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| Carlos Renato Ramos Palacios y Mauricio Sánchez Godines | |||||||||||
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El establecimiento de plantas en la ciudad o de jardines
urbanos se remonta a las más antiguas civilizaciones, como Babilonia, Egipto y Roma, en virtud de sus productos y beneficios. Los jardines podían ser el lugar de cultivo de legumbres, plantas medicinales, estar asociados a un santuario religioso o a actividades educativas. Existe una amplia variedad de temas y estudios al respecto, pero en este trabajo nos limitaremos a los beneficios de las áreas verdes en el contexto de una ciudad, de su transformación constante. A lo largo de la historia, por ejemplo, muchas de las fuentes de abastecimiento, como las de agua y las áreas de cultivo debieron separarse o distribuirse de manera diferente a la del área urbana o central; es el caso de Tenochtitlan, en donde, por ejemplo, una de las zonas arboladas que dotaban de agua limpia a la ciudad de era el cerro del Chapulín, ahora conocido como Chapultepec, pero en donde todavía el huerto, el solar y el pozo de agua podían localizarse en una vivienda, mientras el terreno lo permitiera. Con su crecimiento, al igual que en otras ciudades, debido a la demanda se construyeron acueductos o sitios públicos de abastecimiento, que en algunos casos estaban asociados con la vegetación. El primer espacio arbolado en México y América, que además contaba con una acequia en uno de sus perímetros, fue el paseo de la Alameda (ahora Alameda Central) establecido alrededor de 1591. Al mismo tiempo, el reto de adecuar un fragmento de naturaleza para cierto espacio urbano también se convirtió en un valor estético exclusivo de las clases privilegiadas. La utilización de plantas con fines de ornato ya se usaba en diferentes culturas, pero cobró relevancia entre la realeza y los sectores de poder en Europa. Para el siglo xvii, los suntuosos jardines de los castillos y palacios europeos fueron motivo de inspiración para la arquitectura del paisaje y también una influencia importante en la creación de espacios verdes. Sin embargo, la situación de las calles y barrios en varias ciudades de Europa difería mucho de los jardines palaciegos. Para esta época, la falta de higiene de la gente era causa de enfermedades y numerosas muertes, especialmente en los centros urbanos. Ante la alta mortandad, ciudades grandes como Berlín y Londres emprendieron políticas de salud pública que incluían el ordenamiento de espacios como los mercados, la alineación y empedrado de calles. El propósito de estos cambios fue fomentar medidas de higiene y orden para la población, en especial para la clase trabajadora. De esta manera, se crearon lugares dedicados al paseo en un ambiente de jardines y arboledas. Fue hasta el siglo XVIII cuando la instauración de estos espacios se hizo extensiva en varias ciudades europeas. Por ejemplo, una de las medidas que dictaban las leyes borbónicas en España era que el Estado debía garantizar la salud de los ciudadanos, ya que esto representaba mayores beneficios económicos. Las nuevas reformas de sanidad pública también influyeron en las ciudades de varias colonias españolas en América. La idea era que los paseos y alamedas construidos en estas tierras debían estar a la altura de los jardines de las ciudades europeas. De acuerdo con tales reformas, la solución fue higienizar el aire y dotar de espacios públicos saludables por medio de jardines y sistemas de abastecimiento de agua limpia, por mencionar algunos. Asimismo, los lugares de caminatas al aire libre debían ser arbolados, para que el aire se “saneara”, además de generar un espacio de convivencia, distracción y educación. Estas áreas se volvieron cada vez más populares, además de ser signo de modernidad y elegancia de la ciudad. Como parte de los espacios públicos, los lugares con plantas no sólo eran un elemento estético sino también una muestra de dominio del entorno urbano. Esta ideología influyó asimismo en el manejo de otros elementos naturales, como en la canalización y entubamiento del agua en la ciudad de México, donde se cubrió el suelo natural con materiales impermeables como las vialidades; de esta manera, las calles enlodadas fueron reemplazadas por el empedrado, lo cual fue visto como un adelanto importante por desviar el agua de los espacios públicos. Pero si bien al instante esto garantizó la higiene en el entorno inmediato, con el aumento de dichas superficies los centros urbanos se volvieron más vulnerables a las inundaciones. Por ello, las áreas que podían absorber el agua excedente, como los jardines y sitios arbolados, tuvieron un significado importante para las ciudades. De esta manera, los espacios con plantas figuraban como una forma de control ante la demasía de agua. Para el siglo XIX, además de las transformaciones que trajo la Revolución industrial, se fortaleció la idea de dominar la naturaleza para su aprovechamiento y de esa manera cubrir las necesidades humanas por completo. En aquel entonces, los jardines públicos fueron aumentando en número y popularidad, hasta que se desarrollaron otros espacios llamados parques urbanos, donde la superficie y las actividades sociales se incrementaron. En un principio eran amplios espacios verdes dentro de las colonias, como los “comunes” (commons) en la ciudad de Londres, o diferentes tipos de parques urbanos cuya regulación existe desde mediados de siglo xix. Por otro lado, se instauraron parques que albergarían actividades acuáticas, deportivas y culturales, como en el famoso Central Park de Nueva York. En otras ocasiones, el aprovechamiento de las amplias extensiones de terreno forestal en cierta zona de la ciudad daría origen a los llamados bosques urbanos. Un ejemplo fue el Bosque de Chapultepec en la ciudad de México, que después de un largo periodo de cambios políticos y sociales, a finales del siglo xix empezó a tener actividades culturales, artísticas, deportivas y también de entretenimiento. En los primeros años del siglo XX, además de avances como el ferrocarril, la electricidad y el alcantarillado subterráneo, varias ciudades en México experimentaron notoriamente la instauración de numerosas áreas verdes basadas en estándares europeos. Todavía bajo el enfoque de higienizar el aire, los arbolados en calles, paseos y demás áreas verdes se establecieron con el propósito de modernizar y adornar la ciudad. Así, siguiendo el criterio de “dominar la naturaleza” se privilegiaron las plantas exóticas en lugar de las nativas, limitándose a su apreciación como elementos estéticos de mobiliario moderno. Algunas de las especies arbóreas traídas de otros países y que ahora se encuentran en varias localidades de México son el pirul, el trueno y la palma canaria, en la época virreinal; y las acacias, los eucaliptos y las casuarinas, a principios del siglo XX. Por tanto, se puede decir que las áreas verdes siempre han formado parte de los espacios urbanos, aunque sus propósitos han sido muy distintos. Con su creación, se ha buscado mejorar las condiciones de higiene y salud pública, limpiar el aire, reducir los eventos de inundación, asegurar sitios de abastecimiento de agua, brindar espacios de convivencia o control social, crear sitios para promover la cultura, el deporte y también para ocio y entretenimiento. Parámetros ecológicos y ambientales De todas las expectativas que se tenían de las áreas verdes en el pasado, pocas son las que ahora pueden considerarse malogradas o equivocadas, como lo fue el uso de la vegetación para hacer saludable el aire y poder prevenir enfermedades en el entorno público o la utilización de plantas introducidas en reemplazo de las originarias de cada región. Los estudios recientes reivindican varios de los beneficios que se obtienen de tales áreas en la ciudad, pero también revelan muchos más. Las áreas verdes se pueden describir como las superficies de vegetación instauradas o preservadas en espacios urbanos que cumplen funciones como la agrimensura, demarcación de zonas, servicios ambientales, fomentan la cohesión social y poseen un valor estético y ecológico, por mencionar algunas. Bajo dichos atributos se pueden distinguir diferentes tipos de áreas verdes en el sistema urbano: bosques, parques urbanos, parques de bolsillo, jardines públicos, jardines domésticos, muros y azoteas verdes y toda clase de vegetación dispuesta en la vía pública como glorietas, taludes, camellones o banquetas. El valor ecológico de cada área verde está en función de parámetros como la composición de especies, la diversidad, distribución, densidad, estado físico y fisiológico vegetal. Asimismo, las dimensiones del área verde y su influencia en los mecanismos naturales del ecosistema urbano son algunas medidas que pueden constituir indicadores de gran valor; por ejemplo, los bosques y parques urbanos pueden ser reservorios de carbono y proporcionar servicios hidrológicos, es decir, tienen la capacidad de absorber grandes cantidades de materia y energía, en este caso dióxido de carbono y agua para el subsuelo. A dichas propiedades se puede agregar la mitigación de la temperatura del aire, la absorción de la energía radiante y el control de los escurrimientos urbanos, entre otros; diferentes estudios sugieren que estas funciones de la vegetación urbana, incluyendo las áreas verdes, pueden mitigar los efectos del fenómeno llamado isla de calor en una ciudad, por esta razón, la densidad de elementos constructivos en proporción con la extensión de las zonas de vegetación puede influir en el clima urbano. Al reducirse o sustituirse las áreas verdes por más superficies de cemento y asfalto debido al desarrollo urbano se generan varias alteraciones ecológicas, es el caso del mecanismo de la vegetación que elimina ciertos contaminantes del aire; por ejemplo, en la zona metropolitana de Guadalajara los elevados índices de calor y ozono en el aire pueden reducir la eficiencia fotosintética en la vegetación y por lo tanto su capacidad de captura de carbono atmosférico, favoreciendo el aumento de los gases de efecto invernadero. Así, aun cuando los cambios en las superficies de vegetación pueden ser locales debido a que suelen ocurrir en muchos lugares, tanto en las periferias de la ciudad como en su interior, sus efectos influyen en la escala global o regional. La pérdida de espacios verdes causados por el urbanismo desmedido es uno de los factores que contribuyen al fenómeno del cambio ambiental en los sistemas urbanos. Por otro lado, junto con los cuerpos de agua, las áreas verdes de una ciudad representan espacios privilegiados por su capacidad de concentrar numerosos grupos de seres vivos y servir de hábitat para tales especies. Esto indica que en tales áreas se puede observar un incremento en los índices de biodiversidad urbana. En un muestreo global de metadatos, el cultivo y manejo de especies vegetales, preferentemente, se hace en jardines y parques, lo que sugiere altos niveles de diversidad en tales áreas; incluso en lugares de menores dimensiones como los jardines domésticos la diversidad florística puede ser alta debido al potencial de interacción con herbívoros nativos. Así, en dichos espacios, desde los bosques urbanos hasta los jardines domésticos, se pueden desarrollar distintas especies vegetales que sirven de hábitat y alimento para especies de insectos, aves y pequeños mamíferos. Cuando un área verde mantiene un valor alto de diversidad biológica se convierte en un microsistema con múltiples beneficios, tanto en el aspecto ecológico como social. En este sentido, varios autores indican que el manejo y uso de las plantas que suele tener un jardín doméstico puede favorecer la diversidad biológica urbana e incluso el cultivo de plantas hortícolas, como en ciudades de latitudes bajas. No obstante, en la actualidad un número creciente de personas se muestra cada vez más dispuesta a cultivar en la ciudad hortalizas y ciertas plantas frutales con fines de autoconsumo. Además, si las especies vegetales que se consumen son nativas y atraen polinizadores de la región, con el tiempo se podría aumentar el acervo genético de dichas plantas al reproducirse, beneficiando el valor de los productos comestibles que podría brindar el área verde. Otras propiedades de las plantas nativas son su compatibilidad con el tipo de suelo de la región, la fijación de sedimentos para el control de la erosión y un uso eficiente del agua de evapotranspiración en cuanto a su función mitigadora de la temperatura ambiental. Así, el uso de especies nativas se considera sustentable debido a sus beneficios ambientales, las altas tasas de sobrevivencia y, generalmente, por su mantenimiento fácil y económico. Sin embargo, ni las áreas verdes ni sus beneficios son extensivos a todo el territorio urbano ni accesibles a toda la población. De ahí que uno de los indicadores más frecuentes para determinar estos espacios era el porcentaje de superficies verdes en la ciudad con relación a la superficie urbana total; este valor puede obtenerse mediante un mapeo de la ciudad empleando un sistema de información geográfica. Otro valor es el de la superficie verde que a cada persona o habitante de una ciudad le corresponde. La Organización Mundial de la Salud recomienda un mínimo de 9 m2 de área verde por habitante y que se localice a quince minutos caminando de cualquier residente; por ejemplo, la ciudad de París tiene 17 m2 y Nueva York 11 m2. En la ciudad de México se ha estimado en promedio 5.3 m2 de área verde por habitante, con variaciones que van de 12.5 m2 en la delegación Miguel Hidalgo a 0.6 m2 en Iztapalapa; si se contara el suelo de conservación habría delegaciones con superficies mayores, pero no se cumple el criterio de los quince minutos andando. Finalmente, debe quedar claro que los espacios verdes suelen ser un conjunto de superficies delimitadas que se constituyen por especies plantadas y relictos de vegetación original, pero capaces de brindar servicios de tipo ecológico y ambiental. Estas zonas juegan un papel funcional importante en el engranaje del ecosistema urbano y en la vida de las personas en una ciudad. Beneficios sociales Ante una población mundial más urbana que rural, el crecimiento actual de las ciudades influye cada vez más en el distanciamiento del medio natural, además de la homogenización cultural por efectos de una vida globalizada. Esto repercute en la identidad cultural y social que conlleva cambios importantes en los estilos de vida. Por esto, los espacios abiertos en una ciudad pueden otorgar múltiples ventajas, tanto en el aspecto ambiental como en el social, en especial si estos se componen de una cubierta vegetal. Los espacios verdes que cuentan con mayores posibilidades de albergar distintas actividades sociales son los parques y bosques urbanos. Cuando éstos son públicos pueden otorgar espacios para el ocio y promover las relaciones sociales en general. En un estudio realizado en la ciudad de San Luis Potosí se advierte que las características importantes de accesibilidad a las áreas verdes son su extensión, la condición de uso público y cercanía con los centros de trabajo o de vivienda que influyen en el bienestar social y la salud pública. En México, uno de los planes y programas pendientes es y ha sido la planeación y crecimiento urbano por medio del ordenamiento territorial ecológico y social incluyente. A partir de esta política se podrían elaborar programas de conservación, regeneración, aumento y planeación de las áreas verdes en una ciudad. Se puede decir que, por su uso y conservación, las áreas verdes son, por sí mismas, espacios sustentables. Uno de los impactos positivos de un área boscosa o arbolada en la ciudad es el de aumentar la calidad del aire, alcanzar condiciones de confort térmico, remover los contaminantes atmosféricos y, por lo tanto, mejorar las vías respiratorias de los habitantes. Se ha encontrado que la alta densidad de árboles en las calles de una zona habitacional puede disminuir los casos de enfermedades cardiometabólicas en los residentes, disminuir los niveles de estrés en las personas y por lo tanto mejorar su estado de salud en general. Otro atributo de valor en las áreas verdes es que, a partir de su mantenimiento y cuidado, la vegetación puede influir en la disminución de los índices delictivos de ciertas colonias y barrios. También se han descubierto otras alternativas como los skateparks que, al brindar mayores expectativas de recreación y actividad física, pueden brindar oportunidades de ocupación para los jóvenes y de esta manera obtener beneficios sociales. Así, el uso de suelo de este tipo de espacios abiertos queda más que justificado. Las ventajas de los sitios arbolados influyen en el aspecto económico, ya que la alta densidad de sus copas puede reducir el costo energético de las edificaciones. Siempre que estas se encuentren en contacto directo con los espacios verdes, los árboles contiguos mitiguen las altas temperaturas o permiten el calentamiento natural para evitar el uso de sistemas de enfriamiento en la época cálida y de calefacción en la fría. Asimismo, los sitios que mantienen una cubierta arbórea importante suelen aumentar el valor y la rentabilidad de las zonas urbanas. Una explicación a esto es que los árboles son la forma de crecimiento conspicua de la vegetación urbana y los elementos paisajísticos por excelencia, aunque cuando se encuentran en las banquetas se pueden ver rodeados por numerosas instalaciones y componentes constructivos que limitan su crecimiento aéreo y subterráneo, así como también sufrir modificaciones por parte de la gente al considerarse tanto perjudiciales como favorables de acuerdo con su percepción, como lo muestra un estudio efectuado en la ciudad de Morelia. Por lo general, las zonas verdes de una urbe provocan mayor satisfacción y en tales estudios de percepción social y comportamiento generan más adeptos que otros sitios del espacio público. Además de lo anterior, se refuerzan otros valores como el aspecto cultural o la satisfacción que la gente encuentra al acudir o relacionarse con las áreas verdes. Comúnmente, las personas se sienten atraídas por lugares que contienen elementos naturales, como aquellos que se componen de plantas. La explicación puede encontrarse en la teoría de la biofilia, la cual establece que el humano suele mostrar una afinidad innata hacia la naturaleza, sugiriendo efectos positivos en la salud, el estado anímico y a la recuperación de personas enfermas. De esta manera, la atracción por la vegetación en un ambiente donde dominan los espacios construidos tiene una justificación fundamental debido a los efectos positivos que ésta produce en la sociedad. Una tarea importante sería la recuperación y apropiación del conocimiento básico sobre el manejo y cultivo de las plantas con el fin de recapitular la relación vegetaciónsociedad en los sistemas urbanos. Aunque esta experiencia con las plantas es ajena en las sociedades urbanas actuales, al menos la moda por los huertos urbanos y los cultivos de autoconsumo es promisoria, ya que es motivada por la idea de prescindir de productos hortícolas tratados con agua contaminada o fertilizantes. Esto podría generar un cambio significativo en la idiosincrasia en cuanto a la conservación o restauración de los espacios urbanos dedicados a la vegetación. Así, desde los bosques o parques urbanos hasta las franjas de césped en la vía pública, la gente puede hacer mucho por la eficiencia de los servicios que ofrecen las áreas verdes. Calidad de vida Ante la urgente necesidad por elevar la calidad del ambiente y las condiciones de vida de la población, los efectos de los sistemas urbanos se han convertido en un importante foco de atención en toda región y latitud. El crecimiento desmedido de las ciudades es considerado uno de los principales factores del cambio ambiental global. De este fenómeno resultan importantes efectos ambientales en el contexto global pero que se fundamentan en la escala local. Diferentes estudios señalan que cuando el paisaje se vuelve más urbano sin la planeación de áreas verdes, la calidad de vida de sus habitantes disminuye. El término de calidad de vida se ha empleado como un punto de referencia para explicar fenómenos sociales, de salud y condiciones de vida, entre otros; es un término ampliamente utilizado en diferentes sectores de la sociedad para referirse a la condición de los individuos con base en el aspecto económico, social, ambiental, de seguridad, educación y de salud de acuerdo con el grado de satisfacción humana. Cabe mencionar que este concepto ha ido cambiando con el tiempo, con la sociedad, así como con sus necesidades. Muchos de los factores que contiene están relacionados con el bienestar humano: salud, integridad física y mental, valorando las interacciones sociales, el contexto económico y la situación ambiental. Por lo tanto, las áreas verdes se convierten en un espacio fértil para evaluar las funciones que brindan como indicadores de calidad de vida. La vegetación es un elemento importante del ecosistema urbano, especialmente por los servicios de provisión que dan sustento material a la población humana y los de regulación, como la mitigación de variables climáticas y la captura de dióxido de carbono. Sin embargo, las áreas verdes suelen incumplir con tales servicios debido a varios factores, entre ellos la falta de programas de planeación, protección o restauración y la ausencia de estudios ambientales y sociales. Uno de los impactos más tangibles es la pérdida de metros cuadrados causados por la actividad comercial e inmobiliaria en el territorio urbano, el cual afecta el entorno físico y por lo tanto el de los habitantes, de ahí la referencia a los factores ambientales. Además, en la esfera de lo urbano, los aspectos históricos, culturales y sociales representan parámetros para evaluar el contexto en el que se encuentran los espacios verdes de una ciudad. La estimación de tales factores en las zonas urbanas es fundamental, ya que éstas se componen de más elementos construidos que naturales. Así, cuando se habla de calidad de vida urbana es necesario tomar en cuenta que existen servicios ambientales y sociales que tienen una influencia en la población. Un concepto que puede estar asociado con el de calidad de vida es el de estilo de vida, el cual tiene especial relevancia en las actividades de cualquier ciudad. Éste puede entenderse como aquellos hábitos y conductas que cotidianamente presentan las personas. Por lo general, en las sociedades urbanas se desarrollan diferentes estilos de vida debido a la gran diversidad e interacción cultural y social, especialmente en las ciudades grandes en donde se hacen esfuerzos considerables por la movilidad de la gente y la accesibilidad a las diferentes zonas. En la actualidad, una característica que comparten todas las sociedades urbanas es la forma tan rápida en que la gente realiza sus actividades diarias. De ahí que el tiempo que una persona dedica a las relaciones sociales y los espacios abiertos es importante en la dinámica urbana. Las formas de actuar o de vivir de las personas pueden estar definidas por las actividades y hábitos que realizan, así como los lugares que frecuentan. En este sentido, las personas deberían preferir sitios con un ambiente más saludable, que son precisamente aquellos que ofrecen elementos naturales como las áreas verdes. No obstante, mientras la calidad de vida se puede asociar con los atributos del área verde, el estilo de vida representa una variable que podría medirse de manera cualitativa mediante el uso y aprovechamiento del sitio, entre varios factores más. Por otro lado, un fenómeno común en ciudades de distintas latitudes es la globalización. Así, un patrón del estilo de vida en las sociedades contemporáneas puede basarse en el consumismo y la socialización virtual, por mencionar algunos ejemplos, que fomentan el problema del sedentarismo. Una de las propiedades que cumplen los parques urbanos es la de promover la caminata y el ejercicio físico, que incluso pueden ser gratuitos. Pero, ¿cómo hacer que la gente procure o se interese por las zonas verdes de su ciudad? Esto es un aspecto por averiguar en la educación. Un atributo muy importante de los lugares que procuran el cuidado y mantenimiento de plantas es que cumplan con funciones culturales. Por esto, las ideas que se tenía en el pasado sobre las áreas verdes no estaban tan erradas, ya que éstas debían fomentar o aumentar el nivel de educación. Si bien una persona no se vuelve culta por sólo ir al parque, es posible que en un ambiente donde se combinen la instrucción académica y los espacios verdes esto sí suceda; por ejemplo, las áreas de escuelas y campus universitarios, generalmente, se diseñan con amplias secciones de área verde. ¿Es arbitrario o casual que estos espacios abiertos se aprovechen de tal manera en los centros educativos? Probablemente no, porque desde los jardines de niños hasta los centros de educación superior tienen lugares con elementos naturales o en todo caso con plantas. Así, una idea acertada fue pensar que los niños debían crecer mejor en medio de un lugar natural, al igual que las plantas en un jardín. Existen programas educativos dedicados a los niños, donde el cultivo y manejo de plantas incrementa los niveles de aprendizaje sobre el lenguaje, la cultura y el ambiente. La incorporación de esta estrategia en los programas de estudio de los diferentes niveles de educación en México podría mejorar la experiencia del aprendizaje sobre las plantas, además sería otra forma de asegurar la importante diversidad biológica y el gran acervo de conocimiento etnobotánico que se tiene en el país. Consideraciones finales El acelerado crecimiento de las ciudades representa uno de los efectos más significativos en materia ambiental. Entre otros resultados, esto indica que los nuevos desarrollos urbanos no se planean a la par que los espacios verdes, los cuales pueden encontrarse descuidadas o en desuso. Entre las probables causas están los intereses comerciales e inmobiliarios sin ordenamiento a expensas de la situación ambiental y de la sociedad, en donde la moneda de cambio son los metros cuadrados de uso de suelo construido. Esto no significa que el crecimiento de las ciudades no pueda planificarse junto con las áreas verdes ni que éstas deban dominar el paisaje urbano. Las áreas verdes, hoy en día, pueden considerarse un bien común y con estándares de calidad muy altos para beneficio de la población urbana. El concepto actual de la conservación de la naturaleza va más allá de los contenidos meramente de preservación, pues la importancia por defender las áreas verdes tiene un impacto no sólo ambiental sino social. La dilapidación y el consumo descontrolado de recursos en las ciudades son muy altos como para despreciar sus espacios verdes. Una parte esencial que ha perdido en el diseño y la construcción de los espacios habitables es su integración con el ambiente natural, haciéndolo a un lado. Muchas veces, debido a esta actividad con fines de lucro se pasa por alto la riqueza natural que dichos espacios ofrecen, pues son propicios para el desarrollo cultural, la inclusión social, el bienestar físico y emocional. De esta manera, las áreas verdes deben contemplarse como fuentes de enriquecimiento socioambiental en vez de considerarse una infraestructura verde inerte y contemplativa. Tal vez, la analogía que considera a la ciudad como un organismo vivo, donde parques y jardines figuran como pulmones, deba cambiarse a la de núcleos de renovación del metabolismo urbano. Finalmente, ante la crisis de valores en la sociedad y las necesidades de restauración de distintos ecosistemas, incluyendo los urbanos, la responsabilidad es compartida entre tomadores de decisiones y ciudadanos. En este sentido, la planificación, vista como una medida emergente para el aprovechamiento consciente de los recursos, debe ser una tarea permanente en cualquier sistema urbano. Así, lejos de ser elementos decorativos, las áreas verdes serán consideradas como el resultado de una necesidad ambiental y de desarrollo humano. La preservación e incremento de dichos espacios representan una oportunidad latente para elevar la calidad de vida en las ciudades. |
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Referencias Bibliográficas
Boada M. y V. M. Toledo. 2003. El planeta, nuestro cuerpo. La ecología, el ambientalismo y la crisis de la modernidad. Fondo de Cultura Económica, México. Chacalo Hilú, Alicia y Víctor Corona. 2009. Árboles y arbustos para ciudades. Universidad Autónoma Metropolitana, México. Ezcurra, Exequiel. 1990. De las chinampas a la megalópolis. El medio ambiente en la cuenca de México. Fondo de Cultura Económica, México. Granados Sánchez, Diódoro y Óscar Mendoza Ángeles. 2002. Los árboles y el ecosistema urbano. Universidad Autónoma de Chapingo, México. |
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| Carlos Renato Ramos Palacios Facultad del Hábitat, Universidad Autónoma de San Luis Potosí. Es biólogo por la Facultad de Ciencias, maestro en ciencias en biología ambiental por el Instituto de Ecología, ambos de la Universidad Nacional Autónoma de México; es doctor en ciencias ambientales por el Instituto Potosino de Investigación Científica y Tecnológica. Sus líneas de investigación son la ecología y ecofisiología vegetal, microclima, arbolado y paisaje urbanos. Mauricio Sánchez Godines Facultad del Hábitat, Universidad Autónoma de San Luis Potosí. Es arquitecto por la Facultad del Hábitat de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí. Desarrolla un trabajo de investigación de maestría sobre percepción social e indicadores de calidad de vida en parques urbanos de la ciudad de San Luis Potosí. |
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cómo citar este artículo →
Ramos Palacios, Carlos Renato y Mauricio Sánchez Godines. 2017. La áreas verdes y la calidad de vida en las urbes. Ciencias, núm. 125, julio-septiembre, pp. 28-37. [En línea]. |
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| Loreta Castro Reguera Mancera | |||||||||||
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El recurso hídrico es factor determinante para el desarrollo
de las civilizaciones. El agua, alguna vez sinónimo de abundancia y aprovisionamiento, hoy remite a escasez y riesgo. En la llamada zona metropolitana del valle de México esto se debe a un deterioro en la relación entre el ser humano y la cuenca en donde ésta se halla. Los desordenados patrones de urbanización de la ciudad han transformado su sistema hidrológico (la forma en que naturalmente se conduce el agua) en uno hidráulico (manejo artificial), lo que ha provocado alteraciones en la calidad, cantidad y distribución del agua. De la cuidadosa gestión y remediación de estas alteraciones depende la viabilidad ambiental de la urbe.
Aunque las condiciones geográficas en que se ubicaron los primeros pobladores de la cuenca parecían idóneas, la subsistencia de la ciudad que se fundó sobre una laguna ha significado una lucha constante contra el agua. La gran Tenochtitlan implementó una estrategia que favorecía una relación de convivencia con la cuenca, manejando los flujos del líquido y amortiguando las inundaciones. Sin embargo, al consolidarse la conquista española se impuso un nuevo orden urbano que favorecía el crecimiento de la ciudad mediante la desecación de grandes porciones de tierra.
Así fue como comenzó el drenado paulatino de las aguas lacustres acumuladas en el centro de la cuenca de México, logrando su eliminación trescientos cincuenta años después; acción que se magnificó durante las primeras décadas del siglo xx, cuando la desmedida expansión urbana desencadenó problemas, tanto por el exceso como por la escasez del recurso.
Actualmente, en la zona metropolitana 97% de la población tiene acceso a agua potable y 98% cuenta con servicio de drenaje, lo cual la ubica por encima del porcentaje medio de la población mundial que dispone de ambos servicios. No obstante, se registran deficiencias en la calidad de éstos; su funcionamiento es muy vulnerable a las variaciones en las precipitaciones pluviales, el hundimiento de la ciudad, la sobreexplotación de acuíferos, los altos costos de operación y mantenimiento, así como los trasvases de agua desde otras cuencas que son cada vez más lejanas. Todo esto se traduce en un sistema de aguas que consume elevadas y crecientes cantidades de energía, lo cual implica altos costos para el presupuesto público y un mayor impacto ambiental tanto directo como indirecto. Según el presupuesto autorizado por el Organismo de Aguas del Valle de México, tan sólo la operación de las plantas de bombeo tiene un costo de 5135.26 millones de pesos anuales.
Esta problemática demanda la necesidad de interesarse en alternativas que se aparten de las obras coyunturales y de reducida visión estratégica, para favorecer modelos capaces de ofrecer soluciones informadas, integrales y de largo plazo. Es necesario comenzar a pensar en estrategias que tengan un impacto real en la población, todas ellas encaminadas hacia la mejor gestión del agua en la ciudad de México mediante la introducción de un sistema hídrico, paralelo, alterno y sustentable.
Una ciudad íntimamente ligada al agua
La gran Tenochtitlan se fundó en un islote ubicado dentro de la laguna de México, al poniente del lago de Texcoco y de la cuenca misma. El arquitecto Luis González Aparicio, en 1968, después de largos años de investigación alentada por una genuina preocupación por la situación ecológica que estaba sufriendo la ciudad, se dio a la tarea de dibujar un plano del estado de ésta al momento de la Conquista. Este documento, basado en diversos mapas y textos históricos, muestra la cabeza del imperio y las ciudades y poblados que la rodeaban. El prólogo a la primera edición del mismo, escrito por Alfonso Caso, describe a éste como el estudio “más completo de la hidrografía del Valle, con las modificaciones que introdujeron los aztecas y que nos permiten estudiar la razón de muchas fundaciones de pueblos, de obras hidráulicas, de calzadas y de monumentos”, demostrando que la ciudad de México ha estado siempre íntimamente ligada al agua.
La forma urbana de la ciudad precolonial tenía una característica peculiar que la hacía diferente a cualquier otra que los europeos hubieran visto. Aunque ubicada muy lejos de los océanos, esta urbe comprendía la condición especial de la cuenca donde se ubicaba, incorporando el agua que naturalmente se almacenaba en su centro como un elemento fundamental de su diseño. Por medio de un sistema de canales y chinampas se formaban plataformas de tierra y vías de comunicación acuáticas, generando un tejido urbano que definía la escala barrial. A nivel regional, para conectar con los poblados y ciudades ribereñas ubicados en tierra firme se construyeron largas calzadas que funcionaban también como diques para separar los diferentes tipos de aguas, las salobres de las dulces y las zonas más altas del lago de las más bajas.
La ciudad mexica, desde entonces víctima de inundaciones debido a su ubicación dentro de un lago, fue diseñada acorde con su entorno. Esto no la liberó de las continuas inundaciones. Sin embargo, la forma urbana permitía que el agua se pulverizara por la red canalera, evitando largos periodos de permanencia del líquido. Debido a la salobridad de las agua que rodeaban la gran Tenochtitlan se tuvo la necesidad de importar agua de las montañas aledañas. Chapultepec, según el plano de Luis Gonzáles Aparicio, la abastecía por medio de sus manantiales.
La escasez de agua y las constantes inundaciones han sido siempre un tema presente y muy relevante para la ciudad lacustre. Desde su fundación, sus gobernantes se han preocupado por construir las infraestructuras más sofisticadas para controlar tanto inundaciones como la falta de agua. Sin embargo, antes de la Conquista el líquido era un elemento importante del paisaje, tanto urbano como natural, de la cuenca de México. El día de hoy nos encontramos con poquísimas trazas de su existencia sin haber logrado eliminar la problemática derivada de tal condición.
El desecamiento del sistema de lagos
En El paradigma porfiriano, historia del desagüe del valle de México, Manuel Perló hace un recuento espléndido de las inundaciones con las que ha tenido que lidiar la ciudad de México desde su fundación. En 1555, ya entrada la época colonial, una fuerte lluvia que duró 24 horas provocó una inundación generalizada, paralizando la ciudad. Como resultado, se construyó un albarradón similar al de Nezahualcoyotl, llamado de San Lázaro. Sin embargo, la obstrucción del sistema canalero, sustituyéndolo por una red de calles, y la desaparición de las chinampas a favor de plazas duras, tuvo como efecto la poca resiliencia que la ciudad presenta ante esta constante amenaza.
Posteriormente, tras la inundación descrita, pasaron varios años sin que la ciudad sufriera estos eventos. Dicha situación provocó la desatención a las infraestructuras que ayudaban a la regulación del nivel de las aguas. Pero el inicio del siglo xvii fue terrible para la capital del virreinato en términos de exceso de agua. En 1604 la ciudad sufrió la primera inundación, causando importantes daños a las construcciones y provocando el derrumbamiento de varias. Aunque se reparó la infraestructura que la protegía de las crecidas de agua, durante 1607 las fuertes avenidas volvieron. Esta situación provocó la necesidad de tomar medidas de emergencia. Como resultado, después de un cabildo, se decidió llevar a cabo la primera perforación artificial de la cuenca: el Túnel de Huehuetoca. Dicha infraestructura, casi treinta años después, en 1629, y posterior a otra fuerte precipitación que dejó a la ciudad cubierta por el agua durante cuatro años, fue convertida en el Tajo de Nochistongo.
El hecho de perforar la cuenca de México, que es endorreica, esto es, sin desagüe al exterior como sucede en un valle, definió la línea de acción que seguiría la ciudad de México para abordar el tema del manejo del agua durante los siguientes cuatro siglos. Opuestamente a la lógica mexica que incorporaba el agua en el diseño de la ciudad, haciéndola presente en todo momento de la vida urbana, el camino elegido en el siglo xvii significó optar por la desecación de los lagos y, paulatinamente, por la desaparición del agua del imaginario de la ciudad.
Durante los últimos años del siglo xix, tras al largo período de guerras por el que pasó todo el país, el estado de la infraestructura hidráulica que permitía la vida en la ciudad de México era deplorable. El general Porfirio Díaz decidió entonces abordar esta problemática histórica para darle una solución definitiva. Con base en varios estudios precedentes de ingeniería hidráulica, en 1885 se inició la construcción del Gran canal del desagüe del valle de México, bajo la idea de que la mejor solución consistía en perforar nuevamente la cuenca para continuar drenando los lagos, de tal manera que éstos no inundaran a la ciudad. Gracias a la implementación de un modernísimo sistema formado por tuberías y canales a cielo abierto, esta obra permitió que la ciudad tuviera varios años libres de los excesos de agua. Una vez más, ante la posibilidad de incorporar el agua al funcionamiento de la ciudad, se optó por relegarla y desaparecerla.
Tuberías, bombas y cultura del agua
En cuanto al manejo del agua se refiere, el camino seguido en el siglo xvii estableció la relación que la ciudad de México mantendría con este líquido en el futuro. En esta época era difícil imaginar que una urbe de doscientos mil habitantes podría llegar a convertirse en la megalópolis de más de veintidós millones que es hoy día. Quienes decidieron en aquella época drenar un área de 1100 km2 de superficie, tampoco vislumbraron el peligro que significaría asentar miles de viviendas sobre esta área caracterizada por un suelo fangoso, no apto para la construcción.
Durante el siglo XX, tras a la guerra de Revolución, la ciudad de México inició una importantísima expansión tanto territorial como en número de habitantes. Entre 1930 y 1940, ésta duplicó su población de un millón a dos millones; para 1960 la ciudad ya contaba con seis millones de habitantes, que se convirtieron en veinte en el año 2000, expandiéndose la mancha urbana; después de haber estado acotada por el lago de Texcoco y la ladera de la sierra de las Cruces al poniente, la desecación de los cuerpos de agua permitió su expansión hacia su poniente y sur.
Inundaciones y drenaje
Debido a la expansión de la mancha urbana sobre el lago, las inundaciones no se dejaron esperar. En 1967 se optó por continuar con el crecimiento del complejo sistema de drenaje; iniciándose la construcción del Drenaje Profundo que sacaba el agua de la cuenca a una profundidad de hasta cincuenta metros de la superficie con una pendiente continua, confiando en la gravedad para su funcionamiento. Esta acción fue definitiva para acabar con los cuerpos de agua de la cuenca —de los que sólo quedaron 50 m2— y para permitir la irrigación de una vasta zona agrícola denominada Valle del Mezquital, al norte, en el estado de Hidalgo. A partir de ese momento, la ciudad creció desproporcionadamente, dando lugar a miles de metros cuadrados de asentamientos irregulares tanto en el ex lecho lacustre como en las laderas de las montañas circundantes.
La propuesta de desaparición definitiva de los cuerpos de agua despertó una corriente de oposición a la ya conocida estrategia de drenado. Paralelo a la construcción del Drenaje Profundo, Nabor Carrillo inició una campaña para recuperar los lagos. Dentro del sistema que propuso, donde se contemplaba la rehabilitación de gran parte de éstos, sólo se logró la construcción de un área de 10 000 hectáreas bajo la Comisión del lago de Texcoco, encabezada por Gerardo Cruickshank, quien tomó el lugar de Carrillo cuando éste murió. Gracias a la intervención de tales personalidades aún contamos en la cuenca de México con algunos rastros de estos cuerpos de agua.
El día de hoy, la ciudad es una ciudad de ciudades. Los pueblos ribereños que bordeaban el lago se unieron al tejido urbano que se extendió sobre los desecados cuerpos de agua para contar con un área urbanizada continua de 2 500 km2. Esta enorme ciudad aún no se ha librado de las problemáticas hídricas que históricamente la han asediado. Aunque menos graves, cada año la ciudad sufre inundaciones debidas a las fuertes tormentas que siempre han sucedido en este territorio. Lejos de culpar al sistema de drenaje de ineficiente e insuficiente, valdría la pena reflexionar sobre el entorno natural en el que se fundó la ciudad: un lago. Continuamente se drenan 71 m3 de agua de la cuenca de México, de los cuales 50 corresponden a aguas residuales y 21 a aguas pluviales. Esta compleja red de tubos y bombas siempre está drenando un sistema lacustre de 1 100 km2 de extensión.
Abastecimiento de agua pluvial
Paralelo a las inundaciones, la ciudad también sufre de escasez de agua potable. Este problema es también histórico y ha sido necesario recurrir a la importación del líquido desde que se fundó la gran Tenochtitlan. Antes provenía de los manantiales de Chapultepec, posteriormente se construyó un acueducto para traerla del vecino poblado de Xochimilco, y también se inició un programa de perforación de pozos por toda la cuenca de donde se obtenía un líquido de muy buena calidad, capaz de satisfacer la sed de los habitantes.
A pesar de la diversidad de fuentes de agua dulce existentes dentro de la cuenca de México, abastecer una población de más de veinte millones es siempre complicado. Desde la década de los sesentas se inició la construcción de un complejo sistema de importación de agua de las vecinas cuencas de Lerma y Cutzamala que, en su conjunto, provee a la ciudad de 19 m3 por segundo, equiparable al volumen de agua pluvial que es desperdiciada. El Sistema Lerma-Cutzamala trae el agua a la ciudad de México desde una distancia de 160 kilómetros, elevando el líquido más de 1 000 metros para alcanzar la cota de la ciudad. Su funcionamiento depende de un conjunto de tuberías, presas y bombas. El gasto energético que representa es equiparable al necesario para abastecer a la ciudad de Puebla.
El sistema Lerma-Cutzamala junto con la red de pozos permiten la viabilidad hídrica de la ciudad de México. En la cuenca existen más de 1 680 pozos oficialmente registrados y, a pesar de que por este medio se obtienen 60 m3 por segundo, su utilización ha significado una sobreexplotación de los acuíferos, causando importantes problemas. En primer lugar, la excesiva extracción de agua ha significado el abatimiento del nivel piezométrico de la ciudad, teniendo como consecuencia inmediata los hundimientos diferenciales del suelo. Esta situación es responsable del deterioro de muchas construcciones y de la infraestructura, como la rotura de las tuberías que abastecen de agua potable a la ciudad, causando fugas que provocan la pérdida de hasta 40% del líquido.
Cultura del agua
La compleja situación que día con día enfrenta la ciudad de México, tanto para recibir agua como para desalojarla, ha significado que todos los que la habitan sean conscientes de que la relación entre ésta y el recurso es complicada. Desde la época colonial, el agua se ha percibido como una amenaza, tanto por su exceso (las inundaciones)como por su escasez (la dificultad para obtenerla). Esta situación ha generado una diversidad de campañas para crear cultura del agua, en la que el mensaje principal está enfocado en responsabilizar al ciudadano del cuidado del recurso con el fin de que utilice lo menos posible. Sin embargo, éste no cuenta con la información necesaria para comprender por qué debe cuidarlo, cómo es que llega el agua hasta su casa o cuál es la razón por la que ésta no llega. Paralelamente, las continuas inundaciones crean un ambiente tenso en la ciudad durante los meses de lluvias. Los habitantes están siempre atentos de las tormentas, huyéndoles para no ser víctima de una y su consecuente caos vial.
En la cuenca de México, más allá de percibir al agua como un bien común el habitante la entiende como una constante amenaza: no es confiable para su ingestión, es capaz de trastornar el funcionamiento de la ciudad e insuficiente para satisfacer las necesidades básicas. El acceso al agua y su saneamiento se perciben, más bien, como un servicio que es sobre todo malo.
¿Cómo es posible que en la ciudad de las vías del agua el día de hoy ésta no sólo sea invisible, sino que además sea insuficiente? Es necesario cuestionar las decisiones históricas que se han tomado sobre la manera de manejar este líquido vital en la cuenca de México. Más allá de haber desecado un extenso territorio lacustre, se han exterminado las fuentes naturales del líquido. Por otro lado, la ciudad sigue padeciendo las inundaciones inherentes a su condición de lago y, en vez de emplear tecnologías modernas para crearle espacios, éstas se han empleado para continuar expulsándola a pesar de que históricamente se ha demostrado que tal estrategia no resolverá el problema por completo.
La cultura del agua debería significar su total inclusión, dándole espacio, gestionándola a través de la forma urbana, permitiendo su exceso de tal manera que satisfaga la escasez. Es necesario trabajar en la creación de un sistema paralelo al actual, alterno y sustentable para el manejo del agua en la cuenca de México.
Propuestas alternas
La gestión del agua hasta el día de hoy ha permitido que en su territorio exista una de las urbes más extensas y pobladas del mundo. La zona metropolitana del valle de México, para asegurar su permanencia, merece la experimentación con tecnologías alternas para el manejo del agua. Desde que Nabor Carrillo propuso la recuperación del lago de Texcoco han siempre existido personajes apoyando la introducción de proyectos que siguen esta línea, como las macrointervenciones propuestas por Alberto Kalach y Teodoro Gonzáles de León en la llamada "Vuelta a la ciudad lacustre", y los proyectos de acupunturas hidrourbanas encabezados por Manuel Perló y yo.
Para el caso de las acupunturas hidrourbanas existe un importante fundamento teórico desarrollado a partir de los estudios más recientes de arquitectura del paisaje y la planeación urbana, donde se entienden las funciones ecológicas del territorio como un medio para generar infraestructuras suaves y paralelas a las propuestas realizadas desde el ámbito de la ingeniería civil e hidráulica. A esto se le conoce como infraestructuras verdes o paisajísticas, y consisten en una aproximación resiliente y económicamente viable para el manejo del los impactos del clima húmedo que, a la vez, proveen muchos beneficios comunitarios.
Mientras las infraestructuras monofuncionales para el manejo de aguas residuales (sistemas convencionales de entubamiento del drenaje y tratamiento del agua) están diseñados para mover el agua pluvial lejos del entorno construido, las infraestructuras verdes reducen su volumen y la tratan desde su origen a la vez que generan beneficios ambientales, sociales y económicos. En palabras de Charles Waldheim, ex director del departamento de arquitectura de paisaje de la Escuela de Diseño de Harvard: “El paisaje es un medio con capacidades únicas para responder al cambio temporal, la transformación, la adaptación y la sucesión. Estas cualidades ubican al paisaje como un análogo a los procesos contemporáneos de urbanización y como el único medio adecuado para la indeterminación y el cambio demandado por las condiciones urbanas contemporáneas". Esta característica permite que las cualidades físicas de determinado sitio, como su suelo, la vegetación endémica o sus posibilidades de almacenar e infiltrar agua se puedan potenciar para que funcionen en paralelo a las tradicionales infraestructuras urbanas.
Las acupunturas hidrourbanas también se han nutrido de los conceptos que fundamentan el diseño urbano sensible al agua. Según el Instituto del Paisaje del Reino Unido, este tipo de aproximación a la ciudad reduce el riesgo de inundaciones, provee mayor seguridad en cuanto a la disponibilidad de agua, mejora la salud del ecosistema, ayuda a que las comunidades se conecten con el agua, aminora el efecto urbano de isla de calor y reúne varias disciplinas para crear entornos urbanos atractivos. Para el caso de la zona metropolitana del valle de México, tan frágil ante las condiciones hídricas de la cuenca en la que se asienta, los fundamentos de las infraestructuras paisajísticas y los del diseño urbano sensible al agua proveen alternativas viables para mejorar la gestión de este preciado recurso.
Durante los últimos cuatro años, desde el Instituto de Investigaciones Sociales de la Universidad Nacional Autónoma de México se han puesto en marcha dos proyectos fundamentales para abrir camino en la implementación de acupunturas hidrourbanas en la zona metropolitana del valle de México. El primero de ellos, con este mismo nombre, se enfocó en generar propuestas comunitarias y de bajo costo para una mejor gestión del agua en la delegación Iztapalapa. Por medio de diversas reuniones con grupos de vecinos, escuelas y universidades locales se logró obtener doscientas cincuenta propuestas ciudadanas de las cuales ocho obtuvieron un premio para poder ser implementadas. Aunque el gobierno en turno nunca las puso en marcha, dieron pie a que se diseñara un proyecto piloto en un predio denominado La Quebradora.
El segundo proyecto es el Parque Hídrico Quebradora. Durante la investigación desarrollada en Iztapalapa para fundamentar las acupunturas hidrourbanas, el equipo de trabajo halló un sitio de aproximadamente cuatro hectáreas, adecuado para desarrollar una propuesta de infraestructura paisajística con un fuerte componente social. Se propuso mejorar dos zonas dentro del predio, con un suelo de roca quebrada, capaces de captar e infiltrar rápidamente una importante escorrentía proveniente de la sierra Santa Catarina. El proyecto propone mejorar la calidad del líquido que ya se infiltraba, además de tomar una porción de un litro por segundo de agua residual y tratarla a través de un sistema combinado de planta de tratamiento aeróbica y humedales de pulimento. Con éste se abastecerá una red de sanitarios públicos, se dará mantenimiento a las áreas verdes y se distribuirán pipas de agua tratada por la delegación.
En paralelo al sistema hídrico se propone un espacio público que dará servicio a una población de 28 000 habitantes en un radio de 600 metros en torno al predio. El programa para este proyecto se creó a partir de una serie de reuniones con la comunidad vecina, quienes serán los futuros usuarios del parque y sugirieron las actividades más convenientes a desarrollar en él. Este espacio contará con un centro comunitario, un lugar para talleres, un gimnasio al aire libre, canchas multiusos y una serie de senderos y plazas para transitar y estar. Además, habrá una librería y un museo o lugar de exposiciones.
Debido a la posición del predio, en la esquina de Av. Ermita Iztapalapa y Palmas, éste sirve como una parada para cambiar de medio de transporte: de las tradicionales "combis" que suben y bajan de la sierra a los autobuses de la Red de Transporte de Pasajeros que transportan a los usuarios a las estaciones del metro. Esta condición genera una importante circulación de personas por el sitio, por lo que se ha adecuado la esquina para favorecer tal intercambio. Además, esta condición favorece las demoras en el lugar en aras de aprovechar los servicios ofrecidos.
Conclusiones
Los proyectos antes descritos son producto de una cuidadosa investigación sobre las condiciones físicas e hídricas de la cuenca de México, así como de la revisión de casos análogos, tanto nacionales como internacionales, para un mejor uso del agua. Es importante considerar que para que propuestas de este tipo sean exitosas es necesario hacer una importante gestión comunitaria así como implementar fuertes campañas de cultura del agua.
Actualmente, la Secretaría de Medio Ambiente de la ciudad de México está poniendo en marcha una estrategia para uso eficiente del agua. Ésta ha sido desarrollada por quien esto escribe, sentando como premisa, después de haber entrevistado a diversos expertos en el tema, que la cultura del agua significa mucho más que pretender que la población reduzca el consumo del recurso. En una ciudad donde 40% del líquido se pierde en fugas, la responsabilidad de reducir el consumo debe recaer principalmente en los tomadores de decisiones, apoyados y trabajando estrechamente con la comunidad. En este sentido, la propuesta está enfocada a hacer una gestión paralela del recurso mediante el espacio público.
La ciudad puede y debe funcionar como una enorme esponja capaz de retener, almacenar e infiltrar y potabilizar agua pluvial. Además, debe ser capaz de tratar un importante volumen de agua residual. El espacio público tiene todas las posibilidades de desarrollar estas funciones además de las que ya lleva a cabo. Es inminente que estrategias así se pongan en marcha. Esto provocará que el agua vuelva a ser parte de la imagen urbana, presente no sólo como un recurso estético, sino como una parte esencial del funcionamiento de la ciudad. Sólo por medio de este tipo de medidas se podrá restaurar la relación perdida entre el ciudadano y el agua, tejiendo nuevamente el vínculo vital para la permanencia de la zona metropolitana dentro de la cuenca de México.
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Referencias bibliograficas
González, Carlos y Lourdes Cué. 2006. Pasado y presente de la región de Tenochtitlan. La obra de Luis González Aparicio. Grupo Danhos, México.
Legorreta, Jorge. 2016. El agua y la Ciudad de México. De Tenochtitlán a la Megalópolis del siglo XXI. UAM, México. Perló, Manuel. 1999. El paradigma porfiriano. Historia del desagüe del valle de México. Instituto de Investigaciones Socialesunam, México. Waldheim, C. (ed.). 2006. Landscape Urbanism Reader. Princeton Architectural Press, Nueva York. |
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En la red
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| Loreta Castro Reguera Mancera Facultad de Arquitectura, Universidad Nacional Autónoma de México. Es originaria de la ciudad de México, donde vive y trabaja. Es arquitecta y maestra en diseño urbano por la Universidad de Harvard y profesora de asignatura en la Facultad de Arquitectura de la Universidad Nacional Autónoma de México. Su trabajo se desarrolla en torno a la generación de propuestas de diseño paisajístico, urbano y arquitectónico que incorporan como elemento fundamental el agua. |
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cómo citar este artículo →
Castro Reguera Mancera, Loreta. 2017. El espacio público como sistema hídrico paralelo, alterno y sustentable para la ciudad de México. Ciencias, núm. 125, julio-septiembre, pp. 14-23. [En línea]. |
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| Salvador Lluch Cota, Romeo Saldívar Lucio y Fernando Aranceta Garza |
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La idea subyacente a la propuesta de considerar el
Antropoceno como una nueva era geológica es que la humanidad tiene tal capacidad para modificar su entorno que podría ser visto como un agente geológico, incluso aún más poderoso que los de origen natural como el agua, el viento y el Sol. Existen muchos ejemplos para ilustrar que la humanidad es una fuerza de magnitud geológica, como las actividades de deforestación y agricultura que se efectuaron hace cuatrocientos años en Europa, dejado su huella en el registro geológico de sus suelos. En el mismo sentido, el ecólogo Erle Ellis afirma que existe un cambio reconocible en el paisaje de algunas regiones de China e India que se relacionan con la agricultura. Si la agricultura es una actividad que no podemos dejar, pues es y será necesario cultivar los alimentos que permiten la subsistencia de los individuos que conformamos la humanidad, ¿para qué nos preocupamos? El asunto es que si bien es tan evidente la necesidad, poco se piensa en las consecuencias de la agricultura, que son más profundas que la simple modificación del paisaje y se propagan en la forma del efecto dominó. El profesor de geografía física, Tony Brown y otros investigadores proponen que la deforestación que se hace al preparar la tierra para cultivo y la propia agricultura han tenido consecuencias sobre las propiedades fisicoquímicas del suelo, a lo que habría que agregar el uso de fertilizantes y otros agroquímicos en las últimas décadas, alterando a la vez los patrones de la biodiversidad asociada. Se dice que el impacto de la agricultura es mayor debido a que se ha efectuado de manera dispersa en el planeta; algunas estimaciones indican que 25% de los árboles se encuentran embebidos en tierras de cultivo. La historia no se detiene ahí, el cambio de uso de suelo también implica cambios en los patrones de sedimentación, incluyendo el incremento en las tasas de deposición por lluvia y escurrimientos. Por si fuera poco, la huella de la domesticación y el efecto sobre la macrofauna por cacería y modificación de hábitats, aunado al cambio climático de origen antrópico, forman parte de los argumentos que están llevando a nuestra sociedad a preguntarse si ha iniciado o no una nueva era geológica. La humanidad en una capa geológica El cambio provocado en la superficie terrestre por la especie humana fue observado por científicos desde el siglo xix. Un escrito de George Perkins Marsh de 1864, titulado “Hombre y naturaleza”, fue uno de los primeros trabajos enfocados en el cambio global antropogénico. El término antropozoico fue acuñado por el geólogo italiano Antonio Stoppani en 1873 para hacer hincapié en el tiempo donde ocurrió la transformación de la Tierra por el humano. Pero fue en el año 2000 cuando el químico holandés Paul Crutzen (Premio Nobel de química en 1995 por sus investigaciones sobre la incidencia del ozono en la atmósfera) junto con el paleobiólogo Eugene Stoermer acuñaron el término Antropoceno para hacer notar el intervalo de tiempo en la historia de la Tierra —en el que vivimos actualmente— en donde muchos procesos elementales de la superficie terrestre son dominados por influencia humana. La palabra pronto entró en la literatura científica como una expresión vívida del grado de cambio ambiental que es causado por los humanos (figura 1). La huella generada por nuestra especie es innegable, lo que se encuentra en debate es si existen o no elementos suficientes para considerar el Antropoceno como una unidad formal en la escala geológica (unidad geocronológica), lo que implicaría que ésta se caracterizaría por una serie de eventos (geológicos, biológicos y climáticos) en la historia de la Tierra en un orden cronológico.
Otro paleobiólogo, el inglés Jan Zalasiewicz de la Universidad de Leicester, comenta que existen procedimientos establecidos por la Comisión Internacional de Estratigrafía para crear y formalizar un nuevo registro en la escala de tiempo geológico. Por su parte, Crutzen junto con AlRousan y sus colaboradores se basan en los registros dejados por el dióxido de carbono como evidencia del inicio del Antropoceno. Según los geólogos, la concentración reciente de ese gas es abrupta, en escalas de cientos y miles de años su concentración ha sido lo suficientemente gradual como para que se le considere un marcador confiable en escalas anuales o de décadas. Opuesto a la idea del Antropoceno, el geólogo Stanley Finney, presidente de la Comisión Internacional de Estratigrafía, menciona que su profesión, la geología, está encargada fundamentalmente del pasado y que es incorrecto definir una época con base en las predicciones futuras, es decir, de si el Antropoceno dejará o no su marca en la historia de la Tierra. Otros argumentos en contra son los de Stefan Wansa, presidente del Subcomité del Cuaternario de la Comisión Estratigráfica Alemana, quien menciona que la introducción de la época del Antropoceno es poco realista y se fundamenta en que los proponentes de esta idea no están lo suficientemente familiarizados con las reglas de estratigrafía. Algunos de los marcadores geológicos que se podrían usar para rastrear la actividad humana en el futuro son: a) los restos fosilizados de algunas ciudades; b) las cloacas, el sistema eléctrico, los subterráneos y masas de escombros de edificios; c) el concreto, en forma de roca caliza arenosa (los ladrillos pasarían de rojo a gris); d) el vidrio se volvería un material lechoso y se cristalizaría muy finamente; e) el acero se oxidaría y desaparecería, dejando huecos donde alguna vez estuvo; f) los animales y plantas fosilizados del Antropoceno, particularmente los domésticos; g) los cambios en las tasas de sedimentación; y h) el cambio climático de origen antrópico (cambios en los registros fósiles de la temperatura, la lluvia, la humedad y la sequía). Los avances en el entendimiento del Antropoceno En septiembre de 2013, la casa editorial Elsevier publicó el primer volumen de la revista Antropoceno. En palabras de los propios editores: “el ámbito de la revista incluye resultados de investigaciones acerca de los efectos de la actividad humana sobre los océanos, la atmósfera, la criósfera, los paisajes y los ecosistemas, en múltiples escalas de tiempo y espacio”. A lo largo de sus cuatro años, la revista muestra un predominio de trabajos que buscan identificar indicadores estratigráficos propios de la presencia humana en el planeta. En los primeros números se propusieron como trazadores: las marcas de los cambios de uso de suelo, los cambios en las tasas de extinción asociadas a los impactos de la domesticación, la agricultura y el uso recurrente de fuego, entre otros. Uno de los trabajos más recientes propone el plástico como un trazador preciso que se encuentra ampliamente distribuido en el planeta y tiene un alto potencial de preservación mientras permanece enterrado. El plástico podría convertirse en un trazador de alta resolución por tratarse de un indicador de los avances en otro grupo de trazadores, los tecnofósiles. El análisis de la dinámica de paisajes y la morfodinámica de cuerpos de agua han sido los dos grandes temas después de la búsqueda de indicadores de la nueva era (figura 2). Es frecuente encontrar estudios de los impactos de las represas sobre procesos de sedimentación y las huellas paisajísticas de la agricultura, el pastoreo, la domesticación y la infraestructura civil.
También se ha publicado una porción significativa de trabajos de integración acerca del estado del arte y las bases técnicas que van delineando el conocimiento en el ámbito del Antropoceno. Por ejemplo, el uniformitarismo consiste en un conjunto de suposiciones fundamentales sobre las que se ha interpretado toda la evidencia geológica. Este principio de la geología presume que todas las leyes y procesos de la naturaleza han operado de manera uniforme en el pasado y en el presente, así como en todo el Universo. No obstante, algunos investigadores se cuestionan sobre los límites del uniformitarismo en el contexto dinámico que caracteriza el Antropoceno. Los impactos humanos en el ambiente circundante son fácilmente perceptibles, pero usar tales impactos como indicadores de una nueva era geológica encuentra dificultades debido a que los eventos de intervención humana se han caracterizado por ser de vida corta y de extensiones espaciales variables. Es posible que seamos testigos de un proceso de muy largo plazo que genera rasgos distintivos de las actividades humanas en el mar y la tierra, pero no necesariamente cubrirán las especificaciones técnicas de una era geológica tal y como la definimos en la actualidad. Es posible que ese cambio de reglas sea el primer gran impacto del paso de la humanidad por el planeta. La geoingeniería: ¿enfrentar el Antropoceno? Las propuestas para afrontar los impactos provocados por la humanidad no se han dejado esperar y las hay tan diversas como lo son las implicaciones del problema, abarcando cambios en lo espiritual, en los hábitos personales, en el tipo de consumo y en un mejor uso de energéticos, e incluso se plantean revoluciones sociales a gran escala o la reinvención del sistema económico dominante. Entre la multitud de posturas se encuentran las de la geoingeniería, cuyo propósito común es combatir el calentamiento global causado por el humano mediante dos estrategias fundamentales: 1) la extracción directa del CO2 atmosférico y; 2) la gestión de la energía radiante que entra al planeta. Esta nueva corriente de ingeniería global sugiere la intervención masiva de la inventiva humana para desarrollar tecnología capaz de devolver parte de los rayos solares al espacio, aumentando la capacidad de las nubes para reflejar la luz del Sol y la colocación masiva de discos reflectantes en lo alto de la atmósfera para ensombrecer porciones enormes del planeta. Todo lo anterior sólo para controlar la entrada de calor. En cuanto a la disminución de CO2 se ha propuesto: plantación de árboles a escala global, máquinas para la captura y almacenamiento de CO2, quema de biomasa vegetal para aislar y atrapar CO2, aumentar la producción de fitoplancton mediante fertilización del océano, promover la exposición de minerales que reaccionan químicamente con el CO2 para luego aislarlo bajo tierra o bajo el mar, además de incrementar la alcalinidad del océano disolviendo compuestos como silicatos o hidróxido de calcio. Algunas de estas medidas podrían parecer un tanto innecesarias, ya que desde 1997 se habían establecido metas en el Protocolo de Kioto para que los países industrializados trabajaran en la reducción de sus emisiones de gases de efecto invernadero. Aunque este protocolo fue ratificado en 2009 y extendido por Naciones Unidas en 2012, no ha dado resultados satisfactorios y persiste hasta nuestros días la necesidad de mitigar las emisiones de dichos gases. Ante la falta de resultados y voluntad política para acatar el protocolo de Kioto y disminuir las emisiones dañinas, se han enaltecido los posibles alcances de la geoingeniería. Sin embargo, la puesta en práctica de muchas de sus tecnologías tiene implicaciones sumamente controversiales, entre ellas gigantescas inversiones económicas en energía y desarrollo de infraestructuras que eventualmente podrían empeorar los problemas ambientales. De ahí que la Royal Society recomiende que los métodos de geoingeniería deben ser considerados únicamente como parte de un conjunto más grande de estrategias para hacer frente al cambio climático. Los dos lados de la moneda Si bien la idea de la ingeniería climática o geoingeniería ha ganado fuerza en los últimos años, las propuestas a escala global no han conseguido tomar forma, lo que podría considerarse benéfico o perjudicial con un sinfín de matices, según sea el punto de vista de quien elabore el análisis. Para ejemplificar veamos un par de extremos en la gama de argumentos. El primero es el de Steve Rayner del Programa de Geoingeniería de la Universidad de Oxford, quien opina que: “a lo largo de la historia humana, las tecnologías de una generación crearon problemas para la siguiente. Tenemos que encontrar una forma de manejar eso, es parte de la evolución de la sociedad; sería irresponsable no explorar el potencial para entender las tecnologías de la mejor manera que podemos”. Por otro lado, está el de Sara Rodríguez, investigadora del Instituto Catalán de Investigación del Agua, quien comenta: “en una civilización basada en el crecimiento, el consumo y el desarrollo industrial y tecnológico como motor de la economía, se trataría de poner en marcha una estrategia común, global, encaminada no tanto a corregir el daño provocado como a prevenir, mitigar y reducir las fuentes de la contaminación; o como sugieren algunas corrientes, —entre ellas la del decrecimiento—, disminuir controladamente la producción económica”. No es difícil distinguir la postura cauta y la sensibilidad social de la investigadora Rodríguez Mozaz en claro contraste con el pragmatismo de Rayner. Parece que los seres humanos nos aproximamos a la puerta de entrada de una paradoja histórica, en la que se enfrentan la creatividad usada en el desarrollo tecnológico, enfocado al consumismo, contra una creciente conciencia de las implicaciones del uso de esas tecnologías. Al escribir estas líneas no tenemos noticias de que se haya aceptado oficialmente el Antropoceno como la era del paso del humano sobre la Tierra, como un nueva unidad geológica. Al margen de si es aceptada o no, el lanzamiento de la revista Antropoceno nos deja pistas claras de que seguirá siendo un campo fértil de investigación con una acentuada ambivalencia, reconocible, en un extremo, por su forma de estudiar y cuestionar los efectos de la actividad humana, a la vez que promoviendo la generación de soluciones razonables y honestas; y en el otro extremo por ser una forma de justificar una intervención tecnológica masiva, con contratos necesariamente multimillonarios de por medio y, en consecuencia, con dudosas razones humanísticas y medidas que aumentan aún más la brecha tecnológica entre países, sin una idea clara de las consecuencias ambientales, sociales y políticas a mediano y largo plazo. Fernando Aranceta Garza se doctoró en bioeconomía pesquera y acuícola con especialidad en pesquerías de tipo secuencial; hizo su maestría en el uso, manejo y preservación de los recursos naturales con especialidad en arrecifes de coral y es licenciado en biología marina. Ha participado en proyectos de los efectos del cambio climático en los principales ecosistemas de la península de Baja California y su biodiversidad; además de su impacto en las pesquerías principales de México. |
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| Agradecimientos Por haber motivado la elaboración del presente escrito, agradecemos el curso de Cambio Climático, impartido en el periodo agosto-diciembre del 2013 en el Centro de Investigaciones Biológicas del Noroeste. Por las becas otorgadas, nuestro agradecimiento a Conacyt y PIFI /IPN). Al CICIMAR-IPN por la infraestructura y respaldo. |
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Referencias Bibliográficas
Al-Rousan, Saber et al. 2004. “Invasion of anthropogenic CO2 recorded in planktonic foraminifera from the northern Gulf of Aqaba”, en International Journal of Earth Sciences, vol. 93, núm. 6, pp. 1066–1076. Crutzen, Paul y Eugene Stoermer. 2000. “The Anthropocene”, en Global Change News Letter, núm. 41, pp. 17–18.Crutzen, Paul. 2002. “Geology of mankind: the Anthropocene”, en Nature, vol. 415, p. 23.Marsh, George P. 1874. The Earth as Modified by Human Action: A New Edition of Man and Nature. Scribner, Armstrong & Co., Nueva York. 1970.Saldívar Lucio, Romeo, Salvador Lluch Cota y Cinthya Castro Iglesias. 2017. “Impactos de la Ingeniería Climática”, en Ciencia, vol. 68, número 1, pp. 1-6. Zalasiewicz, Jan et al. 2011. “The Anthropocene: a new epoch of geological time?”, en Philosophical Transactions of the Royal Society A, vol. 369, núm. 1938, pp. 835–841. en la red
www.journals.elsevier.com/anthropocene |
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| Salvador Lluch Cota Centro de Investigaciones Biológicas del Noreste-Baja California Sur. Es biólogo marino por la Universidad Autónoma de Baja California Sur, estudió la maestría en ciencias en el Instituto Politécnico Nacional y el doctorado en el Centro de Investigaciones Biológicas del Noroeste, S. S. Pertenece al Sistema Nacional de Investigadores, nivel III. Su trabajo de investigación abarca temas de ecología marina, pesquerías, variabilidad ambiental y cambio climático. Es miembro regular de la Academia Mexicana de Ciencias. Romeo Saldívar Lucio Centro de Investigaciones Biológicas del Noreste-Baja California Sur. Realizó sus estudios de doctorado en ciencias marinas en el Centro Interdisciplinario de Ciencias Marinas del Instituto Politécnico Nacional. Ha colaborado en diversos proyectos de investigación en temas como ecología marina, pesquerías y cambio climático. Se ha interesado en entender los patrones climáticos históricos y su utilidad para aplicarlos en modelos estadísticos que expliquen la relación del clima con atributos biológicos y ecológicos de organismos marinos. Fernando Aranceta Garza Centro Interdisciplinario de Ciencias Marinas, Instituto Politécnico Nacional-Baja California Sur. Fernando Aranceta Garza se doctoró en bioeconomía pesquera y acuícola con especialidad en pesquerías de tipo secuencial; hizo su maestría en el uso, manejo y preservación de los recursos naturales con especialidad en arrecifes de coral y es licenciado en biología marina. Ha participado en proyectos de los efectos del cambio |
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cómo citar este artículo →
Lluch Cota, Salvador, Romeo Saldívar Lucio y Fernando Aranceta Garza. 2017. El Antropoceno: ¿una nueva era del planeta? Ciencias, núm. 125, julio-septiembre, pp. 4-9. |
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