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José Ernesto Marquina Fábrega      
               
               
Puede decirse que el siglo xii empezó a finales del siglo XI.
El 22 de shabán del año 492 de la Hégira, 15 de julio de 1099 en nuestro calendario, cayó Jerusalén ante las tropas encabezadas por Godofredo de Bouillon, lo cual significó el final de la primera Cruzada. Todo empezó el 27 de noviembre de 1095, en el Concilio de Clermont, en el que el papa Urbano II, al grito de “¡Dios lo quiere!”, llamó a conquistar los lugares santos. La primera Cruzada partió en 1096 y culminó con la caída de Jerusalén, tras 39 días de asedio. El 29 de julio de 1099, sólo 34 días después del éxito de los ejércitos de los cruzados, murió Urbano II, sin saber del éxito de la empresa que había promovido.

El reino franco de Jerusalén duró casi noventa años. Con la derrota del rey Guido en la batalla de los Cuernos de Hattin, el 4 de julio de 1187, la caída de Jerusalén ante las tropas del sultán de Egipto, Salah al Din, era sólo una cuestión de tiempo. El 27 de rajab, 2 de octubre de 1187, se rindió Jerusalén. La Europa cristiana intentó reconquistar la ciudad santa en muchas ocasiones. La llamada tercera Cruzada fue convocada por el papa Gregorio VIII y en ella participaron los más importantes soberanos de la cristiandad: Federico Barbarroja, emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, Ricardo Corazón de León de Inglaterra y Felipe II Augusto de Francia. La cruzada no logró sus objetivos, Federico Barbarroja no llegó a Palestina, pues murió ahogado en el río Salef (hoy Turquía) y su ejército no continuó; Felipe II Augusto se regresó a Francia por sus diferencias con el rey inglés, quedando al mando Corazón de León, quien a pesar de su éxito en tomar la ciudadela de San Juan de Acre, en 1192 desistió de tomar Jerusalén tras la promesa de Salah al Din de que los cristianos podrían entrar a la Ciudad Santa siempre que lo hicieran como peregrinos. Así terminaba la tercera Cruzada.

Las cruzadas continuaron prácticamente todo el siglo xiii, terminándose con la caída de Acre, el 18 de mayo de 1291. La aventura de la Europa cristiana en Tierra Santa concluyó después de casi 200 años, con la pérdida aproximada de dos millones de vidas.

Ciudades y revolución industrial

En términos económicos, las Cruzadas pueden ser vistas como el primer intento exitoso de globalización. Los cruzados fueron sucedidos por los mercaderes, que originaron enormes polos de capital en las ciudades europeas, acelerando el crecimiento del comercio. Si a esto se agrega que, para el siglo XII, el peligro de las invasiones vikingas había terminado, nos encontramos con que al final del siglo XII el nivel de comercio y manufactura en Europa era, probablemente, mayor que en el momento más alto del imperio romano.

Las ciudades medievales se multiplicaron a la par del desarrollo comercial y, paulatinamente, se fueron convirtiendo en poderosas fuerzas en la vida económica, política, religiosa y cultural de Europa. De hecho, a partir del siglo xi empiezan a surgir tentativas de lucha de los habitantes de las ciudades con el fin de cambiar el estado de cosas existentes. Así, para el siglo xii, varias ciudades se dotan de instituciones que servirán de base a sus constituciones locales. Mientras que la burguesía comercial de las ciudades se va fortaleciendo, la nobleza se va retirando cada vez más hacia el campo, lo que permite que los comerciantes tomen la iniciativa.

Estas ciudades empezaron a ser, de manera acelerada, algo más que una simple amalgama de individuos al asumir una personalidad jurídica propia mediante el derecho urbano. En palabras de Pirenne: “la ciudad medieval, tal y como aparece a partir del siglo xii, es una comuna que, al abrigo de un recinto fortificado, vive del comercio y disfruta de un derecho, de una administración y de una jurisprudencia excepcionales que la convierten en una personalidad colectiva privilegiada”. El comercio crece y cubre todas las necesidades, desplazando a la propiedad rural como única forma de riqueza y, a su vez, transformando también el campo pues aparece un mercado que obliga a incrementar la producción para satisfacer la necesidad de las nuevas ciudades. Es tal el empuje de éstas que incluso los señores, que poseían tierras sin cultivar, se ven obligados a ponerlas a trabajar.

Las necesidades de incrementar la producción agrícola pudieron satisfacerse por el hecho de que, entre los siglos xi y xii, los desarrollos tecnológicos provocaron una auténtica primera revolución industrial. En este periodo, en Europa se implementó de manera acelerada el uso de máquinas. La energía hidráulica, obtenida con molinos de agua, era conocida desde siglos atrás, pero en el medioevo se generalizó su uso. El Domesday Book, el registro que ordenó Guillermo I el Conquistador en 1085 para conocer los bienes de cada persona en Gran Bretaña, nos permite saber que, para fines del siglo xi, fueron inventariados 5 624 molinos. Éstos impulsaron el desarrollo económico de los pueblos, convirtiéndose en puntos de agregación social, ya que la gente iba a los molinos no sólo a moler granos y fruta, sino también iban a conocer a sus vecinos, a enterarse de las noticias, a presentar a sus hijos y otras actividades de tipo social, al grado de que, en el siglo xii, San Bernardo, escandalizado por la actividad de las prostitutas en las zonas de los molinos, amenazó con cerrarlos, lo cual afortunadamente no ocurrió, pues de haber tenido éxito, a decir de Gimpel, habría “podido frenar el desarrollo económico de Europa”.

Los molinos llevaron, a finales del siglo xi y principios del xii, a la creación de presas, a los molinos de batán, a los molinos para curtir, a los molinos para afilar e incluso a la construcción de los molinos a pivote que, a diferencia de los anteriores que eran hidráulicos, aprovechaban la energía eólica. A partir de 1180 existen muchas referencias a los molinos de viento y, como ejemplo de la globalización de las cruzadas, la tercera Cruzada introdujo en el Medio Oriente los molinos a pivote.

Otro de los rasgos importantes de esta revolución industrial fue la explotación de los recursos naturales. La piedra fue fundamental para la construcción, mientras que el hierro se utilizó para hacer armas y armaduras. A manera de ejemplo, Ricardo I mandó hacer 50 000 armaduras para la tercera Cruzada en las sesenta herrerías del bosque de Dean, rico en hierro.

Entre el siglo xi y xii, en Europa hubo una gran actividad en lo que a construcciones se refiere, en particular en las relacionadas con la Iglesia, ya que ésta pretendía, mediante dichas construcciones (iglesias, catedrales, monasterios y conventos), consolidar su poder. Para las ciudades, las construcciones representaban, adicionalmente, fuentes de trabajo, y en el caso de las catedrales incluso de prestigio, lo que a su vez incrementaba el comercio por la afluencia de personas. Así, estos grandes proyectos arquitectónicos se convirtieron en fuente de bonanza económica.

La evolución de las técnicas constructivas fue el producto de la imaginación y los éxitos y fracasos de los maestros constructores, concluyendo en diversas técnicas que sufrieron un desarrollo extraordinario gracias a la sustitución de la piedra por la madera en las construcciones. Fue en este contexto que se transformó el arte de construir catedrales y, del estilo románico que prevaleció en Europa entre los siglos x y xi, nació una de las mayores creaciones del siglo xii: la catedral gótica.

Aunque probablemente la catedral gótica más antigua sea la de Sens, en Francia, que data de 1140, la que normalmente se considera como la primera, y desde luego fue la que tuvo mayores repercusiones, es la de Saint Denis, también en Francia, cuyo proyecto se debe al abad Suger, consejero de Luis VII. En el coro, construido entre 1140 y 1144 se combinan, armoniosamente, todos los elementos arquitectónicos del gótico, marcando un hito que rápidamente será utilizado en infinidad de catedrales, como la de Notre Dame de París, que se empezó a construir en 1163, y la de Chartres en 1194.

Las catedrales góticas se caracterizan por las bóvedas de crucería, el arco apuntado, los arbotantes y pináculos. Normalmente cuentan con puertas ojivales, un rosetón sobre la portada, relieves y esculturas que decoran la fachada así como torres en sus flancos que, en muchos casos y dado el gran tamaño que alcanzan, se conocen como agujas.

Con estas características, que las hace tener una mayor altura, se pretende que el visitante alcance su elevación espiritual, la cual se ve magnificada por el hecho de que el muro deja de tener la función de soporte que desempeña en la arquitectura románica, lo que permite la introducción de vidriería que convierte a la catedral gótica en un ámbito de luz, en donde el creyente, al entregarse a la contemplación, siente el arrobamiento que implica el contacto con los misterios del mundo celestial, más allá del mundo material, pues difícilmente puede encontrarse algo más cercano a la forma pura que la luz, la luz de Dios.

Las escuelas monásticas y catedralicias

Durante los siglos ix y x surgieron las llamadas escuelas monásticas, ubicadas fundamentalmente en monasterios que servían para la enseñanza a clérigos. En ellas se estudiaba teología y las siete artes liberales, compuestas por el trivium (retórica, gramática y dialéctica) y el quadrivium (música, aritmética, geometría y astronomía). Aunque el propósito de las escuelas monásticas no estaba relacionado con la innovación sino con la preservación de determinados elementos culturales, existieron algunos personajes que adquirieron fama de grandes profesores y animaron a muchos de sus discípulos a seguir estudiando, contribuyendo a los cambios que en la cultura medieval se gestarían a finales del siglo xi y fundamentalmente en el xii. El más importante de estos maestros fue Gerberto de Aurillac (9461003), quien llegó a convertirse en el papa Silvestre II, el legendario papa del año 1000, que poseía un saber descomunal para los estándares de su tiempo, ya que había viajado, muy probablemente por Córdoba y Sevilla, y había aprendido de la cultura árabe. Se dice que él introdujo en Francia el sistema decimal así como el uso del cero y el astrolabio e inventó un ábaco que lleva su nombre. Por todas estas razones se le acusó de tener un pacto con el diablo, quien le asignó un demonio femenino, un súcubo, que terminó enamorándose de Gerberto y, de acuerdo con la leyenda, renunció a su inmortalidad, viviendo con él en concubinato y finalmente enterrados juntos en la Catedral de San Juan de Letrán.

Las escuelas monásticas fueron debilitándose paulatinamente ante la aparición de dos tipos nuevos de escuela. Por un lado, escuelas laicas para los hijos de la burguesía del siglo xii, en donde aprendían a leer, escribir y a hacer operaciones necesarias para el comercio, sin preocuparse por la teología; y por otro lado, las llamadas escuelas catedralicias, que en ocasiones se les llama episcopales y, aunque en principio podría parecer que no diferían mayormente de las monásticas pues la currícula era básicamente el trivium y el quadrivium, en su interior se gestó un cambio en la actitud hacia el conocimiento. En el siglo xii, en las escuelas catedralicias de lugares como Laón, Canterbury, Reims, París y Chartres se empezó a ver la naturaleza como una entidad que debe ser estudiada sistemáticamente y cuyo estudio proveerá a los hombres de un mejor entendimiento de dios y su creación.

Este fenómeno fue posible por el hecho de que, con las cruzadas, Europa también descubrió un universo intelectual y, al igual que el resto de las mercancías, empezaron a fluir las ideas, generando una nueva comunidad, la de los intelectuales, que alcanzó muy rápidamente una clara conciencia de su diferencia, de su carácter de especialistas en algo tan intangible como es el saber.

En las escuelas catedralicias se empezaron a desarrollar los principios fundamentales de la enseñanza escolástica, en donde la disputa, basada en la lógica y la dialéctica, desempeñó un papel esencial. El primer gran maestro en el arte de la disputa fue Pedro Abelardo (1079-1142) quien, aunque probablemente es conocido por sus trágicos amores con Eloísa, fue el lógico más importante de su época. En su escrito Sic et Non enumera 158 contradicciones de las Escrituras y de los padres de la iglesia, llevando hasta sus últimas consecuencias la necesidad de dudar, ya que “dudando nos vemos obligados a preguntar y preguntando llegaremos a la verdad”.

En Dialéctica y Sic et Non, Abelardo planteó un auténtico primer discurso del método, trazando la diferencia entre el saber empírico y el conocimiento racional de las causas reales, las cuales, al estar ocultas, sólo pueden ser alcanzadas por medio del conocimiento.

El racionalismo abelardiano causó problemas. Así, por ejemplo, Bernardo de Claraval, el encendido predicador de la Segunda Cruzada, lo acusó de creerse “capaz, por razonamiento humano, de comprender a Dios en su plenitud”, pregonando que se encontrará “mucho más en los bosques que en los libros. La madera y las piedras te enseñarán más que cualquier maestro”. Este caso muestra las dificultades que debieron enfrentar los intelectuales medievales.

Sin embargo, las escuelas catedralicias siguieron creciendo en importancia; la más relevante de ellas es la de Chartres, fundada desde 990, por Fulberto de Chartres, discípulo de Gerberto de Aurillac, quien desde 1007 fue obispo de la ciudad y, cuando en 1020 se incendió la catedral de la ciudad, consiguió los recursos para la construcción de una catedral románica que albergara la reliquia de la Túnica de la Virgen (Sancta Camisia) que “milagrosamente” se había salvado del incendio. A su muerte, la Escuela de Chartres continuó desarrollándose, alcanzando su máximo esplendor en el siglo xii.

De 1119 a 1126 fue dirigida por Bernardo de Chartres, pensador neoplatónico cuyo interés por las obras de los antiguos filósofos griegos contribuyó al fenómeno de traducción de textos antiguos que transformó el panorama intelectual de Europa en el siglo xii. Las concepciones de Bernardo pueden condensarse en su legendaria frase, según la cual, si hemos visto más lejos que nuestros predecesores es porque somos “enanos subidos en los hombros de gigantes”. Esta idea tan distintiva de la Escuela de Chartres se inmortalizará en los vitrales de la puerta sur de su catedral gótica, cuya construcción se inició en 1194, cuando el fuego consumió la catedral románica. En las cuatro vidrieras, que datan de aproximadamente 1227, se observa a los cuatro evangelistas subidos en los hombros de los profetas bíblicos, Lucas en los hombros de Jeremías, Mateo en los de Isaías, Juan en los de Ezequiel y Marcos en los de Daniel.

Los ideales culturales de la Escuela de Chartres se preservaron con Gilberto de Poitiers, discípulo de Bernardo y su sucesor al frente de la escuela, considerado como el mayor experto en lógica aristotélica de su época. A Gilberto lo sucedió, en 1141, Thierry de Chartres, quien continuó con la obra de sus predecesores y solidificó los ideales culturales de la institución; éstos pueden resumirse en: la defensa de los estudios seculares como parte de la educación cristiana, la delimitación del conocimiento a disciplinas entendibles por medio de la razón, y entender la naturaleza como una entidad sujeta a leyes verificables.

El espíritu de la Escuela de Chartres era tal que, seguramente por iniciativa de Thierry de Chartres, en la fachada de la catedral gótica se colocaron estatuas que personificaban las artes liberales, representadas por un autor que encarna a cada disciplina: Prisciano representa la gramática, Aristóteles la lógica, Boecio la aritmética, Ptolomeo la astronomía, Pitágoras la música, Cicerón la retórica y Euclides la geometría.

Otro representante destacado de la Escuela de Chartres fue Guillermo de Conches, también discípulo de Bernardo, quien refiriéndose a los tradicionalistas que se oponían a las nuevas actitudes intelectuales, planteaba que “ignorantes de las fuerzas de la naturaleza y queriendo tener compañía en su ignorancia, no quieren que la gente vea nada; quieren que creamos como campesinos y no preguntemos la razón más allá de las cosas”. Reflexionando sobre las opiniones de su maestro Bernardo, Guillermo concluye que el estar en “hombros de gigantes” nos permite “que veamos más, pero no sabemos más”.

El último gran representante de la Escuela de Chartres fue Juan de Salisbury, quien abandonó su natal Inglaterra para estudiar con Pedro Abelardo en París y Guillermo de Conches en Chartres. En su libro Metodologicon incorporó y defendió la obra de Aristóteles, posibilitando la transición entre el platonismo, dominante en el siglo xii, y el aristotelismo, que a partir del siglo xiii se convirtió en el núcleo de la reflexión filosófica en las nuevas instituciones educativas, las universidades

Las universidades

La idea de universidad se genera por las condiciones específicas de la Europa del siglo xii —fueron creaciones urbanas—, en las que existe la tradición de organizarse en diversos grupos sociales dedicados a una actividad específica, cofradías, relacionadas con la industria y el comercio que, en algunos casos, eran llamados universitas para especificar el hecho de que todos los practicantes de los diversos oficios estaban incluidos en ella. Así, los estudiantes y maestros de las escuelas catedralicias que se caracterizaban por su movilidad entre escuelas, al percatarse de su falta de derechos en las ciudades, en las que eran extranjeros, se organizaron utilizando las ideas de los gremios, de las universitas, como modelo.

Para finales del siglo xii existían diversas organizaciones conocidas como universitas magistrorum (universidad de maestros), universitas scholarium (universidad de estudiantes), universitas magistrorum et scholarium (universidad de maestros y estudiantes) haciendo que, poco a poco, el término universitas se relacionase exclusivamente con organizaciones educativas.

La que se considera como la primera universidad, en el sentido moderno del término, es la de la ciudad de Bolonia, en donde a finales del siglo xi, en torno a Irnerio (1050-1130) se fundó la llamada Escuela de los Jurisconsultos Boloñeses o Escuela de los Glosadores, que entre 1090 y 1230 provocaron el renacimiento del estudio y aplicación del Derecho Romano.

Estos estudios fueron alentados por el emperador Federico I, Barbarroja, pues ellos permitían diferenciar lo civil de lo canónico, lo cual era importante para el emperador dado su enfrentamiento en contra del papado. Por esta razón, en 1154, Federico I otorgó a la Congregación de Estudiantes de Bolonia una carta, la Authentica Habita, en la que, además de exhortarlos al estudio del derecho civil, los reconocía como gremio, elevando sus privilegios gremiales. Con la Authentica Habita nació la primera universidad occidental de la modernidad, la Universitas Scholarium Bononiensis.

A partir de allí nacieron otras organizaciones similares. De la fusión de la Escuela Palatina de París y la Escuela Catedralicia de Notre Dame nació la Universitas Lutetiae Parisorium (la Universidad de París). Su documento de privilegios data de 1174, lo recibió del papa Celestino III y fue ratificado en 1200 por el rey Felipe Augusto mediante la Gran Carta de Privilegios, que otorgaba la protección real y la exención de determinadas obligaciones cívicas a todos los miembros de la universidad. Sus estatutos son de 1215 y la carta formal de aprobación la otorgó el papa Gregorio IX en 1225.

A las distintas universidades acudían estudiantes de toda Europa atraídos por la fama de algunos maestros. Así, por ejemplo, la Universidad de París se volvió un atractor de estudiosos por contar con maestros como Anselmo de Laón, Guillermo de Conches, Gilberto de la Porrée y Pedro Lombardo. Se calcula que la Universidad de París llegó a recibir 500 estudiantes y, como el tiempo promedio de estancia era de dos años, la universidad atendía regularmente a más de 1 000 estudiantes.

A lo largo del siglo xiii, el fenómeno de fundación y consolidación de universidades continuará. En 1214 se fundó la Universidad de Oxford y de un desprendimiento de ella se formó la de Cambridge. En 1222, una separación de Bolonia originó la Universidad de Padua. En 1224, Federico II fundó la Universidad de Salerno (actual Universidad de Nápoles), especializada en Medicina. En 1229 nació la Universidad de Tolosa, dedicada a la formación de teólogos. El Stadium Generale, creado en 1220, gracias a los oficios de Alfonso X El sabio y el papa Alejandro IV, se convirtió en 1254 en la Universidad de Salamanca.

Las universidades se organizaron en facultades, en virtud de la facultad, permiso o privilegio que había recibido la congregación de parte del rey o del papa para impartir clases y eventualmente dar certificados del “saber”. Así, por ejemplo, París y Oxford fueron organizadas en cuatro facultades: artes, medicina, leyes y teología.

Como señala Grant: “la universidad fue el medio institucional por el que el Occidente Europeo organizó, absorbió y expandió el gran volumen de nuevo conocimiento, el instrumento mediante el cual moldeó y diseminó una herencia intelectual común para las generaciones venideras”; pero esto no hubiese ocurrido de no ser por un extraordinario fenómeno paralelo que fue el de la proliferación de las traducciones de las obras de los filósofos griegos y latinos que previamente habían sido traducidos al árabe.

Los traductores medievales

Durante los siglos viii y ix, en el mundo árabe se tradujo una gran cantidad de textos griegos. A partir del siglo x, en el monasterio de Santa María de Ripoll, en las faldas de los Pirineos, empezó la traducción de textos árabes al latín. En el siglo xi, Hermann Rieichnan tradujo textos referentes al astrolabio y Constantino de África algunos tratados médicos del griego y el árabe al latín.

Sin embargo, el fenómeno de traducciones que transformaría el panorama intelectual de Europa empezó realmente en el siglo xii, y fue posible por el hecho de que el occidente cristiano recuperó importantes centros de la cultura árabe, significativamente Toledo en 1085 y Sicilia en 1091, aunque también se realizaron importantes traducciones en lugares como Barcelona, Tarragona y Galicia. La posesión por la Europa cristiana de estos auténticos paraísos, en lo que a textos griegos y latinos se refiere, produjo que a ellos acudieran personas interesadas en los mismos y, lo principal, en traducirlos al latín para ponerlos a disposición de los intelectuales que se estaban formando en las escuelas y universidades europeas.

Aunque hubo traducciones directas del griego al latín, como las que hizo Enrique Aristipo del Menon y el Fedón de Platón, las de Eugenio el emir de la Óptica de Ptolomeo y, ya en el siglo xiii, del dominico flamenco Guillermo de Moerbke, el gran volumen de traducciones a lo largo del siglo xii fueron del árabe al latín.

Los traductores más importantes del siglo xii fueron: 1) Platón de Tívoli y Savasorda, un matemático, astrólogo y astrónomo que pasó buena parte de su vida en Barcelona. Allí, colaboró con Abraham bar Hiyya conocido como Savasorda, astrónomo y matemático catalán de origen judío, en la traducción de textos tales como De Motu Stellarum de alBattani, De Mesura circulli de Arquímedes, el Quadripartium de Ptolomeo y el Liber in operibus astrolabii de abualQasim ibn alSaffar.

2) Herman de Carinthia y Roberto de Ketton, el primero de origen eslavo, quien tradujo las tablas astronómicas de alKhawarizmi, los primeros 12 libros de los Elementos de Euclides, el Planisphere de Ptolomeo y, junto con el inglés Roberto de Ketton, conocido como Roberto de Chester, tradujeron El Corán y otros textos árabes por encargo del abad de Cluny, Pedro el Venerable. Posteriormente se separaron pues el primero se mudó a Bessivers, mientras que el segundo en España tradujo el Kital al Kimya, atribuido a abu Musa Jabir ibn Hayyan, que es el primer tratado de alquimia traducido al latín, así como el Álgebra de alKhawarizmi, fechado en Segovia.

3) Adelardo de Bath, científico y traductor inglés que viajó por Francia, Italia, Siria y Sicilia. Fue autor de tratados sobre el astrolabio y la falconeria y traductor de Zig (las tablas astronómicas de alKhawarizmi) y, sobre todo, de los Elementos de Euclides, de los cuales, en el siglo xii, se hicieron al menos seis traducciones; tres se le atribuyen a Adelardo de Bath, la primera es literal y constituye la primera versión completa en latín; la segunda, que probablemente empezó antes que la primera, fue la más popular, lo cual explica que todavía hoy existan varios ejemplares de ella; y la tercera incluye, adicionalmente, una introducción, comentarios a las definiciones y un colofón. Las otras versiones del siglo xii son de John de Ocreat, discípulo de Adelardo, de Herman de Carinthia, que aparentemente tenía las dos primeras versiones de Adelardo y además usó la misma versión árabe que éste, la de alHajjaj, y la de Gerardo de Cremona, basada en otra versión árabe, la de Ishaq ibn Hunain, que es seguramente la que más se aproxima al espíritu original griego. La legendaria versión de los Elementos de Campanus de Novara, del siglo xiii, que fue utilizada durante ese y los siglos xiv y xv, y fue la que usó Erhart Ratford en Venecia en 1482 para la primera edición impresa, es más que una nueva traducción, una paráfrasis y un comentario de las tres versiones de Adelardo de Bath y la de Gerardo de Cremona.

4) Dominicus Gundissalinus o Gundisalvo archidiácono de Cuellar (Segovia), vivió mucho tiempo en Toledo, el principal centro de traducciones de textos del árabe al latín, por lo que se habla de una escuela de traductores de Toledo, aunque su existencia real se sigue debatiendo. Entre otras obras, tradujo Fons Vitae de Avicebron y otros escritos de alFarabi, alKindi, alGazzali y Avicena. El grueso de sus traducciones las hizo con otro importante traductor que a continuación se menciona.

5) el misterioso Johannes Hispalensis, un judío converso que antes de llegar a Toledo tradujo Epistola ad Alexandrum de dieta seruanda del pseudoAristóteles y ya en Toledo tradujo el Khitab al Shita de Avicena. En colaboración con Gundisalvo tradujo el Liber Algezelis de summa theorice philosophiae, el Liber de Anima de Avicena, así como un texto de ibn Gabirola que se conoce como La fuente de la vida. Él solo tradujo el Kitab al shifa de Avicena. Todavía se discute si Johannes Hispalensis es una sola persona o una colección de traductores que firmaron su trabajo con diferentes nombres: Johannes Hispalensis, Johannes Ispanensis, Johannes Toletanum, Johannes David, Johannes Aven David y Avendauth. En el caso de que todos ellos fueran la misma persona, su trabajo de traducción lo convertiría en el más grande traductor del siglo xii, sólo por debajo de Gerardo de Cremona, pues a lo ya citado se agregarían Introductio de curso planetarum de alFarghani, Maqasid alFalesifah de alGazzali, y muchas obras más que abarcan medicina, filosofía, matemática y astrología.

6) Gerardo de Cremona, el mayor traductor del siglo xii (y seguramente de todos los tiempos), no sólo en calidad, sino en cantidad de manera significativa. Abandonó su Italia natal en busca de un ejemplar del Almagesto de Ptolomeo, llegando así a Toledo. La traducción de tal obra es, en sí misma, un hecho capital para el desarrollo ulterior de la cultura europea, pero la obra de Gerardo de Cremona no se detuvo ahí. Fueron precisamente sus discípulos los que agregaron a su traducción del Tegni (Arte Médico) de Galeno, una lista de las traducciones que Gerardo realizó en Toledo: 71 títulos que abarcan dialéctica, geometría, astronomía, filosofía, medicina, alquimia y geomancia, y que incluyen la Física, los cuatro libros del tratado De los cielos y el Mundo, los Analíticos Posteriores, la Metereología, De la Generación y Corrupción y otros textos de Aristóteles; los Comentarios sobre Hipócrates, Secretos, De los Temperamentos, De las Medicinas Simples y otros textos de Galeno; el Canon de Avicena, De las Cinco Esencias de alKindi, Del Álgebra de alKhawarizmi, De la Medida del Círculo de Arquímides, los Elementos de Euclides y, por supuesto, el libro cuya búsqueda condujo a Gerardo de Cremona a Toledo: los trece libros del Almagesto de Ptolomeo.

Como ha dicho Edward Grant: “la producción total de un único traductor, Gerardo de Cremona, habría de por sí alterado drásticamente el curso de la ciencia occidental”.

El diablo y el infierno en el siglo xii

Entre los siglos vi y x, en Europa se empieza a construir el camino hacia el infierno o, para ser más preciso, al terror por el infierno. La incertidumbre ante los peligros que conlleva la vida pecaminosa crece poco a poco, sin embargo, a finales del siglo x el infierno aún era, en el sentido del dogma, excesivamente vago y, desde la óptica popular, extremadamente variado por estar vinculado a las tradiciones culturales locales. Se puede decir que no existía un infierno, sino una multiplicidad.

Estos infiernos tenían diversos orígenes, empezando por el Hades de la tradición clásica, morada de los muertos, al que descendieron, en diversos momentos, dioses y héroes como Ulises, Eneas y Orfeo. Por otro lado, en el Antiguo Testamento se hace referencias al Seol, adonde nos dicen los Salmos retornan todos los malvados y “todas las gentes que se olvidan de Dios”, el cual “abre su boca sin medida”, como se menciona en Isaías, para que bajen la “nobleza y su plebe, con su bullicio y regocijos”. De igual manera, en los Evangelios se hace referencia a la Gehenna en donde “el fuego no se extingue” y todo “será el llanto y el rechinar de los dientes”, mientras en el Apocalipsis de Juan se hace referencia al infierno como “el estanque que arde con fuego y azufre, que es la segunda muerte”.

Lo mismo que ocurría con el infierno, cuyas imágenes deambulaban entre las especulaciones teológicas y los diversos folklores, acontecía con la imagen del diablo que, durante la Alta Edad Media no había realmente obsesionado a la sociedad y no tenía una unívoca y clara representación concreta en las escasas manifestaciones artísticas en que aparece en esa época.

La figura del diablo se va a ir definiendo a lo largo de un proceso complejo que unificó diversas tradiciones. Por un lado, en el Génesis el diablo tienta a Eva bajo la forma de una serpiente, mientras que en otros textos del Antiguo Testamento, como Isaías y Ezequiel, es un ángel caído, presente desde el principio del mundo y luego arrojado por dios al infierno. Por otro lado, en el Libro de la Sabiduría se dice que “Dios creó al hombre para la inmortalidad, y le hizo a imagen de su naturaleza. Más por envidia del diablo entró la muerte al mundo”. En los Evangelios, el diablo es referido únicamente por los efectos que provoca, nombrándosele como el mentiroso, el enemigo o el maligno. En el libro del Apocalipsis, Juan se refiere a un dragón con siete cabezas y diez cuernos, que seduce al universo entero y es finalmente derrotado por Miguel y sus ángeles.

Todas estas imágenes del diablo: la serpiente, el dragón, el tirano, el ángel rebelde, el tentador, el seductor, el poderoso, el maligno, se unificaron de una manera significativa a finales del siglo xi y en el siglo xii, monopolizando el terror, la angustia y el miedo, convirtiéndose en una pieza fundamental en el armado del rompecabezas de la Europa medieval. Los profundos cambios que se gestan en el siglo xii requieren una mayor coherencia religiosa a fin de desplazar el universo mágico, profundamente fragmentado, que prevalecía hasta entonces. Como señala Muchenbled: “el diablo impulsa a Europa hacia adelante porque él es la cara oculta de una dinámica prodigiosa destinada a conjugar los sueños imperiales heredados de la Roma antigua y el cristianismo religioso”. El demonio no es, en modo alguno, quien conduce la danza, sino los hombres creadores de su imagen que inventan un Occidente diferente del pasado, el cual quedaría definido en 1215 por el Cuarto Concilio de Letrán.

Fue así como, a partir del siglo xii, el diablo y el infierno dejan de ser metáforas, convirtiéndose por medio del arte en imágenes muy precisas que enfatizan los peligros del pecado y la insubordinación. Una de las grandes virtudes de la consolidación de las figuras del diablo y del infierno es el hecho de que el cristianismo hizo suyo “uno de los modelos narrativos más relevantes del Oriente Medio, el mito cósmico del combate primordial entre los dioses, donde la condición humana es la que está en juego”. Con Satanás y el infierno, el occidente europeo construyó una poderosa identidad colectiva que unificó, sistematizó y elevó al miedo a la altura de dogma. Así, alrededor de 1140, Graciano analizó en su Decreto las condiciones de ingreso al cielo y al infierno, para los buenos y los malos, respectivamente, generando dos categorías intermedias para los no totalmente buenos y los no totalmente malos; mientras, aproximadamente en 1155, en sus Cuatro Libros de las Sentencias Pedro Lombardo planteó la existencia de diversos grados de maldad y la diversificación de las penas.

La imagen codificada de Satanás y del infierno vino aparejada de la construcción de una teología del pecado, capaz de separar los pecados mortales de los veniales, distinción que al hacerse jurídica implicó en la imaginería artística la representación de Jesús como juez, al grado de que en algunos casos, como en Saint Dennis, se inscribió la palabra Judex en el Cristo del Apocalipsis. Igualmente, por el lado de la teología, personajes de gran importancia en el ámbito cultural, como Abelardo, Hugo de San Victor, Anselmo de Laón y Gilberto de la Porrée participaron activamente en la construcción de dicha teología del pecado.

Podría decirse que todas las transformaciones teológico-jurídicas del siglo xii culminan a principios del xiii en el Cuarto Concilio de Letrán, convocado por uno de los papas más importantes en la historia de la iglesia católica: Inocencio III, en donde la confesión alcanzó el carácter de práctica obligatoria, al menos una vez al año, lo que convirtió al confesor en juez. La iglesia católica respondió así a los cambios ocurridos, ante el mundo que le había tocado vivir, el fantástico siglo xii de las grandes transformaciones; su propuesta: el purgatorio, una especie de residencia para las almas, una sucursal del infierno en donde, aunque los suplicios son muy similares a los del infierno, existe la ventaja de que no son eternos. Esto abre la puerta a la negociación y al mercadeo de las penas. Es decir, con el purgatorio la Iglesia muestra que ha entendido el carácter comercial de la época y abre a las fuerzas del mercado tanto las oraciones como las indulgencias. Todos ganan. Los difuntos, ya que es posible que lleguen a abandonar el purgatorio, y los vivos porque pueden tranquilizarse ante el horror que les provoca su futuro, literalmente infernal; pero sobre todo la Iglesia, que además de fortalecer su prestigio se enriquece gracias a las donaciones.

Conclusiones

El siglo xii representó para la cultura europea el final de un largo periodo, que va del siglo v al xi, en el que por motivos religiosos se abandonó y despreció el extraordinario legado que el mundo griego y helénico conformó desde el siglo vi a.C., época de Pitágoras, hasta el II d.C, la de Ptolomeo. A partir de entonces, y por las Cruzadas, Occidente entró en contacto con el mundo árabe, que había preservado, comentado y ampliado el conocimiento de la antigüedad.

El redescubrimiento de las obras de Euclides, Ptolomeo, Platón, Aristóteles y muchos más, se relacionó con otros fenómenos como la fundación de ciudades dedicadas en gran medida al comercio, así como con los espectaculares cambios tecnológicos de la época, provocando el nacimiento de los nuevos intelectuales que se reunían en las escuelas catedralicias y, poco después, en las universidades que se nutrieron con la aparición de gran cantidad de traductores, del árabe al latín, del inmerso acervo cultural griego.

Este flujo imparable de transformaciones, fue rápidamente liderado por la Iglesia, la cual lo modulará, entre otras cosas, con la codificación de la imagen del diablo y el infierno. Fue así como, en el siglo xii, Europa empezará a generar una robusta cultura que se preservará hasta los siglos xv y xvi, cuando se empezará a gestar lo que podríamos denominar la modernidad.
     
       
Referencias Bibliográficas

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José Ernesto Marquina Fábrega
Facultad de Ciencias,
Universidad Nacional Autónoma de México.
 
Es Físico por la Facultad de Ciencias de la UNAM y Doctor en Humanidades con la Especialidad en Historia y Filosofía de la Ciencia por la Universidad Autónoma Metropolitana. Ha impartido más de 150 cursos de licenciatura, maestría y doctorado; dirigido 18 tesis de licenciatura y posgrado y publicado numerosos artículos en revistas nacionales e internacionales. Es Profesor de Carrera, Titular C, del Departamento de Física en la Facultad de Ciencias de la UNAM.


     

     
       

 

 

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