revista de cultura científica FACULTAD DE CIENCIAS, UNIVERSIDAD NACIONAL AUTÓNOMA DE MÉXICO
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Faustino Octavio Ruíz Abarca y Javier Carmona Jiménez
     
               
               
En la ciudad se escuchan los comentarios de muchas personas
que se molestan cuando comienza la lluvia y miran este fenómeno con desagrado porque altera el ritmo de su actividad cotidiana; y qué decir del transporte urbano cuando la ciudad se convierte en algunos minutos en verdaderos entramados, tan complejos como la intensidad o duración de la lluvia; y cuando comienza a ser insuficiente el sistema de drenaje, la gran cantidad de agua precipitada busca salida a través de alcantarillas en calles y avenidas, sin embargo no siempre logra desalojarse porque su paso es obstaculizado por enormes cantidades de basura depositadas de manera involuntaria e intencional en la vía pública. Contrariamente a la percepción que se tiene en la zona urbana, en el campo el agua de lluvia es considerada como un bien invaluable para el suministro agrícola, ganadero y humano. Asimismo, existen tradiciones y ritos religiosos relacionados con el deseo de una próspera temporada de lluvia. Considerando lo anterior, es evidente que la percepción e información que la sociedad tiene del agua de lluvia puede ser distinta de acuerdo con la relación que tiene ésta con nuestra vida cotidiana y a los mitos generados en torno a su origen y manejo.

El abastecimiento de agua a las ciudades se obtiene tradicionalmente de diferentes maneras: de cuerpos de agua naturales, tales como ríos y lagos, de pozos y obras hidráulicas construidas ex profeso como los acueductos. Estas fuentes se utilizan aisladas o combinadas, dependiendo del uso, volumen y calidad del líquido, se les denomina secundarias, ya que la fuente primaria es el agua de lluvia. El régimen pluvial en la ciudad de México no ha cambiado desde las primeras observaciones en la época de la Colonia hasta el día de hoy, con una precipitación similar año con año; sin embargo el cambio climático que vivimos puede provocar diferencias en cuanto a la distribución, frecuencia y altura de la precipitación.

¿Qué es la lluvia?

El agua es un compuesto químico formado por dos átomos de hidrógeno y uno de oxígeno. Se estima que se encuentra presente en nuestro planeta desde su formación, hace unos 4 500 millones de años. Debido a los elementos que la conforman, los científicos consideran que al exterior de nuestro sistema solar existe la posibilidad de encontrar agua, lo cual ha sido verificado por medio de la observación con radiotelescopios que han detectado la longitud de onda en el espectro electromagnético que corresponde al vapor de agua —se asegura haberla encontrado en otros sitios, tales como la estrella K335.

Hay científicos que consideran que el agua se encontraba en la Tierra desde su formación, pero otros consideran que llegó del exterior, por medio de los cuerpos celestes que chocaron con ella. Cualquiera que sea la explicación, aún sigue en controversia y la única información verídica es que el volumen de agua en la Tierra no se ha modificado. Éste es, sin duda, el elemento más importante que favoreció el origen de la vida y el desarrollo de la mayoría de los procesos biológicos, y que contribuye a la estabilidad de la temperatura del planeta, almacenando la energía solar en los océanos, y su disponibilidad siempre ha estado manifiesta en el desarrollo de las civilizaciones humanas.

El ciclo del agua se encuentra en un sistema cerrado que, según los científicos, inicia en la atmósfera con la formación de nubes de vapor de agua producto de la evaporación, principalmente de los océanos. Dicho vapor es transportado por el viento hacia el continente, en donde los cambios en la temperatura provocan su precipitación, sea de forma líquida como la lluvia, sólida como el granizo y la nieve, o condensada como el rocío y la escarcha. El agua que llega a la superficie puede infiltrarse para formar corrientes subterráneas o acuíferos, o bien correr sobre el suelo para formar arroyos y ríos. El tiempo de permanencia del agua fluvial de dichas corrientes es variable, desde pocos instantes hasta cientos de años. Finalmente, el agua que corre superficialmente también llega a formar lagos y lagunas, mientras otra llega directamente a los mares y océanos, completando el ciclo hidrológico. La cantidad y calidad de agua que se precipita es diferente en cada sitio y región geográfica, razón por la cual deben estudiarse de manera específica los fenómenos climatológicos y químicos asociados al tipo de agua disponible en forma de lluvia. El caso de la ciudad de México es ilustrativo al respecto. Una revisión de los principales mitos en torno a ella nos permitirá mostrarlo.

Mito I. Es ácida y no útil para consumo humano

La composición química y biológica determina el uso que el humano puede dar al agua. Cuando es muy ácida o básica, o contiene contaminantes asociados, es considerada de mala calidad y no puede usarse para las actividades humanas más comunes como son el consumo directo, el recreativo o el riego de plantas. Las propiedades químicas y biológicas del agua están relacionadas directamente con el ambiente donde transita. Por ejemplo, cuando el agua se encuentra en la atmósfera se mezcla con diversos elementos que tienden a acidificarla, tales como el dióxido de carbono, el dióxido de azufre y el óxido de nitrógeno que, en su forma gaseosa y grandes cantidades, pueden ser muy nocivos para la salud. En condiciones naturales, cuando el agua se precipita en forma de lluvia se registra ligera acidez. Sin embargo, se convierte en un problema ambiental cuando en la atmósfera hay excedentes de gases nocivos que se asocian con el vapor de agua para convertirse en ácidos sulfúrico y nítrico y formar la lluvia ácida.

No se ha demostrado aún que la lluvia ácida ocasione efectos directos nocivos en los seres humanos, sin embargo, puede tener efectos indirectos sobre la salud, ya que es capaz de disolver metales y sustancias tóxicas de los suelos y las tuberías y, posteriormente, transportarlos hacia los sistemas de agua potable e incluso afectando a la vegetación. En la ciudad de México se han tomado algunas medidas para mitigar la emisión de los contaminantes que ocasionan la lluvia ácida, entre las que se destacan: la reducción de azufre en diferentes combustibles, la introducción del convertidor catalítico de tres vías en los vehículos automotores, la continuación del programa “Hoy no circula”, el impulso al uso de gas natural en diversas industrias y vehículos, la ampliación del sistema de transporte eléctrico y de los autobuses en carriles confinados y la instalación de equipos de control de emisión de gases en distintas fábricas. No obstante, a pesar de tales esfuerzos, las emisiones de gas llegan a ser significativas en algunas épocas del año, en especial la invernal. Por tal motivo, es necesario efectuar un monitoreo de la calidad del agua de lluvia antes de utilizarla.

Mito II. Es inútil

La distribución del agua superficial ha sido modificada por el ser humano desde hace mucho tiempo, ya que se ha visto en la necesidad de controlar los elementos de la naturaleza para hacer un mejor uso de los recursos hídricos o bien para prevenir daños en zonas urbanas y productivas. Para ello ha desviado ríos, construido embalses, aljibes, drenajes, etcétera. En las ciudades se ha establecido lo que se conoce como ciclo urbano del agua, que es la integración del ciclo natural del agua y el sistema de suministro, manejo y desalojo de agua en las zonas urbanas. En las de países desarrollados existe un manejo diferenciado del agua pluvial y de las servidas o aguas negras.

Por otra parte, en muchas ciudades existe la preocupación por el adecuado y rápido desalojo del agua que corre por las calles y, en el mejor de los casos, en la gran mayoría va directo al drenaje, sin el mínimo aprovechamiento. En los últimos años, las autoridades del Distrito Federal han ejecutado un programa para la captación y filtración del agua de lluvia, sobre todo en las partes más altas y en donde el tipo de suelo y subsuelo lo permiten. En muchos lugares de la ciudad se han excavado “pozos de infiltración” en las calles, los cuales funcionan como captadores y el agua pasa a través de rejillas metálicas a un filtro para, posteriormente, llegar al subsuelo. Desafortunadamente no se han encontrado datos que indiquen la calidad del agua filtrada ni mediciones acerca de la cantidad por delegación o pozo.

Asimismo, se han dado a conocer los esfuerzos que realizan instituciones de diversa índole, principalmente académicas, agrupaciones civiles y ciudadanos interesados en evitar o prevenir el posible daño que provoca el manejo inapropiado del agua de lluvia y, al mismo tiempo, en lograr su aprovechamiento. Sin embargo, el trabajo que realiza la autoridad responsable del manejo del agua en la ciudad de México es incipiente y las políticas son difusas y contradictorias, ya que el agua de lluvia se sigue manejando igual que hace muchos años, simplemente como agua de lluvia.

Mito III. Su valoración y manejo son ajenos a nuestra cultura

Para las culturas prehispánicas, el agua de lluvia tenía un aspecto relevante en la idiosincrasia y la cosmovisión debido a que la asociaban con deidades. En cada región, centro ceremonial y zona urbana existía un dios de la lluvia, del agua, del rayo y del trueno. En la mayoría de los casos era el mismo, inseparable el uno del otro, eran dioses múltiples. En otras culturas, los dioses del agua se asociaban con los de la Madre Tierra, porque el agua también mana de las entrañas de la tierra, en forma de manantiales, en cascadas. Se representaban con fauces de serpiente, nubes, rayos y cántaros. Para los nahuas era Tlaloc, para los mayas Chaac, para los zapotecos Cocijo, Dzahui para los mixtecos, para los totonacos Aktsini y así podría seguir una enorme lista de nombres por región o civilización, que el lector puede acrecentar así como profundizar en su análisis.

La observación de la naturaleza, los fenómenos meteorológicos, los ciclos agrícolas y la interacción del hombre con las divinidades era una sola visión del mundo, no había división, sino una liga estrecha entre todo ello. La importancia de la lluvia en Mesoamérica tenía tres manifestaciones relacionadas con el manejo del agua: la escasez, el exceso y la irregularidad, mismas que hoy día continúan provocando estragos en la producción de alimentos y la vida cotidiana de los habitantes de México.

El suministro de agua para la ciudad de Palenque, Chiapas, en el periodo clásico, 200 a 900 d.C., por ejemplo, estaba resuelto, ya que tenían una fuente inagotable; sin embargo, en la época de lluvias tenían graves problemas de inundación y destrucción de cultivos y edificios, así como dificultad en el tránsito de personas y mercancías, evitados gracias a la construcción de puentes y túneles, y conduciendo el líquido aguas abajo a fin de irrigar zonas de cultivo e inundar las tierras bajas (humedales) En este caso, la estrategia en el manejo de agua se enfocó a la abundancia.

Otro caso es el de una ciudad contemporánea a Palenque, Cobá, en el actual estado de Quintana Roo, un centro urbano que se desarrolló en torno a la administración de agua superficial de manantial gracias a una elaborada obra hidráulica. En la ciudad de Uxmal, en Yucatán, también del periodo clásico, se construyeron numerosos chultunes, que no son sino depósitos de agua de lluvia excavados en el subsuelo con forma de campana, ubicados al pie de los edificios. Por último, en la ciudad de Xochicalco, del periodo clásico tardío, 650 a 1000 d.C., se ha encontrado un sistema de recolección de agua de lluvia en cisternas y su transporte por una compleja red de acueductos que satisfacían las necesidades en toda la ciudad. Estas dos últimas metrópolis, a diferencia de las anteriores, requerían resolver problemas de escasez en algunas épocas del año.

Mito IV. Debe ir al drenaje

Las obras de infraestructura hidráulica de la ciudad de México han tenido como principal característica la exportación de agua de la cuenca para vaciar los lagos que antiguamente existían. El Tajo de Nochistongo es la primera gran obra de drenaje que se realizó para retirar el volumen de agua de la cuenca, posteriormente el emisor Poniente, el emisor Central y el emisor Oriente. En un principio, las obras se realizaban cerca de a la superficie, sin embargo la sobreexplotación del acuífero provocó hundimientos que hicieron más difícil el desalojo del agua. Este problema se ha intentado resolver en las obras más recientes, excavando a una profundidad mayor a la realizada en obras anteriores e inclusive instalando estaciones de bombeo con equipos de gran capacidad para lograr el desalojo oportuno de grandes volúmenes de aguas negras, sobre todo en la época de lluvias.

Ha sido sólo en años recientes que las autoridades del Distrito Federal han establecido un marco legal que obliga que las nuevas construcciones a separar y reutilizar las aguas pluviales. Sin embargo, el volumen de captación y reuso es mínimo porque las grandes superficies pavimentadas, calles, plazas y estacionamientos al aire libre, no tienen separación de agua, con lo cual volúmenes importantes de lluvia son vertidos al drenaje como de desecho, sin reparar en el desperdicio que esto representa. Desafortunadamente, en los planes de desarrollo urbano y en la planificación hidráulica no se diseñaron los vasos de regulación como captadores de agua para su aprovechamiento, sino únicamente, como su nombre lo indica, para regular las avenidas en la época de lluvias y, de una manera controlada, verter el líquido al drenaje, previniendo su saturación.

Inundaciones contra escasez

La paradoja hidráulica que se vive en la ciudad de México radica en los extremos de la escasez y el exceso de agua, el primer acontecimiento se presenta en la época seca y el segundo en la época de lluvias. La historia nos muestra que, desde la época prehispánica, el emplazamiento en donde se ubicaron los primeros asentamientos humanos no fue el más adecuado, debido a su conformación de cuenca endorreica, lo cual ocasiona constantes inundaciones. Por esta razón se construyó el albarradón de Nezahualcoyotl; desde entonces y hasta hoy, tras la Conquista, el Virreinato, la Independencia y el México postrevolucionario, esta ciudad se ha caracterizado por la abundancia de agua, ya que originalmente más de 48 ríos abastecían a los cinco lagos de la cuenca.

Pero, ¿si en la actualidad no vemos los grandes ríos y sólo observamos calles pavimentadas, por qué el fenómeno de las inundaciones sigue presente? Como se mencionó anteriormente, esto se debe a que la cantidad de agua que se precipita no ha sufrido cambios significativos y ahora es captada en calles, avenidas que la llevan al drenaje, es decir, éstas se han convertido en impermeables y colosales áreas de captación. Debido al material con que se construye, la velocidad de escurrimiento y saturación de atarjeas es alta. Anteriormente estas mismas superficies eran ocupadas por cobertura vegetal natural o agrícola y el agua se filtraba al acuífero. También es importante recordar que los primeros asentamientos tenochcas se hicieron sobre zonas ganadas al lago de Texcoco, rellenando humedales, sobre partes de lagos desecados, produciendo una gradual compactación del terreno. Si en la actualidad le sumamos el peso de las construcciones a la extracción de agua y la sobreexplotación del acuífero, tenemos como resultado la disminución en el volumen del subsuelo, una mayor compactación que se traduce en hundimientos diferenciales a lo largo y ancho del territorio de la ciudad de México.

Para corroborar lo anterior se inició un análisis documental en publicaciones oficiales; sin embargo, en los datos de la Comisión Nacional del Agua (conagua) en particular la publicación Estadísticas del Agua en México en el 2010, los periodos de registro son diferentes y es difícil establecer una tendencia de manera clara. Los reportes sobre la precipitación en la ciudad de México son variables y van de 606 a 1 122 milímetros (tabla 1), lo cual puede explicarse por el empleo de criterios diferenciales con relación al tiempo de registro, la ubicación de los aparatos de medición y el tamaño del área en la que fue estimada. La misma conagua maneja una periodización distinta, lo que pone de manifiesto que, para utilizar la información existente, debe de realizarse una medición puntual del área de captación, ya que el último dato citado supera por mucho el promedio anual del país y de la región hidrológica. Es de resaltar el hecho de que en la zona del Ajusco llueve casi el doble del promedio del país y de la región hidrológica xiii. Es por ello que en la zona sur y sur poniente de la ciudad el volumen de precipitación podría ser una fuente importante de abastecimiento de agua que contribuya a detener la sobreexplotación del acuífero y a disminuir la demanda del trasvase de las cuencas Lerma y Cutzamala.

Potencial del manejo de agua de lluvia

Debido a sus condiciones geográficas y climáticas, el volumen de precipitación en la ciudad de México es muy variado, por lo cual, para lograr que el aprovechamiento y manejo de agua de lluvia sean viables es indispensable conocer la siguiente información: 1) contar con datos específicos y actuales del sitio donde se desea desarrollar el proyecto; 2) el volumen de la precipitación es básico, deben conocerse los datos de grandes periodos de tiempo y de eventos extraordinarios que permiten el diseño de sistemas de captación y distribución; 3) la superficie de captación se considera, en sus dimensiones, en el plano horizontal, sin importar la inclinación ni el acabado de la misma; 4) caracterizar el área y el volumen de precipitación nos facilitaría estimar el volumen de captación.

Asimismo, es necesario calcular el consumo prospectivo, es decir, analizar los datos de consumo actual, el volumen del suministro (agua de lluvia más fuentes adicionales) y el volumen requerido para el almacenamiento. El tipo de almacenamiento dependerá del volumen captado, del de consumo, del espacio para instalar el depósito, así como de los recursos financieros del usuario. Con toda esta información se realiza el diseño técnico de instalaciones para la captación, la distribución, el tipo de filtrado y el costo de obra.

Se requiere también monitorear la calidad del agua y determinar las necesidades de los usuarios. El agua de lluvia requiere un tratamiento de limpieza convencional, por lo que, para eliminar los organismos y las sustancias nocivas para el ser humano, se utilizan filtros y elementos químicos que retienen a los microorganismos. El tamaño del filtro, su composición, la ubicación y costo están en función del destino final que se dará al agua; en un mismo predio o edificación puede haber distintos tipos de filtros. El agua servida también puede reutilizarse con sistemas de recuperación (filtros y humedales) y separación del jabón, grasas, solventes, con lo que se disminuye la descarga de aguas negras al sistema municipal.

Para lograr un óptimo aprovechamiento del agua y de los dispositivos instalados, los usuarios deben estar interesados y plenamente convencidos del uso de agua de lluvia, sólo así se podrá lograr su participación desde los estudios previos, el desarrollo del proyecto y la operación del sistema. Al integrar cada uno de los elementos propios del diseño del sistema, los usuarios y los promotores conformarán un plan de manejo de manera que se establezca claramente el funcionamiento de los dispositivos y el óptimo aprovechamiento del agua de lluvia.

Conclusiones

El balance hídrico de la ciudad de México es un tema muy visto, bien documentado, pero hasta hoy, aun con debates, foros y discusiones, sigue sin resolverse. La cantidad y calidad del agua de lluvia que puede ser aprovechada para el consumo humano dependerá en gran medida de la adecuada conservación de la vegetación y el suelo de las zonas montañosas que la rodean, y del manejo adecuado del agua. En la ciudad de México se tienen serios problemas relacionados con la deforestación, el cambio de uso de suelo, el crecimiento de la mancha urbana, así como el reemplazo del suelo natural de infiltración por pavimentos impermeables. Asimismo, los lagos, ríos y vasos de regulación son empleados como vertederos de aguas negras o depósito de basura, razones por las cuales el agua de lluvia es desaprovechada como un recurso altamente cotizado.

Una alternativa para contribuir al equilibrio del balance podría ser el empleo del agua de lluvia; su éxito dependerá, en gran medida, de la activa participación social y gubernamental. Sin lugar a dudas, los beneficios tangibles se identifican fácilmente y se pueden medir, técnica y económicamente; los intangibles también son muchos y se tendrá que encontrar un índice para medirlos. Todos estos son, entre otros, los beneficios ambientales, sociales y culturales, y adquieren gran relevancia porque contribuyen a solucionar un problema serio y añejo en la ciudad de México.

articulos
Referencias bibliográficas
Báez, A., R. Belmont, R. García, H. Padilla y M. C. Torres. 2007. “Chemical composition of rainwater collected at a southwest site of Mexico City, Mexico”, en Atmospheric Research, vol. 86, núm. 1, pp. 61-75.
Comisión Nacional del Agua. 2005. Estadísticas del Agua 2005 de la Región xiii, Aguas de México y Sistema Cutzamala. CNA, México.
Jáuregui, E. 2000. El clima de la Ciudad de México. Instituto de Geografía, unam/Plaza y Valdés, México.
Legorreta, J. 2006. El Agua y la Ciudad de México, de Tenochtitlán a la megalópolis del siglo xxi. uamAzcapotzalco. México.
Mederey, L. 2005. Principios de hidrogeografía, Estudio del ciclo hidrológico. Instituto de Geografía, Serie Textos Universitarios, UNAM.
Ruíz, A. O. 2008. Cosecha de lluvia, una alternativa de suministro de agua en la zona sur de la Ciudad de México. Tesis de Maestría. Facultad de Arquitectura, UNAM
Rodríguez, L. e Y. Gómez. 2007. “El origen cósmico del agua”, en Ciencia. vol. 58, núm. 3, pp. 6-16.

     
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Faustino Octavio Ruíz Abarca
Facultad de Arquitectura,
Universidad Nacional Autónoma de México.
Es Maestro en Arquitectura por la UNAM y Profesor de Asignatura de la Facultad de Arquitectura. Es promotor de las técnicas de captura y manejo de agua fluvial.

Javier Carmona Jiménez
Facultad de Ciencias,
Universidad Nacional Autónoma de México.
Es Profesor Titular en la Facultad de Ciencias de la UNAM y su investigación pretende caracterizar la ecología y fisiología de los organismos acuáticos en sistemas fluviales de nuestro país.
     

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como citar este artículo
Ruíz Abarca, Faustino Octavio y Verónica Monroy Martínez. (2013). Del mito a la realidad. El manejo de agua de lluvia en la ciudad de México. Ciencias 107-108, julio 2012-febrero 2013, 38-45. [En línea]
     

 

 

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Jorge Legorreta Gutiérrez
     
               
               

La Cuenca de México se encuentra localizada en la parte más elevada de la Mesa Central y tiene una superficie aproximada de 9 600 kilómetros cuadrados. De ella, 5 136 kilómetros cuadrados (53.5%) son terrenos planos con pendientes menores al 15° (cada 100 metros planos se eleva 15°). No obstante, para nuestros estudios recientemente hemos reducido el conocimiento y la concepción integral de ésta a una superficie ubicada en la parte más baja, un territorio relativamente pequeño que hemos denominado Valle de México y que, a fines de la primera década del siglo xxi, comprendía los 2 000 kilómetros cuadrados de la ciudad de México, incluyendo las áreas urbanizadas del Distrito Federal y las de los municipios conurbados del Estado de México y de uno de Hidalgo, alrededor de 16% del área total de la cuenca. Es decir, que apenas se ha urbanizado menos de la mitad de los terrenos planos existentes en la cuenca y los restantes 4 464 kilómetros cuadrados son terrenos de montañas con pendientes mayores a 15°, los cuales conforman 46.5% del total de la superficie.

Por lo que respecta a las curvas de nivel, 1 507 kilómetros cuadrados de la cuenca (15.7%) se localizan en una cota no mayor a 2 250 metros sobre el nivel del mar y representan los terrenos más planos, 2 275 kilómetros cuadrados (26.7%) son lomeríos ubicados entre 2 250 y 2 400, y los restantes 5 518 kilómetros cuadrados (57.5) son montañas con niveles superiores a 2 400 metros de altitud. Es importante destacar que sobre una parte de dichos terrenos montañosos, muy cercanos a la cota de 2 500 metros, se encuentran ya zonas urbanizadas que desafían, entre otras necesidades apremiantes, el abastecimiento y el desalojo de agua. Del total de la superficie de la cuenca, la mayor parte corresponde al territorio del Estado de México con 4 800 kilómetros cuadrados (50.0%), le sigue Hidalgo con 2 540 (26.5%), el Distrito Federal con 1 320 (13.8%), Tlaxcala con 840 (8.7%) y Puebla con 100 (1.0%).

A la riqueza lacustre de la cuenca que deriva de sus ríos, lagos y manantiales, hay que agregar su abundante agua pluvial; se trata de uno de los territorios del planeta donde más llueve. En la cuenca se registran precipitaciones pluviales todo el año, aunque son permanentes durante siete meses, de abril a octubre; sin embargo, hay que destacar que 70% del volumen anual se registra durante los meses de julio, agosto y septiembre.

Las mediciones hidrológicas indican precipitaciones medias anuales promedio del orden de 760 milímetros, consideradas elevadas para una ciudad; las más altas corresponden a la zona montañosa del sur, en las sierras de las Cruces, Ajusco y Chichinautzin, en donde llueve más de 1 000 milímetros anuales.

El volumen anual de la precipitación pluvial de los últimos años se estima entre 5 500 y 6 000 millones de metros cúbicos, aunque existen variaciones históricas, como la que consignan Hiriart, Cruikshank y colaboradores: “durante el periodo 19211950, el año de mayor lluvia fue el de 1925, con 6 920 mmc, y el de menor precipitación 1949, con sólo 3 470 mmc. Si se observa el registro Tacubaya Palacio Nacional, se encuentra que el año más lluvioso fue 1878, al que correspondió un volumen de 7 155 mmc, y el más seco 1874, gran parte del agua con 2 260 mmc”. Habrá que precisar sin embargo que, aunque la mayor parte del agua de lluvia se evapora y se infiltra, el volumen aprovechable rebasa el que extraemos del subsuelo o importamos de otras cuencas.

La cuenca de México es cerrada y por ello recibe el nombre de endorréica; se encuentra rodeada de grandes montañas y volcanes, entre los que se destacan el Popocatepetl (5 438 metros de altitud), el Iztaccihuatl (5 286) y el Ajusco (4 153), así como de una cadena de sierras, de la cual desciende desde hace siglos el agua de 45 ríos aún hoy existentes. Este agua llegó a formar, en las partes más bajas de dicha cuenca, cuatro áreas lacustres: la primera y mayor se asentó en la parte más baja de la cuenca, conocida como el valle de México, y se integró con los cinco antiguos lagos cuyos nombres fueron: Chalco, Xochimilco, Texcoco, San Cristóbal, Xaltocan y Zumpango. De todos ellos sólo sobrevive el de Zumpango, una parte de Chalco y los canales y chinampas de Xochimilco. Esta primera área lacustre llegó a tener hacia el siglo xvi, en tiempo de lluvias, de 1 000 a 1 100 kilómetros cuadrados de agua; en sus orillas existieron ciudades a manera de puertos, entre las que destacaron: Chalco, Xochimilco, Iztapalapa, Chimalhuacán, Texcoco, Zumpango, Cuautitlán, Azcapotzalco, Tacuba y Coyoacán. Sobre una mínima parte del agua del lago de Texcoco se fundó y desarrolló la ciudad de México-Tenochtitlan, una de las maravillas urbanísticas del mundo antiguo, que llegó a tener, igualmente a principios del siglo xvi, alrededor de quince kilómetros cuadrados. Las otras tres áreas lacustres, más pequeñas y aún existentes, son las denominadas lagunas de Tochac, Apan y Tecocomulco.

La ubicación privilegiada de la cuenca y sus abundantes recursos hídricos la hicieron propicia para una gran concentración de población, no sólo en las orillas del área lacustre, sino en las montañas que la circundan. Algunos estudios antropológicos sobre los asentamientos prehispánicos, como el elaborado por Sanders y colaboradores, estiman que a principios del siglo XVI se asentaba un millón de habitantes en la cuenca de México; se trataba, en ese entonces, de uno de los más acentuados procesos de urbanización del mundo, conformado por una compleja red de ciudades, poblados y villas articuladas a la antigua ciudad de Tenochtitlan, la ciudad imperio, la ciudad región, la ciudad nación.

En menos de quinientos años, la cuenca y la ciudad de México han sufrido uno de los cambios urbanísticos y ecológicos más radicales del planeta; sólo baste precisar que el área lacustre de esos 1 100 kilómetros cuadrados que, a principios del siglo xvi, estaba integrada por cinco grandes lagos alimentados por casi medio centenar de ríos, se encuentra sustituida hoy por una megalópolis de 2 000 kilómetros cuadrados. Sin embargo, los ríos que alimentaban los antiguos lagos han persistido por varios siglos, salvo que los tramos alcanzados por dicha urbanización se han convertido en drenajes abiertos de agua negra o bien han sido entubados.

En síntesis, la ciudad de México y su área metropolitana, con 22 millones de habitantes y 2 000 kilómetros cuadrados de superficie, está asentada en la parte baja de una cuenca de 9 600 kilómetros cuadrados; la delimitan sesenta montañas, cuya altitud varía entre 5 600 y 3 200 metros, desde donde desciende, en forma permanente, agua a la urbe ubicada a 2 200 metros, la cual proviene del hielo existente en las partes más altas de algunos volcanes, así como de catorce ríos perennes que nacen de manantiales en las partes altas y medias de dichas montañas. Otros aportes de agua, temporales, provienen de 31 ríos más, que se forman de mayo a octubre, durante la época de lluvias, lo cual es un valioso recurso que durante siete meses al año, desde hace siglos, nos obsequia sin distingos la naturaleza.

En toda la cuenca de México se registran 760 milímetros de lluvia anual en promedio, tan sólo en la parte sur-poniente, desde la sierra del Ajusco hasta las Cruces, llueve 1 200 milímetros —ambas cifras rebasan la media anual de las grandes ciudades del mundo. Además, la ciudad de México se encuentra construida sobre un antiguo lago, cuyo subsuelo es uno de los más grandes reservorios de agua que tenga una ciudad bajo sus pies. Por último, existen más recursos hídricos en sus alrededores, pues a la cuenca de México la rodean siete cuencas más, como son la de Tula, Lerma, Cutzamala, Temascaltepec, Amacuzac, Tecolutla y Atoyac; de dos de ellas importamos agua y desde hace años se preparan los proyectos para traer agua de otras más. La cuenca de México es, por tanto, con su valle y la ciudad de México, una de las que posee mayor abundancia de agua en el mundo: la que cae del cielo, la que se tiene y se extrae del subsuelo y la que se trae de sus alrededores.

Hacia nuevos paradigmas hidráulicos

Tenochtitlan se fundó sobre el agua en el siglo XIV. La rodeaba una extensa área lacustre, de Zumpango a Chalco y de Texcoco a Tacuba. El agua potable provenía de numerosos ríos, de enormes lagos y ricos manantiales, como los de Chapultepec y Santa Fe, los del Desierto de los Leones y Xochimilco. Pero a partir del siglo XX estas abundantes fuentes de agua fueron marginadas como abastecimiento y sustituidas por pozos profundos y presas de cuencas lejanas, desaprovechando gran parte del agua limpia de los ríos, lagos y manantiales ubicados en nuestra cuenca. Abastecer de agua a la ciudad optando exclusivamente por extraerla del subsuelo e importarla de otras cuencas ha colocado a la ciudad en una extrema vulnerabilidad hidráulica, cuyos rasgos son: escasez de agua para millones de habitantes, inundaciones constantes por la saturación en los drenajes del agua de lluvia —y por tanto, su desaprovechamiento al enviarla por esos mismos drenajes fuera de la cuenca.

Las “modernas” concepciones urbanísticas para construir la ciudad se han fundamentado en utilizar los ríos y sus lagos como drenajes. Así se ha edificado y se sigue edificando la ciudad, y con ello se ha nublado nuestra inteligencia para conservarlos como elementos naturales que brindarían un sólido valor patrimonial e inmobiliario a los espacios urbanos. Nos guió, y nos guía todavía, la falsa modernidad basada en destruir todo vestigio de naturaleza que se opone al predominio del automóvil. La prioridad de “más autos y menos agua” sigue determinando gran parte de las políticas públicas gubernamentales, pues continúan los entubamientos de ríos que, ya contaminados, en la parte baja se siguen transformando en modernas vialidades.

Es posible evitar que los ríos se conviertan en grandes vialidades simplemente entubando el agua negra del río, pero no para vialidades sino como drenaje paralelo; es decir, al lado o bajo el cauce, para que por dicho drenaje se canalice exclusivamente el agua negra. Posteriormente, el cauce sin agua negra se utilizaría con agua limpia, tratada o proveniente de sus partes altas. “Agua negra por agua limpia” y no agua por autos. Ese lema es parte de los nuevos caminos y nuevos paradigmas para fortalecer el equilibrio ecológico y la sustentabilidad de la ciudad. Para ello sólo habrá que poner un límite a las políticas públicas que continúan encapsulando en rígido concreto los ríos de agua negra para convertirlos en vialidades automotrices.

Cinco son las razones y los propósitos que fundamentan la urgente necesidad de instrumentar las acciones y los programas para restaurar los ríos, lagos y manantiales existentes aún en el valle y la cuenca de México, y que a continuación vamos a desarrollar.

Aminorar los riesgos de una futura inundación. Como lo hemos advertido en otros textos, existen posibilidades de que se produzca una nueva inundación general en la ciudad de México, una más de las 25 que ha sufrido la ciudad a lo largo de su historia. Esta nueva inundación será como las anteriores, producto de la saturación de agua pluvial en los conductos del drenaje, y será sin duda una catástrofe hidráulica de consecuencias irreversibles, a menos de que se inicie, en las partes altas de la cuenca, obras de retención y almacenamiento de agua de lluvia y de la de los 45 ríos que circundan la ciudad, la cual es actualmente enviada, casi en su totalidad, a los drenajes. La “abundancia de agua” no controlada al interior de la cuenca nos conduce día con día, reiteramos, hacia una crítica “vulnerabilidad hidráulica”, derivada de seguir enviando, sin retener, agua limpia a los drenajes. El volumen de agua utilizada en la ciudad, sumada a la que llueve, será cada vez mayor y, en consecuencia, los drenajes serán constantemente insuficientes para desalojarla fuera de dicha cuenca. Por tanto, el agua de los 45 ríos que desciende hacia las partes bajas, donde se encuentran los drenajes, debe reducir su volumen, para lo cual es necesario que se retenga, se almacene y se emplee en diversos usos.

Enfrentar la crítica escasez de agua. La ciudad de México tiene el mayor de los abastecimientos de agua del mundo: 72 000 litros por segundo, lo que equivale a 360 litros diarios por habitante; pero, desafortunadamente, padece también de los más elevados déficits de agua potable para sus habitantes, el cual se estima es sufrido por casi cinco millones de habitantes —de un total de 22. Hoy existe desabasto en zonas populares de Texcoco, Chimalhuacán, Chalco, Iztapalapa, Tlalpan, Magdalena Contreras, Álvaro Obregón y en las áreas urbanas de las sierras de Guadalupe y el Ajusco, así como en colonias centrales recientemente densificadas, como Portales, Álamos, Narvarte y del Valle. Mientras eso sucede, grandes cantidades de agua limpia y cristalina se desperdician al ser mezcladas con aguas negras de los drenajes urbanos. Por tanto, el agua limpia de los ríos, lagos y manantiales debe ser aprovechada para diversas actividades urbanas, como el riego de jardines, fuentes y albercas públicas, o bien ser distribuida para el consumo de amplios sectores de la población carentes de ella.

Reducir los hundimientos del subsuelo. Como es de conocimiento público, la parte central de la ciudad ha descendido casi diez metros a partir de 1900. Entre más agua se extrae del subsuelo, más se hunde la ciudad, con los consecuentes riesgos en las fracturas de los ductos de drenaje, agua potable e hidrocarburos, así como el aumento de agrietamientos y oquedades del subsuelo. Por ello se debe disminuir la extracción de agua y aprovechar paulatinamente la de los ríos, lagos y manantiales restaurados. Cada litro limpio de agua de los ríos, manantiales y de lluvia que evitemos se vaya al drenaje es un litro de agua que dejaremos de extraer del subsuelo, aminorando así el hundimiento que sufre desde hace tiempo la ciudad.

Reducir la insalubridad. La mayor parte de la extensión de los ríos convertidos en drenaje son cauces abiertos y por ello son focos permanentes de insalubridad para la población que radica, trabaja o transita en sus áreas adyacentes. Los mayores riesgos para la salud se presentan durante los meses de estiaje, de noviembre a mayo. Durante este periodo, los olores emanados de las aguas negras sin agua pluvial se han convertido en un problema ambiental que requiere urgente solución. El agua que corre por esos ríos contaminados durante la época de lluvias y de secas deberá ser tratada o canalizada en tubos adecuados para drenaje.

Aumentar el espacio público e incrementar la valorización inmobiliaria. Debido a los riesgos sanitarios y los desagradables olores del agua residual de los ríos y lagos contaminados, se le ha dado la espalda al implantar usos habitacionales, comerciales y hasta industriales. En consecuencia, es notorio el deterioro físico y ambiental de sus áreas aledañas, desvalorizándose su rentabilidad inmobiliaria. La transformación de agua negra en agua pura en los actuales ríos aún abiertos incrementaría notablemente los valores inmobiliarios de sus áreas adyacentes en un radio de un kilómetro a la redonda.

La ciudad se encuentra ubicada en la parte más baja de la cuenca de México y, por ende, en el delta de 45 ríos, catorce de ellos perennes, por los cuales desciende abundante agua de las partes altas de las montañas con endebles controles para su almacenamiento. Este fenómeno, imperceptible para la población y lamentablemente también para buena parte de las autoridades, es otro factor que incrementa los riesgos de una gran inundación; por tanto, controlar los descensos de agua de los ríos por medio de grandes o pequeñas nuevas presas representa otro reto a resolver en los próximos años. Cuando toca la ciudad el agua limpia de éstos y otros ríos que se forman en época de lluvia, el agua se vuelve mágicamente negra; es la magia del efímero interés inmobiliario que hace ciudad tomando los ríos como drenajes en lugar de destinar parte de sus rentables ganancias para construir redes de desalojo de sus propias aguas negras. Un río limpio convertido en drenaje representa la principal agresión del urbanismo contemporáneo contra la naturaleza. Tras permitir y hasta fomentar tal política pública, el Estado debería ahora suprimirla con leyes y acciones más estrictas y destinar recursos para la urgente restauración ambiental de los actuales ríos contaminados, como se hace en otras ciudades del mundo. La restauración de ríos, lagos y manantiales de la ciudad de México sólo será posible con decisiones del ámbito político y más sólidas organizaciones sociales que obliguen a emplear para ello parte suficiente de los millonarios recursos destinados a otras obras hidráulicas. Así se podrá transformar ríos y lagos de agua negra en ríos y lagos de agua limpia y cristalina, además de aprovechar el agua limpia de algunos manantiales que hoy se envía, sin darle uso alguno, a los drenajes, y se recuperaría nuestra memoria histórica, se aprovecharía el agua y se fortalecería la relación de la ciudad con la naturaleza.

Algunas propuestas de restauración

No son nuevas las propuestas de aprovechar y utilizar como fuente de abastecimiento el agua de los ríos, las presas y los lagos del valle y la cuenca de México; dicha opción fue planteada como viable desde mediados del siglo xx en un sólido estudio realizado por Fernando Hiriart, Gerardo Cruickshank y otros colaboradores. En esos tiempos, después de inaugurado el sistema Lerma, se debatía si era conveniente seguir importando agua de fuentes externas, como la presa Villa Victoria, situada entre la cuenca de Lerma, cercana a la del Cutzamala, ante lo cual este grupo de especialistas hidráulicos planteó que eso resultaba inadecuado, entre otras razones, por incosteable.

Se proponía, en cambio, aprovechar el agua de los siguientes ríos: Tlalnepantla, San Javier, Chico de los Remedios, Totolinga, Los Cuartos, Hondo, Tacubaya, Becerra, Mixcoac, Texcalatlaco y Magdalena, los “escurrimientos del poniente del valle incluyendo el río Tlalnepantla con gasto medio de 4.16 metros cúbicos por segundo […] y corrientes (superficiales) del río Hondo y el río Tlalnepantla con aportaciones anuales de 42 y 40 millones de metros cúbicos, respectivamente [que] produc[irían] el 60% de los escurrimientos de esta zona”. Además de cinco presas, planteaban, “hay que aprovechar las aguas almacenadas en las presas de Guadalupe y Concepción, construyendo un canal hasta el puerto de Barrientos, Estado de México, una planta de purificación en ese sitio, la planta de bombeo y el acueducto hasta llegar al cerro de la Villa, donde parece conveniente instalar el tanque de regularización y reserva […] además, las aguas controladas por las presas de Taxhimay, Requena y Tepuxtepec que pueden aprovisionar una población adicional de seis millones de habitantes”. La conclusión del estudio referido era, por tanto, aprovechar el considerable volumen de agua existente al interior de la cuenca de México, basado en la inconveniencia de importar agua desde la presa Villa Victoria por sus altos costos: “en la Cuenca del Valle de México se produce un total de escurrimientos primarios de cerca de 420 millones de metros cúbicos al año (unos 13.3 metros cúbicos por segundo) aprovechables en su mayor parte para el abastecimiento de aguas de la ciudad de México y demás poblaciones del valle […] egresan del valle más de 300 millones de metros cúbicos por año, que podían ser utilizados como abastecimiento del mismo […] El aprovechamiento de las aguas de Villa Victoria es el más costoso de los estudiados (0.26 pesos por metro cúbico) y por tanto, debe descartarse su uso, [mientras que] el agua de los ríos de la zona oeste del valle con tratamiento es de 0.15 pesos por metro cúbico, y las aguas de las presas Taxhimay y Requena de 0.16, y la de Tepuxtepec de 0.20”.

Estas conclusiones y recomendaciones se ignoraron debido, entre otras razones, al predominio de los intereses y las políticas hidráulicas de seguir importando agua mediante gigantescos conductos provenientes de regiones y cuencas cada vez más distantes. Como se sabe, pocos años después, hacia 1964, se iniciaron las perforaciones de 210 pozos profundos en la cuenca de Lerma, y a fines de los años setentas se iniciaron las obras del Sistema Cutzamala, captando no sólo el agua de la citada presa Villa Victoria, sino de cinco presas más de la región, dos de ellas en los territorios del estado de Michoacán. Todo esto sucedió a pesar de las recomendaciones técnicas sobre los menores costos que implicaba captar el agua de los ríos, presas y lagos de la cuenca de México.

Hoy, a más de medio siglo de publicado dicho estudio, aún se preserva agua limpia en los cauces altos de esos mismos ríos y en algunas de las presas y lagos propuestos para abastecer de agua a la ciudad de México. Aún es posible recuperar en el valle y la cuenca de México parte de esa riqueza lacustre marginada y desperdiciada por siglos. Por tanto, se propone aquí el aprovechamiento de ese agua mediante la restauración de los ríos, lagos y manantiales que a continuación se describen.

El río Magdalena. Es uno, pero no el único, de los ríos más caudalosos de la sierra sur-poniente de la ciudad de México, cuya restauración y recuperación, después de casi treinta años de olvido, vuelve a ser prioridad gubernamental. La historia de su recuperación inició durante el periodo sexenal de López Portillo, cuando se realizaron las primeras obras menores. Poco tiempo después, durante la administración presidencial de Carlos Salinas de Gortari y la jefatura local de Manuel Camacho Solís (de 1988 a 1993), se realizaron obras más significativas, como lo fue la construcción de ocho kilómetros de drenajes marginales, cuyo objetivo era eliminar las descargas de las aguas residuales. Por ejemplo, en la colonia La Concepción (calle Juan Álvarez), fueron ampliados en ese entonces los afluentes de agua negra provenientes del río Eslava, que a su vez descendían de los asentamientos ilegales aledaños a San Nicolás Totolapan. Sin embargo, después de instalar dichos drenajes marginales, en esos mismos tramos recuperados se comprobaron nuevas descargas residuales. La experiencia demostró que la simple construcción del drenaje “marginal o paralelo” no logró eliminar las descargas al río, pues no se acompañó de vigilancia permanente, lo cual provocó nuevas descargas en otros tramos.

Los años pasaron y la contaminación y el desperdicio de agua limpia del río Magdalena volvió al olvido. Hacia fines de 1997 este autor propuso públicamente nuevos trabajos de restauración, insistiendo en que el de Magdalena y otros más debían “ser restaurados y recuperados para aprovechar sus caudales. Con ello se lograría disminuir los presupuestos de las obras hidráulicas, la extracción del agua y sus consecuentes hundimientos del subsuelo y, sobre todo, disminuir el abastecimiento del agua de regiones lejanas, impidiendo la destrucción de sus economías agrícolas”. Diez años después, hacia principios de 2007, el Gobierno del Distrito Federal, por medio de la Secretaría del Medio Ambiente, inició los estudios del río, con la participación de la unam y la uam, para elaborar un Plan Maestro que, terminado en 2008, preveía concluir obras a fines de 2012. Se destacan en este plan dos parques públicos al lado del cauce, uno que va de Chimalistac a los Viveros de Coyoacán y otro en la zona llamada La Cañada o primer dínamo; tres plantas de tratamiento para producir “15 mil metros cúbicos de agua potable; restaurar la ex-hacienda La Cañada; colectores marginales; 19 hectáreas de áreas verdes y demás acciones de preservación y conservación de áreas boscosas, en coordinación con los núcleos agrarios de San Nicolás Totoloapan y la Magdalena Atlitic”.

En complemento a las propuestas gubernamentales antes mencionadas, se propone aquí además: a) construir una presa en el tramo donde el río conserva aún agua limpia para almacenar y aprovecharla en actividades agrarias y urbanas que, con base en la propuesta del ingeniero Alejandro Águila, se edificaría en el paraje conocido como “La Compuerta”, a 3 mil 430 metros de altitud, cercano a la cañada de Cuervos y los cerros de Libros y Las Campanas; b) colocación de sistemas de tratamiento de agua residual más adecuados entre el cuarto y el primer dínamo, donde existen instalaciones recreativas, deportivas y educativas; c) ampliar el volumen de agua potabilizada y tratada en las dos plantas existentes a la altura del primer dínamo. La capacidad actual en ambas es de 400 litros por segundo, por lo que se propone aumentarla a 2 mil; la cantidad de agua potabilizada y tratada en ellas es ínfima si la comparamos con el agua limpia que en época de lluvias continúa enviándose al drenaje; d) construir alrededor del primer dínamo una pequeña presa de almacenamiento de agua para utilizarla en actividades recreativas y urbanas. Cabe destacar que desde 1988 se propuso construir presas aledañas al cauce para almacenar y aprovechar dicha agua, pero desde entonces tal propuesta no ha sido incluida en los presupuestos públicos. Incluso en 1990, un documento oficial establecía que: “adicionalmente se construirán las presas de almacenamiento Magdalena y Eslava para un mejor aprovechamiento del agua de lluvia”. A veinte años, aún no se contemplan tales obras.

e) Salvar el río Magdalena adquiere su connotación más importante en los tramos abiertos, visiblemente contaminados; es aquí donde el proyecto requiere un mayor esfuerzo y prioridad presupuestal. Es necesario priorizar la restauración de los tramos con áreas aledañas densamente urbanizadas, ubicadas entre el pueblo de la Magdalena Contreras y el río Churubusco. A lo largo de estos tramos se debe construir un gran drenaje debajo del cauce actual para canalizar las descargas residuales y sobre ese cauce no canalizar autos, sino agua limpia y pluvial que sería almacenada en depósitos adecuados para su conservación y aprovechamiento en usos urbanos y recreativos. Si dispusiéramos de agua limpia en demasía y almacenada en las partes altas del río Magdalena, éste se podría conducir por medio de un pequeño acueducto hasta el cauce abierto en Chimalistac y Avenida Universidad, y así volveríamos a irrigar con agua del río Magdalena los verdes prados de los Viveros de Coyoacán; f) a partir del primer dínamo y hasta su conexión con el río Churubusco se deben instalar rejillas o “trampas” automatizadas para detener y retirar la basura que arrastra a fin de aminorar los riesgos de una eventual inundación en su conexión con el río Churubusco. Especial atención requiere la automatización de la más cercana al río Churubusco, debido a su ineficaz y limitado funcionamiento.

g) Por último, en el tramo de Insurgentes a Río Churubusco se proponen cinco opciones. La primera es construir un espejo de agua sobre el camellón de la calle Paseo del Río, en la colonia Chimalistac, incluyendo la restauración ambiental de las áreas verdes de dicho camellón. La segunda es instalar una planta de tratamiento en las instalaciones del Sistema de Aguas del D.F., ubicadas en el cruce de Miguel Ángel de Quevedo y Universidad. La tercera es, a propuesta de Horacio Lombardo, restaurar dos sistemas (cajas) derivadores del agua residual hacia los colectores, uno ubicado en las instalaciones de Guardias Presidenciales de la Avenida Universidad y el otro en los Viveros de Coyoacán, que se encuentran en la esquina de Avenida Universidad y Vito Alessio Robles. Esta propuesta incluye la revisión y valoración técnica del actual sistema de distribución de agua tratada de la zona, incluyendo la que abastece a dichos Viveros de Coyoacán. La cuarta opción es construir en la parte inferior del cauce existente entre la calle Francisco Sosa y la avenida Río Churubusco, un drenaje para canalizar exclusivamente aguas residuales y, arriba de dicho drenaje, canalizar agua tratada y pluvial proveniente de los escurrimientos naturales de la zona. Esta propuesta incluye la restauración ambiental de las áreas aledañas al tramo de cauce referido, incluyendo las pertenecientes a los Viveros de Coyoacán. La quinta y última es edificar en los alrededores de la confluencia de los cauces del río Magdalena y el río Churubusco, la infraestructura hidráulica de almacenamiento y distribución del agua tratada, que comprende las demasías desaprovechadas de agua tratada provenientes de la planta de Coyoacán, las cuales son enviadas actualmente al río-drenaje Churubusco —este agua debería ser destinada a usos directos e indirectos de los vecinos de las colonias El Carmen y el Condominio Viveros. Con tales obras se impediría y disminuiría el envío de agua gris (negra y blanca) al drenaje del río Churubusco en época de lluvias.

El río Tacubaya. Una parte pequeña de este río puede ser restaurada. Se trata del tramo, de aproximadamente un kilómetro, que va desde el límite oriente del conjunto inmobiliario de Santa Fe —precisamente donde existe la desembocadura del río— a la parte posterior de la iglesia de Santa Fe, donde está el manantial del mismo nombre y la ermita del siglo xvi denominada Gregorio López. El tramo en cuestión cruza los terrenos pertenecientes a la Casa del Agrónomo y recibe las descargas residuales de una parte del pueblo de Santa Fe. La propuesta de restauración consiste en convertir las actuales aguas residuales, grises y negras, que circulan por dicho tramo, en aguas blancas, ya sea tratándolas o bien obteniéndola de otras fuentes de abastecimiento, incluso probablemente la del propio manantial de Santa Fe. Para ello se proponen dos obras: a) instalar una planta de tratamiento en calidad secundaria al pie del cauce, en la desembocadura del conjunto inmobiliario de Santa Fe y, a partir de aquí, un drenaje marginal al cauce de un kilómetro de extensión hasta el manantial de Santa Fe; b) edificar, bajo el tramo del cauce referido, un drenaje para encausar exclusivamente el agua residual y destinar el cauce actual al paso de agua tratada, la pluvial y la excedente del manantial de Santa Fe. Los volúmenes de este agua limpia se agregarían al de la actual planta de tratamiento de la unidad habitacional ubicada en el área aledaña al cauce; y c) construir en la zona tanques de almacenamiento de agua tratada para canalizarla por gravedad a diversos usos urbanos o bien reinyectarla al acuífero.

El río Ameca-Canal de la Viga. La primera propuesta conceptual para restaurar y recuperar el río Ameca y el Canal de la Viga data de 1997 y fue formulada por el autor. Decía: “como se ha hecho con ríos abandonados en otras grandes ciudades del mundo, la ciudad de México puede contar nuevamente con un río limpio restaurando el Río Ameca, del cual se han entubado sólo diez de sus 72 kilómetros, correspondiente al Canal de la Viga. El resto permanece abierto, la mayor parte con aguas negras; una porción mínima fue recuperada hace unos años por el ddf. Para ello se requiere construir pequeñas plantas de tratamiento y drenajes paralelos que eliminen las descargas residuales en Amecameca, Tenango del Aire y Temamatla; y a partir de la Calzada Ermita habría que construir un canal no profundo, a lo largo del camellón de la actual calzada de la Viga, y continuarlo por Roldán hasta la acequia de Corregidora, al lado del Palacio Nacional”. Tiempo después, en 2004, hizo pública una segunda propuesta: “habría que construir un drenaje paralelo o debajo del río (Ameca) para eliminar las descargas residuales que se vierten a lo largo de su cauce aún abierto; y sobre él, una vez saneado, canalizar el agua de los deslaves de los volcanes complementada con el agua tratada de la planta del Cerro de la Estrella. Igualmente, en algunos tramos del camellón de la calzada de la Viga, habría que construir un canal de cinco metros de ancho que devuelva parte del paisaje lacustre perdido y a sus lados edificar áreas verdes, recreativas y gastronómicas”.

Sin embargo, cabría destacar que, desde principios de los noventas del siglo pasado y hasta los primeros años del siglo xxi, se realizaron diversas obras en algunos tramos del río, correspondientes al denominado Canal Nacional, como las efectuadas entre 1991 y 1993 por el entonces Departamento del Distrito Federal en zonas adyacentes al Parque Ecológico de Xochimilco, Tláhuac y Mixquic, la construcción de un drenaje paralelo a lo largo del tramo Tláhuac-Mixquic y el envío a sus zonas agrícolas de agua tratada proveniente de la planta del Cerro de la Estrella. Entre 1998 y 1999, la Delegación Iztapalapa prosiguió los trabajos con el apoyo de algunos vecinos; se rescató el tramo del Eje 3 oriente hasta la avenida Santa Ana y se continuó con un drenaje paralelo al cauce de 800 metros, además de habilitarse un corredor para deportistas. En 2004 la uam Xochimilco se sumó a los esfuerzos de recuperación, presentando públicamente un proyecto que contemplaba una extensión de doce kilómetros del mismo Canal Nacional y, finalmente, a partir de 2005 y hasta mediados de 2008, el Gobierno del Distrito Federal, con apoyo y participación de grupos vecinales, realizaron en el tramo de Paseo del Río y algunos otros de Canal Nacional, canalizaciones de agua tratada para mantener en lo posible ciertos niveles de saneamiento.

Por lo que respecta al tramo de la calzada de la Viga, en el año 2000 la Delegación Iztacalco hizo pública la propuesta de edificar en un tramo del camellón de dicha calzada un canal artificial con agua tratada, el cual no se realizó.

Las propuestas de restauración del río Ameca y el antiguo Canal de la Viga son las siguientes: a) edificar una presa de almacenamiento en las partes altas de la Sierra Nevada aledañas a los afluentes que originan el cauce principal; b) construir debajo del cauce del río Ameca un drenaje para recoger las aguas residuales que vierten en dicho cauce y la de los diversos poblados localizados entre Amecameca y Tláhuac y, posteriormente, realizar las adecuaciones en el cauce con el fin de canalizar exclusivamente agua limpia proveniente de los deslaves de los volcanes y los manantiales de la Sierra Nevada; y, c) convertir parte del actual camellón de la calzada de la Viga en un jardín lacustre horizontal, con un canal de agua tratada en la parte central.

El río Santo Desierto-Mixcoac. Con agua cristalina este río cruza el bosque del Desierto de los Leones, mas al descender a las zonas urbanizadas se mezcla con el agua negra de los drenajes. Por tanto, gran parte de su caudal contaminado con descargas residuales puede y debe de ser recuperado y aprovechado. Sorprende que las aguas limpias que pasan al lado del Convento del Desierto de los Leones desciendan las 24 horas de los 365 días del año para depositarse directamente tanto en las presas altamente contaminadas, como en fraccionamientos saturados de basura.

Al respecto, en el año 2005 apareció un modesto y desapercibido anuncio en la prensa, firmado por Marcela Gastélum y Laura Krieguer, que decía: “vecinos de San Ángel, hemos hecho infinidad de trámites ante la Delegación Álvaro Obregón para que se hagan labores de limpieza en el río ubicado en el cruce de calzada Desierto de los Leones y Ferrocarril de Cuernavaca, toda vez que quienes habitan entre las vías lo han convertido en un tiradero de basura. También se han realizado gestiones ante la Comisión Nacional del Agua, Secretaría del Medio Ambiente y la Procuraduría Federal del Medio Ambiente, sin tener respuesta […] Es urgente que lo limpien pues ya nos cansamos de tocar todas las puertas […] ¿Habrá alguna autoridad que quiera ayudarnos?”.

Se exponen aquí algunas propuestas para restaurar el río Santo Desierto: a) construir en la parte alta del río una presa grande de retención, almacenamiento y aprovechamiento de agua para destinarla a fortalecer labores del bosque e incrementar abastecimientos de los pueblos circundantes; b) instalar en los parajes turísticos pequeñas y medianas plantas de tratamiento y sistemas de tratamiento secundario de descargas al río; y c) en la zona densamente urbanizada, edificar un drenaje paralelo o subterráneo bajo el cauce para el agua residual y sobre dicho cauce canalizar el agua limpia y tratada (si la hubiera) proveniente de las partes altas.

El manantial Fuentes Brotantes. Dos propuestas: a) construir un almacenamiento para el agua excedente, precisamente antes de que se vierta al drenaje (parte baja de la avenida Fuentes Brotantes).

El destino del agua sería ampliar el sistema de distribución pública y gratuita a sectores de la población que carecen del servicio directo por tubería; y b) crear una empresa pública o cooperativa para envase y venta de agua embotellada del manantial Fuentes Brotantes para ofrecerla a bajos precios; la planta embotelladora podría instalarse en el área pública existente entre la fuente del manantial y el barrio La Fama.

El manantial Peña Pobre. También dos propuestas: a) edificar en el extremo norte del parque El Manantial un depósito para recuperar los excedentes de agua limpia con el propósito de almacenarla, aprovecharla y distribuirla —previa potabilización— en las colonias de Tlalpan que sufren desabasto permanente de agua potable; y b) creación de una empresa social o cooperativa encargada de la colocación, operación y administración de bebederos en espacios públicos, cuya agua proviniera de las demasías del manantial Peña Pobre.

El manantial Santa Fe. Simplemente construir en las actuales instalaciones del manantial a cargo del Gobierno del Distrito Federal un depósito más para almacenar y aprovechar las demasías de agua limpia, cristalina y pura que hoy se envía directamente al drenaje. Dicha canalización es abundante en época de lluvias, pero también en menor cantidad durante el estiaje, es decir, todo el año. Estas demasías de agua recuperadas del manantial Santa Fe alimentarían así el agua limpia del río Tacubaya, según nuestra propuesta de restauración ya mencionada.

Conclusiones

La ciudad pasa actualmente por una crisis de escasez de agua combinada con su abundancia; esta contradicción y paradoja hidráulica debe enfrentarse con un nuevo paradigma hidráulico basado en el aprovechamiento de los actuales recursos hídricos de la cuenca de México. Por eso el agua que cae del cielo, la que desciende por los ríos, y la que está en lagos y manantiales debe de ser destinada a la población que la demanda con el propósito también de evitar graves inundaciones.

En el marco de un escenario prospectivo, en los próximos 30 años, esto es hacia 2040, la ciudad de México se unirá con Pachuca, Toluca, Cuernavaca y Cuautla para crear una megalópolis de 35 millones de habitantes, que incrementará su abasto de agua de 72 a 115 metros cúbicos por segundo. Tal volumen no deberá provenir, como ahora, exclusivamente de la extracción del suelo y de las cuencas externas, simplemente por sus limitaciones técnicas y por los riesgos que han demostrado tales opciones; se tendrá que recurrir a nuevas formas de abastecimiento basadas en el aprovechamiento de agua de lluvia y la de los ríos que aún se conservan limpios en las partes altas de la cuenca y el valle de México, construyendo allí —como ya mencionamos— grandes, medianas y pequeñas presas, edificando además canalizaciones y almacenamientos de agua pluvial, principalmente en conjuntos habitacionales, e incrementando el tratamiento y reuso del agua.

Contar con éstos y otros paradigmas hidráulicos requiere un debate amplio, plural y respetuoso para que, además de evaluar con una visión institucional y académica las actuales concepciones, decisiones y políticas públicas sobre el agua, se cuente con un plan integral hidráulico de largo plazo que comprenda toda la cuenca y se evalúe además la necesidad de crear una sola empresa de agua —de carácter público, paraestatal y descentralizada, con un solo mando—, donde participen los distintos niveles de gobierno y se elimine la dispersión de enfoques y decisiones hidráulicas hasta hoy existente.

De no contar con nuevas políticas para el agua, la ciudad se encamina hacia una riesgosa vulnerabilidad hidráulica, donde se prevé —en el actual escenario del cambio climático—, desastres mayores por hundimientos, más escasez y disputas violentas por el líquido e inundaciones severas. Tenemos aún tiempo de evitarlos siempre y cuando las recientes instancias legislativas asuman también un papel distinto, que es el de diseñar y elaborar, con sus propias concepciones, nuevas políticas públicas para que sean ejecutadas de manera coordinada entre sí por el Gobierno del Distrito Federal, el Gobierno Federal y su Comisión Nacional del Agua, y los gobiernos de los Estados de México e Hidalgo. Pero, sobre todo, lo evitaremos si acrecentamos nuestra participación como comunidad académica, científica y tecnológica, y si los ciudadanos organizados política y socialmente no disminuimos nuestro anhelo de construir una ciudad donde no se reparta la pobreza del agua, sino que se administre con equidad la riqueza y abundancia que aún tenemos en ríos, lagos y manantiales del valle y la cuenca de México.

articulos
Nota

Este artículo fue elaborado con fragmentos de textos del libro de Jorge Legorreta: Ríos, lagos y manantiales del Va-lle de México, Universidad Autónoma Metropolitana, 2009, al cual remitimos al lector para profundizar sobre el tema.
 
 
 
Referencias bibliográficas
DDF. 1975. Memoria de las obras del Sistema de Drenaje Profundo del D.F. 4 tomos. México.
Hiriart, Fernando, Gerardo Cruickshank, Raúl Marsal y Fernando Key. 1952. Contribución de la cfe a la solución del problema de abastecimiento de agua a la ciudad de México. Imprenta CFE( segunda edición, CFE, Instituto de Ingeniería, unam, México, 2003).
Legorreta, Jorge. 2006. El agua y la ciudad de México. De Tenochtitlan a la megalópolis del siglo xxi. uam Azcapotzalco, México.
___________. 1997. “Un río limpio en la ciudad de México”, en La Jornada, 7 febrero.
___________. 1997. “El río Magdalena”, en La Jornada, 14 agosto.
___________. 2004. III Congreso de Cronistas, ponencia magistral. México.
Sanders, William, Jeffrey Parsons y Robert Santley. 1979. The Basin of México. Ecological Processes in the Evolution of a Civilization. Academic Press Inc. Nueva York.

     
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Jorge Legorreta
Universidad Autónoma Metropolitana, Azcapotzalco.
Jorge Legorreta Gutiérrez, arquitecto, sociólogo y urbanista mexicano, egresado del IPN, obtuvo una Maestría en Sociología y un Doctorado en Urbanismo en la UAM, y realizó una especialización en Planificación Urbana en la antigua República Democrática Alemana. Ha sido uno de los principales investigadores sobre la relación de la Ciudad de México con su anterior entorno lacustre y la problemática sobre el manejo de sus recursos hídricos.
     
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como citar este artículo
Legorreta, Jorge. (2013). Los ríos de la cuidad de México: pasado, presente y futuro. Ciencias 107-108, julio 2012-febrero 2013, 18-32. [En línea]
     

 

 

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Delfín Montañana y Natalia Gálvez
     
               
               
Durante miles de años la humanidad ha logrado avanzar
en la carrera por sobrevivir gracias a la enorme capacidad que tiene la especie humana para desarrollar herramientas de conocimiento que le permiten adaptarse a condiciones adversas por medio del desarrollo de distintas tecnologías con las que modifica el entorno que le rodea. A nuestro parecer, es ahora, más que nunca antes en la historia, que dichas capacidades están siendo puestas a prueba y sabremos si el ingenio característico de nuestra especie logra librarnos de la difícil situación socioambiental en la que nosotros mismos nos hemos metido.

Derivado de lo anterior, pareciera que todas y cada una de las estructuras tangibles e intangibles diseñadas por nuestras sociedades se encuentran cercanas a los límites de sus propios paradigmas. A todo el rededor del mundo las principales disciplinas de diseño se encuentran bajo un profundo proceso de cuestionamiento, tal vez en búsqueda de nuevas soluciones para una realidad a la que ya no alcanzan a dar respuesta. Si partimos de la premisa de que todo en este mundo que hemos creado y del cual nos hemos rodeado ha tenido que ser diseñado por alguna mente humana, podemos considerar que no sólo el problema está en el diseño, sino que también la solución radica, en gran medida, en la capacidad que tengamos de transformar la forma en que diseñamos las cosas y el propósito que perseguimos al hacerlo.

No cabe duda de que, en la actualidad, disciplinas como la arquitectura, las ingenierías, el diseño industrial, la economía y demás áreas del conocimiento encargadas de diseñar el mundo producido por la humanidad, están atravesando un momento de rompimiento y análisis de los fundamentos teóricos que las sostienen.

También es claro que la profundidad del cuestionamiento que nos exige la realidad no puede ser respondida de manera satisfactoria si seguimos atacando los problemas que enfrentamos en forma aislada a través de los silos de conocimiento propios de cada disciplina. Cada vez es más frecuente encontramos con el fenómeno de la íntima convergencia de distintas disciplinas, en la multidisciplina, donde logramos tener a distintos especialistas pensando en un mismo problema, o en la interdisciplina, en la que dichos especialistas no sólo se sientan juntos y comienzan diálogos y conversaciones, cada cual con su propio lenguaje técnico, sino buscando en conjunto la respuesta a un problema en común. Hoy dichas barreras del lenguaje y del conocimiento se empiezan a desvanecer sin que esto signifique que lleguen a desaparecer, emergiendo una nueva forma de colaboración: el trabajo trans
disciplinario. Pareciera que cuanto más hemos podido avanzar en la generación de complejidad en el mundo del cual hemos decidido rodearnos, más podemos observar la necesaria complementaridad e interdependencia de distintas áreas del conocimiento con las que lo hemos creado.

Una de las áreas que, en particular, comienzan a incluir de manera más acelerada diferentes disciplinas en su quehacer cotidiano es la del urbanismo, dedicada al entendimiento y determinación del desarrollo y diseño de las ciudades que habitamos. Y no parece ser un desacierto si tomamos en cuenta que son las grandes urbes del mundo las principales responsables de la creciente demanda de recursos y de la paulatina pérdida de hábitat natural derivada de su continua expansión. Ya se ha pronosticado que, en escasos treinta años, 80% de la humanidad habitará en asentamientos de tipo urbano y dichas aglomeraciones ocuparan tan sólo 2.7% de la superficie terrestre, pero demandarán satisfactores para sus necesidades a la restante área planetaria sin urbanizar.

Entre las últimas teorías de diseño y desarrollo que han logrado generar soluciones plausibles a los problemas actuales en el entorno urbano se encuentra la del “Diseño y desarrollo regenerativos”, que no sólo es eminentemente un quehacer transdisciplinario sino que también aborda de manera integral y holística el proceso urbano. Su punto de partida es el conocimiento y análisis necesarios para la toma de decisiones respecto de lo urbano, pero siempre desde el entendimiento profundo del sistema que le ha dado origen y brinda sostén y que, sobre todo, le ha permitido constituirse como una expresión única e irrepetible propia del lugar en el que se encuentra.

El proceso de entendimiento tan característico de la teoría regenerativa de diseño y desarrollo deriva de un método que, de manera integral, cruza diferentes niveles y escalas a lo largo de la historia del lugar en el que se encuentra algún centro o asentamiento humano. Esto se puede apreciar claramente al analizar el caso de la ciudad de México, cuya transformación en lo que ahora conocemos como una de las mas grandes megalópolis del mundo es de gran interés para comprenderla a fondo.

Geología

Para empezar este viaje de entendimiento tendremos que adentrarnos en el origen primigenio de la superficie terrestre en la que algunos millones de años después existiría nuestra ciudad capital, es decir, el proceso geológico. En primera instancia, éste dio origen a la región geográfica ahora conocida como Eje Neovolcánico Transversal, que posteriormente derivó en la formación de la cuenca de Anáhuac y, como su nombre lo indica, es una cordillera que cruza de manera transversal la parte central del país, compuesta en su totalidad por estructuras derivadas de una intensa actividad volcánica. En él se encuentran tanto las mayores elevaciones montañosas del país como numerosos cuerpos volcánicos de menor tamaño y su origen se remonta a la intensa actividad tectónica ocurrida en la primer época del periodo Terciario de la era Cenozoica, hace aproximadamente 55 millones de años.

En este sistema montañoso, aproximadamente hace 38 millones de años, surgió el Grupo Balsas que dio origen a la región hidrológica del mismo nombre y de la cual era parte la cuenca de Anáhuac. Durante millones de años la actividad volcánica continuó siendo sumamente intensa y no fue sino hasta el Plioceno, a finales del periodo Terciario y principios del Pleistoceno —primera época del periodo Cuaternario, aproximadamente cuatro millones de años atrás—, que la actividad tectónica generó la Sierra de Chichinautzin, donde se encuentra el Ajusco, y posteriormente las últimas formaciones de la Sierra Nevada, en donde se encuentran el Iztaccihuatl y el Popocatepetl. El proceso culminó entre un millón de años y 600 mil años atrás con el cierre de la cuenca de Anáhuac, convirtiéndola en una cuenca endorreica (sin salida o contacto de drenaje o escurrimientos con el mar) y separándola de la del Balsas durante el proceso geológico que daría la forma actual a la región.

El cierre de la cuenca de Anáhuac derivó en la formación de un sistema fisiográfico distinto, en el cual se distingue una importante columna de hasta más de mil metros de profundidad compuesta por materiales de origen volcánico y arcillosos en la base y en la parte media de gravas originadas por la actividad volcánica posterior al cierre de la cuenca. El todo cubierto por capas de arrastres aluviales (originados por escurrimientos de agua) y materiales de depósitos lacustres.

En resumen, el origen de la cuenca de Anáhuac, donde está asentada la ciudad de México, no ha sido producto de un solo evento geológico, aunque la mayor parte del territorio se configuró en el Cenozoico (aproximadamente hace 63 millones de años). Los eventos más recientes datan del cuaternario, cuando ya comienza la formación de suelo a partir de la roca madre volcánica y de una configuración especial de actividades volcánicas y sedimentación de material poco consolidado en la cuenca. En el último periodo se creó un cuenco o presa natural que fue rellenada o azolvada por cenizas volcánicas derivadas de las mismas erupciones que dieron origen a la serranía. Durante el largo proceso de sedimentación de la parte baja de la cuenca se formaron suelos compactos y permeables, de grandes profundidades, cubiertos por los materiales impermeables de la superficie lacustre de hasta ochenta metros de espesor en las zonas más profundas, generando extensas planicies en el fondo de un valle montañoso.

En términos fisiográficos, la parte baja de la Cuenca de Anáhuac está situada entre 2 200 y 2 400 metros sobre el nivel del mar. El límite norte está dado por la Sierra de Guadalupe y el Cerro del Tepeyac, en donde uno de los elementos más representativos es el cerro del Chiquihuite. Hacia el centro-oriente se localiza la Sierra de Santa Catarina, cuyo Volcán de Guadalupe o El Borrego es el más alto (2 780 metros). La Planicie es interrumpida por pequeños cerros y lomeríos; al este se destacan El Peñón de los Baños y El Peñón Viejo, en el extremo oeste se eleva el Cerro de Chapultepec, que da inicio a la cordillera de la Sierra de las Cruces, la cual corre por todo el poniente hasta el sur, separando la cuenca de Anáhuac de los Valles de Toluca, al poniente, y del de Cuernavaca Morelos, por su conexión con el Ajusco al sur-poniente y el Sistema Chichinautzin al sur.

Hacia el norte, la cuenca llega hasta el valle de Pachuca en el estado de Hidalgo, y entre este punto y el valle de Cuautitlán no se encuentran elevaciones importantes. La cuenca está conformada por cuatro planicies conocidas como valles: el Valle de México al sur, al noroeste el de Cuautitlán, al norponiente el de Apan y al norte el de Tizayuca. Una característica importante de esta cuenca es que las sierras que dividen dichos valles son discontinuas y nunca cierran por completo la conexión entre los valles.

Hidrología

En términos de la hidrología de la cuenca, comúnmente se piensa que en la parte central existían cinco lagos: Zumpago, Xaltocan, Texcoco, Xochimilco y Chalco. La realidad es que estos cuerpos de agua no califican por completo para ser lagos, ya que la dinámica hidrológica de la cual derivan pertenece más a un sistema de humedales y zonas pantanosas que se anegaban en época de lluvias debido a que el nivel freático sobrepasaba el nivel de la superficie del suelo, así que la zona lacustre no se llenaba por la acción de la precipitación pluvial directamente, sino por el aumento del agua filtrada por las montañas al manto acuífero que incrementaba el nivel freático hasta hacer que el agua emergiera del subsuelo, cubriendo la superficie del terreno.

De esta manera, en época de lluvias, los cinco cuerpos de agua que se encontraban separados terminaban uniéndose en un solo continuo superficial de agua, fragmentándose nuevamente en época de secas, dejando en los puntos medios grandes áreas de pantanos y humedales. La principal razón para que este sistema lacustre funcionara así proviene de la característica historia geológica que le antecedió. La peculiar mezcla de componentes volcánicos, cenizas, arenas, gravas y materiales de arrastre que produjeron el azolve del cuenco rodeado de volcanes, permitieron que durante aproximadamente los últimos 600 mil años, desde el cierre de la cuenca, dicha zona acumulara y captara el agua que llega a ella en una especie de esponja que absorbe agua sin cesar.

La zona lacustre es además alimentada por alrededor de catorce ríos perennes que nacen en las partes altas de las montañas y 31 ríos más, formados de mayo a octubre durante las lluvias, que se conectan con los cuerpos de agua ubicados en la parte mas baja del sistema, donde actualmente se ubica la ciudad de México. El agua de dichos ríos forma en la parte baja de la cuenca cuatro áreas lacustres: la primera situada en el valle de México, que se integró con los antiguos lagos de Chalco, Xochimilco, Texcoco, San Cristobal, Xaltocan y Zumpango; las otras tres son las ya mencionadas lagunas de Tochac, Apan y Tecocomulco, aún existentes. De la superficie total de la cuenca, la mayor parte, 50%, pertenece al Estado de México (4 800 kilómetros cuadrados), 26.5% a Hidalgo, 13.8% al Distrito Federal, 8.7% a Tlaxcala y 1% a Puebla.

Cuando los conquistadores españoles vieron este lugar, pensaron inmediatamente en el único referente de sistema hidrológico que conocían, por lo que lo describieron como un lago, como la Venecia de las Américas, una impresionante y majestuosa ciudad flotante que encontraron al centro de la cuenca y que entonces era llamada la Gran Tenochtitlán.

Biología

Si observamos un lugar como el resultado de una secuencia de sucesos geológicos a la que siguen los flujos hidrológicos, su conjunción determina el asentamiento de las especies biológicas, ya que éstas establecen de manera inicial el acceso a recursos como el suelo o las pendientes, así como el acceso al agua. En la cuenca de Anáhuac se conformó una gran variedad de ambientes: zonas húmedas que daban lugar a complejos sistemas de humedales, pantanos y ecosistemas acuáticos llenos de peces, tanto de agua dulce como salada por las diferencias en los sustratos de los distintos cuerpos de agua, mientras que las laderas de las montañas, llenas de cañadas, eran surcadas por ríos que mantenían distintos tipos de bosques, en donde crecían fresnos, liquidámbar, ailes, encinos y pinos en las partes altas, los cuales hacían contraste con los ahuejotes y ahuehuetes que dominaban las zonas cercanas a los cuerpos de agua. Estas comunidades vegetales permitían la presencia de una innumerable cantidad de especies de animales, entre las que se destacan venados, pumas, coyotes, quizás el lobo mexicano, armadillos, tlacuaches, ardillas, águilas, palomas, garzas y otras aves migratorias propias de zonas lacustres.

Los primeros asentamientos humanos

Debido a su privilegiada ubicación y sus abundantes recursos hídricos, la zona del valle de México lleva siglos ocupada por asentamientos humanos. Se dice que a principios del siglo xvi, en la cuenca de México había un millón de habitantes.

Los mexicas y las demás civilizaciones que se asentaron alrededor de la cuenca basaron el diseño de sus ciudades en un profundo entendimiento de los procesos naturales y del flujo hidrológico de la misma. Se dice que la mayoría de las viviendas eran construidas en pilas de madera enterradas en el agua. Por medio de la construcción de islas artificiales, crearon canales, calles, acueductos, y magníficos templos, conectando así los diferentes lagos.

En esa época las chinampas sustentaban buena parte de la alimentación de esta zona, diseñadas como un sistema de parcelas de tierra artificialmente construidas en los lagos bajos, sostenidas primeramente por varas y troncos de madera y por las raíces que estos últimos generaban. Los lagos de Xochimilco y Chalco, al sur de la cuenca, eran los mejores para las chinampas, ya que se abastecían de múltiples riachuelos de agua dulce que posteriormente drenaban hacia el Lago de Texcoco.

Desde aquellos tiempos las inundaciones eran un problema regular en el valle de México. Todo el agua que bajaba de las montañas se juntaba con la pluvial (la zona tiene uno de los índices más altos de precipitación anual). Los mexicas temían que en una inundación el agua salada del lago de Texcoco se mezclara con las aguas dulces del sur, desabasteciéndolos de agua fresca y afectando terriblemente sus cosechas. Debido a este temor crearon un avanzado sistema del manejo de agua por medio de diques, los cuales no sólo evitaban las inundaciones, sino que también regulaban los niveles de los distintos lagos por medio de un drene natural, canalizando los ríos, creando canales y zanjas que servían para la irrigación, navegación y transporte acuático, y conectando toda la zona del lago por medio de un complejo sistema de control hidráulico que los abastecía de agua fresca y los ayudaba a cosechar sus alimentos.

Tenochtitlan se encontraba en la laguna de agua dulce, separada de la salada del lago de Texcoco por un gran dique que Nezahualcóyotl construyó en tiempos de Moctezuma Ilhuicamina. La zona del lago comprendía dos kilómetros cuadrados y 50% de ella estaba cubierta de agua. Localizado en el punto más bajo del valle, Texcoco recibía el afluente pluvial así como el agua de todos los ríos que venía del sur y el poniente, por lo que en época de lluvia, cuando el sistema hídrico funcionaba de manera regular, su nivel de salobridad se reducía notablemente.


El desecamiento de la cuenca

Cuando los Españoles llegaron a Tenochtitlan por primera vez en 1517, describieron la ciudad con absoluto asombro, como una provincia redonda cercada por altas sierras, con cuatro calzadas de entrada por medio de puentes de madera, todas hechas a mano, tan grande como la ciudad de Sevilla o Córdoba, con calles muy derechas y la mitad de ellas de agua, por las cuales se transitaba con canoas. La variedad de productos y la organización de los mercados, así como la de la ciudad, maravilló a los europeos.

El manejo del agua juega un papel clave en la conquista. Los accesos controlados por medio de puentes, que fueron diseñados para defenderse de invasores, más tarde servirían para sitiar a los Aztecas en su propia ciudad. Después de la conquista, ignorando por completo la complejidad del sistema hídrico desarrollado por los mexicas, los españoles edificaron entre 1521 y 1527, bajo las ordenes de Cortés, los primeros canales convertidos en calles para así poder lograr más ventaja en la repartición de tierras.

En 1586, una gran inundación hace que los canales y ríos se desborden. En 1604, otra gran inundación producida por la lluvia acongoja al valle; los españoles entonces se ven obligados a reforzar el sistema de diques creado por Nezahualcoyotl, en específico el dique que iba de Tepeyac a Guadalupe en Texcoco.

La primera obra hidráulica de mayor escala en la Nueva España se proyecta en 1607: el túnel de Huehuetoca, con siete kilómetros de largo y cincuenta metros de profundidad, construido para desaguar y tratar de prevenir inundaciones. Sin embargo, rápidamente fue insuficiente, pero además es la causa de que la ciudad se inunde entre 1629 y 1634, el periodo más prolongado de inundación hasta la fecha. Aun así, tras la independencia, la ideología europea de entubar y tapar canales y ríos para convertirlos en calles se siguió replicando durante los siglos xix y xx.

Así, tres siglos más tarde, en 1938, el arquitecto Carlos Contreras propone edificar un anillo de circulación sobre los ríos La Piedad, Consulado y Verónica. El cambio de cultura impuesto por la conquista había convertido los canales de la ciudad en desagües de aguas negras —situación que prevalece hasta la fecha—, cuya insalubridad, a cielo abierto, representaba un riesgo para la ciudad, por lo cual la solución más sencilla parecía esconderlos y mantenerlos como drenaje. El régimen cardenista impide dichos cambios al paisaje natural de México, pero los modelos presidenciales que lo suceden permiten que en 1952 se inaugure sobre el río La Piedad el Viaducto Miguel Alemán.

A partir de entonces, la tendencia en todo el país a entubar ríos, reemplazándolos por avenidas, se acrecenta, manteniendo de alguna manera los patrones de los ecosistemas naturales, ya que la movilidad vial sigue el camino del río. No obstante, éste pasa a un segundo plano, se vuelve casi imperceptible. Para 1964 ya se había entubado ochenta kilómetros de los ríos Churubusco, Magdalena, San Ángel, Tequilazco, Barranca del Muerto, La Piedad, Becerra, Tacubaya, Consulado, San Joaquín y Miramontes, dando paso al nuevo sistema vial del Distrito Federal e ignorando por completo el deterioro ambiental que, posteriormente, conllevará al estado actual de nuestra calidad de agua.

Décadas después de su entubamiento y uso como desagüe, varios de los ríos de México siguen naciendo cristalinos en las montañas, pero al tocar la mancha urbana se suman a la red de drenaje de la ciudad. Se estima que 4 465 kilómetros cuadrados de la cuenca, casi la mitad de su extensión, son terrenos montañosos con pendiente superior a 15° y ubicados a más de 2 250 metros de altitud. Debido a la altura, el abastecimiento de agua se vuelve prácticamente imposible, motivo por el cual casi la mitad de la cuenca no se encuentra urbanizada.

La cuenca de Anáhuac es un territorio privilegiado en cuestión hídrica por la considerable precipitación anual que prevalece en ella. Lamentablemente, esta agua se desperdicia en el momento en que se combina con las aguas negras, además que, debido a la creciente urbanización, cada vez hay menos infiltración al subsuelo y nuestros recursos se agotan de manera veloz. Aunado a esto, el agua que consume el Distrito Federal se extrae actualmente del subsuelo y se bombea de otras cuencas. En pleno siglo xxi replicamos sistemas de hace más de tres siglos.

Para solucionar los problemas hídricos urbanos a largo plazo debemos de plantear un cambio social en nuestra relación con el agua. El trabajo empieza cuenca arriba, donde nuestros ríos todavía nacen cristalinos y el ecosistema persiste. La nueva infraestructura planteada debe ser trasformativa para así poder frenar por completo los patrones degenerativos que hemos replicado hasta ahora. Debemos de trabajar en nuestras barrancas y ríos, sólo así podremos generar el balance hídrico necesario para la abastecimiento de agua de la ciudad a largo plazo.

articulos
Referencias bibliográficas
Legorreta, Jorge. Ríos, lagos y manantiales del Valle de México. México, Universidad Autónoma Metropolitana, 2009.
Muñoz, Peter. Natural Systems International. nsi.
Nicolau D’Olwer, Luis. 1981. Cronistas de las culturas precolombinas. Lito Ediciones Olimpia, Sevilla.
semarnat. 2008. The Lake Texcoco Project. México.

     
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Delfín Montañana
Taller 13, Arquitectura Regenerativa

Biólogo, consultor ambiental. Biólogo por la Facultad de Ciencias de la Universidad Nacional Autónoma de México y egresado de la Maestría en Proyectos para el Desarrollo Urbano de la Universidad Iberoamericana.
 
Natalia Gálvez Farías
Taller 13, Arquitectura Regenerativa
Es arquitecta egresada de la Universidad Iberoamericana y actualmente cursa el posgrado en Urbanismo en la UNAM, en el área de economía política. Es docente en el taller integral de primer semestre de la carrera de arquitectura de la Universidad Iberoamericana.
     
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como citar este artículo
 
Montañana, Delfín y Natalia Gálvez. (2013). El sistema hídrico de la ciudad de México. Ciencias 107-108, julio 2012-febrero 2013, pp. 4-13. [En línea]
     

 

 

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