revista de cultura científica FACULTAD DE CIENCIAS, UNIVERSIDAD NACIONAL AUTÓNOMA DE MÉXICO
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El origen del Universo
Solapa2
Miguel Ángel Herrera Andrade
 
Colección Viaje al Centro de la Ciencia,
ADN Editores / CONACULTA, 1999.
   
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Pues bien. Los tres tipos de Universo corresponden a las tres curvas: el Universo cerrado, a la elipse; el abierto, cuya expansión se detiene en el infinito, a la parábola, y el que se expande incluso después del infinito, a la hipérbola. Por eso también solemos referirnos a ellos como Universo elíptico, Universo parabólico y Universo hiperbólico. Son tan diferentes entre ellos como esas tres curvas lo son entre sí. ¿Me entendieron?
 
—Más o menos—concedió Héctor—. Pero ahora hay algo que me deja perplejo.
 
—¿Qué te deja cómo? Yo creía que siempre lo habías sido.—Aprovechó Leonardo para molestarlo un poco.
 
—Aguas ¿eh? No vaya a ser que te deje igual —saltó Héctor, bastante amoscado—. Lo que quiero decir es que no entiendo ¿para qué tanto relajo de relatividad general, Universo elíptico, parabólico o hiperbólico, ecuaciones de Einstein, etcétera, si desde antes habíamos deducido, muy fácilmente, con aquello de la velocidad de escape, exactamente lo mismo?
 
—Qué bueno que se den cuenta de eso. En efecto, resulta que la relatividad general predice para el Universo exactamente las mismas posibilidades que la gravitación newtoniana. El Universo cerrado es el que tiene suficiente materia para frenar la expansión y los abiertos los que no la tienen. En resumen, independientemente de la teoría utilizada para describirlo, el pasado y el futuro del Universo dependen de la cantidad de materia que contiene, y eso es lo que hay que medir de alguna manera. La diferencia es que ahora, con la relatividad general, tenemos las relaciones correctas entre el tipo de Universo en que vivimos y las cantidades observables. Sabemos qué hay que medir y sabemos cómo interpretar los resultados.
 
—¿Y en qué tipo de Universo vivimos? —preguntó Leonardo.
 
—Ya les dije: no lo sabemos con certeza. Sin embargo, hemos hecho varias mediciones que deberían conducirnos a la respuesta: de la expansión de los supercúmulos de galaxias, de cómo varía el número de cuasares con la distancia, de la abundancia de deuterio y de la densidad media del Universo.Chiv68
 
Fragmento del libro.
 
Miguel Ángel Herrera
 
Fue investigador del Instituto de Astronomía de la UNAM. Perteneció a la Unión Astronómica Internacional, a la Sociedad Mexicana de Física, a la Planetary Society y a la Sociedad Mexicana para la Divulgación de la Ciencia y la Técnica (Somedicyt), ya que dedicó gran parte de su tiempo a la divulgación. Escribió más de quince libros sobre divulgación científica –entre los más recientes se encuentran: Cargas y corrientes, Átomos y moléculas, Materia oscura en el Universo y La vida extraterrestre–, más de 40 artículos en diversas revistas, impartió alrededor de 450 conferencias y apareció como invitado en cerca de 100 programas de radio y televisión: su labor en la divulgación científica fue notable.

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Herrera Andrade, Miguel Ángel. (2002). El origen del universo. Ciencias 68, octubre-diciembre, 79. [En línea]

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Las huellas del átomo
Solapa1
Horacio García Fernández
 
Colección Viaje al centro de la Ciencia
ADN Editores / CONACULTA. 2000.
   
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En La péntola dell’’oro se dan cita científicos, filósofos y grandes personajes de todas las épocas con un objetivo común: mostrar la naturaleza de las cosas hasta llegar al átomo. En esas memorables y largas reuniones de café, taberna medieval, sobremesas o discusiones de cantina, el autor es un personaje más de la propia historia del átomo, convive, participa, siente y disfruta. Se trata de un autorretrato literario. ¿Quién habría podido aguantar la tentación de sentarse a la mesa con Einstein, Madame Curie, Bohr, Tales de Mileto, Pauling o Cyrano de Bergerac, por mencionar sólo algunos? El lector también puede formar parte de Las huellas del átomo.
 
"El átomo —pensaba Rutherford—, ¡qué difícil ha sido convencer de su existencia!".
 
Se acordó de Wilhelm Ostwald, quien recibió el premio Nobel de Química en 1909, un año después de que él, Rutherford, también lo obtuviera. Ostwald, un año antes de recibir su premio, no creía en la existencia de los átomos, los consideraba entelequias filosóficas. Fue necesario que el físico francés Jean Perrin, ese extraordinario amigo de los Curie, analizara cuidadosamente el movimiento browniano, aplicando a su estudio las fórmulas propuestas por Einstein, y mostrara sus resultados a Ostwald, para que éste se convenciera de la existencia real de los átomos.
 
Rutherford se dio cuenta, ese día de abril de 1911, de que estaba divagando arrastrado por sus recuerdos, por tanto, volvió a concentrarse en la planeación del experimento que proyectaba, del cual había hecho algunas pruebas estando todavía en McGill.
 
Con esto se proponía medir la deflexión de partículas alfa, al atravesar una delgada lámina de aluminio, observada en dicha universidad, aunque esta vez usaría una lámina fina de oro...Chiv68
 
Fragmento del libro.
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García Fernández, Horacio. (2002). Las huellas del átomo. Ciencias 68, octubre-diciembre, 78. [En línea]

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  del herbario  
     
El banco de semillas de los Jardines de Kew
 
 
 
Lourdes Rico
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¿Por qué necesitamos los bancos de germoplasma (semillas para el futuro)? Las plantas son la base de la vida en el planeta Tierra; ellas son las encargadas de absorber la energía solar, de desprender oxígeno dentro de la atmósfera y de producir substancias o alimentos esenciales para casi todas las formas de vida, asimismo son en gran parte la base de la cadena alimenticia. La diversidad de animales: insectos, mamíferos, peces, el hombre, etcétera, dependen esencialmente de la vida vegetal. Por tanto, si las plantas desaparecieran, numerosos organismos no podrían continuar su existencia. En nuestros días se oye cotidianamente sobre la extinción de especies, tanto animales como vegetales. También se dice que algunas se extinguen antes de conocerse. Pero, ¿por qué desaparecen? Existen numerosas razones, entre las cuales se pueden mencionar: nuevos usos del suelo, construcción de poblados, carreteras, erupciones volcánicas, etcétera. Es por ello que las medidas de conservación de las mismas se tienen que planear para asegurar el futuro de al menos las que se conocen en la actualidad.
 
Desde que el hombre comenzó a ser sedentario, almacenó semillas. Primero recolectadas y eventualmente cosechadas, cuando la agricultura fue implementada. Asimismo empezó a depender de las mismas. Imagine usted cómo sería la vida sin semillas de maíz, arroz, centeno o trigo. En nuestras casas tenemos un “banco de germoplasma”, así encontramos en la alacena; frijoles, garbanzos, lentejas, ajonjolí, almendras, maíz para pozole y chía, entre otras cosas. Éstas no necesitan ser almacenadas por mucho tiempo, ya que las cocinamos para nuestras comidas.
 
¿Cómo es que llegan al mercado o supermercado?, ¿cómo han sobrevivido y cómo se han mantenido y mejorado las especies a través de los años?
 
Afortunadamente, las plantas domesticadas y usadas en la agricultura cuentan con bancos de semillas (germoplasma) enormes; por ejemplo en México el banco de germoplasma del cimmyt y en Colombia el ciat, o las instituciones internacionales como ibpgr que tienen redes de trabajo entre los diferentes bancos de germoplasma del mundo. Estas instituciones se encargan de estudiar métodos para mejorar las semillas, y para la preservación o almacenamiento de las mismas, conservándolas como recurso para el futuro. De este modo, por medio de una alta viabilidad para su germinación, procuran su óptima productividad. Una vez logrado esto, las semillas se distribuyen a los agricultores. Sin embargo, ninguno de estos bancos se encarga exclusivamente de las especies silvestres, aquellas especies que no son comercialmente conocidas y que son importantes en la biodiversidad del planeta, como, por ejemplo en México, la magnolia (Yololxochitl), la flor de manita (macpalchxochitl), y numerosas cactáceas, entre otras.
 
En el Reino Unido, el proyecto “Millennium Seed Bank” de los Reales Jardines Botánicos de Kew tiene como meta colectar, estudiar y conservar semillas viables de unas 24 200 especies silvestres para el año 2010. Esto no es una meta fácil, porque no todas las semillas se comportan igual. Cuando escuchamos la palabra germoplasma la asociamos a semillas viables, como primera imagen tenemos los frijoles, las pepitas, ajonjolí, etcétera, es decir, semillas que pueden almacenarse por periodos largos y que siguen siendo viables, capaces de germinar y producir una nueva planta. Recuerdo cuando niña, que en la escuela primaria se nos pedía ver el crecimiento del frijol o del maíz. Como primer paso buscábamos en la alacena de la cocina unos frijoles o maíz, entonces las semillas se ponían en un frasco translúcido con algodón húmedo y se observaban por varios días, registrando el proceso de aparición y crecimiento de raíz, hojas, etcétera. Este tipo de semillas, fácil de preservar y almacenar, son las que más conocemos y llamamos semillas ortodoxas.
 
Escuchando a los fisiólogos vegetales, conocedores del desarrollo y conserva- ción de este germoplasma, sabemos que hay tres categorías importantes de semillas: ortodoxas, recalcitrantes e intermedias. Las primeras son semillas que pueden secarse (lentamente hasta llegar a un equilibrio de 50% de humedad relativa), sin causar daño que afecte su germinación futura, y así se almacenan a muy bajas temperaturas (- 20oC); la segunda categoría corresponde a aquellas que no sobreviven si pierden humedad, como las semillas de plantas acuáticas o de algunas de las plantas del bosque tropical húmedo o del bosque nublado. Por último, las intermedias son aquellas que pueden tolerar cierto límite de deshidratación, pero que pierden su viabilidad sobre todo a bajas temperaturas, afectando así el periodo de su almacenamiento viable. Es por ello que cada semilla necesita estudios independientes para optimizar su almacenamiento y duración viable.
 
¿Cuándo comenzó el Millennium Seed Bank? Hace mas de veinticinco años en lo que inicialmente era la estación satélite de los Reales Jardines Botánicos de Kew, ubicado en Wakehurst, condado de Sussex. Desde entonces semillas de numerosas especies han sido estudiadas y almacenadas en condiciones que permiten alargar su tiempo de viabilidad. Desde 1974 cada lote de semillas es registrado en un banco de datos, después pasa por una serie de pruebas de viabilidad, dependiendo del tipo de semilla. Posteriormente se verifica su viabilidad cada cinco a diez años, de acuerdo al tipo de semilla; la intención es conservarlas viables por los siguientes doscientos años. Este banco de semillas continúa creciendo y hasta el momento consiste en más de 7 139 especies de plantas silvestres de 15 653 diferentes colectas, provenientes de más de cien países. Algunas de estas especies son preservadas solamente por motivos de conservación de las mismas; otras, dependiendo de la cantidad disponible en el Millennium Seed Bank se pueden enviar a investigadores que lo soliciten para estudios que apoyen el conocimiento y mejoramiento de plantas silvestres. Más de dos mil solicitudes de semillas se distribuyen cada año a muy diversas instituciones, parámetro que da a conocer el uso de este acervo como recurso de investigación para la comunidad internacional. Varias de las semillas que se tienen en esta institución son de plantas que de alguna forma están declinando en sus poblaciones naturales, otras son almacenadas para mantener el recurso en un futuro necesario.
 
Uno de los propósitos principales es no sólo la restauración de especies silvestres en su medio natural, sino contar con un banco seguro de recursos vegetales que se pueda usar para la conservación.
 
El Millennium Seed Bank continúa incrementando la colaboración con otros bancos o proyectos de los mismos, a la fecha hay un intercambio formal y oficial con trece países, México es uno de ellos. Hoy en día se necesita un edificio mayor y con una infraestructura más moderna. La fundación Welcome (grupo de beneficencia enfocado a la investigación médica) financia actualmente la construcción del nuevo edificio que lo albergará. Esta fundación entiende que gran parte de la investigación médica y sus curas están asociadas o fueron descubiertas en el reino vegetal.
 
El edificio es de un nivel, con un sótano, y posee estructuras que maximizan el uso y la conservación de energía, teniendo así las condiciones óptimas para el banco de germoplasma. Este edificio incluirá catorce habitaciones para alojar a investigadores visitantes. Aproximadamente la mitad de este espacio será utilizado para investigación y entrenamiento de colaboradores extranjeros.
 
Una de las metas es apoyar y promover bancos de germoplasma en los países que colaboran, si es que éstos no los tienen, y mejorar los existentes. El intercambio de tecnología y la transferencia de técnicas se lleva a cabo por medio de cursos o entrenamientos en el mismo Millennium Seed Bank, o algunas veces en los otros países. Estos cursos se imparten a diversos niveles, desde el técnico de laboratorio hasta estancias o proyectos postdoctorales.
 
En la actualidad, aunque el edificio no está acabado, existe una exhibición para los visitantes del lugar en el que se muestran los planes del proyecto. En el mes de junio se registraron 28 430 personas.
 
Sintetizando, el banco de germoplasma del Millennium Seed Bank puede ser usado para: restaurar el medio ambiente que ha sido destruido o dañado; incrementar las poblaciones raras o en peligro de plantas silvestres, realizar investigación básica sobre plantas en beneficio social; agricultura, medicina o industria local. Es bien sabido que aproximadamente 25 % de medicinas comerciales fueron descubiertas o derivadas de plantas.
 
El contar con semillas en un banco de germoplasma tiene como ventaja la conservación de las especies por mucho tiempo, es posible que las semillas de maíz se puedan conservar por miles de años, y que otras plantas silvestres por cientos. El Millennium Seed Bank tiene como meta almacenar durante los siguientes dos siglos 80 % de las especies que se encuentren.Chiv68
Lourdes Rico
Reales Jardines Botánicos de Kew.
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Rico Arce, Lourdes. (2002). El banco de semillas de los jardines de Kew. Ciencias 68, octubre-diciembre, 42-45. [En línea]

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  de flujos y reflujos
 
     
¿Es la física esencialmente incompleta?
 
 
 
Ramón Peralta y Fabi
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Cuando era estudiante de posgrado, asistí a un seminario de John Archibald Wheeler, quien, sorprendiendo a todos, empezó así: “Si alguien me preguntara qué resultado científico habrá perdurado dentro de quinientos años, contestaría que el teorema de Gödel [...]”. Confieso que yo no sólo no conocía la relevancia del mismo, sino que ni siquiera había oído hablar de él. Richard Feynman, premio Nobel de Física en 1965, le preguntó si consideraba que lo conocido hasta entonces en física sería olvidado. La respuesta de su antiguo maestro fue: sí.
 
Independientemente de que se comparta esta opinión, no deja de llamar la atención su contundencia, más aún si se sabe quién la emitió. Meses después había yo leído sobre Kurt Gödel, sobre sus trabajos y había iniciado un curso de alemán para entenderlos. Hoy, aunque mi conocimiento del alemán y de los detalles técnicos de los artículos de Gödel siguen siendo rudimentarios, continúo convencido de que las matemáticas, la física y la ciencia en general fueron marcadas en 1931, cuando Gödel publicó un trabajo con el intimidatorio título “Über formal unenscheidbare Sätze der Principia Mathematica und verwandter Systeme I” (Sobre proposiciones formalmente indecidibles de Principia Mathematica y sistemas relacionados).
 
Gödel nació en el pueblo de Brünn, en Austria-Hungría, y toda su vida representó el papel del estereotipo de genio; el hombre sencillo y retraído, decorado con múltiples excentricidades. Tenía sólo 25 años de edad cuando, trabajando en Viena, publicó su opus mirabilis, de igual número de páginas. Ahí permaneció hasta 1940, cuando, huyendo de la persecución nazi, se trasladó al Instituto para Estudios Avanzados de Princeton, en Nueva Jersey, Estados Unidos, donde vivió el resto de sus días, frecuentando a uno de sus escasos amigos, Albert Einstein.
 
En un arranque eufórico de generalidad (y de superficialidad educada), se podría decir que Gödel demostró que si todas las teorías son consistentes, necesariamente son incompletas y, por tanto, no se puede probar su consistencia. Es decir, cualquier conjunto de axiomas, leyes o hipótesis (expresables en lenguaje matemático) conduce a afirmaciones (teoremas) ciertas que son indemostrables dentro de la teoría —conocidas ahora como indecidibles de Gödel— y, por lo cual no se puede asegurar que esté libre de contradicciones. Visto así parecería que los matemáticos y los físicos estamos involucrados en un juego ilusorio, en el que quieren participar las disciplinas que pretenden la misma formalidad y precisión.
 
La impecable, ingeniosa y rigurosa argumentación göedeliana abordó el poco modesto problema de los fundamentos de la aritmética. El antecedente inmediato está en el siglo xx, el cual trajo la formalización de las matemáticas, introduciendo un rigor sin precedentes en las diferentes ramas que la constituyen, particularmente en el análisis, y personalizado en el matemático alemán Karl Theodor Wilhelm Weierstrass; se trataba de fundamentar el cálculo integral y diferencial y sus desarrollos subsecuentes en el sistema de los números reales.
 
La geometría, basada en los postulados de Euclides, era vista como el modelo a seguir en tanto que se basaba en axiomas “evidentes”, a partir de los cuales, en forma creativa y meticulosamente lógica, se seguían las demostraciones de todas las proposiciones imaginables que tuvieran que ver con los elementos que la componían.
 
El trabajo más notable en esta dirección fue el de los matemáticos y filósofos ingleses Bertrand Russell y Alfred North Whitehead, expuesto en su obra conjunta Principia Mathematica, publicada entre 1910 y 1913, (de aquí la cita de Gödel). De la lógica a la teoría de conjuntos y a la aritmética se trataba de hacer una edificación intelectual que cimentara todas las matemáticas. Éste fue un trabajo sin paralelo, pero cuyas inevitables paradojas, reconocidas por los autores, impidieron que el objetivo fuera llevado a feliz término y provocaron que fuera necesario recurrir a propuestas cada vez más elaboradas y nunca del todo satisfactorias. La paradoja central que usa Gödel para “modelar” su argumentación es la llamada paradoja de Richard, expresable de muchas formas diferentes y que es semejante a la de Russell: Las clases (colección de elementos distinguibles) son de dos tipos: las “normales”, que no se contienen a sí mismas como elemento y las que sí se contienen, las anormales. Por ejemplo, la clase de los terapeutas en adicciones es normal, puesto que el conjunto de terapeutas no es un terapeuta y por ende no es parte de la clase. La clase de las cosas imaginables es anormal, puesto que las podemos imaginar y por lo tanto es parte de la clase. Un ejercicio ilustrativo es determinar la naturaleza de la clase que forman todas las clases normales. Sin entrar en los detalles, que con paciencia el lector puede construir, ésta resulta ser anormal y ¡también normal! Es como tratar de saber quién rasura al barbero que rasura a todos los que no se rasuran a sí mismos.
 
 
La publicación del trabajo de Gödel resolvió la cuestión: el programa de Russell y Whitehead no es posible; tampoco el de Euclides o el de Weierstrass…
 
 
Es claro que, a la luz del trabajo de Gödel, hay dos asuntos que uno querría esclarecer dentro de cada teoría. El primero es explorar si un conjunto de axiomas no es inconsistente, al menos en forma flagrante, es decir, demostrar si las hipótesis básicas no se contradicen entre sí o si las consecuencias más evidentes no se pueden exhibir como falsas o verdaderas a la vez, como consecuencia lógica y rigurosa de las premisas. El segundo es determinar qué proposiciones son indecidibles; sería útil saber si una conjetura pertenece a este grupo para no perder el tiempo tratando de demostrarla. La respuesta en ambos casos contiene una dosis de frustración que depende de lo pragmático de quien estudia un sistema o un problema particular.
 
 
Entre los impredicables se encuentran famosos teoremas y conjeturas. Por ejemplo, el teorema de los cuatro colores y el de Fermat, que fueron demostrados en el siglo xx, y la conjetura de Goldbach, que se sospecha un indecidible. El primero consiste en probar (en su versión doméstica) que cualquier mapa se puede iluminar con sólo cuatro colores, con la restricción de que no haya dos regiones contiguas del mismo color. El segundo afirma que la ecuación diofántica xn+yn = zn no tiene solución en los enteros para n>2; es decir, no hay tres enteros x, y, z que cumplan la ecuación, si n = 3, 4, 5,... Este problema fue estudiado por cientos de los matemáticos más famosos que sucedieron a Pierre de Fermat, quien formulara el teorema en 1637; éste fue demostrado por el matemático inglés Andrew Wiles en la última década del siglo xx. La conjetura consiste en probar que cualquier número par es la suma de dos primos (1, 2, 3, 5, 7, 11,..., que sólo se dividen exactamente entre 1 y entre sí mismos); sin conocerse excepción, elude su rigurosa prueba.
 
 
La física, tal vez la más exitosa de las ciencias naturales y a la que equivocadamente se califica de exacta, está constituida por teorías que usan en forma esencial a las matemáticas, lo que sugiere que están sujetas al teorema de Gödel. Por ejemplo, el electromagnetismo está resumido en las ecuaciones de Maxwell, pero no puede incluir a todos los fenómenos eléctricos y magnéticos, aun cuando éstos sean evidentes.
 
 
Todas las computadoras trabajan sobre la base de un conjunto finito de reglas determinadas. En consonancia directa con un sistema axiomático, encierran la ineludible existencia de resultados que no pueden alcanzar.
 
 
Lo expuesto hasta aquí no pretende abrir la puerta al pensamiento débil, el misticismo o la magia, o apoyar el uso de la intuición como sustituto de las reglas de inferencia de la lógica, pero sí es un intento de exhibir la riqueza del pensamiento humano, ilustrado con la belleza, complejidad y sutileza del trabajo de Gödel, que invita a buscar y a confiar en la invención y el descubrimiento de nuevos principios para el razonamiento, sin detrimento alguno de lo que ya se ha establecido y entendido.
 
 
Un aspecto esencial implícito está en la vasta cultura científica que se ha edificado sobre la base de la concepción pragmática de nuestro quehacer. No hay duda de que las matemáticas funcionan, de que la física nos ha permitido ir dominando y entendiendo nuestro entorno, de que la civilización moderna es ya inconcebible sin las computadoras, que han potenciado nuestra perspectiva en las más diversas direcciones. Es simplemente que no deben olvidarse los límites de algunas cosas que, por lo demás, están muy lejos de haber agotado sus posibilidades.Chiv68
Ramón Peralta y Fabi
Facultad de Ciencias,
Universidad Nacional Autónoma de México.
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Peralta y Fabi, Ramón. (2002). ¿Es la física esencialmente incompleta? Ciencias 68, octubre-diciembre, 52-54. [En línea]

 
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  de la red
 
     
Gabinete de curiosidades
   
Susana Biro
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El coleccionismo es una manía que no se da en grandes epidemias, pero que aparece regularmente a lo largo de la historia. En la actualidad las cosas que se coleccionan son tan diversas que hay desde tarjetas telefónicas hasta máscaras rituales africanas. El objeto que se escoge es un asunto que realmente depende del gusto y presupuesto del coleccionista; por tanto, no es aventurado imaginar que tarde o temprano se habrá coleccionado de todo. En el siglo xvii se pusieron de moda los Wunderkammern o gabinetes de curiosidades, que, como su nombre lo indica, contenían objetos meramente curiosos o francamente asombrosos. En estos gabinetes se podía encontrar un ave exótica, proveniente de la recién descubierta América, así como un enorme cuerno que había crecido en la cabeza de una mujer. Estos gabinetes, que en su mayoría sirvieron sólo como tema de conversación para unos pocos nobles o comerciantes, son considerados los precursores de los museos de historia natural. Uno de los primeros que fue abierto al público, en el s. xvii, estuvo en Roma y perteneció al jesuita alemán Athanaseus Kircher. El Museo de Tecnología Jurásica, creado por David Wilson, es, en más de un sentido, descendiente de estos gabinetes del Barroco.
 
El gabinete de curiosidades del Sr. Wilson de Larry Weschler fue publicado por primera vez en 1995, algunos años después del encuentro casual que tuvo el autor con este pequeño museo en la ciudad de Los Ángeles. En él nos relata su primer acercamiento al Museo de Tecnología Jurásica, al señor Wilson, y a las subsecuentes aventuras resultantes de sus intentos de profundizar en algunos de los temas tratados en las exposiciones diseñadas y construidas por Wilson. Weschler es un periodista cultural estadounidense que trabaja para la revista The New Yorker y que ha escrito libros y artículos sobre temas muy variados. En un tono que delata su constante azoro, nos cuenta las maravillas que encuentra en este gabinete, cuyo propósito es “aportar al visitante una experiencia de primera mano de la vida en el jurásico”. Se topa, por ejemplo, con una exposición sobre un murciélago que atraviesa paredes y con otra sobre una compleja teoría del olvido. El breve libro que dedica al museo, en el cual describe las mil y una cavilaciones que éste despierta en su autor, deja al lector con ganas de mucho más.
 
Una forma de continuar la aventura jurásica es a través de la red. En la sección on-air del sitio soundportraits.org hay un breve programa de radio sobre el Museo de Tecnología Jurásica, escrito y leído por Weschler, en el cual resume su libro. El programa incluye la descripción de algunas exposiciones y las reflexiones y dudas del autor acerca de las mismas, del museo y de este tipo de instituciones en general. Por otro lado, el museo tiene su propia página, www.mjt.org, con lo cual se completa el panorama.
 
El sitio del Museo de Tecnología Jurásica es extremadamente sobrio. La página inicial tiene como fondo un papel tapiz oscuro, aterciopelado, de aire un poco polvoso y muy victoriano que inmediatamente marca el ambiente y casi nos hace bajar la voz delante del monitor. El visitante tiene la opción de conocer la fascinante historia del museo o bien la sección de “Colecciones y exposiciones”, en la cual aparecen los folletos de algunas de las colecciones narradas por Weschler y otras nuevas, como por ejemplo, una exposición llamada “Cuéntaselo a las abejas…: creencias, conocimiento y cognición hipersimbólica”, cuyo folleto aclara: “Para no quedar desesperanzadamente a la deriva en este mar aparentemente infinito de creencias complejas e interrelacionadas, la exposición ha limitado su discusión a cinco áreas de indagación: alfileres y agujas, zapatos y calcetines, partes corporales y secreciones, rayos y truenos e insectos y otras cosas vivientes”.
 
Hay también un folleto especialmente extenso sobre Kircher, el padre del primer museo. Esta publicación acompaña a una de las exposiciones más ambiciosas del museo, “El mundo está atado con nudos secretos”, que es la reconstrucción del Museum de Kircher. En el escrito se relata la vida y obra del multifacético jesuita, quien publicó más de treinta libros sobre prácticamente todos los temas de la filosofía natural de su época. Habla, además, de algunas de sus incursiones en la invención de relojes e instrumentos musicales automáticos. Es increíble el parecido entre Wilson y Kircher, separados por más de trescientos años y poseídos por el afán de coleccionar y mostrar una miríada de cosas asombrosas.
 
La entrada al Museo de Tecnología Jurásica tiene un letrero que dice “a e n”. Interrogado por Weschler, el fundador, administrador, curador, investigador y portero del museo explica que significa “no-aristotélico, no-euclidiano y no-newtoniano” y que es uno de los lemas del museo. Tras el doble paseo por este fascinante espacio de reflexión, la conclusión inevitable es que en vez de ese letrero vendría bien uno en letras muy grandes que dijera “Pise con cuidado”.Chiv68
Susana Biro
Dirección General de Divulgación de la Ciencia,
Universidad Nacional Autónoma de México
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como citar este artículo

Biro, Susana. (2002). Gabinete de curiosidades. Ciencias 68, octubre-diciembre, 28-29. [En línea]

 
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