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Los dragones R32B04  
 
   
   
Murilio Rubião    
                     
“Fui hermana de dragones
y compañero de avestruces”
Job. xxx, 20
 
 
Los primeros dragones que se presentaron en la ciudad sufrieron mucho por lo retrasado de nuestras costumbres. Recibieron precarias enseñanzas y su formación moral quedó irremediablemente comprometida por las absurdas discusiones provocadas por su llegada a este lugar.
 
Pocos supieron comprenderlos y la ignorancia general hizo que, antes de iniciada su educación nos perdiésemos en contradictorias suposiciones sobre el país y raza a las que podrían pertenecer.
 
La controversia inicial fue desencadenado por el vicario del pueblo. Convencido de que los dragones, a pesar de su apariencia dócil e indefensa, no dejaban de ser enviados del demonio, no me permitió educarlos. Ordenó que fuesen encerrados en una casa vieja, previamente exorcizada, a la que nadie podía entrar. Cuando se arrepintió de su error, ya la polémica seguía; ahora era el viejo profesor de escuela, quien les negaba la cualidad de dragones “cosa asiática, debían ser; de importación europea”, argumentaba, cuando se refería a ellos. También nuestro asiduo lector de periódicos, de vagas ideas científicas, quien había tomado un curso de preparatoria por correo, se refería a ellos como monstruos antediluvianos. El pueblo les decía mulas sin cabeza y hasta hombres lobo.
 
Sólo los niños que jugaban furtivamente con nuestros huéspedes sabían que nuestros nuevos compañeros eran simples dragones. Sin embargo no fueron escuchados.
 
El cansancio y el tiempo, vencieron la necedad de muchos que, manteniendo sus convicciones, evitaban abordar el asunto.
 
Después de un tiempo, retomaron el tema. Sirvió de pretexto la sugerencia de aprovechar a los dragones como tracción de vehículos. La idea le pareció buena a todos, pero nuevamente surgió la discusión cuando se trató de hacer una división justa de los animales existentes. El número de éstos era muy inferior al de los usuarios.
 
Con el deseo de centrar la discusión que se hacía cada vez más tensa sin que se alcanzasen objetivos prácticos, el párroco señaló:
 
— Los dragones recibirán nombres en la pila bautismal y serán alfabetizados.
 
Hasta aquel instante yo había actuado con habilidad, evitando contribuir con opiniones que exacerbaran los ánimos, pero en ese momento, perdí la calma y el respeto que le debía al buen párroco —debo culpar a la insensatez reinante en ese momento— e irritadísimo expresé mi desagrado:
 
—¡Son dragones! ¡No necesitan nombre, ni bautizo!
 
Perplejo por mi actitud, pues nunca discrepaba de las decisiones aceptadas por la comunidad, el reverendo desistió en cuanto al bautismo. Retribuí el gesto resignándome a la exigencia de ponerles nombre a los dragones.
 
Así pues, cuando se encontraban en el más completo abandono, me fueron entregados para ser educados; comprendí mi gran responsabilidad. La mayoría de los dragones habían contraído enfermedades desconocidas y, en consecuencia, unos fallecieron. Dos sobrevivieron, desafortunadamente los más corruptos. Mejor dotados de astucia que los hermanos, huían por la noche del caserón donde estaban recluidos y se embriagaban en la cantina. El dueño de aquel antro se divertía viéndolos borrachos, no les cobraba por la bebida e incluso él mismo se las ofrecía. Esta escena, en el transcurso de los meses, perdió gracia y el cantinero comenzó o negarles el alcohol. Para satisfacer su vicio, se vieron forzados a cometer pequeños hurtos.
 
Mientras tanto, yo creía en la posibilidad de reeducarlos, y superar la incredulidad de todos en cuanto al éxito de mi misión. Me valí de la amistad con el delegado para retirarlos de la cárcel, donde cotidianamente los recluían, siempre por los mismos motivos: robo, embriaguez, desorden.
 
Como antes que yo, jamás nadie había educado a algún dragón, consumía la mayor parte de mi tiempo indagando su pasado, familia y métodos pedagógicos seguidos en su tierra natal. Logré obtener muy poco material de los sucesivos interrogatorios a los que los sometí. El haber llegado jóvenes a nuestra ciudad, hacía que recordaran todo en forma confusa, incluso la muerte de la madre, que cayera en un precipicio, después de escalar la primer montaña. Para dificultar mi tarea, sumábase la débil memoria de mis pupilos y su constante mal humor causado de las noches de poco y mal sueño y por la resaca que les provocaban sus salidas alcohólicas.
 
El ejercicio continuado del magisterio y la ausencia de hijos contribuía para que yo les dispensase una ayuda paternal. Del mismo modo, la candidez que fluía de sus ojos me obligaba a perdonar faltas que no perdonaría a otros discípulos.
 
Ordorico, el mas viejo de los dragones, me provocaba grandes contradicciones. Irremediablemente simpático y malicioso, se alborotaba sobre todo con la presencia de faldas. Por causa de ellas, y principalmente por su vagabundez innata, huía de las clases. Las mujeres lo encontraban agradable y hubo una que, apasionada por él, dejó al marido para irse a vivir con Ordorico.
 
Intenté todo para destruir aquella unión pecaminosa pero no logré separarlos. Encontraba una resistencia sorda, impenetrable. Mis palabras perdían el rumbo; Ordorico sonreía para Raquel, y ésta, tranquila continuaba con su tarea de lavar ropa.
 
Tiempo después la encontramos llorando junto al cuerpo de su amante. Atribuyeron la muerte de Ordorico a un tiro fortuito, probablemente de un cazador con mala puntería. La mirada del marido desmentía esa versión.
 
Con la desaparición de Ordorico, mi mujer y yo centramos nuestro cariño en el último de los dragones.
 
Nos empeñamos en lograr su recuperación y casi lo conseguimos. Con algún esfuerzo lo separamos de la bebida. Ningún hijo tal vez, nos hubiera retribuido de igual manera como lo hizo él en respuesta a nuestra amorosa persistencia. Ameno en el trato, Juan se aplicaba en sus estudios, ayudaba a mi mujer en los quehaceres domésticos, la acompañaba al mercado, etcétera. Al final de la cena, permanecíamos en el patio observando cómo jugaba con los niños de las casas cercanas.
 
Una noche, cuando regresaba de una reunión mensual con los padres de los alumnos, encontré a mi mujer preocupada: Juan acababa de vomitar fuego. También aprehensivo, comprendí que Juan había alcanzado su etapa adulta.
 
Ese hecho, lejos de volverlo tímido, hizo que creciera la simpatía que gozaba entre los jóvenes del lugar. Sólo que ahora permanecía poco en casa. Vivía rodeado por grupos alegres, que le pedían que lanzara fuego. La admiración de unos y las invitaciones de otros, acrecentaron su vanidad.
 
Ninguna fiesta alcanzaba éxito sin su presencia, y hasta el párroco pedía que lo acompañara en las peregrinaciones del santo patrono.
 
Tres meses antes de las grandes inundaciones que asolaron el municipio, un circo de caballitos hizo que volviese el movimiento al poblado; unos se deslumbraron con los audaces acróbatas, otros reían con payasos comiquísimos, o se sorprendían con leones amaestrados y se quedaban admirados por un hombre que comía fuego. En una de las últimas exhibiciones del ilusionista, algunos jóvenes interrumpieron el espectáculo con gritos y palmadas rítmicas:
 
—¡Tenemos algo mejor! ¡Tenemos algo mejor!
 
Juzgando que se trataba de un juego de muchachos, el anunciador aceptó el desafío.
 
—¡Que venga esa cosa mejor!
 
Y ante el asombro de los miembros del circo y los aplausos de los espectadores, Juan llegó al centro del escenario y realizó su acostumbrada proeza de vomitar fuego.
 
Al día siguiente, recibía varias propuestas para trabajar en el circo. Al principio las rehusó pensando en que perdería el prestigio del que disfrutaba en la localidad. Alimentaba todavía la pretensión de ser elegido presidente municipal en un futuro cercano.
 
Pero eso nunca sucedió, así que, algunos días después de la partida de los saltimbanquis, se verificó la fuga de Juan.
 
Corrieron por el pueblo varias e ingeniosas versiones sobre su desaparición. Contaban que se había enamorado de una de las trapecistas, especialmente comisionado por el circo para seducirlo; también se dijo que se había iniciado en el juego de cartas y retomado el vicio de la bebida.
 
Sea cual sea la razón, después de esto, han pasado muchos dragones por nuestras calles. Y por más que mis alumnos y yo, les insistimos en que permanezcan con nosotros, no recibimos ninguna respuesta. Solamente se forman en largas filas y se encaminan hacia otros lugares, indiferentes a nuestros ruegos.
 
articulos
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Murilio Rubião
Escritor brasileño.
 
Traducción de Silvia Torres Alamilla
     
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cómo citar este artículo
 
Rubião, Murilio. (Traducción Torres, Silvia). 1993. Los dragones. Ciencias, núm. 32, octubre-diciembre, pp. 76-78. [En línea].
     

 

 

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