revista de cultura científica FACULTAD DE CIENCIAS, UNIVERSIDAD NACIONAL AUTÓNOMA DE MÉXICO
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  del cielo
 
     
Constelaciones en el firmamento maya
 
 
Jesús Galindo Trejo
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El hombre mesoamericano concibió  la naturaleza como una unidad: además del entorno terrestre accesible, el cielo ajeno completaba el ámbito donde los dioses actuaban. Así, los mayas y otros pueblos mesoamericanos identificaban, en la profundidad del firmamento, diversos astros conformando la imagen de deidades, animales y algunos objetos rituales. Incluso, la trayectoria aparente del Sol en el fondo de estrellas en el transcurso del año, la llamada banda de constelaciones zodiacales, parece haber sido reconocida y representada por los sacerdotes-astrónomos mayas.

En dos páginas del códice maya que se encuentra en París se pueden apreciar dos hileras de animales colgando de bandas celestes, las cuales están formadas por una sucesión de cuadretes con glifos del Sol, de varios planetas y del cielo. Entre cada animal y la banda celeste aparece un glifo de eclipse solar. Aunque este manuscrito pictográfico se encuentra muy deteriorado, se pueden notar aves, serpientes, una tortuga, un sapo, un escorpión, un felino, un murciélago y un esqueleto que aparentemente es humano. Aún no se ha podido determinar de forma definitiva las constelaciones occidentales correspondientes a cada animal y al esqueleto.

Otra posible representación del zodiaco maya se encuentra labrada en la fachada alta del edificio de las Monjas en Chichén-Itzá. Se trata de una banda alternada de glifos kaan, o cielo, con otros representando varias aves, un pecarí, una tortuga, un escorpión, una serpiente y un cráneo humano; el glifo de estrella o Venus aparece solo y combinado con los demás glifos. Esto sugiere un significado celeste para este elemento decorativo. Ciertamente, sobre esta banda se encuentra sentada la figura de bulto de un dignatario, lo que le confiere simbólicamente una importancia excepcional en el mensaje comunicado por la fachada. En este caso, tampoco ha sido posible identificar la constelación occidental asociada a cada glifo.

Bonampak, en el estado de Chiapas, posee uno de los ejemplos mejor conservados de pintura mural maya. Por su calidad y colorido estos murales reflejan de manera magistral muy diversos conceptos de la cultura maya del siglo viii d. C. El Edificio de las Pinturas  posee tres cuartos completamente pintados con escenas de guerra, ceremonias religiosas y festejos; además, se tienen textos jeroglíficos, fechas y numerosas representaciones de deidades. Aquí tampoco faltan los motivos celestes. A lo largo de la cerradura de la bóveda de cada cuarto se halla pintado el cuerpo segmentado en cuadretes del monstruo del cielo, conocido también como la deidad Itzamná. Tales cuadretes poseen normalmente glifos de cuerpos celestes. A esta deidad, también designada como Dios D, se le representa con rasgos de algún reptil, sobre todo de cocodrilo e iguana.
 
 
Algunos estudiosos han propuesto la identificación de tal reptil celeste con esa banda de sutil resplandor que es la Vía Láctea. En la parte superior de la bóveda del cuarto central, arriba del vano de acceso, se encuentran representados cuatro cuadretes de evidente significación astronómica. En un extremo aparece una tortuga, sobre cuyo caparazón aparecen tres glifos de estrella. En el otro extremo, el cuadrete tiene una especie de tumulto de pecaríes revueltos con glifos de estrella. Los cuadretes interiores representan dos personajes. El cercano a la tortuga, sentado, la señala con una varita y se ve rodeado de dos glifos de estrella. El otro personaje está también sentado, con la cabeza hacia arriba, y sostiene en su mano derecha lo que podría ser un espejo; también este cuadrete posee al menos dos glifos de estrella.

Analizando la orientación del Edificio de las Pinturas respecto al cielo, es posible determinar si los motivos astronómicos plasmados en su interior tienen una relación directa con el firmamento real en la época en la que se pintaron los murales. Fijar el momento de uso del edificio es fundamental para reconstruir las circunstancias observacionales de los posibles eventos astronómicos involucrados. Afortunadamente, los sacerdotes-astrónomos mayas nos proporcionaron esta información. En el cuarto central se pintó la fecha 6 de agosto de 792 d.C.
 
 
En este día, Venus alcanzó su conjunción inferior al interponerse entre el Sol y la Tierra y tuvo lugar el paso del Sol por el cenit de Bonampak. Al anochecer, hacia las 20:00 hrs., la bóveda celeste contenía justamente la Vía Láctea alineada a lo largo del eje de simetría del Edificio de las Pinturas. Sorprendentemente, poco antes de que amaneciera ese día, la Vía Láctea salía y se situaba a lo largo de la fachada del edificio. En ambos casos vemos que las dos posiciones de la Vía Láctea quedan determinadas por la orientación de las paredes del edificio, indicando claramente que éste armoniza con aquella trayectoria celeste. La posición transversal de la Vía Láctea coincide, por lo tanto, con la del monstruo celeste pintado en las cerraduras de bóveda de cada cuarto. Es como si la gran iguana del cielo resguardara el edificio, y así al soberano que mandó pintar los murales.

Considerando nuevamente la fecha del 6 de agosto de 792 d.C., notamos que en la madrugada, sobre el horizonte oriente de Bonampak, una región del cielo sumamente llamativa se alzaba esplendorosa. Se trata de la región limitada por la Vía Láctea, la Eclíptica y el ecuador celeste. Esto corresponde parcialmente a las constelaciones de Orión, Tauro, Ballena y Piscis. Por la disposición de los objetos más brillantes en esta región, se puede proponer una identificación de los cuatro cuadretes pintados en el cuarto central. En un extremo de la región se encuentra el cuadrángulo de Orión con su cinturón formado por tres estrellas. Esta constelación podría ser identificada con la tortuga pintada. En el otro extremo se tiene el cúmulo estelar de Las Pléyades. Ahí podría reconocerse el tumulto de pecaríes. De esta manera, los cuadretes interiores se podrían localizar en la región en cuestión. Así, el objeto celeste más brillante, la estrella a de Tauro, Aldebarán, podría corresponder al personaje con la varita señalando a la tortuga. En este día se tiene de visita en la región al planeta Marte, rojo al igual que Aldebarán; que se encuentra en uno de los cuernos de Tauro. Por lo tanto, el planeta Marte sería la representación del personaje con el espejo.

Sin duda, los mayas, atentos observadores de las regularidades celestes, asignaron nombres a los agrupamientos de estrellas. Sin embargo, en la actualidad resulta muy difícil recuperar toda la información referente a tales designaciones. No obstante, la posibilidad de hacer concordar la información que proviene de vestigios culturales materiales, con la obtenida a partir del análisis del firmamento en la época de origen de dichos vestigios, abre amplias perspectivas para avanzar hacia un mejor conocimiento de la ideología maya referente a las cosas del cielo. Chivi57
Jesús Galindo Trejo
Instituto de Astronomía,
Universidad Nacional Autónoma de México.

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como citar este artículo

Galindo Trejo, Jesús. (2000). Constelaciones en el firmamento maya. Ciencias 57, enero-marzo, 26-27. [En línea]

 

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La vida familiar en las Seychelles
 
 
Héctor T. Arita
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Nadie está dispuesto a sacrificar su vida por la de una sola persona, pero todos la sacrificarán si con ello pueden salvar más de dos hermanos, o cuatro medio hermanos u ocho primos...

W. D. Hamilton

   
Las hembras del carricero1 de las Seychelles (Acrocephalus sechellensis) parecerían ser las hijas modelo. Estas aves, originarias de la nación insular de las Seychelles, situada en el océano Índico al norte de Madagascar, forman una suerte de familias extendidas para la crianza de los polluelos. Las hembras jóvenes permanecen por un tiempo en el territorio donde nacieron, ayudando a sus padres en el cuidado y alimentación de las crías, que vienen siendo sus hermanos o hermanastros pequeños. Por el contrario, aunque existen excepciones, la mayoría de los machos carriceros abandonan su territorio natal y no participan en la crianza de sus hermanitos.
 
Este patrón de comportamiento puede ser explicado razonablemente a la luz de la sociobiología, el estudio biológico y evolutivo de la conducta social de los animales (y de las plantas, algunas de cuyas estrategias de vida pueden considerarse como “comportamiento”). Uno de los pilares de la sociobiología es el concepto del “gen egoísta”, término acuñado por Richard Dawkins a finales de los años setentas para describir el proceso mediante el cual los genes “manipulan” el comportamiento de los organismos para maximizar la cantidad de copias de sí mismos en futuras generaciones. Llevando el concepto a un extremo, los seres vivos no serían otra cosa que máquinas diseñadas y perfeccionadas por la selección natural para producir copias y más copias de los genes que contienen. El comportamiento de los individuos estaría regido por estrategias encaminadas a llevar al máximo su propia “adecuación” darwiniana, medida como la cantidad de copias de sus propios genes en las generaciones futuras. A pesar de ser una teoría muy controvertida, especialmente cuando se intenta explicar con ella el comportamiento social humano, la sociobiología ha sido capaz de explicar en forma plausible la mayoría de los patrones de conducta animal conocidos, resolviendo incluso algunas aparentes paradojas.
 
El caso de los carriceros de las Seychelles representa, por ejemplo, una aparente contradicción a la idea de los genes egoístas. Si en verdad las hembras de los carriceros son individuos egoístas que sólo buscan su propia reproducción como una vía para crear más copias de sus propios genes, entonces ¿por qué invierten tiempo y energía en ayudar a sus padres en lugar de establecer sus propios territorios y reproducirse por sí mismos?, ¿cómo puede explicar la sociobiología éste y otros casos de altruismo? La clave para resolver estos enigmas evolutivos se sustenta en la idea de la “adecuación inclusiva” de W. D. Hamilton.
 
A la edad de veintiséis años, Hamilton publicó un par de artículos teóricos (1963 y 1964) en los que demostraba matemáticamente cómo un individuo podía aumentar su propia adecuación draconiana (recordemos, medida como la cantidad de copias de sus propios genes en generaciones subsecuentes) ayudando a parientes cercanos a sobrevivir y reproducirse. A final de cuentas, razonó Hamilton, un individuo comparte en promedio la mitad de sus genes con cualquiera de sus padres y una cuarta parte de aquéllos con un hermano. Bajo ciertas circunstancias, que Hamilton analizó con modelos genéticos, un individuo puede generar más copias de sus propios genes colaborando en la reproducción de sus padres, hermanos u otros parientes que reproduciéndose él mismo. En estos casos, los individuos no maximizan su adecuación directa, sino su adecuación inclusiva, que incluye las copias de sus genes que pasan a las siguientes generaciones a través de la reproducción de sus parientes. En condiciones particulares, el modelo puede explicar también casos de aparente altruismo aun cuando los individuos involucrados no están emparentados directamente.
 
La vida en familia entre los animales se presta de forma particularmente adecuada para poner a prueba algunas predicciones basadas en el modelo de la adecuación inclusiva. En uno de los estudios más detallados que se han realizado hasta la fecha, Stephen T. Emlen y sus colaboradores han descrito meticulosamente la compleja vida familiar de los abejarucos africanos (Merops bullockoides) en Kenia. Estas vistosas aves africanas viven en grandes colonias que consisten en numerosos nidos habitados por familias extendidas que incluyen individuos de varias generaciones, todos emparentados entre sí. Cuando Emlen y sus colegas comenzaron sus estudios, se pensaba que el mecanismo de vida de estos pájaros era muy sencillo: debido a las reglas de la adecuación inclusiva, simplemente era más conveniente para los individuos jóvenes permanecer en grupos familiares y colaborar en la crianza de los polluelos. Cuando las condiciones se prestaran, los jóvenes simplemente podían independizarse, buscar su propia pareja y establecer sus propios nidos.
 
A medida que el estudio avanzaba, sin embargo, Emlen y su grupo documentaron una serie de comportamientos complejos que rompieron con el modelo de la familia “feliz”. La forma más sencilla de describir estas conductas es usando términos que se aplican a familias humanas. Así, Emlen y sus colegas documentaron numerosos casos de infidelidad, agresiones contra hijastros, competencia entre hermanos o hermanastros, bloqueo de los “tíos” a la reproducción de las hembras más jóvenes y hasta casos de “alta traición”. Los investigadores pudieron observar, por ejemplo, que algunas hembras jóvenes encargadas de la vigilancia de un nido podían reemplazar el huevo puesto por una hembra más vieja por un huevo propio, producto de una furtiva incursión a un nido ajeno a la familia. Todos y cada uno de estos patrones conductuales pueden explicarse por la sencilla lógica de la adecuación inclusiva. Por ejemplo, en el caso de las hembras jóvenes, si se presenta la oportunidad, es más conveniente colocar su propio huevo que ayudar a la crianza de un huevo de un pariente, ya que un hijo propio tendrá más genes en común con la madre que un polluelo puesto por otra hembra.
 
Una de las críticas que se han hecho a la sociobiología es que, por la forma en la que se plantean los modelos y se presentan los resultados de los estudios, parecería que la teoría implica que los animales tienen alguna forma de calcular el grado de parentesco con otros individuos y de estimar cuantitativamente los costos y beneficios de sus acciones. Sin embargo, tal como lo expresó Dawkins en un ensayo mordaz y sarcástico publicado en 1979, los individuos no tienen que realizar ningún cálculo, simplemente la selección natural moldea aquellos patrones conductuales que maximizan la adecuación. Así como un abejaruco no necesita conocer los modelos de dinámica de fluidos o aeronáutica para poder volar, tampoco necesita haber leído los artículos de Hamilton para, maquiavélicamente, urdir complicadas intrigas que le permitan maximizar su propia adecuación. De igual forma, así como un carricero de las Seychelles no necesita estar versado en óptica para poder ver a través del complicado diseño de sus ojos, las hembras de esta especie no necesitan de una computadora personal para decidir si quedarse a auxiliar a sus padres en la crianza o mejor establecer sus propios nidos.
 
Recientemente se han reportado detalles asombrosos del sistema familiar de los carriceros de las Seychelles. Se sabía ya que las familias extendidas tienen más éxito en los territorios ricos en recursos. En ellos, la presencia de hembras jóvenes que ayudan en la crianza incrementa sensiblemente el éxito reproductivo de los padres, aumentando así la adecuación inclusiva de todos los participantes. Por el contrario, en territorios de baja calidad, las hembras jóvenes disminuyen la adecuación de los padres, ya que su presencia representa una competencia por los de por sí magros recursos del territorio. Hay que recordar también que los machos jóvenes generalmente abandonan su territorio natal para buscar sus propios sitios de anidación. Con esta información es fácil ver que desde la perspectiva de los padres sería más ventajoso producir crías hembras en territorios de alta calidad, para obtener ayudantes en futuras nidadas, y resultaría mejor producir crías machos en territorios de baja calidad, para evitar la competencia con las hembras jóvenes y de todas formas obtener adecuación a través de la producción de hijos machos. Obviamente, este sencillo cálculo de costos y beneficios debería tomar en cuenta la presencia y número de ayudantes presentes en los territorios.
 
J. Komdeur y sus colaboradores usaron marcadores genéticos para determinar el sexo de los huevos en territorios de baja y alta calidad, con y sin ayudantes. Asimismo, realizaron experimentos en los que movieron parejas reproductivas de territorios pobres a ricos o viceversa. Los resultados del grupo de investigación confirmaron las predicciones basadas en el modelo de adecuación inclusiva. Por ejemplo, las parejas que no contaban con ayudantes pero que estaban en territorios pobres produjeron 77% de crías machos, mientras que sólo 13% de los huevos contenían crías machos en territorios de alta calidad. Los resultados de los experimentos confirmaron la hipótesis básica: las parejas de carriceros pueden, de alguna manera, manipular el sexo de sus crías para aumentar su adecuación. Cuando necesitan ayudantes y el territorio es suficientemente rico, se producen huevos con embrión de hembra; cuando no conviene a los padres tener hembras, ya sea por la pobre calidad del territorio o por la presencia de otras hembras, se producen huevos con embrión de macho. Toda esta complicada estrategia se ajusta perfectamente al modelo de la adecuación inclusiva.
 
En marzo de este año, un boletín de prensa de la Associated Press informó de la muerte de W. D. Hamilton. El creador del modelo de la adecuación inclusiva murió de malaria, enfermedad que había contraído en África mientras realizaba investigaciones sobre el origen del virus del sida. A sus sesenta y tres años, Hamilton tuvo la oportunidad de ser testigo de cómo su teoría encuentra cada vez más apoyo empírico en las investigaciones sobre la conducta social de los animales. La evidencia acumulada hasta ahora muestra que aun patrones conductuales muy complejos pueden ser explicados en términos del modelo desarrollado por W. D. Hamilton en su juventud.
Notas.
1. “Carricero” es el nombre que se usa en España para las aves del género Acrocephalus, de la familia Sylviidae del Viejo Mundo. En inglés estos pájaros son llamados warblers, mismo nombre que se usa para algunas especies de la familia Parulidae del Nuevo Mundo, conocidas en México como chipes.
Referencias bibliográficas
 
Emlen, Stephen T. 1995. “An evolutionary theory of the family”, Proceedings of the National Academy of Sciences of the United States of America 92, pp. 8 /092-8/ 099. Revisión técnica sobre el proceso de formación de familias animales y humanas bajo la luz de la sociobiología.
Hamilton, W. D. 1995. “The genetical evolution of social behaviour. I & II”, Theoretical Biology 7, pp. 1-52.
Hively, W., “Family man”, Discover Magazine, octubre de 1997, pp. 80-90. Reportaje no técnico acerca de las investigaciones de S. T. Emlen sobre el abejaruco africano.
Komdeur, J., S. Daan, J. Tinbergen y C. Mateman. 1997. “Extreme adaptive modification in sex ratio of the Seychelles warblerís eggs”, Nature 385, pp. 522-525. Reporte técnico sobre la manipulación del sexo de los huevos del carricero de las Seychelles.
Héctor T. Arita
Instituto de Ecología,
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César Carrillo Trueba
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¿Darwin en catedral un día de San Antonio Abad?
Recientemente, en una muestra de antigüedades que tuvo lugar en el Museo de la
Ciudad de México, un anticuario de la Lagunilla exhibía una caja de madera que
perteneció a Charles Darwin. ¿Cómo llegó a México? Nadie lo sabe; pero una
inspección exhaustiva dio con un compartimento oculto, en el que aparecieron
algunos papeles llenos de anotaciones varias, todos ellos envueltos por una hoja
de mayor tamaño con algunas letras y una fecha a la mitad. ¿Inéditos del padre
de la teoría de la evolución? Es posible, ya que la letra coincide en rasgos con
la de otros manuscritos de Darwin, aunque, por supuesto, habría que dar inicio a
una investigación formal.

Entre las notas sueltas y fragmentadas, sin fecha y lugar algunas, no siempre
completas ni en buen estado, llamó nuestra atención un pequeño texto, que a
continuación traducimos:

“Es sorprendente la similitud que existe entre la expresión de los animales y la
de sus dueños. Algunos ataviados a la manera de sus amos. Chivos, burros,
caballos, gallinas, guajolotes, perros y gatos, tanto jovenes como adultos,
todos con algún parecido a los humanos que los llevaban, siguiendo una antigua
tradición, según pude entender, a la iglesia que llaman Catedral —un imponente
edificio aún no concluido. Es notable cómo la constante convivencia —que
facilita la imitación, en este caso de los humanos por los animales— puede
producir semejante convergencia de expresiones... (aquí están destruidas unas
palabras). No hay animal más locuaz que el perro, capaz de ladrar de varias
maneras en función de su estado de ánimo, ¿no se deberá esto a la cercanía con
el hombre, a la prolongada domesticación?”

“Es curioso cómo jóvenes y viejos de muy distintas razas, lo mismo en el hombre
que en los animales, expresan el mismo estado de ánimo con los mismos
movimientos. ¿Qué tan innato es esto? No hay duda de que muchos gestos son
aprendidos de los padres; es algo fácil de observar en los niños. Y así como los
niños aprenden pronto los movimientos de expresión de sus seres mayores, es
probable que los animales los aprendan de los hombres —realizados seguramente
por los mismos músculos en unos y otros—, de lo que resulta la similitud de
expresión entre los animales y sus amos.”

“Cuántas expresiones se repiten de una especie a otra. A diferencia de lo que
afirma el célebre Dr. Lavater, quien ha levantado una barrera entre las
expresiones humanas y las del resto de los animales, Sir Charles Bell, en su
Anatomía y filosofía de la expresión (una obra infravalorada e ignorada sin más
por diversos escritores extranjeros), sostiene que los perros, al experimentar
afecto por alguien, doblan un poco los labios y hacen una mueca que se parece a
la risa (al ver hoy a un par de cachorritos que jugaban con dos niños no me era
difícil suponer que reían juntos).”

“La cercanía entre los hombres y el resto de los animales es innegable, y
cualquiera que mirase las escenas que hoy he observado en el atrio de esta gran
iglesia estaría de acuerdo con ello. Tal vez la única expresión propia de los
hombres es el rubor, ya que implica una conciencia de sí, de lo que los demás
pueden pensar de uno. Hasta ahora me parece no hay quien haya reportado esta
expresión en animales. Por lo demás, es una expresión más común en las mujeres,
independientemente del color de la piel (algo que pude apeciar hoy en una mujer
muy morena, de cabello extremadamente negro, que acompañaba a una señora mayor
que llevaba un cordero, y que ante mi inquisitiva mirada —pues el pañuelo del
cordero era igual al que portaba la señora y eso los unía en un extraño
parecido— bajaba la mirada y su rostro se cubría de un ligero rubor, apenas
perceptible en su oscura piel. Quiza sea esta la única expresión exclusivamente
humana...”

¿Estuvo Darwin en México? De ser así, ¿en qué año fue? Las palabras escritas en
la hoja que contiene al resto de las notas parecen responder a un nombre y una
dirección, pero son de muy difícil lectura; la fecha, en letras grandes, es
apenas legible: December 28th, 18... Habrá que seguir investigando.

César Carrillo Trueba
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W. D. Hamilton

   
Las hembras del carricero1 de las Seychelles (Acrocephalus sechellensis) parecerían ser las hijas modelo. Estas aves, originarias de la nación insular de las Seychelles, situada en el océano Índico al norte de Madagascar, forman una suerte de familias extendidas para la crianza de los polluelos. Las hembras jóvenes permanecen por un tiempo en el territorio donde nacieron, ayudando a sus padres en el cuidado y alimentación de las crías, que vienen siendo sus hermanos o hermanastros pequeños. Por el contrario, aunque existen excepciones, la mayoría de los machos carriceros abandonan su territorio natal y no participan en la crianza de sus hermanitos.
 
Este patrón de comportamiento puede ser explicado razonablemente a la luz de la sociobiología, el estudio biológico y evolutivo de la conducta social de los animales (y de las plantas, algunas de cuyas estrategias de vida pueden considerarse como “comportamiento”). Uno de los pilares de la sociobiología es el concepto del “gen egoísta”, término acuñado por Richard Dawkins a finales de los años setentas para describir el proceso mediante el cual los genes “manipulan” el comportamiento de los organismos para maximizar la cantidad de copias de sí mismos en futuras generaciones. Llevando el concepto a un extremo, los seres vivos no serían otra cosa que máquinas diseñadas y perfeccionadas por la selección natural para producir copias y más copias de los genes que contienen. El comportamiento de los individuos estaría regido por estrategias encaminadas a llevar al máximo su propia “adecuación” darwiniana, medida como la cantidad de copias de sus propios genes en las generaciones futuras. A pesar de ser una teoría muy controvertida, especialmente cuando se intenta explicar con ella el comportamiento social humano, la sociobiología ha sido capaz de explicar en forma plausible la mayoría de los patrones de conducta animal conocidos, resolviendo incluso algunas aparentes paradojas.
 
El caso de los carriceros de las Seychelles representa, por ejemplo, una aparente contradicción a la idea de los genes egoístas. Si en verdad las hembras de los carriceros son individuos egoístas que sólo buscan su propia reproducción como una vía para crear más copias de sus propios genes, entonces ¿por qué invierten tiempo y energía en ayudar a sus padres en lugar de establecer sus propios territorios y reproducirse por sí mismos?, ¿cómo puede explicar la sociobiología éste y otros casos de altruismo? La clave para resolver estos enigmas evolutivos se sustenta en la idea de la “adecuación inclusiva” de W. D. Hamilton.
 
A la edad de veintiséis años, Hamilton publicó un par de artículos teóricos (1963 y 1964) en los que demostraba matemáticamente cómo un individuo podía aumentar su propia adecuación draconiana (recordemos, medida como la cantidad de copias de sus propios genes en generaciones subsecuentes) ayudando a parientes cercanos a sobrevivir y reproducirse. A final de cuentas, razonó Hamilton, un individuo comparte en promedio la mitad de sus genes con cualquiera de sus padres y una cuarta parte de aquéllos con un hermano. Bajo ciertas circunstancias, que Hamilton analizó con modelos genéticos, un individuo puede generar más copias de sus propios genes colaborando en la reproducción de sus padres, hermanos u otros parientes que reproduciéndose él mismo. En estos casos, los individuos no maximizan su adecuación directa, sino su adecuación inclusiva, que incluye las copias de sus genes que pasan a las siguientes generaciones a través de la reproducción de sus parientes. En condiciones particulares, el modelo puede explicar también casos de aparente altruismo aun cuando los individuos involucrados no están emparentados directamente.
 
La vida en familia entre los animales se presta de forma particularmente adecuada para poner a prueba algunas predicciones basadas en el modelo de la adecuación inclusiva. En uno de los estudios más detallados que se han realizado hasta la fecha, Stephen T. Emlen y sus colaboradores han descrito meticulosamente la compleja vida familiar de los abejarucos africanos (Merops bullockoides) en Kenia. Estas vistosas aves africanas viven en grandes colonias que consisten en numerosos nidos habitados por familias extendidas que incluyen individuos de varias generaciones, todos emparentados entre sí. Cuando Emlen y sus colegas comenzaron sus estudios, se pensaba que el mecanismo de vida de estos pájaros era muy sencillo: debido a las reglas de la adecuación inclusiva, simplemente era más conveniente para los individuos jóvenes permanecer en grupos familiares y colaborar en la crianza de los polluelos. Cuando las condiciones se prestaran, los jóvenes simplemente podían independizarse, buscar su propia pareja y establecer sus propios nidos.
 
A medida que el estudio avanzaba, sin embargo, Emlen y su grupo documentaron una serie de comportamientos complejos que rompieron con el modelo de la familia “feliz”. La forma más sencilla de describir estas conductas es usando términos que se aplican a familias humanas. Así, Emlen y sus colegas documentaron numerosos casos de infidelidad, agresiones contra hijastros, competencia entre hermanos o hermanastros, bloqueo de los “tíos” a la reproducción de las hembras más jóvenes y hasta casos de “alta traición”. Los investigadores pudieron observar, por ejemplo, que algunas hembras jóvenes encargadas de la vigilancia de un nido podían reemplazar el huevo puesto por una hembra más vieja por un huevo propio, producto de una furtiva incursión a un nido ajeno a la familia. Todos y cada uno de estos patrones conductuales pueden explicarse por la sencilla lógica de la adecuación inclusiva. Por ejemplo, en el caso de las hembras jóvenes, si se presenta la oportunidad, es más conveniente colocar su propio huevo que ayudar a la crianza de un huevo de un pariente, ya que un hijo propio tendrá más genes en común con la madre que un polluelo puesto por otra hembra.
 
Una de las críticas que se han hecho a la sociobiología es que, por la forma en la que se plantean los modelos y se presentan los resultados de los estudios, parecería que la teoría implica que los animales tienen alguna forma de calcular el grado de parentesco con otros individuos y de estimar cuantitativamente los costos y beneficios de sus acciones. Sin embargo, tal como lo expresó Dawkins en un ensayo mordaz y sarcástico publicado en 1979, los individuos no tienen que realizar ningún cálculo, simplemente la selección natural moldea aquellos patrones conductuales que maximizan la adecuación. Así como un abejaruco no necesita conocer los modelos de dinámica de fluidos o aeronáutica para poder volar, tampoco necesita haber leído los artículos de Hamilton para, maquiavélicamente, urdir complicadas intrigas que le permitan maximizar su propia adecuación. De igual forma, así como un carricero de las Seychelles no necesita estar versado en óptica para poder ver a través del complicado diseño de sus ojos, las hembras de esta especie no necesitan de una computadora personal para decidir si quedarse a auxiliar a sus padres en la crianza o mejor establecer sus propios nidos.
 
Recientemente se han reportado detalles asombrosos del sistema familiar de los carriceros de las Seychelles. Se sabía ya que las familias extendidas tienen más éxito en los territorios ricos en recursos. En ellos, la presencia de hembras jóvenes que ayudan en la crianza incrementa sensiblemente el éxito reproductivo de los padres, aumentando así la adecuación inclusiva de todos los participantes. Por el contrario, en territorios de baja calidad, las hembras jóvenes disminuyen la adecuación de los padres, ya que su presencia representa una competencia por los de por sí magros recursos del territorio. Hay que recordar también que los machos jóvenes generalmente abandonan su territorio natal para buscar sus propios sitios de anidación. Con esta información es fácil ver que desde la perspectiva de los padres sería más ventajoso producir crías hembras en territorios de alta calidad, para obtener ayudantes en futuras nidadas, y resultaría mejor producir crías machos en territorios de baja calidad, para evitar la competencia con las hembras jóvenes y de todas formas obtener adecuación a través de la producción de hijos machos. Obviamente, este sencillo cálculo de costos y beneficios debería tomar en cuenta la presencia y número de ayudantes presentes en los territorios.
 
J. Komdeur y sus colaboradores usaron marcadores genéticos para determinar el sexo de los huevos en territorios de baja y alta calidad, con y sin ayudantes. Asimismo, realizaron experimentos en los que movieron parejas reproductivas de territorios pobres a ricos o viceversa. Los resultados del grupo de investigación confirmaron las predicciones basadas en el modelo de adecuación inclusiva. Por ejemplo, las parejas que no contaban con ayudantes pero que estaban en territorios pobres produjeron 77% de crías machos, mientras que sólo 13% de los huevos contenían crías machos en territorios de alta calidad. Los resultados de los experimentos confirmaron la hipótesis básica: las parejas de carriceros pueden, de alguna manera, manipular el sexo de sus crías para aumentar su adecuación. Cuando necesitan ayudantes y el territorio es suficientemente rico, se producen huevos con embrión de hembra; cuando no conviene a los padres tener hembras, ya sea por la pobre calidad del territorio o por la presencia de otras hembras, se producen huevos con embrión de macho. Toda esta complicada estrategia se ajusta perfectamente al modelo de la adecuación inclusiva.
 
En marzo de este año, un boletín de prensa de la Associated Press informó de la muerte de W. D. Hamilton. El creador del modelo de la adecuación inclusiva murió de malaria, enfermedad que había contraído en África mientras realizaba investigaciones sobre el origen del virus del sida. A sus sesenta y tres años, Hamilton tuvo la oportunidad de ser testigo de cómo su teoría encuentra cada vez más apoyo empírico en las investigaciones sobre la conducta social de los animales. La evidencia acumulada hasta ahora muestra que aun patrones conductuales muy complejos pueden ser explicados en términos del modelo desarrollado por W. D. Hamilton en su juventud.
Notas.
1. “Carricero” es el nombre que se usa en España para las aves del género Acrocephalus, de la familia Sylviidae del Viejo Mundo. En inglés estos pájaros son llamados warblers, mismo nombre que se usa para algunas especies de la familia Parulidae del Nuevo Mundo, conocidas en México como chipes.
Referencias bibliográficas
 
Emlen, Stephen T. 1995. “An evolutionary theory of the family”, Proceedings of the National Academy of Sciences of the United States of America 92, pp. 8 /092-8/ 099. Revisión técnica sobre el proceso de formación de familias animales y humanas bajo la luz de la sociobiología.
Hamilton, W. D. 1995. “The genetical evolution of social behaviour. I & II”, Theoretical Biology 7, pp. 1-52.
Hively, W., “Family man”, Discover Magazine, octubre de 1997, pp. 80-90. Reportaje no técnico acerca de las investigaciones de S. T. Emlen sobre el abejaruco africano.
Komdeur, J., S. Daan, J. Tinbergen y C. Mateman. 1997. “Extreme adaptive modification in sex ratio of the Seychelles warblerís eggs”, Nature 385, pp. 522-525. Reporte técnico sobre la manipulación del sexo de los huevos del carricero de las Seychelles.
Héctor T. Arita
Instituto de Ecología,
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