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Baptistina y los dinosaurios
 
Héctor T. Arita
   
   
     
                     
                     
Nada importa morir, pero el no vivir es horrible

Víctor Hugo, Los Miserables
 
La noche del 9 de septiembre de 1890 fue muy productiva pa­ra Auguste
Honoré Charlois. El joven astrónomo francés ob­ser­vó en aquella ocasión dos asteroides nuevos para la cien­cia, a los que bautizó, fiel a la costumbre de la época, con nom­bres femeninos: Caecilia y Baptistina. A sus 25 años, Char­lois contaba ya en su pal­marés con una extensa lista de asteroides con apelativos ta­les como Antonia, Elvira, Em­ma, Amalia y Regina. Nunca sa­bre­mos con certeza el origen de los nombres con los que Char­lois designaba a los asteroides que descubrió, pero es po­sible que “Baptistina” haya sido inspirado por el personaje de Los Miserables de Víctor Hugo. Baptistina era la herma­na del obispo Myriel, una mujer que “al envejecer adquirió lo que se podría llamar la belleza de la bondad.” Charlois murió 21 años después, asesinado por un cuñado celoso, y nunca conoció la extraordinaria his­to­ria que rodea al bólido que des­cubrió aquella noche de septiembre.

Por convención internacio­nal, el asteroide de Charlois es hoy en día conocido como 298 Baptistina, un nombre técnico cuyo número le agrega un toque de precisión científica, pe­ro que sin duda le roba también algo de su romanticismo original. 298 Baptistina es un cuerpo espacial de unos 40 ki­lómetros de diámetro que se encuentra en órbita en el cinturón de asteroides entre Mar­te y Júpiter, y no hay nada en su apariencia actual que pudiera hacernos sospechar algo de su increíble historia. Como la Baptistina de Víctor Hugo, el bólido ha adquirido con el tiempo una suerte de serena belleza que oculta su turbu­len­to pasado. La historia del origen y correrías de Baptistina fue develada hace un par de años por un equipo de investigadores de Estados Unidos y la República Checa, encabeza­dos por William Bottke.
La saga de eventos extra­ordinarios comienza hace 160 millones de años con la colisión de dos cuerpos espaciales en el cinturón de asteroides. La desintegración de uno de ellos produjo una plétora de bó­lidos de todos tamaños, desde pequeñas partículas de unos cuantos metros hasta enormes rocas de decenas de kilómetros de diámetro. El mayor de esos trozos es el actual 298 Baptistina. Muchos otros pe­da­zos se han acercado en diferentes momentos a la zona de los planetas interiores del sistema solar, dejando como evidencia de su paso una serie de cráteres de colisión en Mar­te, la Tierra y la Luna. Usando modelos en computadora, Bott­ke y sus colaboradores ras­trearon hacia el pasado los movimientos de estos cuer­pos espaciales, llamados en su conjunto la familia Baptis­tina, y demostraron un aumen­to en la frecuencia de impactos desde hace 160 millones de años, coincidiendo con la lluvia de fragmentos de la familia de Baptistina.

Bottke y sus colegas es­pe­culan que uno de los fragmentos más grandes se es­tre­lló contra la Luna hace 109 mi­llones de años, formando ­Ty­cho, uno de los cráteres más espectaculares de nuestro sa­télite. En 2001: Una Odisea del Espacio, Arthur C. Clarke ima­gi­nó este cráter de 85 ki­ló­me­tros de diámetro como el ­si­tio en donde se encontró el mo­­nolito de origen extraterrestre que propició el envío de la nave de exploración Discovery One a Jápeto, uno de los satélites más grandes de Sa­tur­no (en la versión cinemato­gráfica de Stanley Kubrick la nave se enfila rumbo a Júpiter). En el mundo de la ficción, la frag­mentación de Baptistina con­du­jo a la exploración de los planetas exteriores, a la rebelión de hal 9000, la compu­tadora a bordo del Discovery One, a la muerte de su tripula­ción y a las famosas últimas palabras del capitán David Bow­man: “¡Oh Dios!, está lleno de estrellas”.

En el mundo real, otro de los fragmentos de la familia Bap­tistina, una enorme pieza de más de diez kilómetros de diámetro, fue protagonista de una historia casi tan increíble como las imaginadas por Clarke. Se piensa que este frag­mento fue el bólido que se estrelló contra la Tierra al final del periodo Cretácico, hace 65 millones de años, provocando la extinción de los dinosaurios. La huella directa de tal colisión es el gigantesco cráter de más de 170 kilómetros de diá­me­tro centrado en la vecin­dad del pueblo costero de Chicxulub, en el norte de la península de Yucatán. Resulta fascinante pensar que este pedazo de Baptistina viajó por el es­pa­cio durante 95 millones de años antes de enfrentar su des­­tino final. Hace 160 millones de años, cuando inició su via­je el bólido, la Tierra era muy diferente a lo que es aho­ra. A finales del Jurásico, el cli­ma en la mayor parte de las tierras emergidas era tropical y los ecosistemas estaban do­mi­na­dos por gigantescas plan­tas emparentadas con las ­actuales coníferas y por sauró­podos, los gigantescos dinosaurios de larguísimos cuellos. Comenzaba entonces la edad de oro de los dinosaurios, que alcanzarían el pico de su diver­sidad unos pocos millones de años después. Hubiera sido muy difícil imaginar que en me­nos de 100 millones de años la orgullosa dinastía de los dinosaurios encontraría un catastrófico final.

Un día a finales del periodo Cretácico, hace poco más de 65 millones de años, el frag­mento de Baptistina finalmente concluyó su peregrinar por el sistema solar y se enfiló di­rectamente hacia la Tierra. Al entrar en contacto con la at­mós­fera, el bólido generó un ca­lor intensísimo y produjo una onda sonora de un volumen nunca antes escuchado en la Tierra. Segundos antes de colisionar con la superficie del pla­neta produjo una explosión equivalente a la de 100 millones de bombas de hidrógeno. De inmediato, el asteroide se de­sin­te­gró y provocó la fu­sión de la roca madre de lo que ahora es el norte de la penín­su­la de Yucatán. Se generó una onda expansiva de calor que calcinó al instante a todo ser vivo en cientos de kilómetros a la redonda. Al mismo tiem­po se produjeron tsunamis de proporciones inimaginables que generaron olas de hasta trescientos metros de alto en zonas costeras a cientos de kilómetros. Los efectos a largo plazo resultaron aún más destructivos. La Tierra en­te­ra se cubrió de una densa capa formada por partículas pro­venientes de la explosión del asteroide, así como por hu­mo derivado de los extensos fuegos producidos por la onda de calor. La temperatura pro­me­­dio del planeta disminuyó considerablemente y la foto­sín­te­sis prácticamente se de­tu­vo. En un abrir y cerrar de ojos en tiempo geológico, cerca de 80% de las especies de plan­tas y animales del mundo se ex­tinguieron. Junto con los dinosaurios no voladores, de­sa­parecieron grupos enteros de animales que fueron increí­ble­mente abundantes sólo unos pocos millones de años antes, como los amonites, los rudistas y los bivalvos inocerámidos.

Algunos paleobiólogos ven todavía con escepticismo la teo­ría de la extinción masiva cau­sada por una colisión espa­cial, y consideran la desaparición de especies durante el Cre­tácico como un proceso gra­dual. Se argumenta con fre­cuen­cia que el registro fósil mues­tra que los amonites ya se habían extinguido cuando sucedió el evento de Chic­xu­lub. Sin embargo, hallazgos re­cientes muestran claramente que algunos géneros de es­tos moluscos existieron justo hasta el momento de la colisión, de manera que su extinción coin­cide (en la escala geoló­gi­ca) con el impacto del frag­men­to de Baptistina. Más reciente­men­te, el grupo de investigación de Gerta Keller, que inclu­ye científicos mexicanos, ha se­ña­la­do que la edad estimada del evento que produjo el cráter de Chicxulub no co­rres­pon­de exactamente con el tiem­po de la extinción de finales del Cretácico. Este descubrimiento ha dado fuerza a la idea de que la extinción masiva podría haber sido provocada no por un solo cuerpo espacial sino por una serie de impactos casi simultáneos. En todo caso, si esta hipótesis resulta co­rrecta, es muy probable que todos los bólidos involucrados hayan pertenecido a la familia de Baptistina.

Parece ser que finalmente conocemos el origen del even­to que acabó con los dino­saurios y otros grupos del Cre­táci­co. Las investigaciones de Bottke y sus colaboradores nos permiten contestar, como en el juego de Clue, las pre­gun­tas básicas sobre la muerte de los dinosaurios: ¿Quién los mató?, ¿dónde?, ¿cuándo?, ¿con qué arma? Ahora sabemos que fue la hermana del obispo, en Yucatán, hace 65 millones de años y con una ex­plosión de 100 millones de megatones.
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Referencias bibliográficas

Bottke, W. F., D. Vokrouhlichy y D. Nesvorny. 2007. “An as­teroid breakup 160 Myr ago as the probable source of the K/T impactor”, en Nature núm. 449, pp. 48-53.
Kring, D. A. 2007. “The Chicxulub impact event and its environmental consequences at the Cretaceous-Tertiary boundary”, en Palaeogeography, Palaeoclimatology, Palaeoecology, núm. 255, pp. 4-21.
 
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Héctor T. Arita
Centro de Investigaciones en Ecosistemas, Universidad Nacional Autónoma de México.

 

 

como citar este artículo
Arita, Héctor T. (2009). Baptistina y los dinosaurios. Ciencias 95, julio-septiembre, 40-42. [En línea]
     

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