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Humberto Rendón Carmono, Angelina Martínez Yrízar
y Diego R. Pérez Salicrup
     
               
               
Los bosques son el hábitat para un considerable número de especies y, como todos los ecosistemas terrestres y acuáticos, generan a través de sus funciones múltiples servicios esenciales para el mantenimiento de los sistemas que soportan la vida en la Tierra. Tales servicios, llamados ecosistémicos o ambientales, son procesos que conservan la fertilidad de los suelos, controlan la erosión, mitigan sequías e inundaciones, purifican el agua y el aire, contribuyen a la estabilidad del clima y proveen de bienes extractivos como agua, alimentos, madera, leña y productos medicinales, por mencionar sólo algunos. En definitiva, los ecosistemas realizan funciones y suministran servicios que son indispensables para el bienestar social y la supervivencia humana.

La capacidad de los ecosistemas para proveer servicios puede alterarse temporalmente como consecuencia de disturbios naturales. Sin embargo, por más catastróficos que nos puedan parecer, éstos forman parte de un escenario en el cual las especies evolucionan, de tal modo que, después de un cierto periodo, los ecosistemas y su capacidad para abastecer servicios se pueden restablecer. Dicha capacidad también puede alterarse como consecuencia del disturbio derivado de las actividades humanas, disturbios antropogénicos, mas el problema es que no tenemos mucha idea de si los ecosistemas y su capacidad para proveer servicios se pueden restablecer tras los disturbios y, si lo hacen, cuánto tiempo les toma recuperarse.

Algunos de los disturbios antropogénicos pueden ser muy sutiles pero continuos, como la acumulación de nitrógeno en la atmósfera derivada de la actividad industrial; otros pueden ser aparentemente muy drásticos, como el aprovechamiento de madera en un rodal de pinos, o muy severos como la deforestación. A este respecto, la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO, por sus siglas en inglés) indica que durante el periodo de 2000 a 2005 se perdieron por año 14.5 millones de hectáreas de bosques a nivel mundial, principalmente de bosques tropicales que representan casi la mitad de la cubierta forestal del mundo. Esta destrucción es atribuida a las actividades humanas, principalmente al desmonte con fines agrícolas y ganaderos, al corte indiscriminado de madera y a la extracción no regulada de productos forestales no maderables, como fibras, resinas y látex. Los desarrollos turísticos, que han tenido un rápido crecimiento en los últimos cuarenta años, también han aumentado el impacto negativo del desmonte y la presión sobre los ecosistemas, ya que generalmente la demanda de agua y otros recursos naturales aumenta considerablemente con esa actividad. En la transición hacia una mayor economía de servicios, surge la pregunta: ¿cómo alcanzar un desarrollo en armonía con los intereses de los distintos actores sociales involucrados y el ambiente?
Más allá de la madera...
Ante la creciente demanda de recursos naturales destinados a satisfacer las necesidades humanas y al mismo tiempo de conservar los procesos asociados a los bosques, diversos autores han planteado la urgencia de implementar un enfoque de aprovechamiento forestal que asegure que tales procesos continúen existiendo en niveles aceptables para el beneficio de las generaciones actuales y futuras, una opción que, en teoría, puede permitir un equilibrio entre la satisfacción de las necesidades humanas y la conservación de los ecosistemas. Sin embargo, en la práctica resulta complejo porque enfrenta el reto de conservar la biodiversidad, los procesos y funciones de los ecosistemas, a la vez que se hace uso de ellos. Debido a que los recursos naturales no son infinitos y “están ahí para ser aprovechados por el hombre”, resulta obvio que es necesario un cambio de paradigma para modificar nuestros patrones de apropiación, uso y consumo de los recursos naturales para alcanzar ese equilibrio.

Mientras que la mayoría de los bosques se aprovechan con múltiples propósitos, la fao reportó en 2005 que únicamente 11% de los bosques del mundo ha sido designado para la conservación de la diversidad biológica y que un tercio se aprovecha para extraer madera y productos no leñosos. En países como el nuestro, diverso en ecosistemas y especies, pero con graves limitantes económicas e institucionales, es claro que no toda la biodiversidad quedará asegurada por un sistema de áreas naturales protegidas. Además, prácticamente todas estas áreas son aprovechadas por comunidades rurales que allí viven legalmente y cuya subsistencia depende de la extracción de recursos maderables y no maderables. Ante la amenaza de cambios permanentes en el uso del suelo (como la conversión a uso urbano o agrícola de alta intensidad), el aprovechamiento forestal se presenta como una alternativa para la cual es urgente encontrar mecanismos que permitan mantener la biodiversidad existente y, en esa medida, la capacidad de los ecosistemas de proveer servicios.
La necesidad de un nuevo enfoque
Entre las primeras investigaciones realizadas para demostrar que la biodiversidad contribuye a mantener las funciones de los ecosistemas se destacan las que reportan que procesos clave, como la productividad primaria, dependen de la riqueza de especies y que el número de grupos funcionales presentes, esto es, grupos de especies que realizan funciones semejantes (por ejemplo, las que fijan nitrógeno o las de hábito caducifolio), predicen mejor la productividad del ecosistema que la sola riqueza de especies. En un esquema de uso de los ecosistemas donde se busca la mayor rentabilidad económica posible, se puede llegar a pensar que es más importante conservar aquellas especies que cumplen con las propiedades o funciones de interés para el usuario en vez de conservar la riqueza de especies en su totalidad. Sin embargo, este argumento se debilita si se considera que un ecosistema, como unidad integral de la naturaleza, realiza mejor sus funciones cuando el conjunto de especies que lo compone está completo.

Como parte del consenso de que el manejo forestal actual debe cambiar para conservar la biodiversidad y proteger el funcionamiento de los bosques, se han propuesto nuevas alternativas (por ejemplo, la nueva silvicultura, silvicultura ecológica, manejo ecosistémico, retención estructural, nuevas perspectivas, silvicultura análoga, etcétera) para referirse a nuevos enfoques de aprovechamiento que incluyen la conservación de al menos una fracción de la biodiversidad. En este sentido, los enfoques de manejo forestal más discutidos son tres: 1) el corte convencional (Conventional Logging), 2) el aprovechamiento maderable sostenible (Sustainable Timber Management), y 3) el aprovechamiento forestal sustentable (Sustainable Forest Management).

El primero se caracteriza por ser un enfoque con visión de corto plazo y no incluye acciones que promuevan el manejo por medio de la regeneración natural, pero debido a que con frecuencia carece de la regulación técnica gubernamental suficiente, existe el riesgo de que el manejo implementado por este enfoque lleve al bosque a una degradación paulatina, propiciando así su conversión hacia otros usos. El segundo es un sistema de manejo que tiene como meta el rendimiento o la producción sostenida de un producto —por ejemplo de la madera—, sin que disminuya en el largo plazo, pero aun cuando puede causar un menor daño a la vegetación remanente, es posible que no logre mantener la biodiversidad en su totalidad, ni los procesos del ecosistema. Por su parte, el tercero es un sistema de manejo que tiene como meta la producción sostenida de diversos recursos del bosque; es decir, de una gama de productos y servicios mediante un uso múltiple del bosque en el largo plazo. Este enfoque persigue alcanzar un manejo ambientalmente apropiado, socialmente benéfico y económicamente viable para las generaciones presentes y futuras.

En adición a los enfoques de manejo que buscan minimizar los impactos causados por la extracción, hay nuevos mecanismos para reducir los daños que incluyen iniciativas con incentivos económicos que promueven el pago por servicios ambientales, tales como el almacenamiento de carbono (retenido en la biomasa), la captación de agua y la recarga de acuíferos. En tales casos, la idea es conservar intactas grandes áreas de bosques y con ello mantener procesos naturales en gran escala.

¿Cuánto extraer sin dañar permanentemente?
Existen varias definiciones de aprovechamiento forestal sustentable, pero quizás la definición más sencilla es la que considera el principio básico de alcanzar un balance entre las demandas en aumento de recursos forestales y sus beneficios en la sociedad, y la preservación de la salud de los bosques y su biodiversidad, en otras palabras, imitar a la naturaleza tanto como sea posible. Si bien hay claras coincidencias en que dicho principio debe prevalecer como guía en el aprovechamiento forestal, las soluciones para lograr tal meta en contextos concretos aún se antojan distantes, dado que existe un vasto campo de investigación sobre el tema que requiere ser atendido en forma urgente.

En los bosques que se encuentran bajo algún sistema de corte selectivo de madera, el principal reto para alcanzar un aprovechamiento sustentable en el largo plazo es asegurar la regeneración eficiente de las especies aprovechadas y reducir al máximo los cambios biofísicos (por ejemplo, calidad de luz, cantidad de agua y nutrimentos) de los sitios aprovechados. Para lograrlo es fundamental analizar hasta qué punto el corte selectivo reduce la abundancia de las especies cosechadas, altera la estructura de edades de las plantas aprovechadas y genera de manera simultánea cambios en el ambiente lumínico y las condiciones del suelo. Lo anterior es central en el manejo del bosque, ya que dichos cambios modifican la dinámica de la regeneración natural, tanto de las especies cosechadas como de las no cosechadas, pudiendo incluso llevar a la pérdida local de algunas de ellas.

El impacto de la cosecha de madera en la dinámica de la regeneración natural también depende de la intensidad con la cual se realice la extracción, es decir, dependerá del número de individuos cortados y su tamaño, de las herramientas usadas para el corte, el equipo utilizado para el transporte de la madera (maquinaria o tracción animal), la apertura de nuevos caminos, etcétera, todo lo cual afecta a la vegetación más allá del corte. Por lo tanto, es de esperar que las prácticas de aprovechamiento forestal implementadas en cada sitio serán un factor clave para acelerar, retardar o impedir la recuperación del bosque. Debido a que los ecosistemas son altamente dinámicos y están influidos por factores externos que cambian continuamente con el tiempo, diferentes regiones requerirán distintas estrategias de aprovechamiento. Esto implica que los criterios que definen el manejo sostenible deben adaptarse constantemente a las nuevas circunstancias y reflejar no sólo las condiciones ecológicas, sino también las dimensiones políticas, económicas y sociales de cada lugar.
La reparación natural de los daños
Después de un disturbio natural o antrópico, la regeneración de los bosques ocurre típicamente mediante dos mecanismos: 1) por la vía de la germinación de semillas y el establecimiento de plántulas, llamada también regeneración sexual; y 2) por la del crecimiento vegetativo o regeneración asexual, que consiste en la formación de nuevos tallos o rebrotes a partir de la activación de meristemos o yemas de crecimiento, localizados en troncos remanentes y raíces de las plantas dañadas o cortadas. El rebrote es un atributo común entre muchas especies que permite que las plantas recuperen su biomasa y persistan en un sitio después de un disturbio. El éxito de cada mecanismo de regeneración dependerá de las especies presentes y su capacidad para responder a diferentes daños, del tipo de daño, su intensidad y frecuencia, así como de las condiciones ambientales particulares de cada sitio.

Por las ventajas y sus implicaciones para los programas de manejo forestal, la capacidad de rebrote en las plantas ha sido un tema muy estudiado con distintos propósitos. En primer lugar, se ha evaluado como un mecanismo de regeneración natural en la rehabilitación y recuperación de sitios que han sido desmontados y quemados, y en varios países se ha estudiado con la finalidad de obtener recursos adicionales como forraje y madera. También se ha analizado en zonas afectadas por fuertes vientos que causan severos daños en los árboles, así como en sitios sometidos a pastoreo o que han estado sujetos al barbecho o cultivo y son posteriormente abandonados. Todos estos estudios coinciden en señalar que el rebrote constituye un mecanismo eficiente de regeneración natural que mitiga los efectos de un disturbio y que, en teoría, en sitios aprovechados o con extracción de madera permite realizar cosechas periódicas de un mismo individuo sin ocasionarle la muerte.

Debido a que las especies con una regeneración preferentemente vegetativa experimentan una menor mortalidad de individuos que las especies que se regeneran principalmente por la vía de las semillas, la presencia y dominancia de especies con regeneración asexual puede influir en los patrones de riqueza de especies en un sitio dado. Por ello, el rebrote representa una estrategia de persistencia de las especies leñosas y es un camino de regeneración que influye en la composición y dinámica de la vegetación.

Sin embargo, debido a que la inducción del rebrote como respuesta a la pérdida parcial o total de biomasa aérea puede conducir a cambios fisiológicos en las plantas, estos cambios tendrán repercusiones sobre los dos mecanismos de regeneración ya mencionados. Por ejemplo, en ambientes donde el fuego es un disturbio frecuente, las especies asignan más recursos al almacenamiento de carbohidratos que se destinan al crecimiento (rebrote) de estructuras de soporte (tallos) y menos a la formación de estructuras reproductivas. Como consecuencia, dichas especies tienden a tener una baja producción de semillas y un menor reclutamiento de plántulas con respecto a especies que se regeneran por la vía sexual, lo que sugiere una disyuntiva (tradeoff) entre persistencia y reproducción en la historia de vida de las plantas.

¿Son compatibles el aprovechamiento forestal y la conservación?
En México, diversas especies silvestres se encuentran sujetas al corte selectivo de madera; un ejemplo muy particular es un grupo de especies de bosque tropical caducifolio conocidas como vara blanca (del género Croton, familia Euphorbiaceae), cuyos tallos se utilizan como tutores en diversos cultivos hortícolas. Considerando la escasez de información sobre la extracción de recursos forestales del bosque tropical caducifolio en general y la alta demanda de tallos de vara blanca para la horticultura, en 2004 iniciamos un estudio en la costa de Jalisco donde existe una activa extracción de este recurso, el cual se diseñó con la finalidad de evaluar a nivel de comunidad vegetal los cambios en la diversidad y abundancia de las especies cosechadas y no cosechadas durante el corte selectivo de la vara. Con este trabajo buscábamos aportar información que permitiera evaluar si las prácticas actuales de extracción de madera son compatibles con la conservación del bosque o si dichas prácticas deben ser modificadas.

Nuestros resultados señalan cinco elementos importantes que indican la falta de compatibilidad entre la forma en la que se realiza la extracción de la madera y la conservación del bosque en dicha región. El primer elemento es una reducción en la diversidad de especies leñosas en los sitios aprovechados a medida que aumenta la intensidad del corte de vara. El segundo elemento indica que a nivel de la comunidad ocurren cambios en los patrones de densidad relativa, área basal relativa y número de tallos por especie, ya que se extrae todo el recurso disponible en las áreas autorizadas para el corte. El ter
cer elemento muestra una fuerte dominancia de la especie de mayor uso (Croton septemnervius McVaugh), especialmente en las áreas de bosque donde la extracción se autorizó en dos ocasiones (1985 y 1998). También encontramos que la actividad de corte promueve el establecimiento y la abundancia de especies de rápido crecimiento que son indicadoras de disturbio y que llevan al ecosistema a otras trayectorias de regeneración.

Desde el punto de vista de la disponibilidad de tallos que provean de tutores a la horticultura, el aumento en la dominancia de C. septemnervius es positivo; sin embargo, ocurre a expensas de la reducción en la abundancia relativa de algunas especies de bosque maduro, conduce al aumento en densidad de otras especies de carácter secundario y, en última instancia, ocurre a expensas de una reducción en el número total de especies en los sitios aprovechados.

Los resultados de nuestro estudio sugieren que, para alcanzar una extracción sustentable de vara blanca, los criterios de aprovechamiento deben cambiar y basarse en una caracterización de la comunidad vegetal antes del corte. Un inventario forestal previo permitiría documentar no sólo la diversidad de especies leñosas en su totalidad, sino también determinar parámetros poblacionales como la densidad y distribución de tamaños de cada una de las especies (cosechadas y no cosechadas).Esto como un primer paso, no sólo para definir el tamaño y número de tallos a cortar de las especies de interés, sino para determinar la condición del sitio en ausencia de corte.

Un plan de manejo con un diseño robusto debería también incluir una evaluación de la capacidad de rebrote de cada una de las especies cortadas, las tasas de mortalidad de los rebrotes y tocones, y un análisis del crecimiento, además de una evaluación del impacto del corte repetido sobre estas variables en el largo plazo. Tales aspectos fueron incorporados en nuestro estudio que, a la fecha, indica que de 2004 a 2009 hubo una alta mortalidad de rebrotes y tocones como consecuencia de una sucesión de años muy secos en las etapas iniciales del rebrote. Se concluye también, corroborando otras fuentes de información en esta materia, que la evaluación integrada de estos mecanismos —a la luz de la diversidad y el funcionamiento de los bosques y el manejo forestal—, es fundamental para el ajuste exitoso de la gestión forestal a los obstáculos y dinámicas impuestas por el cambio global y las fuerzas socioeconómicas actuales.

El aprovechamiento de los bosques y sus recursos es un tema que ha transitado con el tiempo hacia un paradigma de manejo sustentable. La meta es conciliar el aprovechamiento de los bosques y sus recursos con la conservación de sus procesos y funciones. Para lograrlo son fundamentales los estudios ecológicos muy detallados en cuanto a la composición y estructura de los bosques, la disponibilidad del recurso y los niveles de extracción que se pueden aplicar sin poner en riesgo la resiliencia de las áreas aprovechadas. También es necesario un enfoque de manejo adaptativo que incorpore la integración de aspectos ecológicos, económicos y sociales de cada lugar.

Se trata, finalmente, de mantener un proceso continuo de evaluación de los programas de manejo con base en los resultados de las intervenciones y el avance en nuestro conocimiento científico sobre el comportamiento de las especies y los sitios aprovechados con el fin de mejorarlos. La implementación de este enfoque de manejo requiere voluntad política para incorporar dicho conocimiento a los programas de manejo y como guía para la autorización de los permisos de extracción, así como un cambio de paradigma sobre la forma en que hacemos uso de los recursos naturales que, evidentemente, no ha dejado de impactar fuertemente el ambiente.
articulos
Referencias bibliográficas
 
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Rendón-Carmona, H. 2011. Regeneración de especies leñosas sometidas a cosecha en un bosque tropical caducifolio de Jalisco: Elementos para su manejo. Tesis, unam, México.
, Angelina Martínez-Yrízar, P. Balvanera y D. Pérez-Salicrup. 2009. “Selective cutting of woody species in a Mexican tropical dry forest: Incompatibility between use and conservation”, en Forest Ecology and Management, vol. 257, pp. 567–579.
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Humberto Rendón Carmona
Universidad Intercultural Indígena de Michoacán.
 
Es profesor-investigador de la Universidad Intercultural Indígena de Michoacán. Tiene amplia experiencia en el tema del aprovechamiento de recursos forestales no maderables y regeneración natural del bosque tropical caducifolio en México.
 
Angelina Martínez Yrízar
Instituto de Ecología,
Universidad Nacional Autónoma de México, Unidad Hermosillo.
 
Es investigadora titular del Instituto de Ecología, UNAM, Unidad Hermosillo. Es ecóloga de ecosistemas y su investigación se centra en el estudio de la estructura y funcionamiento del bosque tropical seco y el desierto Sonorense. Reconoce el apoyo del PASPA-UNAM para una estancia sabática 2011-2012 en la Universidad de Arizona y al papiit-dgapa por el apoyo al proyecto IN-224610.
 
Diego Rafael Pérez Salicrup
Centro de Investigaciones en Ecosistemas,
Universidad Nacional Autónoma de México.
 
Es investigador titular del Centro de Investigaciones en Ecosistemas, UNAM. Experto en ecología de manejo de recursos forestales, está enfocado en investigar las consecuencias de actividades humanas en la estructura y composición de bosques tropicales y generar el conocimiento ecológico necesario para aspirar a niveles cada vez más sostenibles de manejo.
     
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como citar este artículo
Rendón Carmona, Humberto; Angelina Martínez Yrízar y Diego R. Pérez Salicrup. (2014). Los bosques, sus bienes y servicios: los retos del manejo forestal sustentable. Ciencias 111-112, octubre 2013-marzo 2014, 28-35. [En línea]
     

 

 

 

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Luis Zambrano
     
               
               
Un experimento que comienza con la meta de pescar en quince días más de 400 toneladas en un lago, suena ambicioso. Pero los holandeses se caracterizan por ser ambiciosos y, en 1990, decidieron sacar 75% de la biomasa de peces del lago Wolderwijd (los holandeses también se caracterizan por usar palabras impronunciables para nombrar sus lagos). El experimento buscaba entender las bases de la biomanipulación que es una técnica utilizada para restaurar ecosistemas. La biomanipulación consiste en modificar la estructura de la red trófica acuática con el fin de reducir las cantidades de algas que son las que hacen que el agua de un lago se vea verde y que a nadie le gustan (excepto a los asiduos visitantes a los lagos de Chapultepec que reman alegremente en una sopa de chícharos sin que eso les importe). Contrario a la teoría tradicional, que sugiere que lo verde de las algas sólo se podía reducir quitándoles su “alimento” (el fósforo), estos investigadores buscaron reducir las algas aumentando  sus depredadores (el zooplancton); para ello la táctica fue remover a los depredadores del zooplancton: los peces.
 
El proyecto funcionó muy bien durante la primavera de 1991, el agua estaba transparente, pocas algas y mucho zooplancton, pero para el verano el experimento ya era un desastre. El agua estaba verde y la cantidad de zooplancton era muy baja. La explicación es que había llegado un nuevo rey: un camarón nativo que también devoraba zooplancton. La cantidad de camarones había aumentado pues su depredador, la perca (un pez también nativo), había sido una de las especies pescadas dentro del programa de biomanipulación. Libre de depredadores el camarón holandés podría crecer a sus anchas en el lago.
 
Este resultado mostró a muchos investigadores que los sistemas ecológicos son complejos y que no siempre aparecen las respuestas esperadas, aun cuando uno comprenda todas las variables que regulan un sistema. Pero hablar de sistemas poco predecibles no era nuevo, ya desde los años sesentas, en el Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT en inglés), Edward Lorenz había descubierto la complejidad del clima utilizado una de las computadoras más poderosas del momento. Lorenz se dio cuenta que aun cuando un modelo fuera muy completo para predecir el clima era imposible obtener una predicción precisa, puesto que un cambio muy pequeño (menor a una milésima) en la parte inicial de una variable del modelo generaba respuestas inesperadas en el resultado final. Este modelo fue la piedra angular de lo que hoy conocemos como la teoría del caos. Desde entonces sabemos que el clima que tenemos hoy está regulado por dinámicas caóticas, que son poco predecibles, lo cual no significa que sean totalmente al azar.
 
En este tipo de resultados se basan las investigaciones que hoy se conocen como dinámicas no lineales. Para saber que son estas dinámicas es más fácil definir las dinámicas lineales, que son aquellas en las que su resultado es directamente proporcional a las variables que la conforman; es decir, si las variables aumentan un poco, el resultado aumenta un poco. Mientras en las dinámicas no lineales el resultado de un grupo de ecuaciones no es directamente proporcional. Así, un cambio muy pequeño en las variables de una ecuación puede generar cambios gigantescos en la respuesta o bien un cambio muy grande en las variables explicativas puede no afectar la respuesta en lo más mínimo.
 
Así, cuando se busca predecir el resultado de un fenómeno sumergido en un sistema complejo (como un ecosistema) se tiene que enfrentar a cuando menos dos fuentes de incertidumbre: por un lado, la gran cantidad de variables que generan un sinnúmero de interacciones (algunas inesperadas como la de los camarones en el lago holandés) y, por otro, el comportamiento no lineal que tienen tales interacciones.
Para solucionar la primera fuente de incertidumbre los estudiosos de los ecosistemas se han abocado a reducir el número de variables. Un lago somero, por ejemplo, podrá tener de tres a diez especies de peces, de diez a quince de plantas, no menos de venticinco de algas, otras tantas de zooplancton y crustáceos y no se diga de insectos. Si uno pretendiera modelar una a una las interacciones de cada una de estas especies, la cantidad de ecuaciones sería inmanejable. Aun cuando uno se atreviera a correr el conjunto de ecuaciones apoyado por el poder actual de las computadoras, los productos de los modelos resultarían muy poco claros, por lo que no sería posible generar una predicción factible. Los modelos serían inútiles.
 
Uno de los primeros grandes logros en este tipo de estudios fue el darse cuenta de que hay variables (ciertas especies o ciertas interacciones entre especies) que no son muy relevantes, pues el ecosistema sigue funcionando de manera muy parecida, estén o no estén dentro del sistema. Por ejemplo, en los lagos hay especies que, independientemente de su presencia, el agua siempre estará transparente. Pero un cambio muy pequeño en ciertas especies o sus interacciones provoca que todo el ecosistema modifique su dinámica. Desde hace ya varios años se han detectado estas especies a las cuales se les puede llamar especies clave o “ingenieros ecosistémicos”. Es en estas especies en lo que hay que basar las ecuaciones cuando se quiere generar un modelo que prediga la dinámica del lago. También se dieron cuenta de que existen especies que se comportan de manera muy similar y por lo tanto se pueden agrupar como si fueran una. A este grupo se le denomina especies funcionales y se le llama trofoespecies si ocupan el mismo nicho trófico. En los últimos diez años las investigaciones basadas en especies funcionales se han intensificado mucho en la ecología de plantas y recientemente se está moldeando la teoría sobre especies funcionales en animales como los peces.
 
Para generar estas clasificaciones se tiene que comprender el ecosistema a fondo, así que la experiencia de un naturalista es también decisiva para una construcción correcta de dichos modelos. Es por ello frustrante que, después de mucho trabajo y tiempo dedicado a estudiar y comprender un ecosistema, existan variables que surjan de la nada (como los camarones holandeses) y modifiquen todas las predicciones que se tenían. Pero así son las reglas en la ciencia y son justo tales resultados contrarios a las hipótesis los que confirman la base de las grandes teorías.
 
Con este tipo de resultados en la biomanipulación y bajo la idea de reducir el número de variables que interactúan, los ecólogos comenzaron a fijarse en las relaciones no lineales que dichas interacciones generaban. De hecho, los ecólogos se comenzaron a fijar en este tipo de dinámicas casi veinte años antes. En los años setentas Sir Robert May, un australiano que posteriormente se fue a vivir a Inglaterra, y ahora es asesor del gobierno británico, había descubierto que las dinámicas caóticas en los modelos climáticos también aparecen en la ecología. Al inicio de su carrera, May trabajó en el modelo de crecimiento poblacional, que era muy sencillo, con tres variables (el número de organismos inicial, su tasa de crecimiento y la capacidad de carga de la población) pero capaz de generar dinámicas caóticas con sólo ir aumentando la tasa de crecimiento por arriba del valor de tres.
 
Si pueden existir dinámicas caóticas utilizando tres variables en una sola población sin incluir interacciones, ¿qué se puede esperar de múltiples especies con diferentes interacciones que están sujetas a cambios en el ambiente? En lugar de ser un problema que agobie a los ecólogos, esto ha sido una oportunidad magnifica para desarrollar la teoría de sistemas complejos en ecología.
 
Al principio de los noventas, otro holandés analizaba las relaciones de los lagos a partir de los resultados de sus paisanos y de varios colegas más, pero desde el ángulo de sistemas complejos. Marten Scheffer desarrolló un modelo para describir lo que estaba sucediendo en los lagos, utilizando variables basadas en la cantidad de nutrimentos en el agua, así como de algas, zooplancton y peces. Los resultados de tales modelos cambiaron los fundamentos de la limnología y sugirieron que los lagos tienen una dinámica biestable en lo que se refiere a la columna de agua; en otras palabras, que el agua de los lagos es establemente turbia o transparente. Scheffer utilizó los nutrimentos (los agrupó todos en una bolsa) como variable de perturbación que estaba relacionada con la relación de depredación entre las algas (todas las especies de algas) y el zooplancton (todas las de zooplancton). El cambio en los lagos entre un punto estable y otro es muy repentino y por ello lo denominó “cambio catastrófico” (un apelativo un poco dramático para una teoría científica).
Modelos posteriores sugirieron que no sólo existen dos puntos de estabilidad sino que pueden existir muchos. Un análisis más profundo sobre las respuestas que existen en estos modelos también han ayudado a estudiar la estabilidad de los puntos y la velocidad de los cambios en la dinámica. En los últimos años se ha buscado predecir qué tanto se puede perturbar un ecosistema sin que cambie su estabilidad, en otras palabras, queremos saber qué tan cerca estamos del cambio catastrófico cuando estamos perturbando un ecosistema. De todos estos análisis se popularizó la palabra resiliencia del ecosistema, a tal grado que los políticos la utilizan en cada uno de sus discursos cuando hablan de ecología, pero es difícil asegurar que entiendan el concepto.
 
En este campo han ido evolucionando los términos en pocos años. Al cambio catastrófico de un sistema estable a otro se le nombra ahora transición crítica. La profundización en este tipo de modelos ha generado una nueva línea de investigación en ecología, la de comprender los ecosistemas como sistemas complejos que pueden presentar dinámicas no lineales y que explican lo poco predecibles que pueden llegar a ser.
 
Comprender el funcionamiento de los ecosistemas como sistemas complejos también ha ayudado a que la sociedad comience a darse cuenta de que la relación entre humanos y ecosistema no es monodireccional, por el contrario, es bidireccional. En la conciencia social ahora existe la idea empírica de que el afectar la naturaleza tiene consecuencias, pues tarde o temprano la dinámica generada a partir de una perturbación nos afecta en la vida cotidiana; en otras palabras, hasta hace unos años se pensaba que existía una relación lineal y por lo tanto en el manejo de recursos se podía aplicar una suerte de modificación a la tercera ley de Newton: a toda acción hay una reacción inversamente proporcional y en sentido contrario. Por ejemplo, si se construye una carretera se afecta sólo unos cuantos metros del ecosistema (como el número de metros de asfalto que se coloca), lo cual, comparado con la cantidad de hectáreas de toda una cuenca es mínima. La “acción” de una carretera tendría una “reacción” del ecosistema mínima, y que además estaría subsanada con un programa de reforestación impulsado por la constructora.
 
Las catástrofes recientes en Guerrero y de hace unos años en Chalco y Tláhuac por los huracanes y tormentas tropicales sugieren que esta lógica es errada. A pesar de que la mayoría de las construcciones siguieron estas reglas, plantando al menos tres árboles por cada uno de los destruidos, el ecosistema ha reaccionado de manera muy diferente ante las lluvias torrenciales. En la época de lluvias gran parte del agua se infiltraba al subsuelo, pues los árboles y el pasto funcionan como barrera y esponja a la vez; con árboles en medio era mucho menos el agua que llegaba a las zonas bajas y con menor velocidad. El agua llega ahora en mayor cantidad y con mayor velocidad debido a que en lugar de estos árboles hay concreto que disminuye la fricción del agua y no permite que se infiltre al subsuelo. En cuanto a los árboles reforestados por las compañías, aun cuando todos sobrevivieran (algo que nunca sucede), la gran mayoría de las veces no se encuentran siquiera en la cuenca donde los otros árboles fueron talados. Por lo tanto, la dinámica del ecosistema en ese lugar cambió dramáticamente en época de lluvias a pesar de que la cantidad de árboles talados fuera muy poca comparada con todo el bosque que hubiera alrededor.
 
La estela de destrucción que dejó el huracán Katrina en Nueva Orleans es quizá el ejemplo mejor documentado sobre el fracaso de dicha ley newtoniana distorsionada que quienes manejan los recursos naturales tienen de los ecosistemas. En esa ciudad la urbanización del delta del Misisipi (con todas las reglas ecológicas que pueden imprimir las leyes norteamericanas) llevó a la destrucción de la ciudad en sólo unos días, por lo que semejante desastre ha llevado a replantear allí el manejo. Así, los nativos de los estados de Louisiana y Guerrero han aprendido que la naturaleza está basada en dinámicas no lineales, que su respuesta puede ser completamente impredecible en el mediano plazo, aun cuando se conozcan la mayoría de sus componentes.
 
Las dinámicas complejas no se acotan por tanto al funcionamiento del ecosistema, es necesario incluir las dinámicas sociales; la actividad humana es una variable que también cuenta con respuestas no lineales. Las dinámicas sociales son poco predecibles y también han demostrado contar con transiciones críticas a lo largo de la historia. El error ha sido considerar que los ecosistemas y las sociedades son sistemas complejos independientes que sólo interactúan en unos pocos puntos. Es necesario considerar que las sociedades son en realidad sistemas complejos inmersos dentro de un sistema complejo que es el ecosistema. A este binomio el Dr. Manolo Mass del Centro en Estudios en Ecosistemas de la unam le llama socioecosistemas.
 
El concepto de socioecosistemas, en donde las interacciones del humano y la naturaleza son bidireccionales, ayuda a comprender el triste destino de algunas civilizaciones antiguas, lo cual explica Jared Diamond en su libro Colapso, en donde describe cómo grandes culturas generadas en la península de Yucatán, la Isla de Pascua y Groenlandia se desmoronaron en el pináculo de su civilización. Una de las causas de dicho colapso fue el resultado de las dinámicas complejas resultantes de la interacción que tales civilizaciones tuvieron con la naturaleza. Por el contrario, civilizaciones de Nueva Guinea y la isla de Tikopia lograron mantenerse a lo largo del tiempo, todo lo cual sugiere que el destino humano depende de su relación con la dinámica del ecosistema. Los seres humanos estamos generando constantemente dinámicas sociales muy complejas que interaccionan en un sistema complejo (el ecosistema) del cual dependemos para sobrevivir, y el resultado de todas estas interacciones es poco predecible.
 
Es impensable considerar que existe un ecosistema prístino en el planeta, como también es impensable una sociedad aislada de las repercusiones que pueden tener los cambios en la dinámica del ecosistema, cambios que en su mayoría fueron provocados por la misma sociedad a lo largo de su historia. Puesto que los cambios en la naturaleza son de gran magnitud (deslaves, sequías, huracanes y el mismo cambio climático), la tecnología no puede reducir sus efectos para mantener la calidad de vida humana. De hecho, la misma tecnología genera más modificaciones en la dinámica de los ecosistemas, por lo tanto, aun cuando pueda actuar amortiguando algún cambio ecosistémico estará produciendo otros cambios en la dinámica del ecosistema que la pueden modificar todavía más, generando el efecto contrario al deseado; por ejemplo, la tecnología se ha volcado a producir automóviles eléctricos o eficientes en gasolina para reducir la contaminación ambiental, pero ha provocado que, al ser más barato no utilizar gasolina, se incremente el uso del automóvil y se genere contaminación por las baterías empleadas.
 
Uno de los problemas más grandes que tenemos es que, aun cuando es evidente la complejidad de la dinámica natural y social, la inercia en la economía y la política no ha permitido que dicho concepto se encuentre presente en los planes de manejo y desarrollo. Esta visión lineal está incluso en las leyes de conservación en México, pues se indica que si se tira un árbol para hacer una construcción se tiene que plantar en promedio tres más, considerando así que la naturaleza, lejos de ser afectada, hasta se beneficia. Tal lógica permite justificar el destruir un bosque con árboles de treinta metros de altura pues se reforestará en algún otro lugar con árboles de 1.5 metros, pero es evidente que no funciona, ya que debido a este tipo de leyes, en el Distrito Federal perdimos, únicamente en el sexenio pasado, cuando menos 500 000 árboles por construcciones viales e inmobiliarias.
 
El complejo sistema social genera discordancias en nuestra relación con el ecosistema. Un mismo gobernante puede hacer un discurso sobre lo importante que es la conservación de un lugar y unas semanas después justifica la autorización de la construcción de una carretera que pasará por encima de ese lugar recurriendo a la palabra desarrollo. Recientemente esta esquizofrenia ha producido documentos gubernamentales que justifican construcciones, que evidentemente destruirán un ecosistema, pero son presentados con argumentos a favor de la conservación de la naturaleza.
 
Nuestras sociedades están buscando permanentemente crecimiento (económico, poblacional o de infraestructura), al cual se le sinonimia con la palabra desarrollo. Pero este crecimiento perturba el socioecosistema, generando resultados impredecibles, que en su mayoría son indeseables para la calidad de vida de los humanos. Por lo tanto, el crecimiento económico o de infraestructura no necesariamente genera calidad de vida y se le debería de desasociar por completo de la palabra desarrollo.
La visión lineal del manejo de los ecosistemas subyugada por el crecimiento económico debe dejar de ser el paradigma por medio del cual nos relacionamos con la naturaleza.
 
La evidencia de las relaciones no lineales, tanto en la naturaleza como en la sociedad, indica que ambas (naturaleza y sociedad) están inmersas en un mismo sistema complejo que debemos de comprender y analizar, pues la mayoría de las veces genera resultados totalmente impredecibles. En especial ahora que estamos enfrentando el cambio climático.
articulos
Referencias bibliográficas
 
Diamond, Jared. 2007. Colapso. Ed. De bolsillo, Madrid.
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Scheffer, M. 1998. Ecology of Shallow Lakes. Chapman and Hall, Londres.
 
 
 
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Luis Zambrano
Instituto de Biología,
Universidad Nacional Autónoma de México.

Es doctor por el Instituto de Ecología de la UNAM y estudió un posdoctorado en Wageningen Agricultural University en Holanda. Sus líneas de investigación son la ecología de redes tróficas y comunidades acuáticas para generar modelos de restauración. Actualmente es el titular a cargo del Laboratorio de Restauración Ecológica de la unam, desde 1997 es miembro fundador de la Sociedad Mexicana de Limnología, y en el 2013 fue nombrado Secretario Ejecutivo de la Reserva Ecológica del Pedregal de San Angel de la UNAM.
     
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como citar este artículo
Zambrano, Luis. (2014). La complejidad de los socioecosistemas. Ciencias 111-112, octubre 2013-marzo 2014, 16-23 [En línea]
     

 

 

 

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Ana Elisa Peña del Valle Isla
     
               
               

Es necesario estar preparados para el cambio;
y más aún, aprender a vivir con él.


Folke

 
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El cambio visto como la transición de un estado a otro
es un proceso inherente a la vida misma y aun así, ¿cuántos denosotros podríamos indicar, a ciencia cierta, cuándo va a ocurrir un evento que modifique nuestro entorno o la manera exacta en la que va a suceder? Hay cambios que ocurren tan lentamente que apenas y los notamos —como el crecimiento de un árbol—, mientras que otros cambios, —los desastres hidrometeorológicos—, ocurren de manera abrupta, sacándonos de nuestro círculo de confort y desafiando nuestras habilidades para responder ante el cambio y la incertidumbre.

En su interacción con el medio, cambio e incertidumbre han sido parte sustancial de la historia de la humanidad. Podemos imaginar que ambos han funcionado como un “motor” que ha impulsado los sistemas naturales y sociales a desarrollar una gama de estrategias y habilidades como respuesta ante los retos asociados a las modificaciones en el clima, el ambiente y el entorno social y económico. Sin embargo, las circunstancias ambientales, sociales y económicas bajo las cuales vivimos hoy día incrementan la sensación de encontrarnos en una situación un tanto más crítica en cuanto a la rapidez y escala a la cual ocurren las diferentes perturbaciones, ya sean de tipo ambiental o socioeconómico. Dichas perturbaciones incluyen desde lluvias torrenciales e inundaciones, hasta largas sequías y escasez de recursos alimenticios, así como inestabilidades en el mercado laboral y fluctuaciones en el precio de alimentos y de energéticos, entre otras. Además de ello, con mayor frecuencia oímos que las sociedades, en diferentes partes del mundo, están enfrentando ya los efectos combinados del cambio climático y el deterioro de los ecosistemas terrestres y marinos; todo lo cual parece estar orillando a las sociedades y los ecosistemas a su límite.

Ante dicha situación es recomendable estar preparados. Pero, ¿qué podríamos hacer si no sabemos con seguridad ni cuándo ni cómo serán las perturbaciones que posiblemente vayan a ocurrir?, ¿o será simplemente que, como dice el dicho: al mal tiempo, hay que poner buena cara?
 
Lo que no te mata te hace más fuerte
 
La posibilidad de aprender a vivir con el cambio y la incertidumbre se asocia con la capacidad de los sistemas naturales y sociales para incorporar en su estructura y funciones básicas las modificaciones resultantes de los eventos de cambio e incertidumbre. En pocas palabras, la clave ha sido ser resilientes. ¿A qué nos referimos con ser resilientes? ¿Qué significa, en sí, el concepto de resiliencia?

Empecemos notando que la dinámica general de los sistemas naturales y sociales se puede describir, para un cierto tiempo y lugar, mediante diferentes variables bióticas y abióticas, las cuales se delimitan mediante umbrales o estados límite. Cuando los valores que definen dichos umbrales son excedidos por perturbaciones de gran magnitud o muy recurrentes, se desencadenan cambios rápidos y abruptos en la estructura y las funciones que mantienen la identidad del sistema en cuestión. Así, por ejemplo, la diversidad de especies en un ecosistema puede reducirse poco a poco a medida que avanza la degradación del hábitat hasta alcanzar un punto, el umbral, a partir del cual los valores de diversidad caerán drásticamente. En la mayoría de las ocasiones, una vez pasado el valor umbral, el sistema difícilmente podrá volver a su situación inicial, anterior al disturbio, en cuyo caso se considera que el sistema se mueve hacia una configuración (estado de equilibrio) diferente.

La resiliencia puede definirse en términos amplios como “la capacidad de un sistema (i. e. un ecosistema, una comunidad biológica, una persona o una sociedad entera) para responder a una crisis o disturbio sin perder su estructura, funciones y procesos de retroalimentación característicos”. Un sistema resiliente reacciona ante los disturbios: 1) de manera robusta, es decir, que puede enfrentar diferentes disturbios de gran magnitud antes de cambiar drásticamente su estructura y funciones características, esto es, que sus umbrales son más altos; y 2) de manera propositiva, no necesariamente, debe regresar a la misma situación (o configuración) anterior al disturbio, sino que tiene la habilidad para desarrollar “creativamente” mecanismos de ajuste que le ayuden a mantener su estructura y funciones características y asegurar su continuidad ante disturbios o crisis, operando en un punto diferente de equilibrio, esto es, que sus umbrales son más amplios.

En términos generales, es posible distinguir al menos tres propuestas bajo las cuales se puede examinar la resiliencia de un sistema: 1) la magnitud del disturbio que puede ser absorbido, esto es, mientras más resiliente sea un sistema, mayor será su capacidad de amortiguar los efectos adversos de una crisis o un disturbio de gran magnitud sin que el sistema tenga que cambiar su estructura o funciones características a un estado de funcionamiento diferente; 2) la velocidad de recuperación ante un disturbio, esto es, mientras más resiliente sea un sistema, más rápido se recuperará de los daños y efectos adversos experimentados durante una crisis o disturbio; y 3) la habilidad para absorber perturbaciones, es decir, mientras más resiliente sea un sistema, mayor será su capacidad para atenuar los efectos adversos de un cambio abrupto o de gran magnitud; el sistema resiliente “reacomoda” los componentes de su estructura a fin de mantener las mismas funciones y procesos de retroalimentación característicos.

Sea cual sea la propuesta que parezca la más adecuada para describir la resiliencia, hay que ser cuidadosos de no emplear indiscriminadamente este concepto para uno u otro contexto, ya que la resiliencia actúa con una “efectividad específica” en cada sistema y ante cada tipo de disturbio. Esto significa que la resiliencia difícilmente será una capacidad generalizable a todos los elementos o componentes que conforman un sistema natural o social y ante todo tipo de disturbio. De ahí que, al examinar la resiliencia, es muy importante considerar los objetivos planteados, los tipos de perturbaciones, las medidas de control disponibles, el tiempo y la escala de interés que se vaya a manejar.

En los sistemas costeros, por ejemplo, vemos que los manglares refuerzan la resiliencia de las zonas ribereñas ante el efecto destructivo de las tormentas, ya que, por un lado, proveen de un flujo de recursos y servicios ambientales que sostiene la integridad del hábitat y, por otro lado, son una barrera natural contra las inundaciones, ayudando por tanto a reducir posibles daños tierra adentro. Asimismo, podemos enfocarnos en los “sistemas de manglar”, para los cuales el aumento en el nivel del mar es una de las grandes amenazas a enfrentar a futuro. Se ha visto en los registros geológicos que, ante previas fluctuaciones del nivel del mar, los manglares han tenido la capacidad de sobrevivir o expandirse hacia otros hábitats que les han servido como refugio. Los manglares pueden ser resilientes ante el aumento de nivel del mar, siempre y cuando éste ocurra lentamente y exista espacio adicional suficiente para que el mangle migre tierra adentro, además de cumplirse otras condiciones ambientales.

No obstante la especificidad con la que actúa la resiliencia en un sistema ante los disturbios, la manera en que se desarrollen ciertos atributos y procesos básicos determinará la capacidad de recuperación y amortiguamiento, caracterizando al sistema en cuestión como menor o mayormente resiliente.

Los atributos básicos para la resiliencia de los sistemas naturales y sociales son los siguientes: a) redundancia, que se refiere a la duplicación de componentes y funciones críticas en un sistema, ya sea natural o social. Así, la existencia de un ambiente con alta diversidad biológica y sociocultural permite contar con un mayor número de mecanismos cuya función puede suplirse con mayor facilidad en el caso de que uno de dichos elementos falte o falle durante o después de un disturbio; y b) flexibilidad, que se refiere a la disposición de un sistema para incorporar nuevos elementos en su estructura y funciones. Para los sistemas sociales, en caso de que un paradigma o normatividad cambie o, por el contrario, se vuelva ineficiente ante nuevos requerimientos asociados con el manejo de la incertidumbre, la flexibilidad evita que el sistema se torne rígido y pierda su potencial para aprovechar la heterogeneidad de oportunidades que acompañan un evento de cambio.

Mientras que los procesos clave para la resiliencia de los sistemas naturales y sociales son: a) autoorganización, que se refiere a la reorganización autónoma de componentes, funciones y relaciones en un sistema, principalmente un ecosistema, con el fin de absorber los efectos de una crisis o disturbio. En un sistema resiliente, cada trayectoria de recuperación ante una situación de disturbio se considera única en cuanto a los elementos que intervienen en la respuesta del sistema; y b) aprendizaje, que significa que un sistema social es capaz de mantener una “memoria” de respuestas adaptativas previas. Para los sistemas ecológicos el aprendizaje se da en forma de adaptaciones, mientras que para los sistemas sociales el proceso se da por medio de la experiencia y la imaginación. Estos procesos benefician al sistema al poder identificar situaciones de riesgo y prevenir posibles daños a futuro.
 
Tan bueno el pinto como el colorado
 
Como hemos visto, la resiliencia se ha abordado desde diferentes propuestas, las cuales se vinculan con enfoques más generales sobre cómo conceptualizar la resiliencia. Aquí ahondaremos en cada enfoque, de acuerdo a su aplicabilidad en los diferentes campos de la ciencia.
En el estudio de las perturbaciones y el cambio, la resiliencia es un término con un uso relativamente reciente, poco más de treinta años. Las primeras menciones sobre la resiliencia se encuentran en publicaciones de los años cincuentas en el campo de la física, donde el término resiliencia fue definido como el valor que caracteriza la resistencia de los materiales al impacto, en referencia a qué tanta energía puede absorber un material cuando es deformado elásticamente. Este concepto es muy sencillo de ilustrar, sólo hay que pensar en un resorte que es jalado por ambos lados; al soltarlo el resorte tenderá a regresar a su forma inicial, eso ¡sí no es deformado demasiado!

A finales de los sesentas y principios de los setentas, el concepto de resiliencia empezó a ser usado en el área de la ecología. Su inicial precursor fue el investigador canadiense C. S. Holling quien, en 1973, escribió una revisión sobre la depredación en relación con la teoría de estabilidad ecológica. En dicho trabajo el autor sugirió la existencia de diferentes estados de evolución o desarrollo, cada uno con múltiples estabilidades, así como la no linealidad en el comportamiento de las poblaciones ecológicas. La idea de un comportamiento alejado del equilibrio y de la estabilidad se oponía a la Teoría de la estabilidad ecológica, aún predominante en aquella época.

A la fecha, el uso del término resiliencia ha traspasado las fronteras de la ecología y ha sido adoptado por diversas disciplinas, incluyendo psicología, antropología, geografía, economía ecológica y urbanismo, entre muchas otras. A partir de entonces, la resiliencia se ha usado como enfoque de investigación para incorporar la noción de que los sistemas, tanto naturales como sociales, poseen múltiples mecanismos de retroalimentación que les permite desarrollar continuamente diversas trayectorias de desarrollo (y de recuperación) dependiendo de las características de sus propios atributos y procesos, así como también del ambiente que los rodea. Más recientemente, el desarrollo de nuevas líneas de investigación asociadas con el cambio climático y el desarrollo sustentable, la vulnerabilidad, la adaptación y la capacidad adaptativa se ha beneficiado de la perspectiva que provee la resiliencia para comprender el comportamiento de los diversos sistemas naturales y sociales ante los impactos asociados con los posibles cambios en el ambiente y el clima. El enfoque (o contexto) dentro del cual se ha estudiado la resiliencia puede distinguirse en las siguientes tres opciones: ecológica, social y socioambiental.
 
Resiliencia ecológica
 
En el área de las ciencias naturales, y más específicamente en la ecología, la resiliencia alude a la habilidad y capacidad que tienen los ecosistemas de absorber, amortiguar y resistir los cambios abióticos y bióticos que ocurren después de una perturbación de origen natural como sería un incendio, una tormenta o un huracán; o bien, por efecto de las actividades humanas sobre los ecosistemas, entre ellos la contaminación, el sobrepastoreo, y la deforestación.

Bajo este enfoque, la resiliencia se mide por medio de la permanencia o mantenimiento de las “funciones ecológicas” (como purificación de aire y agua, generación y preservación de suelos fértiles, polinización de cultivos y vegetación silvestre, dispersión de semillas, reciclaje de nutrimentos, etcétera) que son esenciales para el mantenimiento y organización del sistema durante un periodo de perturbación o estrés. En un ecosistema terrestre, la capacidad de recuperación o amortiguamiento se determina por variables específicas asociadas con la regeneración como son la composición de plantas, la productividad, la biomasa, la acumulación de nutrimentos en el suelo y la diversidad ecológica.
 
Resiliencia social
 
El estudio de la resiliencia desde el punto de vista de las ciencias sociales es uno de los enfoques de más reciente desarrollo dentro del campo de estudio de la sustentabilidad y la adaptación. Desde este enfoque, la resiliencia se define como la capacidad de un sistema social para involucrar múltiples niveles de gobierno, comunidades y usuarios en la construcción de conocimiento y del entendimiento de la dinámica del uso de los recursos y los ecosistemas a fin de amortiguar la incertidumbre y el cambio asociados con disturbios de naturaleza, ya sea política, social o naturaleza económica. Así, la atención se centra en ciertos determinantes como son el capital social, las instituciones locales, las redes sociales y la gobernanza, dado que ellos constituyen, en gran medida, la estructura del sistema social. A su vez, contar con dicha estructura es clave para el mantenimiento de los mecanismos y funciones necesarias para enfrentar, colectivamente, tanto disturbios como periodos de incertidumbre. Entre dichas funciones se incluyen la experiencia, el aprendizaje, la innovación y la preparación, así como también la toma de decisiones para internalizar el cambio en las actividades cotidianas de la gente, todo ello al interior de un ambiente cambiante e incierto.

Resiliencia socioambiental
 
Se puede considerar que la resiliencia en sistemas socioambientales es un enfoque híbrido en donde las interacciones humanas con el medio natural, y viceversa, se encuentran en retroalimentación constante. Por un lado, la diversidad de los ecosistemas y del paisaje productivo mantiene una amplia gama de bienes y servicios ambientales, los cuales son de provecho para el desarrollo material de estrategias de adaptación en las diferentes sociedades. Por el otro lado, la heterogeneidad de elementos culturales y sociales asociados con las prácticas de manejo y de conservación de los recursos naturales mantiene en buen estado el funcionamiento de los ecosistemas y la producción de bienes y servicios ambientales, favoreciendo con ello la resiliencia del sistema socioambiental en su conjunto. Las posibilidades de los sistemas socioambientales para enfrentar periodos de crisis o disturbios se asocia con la existencia de múltiples “nichos” de índole económica y social y de manejo de bienes y servicios ecosistémicos, como es el caso de los sistemas de policultivo tradicionales. La riqueza de elementos e interacciones de ambos sistemas influye en la capacidad del sistema en su conjunto para reorganizarse en un estado diferente de equilibrio, así como también para aminorar el grado de dependencia hacia una cierta y limitada cantidad de recursos.
 
Si del cielo te caen limones...
 
La resiliencia, como cualquier otra habilidad, se puede perder o ganar de acuerdo con el desempeño del propio sistema en relación con las condiciones del medio que le rodea. Por ejemplo, se ha visto que aun en los ecosistemas mediterráneos, con un reconocido potencial de recuperación después de un incendio gracias a la capacidad de germinación y rebrote de la mayoría de las especies que los componen (en particular Quercus spp.), el recubrimiento vegetal disminuye significativamente cuando las perturbaciones tienen lugar en intervalos cortos de tiempo (menos de once años). Incluso para los bosques de pino, cuando una situación similar se mantiene por varios años, el bosque de pino tiende a convertirse en un matorral bajo o en un pastizal, ya que el fuego impide a los pinos jóvenes alcanzar el estado reproductivo y al ecosistema permanecer como tipo de vegetación predominante.

Por tal motivo, el manejo de la resiliencia busca, por un lado, evitar que los sistemas naturales y sociales se muevan hacia configuraciones no deseadas en respuesta a periodos de estrés o a disturbios de gran magnitud y, por otro lado, busca robustecer las condiciones que permiten a los sistemas reorganizarse y renovarse, tras un cambio masivo.
En la práctica, el manejo de la resiliencia se retroalimenta continuamente con la capacidad de adaptación y viceversa: un gran número de adaptaciones se sustentan en la existencia de elementos y condiciones resilientes en el ambiente. En un ecosistema sería la existencia de un paisaje heterogéneo y poco fragmentado o la presencia de bancos de semillas, diversidad de estrategias reproductivas y de colonización, mientras que en un sistema social la diversificación de sistemas productivos y actividades de manejo de recursos naturales en áreas sujetas a disturbios con el fin de regular el riesgo y asegurar el aprovisionamiento de alimentos y otros bienes en caso de eventualidad.
A su vez, la resiliencia incrementa las posibilidades de éxito en las respuestas adaptativas que se desarrollen, así como también ayuda a mitigar la magnitud de los posibles impactos relacionados con la variabilidad climática y otros disturbios ambientales. Por lo tanto, las sociedades se vuelven menos vulnerables al poder responder ante un disturbio cuyos efectos no hubieran podido ser absorbidos en una condición previa.

En particular, los sistemas socioambientales y sociales tienen la capacidad de reconocer patrones y variaciones en sus ambientes y responder al cambio o a la incertidumbre con intencionalidad, es decir, debido al componente humano dichos sistemas pueden distinguir entre diferentes configuraciones del sistema que son viables y elegir el tipo de respuesta a seguir ante un disturbio. Así, el sistema podría moverse “hacia atrás”, es decir optar por regresar a su situación inicial o a una configuración similar, que es cuando el sistema se recupera de un disturbio y garantiza la permanencia de las condiciones originales (por ejemplo, en la recuperación ante un desastre) o también podría optar por moverse “hacia delante”, que es cuando las sociedades o los ecosistemas se orientan hacia un nuevo estado de desarrollo como estrategia para hacer frente a un disturbio repetitivo. En tal caso los componentes del sistema pueden aprovechar las variaciones introducidas en el ambiente para así sobrepasar limitaciones previas e innovar respuestas. En el caso de los ecosistemas, esto se traduce en la evolución de los procesos de reorganización de las funciones ecológicas y de las sociedades humanas en los procesos de innovación y aprendizaje colectivo. En ambos es necesario fortalecer aquellas condiciones que sean adecuadas para que tanto los ecosistemas, como las sociedades y los individuos, puedan seguir aprovechando sus atributos y capacidades a fin de desarrollar estrategias autónomas como respuesta ante el cambio y la incertidumbre. A continuación se proponen cinco condiciones para fortalecer la resiliencia de las sociedades y su medio (o sistemas socioambientales).

Mantener la diversidad. La existencia de un contexto socioambiental diverso y heterogéneo en sus elementos y funciones es la base para el desarrollo de diferentes opciones de manejo de recursos naturales por individuos y sociedades. Por un lado, la diversidad biológica es esencial para asegurar el mantenimiento de las funciones ecológicas básicas y la provisión de bienes y servicios ecosistémicos; por el otro, la diversidad en las prácticas productivas y el manejo de los recursos permite a las comunidades e individuos beneficiarse de la diversidad biológica existente e implementar un mayor número de estrategias familiares y medios de vida más flexibles y heterogéneos, en donde se puedan amortiguar los cambios y los disturbios más fácilmente.

Fortalecer el desarrollo de capacidades.Las sociedades y los individuos necesitan desarrollar continuamente su capacidad para responder a los disturbios, al cambio y a la incertidumbre, haciendo uso de los elementos que tienen a la mano. Fortalecer las capacidades para el manejo adaptativo de los recursos naturales, aunado a la concientización social y la educación ambiental, permite un aprovechamiento más adecuado del medio, así como también diversificar las actividades productivas e incorporar esquemas adaptativos de manejo en estructuras domésticas, al mismo tiempo que se fortalecen y conservan las relaciones ecosistémicas del medio.

Impulsar el manejo sustentable de los recursos. Mejorar el estado de los recursos naturales y mantener sanas las funciones ecológicas, así como la producción de bienes y servicios ecosistémicos, son la base material para el desarrollo de mejores esquemas de manejo de recursos. Al mismo tiempo, provee de elementos para cubrir las necesidades de la gente de acuerdo con las diferentes situaciones de disturbio y estrés.

Estimular la inclusión de las sociedades y comunidades. Contar con el compromiso de las sociedades y comunidades en la búsqueda y desarrollo de estrategias para el bien común ha sido señalado con uno de los mayores impulsores de la resiliencia. El compartir responsabilidades colectivas refuerza el sentido de responsabilidad y el compromiso entre los miembros de un determinado grupo social. El aprendizaje colectivo es visto como una manera de sobrepasar barreras técnicas y otras limitantes para un adecuado manejo de los recursos.

Fortalecer la gobernanza y la flexibilidad en las instituciones. Al robustecer las condiciones y procesos sociales que determinan las responsabilidades individuales y colectivas se mejoran los procesos de toma de decisiones en cuanto al manejo del ambiente y se incrementan las posibilidades de la gente para desarrollar estrategias de adaptación y respuesta temprana ante disturbios e incertidumbre. Por medio de redes sociales e instituciones locales sólidas, más abiertas a incorporar la opinión de diversos actores, se promueve la creación de normas y reglas de comportamiento dirigidas a preservar el bien colectivo, lo cual incrementa la confianza y disposición de los individuos, así como un mayor acceso a diversos recursos y conexiones con otros actores.
 
El que no oye consejo, no llega a viejo...
 
Ante tiempos de cambio e incertidumbre, aunque ser optimista es importante, también es aconsejable tener buena resiliencia. Pero ¡cuidado!, si bien la resiliencia es un término con una connotación generalmente positiva que se asocia con la idea de permanencia, su uso indiscriminado al examinar las respuestas de un sistema natural o social puede inducir a errores de manejo o toma de decisiones y, por tanto, conducir un sistema a una condición de desventaja, ya sea porque no se cuenta con las condiciones necesarias para desarrollar nuevas estrategias y respuestas o porque se guía el sistema a una situación de dependencia hacia ciertos recursos o tecnologías (como sería el caso del uso de ciertas semillas mejoradas genéticamente), lo cual incrementa su vulnerabilidad.
A fin de aprovechar el potencial asociado con la resiliencia como marco de acción para ayudar a las sociedades y sus ecosistemas a responder de mejor manera a las situaciones de cambio y estrés es necesario que tanto investigadores, como “tomadores” de decisión y profesionales puedan identificar y fortalecer los elementos ecológicos y sociales que posibilitan a los sistemas socioambientales desarrollar diversas estrategias y respuestas tempranas durante la evolución por múltiples trayectorias de adaptación. Para ello es necesario que dichos actores tengan en mente la incertidumbre de los cambios y, por ende, que no es posible predecir completamente dichas trayectorias de adaptación. Dado el tipo de amenazas y riesgos climáticos y sus efectos sobre las poblaciones, es muy arriesgado emplear la práctica de “una medida se aplica a todos los casos”; por el contrario, los cambios y disturbios, así como las respuestas, deberán ser reconocidos dentro del contexto histórico y ambiental de cada sistema.
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Ana Elisa Peña del Valle Isla
Programa de Investigación en Cambio Climático,
Universidad Nacional Autónoma de México.

Es doctora en geografía por el King’s College London University de Inglaterra. Tiene un posdoctorado en el Centro de Ciencias de la Atmósfera de la UNAM y trabaja como investigadora asociada en el Programa de Investigación en Cambio Climático de la misma casa de estudios. Actualmente investiga sobre adaptación al cambio climático, la resiliencia y el enfoque adaptativo.
     
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como citar este artículo
Del Valle Isla, Ana Elisa. (2014). Al mal tiempo, buena resiliencia. Ciencias 111-112, octubre 2013-marzo 2014, 4-11. [En línea]
     

 

 

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