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| Anelio Aguayo Lobo y Carlos Esquivel Macías |
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Con el nombre de mamíferos marinos se denomina normalmente a tres grupos de la clase Mammalia que desarrollan su ciclo de vida en los océanos. Entre ellos se encuentra el grupo de las “vacas marinas” o dugongos y manatíes, poco frecuentes en nuestra cotidianidad, excepto en su versión mítica de sirenas, seres mitológicos que atraían con su canto hacia el desastre a todos aquellos que las escuchaban. Antiguamente se les representaba como mujeres con cola de pez, que era la imagen que los marinos se hacían al ver a los manatíes amamantando a sus crías. Este grupo de mamíferos marinos fue por lo tanto bautizado como el orden de los Sirenios. Un grupo mucho más conocido es el de los lobos marinos y focas, aunque en la actualidad se piensa que no son un grupo natural, sino que más bien son descendientes de diferentes linajes del orden de los carnívoros, a pesar de que, a primera vista, parezcan un grupo único por su grado de adaptación al medio acuático. El tercer grupo y el que muestra mayor transformación para la vida acuática es el que incluye a las ballenas y delfines así como a las orcas, los cachalotes y a los menos conocidos zifios, hiperodontes y mesoplodontes; estos últimos son organismos de buen tamaño y de vida completamente alejada de la costa. Todos ellos son mamíferos del grupo de los cetáceos, de cuyo origen y evolución trata este artículo. Los cetáceos han perdido casi por completo la característica más evidente de los mamíferos: el pelo, aunque conservan otras que pudieran causar confusión con los peces, tal como su forma de “torpedo”. Por lo tanto es aún más difícil aceptar o comprender que las ballenas y delfines tengan su origen en los mamíferos terrestres y no en algún tipo de pez o reptil marino del pasado geológico. Resulta inquietante descubrir que todavía hay autores que apoyan ciertas hipótesis sobre el origen de los cetáceos, que anteriormente ya habían sido rechazadas por su inoperancia teórica y por su carencia de pruebas. Un ejemplo de ello lo es el planteamiento de que los cetáceos se originaron a partir de reptiles marinos del Mesozoico, como el Ictiosaurio (Laenen, 1975). Esta hipótesis, seguramente proviene de la dificultad que existe para visualizar la manera en que los vertebrados han cambiado de medio. Sin embargo, si se estudian cuidadosamente, las numerosas ocasiones en que esto ha ocurrido, se podrá entender que mamíferos placentados, tan claramente derivados de los mamíferos terrestres, no pudieron tener su origen en tipos reptilianos, directamente y de manera independiente al resto de los mamíferos. Esta apreciación no se funda sólo en la imagen o semejanza superficial (que sí existe entre los ictiosaurios y los cetáceos), sino que se basa en múltiples criterios de analogías y homologías que van desde la genética hasta la paleontología y que apuntan hacia la relación entre los cetáceos y algunos mamíferos terrestres. En cuanto al origen de los cetáceos, quizá uno de los problemas que más nos cuesta trabajo aceptar, es el referente a la incursión de los mamíferos al medio acuático, posiblemente porque se sabe que este grupo de vertebrados tuvo su origen en un grupo de reptiles terrestres primitivos denominados terápsidos, hace aproximadamente unos 200 millones de años. Por lo tanto, es importante dar a conocer la manera en que los mamíferos se adaptaron al mar, a través de transformaciones muy espectaculares, lo que convierte a los cetáceos en uno de los órdenes más extraños dentro de los mamíferos. Los cetáceos han sufrido estas adaptaciones estructurales y funcionales a niveles increíbles y tan impresionantes, que si nos comparamos con ellos, en cuanto a nuestros esfuerzos por bucear, y aun considerando nuestra sofisticada tecnología, resulta desproporcionada la enorme ventaja en capacidad de inmersión y movilidad que ellos presentan. Por otro lado, hay que destacar que los cetáceos no son el único grupo de vertebrados que ha cambiado o este cambiando hacia el medio marino, ya que los mamíferos han conquistado el agua al menos por tres caminos independientes. EL PASO DEL AGUA A LA TIERRA La historia que aquí queremos narrar, cae en el terreno de lo que podríamos llamar “la historia se repite”, porque más bien es la regla y no la excepción, el que algunos grupos se aventuren hacia nuevos ambientes buscando alimento. Recordemos también que este fenómeno puede deberse a cambios climáticos y/o geológicos más o menos drásticos y al subsecuente vacío que pueden dejar organismos dominantes muy especializados. El primero de estos cambios es el que realizan los vertebrados del medio acuático al aéreo, o el paso del agua a la tierra. Todos sabemos que ambos medios son fluidos, sin embargo, el agua es más densa y viscosa que el aire y tiene un calor específico mayor. Además, el agua absorbe la luz más rápidamente que el aire y tiene un índice de refracción más alto. Asimismo, conduce el sonido más rápido que el aire. Muchos lectores se preguntaran por que comparar el agua con el aire, cuando lo que habría que comparar es el agua y la tierra. Pero la respuesta es simple, los mamíferos terrestres vivieron y viven rodeados de un ambiente aéreo. En consecuencia, el plan estructural de los vertebrados que viven en el medio acuático es diferente al de los que viven en el medio terrestre, es decir aéreo, porque dicho plan se ha enfrentado a dos medios diferentes, de lo que han resultado adaptaciones anatómicas y fisiológicas también diferentes. Evolutivamente hablando, el paso de los vertebrados del medio acuático al terrestre durante el periodo Devónico (hace 400 millones de años), significó varios cambios en su anatomía y su fisiología, como respuesta a un medio distinto. Los cambios más importantes radican en la formación de extremidades, con lo que resuelven el problema del peso fuera del agua; las modificaciones en la columna vertebral, con lo que se ayudan a enfrentar la gravedad; la formación del esternón y de la caja torácica cerrada, para sostener los órganos en su lugar y, por último, las adaptaciones de los órganos de los sentidos, como el oído y la vista. Entre los cambios anteriores no figuran los pulmones, pues contrariamente a lo que se pudiera pensar, ya se habían formado en un grupo de peces primitivos y sólo se hicieron más complejos en los primeros anfibios, al mismo tiempo que las vías respiratorias superiores. De esta manera, las homologías entre los elementos óseos de las extremidades de los peces ancestrales (crosopterigios-ripidistios) y los primeros anfibios conocidos son relativamente claras, lo que también sucede, en general, con los elementos óseos del cráneo. Otra semejanza importante, se puede encontrar en la estructura de los dientes, pues ambos grupos muestran un modelo complejo denominado “laberintodonto”. Finalmente también es parecida la posición de las narinas internas y externas. Todo lo anterior documenta, de forma satisfactoria, la transición agua-tierra, lo que representó un evento evolutivo de primera magnitud y se consolidó a través de los reptiles, cuando éstos lograron su independencia reproductiva fuera del agua. Posteriormente la diversificación de los vertebrados terrestres fue de tal envergadura, que abarcaron todos las variantes posibles: voladores, excavadores, corredores y trepadores. Pero no quedó ahí la diversificación, como veremos más adelante. EL PASO DE LA TIERRA AL AGUA El segundo gran cambio de ambiente que sufren los vertebrados, lo protagonizan los tetrápodos. Es un suceso menos conocido y se centra en la tendencia a ocupar también el medio acuático en el curso de la radiación adaptativa de todos ellos. Tomemos algunos ejemplos. Los propios anfibios de la era Paleozoica, como los lepospondilos, que incluyeron dos órdenes acuáticos: a. El de los anfibios antracosaurios, de hábitos terrestres, en los que la familia de los embolomeros se especializó secundariamente para vivir y explotar recursos acuáticos. b. El de los laberintodontos, donde el orden de los temnospondilos también fue acuático. De los anfibios actuales, sabemos que los caudados, como las salamandras y los tritones, tienen fases definitivamente acuáticas cuando son adultos, y, aunque conservan las branquias de la larva, adquieren también branquias externas, con las que complementan a las primeras. Este es un fenómeno espectacular al que se le ha llamado Neotenia y nos muestra la manera en la que se dieron ciertos “saltos” evolutivos; en este caso la recolonización del medio acuático. Más aún, en el caso de los Anura o ranas, existe una especie marina, Rana cancrivora, la cual pasa parte de su vida en el mar, alimentándose. Su adaptación fisiológica para tolerar la alta concentración de sal del agua de mar, consiste en el uso de la urea como osmo-regulador. Además la alta concentración de iones en su medio interno, es menor que la conocida en los condrictios o tiburones (Gordon, et al., 1964). La tendencia a incursionar en el medio acuático es más conocida en los reptiles y en las aves. Los cocodrilos, las tortugas dulceacuícolas y marinas y las serpientes marinas del genero Pelamys, son buenos ejemplos de los primeros, junto con las formas fósiles menos conocidas de: notosaurios, plesiosaurios, placodontos e ictiosaurios, que constituyeron faunas marinas enteras que dominaron en el Mesozoico, al mismo tiempo que los dinosaurios en tierra firme. Como ejemplos de algunas de las numerosas especies de aves, con adaptaciones anatómicas y fisiológicas para el agua, podemos mencionar a los pingüinos, albatroces, petreles, cormoranes, pelícanos, fragatas, gaviotas, patos, gansos y cisnes, junto con los géneros fósiles de Ichthyornis y Hesperornis. LA INCURSIÓN AL MEDIO ACUÁTICO DE LOS MAMÍFEROS A nuestro juicio, con los ejemplos expresados anteriormente, es más fácil comprender la adaptación de los mamíferos al agua, ocurrida en por lo menos tres distintas ocasiones, como se desprende de los siguientes planteamientos: los mamíferos que ya dominan el medio acuático son los cetáceos, los sirenios y los carnívoros (estos últimos por medio de focas, lobos marinos, morsas y nutrias marinas). Sin embargo también dominan el medio acuático los roedores, específicamente la familia Castoridae y quedaría aún a discusión si se consideran como marinos o acuáticos a algunos más, que, de hecho lo son, como los hipopótamos africanos, los tapires mesoamericanos o los osos polares. De acuerdo con lo expuesto no debe sorprendernos el que existan mamíferos marinos y sería bueno que con esta mentalidad nos abocáramos al entendimiento de algunos detalles sobre el origen y evolución de los cetáceos. ORIGEN DE LOS CETÁCEOS Al respecto, los especialistas han planteado dos preguntas básicas: ¿de que grupo de mamíferos ancestrales provienen los Cetacea? y, si los dos subórdenes actuales, Odontoceti y Myisticeti, tienen un mismo origen (Aguayo, 1987). Para responder a la primera pregunta, se han sugerido distintas hipótesis, es decir varios posibles órdenes de procedencia. Sin embargo, el más probable se sitúa en un grupo intermedio entre los carnívoros y los ungulados (Weber, 1886, citado por Kulú, 1972). Aunque también se ha intentado relacionados con el orden insectívoros, pero no hay argumentos sólidos a favor de esta última posibilidad.
En cuanto a la afinidad con el tronco de los ungulados, se ha señalado que tanto en ellos como en los cetáceos, la cópula es de muy corta duración, el pene carece de hueso, la estructura de los cuerpos cavernosos es muy similar, el estómago se divide en tres o cuatro compartimientos y, sobre todo, destaca el hecho de que las proteínas séricas tienen una afinidad de 11%; esta cifra es alta en comparación con cualquier otro orden de mamíferos (Boyden y Gemeroy, 1950). Un elemento más a tomar en consideración es la presencia de fructosa en el líquido amniótico de ambos. Por otro lado la afinidad con el orden de los carnívoros, se sitúa en torno a características como los hábitos comunes de alimentación, la dentadura heterodonta de tipo carnívoro en los fósiles de algunos de los cetáceos más antiguos o arqueocetos de la familia Protocetidae y la estructura del diafragma en ambos, siendo en conjunto un grupo de afinidades con menor fuerza que las que existen con los ungulados, pero digno de tenerse en cuenta. Como es obvio que los cetáceos no provienen de los ungulados o carnívoros de hoy en día, sino que tienen relación, o comparten caracteres entre sí y con el grupo fósil de los ancestros de los ungulados, carnívoros y arqueocetos, resulta lógico señalar que el ancestro de los cetáceos se encuentra en algún “punto” entre el origen de los otros dos órdenes. Tal suposición se ve reforzada por el surgimiento de diversos fósiles que parecen confirmar esta mezcla de caracteres ungulado-carnívoro-cetáceo y que conforman un grupo de organismos que se reunieron en algún momento, ya sea en los protoungulados o en los arqueocetos. Así, se han reinterpretado fósiles como Ichtyolestes y Gandakasia, clasificados en principio como protoungulados de la familia Mesonichidae (West, 1980), pero que actualmente se les cataloga como arqueocetos o cetáceos verdaderos, pertenecientes a la familia Protocetidae, es decir, cetáceos primitivos.
Así los mesoníquidos contaban con dentadura heterodonta, eran del tamaño de un perro y sus extremidades presentaban estructura de ungulados, además se encontraron en localidades que rodeaban al antiguo Mar de Tethis, en ambientes de sedimento costero y en los mismos sitios donde, posteriormente, se encontraron los fósiles de los arqueocetos, por lo que reúnen todas las características para estar en el tronco común de los ungulados, de los creodontos (carnívoros primitivos) y de los cetáceos arcaicos. LOS ARQUEOCETOS L. G. Barnes y sus colaboradores del Museo de Historia Natural de los Ángeles, han revisado todo el material sobre los cetáceos fósiles y plantean que la aparición de los arqueocetos pudo ocurrir durante la época Eocena (aproximadamente 50 M. A.), en Nigeria, Egipto, India y Pakistán, con los géneros Pappocetus, Protocetus, Indopacetus y Pakicetzu, respectivamente. Todos estos géneros son parecidos en características craneales, tales como la presencia de huesos turbinales, lo que evidencia inequívocamente la existencia del olfato, sentido éste que tiene gran utilidad en un medio terrestre, pero no en el medio acuático, por lo que tiende a perderse en las familias posteriores. Junto a ello los orificios nasales comienzan a desplazarse hacia atrás, alterando la relación y proporción de la mayoría de los huesos del cráneo; a este proceso se le denomina comúnmente telescopización y, en los arqueocetos citados, es este proceso el que ha llevado a las fosas nasales hasta la altura de los premolares (figura 1). Por cierto que la telescopización es uno de los caracteres con los que se diagnostica a los cetáceos. Los arqueocetos tenían también dentadura heterodonta con tres incisivos, un canino y cuatro premolares, que es la fórmula dental primitiva de los mamíferos en general. Existe en una familia posterior, la de los basilosaurios, con una fuerte tendencia hacia la homodoncia, aunque ya sólo tienen molares triangulares y no se observan diferencia entre caninos e incisivos. La distribución de los restos fósiles de los primeros arqueocetos, sugiere que su origen ocurrió en el brazo occidental del Mar de Tethis, durante la época Paleocena, dispersándose a través de las aguas someras y costeras de dicho mar. Hoy en día se sabe que algunos cambios evolutivos se iniciaron durante aquellos periodos en los que las condiciones de vida de las poblaciones eran poco favorables; es decir, cuando el tamaño de la población y el área de distribución se redujeron Los taxa intermedios, aunque son exitosos en su ambiente local, lo son menos que sus ancestros y que sus descendientes, pero, si se toma en cuenta que vivieron en un ambiente de transición, que generalmente duraba muy poco, y que ello provocó que su distribución fuera restringida, se explica la pobre existencia de fósiles. Además, posteriormente, la radiación adaptativa de los descendientes, el refinamiento de los mecanismos de aislamiento y el aumento en el tamaño de las poblaciones, mejoró el registro de fósiles. Según Gaskin (1982), el lento deterioro del clima cálido marino del Mar de Tethis, aunado a la creciente competencia con otros mamíferos por, los recursos existentes, proporcionaron las condiciones ideales para que se diera una selección natural entre los cetáceos. Se acumularon las mutaciones favorables, con lo que aumentó la materia prima de la variación sobre la cual trabaja la selección natural. Dichas mutaciones se dispersaron rápidamente, a través de las poblaciones pequeñas y aisladas de los arqueocetos, dando origen posteriormente a los odontocetos y misticetos actuales. Si observamos la figura 2, que muestra la filogenia de los cetáceos, se notará que entre los arqueocetos (cetáceos verdaderos, pero arcaicos) y los dos grupos actuales, existen aún algunas lagunas de fósiles y queda la subsecuente duda para poder asignar una línea filogenética hacia los misticetos o hacia los odontocetos, a partir de los primeros. Sin embargo existen algunas indicaciones de los respectivos orígenes de cada uno.
PRIMEROS ODONTOCETOS De acuerdo con la figura 2, (Barnes, et al., 1985), la familia de los agorófidos (mamíferos parecidos a los delfines) es el ancestro de los escualodontos (delfines con dientes semejantes a los de tiburón) y, a su vez, desciende directamente de la familia de los protocetidos (primeros cetáceos) y de la familia de los dorudontidos (verdaderos cetáceos arcaicos) es decir, de aquellos cetáceos que aún tenían una heterodoncia pero que también mostraban una telescopización marcada. Los especialistas están de acuerdo en que los escualodontos constituyen el grupo de los odontocetos, a partir del cual se originaron, a la larga, todos los otros odontocetos cuyos cráneos se ilustran en la figura 2. Los descendientes más antiguos de los escualodontos, parecen ser la superfamilia de los cachalotes o fiseteridos, que cuenta con tres especies en la actualidad; la más notoria de ellas es la Physeter macrocephalus, conocida como cachalote; es la especie más grande de los odontocetos y, para algunos, el “campeón” de las inmersiones profundas, pues llega a alcanzar hasta a más de mil metros de profundidad, durante 60 o 90 minutos.
Otra familia de antigüedad similar, a juzgar por sus fósiles, es la de los zifidos (zifios o ballenas “nariz de botella”), la cual agrupa cinco géneros de organismos muy poco conocidos, en cuanto a biología en general. Son organismos que oscilan entre los 4 y los 10 metros de tamaño y, muy probablemente, son también excelentes buzos; los géneros son: Berardius, Zphius, Tasmacetus, Hyperoodon y Mesoplodon (todos ellos organismos carentes de nombre vulgar, debido a su rarísima aproximación al ser humano, aunque en algunas regiones de México se les engloba dentro de la denominación de “bufeos”); son especies poco estudiadas y de gran importancia taxonómica y evolutiva. La superfamilia de los delfines de río es otra de antigüedad comparable a las dos anteriores. Actualmente habitan casi exclusivamente en agua dulce, en los más grandes sistemas fluviales del mundo, y están representados por cinco especies: Platanista gangetica y P. minor, llamados “Susu” en los ríos Ganges, Brahamaputra y Meghna en India El “Beiji” o Lipotes vexilifer, vive en el río Yangtzé y Tsing-tang en China continental. El “Boutu” o (delfín rosado) Inia geoffrensis de los ríos Amazonas y Orinoco de Sudamérica y, por último, el delfín del Río de la Plata o “franciscana”, (Pontoporia blainvillei), que habita en aguas salobres, principalmente en los estuarios y nos muestra el paso intermedio entre los cetáceos de agua salada y los de agua dulce. Este grupo parece originarse en el Oligoceno, hace unos 30 millones de años. Los delfines modernos de la familia Delphinidae y las otras familias incluidas en la superfamilia Delphinoidea, son relativamente más recientes y parten de los kentriodontidos, durante el Mioceno, hace unos 25 millones de años. La familia Monodontidae incluye a la mal llamada ballena blanca o “beluga” y al “narval”, famoso por haber inspirado el mito de los unicornios, gracias a su diente que sobresale hacia el frente, como si se tratara de un cuerno; también se incluye aquí al delfín de Irrawadi (Ocaella brevirostris), poco conocido. En realidad es marino y vive en aguas costeras y en los deltas de los ríos de Indochina e India; pero a diferencia del delfín del Río de la Plata, penetra aguas arriba varios kilómetros, constituyendo otro ejemplo de evolución o transición de los cetáceos hacia el agua dulce. La familia Delphinidae es la más diversa de todos los cetáceos, contiene 16 géneros, de los cuales 13 habitan en aguas mexicanas. Estos son: Steno (delfín de dientes rugosos), Delphinus (delfín común), Tursiops (delfín de acuario) Stenella (delfín moteado), Grampus (delfín gris), Globicephala (ballena piloto), Feresa (ballena asesina pigmea), Peponocephala (ballena cabeza de melón), Orcinus (Orca), Pseudorca (falsa orca), Lagenorhyncus (delfín de dientes oblicuos), Lagenodelphis (delfines listados), Lissodelphis (delfín liso), Cephalorhyncus (delfín de costados blancos), Sotalia (delfín fluvial) y Sousa (delfín jorobado), siendo los tres últimos los únicos que no se pueden encontrar en aguas mexicanas. Por último, la familia Phocoenidae o de las marsopas, agrupa cuatro géneros: Phocoena (marsopa común), Australophocoena (marsopa del sur), Phocoenoides (marsopa de Dall) y Neophocoena (marsopa sin aleta). Son organismos de aguas templadas y México sólo tiene una especie, que es endémica del Golfo de California, conocida por los pobladores del Alto Golfo como “vaquita” o “cochito”. Existen algunas dudas de cómo llegó a habitar esa región, actualmente tan alejada de las poblaciones de otras especies del género, por lo que es interesante desde el punto de vista evolutivo. PRIMEROS MISTICETOS Si observamos de nuevo la figura 2, nos daremos cuenta que el fósil más antiguo, relacionado directamente con las grandes ballenas, es el Aetiocetus, del Oligoceno (que data de aproximadamente unos 35 millones de años). Cuando fue descubierto se le clasificó, en principio, como un arqueoceto (Emlong, 1966), pero posteriormente fue ubicado como un misticeto verdadero (Van Valen, 1968), demostrando con ello que los cetáceos con barbas se originaron de los arqueocetos; este primer fósil fue localizado en Etiopía, África. Muy emparentado con aquel fósil africano, se encontró otro que tal vez represente la primera diversificación de los misticetos. Los investigadores están de acuerdo en que este grupo dio origen a unas ballenas, quizá las más conocidas entre otras cosas por su gran tamaño, que son las ballenas azules (Balaenoptera musculus), de las cuales el ejemplar más grande que se encontró en el hemisferio sur, midió 32 metros y alcanzó unas 140 toneladas de peso. Esta ballena tiene parientes de otras cuatro especies, llamadas en conjunto “Rorcuales” o familia Balaenopteridae; el fósil en cuestión se conoce como Cetotherium o “mamífero ballenoide”. Otra familia de grandes ballenas es la de las francas o verdaderas, (Balaenidae), la que, según Barnes (1985), se originó directamente de los etiocetidos, antecesores de los cetoteridos, pero ya en la época Miocena hace unos 25 millares de años. Lo mismo pudo pasar con la familia Neobalaenidae, donde se clasifica el misticeto más pequeño conocido, Caperea marginata, o la ballena franca pigmea, que alcanza sólo 6 metros de longitud. Lamentablemente no se conocen fósiles de esta especie para poder apoyar tal hipótesis. La familia de la ballena gris (Eschcrichtius robustus) en la actualidad está representada por una sola especie y es la que se reproduce periódicamente en las aguas mexicanas de Baja California Sur en invierno y se alimenta en el verano en aguas de Alaska, principalmente en aguas de temperaturas subpolares. Esta especie pertenece a la familia Eschcrichtidae, que sólo presenta subfósiles desde la época Pleistocena, por lo tanto no hay evidencia de que se haya originado también de los cetoteridos, como lo postula en 1928 Remington Kellog. Esta ballena podría ser la más joven, evolutivamente hablando, entre todos los misticetos, lo que la convierte en una especie muy importante para el estudio de aspectos citogenéticos y poblacionales en el país, tendientes a su conservación y manejo adecuado.
MONOFILIA O DIFILIA EN LOS CETÁCEOS Para responder a la segunda pregunta planteada, algunos párrafos antes, la explicación sobre el origen de los cetáceos, hay que decir que la solución parece hallarse en la propuesta del Doctor Barnes et al. Sin embargo, no siempre ha sido así, ya que primero Slijper en 1958 y 1962 y luego Yablokov en 1964, argumentaron que el suborden de los arqueocetos era un grupo fósil aislado de los cetáceos y que no tenía ninguna relación con los cetáceos actuales. Otros investigadores como el paleontólogo de Chicago, Romer, en 1966 y Mcheldize, en 1976 y 1984, aceptaron una relación filética entre arqueocetos y misticetos, pero supusieron que los Odontoceti tenían un origen diferente. Recientemente, Van Valen, en 1968 y Gaskin, en 1982, así como Barnes y colaboradores, en 1985, presentaran sus investigaciones y admitieron que existen relaciones filéticas entre arqueocetos y misticetos por un lado y arqueocetos y odontocetos, por otro. Los estudios citogenéticos actuales, llevados a cabo por Kulu en 1972, y, especialmente los realizados por Amason, en 1969 y 1974, han permitido postular que los odontocetos y los misticetos actuales, tienen un origen monofilético, a partir de los arqueocetos. Es interesante mencionar que la época de mayor diversidad de los cetáceos ha sido la Oligocena-Miocena, en la que existieron grupos de cetáceos tanto antigua como algunos más modernos, considerando el nivel de familias. ASPECTOS FISIOLÓGICOS Los dos grupos de cetáceos actuales tienen una historia evolutiva larga y sus adaptaciones son producto de una intensa selección que ha dado por resultado una especialización progresiva. Un excelente indicador de tal especialización es la adaptación al buceo profundo, en el que se ven involucradas varias características de los aparatos circulatorio y respiratorio que, como ya hemos mencionado, están presentes en los mamíferos terrestres. Sin embargo, es su notable desarrollo lo que llama la atención. La gran tolerancia a la “deuda de oxígeno” que se establece durante los periodos de apnea, es decir, cuando se contiene la respiración pulmonar, se debe a que la sangre y los músculos de los cetáceos, tienen gran capacidad para almacenar oxígeno; ello se logra gracias a una densidad mayor de eritrocitos (7-11 millones por centímetro cúbico) y a un mayor tamaño de los mismos (8-10 micras), sobre todo si se compara con organismos terrestres como nosotros (5 millones de eritrocitos por centímetro cúbico). Asimismo los eritrocitos tienen mayor superficie y el volumen de la sangre es un 6.5 % del peso corporal, con todo lo cual la cantidad de hemoglobina total es muy superior. Además los músculos son un reservorio de la molécula mioglobina, por lo que, en todos los mamíferos, el músculo tiene la capacidad de funcionar a[un bajo un gran esfuerzo, pero en los cetáceos tal molécula está presente en mucha mayor cantidad (2.8 más que en terrestres), al grado de que el músculo se ve de color rojo oscuro, casi negro. Los músculos no solo ceden el oxígeno de su mioglobina a la sangre, sino que además, como en todo mamífero, pueden funcionar aún con un metabolismo anaerobio que desprende mucho ácido láctico a la sangre. Este ácido desencadena normalmente el reflejo de “jalar” aire a los pulmones, sin embargo los cetáceos tienen un umbral muy alto para este desencadenamiento y el resultado es el poder evitar el reflejo respiratorio, en algunos casos hasta por más de una hora. Por añadidura los cetáceos restringen el flujo sanguíneo a los músculos y a los órganos no vitales, por medio de válvulas estratégicamente ubicadas en su aparato circulatorio. Tal restricción haría aumentar la presión sanguínea, pero este problema se equilibra, gracias a que cuenta con regiones de ensanchamiento arterial, en las que se puede descargar esa presión extra; son los llamados plexos, formados por intensas redes o anastomosis, los encargados de recibir ese flujo extraordinario. Los plexos están ubicados alrededor de órganos vitales, como la médula espinal, la base del cerebro, los riñones y las glándulas adrenales, y al llenarse, evitan los daños que podría causar la tremenda presión que ejerce el agua durante los buceos profundos; ello equivale a utilizar un “colchón hidráulico”. Los pulmones de los cetáceos son estructuralmente normales pero, a diferencia de un buzo humano que llena sus pulmones al bajar, un cetáceo los vacía, para evitar flotabilidad excesiva y daños por presión en la inmersión; con esto se pueden colapsar, sin introducir nitrógeno en la sangre, problema, que es uno de los más graves en el buceo humano. La acción de la apnea complementa el cuadro mediante un reflejo cardiaco, denominado bradicardia, que consiste en aminorar el ritmo de los latidos cardiacos en un porcentaje importante (30% del normal), con lo que el esfuerzo cardiaco también disminuye (Norris, 1966, Harrison, 1972 y Slijper 1979). Otro problema que se presenta en el medio acuático radica en la pérdida de calor, como el pelo no sirve para evitarla, se ha perdido y en su lugar existe una gruesa capa de grasa, equivalente al tocino de los ungulados terrestres, por medio de la cual se logra un aislamiento del agua, tan eficaz, que entonces se hace necesario contar con un sistema de enfriamiento, que, por supuesto, no puede ser el sudor (pues carecen de glándulas sudoríparas). Este mecanismo de disipación se ubica en las aletas y funciona como un flujo de contracorriente, basado en que las arterias que salen a la extremidad, están rodeadas de venas que se pueden contraer o dilatar a fin de intercambiar calor con la arteria que sale y evitar así la pérdida de calor al contraerse y favorecerla al relajarse. Por otro lado, los cetáceos han eliminado aquellas estructuras que estorban la hidrodinámica de un organismo acuático de “tiempo completo”, como lo es el pelaje, las extremidades posteriores con la cintura pélvica, los genitales externos, así como los pezones sobresalientes y el perfil externo del cuello. En contraste desarrollaron la aleta caudal y la forma del cuerpo se hizo hidrodinámica y pisciforme. En pocas palabras, el modelo de vertebrado terrestre vuelve a modificarse en respuesta a un nuevo cambio de medio, “la historia se repite” y los cetáceos se convierten, como dijera el gran paleontólogo Simpson (1945), en el grupo de mamíferos actuales más particulares y extraños, posiblemente junto con los quirópteros.
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Referencias Bibliográficas 1. Aguayo, L., 1987, El origen de los cetáceos, 20 pp. No publicado, Facultad de Ciencias, UNAM. |
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Anelio Aguayo Lobo y Carlos Esquivel Macías
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| Victor M. Toledo |
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Como científico no podría estar, y no lo estoy, en contra del uso pacífico de la energía nuclear o de cualquier otra innovación reciente del conocimiento, llámese biotecnología, sensores remotos o superconductores. Hace tiempo, sin embargo, que abandoné ese ilusorio frenesí que anestesia a buena parte de los científicos contemporáneos (incluyendo los mexicanos), y por el cual —se piensa— toda innovación científico-tecnológica es automáticamente sinónimo de progreso. Esta ideología de la producción científica —conocida como cientificismo— no sólo olvida que cada nueva contribución encarna socialmente de muchas diferentes maneras, sino que tiende a ocultar un fenómeno cada vez más acentuado en la sociedad contemporánea: el empleo de la ciencia y de los científicos para mantener (y aún ampliar) muchas de las situaciones moralmente injustas que hoy padece la humanidad. Que los conocimientos de las ciencias no son ideológica ni socialmente neutros es un hecho que se comprueba cotidianamente. Junto a las decisivas aportaciones de la investigación científica en la resolución de numerosos problemas alimentarios, de salud, energía, transporte, comunicación y seguridad humana, hoy debe reconocerse también, una siniestra montaña de innovaciones científico-tecnológicas, dirigidas a mantener y acrecentar estructuras despóticas, a perpetuar la dominación de países y pueblos o a facilitar la acumulación y concentración del poder económico y/o político. Hoy la ciencia y los científicos han contribuido a la dilapidación de la naturaleza, a través de la química; a la falsificación de los alimentos, al encarecimiento y control de las medicinas, las semillas o las biotecnologías, a la manipulación del poder, mediante la concentración hidráulica y energética, al desmembramiento de las comunidades rurales, al socavamiento de la intimidad individual y familiar de los ciudadanos y, por supuesto, a la creación de ese raro arte dedicado a perfeccionar lo efímero de las mercancías. Todo ello sin invocar sus contribuciones a la industria militar que, por ejemplo, en 1987, en los Estados Unidos alcanzaba (directa o indirectamente) al 60% de los investigadores de ciencia y tecnología).1 Hay pues ciencia para la Humanidad y para el Diablo, y habrá cada vez más para el segundo, conforme avance el proceso global de mercantilización y militarización, el que a su vez es consecuencia de la expansión del capital transnacional y de los aparatos técnico-militares de los principales países. Fuera de la anestesia que da el cientificismo, el panorama contemporáneo de la ciencia y los científicos está más cerca del honor que de la admiración. En ello ha sido decisivo una cierta pérdida de control social sobre el aparato de ciencia y tecnología. En vez de que la sociedad humana sea el objetivo de la ciencia, los “proyectos científicos” se vuelven, cada vez más, el objetivo de la sociedad. Esta inversión de finalidades, aparentemente simple, encierra un hecho patético: la sujeción del bienestar y el progreso humanos a un poder invisible que, basado en la reproducción incontrolable del conocimiento y la tecnología, busca el desarrollo de más y más “proyectos” y crea necesidades ficticias para justificarlos. En resumen, el socorrido argumento de que “quien se opone a la ciencia se opone al progreso” es una tesis falaz, que se alimenta de una visión no-científica sino ideológica de la realidad. EL CASO DE LAGUNA VERDE Pienso que los científicos que han estado defendiendo —supongo que de buena fe— el proyecto de Laguna Verde (LV), son víctimas conscientes o inconscientes de esta falsa ilusión que alimentan por igual el cientificismo y la tecnocracia. No voy a argumentar la afirmación anterior insistiendo en todo aquello que la mayoría de los impugnadores técnicos de LV se han empeñado en demostrar (como la baja rentabilidad y/o el alto costo, su carácter dependiente del exterior o su obsolescencia tecnológica) y que los defensores del “proyecto” se han encargado de responder, a mi juicio, sin lograr convencernos. Esta vez, mi razonamiento parte de un principio más simple y que pienso que constituye el pecado original del “proyecto”, el cual refleja su carácter esencialmente inmoral (en la medida en que no toma en cuenta a la sociedad humana): su ubicación geográfica. Parece inverosímil que entre los cerca de 2000 científicos y técnicos mexicanos que laboran en la industria nuclear del país, no haya habido alguno que llamara la atención sobre lo inapropiado del sitio para construir la planta ¿Cómo es posible que, a sabiendas del riesgo que aún existe en el manejo pacífico de la energía nuclear, se haya escogido precisamente ese sitio, teniendo un escenario geográfico con una amplitud de 200 millones de hectáreas? ¿Por qué se construyó la planta en un sitio tan densamente poblado, con tanta importancia histórica, ecológica, cultural, turística y productiva y, sobre todo, tan cerca de los grandes centros urbanos del país? Mientras no haya quién me dé otra explicación, puedo asegurar categóricamente que el sitio para construir LV fue escogido por la mano del Diablo, encarnado en quienes erigieron este “proyecto”. ¿La explicación de lo que digo?: las costas del centro de Veracruz no solo son un mal lugar, sino que son el peor sitio para levantar una planta nuclear en México. ¿La razón?: si teniendo un mapa de la República Mexicana frente a nosotros, buscáramos diabólicamente el punto exacto donde un accidente nuclear grave provocaría el mayor impacto sobre la población humana, se llegaría a alguna localidad de las costas del centro de Veracruz, porque justamente en este área se da una combinación de clima e historia del poblamiento que hace que, ante un eventual accidente nuclear, queden afectados sectores enormes de seres humanos, ubicados en las medianas y grandes ciudades del centro del país. En efecto, basta tener conocimientos elementales de climatología y de geografía para percatarse de que al ubicar una planta nuclear en las costas veracruzanas y, justo donde se encuentra LV, la dirección de los vientos alisios, que dominan buena parte del año, transportarían los elementos radioactivos de un reactor nuclear accidentado de la costa hacia el interior del país, y no solamente a cualquier región del país, sino ¡justamente al área donde se concentra nada menos que un tercio de la población de México! En otras palabras, con la ayuda de los vientos y de la ubicación geográfica, LV se encuentra literalmente apuntando hacia numerosas concentraciones urbanas del centro de México. Así, de acuerdo con el minucioso estudio realizado en El Colegio de México (El plan de emergencia radiológico externo. Dos estudios críticos. Alejandro Nadal y Octavio Miramontes, ed. El Colegio de México, 1989), de ocurrir un accidente nuclear en LV en el mes de febrero, el área total que quedaría contaminada 24 horas después, con niveles potencialmente peligrosos de radiación, es de alrededor de 2200 kms2, con una población de 425000 individuos; de suceder el accidente en octubre, la superficie peligrosamente contaminada alcanzaría 2600 km2, esta vez con 170000 habitantes. De la misma investigación se deduce que, provocando diferentes efectos, la nube radiactiva cubriría en un periodo de uno a tres días, las siguientes ciudades: Veracruz, Cosamaloapan, Tuxtepec (en febrero), Xalapa, Coatepec, Perote, Tlaxcala, Huamantla, Apizaco, Texcoco, Cuernavaca, Toluca y, por supuesto, la que será la concentración humana más grande del mundo: la ciudad de México. ¿Alguien que tenga un mínimo estado de salud mental, puede dejar de pensar que este no es un proyecto diabólico? ¿Por qué no se edificó LV en un punto potencialmente menos peligroso para los mexicanos, digamos las costas de Sonora o algún área con agua de los desiertos del norte de México (de las que existen más de una docena, según puede verse en cualquier mapa hidrológico) donde la población es baja? ¿Por qué, por lo menos, no se pensó en las costas del Golfo de México, pero un poco más hacia el norte, digamos hacia las costas del centro de Tamaulipas? ¿Por qué…? ¿Quién o quiénes tomaron esta absurda decisión? Esto, que obvia y objetivamente es el primer error de diseño de LV, al combinarse con tres hechos difícilmente rebatibles, dan lugar a lo que el sentido común de los mexicanos identificaría como un proyecto diabólico. El primero se refiere al cambio de opinión que han tenido los expertos con respecto a la seguridad de los reactores nucleares. Hoy se considera con mucho menos optimismo que hace veinte años, el nivel de seguridad del uso pacífico de la energía nuclear. Y es que no solo se tiene la experiencia del número de grandes accidentes nucleares ocurridos en las últimas décadas, tales como el de Kyshtym (1955) y Chernóbil (1986) en la Unión Soviética y, el de Three Miles Island (1979) en los Estados Unidos, sino que también se sabe de los que han ocurrido a una escala lo suficientemente baja para no provocar daños humanos y que han permanecido como informes secretos reportados a la Organización Internacional de Energía Atómica: ¡un total de 250! (Excélsior 14-6-1986). De esto se sabe muy poco, aunque la revista alemana Der Spiegel obtuvo copias de 48 accidentes secretos reportados a la OEA, entre los que destacaban, por ser potencialmente peligrosos, los ocurridos en Francia (3), Pakistán, India, Bulgaria y, sobre todo, Argentina, donde la planta nuclear de Embalse (hoy ya cerrada), estuvo a punto de volverse en 1983 un accidente de la magnitud del de Chernóbil. A su vez, la revista Time (31-10-88), revela el caso de la planta de Sellafield en Inglaterra, construida en la década de los cincuenta y que ha sufrido ya 300 accidentes menores, suficientes para que acumulados hayan dejado la porción de agua marina más contaminada de radioactividad en el mundo, y una atmósfera con mil veces el nivel de contaminación de lo provocado por el accidente de Three Miles Island. Lo mismo puede afirmarse de la vieja planta de Hartford en (Oregon) Estados Unidos, y de la cual el gobierno norteamericano acaba de aceptar que durante sus cuatro décadas de existencia ha producido una radiación superior a la del accidente de Chernóbyl.2 El segundo aspecto que complica el caso, lo constituye el desplegado recientemente firmado por más de 100 geólogos y geofísicos, miembros de la Sociedad Geológica Mexicana y de la Unión Geofísica Internacional, cuestionando los estudios que sustentan la construcción y funcionamiento de la planta nucleoeléctrica de LV (La Jornada, 31-10-88), documento que se redactó durante la IX Convención Geológica Nacional, realizada unos días antes. Este hecho, tiene una enorme trascendencia para la ciencia y la política de México, ya que pone en duda los estudies geológicos realizados por la Comisión Federal de Electricidad y llama la atención sobre la seguridad real del reactor y de los desechos radioactivos que producirá. Que las investigaciones geológicas de la Comisión Federal de Electricidad sean cuestionadas por la correspondiente comunidad científica del país, constituye un hecho gravísimo, porque además de alertar sobre la posibilidad de un accidente nuclear por factores sísmicos, vulnera la capacidad técnica de ese organismo. La detallada revisión crítica que llevaron a cabo los físicos A. Nadal y O. Miramontes de El Colegio de México, sobre el Plan de Emergencia Radiológico Externo de LV, constituye el tercero y último elemento. En dicho análisis los especialistas muestran que tal Plan sufre de graves deficiencias, en relación con su cobertura, capacidad de movilización, divulgación de información oportuna, número de albergues, hospitales, etc. Por ello la conclusión es que no existe el mecanismo para poner a salvo a la enorme población que se vería inmediata y seriamente afectada por un accidente nuclear en LV. La pregunta es si podría existir tal mecanismo, tomando en cuenta que se escogió uno de los sitios de máximo riesgo (desde el punto de vista de un accidente nuclear) que existen en la República Mexicana. LA CIENCIA BAJO SOSPECHA Para el sentido común —que es la ciencia de los pueblos— este hecho tan simple, representado por la equivocada ubicación de LV y que constituye, insisto, el primer error de diseño del “proyecto”, pone de inmediato bajo sospecha todo lo que sigue. Podría no haber duda de que los técnicos y científicos mexicanos y extranjeros se hubieran preocupado por resolver con el mayor cuidado posible, todos y cada uno de los aspectos para hacer funcionar el reactor nuclear.3 Sin embargo todos ellos, especialistas de alto nivel, trabajan para poner en marcha un “proyecto”, que, desde un principio, se olvidó de algo elemental: ponderar el peligro que desde ahora amenaza —real y concretamente— la vida de cerca de 25 millones de mexicanos, en su afán por incrementar (en un 4% se dice) la generación de energía eléctrica. ¿Ciencia para la Humanidad o ciencia para el Diablo? Y es que una ciencia (y quienes la realizan) que se obnubila con la búsqueda de sus solos objetivos científicos (el “proyecto”) y que ignora el hecho de que su único significado posible es el bienestar y la seguridad de los seres humanos, es una ciencia deleznable; una ciencia bajo sospecha. |
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Notas 1. Ya en un análisis realizado por C. Norman (Science, vol. 277:726-728) en 1985, se observaba cómo el 72% del presupuesto federal del gobierno norteamericano sobre ciencia y tecnología se dedicaba a los programas de defensa. |
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Víctor Manuel Toledo
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| Carlos Gay, Leticia Menchaca y Cecilia Conde |
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“La actividad atmosférica tan destructiva de los últimos meses está relacionada con el efecto invernadero”. Ésta es una afirmación que frecuentemente se escucha en los medios de difusión como la televisión o la radio. Otros comentarios parecidos se refieren al hecho aparente de que este año ha hecho más calor que el pasado, o que está lloviendo menos y que por lo tanto estamos siendo victimas de un inusitado calentamiento de la atmósfera. Tales afirmaciones, como otras tantas, en realidad contienen solamente una parte de la verdad, la que corresponde a la experiencia personal de quien las emite, pero no pueden ser consideradas como resultado de la detección de un fenómeno de características globales como lo es el llamado efecto invernadero. El exceso del calentamiento de la atmósfera y de la superficie de la Tierra, como consecuencia de un aumento en la cantidad de gases capaces de absorber radiación infrarroja es el resultado de la exacerbación del efecto invernadero, proceso atmosférico que ha sido explicado y pronosticado por numerosos científicos en el mundo y que finalmente se ha convertido en noticia debido a las posibles influencias nefastas que podría tener en la sociedad a nivel mundial. Primero mencionaremos algunas razones por las que los científicos se empezaron a preocupar por este problema: Cuando las zondas espaciales soviéticas y americanas enviaron datos acerca de la constitución y características físicas de Venus, como por ejemplo, que la presión de su superficie es 90 veces la presión de la Tierra, o que la composición de su atmósfera es más del 90% bióxido de carbono y que la temperatura en su superficie es del orden de 700°K (unos 900°C) —evidentemente condiciones bajo las cuales la vida como la conocemos no podría sostenerse—, surgieron las preguntas como la de por qué se dan dichas condiciones en un planeta que es hermano de la Tierra; hermano de la Tierra en el sentido de que ambos se formaron en la misma región de la nebulosa planetaria que dio origen al Sistema Solar y que posiblemente nacieron al mismo tiempo. La explicación de las condiciones en Venus (al menos en parte) nos la da el efecto invernadero. Algunas de ellas ya eran conocidas por los astrónomos aún antes de la llegada al planeta de las sondas espaciales. Estas características se deducen gracias a la información proveniente de los análisis que se realizaban a partir de la radiación que, a través de los telescopios, llegaba a los detectores utilizados por aquéllos. A partir de estas observaciones se sabía que la temperatura de las capas altas de la atmósfera de Venus era de unos 450°K y que la temperatura de su superficie era mucho mayor (unos 600°K); además se sabía que un componente muy importante de su atmósfera lo consumía el bióxido de carbono (CO2). Todos estos ingredientes marcaban la presencia de un fenómeno que causaba este contraste de temperaturas: el fenómeno conocido como el efecto invernadero. Podemos afirmar que cuando en un planeta como Venus, o la Tierra o Marte existe un contraste de temperaturas entre la superficie y el tope de la atmósfera, ahí se esta manifestando este efecto. Se puede entender este fenómeno en términos relativamente sencillos. Por una parte sabemos que tanto Venus como la Tierra o Marte giran alrededor del Sol y por lo tanto la luz que éste emite los ilumina. Por otro lado sabemos que gran parte de la radiación que emite el Sol es luz visible y en el caso de la Tierra sabemos que esta radiación llega a la superficie (puesto que, debido a la reflexión y dispersión que ésta sufre cuando incide en los objetos nosotros podemos verlos). También sabemos que esta radiación es capaz de calentar y de ello nos damos cuenta sencillamente cuando nos asoleamos un fin de semana, o cuando nos achicharramos las manos al tocar el volante del coche después de dejarlo toda la mañana estacionado al rayo del Sol. La radiación visible penetra hasta la superficie y la calienta. A su vez la superficie emite una cierta radiación por estar caliente que, aunque no la vemos, sí la sentimos. Esta radiación se conoce como radiación infrarroja. Todos o casi todos hemos notado que en algún día de invierno, al caer la tarde, si pasamos cerca de alguna pared de piedra esta emite calor suficiente como para sentirlo aún sin tocarla, esta emisión de calor se debe a la radiación infrarroja proveniente de la pared caliente. Resulta que la atmósfera, transparente a la radiación visible es casi completamente opaca a la radiación infrarroja En otras palabras, la atmósfera, o más propiamente dicho el bióxido de carbono, el vapor de agua y el ozono presentes en el aire absorben muy eficientemente la radiación infrarroja calentando el aire y no dejando que ésta escape al espacio. Este proceso es precisamente el que se produce en un invernadero: la radiación solar penetra en él y la estructura de vidrio no deja que la radiación infrarroja escape, elevando así la temperatura del interior. Si un astrónomo extraterrestre observara la Tierra y analizara la radiación que ésta emite (radiación infrarroja), llegaría a la conclusión de que la temperatura de la Tierra es de alrededor de 254°K (–19°C); sabemos que tal temperatura se encuentra en las capas altas en la atmósfera y que la temperatura de la superficie es de unos 288°K (15°C). Los números anteriores nos muestran cómo también en la Tierra se da un contraste importante entre las temperaturas de la superficie y la de la alta atmósfera. Por lo tanto, sabemos que aquí también está funcionando el efecto invernadero. Cuando comparamos los datos que tenemos para Venus con los justamente mencionados de la Tierra, nos percatamos de que el contraste en Venus (250°K – 700°K) es mucho mayor que el contraste en la Tierra (254°K – 288°K). Esta diferencia se debe a que la atmósfera de Venus es mucho más gruesa (90 veces) que la atmósfera de la Tierra y a que, además el bióxido de carbono —que representa más del 90% de la atmósfera venusina— es muchísimo más abundante que el bióxido de carbono contenido en nuestra atmósfera (unas 330 partes por millón). Todo ello indica que los procesos de absorción de la radiación infrarroja son mucho más importantes en Venus que en la Tierra. Ahora bien, ¿por qué la comparación entre Venus y la Tierra? La respuesta a esta pregunta tiene mucho que ver con la preocupación que mencionamos al principio del artículo, preocupación relacionada con el efecto invernadero. Como mencionamos al referimos a Venus, este planeta y la Tierra se formaron en regiones muy cercanas de la nebulosa planetaria. Ambos se formaron aproximadamente al mismo tiempo y a partir de los mismos materiales. Entonces ¿cómo es que actualmente son tan diferentes? Una de las posibles explicaciones supone que, en efecto, en un principio Venus se parecía bastante a la Tierra, es decir, se trataba de un planeta en el que había agua (observaciones modernas indican que ésta está ausente en Venus) tanto líquida (formando océanos) como en forma de vapor en su atmósfera, la que también contendría ciertas cantidades de bióxido de carbono liberado a la atmósfera a partir de la actividad volcánica que, suponemos estaría presente en las primeras etapas de la vida del planeta. Sin embargo, aunque ambos planetas se parecieron físicamente, había, y aún persiste, una diferencia que causó su distinta evolución: la mayor cercanía de Venus al Sol, lo que implicó que Venus recibiera una mayor cantidad de energía solar que la Tierra. La historia que puede reconstruirse es como sigue: al encontrarse Venus más cerca del Sol recibía una mayor cantidad de energía, parte de la cual era absorbida en su superficie, calentándola; la superficie caliente a su vez emitía radiación infrarroja que era absorbida por los gases en la atmósfera (efecto invernadero), produciendo un calentamiento ésta, que a su vez contribuye al calentamiento de la superficie. Al estar más caliente la superficie ocurrían dos cosas: por un lado, un incremento en la evaporación del agua superficial y por lo tanto un aumento del vapor de agua en la atmósfera, y por el otro, un aumento en la emisión de radiación infrarroja por parte de la superficie. Ahora bien, al haber más vapor de agua en la atmósfera (el agua absorbe eficientemente en el infrarrojo), la absorción de la radiación infrarroja producida por la superficie también aumenta y, por lo tanto, la temperatura de la atmósfera tiende a aumentar. Este aumento de la temperatura (aumento del efecto invernadero) implica que la radiación infrarroja también aumenta lo que, a su vez, causa que la temperatura de la superficie se eleve. Cuantas veces suceda esto, se repetirá el incremento de la evaporación del agua superficial, lo que incrementará la cantidad de vapor de agua en la atmósfera que, a su vez, producirá un aumento de la temperatura de la atmósfera causando el consecuente aumento de la temperatura de la superficie… y ahí va otra vez el ciclo de calentamiento atmosférico y de la superficie. A este proceso le podemos llamar un efecto invernadero desbocado. En Venus este proceso se vio acelerado, además, por el hecho de que cuando las temperaturas de la superficie alcanzaron ciertos valores, se liberó el bióxido de carbono atrapado en las rocas, y esta liberación causó un mayor aumento de las temperaturas, tanto las superficiales como las de la atmósfera y, por lo tanto, el efecto invernadero se vio seriamente incrementado. El conocerse esta posibilidad de lo ocurrido en Venus, provocó que inmediatamente se planteara la pregunta de que si esto podría ocurrir en la Tierra con sus consecuencias destructivas, pues ello implicaría la desaparición de la vida en el planeta. Si bien lo último que hemos planteado se puede situar, hasta ahora en el terreno de lo especulativo, sin embargo sirvió para abrir los ojos de los científicos en cuanto a las repercusiones que tendría sobre la Tierra un calentamiento global de magnitudes no tan catastróficas (como hacer desaparecer cualquier rastro de vida sobre el planeta). Hablemos ahora de algunas razones por las que el problema del efecto invernadero se ha vuelto a poner de moda. Veamos por ejemplo parte de las evidencias que se han observado y que podrían indicar que algo anormal está pasando. Pero primero, mencionaremos lo que los investigadores teóricos (aquéllos que trabajan con modelos físicos) están haciendo en relación con el MODELOS TEÓRICOS DEL EFECTO INVERNADERO Hasta donde es posible saberse, esto es, a partir de trabajos que se pueden encontrar en la literatura, el problema del efecto invernadero se está estudiando a partir de tres tipos de modelos: los de Circulación General o GCM (General Circulation Models), los Radiativo-Convectivos (RCM) y los Termodinámicos (TM). Los modelos GCM están basados en las ecuaciones de la dinámica de fluidos y pueden considerarse los más complejos. Con ellos se obtienen soluciones sobre muchísimos puntos del globo terrestre y para diferentes niveles atmosféricos, pero la obtención de resultados, por medio de estos modelos representa un esfuerzo computacional muy considerable, incluso es necesario utilizar recursos de supercomputación; en suma, son modelos muy caros que se están desarrollando en diferentes instituciones de investigación de los países del Primer Mundo, en particular en los Estados Unidos y en Europa. Quizá deberíamos mencionar que debido a la complejidad de los modelos, que en general tratan de incluir todos los procesos conocidos que podrían afectar el clima, algunos de éstos sólo pueden ser tomados en cuenta de manera aproximada. Esto significa que no todos los procesos incluidos tienen el mismo grado de precisión en su adaptación al modelo general. Así por ejemplo, el énfasis en los GCM está en la descripción de la dinámica atmosférica, mientras que, en comparación los fenómenos radiativos se encuentran más aproximados. Los modelos Radiativo-Convectivos por su parte, hacen mayor énfasis en los aspectos de radiación y la parte dinámica se encuentra contenida en el fenómeno de convección, el que, a su vez, está esquemáticamente considerado. Estos modelos también presentan una gran complejidad en cuanto a la inclusión del transporte radiativo (transporte de energía por radiación), sobre todo cuando se trata de incluir procesos en los que intervienen diferentes gasa y cuando se estudia el efecto que sobre la radiación tiene la cubierta nubosa de la Tierra. Podemos considerar este último punto como toral en el desarrollo de los modelos Radiativos-Convectivos y también como sumamente importante en los modelos de Circulación General. Los lugares donde estos modelos se están desarrollando de manera más importante, se encuentran en el Primer Mundo. Sin embargo, también en México desde hace unos años, se están utilizando en el Centro de Ciencias de la Atmósfera de la Universidad Nacional Autónoma de México. El estudio del clima en términos de pronóstico y simulación (acerca de lo cual hemos estado hablando) se puede enfocar desde un tercer punto de vista y este lo provee el Modelo Termodinámico. Este modelo gravita alrededor de la Primera Ley de la Termodinámica (conservación de la energía) aplicada a una capa atmosférica que interactúa con una capa oceánica, con una capa continental e incluye una capa de nubes en la atmósfera. Este modelo en principio abarca, o puede abarcar, todos los fenómenos que intervienen en el clima, pero presenta mucha menos dificultades computacionales que los modelos de Circulación General. Por otra parte, procesos como los de interacción océano-continente-atmósfera, se pueden incluir a un costo mucho menor que bajo otros esquema. En suma, el modelo Termodinámico del clima aparece como conceptualmente más directo, con exigencia computacionales mucho más discretas y con capacidad para competir (yo creo que con ventaja) con modelos más complicados, como los de Circulación General. Así pues el modelo Termodinámica del clima se esta desarrollando en México, en el Centro de Ciencias de la Atmósfera de la UNAM y, debido a su aparente simplicidad ya ha sido adoptado en otros países, incluso en aquéllos en los que se desarrollan los más complejos. ¿CATÁSTROFE O EXAGERACIÓN? En términos de simulación del clima, todos los modelos necesitan utilizar como ingredientes, las concentraciones atmosféricas de los gases capaces de absorber radiación, tanto solar como infrarroja. Estos gases son los que determinan la energía disponible, necesaria ya sea para calentar la superficie y la atmósfera como para impulsar la máquina atmosférica. Como ya mencionamos, estos gases son los causantes del efecto invernadero. En la Tierra el bióxido de carbono, el vapor de agua y el ozono, son los gases más importantes. También existen otros que participan en el fenómeno, como lo son el metano y los clorofluorocarbonos. El primero se produce de manera natural en los pantanos y de forma provocada en plantíos de arroz y en los procesos digestivos del ganado. Los segundos los produce el hombre, gracias a sus aplicaciones comerciales (“sprays”, desodorantes) e industriales (solventes en la producción de componentes electrónicos). Como ya hemos indicado, un aumento de estos gases en la atmósfera, produciría un incremento del efecto invernadero, de ahí nuestro interés y el origen de la preocupación acerca del futuro del planeta. A partir de la revolución industrial, a mitad del siglo XIX, el consumo de hidrocarburos como combustible ha ido en aumento. Consecuentemente también ha aumentado la concentración de bióxido de carbono en la atmósfera, pasando de unas 280 ppm (partes por millón) a una 330 ppm actualmente. Para el mismo periodo se ha determinado, a partir del análisis de datos de temperatura provenientes de un sinnúmero de estaciones climatológicas y meteorológica, de buques de todos tipos que atraviesan los océanos y más recientemente de datos de satélite, que la temperatura del planeta se ha incrementado en medio grado centígrado. Estos dos datos puestos lado a lado (el aumento del CO2 y el aumento de la temperatura) ha causado una terrible tentación para los investigadores: el interpretarlos como causa y efecto y verlos como una manifestación del incremento del efecto invernadero. Aquí deberíamos mencionar que la evidencia observacional del aumento de medio grado en la temperatura del planeta, fue el resultado de un esfuerzo sumamente cuidadoso al analizar los datos. Las dificultades para hacer este análisis recaen en diferentes fuentes, entre ellas está lo que se conoce como la homogeneidad de los datos. Solamente pensemos que para llegar al resultado mencionado, se tuvieron que comparar temperaturas tomadas hace unos cien años —con instrumentos que ahora serían de museo—, con temperaturas medidas actualmente. Así mismo hay que considerar la cantidad enorme de observadores que han intervenido, y, ¿quién nos asegura que algunos o muchos de ellos no padecían miopía, astigmatismo o vista cansada? Es evidente, se tuvo que hacer una cuidadosa depuración de los datos. Por otro lado, tenemos que considerar que el medio grado de aumento en cien años estaba entenado en data cuya variación, en pequeños lapsos, es mucho mayor que éste. Por ejemplo, la variación diurna o la variación entre estaciones pueden llegar a varias decenas de grados. Esta variación de medio grado en cien años, parecería entonces no ser de gran importancia al compararse con, digamos, las variaciones estacionales. Sin embargo, la diferencia entre una época glacial y una interglacial, representa muy pocos grados y en este contexto medio grado no es nada despreciable. Ante la evidencia observacional, los investigadores se lanzaron a tratar de explicarla y para ello alimentaron sus modelos con datos que simularían las condiciones atmosférica esperadas para el primer tercio o la primera mitad del siglo XXI, tiempos en los que se supone que la cantidad de bióxido de carbono atmosférico alcanzará niveles correspondientes al doble de los existentes hoy en día. Los resultados obtenidos a partir de los distintos modelos varían en sus predicciones, las que van de unos dos a unos siete grados centígrados de aumento en la temperatura. Estas predicciones, sobre todo aquellas que dan valores más altos, son las que causan alarma, pues las consecuencias, a nivel mundial, del impacto que tendría el aumento de la temperatura, serían catastróficas. Se han simulado escenarios en los que las aguas de los océanos elevarían su nivel, en promedio, de uno a dos metros, con la correspondiente inundación de tierras bajas y por lo tanto, con la destrucción de propiedades y economía regionales enteras. La emigración de las regiones mundiales de cultivo, el aumento de las áreas desérticas; en suma, el cambio del clima a nivel mundial no traería consigo más que caos y destrucción. Debido a tan negro panorama, numerosas organizaciones mundiales se han movilizado con el objeto de prevenir sobre la posibilidad de que esta situación se presente. Entre las múltiples propuestas que se han hecho, podemos mencionar la referentes al control de la emisiones de los gases invernadero, siendo el más importante el bióxido de carbono. Como este gas es un subproducto de la actividad industrial, es fácil comprender que el control de su emisión representaría la modificación de dicha actividad, lo que significa que tendría que invertirse mucho, pero mucho dinero para encontrar los procesos que sustituyeran los que actualmente utiliza la industria. Como ya lo mencionamos, otra gases que contribuyen al efecto invernadero, y que por lo tanto son capaces de modificar el clima, son el metano y los clorofluorocarbonos. Estos gases también provienen de la actividad económica del hombre. El primero se relaciona con la agricultura (arroz), y la ganadería (bovino), y el segundo con otras actividades (refrigeración, cosméticos, electrónica). Como estos gases también deberían ser controlados, hay que pensar en una mayor transformación de la actividad productiva del hombre. Está claro que existe gran resistencia a implementar los cambios que se requieren, pues sólo podrían hacerse a través de inversiones que seguramente no producirían ganancia en el corto y, quizá ni siquiera en el mediano plazo. Esta resistencia basa sus argumentos en la deficiencia propias que poseen los modelos teóricos. Hemos visto que la predicciones de éstos varían en rangos relativamente grandes (de 2 a 7 grados centígrados) Ello quiere decir que los diferentes escenarios futuros también varían en gravedad, desde aquéllos que indican (como el modelo termodinámico del clima del CCA) un aumento moderado de la temperatura, con implicaciones también moderadas, hasta aquellos que presentan situaciones catastróficas. Nosotros pensamos que lo razonable se encuentra entre ambas posturas, y que sería saludable adoptar una posición preventiva —a través de media de control y de uso eficiente de la energía—, ante la posibilidad de que se diera una situación más grave. Como se trata de un problema de orden global, lógicamente la solución involucra a todos, lo que implica que tendrían que tomarse en cuenta múltiples consideraciones de tipo socio-económico-político. De esto se tratará en el siguiente apartado. Aquí hemos revisado aquellos modelos que pronostican problemas de calentamiento y que por lo tanto dan pie a la preocupaciones ya mencionadas. Sin embargo también hay autores que afirman que no va a pasar nada, los que a su vez son utilizados por aquellos intereses que prefieren la inmovilidad. Creemos que aunque estos autores estuvieran en lo cierto, lo que sí hemos aprendido de la discusión y el estudio del efecto invernadero, es sumamente valioso. Me refiero al hecho de admitir que hay, o pudiera haber, problemas que nos atañen a todos, es decir, problemas globales cuya solución también nos involucra. Pensemos en la contaminación, en la supuesta sobrepoblación, en el agua, en la extinción de especies. EL EFECTO INVERNADERO EN LA REPÚBLICA MEXICANA Como se señaló en los apartados anteriores, algunos pronósticos indican que, a menos que se tomen medidas drásticas para reducir las emisiones a la atmósfera de “gases invernadero” (tales como el bióxido de carbono, metano, óxido nitroso, ozono y compuestos clorofluorocarbonos), la Tierra experimentará una tasa de cambio climático y un calentamiento atmosférico global sin precedente. Se espera que para el año 2030 la concentración de CO2 en la atmósfera se duplique, alcance de 600 a 700 ppm (partes por millón) y la temperatura de la Tierra aumente entre 2 y 7 grados centígrados. Los científicos se refieren comúnmente a este pronóstico como “calentamiento global”. Al aumentar por causas atropogénicas la concentración de los gases mencionados, éstos pueden causar un calentamiento excesivo, o sea el tan controvertido fenómeno de “calentamiento global”. Los países desarrollados son los principales productores de gases invernadero1 (figura 1).
De una manera muy general y breve, podemos repetir que son fuentes importantes de contribución al aumento atropogénico de CO2 atmosférico, la combustión de hidrocarburos, los incendios forestales, la prácticas agrícolas como la de roza, tumba y quema, la tala de bosques y la desertificación. Como fuentes de metano tenemos la ganadería, la cultivos de inundación, como el del arroz y las termitas —cuya importancia está restringida a ciertos ambientes tropicales. Como fuentes de N2O están la agricultura, a través del uso de fertilizantes, y como fuentes de clorofluorocarbones (CFC) los compuestos utilizados como propelentes en aerosoles y refrigerantes. Existe una gran inquietud a nivel mundial acerca de las posibles consecuencias del calentamiento global. Mientras que los países desarrollados llevan un par de décadas estudiando el problema y elaborando planes y estrategias para el cao de un cambio climático de esta naturaleza, los países en desarrollo sólo recientemente comenzaron a preocuparse por el tema y, prácticamente no cuentan con estudios ni estrategia a seguir. Es posible, sin embargo, que estos países (México entre ellos), sufran las consecuencias ecológicas, económicas y sociales del calentamiento global con tanta o mayor intensidad que los países desarrollados. Muchos de los países en desarrollo se encuentran geográficamente localizados en la franja tropical y entre los ecosistema que los caracterizan se encuentran aquéllos que cuentan con una gran diversidad de especies y un alto grado de complejidad. Es de esperarse que entre más complejo y diverso sea un ecosistema, mayor será la probabilidad de que este se vea afectado por los cambios en el clima. Por ejemplo, algunos experimentos con atmósferas controlada, han mostrado que las interacciones insecto-planta, se ven gravemente alteradas al aumentar la concentración del CO2 atmosférico.2 En comparación con otros países, la diversidad y endemismo, tanto de insectos como de planta, en los bosques y selva de México son sorprendentemente altos (aproximadamente 30000 especies de planta vasculares, y casi 2 millones de especies de insectos)3 (figura 2). En estos ecosistemas, la relaciones que guardan insectos y plantas son muy compleja, frágiles y seguramente sensibles al aumento de CO2.
Por otra parte, en el caso de un calentamiento global, se pronostica que el nivel del mar se elevaría entre uno y dos metros (como se mencionó anteriormente). No es difícil imaginar los efectos que este cambio tendría en las planicies costeras del Golfo de México, Yucatán e islas como la Del Carmen, con elevaciones cercana a los cien metros sobre el nivel del mar, y una plataforma marina extensa de poca profundidad. Es de esperarse que, como consecuencia de una elevación en el nivel del mar, haya pérdidas de recursos y productos pesqueros, provenientes de lagunas costeras y otros ecosistemas, también costeros, sensibles a cambios en los niveles de salinidad. La humedad de los suelos es otro de los factores que también cambiarían radicalmente. Algunos pronósticos que utilizan paleoanalogías, como la reconstrucción de los paleoclimas del Periodo Altitérmico, de 8000 a 4500 años antes del presente, indican que los suelos en México serán más húmedos que en la actualidad4 (figura 3). En ese caso, quizá habrían cambios positivos en cuanto a la reducción de pérdida en las cosechas, provocadas por la sequías, especialmente en regiones semiáridas o con cultivos de temporal. Sin embargo, también puede esperarse que la tasa de erosión se eleven por el aumento en la precipitación, tales tasas en la actualidad son alarmantes, debido a la deforestación. Hay otros pronósticos aún más pesimistas en cuanto al caso de México; nos referimos a los que han utilizado Modelos de Circulación General, que indican que una duplicación del CO2 en la atmósfera, causaría un aumento en la temperatura de 2 a 5 grados centígrados, lo cual traería consigo impactos locales importantes. En particular, se prevé que el estado de Puebla y la región de Ciudad Obregón, sufrirían marcados déficits de humedad, lo que se traduciría en graves pérdidas en la producción de maíz5 (figura 4). Las autoras de este pronóstico señalan desacuerdos entre la predicciones de los modelos. Sin embargo, aseguran que, independientemente del modelo que se utilice, se espera que México sea más cálido y seco y que cuente con muchos menos recursos acuíferos.
En general, si se dieran cambios significativos en los patrones de precipitación y temperatura, se alterarían o incluso desaparecerían ecosistemas que actualmente ya tienen en México una distribución restringida. Ejemplos de éstos son los que se localizan en los picos de la montañas, sin posibilidad de “emigrar” latitudinalmente para compensar el cambio de temperatura; aquellos que tienen requerimientos muy específicos de humedad, tipo de suelo y temperatura de verano e invierno, o bien, que están muy reducida y localizados, como lo son la selvas alta y medianas del trópico húmedo, los bosques de neblina y los bosques mesófilos de montaña.5 Cabría reflexionar también sobre el futuro de los animales que asociamos a estos ecosistema, a algunos de ellos ya se les identifica como seres en peligro de extinción. Por ejemplo: los ratones del eje neovolcánico (Habromis spp.), la tuza de Michoacán (Zygogeomys sp.), la ardilla voladora (Glaucomys volans), el zorrillo enano de la costa del Pacífico (Spilogale pygmea), el mono araña de la costa del Golfo (Ateles geoffrolly), el conejo de los volcanes (Romerolagus diazi) y por supuesto el quetzal (Pharomachrus nocinno) entre muchos otros. ¿Cómo y cuánto contribuye México al efecto invernadero? Prácticamente no existen estudios que cuantifiquen o analicen la variación en tiempo y espacio, de la producción de gases invernadero en México. Las pocas excepciones son estudios muy localizados, con relativamente pocos datos, o extrapolaciones e interpolaciones a partir de muestreos y cálculos realizada en otros países; sin embargo, hay algunos datos que podemos mencionar: Con respecto a la agricultura en México, las tierra cultivadas ocupan actualmente entre 15 y 25 millones de hectárea, aunque se estima que 30 millones son potencialmente cultivables (15% del área del país).6 El resto del territorio es muy accidentado o muy árido para permitir la agricultura. Cabe mencionar, que las tierras agrícola del norte y noroeste forman el 25% del total de las tierra cultivadas y la mayoría de éstas son de riego, lo cual implica que consumen CO2 en lugar de emitirlo (a nivel global). Sin embargo, el trópico de México comprende 18 millones de hectáreas (aproximadamente 9% del territorio) y la agricultura que utiliza el sistema de roza, tumba y quema tradicional (generadora de CO2), se ubica en esta región en donde, además, la ganadería de pastoreo (generadora de metano) recientemente ha tomado considerable importancia. Con respecto a la deforestación, según reporte de la FAO (1981),7 la tasa de deforestación en el trópico entre 1976 y 1980, fue de 160000 hectáreas (el 1% del total del bosque tropical) por año, aunque el bosque se regenera en un 10% del área previamente talada. Detwiler y Hall,8 tabularon la emisiones de carbón a partir de la tala de bosques y midieron las variaciones entre un 0.4 x 1015 y un 1.6 x 1015 gramos de carbón por año, para los trópicos en general. Relacionando los cálculos de estos autores con los de la FAO, tenemos que México puede emitir entre 0.2 x 1014 y 0.8 x 1014 gramos de carbón por año. Esto equivale al 0.1% de la emisiones mundiales estimadas a partir de la combustión de hidrocarburos. La emisiones de metano provocada por el cultivo de arroz no se conocen, sin embargo, es posible afirmar que este cultivo es relativamente poco extenso en nuestro país. Toledo9 reporta que en 1980 se cultivaron 132000 hectárea de arroz en comparación con 199000 que se cultivaron en 1977, lo que indica una marcada reducción de la áreas de cultivo. Un caso muy distinto es el de la ganadería, que también constituye una fuente importante de emisión de metano y que, en la actual década, se ha expandido. Enhhalt10 calculó que los rumiantes domésticos produjeron, en 1970, del 20 al 35% de las emisiones totales del metano existente en la atmósfera. La población mundial de cabezas de ganado, en 1983, era de 1.2 x 109, de las cuales el 53% se encontraba en el Tercer Mundo, según la FAO.11 En el mismo año, la emisiones totales de metano, con origen en el ganado fueron de 54 x 1012 gramos y 40% de ella provinieron del Tercer Mundo. Según Fernández Ortiz y Tarrio García,12 en 1984 la población de cabeza de ganado en el trópico de México era de 6.5 millones, esto es, el 1% del total de cabeza de ganado en el Tercer Mundo. Al relacionar estas cifra, tenemos que, en 1984, en el trópico de México, se emitieron aproximadamente 0.22 x 1012 gramos de metano, lo cual representa el 0.3% del total de metano emitido.
A nivel internacional existe una gran preocupación por regular y controlar la fuentes de emisión de gases invernadero. Organismos internacionales como la ONU, sostienen programas de investigación sobre “Cambio Climático” los cuales analizan a fondo la situación actual del problema de calentamiento global, sus impactos, medidas de prevención y estrategia a seguir. Con estos programa se intenta que se establezcan acuerdos internacionales que permitan reducir la emisiones de gases invernadero en todos los países, tanto del Primero como del Tercer Mundo. Desgraciadamente, el problema que representa el regular estas emisiones, mediante tratados internacionales, es muy complejo, no sólo por las desigualdades económicas, sociales y políticas entre los países, sino también por el hecho de que “regular” las emisiones implica una “regulación” de la producción, en particular en los campos de la agricultura, la ganadería y el uso de la tierra. Entre los aspectos más delicados a enfrentar, se encuentran los peligros de violación a la soberanía de los distintos países, que serían casi inevitables. Por ejemplo, un tratado de este tipo, podría contemplar la posibilidad de “regular” la cantidad y calidad de fertilizantes que pueden utilizar los países en desarrollo, el tipo de cultivos, el tipo de ganado y de forraje, la utilización de la tierra, la técnica agrícolas y la tala y quema de los bosques. Hay que tomar en cuenta que la validez de las predicciones sobre calentamiento global es debatible, como lo indicamos anteriormente, ya que algunos científicos han publicado argumentos muy convincentes que, no sólo ponen en entredicho estas predicciones, sino que incluso favorecen predicciones totalmente contrarias (como la de un “Enfriamiento Global”). Sin embargo, en los países desarrollados se invierten, justificadamente, miles de millones de dólares en la investigación sobre el calentamiento global y cambio climático. Queda claro que, para ellos, en caso de que las predicciones sean acertadas, los conflictos, las fricciones y la competencia por recursos entre países desarrollados y en desarrollo se agudizarán. Es importante pues prevenir, ante posibles cambios en las áreas del planeta adecuadas para las plantaciones del futuro, los mercados, los centros de producción, los centros de pobreza, los núcleos de fricción, etc. Así, también queda claro que la relaciones internacionales, la economía mundial, la política y la seguridad están en juego. |
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Referencias Bibliográficas 1. Gleick, P. H., 1989, Global climatic changes and geopolitics: pressures on developed and developing countries, in A. Berger et al., (eds.), Climate and Geo-Sciences, 603-621, Kluwer Academic Publishers. |
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Carlos Gay, Leticia Menchaca y Cecilia Conde
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