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La química que entreteje a los seres vivos
Se expone la gran importancia de los metabolitos secundarios en las interacciones biológicas. Se mencionan algunas de las interacciones de las plantas y sus consumidores en la milpa para ilustrar el papel que juegan los metabolitos secundarios y entender mejor las múltiples funciones que desempeñan.
Ana Luisa Anaya y Francisco Javier Espinosa
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La vida persiste y se desarrolla en medio de numerosas moléculas orgánicas que no tienen función aparente en el metabolismo primario de los organismos que las produ­cen. Son los metabolitos secundarios: fenoles, flavonoides, taninos, cumarinas, terpenoides, esteroides, alcaloides y otros compuestos; tan ubicuos como el movimiento, los sonidos o los colores. No podría entenderse nuestro mundo sin las esencias y sabores de las especias, los olores de un mercado de plantas medicinales, la cicuta que mató a Sócrates o la aspirina, los perfumes, el opio, la bellado­na, el árnica y la cafeína. Todos, productos originados a través del metabolismo secundario. Algunos, como los sa­bo­ri­zan­tes de las especias, se encuentran entre las causas que con­dujeron al descubrimiento de América, pues los europeos buscaban un nuevo camino hacia las Indias don­de abundaban estos productos; muchos otros motiva­ron la crea­ción de fortunas y desgracias, guerras y bienestar.
 
En virtud de su estructura, los metabolitos secundarios son químicamente reactivos; es decir, son aptos para in­gre­sar en los sistemas vivos, interactuar y cambiar la es­truc­tura de un receptor o blanco molecular, y penetrar en las células donde pueden afectar varios procesos fisiológicos. De allí deriva su actividad biológica o farmacológica, y si reconocemos la asombrosa diversidad de metabolitos secundarios no sólo en las plantas, sino en los microorga­nismos —bacterias, ascomicetos, hongos—, entenderíamos mejor la diversidad de usos que tienen, tanto los conocidos como los que están por descubrirse, y sus probables efectos sobre los sistemas biológicos.

Las plantas producen decenas de miles de metabolitos secundarios, algunos se consideran productos naturales o drogas —con sus derivados y análogos— y representan al­rededor de 25% de los productos con uso medicinal. Su empleo puede ser directo o bien como precursores y modelos para la síntesis o semi-síntesis de drogas. Por ejemplo, los alcaloides del curare —nombre genérico de venenos para flechas que se extraen de plantas, generalmente trepa­doras, de las familias Menispermaceae y Loganiaceae de América del Sur—, se emplean clínicamente como relajan­tes musculares; el alcaloide fisostigmina del haba de Calabar (Physostigmatis semina), se usa para contraer la pu­pila del ojo, al contrario que los alcaloides de la belladona (Atro­pa belladona) que la dilatan; los glucósidos car­díacos de las especies de Strophantus, utilizados en África como veneno para flechas, son muy efectivos como estimulantes del corazón. Entre los ejemplos sobresalientes de plantas útiles, por los metabolitos que producen, se en­cuen­tra Rau­volfia serpentina, originaria de las partes bajas de los Himalayas en Nepal; esta planta es usada como an­tídoto con­tra la mordedura de serpientes tan venenosas como la cobra, también se emplea contra la ansiedad, el in­somnio y la demencia; es un sedante natural que no oca­siona somnolencia y además produce reserpina, un me­ta­bo­lito sumamente efectivo para tratar la hipertensión arterial. Una le­yenda Hindi cuenta que en tiempos remotos las mangostas comían esta planta antes de com­batir contra una cobra.

La aspirina, profusamente consumida como analgésico y para prevenir trombos e infartos, es un derivado sim­ple del ácido salicílico que se encuentra naturalmente en las especies de sauce —género Salix. A diferencia de la as­pirina, la meperidina (demerol), la pentazocina (talwin) y el propoxyfeno (darvón), son drogas analgésicas totalmen­te sintéticas fabricadas utilizando como modelos o pre­cur­so­res algunos de los alcaloides del opio, látex desecado de las cápsulas de la amapola (Papaver somniferum, Papavera­ceae), que contiene aproximadamente veinticinco alcaloi­des —mor­fina, codeína, tebaína, papaverina y otros. Las apreciadas propiedades de la mayor parte de las espe­cias, condimen­tos, infusiones y bebidas como el café, el té y el chocolate —aromas, sabores y efectos estimulantes—, provienen de metabolitos secundarios farmacológicamente activos, como los alcaloides cafeína, teofilina y teobromina. Recientemen­te, se descubrieron nuevos usos y se revaloraron algunos metabolitos secundarios como agentes quimiopreventivos o sustancias que pueden prevenir problemas fisiológicos y enfermedades humanas, entre las que se incluyen tanto metabolitos primarios como secundarios (cuadro 1).
FIG1
Los metabolitos secundarios no sólo tienen propiedades farmacológicas, muchos también provocan que las plan­tas sean desagradables o tóxicas para numerosos herbívoros. Durante la evolución humana, la búsqueda y uti­lización de plantas alimenticias significó el encuentro con sus sis­te­mas químicos de defensa. Nuestra especie fue asimilan­do esta pléyade de metabolitos secundarios, pudo metabolizar algunos, evitar otros y utilizar aquéllos que le reportaban ciertos beneficios. En este punto es donde se relacionan y fusionan dos disciplinas científicas de primordial importancia: la etnobotánica y la ecología química.
 
A pesar del amplio conocimiento que se tiene sobre las relaciones entre el ser humano y los metabolitos secundarios, los cuestionamientos sobre el origen, evolución y función ecológica de estas moléculas orgánicas no iniciaron sino hasta mediados del siglo xx, con la ecología química. En esta disciplina se han realizado grandes avances en el co­nocimiento de las relaciones químicas entre organismos, lo cual nos permite entender mejor la naturaleza y los pro­cesos biológicos. En el cuadro 2 se muestra la ter­minología general sobre los metabolitos secundarios cuyo papel ecológico está plenamente reconocido. La clasificación está dividida en dos grupos. En el primero se incluyen los que intervienen en las relaciones químicas desde el pun­to de vista funcional y adaptativo, considerando las ven­tajas, des­ventajas y neutralidad adaptativa para cada uno de los participantes en la relación, el productor o emi­sor y el re­­ceptor. El segundo grupo corresponde a los in­vo­­lucra­dos en las interacciones bióticas, considerando, ade­más de las ventajas adaptativas y el origen de los compuestos, un aná­lisis de los costos y beneficios de la producción y li­beración de las sustancias.
FIG2
La diversidad así como las funciones de los metabolitos secundarios responden a una intrincada red de interac­cio­nes biológicas que va de un extremo al otro de un continuum, desde las relaciones negativas o perjudiciales para uno o ambos organismos interactuantes —depredación, pa­rasitismo, competencia, patogénesis—, hasta las positivas o benéficas para uno o ambos —mutualismo, simbiosis, pro­tocooperación—, en muchas ocasiones involucran a tres o más organismos. Otra característica de las interacciones bio­lógicas es que son dinámicas; es decir, pueden cambiar por diversos factores —intrínsecos o extrínsecos—, lo que de­termina, en algunos casos, modificaciones significativas en las relaciones entre los organismos.

Defensas vegetales

El primer nivel trófico de los ecosistemas está consti­tuido por las plantas, las cuales están expuestas al ataque de los her­bívoros o consumidores primarios —el segundo nivel tró­fico, conformado por diversos grupos de organismos des­de virus, bacterias, hongos y artrópodos, hasta ver­te­bra­dos en general. La presión de selección ejercida por los herbívoros determinó la aparición de muchos mecanismos de defensa en las plantas. A su vez, los herbívoros evo­lucionaron de manera que adquirieron caracteres adap­tativos —contradefensas— que les permitieron seguir consumiendo las plantas. En esta carrera evolutiva, los me­tabolitos secundarios tienen un papel funda­mental.

Las defensas de las plantas tienen propiedades muy par­ticulares que pueden dividirse en dos tipos básicos: las constitutivas y las inducidas. Las primeras se refieren al desarrollo de numerosas estructuras y compuestos quími­cos —espinas y tricomas, fibras, resinas, corteza gruesa, fenoles, lignina, terpenoides, alcaloides y otros metabolitos secundarios— que funcionan como defensas en los te­jidos de las plantas. Las inducidas son respuestas activa­das en un organismo después de un encuentro con un her­bívo­ro, pa­tógeno o parásito, las cuales le confieren inmuni­dad o cierto grado de resistencia frente ataques subsecuentes, entre ellas se incluyen la formación de nuevas estructuras morfológicas y constituyentes químicos, así como los cam­bios en las estructuras o en la concentración de los compues­tos ya existentes.

En la milpa

Como todos los años, Don Aristeo preparó de forma tradi­cional su parcela, sembró maíz, frijol, calabaza, haba, chi­le, alfalfa y carrizo, plantas que constituyen una parte muy importante de su subsistencia. Es una técnica de manejo multifuncional que generalmente sólo se observa en las milpas tradicionales y en las parcelas dedicadas a la agricultura orgánica. Cuanto mayor sea la variedad de cultivos, mayor será la riqueza de productos cosechados y crecerá la garantía de evitar la pérdida de toda la cosecha en caso de que alguna contingencia ambiental perjudique un cul­tivo. La diversificación proporciona otras ventajas, como mejorar el control de plagas y malezas e incrementar el aporte de materia orgánica al suelo. Asimismo, promueve una mayor diversidad de polinizadores, de depredadores de algunas plagas de los cultivos y de microorganismos en el suelo.

La milpa de Don Aristeo está enclavada en la zona de camellones —campo agrícola rodeado de zanjas con agua por uno, dos o tres de sus lados, y por diversos árboles en uno o todos sus lados— en el suroeste de Tlaxcala y tiene cierto parecido a una chinampa. Es un camellón rodeado de árboles y agua, siempre disponible, que puede cultivar dos veces al año, en primavera y en invierno. Los árboles que lo rodean —destacándose el aile (Alnus acuminata) en­tre ellos— funcionan como barreras contra el viento y su pre­sencia modifica el microclima del camellón. En la capa su­perficial del suelo, los nutrimentos se concentran cerca de los árboles y disminuyen conforme se alejan de ellos. Por otro lado, la abundancia de artrópodos, algunos poten­cia­­les plagas de los cultivos, varía según su grado de aso­cia­ción con uno o más componentes del agroecosistema —sis­te­ma agrícola en el cual se ha modificado sensiblemente el eco­sistema y cuya estabilidad depende de subsidios ener­géti­cos, un agroecosistema puede ser un policultivo, un sistema mixto o asociado, un sistema agroforestal, agrosil­vo­pastoril, o de acuacultura, entre otros.

Bordeando el camellón, al pie de los árboles, crece un arbusto muy común, la jarilla (Baccharis glutinosa, Astera­ceae). Árboles y arbustos funcionan como trampas para los insectos, protegiendo la milpa. Durante el verano, el aile atrae y retiene en sus hojas a una importante plaga del maíz, un insecto llamado frailecillo (Macrodactylus sp.); por su parte, la jarilla atrae áfidos o pulgones, con lo que disminuye su ataque a los cultivos y la consecuente reducción de la productividad. Pero, ¿cómo los atraen? La respuesta de un insecto a una planta depende de lo que la última repre­senta, puede ser alimento, microhábitat, escudo o madriguera. Sin embargo, la importancia primaria que tiene una planta para un insecto se refiere a su valor como alimento. En teoría, todas las hojas verdes representan una adecuada fuente de alimento para los insectos —y para otros herbívoros—, pero deben considerar diversos aspectos químicos de la planta: la superioridad nutritiva, las defensas químicas, los repelentes o los atrayentes. Todas pueden ser químicamente novedosas para un insecto, y aquí es donde son relevantes los metabolitos secundarios, pues en ellos se basa buena parte de la selección de los insectos. Para áfidos y frailecillos, las hojas de la jarilla y el aile son más atractivas que las de los cultivos. Las razones de esto son químicas, aunque también las plantas podrían ser más atractivas porque ahí los herbívoros escapan de sus depredadores. Sin duda, esto constituye una enorme ventaja para el agricultor pues cuenta con trampas que retienen a los insectos, los cuales, en otras circunstancias, podrían convertirse en plagas de los cultivos. Pero queda una pregunta en el aire, ¿acaso los cultivos no tienen defensas quí­­micas?

Las defensas del maíz

En el camellón de Don Aristeo, poco después de la siembra de primavera, el maíz apenas ha germinado, pero en sus tejidos se sintetizan un grupo de metabolitos que no estaban en la semilla: los ácidos hidroxámicos cíclicos —el diboa y el dimboa—, también conocidos como benzoxazinoides. Presentes en otros cereales como el trigo, se les ha implicado en la resistencia o inmunidad de las plantas a insectos y microbios; por ejemplo, una de sus funciones es repeler áfidos o pulgones, reduciendo con ello la transmisión de virus a las plantas. También el barrenador del tallo (Ostrinia nubilalis), larva de una mariposa-plaga de Asia introdu­ci­da en los Estados Unidos y luego en México, es repelido por los ácidos hidroxámicos del maíz. Agrobacterium tume­faciens, la famosa bacteria patógena con la que inició la biotecnología de organismos transgénicos o geneticamente modificados, tampoco ataca al maíz por la presencia de los ácidos hidroxámicos; sin embargo, recientemente se encontraron cepas de la bacteria resistentes al dimboa, las cuales se han usado para producir maíz transgénico.

En el maíz, y en otras gramíneas, una característica de la estructura química de los ácidos cíclicos dimboa y diboa es que están presentes como glucósidos —una molécula de glucosa ligada a otra molécula, que generalmente es tóxica, llamada aglicona. Cuando el tejido del maíz es rasgado o mordido, los glucósidos hidroxámicos reaccionan con una enzima que se encuentra en el citoplasma de las células, la beta glucosidasa, y que divide las moléculas liberando glucosa y las agliconas tóxicas dimboa y diboa, las cuales se descomponen rápidamente formando benzoxazolinonas mboa y boa, respectivamente, también tóxicas. Algunos hongos patógenos de los cereales, como Gaeumannomyces gra­minis, y diferentes especies de Fusarium son capaces de degradar el mboa y el boa, y formar ácidos menos tóxicos.

Los ácidos hidroxámicos cíclicos también son tóxicos para el maíz, por lo que la enzima y el glucósido se almace­nan por separado. Este es un patrón común en las plantas que producen metabolitos tóxicos que podrían dañarlas. Poco después de la germinación del maíz se puede encontrar dimboa, tanto libre como en su forma de glucósido, el cual comienza a desaparecer, y se reduce la concentración del glucósido, después de treinta y seis horas. Se cree que el dimboa libre es una protección para la plántula, porque la más mínima pérdida de su tejido puede ser mortal.

Mientras se desarrolla, el maíz está expuesto a numero­sas enfermedades y plagas. Una de las más destructivas, el gusano de las raíces (Diatrea grandiosella), causa grandes pérdidas en ciertas variedades de maíz. En las raíces de las que resisten se ha encontrado altas concentraciones de glu­cósidos de dimboa, el cual afecta poco a otras plagas, como el barrenador del tallo del maíz (Diabrotica virguifera). Es posible que en ello influyan los siete glucósidos relaciona­dos con el dimboa, presentes en maíz sano. A Don Aristeo tam­bién le preocupa el gusano cogollero (Spodoptera frugi­perda), un insecto voraz que ataca a los cogollos de la plan­ta del maíz.

Para luchar contra sus numerosos enemigos y competi­dores o enfrentar las condiciones adversas del medio, el maíz tiene diversos mecanismos de defensa. En ocasiones, sorprenden por su sofisticación y complejidad; por ejemplo, al ser atacadas por las orugas de Spodoptera frugiperda, las plantas de maíz emiten una mezcla específica de compuestos volátiles, y pequeñas cantidades de acetato de fenetilo y Æ-humuleno, que resulta altamente atractiva para las avispas parasitoides como Microplitis rufiventris, que buscan a las orugas, sus presas, para depositar sus huevecillos en su interior. La liberación de las señales por el maíz es promovida por un metabolito inductor específico que se encuentra en la saliva de las orugas, la volicitina. Algunos estudios sugieren que las plantas responden de manera di­ferencial a las distintas especies de herbívoros, incluso en sus diferentes etapas de desarrollo, proporcionando señales químicas específicas a los parasitoides depredadores de los herbívoros. En el caso de Spodoptera exigua, prima hermana de S. frugiperda, la avispa hembra parasitoide (Cotesia marginiventris) que la ataca, también es atraída por los volátiles emitidos por las plantas de maíz, cuyos tejidos sufren el ataque de esta oruga. Con el tiempo, el daño por las orugas induce la producción de terpenoides e indol en el maíz, que actúan como atrayentes sobre el parasitoide. La duración del tiempo de consumo por el herbívoro deter­mina el tipo de compuestos que produce la planta y, de este modo, qué tan atractiva puede resultar para Cotesia. Los compuestos emitidos durante una hora de consumo por las orugas, tienden a ser volátiles derivados de la lipo­xigenasa —volátiles de hojas verdes— y de ácidos grasos como aldehídos de seis carbonos y alcoholes, mientras que las sustancias emitidas después de seis horas de consumo, son terpenoides. El olor de una planta puede estar determinado por cientos de compuestos químicos exclusivos o comunes en varias plantas.

Recientemente, se han intensificado las investigaciones sobre las relaciones entre los tres niveles alimentarios —tritróficas: planta-herbívoro-carnívoro— para aumentar las alternativas de control biológico en los agroecosistemas, incorporando aquellas que se basan en el manejo de los me­canismos de atracción que tienen las plantas sobre depredadores y parasitoides.
Una planta es capaz de asegurar la fuerza y claridad de una señal dosificando la cantidad de volátiles que libera. El maíz dañado por un herbívoro emite algunos microgramos de compuestos por hora, cantidad considerablemente gran­de comparada con la comunicación por feromonas que generalmente efectúan los insectos, que sólo producen unos cuantos nanogramos —la milésima parte de un mi­cro­gramo— por hora.

Sobre cómo ocurrió exactamente el desarrollo evolutivo de todas estas señales químicas, aún existen muchas interrogantes. En la planta, la capacidad de liberar volátiles que atraen a los enemigos naturales de los herbívoros, y en los insectos carnívoros —depredadores de otros insectos—, la de detectar los sistemas químicos que han desarro­llado las plantas contra los herbívoros. La clave de la atracción de depredadores, hacia los herbívoros que atacan a una planta, radica en diversas señales que provienen tanto de la planta y del herbívoro, como de la interacción de am­­bos. Por su parte, el depredador puede distinguir las di­fe­ren­­cias cualitativas entre los olores emitidos por diferentes especies de plantas y los de los herbívoros. Por ejemplo, los fri­joles Lima infestados con el ácaro Tetranychus urticae pro­ducen terpenoides y salicilato de metilo que atraen al ácaro carnívoro Phytoseiulus persimilis, depredador de Te­tranychus.

Relaciones entre plantas

En la milpa, el maíz, el frijol y la calabaza conviven con una diversidad de malezas que aprovechan las mejoras al suelo, que realiza Don Aristeo mediante el riego y el abono, para establecerse y desarrollarse junto con los cultivos hasta completar sus ciclos de vida. Cultivos y malezas, al crecer juntos, establecen diversas relaciones; por ejemplo, compiten por el espacio, la luz, el agua y los elementos nutritivos del suelo, desplegando muchos de los mecanismos adquiridos durante la evolución que les confieren ven­tajas en su lucha competitiva. Uno es la liberación de me­ta­bo­litos con diversas propiedades; por ejemplo, la de inhi­bir o estimular el crecimiento de otras plantas competidoras o de microorganismos, fenómeno que recibe el nombre de alelopatía. La liberación de los metabolitos que la planta produce se realiza por diversas vías: volatilización, lixiviación de las hojas, exudación por las raíces y descomposición de la materia orgánica. Antes de sembrar, Don Aristeo sue­­le añadir al suelo abono orgánico, una mezcla de rastrojo de maíz, malezas que corta durante los deshierbes, hojas de los árboles que rodean el camellón o bien el lodo y las plan­tas acuáticas de los canales que lo rodean —abonos vegeta­les—, y el estiércol de sus animales domésticos: vacas, cer­dos, gallinas y burros —abonos animales.

Estudios en el campo demostraron que durante la descomposición de algunos abonos verdes que utiliza Don Aris­teo —particularmente las hojas del aile y las de algunas plantas acuáticas que viven en las zanjas de agua— se logra reducir el número de malezas que crecen en las parcelas de cultivo; la descomposición de este material modifica químicamente al suelo y actúa como herbicida natural que afecta el crecimiento de algunas arvenses y de microorga­nismos del suelo, sin perjudicar los cultivos.
 
Algunas malezas, y cultivos como el maíz, son capaces de liberar al medio metabolitos secundarios con efectos ale­lopáticos —algunos también considerados como herbicidas naturales. Por ejemplo, el polen del maíz es particularmente alelopático o fitotóxico, inhibe la germinación y el crecimiento de muchas malezas al caer sobre el suelo de la milpa. Contiene gran cantidad de ácido fenilacético, que es un regulador del crecimiento vegetal producido por las plantas y una de las causas por las que el polen de maíz es alelopático. Se sabe que la calabaza —de la familia Cucurbitaceae— también libera sustancias inhibidoras del crecimiento de otras plantas. Las cucurbitáceas forman una cubierta continua sobre el suelo que elimina las malezas y aporta materia orgánica —entre ocho y diez tonela­das por hectárea. Una maleza de la misma familia y cuyas propiedades alelopáticas están más acentuadas, el chayotillo (Sicyos deppei), crece en el camellón de Don Aristeo de forma rastrera, es muy agresiva y cubre el suelo, puede trepar encima de otras plantas y de los árboles, y si no se elimina a tiempo, interfiere con el crecimiento de los cultivos y otras malezas hasta desaparecerlos. También, algu­nas variedades de frijol pueden tener propiedades alelopáticas. El efecto de este tipo de compuestos sobre la ger­mi­nación y crecimiento de otras plantas, depende de la sensibilidad de las últimas, de su edad, su estado fenológico y su vitalidad, entre otros factores.
 
En este tipo de sistemas agrícolas tradicionales, que exis­ten con diversas variantes en muchos lugares de México, el manejo de las malezas durante el ciclo de cultivo juega un papel decisivo. Don Aristeo las conoce por su efecto benéfico o perjudicial y las selecciona cuidadosamente, corta algunas que son comestibles, como los quelites, otras las usa como forraje y las que no interfieren con sus culti­vos, las deja crecer pues sabe que le benefician produciendo materia orgánica que enriquece el suelo, favoreciendo la retención de humedad, contrarrestando la salinidad, protegiendo al suelo de la erosión y ayudando al combate de otras malezas, insectos dañinos y enfermedades. Cuando cultiva brócoli (Brassica oleracea) y lo combina con flor de nabo (Brassica rapa var. campestris), la última tiene un efec­to inhibidor sobre las malezas y aumenta la producción del brócoli. Esto indica que la asociación de una planta cultivada con una especie no cultivada puede ofrecer alternativas para el control alelopático de arvenses y para disminuir el excesivo uso de herbicidas.

Las aplicaciones prácticas de la alelopatía para el control de malezas en la agricultura incluyen la identificación de nuevos herbicidas, el uso de coberturas alelopáticas, la rotación de cultivos, el desarrollo de cultivos alelopáticos, la disminución de enfermedades del suelo y los problemas de replantación asociados con la autotoxicidad.
 
Se ha relacionado la alelopatía con problemas de inter­fe­rencia entre cultivos y malezas, entre cultivos, así como de toxicidad de los residuos de cultivos y malezas, y exuda­dos de ambos. Muchos problemas de autotoxicidad, o de fra­ca­sos en la reforestación y restauración ecológica, están relacionados con la alelopatía, la cual tiene una fuerte co­rres­pondencia con otros tipos de estrés ambiental. Resulta complicado establecer el papel ecológico de los alelopáti­­cos, una pléyade de factores interactuando entre sí, y con los agentes alelopáticos, hacen muy difícil evidenciar el fe­nómeno en condiciones naturales. Sin embargo, la ale­lopatía puede convertirse en una herramienta potencial para el control biorracional de las malezas o patógenos del suelo por medio del manejo de los aleloquímicos que se producen y liberan al ambiente. Por eso es indispensable que las nuevas metodologías de manejo de los recursos bió­­ticos consideren la alelopatía, y la ecología química en ge­neral, como parte de sus tácticas básicas.

Disfraces adquiridos

El lenguaje químico por medio de diversas señales suele ser la forma dominante de comunicación entre los organismos vivos. Los insectos, por ejemplo, han desarrollado señales químicas altamente complejas y específicas con las que se comunican con los individuos de su propia especie —feromonas—, y resulta sorprendente que otros organismos, como las plantas, hayan adquirido la habilidad de explotar estos sistemas con el fin de satisfacer sus propias necesidades.
 
En el camellón de Don Aristeo, los frijoles, las calabazas, las habas, los girasoles, los chícharos y muchas malezas, tienen la capacidad de producir las mismas, o muy pareci­das, señales químicas usadas por los insectos para comunicarse —mimetismo químico. Así, un compuesto o una mezcla producida por un organismo —la planta— provoca una respuesta específica de conducta en otro de diferente especie.
 
Para la mayoría de las plantas con flores, la interacción con animales polinizadores es fundamental. Sobre todo para aquéllas cuyas flores son unisexuales y para las que tienen flores auto­incompatibles —que no pueden autopolinizarse—, como algunos chícharos que no podrían re­pro­du­cirse sexualmente sin la presencia del polinizador debido a la morfología especial de la flor. Este tipo de plan­tas depende de la polinización cruzada que efectúan los in­sectos.
 
Gran parte de los sistemas de polinización han evolucionado como relaciones mutualistas en las que ambos or­ganismos son recompensados, el insecto obtiene polen, néc­tar, ceras o esencias de la flor y la planta logra reproducirse por medio de la transferencia de su polen por el insecto.
 
Los diversos metabolitos bioactivos —aleloquímicos, fe­romonas, alelopáticos— ejercen su influencia sobre otros sistemas biológicos mediante su estructura química original, o bien son precursores de diversos compuestos bioactivos, como los producidos durante la descomposición microbiana. La alelopatía puede ocasionar un efecto indirecto cuando una planta inhibe el crecimiento de microorganismos benéficos en el suelo —bacterias fijadoras de nitrógeno y micorrizas— y, por medio de ese efecto, perju­dicar el desarrollo de otros organismos dentro de la comunidad. Los diversos tipos de aleloquímicos que se conocen pueden afectar distintos procesos metabólicos, de ahí la mul­tiplicidad de sus mecanismos de acción fisiológica.
 
Así, en el camellón de Don Aristeo, el cultivo de varias plantas se traduce en un complejo manejo del ecosistema conformado por una gran diversidad de elementos bióticos y abióticos. La estructura y función de este sistema muestra una dinámica de energía y materia que gobierna su exis­tencia, y cómo cada uno de los organismos establece una multiplicidad de interacciones con otros, al tiempo que se relacionan con los factores físicos y químicos del ambiente. Allí, los metabolitos secundarios tienen un papel multi­funcional.
 
Por todo lo anterior, es lógico pensar que diferentes tipos de productos naturales útiles para el ser humano pue­den surgir de los estudios de ecología química —plagui­cidas o fármacos— o mediante el uso de estrategias de bioprospección etnobotánicas o ecológicas. La destrucción de los recursos bióticos en el planeta, particularmente en los tró­picos, además del empobrecimiento de las comunida­des humanas locales, significa la pérdida de la biodiversidad, lo cual se traduce en la desaparición de productos na­turales potencialmente útiles. Así, los estudios de ecología quími­ca pueden contribuir a la conservación de la biodiversidad, demostrando lo valiosa que ésta puede ser en mu­chos sentidos.
Ana Luisa Anaya Lang
Instituto de Ecología, Universidad Nacional
Autónoma de México
Francisco Javier Espinosa García
Centro de Investigaciones en Ecosistemas, Morelia,
Universidad Nacional Autónoma de México.
Referencias bibliográficas
 
Anaya, A. L., Espinosa García, F. J. y Cruz Ortega, R. (Coord.). 2001. Relaciones químicas entre organismos: aspectos básicos y perspectivas de su aplica­ción. Ins­tituto de Ecología, unam, Plaza y Valdés Editores, México.
Bergström, G. 1978. “Role of volatile chemicals in Ophrys-pollinator interactions”, en Biochemical aspects of plant and animal coevolution. J. B. Harborne (ed.). Academic Press, Londres.
Borg Karlson, A. K. 1990. “Chemical and ethological studies of pollination in the genus Ophrys (Orchida­ceae)”, en Phytochemistry, núm. 29, pp. 1359-1387.
Espinosa García, F. J. y G. Delgado. 1998. “Relation­ship between ecology of plant defense and the pros­pec­tion of secondary metabolites with potential medicinal or agricultural application”, en Revista Latinoamericana de Química, núm. 26, pp. 13-29.
Ana Luisa Anaya Lang es Bióloga y Doctora en Ciencias (Biología) de la Facultad de Ciencias de la unam. Actualmente es Investigadora Titular C en el Instituto de Ecología de la unam e Investigadora Nacional nivel III.
Francisco Javier Espinosa García es Biólogo y Maestro en Ciencias de la Facultad de Ciencias de la unam y Doctor en Biología de la Universidad de California, Santa Cruz. Actualmente es Investigador Titular “B” en el Centro de Investigaciones en Ecosistemas de la unam.
 
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como citar este artículo

Anaya Lang, Ana Luisa y Espinosa García, Francisco Javier. (2006). La química que entreteje a los seres vivos. Ciencias 83, julio-septiembre, 4-13. [En línea]
 
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El cuaulote, recurso herbolario de Chiapas
En este texto, partiendo de la importancia del conocimiento indígena como fuente capaz de proveer plantas que beneficien al sistema de atención a la salud, se analizan las principales propiedades del cuaulote (Guazuma ulmifolia), una planta usada con fines terapéuticos en el estado de Chiapas.
Ricardo A. Villatoro, Lorena Luna y Alma Rosa González
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Por mucho tiempo, los grupos indíge­nas de México han utilizado algunas plantas para aliviar numerosas enfermedades naturales y espirituales, según la cosmovisión de cada cultura. El Códice de la Cruz-Badiano, titu­lado originalmente Medicinallibus Indorum Herbis y escrito en náhuatl en 1552 por el médico indígena Martín de la Cruz del Colegio de la Santa Cruz de Tlatelolco y traducido al latín por el también médico indígena xochi­milca, Juan Badiano, contiene 185 ilustracio­nes en color de plantas medicinales y menciona el uso de 270 especies en total; por su parte, la Historia general de las cosas de la Nueva España de Fray Bernardino de Sahagún reporta la exis­tencia de más de 3 500 plantas medicinales. La información registrada en estos documentos es uno de los insumos empleados por varios investi­ga­dores para validar el conocimiento so­bre la herbolaria indígena. Se ha comprobado que los principios activos extraídos de las especies estudiadas poseen las propiedades referidas en los documentos. Además, el análisis de una planta medicinal con uso tradicional muchas veces condujo al aislamiento de sustancias con actividad biológica.
 
La medicina tradicional se ha es­tu­dia­do en dos grandes vertientes. Una dirigida hacia la descripción y com­pren­sión de sus conceptos y prác­ti­cas, y la otra interesada en los recursos, es­­pecialmente en las plantas medicinales. Éstas son analizadas desde distintas áreas del conocimiento como los estudios etnobotánicos, fitoquímicos y farmacológicos. El conocimiento indígena representa una fuente capaz de proveer plantas que beneficien al sis­tema de atención a la salud, por ello resulta importante la valoración ex­pe­ri­mental de la flora medicinal me­diante metodologías que impulsen alterna­ti­­vas confiables y útiles para la población. Los análisis fitoquímicos tra­­dicionales se enfocaron en estudios de clasificación de las plantas, o de los mi­croorganismos, con base en la comunidad de sus productos naturales y de ciertos procesos metabólicos —quimio­taxonomía—, como la relación entre los metabolitos secundarios aislados —terpenos, flavonoides, glucósidos, acetogeninas— y las tribus, familias o géneros. Bajo esta óptica, no se favorece el estudio de la relación entre actividad biológica y metabolito se­cun­dario —moléculas que no parecen necesarias para el crecimiento y la reproducción de las plantas, pero que pueden suponer una ventaja competitiva considerable, además de desem­peñar un papel relevante en la supervivencia y en la interacción con el entorno; los metabolitos secundarios presentan una vasta distribución en el reino vegetal.

La extensa literatura especiali­za­da sobre el estudio de la flora me­di­ci­­nal señala que solamente se ha inves­tigado una pequeña fracción de las especies con potencial farmacéuti­co, tal vez menos de 10% del total de plan­tas superiores. Según estimaciones más recientes, alrededor de 15% de la riqueza florística mundial, cerca de 37 000 especies, posee virtudes cu­rativas.

En el estado de Chiapas, al sur de México, la gran variedad de flora y la riqueza étnica propicia un extenso co­nocimiento de las plantas, base de su amplio uso como recurso y de la me­dicina tradicional. Allí, entre la gran variedad de flora utilizada por la po­bla­ción indígena y mestiza para el tra­tamiento de diarreas, disenterías, en­­teritis aguda, dolor de abdomen y tos está el cuaulote (Guazuma ulmifolia), conocido con diferentes nombres comunes de acuerdo con las regiones en donde se localiza. En diversos docu­men­tos se encontraron sesenta nombres, de los cuales veintinueve son de origen indígena escritos en lengua ná­huatl, tzotzil, tzeltal, maya, tarasco, za­poteco, chontal, mije, tapegua, to­to­na­ca, huasteco, guarigio, mayo y po­­po­lu­ca; el resto son castellanizados o in­cluso derivados del náhuatl. Esto denota una gran riqueza lingüística asociada a esta especie, y que es muy conocida entre la población indígena y mestiza de México. Particularmente, las etnias de Chiapas tienen un co­nocimiento tradicional del cuaulote que se refleja en la variedad de usos y nombres que le dan a esta planta, los tzot­ziles la llaman akit, los tzeltales, xu­yuy, k’olin kakaw, k’un kakaw, tzuny y tzuyui, los zoques la conocen como guácimo y cuaulote negro, mientras que la población mestiza como cuaulote y tapaculo.
 
El uso tradicional está relacionado con propiedades de sus frutos, flores, hojas, tallo y raíz, las cuales indican la presencia de ciertas moléculas de interés químico. Se han logrado aislar diversos productos como ácidos grasos, triterpenos, esteroles, cumarinas, flavonoides y taninos. El grupo más es­tudiado es del tipo fenólico —com­pues­tos con propiedades antioxidantes— y se han identificado a las pro­anto­cianidinas, presentes en gran variedad de plantas, como los compuestos mayoritarios de esta especie y las respon­sables de su uso para el tratamiento de enfermedades respiratorias y gastrointestinales de origen bacteriano, las cuales afectan fuertemente a la po­blación indígena y mestiza del estado de Chiapas. Así, el conocimiento actual no se opone al tradicional, sino que lo sustenta.

Antecedentes botánicos

En el reino vegetal se calcula que exis­ten cerca de 250 000 especies de plantas superiores, entre ellas las angiospermas, las cuales tienen flores y sus semillas están cubiertas por un fruto, son las más numerosas, aproximadamente 220 000. En la familia Sterculia­ceae, que consta de cerca de cin­cuenta géneros, destacan por su riqueza en tipos específicos las alrededor de 1 500 especies de los géneros Guazuma, Ster­culia, Theobroma, Kleinhovia, Her­man­nia, Dombeya, Buttneria y Melochia. G. ulmifolia, descrita por Lambert en 1789, es una de las cinco especies del género Guazuma. Es un árbol de tama­ño variable, de entre 10 y 25 metros de altura, caducifolio, que florece casi to­do el año, aunque especialmen­te de abril hasta octubre. La corteza externa es ligeramente fisurada y se desprende en pequeños pedazos, mien­tras que la interna, de color amari­llento que cam­bia a pardo rojizo o rosa, es fi­brosa, dul­ce y ligeramente astringente; el grosor total de la corteza es de entre 5 y 10 milímetros. Tiene hojas alternas sim­ples, más largas que anchas y con los lados casi paralelos en la mayor par­te de su extensión, su fi­gura semeja una punta de lanza, con el margen ase­rrado, verde oscura en el haz y verde grisáceo o amarillento en el envés. La inflorescencia es en forma de racimos de entre dos y cinco cen­tímetros, las flores son bisexuales y con olor dulce. El fruto, cápsula de entre tres y cuatro centímetros de largo, crece en in­frutescencias de hasta diez centímetros, se abre tardíamente, es ovoide con numerosas protuberancias cónicas en la superficie y tiene un color moreno oscuro o negro cuando está totalmente maduro; tanto su olor co­mo su sabor es dulce y contiene nu­me­rosas semillas de 2 o 2.5 milímetros de largo, redondeadas y pardas; madu­ra casi todo el año, pero especialmente entre septiembre y abril, y permanece por largo tiempo en el árbol.

Distribución y ecología

En las zonas bajas cálidas, con una tem­peratura media anual superior a 24° C, pero sobre todo en regiones hú­me­das, con precipitaciones anuales entre 700 y 1 500 milímetros, es donde usualmen­te se encuentra el cuaulo­te, aunque se ha hallado en zonas su­mamente hú­me­das con más de 2 500 milímetros de lluvia al año. Se adapta a varias cla­ses de suelos, sean texturas livianas o suelos pesados, y se ubi­ca desde en el nivel del mar hasta 1 200 metros de altitud, no obstante se ob­ser­va con más frecuencia a menos de 500 metros y en suelos no muy ácidos (con pH superior a 5.5). Es susceptible a la competencia de malezas y su desarro­llo potencial se reduce en suelos muy compactados o con altos conteni­dos de arcilla.

Su distribución, en América tropical y subtropical, abarca desde el sur de México, Centroamérica, Santo Domingo, Cuba, Puerto Rico, Venezuela, Ecuador, Colombia, Perú, norte de Ar­gen­tina, Paraguay, Bolivia, la parte me­ridional de Brasil y a lo largo de las An­tillas. En México, se encuentra en regiones de clima cálido, principalmen­te cerca del plano de la vertiente del Golfo, desde Tamaulipas hasta la península de Yucatán, y en la vertiente del Pacífico, desde Sonora hasta Chiapas, incluyendo los estados de Puebla, Morelos, Hidalgo y San Luis Potosí. Es frecuente hallar al cuaulote en bos­ques y selvas donde la acción del hom­bre es más persistente.
En Chiapas, el cuaulote forma par­te de zonas abiertas con diversos tipos de vegetación: costera, matorral espinoso, selva alta subperennifolia, selva baja subcaducifolia, acahual, potreros, pastizal de potreros, selva mediana sub­perennifolia, bosques de encinos, manglar, ruderal, selva alta perennifo­lia, selva baja caducifolia-encinar, selva mediana caducifolia y selva baja ca­ducifolia. Presente en casi todo el es­tado, desde el norte hasta la costa del Pacífico, sobre todo se encuentra en rancherías, tanto silvestre como cul­tivado. Es una especie característica de vegetación con crecimiento secunda­rio, por lo que se considera como indi­cadora de zonas perturbadas.

El uso tradicional

El uso tradicional del cuaulote es am­plio, tanto en México como en diversas regiones tropicales y subtropicales de América. El cocimiento de la corte­za, rica en mucílago —sustancia con pro­piedades semejantes a las de las go­mas, utilizadas como laxante en me­dicina o como adhesivo, espesante y emulgente—, se usa para clarificar el azúcar y contiene una fibra que se uti­liza para amarrar. Brent Berlin señaló que los niños tzotziles de Chiapas frecuentemente comen el fruto por su dul­ce pulpa. Martínez menciona que el fruto tierno macerado en agua suel­ta un mucílago que se usa para la clarificación de jabones y que la madera se utiliza en la elaboración de carbón para pólvora. Por su parte, Rivas repor­tó que la madera es utilizada como materia prima para la carpintería en general, así como para la construcción de cajas, embalajes y mangos de herra­mientas; además menciona que en todas las regiones donde crece en forma natural es considerada como un ex­celente combustible porque produce buena brasa, poco humo, tiene un alto poder calorífico y es capaz de arder verde; también señala que las ho­jas son utilizadas como forraje para alimentar al ganado durante los periodos secos, ya que contienen un alto porcentaje de proteínas. Las hojas tam­bién fueron reportadas por Miranda como alimento para gusanos de seda. Las flores producen miel de buena calidad, según reportaron Standley y Steyermark, y la savia se usa como pe­gamento para que la pintura se adhiera mejor a las paredes. El cuaulote tam­bién se usa como árbol textil, en cortinas rompevientos, cercas vivas y para sombra y refugio del ganado.

Francisco Hernández, en su Historia Natural de la Nueva España, escri­ta entre los años 1571 y 1577, reporta a Guazuma ulmifolia, entonces llamada quauhólotl o árbol de élotl, como planta medicinal cuyas “hojas son co­mo de moral, blanquecinas y vellosas principalmente por debajo, blandas y aserradas; con un fruto oblongo y espinoso a manera de erizos, comestible de forma y tamaño de bellotas gruesas y cortas; la flor pequeña y blanca”. Los textos mayas reportan el uso medi­cinal de esta especie, particularmente para el tratamiento de las diarreas con la infusión de la corteza. El libro del Chi­lam Balam de Chumayel señala que Guazuma ulmifolia “puede ser el árbol legendario pixoy o picxoy que es plan­tado por los dioses para conmemorar el desvastador diluvio que en un tiem­po destruyó el ­mundo”.

Propiedades medicinales

En diversos documentos que datan de los siglos XV y XVIII, como el Códice de la Cruz-Badiano y la Historia Natural de la Nueva España, aparece el guácimo como planta medicinal usada por los indígenas que habitaron el México pre­hispánico. Actualmente, la población in­dígena y mestiza del estado de Chia­pas aún la utiliza como remedio her­bo­lario. Los datos de varios textos re­ve­la­ron 49 usos medicinales, 25% para com­batir enfermedades gastrointes­tinales y 12% para las respiratorias, a par­tir del tallo, la raíz, la hoja, el fruto y la flor, en forma de té o infusión. Un acercamiento a las fuentes vivas —pues­tos de mercado, practicantes de la me­dicina tradicional y habitantes en ge­neral— permitió corroborar la información reportada en los textos (cuadro 1).
FIG1
A partir de 1968, con base en los an­tecedentes históricos de los usos efec­tivos del guácimo en la medicina tradicional, diferentes investigadores se enfocaron a estudiar sus propiedades y actividades en el laboratorio. En ese año, en estudios con animales, va­rios extractos acuosos y alcohólicos de la corteza mostraron actividad cardiotó­nica y depresiva del músculo cardia­co blando, así como hipotensiva, rela­jan­te del músculo liso y actividades estimulantes uterinas. En diferentes es­tu­dios, varios extractos de hoja, corteza y raíz mostraron actividad antibacteriana y antifúngica in vitro sobre numerosos patógenos.

En 1990, Cáceres y colaboradores reportaron la actividad antibacteriana de los extractos etanólicos del cuaulo­te sobre Salmonella typhi, Salmonella enteritidis, Shigella dysenteriae y Shigella flexneri. Posteriormente, Heinrich y colaboradores, realizaron una evalua­ción microbiológica y parasitológica in vitro de la corteza del cuaulote, y en­contraron una fuerte actividad sobre diversos microorganismos patógenos. Cáceres y colaboradores señalan la ac­tividad antimicrobiana de las hojas en bacterias causantes de desordenes res­piratorios y gastrointestinales. Por su parte, Villatoro reporta que la corteza de raíz de esta planta inhibe el crecimiento de bacterias responsables de en­fermedades gastrointestinales y res­piratorias, como Staphylococcus au­reus, Staphylococcus epidirmidis, Pseudo­mo­nas aeruginosa, Shigella flexneri, Kleb­sie­lla pneumoniae, Streptococcus pneu­moniae, y además, Bacillus subtilis. Asimismo, González y colaboradores reportaron un estudio sobre la disminución del crecimiento bacteriano de las mismas bacterias mediante la utilización de la corteza de la raíz y el tallo del guácimo, y Lentz y colaboradores reportaron la inhibición del cre­ci­miento de Mycobacterium intracellulare, Bacillus subtilis y de los hongos pa­tógenos Cryptococcus neoformansk y Candida albicans por la corteza y hojas de Guazuma ulmifolia.

Aunado a esto, se han valorado in vitro otros de los usos que se le confie­ren al guácimo. Un estudio realizado por Pinheiro y colaboradores reportó la actividad molluscicidal —la capacidad de ser tóxico e incluso letal para ciertos organismos— de la corteza del guácimo. Finalmente, un grupo de in­vestigadores brasileños demostró que el extracto de hojas es citotóxico sobre líneas celulares cancerígenas, alcan­zan­do 97.3% de inhibición del crecimiento celular.

Compuestos químicos

De las flores, hojas, tallo y raíz del cuau­lote se han aislado diversos metabolitos secundarios. Destacan las proanto­cianidinas, obtenidas de la corteza, que son compuestos flavonoides —pig­men­tos vegetales hidrosolubles con actividad antioxidante, porque inhiben o retrasan la oxidación de otras mo­lé­cu­las— y constituyen la principal frac­ción fenólica responsable de las ca­racte­rísticas de astringencia de los vegetales, aunque la intensidad de es­tas sensaciones depende del peso mo­lecu­lar del compuesto. Se ha docu­men­tado que las proantocianidinas, ampliamente investigadas en Europa y en los Estados Unidos, ayudan a pro­te­ger las lipoproteínas de baja densidad del plasma contra la oxidación, fortalecen los vasos capilares y la función vascular, y mejoran la función del sistema inmune. Los doctores Michaela Hör, Michael Henrich y Horst Rimpler en el Instituto de Biología Far­macéutica de la Universidad Albert-Ludwigs de Alemania describieron la estructura de las proantocianidinas ob­tenidas de la fracción acuosa del extracto crudo de corteza del cuaulote. Los oligómeros de proantocianidinas —mezclas de moléculas de proantocianidinas— son complejos bioflavonoi­des —compuestos de las plantas que se asimilan en nuestros tejidos corporales— que actúan como neutralizado­res de radicales libres en el cuerpo hu­mano. El nombre de estos compues­tos diméricos se debe a que, por trata­miento ácido, forman antocianidinas —pigmentos hidrosolubles con múlti­ples beneficios para la salud. Son inco­loras pero fluorescentes al ser observadas con luz ultravioleta. Además, de las partes florales, se han aislado los fla­vonoles —compuestos con gran capacidad antioxidante como resultado de su estructura química— del tipo del camferol, quercetina y camferitrina.

Anjaneyulu y Suryanarayana aislaron, primero de la corteza y hojas del cuaulote, triterpenos —productos na­turales usados en medicina y perfu­mería— y cuatro años más tarde, de la médula, aislaron cumarinas —un gru­po muy amplio de principios activos fenólicos. El papel fisiológico de las cu­marinas sólo se conoce parcialmente, pese a su abundancia en la naturaleza y su diversidad estructural. Se ha encontrado que pueden ser anticuagulan­tes, espasmolíticas e hipercolesterémicas, o inhibidoras del crecimiento vegetal. También de la médula, aislaron un lignano —compuestos de natu­raleza fenólica con una gran variedad de efectos. Son compuestos aromáticos que poseen el mismo tipo de sustitución que los ácidos cinámicos, los cuales son capaces de prevenir la muer­te de algunas células e inhibir el aumento de calcio intracelular. En 1971, Siddiqi y colaboradores reportaron el aislamiento, en semillas, de ácidos gra­sos como el linoleico, el palmítico y el oleico.

Los taninos

Los taninos son polifenoles —grupo de compuestos presentes en forma ex­tensiva en la naturaleza— solubles en agua que difieren de los demás compuestos fenólicos naturales por su ha­bilidad de precipitar las proteínas. Acu­mulados en grandes cantidades —más de 10% del peso seco— en órganos y te­jidos particulares —corteza, tallo, ho­jas, frutos y raíces—, están distribuidos en las plantas en dos grupos de acuer­do con su estructura química, los taninos condensados y los hidroli­zables. Los últimos, también llamados gálicos o pirogálicos, se hidrolizan con facilidad tanto por ácidos y álcalis co­mo por vía enzimática y son generalmente de formación patológica. Mien­tras que los condesados se producen en el metabolismo normal de los vegetales, por lo que se consideran fisio­lógicos y se encuentran ampliamente repartidos en el reino vegetal. El meca­nismo de toxicidad de estos compuestos está relacionado con algunas de sus características propiedades estereo­químicas —estructura molecular— y, en particular, con su propiedad astrin­gente correlacionada con su estructura química.
 
Durante los últimos años, las inves­tigaciones sobre el guácimo se han en­focado al análisis fitoquímico y la identificación de los compuestos responsables de las propiedades medicinales que se le confieren. Así, Hör y colaboradores aislaron de la corteza pre­cursores de los taninos condensados del tipo de las proantocianidinas con un alto grado de polimerización y, en un estudio clínico con conejos, de­mos­traron que dichos compuestos tienen la capacidad de inhibir la toxina de la bacteria del cólera (Vibrio cho­­le­rae), además de interferir con la pros­­taglandina sintetasa e2 (pge2), en­zima que interviene en la replicación de bac­­terias y otros patógenos. Es así co­mo las proantocianidinas atacan una vía bioquímica que es única pa­ra los patógenos y reducen el riesgo de que las bacterias puedan dañar al hombre.
 
Como corolario, conviene señalar que en el empleo del cuaulote se debe de tener cuidado en la forma de prepa­ración del té o infusión. La herbolaria recomienda hervir una cucharada sopera de la parte vegetal pulverizada en medio litro de agua. Esto es de suma importancia, porque como se sabe, los recursos herbolarios no son inocuos; es decir, ciertas dosis pueden tener la cualidad curativa y otras ser tóxicas. El cuaulote no es la excepción, los ta­ninos condensados pueden ser tóxicos en dosis no terapéuticas.

La valoración de las propiedades me­­­dicinales del cuaulote en el tratamiento de enfermedades gas­tro­in­tes­ti­na­les y respiratorias de origen bac­te­ria­no sugiere que esta planta puede representar una alternativa fitotera­péu­tica para la población indí­gena y mesti­za del estado de Chiapas, como tan­tas otras plantas que nues­tros ante­pa­sados han empleado con sorpren­dente sabiduría y que ahora se están va­lo­ran­do química y farmacológicamente, ca­racterizando sus compuestos activos, de tal forma que se pueda optimizar su empleo.
Ricardo A. Villatoro Vera†
Facultad de Química,
Universidad Nacional Autónoma de México.
Lorena Luna Cazares y
Alma Rosa González Esquinca
Escuela de Biología,
Universidad de Ciencias y Artes del Estado Chiapas.
Referencias bibliográficas
 
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Hör, M., H. Rimpler y M. Heinrich. 1995. “Inhibition of intestinal chloride secretion by proanthocyanidins from Guazuma ulmifolia”, en Planta médica, vol. 61, núm. 3, pp. 208-212.
Hör, M., M. Heinrich, y H. Rimpler. 1996. “Proanthocyanidin polymers with antisecretory activity and proanthocyanidin oligomers from Guazuma ulmifolia bark”, en Phytochemistry, vol. 42, núm. 1, pp. 109-119.
Heinrich, M., M. Kuhnt, C. W. Wright, H. Rimpler, J. D. Phillipson, A. Schandelmaier y D. C. Warhurst. 1992. “Parasitological and microbiological evaluation of Mixe Indian medicinal plants (Mexico)”, en J Ethnopharmacol, vol. 36, núm. 1, pp. 81-85.
Scalbert, A. 1991. “Antimicrobial properties of tannins”, en Phytochemistry, vol. 30, núm. 12, pp. 3875-3883.
Instituto Nacional Indigenista. 1981. Prácticas medi­cinales de los altos de Chiapas. Centro Coordinador tzeltal-tzotzil, San Cristóbal Las Casas, Chiapas.
Martínez, M. 1979. Catálogo de nombres vulgares y científicos de plantas mexicanas. Fondo de Cultura Económica, México.
Miranda, F. 1975. La vegetación de Chiapas. Edicio­nes del Gobierno del Estado de Chiapas, Tuxtla Gu­tiérrez.
Standley, P. y J. Steyermarck. 1952. Flora of Guate­ma­la. Fieldiana Botany, 24, Parte 3: 403, 404, 410, 411.
Lorena Mercedes Luna Cazares es Maestra en Ciencias por la unach, estudiante del doctorado en Ciencias de la unam, adscrita al laboratorio de Fisiología y Química Vegetal de la escuela de Biología de la unicach (Universidad de Ciencias y Artes de Chiapas).
Alma Rosa González Esquinca es Doctora en Ciencias Biológicas por la unam, y es la responsable del laboratorio de Fisiología y Química Vegetal de la unicach, donde realiza estudios químicos y biológicos de plantas medicinales.
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como citar este artículo

Villatoro Vera, Ricardo A.,  Luna Cazares Lorena y González Esquinca Alma Rosa. (2006). El cuaulote, recurso herbolario de Chiapas. Ciencias 83, julio-septiembre, 18-26. [En línea]
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¿Entre la espada y la pared? Conocimiento indígena y bioprospección en México
En este texto se sitúa el conocimiento indígena en el contexto de los intensos debates y actividades de bioprospección farmacéutica que han tenido lugar en México; se explora la complejidad del tema y los retos que presenta tanto el desarrollo de la normatividad respectiva, como el reconocimiento y la distribución de los beneficios.
Ana Ortiz Monasterio
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Durante mucho tiempo, el conocimien­to indígena fue considerado y presenta­do notablemente por sectores guberna­mentales y académicos como ineficaz e inferior al científico. Se argumentaba que puede obstaculizar el desarrollo de los pueblos y naciones. Sin em­bar­go, ahora es ampliamente utilizado, entre otras cosas, para el desarrollo de una gran variedad de medicamentos. Desde hace un par de décadas es objeto de reivindicación por parte de acti­vistas y académicos, su reconoci­miento ha tomado fuerza en distintas discipli­nas y múltiples organizaciones han in­tentado introducirlo en las políticas y los principios para influir en las prác­ticas socioeconómicas en el mundo.

Uno de tales esfuerzos es el Conve­nio sobre la Diversidad Biológica, sus­cri­to en la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Medio Ambiente y Desarrollo de 1992 realizada en Río de Janeiro, Brasil. Como parte del artícu­lo 8(j), surgió el compromiso entre la comunidad internacional de velar por que se cuente con la aprobación y la participación de quienes posean los co­nocimientos tradicionales sobre usos de recursos biológicos —por ejemplo, en el desarrollo de tecnologías basadas en los mismos—, así como por la distribución equitativa de los beneficios derivados. Sin embargo, como re­salta Hayden, para las compañías que obtienen ganancias con base en la bio­diversidad y el conocimiento indígena, la obligación de compartir benefi­cios con los países y comunidades que les proporcionaron recursos e indicios valiosos es muy frágil. Por un lado, las disposiciones del Convenio tienen que desarrollarse en forma clara y precisa en la legislación nacional para estable­cer obligaciones efectivamente exigibles al sector privado; por otro, tanto el debate como la realidad en torno al uso de conocimiento indígena por par­te de la industria farmacéutica son sumamente complejos.

Un punto clave es que el conoci­mien­to indígena es de naturaleza co­lec­tiva —compartido por distintos gru­pos y co­munidades e incluso, etnias—, y que gran parte ya es accesible al pú­bli­co. Esto contrasta con el hecho de que la investigación y el desarrollo tecnoló­gico que realizan las empresas, usualmente conlleva el registro de múl­tiples patentes que les otorgan de­re­chos exclusivos sobre productos y pro­cesos. Otro aspecto importante es que las re­laciones entre las compañías —en mu­chos casos grandes multinacionales— y los individuos o las comunidades históricamente marginadas, evi­den­temente no son entre iguales en términos de poder, y difícilmente pue­den equilibrarse.
 
Así, no es raro que, en actividades señaladas como biopiratería, se extrai­gan conocimiento indígena y muestras biológicas como materia prima pa­ra el desarrollo de fármacos, bajo el supues­to de que se trata de información obvia y de libre acceso y de recursos natura­les que toman valor a partir del proce­so industrial. Por su parte, el especiali­zado lenguaje asociado a la genética, la biología molecular y las tecnologías mo­dernas que permea el debate sobre bioprospección, complica aún más el diálogo y el acceso a la información pa­ra quienes poseen los conocimientos sobre los que hay interés para desa­rrollar biotecnologías. Aunado a esto, los altos costos vinculados a la investi­ga­ción y el desarrollo de productos, la magnitud de las ganancias que pueden surgir y las dificultades para rastrear la conexión de los productos con determi­nados conocimientos indígenas, también hacen de la distribución equitati­va de beneficios un tema espinoso.
Un debate paralizado

En el origen del debate sobre conoci­miento indígena y bioprospección far­ma­céutica se encuentra la relación his­tórica entre el conocimiento indí­ge­na o tradicional y el científico u oc­ci­den­tal, división surgida con la Ilustración, como lo ex­plica César Carrillo, y re­for­zada durante la coloni­za­ción del mun­do por Europa. La ló­gica detrás del estatus superior otor­gado al conoci­miento generado por la clase do­mi­nan­te —que tiende a catalogar otros cono­ci­mientos como ignorancia o superchería—, subsiste hasta nuestros días, a pesar del volumen y la tras­cen­dencia de los insumos de usos tra­dicionales locales para el desarrollo cien­tífico. Es una historia en la que el conocimiento indígena se ha integrado veladamente en la ciencia.
 
En el caso de México, durante los últimos años de la década de 1990 se efectuaron los primeros acercamientos entre el gobierno y las compañías farmacéuticas interesadas en contar con el consentimiento previo informa­do para la colección de muestras de re­cursos genéticos destinados a activi­dades de bioprospección y, potencialmente, a usos biotecnológicos. Tomar plantas, hongos y diversos tipos de mi­croorganismos de su medio natural, y utilizar el conocimiento indígena sobre especies y técnicas de preparación útiles, no era nada nuevo en la investi­gación y desarrollo de medicamentos. La aportación novedosa del Convenio sobre la Diversidad Biológica, la cual desató la presentación de solicitudes, fue la idea de un régimen basado en la existencia de derechos soberanos so­bre dichos recursos, así como en el re­conocimiento y la valoración del cono­cimiento no científico.

Sin embargo, el diseño y la aplicación de tal régimen todavía están plagados de preguntas difíciles. ¿De quién es el conocimiento?, ¿cuánto vale?, ¿en qué términos específicos debe darse el acceso al mismo?, ¿acaso deben exis­tir derechos exclusivos vinculados a ese conocimiento?, si es así, ¿qué forma de­ben tomar y quién debe ser el titular de esos derechos?, ¿qué clase de be­neficios deben distribuirse, para quién y cómo? En general, ¿cómo pue­de haber genuino reconocimiento y retribución equitativa al conocimiento indígena en el desarrollo de productos biotecnológicos?

La complejidad intrínseca de estas preguntas se agrega a las polarizadas dis­cusiones entre quienes siguen la ló­gica planteada antes —ver con desdén al conocimiento indígena y a sus defen­sores como opositores del avance en las ciencias y aplicaciones médi­cas—, y aquéllos que lo romantizan —ca­li­fi­can­do, de entrada, cualquier interés en su uso como un intento de biopira­tería. El resultado es una peligrosa pa­rálisis política, administrativa y legal en nuestro país en torno al tema, lo cual no ha frenado las actividades de bioprospección, pero si los acercamien­tos al gobierno para solicitar autorizaciones para realizarla.
 
En 1997, el surgimiento de casos con­cretos de bioprospección y el po­ten­cial para muchos más, aunado al hecho de que las disposiciones jurí­dicas vigentes eran claramente insufi­cien­tes para atenderlos, generó la pre­sión necesaria para que el poder legislativo mexicano iniciara la discusión acerca de cómo desarrollar el Convenio sobre la Diversidad Biológica en la legislación nacional. Sin embargo, la in­fluyen­te aparición de las compañías biotecno­lógicas en la ya controvertida escena, producto de las acciones de instrumentación del Protocolo de Bio­seguridad, tornaron políticamente im­posible incluir el tema en la Ley Gene­ral de Vida Silvestre. Congelaron varias iniciativas para una ley de acceso y en las discusiones de la última, presenta­da en 2003, se habían desactivado com­pletamente los aspectos asociados al conocimiento. A petición de los repre­sentantes del Instituto Mexicano de Propiedad Intelectual, toda mención al conocimiento indígena en que el de­sarrollo de medicamentos y productos agrícolas se basa extensamente, así co­mo a la distribución de beneficios ob­tenidos, fue eliminada del texto. La Co­misión Nacional para el Desarrollo de los Pueblos Indígenas ni siquiera fue invitada a las reu­niones en esta fa­se y, en opinión de muchos participan­tes, resultaría mejor separar los temas —dejando ese aspecto no biológico pa­ra ser regulado a través de otro ordena­miento—, lo cual incrementaría la po­sibilidad de que la iniciativa fuera apro­bada y así, finalmente, contar con una legislación nacional sobre biopros­pección.
 
El hecho es que hoy, a casi catorce años de haberse suscrito el Convenio de Río, sus vagas disposiciones y el ar­tículo 87BIS de la Ley General del Equi­librio Ecológico y la Protección al Am­biente —agregado en 1996 y que tam­poco se refiere al conocimiento—, continúan constituyendo el régimen mexicano de acceso a los recursos bio­lógicos y al conocimiento indígena pa­ra su utilización en biotecnología. Lla­ma la atención que en Latinoamérica, Brasil, Costa Rica y —juntos mediante el Pacto Andino— Perú, Ecuador, Venezuela, Bolivia y Colombia, por años han tenido posiciones diversas pero definidas hacia la bioprospección en su legislación. En cambio, en México las preguntas difíciles relacionadas al tema de acceso, especialmente referentes al conocimiento indígena, han provocado la inacción pública. Las vi­siones de la sociedad civil pueden pa­re­cer extremas, pero actualmente, sin políticas y regulaciones claras, es un hecho que la diversidad cultural y bio­lógica mexicana, de lo único que puede ser objeto en la búsqueda de nuevos fármacos, es de biopiratería.

La bioprospección en la práctica

En el Instituto Nacional de Ecología de la entonces Secretaría de Medio Am­biente, Recursos Naturales y Pesca (Semarnap), al recibir las primeras so­licitudes de compañías farmacéuticas se empezaron a diseñar “acuerdos mar­co” para utilizarlos como base en todos los casos. Para tener acceso, la le­gislación mexicana y el Convenio de Río exigían a los interesados demostrar el consentimiento previo infor­ma­do de los dueños de la tierra donde se tomarían las muestras y de las co­mu­ni­dades que aportarían conocimien­tos para la bioprospección —esto in­clui­ría títulos de propiedad y actas de asam­blea, en el caso de ejidos y comu­nidades.

La distribución de beneficios se de­terminaría caso por caso, por medio de retribuciones por muestra tomada, de transferencia de equipo de labora­to­rio, del desarrollo de capacidades pa­ra los investigadores y los habitantes lo­cales, así como de compensaciones co­lectivas en donde las comunidades lo­cales que proporcionaran recursos y conocimientos pudieran estar interesadas. En el caso del desa­rro­llo de un producto comercial, los bo­rradores también contemplaban, uti­lizando los parámetros de referencia propuestos en la literatura, la asignación de regalías a la nación en su con­junto —lo cual tendría que prever­se en la legislación fiscal para hacerse efectivo—, y a las comunidades e instituciones académicas involucradas. Ciertamente, el punto crítico sería el proceso de negociación con todos los involucrados, pero se esperaba que la intervención del gobierno sirviera pa­ra balancear el peso de los actores. Sin embargo, los borradores nunca fueron utilizados y los procesos de negociación no llegaron muy lejos.

En un caso no publicitado, en el que la empresa solicitante no estaba asociada con ninguna institución de investigación mexicana, se buscaba al­canzar un acuerdo de acceso que cubriera vastas áreas del país y múltiples comunidades de diferentes et­nias. Cum­plir los requisitos de acceso en es­tas condiciones era extremadamente complicado y aunque, de acuerdo con sus propios principios de acción, la em­presa definitivamente pensaba utilizar el conocimiento indígena como un recurso esencial y se mostraba decidida a compartir equitativamente los beneficios, no hubo oportunidad de ver cuán lejos hubiera llegado en la práctica.

Otro caso, uno de los primeros que formó parte del debate en los medios de comunicación, involucró a la compañía farmacéutica Diversa y al Instituto de Biotecnología de la unam. Un consultor legal externo aconsejó a la semarnap no utilizar los borradores que se habían preparado y, en su lugar, emplear una propuesta que elabo­ró siguiendo el esquema utilizado en Costa Rica para el acuerdo de acceso INBio-Merck. El alcance del convenio se limitaba a tierras federales en áreas naturales protegidas y a la investigación aleatoria de muestras de suelo y agua. El acuerdo consideró compartir beneficios con la unam, el Instituto de Biotecnología recibiría pagos fijos por cada muestra tomada y procesada, así como la tecnología necesaria y la capacitación para utilizarla. Aunque los derechos de propiedad intelectual corresponderían a Diversa, la unam tam­bién recibiría beneficios en caso de que una muestra llevara al desarrollo de un producto nuevo. Este proyecto se suspendió oficialmente después de un escándalo en el cual fue caracterizado como biopiratería, pero el reclamo no estaba relacionado con el cono­cimiento indígena, sino con la ausencia del consentimiento adecuado por par­te del gobierno, porque sólo se trataba de un contrato entre Diversa y la unam, donde los investigadores que ya tenían permisos para realizar colecta científica llevarían a cabo la fase pros­pec­tiva del proyecto. No obstante, al dis­cutir temas de bioprospección y bio­piratería en distintos foros, este caso se ha mencionado en múltiples ocasio­nes y en versiones alteradas.

Un tercer caso forma parte de la ini­ciativa del gobierno de los Estados Unidos llamada Grupo Cooperativo Internacional de Biodiversidad (icbg, por sus siglas en inglés). Esta iniciati­va trabaja globalmente buscando rasgos medicinales o agrícolas innovado­res vinculados a los recursos biológicos, y dos de sus proyectos han operado en México.

Uno de ellos, el icbg-Maya, era un proyecto de 2.5 millones de dólares organizado por los Institutos Naciona­les de Salud (nih, por sus siglas en in­glés), conjuntamente con la Universi­dad de Georgia y la sede en los altos de Chiapas de El Colegio de la Frontera Sur (Ecosur). Brent Berlin, un re­nombrado antropólogo, y su esposa Elois Ann, quienes han realizado inves­tigación etnobotánica en la región du­rante muchos años, eran dos de los ac­tores importantes del icbg-Maya como parte del equipo de la universidad es­tadounidense. Molecular Nature LTD, una firma de biotecnología basada en Gales, estaría encargada del procesamiento final de las muestras para la producción de fármacos, aunque la in­vestigación inicial tendría lugar en Ecosur. Con ese propósito, se equiparían los laboratorios de Ecosur y el pro­yecto también proporcionaría entrenamiento para el uso de la tecnología nueva. En caso de que se desarrollara un medicamento nuevo, algunas rega­lías volverían a una fundación que se­ría establecida para financiar proyectos de desarrollo para las comunidades mayas del área, considerando que el conocimiento era compartido por todas ellas.

Aunque desde un inicio se habló de beneficios colectivos asociados al proyecto para las comunidades involu­cradas, tales como pintar escuelas, aun cuando no se desarrollaran fárma­cos o antes de que esto sucediera, el es­que­ma de distribución de beneficios podría cuestionarse. Parecía partir del su­puesto de que las contribuciones de las personas no empleadas como colec­tores, y la cultura y el conocimiento detrás de las mismas, no eran realmen­te valiosas a menos que resultaran fi­nan­cieramente útiles. Se argumen­taba que el esquema limitado de distribución de beneficios era una forma de evi­tar generar la dependencia económica o los conflictos intra e intercomu­nitarios que podría ocasionar el flujo de efectivo hacia ciertos individuos o comunidades. Sin embargo, este razo­na­miento no fue tan evidente cuando no hubo receptividad de los representantes del proyecto ante el interés ex­presado por semarnap en que se apoyaran, desde el principio, proyectos de conservación comunitaria autosus­ten­tables —para aumentar las capacida­des de las comunidades en el ejerci­cio de sus derechos sobre los recursos biológicos, así como para permitir la con­servación de los ambientes naturales en los que el conocimiento indígena se originó y la posibilidad de man­tener la conexión con ellos. La falta de apertura podría atribuirse a la forma en que percibieron al representante gu­bernamental —por su nivel jerárqui­co, por ejemplo—, o a un afán por pre­servar el proyecto como lo habían di­se­ñado, pero las limitaciones en el flujo de beneficios en este sentido, claramen­te no estaban ligadas a las razones que mencionaban.

Para la última etapa, también se po­dría criticar la distribución de bene­fi­cios. La posibilidad de que las comunidades en la región tuvieran acceso preferente a los productos comerciales basados en su conocimiento y recursos no formaba parte del plantea­miento, incluso cuando la investigación bus­ca­ra compuestos activos para el tratamien­to de enfermedades respiratorias y gas­trointestinales, mismas que representan una de las principales causas de mortandad en la zona —a pesar de que la herbolaria se utiliza para combatir es­tas afecciones, por las condiciones cli­máticas, de saneamiento y nutrición, el combate efectivo de tales enfermedades puede requerir de medicamentos alopáticos. Las difíciles luchas en Brasil y Sudáfrica para el acceso de la población menos favorecida a las drogas antiretrovirales han dejado claro que ni en asuntos de vida o muerte se puede esperar —ni necesariamente lograr— que las empresas sacrifiquen utilidades voluntariamente.

El ocaso del icbg-Maya llegó en 2000, cuando el Consejo de Médicos y Parteras Indígenas de Chiapas y la omiech, una de las once organizaciones que lo integran, provocaron un de­bate público. El movimiento fue apo­yado por la Fundación Internacional de Avance Rural y una organización no gubernamental con base en Canadá llamada ahora Grupo de Acción sobre Erosión, Tecnología y Concentración, y fue difundido principalmente por el diario La Jornada. La omiech también de­nunció formalmente al proyecto an­te la Procuraduría Federal de Protección al Ambiente. El argumento era, por supuesto, biopiratería pero esta vez centrado en el conocimiento indíge­na y había, como hace notar Hughes, una articulación muy clara respecto a los derechos exclusivos sobre los recur­sos colectivos.

En este caso, la distribución de be­ne­ficios se mostraba intrincada in­cluso con respecto al desarrollo de ca­pa­ci­da­des, al insertarle nociones indi­vi­duales, comunitarias y culturales. La ins­truc­ción a especialistas indígenas sobre nor­mas éticas y bioprospección por par­te de Berlin habría concluido, en opi­nión de la omiech, en inminentes cho­ques intercomunitarios y en an­tago­nismos y división entre las per­sonas.

Un comunicado escrito y distribui­do en Chiapas por el Consejo de Médi­cos y Parteras Indígenas, señalaba que el proyecto violaba el código de ética de la Sociedad Internacional de Etnobiología, el cual indica que el consenti­miento previo informado presupone que a todas las comunidades potencialmente afectadas debe proveérseles información completa respecto al propósito y naturaleza de las actividades de investigación y los resultados probables, incluyendo todos los bene­fi­cios y riesgos de daño razonablemen­te previsibles para las comunidades afectadas. Aunque los del icbg-Maya habían expresado interés en organizar una reunión con representantes de to­das las comunidades en las que se pre­tendía colectar, la negativa final del go­bierno de firmar un convenio de ac­ceso estuvo fundamentada precisamente en el hecho de que las solicitu­des presentadas nunca cumplieron con los requisitos para garantizar el con­sen­timiento colectivo. Posiblemente porque cumplir con la ley en relación con esto era, una vez más, demasiado com­plicado en virtud de los am­plios objetivos de colecta, o tal vez el ambiente ya estaba demasiado enrarecido para continuar, pero en 2001 el proyecto icbg-Maya fue cancelado por sus promotores.

Hay otros casos en los que ni si­quie­ra hubo acercamiento al gobierno fede­ral para solicitar consentimiento infor­mado previo en los términos del Convenio de Río, dos de ellos extensa­mente documentados. El primero in­volucra a cuatro comunidades indígenas oaxaqueñas de la Sierra Juárez, agrupadas en una asociación llamada uzachi. De acuerdo con la investigación de Hughes, el contacto con la far­macéutica Sandoz —ahora Novartis— fue considerado por uzachi como una experiencia positiva de la cual las comunidades obtuvieron beneficios suficientes y diversos —negociados por ellos directamente con el apoyo de una organización no gubernamental lo­cal. Sin embargo, en algún momento, este caso también fue mencionado en discusiones sobre biopiratería. La razón básica es que los recursos bioló­gicos y el conocimiento indígena a los que se tuvo acceso por medio del convenio celebrado con Sandoz son co­mún­mente percibidos, al menos por los ac­tivistas ambientales y los movimientos sociales indígenas, como re­cur­sos y conocimiento que no son pro­pie­dad exclusiva de algunas comunidades, sino que forman parte de un interés colectivo más amplio. Por lo que respecta al consentimiento previo informa­do por parte del gobierno mexi­cano, el acceso en este caso, efectivamente no cumplió con el Convenio sobre la Diversidad Biológica ni con la Ley Ge­neral del Equilibrio Ecológico.

Por ultimo, en el icbg-Zonas Áridas —un proyecto para Latinoamérica estudiado en México por Hayden—, la estrategia fue muy diferente, y probablemente esa es una de las razones por las que pudo mantener el bajo per­fil y garantizar la sobrevivencia de sus ac­tividades en nuestro país. La decisión fue tomar muestras de puestos de remedios naturales en los mercados y, aun cuando se podría argumentar que violaban la ley al no cumplir con los requerimientos de consentimiento previo informado, en términos prácti­cos esto hizo posible la recolección de numerosas muestras en el contexto del acalorado debate público prevaleciente. Además, es probable que fuera mucho más barato y definitivamente más fácil en relación con los aspectos sociales, políticos y administrativos. Aunque el uso de conocimiento indígena es innegable, la distribución equi­tativa de beneficios bajo estas condiciones parece aún más improbable y presenta otra clase de riesgos. Como apunta Hayden, la forma en que los in­vestigadores de la unam colectan en los mercados con base en información accesible al público, rompe con la noción de autoría que anima la idea de com­pensar a la gente por su conocimiento, así como con la idea de comu­ni­dades que puedan reclamar como suyo algo llamado conocimiento local tradicional o indígena. Incluso afirma que las cláusulas de confidencialidad interna del convenio mantienen la in­formación etnobotánica fuera de las ma­nos de las compañías participantes, de manera que también están rotas las redes a través de las cuales teóricamente fluirían el conocimiento etnobotánico y los intereses locales que representa.

Retos y perspectivas

Actualmente, los propósitos de las em­presas de bioprospección generalmen­te se asocian con objetivos de conserva­ción y de distribución de beneficios, al menos en el discurso. Sin embargo, muchos proyectos tienen base en los Estados Unidos o fuertes conexiones con ese país, el cual se ha negado a ra­tificar el Convenio sobre la Diversidad Biológica, pero participa e influye en las discusiones internacionales para defender los intereses de sus empresas. Esto, indudablemente ha pesado en el gobierno mexicano y en la opinión pública durante los procesos de negociación, así como en los ataques por parte de las organizaciones no gu­ber­namentales y los medios de comu­nicación.

También tienen un significativo efec­to las concepciones generalizadas sobre las empresas farmacéuticas co­mo cor­poraciones multinacionales gi­gantescas, completamente carentes de responsabilidad social y de transparencia y rendición de cuentas ante la sociedad, en una búsqueda despiadada de ganancias. La parte que juegan en el debate de bioprospección las di­fi­culta­des de comunicación que prevalecen entre los responsables de for­mular las políticas, los científicos, la so­ciedad ci­vil organizada y el sector privado, tam­poco pueden subestimar­se. Algo más que se debe afrontar es la enorme com­plejidad para definir las fuentes de co­nocimiento indígena y el va­lor de és­te en relación con la distribución de bene­ficios.

Una pregunta central es si los pue­blos indígenas están verdaderamente y suficientemente representados o si existe un diálogo razonable con ellos respeto a los proyectos concretos y a las políticas generales. Postergar esto no puede sino hacer aún más difícil llegar a acuerdos que hagan posible actividades de bioprospección —y no de biopiratería— que utilicen su cono­cimiento.

Además de conducir a la cancelación de proyectos o a que sus promotores tomen caminos subrepticios o cau­telosos para evitar el conflicto, to­do esto parece haber paralizado a las auto­ridades responsables de proporcionar el consentimiento informado previo por parte de México y al poder legislativo, así como al debate público en el que las posiciones se han radica­lizado entre los que ante todo defienden la bioprospección y los que sólo pueden verla como biopiratería, entre los que desprecian el conocimiento in­dígena no-validado y los que sueñan con inmensas fortunas a partir del con­sentimiento para el acceso a éste.

Como icbg reconoce en su informe del programa, hay dificultades cien­tí­ficas, logísticas, económicas, sociales y políticas en “el descubrimiento” de fár­macos. Sin embargo, a pesar de que se incrementan cuando está involucra­do el conocimiento indígena, el interés en él se mantiene, lo cual no debe sorprender. Se reconoce extensamente que además del importante papel de la herbolaria en el mundo, las sus­tan­cias derivadas de plantas y otros pro­ductos naturales todavía son la base de la mayor parte de la farmacopea de la medicina alopática. Las aplicaciones y las fuentes naturales aún están lejos de haberse explorado completamente, tarea titánica incluso contando con los indicios que brinda el conocimiento indígena.

Así, el fin de los esfuerzos de bio­pros­pección no es en absoluto previsi­ble. ¿Existe una manera de avanzar en el debate?, ¿puede beneficiar realmen­te la búsqueda de productos farmacéu­ti­cos nuevos y otros productos biotecno­lógicos a las comunidades in­dí­genas? ¿Puede, en este contexto, re­conocerse y validarse plenamente su conocimien­to? Observemos más de cerca los dos casos en los que las organizaciones in­dígenas estuvieron visiblemente ligadas a la evolución de los proyectos.

Conforme al estudio de Hughes, ba­jo la lógica de concebir la bioprospección como una oportunidad para las co­munidades locales de obtener bene­ficios a partir de su biodiversidad, tal como lo propone el Convenio de Río, pero también desafiando la función que ese acuerdo le confiere al estado, uzachi optó por tomar un papel ac­tivo, en lugar de convertirse en una víc­tima más de la biopiratería. Buscó la asocia­ción con Sandoz, construyó ciertos me­­canismos de transparencia y de rendición de cuentas, emprendió la ne­gociación y desarrolló sus propias capacidades técnicas —en términos de reunir, analizar y procesar muestras biológicas reveladoras— para fun­gir como algo más que un simple pro­vee­dor de materia prima en el proyecto. Entrando en la arena de la bioprospec­ción como parte en un contrato bilateral con una empresa farmacéutica, uzachi participó en la conversión del conocimiento indígena en un bien ven­dible, y aceptó su patentabilidad a pe­sar de su significado cultural y de su na­turaleza colectiva más ­amplia.

Por el contrario, la omiech y el Con­sejo de Médicos y Parteras Indígenas de Chiapas decidieron movilizarse pa­ra detener las actividades extractivas de muestras y de conocimiento indíge­na que realizaba icbg-Maya, proyec­to de bioprospección traído a las comu­nidades de la región como una pro­mesa de desarrollo futuro. Aunque se insinua­ra, en defensa del trabajo de ese proyecto, que había intereses eco­nómicos detrás de la resistencia de la omiech, la información disponible mues­tra que la organización se opuso a que icbg y Molecular Nature tuvieran derechos exclusivos sobre el material biológico y los recursos culturales de las comunidades mayas en los términos planteados, y no se encontró ningún intento por su parte de pa­tentarlos. Por supuesto, el éxito de su movilización no evita que existan activi­dades de biopiratería en otros luga­res, incluso en la misma región; mien­tras el debate siga paralizado y las preguntas surgidas en torno al régimen de ac­ceso propuesto por el Convenio sobre la Diversidad Biológica sigan sin responderse.

Vale la pena resaltar que los proyectos en los que de hecho fue posible el acceso, son aquellos en los que no se ha buscado cumplir cabalmente con las pocas disposiciones vigentes. Por otra parte, muchas actividades de bioprospección que ocurren en México no son temas de discusión pública. La cultura del consentimiento previo informado está muy lejos de generalizarse, las muestras siempre pueden tomarse como parte de la colecta cien­tífica —no necesariamente con fines de utilización en biotecnología— o de otros aprovechamientos autorizados, también pueden llevarse “en las suelas de las botas” —algo que es menciona­do comúnmente al discutir la buena fe de proyectos en los que hay dis­po­si­ción de acercarse al gobierno y a las comunidades indígenas para pedir con­sentimiento previo informado, como en el caso del icbg-Maya.

Lo que es claro es que el estancamiento del debate no beneficia a los pueblos indígenas, ni al gobierno, ni a los académicos, ni a las empresas interesadas en realizar bioprospección de acuerdo con los principios plantea­dos por el Convenio de Río y la Ley Ge­ne­ral del Equilibrio Ecológico. En rea­li­dad, los únicos que podrían bene­fi­ciar­se de esta situación son aquéllos que no tienen reparo en conseguir lo que buscan a través de la biopiratería. Dos razones, ya expuestas, permiten afirmar esto: la primera es que rastrear el origen de las muestras y el co­nocimiento que son la fuente material de productos, y de la investigación detrás de ellos, es virtualmente imposible bajo el régimen vigente; la segunda, es que una gran cantidad de co­nocimiento indígena medicinal ya es público y no está protegido por derechos de propiedad intelectual re­gistra­dos a favor de las etnias que lo de­sa­rrollaron y lo conservan vivo. Ade­más, algunas comunidades que no estu­vieron expuestas al debate de la biopirate­ría o que decidan no participar en él, podrían permitir el acceso a conocimiento que todavía no es público —como al parecer sucedió con uzachi. Pero quizás más accesible aún —como sugiere el caso del icbg-Zonas Áridas—, el conocimiento indígena está al alcance para hacer bioprospección sencillamente en los mer­cados.

La única manera de lograr que la continuación del debate sea fructífera, sería dejando atrás las descalificaciones, las etiquetas de actores buenos y malos, o de ignorantes e ilustrados. Sería indispensable reconocer, durante las discusiones sobre el tema, que existen visiones e intereses muy distintos entre los diferentes actores, así como posiciones de mayor y de menor poder en las negociaciones, también que las protestas y exigencias de algunos participantes tienen más legiti­midad que las de otros y, por tanto, me­recen mayor atención —porque pue­den resultar más afectados, su in­te­rés es más directo o porque tienen de­re­chos aunque la legislación no los pro­teja adecuadamente. Un debate fruc­tífero sólo puede surgir en un marco de respeto entre los diversos actores y buscando puntos de contacto, intere­ses que sean comunes. Finalmente, un re­to más para avanzar en este importante debate estriba en mantener todo lo anterior en perspectiva en los argu­mentos que se esgriman en los medios de comunicación y en las campañas de las organizaciones no gubernamentales, precisamente porque la mesura no vende tanto —atrae menos atención y menos recursos— y por la influencia que tienen los líderes de opinión y las organizaciones que expresan su preo­cupación por la biopiratería y los pueblos indígenas.
Ana Ortiz Monasterio Quintana
Redes para la Diversidad, la Equidad
y la Sustentabilidad (redes) a.c.
Referencias bibliográficas
Carrillo, C. 2006. Pluriverso. Un Ensayo sobre el co­no­cimiento indígena contemporáneo. Col. La pluralidad cultural en México, núm. 11, unam, México.
Hayden, C. 2003. When Nature Goes Public: The Mak­ing and Unmaking of Bioprospecting in Mexico. Princeton University Press, Nueva Jersey.
Hughes, A. 2002. “Who Speaks for Whom? A Look at Civil Society Accountability in Bioprospecting Debates in Mexico”, en ids Bulletin, vol. 33, núm. 2, pp. 101-108.
Ana Ortiz Monasterio Quintana es licenciada en derecho por la Universidad Iberoamericana y obtuvo la Maestría en Estudios sobre Desarrollo en el Institute of Development Studies, Universidad de Sussex, Reino Unido. Tiene casi 10 años participando en el diseño e instrumentación del marco jurídico para la conservación y aprovechamiento sustentable de la biodiversidad mexicana.
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como citar este artículo

Ortiz Monasterio Quintana, Ana. (2006). ¿Entre la espada y la pared? Conocimiento indígena y bioprospección en México. Ciencias 83, julio-septiembre, 42-52. [En línea]
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De patentes y derechos de los pueblos indígenas
En este texto se revisan los principales problemas en torno a los derechos de propiedad intelectual de los pueblos indígenas. Se hace un análisis del origen del actual sistema de patentes y de su incompatibilidad con las prácticas culturales de los pueblos indígenas.
César Carrillo Trueba
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Durante las reuniones de la Organización Mundial del Co­mercio, uno de los temas que se hallan constantemente sobre la mesa es el de los derechos de propiedad intelectual, en especial por las patentes que impiden a los paí­ses del Tercer Mundo el acceso a ciertos fármacos que sirven para controlar enfermedades muy difundidas en sus terri­torios, como el sida. La supuesta concesión de las naciones desarrolladas para que los países necesitados puedan importar este tipo de medicamentos no resuelve el proble­ma, ya que nuevamente deja el control en manos de las grandes compañías farmacéuticas —algunas ya cuentan con líneas de productos genéricos—, las cuales decidirán cómo manejar el asunto. El problema de fondo aún es que el sis­tema de patentes, el de los derechos de propiedad inte­lectual, está hecho a la medida de las compañías multinacionales.

Antes de los acuerdos establecidos en 1993 en el marco del gatt, el antecesor de la Organización Mundial del Comercio, cada país contaba con sus propias leyes de propiedad intelectual, su sistema de patentes resultado de su historia y de su situación social, económica y cultural. En varios de ellos, al igual que lo establecía la anterior ley me­xicana, no era posible patentar un producto, sólo los pro­cesos para su obtención —lo cual difería de la legislación estadounidense que permitía patentar procesos y productos. La idea era proteger la innovación tecnológica sin impedir su libre curso; es decir, la posibilidad de que otros inventaran un proceso distinto para obtener el mismo producto.
 
Sin embargo, a finales de los ochentas se gestó un movimiento impulsado por doce de las mayores empresas de los Estados Unidos —Bristol Myers, DuPont, General Electric, General Motors, Hewlett Packard, IBM, Johnson & Jonhson, Merck, Monsanto, Pfizer, Rockwell y Warner—, que conformaron el Comité de Propiedad Intelectual (ipc, por sus siglas en inglés) junto con un conglomerado de empresas japonesas denominado Keidanren, y otro de ori­gen europeo, la unice. Su primer objetivo fue acabar con las leyes nacionales, como puede apreciarse en un documento de 1988: “Debido a que los sistemas nacionales de protección de la propiedad intelectual difieren según el país, quienes detentan alguna propiedad intelectual dedican una cantidad desproporcionada de su tiempo y sus recursos para adquirir y defender sus derechos, y consideran que el ejercicio de los derechos de propiedad intelectual es obstruido por leyes y regulaciones que limitan el acceso al mercado y la capacidad de repatriar beneficios”. Y consecuentes con la política económica prevalecien­te, enfilaron sus baterías hacia todo aquello que prote­giera las necesidades básicas de la población, por considerarlo también como un atentado a sus derechos: “El otorgamien­to de un derecho exclusivo es un elemento esencial de un sistema de patentes eficiente. No obstante, algunos países someten las patentes de cierto tipo a un permiso obligato­rio que puede ser impugnado por un tercero. La alimenta­ción, los medicamentos y en ocasiones los productos agroquímicos son blanco de esta forma de discriminación, que resulta en un atentado a los derechos de su poseedor”.

Es claro que en la mira de las grandes compañías esta­ba la biotecnología, que ya había dado muestra de su gran potencial para hacer uso de los recursos biológicos, por lo que el derecho a patentar incluso seres vivos estaba contemplado: “Aun cuando las biotecnologías han llamado gran­demente la atención, muchos países difieren en cuanto a la instauración de una protección eficiente por medio de patentes para poder justificar inversiones adecuadas en la investigación y el desarrollo. Dicha protección deberá cubrir tanto los procedimientos como los productos de la biotecnología, incluidos los microorganismos, sus partes (plásmidos y otros vectores) y plantas”.

Al poner en el mismo plano procesos y productos, esta legislación abría paso a las compañías para patentar todo aquello que encontraran, aunque no fuera modificado en lo más mínimo, como es el caso de una secuencia genéti­ca, y permitió que se patentara desde el genoma com­pleto de un gusano hasta fragmentos de adn del genoma hu­mano cuya función aún se desconoce, sin dejar de mencionar el caso de las células de dos personas, un indígena de Nue­va Guinea y otro de Panamá, ambos habitantes de regiones aisladas, que parecían poseer resistencia a ciertas en­fer­medades, y a quienes nunca se les notificó esto, ya que la compañía que estableció esta característica alegaba ser su detentora —bajo esta lógica Colón podría haber patentado América. Así, como señala Pat Roy Mooney, en menos de una década los ingresos obtenidos por las licencias de pa­tente pasaron de quince mil millones de dólares a cien mil millones anuales, y tan sólo en un año se aumentó en 50% el número de patentes, con las licencias solicitadas por tres compañías para los resultados de la secuenciación del genoma humano —la concentración de éstas es enorme, 90% de las patentes de nuevas tecnologías pertenece a compañías multinacionales.

¿Patrimonio de quién?

Paradójicamente, mientras la fiebre de las patentes no deja de aumentar, simultáneamente surge un discurso en el cual la diversidad biológica es un bien común que pertenece a la humanidad. En la medida que no se le ha hecho nada y por su importancia para la regulación climática del planeta y demás servicios ambientales que proporciona debe ser protegido por todos, por lo que su preservación es parte de las agendas de instituciones y agencias nacionales e internacionales, incluso, según algunos, debe ser considerada un asunto de seguridad mundial.

Pero no sólo la naturaleza considerada prístina —igno­ran­do que casi siempre la han modificado los humanos que vi­ven en sus inmediaciones o que antes la habitaron— es vis­ta como patrimonio de la humanidad, también se in­cluyen en esta categoría las plantas cultivadas, aun cuando son resultado de siglos de cuidado y manejo, de cambios en sus características por la acción continua de quienes las mantienen hasta la fecha y todavía generan variedades ade­cuadas según las condiciones en que viven, los cambios su­fridos en su entorno o algún desplazamiento forzado. De igual manera es considerado el conocimiento de los pueblos indígenas, sus plantas medicinales, las que recolectan para su alimentación, los procesos de fermentación que usan en su preparación, y otros tantos elementos que forman parte de su vida cotidiana, debido a que en su mayoría circulan libremente, ajenos a autoría alguna; en ocasio­nes, alcanzando una dimensión nacional.
 
Así, por ejemplo, cualquier laboratorio farmacéutico o industria agroquímica podría tener acceso a la diversidad biológica de determinada región o país, obtener cierto pro­ducto —un compuesto activo o un fragmento de adn— to­man­do como base el conocimiento que posee algún pueblo indígena del lugar y patentarlo sin más. Y de hecho es lo que siempre ha sucedido y sigue sucediendo. La novedad es que esto ha aumentado en los últimos años, ya que la competencia entre las grandes compañías las conduce a tratar de obtener muestras de todo lo que pueden —plantas, animales, hongos y microorganismos— con el fin de llevar la delantera en la elaboración de nuevos productos. En el caso de fármacos, incluso con los modernos métodos para detectar compuestos activos, se trata de una búsqueda más bien aleatoria, una suerte de lotería. Una forma de incrementar las probabilidades es seleccionar las plantas por la familia a la que pertenecen, ya que se sabe que contienen ciertos compuestos que pueden poseer determinada actividad; pero aun así sigue siendo muy azaroso. Es aquí donde el conocimiento indígena resulta una herramienta de gran valor, porque su empleo permite encontrar con mayor facilidad compuestos activos y la mayo­ría de las veces para padecimientos específicos. Basta men­cionar el caso de la aspirina, la cual se desarrolló a partir del uso de la corteza de un árbol del género Salix que ha­cían los indígenas norteamericanos para mitigar el dolor, de allí se obtuvo el principio activo de este medicamento —son las ramitas que, en la versión de Disney, Pocahontas entrega a John Smith al final de la película.

De acuerdo con las estimaciones de los especialistas, al basarse en el conocimiento indígena se incrementa en cuatro veces la posibilidad de encontrar compuestos activos, lo cual casi es la misma cifra que obtuvo Michael Ba­lick en una investigación realizada específicamente para establecer esta diferencia, en la que analizó cierto número de plantas para ver si presentaban alguna acción sobre el virus del sida; en la búsqueda al azar sólo 6% reaccionaron, mientras que en la efectuada con base en el conocimiento indígena fue un 25% —las plantas se seleccionaron por ser consideradas por los curanderos como “muy poderosas”, pues no se conocía este padecimiento entre ellos.

Un ejemplo

Para ilustrar este proceder basta con recorrer alguna de las publicaciones especializadas en el campo y tomar un poco al azar algún caso, sin siquiera mencionar a los autores para evitar susceptibilidades y no perder de vista el panorama general. A mediados de los ochentas, un grupo de investi­gadores de un país del llamado Primer Mundo trabajó en la parte baja de la Sierra Mixe, en Oaxaca, en busca de plan­tas para tratar enfermedades gastrointestinales y dermatológicas. En uno de sus artículos detallan los pasos a seguir: “1) estudio etnobotánico inicial para documentar la flora medicinal; 2) evaluación etnofarmacológica preli­minar usando información fitoquímica y farmacológica publi­cada acerca de estas plantas con el fin de seleccionar aque­llas que pasarán al siguiente nivel; 3) pruebas parasitológi­cas y microbiológicas con las plantas seleccionadas; 4) in­ves­tigaciones fitoquímicas en las plantas de mayor actividad; 5) posteriores evaluaciones farmacológicas y toxicológicas de las últimas plantas”.

En la primera fase, realizada entre 1985 y 1991, docu­men­taron un total de 213 plantas, de las cuales 66 se emplean para padecimientos gastrointestinales y 72 para los de la piel; de éstas se seleccionaron 29 para la siguiente fase —20 para gastrointestinales, 5 para la piel y 4 que se usan para ambos. Para ejecutar la tercera fase, “se colectó material durante este periodo y fue secado por medio de aire en una secadora. Además, varias de las plantas fueron cultivadas en el jardín botánico en Freiburg” —todo, por supuesto, con los permisos correspondientes de la Secreta­ría de Medio Ambiente. Se hicieron las preparaciones ne­cesarias para evaluar la acción de estas plantas en el creci­miento de tres bacterias, entre ellas Escherichia coli, y dos hongos. Encontraron que 22 inhibieron al menos una de las tres bacterias y 18 al menos uno de los dos hongos, en ambos casos con una efectividad digna de “interés terapéutico”; es decir, con buenos resultados. Las conclusiones de los investigadores son contundentes: “El número de plantas que presenta una actividad interesante es muchos mayor al que se podría esperar en pruebas con plantas seleccionadas de manera aleatoria”.

De este universo de plantas se eligieron algunas para la siguiente fase. Una de ellas, el guácimo o cuaulote (Guazuma ulmifolia), fue sometida a una serie de pruebas para evaluar su efectividad en la inhibición de la bacteria que provoca el cólera, una de las enfermedades gastrointestinales más difundidas en el mundo. Esto se llevó a cabo en conejos y los resultados fueron positivos, por lo que es po­sible pasar a una nueva fase y, tal vez, llegar a la elaboración de un medicamento. Al parecer no es esta la intención del grupo de investigadores, pero si así fuera o si otros to­maran el relevo y lograran patentar un medicamento, ¿en dónde quedaría el aporte del pueblo mixe?, ¿no sería jus­to que se reconocieran sus derechos de propiedad inte­lectual?, además de su contribución a la preservación de este árbol en el paisaje de su región, ya que si allí se hubie­ra instalado una plantación de eucalipto o un monocul­tivo, probablemente no quedaría guácimo alguno.

Esto no es ficción, pues ha pasado en innumerables oca­siones, aunque más despiadadamente en los últimos años, en que muchos pueblos indígenas viven momentos muy difíciles por la reducción de su población y la destrucción de su entorno. Tal es el caso de una planta usada como an­ticoagulante por los indígenas amazónicos urueu wau wau, dada a conocer por un investigador en una revista especia­lizada, de donde los laboratorios Merck obtuvieron la información y prosiguieron la investigación hasta lograr un producto de gran utilidad para la cirugía de corazón. O bien el del árbol de neem, que forma parte del paisaje en muchas regiones de la India por su uso como alimento, pesti­cida y antibacteriano —se acostumbra tallar los dientes con él a manera de cepillo— a partir de lo cual varias compañías estadounidenses y japonesas elaboraron biopesticidas y hasta una pasta de dientes, que rápidamente protegieron con una patente, sin importar que en la India ya existie­ra un comercio importante de varios productos elaborados con él, y que, como lo explica Vandana Shiva, las leyes hin­dúes no permiten su patente por tener un uso tan difundido, tan diverso y antiguo.

¿Es posible regular?

En un mercado controlado por las grandes compañías, des­de el diseño de las reglas hasta su operatividad, no es sen­cillo encontrar mecanismos alternativos que sean funciona­les. El convenio establecido en Costa Rica, en 1991, entre Merck y el Instituto Nacional de la Biodiversidad o Inbio —que en contra de lo que dice su nombre, no es una institución nacional ni pública, sino privada—, en el que la primera pagó un millón de dólares al segundo a cambio del acceso exclusivo a sus áreas protegidas para estudiar durante dos años miles de plantas, insectos y muestras de suelo con el fin de encontrar sustancias activas susceptibles de originar algún fármaco —en este caso Merck paga­ría además 5% de las ganancias por regalías—, fue visto por muchos, principalmente por las agencias internacionales de desarrollo, como un modelo a seguir, ya que, a decir de uno de sus artífices, ponía fin a la era en la que se extraía materia prima sin pago alguno y se favorecía la conservación de la biodiversidad. Este convenio, que mues­tra la bioprospección en estado bruto, fue tan controverti­do y tanta tinta hizo correr que no vale la pena exten­derse al respecto. Basta señalar que a la fecha existe un descono­cimiento total acerca de la cantidad de dinero que se le ha pagado al Inbio ni su destino, y que esta experiencia es­tableció una forma de vender la biodiversidad de ma­ne­ra clara y abierta, por medio de un convenio, que fue se­guida por varias pequeñas compañías en el mundo, lo cual constituyó un intento de navegar por las aguas del libre mer­cado, pero cuyo resultado fue, como lo señala Joan Mar­tínez Allier, malbaratar el patrimonio de una nación y, además, en beneficio de una entidad privada, mientras las áreas protegidas de Costa Rica viven el mismo problema que en el resto del mundo, la falta de recursos para operar.

También se ha dicho que otra manera de proteger la bio­diversidad y el conocimiento indígena sería patentándolos, pero una sola mirada a los requisitos y los recursos financieros necesarios para obtener una patente permite reconocer lo imposible de esta medida. Además, va en con­tra del modo de vida de los pueblos indígenas, de su cultu­ra, en la que existen formas de transmisión, preservación y generación de conocimiento generalmente bien establecidas, que lo hacen accesible en su mayoría a todos los miembros de una comunidad, quienes lo enriquecen por medio de la innovación y el aporte de nuevos elementos.

De distinta índole es la ley que protege el conocimiento indígena y los recursos genéticos —las variedades de plantas cultivadas, entre otros— establecida en 1997 en el estado de Acre en la zona amazónica de Brasil, la cual re­conoce los derechos colectivos de los pueblos autóctonos sobre su conocimiento y sus recursos genéticos, y regula la colecta de material biológico para “investigación, biopros­pección, conservación, aplicación industrial, uso comercial y otros propósitos”, así como el reparto equitativo de las ganancias derivadas de su uso, e impone severos casti­gos a quienes no las acaten. Al parecer, esta ley sirvió como base para el sistema de acceso a los recursos genéticos adoptado por los países miembros del Pacto Andino, pero, como lo señala Darrel Possey —el eminente etnobiólogo recientemente fallecido—, aún quedan muchas lagunas en estas legislaciones.

Derechos de propiedad de los pueblos indígenas

Es difícil definir con precisión el conocimiento de los pueblos indígenas, pues va desde el uso de alguna planta hasta el manejo del espacio en que viven, lo cual resulta en un paisaje determinado, donde abunda cierto tipo de plantas y animales, predomina un estilo arquitectónico así como otros rasgos que caracterizan una cultura. La capacidad de allegarse nuevos elementos, de intercambio con sus vecinos, su origen e historia hacen que, con frecuencia, muchos de estos conocimientos sean compartidos en cierta escala, desde microrregional hasta nacional, y además que no pue­dan definirse por completo, ya que están en constante mo­vimiento y cambio, aunque con un ritmo distinto al que tiene lugar en las sociedades industriales.

En un intento por definir algunas categorías de conoci­miento susceptibles de ser protegidas, el Convenio sobre los Derechos de Propiedad Intelectual, Cultural y Científi­ca establece, de acuerdo con la versión de Darrel Possey, las siguientes: “1) propiedad sagrada (imágenes, sonidos, co­nocimientos, materiales, cultura o cualquier cosa que es considerada sagrada y por tanto no susceptible de ser con­vertida en mercancía) —este punto serviría para impedir la patente de la imagen de la Virgen de Guadalupe—; 2) co­nocimiento de uso común, uso previo y uso potencial de especies de plantas y animales, así como suelos y minerales; 3) conocimiento para la preparación, procesamiento y almacenamiento de especies útiles; 4) conocimiento de formulaciones que incluyen más de un ingrediente; 5) conocimiento de especies individuales (métodos para plantarlas, cuidarlas, seleccionarlas, etcétera); 6) conocimiento para la conservación de los ecosistemas (métodos de protección y preservación de un recurso que puede o no tener un valor comercial, aunque no sea usado espe­cí­ficamente para ese fin o para otros propósitos prácticos por la comunidad local o la cultura); 7) recursos genéticos que se originaron en (originarios de) los territorios y tierras indígenas; 8) propiedad cultural (imágenes, sonidos, obje­tos, artes y presentaciones); y 9) sistemas de clasificación de conocimientos, como las taxonomías tradicionales de plantas”.

Para que la defensa de estos derechos sea efectiva es pre­ciso que los pueblos indígenas posean un verdadero con­trol y manejo de su territorio, así como una organización regional, ya que este tipo de conocimientos suele ser compartido por varias comunidades de un mismo pueblo o in­cluso de distintos. “La mejor garantía de la conservación de la biodiversidad —apunta la Carta de los pueblos tribales indígenas de la selva húmeda— es que quienes la promueven apoyen nuestros derechos a usar, administrar, ma­nejar y controlar nuestros territorios. Afirmamos que la custodia de los diferentes ecosistemas debe ser confiada a noso­tros, pueblos indígenas, dado que nosotros hemos vivido en ellos durante miles de años y nuestra supervivencia de­pen­de de ellos”.

¿Es otro mundo posible?

Los países del mundo no desarrollado son depositarios de 80% de la diversidad biológica del planeta, y en ellos se en­cuentra la mayor diversidad cultural del mismo, cientos de pueblos indígenas que mantienen un modo de vida distin­to. De esta conjunción resulta que buena parte de los habitantes del mundo recurre todavía de manera directa a las plantas para curarse —80% de la población mundial se trata con métodos tradicionales, según cifras de Norman Farnsworth, de los cuales 85% consiste en plantas, lo que representa un potencial infinito y un patrimonio que es pre­ciso proteger y que no se debe malbaratar. Es un hecho que el sistema de patentes que rige actualmente en la Or­ganización Mundial del Comercio es totalmente inadecuado e injusto para los derechos de propiedad intelectual de los pueblos indígenas —lo que se suma a la tan discutible patentabilidad de organismos vivos— y que las inmensas ganancias que genera anualmente la producción de medi­camentos de patente hacen que difícilmente los países del Primer Mundo acepten una impugnación del mismo —al igual que sucede en otros rubros.

A pesar de ello, la defensa de este patrimonio no debe cejar, y no sólo por la rapiña con que actúan las grandes compañías farmacéuticas, sino también por el desarrollo que están teniendo los llamados fitofármacos, medicamen­tos elaborados con extractos de una o varias plantas que pueden ser suministrados como cápsulas que contienen material vegetal seco, tabletas, líquidos, cremas, etcétera, y cuya demanda se ha incrementado considerablemente en los últimos años en Europa y los Estados Unidos, debi­do al consumo de productos orgánicos. Una idea de la mag­nitud de este fenómeno se puede obtener por medio de una simple búsqueda en la red con el nombre de Ginkgo bi­loba, el legendario árbol que plantaban los chinos alrededor de los monasterios por sus propiedades curativas, y cuyo extracto es usado para atacar el mal de Alzheimer, entre otros padecimientos, y no ha dejado de ser objeto de investigaciones médicas y farmacológicas. Si los labora­torios que actualmente los producen siguen creciendo y algunos de los grandes incursionan en este campo, la bioprospección realizada con base en el conocimiento indígena se incrementará aún más.

Sin embargo, otra manera de proteger y preservar este patrimonio sería por medio del desarrollo de fitofármacos propios, algo que numerosos científicos, entre los que des­ta­ca el doctor Xavier Lozoya, llevan años, casi décadas, pro­poniendo. En un país como México, donde existe una gran diversidad biológica y cultural, así como una infraes­tructura de investigación que, aunque un poco reducida, es de alta calidad —como el Instituto de Química y otras dependencias de la unam, el imss y la uam, esta opción para desa­rrollar medicamentos puede ser óptima. Además, exis­ten varias experiencias previas, la última cristalizó en el diseño de un cuadro básico de diez o doce fitofármacos. Retomar este proyecto y diseñar sistemas agroforestales para la producción de las plantas que requieren es­tos medicamentos puede ser un paso en este sentido, y una buena forma de enfrentar, en parte y a largo plazo, el desabasto que prevalece en las instituciones de salud pú­blica. En am­bos aspectos, la participación activa de los pueblos indíge­nas puede ser fundamental, con la condición de reconocer la validez de su inmenso conoci­miento en estos ámbitos y los derechos de propiedad intelectual que de éste se de­ri­van. Sólo así se podrá avanzar hacia una relación de ver­dadera igualdad con los pueblos indí­genas.
César Carrillo Trueba
Facultad de Ciencias,
Universidad Nacional Autónoma de México.
Referencias bibliográficas
 
Argawal, A. 1999. “On power and indigenous knowledge”, en Cultural and Spiritual Values of Biodiversity, Darrell A. Posey (ed.), unep/itp, Londres, pp. 177-180.
Farnsworth, N. 1988. “Screening plants for new medicines”, en Biodiversity, E. O. Wilson (ed.), National Academy Press, Washington D. C.
Lozoya, X. 1994. Plantas, medicina y poder. Breve historia de la herbolaria mexicana. pfc/Paix, México.
Lozoya, X. y E. Gómez (eds.). 1997. Fitofármacos. imss/farmasa/schwabe, México.
Martínez, J. 1994. “The merchandising of biodiversity”, en Etnoecologica, vol. 2, núm. 3.
Posey, D. A. (ed.). 1999. Cultural and Spiritual Values of Biodiversity. unep/itp, Londres.
Shiva, V. 1996. Biopiracy: The Plunder of Nature and Knowledge, South End Press.
César Carrillo Trueba es Biólogo por la Facultad de Ciencias de la unam y actualmente cursa estudios de doctorado en Antropología en la École des Hautes Études en Sciences Sociales de París, publicó Pluniverso, un ensayo sobre el conocimiento indígena contemporáneo, unam, 2006. Es editor de la revista Ciencias de 1987 a la fecha.
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Carrillo Trueba, César. (2006). De patenetes y derechos de los pueblos indígenas. Ciencias 83, julio-septiembre, 30-37. [En línea]
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Fragmentos de una historia del Instituto Médico Nacional
En este texto se describe el contexto en el que surgió y se desarrolló, al final del siglo XIX y principios del XX, el Instituto Médico Nacional. Institución pionera en el estudio farmacológico, organizado y sistemático, de la flora medicinal de México.
Nina Hinke
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El desarrollo de las ciencias en México, durante el siglo xix, es considerado por varios autores como el resultado de una política estatal que buscaba promover la modernización del país. Sin embargo, es hasta la Restauración de la Repú­blica, con la creación de la Escuela Nacional Preparatoria, la reorganización de los estudios superiores y el apoyo a corporaciones científicas como la Sociedad Mexicana de Historia Natural, cuando se promovió la formación de cua­dros profesionales y se abrieron nuevos espacios dentro del gobierno para el desempeño de las ciencias.
 
Como revela el estudio de Luz Fernanda Azuela ­acerca de tres de las principales sociedades científicas, desde la Re­pública Restaurada y durante el Porfiriato, el Estado prime­ro patrocinó a las corporaciones científicas y posterior­mente creó instancias —comisiones e institutos— al in­terior del aparato gubernamental que incorporaron de manera creciente a los científicos provenientes de las antiguas corporaciones, y también a los nuevos cuadros formados en las escuelas superiores y profesionales. Por ejemplo, en la Secretaría de Fomento funcionaron la Dirección de Estadística, los observatorios Astronómico Central y Meteorológico, las comisiones exploradoras del territorio y poste­riormente los institutos Médico Nacional y Geológico. Esto, no fue el resultado de un proceso unilateral por parte del Estado, muchas de las iniciativas provinieron de la comunidad científica y fueron incorporadas al proyecto gubernamental. Su inclusión dependía de una compleja red de alianzas en las que participaron algunos científicos que lo­graron promover al interior de las élites en el poder —de las cuales formaban parte—, las aspiraciones corporativas y profesionales.

El estudio organizado y sistemático de la flora medicinal del país es un buen ejemplo de ello. Algunos autores afirman que fue iniciado por el farmacéutico Alfonso Herrera quien, junto con otros naturalistas, formó la Comisión Científica Mexicana con el fin de estudiar la flora del Valle de México, su sede fue la Escuela Nacional Preparato­ria donde Herrera era director. Sin embargo, desde los años de la República Restaurada se realizaron diversos proyectos para estudiar la flora nacional. Estos trabajos formaban ­par­te de un interés —casi generalizado— por las riquezas na­tu­rales del país, que buscaba poner de relieve las produc­cio­nes potencialmente útiles para la industria y el co­mercio. Las plantas —y en menor medida los animales— me­dici­nales eran parte de este universo, al igual que las especies maderables, las proveedoras de grasas, de sustancias alimenticias o de combustibles. “Rica es, á no dudarlo, nuestra flora, muy rica es la flora mexicana; pero desgraciada­men­te poco conocida, o por mejor decir, muy poco estudiada”, se afirma en un documento de la época. Había que exami­nar la naturaleza y el territorio mexicano para descubrir y poner sus tesoros a la disposición de la industria y el co­mercio, y contribuir así al desarrollo de la nación.
 
Para ampliar el conocimiento de las “producciones del suelo mexicano”, en 1868 fue creada la Sociedad Mexicana de Historia Natural. En su seno, el farmacéutico Gumersindo Mendoza presentó un trabajo acerca del té de milpa. Analizó químicamente la infusión preparada con Bidens leucantha o té de milpa y comparó su constitución con la del té de China. Encontró una gran similitud entre ambos productos y planteó que esta hierba, que crecía en los cam­pos sembrados de maíz, podía sustituir fácilmente al té importado porque su precio era mucho menor. El mismo año, Alfonso Herrera presentó una disertación acerca del chayote. El trabajo constaba de varios rubros, desde su cul­tivo hasta su análisis como alimento. Entre sus virtudes mencionó la elaboración de féculas “de fácil digestión” que podrían servir a la nutrición de los niños y de los enfermos. Por su parte, la Sociedad Farmacéutica Mexicana, al escribir la nueva edición de la Farmacopea Mexicana, insiste en este punto: “Se extrañará que en esta parte de la Farmacopea se mencionen multitud de plantas y productos indígenas, que ni se usan por los médicos, ni se venden en nuestras boticas; […] porque muchas de ellas pueden susti­tuir a ciertas drogas exóticas […] ¡Ojalá que estas indicacio­nes sirvan de base a estudios más completos, y que den­tro de unos años tenga México una terapéutica verdadera­mente nacional, aprovechándose las innumerables riquezas de la hermosa y variadísima Flora con que el Criador ha querido embellecer nuestro extenso territorio”.

Pero, ¿qué querían decir con una terapéutica nacional? En primer lugar, sería una terapéutica basada lo más posi­ble en drogas que crecieran en el territorio mexicano, sus­tituyendo los productos provenientes del extranjero que empleaban los médicos para curar algunos padecimientos o para producir un efecto particular. Si a una planta se le atribuían ciertas propiedades, se le estudiaba con la es­peranza de emplearla en lugar de otra. Entre los alumnos de medicina y de farmacia era común investigar alguna plan­ta o animal nacional con propiedades terapéuticas como trabajo de tesis para la obtención de su título profe­sional. “Costumbre es ya en esta Escuela el que los aspiran­tes al ejercicio de la difícil profesión de Farmacia, presenten […] algún estudio sobre las propiedades de tal o cual planta que tiene en el vulgo aplicaciones más o menos frecuentes”.
 
Pero no se trataba únicamente de sustituir drogas extranjeras y encontrar equivalentes nacionales. Otro de los objetivos era contribuir al descubrimiento de especies más eficaces para curar ciertas patologías, sobre todo patologías propias. Según Plinio, el naturalista de la Anti­güedad, en los lugares donde son endémicos ciertos padecimientos crece también su remedio. Este argumento suele emplearse como justificación por los farmacéuticos para explicar su afán por estudiar las especies que crecen en sus suelos natales, y los mexicanos no son la excepción. Un estudiante de farmacia, Gustavo Artigas, al emprender el estudio de la nochebuena explica: “los sabios han comprendido que sus vegetales indígenas les procurarán en todo caso un re­medio á sus dolencias […] ¿acaso ignoramos que cada país tiene plantas propias para combatir sus en­fermedades?”

Los científicos mexicanos albergaban la esperanza de en­contrar un remedio que no sólo curase enfermeda­des pro­pias, sino que fuese requerido por “la humanidad dolien­te” de otras partes del globo. En cierta manera, ya ha­bía dos plantas nacionales de uso generalizado que aparecían en diversas farmacopeas europeas: la zarzaparrilla (Smilax medica) y la jalapa (Ipomoea purga). Sus raíces se exportaban hacia Europa desde la época de la Colonia. La primera gozó de la reputación de ser un antisifilítico por sus propiedades diaforéticas y diuréticas. La jalapa era un purgan­te drástico muy apreciado. Por su importancia comercial, am­bas aparecían detalladas en las listas de exportaciones, mien­tras que el resto de las plantas con propiedades terapéu­ti­cas que se exportaban se encontraban consignadas bajo el rubro de drogas o medicinas vegetales.
 
Al reseñar la nueva edición de la Farmacopea Mexicana —texto que apareció traducido en la Gaceta Médica de Mé­xico— el farmacéutico francés Dreyer opinaba que uno de los aspectos más interesantes de la obra era la inclusión de numerosos productos indígenas. Aunque, proseguía, la mayor parte de ellos no se utilizaba más que en la medicina popular, ya que los médicos únicamente prescribían medicamentos de la terapéutica europea. A esta aseveración el traductor anónimo de la reseña objeta a pie de pá­gina que también “muchas de las drogas indígenas se usan por los médicos mexicanos” y cita varios ejemplos. Es de­cir, en la práctica cotidiana, los médicos y farmacéuticos empleaban distintas drogas que se encontraban fácilmente en el país aunque no estuvieran registradas en los libros oficiales, pero cuya eficacia era reconocida por ambos gre­mios. En teoría, los médicos y los farmacéuticos aprendían la terapéutica y la farmacia occidentales, basados principalmente en los textos y formularios europeos, pero en la práctica, estaban familiarizados y empleaban un sinnúme­ro de drogas “no oficiales” comunes en el país. Alfonso He­rrera, profesor de la clase de Historia de las drogas en la Escuela de Medicina, se quejaba de que los libros extranjeros de materia médica no reflejaban la práctica médica y farmacéutica nacionales y completaba sus cursos con lec­ciones orales, en las que enseñaba a sus alumnos las dro­gas nacionales.

Entonces, incluir las drogas nacionales en las obras ofi­ciales buscaba legitimar una práctica terapéutica que era común en el país. Al mismo tiempo, se pretendía ampliar el repertorio de drogas, por lo que se dedicaron al estudio de las plantas y animales empleados “por el vulgo”. De esta manera, las drogas de uso tradicional se convirtieron en fuente de materiales nuevos para la investigación científi­ca. Este es el caso del pipitzahoac (Perezia adnata). En 1852, el Dr. Mariano Ortega presentó ante la Academia de Medi­cina un trabajo acerca de esta planta que los indígenas usa­ban como purgante enérgico contra el tabardillo. Al poco tiempo, el Dr. Hidalgo y Carpio inició algunas observaciones en la clínica de San Pablo, donde corroboró su acción purgante. Conociendo estos resultados, dos renombrados farmacéuticos —Leopoldo Río de la Loza y Seve­riano Pérez— realizaron, años después, algunos trabajos acer­ca de su composición química y aislaron un compuesto ac­ti­vo. El pipitzahoac y su compuesto activo, el ácido pipitza­hói­co, fueron inscritos en la Farmacopea Mexicana de 1874.

La creación del Instituto

El 6 de diciembre de 1888 se aprobó en la Cámara de Dipu­tados el proyecto de creación de un instituto médico para darle una forma científica a la terapéutica nacional y completar los datos para la forma­ción de cartas climatológicas como base de la geografía mé­dica del suelo mexicano. Los trabajos emprendidos en ese sentido —exponía el general Carlos Pacheco— habían iniciado en 1884 con la creación de una comisión para el estu­dio de la distribución geográfi­ca y de las condiciones clima­tológicas de las enfermedades y la flora propias de cada región. Además, con motivo de la Exposición Internacional de París, en ese año el ministerio comenzó la recopilación e identificación de plantas me­dicinales del país. Para ello, la Secretaría de Fomento envió cuestionarios a las distintas entidades de la República solicitando información y ejemplares de la flora y fauna empleados en la tera­péutica. Aunado a esto, se organizaron expediciones para colectar materiales que serían enviados a París. Dicha colec­ción —que contó con 2 500 drogas y plantas medicinales— y un inventario detallado titulado Repertorio de plantas me­dicinales indígenas, escrito por Fernando Altamirano, fueron expuestos en el pabellón mexicano.
 
En el dictamen de creación del Instituto Médico Nacional quedó establecido que sus tareas serían el estudio de la fauna y flora medicinales, de las aguas minerales y de la climatología y la geografía médicas nacionales. Se trataba de una empresa que serviría para varios fines: hacer el inventario de las especies útiles del país que puedan co­mercializarse, establecer una terapéutica y una materia mé­dica propias que validen una práctica común entre los médicos y farmacéuticos y, por último, crear una ciencia nacional. Así se percibía ésta al momento de crearse el Ins­tituto Médico Nacional: “Una medicina verdaderamente nacional, sería aquella que pudiera gloriarse de poseer ver­dades en este país descubiertas, y quizás en algunos casos solamente a este país aplicables. Una patología mexicana, una cirugía, una terapéutica, una obstetricia, una higiene mexicanas, tales serán los títulos que nos darán derecho a ser considerados en el mundo científico allende nuestros mares y nuestras fronteras”.
 
Para producir resultados visibles, los investigadores pu­blicaron una obra titulada Ma­teria Medica Mexicana, cuyos primeros tres tomos aparecieron en 1894, 1898 y 1900, respectivamente. En un año, lograron estudiar parcialmen­te y redactar 32 monografías de plantas con un uso medici­nal. Durante este tiempo, el pe­riodo más fructífero del pro­yecto de estudio de la flora y fauna medicinales nacionales, trabajaron a un ritmo for­zado para la producción del pri­mer tomo, titulado Datos pa­ra la Materia Medica Me­xicana.

Asimismo, para promover sus trabajos y el uso generalizado de las plantas medicinales nacionales, los miembros del Instituto propusieron varias iniciativas. En su mayoría, se trata de publicaciones destinadas a un público más general o a las distintas profesiones, pero también promueven los trabajos del Instituto en diferentes foros. En 1904, el Dr. Juan Martínez del Campo presentó un “Proyecto para facilitar entre la clase médica la aplicación de los medicamentos útiles extraídos de las plantas mexicanas”, y sugirió publicar una obra en la que se consigne de manera breve y concisa la forma de emplear y preparar las plantas medicinales nacionales. Al año siguiente, el secretario Leopoldo Flores propone la re­dacción de un Manual Terapéutico de plantas mexicanas, el cual será publicado en forma de formulario en un librito con los datos de 70 plantas medicinales. Finalmente, los miembros del Instituto convienen en elaborar una serie de monografías de grupos medicamentosos —eupépticos, antipalúdicos, etcétera— que formen todas juntas una Terapéutica Nacional. En dichas monografías se reunirían los datos dispersos publicados por el Instituto Médico Nacional, y se darían a conocer en conjunto los medicamentos pertenecientes a una misma clase. Así, los médicos podrían comparar la acción de las distintas plantas de una clase te­rapéutica y saber a cuál darle preferencia según el caso. En 1907 terminan la recopilación del material de un Direc­torio de Herboristería Farmacéu­tica, dirigido a farmacéuticos y hierberos, que contiene el catálogo de todas las plantas que deben de existir en las bo­ticas según las prescripciones del Consejo Superior de Salu­bridad, con la sinonimia vulgar y científica, una guía del herbolario con instrucciones para la colecta de las plantas medicinales, señalando los lu­gares donde se pueden colec­tar, y un álbum fotográfico pa­ra facilitar el reconocimien­to de las especies.

Paralelamente, se trabaja en la creación de un registro de la flora y la fauna naciona­les para la divulgación que con­tiene la sinonimia vulgar y científica, el lugar de producción, las aplicaciones vulga­res y fotografías de las diversas plantas que comprende. Con ello, Altamirano propone la formación de tres obras independientes: una dirigida a la enseñanza de los medicamen­tos nacionales en la Escuela Nacional de Medicina, otra para la consignación de los mismos en la Farmacopea Mexi­cana y la tercera de consulta, que además contenga da­tos acer­ca de otras especies útiles.

Al igual que Altamirano, su sucesor a la cabeza del Ins­tituto, José Terrés, está convencido de la importancia de que los médicos conozcan y empleen los recursos terapéu­ticos locales. Según él, el fracaso de la terapéutica nacional, y por tanto, de los objetivos del Instituto depende en buena medida de los médicos, farmacéuticos y agricultores, “Harto escaso provecho se obtiene de que aquí se des­cubra que la esencia del axocopaque obra como la de Wintergreen y el saliciato de metilo, si los agricultores no cul­tivan la planta, si los farmacéuticos no poseen la droga y los médicos ni siquiera se toman la molestia de leer lo que publicamos [mientras] los farmacéuticos y médicos nada más sepan leer en libros extranjeros, nuestra terapéu­tica únicamente será la sombra de la de otros países.”

En 1909, Terrés obtuvo el permiso de la Secretaría de Ins­trucción Pública para reor­ganizar la sección segunda y producir medicamentos na­cio­nales en mayores canti­dades, los cuales fueron ela­bo­ra­dos por las alumnas del curso de farmacia de la Escuela de Artes y Oficios para Mujeres. El plan benefició a todos los involucrados, por un lado la Secretaría de Instruc­ción Pública encuentra un es­pacio para la formación de las alumnas de la Escuela de Artes y Oficios, y a cambio, el Ins­tituto puede surtir a las bo­ticas de la ciudad con los medicamentos nacionales para promover su uso. También ges­tionó la contratación de un botánico colector, el alemán Carlos Reiche, quien ha­bía llegado a México como maes­tro de la Escuela Nacional de Altos Estudios, para promover las plantas nacionales entre los agricultores y garantizar así el suministro de material al Instituto. Con Reiche planea hacer una fitogeografía. Si bien se trata del estudio de la flora nacional desde el punto de vista de la geo­grafía, cumplirían la misma función de las floras regionales propuestas por Altamirano. Fomentar el aprovechamiento de las plantas nacionales entre los agricultores e industriales.

El periodo de la dirección de José Terrés se caracterizó por un regreso al estudio de las plantas medicinales, con én­fasis en la práctica cotidiana del médico y del farmacéutico, y sobre todo, en el análisis completo y minucioso de la terapéutica nacional. La mayor preocupación de Terrés era la práctica médica, por ello la creación de la Farmacología Nacional se convirtió en el principal proyecto del Instituto Médico Nacional desde 1911 hasta 1914, aunque como fecha de publicación aparece el año de 1913.

Las colecciones de herbario y de drogas

En la sección primera del Instituto, la que tenía a su cargo la identificación y clasificación de las plantas medicinales, el herbario funcionaba, en principio, como cualquier otro en el mundo. La tarea era recibir e identificar los especime­nes botánicos, montarlos en hojas de cartón junto con la información pertinente, ordenarlos y asegurar su conservación. El herbario era relativamente pequeño —comparado con otros— y se especializó en la flora del país. Sus investigadores también reunieron material de aquellas flo­ras que compartían rasgos con la de México, como las de Estados Unidos y Guatemala. Al final de los 27 años de su existencia, su colección estaba constituida por poco más de 17 000 ejemplares completamente clasificados, de los cua­les alrededor de 7 000 provenían de canjes, colecciones pri­vadas donadas o compradas, previamente clasificadas; es decir, los investigadores clasificaban y procesaban entre 300 y 500 ejemplares anuales.

Por su parte, el museo de drogas llegó a tener entre 1 500 y 2 000 ejemplares clasificados y ordenados. Al igual que para el herbario, las colecciones se centraron en ejem­plares de drogas nacionales, muchas de las cuales eran plan­tas con un uso medicinal local fuera del circuito de la far­macia y la medicina académicas. De este museo actualmente quedan aproximadamente 50 frascos en el Insti­tuto de Biología de la unam, los cuales en parte correspondieron a lo que en la época llamaron “muestrario”, colecciones que participaban en exposiciones y en los que se exhibían las drogas nacionales, los productos químicos y otros productos de interés comercial.
Al recabar información acerca de una planta, una de las principales fuentes de confusión para los científicos era la falta de uniformidad en el lenguaje común para de­signar a las diversas especies. El empleo de distintos nom­bres para designar una especie botánica provoca que los investigadores no puedan emplearlos como referencia segura acerca de la identidad de una planta. Asimismo, di­ficulta la recolección por parte de terceros, puesto que pueden confundirse con una especie distinta a la que bus­caban.

Así que una de las tareas emprendidas por los investigadores del Instituto Médico Nacional, práctica común en­tre los botánicos del país, fue elaborar diversos mecanismos que permitieran establecer la relación inequívoca en­tre un nombre común y el nombre científico. Uno de ellos fue el registro detallado, en las etiquetas de los ejemplares botánicos colectados e identificados, del nombre común y de la localidad donde fue colectada. Cada ejemplar era registrado en dos catálogos de uso interno de la sección, en el primero se consignaban por orden alfabéti­co las especies botánicas y en el segundo por orden de cla­sificación o número de herbario.

En 1902, después de años de trabajo, José Ramírez pu­blicó en colaboración con Gabriel Alcocer, el conservador del herbario, una Sinonimia vulgar y científica de las plantas mexicanas. A pesar de que la práctica de consignar el nombre vulgar seguido del científico era común entre los botánicos, la obra de Ramírez contiene una innovación. Las sinonimias anteriores sólo iban en una dirección, indi­caban el nombre local y posteriormente daban el nombre científico. Ramírez en cambio, elabora una suerte de diccio­nario bilingüe, en el cual primero se presenta por orden alfabético los nombres comunes y la clasificación botánica, y en una segunda sección procede a la inversa, propor­cionando en orden alfabético la lista de nombres cientí­ficos de las plantas que forman la primera parte, e indicando la familia botánica a las que pertenecen y la serie de nombres vulgares que le corresponde. Este trabajo difiere notablemente de los anteriores. Ya no se trata del interés del científico por inventariar e identificar las especies que conforman la flora mexicana y de la cual casi sólo se poseen los nombres locales; esto es, traducir los nombres locales en los científicos para construir una flora nacional cientí­fica. Ahora se busca crear un instrumento que permi­ta tran­sitar entre ambos ámbitos, el local y el científico. Las venta­jas que resultaban de este doble diccionario son múltiples. Se creaban lazos tanto entre los nombres locales y los científicos, como de identidad entre los materiales botánicos y las plantas de una región determinada, así como entre los actores situados en las distintas esferas.

Tal como sucede con las especies botánicas, la identificación y el reconocimiento de las drogas es un ejercicio de comparación. En cierto sentido, las colecciones de drogas juegan el mismo papel que el herbario; generalmente son una exposición ordenada de distintos ejemplares a par­tir de los cuales se pueden establecer comparaciones y realizar clasificaciones. Se trata de presentar, sea al estudio­so, al farmacéutico o al comerciante, la sustancia, pro­ducto o parte útil de una especie. Muchas de las colecciones y libros de texto sobre la materia estaban organizados según la parte empleada de la planta —raíz, hoja, etcétera— y no según el tipo de efecto terapéutico —por ejemplo, emético o anestésico.

Como gran parte de los materiales del Instituto, el museo de drogas se formó inicialmente con los ejemplares reu­nidos para la Exposición Universal de París de 1889, gra­cias a los cuestionarios enviados a todos los Estados de la República y a los ejemplares colectados por José Ramírez y por un botánico colector que recorrió varios Estados. Los comisionados en formar la exposición, también compraron drogas en las diversas droguerías de la Capital. En unos cuantos meses de intenso trabajo se lograron reunir unos 2 500 ejemplares de drogas y de plantas medicinales y con ello, Altamirano elaboró el Repertorio de plantas medicinales indígenas.

En un inicio, las drogas identificadas y en buen estado de conservación se integraban a la colección de drogas del museo, ordenada según el método del prestigiado farmacognosta francés Gustave Planchon, que expone en su obra Traité pratique de la détermination des drogues simples. En ella se presentaban las drogas por orden organográfico: hier­bas, flores, frutos, granos, raíces, rizomas, tallos, cortezas, maderas, hojas; después los productos como gomas, gomo-resinas, oleo-resinas, esencias, etcétera, y dentro de cada una de estas divisiones las drogas aparecían por orden al­fabético. Este orden reproducía la secuencia espacial en la que se colocaban las drogas vegetales en las boticas. Sin embargo, en 1893 se decide cambiar el orden del museo de las drogas; los miembros del Instituto reemplazan el orden organográfico por el de las familias naturales, el mismo del herbario. A decir de Ramírez, este nuevo arreglo tenía la ventaja de ser “un plan más práctico que facilita su consul­ta”. Este reordenamiento permite crear vínculos con el her­bario y, de ese modo, asociar una droga con una especie de­terminada, y a la inversa, identificar una especie con una planta de uso comercial, porque como las drogas son únicamente las porciones útiles de las plantas, sean las hojas, las flores, los tallos o las raíces, no era raro que no se cono­ciera la planta, y mucho menos la especie, de la que deri­vaban, incluso de aquellas que se utilizaban con mucha frecuencia o que gozaban de una gran reputación como remedios.

La identificación de las drogas con las especies botáni­cas es resultado de intereses divergentes y de una mirada distinta sobre el mismo objeto. Para la práctica cotidiana lo importante es la parte útil de la planta, y fue el reconocimiento de ésta la que dominó los intereses corporativos y de enseñanza. En cambio, para los farmacéuticos acadé­micos como Planchon o para los miembros del Instituto, la identificación está ligada a la noción de tipo en la botánica. Es decir, se estudian las drogas como ejemplares de herbario, en el que cada una es el representante de una es­pecie determinada. Por otro lado, se le otorga más peso a la identidad botánica de las drogas, al grado que comienzan a verse como partes de una planta y ya no como enti­da­des propias.

Conforme la farmacia académica fue dominando el es­tudio de las drogas, se cambió la forma de ordenar las co­lec­ciones, de organizar los cursos y los libros de texto. Se privilegió la exposición de los ejemplares por familias botá­nicas en lugar del anterior arreglo organográfico. Por ejem­plo, Planchon ordena los capítulos de su primer libro ­Traité pratique de la détermination des drogues simples, por raíces, tallos, hojas, etcétera, pero en su libro de texto Drogues sim­ples d’origine végétale, de 1895, las expone por familias botánicas. Lo mismo sucede en México. Mientras que los cur­sos de Alfonso L. Herrera de Historia de las drogas en la Escuela Nacional de Medicina seguían el orden de las partes de las plantas, los de su sucesor, Juan Manuel Noriega, miembro del Instituto, siguen el de las familias botá­nicas.

Pero la voluntad de conocer la especie botánica o animal de la cual provenían las drogas no obedeció sólo a una in­quietud académica, en el caso de México, fue parte de un proyecto más generalizado de la época, enfocado en la pros­pección e inventario de las riquezas naturales nacionales. Fue así que la colección de drogas se convirtió en un mues­trario en donde estas riquezas eran exhibidas en frascos lu­josamente rotulados, los cuales eran movilizados con motivo de las ferias y congresos nacionales e internacionales.

El laboratorio de análisis químicos

En México, al momento de la creación del Instituto Médi­co Nacional no existían laboratorios de investigación ni abun­daban las personas especializadas en el análisis de plantas o en la extracción de alcaloides y el establecimiento de su composición elemental. Algunos farmacéuticos habían hecho trabajos de esta naturaleza en sus laboratorios particulares, y a ellos se recurrió al inicio para la preparación de las sustancias que se exhibieron en la Exposición Univer­sal de 1889, y para la continuación de las labores del recién creado Instituto.
El análisis químico de las plantas comprendía dos tipos de estudios: el de la composición general, y el aislamiento y la caracterización de las sustancias activas siguiendo el método descrito por Draggendorff, en el cual se sometía a la planta a solventes de distinta naturaleza. Para estudiar la composición general se procedía a separar los diversos compuestos por medio de disolventes que no modificaran la constitución de los elementos. Según Federico Villaseñor, este método se basa en la constatación de que en los di­ver­sos vegetales existen siempre una serie de principios que “forman verdaderas familias” que comparten características como las grasas, las resinas o los ácidos, y dentro de estas familias los distintos cuerpos presentan característi­cas que les son peculiares, como el punto de fusión de una grasa, su combustibilidad, untuosidad, color, sabor, entre otros. Es decir, durante la determinación de la composición de una planta, el químico aprovecha las características comunes de algunos cuerpos para ir fraccionando en clases, posteriormente para separar los distintos cuerpos de una clase por medio de sus propiedades específicas, y finalmente para determinar las características únicas de una sustancia.

Mientras que el análisis de la composición general de una droga puede hacerse siguiendo una metodología esta­blecida —el método de Draggendorf—, el aislamiento y la preparación de cada alcaloide, glucósido y de las sustancias amargas, es decir, de los principios activos, requería métodos particulares. Por ello, era mucho más compli­cado, pues no había una receta única que se pudiera aplicar. Para cada droga había que buscar un procedimiento que les per­mitiera aislar el o los principios activos. Particularmente los alcaloides y glucósidos resultaban, en ocasiones, muy difíciles de aislar hasta su forma pura y cristalina. A veces se degradaban, otras, parecían estar ligados a otra sustancia o a una materia colorante.

El procedimiento que se requiere depende de las características del compuesto, las cuales no se conocen de antemano, ni la cantidad que se encuentra en la droga o los otros compuestos presentes en la planta que interactúan con él. Cuando Villaseñor describe el trabajo del ais­lamiento y la caracterización de los alcaloides comenta: “decir las dificultades sin cuento con que sin cesar se tropieza al tratar de aislar un principio de esta naturaleza, haría interminable este trabajo […] estas difíciles labores en que se emplean días y días, semanas, meses y muchas ve­ces años enteros, sin lograr concluir el estudio de uno de estos interesantísimos cuerpos”.

Una vez aislado el principio activo, los investigadores procedían a describir sus propiedades particulares. La caracterización de un principio activo consiste en estudiar las propiedades que le son únicas y que permiten diferenciarla de otras sustancias similares. Para ello, se necesitan cantidades hasta cien veces mayores que para los análisis anteriores; es decir, alrededor de 10 kg de planta. Al hacer la caracterización, se inicia por las características organo­lép­ticas, como color, sabor, olor, apariencia, y se sigue con determinaciones de constantes físicas y reacciones químicas características.

Los investigadores de esta sección fueron afinando las técnicas de investigación y adecuando la metodología con el fin de agilizar los análisis vegetales. En este sentido se creó una tensión entre la velocidad y la determinación de todos los compuestos de las drogas, lo que derivó en una discusión acerca de cuáles eran los objetivos y los resulta­dos que había que obtener. Mientras que los investigadores priorizaban la reducción del tiempo de los análisis y la identificación y aislamiento de las sustancias activas, se les sometía a presión para que realizaran el análisis completo de la planta.

El fin de un proyecto

En 1915, después de sobrevivir algunos ataques y momen­tos de incertidumbre por los múltiples cambios en el go­bier­no, el Instituto Médico Nacional cerrará definitivamente sus puertas. Con el ascenso de Venustiano Carranza a la Presidencia, Alfonso L. Herrera logra la creación de un nue­vo centro de investigación dedicado al es­tudio de la biología. Se dice que desde Veracruz, enton­ces capital de la República proclamada por los constitucio­nalistas y lugar donde se efectuó la entrevista entre Carranza y Herrera, el primero mandó clausurar el Instituto. Ya instalado el nuevo gobierno en la ciudad de México, y al momento de rees­tructurar las distintas Secretarías de Es­tado, las instalaciones y colecciones del Instituto Médi­co Nacional pasarán, junto con el Museo Nacional de His­toria Natural y el Museo de Tacubaya, a formar parte de la llamada Dirección de Estudios Biológicos, la cual depen­dería de la Secretaría de Fomento y estaría bajo la dirección de Alfonso L. Herrera. Al Instituto Médico Nacional se le cambió el nombre por el de Instituto de Biología Ge­neral y Médica, mientras que se fusionaron ambos museos de historia natural.

El programa de la nueva institución era el de estudiar la historia natural desde un nuevo enfoque que, en palabras de Herrera, debía de “subordinarse a la grandiosa bio­logía, la ciencia de las leyes supremas y de los fenómenos profundos de la vida”. En adelante, los museos cumplirían fundamentalmente el papel de lugar de exhibición y de edu­cación del público, mientras que la investigación se rea­lizaría en el Instituto de Biología General. Este se albergaría en el edificio del Instituto Médico Nacional.

Así, Herrera lograba su anhelado plan de contar con una institución dedicada al estudio de la biología y, en par­ticular, a su pasión por el origen de la vida. Apenas unos años antes había tratado de crear un nicho para el estudio de esta disciplina. Ofreció cursos de biología en la Escuela Nacional de Altos Estudios, y además intentó, sin éxito, que se creara una sección de biología al interior del Insti­tuto Médico Nacional. En ese momento, varios miembros del Instituto se opusieron y cuestionaron su pertinencia, porque encontraban que había una total separación con el resto de las tareas que se llevaban a cabo en el Instituto.

Por último, no hay que olvidar que el Instituto Médico Nacional representaba a una institución del régimen de Porfirio Díaz. Las reformas propuestas por Herrera simbo­lizaban una renovación. Se trataba del inicio de una nueva era, tanto para el ámbito científico como para el polí­tico.
Nina Hinke†
Facultad de Ciencias,
Universidad Nacional Autónoma de México.
Nota
Este texto es la unión de fragmentos diversos de la te­sis de doctorado en historia de la ciencia que preparaba Nina Hinke, cuyo manuscrito integral será publicada por el Instituto de Investigaciones Filosóficas de la unam.
Nina Hinke realizó la licenciatura en Investigación Biomédica Básica en la unam, una maestría en Fisiología del Desarrollo y otra en Epistemología e Historia de las Ciencias en la Universidad de París-7, donde cursó el doctorado en Epistemología e Historia de las Ciencias. Falleció en 2004 cuando preparaba la presentación de su tesis doctoral.
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como citar este artículo

Hinke, Nina. (2006). Fragmentos de una historia del Instituto Médico Nacional. Ciencias 83, julio-septiembre, 56-67. [En línea]
 
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