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número 139-140
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Yvette Gómez Gómez      
               
               
Ayla estaba abrumada: Creb nunca se había mostrado duro con ella […] Confundida y dolida se le saltaron las lágrimas, le inundaron los ojos y corrieron por sus mejillas. —¡Iza!— llamó Creb, preocupado—. ¡Ven acá!
Ayla tiene algo en los ojos. Los ojos de la gente del clan sólo se les llenaban de lágrimas cuando algo se les metía dentro, o si tenían catarro o padecían alguna enfermedad de la vista. Él nunca había visto que de los ojos brotaran lágrimas de infelicidad.

Jean Marie Auel
     
 En la novela El clan del oso cavernario, Jean Marie Auel
describe la sorpresa que se llevan dos neandertales, Creb e Iza, al ver llorar de tristeza a su hija adoptiva Ayla, quien es una niña cromañón. En varias escenas muy conmovedoras a lo largo del libro, la autora nos deja ver que, en su mundo imaginario, los neandertales no tenían la capacidad de llorar a causa de emociones, mismo que nos permite reflexionar sobre la conducta del llanto: ¿cuándo surgió?, ¿qué función tiene?, ¿es una capacidad humana única?, ¿qué relación tiene con la cultura?

Estas y otras preguntas han sido abordadas por la psicología, la biología, la antropología y otras “ías”. Cada una de estas disciplinas nos ha dado información valiosa, pero las ciencias cognitivas son el pegamento que une todas las piezas. Las ciencias cognitivas nos ayudan a entender el llanto y cualquier conducta humana como un fenómeno complejo, que, si bien tiene sus raíces en lo individual y lo biológico, da sus frutos en lo social y lo cultural.

Lágrimas de cocodrilo

La capacidad de producir lágrimas, mejor dicho, de producir “secreción lagrimal”, comenzó hace aproximadamente 360 millones de años cuando una especie de pez parecido al celacanto, que se convertiría en el ancestro de todos los vertebrados, salió del agua. El paso del agua a la tierra implicó una serie de adaptaciones complejas que hicieran posible la vida terrestre. Una de éstas fue la producción de secreción lagrimal para mantener la humedad en el ojo y mejorar la refracción de la luz, ya que el sistema visual estaba ajustado para ver bajo el agua.

Para cuando surgieron los anfibios, el sistema ocular ya estaba equipado con glándulas lagrimales que producían compuestos acuosos, cerosos y mucosos a los que se les llama “lágrimas basales”, que permiten, entre otras cosas, mantener la lubricación. Además, surgieron otros elementos como los párpados y los conductos lagrimales. La función del párpado es distribuir la secreción lagrimal en toda la superficie del ojo, mientras que la función del conducto lagrimal es drenar el exceso de líquido hacia el interior de la nariz.

Más adelante surgió otro tipo de lágrimas: las reflejas. En general, dichas lágrimas se producen en mamíferos por irritación física o química en el ojo, es decir, las lágrimas reflejas no están presentes en anfibios ni en la mayoría de los reptiles y aves. En algunas tortugas y aves marinas estas lágrimas tienen la función de eliminar el exceso de sal que consumen. En los cocodrilos las lágrimas reflejas son las culpables de la expresión popular “lágrimas de cocodrilo”, que son básicamente lagrimas falsas o vacías de emociones y tienen su razón de ser. La explicación más aceptada es que son el resultado de un reflejo mecánico al masticar, ya que las glándulas salivales se encuentran muy cerca de las lagrimales, y al activarse ambas producen la impresión de que lloran de pena por su presa mientras se la comen. Otra explicación es que simplemente al salir del agua sus ojos se secan y comienzan a lagrimear en exceso.

La producción de lágrimas basales está regulada por el hipotálamo, un centro cerebral que controla funciones automáticas del cuerpo. Lo que hizo posible la aparición de las lágrimas reflejas es que este centro se conectó con el nervio trigémino, uno de los trece nervios craneales. Entre las funciones de este nervio está el enviar una señal al hipotálamo en respuesta a la irritación para que estimule las glándulas lagrimales y aumente la producción de lágrimas. Más adelante, el sistema límbico, encargado de regular nuestras emociones, se conectó a este circuito haciendo posible la producción de lágrimas en respuesta a distintas emociones.

La especie perfecta 

¿Qué tuvo que ocurrir para que las lágrimas también fueran una forma de limpiar las irritaciones emocionales? La conexión del llanto con las emociones sólo podía surgir bajo ciertas condiciones, es decir, esta capacidad sólo podía ser ventajosa y conservarse en especies con ciertas características conductuales. Nosotros los humanos, y probablemente también algunos de nuestros ancestros homínidos, fuimos una especie ideal para la evolución del llanto. En primer lugar, porque los primates somos de las especies con mayor capacidad de gesticular. Los gestos nos sirven para comunicar varias emociones y esto no sería posible si no fuera porque también somos especies sumamente visuales, y al interactuar con otros, nuestra atención está dirigida hacia la cara y en especial hacia los ojos. 

Los ojos de los otros ya eran un blanco social, y la producción de lágrimas en estados vulnerables, junto con una expresión de dolor o tristeza en el rostro, aumentaron la atención hacia ellos. Debido a nuestra gran capacidad empática, los individuos que lloraban probablemente recibían más ayuda o consuelo que aquellos que no lloraban. Esto reforzaba los lazos sociales y permitía que el grupo estuviera más unido y tuviera mayores probabilidades de sobrevivir.

El llanto pudo fijarse en las primeras poblaciones humanas a partir de varios procesos. Uno de ellos pudo ser gracias a los bebés y niños. En mamíferos y aves, los infantes utilizan chillidos para llamar la atención de sus cuidadores, pero no sueltan lágrimas; cuando en algunos niños los chillidos empezaron a acompañarse de lágrimas los cuidadores les prestaron más atención, pues era un rasgo muy peculiar que no pasaba desapercibido. Esto provocaba que los cuidadores los miraran más a los ojos y ambos produjeran más oxitocina —una neurohormona muy relacionada con la empatía y formación de lazos afectivos—, lo que generaba vínculos sociales más fuertes y aseguraba mayores cuidados. Por consecuencia, los niños llorones tenían una mayor probabilidad de sobrevivir.

Pero, ¿por qué seguimos llorando incluso cuando somos adultos? Una de las hipótesis es que debido a que los individuos jóvenes y adultos no podían expresar su dolor con chillidos, porque podían atraer depredadores, aquellos que conservaban la capacidad de llorar tenían una ventaja, pues podían comunicar sus emociones sin ser un peligro y apelar a la empatía de sus compañeros, al igual que los niños. Por otra parte, las lágrimas también pudieron haber funcionado para disminuir la violencia dentro de los miembros de un grupo, ya que al llorar los individuos se mostraban vulnerables ante otros, y el atacante podía desistir o incluso enternecerse y brindar ayuda.

En general, el llanto evolucionó como una señal emocional. Si no hubiera provocado conductas empáticas en otros miembros del grupo, la capacidad de llorar hubiera desaparecido, pues sólo sería una pérdida de energía y un rasgo que podría volver vulnerables a los individuos ante depredadores. Es probable que los individuos con la capacidad de llorar tuvieran mayor éxito reproductivo que los que no, porque formaban lazos sociales más fuertes, de lo contrario, ¿de qué manera explicaríamos que ahora la mayoría de los humanos tengamos esta capacidad? Aunque actualmente existen personas que no pueden llorar, aún no sabemos si la incapacidad es a causa de diferencias biológicas, influencias culturales o una combinación de ambas.

¿Llanto voluntario?

Todos en algún momento de nuestra vida hemos sentido la necesidad de llorar en situaciones inapropiadas y nos hemos aguantado las ganas. Asimismo, están las veces en las que por más que nos esforzamos para no soltar las lágrimas esto se vuelve inevitable, algo así como las ganas de ir al baño, tarde o temprano tenemos que hacerlo. Desde nuestras propias experiencias y gracias a diversos estudios científicos, hemos aprendido que el llanto es un fenómeno complejo que está controlado por variables biológicas, psicológicas y sociales.

En la cultura occidental, hablando de manera muy simplificada, asociamos el llanto a la tristeza, la frustración y también a la alegría. Lloramos sólo cuando nuestras emociones son muy abrumadoras y estamos con personas a las que les tenemos la suficiente confianza como para dejar que nos vean en nuestro estado más vulnerable, aunque muchas veces preferimos llorar a solas y en silencio. También existe culturalmente una asociación del llanto con la sensibilidad emocional y el sexo femenino, pero ahora estos estereotipos están reconsiderándose y revisándose más a fondo con ayuda de la neuropsicología y todo apunta a que no se trata de una diferencia de sexo, sino de género, o sea que es moldeada por la sociedad.

En otras culturas el llanto puede ser parte de contextos diferentes. Algunos antropólogos han reportado que el llanto es utilizado como parte de un ritual de saludo y bienvenida en algunas culturas de Sudamérica, Norteamérica, Australia e India. Las personas suelen llorar por varios minutos cuando conocen al otro antes de comenzar a hablar o cuando se encuentran ocasionalmente con algún conocido. Por ejemplo, entre los tupinambá de Brasil, aquellos que llegaban de un viaje largo eran recibidos por un grupo de mujeres que lloraban a su alrededor por las tragedias que habían ocurrido en la comunidad durante su ausencia y por los peligros a los que se había expuesto el viajero al irse. 

Debido a que el llanto suele ser visto como un comportamiento sincero e involuntario, los antropólogos se han preguntado: ¿qué tan sinceros son este tipo de llantos en otras culturas?, es decir, ¿responde a emociones verdaderas o es utilizado a conveniencia, en concordancia con reglas sociales, para mantener la cohesión en el grupo? 

De acuerdo con algunas observaciones, parece que el llanto en estos contextos puede considerarse “actuado”, pero fingir el llanto al igual que la risa, nos ayuda a inducir un estado emocional similar —aunque no igual— al de tristeza o alegría, dependiendo del contexto social, engañando al cerebro para estar en sintonía emocional con otros. De cualquier forma, la cultura occidental no está muy lejos de estas prácticas, por lo que en nuestro día a día fingimos alegría mediante sonrisas al saludar a otros para evitar tensiones sociales y hacer el tiempo más llevadero, de igual manera, las personas que mejor fingen el llanto pueden ser consideradas artistas.

El llanto en el arte

Transmitir emociones que provoquen llanto es un arte que apela a nuestra capacidad empática y, para ello, el truco más utilizado es mostrar lágrimas en otros individuos en un contexto vulnerable. Transmitir emociones y provocar el llanto a otros no es una habilidad que cualquiera pueda dominar, por lo que los actores y actrices que lo hacen son considerados verdaderos artistas, pero también lo son los productores de cine y otros medios que están detrás de las historias que nos han hecho llorar a moco tendido. 

Las lágrimas tienen una capacidad impresionante para transferir emociones y por ello han sido muy representadas en el arte. Existen obras que deben su fama al dramatismo que éstas les confieren, como las relacionadas con la crucifixión y muerte de Cristo que, en su mayoría, retratan a la virgen María con lágrimas cayendo por sus mejillas y un gesto de dolor y compasión por su hijo torturado. Estas imágenes han sido tan impactantes en la psicología social que incluso hay leyendas sobre algunas estatuas de la Virgen que han sido vistas llorando lágrimas reales o incluso lágrimas de sangre. 

Al llanto se le ha conferido una estética propia: la belleza de la tristeza. Y no es algo actual, ya que desde la Grecia antigua, Homero, en sus famosas epopeyas, mencionaba que las lágrimas embellecían el rostro de los hombres. En la pintura, las lágrimas aparecen generalmente como gotas traslúcidas y brillantes, parecidas al cristal o a las joyas, como sinónimo de pureza y belleza. Dentro de la poética del llanto podemos encontrar a quienes piensan en él como una forma de comunicación que posee su propia sintaxis y gramática: un fenómeno metalingüístico que se usa sólo cuando las palabras ya no son suficientes; mientras para otros forma parte del monopolio humano, es la esencia de los ojos que son la ventana del alma.
     
Referencias Bibliográficas

Auel, J. M. 2013. El clan del oso cavernario, Oceano exprés, Cd. de México.
     Bellieni, C. V. 2017. “Meaning and Importance of Weeping”, en New Ideas in Psychology, vol. 47, pp. 72–76.
     Hasson, O. 2009. “Emotional Tears as Biological Signals”, en Evolutionary Psychology, vol. 7, núm. 3, pp. 363-370.
     Rottenberg, J. y A. J. J. M. Vingerhoets. 2012. “Crying: Call for a Lifespan Approach: Lifespan Approach to Crying”, en Social and Personality Psychology Compass, vol. 6, núm. 3, pp. 217–227.
     Spiekermann, G. 2009. “Die Tränen aus kunsthistorischer Sicht”, en Der Ophthalmologe, vol. 106, núm. 7, pp. 603–608.
     Vandekerckhove, M., et al. 2008. Regulating Emotions: Culture, Social Necessity, and Biological Inheritance, Weyl-Blackwell, Hoboken, N.J.
     Vingerhoets, A. J. J. M. 2013. Why Only Humans Weep: Unravelling the Mysteries of Tears. Oxford University Press, Oxford.
     ______ y L. Bylsma. 2016. “The Riddle of Human Emotional Crying: A Challenge for Emotion Researchers”, en Emotion Review: Journal of the International Society for Research on Emotion, vol. 8, núm. 3, pp. 207–17.
     

     
Yvette Gómez Gómez
Estudiante del doctorado en Ciencias Cognitivas,
Centro de Investigación en Ciencias Cognitivas,
Universidad Autónoma del Estado de Morelos.

     

     
       

 

 

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