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Mi abuela,
mi madre
y el conocimiento empírico
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María Teresa Pulido
   
   
     
                     
                     
Mi abuela caminó de la mano con el siglo XX, nació
en 1900 y murió en 1998. Hija de comerciantes, vivió la Revolución en pleno, con sus balazos, sus fusilados, sus toques de queda, y ella creció allí, en medio de todas las restricciones que sus padres consideraron necesarias para ser “una buena muchacha”. Vivió en un mundo rígido y frecuentemente hostil pero, ¡cómo le gustaban sus plantas! Eran parte de ella, todos los días les daba afecto, agua y toda la tierra que necesitaran. Platicaba con ellas y con sus pájaros, ¡los quería tanto! Las flores de las unas y los cantos de los otros, ¡ah! pero además las plantas curan todos los males. Sus plantas eran simplemente hermosas o eran medicinales.
 
Mi madre creció en ese mundo, rodeada de plantas. Menuda, inquieta, alegre, curiosa, sensible, preguntona, con chispa, sin dejar de vivir el rigor postrevolucionario, pudo obtener conocimientos en la escuela. Las plantas fueron su mundo cotidiano: regarlas, cuidarlas, trasplantarlas, platicar con ellas. Daba gracias a dios por los cantos de las aves, por las flores de las plantas y porque éstas eran la medicina ideal para cada mal.
 
Ellas concentraron un gran conocimiento que no fallaba. Mi abuela murió a los 98 años, muy cuerda; todavía haciendo chistes.
 
Mi padre, un autodidacta insaciable, siempre preguntándose si el universo es infinito o no, siempre haciéndonos preguntas capciosas, todo leía, todo aprendía, todo deducía, todo lo quería razonar. Sus hermanos lo definían como una enciclopedia ambulante, y nosotros también. Escéptico en todo, pero no con dios ni con las plantas medicinales de mi madre. Con frecuencia regresaba del trabajo y decía: “Elena, dame un tecito de ajenjo porque hice un coraje”. A los 80 años le quitaron la vesícula; que conste que era corajudo. El médico que se la extirpó dijo que mi padre era un roble.
 
“Su mamá es un garbanzo de a libra”, me dijo la doctora de mi madre (en medicina holística). A sus 84 años es tan activa como una quinceañera, a veces yo no le aguanto el paso. Desde que tengo uso de razón y hasta hoy, muchas personas vienen a preguntarle qué deben tomar o pensar para remediar sus males. De repente, casi cada día, recibe mole, pan, flores, plantas, fruta, chocolates, tarjetas, en fin, todo tipo de regalos de agradecimiento. Su remedio funcionó.
 
Cada mal tiene una cura en el jardín si la planta es fresca, o en la alacena si hubo que secarla, o en el mercado si la planta tenía que venir de otras tierras.
 
Yo crecí en la tierra del rey Nezahualcoyotl, muy sabio el hombre. Entre otras muchas acciones, él favoreció las colecciones de plantas en un sitio que algunos consideran el primer jardín botánico de América: Tetzcutzingo. Este rey prehispánico tenía algo en común con mi abuela y mi madre: era apasionado admirador del canto de las aves y de coleccionar plantas de bellas flores o aromas y plantas medicinales.
 
Mis hermanos y yo crecimos aliviando nuestros males con plantas, no conocíamos otra cosa. Bueno, a veces era algo mineral, como petróleo con azúcar, muy bueno para aliviar la tos crónica, al menos eso decía mi madre, pero recuerdo que era sabroso. Tal vez en esos tiempos era más limpio el petróleo. También nos daban leche con yodo, para fortalecer los pulmones. Mi madre nos llevaba al médico sólo para medirnos, pesarnos, hacernos presentes en el Seguro Social y para que nos dieran vitaminas. Sólo eso, gracias a dios.
 
Con ese bagaje llegué a la Universidad Nacional, a la Facultad de Ciencias, donde “la crema y nata” de la ciencia cuestiona el empirismo. ¡Eso sí que fue nuevo para mí! Cómo poner en duda algo que es parte de mí, que es la causa y la razón de mi salud, algo que a mi vista evidentemente funciona, cura, alivia y es muy barato, o hasta gratis.
 
Aprendí que dudar, cuestionar y ser escéptico era solamente parte del método de la ciencia. No tuve problemas, al fin que ese método ya lo había aprendido de mi padre.
 
Llegué a mi primer trabajo al estado de Quintana Roo y busqué las plantas que siempre he utilizado para curar. Quise armar mi “botiquín” en casa pero, pronto me di cuenta que las plantas de siempre no están. ¡Pues claro!, como bióloga deduzco que estoy en otro clima, otra latitud, otro tipo de vegetación y otra cultura. Tuve que reaprender cuáles plantas sustituirían a las que yo usé toda la vida o, en su defecto, mi madre llegaría cada visita con una maleta llena de nuestros remedios de siempre: carbón animal para limpiar el estómago, sal azteca para que no haga daño, árnica, toronjil, muicle, ajenjo, hojas de nogal, hinojo, etcétera, etcétera, y unos tlacoyos para almorzar, ¡mmmmm!
 
Las vueltas de la vida me llevaron a estudiar las plantas medicinales —qué coincidencia— en Quintana Roo, para hacer publicaciones cientí­ficas. Uff ¡qué tarea difícil!, ­lograr que el conocimiento empírico lo valore la ciencia aca­démica. Logré colaboración entre médicos tradicionales y médicos de la Secretaría de Salud, mis jefes aprobaron las publicaciones, todos colaborando con gran entusiasmo. Cuando llegué a Xalapa, yo presenté muy orgullosa mis pu­blicaciones y alguien pre­gun­tó: “¿Y esto para qué sirve?” Ni modo, no sólo cambié de ciudad y de estado, sino también de contexto sociocientífico, con distintos parámetros académicos. Eso fue hace ya algunos años.
 
Hoy afortunadamente la visión de quienes hacen y evalúan la ciencia ha cambiado. Ya no se pone en duda la efectividad de las plantas medicinales o de las limpias con huevo o de la presencia de espíritus que andan por allí. Ahora la ciencia echa mano de su propia carga empírica para comprobarlo todo, ya no se conforma con descalificaciones a priori. Quizás se lo debemos a Hegel, a Popper, o a ambos.
 
Después de vivir tiempos de vergüenza por curarme con plantas, por fin el conocimiento popular surge como algo valioso gracias a la validación que le brinda el método científico.
 
Qué curioso, es en los países primermundistas que, en pleno siglo xxi, está de moda ir por el mundo en busca del conocimiento tradicional. Dicen los sociólogos y los economistas que esos países nos llevan 30 años de adelanto, o al menos 20. El avance de esos países ha sido desventaja y ventaja para los que es­tamos en vías de desarrollo. Ellos ya sufrieron las consecuencias de alejar demasiado su dieta cotidiana de la naturaleza. Esos países ofrecen todo tipo de apoyos para que, “los subdesarrollados”, participemos en la exploración de alterativas probadas por las culturas milenarias. Así que lo más lógico y sencillo fue denominarlas como: producción alternativa, medicina alternativa, terapia alternativa, etcétera.
 
¿Será que vamos hacia una ciencia alternativa?, ¿una ciencia que reconozca y divulgue abiertamente su origen empirista? Tal vez veremos con más frecuencia congresos para intercambio de conocimientos, convocados y presididos por campesinos, productores sencillos y sin ambiciones, pero sabios. Por cierto, los curanderos ya tienen sus congresos. Entonces los académicos seremos invitados sólo como aprendices o espectadores. Bueno, quizás ya sucede algo similar en la llamada Cumbre Tajín.
 
¿Cómo se denominará en las próximas décadas a lo que antes se llamaba pseudociencia? No es casualidad que los científicos del mundo se reú­nan para hablar de estos temas antes prohibidos para ellos. La ciencia y los científicos quieren participar de esta gran revolución, quieren explorar. Una prueba de ello es la Primera Cumbre Mundial de Salud y Medicina Tradicional, que se realizó conjuntamente con el xvii Congreso Internacional de Medicina Tradicional y la Second Biennial World Federation of Traditional Medicines, todo en la Ciudad de México, en abril de 2006. México es centro de atención y líder en estos temas. Seguramente por su alta diversidad cultural y biológica, de las más ricas del mundo.
 
El conocimiento de la gente del campo reclama hoy su plusvalía. La gente que vive con restricciones, a veces sin luz eléctrica, sin agua cerca, o sin posibilidad de ir a la escuela por quedar muy alejada. “Ellos saben más que ustedes”, nos decía el maestro Hernández-Xolocotzi: a sus estudiantes de posgrado. En los viajes de estudio, con él, comprobábamos ampliamente que tenía razón.
 
Hoy, conviviendo con el bosque mesófilo encuentro otras especies para curar mis males y, claro, los de mis hijos. Hojas de guayaba para la diarrea, según aprendí de una vecina coatepecana. Busqué información en los libros y ¡oh sorpresa!, la ciencia ya comprobó que, además de tener más vitamina C que el limón, es efectiva para eliminar bacterias que provocan la diarrea incluyendo las famosas Escherichia coli y Shigella disenteriae, además de Salmonella typha y Sta­phylococcus aureus. Queda aún mucho por comprobar.
 
He tenido la fortuna de pisar los terrenos de la ciencia sin tener que desechar mi propia herencia de empirismo cotidiano, que forma parte de mi, y yo de él. Pero, a diferencia de mi abuela y de mi madre, tengo más herramientas para ofrecer a mis hijos un remedio tradicional convincente. Ellos ya no pueden pensar que son las locuras de mamá, ni pensar cosas como “Hice enojar a mamá y por eso dice que tome leche con ajo para quitarme las amibas”. Mis hijos, que crecieron rodeados de tecnología, saben que lo que les ha dado mamá, funciona.
 
Yo podría decir que este saber no sólo lo cultiva la gente del campo. Estoy convencida de que vale la pena conservarlo y heredarlo. Habría que preguntarle a mis hijos, y dentro de unas décadas tal vez mis nietos hagan su propio análisis del conocimiento empírico que les haya heredado su abuela. 
  articulos
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María Teresa Pulido Salas 
Colegio de Posgraduados, Xalapa. 
     
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como citar este artículo
 
Pulido Salas, María Teresa. 2008. Mi abuela, mi madre y el conocimiento empírico. Ciencias núm. 91, julio-septiembre, pp. 50-53. [En línea]
     

 

 

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