemistry and nutritional value of alkaline-cooked corn products”, en Advances in Ce­real Science and Technology, Y. Pomeranz (coord.), vol. x, aacc, pp. 243-307.
 
 
     
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como citar este artículo
Paredes López, Octavio y Guevara Lara Fidel, Bello Pérez Luis Arturo. (2009). La nixtamalización y el valor nutritivo del maíz. Ciencias 92, octubre-marzo, 60-70. [En línea]
     

 

 
La persistencia de la memoria  
 
del manga
Carlos Aguilar Gutiérrez y Aline Maya Paredes
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como citar este artículo

Aguilar Gutiérrez, Carlos y Maya Paredes, Aline Aurora. (2009). Maíz Transgénico. La persistencia de la memoria. Ciencias 92, octubre-marzo, 158-159. [En línea]

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Las bondades de la milpa
 
Marco Buenrostro
   
   
     
                     
                     
 
Por su nombre en náhuatl (mi­lli, cultivo y pan, locativo) la
mil­pa es el lugar de cultivo; como el maíz es su eje, por extensión se llama milpa a un campo sem­brado con maíz, al que acompañan muy diversas plan­tas, unas sembradas y otras in­ducidas. Se imita así la di­ver­sidad que encontramos en la naturaleza. Ésta es una dife­ren­cia cualitativa entre mo­no­cul­ti­vo y policultivo, práctica agrícola que desde mi punto de vista constituye un mo­men­to cumbre de la humanidad. Al difundirse el cultivo del maíz en­tre las altas culturas que po­blaron estas tierras, se generaron diferentes tipos de milpa acordes con los más variados ecosistemas, cada uno con ca­racterísticas propias, pues el conjunto de plantas se adap­ta a las condiciones culturales y del medio donde se cultiva.

En ese espacio se obtienen hierbas comestibles como los quelites y condi­men­tos como el chile o el epa­zo­te. Ade­más se recolectan hongos e insectos y pueden cazarse ar­madillos y tuzas entre otros ani­males. Hay investigadores que documentan hasta se­sen­ta diferentes insumos útiles en las milpas. La mayor parte se uti­li­zan en la cocina, aunque tam­bién hay plantas medicina­les; otras sirven como rastrojo, algunas como abono; las hay que son de ornato y varias más son ma­teria prima para elaborar artesanías.

Los campesinos conocen a detalle las épocas o estadios en los que cada planta rinde un producto; también identi­fi­can el tiempo en que se pueden recolectar quelites y otros vegetales. Desde su inicio la mil­pa generó la necesidad de contar con utensilios y tecnología para su cultivo; las coas, los uictlis, los pizcadores, cestas y ayates fueron gene­ra­dos progresivamente para facilitar la producción; re­gio­nal­mente los utensilios son de formas y ma­te­ria­les diferentes.

Esta concepción del mundo y la naturaleza, con­dujo a nues­tros antepasados a considerar como recursos lo que en otras culturas son plagas. En la milpa se localizan al­gu­nas de estas especies; bas­te mencionar a los chapulines, al gusano elotero y al cuitlaco­che, que en México se apro­ve­chan en la cocina.

Aprovechamiento integral


Otro concepto que generaron nuestros antepasados es el apro­ve­chamiento integral del maíz, de la calabaza y del frijol, entre otras plantas; se apro­ve­cha la gran mayoría de sus par­tes. Así, de la calabaza nos comemos sus brotes tiernos y sus guías, las flores masculinas se cortan para pre­parar de­li­cio­sos platillos, las calabacitas tier­nas se apro­vechan en variadas formas, las calabazas maduras también forman parte de diversos platillos, y las pe­pitas se reservan para dis­po­ner de ellas en la elaboración de deli­cados guisos. El aprovechamiento no destructivo de partes de las plantas es uno de los muchos saberes de los campesinos milperos.

Muchas de las plantas que se cultivan en la milpa tie­nen re­­la­ciones sinérgicas; así por ejem­plo el frijol genera en su raíz nitrógeno que el maíz extrae del suelo y éste a su vez proporciona soporte al frijol en­redador; las grandes hojas de la calabaza impiden que otras yerbas no útiles prosperen y dan sombra al suelo limi­tando la evaporación.

La milpa, como espacio, pro­porciona insumos para la co­cina, prácticamente desde que se limpia el terreno para el cultivo, durante el tiempo que dura su cultivo y aún después de la cosecha. Las es­tra­tegias para la siembra de dife­rentes plantas están relacionadas con las necesidades del campesino y su familia para cada ciclo agrícola; al seleccionar diferen­tes conjuntos de plantas, el cam­pesino milpero también rota sus cultivos.


La milpa vs el monocultivo
 
En un balance real de producción de beneficios de la milpa en su conjunto, los rendimientos son muy superiores a los que se obtienen sólo contabili­zando el maíz al final de la co­secha. La milpa se cultiva con estrategias diferentes a la pro­ducción de ex­ce­den­tes para el mercado; con la milpa los cam­pesinos privilegian pro­cu­rar satisfac­to­res para el bie­nes­tar. Los pequeños agri­cul­to­res milperos inician im­por­tantes cadenas económicas, y generan su pro­pio empleo en lugar de ser ma­no de obra barata en las gran­des explotaciones. Por ello, un pre­cio justo para los productos del campo limitaría la migración.
 
Tradicionalmente en la mil­pa se privilegió un tipo de cul­tivo que hoy llamaríamos orgá­nico, pues el rastrojo se usa como abono natural y algunas plantas como el cempasúchil se utiliza para el control de pla­gas. En épocas más re­cien­tes, sobre todo a partir de la lla­ma­da revolución verde, la publicidad y los ingenieros y técnicos especialistas en agro­nomía se inclinaron por los fer­tilizan­tes químicos.

Un monocultivo, por razón ló­gica, tiende a agotar los nu­trimentos del suelo, y aunque es claro que los monoculti­vado­res han generado tec­no­lo­gías como la rotación de cultivos y el uso de fer­ti­li­zan­tes, está demostrado que los monocultivos son más pro­pensos a las plagas. Asimismo, para aumentar los rendimientos eco­nómicos, los téc­nicos han den­sificado las pobla­cio­nes en los monocultivos, aumen­tando el uso de agro­quí­micos y la ex­tracción de nu­trimentos del sue­lo, lo que re­dun­da en su deterioro. En los terrenos de riego, esta den­­­si­ficación requiere mayor con­sumo de agua y por tan­to mayor cantidad de agua en­tra en contacto con los agro­­quí­micos que la ­conta­minan.

La destrucción y agota­mien­to de los suelos, la ­acu­mu­lación de diferentes quí­mi­cos en los comestibles, la conta­mi­nación del agua que es patrimonio de toda la hu­ma­nidad, la destrucción de bosques y sel­vas por la gana­de­ría y la agri­cultura extensiva han sido ocasionados por bus­car como único fin el rendimiento y la con­cen­tra­ción eco­nómica, no el bie­nes­tar de la humanidad.

Los productores de agro­quí­micos, además de tratar de maximizar su ganancia, al idear y vender paquetes tecnológicos en los que se incluyen se­millas, fertilizantes y agroquí­mi­cos reciben la paga al entregar su paquete; el cam­pe­sino ten­drá que utilizar esos productos en determinada etapa del cultivo, financiando así a los vendedores. Por otro lado, una vez pagado el paque­te, el cam­pe­sino afronta los riesgos de no obtener cosecha —sobre to­do los agricultores tempora­leros. De esta manera aumen­ta el riesgo de pérdida, aunque se difunda lo contrario.

Esto sin considerar que ta­les sustancias desgastan los suelos hasta dejarlos casi inservibles, ya que la utilización de agroquímicos —agrotóxicos deberían llamarse— ha conducido a la destrucción del suelo orgánico, pues cambian las condiciones del suelo, haciendo que desapa­rez­can los microorganismos. Es por ello que hay ya numerosas organizaciones y comunidades que están volviendo a los abo­nos orgánicos y el control de plagas a partir de sustancias naturales.

Si como vemos, el siste­ma llamado milpa es más acor­de con la naturaleza y más pro­­duc­tivo, ¿por qué no se pro­mue­ve? Considero que es por­que el campesino que siem­bra su milpa a la manera tra­dicional es en gran medida autosufi­cien­te. Produce la mayor parte de los insumos que requiere para su alimentación y no depende del comercio para adquirir semillas y ferti­lizantes. Eso significa que no propicia la explotación del hom­bre y de la tierra, y por lo tanto no contribuye a concen­trar el dinero. La milpa es un concepto cultu­ral; el monocul­tivo suele tener un enfoque mercantil.
 
  articulos  
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como citar este artículo
Buenrostro, Marco. (2009). Las bondades de la milpa. Ciencias 92, octubre-marzo, 30-32. [En línea]
     
 
 
     

 

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Los maíces transgénicos y sus riesgos
 
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Carlos H. Ávila Bello
   
               
               
El maíz es el primer tótem mesoameri­ca­no,
anterior al águila, al jaguar, a la ser­piente, al
pez. Es, al mismo tiempo, ori­gen y creación del
hombre. Es la hostia con la que comulgamos
los mexicanos en un acto de antropofagia.
¿Qué otros discursos se cifran en torno a esta
semilla, que parece germinar en el latido de
nuestro corazón?
 
 
Andrés Henestrosa
 
La biotecnología comprende procesos técnicos aplicados a fenómenos bioló­gicos para obtener productos útiles al ser humano; estos métodos se basan en el cruzamiento de especies vegeta­les o animales diferentes pero con una relación familiar al menos cercana, por ejemplo maíz con maíz. El descu­brimiento de la infección natural cau­sada por la bacteria Agrobacterium tumefaciens en algunas plantas dio ini­cio a experimentos con los que se lo­gró substituir genes de una planta por los de una bacteria, con lo que se sen­taron las bases de la ingeniería gené­ti­ca (figura 1)
  articulos  
FIG1      
Sin embargo, el uso de se­­millas transgénicas, es decir, aquellas a las que se le han modificado se­cuen­cias específicas de adn y son susti­tui­das por secuencias génicas de otra es­­pecie, ha generado fuertes con­tro­ver­sias relacionadas con la salud hu­ma­na, la diversidad biológica, la cien­cia y la seguridad ali­men­ta­ria. Esta controversia es especial­mente aguda en México en el caso del maíz; se argumenta que tenemos un atraso importante en este ti­po de tecnologías y que el debate se debe más a la ignorancia e intereses par­­ticulares que a razones de fondo, con lo cual los políticos y quienes to­man decisiones pretenden soslayar que el maíz es una planta fundamen­tal en Mé­xico, que se considera de ori­gen di­vino, y como se consume diaria­mente en la alimentación de millones de mexicanos, se ha experimentado con ella durante largo tiempo, por lo que cada parte tiene usos específicos, tanto en aspectos culinarios como ar­tísticos. Se trata de una planta tan im­portante culturalmente, que su ausen­cia sería intolerable para los humanos que dependemos de ella.
 
Es por ello que la siembra de maíces transgénicos constituye un grave riesgo, ya que la contaminación es muy posible de­bido a que el maíz, los teocintles y los maíces transgénicos son plantas de polinización libre, es decir, que su polen puede viajar mu­chos kilómetros por medio del viento o adherido al cuerpo de ani­males o el ser huma­no —ade­más de que todas estas especies poseen el mis­mo número cromo­sómico (n=20). En 2002, Quist y Cha­pela encontraron maí­ces nativos contaminados en Oa­xa­ca, mientras que Jørgensen y sus colaboradores ob­servaron cruzamiento de especies cul­tivadas y silvestres de la colza o vaina para pájaros (Bras­si­ca napus y B. ra­pa), y las últimas desarrollaron resistencia a herbicidas co­mo el Round­up de Monsanto. Por su parte, Robin­son menciona que lo mismo puede su­ceder con plantas en cuyo código gené­tico se ha insertado información de alguna bacteria. Todo esto es preo­­­cupante ya que las 49 o más razas de maíz que existen en México, junto con los teocintles, constituyen una fuen­te de variabilidad genética muy útil en el caso de que los maíces “mejora­dos”, con su alta uniformidad gené­tica, sean susceptibles a diferentes pla­gas o en­fermedades; su pérdida contri­bui­ría por tanto a erosionar la variabilidad ge­nética de los maíces.

La FAO ha documentado la im­por­tancia de la variabilidad genética; en 1970, cuando la roya del maíz provocó que los granjeros de Estados Unidos per­die­ran hasta la mitad de su co­se­cha, la fuente de resis­ten­cia se en­con­tró en un maíz de­sa­rrollado local­­men­te en África. Así su­cedió con la pa­pa en 1840 en Ir­lan­da, donde un hongo, el tizón tardío (Phy­tophtora infestans) atacó durante cinco años este cultivo, debido a lo cual murieron cerca de dos millones de personas y casi el mismo número emi­graron a los Estados Unidos. Fue­ron entonces las es­pe­cies silvestres y sus parientes localizados en Perú la fuen­te de di­versidad genética para en­contrar resistencia a este hongo.
 
Por otro lado, México es el cen­tro de origen del maíz y del teo­cin­tle, y am­bas plantas se pueden en­con­trar a lo largo y ancho del territorio na­cio­nal; son maíces que presentan ex­­ce­len­te adaptación ecológica y los cam­pe­si­nos tienen un profundo co­noci­­mien­to de su manejo como para alcanzar una alta producción y productividad en cada región del país. Es funda­men­tal entonces contar con recursos eco­nómicos suficientes para desarrollar trabajos de investiga­ción arqueológi­ca, botánica, etno­botánica y gené­tica que permitan am­pliar el cono­ci­mien­to relacionado con estas dos plantas, especialmente en el norte del país.

En este sentido, el artículo 8 del ca­pítulo tercero del reglamento de la Ley de Bioseguridad es imposible de cum­plir, pues ¿cómo lograrán la sa­gar­pa y la semarnat prevenir el flujo génico en plantas de polinización libre que se en­cuentran a cielo abierto?

La salud humana

Debido a que los maíces transgénicos están destinados al consumo humano directo son necesarias pruebas de la­boratorio sofisticadas que garanticen su inocuidad. Bourges y Lehrer co­men­tan que en las interacciones de gen a gen la regulación de la expresión de mu­­chos de ellos es poco conocida, por lo que entonces la inserción de nue­vas secuencias de adn en el ge­no­ma del maíz puede alterar la función de los genes, produciendo nuevos me­ta­bolitos o alterando los nive­les de aque­llos que ya existen; algunas de es­tas con­secuencias pueden inferirse, pe­ro otras no. Asimismo, los genes in­serta­dos pueden codificar enzimas que pos­­teriormente se expresen en altos ni­­ve­les de actividad, lo que provocaría la alteración del flujo metabólico y au­­men­to o disminución de metabolitos importantes para el funcionamien­to del organismo; un riesgo es la eli­mi­na­ción de algunos antioxidantes fun­da­men­tales para el funcionamiento humano.
 
En 2005, el criigen cuestionó, des­de el punto de vista estadístico, las prue­bas llevadas a cabo por Monsanto en varios de sus maíces transgénicos, como el mon 810 y el mon 863; en el pri­mer caso se tienen fuertes dudas acer­ca de su inocuidad, ya que al pa­re­cer la secuencia génica que contiene a la bacteria que ataca al gusano co­go­llero (maíz Bt) puede substituir la fun­ción de algunas enzimas llamadas ligasas, particularmente importantes en la síntesis y reparación de muchas mo­léculas del organismo, incluyendo el adn; en el segundo, el departamen­to estadístico de esa misma compañía lle­vó a cabo pruebas que pasan por ­alto mu­chas de las posibles correlaciones e interacciones de secuencias gé­ni­cas con los órganos de ratas de labora­to­rio, en las que sin embargo se pudo com­pro­bar que al menos 33% de las ali­­men­tadas con mon 863 presentaron riñones con menor peso, así como in­­flamación y regeneración anormal de ese mismo órgano.

En este sentido, no se está cum­plien­do una de las normas de la Comi­sión del Codex Alimentarius de la fao, llamada equivalencia substancial, que consiste en establecer si el alimento trans­génico es tan inocuo como su ho­mólogo tradicional, para lo cual se de­ben considerar los siguientes aspectos: a) la identidad, el origen y la composi­ción del alimento; b) los efectos de la elaboración y la cocción; c) el proceso de transformación del adn y productos de la expresión de la proteína del adn introducido; d) los efectos sobre la función o funciones del organismo; e) la posible toxicidad, alergenicidad y efectos secundarios; f) la posible in­ges­tión y consecuencias alimentarias de la introducción del alimento trans­gé­nico.

Para esa organización mundial es de fundamental importancia el análisis de riesgos, el cual consta de tres eta­pas: su evaluación, la gestión de los mis­mos y la comunicación de los ries­gos, esta última en especial no está in­cluida en la Ley de Bioseguridad de Mé­xico.
 
Es muy posible que los maíces y teo­cin­tles mexicanos se contaminen con la presencia de maíces transgéni­cos, incluso a nivel experimental. Las consecuencias ambientales y en la sa­lud humana son impredecibles; esto debe ser especialmente valorado, ya que los sesenta pueblos originarios de México, es decir, más de 10 millones de personas, dependen directamente pa­ra su alimentación de este cultivo, y la gran mayoría de los mexicanos de­pen­demos de su consumo en dife­ren­tes formas —tortillas, elotes, esquites, tamales y toda una serie de productos que derivan de esta planta ancestral.

Dependencia científica y alimentaria

En un país como México, el papel de la ciencia y el avance tecnológico propios siempre han sido soslayados. Parte del problema radica en la visión parcial y fragmentaria de la ciencia, más evi­den­te en las áreas relacionadas con el estudio de los recursos naturales y la agricultura. A lo que se agrega una se­rie de fenómenos como el dominio ac­tual de la biología y genética molecu­la­res y la perversión de los sistemas de evaluación del trabajo científico, que ha­cen que muchos de los dedicados a esta actividad olviden que el todo da ra­zón de ser a las partes, y que una par­te del universo puede afectar, si las perturbaciones persisten, a los de­más componentes —el calentamiento global es uno de los mejores ejemplos actuales.

La ciencia es un componente fun­da­mental para el avance de cualquier país, no puede plantearse el progreso co­mo una meta sin el apoyo decidido del Estado a los diferentes campos de la ciencia. Quintana y Urbano mencio­nan que en México se invirtió en 2007 tan sólo 0.40% del pib en esta actividad, es decir, lo mismo que en 1970, y actualmente se está cerca de 0.39%; ade­más de que de cada 100 mexicanos sólo 0.4% termina un doctorado. Ce­rei­jido sostiene que lo que disparó el avance de Europa y Estados Unidos fue la inversión en ciencia y tecnología, y su aplicación en los diferentes sec­tores de la sociedad.

En la agricultura y el manejo sustentable de los recursos naturales, la ciencia juega un papel primordial, ya que la explicación de los fenómenos se basa en leyes que pueden ser so­me­tidas a comprobación. Se prueban, ade­más, alternativas de manejo y mejoramiento basadas en ex­perimentación y en pro­gra­mas matemáticos que per­miten acercarnos con mayor preci­sión a un entendimiento profundo y exacto de los fenó­me­nos y, por lo tanto, a so­lu­cio­nes más acordes con las condicio­nes de cada región.
 
Del mismo modo, los avances en las ciencias sociales, especialmente en el campo de la vinculación con los campe­sinos y pueblos originarios, nos han permitido una mayor sen­si­bi­li­dad, co­­nocimiento, respeto, y ca­pa­ci­dad de acer­camiento a ellos. Sin em­bar­go, el des­mantelamiento que ha su­frido el país en su apa­ra­to científico, especial­men­te en el área agropecuaria y fores­tal, es impresio­nan­te; baste mencionar que el Insti­tu­to Nacional de Investiga­cio­nes Fo­res­ta­les Agrícolas y Pecuarias (inifap), en cuyo seno deberían encon­trarse los expertos encargados de apli­car los capítulos tercero y cuarto del regla­men­to de la Ley de Bioseguridad, cuenta actualmente con sólo 700 in­vestigadores a nivel nacional para atender las nece­sidades de investigación agrícola, pecuaria y fo­res­tal del país, cuando en 1986 tenía 3 000. Esto ha re­percutido en el abandono de programas de investigación, en la importación de conocimiento y tecnología, con la consecuente dependencia econó­mi­ca, alimentaria, y la pérdida de agro­biodiversidad, obligando a los inves­tigadores a buscar financiamien­to en empresas como Monsanto, Pioneer, DNA Plant Technology, Asgrow Mexicana, Aventis o Syngenta, entre otras.
 
Ningún país puede aspirar a ser in­dependiente y soberano cuando la in­versión en as­pec­tos vitales como la alimentación, la conservación de los recursos naturales y la energía pro­viene de capitales mayoritariamente extranjeros; esto impide la plena rea­li­za­ción de metas relacionadas con sa­lud, educación, empleo, deporte, la con­tem­plación, la ciencia y la gene­ra­ción de tecnología propia. La solución es dar­le un nuevo impulso a la inves­ti­ga­ción agropecuaria y forestal en el país bajo un enfoque filosófico que per­mi­ta valorar el conocimiento cam­pe­sino tradicional e incorporarlo al pro­ceso de investigación y educación en las ins­tituciones de investigación y edu­cación superior del país.

Ética, ciencia, visión del mundo

Uno de los argumentos usados fre­­cuen­temente para la introducción de maíz transgénico es que existe un ­bajo rendimiento en este cultivo, lo que nos deja fuera del mercado glo­bal y oca­siona que los recur­sos fo­restales se sigan deterio­ran­do por la apertura de nue­vas tierras para la agri­cultura; es fun­damental por tan­to aumentar la pro­ductividad para disminuir pobreza y degradación am­biental. Sin embargo, en este ar­gu­men­to se ha olvidado que el problema prin­cipal de la pobre­za y el hambre no es la producción de alimentos, sino la inequidad que exis­te en el mundo y en el país respecto de la distribución y consumo de los recursos.

Los países industrializados cons­ti­tuyen 25% de la población mundial y consumen cerca de 85% de todo lo que se produce en el mundo, es decir, de 10 a 25 veces más que los países en de­sarrollo, lo cual se refleja en la pre­­sión tan fuerte que ejercen sobre los re­cursos naturales, especialmente aque­llos de los países subdesarrollados. Resulta ilustrativo lo que Goetzel menciona sobre el inventario forestal de los Estados Unidos, el cual ha aumen­tado 30% en los últimos años, es decir, que se tienen más bosques; sin em­bar­go, su consumo de productos fo­res­ta­les, sobre todo papel y maderas sua­ves, va a aumentar 40% en los siguientes 50 años, ¿a quién le pasarán la factura ambiental?, a los países sub­desarrollados.
 
En este sentido, de acuerdo con da­tos del Departamento de Agricul­tu­ra de los Estados Unidos, la producción de maíz en ese país no ha aumentado substancialmente con el uso de maíces transgénicos (figura 2).
     
FIG2      
El asunto de los maíces transgé­ni­cos en México obliga a plantear algunas preguntas relacionadas con la ética: ¿es aceptable liberar al am­bien­te organismos cuyo funcionamiento no conocemos cabalmente?, ¿debemos arriesgar la alimentación de la población humana, especialmente la cam­pesina e indígena, que dependen di­rectamente del cultivo de las diferentes razas de maíz mexicanas?, ¿debemos permitir que se imponga la visión del mercado a poblaciones cuyo objetivo inicial es lograr la seguridad alimentaria de la familia y de sus comunidades? ¿Debemos permitir la pérdida de parte de la diversidad biológica que de­ben heredar las generaciones futuras? Y tal vez las más importantes, ¿qué haremos en el futuro cercano?, ¿cómo participaremos para que el rum­bo del país sea diferente?      
Referencias bibliográficas

Bourges, H. y S. Lehrer. 2004. “Assessment of human health effects”, en Maize and biodiversity: the effects of transgenic maize in Mexico. Secretariat of the for Environmental Cooperation of North America. Montreal, Canadá
(http://www.cec.org/files/pdf//Maize-Biodiversity Chapter7_en.pdf).
criigen. 2005. Rapport sur le maïs génétiquement modifié MON 863 de la compagnie monsanto (http://www.criigen.org/index2.php, consultado el 30 de abril de 2008).
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Jørgensen, R. B.; T. Hauser; T. R. Mikkelsen y H. Øs­tergård. 1996. “Transfer of engineered genes from crop to wild plants”, en Trends in plant science, vol. 1, núm. 10, pp. 356-358.
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Quist, D. y H. Chapela. 2001. “Transgenic dna introgressed into traditional maize landraces in Oaxaca, Me­xico”, en Nature, vol. 414, núm. 29, pp. 541-543.
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Skog, K. E. y P. J. Ince. 2000. “Industrial ecology and sustainable forestry”, en Journal of Forestry, vol. 98, num. 10, pp. 20-21.
 
     
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como citar este artículo
Ávila Bello, Carlos H. (2009). Los maíces transgénicos y sus riesgos. Ciencias 92, octubre-marzo, 74-79. [En línea]
     

 

 
 

 

       
 
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Maíz, alimentación y cultura
 
Cristina Barros
   
   
     
                     
                     
Se calcula que en nues­tro territorio hay cerca de veinti­cinco
mil es­pe­cies de plantas, esto es, 9% de las que exis­ten en el planeta. De ellas, por lo me­nos siete mil tienen usos experimentados y defi­ni­dos, muy va­ria­dos; las que es­tán presentes en la ali­men­ta­ción, tienen a su vez, aplica­ciones distintas. Jerzy Rze­dows­ki enumera veinte de ellas: condimentos, ablanda­do­res, ingredientes para preparar bebidas, conservas, ­alimentos deshidratados, dulces, platillos especiales, guar­nición, aderezos y otros. Este investigador, que tanto aportó a la botánica en México, concluye que tal riqueza de plantas y usos no es igualada en nin­gu­na parte del orbe.
 
Es evidente que la ca­paci­dad de observación de nuestros antepasados les permitió aprovechar de la mejor ma­ne­ra las condiciones excep­cio­na­les de este territorio, en don­de se cruzan por distintas razones, dos gran­des áreas biogeográficas que contienen un sinnúmero de ecosistemas en los que la variedad de climas, sue­los y altitudes dan por resultado que seamos el quinto país en biodiversidad y uno de los doce países megadiver­sos del mundo.

México es además, centro de origen y diversidad, en­tre otras plantas, de la cuarteta básica de la milpa: maíz, frijol, calabaza y chile, lo que se evi­­dencia en el gran número de variedades que hay aquí de es­tas plantas.

El desarrollo del conoci­mien­to biológico y agrícola de los antiguos mexicanos fue más amplio aún. Para tener una mayor producción de estas plantas cultivadas, genera­ron sistemas de cultivo y de rie­go de gran eficiencia; re­cor­demos, por ejemplo, la mil­pa, la chinampa, la formación de terrazas sucesivas, en­tre otros. La milpa es, sin duda, una gran aportación al mun­do, como afirma Marco Buenrostro, que al contraponerse a los mo­nocultivos, dadas las con­di­cio­nes actuales de falta de agua, empobrecimiento de los suelos y dependencia de las empresas transnacionales de producción de semillas y de agroquímicos, muestra am­plias ventajas.

El ciclo de la milpa

La milpa es un universo en sí misma. Su forma rectangular replica el plano de la tierra con los cuatro rumbos, uno en ­cada esquina. A partir de que el cam­pesino indígena eli­ge el lugar para sembrar, se con­vier­te en un espacio sa­gra­do. Ahí va a tener lugar un ciclo de ce­lebraciones rituales y de ac­ti­vidades agrícolas y biológicas.

El campesino ha escogido las semillas de la cosecha anterior, muchas veces con la ayu­da de las mujeres más experimentadas de la familia; las han bendecido y están ya listas. En una milpa tradicional, el trabajo de sembrarlas es cui­dadoso; no al voleo, sino ca­si de hoyo en hoyo, de se­mi­lla en semilla. Ver brotar al maíz es siem­pre un motivo de alegría, de esperanza. La dis­tri­bu­ción de los surcos permitirá que el cuidado de las plantas sea, como observa el biólogo Francisco Basurto, casi indi­vidual.

En una milpa convivirán de­cenas de plantas y aun de ani­males. La mayor parte de ellos estarán presentes en la comida cotidiana y entre las plan­tas habrá también medicinales, de ornato y para la elaboración de alguna ar­tesanía.
 
Cuando la planta de maíz ha crecido, se pueden usar las hojas para envolver cierto tipo de tamales y también ­para ­llevar a vender o mantener fres­cos en casa los quesos ran­che­ros; la caña tierna, por su contenido de azúcares, es bue­­na golosina para los niños. Cuan­do alcanza ya su plenitud, lanza su espi­ga; entonces se dice que es­tá güereando la milpa. Con estas espigas, fuen­te de polen para la fecundación del maíz, pueden hacerse atoles y tamales.

Vendrán después los elo­ti­tos muy pequeños, los jilotes; éstos son tan tiernos que pue­den comerse crudos. Los cabellitos del elote se utilizan en la medicina tradicional, al igual que la raíz de la planta. El fruto ya embarnecido es el elote. A fines de septiembre, en muchos lugares del país hay elotes en abundancia; es su tiem­po. En las elotadas de esta época con fami­liares y amigos se comparten ya sea hervidos en agua, asa­dos en el comal o en una parrilla, desgranados y co­ci­na­dos como esquites, que se sazonan con epazote y chile.

Estos granos se usan tam­bién para preparar los chi­le­atoles, tan comunes en Veracruz, Michoacán, Puebla y otros lugares. Hay numerosas va­rian­tes, todas deliciosas y bue­nas para paliar el viento frío que empieza a soplar ya en octubre. Cuando el elote está más sazón, se cortan los granos y se preparan los pasteles de elote y algunos ­atoles.

Los tamales de elote, dulces y salados, son otra delicia de la cocina mexicana. Destacan los llamados tamales colados; para hacerlos se tamiza el elote para quitar los hollejos y dejar la masa tersa. Algu­nas amas de casa michoaca­nas pre­paran así los famosos uche­pos, que pueden acom­pa­ñar­se de salsa de jitomate con rajas, queso y crema. Esta familia de tamales se envuelve, desde luego, con las hojas co­lor verde tierno del elote; le confieren un sabor especial y, además, se marca en la masa el dibujo de su tejido.

En México hasta lo que en otros lugares es plaga se apro­vecha, así ocurre con el gusano elotero y con el afa­ma­do cuitlacoche, uno de los hongos más sabrosos que existen.
 
Antes de llegar al maíz de grano ya seco, hay un estadio que en algunas partes llaman camahua; los granos no están ni secos ni tiernos. Es la hora de preparar una variedad de tlaxcales y un tipo de gorditas que se cuecen en el comal. Aquí la masa es granulosa, de una consistencia especial; estas gorditas pueden ser saladas o dulces. Una técnica de conser­vación antigua y muy presente en Zacatecas, Du­ran­go y Chihuahua, es la de conservar este maíz camagua ­cociéndolo primero para luego orearlo. Meses después, casi siempre en semana santa, éstos que se llaman huachales o chacales se cuecen de nuevo para rehi­dratarlos. Con ellos se hace una especie de pozole blanco o rojo; si es rojo, el chile indicado para darle color es el chile que llaman pasado.
 
Llega el momento de cortar las mazorcas que se han de­jado sazonar en la mata, do­blándolas para que no les entre la lluvia, a veces con todo y hojas y hasta un pedazo de caña; otras sacando sólo la ma­zorca con la ayuda del pizcalón o pizcador. Se van acomodando en costales, en chun­des o en ayates hechos de ixtle, que es la fibra del maguey.

El maíz se guarda en trojes y las mejores mazorcas se cuel­gan encuatadas, esto es, atándolas de dos en dos, muchas veces en el espacio que sirve de cocina para que el hu­mo las preserve de la hume­dad y algunos insectos que quie­ren adelantarse al hombre en eso de comer pinole.

Ni a su muerte deja de ser útil la planta de maíz. Es forraje para los animales y abono pa­ra la siguiente siembra. Con los olotes o centro de la ma­zor­ca se hacen desgranadoras —las oloteras—, tapas de bote­llas o de guajes, pipas, artesa­nías. Y con las hojas, las bellas figuras de totomoxtle, natural o coloreado.


La cocina del maíz

El maíz que se va a consumir en casa se desgrana con­for­me se usa, pero también puede guar­darse ya desgranado. Es el gran tesoro familiar porque será el susten­to durante varios meses. Los granos de maíz pue­den molerse para dar lugar a la harina, pinole en náhuatl. Esta harina se puede mezclar con azúcar, con cacao y aun con canela. El pinole se come solo —si tenemos saliva suficiente—, o se cuece en agua dando por resultado el atole de pinole, que es algo ex­quisito.

Con harina de maíz se ela­bo­ran en el norte los coricos, unas galletitas muy sa­brosas, y con maíz martajado blanco y azul las famosas tos­tadas de los alrededores de To­luca, con que nos deleitan en el zócalo y otros lugares de encuentro, numerosas mar­chantes que los aderezan con salsa, cebollita, cilantro y queso. Nuestros abuelos desarrollaron maíces especialmente aptos para hacer harina.

Pero lo más frecuente es cocer el maíz con cal; este nix­tamal molido se volverá la sagrada masa con la que se luci­rán las cocineras mexicanas de todo el país, preparando las tortillas, pero también especia­lidades regionales: bocoles, gor­ditas, sopes, chalupas, chilapitas o chilapeñas, huaraches, tlacoyos o tlatlaoyos, pa­nu­chos, empanadas, quesadillas, volca­nes, salbutes y así hasta el infinito. Con masa de nixtamal se hacen además innume­rables atoles: el blan­co, el de cáscara de cacao, de guayaba, de ciruela amarilla, de coco, de anís, champurrado —que lleva chocolate y piloncillo—, y muchos más.

La masa de maíz rojo o ne­gro, que se deja agriar durante la noche, da por resultado el xocoatole; se endulza ligeramente y tiene un sabor inigualable. Es un atole cere­mo­nial presente en algunas celebraciones religiosas como la semana santa o en fies­tas patronales dedicadas a santos de lluvia, como San Juan, que se festeja en junio.

La lista es insuperable cuan­do de tamales se trata. En su recetario, la his­toriadora Guadalupe Pérez San Vicente reunió más de 300 tamales dis­tintos y sabemos que hay muchos más. Aquí va­ría la ma­nera de preparar la ma­sa, el tamaño, la forma, los rellenos, las hojas con que se envuelven: maíz o toto­mox­tle, plátano, acelga, papatla, por ejemplo. Los tamales suelen cocerse al vapor, pero tam­bién en horno de bóveda como en el caso del zacahuil huas­teco, o bajo tierra como en el del mucbi pollo de Yucatán.

Toda la gama anterior no es sino producto del mayor re­fi­na­mien­to cultural. Sólo con una gran creatividad y con cul­turas tan diversas se puede lo­grar que un solo grano se mul­tiplique en cientos de preparaciones.


Frijol, chile y calabaza

La riqueza de la milpa empieza con el maíz, pero no acaba ahí. La gran variedad de frijoles ras­treros y de guía, con sus co­lores, sus sabores y tamaños, es otra riqueza para la cocina; lo mismo ocurre con la ca­la­ba­za de la que se usa la flor, la guía, el fruto tierno y maduro, las semillas o pepitas; es esta cualidad indígena que consiste en utilizar integralmente las plantas, otro signo de cultura.

El chile es el más versátil de los condimentos que existe. Una pimienta podrá variar en sus colores y aun en su sabor, pero será sólo pimienta. En el caso de los chiles, varía mucho su sabor, pero además pueden consumirse cocidos, crudos o asados; saben de una manera cuando están frescos y el mis­mo chile es un producto dis­tin­to cuando está seco; es la diferencia que encontramos entre un cuaresmeño y un chi­potle, o entre un chilaca y un pasilla. El chile en manos de las cocineras y cocineros me­xicanos es como al pintor la pa­leta de colores. La presencia del chile como condimento en el mundo es también notable.

Y así podríamos seguir recorriendo el mundo del tomate y el jitomate. Y luego están los quelites: verdolagas, quinto­niles, cenizos, nabo; además de la yuca, el camote, el melón, el xonacate y muchas otras plan­tas, según la región, que cultivadas o inducidas crecen en la milpa y enriquecen la co­mida diaria de todos nosotros y especialmente de la gente del campo. Otras alternativas son los frutales y nopales que pueden servir de límite a los sembradíos.

Los maíces criollos, que son el centro de la milpa, y la tría­da que lo acompaña —chile, frijol y calabaza— no pueden per­der­se. Tampoco el resto de las plantas y animales presentes en las muchas y distintas mil­pas del país. Son una he­ren­cia milenaria y representan una vi­sión del mundo mucho más acor­de con la naturaleza, no de­predadora, rica en posi­bi­li­da­des nutricionales y culinarias.

La irreversibilidad de la con­taminación por transgé­nicos es sin duda una gran ame­naza que pone en riesgo las razas y variedades de maíz que nos dan la riqueza que aquí hemos sintetizado; también la autono­mía de los campesinos que se verían obligados a depender de semillas patentadas, cuando el maíz es un bien colectivo que les ha pertenecido por milenios; ellos lo crearon y lo recrean en cada ciclo agrícola. Es eso lo que de­fendemos cuando decimos que sin maíz no hay país.
 
 
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Nota
Este texto se leyó en el Foro científico-académico “De Quet­zalcóatl a los transgénicos: ciencia y cultura del maíz en México”, que tuvo lugar los días 8 y 9 de octubre de 2008.
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como citar este artículo
Barros, Cristina. (2009). Maíz, alimentación y cultura. Ciencias 92, octubre-marzo, 56-59. [En línea]
     
 
     

 

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Maíz, riqueza de México
 
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Hugo R. Perales R.
   
               
               
Todos convienen en que el maíz fue el más preciado presente del nuevo al viejo mundo. Y por haber pasado de aquí al otro Continente, un don de México.
 
Andrés Henesterosa
 
El maíz es tan cotidiano en México que raramente
consideramos lo ex­tra­ordinario que es esta especie. Es asom­brosa en tantos aspectos que sería un reto encontrar otra planta con tantas bondades. Proviene de una forma sil­ves­tre de la misma especie llamada teo­cintle, con una inflorescencia fe­me­nina y semillas tan distintas a las del maíz que nos es familiar, que aún hoy difícil­mente podríamos imaginar el po­tencial encerrado en su ancestro sil­vestre si no lo conociésemos. Es po­si­ble que ninguna otra especie se adap­te a tantos tipos de ambientes y presente una variación tan grande en cuanto a características de interés hu­mano co­mo el maíz. Ade­más, la cantidad de maneras en que se utiliza el maíz tam­poco tiene rival entre las especies do­mesticadas.
 
En realidad, pocas especies son tan importantes para la humanidad co­mo el maíz. En­tre sus principales ali­men­tos destacan tres es­pe­cies ve­ge­ta­les, maíz, trigo y arroz, las cuales con­tri­bu­yen anual­mente con más de 2 mil millones de to­ne­ladas de pro­duc­ción, una cantidad si­milar a la pro­duc­ción de las siguientes 20 especies alimen­ti­cias más importantes. En los primeros años de este si­glo el maíz ha sido la es­pecie con ma­yor producción en el mun­do y se ha con­vertido en la planta alimenticia más importante, no só­lo de México si­no del planeta. Es­te he­cho no es gra­tui­to y deriva di­rec­ta­men­te del po­ten­cial genético com­­pren­dido en esta especie y de nuestra capacidad de ex­traer este potencial.
 
El maíz es obra humana y como tal su futuro está en nuestras manos. No es común que las plantas generen una liga emocional como lo hace el maíz, y en Mesoamérica este vínculo es intenso.
 
Los cambios que el maíz ha expe­ri­men­tado bajo influencia humana son considerados únicos en el reino ve­ge­tal. Todas las especies domesti­ca­das han cambiado en su constitución ge­né­tica bajo la influencia humana, sin embargo, reconocer el maíz en su an­cestro silvestre no deja de sorprender. El teocintle es una planta muy pa­reci­da al maíz pero con múltiples ra­mificaciones en las axilas de las ho­jas en lugar del tallo único y esbelto del maíz. Sus mazorquitas, por lla­mar­las así, po­co se parecen a la del maíz, más allá de su cubierta. En el teo­cin­tle las mazor­quitas son de unos cinco centímetros de longitud y se componen de semillas con una cu­bierta en­du­recida (sus glumas) ali­nea­das en dos hileras y sin olote, muy dis­tintas a las mazorcas y los granos de maíz que conocemos. ¡Tendríamos que tener mucha hambre para pensar en co­merlas!
 
Actualmente hay consenso en que el maíz proviene del teocintle y se han identificado los genes involu­cra­dos en la ramificación axilar y el grano desnudo. El gen tb-1 (del inglés teo­sin­­te branch 1 o ramificación teo­sin­tle 1) reprime el crecimiento de las ra­mificaciones, y su ausencia las per­­mi­te; y el gen tga1 (teosinte glume ar­chi­tecture 1 o arquitectura gluma teo­­sin­tle 1) redu­ce las glumas y des­nu­da el grano. Fal­tan otros aspectos de los cambios pro­ducidos durante la domes­ticación y seguimos sin tener una idea clara de cuál fue la influencia humana en este proceso. Al mismo tiempo, desde el pun­to de vista científico el in­genio y la destreza de los agricultores meso­ame­ricanos que produjeron la enor­me diversidad del maíz que here­damos son amplia­men­te reconocidos sin reservas.
 
Muchas especies domesticadas de­penden de los humanos para su cul­ti­vo, pero el maíz es probablemente la planta más depen­dien­te que conocemos; unos cuantos años sin nuestra atención y de­saparecería de la faz de la tierra. Las semillas de la mazorca, to­talmente cu­bierta por varias capas de hojas mo­dificadas conocidas co­mo totomox­tle, quedarían capturadas im­pidiendo su ger­minación o el es­table­cimiento ade­­cua­do al germinar amon­tonadas. Ade­­más, las semillas que germinaran seguramente es­ta­rían creciendo fuera de la temporada de lluvias y, por tanto, pro­pensas a mo­rir en la sequía que co­mún­mente le sigue. Si no cosechamos un campo de maíz, sólo algunas de los más de 10 millones de semillas que fueron pro­du­cidas estarían creciendo el año si­guien­te y en menos de unos cinco años se­guramente, no encontraríamos ni una planta de maíz en ese campo.
 
Los maíces que tenemos son producto de un conjunto de factores que han influido en su evolución y con­for­mación. Al dispersarse el maíz por Mé­xi­co, el resto de América y otros con­ti­nentes, las distintas condiciones ambientales en que se sembró y las pre­fe­rencias de distintos grupos humanos causaron modificaciones en su constitución genética. Inicialmente originario de un ambiente semi-cálido y subhúmedo, el maíz fue llevado a nue­vos ambientes en donde se pro­du­jeron adaptaciones a las condiciones particulares. Por ejem­plo, en am­bien­tes templados se generaron maíces que ger­minan a temperaturas bajas, con maduración muy tardía para apro­vechar tantos días de crecimiento como fuese po­si­ble, y con pigmentación morada para protegerlos de la luz ultravioleta, más intensa en regiones de altura. En ambien­tes secos y cálidos fueron maíces con ciclos muy cor­tos pa­ra escapar a las sequías. Los am­­bien­tes húmedos exigieron maíces capaces de tolerar enfermedades propias de los mismos. Las preferencias en dis­tintas culturas también causaron cambios. En Perú el uso como grano entero de­sarrolló maíces con granos muy gran­des y harinosos, además se desarro­lla­ron maíces con intensa co­lo­ración morado-rojizo para chicha —una bebida de maíz que incluye el olote. El uso de maíz para pozole hizo algo similar en México y se prefirió que los granos estallaran como flores al cocerse. En Asia se usó el maíz como verdura y se desarrollaron varieda­des con múlti­ples mazorcas en cada plan­ta, especia­les para consumir como elotitos (con todo y olote). Este ti­po de factores han hecho que el maíz se conforme a los dis­tintos ambientes y a las necesidades e intereses huma­nos. Ninguna otra planta ha presen­ta­do tanta plasticidad como el maíz en este sentido.
 
El consumo de maíz en México es­tá íntimamente ligado a la nixtama­li­za­ción con cal, uno de los grandes des­cubrimientos de los pobladores de México y lamentablemente descuida­do al dispersarse el maíz por el mundo. La nixtamalización no sólo elimina la cubierta del grano haciéndolo menos fibroso y creando una masa más elás­ti­ca, lo que permite la elaboración de tor­tillas, también in­crementa el contenido de calcio en el alimento y la efi­ciencia en la asimilación de proteína, y reduce además las aflotoxinas comu­nes del maíz y libera la niacina (vitami­na B3) presente en el gra­no, evi­tan­do así la pelagra, común cuan­do la die­ta se basa en maíz, como fue el caso en al­gunas regiones de Italia, Es­paña y Por­tugal en los siglos xviii y xix. La nix­tamalización, junto con el uso del fri­jol, permitió que los po­bla­dores me­so­americanos dependieran intensa­men­te del maíz sin problemas nutricionales. El frijol suministra ami­noácidos en los que el maíz es de­fi­ciente y permite una dieta balanceada y saludable al ser consumido con maíz, en particular cuando incluimos calabaza y chile, los otros dos pilares de la alimentación mesoamericana. Sin la nixtamalización y el frijol, la cul­tura del maíz en México hubiese te­ni­do que tomar un rumbo distinto y muy posible­men­te no nos reconoceríamos como pueblo de maíz.
 
Muchos mexicanos y gua­te­mal­tecos nos consideramos “hom­bres y mu­jeres de maíz”. Esto no es sólo una fra­se seductora que proviene de la mi­tología me­so­americana. Al mismo tiem­po que el maíz se hizo más y más dependiente en los humanos, los humanos nos con­ver­ti­mos en más dependientes del maíz. El maíz no fue la primera especie vegetal domestica­da en Mesoamérica, pero hace unos 3 000 años la dependencia mutua lle­gó al gra­do que los olmecas divinizaron el maíz y representaron el univer­so fincado en su poder simbólico. El mode­lo para el ciclo de muerte y re­su­rrección, para la unión del cielo y la tierra y para la fertilidad y la crea­ti­vidad fueron tomados del maíz, y és­te perduró en todas las civilizaciones me­soamericanas. En estas tierras la falta de maíz ha implicado ham­bru­na, mientras que la abundancia de maíz permitió te­ner tiempo libre, es­pecialización del trabajo y desarrollo social. Los espa­ño­les cambiaron los nombres locales de cintli, ixim y otros al nombre taíno de maíz —de los ara­huacos de Las Antillas— y nada cam­bió. La liga emo­cional de los pobladores mesoameri­ca­nos permaneció igual de fuerte y la planta sigue siendo respetada ahora como maíz. Al­gunos han opinado que el maíz ha generado intensidad emocio­nal porque es cultivado casi in­di­vidualmente al sembrarse en ma­tas, a diferencia del trigo y arroz que son atendidos en tablones. No lo sa­be­mos, lo ­cierto es que, en un país como Mé­xi­co, la liga emo­cio­nal se ­pue­de observar en distintas ma­ni­fes­taciones sociales, co­men­zando por su posición central en el altar de muer­tos. No sólo el maíz depen­de de los humanos, los hu­ma­nos de estas tierras dependemos del maíz. Ambos, humanos y maíz, co­evo­lucionamos íntimamente durante los últimos tres o cuatro mil años de tal manera que la historia de los pueblos mesoameri­ca­nos ha es­tado estrechamente ligada a la his­toria del maíz. Aunque con ma­ni­fes­ta­ciones distintas a las de Mesoamé­­rica, actualmente la historia de la hu­ma­ni­dad está también ligada a ella.
 
Su exuberante diversidad
 
Casi todos conocemos diferentes tipos de maíz y posiblemente no hemos con­siderado la importancia y lo que esto sig­nifica. Lo primero que ca­si todos no­tamos es que hay granos blancos y ama­rillos, otros son azules o ro­jos. Pero también podemos en­con­trar granos anaranjados, crema, rosa­dos, ca­fés, mo­rados y casi negros. Ade­más, los hay mo­teados y jaspeados y otros que pa­recen tener un casco. La forma del gra­no puede ser redonda, in­denta­da, pun­tiaguda y algunos has­ta pre­sen­tan una forma encogida que se ve corrugada. Su textura puede ser cristalina, hari­no­sa o cerosa y los hay re­ventadores, que conocemos como pa­lomero, y dulces. Algunos granos son tan chicos que se requieren más de setenta para formar un gramo, cuan­do en otros maíces bastan dos granos para un gramo y medio. Hay gra­nos largos y cortos y otros tan anchos que casi alcanzan dos centímetros.
 
Estas pocas características descri­tas para el grano son sólo una peque­ña parte de lo que podemos ver. Se co­­no­cen plantas de maíz que apenas pa­san cincuenta centímetros y otras que lle­gan a me­dir más de cinco metros de altura, algunas con apenas diez hojas y otras con más de veinte. Los tallos y hojas pue­den ser verdes, rojizos o mo­­rados. Algunas plantas dan sólo una mazorca, otras pueden tener hasta más de diez pe­que­ñas. Las mazorcas pueden medir desde unos cinco centíme­tros de largo has­ta más de cuarenta y tienen de ocho hileras de granos a más de treinta. La mayoría de las mazorcas presentan for­mas cilíndricas o có­nicas, pero algunas son casi redon­das. Algunos maíces los co­no­cemos como tunicados porque cada grano parece estar cubierto por su propio totomox­tle —tú­nica.
 
Sin embargo, esta variación mor­fo­lógica no es la única diversidad que ofrece el maíz, y seguramente tam­po­co la más importante. El maíz es una de las plantas más plásticas que co­no­cemos y esto le ha permitido adap­tar­se a una gran cantidad de condi­cio­nes ambientales. En México podemos en­contrar campos con maíz desde el ni­vel del mar en climas cálidos, hasta más de 2 500 metros de altitud en cli­mas templados. En Perú se le en­cuen­tra has­ta casi 3 500 metros sobre el nivel del mar. Se siembra desde 58° de la­titud norte en Canadá y Rusia hasta 40° de latitud sur en Argen­ti­na, y en regiones con poco más de 200 milímetros de precipitación, hasta am­bientes con más de cua­tro metros de lluvia por año, y cre­ce bien en los veranos cortos de Canadá y en la región tro­pical con verano perma­nen­te. Algunos ti­pos de maíz madu­ran en poco más de dos me­ses, otros permanecen en el campo casi todo el año. Nin­gún otro cul­tivo está dis­tri­bui­do tan amplia­men­te co­mo el maíz ni prospera bajo condiciones tan variadas. To­dos los cul­tivos importantes tienen una considerable va­riación genética; sin embargo, la extraordinaria variación del maíz represente po­siblemente su mayor va­lor potencial y es la razón fundamental del por qué se ha convertido en el cultivo más importante del mundo.
 
A principios del siglo XXI más de la mitad del maíz sem­brado en Mé­xico procede de se­millas de variedades tra­dicionales, desarrolladas por los agricultores sin inter­­ven­ción de técnicos o cientí­fi­cos. Todos los tipos principales de maíz que se reconocen hoy día existían cuando los científicos comenzaron a estudiar y hacer me­jo­ramiento en el maíz. Hace unos cincuenta años se consideró que las va­rieda­des tradicionales de maíz serían rápi­damente desplazadas por varieda­des producidas por instituciones edu­cati­vas y de investigación y por empresas comerciales. Tan fuerte fue esta idea que las variedades modernas pro­duci­das en forma institucional han sido conocidas como variedades mejoradas, en cierta forma como con­tra­posi­ción a las “no-mejoradas” de los agri­cultores. Éste es un prejuicio que no se sostiene. Convencional­men­te se ha su­puesto que las variedades modernas son superiores a las tradicionales, sin pensar en la complejidad de los ambientes en donde el maíz se cultiva. Una interpretación superficial de la prevalencia de va­rie­dades tradicionales se basa en la idea de que los agricultores son muy tra­dicionales, no conocen ni prueban las variedades mo­dernas y, posiblemente, ha faltado inversión en in­ves­tigación, extensión e in­fra­es­tructura por parte del Estado y la iniciativa privada. Sin em­­bar­go, aunque en algunas re­gio­nes agrícolas con condiciones fa­vo­­ra­bles sí se registra un uso extensivo de las va­riedades modernas, el pro­ce­­so de des­plazamiento no ha sido co­mo se espe­raba y se ha documentado que exis­ten buenas razones para que esto sea así. Estudios hechos en las úl­timas dos dé­cadas han mostrado que los agri­cul­to­res continúan sembrando variedades tradicionales porque muchas veces és­tas son superiores en su adaptación a las condiciones par­ticu­lares de los agri­cultores, distintas a los campos experi­mentales, o presen­tan características apreciadas que las ha­cen ser preferidas en los hogares.
 
De los más de dos millones de ho­gares que siembran maíz cada año en Mé­xico, más de 80% son pro­duc­tores que cultivan menos de cinco hec­táreas de maíz, y casi todos lo ha­cen en siembras de temporal —sin rie­­go— y en tierras quebradas que no per­mi­ten la mecanización. Además, mu­chos de estos productores no cuen­tan con suficientes recursos para pro­porcionarle las mejores condiciones de crecimiento al maíz. No es un hecho que bajo estas condiciones las va­riedades modernas sean superiores, en particular en ambientes semicálidos y templados de México, donde las va­rie­dades tradicionales son dominantes. Las variedades tradicionales de Mé­xico merecen mucho mayor re­conocimiento y apoyo social del que han recibido en las últimas décadas.
 
Es difícil evaluar cuántos tipos dis­­tintos de maíz se siembran en el país. Desde el punto de vista científico se ha optado por clasificar a las variedades tradicionales del maíz en razas, donde una raza es un conjunto de individuos con suficientes características en común para ser reconocidas como parte de un grupo. Esto implica que una ra­za no la conforma un solo tipo de maíz uniforme e idéntico entre sí, como se busca en las variedades co­mer­ciales. De hecho, dentro de una raza particu­lar podemos encontrar variación en co­lor de grano, precocidad y otras características de los maíces como las descritas anteriormente. No te­nemos consenso en cuanto al número de razas que se siembran en México, pero los estudios que se han hecho indican que son entre 35 y 60, y en el mundo se han descrito unas 300 razas. Algunas, como los Cónicos y Tuxpeños, son ampliamente sembradas en México, mientras otras razas, como el Tepe­cin­­tle y Jala, se encuentran en regiones restringidas y en pequeñas cantidades. Desde hace más de cincuenta años se ha apreciado que en Mé­xico y Gua­temala gran parte de las ra­zas de maíz tiene una relación es­tre­cha con los pue­blos indígenas. En muchas co­mu­nidades se piensa que las variedades sembradas son propias de la comu­ni­dad, aunque no tenemos suficiente ex­perimentación y análisis genético para determinar el grado en que éstas son si­milares entre comunidades. En ca­si todas éstas, dos o tres variedades son muy comunes y do­mi­nan tres cuar­tas partes o más de la siem­bra de maíz, pero si se bus­ca las variedades po­co comunes siem­pre se puede encontrar diez o más en cada comunidad. Aunque ac­tualmente seguimos sin poder de­ter­minar cuántas varieda­des tradi­cio­nales existen en el país, sí es posible es­timar que son cientos y posiblemen­te un millar o más. Esta gran diver­sidad de formas y tipos de maíz re­pre­senta una riqueza y un gran potencial para México.
 
Su inagotable versatilidad
 
Ligado directamente a la diversidad del maíz está su enorme potencial co­­mo cultivo con múltiples usos. No ­só­lo tenemos maíces para casi cualquier tipo de ambiente, también los usos que se hacen del maíz van más allá de lo que suponemos cuando lo vemos sólo como planta alimenticia. El po­ten­cial del maíz está li­mitado casi só­lo por nuestra imaginación.
 
El maíz es el único entre los ce­rea­les mayores que se puede consumir co­mo verdura —elote y jilote— y grano seco, y es también el único en el que una enfermedad, el carbón del maíz —conocido como cuitlacoche—, es con­sumida como una delicadeza. Una vez nixtamalizado, las formas co­mo se puede preparar son legen­da­rias y nos podríamos llevar párrafos en­te­ros describiendo los distintos tipos de tortillas, gorditas, tostadas, ta­­ma­les, ato­­les, pozol y pozole. Baste re­­cor­dar que su versatilidad nos permite comer­lo dia­riamente sin can­san­cio. Des­de tiem­pos precolombinos el maíz fue la especie con más usos, lo cual registró fray Ber­nardino de Sahagún. Ade­más de ali­men­to se conside­ra­ba forraje, combustible, medicina, para ce­re­mo­nia y tributo. Se ha propuesto que el uso inicial del teocintle y el maíz fue como caña de azúcar, pero aún no lo sa­bemos. Aunque los olotes no tienen mu­cho calor de combustión sirven ­pa­ra cocinar y los estigmas de la ma­zorca —los “cabellos”— se utilizan co­mo diu­ré­ti­cos. Aún persisten formas rituales de uso del maíz entre los pue­blos originarios de Mé­xico y no es ra­ro encon­trar que se recurra a mazorcas rojas para tratar el espanto.
 
Fuera de Mesoamérica el consumo de maíz nixtamalizado es poco co­mún. En Venezuela y Colombia se pre­pa­ran arepas, similares a gorditas de maíz re­llenas, y algunas se hacen con maíz nixta­ma­lizado. En Estados Unidos se prepara un tipo de hominy con granos nixta­ma­lizados, en forma si­mi­lar al pozole, aunque con granos sin reventar. Pero en Perú, donde el consumo de maíz tie­ne milenios, se hace principal­men­te como choclo —elote ma­du­ro hervido y a veces desgranado— o cancha —maíz tostado— y ta­ma­les elaborados prin­ci­palmente con choclo sin nixtamalizar. En muchos otros países el maíz se pre­para como un tipo de potaje espeso con o sin acom­pañamientos. En Áfri­ca hay paí­ses como Lesotho, Zambia y Malawi, don­de el consumo per ca­pi­ta es mayor que el de México. En este continente el maíz se prepara princi­palmente co­mo gruel, similar a un ato­le espeso de maíz pero hecho con maíz molido o harina de maíz sin nixta­ma­lizar. Por si­glos el maíz se consideró en Europa como no apto para humanos, en particular porque su falta de glu­teno no permitía hacer buen pan, y hasta se de­sarrolló un rechazo y tabú a su con­su­mo. Pero en al­­gunas regiones pobres se adoptó y en Italia se prepara co­mo polenta, una especie de potaje, a ve­ces seco y hor­nea­do, original­men­te pre­pa­ra­do de trigo o cen­te­no y com­ple­men­tado con queso y otros ali­­men­tos. Des­pués de la Se­gun­da Gue­rra Mun­dial la harina de maíz se convirtió en la polenta más común de Italia y aho­ra es considerado un pla­tillo gour­met. En Ru­mania se prepara un pla­ti­llo nacio­nal similar a la po­lenta, co­no­cido como mamaliga, y una co­mi­da tra­di­cio­nal puede consistir de tres o cuatro platillos, cada uno a ba­se de maíz.
 
La forma principal de consumo de maíz en muchos países industriali­­za­dos es indirecta, ya que es un com­po­nen­te principal en el alimento de va­cu­nos, porcinos, aves y otros ani­ma­les. En Estados Unidos, el mayor pro­duc­tor de maíz en el mundo, más de la mitad del consumo interno de maíz se hace bajo esta forma. Con­si­de­­ran­do que en países industrializados la pro­ducción de car­ne se basa en el maíz y que éste es com­po­nen­te im­portante en la ela­boración de varios ali­mentos, se ha estimado que más de la mitad de una comida rá­pida tipo ame­­ricano, como hambur­guesa o po­llo frito, se elabora a base de maíz.
 
Pero este cereal también es un com­po­nente importante en muchos productos alimenticios e industriales. El azúcar con alto contenido en fruc­tuo­sa, producido a base de maíz, ha ve­nido a ser el edulcorante más im­portante para la industria de be­bidas carbonatadas. El al­mi­dón de maíz se utiliza en adhe­sivos, baterías eléc­­tri­cas, crayolas, balas y has­ta algunos ti­pos de llantas lo tienen como com­ponente importante; el aceite de maíz se emplea como susti­tuto de hule, ja­bones e insecticidas. En Estados Uni­dos se ela­­bora un whis­key de maíz muy apreciado, co­no­­cido como bour­bon. Se encuentra en múlti­ples pro­duc­tos alimenticios como ce­­rea­les pro­cesados, aceites comestibles, pas­te­les, salsas, jugos, yogurt, dulces y be­­bi­das, pero también en cosméticos, pa­pel, farma­céu­ticos, porcelanas, hu­les, alcoholes, pinturas, lubricantes, tex­ti­les y muchos otros productos in­dustriales. En los últimos años la pro­­ducción de com­bustible con base en etanol de maíz ha adquirido im­por­­tan­cia. Se ha calcula­do que de los cer­ca de 10 000 productos que se encuen­tran en un super­mer­ca­do común, cuan­do menos 2 500 contienen maíz en algu­na forma.
 
Desde hace siglos el maíz ha sido re­conocido como uno de los cultivos más productivos. Tan fue así que después de que en­­tró a Eu­ropa, Áfri­­ca y Asia ha sido considerado como un alimento de pobres. En los úl­ti­mos cien años el me­­­joramiento cien­tífico y los avan­ces en la agronomía han sido ca­­paces de ele­­var considera­blemente los rendi­mien­tos del maíz. A principios del si­glo pasado, en promedio éstos eran de poco más de una tonelada por hectárea, y hoy día en Es­tados Unidos y Eu­ropa se producen en promedio más de ocho toneladas por hectárea. En Mé­xi­co el ren­di­mien­to promedio es de ­poco más de 2.5 to­ne­ladas por hectárea aun­que en las re­gio­­nes favorables del nor­oeste y no­­res­te se llega a ocho, tal y co­mo en los paí­ses industrializados, aunque los rendimientos récord allá registrados son de más de veinte y hubo uno de veinti­sie­te, lejos del récord de catorce del trigo o las doce del arroz.
 
El mejoramiento de los maíces ha podido cambiar la cantidad y calidad del aceite de sus granos, co­mún­men­te entre 4 y 5%, llegando a más de 20% en líneas especiales con selec­ción intensiva. Asimismo, cantidad de pro­teí­­na se ha podido incrementar, aun­que no tanto como el aceite, y se ha encon­trado cómo duplicar la calidad nutriti­va de ésta. Estos ejemplos muestran la maleabilidad del maíz y el potencial que puede tener para Mé­xico, en par­ticular cuando consideramos la enorme di­ver­sidad genética pre­sente en el país y su gran capacidad adaptativa a muchos am­­bien­tes ya descrita anteriormente.
 
De hecho, dicho potencial representa ac­tual­­men­te un pro­blema, ya que se con­vir­­tió al maíz en una de las plan­tas preferidas por los biotecnólogos pa­ra la producción de químicos es­pe­­cia­lizados, y se han pro­­du­cido así maí­ces transgénicos que pueden crear plás­ti­cos, antibióticos, insulina y varios productos farmacéuticos más —mu­chos de los cuales se mantienen como se­cre­tos industria­les. Si bien la im­por­tan­cia del maíz en este sentido es pro­digiosa, también re­presenta un riesgo notable, ya que si este tipo de maíces se escapan a la ca­dena alimenticia pue­den resultar un problema consi­de­rable para los pueblos que lo con­­su­men como alimento pri­mario, como es el caso de México.
 
El cuidado de la diversidad genética
 
Hace poco más de cincuenta años se hicieron extensas colectas de los maí­ces de México, las cuales constituyeron la base para la formación de un ban­co de germoplasma de maíces me­xicanos. Los bancos de germoplasma tienen la función de preservar este ma­terial para la posteridad y ponerlo a la dis­posición de los investigado­res que se dedican a su estudio; son un ins­trumento indispensable para el cui­dado de la di­versidad genética de los cultivos. Más de 50% de las ra­zas de maíz mexica­nas tienen una re­­pre­sen­tación de me­nos de 0.5% en los ban­cos de ger­mo­plasma y puede con­siderarse que se hallan en riesgo de ex­tinción. El banco de germoplas­ma de los maíces mexicanos cuenta con más de 10 000 colectas, es un ma­te­rial verdaderamente valioso que re­quie­re apoyo permanente para su man­te­nimien­to y mejoramiento. En los últimos años se han creado algunos bancos de germoplasma comuni­tarios que también tienen la función de pro­veer se­mi­llas a los agricul­to­res locales. Posi­ble­mente esta tendencia deba am­pliarse en un futuro cercano.
 
Actualmente se considera que no es suficiente guardar la diversidad ge­­nética de los cultivos en bancos de ger­moplasma. La mayor parte de la diversidad de maíz se encuentra en los campos de los agricultores mexicanos que continúan sembrando variedades tradicionales, que las prefie­ren por varios motivos y las siembran sin el menor apoyo de instancias gubernamentales. Inclusive, en muchas oca­sio­nes, las variedades tradicionales se siembran en contra de los inte­reses de técnicos y burócratas que no comprenden su valor. Es importante que la percepción social sobre estas va­riedades cambie y en lugar de per­judi­car­las desde posiciones guberna­mentales se les apoye reconociendo el valor que tienen para sus curadores y el que pueden llegar a tener en el futuro.
 
Un aspecto en que todos podemos apoyar el cuidado de las variedades tra­dicionales mexicanas es consu­mien­do tortillas y otros productos de maíz de alta calidad. En las últimas décadas el harina de maíz nixtamalizado ha llegado a dominar los ambien­tes urbanos y hay motivos importantes para esto, ya que aun cuan­do ésta puede ser de alta calidad, las tor­ti­llas y otros platillos elaborados a par­tir de nixtamaliza­ción fresca no tie­­nen parangón para quien conoce. Ha lle­gado el momen­to de que en Mé­xi­co se demande tortillas y otros pro­ductos de alta calidad elaborados con base en la nix­tamalización fresca de maíces crio­llos me­xicanos. Esto re­presentará un sostén fundamental para la preservación de la diversidad del maíz mexica­no y una fuente importante de empleo al implicar una producción descentralizada.
 
¡El maíz nos necesita!
 
¿Quiénes seríamos los mexicanos sin el maíz? Demasiado retórico tal vez, pe­ro, detengámonos un momen­to, ¿po­demos siquiera imaginarlo? ¿Po­dríamos imaginarnos sin comer maíz, sin volver a oler una tortilla fresca, sin un elote? ¿Cuántos mexicanos lo comen tres veces al día, cuántos con­side­ran que sin maíz no han comido de­bi­da­men­te? Tal vez esto es demasiado, ¿pero podemos dar el siguiente paso?, ¿se­ríamos iguales si en lugar de produ­cir el maíz que consumimos lo tuviésemos que comprar fuera de México? Algunos creen que sí, que só­lo se trata de mercados y costos. Pe­ro puede no ser tan simple.
 
Hay un conjunto de objetos cul­tu­ra­les que nos identifican como me­xi­ca­­nos, y el maíz es uno de éstos. Creer que los mexicanos podemos tra­tar a esta planta sólo como mer­can­cía pue­de ser uno de los grandes errores de las últimas décadas. Olvi­dar­­nos de su contenido y capital sim­bó­­lico muy posiblemente nos empo­brez­ca como mexicanos. Pero dejemos esto de lado por ahora, porque es po­si­­ble que el otro lado de la relación sea el que se ha tornado crítico en la ac­tua­lidad. El maíz nos necesita tanto o más que no­sotros a él, necesita de nuestra atención y soporte para continuar sien­do lo que ha sido para Mé­xico en los úl­timos mi­lenios.
 
El tratar al maíz como mercancía ha implicado el descuido de su pro­duc­­ción en el país. La mayor parte de los hogares que siembran maíz en Mé­­xico lo hacen en cantidades pe­­que­ñas, y dependen di­rec­ta­men­te de su propia producción pa­ra su bienestar. Raya en lo ridículo es­­perar que ellos puedan com­petir directamente con los productores subsidiados de Estados Unidos, en­tre los cuales tener 1 000 hectáreas planas sembradas con riego es considerado como pequeña escala. Apoyar sólo a los gran­des productores mexicanos porque son éstos los úni­cos que suminis­tran grandes cantidades de maíz im­pli­ca descuidar el bie­nestar de algunos de los hogares más pobres, y promover que dejen el maíz y emigren a la ciudad es poco sensato mientras la educación en el campo siga deficiente y no haya suficiente trabajo para la población urbana. El maíz necesita de nuestra atención comenzando por exigir que el gobierno mexicano deje de verlo como una simple mercancía.
 
El maíz necesita de nuestra atención y sustento porque de otra manera la extraordinaria diversidad que he­mos heredado puede perderse entre pre­cios internacionales e importacio­nes que sólo ven ganancias en este gra­­no. El maíz es uno de los cultivos más estudiados en el mundo, pero en Mé­xi­co no estamos invirtiendo sufi­cientes recursos humanos y materiales en la investigación necesaria para que nos brinde todo su potencial. Ade­más, por ser una de las plantas mejor co­no­cidas no sólo permite la investiga­ción de aspectos aplicados, sino por ser una plan­ta mo­delo es un baluarte pa­ra el desarrollo de la investigación bá­si­ca en México.
 
Si considerarnos hombres y muje­res de maíz sigue siendo un honor y pun­to de identidad, tendremos que evi­­tar que el maíz pierda el lugar cen­tral, material y simbólico, que ocupa en nuestra cultura.
 
     
Referencias bibliográficas

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Marilyn y el taquito

J. M. Aurrecochea

   
   
     
                     
                     
 
En febrero de 1962, siete me­ses antes de que fuera hallada sin
vida en su casa de Los Án­geles —la madrugada del 5 de agosto de aquel año—, Mari­lyn Monroe realizó una gira por la ciudad de México, donde visitó el legendario restaurante El Taquito, que todavía se ubica en Carmen 69.
 
Cuarenta años después, An­tonio Gon­zá­lez, el mesero en­cargado de atender a la actriz, le platicaría a Alfonso Morales que la rubia se dio gusto con varios platillos elaborados a base de maíz: que­sadillas, chalupitas, sopes y tacos de fi­lete, mismos que acompañó con dos o tres coc­teles marga­rita. La fotogra­fía que documenta el instante en que la estrella distrae su atención de nuestro caracterís­tico ­alimento para regalar su sonrisa a la cámara, fue colo­ca­da a la entrada del restau­ran­te con la intención de presumir el mo­mento e inmortalizar el en­cuen­tro entre Marilyn y el ­ta­quito.
 
Quién sabe si una fo­to­gra­fía es capaz de inmortalizar algo. Por lo pronto, la imagen permanece en la escalera de acceso al comedero recibien­do a los clientes que acuden a saborear guisos típicos de Mé­xico.
 
La sonrisa de la rubia sigue desafiando al tiempo para encontrarse con sus espec­ta­dores, mientras el taco espera ser degustado.
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Agradecimientos
A Luna Córnea por habernos proporcionado una reproducción de la fotografía.
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Aurrecochea, Juan Manuel. (2009). Marilyn y el taquito. Ciencias 92, octubre-marzo, 98-99. [En línea]
     
 
     
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