revista de cultura científica FACULTAD DE CIENCIAS, UNIVERSIDAD NACIONAL AUTÓNOMA DE MÉXICO
Busca ampliar la cultura científica de la población, difundir información y hacer de la ciencia
un instrumento para el análisis de la realidad, con diversos puntos de vista desde la ciencia.
Entrada13907   menu2
número 139-140
siguiente
anterior 
PDF
 
     
José Antonio Gómez Di Vencenzo      
               
               
Entre los discursos teóricos que contribuyeron a la
naturalización de las relaciones sociales y concretamente a su medicalización, se destacan los argumentos eugenistas. Específicamente en las sociedades modernas la medicalización de las relaciones sociales pretende anular —o al menos debilitar— el conflicto generado por la tensión existente entre la igualdad legal, que es propia del modelo contractualista, y las desigualdades que surgen a partir de las características específicas que adopta la estructura socioeconómica. En países como Argentina, principalmente durante la década de los treintas del siglo pasado, se extendió entre las élites intelectuales y políticas una serie de propuestas de intervención y control relacionadas con la educación formal pero también con la no formal, que reclamaban la implementación de un conjunto de intervenciones que modificara el pronóstico de los menos favorecidos. 

Esta serie de mediaciones sobre la población dio origen a distintas líneas de acción: por un lado, la educación sexual, tanto en el sistema formal como no formal y a las embarazadas en particular, y una educación general basada en el enfoque biotipológico (biopedagogía); por el otro, el uso de una serie de herramientas de control y tipificación de la población por medio de las llamadas en general “fichas eugénicas” o “fichas biotipológicas”. Aquí nos interesa este último punto, específicamente el intento de legitimación del uso de la ficha biotipológica por medio de su aplicación en el ámbito de la educación no formal. 

Eugenesia, biotipología y política

Como es sabido, la eugenesia consiste, básicamente, en promover la reproducción de los individuos o grupos de individuos considerados mejores e inhibir la reproducción de los considerados peores por medio de la aplicación de una batería de tecnologías sociales. En el movimiento eugenista del siglo xx se destaca la convicción de que es posible detectar y medir, porque ello está en la naturaleza biológica, una diferenciación jerárquica de los individuos o grupos humanos. Como anticipábamos en nuestra introducción, dicha detección y relevamiento de datos para la jerarquización y asignación de roles sociales se realizaría, siempre desde la perspectiva eugenista, mediante el fichado biotipológico de la población.

Dentro de la historia del programa eugenésico local, se destaca la década de los treintas por la fluida articulación entre diversos saberes y un conjunto de tecnologías sociales diseñadas para intervenir sobre la población; una fase caracterizada por una serie de matices, tensiones o debates sobre el modo de llevar a cabo las propuestas biotipológicas. Las fichas biotipológicas buscaban anticipar aptitudes y, a partir de los resultados obtenidos, prescribir una educación afín a las capacidades del sujeto. De este modo, el conflicto dado por la tensión existente entre igualdad y diversidad, que es propio del contexto capitalista, pretendía resolverse mediante una serie de intentos de legitimación de la desigualdad social, apelando a la diversidad biológica, vía aplicación de un programa eugenésico que incluía, como una de tantas tecnologías asociadas, la confección de fichas biotipológicas de alumnos. 

El biotipo del excursionista

La Asociación Argentina de Biotipología, Eugenesia y Medicina Social (aabems) consiguió poner a prueba la ficha biotipológica en otros ámbitos educativos, además de las escuelas públicas. Concretamente, se la usó en la educación no formal, en colonias de vacaciones y en recreos infantiles. Puede, por ejemplo, encontrarse la existencia de un fichado a pedido de la Dirección General de Escuelas de la Provincia de Entre Ríos de ciento treinta y seis alumnos de Paraná, quienes concurrieron a Buenos Aires en enero de 1935 como excursionistas, con el auspicio de la Cruz Celeste, tal como se expresa en un pequeño recuadro en el número 35 del segundo año de Anales (principal órgano de difusión de la asociación) y se confirma, posteriormente, en la tapa del número 37. Los alumnos y alumnas entrerrianas llegaron a la Capital Federal acompañados por maestros y maestras y bajo la dirección de quien, por aquel entonces, ejerciera el cargo de Presidente del Consejo General de Escuelas de Entre Ríos, el profesor Eduardo F. Ortiz. En el número antes mencionado de la revista y bajo el título “Llegaron de recreo a Buenos Aires, un grupo de escolares de Entre Ríos. Su ficha biotipológica”, la aabems da cuenta del importante acontecimiento asumiendo la “formación de la ficha biotipológica a esos niños, trabajo de positivo valor social y científico que marca una etapa que podemos, sin temor a exagerar, llamar histórica en ese campo de la medicina escolar”.

El mismo artículo expresa claramente la intención de prolongar la experiencia y hacerla extensiva a todo el país en los siguientes términos: “le ha correspondido a los hijos de Entre Ríos el primer turno en el examen biotipológico que viene organizando nuestra Institución para los niños de la República. Mañana serán los de la Capital y sucesivamente, Dios mediante, los de las demás provincias y territorios argentinos". Por otro lado, el mismo año y por Expediente número 10.212.5 de la Municipalidad de la Ciudad de Buenos Aires, se resolvió confiar a la aabems la confección de la ficha biotipológica de los tres mil niños que concurrían a la colonia de vacaciones de la Quinta Presidencial de Olivos, residencia donde se aloja el presidente de la nación y su familia durante su mandato.Estas pruebas de ejecución de la ficha biotipológica se agregan a la llevada a cabo en dos escuelas de la Provincia de Buenos Aires y dan cuenta de su pretendido uso como instrumento de política pública. A muy poco tiempo de fundarse la institución, tras un breve período de gestión en diversos ámbitos y gracias a una insistente tarea de divulgación de sus propósitos, los influyentes eugenistas lograron en 1933 el dictado de un decreto firmado por la Dirección de Escuelas de la Provincia de Buenos Aires, mediante el cual se puso en práctica, a modo de prueba, la ficha biotipológica escolar en dos colegios de la provincia: la escuela número 1 de San Isidro y la número 66 de La Plata. El decreto mencionado representa un primer logro en el arduo camino hacia la institucionalización de la ficha biotipológica escolar por parte de la AABEMS. 

Dicho decreto es presentado en los Anales como un significativo triunfo político e institucional. Además de representar un primer logro de implementación de la ficha biotipológica por parte de la aabems, aunque sea sólo una experiencia a modo de prueba en dos escuelas, también da cuenta de cómo se articulaba el tándem entre educación formal y no formal para la puesta a punto de la propuesta.Los denodados esfuerzos por promover el fichado de alumnos en todo el país llevaron a los miembros de la aabems a participar en encuentros y congresos educativos en distintos ámbitos, con el fin de mostrar los beneficios que traía aparejada la implementación de las fichas biotipológicas y la articulación entre biotipología y educación. No obstante, cabe aclarar que en éstos, al igual que en otros casos, el examen biotipológico era utilizado como experiencia piloto y diagnóstico para luego emprender medidas sanitarias. En rigor, nunca se fue más allá. Según José Natale, Presidente de Asociación Nacional Pro Cultura y Recreo del Niño, Cruz Celeste (fundada el 18 de noviembre de 1933 con el fin de llevar a cabo distintas actividades relacionadas con la acción social, para resolver lo que se entendía como falencias educativas o de nutrición, a partir de la educación no formal y las actividades recreativas del niño en vacaciones), junto a la aabems, dicha institución tenía como meta: “construir las cooperativas de veraneo, conforme al pensamiento de nuestra Carta Orgánica, en lo referente a la creación de ‘El Hogar del Bosque’, ‘El Hogar de Montaña’, ‘El Hogar de Playa’, en todos los cuales se atenderá el problema de la educación integral del niño, despertando su amor por la naturaleza, fomentando su desarrollo físico, cultivando las buenas maneras, una conveniente instrucción y disciplina y estimulando toda forma de actividad que se considere saludable y a la vez recreativa” (en la tapa de dicho número puede verse la foto de los estudiantes entrerrianos que viajaron a Buenos Aires gracias a La Cruz Celeste para que médicos de la aabems confeccionen sus fichas biotipológicas).

Como sea, además de haberse tratado su implementación en espacios de educación formal pero también no formal de las provincias de San Luis y Santa Fe, la aabems contaba con una filial en la Provincia de Mendoza y otra en Córdoba donde impulsaba el uso de la ficha en espacios tanto formales como no formales.

El Dr. Ferreira, director de la filial mendocina, sugería la aplicación de las fichas biotipológicas en distintos espacios de educación no formal. Preocupado por determinar con precisión el biotipo cuyano a fin de diagnosticar las posibles desviaciones e implementar medidas eugenésicas correctivas, Ferreira se preguntaba: “¿cómo es posible aplicar métodos o procedimientos de corrección u orientación de nuestra juventud mendocina, sea en el terreno de la conformación de su carácter y del desarrollo de su inteligencia, cuyas adquisiciones vigila el control psicológico o el certamen educacional, si no tenemos su ficha constitucional de nuestro ambiente?”.

La aabems se destacaba también en tareas de asistencia social en los espacios no formales de educación, instrumentando en muchas oportunidades, como se ha visto, una serie de acciones articuladas con otras instituciones sociales. Asimismo, en este ámbito, la biotipología empapaba el discurso y se constituía en “punta de lanza” para diagnosticar enfermedades, desviaciones, curar, corregir y una vez más, orientar y seleccionar. Pero más que nada la asociación impulsó el fichado biotipológico en las escuelas primarias, haciendo de la educación formal un banco de pruebas. Veamos un ejemplo de cómo funcionaba la articulación de pruebas piloto en educación no formal y mediante qué argumentos se legitimaba la implementación de la ficha y sus posibilidades en la formal.

Los días 9, 10, 11 y 13 de enero de 1936, se llevó a cabo el Primer Congreso de Instrucción Pública de Mendoza. El texto completo del decreto que estipulaba la celebración del congreso se encuentra reproducido en su totalidad en el número 60 de Anales publicado el 15 de febrero de 1936. Se realizaron distintas ponencias a cargo de importantes referentes de la aabems. Se destacan las de Nicolás Lozano, su presidente, y Arturo Rossi, discípulo de Nicola Pende y principal exponente de la biotipología en Argentina, además de director de la revista Anales. La principal ponencia presentada en el evento gira en torno a la justificación de la obligatoriedad de la aplicación de la ficha biotipológica en las escuelas, argumentando que proporcionaría una elevación de los valores físicos y morales y permitiría un mayor rendimiento de las futuras generaciones, “que irían superándose rumbo a una raza superior donde se cumplan las cuatro armonías: la belleza o armonía de las formas, la salud o armonía de las funciones, la bondad o armonía de los sentimientos y la sabiduría o armonía de la inteligencia. Armonías biológicas que no pueden defraudar a esa otra armonía que nosotros queremos cimentar: la Biotipología y la Pedagogía”.

Pero para los representantes de la aabems no fue tan fácil convencer a todos los delegados educativos que participaron en el congreso sobre los beneficios que representaba la confección de la ficha biotipológica escolar y el aporte que, desde el punto de vista de estos intelectuales, la biotipología era capaz de proporcionar a la educación. Algunos docentes y facultativos médicos se opusieron a la ejecución de la ficha en la escuela y lo manifestaron en un despacho de minoría. Hubo un interesante debate en el que estos delegados argumentaron el por qué de su oposición a la realización de la ficha biotipológica en las escuelas y en el que el Dr. Rossi defendió la propuesta del Instituto de Biotipología. Veremos que el fichado como prueba en espacios no formales servía de fundamento para mostrar que el mismo era posible gracias a los ajustes realizados en estas experiencias piloto.

En efecto, en un artículo publicado en el número 60 bajo el título “Promovió un interesante y animado debate la ponencia sobre la Ficha Biotipológica Escolar” se hace referencia a la mencionada discusión. Se recogen los argumentos esgrimidos por la Dra. Tobar García, la profesora Salotti y el Dr. Virgilio Moreta Algañaraz en oposición a la propuesta de la aabems. Todos ellos votaron en contra de la ficha biotipológica escolar por considerar entre otras cuestiones que “sus fundamentos son hipotéticos y no científicos”. La Dra. Tobar García, además de fundamentar teóricamente sus dudas acerca del estatus científico de la biotipología y la ficha, argumentó que “la adopción de la ficha significaría convertir a los niños en un cobayo de la India” y que la confección de dicha ficha presentaría una serie de inconvenientes dados por su extensión, la excesiva cantidad de aparatos que debía llevarse a las escuelas para su confección y el “ejército de médicos” que debían abocarse a la tarea. El Dr. Rossi defendió la propuesta con el argumento de que en Europa había expuesto en muchos congresos la necesidad de implementar la ficha en las escuelas recibiendo una adhesión muy sólida y que también, en dicho continente, existían muchos países que la habían implementado. El doctor no veía el motivo por el cual no podía hacérselo también en Argentina. A continuación agregó que en este país muchos docentes adhirieron a la propuesta y que existían 276 de ellos estudiando en la Escuela Politécnica del Instituto de Biotipología en Buenos Aires. Pero además hizo referencia a la experiencia piloto llevada a cabo con un contingente de niños excursionistas de la Provincia de Entre Ríos. Con relación al tiempo y la complejidad de la confección de la ficha, Rossi sostuvo que éste no era un problema si la ficha era confeccionada por personal idóneo, dijo: “hemos hecho en Buenos Aires […] las fichas de 260 niños en una mañana” y que, además, se confeccionó en muy poco tiempo el fichado de un contingente de alumnos entrerrianos que visitaron la capital.

Conclusiones

Las fichas biotipológicas constituyen un elaborado instrumento tecnocrático y cientificista que, en sus distintas versiones, da cuenta de la tentativa por clasificar, jerarquizar, organizar e intervenir la heterogeneidad de la población. Nuestro derrotero permite dar cuenta del modo en que la comunidad científica construye un discurso influido por el contexto de la época. Resulta interesante pensar cómo los presupuestos e ideas acerca del cuerpo y su lugar en los espacios de producción van enhebrándose y desarrollándose junto a un conjunto de prácticas de medicalización o tecnologías de intervención a nivel poblacional utilizando los espacios educativos; cómo la circulación de significados y su metamorfosis en el tiempo impregnan los discursos filosóficos, políticos, médicos y pedagógicos y cómo un piso ideológico da sustento a las propuestas eugénicas. Las pruebas citadas pueden considerarse a nuestro juicio un excelente ejemplo. 

La biotipología actualiza en nombre de la ciencia, en una época en la que se tendía a la universalización de la cultura “legítima” y a la homogeneización de la población (claramente representada por los delantales blancos de la educación pública), la indagación, control y medición de la diversidad que justificara la desigualdad y para la asignación de los diferentes roles sociales que el sistema productivo requería. En ese intento por universalizar la ficha biotipológica como herramienta diagnóstica para la posterior implementación del programa eugenésico que llevaría al logro de la diferenciación de roles, la aabems pugnó por llevar a cabo experiencias piloto en diferentes ámbitos como la mencionada con el contingente de niños y niñas entrerrianos que demostraran que la ficha podía ser utilizada eficientemente. Fue allí que la educación no formal desempeñó un rol destacado como espacio de intervención. Y fue entonces que el tiempo libre quedó atrapado en la jaula de hierro de la ciencia, la biotipología y la política.
     
       
Referencias Bibliográficas

Anónimo. 1935. “Llegaron de recreo a Buenos Aires, un grupo de escolares de Entre Ríos. Su ficha biotipológica”, en Anales. Biotipología, Eugenesia y Medicina Social, vol. 37, p. 18.
______. 1936. “Promovió un interesante y animado debate la ponencia sobre la Ficha Biotipológica Escolar”, en Anales. Biotipología, Eugenesia y Medicina Social, vol. 60, pp. 18-22.
______. 1936. “La obra de la Asociación ‘Cruz Celeste’”, en Anales. Biotipología, Eugenesia y Medicina Social, vol. 66, p. 13, Buenos Aires.
______. 1939. “Las Conclusiones adoptadas en las Jornadas Biotipológicas en función de la Asistencia Social”, en Anales. Biotipología, Eugenesia y Medicina Social, vol. 86, pp. 1-2.
     Ferreira, B. 1934. “Nuestra filial en Mendoza”, en Anales. Biotipología, Eugenesia y Medicina Social, núm. 22, pp. 5-8.
     Lozano, N., A. Rossi y V. Franco. 1936. “La Ficha Biotipológica Escolar”, en Anales. Biotipología, Eugenesia y Medicina Social, núm. 60, pp. 12-13.
     Miranda, M. y G. Vallejo. 2005. Darwinismo social y eugenesia en el mundo latino. Siglo XXI, Buenos Aires.
     Palma, H. 2002. Gobernar es seleccionar. Jorge Baudino Ediciones, Buenos Aires.
     Vallejo, G. y M. Miranda. 2004. “Los saberes del poder: eugenesia y biotipología en Argentina del Siglo xx”, en Revista de Indias, vol. lxiv, núm. 231, pp. 425-444.
      ____. 2007. Políticas del cuerpo. Estrategias de normalización del individuo y la sociedad. Siglo XXI, Buenos Aires. 

     

     
José Antonio Gómez Di Vincenzo
Laboratorio de Ciencia Humanas,
Universidad Nacional de San Martín.
 
Es doctor en Epistemología e Historia de la Ciencia por la Universidad Nacional de Tres de Febrero. Su tesis de doctorado fue aprobada con mención honorífica y recomendación de publicación. Es docente en la cátedra de Epistemología de las Ciencias Sociales en la Escuela de Humanidades de la Universidad Nacional de San Martín e investigador del Laboratorio de Ciencias Humanas de la misma casa de estudios. Ha publicado en el campo de la historia y filosofía de la ciencia y CTS.
     

     
       

 

 

Entrada13906   menu2
número 139-140
siguiente
anterior 
PDF  
 
     
Josué De Santiago Sanabria      
               
               
En 1944, Borges describió la existencia de la enciclopedia
ficticia sobre la vida en el mundo ficticio de Tlön. Es poco lo que sabemos de este planeta ficticio (doblemente), así que me atreveré a contar un poco de su historia. De su filosofía, nos cuenta Borges cómo los eruditos de este planeta niegan la existencia de unas monedas de cobre luego de ser perdidas por una persona. ¿Sería este tipo de filosofía el resultado de algún accidente histórico? Quizá en el pasado los habitantes de este mundo carecían de alguno de los sentidos que para nosotros es elemental, probablemente el de la vista o, mejor aún, el del oído. Verán, en el pasado las personas de ese mundo no podían escuchar, es decir, por alguna extraña curiosidad biológica, los humanos nacidos en Tlön tenían los mismos sentidos que los humanos nacidos en la Tierra, excepto el oído. A pesar de ello, la civilización se había desarrollado bien, con un lenguaje de señas como medio principal de comunicación; además, la pintura se usaba para transmitir ideas a lugares lejanos, la arquitectura para transmitir ideas a tiempos lejanos, y el cine para transmitir las ideas y sentimientos más profundos de aquellos humanos. Algo así como la música en nuestra civilización, se proyectaba cine mudo en todas las plazas públicas, las parejas tenían su escena favorita como aquí su canción preferida, y el acceso a este arte era considerado un derecho fundamental.

Piensen en la gran revolución que supuso para esa civilización cuando, un buen día, un grupo de científicos desarrolló una máquina para percibir las vibraciones del aire. Escuchar, le llamaron. Los tlönianos sabían de la existencia del aire porque lo podían sentir en el viento frío de la tarde y en el cálido vapor de un caldo de camarón, también estudiaban en la preparatoria que el aire podía vibrar, que temblaba como tiemblan los vagones del metro al sentir el túnel o los perros al cruzar el frío. Sabían de las vibraciones porque las sentían y del aire porque lo estudiaban en la escuela, pero fuera de esos aburridos exámenes preuniversitarios, poca atención se le prestaba a tales fenómenos invisibles en una sociedad basada en la vista. Entonces, después de muchos años, unos científicos crearon un aparato que permitía percibir esas vibraciones, y la humanidad logró escuchar y, por primera vez, se enteraron de los trinos de los pájaros, del ladrido de los perros, de su propio llanto y de su risa. Todo era nuevo. Un universo que no conocían.

Algo parecido a esto nos ocurrió hace unos años, el 14 de septiembre de 2015, cuando escuchamos los trinos del Universo por primera vez. La colisión de dos agujeros negros que, en sus últimos momentos, giraban uno en torno al otro 75 veces por segundo, produciendo una vibración que se transmitió en la estructura misma del espaciotiempo hasta llegar, no a Tlön, sino a la Tierra para ser escuchada por un par de oídos. Este primer par de oídos de la humanidad, conocido como el observatorio de ondas gravitacionales ligo, había sido capaz de detectar en sus brazos de cuatro kilómetros de largo una vibración tan sutil como una milésima parte del tamaño de un núcleo atómico, producida por una onda en el espaciotiempo, originada por la colisión de aquellos hoyos negros.

Estoy seguro de que algunos de los cientos de textos de divulgación que se han producido entre ese día y hoy pueden explicar mejor lo que son las ondas gravitacionales, pero déjenme platicarles un poco de ellas y de cómo viví personalmente este descubrimiento.

¿Qué son las ondas gravitacionales?

Las ondas gravitacionales fueron predichas por Albert Einstein hace 101 años, apenas después de haber formulado en su forma completa la teoría general de la relatividad, en donde postuló que el espacio-tiempo puede curvarse y, más que eso, que dicha curvatura da lugar al fenómeno que percibimos como gravedad. Pronto los científicos probaron dos de las predicciones de la relatividad de Einstein: que los rayos de luz se desvían por la gravedad del Sol, y que el planeta Mercurio tiene una pequeña desviación en su trayectoria. Sin embargo, la idea de que el propio espacio-tiempo pudiera curvarse formando ondas tuvo que esperar otro siglo para ser comprobado, y es que la tarea no era fácil, ni conceptual ni tecnológicamente.

La primera pregunta por resolver era si realmente las ondas que resultan de las ecuaciones son reales, ya que la relatividad permite entender los problemas físicos desde distintos puntos de vista, que llamamos sistemas de coordenadas, y al principio los resultados en distintos sistemas parecían contradictorios. Y es que tenemos la teoría de la relatividad con sus ecuaciones, y al resolverlas obtenemos que hay ondas, pero no sabemos si realmente existen pues es bastante común encontrar un sistema de coordenadas en donde las ondas desaparecen, de la misma forma como ocurre en las ilusiones ópticas donde se ven las líneas dobladas, pero si ponemos una regla sobre el papel nos damos cuenta de que en realidad están rectas: así las vibraciones del espacio-tiempo desaparecen, como las ilusiones, como fantasmas producidos por las coordenadas.

El problema es que el espacio-tiempo es como el escenario en donde los fenómenos del mundo ocurren. El momento y lugar en donde nacemos es un punto del espacio-tiempo, como también lo es el punto del espacio-tiempo en que damos nuestro primer beso, y el punto del espacio-tiempo en que nos enamoramos por primera vez; nuestra vida es una sucesión de puntos en este escenario. Entonces, ¿qué significa que este escenario vibre al pasar una onda por él?, ¿podríamos percibirlo? Pensemos en el sonido, imaginemos una vibración que pasa por el aire y atraviesa a un pequeño insecto que vuela en él; éste simplemente se moverá junto con el aire, sin percibir la vibración (tal vez sí lo perciben, no lo sabemos, pero sigamos con el ejemplo). El insecto no percibe la vibración y por lo tanto concluye que carece de una realidad física. ¿Nos podría suceder lo mismo?

Pasaron cuarenta años hasta que los científicos concluyeran que, de hecho, las ondas gravitacionales sí son reales. Se concluyó incluso que las ondas llevaban energía que podía ser detectada por medio del siguiente experimento: si alguien tuviera una barra de un cierto tamaño y material capaz de resonar con la frecuencia de las ondas, al pasar una onda gravitacional lo suficientemente intensa la barra se pondría a vibrar y de tal vibración se podría extraer energía, que inicialmente la barra extrajo de la onda gravitacional. 

En efecto, en los años setentas un científico de nombre Joseph Weber construyó unas barras excepcionalmente sensibles a estas ondas y afirmó haberlas detectado. Misner, Thorne y Wheeler publicaron en aquellos años: “al momento en que este libro es escrito, no es claro que los resultados experimentales de Joseph Weber constituyan una genuina detección de ondas gravitacionales. Pero sean o no, la astronomía de ondas gravitacionales ha iniciado y parece tener un brillante futuro. La tecnología de 1973 parece suficiente para la construcción de detectores que registrarán ondas de una estrella que colapsa para formar un agujero negro en cualquier lugar de nuestra galaxia; y los detectores de finales de los setentas e inicios de los ochentas podrían registrar ondas emitidas por pulsares y supernovas de otras galaxias. Las dificultades técnicas por ser resueltas serán enormes. Pero los físicos son ingeniosos [...] y seguramente todos los obstáculos serán superados”.

El texto peca un poco de optimista, si consideramos que quienes lo escriben creían que las ondas gravitacionales se detectarían en menos de una década, pero un pequeño retraso provocó que la detección ocurriera cuarenta y un años después. De hecho uno de los autores del texto, Kip Thorne, ganó el premio Nobel en 2017 gracias a dicha detección.

Trinos… ¿pero de qué?

Y es que, al estar sordos, no teníamos idea de lo que escucharíamos allá afuera. Lo mismo sucedió a los científicos de Tlön, quienes suponían que las aves trinaban y los perros ladraban, pues habían deducido de su comportamiento algún tipo de comunicación no visual. Pero ¿cómo lo hacían?, ¿frotaban sus alas?, ¿chocaban su pico?, ¿pasaban aire a través de sus gargantas? Además, era de suponer que muchas cosas del mundo producían sonidos. ¿Cuál sería el más intenso?, ¿el más frecuente?

Hace unos años, cuando yo era estudiante de licenciatura, en la Tierra los humanos estábamos justo en esas cuestiones, y todavía nos preguntábamos qué sonidos habría allá afuera y si algún día podríamos escucharlos. Además de haber concluido que las ondas gravitacionales eran reales, también se había descubierto cómo eran producidas. Básicamente, al acelerarse, cualquier objeto con masa produciría estas ondas, y entre más grande la masa y más grande la aceleración, más intensas las ondas. Por ejemplo, los cuatrocientos furiosos gramos del puño de un ciclista se pueden acelerar a 2.5 metros/segundos2 para mentarle la madre a un automovilista que casi lo arrolla. El automovilista cafre recibe un golpe 10 a 50 Joules de ondas gravitacionales, desafortunadamente, indetectables incluso para nuestros más precisos aparatos.

Se requiere mucha masa y mucha aceleración, y entonces una situación ideal para producir ondas gravitacionales ocurre cuando un cuerpo celeste gira alrededor de otro, en especial si están muy cerca uno del otro, pues giran más rápido y por tanto se aceleran más y también producen más ondas. Por ejemplo, ya se había observado un sistema con dos estrellas de neutrones, una girando alrededor de la otra, con un giro cada siete horas, que se conocía como el pulsar de HulseTaylor. Con estrellas tan masivas y un giro tan rápido se producen muchas ondas gravitacionales, aunque no tantas como para detectarlas, pero estas ondas se llevan parte de la energía de giro, así que las estrellas terminan más y más cerca y, paradójicamente, girando más y más rápido, y produciendo más y más ondas. Esto ocurre lentamente, pero dentro de 300 millones de años las estrellas estarán tan cerca que se tocarán una a la otra, en un último abrazo, que producirá un último trino de ondas gravitacionales, y después de este vals de millones de años se unirán en una sola. Aquí en la Tierra no podemos escuchar el sonido de ese vals, las ondas que producen son demasiado débiles, pero podemos deducir que se han ido juntando porque, luego de décadas de observarlas, vemos que giran cada vez más rápido.

Fuera de este caso especial, al igual que los científicos de Tlön, lo que en realidad queríamos era escuchar directamente las ondas gravitacionales y no sólo deducir indirectamente su existencia. El problema es que no sabíamos si el Universo era ruidoso o silencioso, si los sonidos eran intensos o débiles, si los trinos eran frecuentes o excepcionales, si los valses eran rápidos o lentos; porque éramos sordos. Bueno, sí sabíamos, algunas cosas: que las binarias de estrellas de neutrones, como el pulsar de Hulse-Taylor, existen y cabe la posibilidad de que hubiera una similar pero más cercana y que sí pudiéramos escucharla.

En 2006 tomé un curso sobre las posibles fuentes de ondas gravitacionales en el Universo y estudiamos tantas como alcanzaba la imaginación de los científicos: fuentes binarias o fuentes únicas, fuentes continuas o fuentes explosivas, fuentes periódicas o fuentes azarosas. De las posibilidades que recuerdo de esa época estaban los sistemas binarios, como el pulsar de Hulse-Taylor, pero más cercanos y que podían estar compuestos por dos estrellas o dos hoyos negros o una estrella y un hoyo negro. Además, era posible que estuvieran girando, en su largo vals, o que estuvieran en su último abrazo, justo antes de unirse, o recién unidos, en una nueva estrella o un nuevo agujero negro, que se quedaría resonando por un rato como una campana a la que acaban de golpear. Otras posibles fuentes de ondas eran los choques de frente, las montañas en la superficie de las estrellas de neutrones, la muerte de las estrellas o el nacimiento del Universo.

Para ese entonces los científicos ya llevaban veintidós años planeando y once construyendo el observatorio ligo, y más les valía estar preparados para lo que podrían escuchar. El saber qué tipo de sonido esperamos percibir permite a nuestro cerebro detectar mejor los sonidos e incluso completarlos cuando llegan incompletos. Por esta razón es que muchas veces escuchamos nuestro nombre entre una multitud, nuestra canción favorita en un auto que va pasando o la voz de un amigo que nos cuenta su vida en medio de un ruidoso bar; nuestro cerebro va filtrando esos sonidos importantes del resto del ruido. De la misma forma era importante que preparáramos los cerebros, los sistemas computacionales que analizarían las vibraciones detectadas por ligo, para que buscaran las ondas gravitacionales que anduvieran por ahí. Y es que, al ser tan sensible, ligo percibe una gran cantidad de ruido que no son ondas gravitacionales, como las vibraciones térmicas del aparato, fluctuaciones en la red eléctrica, camiones pasando cerca, sismos del otro lado del mundo, ruido que las computadoras deben eliminar.

Al contrario, las computadoras deben buscar las posibles señales que sí vienen del Universo y una de las más intensas ocurre cuando dos agujeros negros chocan. Y no es que vayan moviéndose por ahí y, de pronto, se topen de frente. Lo que puede pasar, en cambio, es que hayan girado uno alrededor del otro, igual que el pulsar de Hussle-Taylor, generando ondas en su largo vals de millones de años, acercándose hasta tocarse, devorándose mutuamente para formar un único y fluctuante agujero final que seguirá emitiendo ondas gravitacionales hasta estabilizarse. 

Resolviendo las ecuaciones de la relatividad general sería posible obtener la forma particular de las ondas producidas por dicho fenómeno y así decirles a las computadoras que lo buscaran en la señal de ligo, algo así como indicarles el tono particular del trino que debían buscar. No obstante, resolver tales ecuaciones fue un rompecabezas que llevó cuarenta años armar. Finalmente, en 2005, cuando se colocó la última pieza, resultó que al chocar los agujeros negros se pegaban en un agujero más grande, generando una cantidad inmensa de ondas gravitacionales. Durante los últimos momentos de ese proceso, el sistema irradia tanta energía que se convierte en el objeto más brillante del Universo y adquiere más potencia que la luz de todas las estrellas de todas las galaxias juntas en el Universo observable. Este evento tan intenso podría ser detectado con los oídos correctos aquí en la Tierra.

Así, en 2005, cuando se resolvió la colisión de los agujeros negros, Pablo Laguna, un físico mexicano que trabajaba en Pensilvania en aquellos años, reunió en Guanajuato a un grupo de científicos de ligo con los varios grupos de científicos que habían resuelto el rompecabezas. Presenciarla fue muy impresionante para mí como estudiante. Eran dos grupos distintos de gente realmente perseverante, que llevaba años y años chocando con un muro que no cedía: el muro de la ignorancia humana. Unos de ellos, los teóricos, por fin habían hecho un hueco en la pared, y ahora sabían cómo era la señal de ondas gravitacionales, conocían el tono del trino. Los otros, quienes construían ligo, llevaban más de treinta años, seguían intentándolo, y les faltaban diez más —aunque eso nadie lo sabía. En esa época, para mí la empresa de la detección sonaba como algo imposible, igual que me había parecido imposible que se encontrara la solución de la colisión. Supongo que soy un poco pesimista. Y por eso no puedo minimizar la gran capacidad de ambas comunidades para trabajar durante años hasta lograr sus objetivos.

El observatorio

En los setentas se propuso una forma de detectar las ondas gravitacionales que consistía en colocar una estructura en forma de L, como dos largos brazos, con espejos en los extremos y en el vértice, haciendo pasar un rayo láser del vértice a los extremos y de regreso para ser detectado. Este dispositivo ya era ampliamente conocido por los físicos, le llamamos interferómetro de Michelson y permite detectar variaciones minúsculas en el largo de dichos brazos, analizando la luz reflejada. Al pasar una onda gravitacional tendrá el efecto alternado de contraer uno de los brazos y alargar el otro, para luego hacer lo contrario. La onda alarga y acorta el tamaño de los brazos en una distancia menor que el tamaño de un núcleo atómico, pero el interferómetro es muy preciso, siempre y cuando los espejos estén bien aislados y se muevan libremente y no se calienten, y los brazos sean bien largos y rectos, y estén al vacío y protegidos de posibles vaqueros que vayan a cazar y les hagan hoyos por accidente. Finalmente, es mejor construir dos interferómetros, entre más lejos mejor, en este caso en Luisiana y Washington, para así corroborar las mediciones pues sólo una onda gravitacional se observaría en las dos posiciones.

El observatorio fue construido en los noventas y se siguió mejorando hasta 2009, dos años más tuvieron los científicos los oídos más sensibles de la humanidad esperando un trino del Universo que nunca llegó: la naturaleza no le revela sus secretos fácilmente a los humanos. Todo ese esfuerzo parecía inútil o al menos a mí me lo parecía desde afuera. Durante aquellos años, Gabriela González, una joven científica argentina que fue portavoz oficial de ligo, había venido varias veces a México y ofrecido apoyar a algún estudiante que quisiera participar en el observatorio, ya que el consorcio ofrecía apoyo a estudiantes de países en vías de desarrollo; pero al final nadie lo aprovechó —y es que en esa época una detección se escuchaba tan lejana, tan irreal—, una lástima porque hoy tendríamos un mexicano festejando el haber participado en tan importante detección.

A de avanzado

En el año 2010, a pesar de no haber detectado nada, el consorcio recibió fondos para hacer una gran remodelación a los detectores e iniciar la fase que se consideraría “ligo avanzado”. Una nueva montura para los espejos con mejor aislante sísmico y menor ruido térmico, así como un aumento considerable en la potencia del láser permitieron aumentar considerablemente la sensibilidad del observatorio. Cuando se reabrió el observatorio con los nuevos detectores, en 2015, ya todo estaba listo. Fueron décadas de esfuerzos. Parecía que por fin se lograba. De hecho, unos días antes de que iniciaran las observaciones de manera oficial ocurrió la primera detección: el 14 de septiembre de 2015 la humanidad escuchó por primera vez un nuevo trinar, una sorpresa pues lo produjo un par de agujeros negros de 36 y 29 veces la masa del Sol, los cuales terminaban su vals en un choque, emitiendo unos 1 047 Joules de energía (comparativam ente, una parte en mil billones de esa energía es lo que se necesita para destruir nuestro planeta en miles de pedazos, algo así como cuando Vegeta destruye al planeta Arlia en Dragon Ball Z). Y es que fue como si lo primero que escucharan los habitantes de Tlön, fuera un enorme animal invisible del que no tenían ningún indicio previo. Dado que los agujeros negros no brillan, no sabemos mucho de ellos, tenemos evidencia indirecta de algunos más pequeños, como de la masa del Sol o un poco más, y de otros grandotes, un millón de veces más; pero no sabíamos que también vinieran en ese tamaño medio y más aún que fueran tan comunes como para que ocurriera el evento fortuito de que dos de ellos terminaran chocando y estuvieran tan cerca para poder escucharlos. Bueno, en realidad no están tan cerca, lo cuál fue una segunda sorpresa pues muchos de nosotros esperábamos que la primera detección proviniera de algún evento cercano, de nuestro propio cúmulo de galaxias, de nuestra vecindad cósmica, pero en lugar de eso nos llegó un trinar verdaderamente lejano, esa colisión ocurrió hace más de mil millones de años, cuando en la Tierra ni siquiera existían animales todavía, y por estar tan lejos le tomó todo ese tiempo a las ondas gravitacionales atravesar el espacio hasta llegar a nosotros.

Esos extraños monstruos de los que no se puede escapar, venían en un mayor número de tamaños y eran más abundantes de lo que pensábamos o, bueno, podríamos decir que no pensábamos nada, porque nada sabíamos.

Las estrellas de neutrones

Posteriormente el detector se apagó por unos meses para continuar su remodelación y aumentar todavía más su sensibilidad y finalmente se abrió también el observatorio europeo virgo. Así como los humanos tenemos dos oídos que nos permiten escuchar mejor que uno y si tuviéramos tres escucharíamos aún mejor que con dos, pero no sólo eso, sino que tendríamos mayor capacidad para determinar la dirección de donde provienen los sonidos. Lo mismo ocurre ahora que tenemos tres detectores funcionando, dos de ligo y uno de virgo, pues podemos determinar con mucha mayor precisión el lugar de donde provienen las ondas gravitacionales.

Esto último es muy importante porque permite a los astrónomos de todo el mundo apuntar sus telescopios hacia el posible lugar en donde se originaron las ondas gravitacionales para buscar alguna fuente luminosa. Esto se había intentado en las primeras colisiones detectadas, pero sin ningún resultado, y es que los agujeros negros son, valga la redundancia, principalmente negros y no emiten luz que podamos observar. En cambio, el 17 de agosto, gracias a la colaboración ligo-virgo se pudo detectar la colisión de dos estrellas de neutrones, como las del pulsar de Hulse-Taylor pero con la diferencia de que éstas terminaron su vals espiral hasta unirse. Debido a que se trata de estrellas, los observatorios de todo el mundo lograron esta vez ver la colisión con telescopios de todo tipo, y no sólo escuchamos el trino, sino también pudimos ver el pájaro que lo produjo, como si los científicos de Tlön por primera vez escucharan el canto de un pájaro y al mismo tiempo vieran el movimiento de su pico y su cabeza. El resultado de la colisión es una nueva estrella o un agujero negro, todavía no lo sabemos, hay mucho por explorar. Pero de esa única observación ya podemos concluir muchas cosas: que las ondas gravitacionales viajan a la misma velocidad que la luz, que en ese tipo de colisiones se producen algunos de los elementos pesados del Universo y podemos analizar la forma en que éste se expande y dar luz al problema de por qué dicha expansión es cada vez más y más rápida.

Epílogo

Finalmente, el comité del Premio Nobel otorgó a los líderes de ligo el Nobel de física de 2017. Por reglas internas del premio sólo se puede entregar a tres personas, pero la verdad es que esto fue el resultado de una de las colaboraciones más grandes y decididas de personas de nuestro tiempo, es lo que se consigue mediante la colaboración de los seres humanos en pro de un interés común. Cuando premios como éstos se entregan, es un premio a toda nuestra especie y a nuestra habilidad para trabajar en equipo y para ser mucho más cuando estamos juntos y somos decididos. Es un premio al conocimiento adquirido por la humanidad: hace cien años se inventó la relatividad general, hace sesenta se construyó el primer láser, hace 130 años se inventó el interferómetro y hace 370 las bombas de vacío. Es un premio a las capacidades de la humanidad.
     
       
Referencias Bibliográficas

Abbott, B. P., et al. 2017. “GW170817: Observation of Gravitational Waves from a Binary Neutron Star Inspiral”, en Phys. Rev. Lett., vol. 119, núm. 161101, pp. 1-18.
     Abbott, B. P., et al. 2016. “Observation of Gravitational Waves from a Binary Black Hole Merger”, en Phys. Rev. Lett. vol. 116, núm. 061102, pp. 1-16.
     Borges, J. L. 2011. Ficciones, Penguin Random House, Barcelona.
Thorne, K. S., C. W. Misner y J. A. Wheeler. 2000. Gravitation. San Francisco, California.

Lecturas sugeridas

Comunicado de prensa de la primera detección de ondas gravitacionales https://www.ligo.caltech.edu/detection
Comunicado de prensa de la primera detección de una colisión de estrellas de neutrones https://www.ligo.caltech.edu/page/press-release-gw170817
     La señal de ligo se puede transformar en sonido que perciben nuestros oídos, aquí un video con el sonido de la primera detección (https://www.youtube.com/watch?v= QyDcTbR-kEA)
     Flores, J. 2003. La gran ilusión, III. Las ondas gravitacionales. fce, Cd. de México.
     Hacyan, S. 2019. Ondas gravitacionales. Las olas invisibles del universo. fce, Cd. de México.
     

     
Josué De Santiago Sanabria
Departamento de Física, CINVESTAV.

Investigador por México Conacyt asociado al departamento de física del CINVESTAV. Tiene un doctorado en ciencias físicas por parte de la UNAM, tiene doce publicaciones en revistas científicas de nivel internacional y formo parte del SNI. Su investigación se centra en modelos del Universo y su comparación datos observacionales.
     

     
       

 

 

Entrada13901   menu2
número 139-140
siguiente
PDF
 
 
     
Héctor E. Rivera Sylva y Francisco Javier Jiménez Moreno      
               
               
El estudio formal de los dinosaurios recae en la presencia
del médico rural Gideon A. Mantell. Nunca se conformó con la respuesta de los eruditos en torno a los dientes descubiertos por él y su esposa. Su trabajo derivó en la descripción de dinosaurios como: Iguanodon, 1825; Hylaeosaurus armatus, 1833; Regnosaurus northamptoni, 1848; Pelorosaurus conybearei, 1850 y Pelorosaurus becklesii, 1852. Su pasión lo llevó a la pérdida de su trabajo, familia y salud. A pesar de tan malograda situación, se le considera como el primer paleontólogo “cazador de dinosaurios” de la historia.

El estudio formal de los dinosaurios recae en la presencia del médico rural Gideon A. Mantell. Nunca se conformó con la respuesta de los eruditos en torno a los dientes descubiertos por él y su esposa. Su trabajo derivó en la descripción de dinosaurios como: Iguanodon, 1825; Hylaeosaurus armatus, 1833; Regnosaurus northamptoni, 1848; Pelorosaurus conybearei, 1850 y Pelorosaurus becklesii, 1852. Su pasión lo llevó a la pérdida de su trabajo, familia y salud. A pesar de tan malograda situación, se le considera como el primer paleontólogo “cazador de dinosaurios” de la historia.

Gideon A. Mantell nació en Sussex, Inglaterra, el 3 de febrero de 1790. De niño pasaba su tiempo descubriendo amonites, conchas y otros fósiles cerca de su casa. En la escuela, bajo la guía de una señora de edad avanzada aprendió a leer y a escribir. A los quince años fue aprendiz del cirujano James Moore y a los diecisiete partió a Londres a estudiar medicina, cargando una bolsa llena de fósiles colectados en Sussex. Él hubiera querido hacer una carrera en geología y pertenecer a la Sociedad Geológica y la Real Sociedad, pero no había oportunidad para el hijo de un zapatero. Afortunadamente conoció a James Parkinson, un importante geólogo y médico, fundador de la Sociedad Geológica en 1822, quien fuera el primer naturalista en publicar el nombre Megalosaurus sin ninguna descripción formal. Mantell, al igual que Parkinson, encontró tiempo para la geología mientras practicaba la medicina.

A los veintiún años obtuvo su diploma como miembro del Real Colegio de Cirujanos y regresó a Lewes, donde trabajó con James Moore, consolidando una apretada agenda con sus pacientes. A pesar de ello, seguía pasando sus horas de descanso inspeccionando la geología local y pagaba a los trabajadores de las canteras por cualquier fósil que le llevaran.

Uno de los pacientes de Mantell fue George Woodhouse, un negociante de Londres. Mientras lo atendía, no pudo dejar pasar desapercibida a su hija mayor Mary, quien además compartía su interés por los fósiles; pronto formaron un vínculo que los llevó al matrimonio en mayo de 1816. Una vez asentada en Lewes, Mary Mantell ayudaba a su esposo a buscar fósiles. Luego vio que le podía asistir con dibujos de sus hallazgos, y pacientemente manejaba el arte de la ilustración científica.

Con una creciente confianza en sus observaciones geológicas, Mantell decidió escribir un libro sobre sus descubrimientos en las rocas de Sussex, lo que esperaba estableciera sus credenciales científicas y posiblemente asegurara su membresía en alguna de las prestigiosas sociedades científicas. Mary hizo las ilustraciones.

Mantell descubrió que había unas rocas particulares en un área conocida como Weald, donde los fósiles eran diferentes a aquellos cerca de Lewes: grandes huesos, pero muy deteriorados, imposibles de determinar y clasificar. Allí, en Whitemann’s Green, se llevaba a cabo la extracción de cantera; pero debido a que estaba muy retirado de Lewes, y con la llegada de su primera hija en 1818, él tenía menos tiempo disponible. Tras algunas negociaciones, el señor Leney, dueño de la cantera, comenzó a enviarle los fósiles a Lewes, entre ellos le llegaron algunos dientes y mandíbulas que Mantell creyó pertenecían a un Ichthyosaurus, así como fósiles de plantas terrestres. No obstante, cuando William Conybeare publicó en 1821 su trabajo sobre Ichthyosaurus, Mantell vio que sus huesos no se parecían en nada a los allí descritos. La pregunta era obvia: ¿a qué criatura podrían pertenecer?

Iguanodon, el primer dinosaurio 

Mantell estudiaba los fósiles, pasaba noches enteras limpiándolos con cincel y martillo, y los comparaba con los ilustrados por Cuvier en su trabajo Recherches sur les ossements fossiles des quadrupedes, percibiendo similitud entre algunos huesos y vértebras de cocodrilo y los que él encontró. Posteriormente buscó una segunda opinión, y revisando las colecciones del Museo Hunteriano del Real Colegio de Cirujanos en Londres, le mostró unos dientes a William Clift, quien le dijo que ese tipo de dientes únicamente podrían estar presentes en cocodrilos o lagartos monitores, por lo que Mantell dedujo que su especimen era algo más parecido a un cocodrilo.

Poco después Mary Mantell efectuó un descubrimiento sobresaliente que llevaría a otra conclusión. Hay varias versiones del evento: la tradicional, que suena a cuento de hadas paleontológico, narra que el incidente ocurrió una mañana de 1820 o 1821 en que Mary acompañaba a su esposo a sus consultas médicas y, mientras atendía a un paciente, ella se distrajo buscando fósiles en una pila de rocas que estaba a un lado del camino. Allí encontró una figura desgastada de color café oscuro, como un fragmento de un diente gigante. Mantell observó que el descubrimiento era algo importante. Ese diente no era de un carnívoro, sino de un herbívoro y se había desgastado por comer plantas.

Dennis Dean, biógrafo de Mantell, al revisar el diario y las notas no encontró referencias de que él y su esposa hubieran hallado dientes de gran tamaño en 1822. Ninguna anotación del descubrimiento científico que cambió su vida y lo inmortalizó como el primer cazador de dinosaurios. Según Dean, Mantell ya tenía varios dientes en su poder desde 1821. Si una fecha tiene que ser marcada como el día en que su esposa encontró los dientes, no es en 1822, sino el 15 de agosto de 1820, de acuerdo con el diario; ese día Mary tuvo que encontrar el diente, ya que fue cuando el hermano de Mantell, Thomas, la llevó en su coche. 

Como fuera, el descubrimiento del diente que parecía más de un herbívoro que de un carnívoro colocaba a Mantell en un apuro, ya que carecía de algún fósil comparativo de mamífero o de un reptil gigante. Para el otoño de 1821, el primer piso de su casa estaba lleno de fósiles, los cuales podía identificar gracias a sus conocimientos en anatomía; desafortunadamente, ningún rastro de mandíbula. A pesar de eso, era evidente que había dos animales diferentes: uno con dientes como cuchillos, aplanados y aserrados, y otro con un diente liso, desgastado y de color café oscuro. El primero, dadas sus características, únicamente podía pertenecer a un animal carnívoro, y Mantell estaba seguro de que pertenecía a un reptil gigante por su similitud con los dientes de cocodrilo, aun cuando había diferencias pues los de los cocodrilos son cónicos y ligeramente curvos.

El diente de herbívoro que encontró su esposa era más intrigante, pero sin el respaldo de una universidad o una sociedad de prestigio, Mantell no podía afirmar que pertenecía a un lagarto gigante, cuando dicha criatura se suponía no había existido. Se convirtió entonces en su obsesión el querer descifrar el enigma y hallarle un lugar en la historia. Afortunadamente había otro hombre estudiando evidencias de grandes lagartos fósiles en Inglaterra: el Reverendo William Buckland.

En 1821 Mantell fue visitado por Charles Lyell para ver su colección, lo cual derivó en una larga amistad. Lyell le comentó sobre un reptil gigante encontrado por Buckland en Stonesfield, que se podía ver en el Museo Ashmolean, en Oxford, y éste le confió sus intenciones de publicar un reporte detallado sobre el reptil. En su cabeza seguía planeando el libro, incluso tenía una lista de personas a las que les enviaría una copia, y lo logró en mayo de 1822 bajo el título Fossils of the South Downs. Allí, por vez primera se hacía una descripción de estos animales gigantes de la tribu de los lagartos, criaturas que él clasifica como reptiles y que, señala, aún debía haber más enterrados en las colinas de Sussex. Cual cereza en el pastel, en 1821 le llegó una carta del rey Jorge IV para que le fueran enviadas cuatro copias del libro.

No obstante, Mantell seguía intrigado por el diente que su esposa había encontrado, por lo que en el verano de 1822 lo llevó a la Sociedad Geológica de Londres (fundada en 1807). A la sesión asistieron también William Buckland, el Reverendo Conybeare y William Clint del Museo Hunteriano. Grande fue su decepción pues, menospreciando su hallazgo, afirmaron que pertenecía a un pezlobo (Anarhicas lupus), expresando que el asignarlo al Cretácico era un error. Los “expertos” de la sociedad no aceptaban sus propuestas, después de todo era simplemente un médico. Sus opiniones desanimaron a Mantell, pero William Wollaston, presidente de la Royal Society —descubridor del Paladio (Pd) y Rodio (Rh) en 18031804—, lo exhortó a que no desistiera en su investigación, que considerara había descubierto una nueva especie. 

Mantell decidió entonces efectuar otro estudio en las rocas de Sussex, esta vez con Lyell. Ambos fueron al Bosque de Tilgate buscando estratos que tuvieran fósiles similares a los encontrados y los hallaron en las localidades de Hastings, Winchelsea y Rye, probando sin lugar a dudas que el sedimento provenía de la roca secundaria. Sin embargo, otra cosa muy diferente era convencer a los miembros de la Sociedad Geológica. Con tal fin, el 1 de junio de 1822 Mantell escribió una carta a William Fitton, secretario de ésta, pero a los miembros les pareció tan insignificante que ni si quiera se leyó. Para Buckland y otros miembros, los “reptiles” de Mantell eran grandes mamíferos en rocas terciarias. No podía ser que un cirujano de provincia sobrepasara en conocimientos a naturalistas expertos de Oxford y Londres. Cuando el artículo se leyó por fin, seis meses después, no se aceptó para su publicación sino hasta tres años más tarde.

En 1822, William Fitton inició también su propia investigación, llegando a la conclusión de que eran estratos de agua dulce y se trataba de rocas secundarias; en junio de 1823, Lyell llevó a cabo otra expedición con Buckland a la Isla de Wight, confiriendo sentido a los fósiles encontrados. Aun así el diente seguía siendo un enigma, por lo que Mantell, aprovechando un viaje de Lyell a París en junio de 1823, se lo envió a George Cuvier. Lyell lo visitó en su despachoestudio del Museo de Historia Natural y Cuvier examinó el diente, pero para él era sólo el incisivo superior de un rinoceronte extinto. El concepto de un reptil gigante herbívoro era impensable en ese momento histórico. 

La respuesta desanimó a Mantell, ya que la más grande autoridad de Europa describía su diente como un ordinario descubrimiento; y más aún cuando Lyell le comunicó que los metacarpianos que también le había enviado parecieron a Cuvier de un hipopótamo. Ante tal apreciación, Buckland aconsejó a Mantell que sería mejor no publicar la ubicación estratigráfica de los huesos: dado que se habían encontrado sueltos o en la parte superior de la Tilgate Stone, era difícil para Mantell demostrar convincentemente que eran del Wealdiano y no del Terciario, es decir, que no había pruebas de que los fósiles fueran tan antiguos como para pertenecer a un reptil extinto gigante.

Esto fue devastador para Mantell; a ello se sumaron problemas económicos, el poco dinero que ganaba lo gastaba pagando a los trabajadores de las canteras, y su libro se publicó con pérdidas y grandes deudas. Lleno de frustración, cayó en depresión; situación que se agravó tras el descubrimiento de un “tubérculo” o cuerno en los mismos estratos, del mismo tamaño y forma que el cuerno de un rinoceronte: el diente y el cuerno aparentaban confirmar las conclusiones de los “expertos”, a saber que Mantell no había descubierto nada más que un rinoceronte.

En la primavera de 1824, Mantell envió ilustraciones de los dientes de nuevo a Cuvier, y el 20 de junio recibió una carta de París que, aunque estaba en francés y no podía entenderla, pudo vislumbrar eran buenas noticias. Cuvier escribió: “estos dientes son ciertamente desconocidos para mí. No son de un carnívoro; sin embargo, yo creo […] pertenecen al orden de los reptiles. Externamente se podrían tomar como dientes de pez, similar a los tetradontes o diadontes, pero su estructura es muy diferente. Quizá tendremos aquí un nuevo animal, un reptil herbívoro”; esta carta era el apoyo que necesitaba por parte de Cuvier. 

En septiembre, Mantell acudió en compañía del curador William Clift al Museo Hunteriano del Real Colegio de Cirujanos, en donde se encontraba una de las más grandes colecciones de huesos de Europa, con el fin de hacer la comparación con otros dientes. La frustración volvió a él al no encontrar nada equivalente, pero afortunadamente el curador Samuel Stutchbury le invitó a revisar los materiales de los reptiles modernos, entre ellos los pertenecientes a los iguánidos americanos. Inmediatamente notó el parecido con especímenes de Iguana tuberculata. Dada la poca información existente y la presencia de dientes aislados, Mantell concluye erróneamente que los dientes de su reptil gigante debieron estar unidos a la mandíbula y no colocados en alvéolos como en los cocodrilos, sugiriendo que los dientes curvos de Iguanodon se insertaban en la parte frontal de la mandíbula y los de corona plana (por el desgaste) en la parte posterior, tal cual modernos mamíferos con dentición heterodonta.

Después de efectuar una minuciosa investigación y contar con el apoyo de varios expertos, escribió el artículo “Notice on the Iguanodon, a newly discovered fossil reptile, from the sandstone of Tilgate Forest, in Sussex”, el cual fue leído ante la Real Sociedad de Londres por su vicepresidente Davies Gilbert el 10 de febrero de 1825, y publicado un año más tarde en Philosophical Transactions. En dicho trabajo comenta que las areniscas del Bosque de Tilgate contienen restos de peces, tortugas y vegetales, así como dientes aislados, y era tal su emoción que escribió: “con la esperanza de que el material, aunque imperfecto, posea interés suficiente para promover aún más la investigación y con ello suplir las deficiencias que existen en el conocimiento de la osteología de este extraordinario animal, los dientes de cocodrilo, Megalosaurus y plesiosaurio encontrados en la zona son tan diferentes unos de otros, así como los de otros lagartos, que pueden ser identificados entre ellos sin ninguna dificultad”. 

El nombre originalmente propuesto por Mantell para su espécimen fue Iguanasaurus pero, debido a la poca consistencia del mismo y la recomendación de William Conybeare, Mantell decidió cambiarlo a Iguanodon. Por el tamaño del diente, estimó que el organismo había alcanzado dieciocho metros de longitud y, como lo consideró un cuadrúpedo, colocó el espolón de la pata delantera a manera de cuerno de rinoceronte, convirtiéndose en la primera reconstrucción oficial de lo que a la postre sería un dinosaurio. Más allá de la precisión, Mantell ofreció un panorama nuevo para la ciencia: “el mundo perdido”, que existió antes de los mamíferos, cuando grandes reptiles dominaron la Tierra.

Después de efectuar una minuciosa investigación y contar con el apoyo de varios expertos, escribió el artículo “Notice on the Iguanodon, a newly discovered fossil reptile, from the sandstone of Tilgate Forest, in Sussex”, el cual fue leído ante la Real Sociedad de Londres por su vicepresidente Davies Gilbert el 10 de febrero de 1825, y publicado un año más tarde en Philosophical Transactions. En dicho trabajo comenta que las areniscas del Bosque de Tilgate contienen restos de peces, tortugas y vegetales, así como dientes aislados, y era tal su emoción que escribió: “con la esperanza de que el material, aunque imperfecto, posea interés suficiente para promover aún más la investigación y con ello suplir las deficiencias que existen en el conocimiento de la osteología de este extraordinario animal, los dientes de cocodrilo, Megalosaurus y plesiosaurio encontrados en la zona son tan diferentes unos de otros, así como los de otros lagartos, que pueden ser identificados entre ellos sin ninguna dificultad”. 

En el verano de 1822, otros dientes fueron encontrados en el mismo estrato, pertenecientes a algún reptil herbívoro que poseía características particulares. Mantell los somete “al escrutinio de especialistas nacionales y extranjeros [...] el resultado de mis investigaciones en el Museo Hunteriano fue altamente satisfactorio, ya que son semejantes en estructura y forma a los dientes de iguana preparados por el Sr. Stutchbury para la colección a los especímenes fósiles recolectados”. Este trabajo le valió que el 22 de diciembre de 1825 fuera admitido como miembro de la Real Sociedad.

Florecimiento de una vida paleontológica

Ese mismo año, proveniente de Lancaster llegó a Londres un joven anatomista que desempeñó un papel significativo en la interpretación de dichos reptiles fósiles: Richard Owen. Justo en ese momento Mantell se encontraba embarcado en escribir su segundo libro: Illustrations of the Geology of Sussex, publicado en 1827, en donde describe la riqueza fósil del Bosque de Tilgate, incluyendo los cuatro tipos de reptiles que lo habitaron: cocodrilos, plesiosaurios, Megalosaurus e Iguanodon. Se imprimieron 150 copias, pero después de todo el esfuerzo que había puesto, nuevamente significó un fracaso, además de las protestas de su esposa por consagrarse de lleno a la geología. Todo esto hizo que su matrimonio se tensara y que, después del nacimiento de su cuarto hijo, en agosto de 1827, Mary Mantell pasara periodos más largos lejos de su esposo. Aun así, ese mismo año nombró la especie Megalosaurus bucklandi en honor de William Buckland, convirtiéndose en la especie tipo, el posible primer dinosaurio válido dedicado a un naturalista, aunque cabe mencionar que existe el antecedente de Megalosaurus conybeari propuesto en 1826 por el naturalista alemán Ferdinand Von Ritgen en honor de William D. Conybeare, geólogo y naturalista inglés, quien describió especies de ictiosaurios y plesiosaurios ingleses, mas el nombre de la especie es considerado actualmente nomen nudum.

En septiembre de 1829, Gideon Mantell decidió abrir las puertas de su casa al público, organizando grandes celebraciones, de dos días, a las que numerosas personas fueron invitadas; esto no fue nada bueno en el frente familiar, ya que su esposa se disgustó aún más con la situación. Tratando de sortearla, en octubre de 1830, cuando el Rey Guillermo IV visitó Lewes le envió copias de sus libros y lo invitó a ver su museo; sin embargo, sus múltiples ocupaciones y banquetes le impidieron visitarlo. La oportunidad de obtener fondos se perdió así.

A pesar de todo, los hallazgos proseguían. En el verano de 1832, los trabajadores de una cantera de Tilgate descubrieron varios bloques y los enviaron a casa de Mantell; al limpiarlos se reveló la presencia de una espina, vértebras y costillas, además de varios extraños huesos aplanados y puntiagudos que no había visto ni en Megalosaurus ni en Iguanodon. Su intuición fue que esos huesos eran una armadura que recubría todo el cuerpo del animal, que se trataba de otro reptil gigante, el primero del grupo de los ankylosaurios, al que nombró como Hylaeosaurus, lagarto de los bosques. El informe del descubrimiento de este organismo fue leído por Mantell el 5 de diciembre de 1832 ante la Sociedad Geológica, y allí se encontraba un nuevo miembro: Richard Owen, el joven asistente en el Museo Hunteriano, cuyas crecientes habilidades en anatomía era algo de lo que él carecía y que serían cruciales con el paso del tiempo.

Mantell se mudó con su familia a Brighton, donde se rodeó de aristócratas de la corte, esperando encontrar quién lo patrocinara. En mayo de 1834 recibió una carta del Sr. W. H. Bensted, dueño de una cantera en Kent, cuyos trabajadores habían descubierto fósiles cerca de Maidstone y creyeron era madera fosilizada. Posteriormente observaron en la roca un esqueleto de un gran animal y, al verlo, de inmediato Mantell lo identificó como Iguanodon. Fue un hallazgo. Sorprendentemente embebidos en depósitos marinos, había huesos de las extremidades agrupados, dos fémures de ochenta centímetros de longitud, una tibia, dos clavículas, vértebras, huesos pélvicos, falanges, costillas, chevrones y entre ellos se podía ver los dientes. Bensted fijó el precio en veinticinco libras, fuera de las posibilidades de Mantell, por lo que sus amigos Horacio Smith, Moses Ricardo, George Basevi, Thomas Bodley y Richard Hunter, entre otros, lo compraron para él. Una vez en su casa, limpió los huesos y comparó los tamaños de las clavículas y de los dientes, estimando que el Iguanodon mediría treinta metros de largo. Y aunque no tenía cráneo, manos ni más huesos para un mejor diagnóstico, se aventuró a dibujarlo como un lagarto cuadrúpedo, una iguana tanto en forma como en proporciones.

Finalmente, en 1835, por el descubrimiento de dos géneros de reptiles fósiles, Iguanodon e Hylaeosaurus, a Mantell se le otorgó el más alto reconocimiento en la Sociedad Geológica: la Medalla Wollaston.

Desafortunadamente, su éxito en la geología le acarreó problemas en su economía, ya que la gente no sentía confianza de ir con un doctor tan devoto de las rocas que no tenía tiempo para sus pacientes, por lo que el dinero se volvió una preocupación constante, sobre todo porque mantener su casa en Brighton costaba 350 libras al año y no quería cobrar la entrada a su museo. Un arreglo con el Consejo de la ciudad lo salvó: su casa se convertiría en una institución científica auspiciada por el gobierno; el problema es que no habría espacio para su familia y tendrían que buscar alojamiento en otro lado. Las reliquias de antiguas criaturas se habían apoderado de sus vidas por completo; una situación provocada por el orgullo y egoísmo del mismo Mantell.

En abril de 1836, Mary Mantell se mudó con sus hijos de regreso a Lewes, tras lo cual se abrió la Institución Científica de Sussex y el Museo Mantelliano, del cual se nombró curador a George Richardson. A Mantell se le dio un cuarto en la parte superior para que atendiera a sus pacientes y manejara los asuntos del museo. No obstante, al pasar los meses, a pesar de sus esfuerzos, la institución perdía dinero rápidamente, así que Mantell ofreció su colección al Consejo de Brighton por 3 000 libras (se estima que le costó cerca de 7 000). Los concejales rechazaron la oferta y la ofrecieron al Museo Británico que, tras una larga inspección de los especímenes, la adquirió en 4 087 libras.

Esto no salvó su situación familiar. Su hijo mayor se fue a Nueva Zelanda en 1839, su hija mayor también lo abandonó y Hannah, la menor, falleció. Mantell perdió interés por su colección y su familia. Encima, Richard Owen presentó en 1841, ante la Asociación Británica para el Avance de la Ciencia, su trabajo sobre los reptiles fósiles, ridiculizando a Mantell por buscar similitudes entre los reptiles antiguos y modernos, en una muestra de ingratitud, ya que éste lo había ayudado a obtener especímenes.

Mantell se propuso restablecer su supremacía en el campo de los reptiles antiguos pero, el 11 de octubre de 1841, durante una visita a un paciente, el carruaje en el que viajaba se volcó, lastimándose seriamente la columna vertebral, lo que le provocó una gradual parálisis y ya no pudo caminar. Comenzó a tener dolores muy intensos en la espalda y a tomar opio para calmarlos. Meses después se mudó a Exeter con su ama de llaves; ninguno de sus hijos ni su esposa querían vivir con él. Estaba completamente solo.

En 1848, Mantell leyó un artículo ante la Real Sociedad atacando un artículo de Richard Owen, tras lo cual éste se levantó de su asiento diciéndole que no debería de hacer perder el tiempo a la Real Sociedad; fueron muchos quienes concordaron con él. Aun así, presentó el descubrimiento de un fósil que había soñado por años, una mandíbula que atribuía a Iguanodon. Al finalizar su lectura, Owen intervino para anunciar que él había encontrado una mandíbula más pequeña, en mejor estado, argumentando que tales aseveraciones no eran correctas; una vez más, el Profesor Owen lo eclipsaba. Posteriormente, Mantell describió esta pieza como de otro dinosaurio nuevo, el estegosaurio Regnosaurus northamptoni; tales fósiles procedían del lecho de Wealden, en Sussex, eran una mandíbula de aproximadamente ocho centímetros de longitud y diversos alveolos dentales.

En el otoño de 1849, Mantell recibió vertebras y fragmentos de extremidades —la cabeza de una tibia y un húmero— que en nada se parecían a las de Iguanodon ni de Cetiosaurus, dinosaurio descrito por Owen. A pesar de que, como lo escribiera: “en opinión de algunos, estos restos se refieren a Cetiosaurus”, él estaba convencido de que era algo totalmente nuevo, por lo que en 1852 lo nombró Pelorosaurus becklesii o lagarto monstruoso, logrando el primer registro de piel en una de las extremidades de este saurópodo.

Sediento de reconocimiento, Mantell quería que se le otorgara la Medalla de la Real Sociedad; tres veces lo intentó, pero el Consejo rechazó su solicitud. Al cuarto, ante su insistencia y la aportación de los cuatro géneros de dinosaurios descritos, el 30 de noviembre de 1849 finalmente se le otorgó la medalla. Cuando Owen se acercó para felicitarlo, Mantell le negó el saludo y posteriormente lo acusó de plagio ante la Real Sociedad, la cual lo obligó a retractarse.
     
       
Referencias Bibliográficas

Buffetaut, E. 1991. Fósiles y hombres. Biblioteca de divulgación científica. RBA editores, Barcelona.
     Cadbury, D. 2000. The dinosaur hunters. Fourth Estate, Londres.
     Charig, A. 1988. La verdadera historia de los dinosaurios. Biblioteca científica Salvat, Barcelona.
     Cooper, J. 2010. The Unpublished Journal of Gideon Mantell: 1819 – 1852. The Royal Pavilion & Museums. Brighton and Hove.
     Delair J. y W. A. S. Sarjeant. 1975. “The Earliest Discoveries of Dinosaurs”, en Isis, vol. 66, núm. 1, pp. 4-25.
     Desmond, A. 1993. Los dinosaurios de sangre caliente. Biblioteca de divulgación científica. rba editores, Barcelona.
     Fastovsky, D. E. y D. B. Weishampel. 2009. Dinosaurs: A Concise Natural History. Cambridge University Press, Cambridge.
     Farlow J. O. y M. K. Brett-Surman. 1999. The Complete Dinosaur. Indiana University Press, Indiana.
     Hans-Dietet, S. 1999. “European Dinosaur Hunter”, en The Complete Dinosaur, Orville-Farlow, J. y M. K. Brett-Surman, (eds.). Indiana University Press, Indiana.
     Mc Gowan, C. The Dragon Seekers: How an Extraordinary Circle of Fossilists Discovered the Dinosaurs and Paved the Way for Darwin. Perseus Publishing, Nueva York.
     Mantell, G. A. 1825. “Notice on the Iguanodon, a newly discovered fossil reptile, from the sandstone of Tilgate forest, in Sussex”, en Philosophical Transactions of the Royal Society, vol. 115, pp. 179-186.
     Mantell, G. A. 1857. The wonders of geology. Henry G. Bohn, Londres.
     Sanz, J. L. 2007. Cazadores de dragones. Historía del descubrimiento e investigación de los dinosaurios. Editorial Ariel, Cd. de México.
     Weishampel, D. B. y N. M. White. 2003. The Dinosaur Papers 1676-1906. Smithsonian Books. Washington.
     Wilford, J. N. 1985. El enigma de los dinosaurios. rba editores, Barcelona.
     

     
Héctor E. Rivera Sylva
Museo del Desierto, Saltillo.

Es Maestro en Paleobiología por la Universidad de Bristol, Inglaterra, miembro del Museo del Desierto.


Francisco Javier Jiménez Moreno
Estudiante de maestría en Ciencias Ambientales,
Benemérita Universidad Autónoma de Puebla.


Es egresado de la maestría en Ciencias ambientales de la BUAP, ha realizado artículos y libros, técnico-científicos y de divulgación en biodiversidad, paleontología y ornitología.
     

     
       

 

 

You are here: Inicio Blog (2) revistas revista ciencias 139-140