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Medusas, del miedo al
deleite gastronómico
Alejandro Puente Tapia y
Alba Nayelli Medina Sánchez
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Las medusas son un grupo de depredadores planctónicos con
más de 11 000 especies en el mundo, que se clasifican en tres clases dentro del filum Cnidaria (cnida, ortiga en griego): Hydrozoa, con aproximadamente 1 086 especies, Cubozoa, con 15 especies, y Scyphozoa, con más de 200 especies, principalmente de ambientes marinos, aunque existen especies de hidromedusas de la clase Hydrozoa que habitan aguas continentales.
Este grupo de invertebrados son también conocidos en muchos países como aguamalas o aguavivas debido a que cerca de 90% de su cuerpo está constituido de agua y a su toxicidad. Las medusas, y en general todas las especies pertenecientes al filum Cnidaria (corales, anémonas, sifonóforos y gorgonias), presentan como característica distintiva unas células urticantes llamadas cnidocistos, de ahí el origen del nombre de este filum, y entre ellas se encuentra la especie animal más tóxica del mundo: la cubomedusa Chironex fleckeri, que habita principalmente en costas australianas.
A lo largo del tiempo las medusas se han hecho populares debido al miedo ocasionado por el veneno de su picadura. La mayoría de los incidentes ocurren por contacto accidental al estar nadando en el mar, al ser pisadas cuando quedan varadas en la playa o al intentar levantarlas —principalmente niños. Los daños causados por estos cnidarios varían desde una leve dermatitis hasta la muerte en pocos minutos. En general, los efectos ocasionados por sus toxinas son un verdadero problema para la salud pública, principalmente en Australia, parte de Asia y en algunos países de América, entre ellos México. Debido a esto, es importante señalar medidas precautorias, especialmente en personas alérgicas, cardiópatas y niños. Las personas que han sufrido una picadura pueden quedar sensibilizadas, de forma que un segundo contacto provoque una reacción más intensa.
No obstante, mientras que las medusas son evitadas por los nadadores, en países como Japón, China y Corea, entre otros, varias especies de la clase Scyphozoa son usadas como un alimento cotidiano de consumo popular, todas del orden Rhizostomeae por sus características organolépticas (sabor, textura y color), su gran tamaño, que permite su captura con relativa facilidad, y su elevada abundancia.
La pesquería de medusas genera menos ingresos en comparación con las ganancias multimillonarias alcanzadas por pesquerías como la del camarón, peces y cefalópodos, pero la explotación de estos organismos deja ganancias económicas en países como Japón, China y otros del sureste asiático por más de 25.5 millones de dólares anualmente. Aunque el valor que pueden alcanzar las medusas no puede competir con otras pesquerías, la relativa facilidad para capturar grandes volúmenes y el bajo costo de su procesamiento ha atraído a los pescadores, quienes en muchos casos no tienen otra fuente de trabajo.
Los primeros registros de consumo de medusas en el mundo provienen de China, entre 232 y 300 a.C.; en el resto de Asia, principalmente en Japón y Corea, la introducción de esta costumbre se debió a la llegada de inmigrantes chinos. Sin embargo, en la actualidad la nación consumidora número uno de estos organismos es Japón, ya que en sus restaurantes se llega a preparar hasta 50% de las medusas comestibles, por lo que importan entre 5 400 y 10 000 toneladas al año.
Desde los años setentas, con el aumento de la demanda en el mercado japonés, la pesca de estos organismos se ha popularizado en lugares como Vietnam, Filipinas, Tailandia, Malasia, Myanmar, Indonesia y Singapur; recientemente, en menor escala, su explotación ha comenzado en Australia, eua, India, México y Turquía.
En México, la medusa explotada para consumo humano que es muy abundante a lo largo de ambos litorales es la especie conocida como bala de cañón (Stomolophus meleagris), y 100% de la captura se exporta a Malasia, China, Japón y Corea, por lo que se trata de la especie no asiática que alcanza mayor valor en el mercado.
El aprovechamiento comercial de S. meleagris comenzó en el estado de Tabasco en 1999, cuando pescadores locales y empresarios coreanos lo iniciaron con la finalidad de comercializarla en países orientales. En el estado de Sonora la captura de esta medusa se ha vuelto muy popular entre los pescadores locales, desde 2002 ha dado empleo a unos 350 pescadores en promedio, que en el pico de la producción llegan a ser hasta 500.
En China y Japón S. meleagris es considerada un manjar y se paga hasta 70 dólares el kilo. La enorme popularidad de este cnidario radica en la gran cantidad de colágeno presente en su cuerpo, que es considerado un excelente retardador del envejecimiento, además de que el producto final es un alimento libre de colesterol y grasas, y se le atribuye el estímulo del flujo de sangre durante el ciclo menstrual en la mujer. En China es usada para el tratamiento de hipertensión, artritis, bronquitis, dolor de espalda y cáncer intestinal. Se piensa que el colágeno es el agente que otorga a ésta y otras medusas algunas de sus propiedades medicinales, ya que es el compuesto esencial del tejido muscular, cartilaginoso y del sistema óseo.
El escaso contenido proteico de las medusas hace de éstas un alimento de bajo valor nutritivo, por lo que el producto comercial es usado como botana, platillo de entrada o ingrediente en un sin fin de platillos.
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Referencias bibliográficas
López-Martínez, J. y J. Álvarez-Tello. 2008. “Medusa bola de cañón: recurso de exportación”, en Revista Ciencia y Desarrollo, núm. 34, pp. 8-15.
Peggy-Hsieh, Y-H, L. Fui-Ming y J. Rudloe. 2001. “Jellyfish as food”, en Hydrobiologia, núm. 451, pp. 11-17.
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Alejandro Puente Tapia
Facultad de Ciencias, Universidad Nacional Autónoma de México
Alba Nayelli Medina Sánchez
Facultad de Ciencias, Universidad Nacional Autónoma de México
como citar este artículo → Puente Tapia, Alejandro, Medina Sánchez y Alba Nayelli. (2010). Medusas, del miedo al deleite gastronómico. Ciencias 98, abril-junio, 70-73. [En línea] |
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Una afortunada conjunción de
ciencia y religión
César Carrillo Trueba
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En sus orígenes, en el Renacimiento, la ciencia contemporánea
tuvo serios enfrentamientos con la Iglesia, ya que constituía una nueva manera de ver el mundo y de actuar sobre él, y era la forma de conocimiento de nuevos sectores sociales —artesanos, comerciantes, etcétera— que se agrupaban en las nacientes ciudades. El caso Galileo es paradigmático de esta época. Sin embargo, en el siglo XVIII tuvo lugar un proceso de delimitación de ámbitos y competencias, con el cual se inició una coexistencia, una división de poderes —temporal y espiritual—, punteada por episodios de intensa fricción —como cuando apareció la teoría de la evolución de Darwin—, y otros de amable cooperación —como el trabajo de Mendel y la hipótesis del abad Lemoine que dio paso a la teoría sobre el origen del Universo llamada del Big-Bang.
En México la educación laica impartida por el Estado establecida tras la Revolución delimitó claramente los límites de estos ámbitos, permitiendo incluso que aquellos que desean una educación religiosa puedan acudir a colegios privados, gracias a lo cual no ha habido polémicas como en los Estados Unidos, cuya cercanía siempre nos afecta.
El criadero de achoque —como llaman a la especie de ajolote Ambistoma dumerilii endémica del lago de Pátzcuaro— creado en el Monasterio de la Inmaculada de la Salud por las monjas dominicas es un buen ejemplo de ello. Establecidas en Pátzcuaro desde 1747, esta orden se dedica desde hace más de 150 años a la elaboración de un jarabe de achoque contra la tos, para lo cual se surtían de este batracio en el mercado regional, donde se consumía regularmente como alimento y se empleaba en la medicina indígena. Hasta que se incrementó el problema de la eutrofización del lago al punto que el hábitat del achoque se vio severamente afectado, provocando una disminución en sus poblaciones, y en consecuencia de abastecimiento del ingrediente principal del jarabe. “¿Qué hacer ante tal situación? —se preguntaban las monjas—, podríamos suplir la elaboración del jarabe por otra actividad, pero la cuestión seguía ahí, ¿cómo ayudar a este ser que durante tantos años estuvo tan cerca, no le conocíamos y como agua entre los dedos se iba? Era una cuestión de conciencia”.
La solución les llegó de la mano de un fraile biólogo, Gerardo Guerra, quien les propuso establecer un criadero y les proporcionó la información básica, gracias a la cual se fueron apropiando de toda una terminología: género, especie, desove, eclosión, neotenia, etcétera. Un área del convento fue acondicionada con peceras, ventilación, luz adecuada para las crías, un sistema de filtración y oxigenación de agua, medicamentos y material de curación, entre otras tantas cosas. Se designó un equipo para que se hiciera cargo de todo aquello, algunas de sus integrantes con estudios de filosofía, y se registró en el año 2000 como una Unidad de Manejo Ambiental (UMA) ante Semarnat bajo el nombre de Jimbani erandi, que en puréh’pecha significa nuevo amanecer, siguiendo todos los reglamentos.
El equipo tuvo que ir haciendo frente a las mil y una dificultades que se presentaban, ya que no se habían hecho criaderos para esta especie. Las condiciones de vida, las enfermedades que se presentan en cada etapa de crecimiento, el comportamiento, la reproducción, cada faceta de la vida de estos ajolotes constituía en sí misma una línea de investigación, lo cual implicaba más información y observación, mucha observación. Es quizá este aspecto el que más impresiona al visitante, ya que se podría decir que conocen a cada integrante del criadero, sea larva, juvenil o adulto, si estuvo enfermo, si ya está en el momento de la reproducción o le toca desovar. El registro que llevan de cada uno de ellos, en donde además de las medidas obligadas, se mencionan características cualitativas, lo muestra claramente: “lunar negro cerca del ojo derecho Mancha clara arriba del ojo izquierdo”, o bien, “raya blanca en la cabeza lado izquierdo, casi cerca de branquia delantera. Lunar amarillo tenue cerca del ojo derecho”, y “pata delantera derecha con 3 dedos. Pata izquierda dedos 1,2, y 3 pegados”.
Cualquier laboratorio de investigación desearía tener en su equipo a esta monjas que viven permanentemente al cuidado de los ajolotes, que no niegan la evolución, como se puede apreciar en libro que escribieron sobre el tema, que se afanan en compartir su experiencia —participaron en un congreso del Instituto de Ciencias del Mar y Limnología—, y no reparan en explicaciones ante las incesantes preguntas que formulan los visitantes, y se preocupan por los problemas ambientales de la región y las implicaciones biológicas y culturales de la desaparición de esta especie.
Su actitud rompe con los lugares comunes, con los clichés que prevalecen sobre las relaciones entre ciencia y religión, quedando tan sólo como una curiosidad, como una anécdota, el contraste entre sus hábitos y las instalaciones del laboratorio, entre las peceras y las representaciones de santos, vírgenes y un niño dios vestido de doctor, o entre su discurso tan lleno de tecnicismos y la imagen de Sor Ofelia con un achoque enfermo entre las manos en la capilla del convento pidiendo a Dios que lo salve pues ella ya nada puede hacer para curarlo. Su relación con la ciencia es expresada con claridad en su libro: “una comunidad religiosa como la nuestra no significa impedimento en el desarrollo científico, ya que por la vocación misma de la Orden Dominicana, que se ha entregado a la investigación respecto del conocimiento teológico y científico en beneficio de la humanidad, se siente amiga de la ciencia y por ende de la naturaleza: puesto que la orientación humanista de la ciencia construye, no destruye; embellece, no deforma; da vida, no muerte; trabaja en favor del hombre y de su hábitat: la Tierra y sus habitantes, no en contra suya”. Los caminos de la ciencia están llenos de misterios...
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Referencias bibliográficas
Ma. del Carmen Pérez Saldaña et al. 2006, Experiencias de cultivo de achoque (Ambystoma duilli) en cautiverio. Monasterio de Dominicas de orden predicadores María Inmaculada de la Salud, Morelia, Michoacán.
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César Carrillo Trueba
Facultad de Ciencias, Universidad Nacional Autónoma de México
como citar este artículo → Carrillo Trueba, César. (2010). Una afortunada conjunción de ciencia y religión. Ciencias 98, abril-junio, 60-63. [En línea]
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Y al despertar,
seguimos soñando
con ellos
Patricia Magaña Rueda
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La más reciente secuela de la película La era del hielo reúne,
como ha sido común en el cine, seres que no vivieron en una misma época, incluyendo un gran dinosaurio. Ver nuevamente en pantalla la representación de un enorme y agresivo ser de este tipo nos recuerda que, aunque populares en la cultura de la gran pantalla, hay mucho todavía por conocer acerca de ellos.
Grupos de científicos en muchos lugares del mundo trabajan día a día en el estudio de diversas especies de dinosaurios, en la reconstrucción de sus características morfológicas, como el reciente descubrimiento de color en plumas de un tipo peculiar en China, así como en su conducta y en las enfermedades que les aquejaban, sin dejar de lado los nuevos descubrimientos para reforzar la hipótesis sobre su desaparición por la llegada de un meteorito.
Sobre dinosaurios hay muchos espacios que visitar en la red. Bien vale, para empezar o como principiante, consultar la información disponible en la Wikipedia, que contiene una larga lista de temas relacionados, una extensa bibliografía y muchas ligas a sitios que aportan información para permanecer entretenidos un buen número de días (http://en.wikipedia.org/wiki/Dinosaur).
Si se desea tener acceso a imágenes, se pueden hacer recorridos en las muy bien elaboradas páginas de los museos de historia natural estadounidenses en Nueva York o Washington o del Museo Británico de Londres.
El Museo de Historia Natural del Instituto Smithsonian en Washington tiene un interesante recorrido virtual que incluye vistas de los huesos en tres dimensiones, una serie de dioramas y dibujos, así como explicaciones de cada uno de los especímenes mostrados (http://paleobiology.si.edu/dinosaurs/interactives/tour/main.html).
El Museo de Historia Natural de Nueva York tiene un muy bien trabajado espacio museográfico dedicado a dinosaurios. De éste se puede tener información en la página. En la parte de apoyo para profesores se incluye, además, una interesante guía para alumnos de nivel básico que el profesor puede usar para plantear diversos ejercicios, que incluso tienen una sección de cladística (www.amnh.org/exhibitions/permanent/fossils/).
Por supuesto también tienen una sección para niños pequeños, con dibujos a color (www.amnh.org/ology/index.php#features/cladogram?TB_iframe=true&height=550&width=600).
La guía de dinosaurios del Museo de Historia Natural de Londres contiene una breve introducción a los dinosaurios, más la descripción de 332 de ellos, incluyendo 1 301 imágenes. Su línea del tiempo permite ver las eras geológicas y los millones de años transcurridos. Si uno accede a cada una de ellas encuentra las imágenes con la forma del cuerpo, los lugares donde se han encontrado los restos, así como una lista de especies. En la sección galería se pueden ver las fotografías de los esqueletos colocados en el propio museo (www.nhm.ac.uk/jdsml/nature-online/dino-directory/).
Y ya para los más interesados o avanzados, siempre hay manera de encontrar en la red noticias frescas sobre la investigación. Por ejemplo, en enero de 2010 se anunció el descubrimiento de “color” en plumas de dinosaurios. Zhonghe Zhou de la Academia China de Ciencias en Pekín, Michael Benton en la Universidad de Bristol en Gran Bretaña, y sus colaboradores, estudiaron los filamentos integumentarios en un rico grupo de fósiles del Cretácico en una provincia en el noreste de China. Este grupo también ha servido para “rastrear” el origen de las aves. Se puede acceder a un completo y accesible resumen en la opción en línea de la revista Scientific American (www.scientificamerican.com/article.cfm?id=colorizing-dinosaur-feathers).
El trabajo original fue publicado por la revista Nature y puede ser revisado en (www.nature.com/nchina/2010/100210/full/nchina.2010.19.html).
Otra noticia interesante tiene que ver con el tamaño. Aunque generalmente pensamos en grandes dinosaurios, Scientific American hace referencia a un estudio reciente donde se presenta la descripción de especies realmente pequeñas de no más de dos kilogramos de peso (www.scientificamerican.com/article.cfm?id=smallest-north-american-dino).
En México, algunos investigadores del Instituto de Geología de la UNAM realizan investigación sobre los restos fósiles de dinosaurios hallados en México y colaboran con el Museo del Desierto, en Saltillo, Coahuila, que es el único lugar en México que tiene un esqueleto completo de Tyrannosaurus rex. Para tener información del museo, se puede entrar a su portal y hacer una visita virtual (www.museodeldesierto.org).
Aunque sea del conocimiento popular que los dinosaurios se extinguieron por la caída de un meteorito hace 65 millones de años, algunos grupos de investigadores han tratado de buscar las evidencias de que así sucedió. En su ejemplar virtual del 4 de marzo de 2010, la revista Science publicó un reciente trabajo que aporta elementos definitivos para corroborar esta hipótesis. Un resumen del mismo, en el que participan investigadores mexicanos de la UNAM, el Centro de Investigación Científica de Yucatán, A.C. y el Instituto Mexicano del Petróleo, se puede consultar en (www.sciencemag.org/cgi/content/abstract/327/5970/1214).
No cabe duda de que los dinosaurios, esas interesantes criaturas de cuentos cortos, sueños de terror y protagonistas de historias y películas, seguirán atrapando nuestro interés e imaginación.
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Patricia Magaña Rueda
Facultad de Ciencias,
Universidad Nacional Autónoma de México.
como citar este artículo → Magaña Rueda, Patricia. (2010). Y al despertar, seguimos soñando con ellos. Ciencias 98, abril-junio, 38-39. [En línea]
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