revista de cultura científica FACULTAD DE CIENCIAS, UNIVERSIDAD NACIONAL AUTÓNOMA DE MÉXICO
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Algas y humedales de Quintana Roo
 
 
 
Eberto Novelo y Rosaluz Tavera S.
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En la península de Yucatán la cultura maya logró su desarrollo más notable con una economía basada principalmente en la agricultura. El modelo de milpas con roza-tumba y quema como sistema agrícola no explica cabalmente la densidad poblacional alcanzada desde el período preclásico en la península (400 a.d.e.), por lo que seguramente existieron otros sistemas agricolas complementarios, especialmente en las áreas con suelos poco profundos y poca agua accesible durante todo el año.
 
 
Hay evidencias de la existencia de poblaciones mayas del preclásico en algunas zonas de humedales de la península. En especial en la región de Yalahau, en Quintana Roo, los restos de construcciones permiten suponer algún tipo de manejo del agua de estas zonas.
 
 
 
En los humedales, las épocas seca y anegada tienen rasgos muy diferentes en el panorama vegetal, tanto que pueden considerarse una transición entre sistemas terrestres y acuáticos. En éstos, la persistencia del sistema terrestre o anegado es variable y depende de la topografía del terreno, del grado de permeabilidad del suelo, del origen del aporte principal del agua y de la lluvia.
 
 
 
La porción NE de Quintana Roo presenta vastos humedales en comunidades vegetales como selvas medianas, tintales y sabanas en las que el sustrato está cubierto por crecimientos algales. Debido a la topografía cártsica (rocas carbonatadas con alta densidad de cenotes profundos), la disponibilidad de agua se limita al período en el que la sabana permanece inundada; y en el período de secas, a la retención del agua en esos cenotes. También influyen los nortes y huracanes, pero en todo caso, la escasez del agua durante ocho meses y la falta de suelo, también debida al tipo de sustrato, hacen difícil explicar cómo esta región de la península pudo haber soportado la vasta población maya arriba mencionada.
 
 
 
Hemos estudiado los humedales de esta zona en la Reserva Ecológica El Edén (21° 13’ N y 87° 11’ O, cerca de Cancún) y sabemos que permanecen anegados al menos durante cuatro meses del año. En el período de lluvias, que marca el inicio de inundación del humedal, las algas proliferan abundantemente como perifiton (alrededor de macrofitas), epifiton (sobre macrofitas), plocon (masas sobrepuestas al sustrato), rizobentos (ancladas en el sustrato) y fitoplancton (organismos siempre libres).
 
 
 
Durante la época seca, las plantas vasculares alrededor de las cuales crecen las algas, también presentan un aspecto deteriorado, con estrés hídrico y algunas con sus tallos y hojas secos que yacen sobre el suelo. Los crecimientos de algas al secarse permanecen como una costra quebradiza de color grisáceo, de modo que la superficie del suelo queda cubierta por una costra que mezcla detritus vegetales con restos de algas.
 
 
 
La composición algal en El Edén alcanza cerca de 200 especies; muchas de ellas se comportan de manera especial en los humedales, tanto por las condiciones ambientales, como por las asociaciones que se establecen durante el ciclo hídrico. Así, en las primeras etapas de inundación proliferan algas afines a microcondiciones ácidas (producto de la descomposición rápida de la hojarasca); posteriormente proliferan especies afines a condiciones neutras o alcalinas y que son las que determinan el paisaje descrito para la época de secas. En estos últimos crecimientos, sobre una trama de vainas mucilaginosas vacías y rehidratadas, son abundantes las cyanoprokaryotes filamentosas, fijadoras de nitrógeno y unicelulares productoras de mucílagos abundantes y densos. Los crecimientos algales como las costras, desempeñan un papel preponderante porque regulan el paso de nutrientes entre el sustrato, los sedimentos y el agua. En el período de inundación, las algas asimilan nutrientes e incrementan su biomasa. Al final de este período, que es progresivo, los crecimientos algales liberan los nutrientes al sustrato de manera regulada dependiendo de las especies que las constituyen: pueden fijar nitrógeno, carbono e incorporar fósforo en tasas variables, o pueden producir una microzona anaeróbica en la interfase agua-sedimento, que entonces previene la liberación de nutrientes del suelo. De este modo, otros organismos (macrofitas y heterótrofos) dependen de las algas para la obtención de nutrientes.
 
 
 
Lo anterior explica por qué los humedales tienen una tasa más alta de actividad biológica que la mayoría de los ecosistemas y por tanto una productividad primaria neta muy alta. En términos ecológicos, así podemos explicarnos el mantenimiento de la rica cobertura vegetal, pero en términos antropológicos no es tan fácil explicar una agricultura intensiva porque el sustento de los cultivos requiere de un suelo y su manejo adecuado para obtener una cosecha productiva.
 
 
Algunos investigadores, como  Arturo Gómez-Pompa y Scott Fedick, de la  Universidad de California en Riverside, piensan que es posible que los mayas agregaran las costras de algas al suelo acumulado en algunas depresiones que destinaban para siembra, las cuales enriquecían el suelo a manera de abono verde. Las investigaciones que han realizado  Ana Luisa Anaya y Sergio Palacios, de la unam, han probado que la adición de costras algales colectadas en El Edén tiene un efecto positivo en el crecimiento de cultivos de lechuga, maíz y jitomate, aun comparándolo con cultivos en los que se utilizó sulfato de amonio como fertilizante.
 
 
 
No puede confirmarse que los mayas hayan tenido un manejo de recursos como el que se ha propuesto, pero se ha comprobado en otros ecosistemas que las algas también participan en la formación de suelo de otras maneras: fijan carbono, cohesionan partículas, favorecen o inhiben la germinación de ciertas plantas, mantienen más tiempo la humedad captada durante la noche y por tanto evitan un calentamiento alto del suelo, entre otras cosas. Una de las pruebas más contundentes al respecto es el enriquecimiento con nitrógeno de suelos en los que se cultiva arroz previamente inoculados con cianoprokariotes, pues muchas especies de este grupo son fijadoras de nitrógeno.
 
 
 
En resumen, las algas no sólo son importantes en la ecología de los humedales, también pueden ser una parte importante de la historia de la cultura maya y quizá se conviertan en una alternativa agroecológica para cultivos en zonas con suelos pobres si la investigación interdisciplinaria marca las pautas de obtención masiva de crecimientos algales sin modificar el paisaje y la ecología de los humedales.Chivi55
Referencias bibliográficas
 
Carlton, R.G. y R.G. Wetzel, 1988,
“Phosphorus flux from lake sediments: effect of epipelic algal oxygen production.” Limnol. Oceanogr. 33 (4 part 1): 562 - 570.
 
El Edén web site: http://maya.ucr.edu/pril/el_eden/Home.html.
Fedick, Scott L., 1998. “Ancient maya use of wetlands in Northern Quintana Roo, Mexico”, en: Bernick, K. (Ed.) Hidden Dimensions: The cultural significance of wetland archaeology. UBC Press. Vancouver.
pp. 107-129.
Kadlec, R.H. y R.L. Knight, 1996, Treatment Wetlands. CRC Lewis Pub. Boca Ratón. 893 pp.
Vymazal, J., 1995, Algae and element cycling in wetlands. CRC Lewis Pub. Boca Raton. 689 pp.
Eberto Novelo
Facultad de Ciencias,
Universidad Nacional Autónoma de México.
 
 
Rosa Luz Tavera S.
Facultad de Ciencias,
Universidad Nacional Autónoma de México.
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como citar este artículo

Novelo, Eberto y Tavera S., RosaLuz. (1999). Algas y humedales de Quintana Roo. Ciencias 55, julio-diciembre, 44- 45. [En línea]
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La cocinera atrevida
(breve autoentrevista culinaria)
 
 
 
Lourdes Hernández
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Telefoneé a la Cocinera y le solicité una entrevista telefónica. Sólo serían tres preguntas; ella accedió.
 
 
—¿Cuáles son las relaciones y las coincidencias entre la comida y el amor?
 
—Me temo no poder responder esa pregunta. Cocinar y amar son verbos que se me confunden, uno sobre el otro, el otro en el uno; términos indisolubles del abecé de mi vida.
“Hago el amor cocinando y soy hambrienta y exigente cuando amo. Me interesa la comida que provoca risas, aquella con la que se pierde la cuenta de los suspiros, la que facilita el tiempo para medir el silencio de los besos… En cuanto a los amores, siempre me he pronunciado por los que tienen raíz de jengibre. Nunca me cansaré de exaltar sus cualidades excitantes. Generalmente poseen un gusto perfumado, una lengua violenta y un cierto hablar misterioso.”
 
—De acuerdo a su confu­sión de ideas, me imagino que sería inútil preguntarle cuál es la distancia que media entre la cocina y la recámara.
 
—Dice un viejo rumor, y nada parece desmentirlo, que las grandes alcahuetas y madamas siempre han sido hechiceras en la cocina del amor. Y Usted sabe, tan bien como yo, que existe una cantidad groseramente alta de publica­ciones, con licencia o sin ella, ­destinadas a convencernos —¡insensatos!— de que la lujuria se prescribe en recetas.
 
“Ahora, si Usted insiste en hacerme esa pregunta, yo deberé responderle que de nueva cuenta ignoro la respuesta… pero en mi casa y en mi caso, la mesa y la cama tienen no sólo las mismas medidas sino igual uso.
 
“Por ejemplo, permítame convencerla de que cocinar no mata y ayuda a vivir”.
 
“La hoja larga de mi cuchillo cortaba acompasada, sobre el lecho de madera, pequeñas y concéntricas rebanadas de cebolla. Temblorosos círculos de traje transparente color carne, no separados del todo, se crisparían y dorarían al fuego de la noble mantequilla —espolvoreados apenas de azúcar morena y rociados con tres gotas de zumo de limón— anticipando, con el placer de su aroma, ese gozo repetido por pescar.
 
“Pescar ese finísimo círculo de cebolla, húmedo y fuerte, con la punta de los dedos o más bien de las uñas y soplarle y dejarlo caer en el plato más cercano y volver a soplarle y no esperar mucho, sino sólo hasta que se enfríe un poco para que penetre sin daño en la boca mojada, dispuesta, y la lengua reacia se convenza de que no quema, de que es muy bueno. Y habrá que morder, escuchar cómo cruje y sentir cómo derrama su jugo que inunda delicioso la boca entera. No podría resistirme a volver por una nueva rodaja al sartén.
 
“Por otro lado, comer en la cama es con mucho una de mis más caras fantasías. Y creo que aun cuando lo hiciera mil veces y una más, siempre me costará diferenciar si se trata de un sueño o es real… Comer en la cama es comer sobre un mantel de sábanas empapadas en los olores de la noche, cuando la boca todavía sabe a sal y el cuerpo es todavía parte de un sueño. ¡Ah!, la tentación de comer recostada, con el ombligo como boca hambrienta que acogerá migas, gotas, cosquillas.”
 
—¿Usted cree que la efectividad de la comida afrodisiaca es directamente proporcional a la situación y a su contexto?
 
—Vaya pregunta compleja. ¿Habrá quienes de verdad crean que los platos con mucha mostaza, páprika y ajo, así como los que ostentan langostas y otros mariscos ricos en fósforo, suelen crear una excitación automática? No me responda: es pura retórica. Conjeturas de este tipo no me quitan el sueño, por suerte. Pero hay una cierta honestidad que aprecio en preparar esa comida para el Otro, que delata el deseo y que se cocina en el sazón de la espera y de la incertidumbre…
 
“Gracias al festín de Trimalción, descrito en el Satiricón por ese lascivo sujeto de nombre Petronio, me hice de un recurso sorprendentemente ingenuo: espolvoreo de azafrán la silla del amado, y de esa manera lo resguardo de toda embriaguez que no sea la de mi propio deseo de mujer disoluta, de mujer a quien el amor no perturba y sólo le causa alegría.”
 
—Disculpe mi insistencia: creí entender que para usted no existe afrodisiaco alguno.
 
—Hay, no uno sino varios. Cada quien debe guardarse de conservar los propios, de atesorarlos con respeto. Pero dígame Usted, ¿hay alguno más intenso que leer como en libro abierto de letras grandes el deseo del Otro por Uno? ¿El de imaginarse el sabor del beso que de tan cerca está siendo? ¿El querer querer para siempre y no sólo por un momento alimentarse de esa piel de algas y de sabores de mar?… Chupar ese sabor de pimienta, que duele de tan ardiente… eso es COMER (escríbalo con mayúsculas, sea Usted tan amable).
 
 
“Hay festines que no sacian, que son como la fiebre que deja secuela, que de sólo pensarla da escalofríos…”
 
 
—¿Considera usted su cocina de vanguardia?
 
—Esa cuarta pregunta no estaba en el convenio. Pero, sabe, en mi vocabulario privado comer y amar sólo se sostienen cuando exhalan una sutil aureola de perversión.
 
 
Me despedí agradeciéndole su cordialidad. Y mientras transcribía la entrevista, por alguna extraña razón se me vino a la mente aquel célebre zéjel del poeta cordobés del siglo xii Ben Guzmán, y que creí enterrado en los exámenes de secundaria:
 
“Cuando muera éstas son mis instrucciones para el entierro.
 
 
Dormiré con una viña entre los párpados; que me envuelvan entre sus hojas como mortaja.
 
Y me pongan en la cabeza un turbante de pámpanos.” Chivi55
 
Lourdes Hernández

Pequeño diccionario íntimo
El secreto adorado de la anchoa, del azafrán y de la ardiente alcachofa.
Betabel. Desde el nombre me recuerda a la gitanería, el vagabundeo. Entrar al betabel es descubrir la profundidad de una piel mapamundi.
¿Y acaso, la culpa como el pecado no han sazonado algunos grandes amo­res?
El chamoy me recupera la infancia, la generosidad del corazón, la capacidad de chupar.
Dátiles. “Nunca es demasiado tarde para sucumbir a un dátil, tan mullido como la joroba de un camello y tan dulce como una vieja papa”.
La amistad es un tarro de encurtidos hechos por las propias manos de los que se involucran. El tiempo es el que agiganta el aroma voluptuoso de las especias, el que transforma el vinagre de los malentendidos en el agente armonioso que hace a ese tarro de su olor entrañable.
Las frambuesas un poco como la felicidad que es tan fuerte, tan rotunda, tan inmensa, que todo junto a ese instante parece poco, opaco, mediano.
Gusanos de maguey, innegables.
El humor pelado o picadito, por delante o por detrás, amarillo o rozadito, precisamos, dirían los brasileños.
Imaginación.
Jazmín y el lecho es una mesa más amplia.
Las lentejas para alimentar la memoria hogareña y la lealtad para que el guisado amoroso se prolongue aun en el recuerdo.
La manzana es la mordida primera, la del pecado y la maldición.
Sólo las nueces y la batalla amorosa recomienza. Ya lo dijo el poeta Rostand en boca de Cyrano, el de Bergerac: “Usted nunca ha visto el mar si no ha admirado una ostra en su concha”.
P de pimienta, de aroma agreste, de pasión pura.
Los quelites saben llamar al sueño y apaciguar el corazón del amante y eso, también es conveniente.
El romero no permite que entren los pesares, ni los pasos tristes de la monotonía, ni la soledad, ni el desamor. El romero abre la puerta mágica a un mundo inventado en donde morder rábanos fresquitos y reír no cuesta trabajo alguno.
Viejo y vasto, sorpresivo y solitario: extraño reino el de la sal, sazón, sexo.
El tequila para cargar con las desgracias, para hacer de la sonrisa triste y hasta de la mismísima traición, brevísimo y extraño afrodisiaco.
Uvas: verdes, moradas, champañeras, dulces, ácidas.
V de vino, el vino roza el corazón, despierta el deseo dormido, enciende la alegría.
La y porque es copulativa.
La z, letra zorra, cazadora, se almuerza igual, zarzamoras, zanahorias, zapote negro.

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como citar este artículo

Hernández, Lourdes. (1999). La cocinera atrevida. Ciencias 55, julio-diciembre, 72-74. [En línea]

La eutanasia
solapa551
Arnoldo Kraus y Asunción Álvarez
 
Tercer Milenio, CNCA,
México, 1998
 
   
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La idea del bien morir, del morir con dignidad, no es gratuita, las caras de la muerte han mutado. Se muere solo, se fenece mal, se abandona el mundo de los vivos sin despdirse, sin adiós. No existen los espacios para el diálogo sereno y oportuno: todo indica que la muerte silenciosa duele menos.
 
La transfiguración de la muerte tiene historia: implica menos conciencia de vida. No hay duda de que tales desencuentros resumen las prisas de vivir y ejemplifican la necesidad de redefinir el binomio vida-muerte. Religión, ética, escuela, familia y sociedad deben crear nuevos espacios para debatir. No escapa de tal obligación, por supuesto, la medicina. Hay que recorrer hacia atrás los senderos de la profesión, no es factible un diálogo sano del “cuándo y cómo” morir si no se sembraron los lazos de la relación galeno-paciente. Silenciar las voces de quienes piensan que la autonomía es bien humano y que la elección de “cuándo morir” es legado inherente a la condición humana, implica sabotear la razón. Viajar a través del mundo de la eutanasia fertiliza algunos de los rincones oxidados del alma humana.
 
 
La preocupación de la sociedad por la muerte se incrementó a partir de la disquisiciones acerca de la eutanasia en Holanda, la campaña de Kevorkian en favor del suicidio asistido y las discusiones públicas y médicas —sobre todo en Estados Unidos, Australia y Europa— a propósito de los aciertos y desaciertos de estas prácticas. La avidez de conocimientos sobre el tema también ha resurgido como consecuencia —indeseable— de la tecnología que prolonga sufrimientos innecesarios y de la creciente desconfianza hacia la profesión médica.
 
El auge académico respecto a la eutanasia ha tenido que confrontar los sinsabores de definiciones complejas y en ocasiones imprecisas. Imposible también soslayar que los linderos de la eutanasia pueden ser inalcanzables pues entremezclan, a priori, los conceptos de vida, muerte, autonomía, futilidad y “bien morir”. A lo anterior hay que agregar que las discusiones sobre el tema de marras son complejas pues “abundan” los jueces: religión, sociedad, tecnología médica, el enfermo, los códigos legales, la familia y el médico. En síntesis, vida y muerte pertenecen a todos. Huelga decir que el problema se complica porque no hay reglas universales para aplicar la eutanasia: cada caso, al igual que cada ser, es diferente. Estas interacciones devienen en un panorama complicado que tiene la virtud de estimular el diálogo. Al hablar de eutanasia, nadie queda excluido. O, corrigiéndonos, nadie debería quedar excluido.Chivi55

Fragmento de la introducción.

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como citar este artículo

Kraus, Arnoldo y Álvarez, Asunción. (1999). La eutanasia. Ciencias 55, julio-diciembre, 84-85. [En línea]

 

 
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 Artilugio de la nación moderna

bibliofillia551
Mauricio Tenorio Trillo
 
Fondo de Cultura Económia,
México, 1998
   
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En el mundo moderno, el progreso es la vara con que la época prefiere medirse. La historia del tiempo moderno es la historia de la propia conciencia del progreso, o sea, de cómo la modernidad produjo una imagen de sí misma. Es­ta transformación sólo se hizo posible gracias a la visión moderna de la historia como una totalidad que progresa —como realidad, como forma de conocimiento— pero que nunca se completa: el futuro nunca es identificable. La conciencia de esta totalidad en un espacio-tiempo determinado ha formado lo que los historiadores llaman de manera habitual una era, una época. Ciertamente, y a pesar de lo post-esto y lo post-aquello que nos sintamos, debemos aceptar con modestia que la cada vez mayor secularización, racionalización y tecnologización, así como nuestra propia incapacidad de eludir el presente, han hecho de lo moderno nuestro irrehuible marco de referencia; como si todos fuéramos cómplices de un crimen, tenemos a la modernidad como código común; a él nos referimos siempre, de él dependemos. Y aun así, ¿hasta qué punto? Este estudio de las exposiciones univer­sales busca relatar una historia que pertenece al escurridizo reino que se halla entre el surgimiento del progreso moderno, industrial y capitalista y su duración como una ­etapa de la humanidad, aparentemente ahistórica y natural; entre lo que ya es historia, aunque de significado aún no claro, y lo que es difícil de observar frente a nosotros porque moldea la conciencia de nuestra propia época.
 
Las exposiciones universales son miradores privilegiados para examinar estos fenómenos. De hecho, las exposiciones mundiales decimonónicas fueron la quintaesencia de los tiempos modernos casi tanto como las ciudades que fueron sedes de estos actos —Londres, París o Chicago—, pues estos centros urbanos eran entonces las burbujas de modernidad universal para el mundo occidental. Estas ciudades eran núcleos cosmopolitas, financieros y culturales que concentraban y combinaban tendencias nacionales e internacionales. Poderosas ciudades europeas y estadunidenses ofrecían tanto una cultura como un orden que se creía ecuménico y atemporal; una cultura y un orden, sin embargo, llenos de incongruencias y, sobre todo, inmanejables. Las ciudades cosmopolitas de fines del siglo xix combinaban modas, hábitos y formas estéticas canónicas con el incontrolable caos de desigualdad, marginación y prácticas de sobrevivencia y protesta que grandes sectores de sus habitantes adoptaban con temeridad. En cambio, las exposiciones mundiales fueron los retratos de bolsillo, calculados y bien demarcados, de estos polos cosmopolitas, así como también sus más grandes espectáculos.
 
Las exposiciones mundiales eran representaciones universales y conscientes de lo que se creía eran el progreso y la modernidad, y por ello eran al mismo tiempo el cometido y la interpretación ideal de la ciudad moderna. Tales exposiciones querían ser la demostración perfecta de esas creencias y a menudo sus vestigios se volvían los símbolos de las ciudades modernas. Pero cualquier exposición mundial finisecular era también invariablemente un mag­nifico espectáculo, un oasis de fantasía y fábula en una época de crisis y violencia inminentes.
 
Investigar las exposiciones universales celebradas de 1880 a más o menos 1930 significa captar la composición interna de la conciencia de la modernidad. Estos actos encarnaban y fomentaban componentes primarios de la vida moderna: la creencia en una verdad positiva, universal y homogénea; la idea de una libertad supuestamente alcanzada, y las contradicciones inherentes a esta idea; el intento de poner fin a la historia al recapitular el pasado y controlar el futuro, es decir, la posibilidad de considerar el presente como la mejor de todas las épocas posibles, un presente que ya ha revelado el curso esencial del futuro; y el credo del nacionalismo como parte intrínseca tanto del cosmopolitismo internacional como del imperialismo económico. Tales ideas guían este estudio.
 
 
Aquí se examina la presencia de México en las exposiciones mundiales con el fin ambicioso de evaluar cómo esta presencia reflejaba el concepto en formación de una nación moderna. Es una historia de México, pero también un comentario acerca de los orígenes del nacionalismo, cosmopolitismo y modernismo occidentales.
 
 
Este libro examina cómo México entró al circuito de las exposiciones mundiales para aprender, imitar y hacer ostentación de su propia posesión de las verdades universales del progreso, la ciencia y la industria. Aquí se muestra cómo la élite mexicana, al hacer esto, tuvo que enfrentar una realidad ideal que era difícil de entender en toda su amplitud y simultaneidad, pero que, no obstante, era fácil de imitar. En consecuencia, México se embarcó en una selección adicional en la ya de por sí selectiva naturaleza de las exposiciones universales, para adaptar la idea del mundo moderno a las propias circunstancias e intereses de las élites mexicanas. Dicha selección adicional es lo que llegó a conocerse como lo mexicano: ciencias mexicanas, arte mexicano, nacionalidad mexicana…
 
 
Al participar en las exposiciones mundiales, las élites mexicanas aprendieron las verdades universales que a su vez les facilitaron consolidar su integridad y poder nacional y su posición internacional. De hecho, llegaron a dominar lo que era fundamental en esas verdades universales: formas, estilos, fachadas. Este dominio se hizo visible especialmente en tres aspectos de la presencia de México en las exposiciones mundiales de fines del siglo xix: las exhibiciones científicas, las demostraciones de estadísticas y el uso constante de un lenguaje científico para expresarlo todo, desde lo que se entendía por administración pública hasta los efectos del pulque en la población indigena; desde la medición de cráneos hasta el cálculo de la resistencia del himen de las mujeres mexicanas. Estas herramientas se usaron para recalcar los componentes indispensables de una nación moderna: un territorio bien definido e integrado, una cultura cosmopolita, salubridad y homogeneidad racial que cuadraba con las nociones occidentales de supremacía de la raza blanca.Chivi55

Fragmentos tomados de la introducción.

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como citar este artículo

 

Tenorio Trillo, Mauricio. (1999). Artilugio de la nación moderna. Ciencias 55, julio-diciembre, 82-84. [En línea]

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Códices, libros y lienzos del México antiguo
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Calendario 2000
inah y Editorial Offset
 
 

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Hace seis años, Editorial Offset se incorporó a una costumbre que si bien ya muy antigua en México, representó el comienzo de una experiencia muy grata y divertida. Con el propósito de difundir ­nuestra labor como impresores y obsequiar en el fin de año a colaboradores, clientes y amigos, decidimos, en un arranque no pre­cisamente de originalidad pero sí de entusiastas intenciones, diseñar un calendario para 1995. La idea se materializó entonces en una edición con motivos cordiales, es decir, con corazones de barro y filigrana que aunque sólo llegaron a seis —uno por bimestre— en vista de las restricciones de nuestro cauto administrador, inauguraron lo que en Editorial Offset ahora llamamos orgullosos “nuestros calendarios”.
 
 
Seis años son pocos, pero la tradición que nos precede es muy remota y, en el caso de México, también muy rica. En el siglo pasado, nuestros bisabuelos y bisabuelas consultaban El más antiguo Galván y el Almanaque de las señoritas, ediciones misceláneas en las que al lado del santoral, las fases de la luna y el aspecto del cielo, encontraban consejos útiles para manejarse con elegancia en sociedad, recetas de ungüentos para despiojar a los niños y hasta letanías y plegarias para conseguir un buen marido. Aquellos cuadernillos llenos de texto que todo padre previsor adquiría a principios de año con objeto de estar al tanto de sus noticias, proliferaron hacia fines de siglo bajo formas más sofisticadas que incluían anuncios publicitarios, cifras estadísticas sobre la industria y el comercio y los domicilios de artesanos y profesionistas reconocidos.
 
 
 
En el almanaque impreso por la viuda de Bouret para el año de 1897, nuestras abuelas se informaron, por ejemplo, de que la bicicleta Victoria para señoras tenía sólo un tubo entre las dos tijeras, que la Tipografía de Díaz de León trabajaba impresiones finas y también corrientes y que los niños criados con Fosfatina Faliéres hacían rápidos progresos en robustez. La modesta portada a color de aquel almanaque, un calendario azteca flanqueado de cactáceas y enmarcado entre faenas agrícolas y el puente del ferrocarril, anticipaba el camino que poco más tarde seguirían esas ediciones gracias a las nuevas técnicas de impresión. Así, nuestros padres habrían de crecer contemplando colgada en la cocina, acaso como parte de su educación estética y sentimental, la escena epopéyica de un indígena apolíneo llevando en brazos a una voluptuosa mujer semidesnuda, sobre el fondo delirante de los volcanes bañados con la luz sonrosada del crepúsculo. Todo ello bajo el generoso patrocinio de una compañía cervecera o un fabricante de sal de uvas y con las hojas de los meses desprendibles, a fin de que la lámina polícroma pudiera enmarcarse y conservarse para siempre.
 
 
Atrás habían quedado los remedios y consejos de los almanaques de don Mariano Galván e incluso las especificaciones sobre solsticios y equinoccios. La imagen a color había desplazado al texto y la especialización de la vida había puesto en desuso las antiguas publicaciones misceláneas, mezcla de vademécum, guía-roji y sección amarilla, atrayendo la atención sobre un solo tema o un solo producto que destacaban radiantes gracias a la impresión a cuatro tintas. Aunque hoy día, conviene mencionarlo, se sigue publicando con encomiable puntualidad El más antiguo Galván, las carnicerías y talleres mecánicos parecen tener una señalada preferencia por los paisajes alpinos y una señoritas ligeras de ropa encaramadas en columpios floridos.
 
Lo que ocurre tal vez, lo que ocurrió, es que en algún momento el tiempo empezó a ser tan vertiginoso, a transcurrir tan de prisa, que ya no hubo respiro ni para leer que el 10 de noviembre se festeja —o se festejaba— a San Andrés Avelino y que durante ese mismo mes en el firmamento pueden avistarse —o podían avistarse—, hacia las diez de la noche, fragmentos de Casiopea y Andrómeda. ¿A quién le interesaban los movimientos de los astros en la era del teléfono y el automóvil?
 
 
Consciente de esta tradición nacional que me he permitido evocar a grandes saltos y atenta a los riesgos que puede representar la estética de calendario, Editorial Offset ha tenido como reto fundamental en esta tarea, encontrar temas y tratamientos culturalmente significativos y visualmente interesantes. Temas y tratamientos que además de difundir nuestra labor, estimulen la curiosidad del público mediante breves textos explicativos del origen e importancia de cada imagen, cuya factura siempre hemos confiado a la cámara cuidadosa de Elsa Chabaud. De ese modo, tras el experimento pionero de los corazones y un segundo sobre el tema de la luna —alusivo al emblema de nuestra casa—, en 1997 difundimos la notable obra fotográfica de Armando Salas Portugal en torno al paisaje mexicano; al año siguiente, piezas magistrales de la artesanía popular representando animales fantásticos y el año pasado, moviéndonos ya sobre el filo de la navaja, motivos florales que dieron ocasión para recordar a varios poetas hispanoamericanos. Me atrevo a decir que en todos los casos, corazones y lunas, paisajes, artesanías y flores resultaron elecciones afortunadas para acompañarnos en ese recorrido inexorable de enero a diciembre del que penden como espadas de Damócles la visita al dentista, los pagos del predial, la entrega de calificaciones y el comienzo de la dieta naturista, pero también, y más señalada y gozosamente, la cita de amor, la partida de viaje, el fin del sexenio y la aparición del nuevo calendario.
 
La llegada del año 2000,exigía desde luego una edición sumamente especial. Desde mayo discutíamos el posible tema, el formato y la tipografía, sin encontrar nada a la altura de ese número cabalístico, fin del siglo XX o principios del XXI —pues la bizantina polémica parece que sigue en pie—, que arrasa con los unos y los nueves de nuestros almanaques, desquicia a las computadoras y entroniza la cuenta milenaria del 2000. En medio de un sinfín de ideas, algunas bastante delirantes, debo confesarlo, el Instituto Nacional de Antropología e Historia se cruzó por fortuna en nuestro camino, proponiendo lo que es sin duda el mejor y más hermoso material para ilustrar este parteaguas del tiempo occidental: los códices, lienzos y libros del México antiguo, que forman parte del acervo de la Biblioteca Eucebio Dávalos Hurtado.
 
Calendarios muchos de ellos, los invaluables documentos meso­ame­ricanos proporcionados por el INAH no sólo ponen a nuestro alcance algunos fragmentos del arte pictográfico indígena con objeto de que apreciemos el significado de sus símbolos y la belleza de sus representaciones. También nos obligan a reflexionar en el tiempo y su historia y a recordar que esta medición contemporánea que dentro de unos días llegará al 2000, es sólo una más entre muchas otras que en el mundo han sido para fijar y dotar de coherencia a los hechos, grandiosos e insignificantes, de los hombres.
 
Los testimonios que aquí se despliegan nos acercan a una herencia secular, profunda y vigorizada, enraizada, ciertamente, en una compleja noción del tiempo; del tiempo estelar e histórico, mítico y ritual, celeste y divino que dio sentido de pertenencia y de trascendencia a culturas portentosas. Aunque de ellas nos separan hoy las hojas de muchos calendarios, su impronta ha marcado nuestra memoria colectiva y nuestras referencias cotidianas, como esperamos siga haciéndolo en el siglo y el milenio que se acercan.
 
 
No es éste un calendario de tonalidades deslumbrantes y golpes efectistas. En él prevalecen las texturas del papel añoso, del algodón y el amate, así como la gama cromática del gusto y la tecnología indígenas, a veces ya deslavada por el tiempo. Se impone, por lo tanto, una contemplación más detenida, una mirada más atenta, con objeto de descubrir a los personajes que pueblan el nopal genealógico del Códice Techialoyan-García Granados, las líneas delicadas del dibujo sobre la urdimbre del Lienzo de Zacatepec, el intrincado atavío guerrero del señor Serpiente en el Códice Porfirio Díaz, la caligrafía sepia y cuidadosa del herbario Badiano o los glifos que enmarcan una de las ruedas calendáricas de Veytia. La reflexión sobre el tiempo, al fin y al cabo, algo tiene de grave ceremonia. Así lo consideraban los mexicas al renovar, cada cincuenta y dos años, ese fuego ritual que hoy, en cierto modo, nosotros también renovamos.
 
Para Editorial Offset es motivo de orgullo asociar su nombre al del Instituto Nacional de Antropología e Historia, contribuyendo con Códices, libros y lienzos del México antiguo a la difusión y conservación de una parte sustancial de nuestro patrimonio.Chivi55
Texto leído en la presentación del calendario Códices, libros y lienzos del México antiguo, realizada el 10 de noviembre de 1999 en la Biblioteca Nacional de Antropología e Historia.

Claudia Canales

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como citar este artículo

 

Canales, Claudia. (1999). Códices, libros y lienzos del México antiguo. Ciencias 55, julio-diciembre, 86-88. [En línea]

 
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