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Augusto Fernández Guardiola
 
 
Virginia Vargas R.
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Augusto Fernández Guardiola, uno de los excelentes re­presentantes de las artes y las ciencias que el exilio espa­ñol de 1939 legó a México, realizó valiosas aportaciones al estudio sobre el sueño, la epilepsia y al desarrollo y consolidación de las neurociencias en nuestro país. Hijo del artista, pintor y locutor Don Augusto Fernández Sastre, quien en la Radio República leía el parte de guerra, nació el 24 de marzo de 1921 en Madrid, donde cursó sus primeros estudios. La guerra civil lo obligó a salir de su país, junto con su familia, a bordo del barco inglés Stanbrook, que partió de Alicante el 2 de marzo de 1939.
 
Hombre incansable que no sabía negarse cuando lo in­vitaban a dar conferencias, par­ticipar en mesas redondas y simposios o intervenir como miembro de comités, se inició como investigador en el Institu­to de Estudios Médicos y Bio­lógicos de la unam en 1953. En ese año realizó su examen profesional de mé­di­co cirujano con mención ho­no­rífica en la Escuela Nacional de Medicina de la unam, con la tesis Estudios de algunos factores que determinan el curso de la regeneración en el nervio. Después obtuvo la especialización de neuropsiquiatría y en 1969 se tituló como Doctor en ciencias biológicas, men­ción Physiologie Animale (Neurophysiologie), en la Universidad de Aix, ubicada en Marsella, Francia, con la tesis La voie visuelle du Chat: mécanisme de contrôle et de régulation.

Treinta años después, durante una entrevista publicada en abril de 1999 en el diario La Jornada, declaró: “Co­mo alumno de los maestros Dio­nisio Nieto, Efrén del Pozo y Ramón de la Fuente, me interesó mucho la neuroanatomía, la neurofisiología y la psi­co­fisiología, lo que ahora lla­ma­mos neurociencias. Hacíamos muchos experimentos para ver cómo se modificaba la ac­tividad cerebral de animales sometidos a estimulaciones eléctricas y a sustancias que sabíamos actuaban sobre el cerebro […] En los ma­ni­co­mios observamos a muchos pacientes epilépticos que tenían ataques durante la noche, mientras dormían. Nos interesó entonces, tanto en re­la­ción con los mecanismos de la epi­lepsia como con los del sueño, analizar los elec­troen­ce­falo­gramas —registro de la actividad eléctrica cerebral— durante el sueño de toda la noche. Encontramos que muchos tenían ataques epilépticos de diverso grado, pero que cuando aparecía la fase mor, los paroxismos epilépticos desaparecían o aminoraban notoriamente. Por eso de­signamos a esa etapa mor co­mo anticonvulsiva […] La fa­se mor se repite durante toda la noche en cuatro o cin­co etapas que duran unos 18 mi­nutos. Las lesiones y fármacos alteran esa distribución y cantidad de mor. Por ejemplo, en jóvenes que inhalan solven­tes orgánicos puede desaparecer esa fase, al igual que en los alcohólicos crónicos y en general en los que usan dro­gas depresoras […] En los años setentas surgió un modelo de epilepsia experimental en animales que tenía la virtud no sólo de provocar ata­ques, sino de estudiar desde el mecanismo de su origen. Ese modelo se conoce en inglés como kindling, activación progresiva o algo que crece. Desde entonces hemos traba­jado en ese modelo”.

Entre 1963 y 1965 parti­ci­pó en la creación del Institu­to de Investigaciones de la ac­tividad Nerviosa Superior en La Habana, Cuba. En México, fue nombrado de jefe del Departamento de Electrofisiología Clínica Experimental del Ins­tituto de Neurología de la Secretaría de Salubridad y Asis­tencia (ssa) para el perio­do que va de 1965 a 1968; allí impulsó la fundación de la Unidad de Investigaciones Ce­rebrales en el Instituto Nacional de Neurología y Neurociru­gía de la ssa en 1969.

Su brillante carrera como profesor e investigador lo llevó a obtener el nombramiento de Profesor Emérito por la Fa­cultad de Psicología de la unam y el ingreso al Sistema Na­cional de Investigadores en junio de 1993. Recibió importantes premios como el otorgado por la Industria Química Farmacéutica en 1973; los premios Dr. Eduardo Liceaga en 1975, Chinoin Alejandro Celis en 1977 y Dr. Ma­ximiliano Ruiz Castañeda en 1994, que le otorgó la Aca­demia Nacional de Medicina de México; el premio Miguel Otero de la ssa en 1980, el premio nacional de psiquia­tría Dr. Manuel Camelo en 1987; el premio anual de investigación en epilepsia otorgado por la ssa y el programa universitario de investigación en salud de la unam en 1989; el Premio Universidad Nacional 1992 en el área de Investigación en Ciencias Naturales y el Premio Nacional de Ciencias Físico-Matemáticas y Naturales 1999 que le otorgó el gobierno mexicano.

El admirable profesor emé­rito falleció el 19 de ma­yo de 2003, pero su trabajo, su obra, ha quedado en la historia, vivirá por siempre en los antecedentes importantes de la investigación biomédica bá­sica. Recuerdo dos trabajos publicados en prestigiadas re­vistas internacionales que, aun­que pasaran los años, per­manecían como referencias im­portantes. Uno, titulado The influence of the ce­rebe­llum on experimental epilepsy, lo realizó con el doctor R. S. Dow, en 1962; el otro, Amygdaloid kindling enhances the enkephalin content in the rat brain, lo hizo con el doctor Os­valdo Vindrola en 1981. En­tre su vas­ta obra también se en­cuen­tran libros como La aven­tura del cerebro, La Concien­cia y Las Neurociencias en el Exilio Español en Mé­xico.

En un pasaje de es­te último escribió: “Es posible que la muer­te no exista como un hecho final y único. Tal vez ­só­lo en la muerte accidental de los muy jóvenes. En realidad la muerte es un proceso que comien­za con el nacimien­to. Cada época que pasa mo­rimos un poco, pero no me refiero a que sea un proceso continuo, como el envejecimiento gradual. No, morimos un poco puntualmente con ca­da fraca­so, con cada desilusión, con cada ser amado ­per­dido, con cada teoría reconocida como equivocada y que nos guió por años; también morimos un poco con los éxitos tardíos, que llegaron con retraso y nos hacen gol­pear­nos y rebotar contra el te­cho, a deshora. Por eso la muer­te final de los viejos es la suma de todas las pequeñas, fugaces, muertes. ¡Es la gota que colmó la copa! Lo único que ha­ce tolerable esta situación es que la vida, la exis­tencia, se comporta de la mis­ma manera, como un proceso puntual de momentos de tal felicidad y entusiasmo, que parece que vamos a estallar […] Sería muy fácil decir entonces que el camino a seguir es disminuir en lo posible las muertes periódicas y aumentar los mo­mentos felices. En realidad en esta búsqueda estamos em­peñados todos, pero con muy poco éxito, tal vez por falta de un método realmente adecuado. Pero, en realidad, no podemos negar que sin la muerte la vida sería aburridísi­ma. Supe de alguien que tenía un amigo que leía todos los días las no­tas necro­ló­gi­cas de los periódicos para tener la satisfacción de que él no estaba en ninguna, pero al mismo tiempo le divertía la idea de que el día en que sí apareciera su obituario, él no lo leería.”
Virginia Vargas Rangel
Instituto de Investigaciones Bibliográficas,,
Universidad Nacional Autónoma de México.
Referencias bibliográficas
 
Fernández Guardiola, A. 1961. “The influence of the ce­rebellum on experimental epilepsy”, en Electro­enceph. Clinical Neurophysiology, núm. 13, pp. 564-576.
1962. La aventura del cerebro. Universidad de La Habana, Cuba.
1979. La Conciencia. Editorial Trillas, Mé­xico.
1981. “Amygdaloid kindling enhances the en­kephalin content in the rat brain”, en Neuroscience Let­ters, núm. 21, pp. 39-43.
1997. Las Neurociencias en el Exilio Es­pa­ñol en México. sep, Fondo de Cultura Económica, conacyt y Universidad Internacional de Andalucía, Mé­xico.
La Jornada. 1999. Entrevista al Dr. Fernández Guardiola, 5 de abril.
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como citar este artículo

Vargas Rangel, Virginia. (2006). Augusto Fernández Guardiola, un incansable científico. Ciencias 84, octubre-diciembre, 64-66. [En línea]
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