revista de cultura científica FACULTAD DE CIENCIAS, UNIVERSIDAD NACIONAL AUTÓNOMA DE MÉXICO
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Noemí Gómez Bravo
     
               
               
En el noreste del estado de Oaxaca se encuentra la región
mixe. Está dividida en tres zonas y diecinueve municipios: la zona alta está integrada por Ayutla, Cacalotepec, Mixistlán, Tamazulapam, Tempantlali, Tepuxtepec, Tlahuitoltepec y Totontepec; la zona media comprende Alotepec, Atitlán, Camotlán, Cotzocón, Zacatepec, Juquila Mixes, Ocotepec, Quetzaltepec y Zacatepec; y la zona baja está conformada por Mazatlán, Ixcuintepec y Guichicovi.
 
Las comunidades en donde se realizó este trabajo están aproximadamente a 1 800 metros sobre el nivel del mar, son de clima templado, frío en los meses de diciembre, enero y febrero; entre marzo y junio permanece templado con lluvias, y de julio a noviembre predomina el frío con lluvias y vientos.
 
La vida de la gente mixe se mantiene con esencia del maíz; al nacer se le da atole de maíz a la parturienta además de xíts atiókx (comida de hoja de aguacatillo), se ponen a hervir las hojas del aguacatillo, posteriormente se le pone bolitas de masa y al final ajo y chile. Es para que a la madre le salga leche y le dé buen alimento al recién nacido, pues estimula el busto para que haya más leche y ayuda a recuperar la fuerza de la mujer —pero a quien se le antoje no tiene por qué ser parturienta necesariamente, sea hombre o mujer, se lo puede comer; se puede comer en cualquier momento de la vida, además es un rico platillo.
 
Así avanza la vida del niño; comerá savia de maíz hasta cuando tenga sus cuatro o cinco años. A sus nueve años, y en adelante, se le enseña la ciencia de la vida del maíz: los tiempos. De preparar la tierra, el saber los climas y las temporadas de cada especie del maíz. Cuando es niña, se le inculcan los valores de cuidar y amar el maíz, no tirarlos, no maltratarlos. Al moler, limpie bien su metate, cuando le dé de comer a los pollos y guajolotes les dé lo necesario en una esquina, no donde pasa la gente, porque así no lo expone a pisarlo. Cuando aprende a hacer las tortillas la madre le dice: “amasa en proporciones chicas la masa, porque el día que tengas a tus hijos tendrás placentas muy grandes y te costará más trabajo y fuerza expulsarlas. Y cuando termines de hacer las tortillas limpia bien tu metate, porque si no lo limpias bien, tus hijos nacerán con mucho sebo en la cabeza por dejar embarrado tu metate de masa, por eso limpia bien con los dedos”.
 
Así empieza su vida, a través de la leche materna toma la esencia del maíz y conforme crece y se desarrolla, en cada paso de su vida, el niño va aprendiendo.
 
Sin embargo, a veces se pierde toda noción de la coexistencia de uno, y se desconoce nuestra historia, nuestra vida, nuestros padres, nuestros abuelos, además de hacerlos a un lado tratándolos como que uno sabe más que ellos. Esto es negar nuestra propia existencia y el origen de las cosas que nos rodean y, al desconocerlo, cada día perdemos riquezas invaluables que se han transmitido de generación en generación.
 
Sin este sentido estoy segura que en nuestros días ya no hubiéramos conocido las distintas semillas de maíces criollas que hoy día sobreviven; de otra manera serían puras semillas híbridas o como las semillas de horticultura, en su mayoría transgénicas.
 
Cosmovisión
 
En este trabajo se presentan entrevistas sobre la importancia de ver el maíz, así como memoria o mitos para otros, viéndolos antropológicamente, y que en realidad es parte de la cosmovisión: la relación del hombre con la tierra y los que forman parte de este universo. La importancia del respeto que se debe de tener con el maíz es vital para que se siga practicando, pero sobre todo la concientización del cuidado y respeto a su protección. ¿Qué haremos sin maíz y con tierra muerta?
 
Nïïpïn mook, maíz de sangre. El maíz pintado con sangre o rociado de sangre: dicen las sabias palabras de la gente antigua que este maíz surgió cuando se veneraba o cuando se le ofrecía respeto al maíz blanco. A la semilla se le rociaba la sangre de los pollos y guajolotes, ofrecimiento a la Madre Tierra y símbolo de respeto al maíz. Así, surgió el maíz de sangre, maíz pintado de sangre. El pueblo Ayöuk (mixe) lo conoce por nïïpïn mook: nïïpïnsangre, mookmaíz; sangre de maíz. Anteriormente (hace como quince años) los niños le decían duulce mook, maíz dulce, porque tenía parecido a los dulces de rayas rojas y les encantaba desgranar, así fuera en elote o mazorcas, porque era de olote muy suave para desgranarlo. En algunas comunidades se sigue practicando este ritual, pero esta especie de maíz corre el riesgo de desaparecer.
 
Mok ïk nïïpïn nëë xït, maíz asado con sangre. Cada comunidad crea y recrea la esencia de su identidad, que los hace diferentes de otras comunidades aun perteneciendo al mismo pueblo o mejor dicho a la misma nacionalidad (con lengua y cultura propias). También tienen que ver las familias, hay algunas que tienen mayor vínculo con la tierra y su entorno, pero más que nada es la filosofía, ciencia y respeto que transmiten los padres a sus hijos, para que los hijos las sigan poniendo en práctica, y es eso lo que se está perdiendo por el impacto de religiones y sobre todo con la inmigración, en donde se va perdiendo la esencia de la identidad comunitaria y cultural.
 
En este caso específico podemos retomar una de las entrevistas, la que hicimos a la señora Nicolasa Ruiz Hernández, una anciana de setenta y tres años, que con el paso del tiempo ha ido transmitiendo la cosmovisión del maíz: “esto me lo contó Lía, de cómo hacía su madrastra, doña Albina. Me cuenta que ellos iban a la iglesia por cinco mañanas, después torcían la caña para preparar el tepache y, cuando estuviera fermentado, mataban los pollos. La sangre de los pollos se le rociaba a la semilla y se sembraba; por eso salía el tsapts mook: tsaptsrojo, mookmaíz; maíz rojo. El maíz rojo sale entre las mazorcas amarillas. También iban a la iglesia por tres mañanas cuando ya era temporada de elotes. Los primeros elotes que se cortaban, eran cinco. Posteriormente se mataban los pollos, y su sangre se regaba encima de los elotes. De ahí, los asaban en las brasas y los comían con todo y sangre; después de esa costumbre (rito-respeto), podían pizcar para hacer los tamales de elote, porque ya habían cumplido con todo esto, se puede comer ya con confianza”.
 
Antes, las mazorcas rojas salían bastante entre las mazorcas amarillas, por eso la señora Hipólita Bravo escogía puras rojas y las ponía a cocer aparte, porque la cáscara del maíz rojo es más gruesa que de las mazorcas amarillas, por lo que requería de más cal y se tardaba más en lavarse el nixtamal.
 
Mëtsï’ mok pá’k, grano de maíz envuelto. El trabajo de campo fue muy interesante, porque en algunos momentos uno se involucra en el trabajo de la gente, en su quehacer cotidiano y temporal, como deshojar las mazorcas. El objetivo de cosechar el maíz con el totomoxtle es guardarlo, porque servirá para la próxima temporada. Después de limpiar el terreno entrará la yunta a arar y el totomoxtle servirá como alimento de los bueyes. Así no se pierde el tiempo: en lo que el campesino come, al mismo tiempo están comiendo sus animales.
 
El trabajo del campesino y las relaciones con su entorno, sus creencias, o mitos para algunos investigadores, sobre todo, es la relación con lo que convive, de lo que vive y con lo que sobrevive y que forma parte de él mismo.
 
En un seminario de la prelatura de San Pedro y San Pablo Ayutla, decía el sacerdote Leopoldo Ballesteros: el mixe, 50% de su idioma lo relaciona con su cuerpo, por ejemplo, ëts xtun yak jöt ampïkgï’ que quiere decir “me has provocado ardor en la boca del estómago” o, en palabras floridas “me has encabronado” o “me has enojado”, para que se escuche más “suave” en castilla, ya que en el mixe se escucha más metafórico. El otro punto más relevante que él comentaba es que, durante el tiempo que vivió en Santa María Tlahuitoltepec, observó que los mixes cada vez que se enfermaban siempre encontraban un porqué o una causa: que no le dio respeto a sus antepasados o si no los trató bien en vida, etcétera. De ahí acuden con los curanderos o adivinos, quienes les explicarán el porqué.
 
Generalmente, los kuxëë o xëmaabï (los que tienen el sol en su cabeza o duermen con el sol, los sabios y curanderos o sacerdotes y sacerdotisas), ocupan el maíz para descubrir las enfermedades, con éste pronostican la situación de cada persona que acude a ellos. Sin embargo, hay muchas personas que sin ser kuxëë o xëmabï son personas sabias que, con el paso del tiempo, a simple vista reconocen qué es lo que uno tiene o le hizo daño —es donde hay mucha confusión entre los sabios y hechiceros o brujos. Pero no solamente se acude a ellos por enfermedades, también para saber sobre la vida (futuro, dinero, buena cosecha...); es a través del maíz que se va a saber lo que se tiene, qué hacer y cuánto llevarle a las montañas, peñascos, cerros y cuevas, lo cual, dependiendo lo que diga el kuxëë o xëmaabï, pueden ser guajolotes, gallos de color rojo, gallos de color negro, mezcal, aguardiente, cigarros, todo como muestra de respeto o conforme a las necesidades de la gente. Puede ser para solicitar permiso para realizar algo o pagar algo que se haya pedido con anterioridad y que se haya logrado; se le da respeto a la naturaleza.
 
El mëtsï’ mok pák, grano de maíz envuelto, dicen que es el grano mágico; éste se encuentra en la base de la mazorca, no todas las mazorcas traen; solamente algunas, por lo que se dice que aquél que se lo encuentre es de buena suerte, y es por ello, que lo debe de masticar e ingerirlo, y que cuando se hace algo indebido o cuando no se quiera ser descubierto, él nos encubrirá. Por eso sería bueno visitar a los campesinos en tiempo de cosecha, para ver si tenemos suerte.
 
Tseeb apá’ko, hocico de gallo o de gallina. Dicen algunos investigadores que los mixes a todo le encuentran justificación y a todo le echan la culpa; sin embargo, desde mi punto de vista, en el contexto de la filosofía ayöuk o ayuuk, es el cuidado y el amor lo que nos sustenta, lo que forma parte de nuestro entorno. Es por eso que la semilla la tenemos que cuidar y respetar como algo muy sagrado, pues es sustento de nuestra vida.
 
Cuando la persona descuidada deja su semilla donde sea y es comida por pollos o guajolotes, si picotean los costales de semilla o la gente la deja descubierta, sucede entonces que por ese descuido la cosecha nos acusará. En distintas comunidades se ha visto que la mazorca sale tseeb apá’k (tseebgallina o gallo, apá’khocico, hocico de gallo), que sale parecido al hocico de estos animales.
 
Xeen mook, maíz gemelo. Durante la deshojada de mazorcas se pueden encontrar maravillas dentro de ellas; mazorcas y granos mágicos: significados y demandas que la propia mazorca exige para su cuidado y respeto. Así, la persona que encuentre la mazorca gemela está de suerte porque tiene jöötkin (vida, futuro, va a tener maíz y frijol en abundancia, nunca le va hacer falta algo en la vida).
 
Maktöök mook, trece maíz. Dicen las palabras de los abuelos que cuando se encontraba el maktöök mook, trece maíz (una mazorca que tuviera trece hileras de granos) se apartaba. Completando las trece mazorcas se colgaban a la entrada del moktsë’x (casa del maíz) y estas trece mazorcas son las que van a cuidar la casa del maíz; pero si no se completan las trece mazorcas de trece hileras, son muy escasas, se cuelgan las que se encontraron. Cuentan que es de buena suerte; a mi entendimiento tiene que ver con el calendario mesoamericano, además el número trece es vital para el recién nacido; anteriormente, cuando nacía un niño o niña, a los trece días se mataba un gallo porque había cumplido sus trece días de vida, había vencido el mal o había pasado la etapa más difícil de su vida. Por eso se vincula la buena suerte y el número trece, aquél que encuentre esa mazorca con trece hileras de granos tendrá buena suerte.
 
Viints mook, maíz ciego. Dentro de las complejidades de ver y entender la relación y el sentido de los pueblos indígenas con la vida y sus cosechas, nos podemos encontrar con muchas sorpresas, tal vez sin sentido para aquellos que han emigrado de la vida comunitaria y de la naturaleza y más aún para los que no pertenecen a una cultura indígena. Incluso, la gente consciente de proteger el ambiente está lejos de entender lo que fue y significa el valor y el amor a la naturaleza dentro de la filosofía de nuestros pueblos originarios, aunque nos cueste aceptar.
 
Así lo podemos ver con el viints mook (viintsciego, mookmaíz) maíz ciego. Antes se colgaba el maíz ciego a la entrada de donde se guardaban las mazorcas para que las cuidara, para que ninguna persona viera a las demás mazorcas. El maíz ciego es cubierto como perlitas, contaba la abuela: “mi padre los ponía aparte y los guardaba y cuando terminaba de pizcar los amarraba a un lado del tapanco donde guardaba las demás mazorcas. Me contó mi padre que mis abuelos decían que era bueno hacerlo así, porque cuida a las mazorcas; es él, el viints mook, quien los va a cuidar para que el viento y la lluvia no se los lleve, por eso, en medio del tapanco se debe de amarrar”. Cuentan que aquél que encuentre el maíz ciego tiene que prenderle velas y veladoras, por lo tanto tiene que poner tres cuartos de aguardiente, preparar tepache y matar pollos. Después de esta preparación como festejo, porque se va a tener vida, se tenía que invitar a las autoridades de la comunidad, así como a los mayordomos de la iglesia. Esta invitación y la participación de las autoridades quedan como testigos.
 
La comida preparada no se debe de comer sólo entre los miembros de familia, sino que se tiene que compartir, más con los visitantes de fuera, y si se acaba luego, es mejor. Compartir significa que durará el maíz, la riqueza, en la casa se tendrá buena suerte, pero si no se comparte, alguien de la familia se enfermará. Por eso es muy importante invitar a las autoridades, para atestiguar el respeto y agradecimiento que se le da a la tierra, por ser éstas guardianes del pueblo.
 
Vïn paan mook, maíz con ojo de metate (viijnojo, paanmetate, mookmaíz). La mazorca tiene la cara de metate o, en su traducción literal, “ojo de metate”, porque la molendera, la mujer, hizo pasar mucha hambre al hombre cuando estaba sembrando el maíz; como se malpasó del estómago, es por eso que sale vin paan.
 
En busca de terreno dónde rozar
 
¿Qué se hace o se hacía para ofrecer respeto a la tierra cuando uno iba a sembrar o a preparar la siembra? Yo no sé de otros pueblos, pero sé de los de Zacatepec. Allí me tocó estar cortando café; por la pobreza, uno iba en busca de trabajo, para cortar café o de molendera, porque desde hace tiempo la gente de allá tenía más dinero y tenía cafetales en grande. Mientras nosotros estábamos cortando café, me dijo la señora, mi patrona: “por favor recoges la casa, lavas los trastes porque nosotros vamos a vinpí’tpa”.
 
Prepararon tamales, limpiaron los pollos y se llevaron todo preparado porque lo iban a cocer donde encontraran el terreno para rozar; allí comían y bebían. Cuando regresaron por la tarde, me dijo: vinpí’tpa ëëts dï ëts (fuimos a dar la vuelta); me sirvió una copa de aguardiente, diciéndome: “por favor toma, riégale a la tierra, anda señora. Es que fuimos a pedirle permiso al ojo de la tierra. Desde ayer fui a pedirle a Dios, porque hoy fuimos a buscar dónde rozar, porque si uno no lo hace así, al trabajador, en el momento de empezar a trabajar, le saldrá alguna serpiente y le morderá, por eso es que se le da su respeto a la tierra, por eso es que ayer fui a la iglesia a quemar velas y veladoras y hoy fuimos a mirar dónde va a ser nuestro rozo”.
 
Ofrenda por los primeros elotes
 
Fui a vivir a San Francisco Jayacaxtepec, a trabajar en casa de Doña Laaay (Hilaria) eso por septiembre, cuando ya estaba macizo, temporada en que se amaciza el maíz, el elote. La señora Hilaria me hizo poner a cocer frijoles y mëëx (maíz cocido sin cal), después lo molí. Era maíz bueno y se puso a hacer las cosas. —“¿Qué cosas?”, tortillas redondas, las iba girando en su mano, las cocía en el comal y luego las embarraba de frijol; uno no las comía, sino que por la noche salían, llevándoselas hacia algún lado. —“¿Y dónde se las llevaban?”, al cerro, ella y su esposo; y las tortillas las acompañan con huevos. —“¿Y qué hacían con los huevos?”, los enterraban, pero antes de salir mataban dos pollos porque iban a agarrar los primeros elotes. —“¿Y cómo llevaban los huevos, crudos o cocidos?”, crudos; ella me decía: “no vayas a contar lo que estamos haciendo, hacemos esto porque queremos tomar los primeros elotes; porque aquí es así nuestra costumbre, porque así debe de hacerse, así como a Dios, el respeto a la tierra: pí’k yaab viintsë’kin. Queremos agarrar los primeros elotes, por eso se le da su viintsë’kin (su respeto) vintsëëga (darle el respeto). Los de Totontepec no son así, nuestra costumbre es ésta, y los de Ocotepec son iguales, hacen sus costumbres; entre nosotros no hay vergüenza o preocupación de que digan algo.
 
Diosa del maíz
 
El día primero de marzo acudí a Tamazulapam del Espíritu Santo, lugar de paso, con mucho impacto urbano, la moda y con todos los servicios, como el internet. Sin embargo, lo más importante es no verlos caídos por tales impactos a la cultura, como sucede en muchas otras comunidades.
 
A las cinco de la tarde, los niños, niñas y jóvenes músicos se reunieron a la escoleta (donde estudian la música) junto con su maestro René Orozco, un profesor con raíces profundas en la música, quien desde niño salió de su pueblo natal para estudiar la música. Cuentan que su abuelo era un gran músico de música antigua, creador de sus propios instrumentos, de tambores y flautas, a tal grado que un totontepecano le quitó su tambor con engaño y que por más que lo quiso recuperar, ya no se lo regresaron. Más tarde llegaron las autoridades municipales del año anterior (que culminaron su cargo oficial el día 31 de diciembre) y los rezadores de la iglesia católica.
 
Todos juntos nos trasladamos a la casa de la señora responsable de cuidar a la Diosa del Maíz. En el patio de la casa, los niños y las niñas interpretaron sones y jarabes de la región, mientras nos hacían pasar al corazón de la casa, o sea a la entrada principal. En el centro de la casa había un baúl, del lado izquierdo había cañuelas de maíz aún con mazorcas y del lado derecho, sentada, una anciana con su ropa tradicional; además había flores de la región. La gente que iba llegando se sentaba al lado del baúl, otras señoras nos iban sirviendo la comida en un plato, unos tamalitos de frijol, tamales simples, unas tortillas en forma de serpientes y tortillas en forma de huevos hechas en varias capas con distintos colores del maíz, y tiritas de masa cocidas en comal, pegadas de trece en trece; encima, pegada, una hoja de hierba santa y otras de veintitrés. En otro plato sirvieron caldo de pollo con muchísima carne; sobre el piso de tierra se iban dejando los huesos [...] Después de las ocho de la noche iba llegando más gente: jóvenes y adultos que en sus manos llevaban flores y en una bolsa mazorcas de colores que cultivan. Iban directamente delante del baúl. Estiran sus brazos en dirección del baúl con las flores, y las regresan a su boca, dándoles un beso, posteriormente las entregan a la señora que cuida a la Diosa y ella las pone en los floreros que están enfrente del baúl; lo mismo hacen con las mazorcas y a un lado ponen las limosnas (dinero). Nada deja la gente por sí sola, es la anciana quién toma las cosas y las acomoda en su lugar. En su mayoría son mujeres que llegan con estas ofrendas y mujeres jóvenes vestidas con ropa tradicional, mientras los hombres se quedan en el patio escuchando la música. Otras señoras sirven el tepache, el atole blanco; en el atole blanco ponen el frijol cocido con sal y le agregan chile tostado.
 
Como a las diez de la noche entra el rezador del pueblo para interpretar cantos y rezos eclesiales. Al terminar, la anciana cuidadora de la Diosa le entrega a éste un canasto con tamales y aguardiente, además de las limosnas que juntó.
 
Entre más noche, iban llegando más mujeres con flores y mazorcas, mientras el conjunto típico interpretaba sones y jarabes antiguos, alternando con los niños. Los participantes toman tepache, cervezas y refrescos embotellados. La anciana abre el baúl, pone comida en unos platos chicos y los introduce al baúl. A eso de las once de la noche, las esposas de las autoridades del año anterior toman las cañuelas del maíz, la misma cantidad que habían traído, y con eso en las manos salen al patio a bailar al ritmo de la música. Generalmente son mujeres las que bailan y alrededor permanecen sentados los hombres. Conforme se acerca la media noche, la gente se va saliendo del lugar donde se encuentra la Diosa; solamente se queda la anciana que la estuvo cuidando durante el año y la persona que la cuidará durante el siguiente año. Así se van apagando las luces y las velas en donde se encuentra la Diosa del Maíz, y posteriormente apagan las luces del patio. Las dos salen y se van a oscuras, de tal manera que nadie las vea y mucho menos lo que llevan. Calculando que hayan avanzado en dirección a la nueva casa de la Diosa, la banda y el conjunto típico salen interpretando la música, acompañados por el pueblo.
 
Referente a la ciencia y la tecnología
 
Al realizar esta investigación directamente con familiares, amigos, vecinos y de otras comunidades, vemos que las realidades son muy diferentes. Nos damos cuenta del daño que se le ha hecho a la tierra al darle fertilizantes, pues la tierra se ha convertido en un objeto, porque si ya no tiene fertilizante ya no sirve, ya no da sus frutos, depende ya de los agroquímicos. Muchos terrenos se encuentran así, han perdido sus propias fuerzas, las que les ha designado la naturaleza.
 
Sin embargo, quienes hacen los programas de desarrollo no reconocen lo que se le ha hecho a la tierra, no aceptan el gran error que se institucionalizó con programas y créditos de fertilizantes y mucho menos se ha creado una campaña de concientización de que fue un error de la ciencia y la tecnología; al contrario, se están promoviendo otros químicos, como los herbicidas. Muchos de los campesinos ya no preparan la tierra de aradura, y en los que fueron terrenos de aradura hoy día solamente rocían herbicidas y al siguiente día ya siembran con barreta; a las tres semanas ya no se le arrima su primera tierra para que crezca, sólo se le pone fertilizante y, posteriormente, otra vez el herbicida.
 
Pareciera que es tan fácil diseñar proyectos de desarrollo y etnodesarrollo, tecnología para el campo, para los pueblos y comunidades indígenas de nuestro país, sin antes conocer tipos de tierra, climas y sobre todo sin conocer las demandas y necesidades de los campesinos indígenas. Pero es importante realizar un estudio cultural, geográfico, climático y económico para diseñar los programas adecuados y relacionados con la cosmovisión y la alimentación de la gente, además de la economía.
 
Partiendo de un estudio como este, los programas serían más efectivos, se tendrían en cuenta todos estos elementos. Habría esperanzas de que no desaparezca la ciencia del cultivo milenario, esto es, el maíz, la diversidad de maíces. Es necesario, primero, que los proyectos de desarrollo tomen en cuenta la ciencia de los campesinos, pues ellos mantienen lazos de unión con la tierra, como el feto y la madre, en sí la relación hombre y Madre Tierra. Es triste ver que algunos campesinos contestan: “así sale barato, es lo que nos enseñaron los técnicos y agrónomos”, sin pensar que a futuro pueda hacer daño. Pero, afortunadamente, hay ancianos campesinos sabios que siguen con el conocimiento tradicional, que pueden aportarnos mucho para crear y recrear nuevos proyectos de esperanza.
 
     
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Noemí Gómez Bravo
Poeta y ensayista,
San Marcos Móctum, Oaxaca.
 
Noemí Gómez Bravo nació en la comunidad mixe de San Marcos Móctum, Oaxaca. Tiene una larga trayectoria en la defensa de los derechos humanos, de los pueblos indígenas y de la mujer. En 1997 ganó el Premio Nacional a la Juventud Indígena y fue becaria de conaculta del programa “Proyectos y coinversiones culturales” y también ha sido becaria de la ONU en el programa “Liderazgo indígena”; además es poeta y ensayista.
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cómo citar este artículo
 
Gómez Bravo, Noemí. 2016. Cosmovisión y ciencia del maíz mixe. Ciencias, núm. 118-119, noviembre 2015-abril, pp. 50-57. [En línea].
     

 

 

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Lidia Susana Ibarra Sánchez, Sergio Alvarado Casillas
y José Benito Ibarra Sánchez
     
               
               
Los botánicos Paul Mangelsdorf y Robert Reeves presentaron
un comunicado el 5 de julio de 1938, en el que refieren al maíz como alimento básico para las antiguas civilizaciones de América. El maíz pertenece a la tribu Maydeae, la cual comprende ocho géneros, de éstos, sólo tres (Zea, Euchlaena y Tripsacum) son americanos; de tal manera que la relación con los géneros orientales es remota. Euchlaena mexicana Schrad. o teocintle es una planta anual presente en México y en el occidente de Guatemala. En México se presenta como mala hierba en los campos de cultivo de maíz y en Guatemala se encuentra como verdadera especie silvestre. El Tripsacum es una planta perenne que comprende de seis a siete especies, está ampliamente distribuida en América Central y ocasionalmente se puede encontrar en América del Sur.
 
Existen tres teorías con respecto al origen del maíz: 1) que el maíz se originó mediante una vaina de maíz, difiriendo del maíz normal por un solo gen dominante que regula el desarrollo de un raquis frágil, fácilmente desarticulable y de la producción de la cubierta floral prominente que circunda la semilla; 2) el maíz se origina a partir del teocintle por selección directa o por mutaciones a gran escala o por la hibridación de Euchlaena con algunas hierbas desconocidas; 3) el maíz, el teocintle y el Tripsacum descendieron de líneas independientes a partir de un ancestro común.
 
Se había aceptado, de manera general, la teoría en la que Euchlaena había jugado un papel importante en los ancestros del maíz, lo que conllevó a proponer que el maíz había tenido su origen en América Central o en México, y que la agricultura había tenido su origen ahí. Sin embargo, estudios citogenéticos posteriores comprobaron que Euchlaena, lejos de ser progenitor del maíz, es descendiente de un híbrido natural de Zea y Tripsacum.
 
Los maíces híbridos
 
El genetista y botánico George Shull reportó en un artículo de 1908 que las líneas naturales (o in situ) de maíz mostraron deterioro general tanto en vigor —poder de germinación y desarrollo de una plántula normal— como en el desempeño en campo, pero indicaba que los híbridos entre dos líneas naturales se recuperaban completa e inmediatamente, excediendo en la mayoría de los casos la producción de líneas naturales de las que provenían, además de que presentaban uniformidad altamente deseable. En un artículo posterior, el mismo Shull delineó el procedimiento que más tarde se volvería estándar en los programas de cultivo de maíz.
 
En 1947, en Estados Unidos, se registró la primera venta comercial de maíz híbrido, y en la siguiente década aparecieron diversas compañías que vendían año con año las semillas a los agricultores. En áreas del medio oeste de ese país, las razas híbridas fueron desarrolladas en la Estación Experimental Agrícola de la Universidad de Wisconsin y las semillas también fueron distribuidas a agricultores y productores.
 
La transición de maíz de polinización abierta a maíz híbrido fue asombrosamente rápida. En Iowa, Estados Unidos, la proporción de maíz híbrido para 1935 era de menos de 10% y solamente cuatro años después creció en 90%. Para la década de los cincuentas el volumen de maíz anual fue híbrido. Una parte de la elevada producción y aceptación de híbridos a partir de la década de los sesentas se debió, por un lado, a que la uniformidad de éstos facilitó cosecharlos con maquinaria, y además se podían incorporar cualidades favorables para que estuvieran adaptados a diferentes hábitats, alargando así las estaciones de cultivo. Pero hubo otros factores importantes para lograr esta alta producción, como que las prácticas agrícolas mejoraron, por ejemplo, se incrementó el uso de fertilizantes y herbicidas, se aumentó la densidad de siembra y hubo mejores maquinarias con lo que se alcanzó eficiencia en las operaciones y reducción de costos.
 
Por otro lado, la extensión de maíces híbridos coincidió con el uso de diseños experimentales eficientes, involucrando métodos estadísticos superiores, replicaciones y aleatorizaciones, introducidas por Fisher en 1925. Estos métodos incrementaron el índice de mejoramiento genético y prácticas agronómicas.
 
No obstante, las ventajas que representaban los maíces híbridos se vieron mermadas por la uniformidad que se presentaba en las plantas. En 1970, más de 85% del maíz de Estados Unidos, en particular la cepa But Tcms, con material citoplasmático de Texas, se volvió susceptible al tizón de la hoja y Helminthosporium maydis se extendió por todo el cinturón de maíz en Estados Unidos, provocando un desastre en las áreas húmedas.
 
Los maíces transgénicos
 
Los maíces transgénicos se han cultivado comercialmente en los Estados Unidos desde 1996. El crecimiento de la superficie sembrada con maíz transgénico fue impulsada bajo la idea de desarrollar especies que resistieran a los insectos y herbicidas. Para el año 2000, 25% de los maíces americanos eran ya transgénicos.
 
En 1998 existían pocas variedades de maíz genéticamente modificadas en México y eran utilizadas experimentalmente en pequeña escala de manera controlada. Bajo condiciones de bioseguridad, se suponía que el polen no escapaba debido a las medidas aplicadas. Todos los transgénicos de maíz que fueron probados antes de 1998 contenían un virus promotor del mosaico de la coliflor CaMV 35S.
 
Para conocer si había presencia de maíz transgénico en Oaxaca, el Instituto Nacional de Ecología y la Comisión Nacional para el Conocimiento y Uso de la Biodiversidad muestrearon granos cultivados en Oaxaca y cosechados en el año 2000 a fin de practicarles análisis moleculares. Los científicos David Quist e Ignacio Chapela encontraron evidencias de presencia de adn transgénico en maíz nativo. Las publicaciones de estos autores reportan muestreos realizados durante el otoño de 2000 en el noreste de Oaxaca. A partir de estas muestras detectaron otros virus promotores de secuencia 35S en cuatro de cada seis mazorcas de maíz. La secuencia 35S estuvo también presente en muestras a granel de semillas de maíz, obtenidas en tiendas locales de agencias del gobierno mexicano (Diconsa). Esta entidad pública distribuyó alimentos subsidiados a lo largo del territorio mexicano con esos maíces. Se presume que estos granos transgénicos fueron importados de los Estados Unidos y plantados por el desconocimiento de los agricultores mexicanos, aunque también es factible la existencia de otras rutas que expliquen el flujo de genes.
 
México importó de Estados Unidos 6.5 millones de toneladas de maíz en 2001 y en 2002, 5.4 millones de toneladas. En este volumen elevado de granos se mezclaron variedades convencionales e híbridas, así como maíces genéticamente modificados y a la fecha se ha reconocido que los agricultores mexicanos utilizaron estas semillas.
 
Quist, Chapela y Christou se cuestionaron acerca de cómo la introducción comercial de variedades de maíz transgénico pueden afectar los sistemas de agricultura tradicional en los agricultores de pequeña escala y si puede tener un efecto destructor sobre la diversidad de razas antiguas que ellos manejan.
 
Se dice que la agricultura mexicana, incluyendo la producción de maíz, tiene una estructura bimodal; esto es, por un lado gran número de agricultores en pequeña escala cultivan maíz en áreas de temporal, principalmente para autoconsumo, aunque ocasionalmente pueden vender el maíz excedente. Ellos raramente compran semillas comerciales y son un mercado improbable para las variedades transgénicas; sin embargo, la entrada de variedades de maíz transgénicos les representa importantes consecuencias. Por otro lado, un número pequeño de agricultores orientados en el sentido comercial con prácticas de producción de maíz a gran escala (principalmente en áreas con irrigación con objetivos y tecnologías semejantes a las del mundo industrializado) son el mercado lógico para las variedades de maíz transgénico comercial.
 
Impacto de los transgénicos
 
Comencemos diciendo que desafortunadamente la presencia de transgénicos reducirá automáticamente la diversidad de alelos en poblaciones de maíz locales, así como de variantes morfológicas manejadas por agricultores en pequeña escala en México. También existe incertidumbre sobre si las variedades transgénicas introducidas a gran escala en nuestro país incluyen transgenes múltiples; además no es conocido si entran en la cadena trófica anticuerpos, ácidos grasos o vacunas.
 
Otro impacto adverso en el uso de transgénicos son las regulaciones sobre propiedad intelectual que prohíben su uso a agricultores que no compren semillas de variedades transgénicas y que no firmen acuerdos con propietarios de los transgénicos o sus agentes. Pero tales regulaciones pueden ser violadas también por agricultores cuyas prácticas tradicionales favorecen la difusión de los transgénicos, ya que pueden desconocer que están presentes en sus poblaciones y, al utilizarlos, adquieren problemas legales con las compañías propietarias de estos.
 
En el maíz, por ser una especie de polinización cruzada, cada grano representa un evento de polinización independiente, así que muchos granos en la misma mazorca son propensos a ser polinizados por diferentes modelos de plantas; dependiendo del número de plantas por campo, de la proximidad de otros campos que estén en flor al mismo tiempo y de la dispersión del polen, que puede ser afectado por la humedad local y la velocidad del viento. Considerando lo anterior, una de las zonas que podrían afectarse por la contaminación de sus granos son los valles centrales de Oaxaca, santuario del cultivo de maíz en México pues allí se puede rastrear el origen de la domesticación de este grano (Zea mays L.). En esta región se ha conservado la diversidad genética mediante el procedimiento “a cielo abierto”, consistiendo en dejar que las semillas se polinicen sin intervención de los humanos, sino que se aprovechan los vientos de forma natural para realizar la mezcla de genes del maíz. De esa manera se conserva una fuente genética importante que representa un valor cultural.
 
El Instituto Nacional de Ecología inició una campaña en Oaxaca para informar a los agricultores tradicionales de producción a pequeña escala sobre las consecuencias del uso de la biotecnología y el tema de la bioseguridad. La campaña culminó con recomendaciones sobre qué hacer en siembras accidentales de maíz transgénico y sus efectos. De esta manera se espera alertar sobre posibles fuentes de contaminación con semillas de maíz transgénico, tratando de contribuir de algún modo al control, evitando la distribución abierta entre agricultores de zonas rurales ricas en biodiversidad.
 
Sistemas tradicionales agrícolas
 
México es considerado un centro de domesticación de maíz (hace 6 000 años se domesticó) y diversidad, además es uno de los últimos reservorios de fuentes genéticas de maíz para la humanidad. Por medio de la constante selección divergente se diversificó la cosecha en las razas antiguas y las poblaciones satisfacieron así sus necesidades culturales y agronómicas. Dicha diversidad persiste actualmente en los sistemas agrícolas tradicionales que cubren alrededor de seis millones de hectáreas cada año.
 
En estos sistemas coexisten múltiples poblaciones de maíz, pues la mayoría de las semillas son conservadas de la cosecha anterior y algunas son adquiridas mediante otros agricultores y en fuentes comerciales. Los agricultores mezclan las semillas de estas diferentes fuentes por diversas razones, por ejemplo, si pierden semilla o si desean experimentar o modificar una población de maíz. Además, incorporan variedades mejoradas exponiéndolas a sus condiciones y manejos, enriqueciendo sus adaptaciones locales, un proceso conocido como “criollización”.
 
Aunque son pocas las cruzas entre variedades transgénicas y las razas de maíces locales, los transgénicos se difunden dentro de las razas de maíz primitivas locales; dependiendo de si el transgén es expresado y si los agricultores perciben esta expresión fenotípica como benéfica, perjudicial o neutra, las acciones que realicen en consecuencia pueden incrementar o impedir esta difusión. La naturaleza antagónica del control de factores humanos y naturales vuelven difícil predecir la rapidez en la difusión de transgénicos en razas de maíces locales y se complica saber cómo la extensión de transgénicos puede transformar a los maíces nativos. Si la agricultura comercial introduce transgénicos en razas de maíces nativos y afecta la diversidad de maíces locales, se le considera como “contaminación por transgénicos”.
 
Un factor que afecta el manejo de los sistemas tradicionales agrícolas y la diversidad de maíz en México es el reemplazamiento de razas de maíz locales por variedades modernas, así como el envejecimiento de la población de agricultores y la pérdida de interés en la agricultura entre gente joven, particularmente si tienen más estudios que los padres.
 
Diversidad de maíz en México
 
El maíz es el primer cultivo en Mesoamérica y su diversidad en esta región es mayor que en cualquier otra parte del planeta. El investigador Edgar Anderson, pionero en el estudio del maíz mesoamericano, observó que este cereal es un espejo sensitivo de quienes lo cultivan.
 
Cuando se comparan estudios de caso en la agricultura del maíz mexicano se revelan diversas características de manejo común: persistencia de tipo de maíz locales; relativa dominancia de uno o dos tipos de maíz, tanto a nivel de invernadero como en comunidad; la producción de variedades menores, que contribuyen en menor grado a la producción general; alta sustitución de diferentes tipos de maíz para elaboración de tortillas; selección de semillas a partir de la apreciación de la cosecha aparentemente basadas en un ideotipo de maíz local; adquisición de nuevas semillas mediante vecinos y pueblos distantes.
 
Algunas investigaciones sobre sistemas de maíz en nuestro país han mostrado ser abiertas, pero a la vez conservadoras en términos de manejo de semillas y selección de la cosecha. El cultivo está convencionalmente dividido dentro de razas o poblaciones regionales que son distinguibles por características morfológicas, bioquímicas y genéticas.
 
Existen variaciones continuas entre razas de maíz en México, además algunas investigaciones etnobiológicas han mostrado que los agricultores mesoamericanos reconocen y mantienen diversas razas dentro de un sistema de cultivo en respuesta a factores microambientales y de comercialización.
 
Son muchos los factores que intervienen en la distribución regional de tipos de maíz y que no se les brinda debida importancia, como el ambiente, el cual desempeña un papel importante. Los agricultores se refieren a los maíces que están adaptados a un medio natural en el que se desarrollan o se originaron con el término de “maíces criollos”, que significa “maíz local”, y que en algunas referencias bibliográficas se conoce como landrace. Los agricultores reconocen variación entre las razas criollas debido a distintas características, principalmente por el color del grano. Esta diferenciación entre maíces se conoce como variedades.
 
Existen otras cuatro razones independientes de factores ambientales que contribuyen a la diversidad del maíz. En primer lugar, un análisis ecogeográfico señala que diversas razas de maíz coexisten como grupos en un número pequeño de genotipos y su ambiente en zonas de interacción. Un ejemplo de ello ocurre en tierras altas (arriba de 1 800 metros sobre el nivel del mar) en la región de Olotón y Comiteco, en el estado de Chiapas, que constituye una amplia zona de interacción donde conviven las dos razas dominantes. En segundo lugar, las comunidades indígenas manejan un intercambio regular de sus semillas, que ocurre entre los poblados vecinos. En tercer lugar, los agricultores mexicanos buscan y prueban nuevos tipos de maíz o nuevas variedades como fuentes de nuevos rasgos. Por último, existe una alta sustitución de tipos de maíz para los usos principales como tortillas y tamales. Además, en las comunidades el color es la característica principal en la clasificación, nomenclatura y selección de maíz.
 
Las culturas indígenas desarrollaron conocimientos tradicionales basados en la experiencia y adaptación a ambientes locales. Se han desarrollado recursos genéticos debido a la importancia para la sobrevivencia de prácticas comunitarias de subsistencia agrícola; este conocimiento está basado en su idioma, tradición y diferencias culturales locales.
 
Seguridad alimentaria
 
El pasado medio siglo ha sido marcado por un crecimiento en la producción de alimentos con el fin de reducir la proporción de personas con hambre en el mundo. Sin embargo, actualmente una de cada siete personas no tiene acceso a proteínas y a fuentes de energía en su dieta alimentaria diaria; y más aún, sufren de algún problema de desnutrición. Lo cierto es que la población mundial continuará creciendo y esto elevará también el poder de consumo y una mayor demanda por alimentos procesados, carnes, lácteos y pescado. Al mismo tiempo, los productores de alimentos estarán experimentando mayor competencia por la tierra, el agua y la energía, y con la necesidad de remediar los efectos negativos de la producción de alimentos en el ambiente. Por si fuera poco para los productores, aunado a lo anterior se agregan los efectos del cambio climático y cómo las medidas de mitigación y adaptación pueden afectar el sistema de procesamiento, almacenamiento y distribución de alimentos. Estudios recientes sugieren que para 2050 el mundo necesitará mayor cantidad de alimentos (entre 70 y 100% más).
 
Dada esta problemática mundial de escasez de alimentos, el maíz puede continuar brindando una seguridad alimentaria a los pueblos indígenas en México. Por ello se han desarrollado algunas investigaciones en comunidades indígenas, como la del grupo de González Rodríguez sobre maíces criollos en la sierra del Nayar, oeste de México, en la comunidad El Roble, en donde se hizo una revisión del conocimiento tradicional de la comunidad wixarika, identificando las variedades y razas de maíz existentes en la región. Además de clasificarlas de acuerdo con el color, tamaño, usos, origen y propiedades agronómicas, se obtuvo información del conocimiento tradicional de maíz y del valor que tiene en la cosmovisión indígena.
 
Como todas las culturas indígenas, los wixaritari o huicholes son un pueblo respetuoso y orgulloso de sus tradiciones y cultura, y practicantes de sus creencias. Por el lugar que guarda el maíz en su cultura son considerados como guardianes de los maíces nativos, pues desde siempre el maíz ha estado ligado a su vida, brindándoles alimento para las familias y los animales; es además un elemento sustancial en fiestas, ritos y ceremonias religiosas.
 
El maíz es para la cultura wixarika la base de la alimentación, de la preservación de su cultura y de su comunión con el universo. Este cultivo se integra a un sistema basado en la observación del funcionamiento de los sistemas naturales, en la comunicación espiritual con las plantas y en el saber de sus tradiciones culturales. Al sembrar maíz, los huicholes no sólo trabajan con la naturaleza en el plano físico, también se trasladan al mundo sobrenatural al plantarlo, al “hacer lluvia”, al “controlar los vientos” y fertilizar sus cosechas. Esta vinculación entre lo físico y lo espiritual se observa de manera más clara en la celebración de las fiestas y ceremonias que llevan a cabo: Hikuli Neixa, Namawita Neixa y Tatel Neixa, las cuales se celebran en tres momentos críticos del cultivo del maíz: 1) la preparación del coamil (autoproducción agrícola a baja escala); 2) la siembra y 3) la obtención de los primeros frutos.
 
Dada la relevancia del maíz y por la importancia de crear un banco de germoplasma, El Roble representa un lugar estratégico para mantener las razas de maíz y mejorar la eficiencia de los programas de conservación agrícola.
 
Calidad de la proteína del maíz
El maíz es uno de los principales cultivos de cereales con importancia para la alimentación animal y la nutrición humana en el mundo, y posee un alto contenido de carbohidratos, grasas, proteínas, vitaminas y minerales. Sin embargo, ha adquirido la reputación de un nutricereal con calidad pobre. Millones de personas, particularmente en países en desarrollo, obtienen requerimientos calóricos y proteicos a partir del maíz, pues significa alrededor de 15 a 56% del total de calorías diarias en la dieta de las personas de alrededor de veinticinco países subdesarrollados de África y América Latina.
 
En países subdesarrollados, la proteína para la alimentación animal es escasa y cara; en consecuencia, no disponible para un vasto sector de la población. Las proteínas del cereal tienen un valor nutrimental pobre para animales monogástricos, incluyendo a los humanos, debido al reducido contenido de aminoácidos esenciales como lisina, triptófano y treonina. En promedio, las proteínas de cereales contienen 2% de lisina, que representa menos de la mitad de la concentración recomendada diaria para la nutrición humana propuesta por la Organización Mundial de la Salud, la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura y por la Organización de las Naciones Unidas.
 
Desde el punto de vista nutricional la lisina es el aminoácido más limitado en la proteína del endospermo del maíz, seguido del triptófano. Por lo tanto, las dietas saludables tanto para humanos y animales monogástricos deben incluir fuentes alternativas de lisina y triptófano.
 
El maíz es importante en la alimentación y nutrición humana y animal en varios países. Las investigaciones para mejorar la calidad de la proteína del maíz iniciaron en la década de los sesentas con el descubrimiento de maíces mutantes como Opaco-2, que produjo aumento de niveles de lisina y triptófano. Sin embargo, efectos adversos impidieron la explotación exitosa de estos mutantes.
 
Consideraciones finales
 
Los campesinos de maíz en México están principalmente orientados a producir en pequeña escala, y a la vez contribuyen a la creación y conservación de diversidad genética del cultivo. Los agricultores de subsistencia demandan una diversidad de atributos del maíz para que pueda ser consumido, los cuales incluyen la facilidad del procesamiento, el color, el sabor, la textura de grano, la adecuación del maíz para ciertos platillos, todo lo cual se encuentra correlacionado con la diversidad genética de las razas de maíz. Es por lo que los transgénicos son un peligro para ellos. La conservación de variedades tradicionales ricas en diversidad genética como resultado de la evolución de milenios por la selección de los agricultores es para ellos muy importante, además de su valor en sus rituales o ceremonias asociadas al cultivo. Para los indígenas mexicanos, el valor del maíz parece derivar particularmente de una identidad como buen cultivador y como miembro de la comunidad, pero sobre todo constituye su sustento, la base de su alimentación, su futuro.
 
México es el centro de domesticación y diversidad del maíz, donde los agricultores han seleccionado y cruzado variedades de maíz tradicional desde hace miles de años, por lo que el país alberga la diversidad genética de maíz más grande del mundo, con cincuenta y nueve razas diferentes utilizadas como alimento, que son valuadas e investigadas. La conservación de este patrimonio frente a las amenazas que sobre él se ciernen es fundamental para garantizar la seguridad alimentaria de los pueblos de México.
     
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Lidia Susana Ibarra Sánchez
Secretaría de Investigación y Posgrado,
Universidad Autónoma de Nayarit.
 
Es bióloga por la Facultad de Ciencias de la UNAM. Sus estudios de maestría y doctorado fueron en Procesos Biotecnológicos en la Universidad de Guadalajara. Actualmente labora como profesor-investigador en la Universidad Autónoma de Nayarit, donde coordina el Cuerpo Académico de Inocuidad Alimentaria y Nutrición.
 
Sergio Alvarado Casillas
Secretaría de Investigación y Posgrado,
Universidad Autónoma de Nayarit.
 
Es ingeniero agrónomo egresado de la Facultad de Agricultura de la Universidad Autónoma de Nayarit. En la misma casa de estudios obtuvo el grado de maestro en Horticultura Ornamental. Es doctor en Ciencias en Procesos Biotecnológicos por la Universidad de Guadalajara. Actualmente labora como profesor-investigador en la Universidad Autónoma de Nayarit.
 
José Benito Ibarra Sánchez
Unidad Académica de Contaduría y Administración,
Universidad Autónoma de Nayarit.
 
Estudió Relaciones Comerciales en el Instituto Tecnológico de Tepic, Nayarit. Es maestro en Finanzas por la Universidad Autónoma de Nayarit, donde se desarrolla como profesor de tiempo completo. Sus líneas de investigación son la planeación de estudios de mercado y financiero, manejo de bases de datos y estadísticos.
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cómo citar este artículo
 
Ibarra Sánchez, Lidia Susana, Sergio Alvarado Casillas y José Benito Ibarra Sánchez. 2016. El origen del maíz y su significado en la seguridad alimentaria de los pueblos indígenas. Ciencias, núm. 118-119, noviembre 2015-abril, pp. 38-46. [En línea].
     

 

 

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Irma Hernández Ventura, Gabriela Monsalvo Velázquez
y Alejandro Trueba Carranza
     
               
               
Ante la actual globalización en el usufructo de los recursos
naturales y genéticos, la historia sobre su preservación como tema de jurisprudencia adquiere especial relevancia más allá de aspectos meritorios (o de justicia histórica) ante la voracidad del comercio mundial, particularmente de las compañías comercializadoras de semillas, que pretenden, cada vez con mayor descaro, apropiarse del germoplasma generado por los pueblos indígenas y campesinos mediante francos esquemas de lucro. Elinor Ostrom se adelantó al señalar los diversos tipos de problemas en torno a derechos de propiedad que impiden la acción colectiva y los derechos de acceso, usufructo, distribución, difusión y apropiación del conocimiento que genera o mantiene una innovación privada y las leyes que la consagran.
 
Ante este contexto, es necesaria la sistematización de la historia viva de las variedades de un cultivo, la cual va desde las prácticas agrícolas hasta el valor en la formación intrageneracional del capital humano. Desafortunadamente, hasta hoy, por cada cincuenta escritos sobre el maíz y su ámbito fitogenético, patológico, cromosomático y factores gametofíticos, existen apenas dos o tres documentos en torno a las personas que atienden, protegen, conservan, seleccionan, heredan y transforman ese material genético en sus múltiples variedades. Asimismo, en esta historia marginal hay olvidos y sesgos. Se dice que, en México, a lo largo de décadas las variedades de maíz nativas han sido protegidas, conservadas y reproducidas más por hombres que por mujeres, sin darle el justo valor, atención y seguimiento a este grupo productor, a las innumerables custodias que han aportado tanto a la conservación de los maíces nativos, mal llamados criollos.
 
El llamado maíz ajo o tunicado nos da pie a ahondar en este aspecto un tanto soslayado. Nadie podría describir la trayectoria histórica de esta variedad tan bien como sus custodios, una historia que abarca las últimas tres generaciones de custodios de este ancestral maíz en la comunidad de origen otomí de San Juan Bautista Ixtenco, Tlaxcala, en la zona central de México.
 
Prácticas agrícolas y género
 
En muchos municipios de México los agricultores que cultivan maíz (Zea mays, L.) contribuyen a la conservación y generación de la diversidad genética in situ. Así mantienen en la práctica las variedades locales tradicionales, pues las pasan de generación en generación. En Tlaxcala se siembran anualmente alrededor de ciento veinte mil hectáreas con maíz, de las cuales seis mil utilizan semilla mejorada de híbridos comerciales que han llegado a ellos mediante diversos programas de difusión y transferencia de tecnología que ha habido en el estado.
 
Los hombres que han tenido a su cargo el resguardo del maíz ajo en la comunidad de Ixtenco descienden de familias otomíes, cuyas prácticas culturales impregnan tres áreas de dominio: familia, red cercana y presencia comunitaria. Los maíces producidos allí adquieren nombres para identificar las variedades nativas que son conocidas como: sangre de cristo, rojo carmín, morado, azul, rosa, negro, amarillo, blanco, cacahuazintle, gatito, tomando particular relevancia una raza primitiva que han denominado como maíz ajo o maíz tunicado por su apariencia similar a las cabezas de ajo.
 
Estas variedades nativas de maíz son destinadas principalmente al consumo humano, son un abanico gastronómico vinculado a festividades religiosas asociadas con las prácticas culturales agrícolas (recuadro). El maíz ajo, por el contrario, ha tenido una presencia muy discreta, manteniéndose la tradición familiar del custodio de sembrarlo entre otros maíces y cambiando año con año los sitios. La historia contada en el seno familiar es ilustrativa.
 
Historias de custodios
 
En el año 1905 nació José Hernández Solís. A la edad de trece años se le encomendó la responsabilidad de trabajar en el campo ayudando a su padre, Sabino Hernández, cuya familia, otomí como muchas otras, trabajaba al servicio de la Hacienda de San Antonio Tamariz, ubicada en el municipio de Nopalucan, actualmente Puebla. Fue entonces, justo en 1918, cuando su padre le heredó una gran riqueza: el maíz ajo, para que lo siguiera sembrando y conservando, cuidando no perderlo. Durante casi medio siglo José cumplió cabalmente esta proeza.
 
Festividades y prácticas agrícolas en San Juan Ixtenco, Tlaxcala
A continuación se presentan las festividades religiosas introducidas con la evangelización de la zona a principios de siglo vinculadas con las prácticas agrícolas de producción de maíz en el municipio de Ixtenco, así como un breve análisis de género con relación a éstas en virtud de la creciente presencia de la mujer campesina en tales actividades, fundamental para contextualizar la futura custodia del maíz ajo: Irma, hija del custodio en turno.
 
2 de febrero, Candelaria. Se usa maíz blanco y rojo para hacer tamales; el negro y el rojo para elaborar atole agrio. Junto con el niño Jesús, los niños y las diversas variedades de semillas nativas colocadas en cestos adornados se presentan en el templo para recibir la bendición religiosa como la concesión de la gracia del cuidado, conservación y producción de las semillas. Esta tradición comenzó a cambiar para adecuarse a las necesidades prácticas de las unidades productivas de mujeres, ante la ausencia de varones por la migración.
 
Primeras dos semanas de marzo, equinoccio de primavera. En estas festividades las antiguas culturas prehispánicas, como la otomí, preparan la ceremonia de Fuego Nuevo junto con flores, incienso y danzas para recibir un nuevo ciclo lunar que marca la siembra de nuevos procesos de fertilidad. Se prepara la tierra para el cultivo, removiéndola con animales o maquinaria para el rastreo, la nivelación, y la incorporación de abono orgánico. En épocas prehispánicas, las mujeres se encargaban de la preparación del agua como vínculo esencial de la fertilidad y a los hombres se les dejaban el cuidado del Fuego y del viento por representar la fuerza y poder necesarios para la fecundación de las semillas del nuevo ciclo de vida. Hoy, este proceso ha cambiado y las mujeres participan en las actividades de preparación del Fuego, elevando su papel a rango celestial.
 
Marzo y abril, Cuaresma y Semana Santa. En la Cuaresma se usa maíz rojo molido con canela para la preparación de pinole y en la Semana Santa se mezcla el maíz de diversas variedades nativas para preparar platillos típicos sin carne. También se utiliza el maíz sangre de cristo para proteger los cultivos de los eclipses. En esta época se siembra maíz de temporal, aunque se dice que por el cambio climático estas prácticas agrícolas se han recorrido un mes. Antiguamente, la siembra de temporal era una actividad propia de los hombres, pero actualmente estos roles han cambiado, orillados más por condiciones socioeconómicas y de repatriación que por el reconocimiento del papel de las mujeres en la agricultura contemporánea. En esta temporada se asocia la fertilidad de la tierra con la fertilidad femenina y se considera que al protegerla con el maíz sangre de cristo (con la capacidad de repeler las energías negativas) también se preserva la energía cósmica que genera eclipses lunares. Esta idea de fuerza de protección y provisión de alimento está ligada a los roles de masculinidad tradicional.
 
15 de mayo, san Isidro Labrador. Se utiliza maíz nativo de todos los colores para preparar atoles, tamales, gorditas, aguas, guisados y postres. Para las zonas de temporal es tradición de arraigo (desde la Conquista) ofrecer una celebración eucarística en el campo, donde al terminar los agricultores y sus familias comparten platillos típicos preparados a base de maíz nativo de diversos colores y significados. Se cree que si llueve ese día es porque san Isidro avisa a los agricultores que tendrán un buen temporal y que es grato su trabajo a los ojos de dios. El papel de las mujeres durante esta festividad gira en torno a la preparación de alimentos como ofrenda para los asistentes.
 
24 de junio, san Juan Bautista y Festival del maíz. Se preparan platillos asociados con maíces nativos donde se destaca el atole agrio hecho a base de maíz rojo y negro. Se construyen cuadros y portadas del templo decorados con maíz de todas las variedades, entre las que sobresale el maíz ajo. El maíz está presente en artesanías, vestimenta, comida, libros, música, celebraciones religiosas, accesorios de belleza y decoración. El maíz (en forma de accesorios de belleza y decoración) se utiliza como lenguaje subliminal de lo femenino y lo masculino.
 
Junio y julio, fiestas desde san Juan Bautista hasta Santiago Apóstol. En estas festividades se utiliza el maíz rojo y negro para mantener las fuerzas negativas y ocultas lejos, para proteger a todos de enfermedades y malestares familiares, de ciclones y mal tiempo. Al cumplirse el mes y medio de haber sembrado el maíz, se aplica la primera fumigación y, veinte días después, se administra la segunda para el combate de malezas, insectos y enfermedades. Hasta hace veinte años, las actividades de tales tratamientos intensivos eran propias de los hombres; sin embargo, desde hace diez años, cada vez más mujeres se incorporan a estas labores. En algunos casos dichas tareas se ven como pruebas que marcan la iniciación de los hombres para mostrar su madurez física y sexual.
 
Septiembre y octubre, proceso de dar gracias por las cosechas. Comienza la cosecha de maíz de riego y de temporal. Actualmente se mantiene en algunos lugares la tradición del almuerzo en el campo durante los procesos de siembra, cosecha y riego. En esta práctica no se da la combinación de roles (donde los hombres lleven a sus esposas el almuerzo o la comida).
 
Octubre, noviembre y diciembre, cierre de año litúrgico eucarístico. Antiguamente, la selección y conservación de mazorcas para la siembra del año siguiente eran actividades propias de los hombres. Actualmente hay mujeres instruidas para esta labor.
 
Rememorando a su abuelo, José Vicente Hernández Alonso, actual custodio del maíz ajo, narra el siguiente relato: “el dueño de la hacienda había pedido que todos los costales que salieran de maíz indio o ajo se quemaran, que porque esa había sido la orden de los frailes de ese tiempo [...] mi papá me contó que el abuelo había llenado unas ollas y las escondió en la troje; por la noche las sacó y las echó al burro para venirse al pueblo. Aquí limpió las mazorcas y las desgranó, les echó ceniza y otras cosas que ayudaban para mantenerlas sin gorgojos ni manchas hasta la siembra [...] Desde entonces igual que antes, se siembra escondido entre las milpas en medio de las parcelas. Sólo así lo hemos podido lograr”.
 
En 1961, José Vicente lo recibió para continuar con férrea convicción la reproducción del maíz ajo, tal y como su padre lo había hecho, manteniéndolo hasta nuestros días; y no sólo eso, también lo ha enriquecido mediante procesos de hibridación múltiple, lo que le ha permitido generar una enorme variabilidad de colores en las glumas, los granos, el tunicado y las mazorcas.
 
No obstante la fortaleza que aún mantiene José Vicente, está consciente que un legado como el que ha recibido y enriquecido no está sujeto a improvisaciones; desde este momento ya prepara a su sucesora para tan importante compromiso: su hija Irma, ingeniera agrónoma de profesión, primera custodia mujer, plenamente consciente de la enorme responsabilidad que habrá de continuar. Esto sucede ahora, cuando el papel de la mujer en la sociedad y en el campo son revalorados, lo que potencia el futuro de este singular maíz primitivo.
 
Algunas de las expresiones de José Vicente Hernández Alonso en relación con su experiencia con el maíz ajo son: “el cuidado de este material de maíz permitirá que nuevas generaciones lo conozcan y cuiden del maíz”; “yo comencé a sembrar el maíz ajo a los trece años, en la actualidad se habla de una explotación infantil en el campo pero no es así en el municipio de Ixtenco. Los padres ahora enseñamos a los hijos, además de buscar las nuevas carreras alternativas, como una ingeniería o licenciatura, doctores, enfermeras o maestros, el amor al campo. Así, hoy ejercen dos tipos de trabajo: son profesionistas y son campesinos. Con orgullo siguen conservando la herencia de los padres para trasmitirla a sus nuevos retoños para saber valorar la riqueza del campo. Yo inculqué a Irma el placer de disfrutar de la riqueza de seguir conservando el maíz ajo”.
 
Cambios generacionales y de género
 
En el campo, el desempeño de la masculinidad se observa en el cumplimiento del rol de proveedor de su hogar y hay una asociación con la cantidad de hijos que procrea, además se asocian estereotipos de género incluso a los cultivos; por ejemplo, tanto en el Bajío como en Ixtenco se juzga el cultivo de alfalfa como “cultivo de viudas”, descalificando al agricultor no sólo en términos de productividad agrícola, sino ridiculizando también las prácticas agrícolas.
 
Dado que la producción de maíz en el municipio no es rentable, aunado a la migración que esto implica, muchos productores buscan obtener dinero para seguir sobreviviendo mediante la innovación —que nace al buscar otras formas de aumentar los ingresos—, por lo que una parte de la producción se utiliza en la elaboración de cuadros, arcos, alfombras alusivos a escenas de la vida cotidiana ligadas al maíz, aprovechando la diversidad y variado colorido de las semillas. Los colores vivos en el maíz están íntimamente ligados al concepto de belleza, al de salud reproductiva y fertilidad de las mujeres, y al falo y masculinidad de los hombres. Esto se refleja en accesorios de belleza como aretes, collares y anillos.
 
En tales creaciones artesanales se manifiesta toda una simbología patriarcal que centra el valor de la masculinidad tradicional en el papel reproductivo-sexual tanto para mujeres como para hombres. Sin embargo, los procesos de cambio de roles emergentes ante la crisis económica, así como la repatriación y la transculturización, han reordenado las posiciones y condiciones de género, incluso en el plano intrageneracional.
 
Así, la mujer custodia en proceso de heredar las semillas del padre enfrenta una masculinidad tradicional, un entorno restrictivo para las mujeres. No obstante, se observa un proceso de cambio en las nuevas generaciones, en el que ya no juzgan peyorativamente a una mujer vinculada directamente a las prácticas agrícolas, como lo son su participación a la preparación de la tierra para la siembra, el cultivo, los arreglos para el turno de riego y pagos, incluso el manejo de maquinaria agrícola y sus implementos, y el proceso de selección, tratamiento, conservación y custodia del maíz ajo, así como el resto de los materiales genéticos propios y colectivos.
 
Dilemas abiertos
Frente a los retos contemporáneos de las nuevas masculinidades, los jóvenes agricultores demeritan la actividad agropecuaria a causa de la crisis económica, que envuelve al mismo tiempo la de la masculinidad. Ante ello quedan más preguntas que respuestas. Dados los cambios de roles y estereotipos de género, ¿la custodia entrante del maíz ajo se verá vulnerada por el rechazo de las esferas masculinas tradicionales?, ¿el empoderamiento individual de la custodia futura servirá de escudo protector para la diversidad de materiales genéticos de maíces nativos frente a las compañías multinacionales comercializadoras de semillas?
     
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Irma Hernández Ventura
Instituto Tecnológico del Altiplano de Tlaxcala.
 
Es ingeniera agrónoma especialista en fitotecnia del Instituto Tecnológico del Altiplano de Tlaxcala de San Diego Xocoyucane, Tlaxcala. Ha participado como técnica para asesorar, capacitar, elaborar proyectos y organizar grupos de las zonas rurales de Tlaxcala, también ha trabajado en el componente de desarrollo de Capacidades y Extensionismo y fue promotora técnica del componente de Agricultura Familiar, Periurban a y de Traspatio de la SAGARPA.
 
Gabriela Monsalvo Velázquez
Unidad de Posgrado, Universidad Azteca.
 
Se licenció en relaciones internacionales en la UNAM. Es maestra en ciencias por el Colegio de Postgraduados en Desarrollo Rural; especialista en Género, Agua y Agricultura. Durante su maestría fue becaria del Instituto Internacional del Manejo del Agua con sede en Colombo, Sri Lanka. Es doctora en problemas económicos de la agroindustria por el ciestaam en la Universidad Autónoma Chapingo, es especialista en mapeo de redes sociales, cooperación institucional, género y desarrollo. Su investigación de doctorado se realizó en colaboración con el Centro Internacional de Mejoramiento de Maíz y Trigo del Consorcio Internacional en Investigación Agrícola.
 
Alejandro J. Trueba Carranza
Dirección General de Educación Tecnológica Agropecuaria, Secretaría de Educación Pública.
 
Es ingeniero agrónomo especialista en suelos de la Escuela Nacional de Agricultura. Estudió la Maestría en Ciencias Agrícolas en el Colegio de Postgraduados, en el que posteriormente fue investigador. Ha trabajado en el Centro de Estudios e Investigación para la Conservación del Suelo y el Agua y en el inifap. Ocupó las Direcciones Generales de Política Agrícola y la de Fomento a la Agricultura en sagarpa. También ha realizado proyectos sobre semillas, producción, comercialización y política para el maíz y a la fecha se desempeña como investigador de la Dirección General de Educación Tecnológica Agropecuaria de la SEP.
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Hernández Ventura, Irma, Gabriela Monsalvo Velázquez y Alejandro Trueba Carranza. 2016. Transmisión generacional de variedades de maíz tunicado en un contexto de migración, cambios sociales y de género. Ciencias, núm. 118-119, noviembre 2015-abril, pp. 28-33. [En línea].
     

 

 

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Alejandro Trueba Carranza y César Turrent Fernández
     
               
               
El maíz ajo o tunicado (Zea mays tunicata), probablemente
uno de los más antiguos criollos de México, apenas ha sido dado a conocer de manera más que circunstancial a la comunidad interesada. Su presencia y conservación en la comunidad de San Juan Ixtenco, Tlaxcala, se debe a la tenacidad de una familia de agricultores de origen otomí y en el momento actual a Vicente Hernández Alonso, quien durante los últimos cincuenta y cinco años lo ha replicado año con año, utilizando el esquema denominado conservación in situ, esto es, el proceso de selección de semilla por parte del agricultor, cambiando los maíces que cultiva tanto de sitio de cultivo a la vez que selecciona las características que le interesa mantener.
 
En el estado de Tlaxcala se ha establecido la presencia de cuatro razas primarias de maíz, y en la región de San Juan Ixtenco, la diversidad de criollos se presenta con cerca de cincuenta variedades, diferenciadas por el color del grano, el tamaño y la forma de la mazorca; lo que hace a esta región un centro de diversidad típico y probablemente también un centro de origen, dado que todavía en la última colecta de maíces criollos para el proyecto fz016 realizada de 2008 a 2010 se reportó la presencia de teocintle, aunque no de Tripsacum.
 
El maíz ajo presenta las características típicas del Zea mays L. en sus inflorescencias femenina y masculina acorde con los parámetros acotados en el Manual gráfico para la descripción varietal del maíz (Zea mays L.) elaborado por el Colegio de Postgraduados; considerando adicionalmente la característica del tunicado, evidenciada por la presencia de brácteas florales o glumas que envuelven de manera individual a cada grano de la mazorca, y en la espiga una formación sui generis con la presencia de granos, (figura 1).
 
figuraA02 01
Figura 1. Mazorca de maíz ajo “típica”: a) mazorca; b) bráctea floral o gluma que cubre cada grano; c) grano.
 
Resulta verdaderamente milagroso que este peculiar criollo haya subsistido por miles de años y, particularmente los últimos, en condiciones tan precarias de producción y manejo, conservando sus principales características y generando, en el proceso mismo de producción y cohabitación con otros criollos de la región, importantes variantes del mismo que desde una perspectiva evolutiva podrían implicar saltos de miles de años hacia el maíz moderno.
 
Al no haber paradigmas al respecto, se podría asumir que el maíz ajo “más antiguo” es aquel que presenta fuertemente acentuada la característica del tunicado por las brácteas florales o glumas que cubren cada semilla de la mazorca, y que en un proceso evolutivo y de múltiples cruzamientos o hibridaciones con otros individuos, va perdiendo la característica tunicada hasta llegar a la apariencia del maíz moderno, (figura 2).
 
figuraA02 02
Figura 2. Mazorcas de maíz que ilustran lo que podría constituir la secuencia evolutiva del maíz ajo hacia el maíz moderno: a) se evidencia el carácter tunicado expresado fuertemente; b) mazorca “típica” de maíz ajo o tunicado; c) se expresa ligeramente el carácter tunicado; d) maíz criollo moderno.
 
La observación aquí planteada del proceso evolutivo del maíz ajo se justifica considerando que el maíz es una planta que interactúa con sus pares silvestres, con otros criollos y con su ecosistema y, en consecuencia, las plantas intercambian genes en mayor o menor medida a través del polen, generando nueva descendencia en la siguiente generación y detonando procesos evolutivos en lo que algunos investigadores denominan el flujo génico.
 
Usos tradicionales del maíz ajo
 
La domesticación del maíz y en general de otras especies vegetales, tradicionalmente ha obedecido a su utilidad o aprovechamiento para las poblaciones humanas que la realizaron. El uso más importante de estas especies ha sido el alimentario, por lo que generalmente se han vinculado a la salud, cultura y, en muchos casos, a la cosmovisión de las poblaciones que han sustentado. En el caso del maíz, originario de la antigua región de Mesoamérica, estos principios se cumplen a cabalidad y dicho cereal sigue siendo hasta nuestros días la base de la alimentación del pueblo mexicano, cultura y tradición particularmente en las poblaciones indígenas y rurales, y de religiosidad en numerosas poblaciones; como sucede en Ixtenco, en donde cada 2 de febrero se bendicen las semillas que habrán de establecerse en el siguiente ciclo agrícola para augurar una buena cosecha.
 
Dentro de la conservación de criollos, los más han obedecido a usos específicos (tortillas, tamales, totopos, atoles, pozoles, etcétera) que han justificado su celoso cuidado por los custodios que los han mantenido hasta nuestro tiempo, otros más por atributos distintos como “calentar” la tierra, proteger a otros maíces contra efectos de eclipses y muchas más razones antropológicas que aún falta por documentar más a fondo. Entonces por qué la importancia del maíz ajo, un maíz aparentemente complicado de utilizar para fines alimenticios (debido a la necesidad de pelar cada grano de la mazorca para su uso por el tunicado) y, en principio, no agradable para el aprovechamiento de sus granos.
 
Según crónicas transmitidas de manera oral de generación en generación y otras documentadas en publicaciones más bien de enfoque antropológico, se reconoce que el maíz (y particularmente el maíz ajo) se cultivaba adicionalmente para usos medicinales y ceremoniales.
 
Sólo por mencionar algunas crónicas documentadas, en el manuscrito de 1552: Libellus de Medicinalibus Indorum Herbis, escrito por el médico nahua del siglo xvi Martín de la Cruz y traducido al latín por el indígena de Xochimilco, Juan Badiano, opúsculo también conocido como Códice De la Cruz-Badiano y que permanece en el Vaticano, aparecen tres citas en que se hace mención específica al uso del maíz (denominado como frumento o frumentum) para la curación de disentería, de medicina lactógena (dificultad para flujo en lactancia) y la curación de quemaduras en niños; esto sin descartar otros usos medicinales a los que el documento hace mención de manera genérica como cereales.
 
En lo tocante a sus usos ceremoniales o religiosos, en su artículo sobre ceremonias con el maíz en México, Gisela Beutler describe acontecimientos previos y posteriores a la conquista, destacando: “la costumbre entre los campesinos de bendecir las espigas de maíz para la siguiente siembra cada día 15 de mayo”. Describe las ceremonias en que se daban bendiciones en náhuatl y cita a fray Bernardino de Sahagún, el Códice Florentino y obras derivadas de su análisis, de los rituales a Centeotl y los cantos ceremoniales relacionados con el ciclo maicero dedicados a “las siete espigas de maíz benditas en el Templo de Chicomecoatl”.
 
De igual manera, la misma investigadora dice que, contrastantemente, en el siglo xvii, la época colonial, destaca la etapa de los tres tratados sobre la idolatría de los aborígenes, escritos por los sacerdotes Hernando Ruiz de Alarcón, Gonzalo de la Balsalobre y Jacinto de la Serna, quienes adoctrinaron a los párrocos con respecto de la supervivencia de costumbres paganas entre la población indígena, advirtiendo de las supersticiones de éstos y sus conjuros, encantos y ensalmos usados por los indígenas para la curación de enfermedades y para la labranza del maíz.
 
Es probable que durante este periodo de transición entre la mutua asimilación cultural y religiosa de conquistadores y conquistados, considerando que el maíz común era la base de la alimentación de los indígenas, el maíz ajo haya sido víctima del acoso de los primeros religiosos españoles, considerando que su uso productivo como alimento era poco significativo, pero principalmente usado para la medicina autóctona y los ritos paganos para ellos. De haber sido así, el maíz ajo sólo encontró refugio con algunos indígenas que lo mantuvieron y cultivaron prácticamente a escondidas hasta llegar a nuestros días.
 
El maíz ajo en el tercer milenio
 
Ahora aparece de nuevo el maíz ajo o tunicado como salido de una fantasía, el que podría ser el neandertal de los maíces, el eslabón perdido, en un mundo globalizado, de alta competencia y donde las únicas razones para la supervivencia parecen ser la rentabilidad o la importancia económica. Llega con la desventaja de no conocérsele algún uso productivo, con la aparente dificultad para el aprovechamiento de sus granos, precisamente por el tunicado que lo caracteriza; inclusive su comportamiento agronómico, productividad, susceptibilidades o siquiera su apariencia como planta o su comportamiento en un esquema topológico diferente a las formas en que aún se sigue produciendo, tímidamente, casi escondido entre maizales de criollos tradicionales de la región de Ixtenco.
 
Bajo este escenario, nada favorable, sólo queda la posibilidad de que la sociedad científica lo rescate, lo estudie y a partir de él determine la revisión de las hipótesis que permanecen a la fecha sobre el origen y evolución del maíz, la posibilidad de que en su estructura genética exista algún gen aprovechable para la producción de maíces comerciales modernos o simplemente la curiosidad responsable de preservar esta rara variedad de maíz como actualmente se hace con las especies amenazadas de extinción.
 
La opción de buscarle algún uso productivo moderno parece muy remota, la desventaja en mejoramiento, manejo y abandono en el tiempo, seguramente llevará a largos períodos de tiempo para hacerlo competitivo y rentable como tal en alguna especialidad del maíz.
 
No podemos descartar la indiferencia, que su presencia no motive a su mayor conocimiento y dejarlo en su azaroso camino al futuro bajo la responsabilidad de una sola persona, Vicente Hernández, y después de él en la de su hija Irma, quien ya se prepara para continuar con la custodia del maíz ajo de Ixtenco.
 
La lucha por el rescate de los maíces criollos de alto rendimiento y representativos del mosaico productivo del país debe redoblarse; en México se tiene déficit de semillas mejoradas para la agricultura, la variabilidad que ofrecen los diversos criollos de maíz son la mejor arma para continuar en el camino hacia la soberanía alimentaria, el escenario de continuar hacia el viejo paradigma de ofertar la mayor cantidad posible de variedades mejoradas de maíz sigue siendo válido. La diversidad, adaptabilidad y potencial productivo de los criollos mexicanos es el mejor aval de esta posibilidad y no se debe desmayar ante las presiones externas de introducir materiales que transitan en la dirección opuesta, como los transgénicos que, además de constituirse en factor de alto riesgo por sustentarse en tecnologías que no garantizan inocuidad y sí riesgos de contaminación genética, provocan daños al medio ambiente y a la misma diversidad de los criollos mexicanos.
 
No debemos soslayar el pasado de los criollos como el maíz ajo, como tampoco de descuidar el futuro de los que hoy nos sustentan, no sólo es patrimonio heredado por la naturaleza y nuestros antepasados, más que un legado valiosísimo es cuestión de nuestra propia supervivencia.
 
     
Referencias Bibliográficas

Alavez, Valeria, Alma Piñeyro y Ana Wegier. 2013. “Flujo génico”, en El maíz en peligro ante los transgénicos, Álvarez-Buylla, Elena y Alma Piñeyro (coords.). ceiichunam, México. pp. 87110.
Álvarez-Buylla, Elena, et al. 2013. “Incertidumbres, riesgos y peligros de la liberación de maíz transgénico en México”, en El maíz en peligro ante los transgénicos, Álvarez-Buylla, Elena y Alma Piñeyro (coords.). ceiichunam, México. pp. 111163.
Beutler, Gisela. 2010. “Algunas oraciones y ceremonias religiosas con el cultivo del maíz en México”, en Manual gráfico para la descripción varietal de maíz, Aquiles Carballo Carballo y Alfredo Benítez Vázquez (coords.). Colegio de Postgraduados, México. Pp. 93111.
Cruz, Martín de la. 1552. Libellus de Medicinalibus Indorum Herbis. fceimss. 1996.
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Ortega, Alejandro, Manuel J. Guerrero y Ricardo E. Preciado (eds.). 2013. Diversidad y distribución del maíz nativo y sus parientes silvestres en México. Colegio de Postgraduados, México.
Trueba, Alejandro. 2012. Semillas mexicanas mejoradas de maíz, su potencial productivo. Colegio de Postgraduados, México.

 
     
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Alejandro J. Trueba Carranza
Dirección General de Educación Tecnológica Agropecuaria, Secretaría de Educación Pública.
 
Es ingeniero agrónomo especialista en suelos de la Escuela Nacional de Agricultura. Estudió la Maestría en Ciencias Agrícolas en el Colegio de Postgraduados, en el que posteriormente fue investigador. Ha trabajado en el Centro de Estudios e Investigación para la Conservación del Suelo y el Agua y en el inifap. Ocupó las Direcciones Generales de Política Agrícola y la de Fomento a la Agricultura en sagarpa. También ha realizado proyectos sobre semillas, producción, comercialización y política para el maíz y a la fecha se desempeña como investigador de la Dirección General de Educación Tecnológica Agropecuaria de la SEP.
 
César Turrent Fernández
Dirección General de Educación Tecnológica Agropecuaria, Secretaría de Educación Pública.
 
Es ingeniero agrónomo especialista en fitotecnia de la Escuela Nacional de Agricultura. Realizó estudios de maestría y doctorado en Ciencias Agropecuarias del Instituto Nacional Agronómico de París-Grignon, Francia. Posteriormente ocupó diversos cargos en Veracruz; se destacan sus colaboraciones como director de área en la Dirección General de Desarrollo Regional de la sagarpa, y más recientemente fue Director General del Centro de Estudios para el Desarrollo Rural Sustentable y la Soberanía Alimentaria de la H. Cámara de Diputados. También fue Presidente del Colegio de Ingenieros Agrónomos de México y actualmente se desempeña como Director General de Educación Tecnológica Agropecuaria de la SEP.
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Trueba Carranza, Alejandro y César Turrent Fernández. 2016. Pasado y futuro del maíz ajo o tunicado. Ciencias, núm. 118-119, noviembre 2015-abril, pp. 16-22. [En línea].
     

 

 

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César Carrillo Trueba
     
               
               
No se puede interpretar muestras de poblaciones de maíz de manera eficiente sin conocer lo más que se pueda sobre la gente que ha cultivado ese maíz.
 
Edgar Anderson
     
 
En nuestra relación con la naturaleza, la de inventariar
parece no tener fin, y menos aún cuando se mantienen con vitalidad aquellos procesos que generan novedades y sostienen una larga continuidad en sitios poco atendidos. Las plantas cultivadas suelen tener este rasgo en lugares donde los agricultores son dueños de sus semillas, poseen una cultura inextricablemente ligada a la tierra, se alimentan de sus productos y su identidad misma es inconcebible sin ella. El maíz es un caso típico, una planta que es cultivada tradicionalmente en condiciones muy disímbolas (de altitud, suelo, clima, pendiente y otros factores más). Su inmensa diversidad radica en ello y en las culturas que viven en tal mosaico ambiental. Los procesos en que descansa tal diversidad se mantienen vivos y es por ello que resulta tan difícil hacer un inventario de la totalidad de sus variedades, de los complejos que forman, de las llamadas razas.
 
La presencia en un pequeño poblado otomí de Tlaxcala de maíz tunicado —conocido allí como maíz ajo—, el cual se consideraba desaparecido en México o no se consigna noticia reciente de él, es un buen ejemplo de lo anterior. Que se haya mantenido durante tanto tiempo en una región relativamente cercana a la gran capital sin que se tuviera noticia, sin que alguno de los connotados especialistas remarcara su peculiaridad, no deja de llamar la atención. Se sabía de su presencia en México por diversos textos, como el del célebre genetista experto en maíz, Edgar Anderson, publicado en 1946, así como de su antigüedad por los hallazgos de Mangelsdorf en Bat Cave, Nuevo México, cuyos maíces tunicados remontan a aproximadamente cuatro mil años, (ver fotografía en página 5). Lo curioso es que también hay evidencias contemporáneas de él en África, Suramérica, Estados Unidos y Europa. A partir del reporte elaborado en 1829 por el célebre naturalista francés Geoffroy de Saint Hilaire con base en maíces procedentes de Brasil y Paraguay, quien lo consideró como una variedad, acuñando el término tunicata (Zea mays var. tunicata), éste se volvió casi una constante en toda monografía sobre dicha planta. Reaparece en el vasto tratado escrito por el botánico francés o italiano Matthieu Bonafous en 1833, quien lo bautizó como Zea cryptosperma y exaltara su belleza en una bella ilustración (en portada de esta revista), al igual que lo hicieran los editores del Dictionaire Pittoresque d’Histoire Naturelle et des phénomènes de la nature, publicado en París en 1856 (lámina que se muestra en la página 8). Ocupa un lugar destacado en la clasificación de los maíces elaborada en 1880 por E. Lewis Sturtevant, quien lo ubica también como una especie, Zea tunicata, separada de todas las demás variedades —a las cuales agrupa bajo la especie Zea mays— y es conocida como maíz silvestre, maíz de Oregón, de California o maíz forrajero, con variedades de color blanco, amarillo, rojo y morado, mencionando también la variación bien delimitada que aparece al ser cultivado cerca de las variedades de grano desnudo.
 
Entrados en el siglo xx, Friedrich G. Brieger, investigador alemán radicado en Brasil, se interesa en él y trabaja sobre su genética, comparando el “milhio tunicado paulista” y el boliviano. Anderson lo menciona en varios de sus trabajos pero sin detenerse mucho, aun cuando parece ser común en el sur de Estados Unidos como dan fe diversos textos e ilustraciones. Mangelsdorf lo considera como el ancestro de todos los demás, a lo que Efraím Hernández Xolocotzi hace eco, entablando una polémica que se mantendrá durante largos años, en la cual el gran especialista del maíz reformulará su teoría tripartita, en donde el ancestro es un maíz tunicado, mas no del que aquí tratamos, el que actualmente se conoce en los sitios mencionados.
 
Ante este panorama, son varias las preguntas que surgen. Por un lado, ¿cómo llegó el maíz ajo a todos esos lugares tan alejados?, ¿se difundió junto con las demás variedades que fueron llevadas tempranamente desde América o bien se originó en repetidas ocasiones por la mutación de un gen que ya ha sido identificado? Por otro lado: ¿cómo es que se preservó este maíz en dichos lugares?, ¿por qué razones los integrantes de un pueblo, de una cultura, habrían de mantener una variedad de maíz que no figura entre las más empleadas, las de mayor rendimiento o mejor sabor y textura?
 
Debido a que el rasgo de tunicado es originado por un gen regulador que dispara una ruta de desarrollo, si nos apegamos estrictamente al aspecto genético es prácticamente imposible saber si la presencia de este tipo de maíz en distintas latitudes se deba a su difusión desde América o a una mutación ocurrida en una variedad de maíz sin glumas ya presente allí. En cuanto a lo segundo, hay mucho que decir. Varios autores han señalado las propiedades medicinales que se le atribuyen al maíz tunicado para explicar su persistencia. Hugh C. Cutler observó que en Bolivia los ancianos quechuas lo llaman maíz oculto (puca sara) y que sirve para curar el mal de aire, un conjunto de padecimiento relacionados con los pulmones. A decir de este botánico, serían los curanderos quienes lo habrían llevado hasta Estados Unidos, dispersándolo en su andar por todo el continente americano.
 
Por su parte, Auguste Chevalier, el padre de la etnobotánica francesa, cuenta que en el Congo es venerado como una planta fetiche, y expone la dificultad de dilucidar si las múltiples variedades de maíz, entre ellas el tunicado, son resultado de procesos locales —mutaciones incluidas— o fueron traídas de América. Por otra parte, su valor forrajero parece haber sido el elemento clave de su presencia en el sur de Estados Unidos, en donde la ganadería ha tenido un papel preponderante —es el caso de Texas—, lo que explica que tenga apelaciones locales como maíz de Texas o de Oregón.
 
La dispersión por el mundo de dicha variedad no resulta extraña a la luz de la misma que ha vivido este cultivo. Si bien originaria de Mesoamérica, la siembra de maíz se halla tan enraizada en cientos de culturas distintas, es tan común su consumo bajo diferentes modalidades, que es posible encontrar elaborados mitos sobre su origen en África, Sur y Norteamérica, Asia y hasta en Europa. Son muchos los pueblos que lo consideran nativo e incluso ha habido sendas polémicas académicas al respecto (su supuesta presencia en África antes del intercambio iniciado por Cristóbal Colón es de las más conocidas). No obstante, lo que en todas latitudes destaca es la existencia de innumerables variedades, los paralelismos que emergen al contemplar sus historias, su persistencia en el tiempo en un delicado balance entre variabilidad y estabilidad.
 
Impresiona, por ejemplo, encontrar en Etiopía a un agricultor gamo cultivando maíz amarillo de ciclo corto junto con blanco de ciclo más largo, intercalando además, tal y como se acostumbra en México, calabaza y otras plantas, completamente ajeno al centro de origen de dicho cereal. Es la costumbre, me dijo. Lo mismo se puede ver en Vietnam y China, y ni qué decir de las vastas regiones suramericanas en donde los policultivos tipo milpa son tan comunes. En todos estos sitios, al mirar las mazorcas recién cosechadas se puede apreciar una amplia variabilidad y, sin embargo, la selección de la semilla y el manejo de la nueva siembra mantienen estable cada tipo de maíz y su intervalo de variación.
 
El maíz tunicado de Ixtenco
 
Variación y estabilidad. Estos rasgos propios del cultivo del maíz en milpa me vienen a la cabeza al mirar el maíz ajo en casa de don Vicente Hernández, quien lo ha preservado, al igual que lo hicieran su padre y su abuelo, en sus milpas de la comunidad otomí de San Juan Bautista Ixtenco, en Tlaxcala, muy cerca de Huamantla. Llama la atención la hibridación que se da entre las otras variedades que cultiva don Vicente y el maíz ajo; responde a lo que un acucioso observador como Edgar Anderson denominara como “complejo”, esto es, las variaciones que presenta un tipo de maíz al hibridar con otro, el intervalo que las comprende, incluida su dimensión espacial, lo que permite dar cuenta de su distribución.
 
Así, se puede apreciar el maíz ajo en su forma más establecida y el aumento en el tamaño de la mazorca, su elongación, la forma de los granos y, sobre todo, el tamaño y grosor de la gluma que los envuelve. Las plantas presentan, asimismo, a decir de don Vicente, una serie de variaciones que se ubican también al interior de cierto intervalo.
 
El testimonio de don Vicente Hernández proporciona una perspectiva esclarecedora. Cuenta que fue su abuelo quien llevó el maíz ajo a Ixtenco porque le gustó. Era sólo del blanco pequeño, el prototípico, por decirlo de alguna manera. Nunca dejó de sembrarlo en la milpa y pronto aparecieron mazorcas de color rojo, morado y crema. Su padre lo heredó y siempre lo cuidó. Don Vicente creció así con este maíz y le tomó cariño, por lo que también siguió cultivándolo. Dice que como lo recibió de su padre, quien lo tuvo del abuelo, por eso lo cuida, muy a pesar de que, cuando vende maíz, los compradores lo hacen a un lado, no lo llevan, al igual que a sus híbridos más cercanos. Su mujer lo regañaba por ello, pues merma la venta, pero él escondía las mazorcas en las bolsas de los pantalones y seguía sembrándolo. Lo mismo hace con otro tipo de maíz que da unas mazorcas como agrupadas, que parece fueran varias malformadas y pegadas, de un rojo escarlata, algunas, y otras blancas, como se puede apreciar en la página 6, las cuales heredó también de su abuelo. Los granos de ambos tipos de maíz son depositados de manera dispersa, tres en cada hoyo, de manera que crece una mata por aquí y otra más allá. Son plantas especiales, distintas, bonitas, pues las inflorescencias son grandes, con racimos de flores de mayor tamaño y mazorcas elegantes de verdad; ciertamente, no se ven con facilidad desde lo lejos, se mantienen discretas. Hay un cierto orgullo en sus palabras; dejan entrever una honda satisfacción, muy personal.
 
Al trascurrir la conversación, a este aspecto que podríamos llamar, en parte, patrimonial, pues se trata de la preservación de un legado y de relación con los difuntos de la familia —una forma de mantener viva su memoria, su obra—, se añaden otras razones. Cuando responde sobre las cualidades de este maíz, señala que es muy resistente, ya que sobrevive bajo condiciones de escasez de agua, mal suelo, poca fertilidad y temporal. Y ese vigor pasa a los demás maíces que crecen con él en la milpa, por lo que su presencia favorece la cosecha. Lo mismo que el otro maíz, el contrahecho, que es el que cuida y protege a los demás, algo que en muchos otros lugares de Mesoamérica se atribuye al maíz rojo.
 
Esta discreción en la manera de cultivar tan peculiares maíces es lo que ha tenido por efecto que sus vecinos apenas se enteren de su existencia. Pero, en cierto modo, es característica de la forma como se lleva a cabo la innovación en las comunidades indígenas. Cada persona pone en marcha sus propias iniciativas, las afina y mejora, pero pocas veces éstas son socializadas, adoptadas por los demás. Es quizá esto lo que genera semejante patrón de variabilidad y estabilidad, y que Anderson detectó con gran agudeza: “cualquier intento por obtener un panorama del maíz mexicano se convierte en un problema difícil. El maíz en México es extremadamente variable [...] en un campo de cultivo varía de una planta a otra [...] En un poblado mexicano, una misma variedad suele variar de un campo a otro [...] además, de una región a otra hay grandes diferencias entre variedades. Hay con frecuencia tantos grandes tipos de maíz en un solo poblado mexicano como en todo Estados Unidos y, además, cuando se va a un poblado de otra parte de México se puede encontrar otro tanto de variedades”.
 
A la vez, en ese mar de variabilidad, a escalas determinadas, como la del agricultor individual, las variedades que éste maneja regularmente mantienen una cierta homogeneidad, suficiente como para distinguirlas de otras, al igual que ocurre en una comunidad, en donde sus variedades se diferencian de las de la comunidad adyacente y así sucesivamente. Es por esta razón que Anderson definió las razas como: “un grupo de individuos relacionados con suficientes características en común para poder reconocerlos como un grupo”, negándose a poner nombres en latín a tales agrupaciones, más bien empleando los creados por los propios agricultores indígenas o campesinos, quienes las han establecido y mantenido a lo largo del tiempo. Esto me parece fundamental, ya que no se trata de una categoría cerrada, sino, por medio de la idea de un “complejo”, se esboza una suerte de red cuyos nodos no poseen límites definidos, la cual, al cambiar de escala, emerge nuevamente, a manera de fractal.
 
Esto no quiere decir que no haya intercambio de semillas entre personas, comunidades o de una región a otra, al contrario, es una práctica común, pero es siempre sometida al escrutinio de cada agricultor, que se desenvuelve en condiciones ambientales bien particulares, ya que su milpa puede estar en una ladera con pronunciada pendiente y ser azotada por fuertes vientos o en un plano en donde se anega durante la época de lluvias. Son tales condiciones las que de alguna manera propician la generación de sólidos conocimientos sobre los fenómenos naturales, que constituyen un medio fértil para la inventiva, la cual es generalizada y no restringida a un grupo de especialistas; no obstante, la socialización de las innovaciones carece de canales bien definidos, por lo que generalmente éstas son compartidas en el círculo inmediato, de los amigos y parientes allegados, el familiar y, en ocasiones, se restringen a una persona exclusivamente. Su difusión más allá de estos ámbitos implica una serie de condiciones de mayor complejidad.
 
Pensemos simplemente en el proceso que llevó a la adaptación del cultivo de maíz a condiciones tan diversas de clima, altitud, lluvias, suelos y relieve como las del territorio mexicano, a su asociación con distintas plantas de cada región en la milpa. Esto resultó en una gran variedad de paisajes, tan diversos como el territorio mismo. Podemos decir que la inmersa variación que posee el maíz por su polinización abierta es la materia prima con la que se conformó un mosaico de culturas, en indisociable relación con su entorno, por supuesto. Y la estabilidad de las variedades así creadas es lo propio de cada cultura en sus diferentes escalas, desde lo individual hasta lo regional. Este proceso de unificación y diversificación se sintetiza en la imagen que brinda André Leroi-Gourhan de los factores que en él intervienen. “El medio exterior —constituido por los rasgos de la posición geográfica, zoológica y botánica, así como por los que confiere la vecindad con otros grupos humanos— es muy variable de un grupo a otro; y el medio interior, que contiene las tradiciones mentales de cada unidad étnica, no es menos variable. Se puede plantear que el envoltorio técnico de cada grupo es único en sus aspectos y que una misma película material no puede envolver dos veces un mismo grupo ni dos grupos diferentes en la historia humana; y los productos del contacto de estos dos medios, el interior y el exterior, constituyen soluciones individuales a problemas forzosamente diferentes. Es por ello que cada instante que transcurre en cada pueblo es distinto a todos los precedentes y futuros. El genio étnico radica en gran parte en esas condiciones siempre únicas que se crean”.
 
Una diversidad amenazada
 
Ciertamente, esta perspectiva incluye múltiples posibilidades de relacionarse con la llamada naturaleza, de entender e interactuar con un fenómeno natural determinado, como lo muestra la historia humana y la diversidad cultural contemporánea. Así, actualmente se perfila una nueva forma de actuar ante la gran variedad intrínseca al maíz por su polinización abierta, a saber, la creación de variedades estables en un laboratorio y su venta a los agricultores a cada nueva siembra. Desde esta otra perspectiva, la predominancia a largo plazo de los mismos genes en todo el planeta terminará por reducir dicha variación, homogeneizando bajo ciertos parámetros, como el de un alto rendimiento, una especie cultivada. Tal es el delirio de las compañías agroindustriales, que desean patentar los genes de las variedades obtenidas a lo largo de tanto tiempo por los pueblos indígenas y campesinos y poder someterlos así a su negocio de semillas y agroquímicos-indispensables-para-una-agricultura-moderna, como el glifosato que tan nocivo se ha demostrado. Se trata de una lógica mercantilista, de apropiación de un patrimonio ajeno, que busca generar variedades estables eliminando la variación, base de la vida misma, de su evolución.
 
Bien decía E. Anderson que “el maíz es un sensible espejo de la gente que lo cultiva”. En él se refleja una historia de cerca de ocho mil años, de numerosos pueblos indígenas en su devenir, pero volcada irrecusablemente hacia un presente en donde el maíz sigue siendo la base de la subsistencia, un símbolo de unidad, de comunidad, de constitución humana. Al igual que el caso de Guatemala que dicho autor analiza, quienes preservan hoy día la incalculable diversidad de maíces en México son los pueblos indígenas y campesinos —de ello da muestra el maíz ajo—, y como él mismo lo decía entonces, son pueblos ignorados, considerados como atrasados, de los que poco se sabe. “No se puede interpretar muestras de poblaciones de maíz de manera eficiente sin conocer lo más que se pueda sobre la gente que ha cultivado ese maíz”, concluye en su texto.
 
Esta simbiosis de gente y maíz es un rasgo intrínseco a las culturas mesoamericanas: para la gente de maíz, el maíz es como gente, y así lo trata. Basta mirar trabajar a don Vicente para darse cuenta de ello. El cuidado que pone en cada movimiento, la manera como toma las mazorcas en sus manos, sus gestos al removerlas de la planta, al desgranarlas. “Es igual que la gente. Si se le cuida, va a dar bien”, dice. Una manera de ver, de relacionarse con el maíz, que se aprecia por igual en muchas regiones del país.
 
De esta relación depende la diversidad del maíz en México y, por ser su centro de origen, en el mundo. No es posible por tanto permitir que se atente contra ella, contra este patrimonio de la humanidad. Tiene que seguir prevaleciendo el principio de precaución, se debe mantener la moratoria que impide las llamadas siembras experimentales y el cultivo abierto de maíz transgénico en territorio mexicano, cuna de este cereal, núcleo de su mayor diversidad, espejo que engrandece la historia humana.
 
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En la red
 
     
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César Carrillo Trueba
Facultad de Ciencias,
Universidad Nacional Autónoma de México.
 
Es biólogo egresado de la Facultad de Ciencias, unam y es maestro en Antropología Social y Etnografía por la École de Hautes Études en Sciences Sociales, París, en donde actualmente prepara el doctorado en Antropología Social. Es editor de la revista Ciencias y autor de los libros El Pedregal de San Ángel, Nacho López. Los rumbos del tiempo, La diversidad biológica de México, Pluriverso, un ensayo sobre el conocimiento indígena contemporáneo y El racismo en México, así como de numerosos artículos de divulgación científica publicados en revistas nacionales e internacionales.
     
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cómo citar este artículo
 
Carrillo Trueba, César. 2016. Gente de maíz, maíz como gente. Variación y estabilidad en el infinito complejo-maíz. Ciencias, núm. 118-119, noviembre 2015-abril, pp. 4-11. [En línea].
     

 

 

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