revista de cultura científica FACULTAD DE CIENCIAS, UNIVERSIDAD NACIONAL AUTÓNOMA DE MÉXICO
Busca ampliar la cultura científica de la población, difundir información y hacer de la ciencia
un instrumento para el análisis de la realidad, con diversos puntos de vista desde la ciencia.
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¿Qué demonios le sucede a la ciencia mexicana?
El autor compara el pensamiento de la época medieval con la ignorancia de sectores de la sociedad, como los gobernantes y muchos intelectuales que padecen lo que denomina “analfabetismo científico”, la cura a tal padecimiento sería la alfabetización científica respetuosa, resultado del análisis, discusión y diseño de la forma en la que se debería alfabetizar a la sociedad en su conjunto.
Marcelino Cereijido
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En marzo de 1976 un golpe de estado me obligó a exiliarme de mi país natal, Argentina. Como alternaba entre mi laboratorio en Buenos Aires y el del Departamento de biología celular de la Universidad de Nueva York (era profesor adjunto), decidí viajar a esta ciudad para formalizar mi incorpora­ción como profesor titular. Pero en esos momentos, varios colegas mexicanos que me conocían (Jorge Aceves, Adolfo Martínez Palomo y Jorge Cerbón) y un íntimo amigo y colega argentino que había inmigrado a México un par de años antes (Enrico Stefani), me con­ven­cieron de que cambiara mi decisión, me radicara en México y estableciera mi laboratorio en el cinvestav. Uno de los dos factores decisivos para quedarme aquí fue el entusiasmo que en aquél entonces tenía la comunidad científica mexicana, claramente manifiesto en la creación-incubación del conacyt, el sni, los sistemas de donativos, las becas, el Consejo Consultivo de Ciencia, las Cátedras Patrimoniales y todas las instituciones fundamentales de un país que se propone desarrollar su ciencia nacional e ingresar al Primer Mundo.

Treinta años después, un par de cien­tos de artículos científicos escritos, otros tantos de ensayo y divulgación, una docena de libros, muchos miles de citas bibliográficas a nuestros trabajos, discípulos que hoy destacan en universidades de México, Europa y los Estados Unidos, premios de diversa rimbombancia y más amigos entrañables de los que el tiempo me permite disfrutar, han transformado mis expectativas de 1976 en pruebas concretas de que elegí bien. Sobre esta base me atrevo a contestar la pregunta del título.
 
Para no andar con eufemismos, hoy veo que aquella comunidad científica mexicana que tanto me entusiasmó en 1976 ahora está apachurrada, envejeciendo y hasta deteriorándose —como he de señalarlo aquí—, y me siento en la obligación moral de emitir una opinión que nadie me ha pedido, como quien ve a su hermano desorientado y enredándose en empresas no promisorias. Sólo quiero hacer la salvedad de que cuando estudié medicina me inculcaron el principio primum non noscere (antes que nada no empeores el cuadro). Por eso, al escribir este artículo, me guío por un espíritu médico, con la esperanza de que ayude a emprender una cura.

El analfabetismo científico

Imaginemos que nos transportan a la Europa de mediados del siglo xiv, en momentos en que millones de personas perecen por una de las epidemias más terribles que registra la historia: la peste negra. ¡Qué no daría esa gente por saber lo qué los está matando! Hoy sabemos que se debió a Pasteurella pestis, pero ellos no podrían haber culpado a los microorganismos, pues faltaban quinientos años para que se descubrieran. Las bacterias eran invisibles para el hombre medieval y se veían obligados a interpretar esa realidad de alguna otra manera. Algunos entendían que Dios los estaba castigando por sus pecados y, para que los perdonaran, deambulaban descalzos dándose de latigazos; otros sospechaban que Dios estaba enfadado por los pecados cometidos por otros miembros de la sociedad, y se lanzaban a orgías de represalias, o bien se atribuía la ira divina a que su ciudad albergaba judíos “como los que habían matado a Cristo” y, para aplacarlo, incendiaban ghetos y cometían genocidios espantosos; y no faltaba quienes, aterrorizados, culpaban de la peste a la posición de los planetas, a las fases de la Luna, a eclipses y pasos de cometas. En cambio, si hoy los médicos mandaran a azotar a los tuberculosos, torturaran a nuestra abuela con Alzheimer para quitarle el demonio del cuerpo, o asesinaran judíos para que Dios acabe con la amebiasis, los tomaríamos por locos.

Tras dicho ejemplo, no se requiere mucho esfuerzo mental para entender que la manera como el ser humano interpreta la realidad ha ido cambiando, desde los tiempos primitivos en que creía que las cosas tenían alma (animis­mo), a un periodo posterior en que pasó a dar por sentado que había dioses especialistas en el mar (Neptuno), la agricultura (Ceres), la guerra (Marte) y todo un panteón politeísta; una manera de interpretar la realidad que fue sucedida por otras en las que un sólo dios supremo (monoteísmo) había creado el Universo, que luego permitió dar un paso evolutivo más, tomando la forma actual de ciencia moderna, que consiste en hacerlo sin recurrir a milagros, revelaciones, dogmas ni al principio de autoridad, con base en el cual algo es verdad dependiendo de quién lo diga (la Biblia, el Papa, el rey, el padre).

Puesto que el desarrollo de la lectoescritura no acabó de cuajo con el analfabetismo, podemos admitir que tampoco hubo un día preciso en que to­do el mundo pasó, digamos, del animismo al politeísmo, ni otro en que la humanidad pasó a interpretar la realidad “a la científica”, tal como sucede hoy cuando se pasa del 31 de diciembre al 1 de enero del año siguiente. De la misma manera sabemos que, desgraciadamente, hoy la humanidad está compuesta por una mayoría de analfabetas científicos, porque sólo una ínfima minoría ha tenido la suerte de ser educada en la manera de interpretar la realidad “a la científica”, es decir, sin recurrir a milagros, revelaciones, dogmas ni al principio de autoridad. Asimismo, sólo un puñado de ­países tiene ciencia moderna, el Primer Mun­do (entre 10 y 15% de los pueblos) y eso los pone en condiciones de crear, inventar, descubrir, producir, vender, tener, someter al resto de la humanidad con deudas usurarias, dictarle normas sobre cómo se deben organizar política y económicamente, raptarlos de su patria para llevarlos a juzgar a la metrópoli, bloquearles el comercio, invadirlos, matarlos, y sólo permitirles que usen las cosas que ellos diseñan siempre y cuando se les paguen patentes y regalías.

No es que en el Primer Mundo todos los habitantes interpreten la rea­lidad “a la científica” pero, así y todo, en caso de guerra, epidemias, escasez de energía, crisis de transporte, dificultad en la comunicación, les basta con encomendar su estudio y solución a la ciencia y a la tecnología que sólo domina una pequeña parte de su población. Y hasta agregaría un elemento macabro: el Primer Mundo no sale a “catequizar” al Tercero (como lo haría con un nuevo credo) para que puedan acceder a una visión científica de la realidad, sino que, por el contrario, suele impedir o dificultar que otros pueblos desarrollen su saber, porque de ese modo eternizan la explotación
y la dependencia. Un caso extremo de dicho embotamiento de todo un pueblo, de todo un continente, es la “africanización”, concepto que sin embargo no desarrollaré en este artículo pero que, para captarlo, aconsejaría leer los libros Black Athena de Martin Bernal, How Europe Underdeveloped Africa, de Richard Rodney, y Ébano de Ryszard Kapuscinski.

La ciencia es invisible

Los hombres del medioevo que usé co­mo ejemplo, no solamente no veían microorganismos, sino que tampoco hubieran tenido microscopios con qué verlos. Peor aún, tampoco tenían ciencia moderna ni hubieran podido imaginarla. Hoy, el analfabeta científico padece de una ceguera similar. Así, cuando a un pueblo le faltan alimentos, agua, medicamentos, su gente es la primera en señalar el déficit con toda exactitud; en cambio cuando le falta ciencia no puede entenderlo ni imaginar de qué le serviría desarrollarla.

En realidad su caso es más grave, pues el analfabeta científico cree que sabe muy bien qué es la ciencia, dado que una divulgación científica de excelente nivel, pero incompleta, lo ha engatusado con portentos como, ¿sabía usted que si una persona saltara como una pulga, podría…?; un balde de materia de una estrella enana blanca pesa tanto como toda la Tierra; un agujero negro puede tragarse una galaxia entera, etcétera. A esta forma de divulgación le salió el tiro por la culata: esa visión de la ciencia acabó dando la idea de que los científicos somos una bola de parásitos anteojudos que, en medio de una sociedad donde no todos tienen empleo o el salario no permite llegar a fin de mes, pretendemos que el Estado solvente nuestros ocios con fósiles de dinosaurios, la dispersión y difracción de la luz en rayitos de colores o con fotos de los anillos de Saturno. Comprensiblemente, el gobernante analfabeta, concluye con toda honestidad que no es momento de malgastar en extravagancias científicas. ¡Quién convence ahora a nuestra sociedad y sobre todo a nuestro Estado de que los científicos no somos coleccionistas de rarezas sino, muy por el contrario, buscamos regularidades de las que luego tratamos de destilar las leyes con que funciona la realidad!

¿Ciencia?, ¿para qué?

¿Acaso la manera de interpretar la realidad, además de mostrarle al hambriento que hay cosas que se llaman quasares y diatomeas, puede cambiar la vida diaria del obrero sin trabajo y con la panza vacía? Sí, por supuesto. Y dado que un coche es tan parte de la realidad como saturno y los fósiles de tiranosaurio, para hacer un tanto más accesible mi argumento, voy a suponer que nuestro automóvil se ha descompuesto y hay dos mecánicos. El primero, con una manera de interpretar la realidad “a la católica” (la visión del mundo que predomina en México) le pega una estampita, le pone una vela sobre el techo e invita al cliente a arrodillarse a su lado y rezarle al cielo para que componga la carcacha. En cambio, el segundo, con una manera de interpretar la realidad “a la científica”, invoca leyes de la mecánica, y se abstiene de apelar variables místicas. Adivinanza: ¿cuál mecánico cree usted que va a conservar su trabajo y cuál se va a ver obligado a cerrar su changarro? Puesto que el ejemplo resulta demasiado tonto, reemplacemos al mecánico “a la católica” con obreros acudiendo de a miles a rogarle a alguna virgen que les consiga trabajo, y en lugar del mecánico que interpreta la realidad “a la científica” imaginemos cámaras empresariales y sindicatos que recurren a universidades y centros de investigación, financian proyectos y establecen sistemas de becas para que se desarrollen sustitutos lo­ca­les avanzados y especialistas en dis­ci­pli­nas de las que dependen sus industrias y empleos.

Por otro lado, quienes deberían liderarnos para acceder a una cultura compatible con la ciencia son nuestros intelectuales. ¿También ellos están afectados de analfabetismo científico? Me temo que sí. En su esfuerzo por in­ter­pre­tar el presente de México, a nuestros sociólogos, historiadores, politólogos y periodistas no se les escapa presidente, golpe de estado, trifulcas entre el campo y la ciudad, dirigente sindical, pacto comercial, relación con entidades financieras internacionales, ni ministro de economía a lo largo del siglo xx. Pero, increíblemente, no dan muestra de percibir que en ese siglo xx, que vio aparecer aviones, radio, televisión, computadoras, antibióticos, que logró desmenuzar el áto­mo y descifrar el genoma humano, se estaba gestando una sociedad mexicana que no fomentaba la ciencia ni la tecnología derivada de ella.

¿Cómo es que a esos se­sudos intelectuales no les dice nada que, en plena Gue­rra fría, Rusia y los Estados Unidos no se enviaran asaltantes de bancos, ladrones de coches, ni contrabandis­tas de arte, sino que trataban de arrebatarse información y conocimiento? Es que nuestros estudiosos son muy dados al análisis economicista, pues para el anal­fabeta científico la realidad es muy simple, tiene una única variable, la económica. Han de pensar que Suiza cultiva su ciencia porque es rica, sin advertir que por el contrario es rica porque cultiva la ciencia. Han de dar por sen­ta­do que el llamado “milagro alemán” se debió en serio a un milagro. En nues­tros días, los periódicos están ates­ta­dos de artículos sobre los mil y un detalles de las plataformas y estrategias de los partidos políticos. ¿Cómo es que no advierten que en esos planes el desarrollo de la ciencia y la tecnología brilla por su ausencia? Cuando se lo señalo a alguno de dichos periodistas suele responder: “es que hay urgencias más graves que apoyar a la ciencia”. En varios artículos y libros (ver bibliografía) he señalado que esa respuesta encierra la quintaesencia del subdesarrollo: mientras el Primer Mundo se apoya en la ciencia, en cambio el Tercero habla de apoyar la ciencia. Esta situación sería comparable a que allá la gente se apoyara en la medicina para operarse de la vesícula, y en cambio aquí lo hiciéramos para apoyar a nuestros médicos.

Me resulta asaz paradójico que cuan­do los científicos caracterizan una cul­tu­ra (neolítica, edad de hierro, ol­me­ca, cretense, purépecha, comechingona —esta última habitaba el cor­dón montañoso compartido por las actuales pro­vincias argentinas de Córdoba y San Luis), destacan si conocían la rueda, forjaban el bronce, registraban el paso de tal o cual cometa, cultivaban maíz o eran polígamos; en cambio, cuando las revistas culturales hoy se refieren a las actuales de la Ciudad de México, Monterrey o Nayarit, se restringen a las artesanías, las corrientes literarias, las escuelas pictóricas y los bailes fol­kló­­ri­cos. ¡Si por lo menos captaran el desolador papel que nos atribuyen autores como Richard Rosencrance, quien en su The Rise of the Virtual State divide a las naciones actuales en “países cabezas” y “países manos”! Para peor, dicho autor comenta que el avasallador pro­ce­so de robotización va permitiendo que el Primer Mundo prescinda incluso de las manos de nuestros obreros. ¿Qué interpretarán los directores de nuestras cultas revistas de hoy día, cuando pasan por una case­ta de cobro y constatan que un operario toma el di­­ne­ro del automovilista y lo arroja en el embudo de una má­qui­na totalmente au­to­mática (no diseñada ni construida en México) que levanta la barrera?

Si no se avanza se retrocede

México no tiene ciencia como Francia, pero tampoco carece de ella como Costa de Marfil. Justamente, por eso en 1976 tenía los recursos humanos con que lanzarse a crear las bases de la ciencia nacional, circunstancia que encendió mi entusiasmo por integrarme a la comunidad científica mexicana. ¿Desapareció aquella comunidad?, ¡no!, muy por el contrario, hoy los investigadores mexicanos publican sus artículos en las mejores revistas del mundo, integran los claustros profesorales de las universidades más importantes del planeta y ganan todo tipo de premios. Para compararse, nuestros empresarios deberían producir automóviles, aviones y cámaras capaces de competir en el mercado internacional con los Mercedes, Boeing y Nikon. ¿Por qué se achaparraron entonces?, ¿qué los desanima?

La ciencia tiene una epistemología (cómo y qué se hace para conocer), una práctica profesional (las que le enseñamos a nuestros estudiantes de doctorado) y una sociología (cómo trabaja un investigador y su equipo, cómo se relaciona con las instituciones y sus colegas, cómo publica y ensambla sus métodos y avances con los de la comunidad internacional). Pero el analfabetismo científico ha trastocado esas normas. Por ejemplo, si graficamos la producción de los grandes científicos (Galileo, Newton, Darwin, Einstein, Watson, Crick, Monod) en función del tiempo, veremos que en ningún caso dibujan una recta continua. Por eso la tendencia a obligar a nuestra comunidad a obedecer normas administrativas forjadas para regular la producción y el comercio de muebles y salchichas, está causando estragos. Se obliga a que el investigador produzca resultados y teorías con una regularidad que es ajena a la ciencia. Se le disuade de embarcarse en tareas creativas y de envergadura, y se le obliga a optar por proyectos triviales y repetitivos, todo para asegurarse de que cumplirá con el administrador.

Si hay algo que realmente depende de la creatividad, el ­descubrimiento y lo inesperado, es la investigación científica. Pero hoy se obliga al profesional de la ciencia a especificar en su solicitud qué va a hacer en el tercer trimestre del segundo año, como si dijera “ha­cer un ropero me lleva tres días, por lo tanto para hacer doscientos…”. Es más, estoy tentado a afirmar que si alguien realmente satisface esos requisitos de las solicitudes, no se le debería otorgar un donativo, pues se propone hacer una ciencia chata, sin calidad, “barredora de rincones”, como lo diagnosticó la insigne socióloga Larissa Adler. Esta práctica desentusiasma y arruina.

Estoy vehementemente en favor de que se evalúe la labor y el desempeño de los investigadores, aunque sea sólo porque la sociedad tiene dere­cho a saber en qué se emplea el dinero que nos otorga como sueldo, donativos, becas, etcétera. ¿Pero por qué no hay crédito científico? Por ejemplo, si un investigador viene produciendo aceptablemente durante los últimos quince años ¿no podría extrapolarse el dinero que viene gastando, dárselo como crédito por un par de años y permitir que rinda cuentas (científicas y económicas) a posteriori? Los donativos se deberían dejar para gastos no rutinarios, aparatos costosos, proyectos de envergadura y costo excepcional, no para encerrar en oficinas a los investigadores que solicitan y a otros que los tienen que evaluar y dictaminar a priori. El no contar con la con­fianza de la sociedad para hacer ciencia (confianza que sí le tiene pa­ra comprar camisas y lavarropas), también malgasta y deprime.

Veamos otro ejemplo. La labor cien­tí­fi­ca exige la participación de técni­cos. Los investigadores detectan y se­lec­cio­nan personas con talentos y ha­­bi­li­da­des especiales para ­cultivar neuronas, manejar un microscopio electrónico, analizar una pieza arqueológica, monitorear un volcán. Pero hoy esas personas se rigen por normas y escalafones pactados entre dirigentes sindicales y administradores, ambos analfabetas científicos, a veces con el único propósito y con toda la premura de que se levante una huelga. Ya no podemos seleccionar, adiestrar (cursos de actualización ad hoc) y promover a nuestros técnicos. La catalogación de actividades los está forzando a cumplir con cierta tarea y cierto horario, no con cier­to propósito. Al usar sus manos pero no sus cerebros estamos hundiendo a esas personas en una injusta mediocridad. Además, si un avión no puede volar hoy porque el piloto está de vacaciones, mañana tampoco porque, si bien ya regresó el piloto, ahora está de vacaciones el mecánico… se transformaría en el avión más ineficiente y costoso del mundo. Análogamente, al aceptar que en lugar de sueldos dignos se los retribuya con más días de asueto, horarios móviles, vacaciones distribuibles a lo largo de todo el año, se está imposibilitando la labor interdisciplinaria y en equipo que hoy resulta imprescindible en las tareas científicas de todo el mundo. Repito, el analfabetismo científico, al obligar a la comunidad científica mexicana a regirse por normas administrativas e imposibilitar que se maneje con la epistemología, sociología y prácticas inherentes a nuestra profesión, está achatando nuestra labor, haciendo de­sa­parecer la calidad científica.

Sería innecesario recalcar la necesidad de que se emprenda una campaña para que todo mexicano sepa leer y escribir, es decir, para combatir el anal­fa­be­tis­mo común. En cambio, re­sulta muy difícil que se entienda nuestra recomendación de que se debe diseñar y emprender una urgente campaña nacional contra el analfabetismo científico. Para propiciar este tipo de campañas me atrevo a escribir artículos como éste.

Sería muy dilatado bosquejar aquí las características de dicha campaña, pues implica desde cambios en la orientación de la escuela primaria, hasta convencer al Estado de que ya no quedan funciones sociales que no dependan de la ciencia y la tecnología, y por lo tanto urge que aprenda qué es la ciencia y qué puede esperar de ella nuestra sociedad, así como la capacitación del empresario para que se ponga rápidamente en condiciones de promover y usar el conocimiento.

La culpa es de nosotros

Por años hemos venido quejándonos de que el gobierno en turno no nos quie­re, no nos apoya, no nos escucha. Lo vemos exigir tercamente que hagamos ciencia aplicada y no perdamos el tiempo en ciencia básica, y dificul­tarnos el ensayar una vacuna en una rata antes de aplicarla a nuestros niños, mientras permite torturar animales por puro placer en corridas de toros y peleas de gallos. Pero hemos sido injustos pues, como he tratado de señalar aquí, para el analfabeta científico la ciencia y la necesidad de desarrollarla y usarla en toda tarea (social, industrial, sanitaria, comunicativa, agraria) son invisibles. Debemos convencernos de que nuestros gobiernos son simplemente analfabetas científicos. Pero entonces el camino no es la queja sistemática y amarga, sino la alfabetización científica llevada a ca­bo con todo respeto, sin denostar ni humillar. A la humanidad le ha llevado milenios diseñar la ciencia moderna ¿De dónde surge entonces nuestro tupé de esperar que un funcionario se convierta de la noche a la mañana en una persona con una visión del mun­do “a la científica”? ¿Por qué esperamos que, como por arte de magia, se­pa que no se puede hacer ciencia apli­ca­da sin desarrollar primero una ciencia básica? En suma, ¿cómo no nos hemos percatado de que no está en juego la maldad ni la necedad sino, simplemente, un tremendo analfabetismo científico?

Mientras la comunidad científica no discuta y diseñe la manera de alfabetizar urgentemente a nuestra sociedad y, sobre todo, a nuestro Estado y a nuestros líderes culturales, seguiremos asemejando a aquellos infortunados que, en plena Edad Media, trataban de evitar la peste negra a rebencazos, quemando ancianas dementes, incendiando juderías. Por otra parte, si los intelectuales no entendemos que, aunque tengan una manera arcaica e ineficiente de interpretar la realidad, las religiones siguen siendo necesarias para satisfacer necesidades emocionales de la humanidad de las que la ciencia (todavía) no está capacitada para hacerse cargo, seguiremos en un tironeo obcecado y dañino.
Marcelino Cereijido
Centro de Investigación y Estudios Avanzados, Instituto Polítécnico Nacional.
Marcelino Cereijido es médico y Doctor en fisiología, es profesor de fisiología celular y molecular en el Cinvestav. Se ha especializado en fenómenos de membranas celulares, interacciones celulares y diferenciación. Ha escrito diversos artículos y libros especializados así como ensayos.
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como citar este artículo

Cereijido, Marcelino. (2007). mil 1976-2006 ¿qué demonios le sucede a la ciencia mexicana? Ciencias 86, abril-junio, 38-46. [En línea]
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del herbario  
El chaparro amargoso, ¿atrapado sin salida?
 
 
Marleth Mendoza Orozco y Héctor Godínez Álvarez
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Atrapado sin salida es una película en la que un preso finge estar loco para ser ­trasladado a una institución para enfermos mentales y así evitar permanecer en la cárcel. En dicha institución, el preso sigue actuando como loco y junto con sus compañeros causa problemas de disciplina, por lo que es considerado un “enfermo mental peligroso” y es sometido a severos tratamientos, como choques eléctricos, e inclusive una lobotomía, lo cual termina causándole problemas mentales verdaderos. En el contexto de esta película, la supuesta locura del preso le permitió obtener un beneficio ya que pudo evitar la cárcel. Sin embargo, esta misma locura fue posteriormente la causa de sus desgracias. Así, algo que es ventajoso en ciertos aspectos, puede resultar desventajoso en otros. Una situación similar a ésta podría estar ocurriendo con la planta Castela tortuosa, conocida como chaparro amargoso, un arbusto de la familia Simaroubaceae, que se encuentra en los estados de Chihuahua, Coahuila, Durango, Nuevo León, Oaxaca, San Luis Potosí, Tamaulipas y Puebla.
 
Castela tortuosa presenta en su tallo, hojas, flores y frutos una gran variedad de compuestos secundarios —derivados del metabolismo primario de las plantas— como alcaloides, fenoles y terpenos, los cuales le confieren un sabor amargo (ver cuadro 1).
FIG1
Debido a tales compuestos secundarios, esta planta ha sido ampliamente utilizada en el tratamiento de diversas enfermedades, como la amibiasis, la diabetes, la diarrea, la disentería y la tricomoniasis. Los compuestos secundarios cumplen diversas funciones en las plantas, entre las que se encuentran la protección contra depredadores, la coloración de flores y frutos, y la inhibición a su alrededor de la germinación y crecimiento de individuos de otras especies de plantas. La protección contra depredadores es una de las funciones más importantes, ya que se ha demostrado que la presencia de terpenos y algunos fenoles, como los flavonoides y los taninos, inhiben el consumo de estructuras vegetativas y reproductivas por animales vertebrados e invertebrados. Sin embargo, la presencia de estos compuestos también puede inhibir el acercamiento de otras especies de animales que podrían proporcionar beneficios a las plantas, como los polinizadores y los dispersores de semillas. Así, una característica que representa una ventaja en contra de la depredación, puede resultar una desventaja en otros procesos relacionados con la reproducción de las plantas.
 
En el caso del chaparro amargoso, las observaciones de campo realizadas en la región semiárida del Valle de Zapotilán Salinas, en el estado de Puebla, sugieren que la incidencia de daño en sus hojas, flores y frutos es relativamente baja. El único daño observado hasta el momento es el provocado a las semillas por algunos insectos, el cual puede ser de alrededor de entre 10 y 13 por ciento. Castela tortuosa produce frutos de color rojo brillante, que contienen una sola semilla y cuya pulpa está constituida por proteínas (en 4%), lípidos (de 27 a 29%) y carbohidratos (de 56 a 59%). Presenta dos periodos de fructificación, uno de febrero a junio y otro de septiembre a noviembre. Todas estas características sugieren que los frutos del chaparro amargoso son llamativos, ofrecen recompensas y están disponibles prácticamente durante todo el año, por lo que podrían ser consumidos por distintos grupos de animales como aves y mamíferos. No obstante lo anterior, las observaciones realizadas sobre la conducta de forrajeo de veintinueve especies de aves muestran que ninguna de ellas visita el chaparro amargoso para alimentarse de sus frutos.
 
La persistencia de los frutos en las plantas por periodos prolongados, en ocasiones de hasta varios años, y la presencia de cubiertas gruesas en las semillas de la especie Castela emoryi, una especie estrechamente relacionada con C. tortuosa, han sido interpretadas como adaptaciones para la dispersión por herbívoros vertebrados de gran tamaño, como camellos, caballos y burros. En el Valle de Zapotitlán Salinas, los frutos del chaparro amargoso aparentemente no son consumidos por ninguna especie de ganado doméstico; los únicos animales registrados hasta el momento como consumidores de los frutos son mamíferos carnívoros como zorras, coyotes y cacomixtles, en cuyas excretas se han encontrado semillas hasta por cuatro meses
consecutivos. Sin embargo, el consumo de los frutos por los carnívoros aparentemente no incrementa la germinación de las semillas en comparación con las semillas directamente extraídas de los frutos. Esta condición es especialmente significativa si con­sideramos que la ­germinación de las semillas obtenidas de frutos frescos es muy baja (menor a 10%), y que ningún tratamiento experimental, como el almacenamiento y la adición de ácido giberélico, incrementa la proporción de semillas germinadas. Además de lo anterior, los experimentos realizados en campo para analizar la supervivencia de las plántulas en sitios ubicados debajo de plantas de C. tortuosa y en sitios sin ninguna cubierta vegetal muestran que las plántulas sólo permanecen vivas alrededor de quince días. La baja germinación de las semillas y de la supervivencia de las plántulas podría estar relacionada con la presencia de compuestos secundarios.
 
De manera similar al preso que finge estar loco para evitar permanecer en la cárcel, el chaparro amargoso parece encontrarse en una situación en donde la presencia de compuestos secundarios le proporciona una ventaja, ya que le permite evadir a sus enemigos naturales; sin embargo, la presencia de estos mismos compuestos secundarios podría afectarle negativamente, ya que, aparentemente, impide procesos como el consumo de los frutos y la dispersión de las semillas. De acuerdo con nuestras observaciones, la presencia de los compuestos secundarios podría inclusive estar afectando la germinación de las semillas y la supervivencia de las plántulas. Si esto es cierto, entonces valdría la pena preguntarse si el chaparro amargoso está atrapado sin salida y condenado a la desaparición de sus poblaciones. Sin duda alguna, esta interrogante representa un reto científico interesante que debe ser abordado desde distintas perspectivas para así obtener una respuesta satisfactoria.
Marleth Mendoza Orozco y Héctor Godínez Álvarez
Facultad de Estudios Superiores Iztacala,
Universidad Nacional Autónoma de México.
Herrera, C. M. 1982. “Defense of ripe fruit from pests: its significance in relation to plant-dispserser interactions”, en The American Naturalist, vol. 120, núm. 2, pp. 218-241.
Mendoza, O. M. 2006. Características demográficas de Castela tortuosa Liebm. en dos terrazas aluviales con distinto grado de deterioro en el Valle de Zapotitlán de las Salinas, Puebla. Tesis profesional, fes Iztacala, unam.
Sanders, C. A. 1998. “Crucifixion thorn. Castela emoryi (Gray) Moran and Felger (Holacantha emoryi)”, en www.ca.blm.gov.
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como citar este artículo

Mendoza Orozco, Marleth y Godínez Álvarez, Héctor. (2007). El chaparro amargoso, ¿atrapado sin salida? Ciencias 86, abril-junio, 34-36. [En línea]
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Émilie de Breteuil, Marquesa du Châtelet, científica del Siglo de la Luces
En este texto se reseña la vida y obra de Émilie de Breteuil, Marquesa du Châtelet (1706-1749), a quien se puede considerar como la primera mujer científica de la era moderna. Amiga de Voltaire y otras notables figuras del Siglo de las Luces, contribuyó decisivamente a introducir la física newtoniana en Francia. A ella se debe la única traducción al francés de los Principia de Newton.
Shahen Hacyan
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Me llamas a ti, vasto y potente genio,
Minerva de Francia, inmortal Émilie.
Me despierto a tu voz, camino en tu claridad, sobre los pasos de las
virtudes y la verdad.
Voltaire
 
Hace tres siglos, el 17 de diciembre de 1706, nació Gabrielle Émilie Le Tonnelier de Breteuil, quien habría de convertirse en una de las primeras mujeres científicas de la era moderna. Su padre, un aristócrata francés, se encargó de proporcionarle una educación amplia y esmerada: además de esgrima y gimnasia, recibió clases de matemáticas y física, y estudió varios idiomas, llegando a dominar perfectamente el latín, el inglés y el italiano.
 
En 1725 fue casada con el Marqués du Châtelet, un aristócrata provinciano y oficial del ejército francés, con quien Émilie procreó cuatro hijos, de los cuales les sobrevivieron dos. Como no faltaban las guerras en esos tiempos, el Marqués pasaba largas temporadas en el frente de batalla, mientras su esposa frecuentaba la Corte de Versalles, cuyo ambiente lujoso y mundano disfrutaba plenamente. Allí se hizo de muchos amigos y no pocos amantes, como era costumbre entonces; además, se apasionó por los juegos de azar, lo cual le acarreó serios problemas financieros durante su vida. Pero su verdadera vocación fue la filosofía natural, a la que contribuyó en forma destacada.

Dos décadas antes del nacimiento de Émilie, el gran ­sabio inglés Isaac Newton había publicado, en latín, los Principia Mathematica. Esta obra marcó el inicio de la física como una ciencia exacta al mostrar cómo la naturaleza obedece leyes matemáticas precisas y bien establecidas. Así, su autor lograba describir con exactitud el movimiento de los planetas a partir de una ley universal de la gravitación. Sin embargo, a pesar de sus éxitos evidentes, la física de Newton encontró bastante resistencia en la vieja escuela científica del continente europeo, que se preocupaba más por una explicación mecánica de la gravedad que por una descripción cuantitativa precisa de los fe­nómenos naturales; la principal crítica contra el autor de los Principia era que estaba introduciendo una misteriosa “acción a distancia” entre los cuerpos gravitantes. Todavía, en esos tiempos, la mayoría de los sabios franceses seguían aferrados a la física de Descartes, con sus torbellinos cósmicos que arrastran los planetas, sus materias sutiles y den­sas, y sus partículas que se enganchan unas a otras.

Alrededor de 1725, el gran literato francés Voltaire, uno de los máximos exponentes del Siglo de las Luces, visitó Inglaterra y residió allí cerca de tres años. Si bien no llegó a conocer personalmente a Newton, le tocó asistir a su fu­neral y, según su propio relato, quedó hondamente impresionado por el hecho de que Inglaterra, a diferencia de su propia patria, honrara a sus sabios y los enterrara con honores dignos de un rey. Voltaire no entendía de matemáticas, pero intuyó la importancia de la obra de Newton y se propuso divulgarla en Francia con la ayuda de sus amigos científicos y en contra de los cartesianos de la vieja guardia. Para fortuna suya y del desarrollo posterior de la física, el destino hizo que se encontrara con la Marquesa du Châtelet.

Émilie y Voltaire se conocieron en 1733 en una función de ópera y, de inmediato, surgió el gran amor entre ellos. Voltaire tenía entonces treinta y ocho años y una merecida fama de poeta y filósofo. Ella, por esas fechas, tomaba clases de matemáticas con Maupertuis, sabio renombrado —había medido la curvatura de la Tierra— y galán de la corte de Versalles. Émilie no fue ajena a sus encantos, pero lo dejó por Voltaire, quien habría de convertirse en el compañero de su vida.
Voltaire era bien conocido como pensador iluminado, pero su sarcasmo implacable le había ocasionado demasiados enemigos entre los poderosos. Por ello, Émilie juzgó prudente alejarlo de París y llevárselo a vivir al castillo que su esposo poseía en Cirey, en la provincia de Lorena. Allí permanecieron los siguientes diez años, salvo breves estancias en París y algunos viajes al extranjero. El Marqués du Châtelet, en pleno receso de las guerras, se les unió y, al parecer, no tenía inconveniente en compartir su residencia con tan distinguido amigo de su esposa.

Durante ese periodo en Cirey, Voltaire escribó los Elementos de la filosofía de Newton con el propósito de divulgar la nueva ciencia en Francia; la obra fue publicada bajo su nombre, pero en el prefacio reconocía explícitamente que había sido escrita en colaboración con la Marquesa du Châtelet. A su vez, Madame Newton-Pompon, como la llamaba cariñosamente Voltaire, escribió su primera obra científica, Disertación sobre el fuego, con la que participó en un concurso de la Academia Francesa y ganó una mención honorífica. Siguió la Institución de Física, en donde expuso la filosofía de Leibniz, dedicando los últimos capítulos a la conservación de la “fuerza viva”, un concepto inventado por el filósofo alemán para refutar las ideas cartesianas del movimiento.

En contra de Descartes, para quien la cantidad de movimiento debía conservarse, Leibniz había señalado que se conserva más bien la fuerza viva, que definió como el producto de la masa por el cuadrado de la velocidad. En lenguaje moderno se trata de la energía cinética (salvo por un factor de 1–2  ), que efectivamente se conserva en los choques de partículas. Hay que aclarar, sin embargo, que el concepto de energía es muy posterior en la física —apareció durante la segunda mitad del siglo xix— y que en la época de Leibniz no estaba todavía bien establecido qué se entendía por fuerza. Newton había definido la vis (traducido como fuerza) como el cambio en la cantidad de movimiento. En su libro, la Marquesa du Châtelet seguía la tradición leibniziana y distinguía entre las “fuerzas muertas”, aquellas como la presión contra una pared, que no producen movimientos, y las “fuerzas vivas”, que sí los producen. El hecho es que los viejos académicos franceses, cartesianos todos, rechazaban la tesis de Leibniz y, en consecuencia, también criticaron la obra de la Marquesa.

Émilie escribió, asimismo, un Discurso sobre la Felicidad que, por instrucciones suyas, fue publicado póstumamente. En ese libro exponía su propia filosofía: el fin de la vida es la felicidad, y ésta se alcanza por medio de la ilusión y la pasión; la ilusión actúa sobre el alma para producir emociones y las pasiones dan sentido a la vida, siendo el amor, por supuesto, la reina de las pasiones.

Después de sus incursiones en la física, la Marquesa du Châtelet se propuso traducir al francés los Principia de Newton, una ambiciosa empresa para la cual estaba muy bien preparada, gracias a sus excelentes conocimientos de latín y geometría. Con ello esperaba familiarizar a sus compatriotas científicos con la obra del gran inglés.

En 1744, Voltaire decidió regresar a París, mientras Émilie alternaba entre Cirey y la Corte de Versalles. Por esa misma época, las relaciones entre los dos pasaron por una grave crisis, debido en parte a las deudas contraídas por la Marquesa en el juego, que Voltaire tenía que cubrir, pero principalmente porque el poeta se había enamorado de una sobrina suya que acababa de quedarse viuda en plena juventud. Émilie decidió entonces trasladarse a la corte del depuesto rey Estanislao de Polonia, quien se había establecido en la Lorena, provincia que su yerno, el rey de Francia, le había concedido como consolación. Fue allí donde Émilie volvió a enamorarse, quizás por despecho, de un mediocre galán de corte, un tal Saint-Lambert, que tenía pretensiones de poeta. Pero su nuevo amor propició una tragedia: quedó encinta a los cuarenta y dos años.

A principios de 1749 regresó grávida a París, acompañando al rey Estanislao. Durante todo ese tiempo trabajó frenéticamente en la traducción de los Principia de Newton, sabiendo que tenía pocas probabilidades de sobrevivir a un parto dada su edad y las condiciones sanitarias de su época; cuentan que no solía dormir más de dos horas al día. Al mismo tiempo, el fuego de la pasión la consumía: se conservan más de ochenta cartas que escribió a su amado en Lorena, a las que éste contestaba de vez en cuando sin mucha inspiración.

En agosto de 1749, la Marquesa regresó a Lorena y dio a luz una niña. Tal como se temía, contrajo una fiebre puerperal que la condujo a la muerte la noche del 10 de septiembre. Alrededor de su lecho de muerte estaban reunidos Voltaire, Saint-Lambert y su marido el Marqués; Voltaire, agobiado, maldecía a gritos a Saint-Lambert: “¡Usted me la mató!” Ese mismo día, en la mañana, Émilie había terminado la traducción de los Principia.

La versión en francés de los Principia fue publicada póstumamente en 1759 y es, hasta la fecha, la única traducción aceptada en ese idioma. Sirvió de fuente de inspiración para los físicos y matemáticos franceses de la segunda mitad del siglo XVIII. Mientras sus colegas ingleses se empantanaban en las demostraciones geométricas del gran Newton, los continentales desarrollaron la física en una versión basada en el cálculo diferencial, culminando en la magistral Mecánica analítica de Lagrange y la Mecánica celeste de su discípulo Laplace.

La misma Émilie escribió a guisa de apéndice a su traducción, en colaboración con Clairaut, uno de sus tutores científicos, un largo comentario en el que atacaba diversos problemas de física, como la forma de los cuerpos rotantes, el origen de las mareas y la refracción de la luz. La edición original está precedida de un prefacio de Voltaire que empieza así: “Esta traducción, que los más sabios hombres de Francia deberían haber hecho y los demás tienen que estudiar, una mujer la emprendió y la concluyó para asombro y gloria de su país”. Y que termina diciendo: ”Así como debemos maravillarnos de que una mujer haya sido capaz de una empresa que demandaba tantas luces y un trabajo tan obstinado, así debemos lamentar su pérdida prematura”.
Shahen Hacyan
Instituto de Física,
Universidad Nacional Autónoma de México.
Re­fe­ren­cias bi­blio­grá­fi­cas

Du Châtelet, Mme. Discours sur le bonheur (edición crítica y comentada por Robert Mauzi). Les Belles Lettres, París, 1961.
Vaillot, René. 1978. Madame du Châtelet. Albin Michel, París.
Badinter, Elisabeth. 1983. Émilie, Émilie. Flammarion, París.
Mitford, Nancy. 1999. Voltaire in love. Carroll & Graff Pub., Nueva York.
Hacyan, Shahen. 2002. “El prefacio de Voltaire a la traducción francesa de los Principia”, en Boletín de la Sociedad Mexicana de Física, octubre-diciembre 2002.
Shahen Hacyan es físico por la Facultad de Ciencias de la unam y Doctor en Filosofía por la Universidad de Sussex, Inglaterra. Actualmente es investigador del Instituto de Física de la unam, donde se dedica a la física cuántica. Es autor de varios libros de divulgación científica y escribe la columna Aleph Cero en el diario Reforma.
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como citar este artículo

Hacyan, Shahen. (2007). Émilie de Breteuil, Marquesa du Châtelet, científica del Siglo de las Luces. Ciencias 86, abril-junio, 4-8. [En línea]
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Entre Dr. Jekyll y Mr. Hyde, de asimetrías y simetrías en la comunicación de la ciencia
El autor hace una crítica a la divulgación de la ciencia vista como una actividad ligada al progreso y el bienestar de la humanidad; propone una comunicación de la ciencia que permita llevar a cabo un ejercicio de discusión crítico, en donde la ciencia sea vista como una actividad social, algo necesario en una sociedad democrática.
César Carrillo Trueba
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“Nací en el año de 18**, he­re­de­ro de una gran fortuna, dotado con excelentes cualidades; mi naturaleza me inducía al trabajo, estimaba mucho la consideración de aquellos de mis compañeros que me parecían prudentes y buenos, en una palabra, hasta donde era posible creer­lo, poseía las condiciones ne­ce­sa­rias para tener un porvenir hon­ro­so y distinguido. En realidad, el peor de mis defectos era una tendencia excesiva hacia la diversión, lo que causa el júbilo en otros, pero difícil de conciliar con mi vivo deseo de llevar la frente alta y afectar en público un actitud más seria de la que generalmente tienen los otros hombres. De ahí resultó que comencé a ocultar mis diversiones y placeres, y cuando llegué a la edad en que se piensa y reflexiona, empecé a mirar a mi alrededor y a considerar la próspera posición que ocupaba en el mundo. Me sentí ya destinado a una profunda duplicidad en mi mane­ra de vivir. Más de uno hubiera tenido a gloria las irregularidades de que era yo culpable, pero desde el alto punto de vista en el cual me había colocado, las miraba y las ocultaba con una sensación de vergüenza casi mórbida. De modo que fue más bien la naturaleza exigente de mis aspiraciones y no ninguna clase de degradación particular en mis faltas, lo que me llevó a ser cuanto fui, lo que con un surco más hondo del que ordinariamente existe para la mayor parte de los hombres, dividió en dos, en mi ser, aquellas potencias del bien y del mal, que dividen y forman el dualismo de la naturaleza humana”. Así inicia su confesión el Dr. Jekyll —personaje de la ­novela de Robert ­Louis Stevenson—, en ­don­de cuenta cómo llegó a lograr una to­tal división de su persona en dos se­res completamente opuestos: uno ama­ble, educado, respetable y eminentemente moral; el otro, librado a sus más profundos instintos, a la más obscura maldad, sin límite alguno. Dr. Jekyll y Mr. Hyde, el día y la noche, el bien y el mal absolutos.
 
Una separación similar es la que ha caracterizado a la ciencia contemporánea desde sus primeras edades, al ser cubierta por un aureola que ha hecho de ella una institución intrínsecamente benéfica, positiva, cuyos pro­duc­tos —todos y cada uno de los conocimientos engendrados por ella, los innumerables artefactos tecnológicos— tienen como fin el mejoramiento de la vida de los seres humanos, el progreso de la humanidad. Dicha aureo­la ha hecho de ella una actividad por encima de todo interés político, ideológico, político, económico, nacio­nal, es decir, neutra y ajena al contexto social; y de quienes se dedican a ella, personas incapaces de hacer el mal, que al igual que el Dr. Jekyll —quien ­“llevaba en el rostro el resplandeciente sello del bien”—, viven por el bien y para el bien de la humanidad y no para su beneficio personal ni el de grupo alguno, lejos de ambiciones y bajas pasiones.
 
Y así como sucede en la novela de Stevenson, cuando algo malo resulta de la actividad científica es inmediatamente atribuido a un elemento exterior a ella, ya sea una mala utilización, una desviación del curso normal del desarrollo científico y tecnológico, un complot, el interés económico de una empresa, el resentimiento o las ambiciones desmedidas de algún científico
o la pérdida de control de un proce­so que mejor no debería haber inten­ta­do dominar. Es el mal en estado pu­ro, Mr. Hyde mismo —“tenía escrito sobre su cara en gruesos e inconfundibles caracteres el sello de la maldad [al pun­to que] nadie podía aproximárseme sin experimentar inmediatamente un estremecimiento visible en todo su cuer­po […] era puramente malo, sin mezcla ninguna”.
 
Por distintas razones —que van des­de la imagen que se ha construido en torno a la figura del científico, plasmada en historietas, películas y novelas, hasta la existencia de grandes laboratorios donde se trabaja en el diseño de armas bacteriológicas, atómicas y químicas, como el napalm usado en Vietnam, lo cual alimenta dicho imaginario social— esta dicotomía se ha mantenido durante largo tiempo y pre­valece en la actualidad en buena parte de los medios de comunicación. Cada nuevo conocimiento que produce la ciencia —el descubrimiento de una nueva galaxia, de una nueva partícula, la resolución del Teorema de Fermat— es presentado como algo bueno en sí, al igual que toda nueva tecnología y los productos que de ella derivan —por lo que cada vez es más difícil distinguir entre la noticia y el anuncio cuando nos hablan de cómo se concibió, por ejemplo, un nuevo monitor de plasma o una nueva molécula para un medicamento. Es decir, de la ciencia sólo se puede esperar algo bueno, tenga o no aplicaciones prácticas, se entienda o no el aporte para la comprensión del mundo, se ­sepa o no el impacto que pueda tener en la sociedad, sus posibles repercusiones, etcétera. Toda noticia científica es una buena noticia.

Sin embargo, cuando se presentan al­gún aspecto negativo de esta actividad, generalmente se ve como un caso anormal, y con frecuencia llega a ser manejado en un tono amarillista. Así, el fraude cometido por un científico coreano es resultado de su ambición, los intentos de un científico italiano por clonar un ser humano son pura lo­cu­ra, el enriquecimiento de uranio en
Irán es otro complot islámico, y los efec­tos dañinos de un medicamento son la consecuencia de la mercantilización de las compañías farmacéutica que ya no son como antes, cuando se inventó la maravillosa aspirina. El común denominador es la anormalidad de estos acontecimientos, la desviación del sendero del bien-para-la-humanidad que sigue normalmente la ciencia.
 
La comunicación de la ciencia, la divulgación científica, ha seguido, en su gran mayoría, una pauta similar, dedicándose a enaltecer el lado positivo de esta actividad en un afán de convencer a la sociedad de las bon­dades y maravillas de la ciencia, de su importancia para la humanidad, para el progreso de ésta y el mejoramiento del mundo, encarnando así la faceta Dr. Jekyll. Poco habla de las “anomalías” de la ciencia —pues acostumbra mantenerse discreta al respecto para no afectar su intachable imagen—, y cuando lo hace, suele recurrir a Mr. Hyde. Su contraparte la constituyen los críticos más radicales de la ciencia, para quienes toda nueva tecnolo­gía, toda nueva línea de investigación, anuncia siempre catástrofes múltiples y resultan de complots e intereses ocul­tos, viendo en todo aquello que produce la ciencia el rostro de Mr. Hyde; y cuando se trata de algo a lo que no pueden adjudicar daño alguno, se man­tie­nen recelosos, con la idea de que el Dr. Jekyll no es más que una fachada para engañar.

La pregunta es, ¿cómo salir de es­ta dicotomía?, ¿cómo lograr dar cuen­ta de ambas facetas empleando los mismos procesos, las mismas condiciones iniciales?, ¿cómo revertir esta asimetría? Tal vez un poco de historia nos ayude a aclarar las cosas.

El orden divino y la razón

A pesar de la imagen que se ha forjado del nacimiento de la ciencia contemporánea, el Renacimiento como escenario, en donde se libra una lucha entre ciencia y religión, una verdadera ruptura con el oscurantismo de la Edad Media, inmortalizada en momentos como la condena de Giordano Bruno a morir en la hoguera o el juicio de Galileo ante el Tribunal del Santo Oficio, prácticamente todos los científicos de esa época —y de las subsecuentes—, eran religiosos, y no pocos incluían en sus trabajos consideraciones propias de todo creyente —los textos de Newton, Boyle y Descartes, por citar sólo algunos, contienen numerosas alusiones a este ti­po de asuntos. De hecho, co­mo lo han señalado algunos historiadores, el primer movimiento que impulsó una serie de cambios en la manera de abordar el conoci­miento de la naturaleza pro­viene del interior de la misma Iglesia y remonta al siglo xii —aunque aparecen algunos rasgos desde antes y continúa en el siglo xiii. En esa época, en varias regiones de Europa, con el desarrollo de las ciudades aparecen los primeros grupos de intelectuales que, pertenecientes al clero o educados en su seno, pero agrupados como un gremio y labo­rando en las primeras universi­dades, impugnan el enfoque tradicional de estudiar la naturaleza.

Las repercusiones de este movimiento no llevaron ciertamente de manera directa al Renacimiento, pero proporcionaron un fuerte impulso a la discusión de una serie de puntos que fueron fundamentales para su génesis e imprimieron en la mentalidad y la vida de los habitantes de las ciudades europeas ideas y actitudes que constituyeron la base social, política y económica de éste, y que formaron parte de la consolidación de lo que es la ciencia contemporánea durante los siglos xvi y xvii, esta vez bajo el impulso de la Reforma, del protestantismo, de la ética puritana que la sostuvo y con ella se desarrolló.
 
Sin embargo, el afán de los protagonistas del Renacimiento, en especial de los científicos, por deslindarse de la manera tradicional de estudiar la naturaleza hizo que se generara una imagen muy negativa de la Edad Media. Galileo habla de “nuevas ciencias”, Kepler de “nueva astronomía”, Francis Bacon escribe un Novum Organum —en referencia al Organon escri­to por Aristóteles—, alimentando así con nuevos contenidos la polémica entre “modernos” y “antiguos”, y reavivándola, ya que todas estas propuestas conformaban po­co a poco una nueva filosofía natural que iba en contra de la escolástica, basada en la obra de Aristóteles y, en campos más definidos, en la de autores como Ptolomeo y Galeno, que habían sido reinterpretados a lo largo del tiempo por numerosos teólogos. Y aun­que las nuevas ciencias no pre­tendían excluir la acción divina, no siem­pre fueron bien recibidas por las autoridades religiosas, ya que, como lo explica Steven Shapin, al criticar los cálculos de Ptolomeo, por ejemplo, se atacaba de facto las Escrituras mismas, debido a la amalgama existente entre la interpretación de la Biblia y los trabajos del astrónomo egipcio. Fue lo que sucedió a Galileo.

Sin embargo, no ocurrió lo mismo en otras partes de Europa, en donde se abrieron espacios para el desarrollo de los nuevos enfoques y las intenciones de sus autores de contribuir a una mejor interpretación de las obras de Dios, de “respaldar y diseminar las creencias religiosas cristianas”, ganando así credibilidad y legitimidad. El conflicto no podía ser contra la religión, ya que, como lo sostiene Shapin, “era una época profundamente religiosa y las instituciones religiosas, en todos los países europeos, ejercían un poder secular enorme, tanto por derecho propio como en calidad de asociadas del Estado. Ninguna tendencia cultural nueva que fuera considerada como una amenaza a la religión podía abrigar la esperanza de institucionalizarse”.
Aun así fue necesario vencer la re­­sis­ten­cia del clero tradicional e ir ganando, palmo a palmo, una mayor li­ber­tad de pensamiento y acción. En ello la Reforma tuvo un papel preponderante, ya que, al separarse una fracción de la Iglesia —dando origen al Protestantismo— se libró del poder central, y consiguió para una vasta región de Europa las condiciones para el desarrollo de la nueva mentalidad que se esbozaba principalmente en las ciudades. La separación cimbró a tal punto el poder papal y del alto clero, que también tuvo efectos benéficos para los sectores que impulsaban un cambio de mentalidad en las regiones bajo control católico.

En la pugna por una nueva filosofía natural, uno de los primeros puntos a establecer fue la existencia de un orden en la naturaleza, condición indispensable para poder sostener la posibilidad de conocerla y combatir la idea de que el mundo estaba en declive —de lo cual se desprendía que los antiguos fueron mejores que los modernos. Esta cuestión no era trivial, ya que implicaba atentar contra la Divina Providencia y su constante intervención en los asuntos terrenales. John Bury sintetiza estas preocupaciones al parafrasear los argumentos de Louis Le Roy —un francés traductor de Platón y Aristóteles—, expuestos en su obra escrita en 1584: “La Naturaleza es ahora la misma de siempre y puede producir inteligencias tan grandes como siempre. Los elementos tienen el mismo poder, las constelaciones siguen manteniendo su orden tradicional, los hombres están hechos del mismo material. No hay nada en esta época que pueda impedir que nazcan hombres de talento semejante al de Platón, Aristóteles o Hipócrates”.
 
Así nacieron las leyes de la naturaleza, garantizando la permanencia de las fuerzas que en ella operan y haciendo de Dios un gran legislador, un fino matemático si se consideraba que el Libro de la Naturaleza está escrito en lenguaje matemático o un hábil geómetra al admirarse ante la estructura del sistema planetario. En todas estas metáforas hay un plan preconcebido al efectuarse la creación, el cual los seres humanos pueden conocer. No obstante, de todas ellas perduró la que surgió de la concepción mecanicista que se desarrolló en esos siglos bajo el empuje de la omnipresente máquina, de sus múltiples aplicaciones, principalmente del reloj, el nuevo mecanismo de regulación de la vida social: la idea de un Dios relojero, creador de una máquina de gran perfección, a la cual después él mismo dio cuerda. A esta metáfora subyacía, para algunos autores, la idea de que Dios había creado el universo y las leyes de su movimiento, con lo cual su acción sobre éste es nula actualmente; tal era el caso de Descartes —aunque en algunos textos parece plantearse algunas dudas al respecto. Había también puntos de vista más matizados, como los de Boyle y Newton, quienes pensaban que, aunque limitada, la ac­ción divina es todavía necesaria; el primero planteaba que sin la constante intervención divina no es posible que se mantengan las leyes de la naturaleza, mientras el segundo deducía de sus cálculos que, con el paso del tiempo, el sistema solar tendía a la destrucción, por lo que si esto no había sucedido era gracias a la acción de algún agente natural o del mismo Dios.

La idea de la Divina Providencia parecía tener la piel dura, pero el terreno de disputa se había desplazado al de los cálculos, la experimentación y las teorías científicas. Como lo explica Shapin, “estas diferencias en las estrategias explicativas reflejan concepciones diferentes de lo que era la tarea propia del filósofo natural y del naturalista. Todos los filósofos podían estar de acuerdo, en principio, en que una interpretación reformada de la naturaleza debería apaciguar la duda, proporcionar las creencias correctas y asegurar los fundamentos adecuados del orden moral y, sin embargo, divergir en su noción de cuál era el mejor medio para que la investigación de la naturaleza pudiera cumplir sus tareas”. Se puede decir que estaba en juego la manera de obtener y validar el conocimiento, pero esto no sólo implicaba cuestiones de método, sino también aspectos como la utilidad social de éste, la organización de quienes se dedicaban a dicha actividad, su relación con los sectores productivos y el poder, la acción divina, etcétera.

Así, por ejemplo, desde el siglo xii se comienza a insistir en la necesidad de ver directamente las cosas y no referirse a los autores que dicen haberlas visto o las suponen; este punto fue central en el Renacimiento, cuando se propugnaba la observación directa como manera de comprobar lo dicho por los autores clásicos y de generar nuevas evidencias, como ocurría en ese momento con los viajes a otros continentes, de donde se traían especimenes muy diversos —de aquí la fascinación que ejercían los gabinetes de curiosidades, que permitían admirar la gran variedad de formas vivas y de representaciones que existía más allá de las tierras conocidas hasta entonces. Sin embargo, como lo explica Shapin, “la Reforma protestante del siglo xvi acentuó la conveniencia de que cada cristiano se enfrentara directamente con las Escrituras, sin confiar en la interpretación de sacerdotes y papas. Además, la invención de la imprenta, en 1450, facilitó la practicabilidad del imperativo de leer la Biblia personalmente. Un impulso similar dio forma al estímulo para leer personalmente el Libro de la Naturaleza sin confiar en las interpretaciones tradicionales de la autoridad institucionalizada. Se consideraba que la experiencia inmediata de la naturaleza era valiosa en la medida en que se entendía que implicaba un compromiso con un texto que tenía autor divino”.

La experimentación se constituía así en el medio privilegiado para conocer la naturaleza, al punto que se desconfiaba de las teorías generales por recordar la antigua práctica escolástica de sólo teorizar, y la acumulación de datos obtenidos por medios experimentales adquiría un sentido positivo. Como lo describió Thomas Sprat en su historia de la Royal Society, escrita en 1667, cinco años después de ser fundada, “al bajar la filosofía de las alturas a las que se había elevado, al nivel de los ojos y la práctica de los hombres, la Royal Society ha permitido que los conocimientos puedan ahora resistir los embates del Tiempo e incluso los de la Barbarie”. Había además un componente moral, ya que la razón humana era considerada por los puritanos como susceptible de ser influida por la pasión, los deseos, el entusiasmo y otras manifestaciones del espíritu que acercaban al ser humano a los animales, mientras que la experimentación per­mitía someterla, imponerle rigor, lo­grando hacerla compatible con la fe. Asimismo, como lo señala Robert K. Merton, la exaltación del enfoque experimental implicaba una crítica a la contemplación y la ociosidad —“el tiem­po debe ser gastado solamente al servicio del deber y no debe desperdiciarse ni una hora en un exceso del dormir o del juego, pues esto es el signo del pecador”, se decía, lo cual re­cuer­da la confesión del Dr. Jekyll—, por lo que “el experimento era la expresión científica de las inclinaciones prácticas, activas y metódicas del purita­no”.

Este sentido práctico llevaba además aparejada la idea de que el co­nocimiento era un medio para actuar sobre la naturaleza, para acrecentar el poder de la humanidad sobre ésta—“el conocimiento humano y el po­der humano son una misma cosa”, afir­ma­ba Francis Bacon—, por lo que los resultados prácticos de la ciencia, las posibilidades tecnológicas que de ella derivaban, eran a su vez prueba de su veracidad. Así, por un lado, los científicos buscaban generar un conocimiento práctico, útil para la sociedad, y por el otro, los reyes, príncipes y Estados europeos patrocinaban su trabajo para beneficiarse y cubrirse de gloria, reduciendo cada vez más el apoyo económico que antiguamente brindaba el clero, lo cual, por cierto, no alejaba la ciencia de la religión, como se puede apreciar en otro texto del mismo Bacon, en donde señala que la ciencia se lleva a cabo para “gloria del Creador y el alivio de la situa­ción del hombre”.

No es de extrañar por tanto que científicos de la talla de Hooke, Boyle, Newton y Huyghens dedicaran tanto tiempo a la resolución de problemas prácticos o ligados directamente a éstos. Hooke, por ejemplo, hábil inventor y “encargado de experimentos” en la Royal Society, recibía constantemente peticiones de numerosos nobles, del Rey y de la misma Society ­para que colaborara en diversos asuntos; o bien, un problema relevante congregaba a muchos científicos, como sucedió con el drenaje de las minas por medio de bombas, al que se abocaron Torricelli, Pascal, Moray, Huyghens, Papin, Boyle y Hooker, entre otros. La lista de problemas que se convertían en temas de investigación es interminable y el renombre de quienes se dedicaban a su resolución es igualmente asombrosa. Esto no quiere decir que en esa época todo científico se dedicara a resolver cuestiones tecnológicas o problemas ligados a éstas, ni que la economía determinara la actividad científica, pues esta relación es más compleja; pero como señala Merton, “el punto significativo es que mucho de la investigación científica de ese periodo se orientó —no siempre con de­li­be­ra­da intención por parte del cien­tí­fi­co—, hacia temas que eran pro­fun­damente útiles para el desarrollo técnico, temas que, a causa de la importancia económica y social que se les asignaba en este periodo, atrajeron la atención de los científicos como dignos de ulterior estudio”.

Así, la relevancia social de los pro­ble­mas a resolver acrecentaba el reconocimiento social de la actividad científica, lo cual generaba a su vez una mayor demanda del trabajo de los científicos, quienes se veían así motivados en su quehacer cotidiano, fuera éste más estrictamente teórico o práctico; pero sobre todo, este proceso contribuía fuertemente a asentar la idea de que la ciencia es capaz de resolver los problemas de la sociedad, de que la forma de resolverlos es de orden técnico, y fue fundamental en la conformación de la imagen colectiva del científico, la de un grupo de personas dedicadas de manera desinteresada al mejoramiento de la vida de los demás.

En esto último fue determinante la creación, durante la segunda mitad del siglo xvii, en muchas ciudades de Europa, de agrupaciones científicas como la Royal Society de Londres. En ellas se discutían los problemas que enfrentaba cada uno de sus miembros, sus ideas y propuestas, los métodos empleados para abordar su estudio, las técnicas implementadas, las repercusiones económicas, la manera de difundir el conocimiento, el reconocimiento social y el de los compañeros, entre muchas otras cosas, y por medio de éstas se llegaron a establecer aspectos que definieron en gran medida lo que es la actividad científica.

Uno de ellos fue la separación total de los aspectos ideológicos, políticos, religiosos y sociales de los definidos como estrictamente científicos. Sobre este punto ya Francis Bacon había señalado —arremetiendo contra las interminables discusiones, los “monstruosos altercados y cuestiones vociferadas” de los antiguos filósofos—, que “forzoso es, pues, que el conocimiento de esta calidad sea blanco del desprecio popular, porque el pueblo tiende a desinteresarse por la verdad cuando ve controversias y altercados, y a pensar que si los disputantes no se encuentran nunca es porque están todos extraviados”. Tal asunto fue de gran importancia en el seno de las nacientes sociedades científicas, ya que pretendían evitar el exceso de debates que aún era común en las universidades, y apegarse en sus sesiones a la discusión de los resultados obtenidos por medio de la experimentación. Con este fin adoptaron de manera consensuada una serie de reglas de conducta que prohibían la discusión de temas de índole política, moral y religiosa, lo que permitía mantener un ambiente propicio para el análisis y la validación de los nuevos conocimientos y los métodos empleados en su obtención. Boyle lo expresa con gran claridad al prevenir contra la introducción de “la moral y la política en las explicaciones de la naturaleza corpórea, donde en realidad todas las cosas se llevan a cabo por medio de leyes mecánicas”, ya que esto ha dificultado el “progreso del conocimiento humano”. El análi­sis de Shapin al respecto es concluyente: “las condiciones que se deben cumplir para que se consiga el conocimiento objetivo e inteligible de la naturaleza que es posible lograr son la separación de la filosofía natural de las formas de la cultura en las que se enfrentan las pasiones y los intereses humanos y la interpretación de la naturaleza en sus aspectos mecánicos. Hablar inteligible y filosóficamente de lo que es ‘natural’ o ‘corpóreo’ equivale a hablar en términos mecánicos. Esto no implica necesariamente que el mecanismo fuera totalmente adecuado para explicar todos los fenómenos que se presentan a la experiencia humana. Había un importante desacuerdo entre los filósofos modernos a la hora de identificar los fenómenos naturales”. Esto último, que implicaría un largo análisis, fue también un punto ampliamente discutido y consensuado al interior de las sociedades científicas.

Así, apegándose al ideal impulsado por Bacon de un colectivo organi­za­do y no individuos aislados, las sociedades científicas constituyeron un elemento fundamental a lo largo del proceso que llevó a alcanzar la valorización y el reconocimiento social de la actividad científica, así como a la conformación de la imagen misma que de ella y de los científicos se tiene en la sociedad.

Progreso científico y progreso social

“La vejez del mundo se debe considerar como la verdadera antigüedad; y éste es al atributo de nuestro tiempo, no de la etapa anterior del mundo, cuan­do vivieron los antiguos”. Con esta afirmación asentaba Francis Bacon la preeminencia de los modernos sobre los antiguos —combatiendo así la idea de una degeneración del mundo— y otorgaba un valor al paso del tiempo por la acumulación de saber que éste implicaba —“la propiedad esencial del tiempo consiste en descubrir cada vez más verdad”—, lo cual demostraba por medio de la simple enu­me­ra­ción de tres inventos que tuvieron un enor­me impacto social, la imprenta, la pólvora y la brújula y que “han cambia­do la apariencia y el estado del mun­do entero”.

A esta idea de acumulación de co­nocimiento y mejoramiento de la vi­da humana con el paso del tiempo le adjudica el puritanismo reinante entonces una dimensión milenarista, ya que veía en ello el anuncio de una era de oro que prevalecerá antes del regreso de Cristo a la tierra, al mismo tiempo que una condición para que esto suceda. “Los hombres —escribió Calvino— disfrutarán de una gran difusión del conocimiento por toda la tierra gracias a la cual todos los pueblos, incluidos los judíos, se unirían en Cristo”. Pero no sólo eso, al otorgar un valor tan grande al conocimiento y su capacidad de mejorar la vida de los humanos, el puritanismo hace de ello el motor del progreso, el cual no sólo era visto desde el punto de vista natural, sino también religioso. Como señala Nisbet, “los puritanos afirmaban que sólo mediante el cultivo de las investigaciones sobre la naturaleza y el hombre es posible acelerar la llegada del milenio a la tierra. Los puritanos tenían conciencia de los avances que estaban produciéndose a su alrededor en las ciencias, y pensaban que la abundancia de científicos, de centros, institutos y colegios universitarios, y la publicación de los resultados de las investigaciones científicas, hacía que la proximidad del milenio fuera cada vez mayor”. Esto resulta claro en la his­to­ria de la Royal Society escrita por Sprat, quien afirma que “la empresa cooperativa de muchos científicos hará avanzar más nuestro conocimiento y aumentará el bienestar del hombre”.

Sin embargo, las justificaciones de orden religioso van a ir cediendo el pa­so a otras seculares, muchas de ellas procedentes de la ciencia misma. Así, la edad de oro por venir comienza a ser vista como algo que puede prolongarse largamente, durante muchos siglos y más, debido a las infinitas posibilidades que contiene el desarrollo científico y tecnológico. De manera que la utopía deja de estar en el espa­cio, en alguna isla lejana, para ubicar­se en el tiempo, en el futuro de la hu­ma­ni­dad. O bien, sobre la base del precepto que estipula que “el mismo efecto sigue a la misma causa”, se concluye, como lo muestra un texto de la época, que “hay gran probabilidad de que aumente en lo sucesivo el conocimiento del mundo, porque vemos que ya ha ocurrido así”. Igualmente, como lo explica Merton, se aplica a la historia la ley de la aceleración, de manera que “la velocidad (del cambio social) es proporcional al tiempo. Por consiguiente, con el paso del tiempo, es muy probable que la sociedad progrese aún más rápidamente”.

El proceso inverso es también co­mún, esto es, se aplica a la natura­le­za la idea del progreso, como sucedió entonces en geología, cuando se de­sa­ta­ron fuertes polémicas acer­ca de la historia de la Tierra. En ese enton­ces, el reverendo Burnet, cercano ami­go de Newton y Halley, se da a la ta­rea de reconciliar el tiempo cíclico con el tiempo lineal para explicar los grandes cataclismos que había sufrido ésta sin menoscabo de su devenir progresivo. Para este prolífico autor, el conocimiento de dicha historia es finalmente el de Dios y su creación, quien imprimió tal desenvolvimiento a la Tierra —“si algún día queremos llegar a conocer los caminos de la Sabiduría Divina, en las obras y la conducta de la naturaleza, debemos no sólo considerar cómo son las cosas, sino cómo llegaron a ser lo que son”. Como lo explica Stephen Jay Gould, la idea de desenvolvimiento, un proceso determinado por designio divino, fue fundamental en la conformación de la idea de evolución.

Así, aun cuando la idea de progreso nace en el seno de una visión religiosa, puritana, en el ethos protestante, y en ella pugnan las artes por ser incluidas, al llegar el siglo XVIII, cuando se instaura una mayor separación entre el poder temporal y el poder espiritual —incluso en los países donde el protestantismo es religión de Estado—, resulta claro que las expectativas de los clérigos no se verán cumplidas. Tampoco lo serán las de los defensores del progreso de las artes, pues se establece poco a poco la idea de que no se puede afirmar que las artes contemporáneas sean mejores que las antiguas, sino tan sólo diferentes; como lo dijera Fontenelle, a diferencia de los estudios científicos, “la vivacidad de la imaginación no requiere una am­plia gama de experimentos o una gran cantidad de reglas para alcanzar toda la perfección de que es capaz” —aunque este punto perdurará como controversia durante varios siglos.

El resultado de lo anterior es que el progreso queda fuertemente restringido a la acumulación de conocimiento y las posibilidades que esto representa para el mejoramiento de la vida humana, medido en términos de lo que produce la ciencia para ello —la tecnología, etcétera—, lo cual constituye un razonamiento circular. Como lo señala Merton, dos son los criterios que servirán para determinar el progreso: por un lado los cambios en la organización social, sobre todo en el Siglo de las Luces, y por el otro, la apli­ca­ción de cánones de utilitarismo, esto es, las normas utilitarias que orientan una sociedad. “Las pruebas de progreso pueden obtenerse muy fácilmente mediante el uso de tales criterios. Se puede discernir el avance en los instrumentos, científicos y tecnológicos; en los medios de comunicación y de transporte; en los medios de guerra; en resumen, en todos los elementos utilitarios de la vida. Así, una vez concedido un respeto prevaleciente a artefactos que son útiles en este sentido, surge una abrumadora incitación a adherir firmemente a la creencia en el progreso”. En suma, se forma la ecuación progreso científico igual a progreso social.

Al mismo tiempo se concreta la imagen de la ciencia como una entidad autónoma situada por encima de la sociedad, purificada por la separación de factores de orden social —políticos, ideológicos y demás—, y provista de una dinámica interna, la de acumular conocimientos —la obligación de los científicos es, como lo afirmara Joseph Glanvill en 1668, “buscar y reunir, observar y examinar, y acumular para las época futuras”. Dicha acumulación es dotada de una estructura como la propuesta por Fontenelle en el si­glo xviii: “hay un orden que regula nuestro progreso; cada ciencia se desarrolla después de que se haya desarrollado un determinado número de ciencias precedentes, y solamente entonces; tiene que esperar su vez para romper su cascarón”. Y de acuerdo con la idea de un desenvolvimiento, el progreso se torna entonces en proceso ineluctable, en un hecho seguro, necesario; pero también se ve como un proceso infinito, ya desprovisto del milenarismo que le dio origen y de la metáfora de Bacon en donde los modernos son la vejez de la humanidad, ya que ello implicaba la decadencia o una muerte próxima, algo que era cada vez más inconcebible en una sociedad que había conocido tantos cambios en tan poco tiempo y comenzaba a vivir su expansión por el mundo entero. Esto último va a conferir a la idea de progreso un espacio para su desarrollo, ya que los demás continentes aparecen como ubicados en otra temporalidad —por tanto donde aún no ha llegado el progreso—, lejos de la vida material que éste ha generado, por lo que es preciso extenderlo a todas estas tierras. La difusión del conocimiento científico es un componente fundamental de tal empresa.

La colonización del mundo por Europa y el auge de la idea de progreso ocurrieron en el siglo XIX, la era de la industria y la ciencia, y es justo cuando aparece la figura del divulgador de la ciencia. Esto no es casual, como lo explica John Bury, ya que la “popularización de la ciencia […] era una condición para el éxito de la idea de Progreso. Esta idea no podía insinuarse en la conciencia pública y convertirse en una fuerza viva de las sociedades civilizadas hasta que la generalidad de los hombres hubiese captado el significado y el valor de la ciencia y hasta tanto los resultados de los descubrimientos científicos no se hubiesen difundido en mayor o menor extensión. Los logros de las ciencias naturales fueron las que más contribuyeron a convertir la imaginación de los hombres a la doctrina general del Progreso”. No obstante, el cambio de siglo vino a modificar drásticamente este panorama tan lleno de optimismo.

En pos de la simetría

El siglo xx fue testigo de la crisis de la idea de progreso y el resquebrajamiento de la fe en la ciencia y su utilidad. La bomba atómica, el deterioro ambiental, la creciente desigualdad entre países y otros acontecimientos más fueron determinantes en esta cri­sis que tanta tinta ha hecho correr. Sin embargo, la comunicación de la cien­cia se ha mantenido en gran medida refractaria a ella y ha seguido pre­sen­tan­do la actividad científica ba­jo la fa­ce­ta de Dr. Jekyll, como si aún perviviera la fe en la ciencia y el progreso o tal vez con el afán de restaurarla —bas­ta mirar casi cualquier publicación dedicada a ello para darse cuenta— y engendrando de manera inevitable, como ya se vio, su antítesis, la faceta Mr. Hyde.

Afortunadamente hay casos que muestran que es posible alejarse de esta forma de hacer divulgación, que escapan a esta visión y su antítesis, rompiendo así con dicha asimetría. Uno de los más interesantes es el del recientemente fallecido Stephen Jay Gould, paleontólogo de formación, creador junto con Niles Eldredge de la teoría de la evolución de los equilibrios puntuados, y gran estudioso de la historia de la ciencia. Durante varias décadas, Gould llevó a cabo una labor de divulgación sobre temas cercanos a su área de investigación pero resaltando aspectos generales del quehacer científico, siempre contextualizando el trabajo de investigación a fin de poner en evidencia las múltiples relaciones existentes entre la producción de conocimientos y la filosofía, la ideología, la política, la economía, la historia y demás factores que influyen en ella. Su propuesta fue siempre la de mostrar a un público amplio que la ciencia es una obra humana en toda la extensión de la palabra. “Yo pienso que se debe aprehender la ciencia como un fenómeno social, como una empresa dinámica y no como el trabajo de robots programados para recoger información pura […] la ciencia, en la medida que es hecha por individuos, es una actividad que hunde sus raíces en la sociedad. Avanza por presentimiento, visión e intuición. Gran parte de su transformación a lo largo del tiempo no debe ser considerada como una aproximación más fina a la verdad absoluta, sino como la modificación de contextos culturales que la influencian fuertemente. Los hechos no son elementos de información puros y sin mancha; la cultura influye también sobre aquello que vemos y en la manera como lo vemos. Además, las teorías no son deducciones inexorables que obtenemos de los hechos. Las teorías más creativas son, con frecuencia, visiones que la imaginación impone a los hechos; las fuentes de la imaginación suelen ser también de origen marcadamente cultural".
Su afán crítico se halla presente en toda su obra; pero cada aspecto que coloca bajo la lupa —como el racismo científico, el sexismo, el adaptacionismo en la evolución— jamás es visto como una anomalía, sino como resultado del contexto social en sentido amplio, del estado del saber del momento, de la psicología del científico, etcétera. Un ejemplo de ello es su libro La falsa medida del hombre, dedicado al análisis de las teorías sobre la capacidad intelectual del ser humano que promulgaban la desigualdad entre razas y clases sociales. En él pasa a revista los estudios craneométricos y del volumen del cerebro realizados en el siglo XIX por Samuel G. Morton y Paul Broca, quienes concluían de dichas mediciones la inevitable desigualdad entre negros, indios americanos y demás razas inferiores y los blancos, destinados a dominar el mundo. Gould analiza sus datos, encontrando un sesgo en ellos y en ocasiones un manejo que los empuja en la dirección de lo que ellos pensaban sobre este asunto, pero lejos de reducirlos a una mera anormalidad o una conducta fraudulenta, se da a la tarea de retrazar, paso a paso, el itinerario de estos reconocidos científicos, mostrando que no se trata de algo extrínseco a la ciencia, sino de una característica propia de la producción de conocimientos, en donde los prejuicios de un investigador lo pueden orillar a ese tipo de conductas. Ni Dr. Jekyll ni Mr. Hyde.

El caso de las pruebas psicológicas elaboradas posteriormente con el mismo fin, en particular las que determinan el coeficiente intelectual (QI), es más complejo, ya que uno de los precursores de este tipo de pruebas, Cyril Burt, es acusado de fraude científico por varios investigadores y defendido a capa y espada por otros; los primeros lo tachan de racista, mientras los segundos argumentan que él tan sólo puso en evidencia un hecho natural, inobjetable por estar avalado por la ciencia. Gould rompe otra vez con la vi­sión asimétrica al emprender un fino análisis de los métodos estadísticos que empleó este investigador, sus procedimientos analíticos, los artilugios filosóficos, sus prejuicios ideológicos y otros aspectos más, mostrando que Burt era todo menos un científico impoluto, pues era abiertamente racista, pero que tampoco es seguro que hubiese efectuado un fraude deliberado, y de haber sido así, se trata de algo tardío en su trabajo y, en última instancia, de un asunto secundario, ya que lo importante es entender cómo un prejuicio social puede imponerse a los datos que se obtienen y ordenan en una investigación. Su conclusión bien vale la pena: “no hay que efectuar relaciones simplistas entre las preferencias sociales de los hombres de ciencia y las opiniones que profesan en el dominio de la biología. No podemos contentarnos con un esquema maniqueo en el cual los malos defensores de la herencia, relegando ciertas razas, clases y sexos a una inferioridad biológica permanente, se oponen a los buenos defensores del medio, exaltando el valor irreductible de todos los seres humanos”.

Este argumento no pretende justificar la actitud de los científicos invocando el contexto social, ni encontrar una posición intermedia, la intención es poder restituir la complejidad de la actividad científica, entender cómo ocu­rre actualmente la producción de conocimiento, su validación, su di­fu­sión, es decir, el funcionamiento de esta gran institución social que es la ciencia. Tal manera de abordar el frau­de científico es mucho más real y pedagógica que aquella que sólo acusa o la que lo reduce a una anomalía, como lo hace Lewis Thomas; este autor afirma que cuando se habla de fraude, “se exhuman y se reviven viejos casos para mostrar la existencia de prácticas mentirosas sistemáticas en el proceso científico […] si así lo desean, se puede considerar que todos esos casos forman parte de un todo, de una mancha que no ha dejado de crecer a lo largo de la historia de la ciencia. O si prefieren (y personalmente yo así lo prefiero) se pueden ver como anomalías debidas a investigadores de mente desequilibrada, o como en el caso de Newton y Mendel, una exa­ge­ra­ción grosera de la falibilidad que puede afectar incluso a los más grandes científicos”. Esta forma de ver el fraude científico es tan difundida que no se conoce con certeza su magnitud, ya que en general, cuando ocurre, es un asunto que se arregla a puertas cerradas, pero los murmullos traspasan paredes y puertas y terminan circulando por los pasillos, por lo que la comunidad termina por enterarse y la impresión es que no es algo tan marginal como se pretende. Es por ello que puede ser de gran utilidad el poder explicarlo por medio de los mis­mos procesos, las mismas condiciones que determinan la generación de conocimientos, es decir, de manera simétrica.

Es este enfoque el empleado por William Broad y Nicholas Wade en su trabajo sobre el fraude en la ciencia, en donde muestran que sus causas residen en la estructura misma del sistema de investigación, en la forma de evaluación, la competencia existente entre laboratorios, la falta de solidez de sus órganos de control interno, de arbitraje, en el arribismo, los medios de financiamiento y otros factores más, propios de la ciencia como institución. “Las raíces del fraude —concluyen—, se hallan en el cesto y no en los frutos podridos de cuya existencia el público se entera de vez en vez”.

Divulgación, comunicación y crítica

Muchos son los temas que se podrían tomar para mostrar cómo la visión asimétrica construye la imagen que se tiene de la ciencia, y cómo se puede revertir para proporcionar una imagen desde una perspectiva simétrica. Para ello son valiosos los trabajos de divulgadores como Gould, Peter Medawar, Pierre Thuillier y James Gleick, entre otros. Muchos de ellos ejercen su labor de tal manera que se asemeja más a lo que Thuillier llama “crítica de ciencia”, el equivalente de la crítica de arte o de literatura, en donde se abordaría esta actividad contextualizando el trabajo del científico, distinguiendo estilos de investigación, analizando el simbolismo de sus representaciones, su discurso, evaluando la función social de la ciencia, su relación con los ciudadanos, con quienes se acercan a ella, otorgando la debida importancia a la historia, en fin, muchos de los aspectos que son centrales en la crítica de arte, por ejemplo.

En este sentido, ejercer la crítica no significa desvirtuar la ciencia, como claman los defensores de la visión puritana de la divulgación. Más bien, valdría la pena preguntarse, como lo hace Thuillier, si “¿se hace progresar la cultura científica al glorificar unilateralmente los ‘hechos’ y presentar la objetividad como una norma absoluta?”. En mi opinión, por muchas razones esta manera de presentar la ciencia resulta más bien perjudicial. Pero baste con señalar tan sólo un punto: uno de los propósitos fundamentales de la comunicación de la ciencia es la de inculcar el espíritu crítico que, en principio, caracteriza la investigación; mas al presentar esta actividad como si se hiciera publicidad, como si se tratara de ganar adeptos, como si el divulgador fuese un misionero, esta “se inviste con el manto de la religión, fuera del alcance de toda justificación o crítica razonable”, a decir de John Ziman. Así, en una sociedad democrática, en donde la ciencia tiene un fuerte impacto en la vida de la gente, la visión puritana tiende a reducir la capacidad de reacción de la sociedad, de poder discutir al respecto, ya que mientras más se le reviste con el manto de la objetividad y la neutralidad, mientras más se muestra como una actividad separada de valores e intereses, como un proceso ineluctable, mayor es el poder que se le otorga a los expertos para intervenir en los asuntos de la sociedad, para dirigirla. Es decir, que mientras más separada se le muestra de la ética y la moral, por ejemplo, mayor es su peso moral y ético, lo cual constituye una paradoja, como lo señalan Shapin, Thuillier y otros autores.

Mostrar los límites de la ciencia, someterla al escrutinio de la sociedad, a la discusión abierta y crítica, no debe ser visto como algo negativo para ella; por el contrario, es desacralizarla, devolverle la pasión o la ambición con que se hace, su grandeza y sus miserias, en fin, todo aquello que hace de esta actividad una creación humana, igual que el arte o la literatura. Por ello, me parece que, retomando la propuesta de Pierre Thuillier, en lugar de divulgador o comunicador de la ciencia se debería de instaurar la figura de crítico de la ciencia.
César Carrillo Trueba
Facultad de Ciencias,
Universidad Nacional Autónoma de México.
Re­fe­ren­cias bi­blio­grá­fi­cas

Bacon, F. 1927. Nueva Atlántida. Editorial Porrúa, México, 1980.
Broad, W. Y N. Wade. 1982. Betrayers of the Thruth. Simon and Schuster, Nueva York.
Bury, John. s/f. La idea del progreso. Alianza, Madrid, 1971.
Fontenelle. 1686. Entretiens sur la pluralité des mondes. Marabout université, Verviers, 1973.
Gould, S. J. 1983. La falsa medida del hombre. Crítica, Barcelona, 2003.
1987. Time’s Arrow, Time’s cycle. Harvard University Press, Cambridge, Londres.
Latour, B. 1987. La science en action. La Découverte, París, 1989.
Le Goff, J. 1957. Los intelectuales de la Edad Media. Gedisa, Barcelona, 1985.
Merton, R. K. 1938. Ciencia, tecnología y sociedad en la Inglaterra del siglo XVII. Alianza Universidad, Madrid, 1984.
1973. La sociología de la ciencia. Vol. 2. Alianza Universidad, Madrid, 1977.
Nisbet, R. 1980. Historia de la idea de progreso. Gedisa, Barcelona, 1981.
Shapin, S. 1996. The Scientific Revolution. University of Chicago Press, Chicago.
Stevenson, R. L. 1886. El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde. EMUSA, México, 1985.
Thuillier, P. 1988. De Arquímedes a Einstein. Alianza/CNCA, México, 1990.
1983. Les savoirs ventriloques. Seuil, París.
Ziman, J. 1980. Enseñanza y aprendizaje sobre la ciencia y la sociedad. FCE, México, 1985
César Carrillo Trueba es Biólogo por la Facultad de Ciencias de la unam y actualmente cursa estudios de doctorado en Antropología en la École des Hautes Études en Sciences Sociales de París, publicó Pluniverso, un ensayo sobre el conocimiento indígena contemporáneo, unam, 2006. Es editor de la revista Ciencias desde 1987 a la fecha.
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como citar este artículo

Carrillo Trueba, César. (2007). Entre Dr. Jekyll y Mr. Hyde, de asimetrías y simetrías en la comunicación de la ciencia. Ciencias 86, abril-junio, 66-79. [En línea]
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de la red  
Inventario
 
 
Susana Biro
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Ana tiene seis años y sabe que de grande quiere ser inventora. La tarde que Sergio, su papá, le mostró las páginas en la red de las que voy a hablar aquí, fue prácticamente imposible hacer que se despegara de la computadora para bañarse y luego irse a dormir. Para aquellos que no hayan saltado ya al final del texto a ver las direcciones de las páginas, explicaré un poco más.

Desde hace algunos años estoy inscrita en la red en un grupo de discusión sobre la comunicación pública de las ciencias (psci-com). Gracias a ella estoy en contacto con gente de todo el mundo, a quienes de otro modo tal vez no conocería. Con ellos puedo compartir información sobre mi trabajo y me ayuda, además, a evitar la ansiedad de la que habla Wurman en su libro Information Anxiety, pues sé que alguien con intereses afines a los míos selecciona de entre la vastísima información que sobre el tema se encuentra actualmente en la red. Pero aun con la preselección de información, este grupo es demasiado comunicativo para mi gusto y me resulta imposible leer todo lo que en él se dice.

Hace unos días apareció un mensaje con el tema You Tube and Physics que me llamó la atención. Su autora recomendaba un video clip que, en su opinión, puede servir para apoyar la enseñanza de la física. You Tube es un sitio donde se pueden ver o subir fragmentos de video de a lo sumo diez minutos. Allí se pueden encontrar desde videos caseros de los primeros pasos de un bebé hasta fragmentos de películas o programas de televisión. Uno de los fenómenos interesantes que han surgido allí es que se dan diálogos sin palabras: aparecen comentarios audiovisuales a otros audiovisuales.

Entre los miles y miles de videos que se encuentran en You Tube hay algunos con temas científicos. El recomendado lleva el nombre de The incredible machina y en unos pocos minutos muestra algunos fragmentos de un programa de televisión para niños llamado Pythagoras Switch. Se trata de breves secuencias de una grabación más bien casera, en donde podemos ver complejos dispositivos construidos para permitir que una canica recorra elaborados circuitos armados a partir de objetos comunes como plumas o libros. Verlo es hacer un viaje hacia atrás en el tiempo, al momento en que nosotros también construíamos ese tipo de dispositivos. En el mismo sitio se pueden encontrar otros breves videos del mismo programa y todos son maravillosos.

Durante algunos días, en el mismo grupo de discusión se siguió hablando sobre el tema y entonces supe más acerca de este programa japonés. También surgió una recomendación para otro sitio que bien podría valerme el puesto en el trabajo. Se trata de una página que promueve Armadillo Run, un juego de computadora, y para convencer a los posibles compradores regalan una versión de demostración. El objetivo de este juego, que respeta las leyes de la física para su funcionamiento, es utilizar una colección de materiales de construcción (como barras, cuerdas y láminas) para armar el dispositivo que permita llevar el armadillo hasta un lugar determinado. Con el demo de Armadillo Run podemos construir artefactos similares a los que se ven en el video anterior, con la enorme ventaja de que ahora pasamos de fascinados espectadores a maniáticos constructores.

Freud puede decir lo que quiera, pero lo que yo más envidiaba a mi hermano mayor cuando niños era su juego de mecano. Estas dos páginas en la red me recordaron, al menos por una tarde, lo divertido que es armar cosas y hacer que se muevan. Según mi grupo de discusión, ambas sirven para apoyar la enseñanza de la física pues muestran la conversión que existe entre la energía cinética y la potencial, así como el concepto de momento. Para mi gusto, basta con que logren que los niños jueguen y se queden con un gusto por este tipo de artefactos.
Susana Biro
Dirección General de Divulgación de la Ciencia,
Universidad Nacional Autónoma de México.
psci-com: www.jiscmail.ac.uk/lists/psci-com.html
You Tube: www.youtube.com
The incredible machine: http://www.youtube.com/watch?v=Q5nmspVOz_Y
Armadillo Run: www.armadillorun.com
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como citar este artículo

Biro, Susana. (2007). Inventario. Ciencias 86, abril-junio, 24-25. [En línea]
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del escaparate  
La “alteridad escogida” del Museo del Quai Branly
 
 
Paula López Caballero y Gabriela Torres Mazuera
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El sábado 1 de julio de 2006, París veía desfilar en sus calles una movilización marcada por la diversidad y el multiculturalismo: se trataba de una manifestación contra la llamada “ley Sarkozy”, la nueva ley de inmigración designada así por su autor, el ministro del Interior Nikola Sarkozy. El momento era particularmente dramático pues un día antes muchos jóvenes estudiantes, hijos de inmigrantes sin papeles, veían su estancia en Francia amenazada. En octubre de 2005, el ministro del interior había prometido la expulsión de cerca de cincuenta mil inmigrantes indocumentados pero aceptó una “tregua escolar” que llegó a su término con el fin de cursos en primarias y secundarias.

A un año de las próximas elecciones presidenciales en Francia, queda claro que el tema de la inmigración ocupa el lugar central en la agenda política francesa; y que esta cuestión se traduce en varios otros temas de importancia, tales como los problemas de integración, el asenso del racismo y la segregación. En cierto sentido, podemos decir que lo que está en juego, además de las cuestiones políticas y económicas, es una definición de nación; ¿qué significa hoy en día ser francés?, ¿qué hacer con las diferencias y la diversidad cultural y social?
 
En un momento de redefinición del proyecto nacional y del diálogo, hasta ahora conflictivo, con “el otro”, la obra magna de la “era Chirac” trata de ofrecer una respuesta a estas interrogantes. En efecto, en 2007 el presidente Jacques Chirac termina un mandato presidencial de doce años. Como George Pompidou con su Museo de Arte Moderno o François Mitterand con su Biblioteca Nacional, el actual mandatario francés optó por dejar como legado un Museo de las Artes Primeras (llamado del Quai Branly debido a su ubicación frente al Sena), el cual fue inaugurado poco antes de aquella marcha, el 21 de junio pasado.

El edificio, cuyo costo oficial fue de 232 millones de euros (extraoficialmente se dice que el presupuesto tuvo que duplicarse para poder terminarlo este verano), es una obra más, grandilocuente y monumental, del arquitecto Jean Nouvel. Ubicado en las inmediaciones de la torre ­Eiffel, desde la entrada augu­ra lo que ofrece: exotismo tropical y otredad esencializada enmarcada por la “grandeza de la civilización francesa”, tal como se explica en su página en la red: “el museo se entrega progresivamente al visitante que se ha convertido en explorador […] el propósito [del museo] es permitir la diversidad de miradas sobre los objetos y reconocer oficialmente el lugar que ocupan las civilizaciones y el patrimonio de pueblos a veces dejados de lado por la cultura actual del planeta”.
 
Como lo aclara el arquitecto Nouvel en su proyecto, “en este edificio encaramado sobre pilotes, todo es curvo, fluido, transparente, misterioso y sobre todo, cálido”. El arquitecto retoma por un lado la idea de naturaleza como algo distante, externo, que nos lleva lejos de nuestra cotidianidad urbana y occidental, como en el caso de los impresos que cubren las ventanas con una reproducción de la selva y que sirven para aislarnos del mundo exterior. Por otro lado, su propuesta consolida la convencional asociación entre esa naturaleza salvaje y los “pueblos primeros”. Esta postura se opone implícitamente al racionalismo de la mirada ilustrada, encarnada, entre otros, por el famoso Musée de l’Homme, ahora desmantelado. Efectivamente, el antiguo edificio que conservaba la mayor parte de la actual colección del Quai Branly se caracteriza por una arquitectura funcionalista de la época de la posguerra europea.

Frente a la rigidez del Museo del Hombre, el Quai Branly propone una serie de espacios “orgánicos” sin cortes ni rupturas. Ello invita a pensar que la diversidad cultural se acepta y celebra hoy en día con una visión que todo lo homogeneiza: el Otro es simplemente otro, sin importar si es de África, Oceanía o América. A la continuidad geográfica de la presentación de la colección se añade la continuidad histórica: en una misma sala podemos encontrar textiles huicholes contemporáneos, junto con orfebrería de Gahna del siglo XVII, etcétera. El afán taxonómico decimonónico, que situaba cada cultura en un lugar preciso y la asociaba a una raza, se ha convertido en un relativismo cultural que pone todas las diferencias en un mismo plano. Sin embargo, cabe preguntarse bajo qué criterio se conciben tales diferencias. Si tomamos como ejemplo el museo del Quai Branly, todo parece indicar que la pauta la da todo aquello que no es occidental, regla bastante anacrónica en una época que reconoce y enfatiza la mezcla de culturas y civilizaciones como constante del desarrollo social.

La estructura del museo está compuesta de dos partes. El recorrido se inicia con una amplia rampa-caracol totalmente blanca, que sube en espiral y desemboca en el recinto donde se encuentra la colección; ya desde aquí se anuncia un viaje iniciático hacia la otredad. Algunos textos proyectados sobre las paredes introducen al público al état d’esprit propuesto por la exposición: “saber por el no saber”, “el otro en uno mismo”, “aprender a caminar de nuevo”. Como si el único medio para comprender las “artes primitivas” consistiera en desprenderse de la racionalidad occidental y abrirse a la percepción sensorial y la no razón de los pueblos primitivos.

El segundo espacio, en contaste con la luminosidad y brillo del primer pasadizo, es oscuro y sus interiores están sintomáticamente pintados de negro. En este ambiente sólo están iluminadas las piezas (verdaderas joyas en su mayoría), como apariciones. De nuevo la sensación del viaje iniciático: en medio de las sombras surgen algunos destellos de luz, de la magnificencia de ese arte no occidental, en donde lo único que se le pide al público es dejarse llevar por sus emociones. Comprendemos entonces que la apuesta del Quai Branly es proponer un universalismo diferente. Ya no se trata de asimilar sino de reconocer la particularidad cultural, el genio del hombre, la diferencia, pero todo ello dentro de una única mirada: la apreciación estética. El mensaje, discreto pero presente, que el Museo de las Artes Primeras quiere transmitir al espectador es que con esta obra magna, el espíritu y la grandeza de Francia se traducen, precisamente, en el reconocimiento que ésta otorga a las otras culturas. En esta visión, Francia aparece como un lugar de encuentro, de acogida a las diferentes expresiones culturales, que por fin ocuparán su lugar en la historia universal y más concretamente en un museo de arte.

De ahí que sean pocas las fichas museográficas con contenidos etnográficos o sociales. Algunos videos presentan ciertos elementos que permiten contextualizar los objetos de la colección, pero en general el valor de los objetos pretende ser absoluto, dado. Tenemos entonces un museo-gabinete-de-curiosidades: objetos preciosos, rodeados de un aura de pureza y sublimación, desligados de las sociedades que los crearon y sin ninguna mención a la manera como fueron obtenidos. En efecto, resulta sorprendente la doble “atemporalidad” de la colección: no hay ninguna mención a la historicidad o a la transformación de las sociedades que produjeron las joyas que guarda este museo; nada sobre su situación actual; nada sobre los procesos de colonización, guerra o intercambio que existieron y aún existen entre aquellas y ­Francia. Igualmente, queda abierta la pregunta de cómo se creó esta colección. Investigadores como Bernard de l’Estoile han demostrado que una gran cantidad de objetos fueron obtenidos como botines de guerra o como resultado de intercambios desiguales e injustos, muchas veces llevados a cabo por los propios antropólogos. El recorrido de los objetos hasta llegar al Quai Branly constituye en sí una rica historia, reveladora de las relaciones entre Francia y el mundo colonial y poscolonial. Sin embargo, la mirada objetivista y estetizante que propone este museo deja en la sombra cualquier referencia a ese delicado capítulo de la historia francesa que es la colonización.

En este sentido, resulta casi imposible no asociar la visión que el Quai Branly propone con otros aspectos de la política cultural y educativa de Jacques Chirac; por ejemplo, la promoción de una ley que reconocía el papel positivo de la colonización en África aprobada en febrero de 2005 por la cámara de senadores y que tuvo que ser corregida tras las protestas que desencadenó. Según esta ley, los profesores de primaria y secundaria debían enfatizar el aspecto positivo y “civilizatorio” de la colonización francesa. De nuevo, los lazos de poder y dominación deben quedar atrás; una vez más la época imperialista de Francia debe permanecer en la oscuridad. Una tentativa semejante se intuye en la decisión de consagrar este año a la “francofonía”, en particular la importante Feria del libro de Paris (le Salon du Livre), cuya edición 2006 se propuso “descubrir el nuevo rostro de la cultura francófona”, “celebrar la diversidad cultural de los 63 Estados y gobiernos de la francofonía”. Al exaltar el carácter cultural y civilizatorio de la expansión colonial, el discurso “francófono” de este proyecto disimula una vez más los vínculos colonialistas de Francia y el resto del mundo francófono.

Si a todo ello agregamos la nueva ley que el ministro del Interior Sarkozy trata de implementar y que no sólo dificulta la entrada y la estancia de extranjeros en Francia, sino que además busca promover una “inmigración escogida”, que consiste en aceptar únicamente a aquellos extranjeros “cuyas aptitudes les permitan participar en el dinamismo económico y la proyección internacional de Francia, como científicos, artistas o deportistas de alto nivel”, es posible entender con más elementos la lógica que dirigió la elección del Quai Branly como legado del gobierno. En efecto Francia, como el Quai Branly, representa en el discurso oficial un lugar de acogida para la diversidad cultural; Francia se posiciona como la autoridad que reconoce el valor de la diferencia. Salvo que dicha alteridad debe ser selectiva: reconocer el arte de los pueblos primeros, de acuerdo; reconocer la responsabilidad histórica de Francia en los conflictos sociales y políticos que lo acompañan, no parece necesario. Reconocer la importancia de la diversidad social y cultural que los extranjeros aportan a Francia, de acuerdo; reconocer que la migración ilegal tiene raíces históricas profundas y que este país ha desempeñado un papel fundamental en dicho proceso resultaría superfluo.

La política conservadora del primer ministro francés parece entonces cristalizarse en el nuevo museo del Quai Branly, que da la bienvenida al arte y la estética de los pueblos no occidentales, negándole la entrada a la crisis, la pobreza y la guerra que se esconde tras la mayoría de los objetos ahí exhibidos.
Paula López Caballero
Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales, París.
Gabriela Torres Mazuera
Universidad de París I Sorbonne-Pantheon.
Re­fe­ren­cias en la red
El museo se puede visitar en línea en www.quaibranly.fr
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como citar este artículo

López Caballero, Paula y Torres Mazuera, Gabriela. (2007). La "alteridad escogida" del Museo del Quai Branly. Ciencias 86, abril-junio, 62-65. [En línea]
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Las raíces cuadradas en la antigua Babilonia y hoy
El cálculo de raíces cuadradas ha sido de interés para la humanidad desde hace más de tres milenios. Los babilonios fueron grandes matemáticos que calculaban raíces cuadradas de números enteros no negativos, conocían las ternas pitagóricas y, por ende, el cálculo de raíces cuadradas. Se describe la técnica iterativa de los babilonios para llevar a cabo raíces cuadradas de números no negativos y se compara con la empleada actualmente.
Selene Solorza y Gloria Rubí
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En la antigua Mesopotamia, entre los ríos Tigris y Éufrates, alrededor del año 1900 a.C. floreció una civilización muy importante, la de los babilonios. Sin embargo, no fueron ellos los primeros habitantes de dicha región. Les antecedieron los sumerios, hacia el año 3500 a.C. y tiempo después los acadios, 2300 a.C. La cultura babilónica asimiló la mayor parte del lega­do cultural de ambos pueblos y se encargó de incrementarlo y enriquecerlo.
 
Hacia 1830 a.C. surge la dinastía amorrita, la cual alcanza su apogeo con el em­perador Hammurabi a finales del siglo siguiente. Este primer imperio fue derrotado por los hititas. Subsecuentemente, muchos hechos históricos acontecieron en la gran Mesopotamia, pero a partir del siglo ix a.C., Babilonia queda bajo el dominio de los asirios, hasta que en el año 612 a.C. Nabopolasar los vence y toma la capital, Nínive, dando así inicio al imperio neobabilónico, que fuera la primera potencia del Cercano Oriente. Este imperio alcanzó su máximo esplendor en tiempos de Nabucodo­nosor II, entre los años 605 y 562 a.C., y se considera el centro político, intelectual y de navegación fluvial más importante de su época.
 
A la muerte de Nabucodonosor II, Babilonia fue conquistada por los persas, en el año 539 a.C., y posteriormente por Alejandro Magno, quien la ocupó en 331 a.C. El gran conquistador reconoció la cultura de Babilonia e incluso quería que se convirtiera en la capital de sus estados y de Oriente; pero muere muy joven, justamente en Babilonia; tras su muerte la ciudad empezó a declinar definitivamente. Las ruinas de la Babilonia de Nabucodonosor, conocida como la ciudad mítica más bella de la antigüedad, se descubrieron en el año 1899, cerca de Bagdad, la capital de Irak.
 
Los babilonios eran excelentes astrónomos; de sus registros de las posiciones de los planetas observables a simple vista, Mercurio, Venus, Marte, Júpiter y Saturno, elaboraron el horóscopo, dando nombre a las doce constelaciones del zodíaco, dividiendo cada una de ellas en treinta partes iguales; es decir, dividieron en 360 partes al círculo zodiacal.
 
Algunos investigadores atribuyen a los babilonios la invención de la rueda, ya que conocían muy bien la circunferencia. Fueron precursores en la medición del tiempo, y su manera de contarlo aún prevalece en la actualidad; de ellos heredamos la división de la circunferencia en 360 grados, la de cada grado en 60 minutos y cada minuto en 60 segundos.
 
Ya hemos mencionado que los babilonios heredaron y asimilaron en gran medida la cultura de sus antecesores, los sumerios y los acadios. Precisamente de los primeros adoptaron la escritura cuneiforme, por medio de la cual plasmaron una gran variedad de información sobre numerosas tablillas. De tan valioso legado, aproximadamente trecientas se relacionan con matemáticas y docientas tienen grabadas tablas de multiplicar, de dividir, de cuadrados, de cubos, de recíprocos y de interés compuesto. Se calcula que estas tablillas datan de entre 3000 y 2000 años antes de nuestra era. Su contenido ha sido la principal fuente de información sobre las matemáticas de la Antigüedad.
 
Los sumerios y los acadios manejaban sistemas de numeración con base 60, sin embargo su sistema no era posicional. Los babilonios tomaron estas ideas y, hacia el año 2000 a.C., construyeron un sistema posicional sexagesimal, en el cual representaban fracciones con denominador 60 y sus equivalentes. En la actualidad, todavía se utiliza el sistema sexagesimal, sin embargo el sistema posicional base 10 ha sido adoptado casi universalmente.
 
En efecto, los babilonios fueron grandes matemáticos, pues aun cuando no consiguieron desarrollar un algoritmo para la división, realizaban las operaciones aritméticas con facilidad. Además resolvían ecuaciones de segundo, tercero y cuarto grado así como sistemas de ecuaciones. Más aún, calcularon sumas de progresiones aritméticas y algunas geométricas e incluso sucesiones de cuadrados. En el campo de la administración eran capaces de planear y consolidar contratos de negocios que involucraban préstamos mercantiles y sabían efectuar cálculos de interés simple y compuesto.
 
En geometría los babilonios conocían las propiedades de los triángulos semejantes y podían calcular la dimensión de la diagonal de un rectángulo, lo cual implica que los habitantes de la antigua Mesopotamia sabían calcular ternas pitagóricas y raíces cuadradas. De hecho, la tablilla conocida como Plimpton 322, escrita hacia el año 1800 a.C. (ver página opuesta), contiene la primera relación de ternas pitagóricas de la que se tiene conocimiento. Se podría decir que las matemáticas babilónicas sentaron la base del florecimiento matemático griego, ocurrido alrededor del si­glo VII a.C.

¿Cómo calculaban los babilonios?

Se ha dicho que, en la cultura griega, la raíz de dos causó gran desasosiego en la escuela pitagórica por su naturaleza irracional; sin embargo, al parecer los babilonios no encontraron impedimento práctico para calcularla. Testimonio de esto se halla en una de las colecciones arqueológicas más importantes de la cultura babilónica, la cual se encuentra en la Universidad de Yale, en New Haven, Connecticut. Se trata de una tablilla que muestra cómo los babilonios podían calcular raíces cuadradas con gran precisión, la cual presenta un cuadrado cuyos lados miden treinta unidades y la longitud de su diagonal está expresada como:
A
 
Si denotamos con la letra d la diagonal del cuadrado de treinta por lado, según el Teorema de Pitágoras, que los babilonios ya conocían, el valor de la diagonal d elevado al cuadrado está dado por:
 
d=2(30)2=1800
 
por lo que la longitud de la diagonal es:
C
Si comparamos el valor obtenido por medio de una calculadora digital con el que calcularon los babilonios aproximadamente dos milenios antes de Cristo, vemos que la diferencia ocurre hasta la cuarta cifra decimal. ¿Cuál era el procedimiento que empleaban? Se trata de una técnica iterativa que describiremos a continuación. Supongamos que nuestro objetivo es encontrar la solución de la siguiente ecuación cuadrática:

D

Sea cual sea el valor de x, sabemos que si lo elevamos al cuadrado debe satisfacer la ecuación (1). Si decimos que x=√‾2 entonces tenemos:
E
 
de lo cual concluimos que x=√‾2 es la solución a la ecuación (1). √‾2 es por lo tanto el valor que queremos encontrar, lo cual nos lleva de regreso al problema original.
Los babilonios encuentran este valor tomando como problema alterno la ecuación (1). Primero se asigna un valor a √‾2; puede ser 3–2, o 1–2, o 0, o el número que se desee. ­Será un comienzo. La idea es que el valor que asignemos a la raíz cuadrada de dos satisfaga la ecuación (1). Supongamos que √‾2 es 3–2 ; al sustituir 3–2 en la ecuación (1), debería ocurrir que 3–2 elevado al cuadrado sea igual a dos, sin embargo:
F
 
Descubrimos así que √‾2 debe ser menor que 3–2, por lo que hemos localizado una cota superior del valor que se quiere encontrar.
 
De la misma forma en que se definió una cota superior, podemos buscar una cota inferior, es decir, un número que sea menor que √‾2.Definir esas cotas resulta muy útil, porque reducimos el rango de valores entre los que se encuentra el valor de √‾2. Para lograr este objetivo usaremos información que ya conocemos, en este caso la cota superior 3–2. Encontraremos un número menor que 3–2 y que al multiplicarlo por 3–2 el producto sea 2. Este problema es sencillo y también lo era para los babilonios. El número es 4–3 ya que:
G
Volviendo a la ecuación (1):
H
Reducir el intervalo de números entre los que se encuentra el valor de √‾2 es un gran avance, y si siguiéramos la misma idea podríamos reducir el intervalo todavía más, hasta que fuera tan pequeño que nos aproximaríamos tanto como quisiéramos a su valor. Por lo pronto, dejemos el intervalo entre 4–3 y 3–2.
 
El siguiente paso es sumar las cotas inferior y superior y dividirlas entre dos, es decir, tomar la media aritmética de estos dos valores, a la cual designamos como la nueva aproximación de √‾2, esto es:
I
nuevamente sustituimos este valor en la ecuación (1):
J
y vemos que no la satisface, por lo que 17–12 tampoco es el valor de √‾2. Sin embargo, si repetimos el procedimiento de encontrar un número cuyo producto con 17–12 sea 2, vemos que:
K
Nuevamente hemos reducido el rango de valores entre los que se encuentra √‾2, es decir:
L
Ya conocemos el camino; el siguiente paso es proponer como la nueva aproximación a √‾2, a la media aritmética de las dos cotas anteriores:
M
Al sustituir 1.414216 en la ecuación (1) obtenemos:
N
Hemos encontrado así una aproximación a √‾2 que tiene una exactitud de cinco cifras decimales; y podríamos repetir el procedimiento hasta encontrar la aproximación con el número de cifras decimales que deseemos.

¿Cómo se calcula en la actualidad?

Aunque hoy día, en la primera década del siglo xxi, el cálculo de raíces cuadradas se efectúa utilizando las maravillosas y diminutas calculadoras, hasta mediados del siglo pasado, un alumno de sexto grado de una escuela primaria prestigiosa era capaz de calcular raíces cuadradas “a lápiz”, mediante un algoritmo sencillo que solía compararse con el de la división. Los ingenieros se valían de las peculiares reglas de cálculo de base logarítmica o de las famosas tablas de Arquímedes Caballero, para obtener, además de logaritmos y funciones trigonométricas de cualquier ángulo, raíces cuadradas. ¿Cómo se efectuaba? El procedimiento se conoce como algoritmo para el cálculo de raíces cuadradas, y se lleva a cabo de la siguiente manera.
 
Una consideración previa se hace necesaria en virtud de que el número dos, es decir, el radicando, solamente tiene una cifra. Si quisiéramos calcular la raíz cuadrada de un número con n cifras, el primer paso sería dividir el conjunto en grupos de dos, de derecha a izquierda. Es decir, si n1n2n3n4n5n6n7n8n9n10n11n12n13 representara cualquier número de trece cifras, al dividirlo en grupos de dos, de derecha a izquierda tendríamos:
O
Podemos observar siete grupos en total, seis de ellos de dos cifras y uno que solamente “alcanzó” una cifra, lo cual no es problema.
 
Tomemos un número en particular. ¿Qué tal el treinta y ocho mil novecientos uno? Agrupando sus cifras de dos en dos, empezando por la derecha, tendríamos: 3 89 01. Hemos obtenido tres grupos, lo cuál significa que la raíz cuadrada de 38 901 tiene tres cifras en su parte entera. Así es, el número de grupos del radicando indica el número de cifras de la parte entera que tendrá su raíz cuadrada.
 
En el caso de √‾2 el único grupo que resulta es el mismo 2. Una vez dividido el radicando en grupos, el siguiente pa­so es encontrar el número más grande que elevado al cuadrado no exceda el valor del primer grupo, es decir el 2, por lo tanto el número que buscamos es 1 y éste es la primera y única cifra de la parte entera de nuestra raíz, entonces:

√‾2 =1

Ahora, el cuadrado de 1, que es 1, lo escribimos debajo del 2 con signo negativo y efectuamos la resta, es decir:
P
Hemos calculado la única cifra de la parte entera de √‾2 y la siguiente pregunta sería, ¿cómo hacemos para calcular cifras decimales de √‾2? Bueno, pues muy similarmente a cómo lo haríamos con la división: ponemos un punto a la derecha de la cifra de la raíz que hasta ahora tenemos y le agregamos dos ceros a lo obtenido de la resta —dos ceros porque estamos trabajando con grupos de dos cifras. Así tendríamos:
Q
Al número que va quedando de realizar las restas se le conoce como el residuo y lo denotaremos por r. También llamaremos residuo al número al que vamos agregando periodos o grupos, por lo que para el caso anterior r=100. El siguiente paso es duplicar la parte de la raíz que llevamos calculada hasta ahora, es decir:

(2)(1)=2

con el número que obtuvimos de la multiplicación construimos un nuevo número n, agregando por la derecha una cifra que denotaremos con la letra d, esto es:

n = 2d (2)

luego, tenemos que encontrar el mayor entero d, tal que:

r – (n)(d) ≥ 0 (3)

Empecemos con d=1, entonces el número que construimos utilizando la ecuación (2) es 21 y al sustituir los valores correspondientes de r=100 y d=1 en la ecuación (3) tenemos que:

100 – (21)(1)=100 – 21=79 ≥ 0

por lo que se satisface la ecuación (3); sin embargo para d=2, obtenemos que n es 22 y que también se cumple la ecuación (3):

100 – (22)(2)=100 – 44=66 ≥ 0

efectivamente, la operación de arriba nos da un número no negativo, pero para d=3 tenemos que n es 23 y que también se satisface la ecuación (3):

100 – (23)(3)=100 – 69=31 ≥ 0

más aún, para d=1, encontramos que n es 24 y que también se satisface la ecuación (3), esto es:

100 – (24)(4)=100 – 96=4 ≥ 0
 
Al intentarlo con d=5 notamos que obviamente no se cumple la ecuación (3), puesto que:

100 – (25)(5)=100 – 125=–25 ≥ 0

Entonces, tenemos 4 valores de d que satisfacen la ecuación (3), ¿cuál de ellos escoger? Recordemos que tenemos que seleccionar el entero d mayor a todos que satisfaga la ecuación (3), por lo que la d que buscamos es 4.
Hemos encontrado la siguiente cifra de la raíz, que es el número d que acabamos de probar, y al residuo le restamos el producto de (n)(d )=(24)(4), es decir:
R
Se ha generado un nuevo residuo, el 4. Si queremos encontrar otra cifra decimal para la raíz, repetimos el proceso: al residuo le agregamos dos ceros y obtenemos 400, es decir, ahora r =400.
 
Nuevamente, a la parte que llevamos de raíz la duplicamos sin tomar en consideración el punto decimal, es decir (2)(14)=28, luego construimos el nuevo número n=28d y determinaremos el valor de d de tal manera que se satisfaga la ecuación (3). Comencemos con d=1, entonces n=281 y sustituimos en la ecuación (3):

400 – (281)(1)=400 – 281=119 ≥ 0

para d=2, tenemos que n=282 y que la ecuación (3) no se satisface, es decir:

400 – (282)(2)=400 – 564=–164 < 0

al parecer esta vez encontramos mas rápido la siguiente cifra decimal, efectivamente, es 1, entonces:
S
Repitiendo el proceso tendremos:
T
Obtenemos así con una exactitud de cinco cifras decimales, esto es, 1.41421. El mismo resultado que ya habíamos encontrado con el método de los babilonios.
 
Probemos ahora el algoritmo para calcular otra raíz cua­drada, por ejemplo, calculemos la raíz cuadrada de 287 130. Primeramente separamos el radicando en grupos de dos cifras, recordemos que tenemos que ­empezar por la derecha. Obtenemos tres grupos, el primero es 28, el segundo 71 y el tercero 30, por lo que esta raíz ten­drá tres cifras en su parte entera; ahora busquemos el entero mayor que al multiplicarlo por él mismo y restárselo al primer grupo nos dé un número no negativo, es decir, 28–d2≥ 0.
 
Al encontrar el valor de d determinamos la primera cifra de la parte entera de nuestra raíz, así que tenemos:
U
Ahora, a la derecha del residuo agregamos el siguiente grupo de dos cifras, para obtener un nuevo residuo, es decir:
V
Como vemos, se está repitiendo el mismo procedimien­to que se desarrolló para calcular , con la única diferen­cia de que en vez de ir agregando periodos de ceros al residuo, le agregamos, uno a uno, los grupos de dos cifras que quedan a la derecha. Cuando hayamos utilizado todos los periodos (grupos) habremos encontramos la parte entera de la raíz cuadrada y si queremos mayor precisión con cifras decimales, bastará con empezar a agregar al último residuo periodos de ceros. Así:
W
 
 
 
Ingenio y sencillez

El procedimiento babilónico para encontrar el valor de √‾2 consistió en replantear el problema en una ecuación cuadrática cuya solución se confinó a un intervalo inicial, en el cual se encontraba el valor de √‾2 . A continuación se redujo el tamaño del intervalo mediante una media aritmética y la reasignación de un valor más cercano a √‾2. El intervalo se hizo tan pequeño como lo requirió el número de cifras decimales que decidimos determinar.
 
Por el contrario, en el procedimiento que utilizamos actualmente para calcular raíces cuadradas no confina­mos la solución a un pequeño intervalo como lo hicieron los babilonios, lo que hacemos ahora es encontrar cada cifra decimal mediante dos operaciones aritméticas (multiplicación y resta) y luego agregar tantas cifras decimales como deseemos.
 
Revisando el proceso que nos legaron los babilonios, observamos que se caracteriza por la sencillez y el ingenio, más una pequeña dosis de talacha aritmética. Sólo nos resta enfatizar que los babilonios no solamente aplicaron sus conocimientos para encontrar la raíz cuadrada de dos. Recordemos que el cuadrado de la célebre tablilla del Museo de Yale tiene treinta por lado y que su diagonal mide
X. Es decir, los babilonios nos legaron un procedimiento que puede aplicarse para calcular la raíz cuadrada de cualquier número entero positivo que se nos ocurra.
 
 
Selene Solorza y Gloria Rubí
Facultad de Ciencias,
Universidad Autónoma de Baja California.
Re­fe­ren­cias bi­blio­grá­fi­cas

Burden, R.L. and Faires, J.D. 2002. Análisis numérico. Thomson, Learning, México.
Kreith, K. and Chakerian, D. 1999. Iterative álge­bra and dynamic modeling. Springer-Verlag, Nueva York.
Programa Educativo Visual. La Biblia de las ma­te­má­ti­cas. Letrarte, México.
Re­fe­ren­cias en la red
http://centros5.pntic.mec.es/ies.ortega.y.rubio/Mathis/Babilonia/Babilonia.htm
http://thales.cica.es/rd/Recursos/rd97/Otros/SISTNUM.html
www.astromia.com/historia/astrobabilonia.htm
www.geocities.com/Athens/2508/sqrt.html
http://es.wikipedia.org/wiki/Ra%C3%ADz_cuadrada
http://pakitoyrakel.iies.es/raiz.doc
http://platea.pntic.mec.es/aperez4/html/babiegipt/babiegipto.html#Babilonia
http://ciencia.astroseti.org/matematicas/articulo.php?num=3650
http://ciencia.astroseti.org/matematicas/articulo.php?num=3625
http://ciencia.astroseti.org/matematicas/articulo.php?num=3626
www.terra.es/personal/arey42/babiloni.htm
Selene Solorza es profesora de matemáticas en la Facultad de Ciencias de la Universidad Autónoma de Baja California (uabc), en dondeobtuvo su doctorado en la especialidad en Sismología. Desarrolla sus investigaciones en el campo de la propagación de ondas en medios poroelásticos, así como en diferencias finitas exactas.

Gloria Rubí estudió una maestría en Métodos electromagnéticos en el Centro de Investigacion Cientifica y de Educacion Superior de Ensenada (cicese); es profesora de matemáticas en la Facultad de Ciencias de la Universidad Autónoma de Baja California (uabc).
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como citar este artículo

Solorza, Selene y Rubí, Gloria. (2007). Las raíces cuadradas en la antigua Babilonia y hoy. Ciencias 86, abril-junio, 26-33. [En línea]
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Los animales y la máquina del tiempo
 
Se describen y discuten los procesos y mecanismos que permiten a los animales tolerar ambientes extremos adaptándose a ellos, enfocándose en las estrategias que utilizan diversos animales para lidiar con los problemas de desecación, frío y anoxia. Se enfatiza la importancia de la suspensión metabólica y su relación con la percepción del tiempo biológico.
María Luisa Fanjul
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¿Quién de nosotros cuando era niño no estuvo en contacto con alguna mascota?, ¿quién no ha observado un colibrí que detiene el vuelo y permanece suspendido en el aire como por arte de magia? Y si se vivía en el campo, tal vez se habrá visto cómo un ratón de campo o una zarigüeya súbitamente queda inconsciente para luego despertar de forma inesperada, o alguna vez, con suerte, una rana congelada que de repente se pone a saltar. Si además fuimos niños curiosos, observadores y amantes de la naturaleza, seguramente nos hicimos muchas preguntas ante el extraño comportamiento de estos seres. Quizá al levantarnos en la madrugada de un frío invierno encontramos a nuestra mascota completamente enroscada y en estado de torpor debido al frío, y si al irnos de va­caciones olvidamos dejarle alimento, al regresar lo encontramos vivo pero inconciente, tolerando la falta de alimento. Seguramente nos hicimos muchas preguntas para tratar de descifrar este extraño comportamiento.

En un niño estas preguntas surgen de una curiosidad innata que a cada instante les hace preguntar ¿por qué?, pero para un adulto, y si además es un biólogo interesado en la bioquímica y la fisiología, las preguntas surgen como resultado de su interés en los mecanismos de regulación metabólica y su expresión conductual, y él sabe que podrá descifrar estos misterios mediante un análisis riguroso de los datos obtenidos en campo o en laboratorio, y robarles sus secretos a estos animales misteriosos capaces de escapar al tiempo biológico.

En los sistemas biológicos el tiempo se puede expresar en unidades de relojería o cronometría, se habla entonces de tiempo astronómico y de reloj biológico; sin embargo, en las células, tejidos, órganos y organismos, el tiempo se mide mediante tasas moleculares o biológicas. Cuanto mas lenta es la tasa metabólica, mayor es la duración del tiempo metabólico respecto del reloj. Un proceso biológico idéntico es veinte veces más lento en un elefante y siete veces más lento en un humano que en un ratón, pues el metabolismo de un animal es inversamente proporcional a la talla. Esto nos indica que al disminuir el metabolismo basal se extiende el tiempo respecto del tiempo del reloj; es algo sabido por muchos cirujanos, quienes al hacer una intervención arriesgada en un paciente le inducen antes una interrupción del metabolismo para poder ganar tiempo. No obstante, el médico sabe bien que al actuar sobre organismos y órganos complejos, como los del humano, dispone de un tiempo limitado; si la intervención es demasiado larga, el tiempo del paciente se extenderá tanto que se volverá irreversible. Esta interrupción debe limitarse a periodos cortos.

Sin embargo, y paradójicamente, existen muchos organismos no tan complejos como el humano que son capaces de utilizar la suspensión metabólica y detener el tiempo biológico, y volver a la vida una y otra vez. Algunos de éstos son animales y han desarrollado mecanismos que les permiten lidiar con niveles límite en los tres componentes ambientales fundamentales para la vida: el agua, el calor y el oxígeno, y así entrar en diferentes grados de detención metabólica e incluso estados ametabólicos.

Estos estados son estrategias que utilizan para lidiar con los problemas de desecación, frío y anoxia, y para llevarlas a cabo los animales disminuyen el metabolismo basal a niveles muy bajos mediante dos procesos fundamentales: la suspensión de las vías oxidativas y no oxidativas (anaerobias) de producción del proveedor de energía celular, el atp; y la reducción de la velocidad de las diferentes funciones de “mantenimiento” que requieren atp, principalmente reduciendo las barreras de permeabilidad entre células, tejidos y órganos, así como entre el orga­nismo y el ambiente. Pero inmediatamente surge una pregunta, ¿cómo se puede llevar a cabo lo anterior sin alterar el equilibrio interno, es decir, sin afectar la homeostasis intracelu­lar de estos organismos? En efecto, la homeostasis intracelular, que depende del metabolismo, no se puede mantener, y éste es uno de los costos de poseer la capacidad de entrar en estados de interrupción metabólica profunda. Sin embargo, el animal puede lograr su supervivencia mediante un tercer proceso, esto es, fortaleciendo los mecanismos de protección de las estructuras intracelulares (ribosomas, mi­tocondrias, arn mensajero, etcétera), que en este estado no son funcionales contra el posible daño de un medio intracelular alterado.

En un animal, la ventaja de la detención metabólica en una situación de amenaza o estrés ambiental es que, a tasas metabólicas bajas, cualquier proceso fisiológico disminuye en forma proporcional.

Son muchos los autores que han en­fatizado la generalidad de la relación existente entre tasa metabólica y tiempo biológico. En todos los niveles de organización biológica, un cambio fraccional en la tasa metabólica significa un cambio fraccional de mayor magnitud pero de signo contrario en el tiempo biológico (relativo al ­tiempo astronómico). En el ser humano, por ejemplo, la percepción del tiem­po cam­bia cuando se presenta un cam­bio en la temperatura interna producido por un cambio en la tasa metabólica. Cuan­do somos niños, el tiempo pasa lentamente, en tanto que al envejecer, el tiempo se nos va de las manos y nos preguntamos, “¿cómo es posible que otra vez sea lunes?”, o nos admiramos, “¡cómo se me pasó este año!”.

Un animal capaz de manejar su metabolismo, maneja el tiempo, extendiéndolo y escapando a él. Sin em­­bargo, nosotros los seres humanos pa­rece que nunca podremos escapar al tiempo biológico, algo tan deseado por numerosos autores de ciencia ­fic­ción, como H. G. Wells, imaginando má­qui­nas del tiempo que permiten a sus personajes moverse hacia el pasa­do y el futuro e incluso detenerse, ha­cién­do se inmortales. Uno se pregunta cómo se pudieron imaginar fá­bu­las y leyendas como la de Rip Van Winkle y otras tantas que leímos de niños, en donde hay individuos que no envejecen o envejecen bruscamen­te, sin saber que en efecto existen me­canismos que permiten a los animales que habitan medios extremos, como las profundidades del mar o los climas árticos, moverse a su antojo en el tiempo biológico o evadirse de él. La imaginación humana se anticipa al descubrimiento científico, pero éste siempre nos maravilla.
 
 
 
Animales buceadores

Muchos animales, incluyéndonos a nosotros, los seres humanos, son sensibles a la disminución de oxígeno ambiental, llamada hipoxia, son numerosas las especies que resisten a ella mediante distintas adaptaciones. El desarrollo de sistemas que permiten la respiración sin oxígeno, llamada anaerobiosis, lo cual les permite resistir en este tipo de ambientes es una de ellas. Existen algunos invertebrados y vertebrados tan eficientes al cambiar de un medio rico en ­oxígeno a otro pobre o carente de este gas, que se les denomina “animales anaerobios facultativos” o “buenos anaerobios”, debido a los mecanismos de protección que poseen para vivir en estos am­bientes que resultan letales a otros ani­males. La estrategia empleada es muy hábil, pues se conforman al cambio en la cantidad de oxígeno en el ­ambiente disminuyendo su consumo hasta llegar a niveles mínimos; es por ello que se les llama “conformistas”. Además, y en forma simultánea, existe una se­gun­da adaptación, aún mas interesante, que consiste en detener el sistema de transferencia de electrones y, por lo tanto, el metabolismo oxidante, desviando así sus mecanismos de obtención de energía oxidante a vías anaerobias, de  tal modo que cuando la disponibi­lidad de oxígeno en el medio llega a niveles críticos, el metabolismo oxidante se detiene. El grado de detención metabólica varía en los diferentes tipos de células, tejidos y órganos adaptados a la hipoxia, y el metabolismo basal puede decrecer de cinco a veinte veces. Esta adaptación es típica de animales que no producen calor interno mediante vías metabólicas, sino que lo toman del medio, es decir, que son ectotermos.

Entre los vertebrados que producen calor interno sólo existen dos tipos de animales capaces de tales estra­tegias, los mamíferos marinos y las aves buceadoras. Tanto los primeros como los patos silvestres buceado­res pueden reservar su aporte de energía para mantener el requerimiento básico de los tejidos, por una parte, consumiendo sustratos fermentables y, por otra, minimizando la acumulación de productos de deshecho mediante una serie de mecanismos que integran el reflejo fisiológico del buceo, esto es, la reacción del organismo al momento de la inmersión, la primera línea de defensa contra la hipoxia.

Así, en el momento en que ocurre la inmersión del animal, se produce apnea, bradicardia y vasoconstricción periférica. Los efectos metabólicos de este reflejo ocasionan una distribución preferente de la sangre, que entonces va a los tejidos que presentan una mayor demanda energética, así como una reducción en la tasa metabólica de los tejidos que no la demandan. Por otra parte, se produce una acumulación de productos anaeróbicos terminales, como el ácido láctico, el cual se utilizará durante la recuperación posterior a la inmersión. Cuando se efectúa un esfuerzo físico durante el buceo, la musculatura esquelética demanda mucha energía —como es el caso de animales buceadores como las focas de Weddel del océano Antártico que bucean a pro­­fundidades de casi 600 metros durante lapsos de más de una hora— y requieren cierta cantidad de energía aeróbica en el músculo en movimiento. Dicha energía se obtiene a partir del reservorio de glóbulos rojos que son almacenados en el bazo del animal justo al iniciarse el buceo, modificando el gasto y la frecuencia cardiaca para regular el flujo sanguíneo hacia los múscu­los, de acuerdo con la velocidad de nado del animal. En las fo­cas, el bazo actúa como un verdadero tanque de oxígeno para buceo, el cual es regulado por la concentración de oxígeno en la sangre. Durante los primeros diez o quince minutos de un buceo corto, y como consecuencia del colapso y no funcionalidad del pulmón durante la inmersión, la cantidad de hemoglobina en la sangre aumenta hasta en 60%, ya que el bazo, que en es­tas focas es un gran reservorio dinámico de glóbulos rojos, se contrae debido a un efecto vasoconstrictor, seguramente provocado por la hipoxia, inyectando hacia la sangre, en forma controlada, glóbulos rojos ricos en oxígeno.

Durante este buceo voluntario, la tasa de entrada de lactato al plasma es balanceada por la tasa de salida del mismo, y los músculos que efectúan el esfuerzo físico actúan como enlace, evitando la deuda de oxígeno y la acumulación de lactato posterior al esfuerzo, que sólo se produce en buceos exploratorios muy largos. Así, los diferentes tejidos hipofundidos sufren distintos grados de interrupción metabólica, y el tiempo biológico se torna lento, extendiéndose de diez a veinte veces respecto del tiempo cronomé­trico. Un buceo de treinta minutos es equivalente a un lapso de 1.5 a 3 minutos de vasoconstricción de estos órganos a tasas metabólicas normales.

Los animales hibernadores y el torpor

Cuando los humanos nos vemos expuestos a temperaturas ambientales bajas, la temperatura de nuestro cuerpo decae, produciéndose hipotermia. La producción de calor debida a la contracción muscular, que llamamos escalofrío, cesa a temperaturas de entre 30 y 32°C, y nuestro corazón fibrila entre 27 y 29°C, en tanto que la ventilación cesa entre 23 y 27°C, conduciéndonos a la muerte. Sin embargo, son muchos los mamíferos capaces de evitar estos daños, ya que en ellos se presentan estados conductuales en los que hay una disminución en la tem­pe­ra­tu­ra corporal; a este estado se le de­nomina torpor, y se produce en ani­males invernantes. En contraste con la hipotermia, la reducción de la temperatura en los hibernadores no es un estado patológico. Los hibernadores profundos son verdaderos maestros de esta hipotermia adaptativa y mantienen temperaturas por debajo de 0°C durante mas de tres semanas ¿Cómo pueden hacerlo sin caer en una hipo­ter­mia letal? Las respuestas clave para obtener el torpor incluyen una profunda reducción del metabolismo, así como de la frecuencia cardiaca o bradicardia, y una temperatura basal extremadamente baja. Los tres tipos de animales que presentan estados de torpor muy profundos y regulares son los roedores, los osos y los murciélagos.

Los roedores esciúridos, entre los que se encuentran las ardillas, viven en madrigueras subterráneas y presentan ritmos endógenos anuales de reproducción, engorda e hibernación. El ciclo comienza en la primavera con el apareamiento, la gestación y el nacimiento de las crías, a las cuales se desteta rápidamente, obligando a los juveniles a enfrentarse al ambiente para crecer y obtener una masa corporal suficiente durante el verano, y poder sobrevivir al invierno, la estación de hibernación. En el otoño, estos animales construyen túneles bajo tierra y permanecen en ellos hasta la primavera sin comer ni beber, protegiéndose de la lluvia y la nieve, mas no permanecen estáticos, ya que presentan ciclos con fases de torpor y despertar. La estación de hibernación comprende una serie de brotes de torpor de una duración de entre una y tres semanas, en que los animales alcanzan temperaturas muy cercanas a las del ambiente, es decir, menores de 0 °C. Estos periodos de hipotermia alternan con periodos de recalentamiento que duran alrededor de veinticuatro horas, en los que alcanzan temperaturas de 37°C, y se consume una gran cantidad de energía. En estos estados tórpidos, tanto la temperatura como el consumo de oxígeno y la tasa metabólica decrecen enormemente; la frecuencia cardiaca en una ardilla tórpida puede decrecer de ciento sesenta y cinco a veinte latidos por minuto.
 
 
El metabolismo de un animal hiber­nador se puede dividir en tres fa­ses: la entrada, que dura alrededor de veinte horas, el torpor, que dura de unos días a un mes, y el despertar, que dura alrededor de dos horas y reca­lien­­ta el animal, hasta llegar a la ho­meo­termia. En tales periodos de hipo­metabolismo, el animal escapa al tiempo biológi­co, pero, ¿cuáles son los mecanismos reguladores que le permite hacerlo? Los cambios súbitos en la temperatura interna del animal se deben sin duda a un cambio en el set point del hipotálamo, el mecanismo encargado de regular la temperatura en los euter­mos, una especie de termostato. El valor de referencia baja y sube con facilidad, no sólo como consecuencia de cambios ambientales, sino debido también a señales cíclicas endógenas. Como consecuencia, se producen también cambios en el metabolismo de di­ferentes regiones cerebrales; durante el torpor disminuye el metabolismo en muchas de ellas. Sin embargo, para pro­cesar la información térmica desde el cerebro, en un conjunto de neuronas el núcleo paratrigeminal aumenta su actividad. Todo el ciclo de hibernación está bajo el control del sistema nervioso autónomo y, al final, el sistema parasimpático que determina el torpor es contrarrestado por la acción del sistema simpático. Al iniciarse entonces el despertar, tanto el aumento en la frecuencia cardiaca y la vasoconstricción, como el calentamiento debido al consumo del tejido adiposo pardo y el titiriteo —ambos necesarios para la termogénesis—, resultan de mecanismos simpáticos. El costo energético de esta etapa es elevado, ya que también pueden ser consumidos carbohidratos y proteínas. En un roedor la entrada en torpor representa alrededor de 13% del costo energético de la hibernación, pero la salida puede representar un costo mayor.
 
 
La ardilla y el oso representan dos tipos extremos de hibernadores. En el primero, la hibernación representa una ventaja, ya que la interrupción me­ta­bó­li­ca le permite sobrevivir durante la privación alimentaria del in­vier­no mediante sus reservas de grasas y carbohidratos; mientras que en los osos pardos, a los que se ha cuestionado co­mo verdaderos hibernadores, las ven­ta­jas no son tan claras, pues hay un costo energético tanto en el enfriamiento como en el calentamiento de un animal tan grande. Sin embargo, el oso adopta estrategias similares a las de los roedores; sus reservas grasas aumentan en el otoño, antes de la hibernación, su metabolismo se deprime durante el torpor, y los ácidos grasos y los cuerpos cetónicos constituyen el combustible metabólico durante el periodo de hibernación. La enorme talla del oso limita la supresión metabólica, la cual es pequeña comparada con la de los pequeños roedores; sin embargo, y debido a su talla, la proporción de esta reducción, de entre 15 y 30% —poco en relación con los roedores que la reducen entre 50 y 90%—, permite a los osos conservar una tasa metabólica baja, sin el costo energético que representa el despertar, conservando, durante todo el periodo, combustibles tan importantes como las grasas y las proteínas, y activando en forma espectacular al ciclo de la urea, que se vuelve 100% eficiente y reduce la pérdida de nitrógeno, casi llegando a suprimirla. Estos osos no solamente escapan al tiempo biológico mediante la supresión metabólica, sino que, en términos de un metabolismo nitrogenado, lo extienden en forma indefinida, convirtiéndose en animales atemporales.

Animales congelados y supercongelados

Los animales ectodermos que vi­ven en climas templados o polares, ya sea en forma estacional o perpetua, se encuentran con temperaturas tan bajas que pueden congelar tanto los líquidos extracelulares como los intracelulares. Los insectos terrestres utilizan dos estrategias para sobrevivir a estas temperaturas: activar mecanismos que les permiten evitar el frío de congelación, o helarse y vivir en estado de con­gelación.

Una estrategia para resistir el frío es la depresión del punto de supercongelación de los líquidos corporales; otra es la eliminación de posibles sitios de formación de hielo, lo que se conoce como nucleación, por ejemplo, mediante el vaciamiento del intestino; y otras más son la acumulación de crioprotectores como los alcoholes polihídricos, y el mantenimiento de proteínas anticongelantes en la hemolinfa. Aunque muchos insectos se protegen del invierno extremoso en esta forma, no es suficiente, debido a que la formación de hielo es una constante y puede ser letal. Probablemente fue la formación intracelular de hielo la presión de selección que determinó la tolerancia al frío, como sucede en escarabajos, moscas y avispas, que tanto en estado larval como de adultos son capaces de desarrollar una tolerancia a la congelación.
 
Estos animales son capaces de sintetizar sustancias anticongelantes como el glicerol, el sorbitol y el manitol, conocidos como polioles, además de agentes nucleantes como los polipéptidos y los glicopéptidos. Tales compuestos son los productos finales del metabolismo inmediatamente an­tes de que el animal entre en suspensión metabólica. En las especies tolerantes a la congelación, el metabolismo oxidante se mantiene a ­temperaturas menores de cero, mientras no ocurra la congelación, manteniendo un ba­lan­ce en las vías oxidantes. Sin em­bargo, este balance cambia cuando so­bre­vie­ne la congelación, debido a que la fase de transición que va de hielo a agua deprime el metabolismo en for­ma severa, y el consumo de oxí­geno cae a menos de 1% de la tasa nor­mal. La síntesis de polioles cesa y la pro­ducción de energía oxidante cae, aunque la producción de energía glicolítica continúa, como lo demuestra la producción de lactato.
 
 
Pero, ¿como se lleva a cabo la congelación del animal? Paradójicamente el papel de los agentes nucleantes es el de minimizar el riesgo de la con­gelación, subiendo hacia cero la temperatura a la que se lleva a cabo este proceso. Si el animal se congelara a temperaturas tan bajas como 18°C bajo cero, la rápida formación de cristales de hielo rompería las membranas celulares, produciéndose deshidratación y alteración del balance osmótico en el espacio extracelular, por lo que la congelación se extendería al compartimiento intracelular, de tal modo que los procesos metabólicos para auto­congelarse no serían posibles. Para evitarlo, los insectos inducen una síntesis controlada de agentes nucleantes que controlan la formación del hielo, produciéndose una congelación lenta y controlada y manteniéndose el balance hídrico y osmótico bajo la acción de los polioles. Una vez que en el animal congelado se produce la interrupción del metabolismo, una sola molécula de sustrato puede mantener un insecto totalmente helado durante cien veces más de tiempo que a un insecto normotérmico; es decir, que la duración del tiempo biológico aumenta en dos o más órdenes de magnitud.
 
 
Una extensión de tiempo similar se produce en algunos batracios. ¿Cuánta actividad metabólica hay en una rana congelada? Prácticamente nada, si nos fiamos de los signos vitales; la rana no respira, y si hacemos una disección en plena congelación encontraremos que su corazón no late —aunque en unas pocas habrá un latido cardiaco intermitente— y el corazón y el hígado son casi blancos y carecen de flujo sanguíneo, mientras una gran cantidad de sangre congelada se acumula en los grandes vasos cercanos al corazón. Por lo anterior, durante la congelación no parece haber flujo de oxígeno ni de sustratos hacia la sangre. En este estado, la única forma mediante la cual este animal puede obtener oxígeno es por medio de la vía cutánea, y a través de la piel la rana obtiene únicamente 1% de lo normal. ¿Cómo pueden en­tonces obtener la energía estas especies? La única forma es mediante la fermentación anaeróbica de las reservas de glucógeno, lo cual produce lactato, y el consumo de las reservas de fosfátenos y adenilatociclasa. Así, al ir disminuyendo simultáneamente el metabolismo al mismo tiempo que la temperatura corporal por debajo del punto de supercongelación y tolerando la congelación, las ranas se hielan en forma reversible, aumentando o disminuyendo la duración de su tiempo biológico, viajando así en nuestra tan deseada máquina del tiempo.
María Luisa Fanjul
Facultad de Ciencias,
Universidad Nacional Autónoma de México.
Re­fe­ren­cias bi­blio­grá­fi­cas

Hochachka, P. W. y N. G. Somero. 2002. Biochemical Adaptation: Mechanism and Process in Physiological Evolution. Oxford University Press.
Storey, K. B. 2004. “Adventures in oxygen metabolism”, en Comp Biochem Physiol B Biochem Mol Biol., núm. 139, vol. 3, pp. 359-369.
María Luisa Fanjul de Moles es Doctora en Ciencias y Profesora de Tiempo Completo en la Facultad de Ciencias de la unam, Miembro del Sistema Nacional de Investigadores y de la Academia de la Investigación Científica. Ha publicado numerosos artículos científicos sobre neurofisiología comparada y cronobiología y participado en diferentes foros nacionales e internacionales.
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como citar este artículo

Fanjul de Moles, María Luisa. (2007). Los animales y la máquina del tiempo. Ciencias 86, abril-junio, 14-22. [En línea]
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Paradojas en la ciencia general, genial en lo grande, irracional en lo pequeño
El autor reflexiona en torno a temas como la fiabilidad de la ciencia, la visión reduccionista que ha imperado en ciertas interpretaciones, la falta de una visión histórica de la ciencia así como la necesidad de un cambio de patrones de consumo en las sociedades actuales, en la búsqueda de una calidad de vida que se relaciona con el rescate de valores, actitudes, conductas que formen parte de una ética de la ciencia.
Richard Levins
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La ciencia se presenta a veces como una gran autoridad, prepotente, al punto que abruma a la gente, especialmente cuando viene acompañada de un potente aparato de investigación, con grandes diplomas, con toda la autoridad de los países dominantes; es algo que puede intimidar la independencia intelectual en los países en desarrollo. Es por ello que resulta importante discutir acerca de la fiabilidad de la ciencia. Porque la ciencia es falible; es inevitable, siempre habrá errores, debido a que lo único que podemos hacer en la ciencia es estudiar lo desconocido como si fuera algo conocido. No tenemos otra manera de hacerlo y, además, lo desconocido termina por parecerse a lo conocido; esto hace la ciencia posible. Finalmente, la ciencia es necesaria, pues el sentido común no es suficiente guía para dirigir nuestras investigaciones.
 
Tomemos el caso de la epidemiología. Hace treinta años era muy de moda hablar de la transición epidemiológica, la cual se basaba en la idea de que las enfermedades infecciosas ya habían sido eliminadas, y que las enfermedades del futuro serían las crónicas. Era tan fuerte esta idea, que en numerosas insitituciones fueron cerrados departamentos de estudios de enfermedades infecciosas —en Harvard eliminaron el departamento de microbiología y el de salud pública—, y los estudiantes de medicina fueron orientados hacia campos diferentes, porque se decía que éste era ya un campo muerto.
 
Sin embargo, todos sabemos cuán triste fue la historia. Vino el resurgimiento de la malaria, el cólera, la tuberculosis, la poliomielitis, y el surgimiento de enfermedades nuevas, emergentes, como el sida, el ébola, la fiebre hemorrágica argentina, la venezolana, y toda una larga lista que ya conocemos. La salud pública fue un campo tomado por sorpresa, y vale la pena preguntar ¿por qué? Es evidente que los compañeros científicos que cometieron estos errores no eran menos capaces que nosotros, no eran menos instruidos. Si cometieron tales errores es porque debe ­haber algún patrón mental que los llevó a ello, el cual incluye varios tipos de lo que denominaré estrechez de miras.

La primera forma de estrechez es la relativa a la histo­ria. Si bien fueron capaces de darse cuenta de que las en­fer­me­da­des infecciosas habían estado disminuyendo durante un siglo o un siglo y medio, principalmente en Euro­pa y América del Norte, no lo fueron para mirar hacia atrás en el tiempo; si lo hubieran hecho, habrían visto que las enfer­me­dades pueden volver varias veces, como el caso de la plaga Dino, que se presentó durante el iv siglo en Roma y volvió a Europa en el siglo xiv; o bien, que hay enfermedades como la de Sudor, que azotó Inglaterra varias veces durante el siglo vii, y luego desapareció, al punto que todavía no sabemos de qué enfermedad se trataba. Los especialistas que pregonaban la transición epidemiológica estaban tan convencidos de que el mundo moderno es tan diferente al pasado, que la historia no importaba para nada.
 
El segundo tipo de error proviene de la separación exis­tente entre la medicina y otras disciplinas afines, como la veterinaria y la fitopatología. Si hubieran discutido con compañeros de estos dos campos, se habrían dado cuenta de que tanto en los animales domésticos como en los silvestres, y de manera similar en las plantas, había un surgimiento de enfermedades nuevas, un regreso de enfermedades viejas, y un flujo de enfermedades de una parte del mundo a otra. Así, por ejemplo, la enfermedad de la tristeza del cítrico es una enfermedad que se parece en cierto sentido al cólera, el cual viene desde Asia y se propaga por el mundo como pandemia, mientras que la leucemia felina o las enfermedades neuropatológicas de los leones, de los ciervos, se parecen a la enfermedad de la vaca loca, a la de Creutzfeldt-Jacob en los seres humanos. El problema es que las escuelas de agricultura están, por lo general, en las zonas rurales de Estados Unidos, mientras las de medicina están en las ciudades, y los investigadores no leen las mismas revistas, ni se encuentran en reuniones.

Otro tipo de estrechez de miras se aprecia en el hecho de que en la idea de la transición epidemiológica no tomaron en cuenta la ecología ni la evolución. La evolución nos muestra que los microbios evolucionan y, cuando nosotros hacemos algo, cambiamos las condiciones de evolución de los microbios. Por ejemplo, el antibiótico les provoca resistencia a éste, mientras los cambios en la ­vida social modifican la forma de propagación, de contagio de las enfermedades. De igual manera, todo cambio ecológico es un cambio evolutivo que afecta la epidemiología; por ejemplo, el riego agrícola, al introducir zanjas de riego crea un espacio en donde pueden reproducirse los mosquitos de dengue, de malaria, y la tala de los bosques provoca la dispersión de la mosca tsé tsé, que transmite la enfermedad del sueño, ya que es una mosca que vive en la sombra, por lo que se va a refugiar en las plantaciones de plátano, donde puede tener la sombra necesaria.

Así, cada cambio en la economía, la demografía, la eco­lo­gía o en la vegetación es también un cambio en la epi­de­mio­logía, por lo que, cada vez que se presente un programa de desarrollo económico que modifique el ambiente, hay que estar pendiente, y preguntar cómo se verán afectados los mosquitos, las garrapatas, en fin, toda la naturaleza, ya que compartimos una evolución y una epidemiología con ellos.
 
Un error más fue la fe en la varita mágica, es decir, la idea de que los microbios luchan contra nosotros con las armas de la mutación, mientras nosotros tenemos ar­mas nuevas, antibióticos, vacunas, plaguicidas, y que nuestro armamento aumenta y se desarrolla, mientras los microbios dependen siempre del mismo armamento del pasado, por lo que nosotros debemos ganar. Era una ilusión que no consideraba la evolución de los microbios, y vale la pena preguntar, ¿por qué tanta fe en la varita mágica, en el fármaco, en la vacuna? Desde una perspectiva evolucionista se podría plantear que la época de antibióticos fue como una etapa sucesional en la evolución de nuestra relación con los microbios y, al igual que las etapas sucesionales en un bosque, tuvo su duración y después desapareció. Pero, ¿qué va a pasar cuando hayamos agotado todas las posibilidades de antibióticos? Porque los microbios demoran solamente dos o tres años en evolucionar ante las sustancias de los antibióticos, al igual que, en el campo, los insectos requieren dos o tres años para tornarse resistentes a las sustancias de los plaguicidas.

Finalmente, los epidemiólogos pensaban que la afluencia económica iba a enriquecer al mundo entero, de modo que todos tendrían recursos para aprovechar los adelantos de la ciencia médica. Fue así que, con todas estas ideas, los investigadores se quedaron con la confianza de que las enfermedades infecciosas iban a desaparecer.
 
 
La revolución verde

En la agricultura tenemos el caso de la llamada revolución verde, basada en una idea muy restringida de lo que es el progreso. El concepto predominante fue el siguiente: en primer lugar, que una alta densidad de trabajo, de mano de obra, es algo primitivo, mientras que una alta densidad de capital es algo moderno; entonces la agricultura evoluciona si se pasa de un trabajo realizado a mano, a un trabajo mecanizado, con riego y químicos —fertilizantes, plaguicidas. En segundo lugar, que un predio pequeño es sinóni­mo de atraso, mientras que un predio grande lo es de modernidad, ya que se trata de un modelo industrial. En tercero, que la heterogeneidad de una parcela campesina, de un ejido, es algo atrasado, mientras que la homogeneidad del monocultivo es algo moderno. Y en cuarto lugar, que el conocimiento tradicional es atrasado por ser mera superstición, mientras que el conocimiento científico es moderno. Sobre la base de estos preceptos se podía entonces hacer mofa de la ignorancia campesina para introducir la tecnología moderna.

Hay que señalar que por tecnología moderna se entendía aquella que resulta de una visión reduccionista, es decir, que es producto de una investigación realizada a escala molecular, pues mientras más pequeño es el objeto de estudio, más moderno se considera —la molécula es más moderna que el organismo, y el organismo más moderno que una comunidad ecológica. Esta visión ha tenido un impacto terrible sobre los museos, ya que en muchos países se eliminaron las subvenciones para mantener las colecciones de insectos, lo que permitia identificarlos. Ahora los jóvenes casi no quieren estudiar la taxonomía, y la biología es cada vez más el estudio de un homogenado de tejidos de insectos, de animales que los estudiantes nunca han observado en el campo.
 
El resultado de este enfoque en la agricultura es por demás conocido. Ya en los setentas nos dimos cuenta de que aquello que llamaban agricultura moderna sólo socavaba la base productiva de la agricultura debido a la erosión, la compactación y la salinización del suelo. En vez de eliminar las plagas, se provocaron nuevas, como la de ácaros en los frutales, y otras más que, se puede decir, fueron creadas por una modernización de la agricultura que eliminaba sus competidores y depredadores. Y al ser eliminados los enemigos naturales de las plagas, se obligaba al agricultor a utilizar cada día más plaguicidas —en algunos sitios riegan diez o veinte veces durante la temporada porque los insectos tienen mayor resistencia.

Aquí podemos ver los efectos de una perspectiva reduccionista, por ejemplo, el ddt puede matar a cierta especie de insecto si lo colocamos dentro de un frasco y le ponemos este insecticida. Es un resultado obtenido a nivel fisiológico —del insecto—, pero el error científico consiste en pretender que esto hace de él un hecho ecológico, que al regar ddt en el campo se va a controlar este insecto. Se pensaba que lo que uno aprende en pequeña escala es aplicable en una grande sin considerar la dinámica de los ecosistemas. Pero resulta que cuando regamos plaguicida, éste mata tanto a la plaga como a su regulador, a su enemigo natural. Sin embargo, la plaga se beneficia porque, aun cuando se ve perjudicada por el veneno, éste ataca también a su enemigo, mientras que el depredador se perjudica doblemente, ya que él se envenena y su alimento también. Esto se debe a la retroacción existente entre la plaga y su depredador, en la cual el segundo resulta más vulnerable. Éste es un resultado científico obtenido a nivel ecológico, y aunque es de lo más sencillo, no se había tomado en cuenta, lo cual quiere decir que la fiabilidad se basaba en una idea reduccionista que planteaba que lo que uno aprende en pequeña escala puede explicar lo que ocurre en una más grande, sin considerar los procesos de retroacción, interacción a una mayor escala, ni tampoco los efectos del clima y demás factores que intervienen.

Es así como dicha modernización produce una mayor susceptibilidad a las plagas, a sucesos ambientales y climáticos, a los precios en el mercado internacional. Los químicos no sólo destruyen la vida silvestre, envenenan también a los campesinos y a los consumidores, producen la eutrofización de lagos y ríos, dañan la costa y envenenan a la gente que allí llega, desplazan al campesino hacia ciudades sin oportunidades de empleo, socavan la independencia económica de la mujer y subordinan la economía nacional a un mercado global sobre el cual ya no tenemos ningún control.

El reduccionismo en cuestión

Los casos analizados poseen una serie de elementos comunes, y en particular el enfoque reduccionista empleado en su concepción, el cual no contempla los diferentes niveles de organización de la naturaleza, los cuales tienen su autonomía, sus propias leyes, sus procesos de cambio y también tienen conexiones. En este sentido, es preciso insistir, en primer lugar, en la autonomía relativa de cada nivel, lo cual justifica su estudio con igual respeto, sin pretender que hay un nivel fundamental. Por ejemplo, es cierto que las moléculas al interior de una célula determinan su comportamiento, pero también lo es el hecho de que la evolución de esa célula al interior de un organismo determina cuáles son las moléculas que están presentes y cómo están organizadas en el espacio, por lo que hay una determinación mutua entre niveles. En la actualidad el principal error es el no reconocer esta autonomía, la autonomía relativa.

Uno se puede preguntar, ¿de dónde proviene esta visión reduccionista, esta falta de visión histórica que aborda las cosas fuera de contexto, limitándose a un solo nivel? Desde el siglo xvii, en la historia de la filosofía de la ciencia en Europa, aparece el reduccionismo. Ese reduccionismo parecía muy sensato a los investigadores, ya que correspondía a su experiencia en la vida social. El capitalismo planteaba un mundo de individuos como átomos en el vacío, tropezándose externamente sin tener un impacto interno; así, la empresa, el individuo o cualquier cosa son átomos, por lo que al comprender el comportamiento del individuo es posible entender el todo. En la economía neoclásica y clásica, el individuo económico, el homo economicus, es el átomo de la economía y se estudia en el marco de un mercado abstracto, sin considerar quiénes son los dueños de los mercados, cuál ha sido su historia, qué determina lo que llega al mercado, cuál es la relación de poder entre la gente que entra al intercambio.

Todo ello es la expresión de una visión reduccionista; no obstante, esa filosofía dominante posee también aspectos positivos, como por ejemplo, que cada planteamiento debe ser verificado, que una propuesta teórica debe ser aceptada por su contenido y no por provenir de tal o cual persona, que cada propuesta debe ser explicable, etcétera. Son todos planteamientos de una democracia en el conocimiento. El problema es que cada vez más la ciencia se convierte en mercancía, y esto se pierde, es muy costoso repetir experimentos grandes, no se permite que ­todo mundo tenga acceso al gran teatro de la ciencia, pues hay patentes, secretos industriales, lo cual obstaculiza la evaluación de los trabajos científicos. Sin embargo, la filosofía general sigue siendo dominante y la neutralidad de la ciencia, uno de sus planteamientos centrales, perdura también, aun cuando en la práctica no es cierto, pues cada día vemos más corrupción en la ciencia por parte de las autoridades. Por ejemplo, uno tiene que obtener su grado académico en algún departamento de una institución, los cuales tienen sus reglas; los nombramientos dependen del mismo departamento, por lo que, a la larga, un investigador que se atreve a salir de los limites de su campo, no va a ascender, no va a recibir los beneficios que sus compañeros que sí se mantuvieron en la línea trazada.

Hay una economía política de la investigación, pues una vez que la ciencia se hace mercancía, las coorporaciones logran dominar el pensamiento, definen el horizonte intelectual de los investigadores. Por ejemplo, Monsanto nunca se pregunta cuál es la mejor forma de controlar una plaga, más bien se pregunta cuál es el mejor uso de sus productos. Una vez di una charla en una compañía quími­ca y describí los cinco niveles de defensa de los cultivos contra las plagas, entonces un señor se levanta y dice: “para hacer eso tenemos que ser una coperativa agrícola, lo cual no somos, pues somos una corporación petrolera y nuestra misión es convertir el petróleo en algo que se pueda vender a los campesinos”. Sucede lo mismo en el campo de la medicina. Cuando surge una enfermedad, las coorporaciones se preguntan, ¿cómo producimos una droga?, en vez de preguntarse, ¿a qué estamos expuestos?, ¿qué contaminantes se hallan en el aire, en el hogar, en el trabajo? Es por ello que hay mucha investigación sobre medicamentos y sobre el cáncer, pero muy poca sobre sus causas industriales.

En suma, he ofrecido tres niveles de explicación y es posible adentrarse en cada uno de ellos, examinando así la estructura de la filosofía reduccionista, la organización institucional de nuestros campos de ciencia y la economía política del conocimiento. Y una vez examinados los tres de manera independiente, podemos entonces buscar las relaciones existentes entre ellos. Esto es fundamental, ya que, por un lado, la experiencia que se vive por la fragmentación del conocimiento prevaleciente en las instituciones da fuerza a la filosofía que subyace a tal fragmentación; y por el otro, la economía política crea un ambiente intelectual que promueve la fragmentación y el reduccionismo. Así, en los tres niveles vemos factores que obstaculizan un enfoque más amplio, mientras que resulta evidente que las necesidades internas de la ciencia y sus aplicaciones frente a los grandes problemas se inclinan a favor de un enfoque complejo, un enfoque dialéctico que contraponga una orientación más integral y más humana ante el cientifismo, la dominación tecnocrática y el reduccionismo en la ciencia contemporánea.

El enfoque dialéctico

Empezemos con el planteamiento de Hegel, quien sos­tie­ne que la verdad es el todo, una advertencia de que el mun­do es mucho más grande de lo que pensamos y que cuando analizamos las piezas por separado no se obtiene suficiente información para entender el todo. Ahora bien, ciertamente nosotros no podemos captar el todo, pero la advertencia de He­gel nos ayuda por varias razones. En primer lugar, afirma que hay que plantear el problema lo más ampliamente posible para que quepa una solución, ya que si el pro­blema está planteado de manera muy estrecha, la solución que se obtendrá será exterior a éste, vendrá de fuera; con una solución así, lo único que se puede hacer es medir y hacer análisis estadísticos. Es necesario entonces tratar de expandir el problema, lo cual, en contra de lo que siempre se ha pensado, puede ayudarnos a su resolución, ya que, a veces, mientras más grande es un problema, es más fácil de resolver que un problema pequeño, porque entonces uno puede discernir un patrón. En segundo lugar, después de haber planteado el problema lo más ampliamente, no hay que dejar de tomar en cuenta que siempre hay algo más allá, aun cuando eso pueda destruir nuestras conclusiones teóricas, trastocar lo que pensamos o restringir su aplicabilidad. Cuando examinamos algo, hay que preguntarse siempre donde se inserta el resto del mundo. A veces eso es suficiente para empezar un análisis aún más grande.

El siguiente principio es el de conexión, esto es, que existen conexiones entre fenómenos que no hemos imaginado que puedan tenerlas. Por ejemplo, de vez en cuando yo pregunto a mis estudiantes, ¿cuál es la relación entre el abono de nitrógeno y la independencia económica de la mujer? Y es que en la revolución verde la compra de abono químico y el paquete tecnológico recae por lo general en manos de los hombres, y el costo de los insumos obliga a sembrar todo terreno con algo para exportar, por lo que para buscar leña es necesario ir más lejos, se requieren más horas al día, y esto es tarea de las mujeres. Lo importante es que los fenómenos que no tienen conexiones aparentes sí pueden estar conectados, por lo que aun al efectuar el trabajo de laboratorio más limitado es un buen ejercicio el comenzar por preguntarse y examinar cuáles son las conexiones posibles que puede haber más allá de la propia disciplina. En una ocasión, un genetista muy especializado en la revolución verde respondió una pregunta sobre los daños que ésta ocasiona, diciendo, “bueno, pero yo solamente soy genetista, mi labor es aumentar el rendimiento del trigo y el resto concierne a los gobiernos”. Semejante rechazo de responsabilidad individual es el equivalente ético del reduccionismo en el trabajo de laboratorio.

Tenemos después el principio de cambio, esto es, que todo en el mundo está cambiando, de modo que lo que llamamos una cosa es tan sólo una foto de un proceso, y si éste perdura suficiente tiempo, podemos darle un nombre, sin olvidar que es algo siempre cambiante. Como dijo Heráclito, no se puede pasar por el mismo río dos veces, ya que el cambio es universal. Es esto lo que nos induce a hacer preguntas sobre las cosas; primero, las cosas tal y como están ahora no nacieron, no siempre han sido así y no tienen por qué permanecer así. El principio central de la historia es que las cosas han llegado a ser lo que son y hay que comprender este proceso para poder entenderlas.

Esto nos conduce a dos preguntas más, ¿por qué son las cosas así en vez de ligeramente diferentes?, y ¿por qué son las cosas así en vez de muy diferentes? La primera versa sobre la autorregulación, la homeostasis, esto es, el mismo principio de que el estado de un sistema se mantiene más o menos dentro de ciertos límites pero está rodeado de cosas que lo perturban, por lo que siempre se aleja de su condición pero regresa a ella. Actualmente conocemos en cada campo cuáles son estos procesos de retroacción negativa; por ejemplo, si aumentamos el consumo de azú­car, el cuerpo suelta más insulina; si aumenta una pla­­ga, aumentan sus depredadores; si aumenta el precio de algo, aumenta su producción. Así es que, en todos los cam­pos, en todos los sistemas, vemos procesos de autorregulación, y sobre ellos hacemos preguntas. ¿Con qué rapidez se reajusta un sistema?, ¿cuánto tiempo necesita para borrar la influencia de un suceso externo? Éstas son las preguntas sobre la vida media de las cosas, ya que cada cosa tiene su vida media, incluso las teorías.

La segunda pregunta, ¿por qué están las cosas como están?, es muy diferente, ya que se trata de la pregunta sobre la evolución, sobre la historia. Se puede ver que hay procesos que mantienen las cosas más o menos como están y otros que cambian las cosas, pero, ¿cuál es la relación entre estos dos tipos de proceso? Usualmente, los procesos de cambio regular son más lentos, y no se notan sino hasta que transcurre bastante tiempo, mientras que los procesos de autorregulación son más fuertes pero también más revertibles, es por ello que, a la larga, si bien los procesos de largo plazo tienen su efecto, los de autorregulación también tienen efectos de largo plazo. Así, por ejemplo, si una persona come mucha azúcar y cada vez que lo hace se regula con insulina, a la larga se agota su páncreas; o bien, se puede mantener el orden en la calle por medio de la represión policíaca, pero a la larga la gente dice “¡basta!”. Esto quiere decir que los procesos de autorregulación son también a la vez procesos de desestabilización, por lo que es necesario ver ambos lados del fenómeno.

Otro principio es el autorreflexivo, es decir, que nos interrogamos sobre nuestro trabajo —¿por qué tenemos tal agenda de investigación?, ¿debemos te­ner esta agenda? o ¿debemos tener otra agenda?—, y entonces violamos los principios de la ciencia. Es muy fácil absorber la cultura de nuestra comunidad, los intereses, los valores, las metodologías, ya que se nos estimula o se nos castiga según actuemos. Una institución suele mantener una “homeostasis intelectual”, por lo que debemos preguntarnos respecto del campo en que nos desempeñamos, ¿cómo llegó este campo a ser así?, ¿debe ser así?, ¿cuáles son los factores que limitan su perspectiva?, ¿en qué sentido es muy estático?, ¿qué es lo que damos por sentado?, ¿de verdad puede cambiar? Y esto es, de alguna manera, desafiar los límites de nuestro campo y de los problemas que estudiamos.
Es muy difícil, sin embargo, tener un punto de vista fuera del que prevalece en la comunidad a la que se pertenece, pues siempre hay presiones, tanto económicas ­como de relaciones sociales, porque uno se regocija cuando la gente aprueba su trabajo. Es por ello necesario el tener siempre un pie fuera de la institución, y una manera de lograrlo es estando en la calle, en la lucha social.

Con un pie en la calle

Varias veces me han preguntado cómo es posible llevar simultáneamente una vida académica y una vida de activista, pero para mí la pregunta es más bien otra, ¿cómo sería posible no hacerlo? De cualquier manera, la pregunta es, ¿cuál es la relación entre la vida intelectual y la vida de activista?

En primer lugar, que en la lucha callejera, la lucha política y social, se plantean los problemas que tienen importancia verdadera. A veces, en la academia hay una agenda de investigación y se plantean preguntas que no tienen importancia, que no tienen validez, que incluso reflejan prejuicios. Por ejemplo, en Estados Unidos hay muchos estudios que comparan el comportamiento neurológico, intelectual, de diferentes razas, y es obvio que el estudio de las razas en ese país tiene como trasfondo la búsqueda de una justificación a la desigualdad existente. Más in­teresante sería la pregunta, ¿cómo garantizamos el máximo de oportunidades para que toda persona pueda desarrollar sus capacidades? Y no solamente a nivel individual sino social.

En la calle podemos encontrar la crítica de la agenda de la comunidad intelectual y una mayor claridad en cuanto a las prioridades y los problemas reales. Por ejemplo un grupo de mujeres del pueblo de Wobourn, en Massachussets, se encontraba en una sala de espera de la clínica de oncología pediátrica del Hospital General de Massachussets, y se dieron cuenta de que todos los niños con leucemia vivían en la misma zona, a unas cuantas cuadras uno del otro, por lo que empezaron a preguntar­se qué ocurría allí. Y se dieron cuenta de que había un pozo que estaba siendo contaminado por una coorporación química, la cual contaminaba el agua potable de todo el vecindario. Se quejaron entonces, pero los médicos dijeron que no, que era solamente una casualidad de la estadística el que se encontraran cerca. A partir de esta situación, la gente del pueblo se organizó, se movilizó y, con la ayuda de un especialista en estadísticas de salud pública, lograron demostrar que sí había una epidemia de leucemia en ese lugar. Son muchos los casos de este tipo, debido a que el primer mandamiento de las autoridades es “no causar pánico”, por lo que siempre se niega el fenómeno que es obvio para los demás.

En el caso de la investigación agrícola, desde esta perspectiva es posible aprovechar la experiencia del campesino, que es muy específica, muy local, ya que la experiencia científica puede tener una visión menos ubicada, más amplia. Es aquí donde se requiere ligar las dos, unirlas, ya que estamos ciegos pero también podemos tener una visión maravillosa; en cada uno de nosotros hay una mezcla de las dos según nuestra ubicación social. Por ejemplo, en un valle de Cuba, los campesinos sostienen que los árboles crecen en dirección contraria al viento; un fisiólogo vegetal sabe que es mentira, que el viento reseca las hojas, por lo que un árbol va a crecer siguiendo la dirección en que sopla el viento. No obstante, cuando uno va y ve que, efectivamente, los árboles están creciendo hacia el viento, ¿qué se puede pensar? La realidad es que, por la geografía del lugar, la luz del Sol viene del mismo lado que el viento, pero sobrepasa el efecto de éste. Nosotros nos equivocamos porque efectuamos una generalización sin tomar en cuenta lo particular de ese lugar, y los campesinos se equivocaron porque generalizaron a partir de su observación inmediata, local. Cuando ambos nos damos cuenta de las cosas, entonces podemos explicar y entender el fenómeno. Es un logro del trabajo conjunto de intelectuales y campesinos, de un trabajo de organización. La pregunta es, ¿qué es lo que ustedes saben mejor que nosotros y qué sabemos nosotros mejor que ustedes? En general los campesinos conocen muy bien, con gran detalle, los factores o fenómenos de su experiencia cotidiana, pero no pueden captar fenómenos moleculares ni fenómenos de escala geológica. Sin embargo, ellos tienen la urgencia de resolver problemas que los expertos desde fuera no perciben; estos últimos llegan, por lo general, con programas en el bolsillo y, a menos de poner sobre la mesa las diferencias que existen entre nuestros respectivos puntos de vista, se pierde lo que tenemos en común y se vuelve imposible resolver los problemas.

Es innegable que los distintos sectores de la sociedad suelen conocer las cosas muy bien, cuestiones que no son parte del debate al interior de la academia, por lo que la imagen que se llega a tener del trabajo intelectual es poco halagadora. Sin embargo, esto genera a veces un anti-intelectualismo, la idea de que los intelectuales malamente justifican lo no justificable, por lo que es necesario, como universitario, rechazar esta actitud y defender la importancia del trabajo intelectual, de la teoría, ya que ésta puede ser una protección para evitar abrumarse en lo más álgido de un momento social y ver las cosas con mayor amplitud.

Es por todo lo anterior que creo que una vida con un pie en la universidad y el otro en la calle tiene ventajas que no se obtienen cuando se está sumergido completamente en uno u otro de estos ámbitos. Pero para sacar provecho de ambos es necesario reconocer tanto los conocimientos ­como la ignorancia de cada una de las partes. Para mí, esta manera de vivir ha resultado muy fructífera intelectualmente, pero también desde un punto de vista humano; es la base para una vida estimulante, útil y con gente que queremos.

El punto final que quiero mencionar brevemente es el de la cuantificación y el análisis cualitativo. La física que la ciencia paradigmática del siglo pasado impuso conlleva una ideología que sostiene que hacer ciencia es medir —creo que fue Lord Rutherford quien dijo que una cosa existe sólo si se puede medir. Sin embargo, la medición, el análisis estadístico y la cuantificación son solamente herramientas que pueden o no ser útiles, según el problema que se enfrente. En última instancia, el propósito de medir es llegar a una conclusión más bien cualitativa, por lo que, generalmente, en un análisis cualitativo es esto lo que queremos lograr. En mi trabajo matemático, mi interés principal ha sido el de educar la intuición matemática con el fin de hacer la matemática accesible a la gente, para que lo oscuro se convierta en obvio. El ejemplo que ofrecía antes sobre la retroacción entre depredador y presa es un ejemplo de que la rueda de retroacción negativa es un fenómeno matemático y que podemos llegar a conclusiones sobre esa rueda sin medir, sin conocer las ecuaciones. Y así, efectivamente, tenemos muchos enfoques matemáticos que no dependen de conocer exactamente una ecuación, sino más bien de saber cuál es la dirección de cambio que hace que un factor incida sobre otro. Hay que desarrollar, por lo tanto, enfoques matemáticos que destaquen las acciones cualitativas.

A modo de conclusión

Me parece que en este momento hay dos problemas fundamentales a enfrentar: la igualdad, la justicia, y la supervivencia. Los dos van juntos porque, si no promovemos una justicia, una igualdad mundial, no nos será posible alcanzar la sustentabilidad; y esto nos lleva a una contradicción, ya que sabemos que el nivel de consumo existente en Europa y Norteamérica se ha vuelto un ejemplo a seguir, lo cual no es sustentable. Para alcanzar un mejor nivel de vida para todos, la única solución es interpretar el nivel de vida como “calidad de vida”, y no como consumo ilimitado de energía y materia. Esto quiere decir que hay que ofrecer a cada persona la oportunidad de lograr un pleno desarrollo y movilizar la inteligencia colectiva de nuestra especie para resolver los problemas comunes. Esos son los problemas preponderantes desde el punto de vista ético, y éste es un punto central en la actividad científica, ya que ésta ha prestado servicios muy nocivos al mundo. Son ampliamente conocidas las barbaridades de los médicos nazis, pero actualmente tenemos médicos trabajando en Guantánamo, aconsejando a los torturadores.

Creo que la ciencia necesita una ética parecida a la de la medicina, que por lo menos no daña a nadie, que respeta la integridad humana. Es necesario por tanto mantener cierta suspicacia ante las teorías científicas, ser cuidadoso en cuanto a sus implicaciones éticas. Yo iría incluso más lejos y propondría como hipótesis que toda teoría que promueva, justifique o tolere la injusticia es intrínsecamente falsa. Esto va en contra del planteamiento que sostie­ne que la ciencia es neutral, lo cual bien sabemos que es falso, ya que no lo es, sino que esconde su partidisimo bajo el manto del sentido común de su comunidad. La ética no sólo es imprescindible para la justificación de la ciencia, lo es también para el contenido y el valor de la investigación científica.

Es necesario, desde esta perspectiva, criticar como un conjunto toda la serie de planteamientos que, por separado, colocan la mercancía como la medida de toda la vida, y plantear, en contraposición, la posibilidad de un mundo en donde la producción se haga para satisfacer necesidades humanas, un mundo en donde se conserve la natura­le­za, donde se respete la aportación que cada uno de ­nosotros puede hacer para mejorarlo.

Finalmente, quiero señalar que mi intención aquí ha sido desarrollar el planteamiento de que la ciencia es falible, no para desanimarlos, sino para mostrar que se puden hacer las cosas de otra forma, que se puede aprovechar el enfoque dialéctico para plantear los problemas en su mayor amplitud. Es necesario hacer mezclas de métodos de investigación, aprovechar los puntos de vista de la calle, del laboratorio, abordar las cosas con todas sus conexiones, reconocer que las cosas son solamente fotos de procesos y que la vida más fructífera para el científico es una vida a la vez intelectual y comprometida.
Richard Levins
Escuela de Salud Pública,
Universidad de Harvard.
Nota
Este texto es la edición de una teleconferencia presentada el 17 de octubre de 2006 en el Centro de Información Científica y Humanística de la unam. Agradecemos a esta dependencia su colaboración, y a Alicia Cervantes por la transcripción.
Richard Levins estudió agricultura y matemáticas en la Universidad de Cornell, obtuvo su doctorado en la Universidad de Columbia. Es profesor de biología de ­poblaciones en la Escuela de Salud Pública de la Universidad de Harvard. Durante las últimas décadas, se ha focalizado en la aplicación de la ecología a la agricultura, especialmente en los países en desarrollo.
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como citar este artículo

Levins, Richard. (2007). Paradojas en la ciencia general, genial en lo grande, irracional en lo pequeño. Ciencias 86, abril-junio, 50-60. [En línea]
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del bestiario  
Pata de lagartija, ala de lechuza
 
 
Héctor T. Arita
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Adder’s fork, and blind-worm sting,
Lizard’s leg, and howlet’s wing,
For a charm of powerful trouble,
Like a hell-broth boil and bubble
W. Shakespeare, Macbeth
 
 
Ojo de salamandra, lengua de serpiente, diente de lobo, pelambre de murciélago, pata de lagartija, ala de lechuza. Estos son algunos de los ingredientes que usaban las brujas en Macbeth para preparar sus diabólicas pócimas y perpetrar sus malditas adivinaciones, que sembraron la tragedia y el desasosiego entre los nobles escoceses atrapados en las intrigas de Macbeth y su mujer. Por supuesto, las tres hechiceras tenían sólo un conocimiento empírico sobre las propiedades mágicas de los miembros y órganos de los animales. Un biólogo, en cambio, mostraría interés por la variedad de formas y funciones de esos apéndices y se plantearía el cómo y el por qué del origen de tales estructuras morfológicas. De hecho, algunas investigaciones recientes se han enfocado al análisis de la evolución de las patas de las lagartijas y las alas de las lechuzas.
 
 
Jonathan Losos, ecólogo de la Universidad Washington en San Luis Missouri, ha trabajado desde hace varios años con las poblaciones y comunidades de lagartijas del Caribe y de las Bahamas. En su entrega más reciente, Losos y sus colaboradores investigaron los cambios en el comportamiento y en la morfología de las patas de la lagartija Anolis sagrei como respuesta a la presencia de Leiocephalus carinatus, otra lagartija de mayor talla, que es un depredador de hábitos terrestres. Los anolis son lagartijas que muestran flexibilidad en su comportamiento; bajo ciertas condiciones pueden vivir y encontrar alimento en el suelo, pero también son capaces de vivir en los árboles y arbustos. En estudios previos se había constatado que en islas en donde los anolis convivían con Leiocephalus, aquéllos tendían a pasar más tiempo en los árboles, como una forma de evitar la competencia y, sobre todo, la depredación por parte de sus primas de mayor tamaño.

Losos y sus colegas introdujeron individuos de la especie más grande a algunas islas en las que originalmente sólo había lagartijas anolis. Como control, se mantuvieron otras islas habitadas únicamente por los anolis. En el transcurso de seis meses, los investigadores encontraron que los anolis en las islas manipuladas tenían, en promedio, patas de longitud mayor que los individuos de las islas control. Sin embargo, tras otros seis meses (es decir, después de un año de la introducción de las lagartijas depredadoras), se encontró que la tendencia se había revertido: ahora los anolis de las islas experimentales tenían patas más cortas que los de los grupos control.
 
¿Cómo explicar este proceso?

Para empezar, debe quedar perfectamente claro que las patas de las lagartijas adultas no pueden crecer ni menguar como respuesta a condiciones del ambiente. Lo que sucede es que los anolis tenían diferentes proba­bilida­des de supervivencia de acuer­do con la longitud de sus patas. La explicación de Losos y colegas va más o menos así: en los primeros seis meses, cuando los anolis seguían pasando gran parte del tiempo en el suelo, el te­ner patas de mayor tamaño les confería una mayor habili­dad para escapar de los depredadores introducidos. Los individuos con patas de menor longitud eran capturados con mayor frecuencia y desaparecían de la población, por lo que el promedio de la longitud de las patas se incrementó. En los segundos seis meses la tendencia se revirtió porque los anolis, para escapar de la depredación, tendían a pasar más tiempo en los arbustos y árboles. En estas condiciones, era más favorable tener patas pequeñas para poder moverse en superficies angostas e irregulares.

Lo que es interesante de este estudio es que se documentaron los efectos de la selección natural en un periodo muy corto: un año o una generación de anolis. Se ha argumentado, como crítica equivocada a la teoría de la evolución por selección natural, que es muy difícil demostrar el efecto de tal proceso en poblaciones naturales. El trabajo de Losos y sus colaboradores demuestra cómo un experimento comparativamente sencillo pero bien diseñado puede demostrar no sólo el efecto en muy corto plazo de la selección natural, sino incluso un cambio de dirección (de selección en contra de patas cortas a selección en contra de patas largas) en las fuerzas evolutivas.

Jon Brommer, ornitólogo de la Universidad de Helsinki, y su colaboradores estudiaron los cambios en la morfología de las alas de los cárabos de los Urales (una especie de lechuza, Strix uralensis) en relación con el proceso de muda de las plumas de las alas. Los pájaros pequeños generalmente pueden cambiar todas las plumas asociadas con el vuelo en el transcurso de un año. Las especies de mayor talla, por restricciones energéticas y de nutrición, mudan sólo algunas de estas plumas cada año. Así, en un momento dado un ave puede tener en cada ala una combinación de plumas nuevas del año y plumas más viejas y gastadas. Este mosaico de plumas puede producir una asimetría que tiene consecuencias en la habilidad de vuelo del ave. En particular, en aves depredadoras como las lechuzas, una diferencia en el tamaño y forma de las alas derecha e izquierda puede reducir la capacidad de manio­brar y por lo tanto de perseguir y capturar las presas.

Brommer y colegas estudiaron el patrón de muda de las plumas en 327 lechuzas hembras. En las lechuzas el proceso involucra la renovación de las diez plumas primarias y de algunas de las secundarias. El tipo y posición de las plumas que cambian determinan el grado de asimetría en las alas. Los investigadores finlandeses encontraron que las lechuzas tienden a cambiar menos plumas después de la oviposición, lo que va de acuerdo con la idea de que el cambio de plumas acarrea un costo en términos de energía y de materia prima. Encontraron también que las lechuzas tienden a cambiar aquellas plumas que reducen el grado de asimetría entre las alas y que los individuos más asimétricos tenían menores probabilidades de sobrevivir en los siguientes meses.

Estos resultados comprueban la teoría de la asimetría fluctuante, que establece que la falta de simetría en los animales puede ser signo de inestabilidad en el desarrollo, producida bien por causas genéticas o ambientales. De acuerdo con la teoría, los individuos más asimétricos tienden a tener tasas menores de supervivencia y reproducción, por lo que las poblaciones naturales tienden a contener individuos con pocas diferencias entre sus lados izquierdo y derecho. Curiosamente, un ejemplo involucra a las lechuzas, pero no como sujeto de estudio, sino como instrumento de la selección natural. Al terminar la digestión, las lechuzas expelen por el pico bolitas de material no digerido de sus presas, como huesos y pelo. Estas regurgitaciones permiten a los biólogos estudiar las características de los animales que sirven
de alimento a las lechuzas. En un estudio reciente, Paolo Galeotti, de la Universidad de Pavía, junto con sus colegas examinaron restos del ratón de campo europeo (Apodemus sylvaticus) en regurgitaciones de una lechuza (Strix aluco). Encontraron que los ratones con diferencias más grandes entre las patas traseras izquierda y derecha, es decir más asimétricos, tenían una mayor probabilidad de ser víctimas de la depredación. Esta diferencia probablemente tiene que ver con que los ratones más asimétricos tienen una habilidad menor para saltar y moverse con rapidez, por lo tanto para evadir a los depredadores.

Por supuesto, no todos los detalles morfológicos de las especies son necesariamente resultado de la adaptación y la selección natural. Sin embargo, como los ejemplos presentados demuestran, algunos atributos, particularmente los de apéndices relacionados con la locomoción terrestre o el vuelo, son claramente resultado de procesos de selección.

Es poco probable que las brujas en Macbeth hayan preferido las alas izquierdas o derechas de sus lechuzas. Tampoco es factible que hayan prestado mayor atención al tamaño de las patas de las lagartijas antes de depositarlas en sus calderos. Más aún, no suena razonable suponer que se hayan cuestionado siquiera el por qué existen lagartijas sin patas (los blind-worms mencionados por Shakespeare) o murciélagos carentes totalmente de pelo. No obstante, los ingredientes esenciales que las brujas requerían para sus hechizos suelen ser sujetos de gran interés para los biólogos evolutivos.
Héctor T. Arita
Instituto de Ecología,
Universidad Nacional Autónoma de México.
Re­fe­ren­cias bi­blio­grá­fi­cas
 
Brommer, J. E. et al. 2006. “Life-history consequences of partial-moult asymmetry”, en Journal of Animal Ecology, núm. 72, pp. 1057-1063.
Losos, J. B. et al. 2006. “Rapid temporal rever­sal in predator-driven natural selection”, en Science, núm. 314, p. 1111
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como citar este artículo

Arita, Héctor T. (2007). Pata de lagartija, ala de lechuza. Ciencias 86, abril-junio, 10-13. [En línea]

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