revista de cultura científica FACULTAD DE CIENCIAS, UNIVERSIDAD NACIONAL AUTÓNOMA DE MÉXICO
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Bitácora Arquitectura 1245B07  
 
 
 
Cristina López Uribe  
                     
Bitácora Arquitectura es la revista de divulgación
de la Facultad de Arquitectura de la Universidad Nacional Autónoma de México. Sus disciplinas de estudio corresponden a las cuatro licenciaturas que ahí se imparten: arquitectura, arquitectura de paisaje, urbanismo y diseño industrial. Su contenido depende de los temas elegidos por su comité editorial para cada número, algunos han sido: arquitectura, ciudad y oscuridad, la arquitectura y la ciudad desde la perspectiva de género y paisaje, ciudad y tiempo. En el número 36 se reflexiona en torno al tema de fronteras.


En todo lugar del planeta, a lo largo de la historia, se han usado fronteras, murallas, límites y muros para llevar a cabo diversas funciones políticas, económicas y militares. Estas fronteras se constituyen culturalmente como ideas en torno al peligro y la seguridad que varían sustancialmente en cada época y territorio. Hoy se construyen urbanizaciones cerradas, vías rápidas y grandes centros comerciales; se generan guetos de muchos tipos, los que son necesariamente cuestionables para desafiar las estrategias de poder que muestran o esconden, ya sea por medio de la construcción de muros abiertamente discriminatorios y violentos o de aquellos que, detrás del velo de una supuesta poética arquitectónica o paisajística, disimulan delicados mecanismos de opresión. Las fronteras físicas o simbólicas también evidencian y protegen las identidades al establecer definiciones frente a los otros y al mismo tiempo generan imaginarios urbano-arquitectónicos y sociogeográficos complejos. El número 36 de Bitácora Arquitectura aborda todas estas cuestiones.

En las páginas de esta revista, colaboradores de todo el mundo (desde estudiantes hasta especialistas de varias disciplinas) analizan críticamente los temas propuestos en relación a la ciudad en la que vivimos, nuestro entorno natural y construido, y los objetos de nuestra vida cotidiana. Te invitamos a conocerla y darnos tus propuestas de publicación.
     
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www.revistas.unam.mx/index.php/bitacora
     

     
Cristina López Uribe
Facultad de Arquitectura,
Universidad Nacional Autónoma de México.

     

     
 
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López Uribe, Cristina. 2017. Bitácora Arquitectura. Ciencias, núm. 125, julio-septiembre, pp. 76. [En línea].
     

 

 

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Ciudad fractal
en pos de la forma urbana ideal
1245B06  
 
 
 
César Carrillo Trueba  
                     
El fractal es una forma común en la naturaleza,
desde los cristales hasta los árboles, pasando por las bacterias, los bronquios y el sistema venoso. A grandes rasgos, ésta posee dos características: permite el movimiento o la comunicación de lo que contiene —la sangre, por ejemplo— y facilita la relación con el medio que le rodea, el intercambio como en el caso de la oxigenación. Es una forma que mantiene una tensión entre ambas funciones, generando un equilibrio inestable en el sistema en cuestión. ¿Es posible aplicar esta forma a la de una ciudad?, ¿servirá para planear su crecimiento? Las experiencias emprendidas parecen indicar que sí, que es una buena herramienta para pensar la ciudad.


Imago12501n
George Candilis, Fort Lamy, N’Djamena, Tchad, 1962;
gráfica tomada de Frankhauser et al., 2007.


El modelo de ciudad predominante es centralizado, símbolo del poder del Estado, y hasta cierto tamaño no resulta tan complicado para vivir; pero el crecimiento desmedido de las urbes lo ha llevado a una crisis, obligando a la búsqueda de soluciones. La densificación de la población fue ampliamente adoptada bajo el supuesto de que los servicios —educación, salud, comercio, recreación, etc.— serían accesibles a todos los habitantes, pero ha generado una saturación del espacio, tráfico, falta de agua, contaminación, ruido y violencia —como bien lo conocemos los habitantes de la ciudad de México— sin eliminar la desigualdad de acceso. Además de que, en su crecimiento, va afectando el entorno natural, deforestando, modificando la temperatura ambiente, destruyendo flora y fauna y mermando los servicios ambientales.

A diferencia de este tipo de ciudad, que tiene un centro y una periferia, los fractales son estructuras de múltiples escalas que replican su configuración en cada una de ellas por lo que no hay un centro privilegiado. Así, en lugar de tener una ciudad que forme un polígono de bordes lisos, como un cuadrado —ideal de una ciudad perfectamente trazada—, la ciudad fractal avanza sobre el entorno como lo hacen las raíces de un árbol, dejando porciones de área natural entre la urbanización, las cuales mantienen una conectividad entre ellas, permitiendo que todos los ciudadanos tengan áreas verdes cercanas y a la vista, como se puede apreciar en las tres figuras de la página opuesta y en el croquis elaborado para la ciudad de N´Djamena en Tchad por Georges Candillis, precursor en esta idea. Asimismo, establece niveles de servicios de manera sencilla: muy cerca hay comercios para abastecerse de alimentos y demás productos cotidianos, escuela primaria y secundaria, alguna plaza o parque; a una distancia razonable hay clínicas o un pequeño hospital, preparatorias, parques mayores, algún deportivo y supermercados; le siguen los servicios que se emplean un par de veces al mes: hospitales, museos, cines, restaurantes y bares, librerías, etc.; finalmente, a una distancia mayor están las tiendas especializadas, centros médicos, universidades, bosques urbanos, servicios administrativos y amplia oferta de entretenimiento. Todos los niveles deben estar comunicados por una buena red de transporte público y facilidades para moverse en bicicleta y caminar; obviamente, seguridad para los ciudadanos.

Puede parecer una utopía, pero hay quienes dicen que Tokio es una ciudad fractal y la imagen en esta página lo sugiere así. Además, los fractales son estructuras que resultan de procesos de auto-organización, lo que les confiere una gran plasticidad y por tanto aparecen en ámbitos naturales muy diversos. Poseen una fuerte resiliencia, es decir, que logran recuperar su forma al ser afectados por algún fenómeno que los perturbe, por lo que en el ámbito urbano permiten que en ellos se desplieguen estilos de vida diferentes, gustos y preferencias, procesos sociales de distinta índole, entornos variados, e incluso se recuperan de las decisiones erróneas de funcionarios y planificadores, nuestro peor mal hoy día.

Finalmente, lo que me parece su mayor virtud, es que son sistemas que establecen una equitatividad en el acceso a los servicios, a las áreas verdes, a un transporte digno, al aire limpio y el agua; el ciudadano es su mayor preocupación. La ciudad fractal es, ante todo, una ciudad democrática.

Imago12502n 
NASA, Tokio de noche


     
Referencias bibliográficas

Frankhauser, P., C. Tannier, G. Vuidel y H. Houot. 2007. “Approche fractale de l’urbanisation. Méthodes d’analyse d’accesibilité et simulations miltiéchelles”, en 11th World Conference on Transportation Research.
Tannier, Cécile. 2009. “Formes de villes optimales, formes de villes durables. Réflexions à partir de l’étude de la ville fractale”, en Espaces et sociétés, núm. 138, pp.

     

     
César Carrillo Trueba
Facultad de Ciencias,
Universidad Nacional Autónoma de México.
     

     
 
cómo citar este artículo

Carrillo Trueba, César. 2017. Ciudad fractal: en pos de la forma urbana ideal. Ciencias, núm. 125, julio-septiembre, pp. 76-77. [En línea].
     

 

 

de la demografía
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Crecimiento poblacional
y ambiente
1245B04  
 
 
 
María Teresa Velázquez Uribe  
                     
Para analizar las relaciones entre población
y ambiente hay que aplicar un enfoque que incluya, además del crecimiento demográfico, aspectos relacionados con los patrones de producción y consumo de la población. El agente de presión más importante sobre los ecosistemas es la población humana, pero también este elemento es capaz de implementar las posibles soluciones al deterioro y las acciones de conservación de la biodiversidad y de los servicios ambientales.


El crecimiento de la población mundial es un fenómeno relativamente reciente que se acentuó a partir de 1950 debido al crecimiento natural de la población (aumento de la natalidad y disminución de la mortalidad) por el uso de vacunas y antibióticos en las regiones en desarrollo del mundo. Esta tendencia se mantuvo hasta finales del siglo xx, cuando se rebasaron los seis mil millones de habitantes; al finalizar 2003 el planeta albergaba alrededor de siete mil millones de personas. Según estimaciones de las Naciones Unidas, se prevé que la población seguirá aumentando y para 2050 habrá nueve mil millones de habitantes. Asia es la región que más contribuye a este crecimiento, seguida de América Latina y el Caribe, que en 2010 llegaron, respectivamente, a 4 163 millones y 590 millones; y se prevé que para 2050 aumenten a 5 142 millones y 751 millones.

Al analizar el número de habitantes por kilómetro cuadrado a escala mundial, esto es, la densidad poblacional en función del territorio definido, en 2010 alcanzó un valor de 51 personas por km2, y se estima que en 2050 llegue a 68 habitantes por km2.

El incremento de la población ha traído consigo una mayor demanda de recursos naturales, ejerciendo una fuerte presión sobre las reservas de la naturaleza. Para cubrir el requerimiento de alimentos tanto para uso humano como animal, por ejemplo, el sector agrícola utiliza actualmente 11% de la superficie terrestre y 70% del agua total extraída de los acuíferos, ríos y lagos; es el mayor usuario de los recursos naturales del mundo.

En los últimos cincuenta años, la superficie cultivada en el planeta creció 12%; la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura estima que para satisfacer las necesidades de la población en el año 2050 se requerirá aumentar la producción de alimentos en 70% respecto de 2010.

Además de la presión para producir alimento, existen otras actividades de la humanidad que generan una gran cantidad de contaminantes que llegan a la atmósfera, el suelo y los cuerpos de agua, degradando aún más los ecosistemas. En 2010, por ejemplo, cada habitante del planeta emitió a la atmósfera un promedio de 4.44 toneladas de dióxido de carbono, el principal gas causante del calentamiento global y su impacto en el cambio climático; esto no es igual en todo el mundo, en Estados Unidos cada habitante emitió en promedio 17.3 toneladas, en México 3.85 toneladas y tan sólo 60 kilogramos en Etiopía. Con respecto de la generación de residuos sólidos urbanos, en 2010 un habitante de Estados Unidos produjo en promedio 720 kg, mientras que en México 370 kg y en China 250 kg.

Transición demográfica

México no ha sido ajeno al crecimiento poblacional mundial ni al impacto de la población en el ambiente. A comienzos del siglo xxi, la tasa de crecimiento nacional era de 1.2%, muy similar a la que había a inicios del siglo xx, pero con una población entre siete y ocho veces mayor. En 2010, en el país habitaban 114.26 millones de personas, 51.2% mujeres y 48.8% hombres.

La población mexicana se encuentra en una fase avanzada de transición demográfica, en la cual tanto la tasa de mortalidad como la de fecundidad tienden a valores bajos. Las proyecciones del Consejo Nacional de Población señalan que el crecimiento poblacional seguirá hasta el año 2050, cuando alcanzará aproximadamente 150.84 millones de habitantes.

La población mexicana ha presentado cambios en su crecimiento debido a varios factores, entre los que destaca una reducción en la fecundidad: mientas que en 1950 el promedio de hijos por mujer era de 6.8, en 2010 fue de 2.28. A esto hay que agregar el efecto del incremento en la tasa de mortalidad a partir de los primeros años del siglo xxi, ya que se espera que pase de 5.6 por cada mil habitantes en 2010 a 6.7 y 8.8 por cada mil habitantes en 2030 y 2050, respectivamente. Asimismo, el incremento de la esperanza de vida total de la población ha estado muy relacionado con los avances en salud pública, llegando a 74 años en 2010 (71 años en hombres y 77 en mujeres). Las proyecciones indican que la esperanza de vida total podría alcanzar 77 años en 2030 y 79.4 en 2050.

Bono demográfico

Actualmente, la proporción de infantes en la población tiende a reducirse y crece la de jóvenes y adultos mayores; mientras que en 2000 la proporción de niños y niñas en edad preescolar (04 años) era de 11.5%, en 2010 se redujo a 9.8%; por su parte, los adultos mayores de 65 años pasaron de 5.2% a 6.2% de la población en el mismo periodo, (figura 1). En el caso de la población en edad productiva (entre 15 y 64 años), pasó de 59% a 62% de la población entre 2000 y 2010. Otro indicador que muestra estos mismos cambios es la mediana de la edad de la población, es decir, la edad que divide en dos partes iguales a los habitantes del país, en 2010 alcanzaba 26 años.

Figura125B0401 
Figura 1. Pirámides de edad de la población mexicana 1950-2050 tomada del Consejo Nacional de Población, 2013.


La transición demográfica actual del país genera una relación positiva entre la población en edades dependientes (niños y adultos mayores) y la población productiva. Esta relación se mide por medio de la llamada razón de dependencia, calculada como el cociente entre la población en las edades dependientes y la población en edad productiva. Para 2010 era de 60.8 dependientes por cada 100 personas productivas. Al analizar por separado la dependencia infantil y la de adultos mayores, se observa que la dependencia infantil ha seguido una tendencia decreciente, en contraste con la población de adultos mayores, cuya razón de dependencia pasó de 7.7 a 9.9 por cada 100 personas en edad productiva entre 1990 y 2010.

Se estima que el valor más bajo de la razón de dependencia demográfica se alcanzará alrededor de 2025, para elevarse después como resultado del crecimiento de la población de adultos mayores.

Esto es, el llamado bono demográfico que presenta el país se extenderá todavía por algunos años más, lo que representa un gran potencial intelectual y laboral susceptible de aprovecharse en el desarrollo del país.

La distribución geográfica actual de la población mexicana se caracteriza por una fuerte concentración de personas en pocas ciudades y áreas metropolitanas, pero también por una gran cantidad de localidades dispersas menores de 2 500 habitantes. La proporción de la población que habita en localidades rurales (con menos de 2 500 habitantes) ha ido disminuyendo; en 2010 sólo 23.2% de los habitantes del país se encontraba en localidades de esta categoría. Esto significa que en poco más de un siglo México pasó de ser un país predominantemente rural a uno urbano. En cuanto al número de localidades, en 2010 se registraron alrededor de 170 mil de tipo rural, esto es 88.6% del total de localidades a escala nacional.

Conclusiones

Es necesario considerar el impacto ambiental de la población, así como algunas medidas para contrarrestar su crecimiento, tales como una mayor distribución de la población y el mejorar la educación, la salud y la nutrición, así como la creación de empleos productivos, la diversificación de la actividad económica y la exportación de productos procesados o semiprocesados en lugar de materias primas; sin olvidar que tenemos el bono demográfico y hay que aprovecharlo para potenciar el desarrollo. Tales medidas implicarían un aumento en el nivel de vida de la población, aunque esto conducirá a un mayor consumo de recursos naturales y una mayor producción de desperdicios y contaminantes.

     
Referencias bibliográficas

Velázquez Uribe, María Teresa. 1996. “Dinámica poblacional y medio ambiente”, en Ciencias, núm. 44, pp. 5663.

En la red

www.conapo.gob.mx/es/CONAPO/Proyecciones
www.fao.org/hunger/es
www.inegi.gob.mx
goo.gl/4sykUo
unstats.un.org/unsd/syb
maba.unam.mx/enlinea
tifon.fciencias.unam.mx/Demografia

     

     
María Teresa Velázquez Uribe
Facultad de Ciencias,
Universidad Nacional Autónoma de México.
     

     
 
cómo citar este artículo

Velázquez Uribe, María Teresa. 2017. Crecimiento poblacional y ambiente. Ciencias, núm. 125, julio-septiembre, pp. 52-54. [En línea].
     

 

 

del diseño
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Consumo sostenible
a partir del cambio de  comportamiento humano mediante
el diseño
1245B05  
 
 
 
Fernando Gutiérrez Hernández  
                     
Los seres humanos somos producto de nuestros
hábitos y convencionalismos socioculturales. Alimentarse, asearse, descansar, recrearse, todo ello se lleva a cabo en un espacio determinado. Sin duda, la arquitectura y el diseño pueden formar y reformar conductas humanas y hábitos; lamentablemente, si bien la definición de prácticas sociales ha sido analizada ampliamente por disciplinas como la sociología, la antropología y la psicología, poco se ha discutido desde la perspectiva del diseño urbano, arquitectónico e industrial.


La reducción en el consumo mediante el cambio de conductas y comportamientos está en discusión académica y en práctica hoy día. Mientras muchos debates y teorías se han concentrado en entender el comportamiento humano desde perspectivas sociales, psicológicas y tecnológicas, otros han reconocido el espacio (ciudades y arquitectura) como elemento central y punto de partida de los hábitos de consumo de recursos, que desempeñan un papel primordial en la generación de un cambio de conductas humanas que llevan a un consumo sostenible de objetos de uso cotidiano en el espacio. Existen cuatro teorías que surgen en la segunda mitad del siglo xx, cuya influencia y argumentos son cada vez más discutidos en diferentes disciplinas enfocadas al diseño.

Cuatro teorías

La Teoría de prácticas sociales nace de la fórmula: (hábito)(capital) + espacio = práctica. Se entiende por hábito aquellas actividades humanas realizadas consciente o inconscientemente; capital se refiere a los recursos usados en los hábitos y pueden ser: humano, social, económico, cultural, ecológico y simbólico; espacio o campo describe el lugar tangible en donde acontecen los eventos; la práctica es el reconocimiento y modo recurrente de realizar actividades que conjugan hábito, capital y espacio. El sociólogo Anthony Giddens argumenta que, en ciencias sociales, los individuos (actores) actúan por medio de experiencias dadas a partir de prácticas sociales que están ordenadas en un lugar y tiempo determinado.

Adicionalmente, dicha teoría está asociada al trabajo del sociólogo Pierre Bourdieu, quien considera que el habitus (hábito) es un proceso inconsciente basado en actos internos de estructuras sociales a través de la experiencia. Bourdieu enfatiza la interrelación del hábito y el espacio en la producción cultural, y asume que los códigos estéticos y las prácticas sociales son histórica y moralmente construidas. Este argumento es analizado por Bourdieu en la Casa Kabyle, donde las prácticas domésticas son estudiadas a través de símbolos asociados a la configuración espacial, lo que da como resultado que la composición de la vivienda relaciona y modifica las prácticas de género como simbolismo de la reproducción y de hábitos como el cocinar.

Le sigue la teoría de los sistemas sociotécnicos, cuyo término fue acuñado por Eric Trist, Ken Bamforth y Fred Emery en el campo de los estudios de ciencia y tecnología bajo influencia antropológica; en otras palabras, la manera en que la tecnología modifica conductas humanas que tienen lugar en espacios definidos. Esta teoría define las interrelaciones de humanos (actores) y tecnología en un campo de trabajo definido (espacio), considerando evolución y aspectos culturales.

Después viene la Teoría de actorred, un enfoque sociológico con gran influencia de los sistemas sociotécnicos en la que se estudian los objetos y las redes que configuran conductas y prácticas sociales. Aquí se consideran interacciones de humanos (actores) y nohumanos (redes) que presentan relaciones simétricas, es decir, que al modificar un aspecto en los actores se tendrá implicaciones en las redes y viceversa. En este sentido, alterar el espacio o campo por medio de la tecnología podría repercutir en los comportamientos y hábitos de consumo.

El sociólogo Bruno Latour representa las conexiones entre agentes y tecnología considerando el espacio, la composición, el tiempo y las técnicas donde tienen lugar. El experto en políticas públicas Jonathan Murdoch argumenta que la Teoría de actorred ofrece la posibilidad de entender las relaciones espaciales y la configuración en la que se desarrollan complejamente las redes. Murdoch presenta dualidades entre naturaleza y sociedad, estructura y acción, al interior de un espacio definido y determinado. Los argumentos de Latour y Murdoch denotan la importancia de los lugares donde objetos y sujetos o redes y actores interactúan.

Finalmente, la Teoría del comportamiento planeado, propuesta por el psicólogo Icek Ajzed, que ha permeado diversas disciplinas relacionadas con el comportamiento humano y social, y relaciona actitudes, normas subjetivas, creencias y afecciones, comportamientos pasados, normas morales y control de comportamiento percibido. Esta teoría ha encontrado aplicaciones en temas de consumo mediante el incremento de la conciencia y la visibilidad de los recursos utilizados.

Usando fundamentos teóricos de todas las propuestas mencionadas, diversas disciplinas han explorado diferentes posibilidades en el diseño del espacio (urbano, arquitectónico e industrial) implementando una variedad de soluciones, materiales e interacciones. En el uso de tecnología en dispositivos arquitectónicos, por ejemplo, así como mediante la visibilidad, conciencia y conocimiento de los recursos energéticos consumidos en las viviendas (a partir de utilizar medidores inteligentes) con lo cual se logra reducir el consumo energético, pues los usuarios están conscientes de la energía que están utilizando en tiempo real.

Igualmente, el sociólogo John Urry argumenta que el espacio y los objetos son dotados del poder que establece: “los límites de lo que es posible corporalmente [sin determinar] las acciones particulares en que los seres humanos pueden participar”. Un ejemplo en diseño industrial es el propuesto por Yonggu Do, Dohyung Kim y Sewon Oh, llamado 1 Liter1 Limit. El diseño es un tanque de agua con una capacidad de un litro asociado al grifo; cuando el agua se termina los usuarios deben esperar unos segundos mientras el grifo se llena nuevamente para ser usado. En este objeto cotidiano pueden materializarse las teorías antes mencionadas, mediante la utilización de conceptos como tiempo, limitación de recurso y conciencia por medio de la visibilidad.

Adicionalmente, cada vez son más recurrentes las aplicaciones y propuestas con objetivos que se inclinan por la dimensión de consumo ecológico en disciplinas relacionadas con el diseño y el arte. La artista Camille Goujon explora mediante la escultura y la pintura una crítica a patrones de consumo en prácticas humanas, principalmente en el consumo del agua. Asimismo, desde la arquitectura y el diseño arquitectónico se plantea necesario reconocer estos primeros acercamientos como punto de partida hacia el entendimiento de prácticas sociales y humanas que tienen lugar en los espacios y el uso de objetos cotidianos, así como las implicaciones antropológicas y sociales al incrementar el uso de la tecnología para prácticas, actividades y hábitos diarios.

Epílogo

En suma, el diseño urbano, arquitectónico e industrial han provisto soluciones que forman y reforman conductas humanas, hábitos y prácticas sociales mediante la generación de infraestructura y objetos cotidianos. En ellos se encuentra intrínseco el uso de la tecnología al servicio de necesidades humanas. Sin embargo, el diseño, en sus diversas manifestaciones, requiere mayor entendimiento de la definición de las prácticas y los hábitos humanos que tienen lugar al interior de edificios y ciudades. Urbanistas, arquitectos y diseñadores enfocados al área del consumo sostenible deben ser capaces de entender y materializar teorías de comportamientos humanos, sociales y tecnológicas que provienen de diversas disciplinas. La finalidad del diseño, como elemento formador y reformador de conductas, puede ser un punto esencial en el entendimiento y cambio de patrones de consumo que ocurren en el espacio habitable y en la generación de objetos de uso cotidiano.

Para terminar, la Teoría de prácticas sociales, la de sistemas sociotécnicos, la de actorred y la del comportamiento planeado son algunas posturas cuyo entendimiento permite materializar y explorar diferentes alternativas. Estas discusiones teóricas reconocen el papel tan importante que tiene el espacio, los lugares en donde se llevan a cabo las prácticas y los hábitos diarios. Por tanto, es necesario un acercamiento interdisciplinario para que se sistematicen las disciplinas de diseño y otros campos del conocimiento que han explorado y reconocido las conductas humanas, los hábitos y las prácticas.

El diseño, en cualquiera de sus manifestaciones, ofrece la posibilidad de diseminar teorías y de experimentar cambios materializados en espacios y objetos tangibles. A partir de ahora es necesario un acercamiento que redefina configuraciones espaciales y el diseño de objetos de uso diario mediante la aplicación de teorías que converjan desde diversas disciplinas. El entendimiento de las teorías aquí explicadas puede contribuir al cuestionamiento de hábitos de consumo y a la normalización de prácticas sociales, así como a la generación de propuestas cada vez más enfocadas al cambio de comportamientos hacia un consumo más sustentable.

     
Referencias bibliográficas

Ajzen, I. 1985. “From Intentions to Actions: A Theory of Planned Behaviour”, en Actioncontrol: From Cognition to Behaviour, Kuhl Julius y Jürgen Beckman (eds.). Springer, Heidelberg. Pp. 11-39.
_____. 2011. “The Theory of Planned Behaviour: Reactions and Reflections”, en Psychology and Health, vol. 26, núm. 9, pp. 1113-1127.
Bourdieu, Pierre. 1984. Distinction: A Social critique of Judgement and Taste. Routledge, Londres.
_____. 1985. The Genesis of the Concept of Habitus and the Field. University of Pittsburgh, Pittsburg.
_____. 1990. The Logic of Practice. Polity Press, Cambridge.
Calhoun, C. (ed.). 2002. Dictionary of the Social Sciences. Oxford University Press, Nueva York.
Giddens, Anthony. 1984. The Constitution of Society: Outline of the Theory of Structuration. University of California Press, Berkeley.
Latour, Bruno. 1999. “A Collective of Humans and Nonhumans: Following Daedalus’s Labyrinth”, en Pandora’s Hope: Essays on the Reality of Science Studies. Harvard University Press, Cambridge. Pp. 174-215.
Murdoch, Jonathan. 1998. “The Spaces of ActorNetwork Theory”, en Geoforum, vol. 29, núm. 4, pp. 357-374.
Urry, John. 2000. Sociology Beyond Societies: Mobilities for the Twentyfirst Century. Routledge, Londres.
Webster, Helena. 2011. Bourdieu for Architects. Routledge, Oxon.

 
En la red

www.yankodesign.com/2011/02/04/oneliterlimited
goo.gl/ioWRpN
     

     
Fernando Gutiérrez Hernández
Universidad Iberoamericana-Ciudad de México.
     

     
 
cómo citar este artículo

Gutiérrez Hernández, Fernando. 2017. Consumo sostenible a partir del cambio de comportamiento humano mediante el diseño. Ciencias, núm. 125, julio-septiembre, pp. 62-65. [En línea].
     

 

 

del ambiente
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Los árboles:
tecnología verde
1245B03  
 
 
 
Emilye Rosas Landa Loustau y Antonio
del Río Portilla

 
                     
Según cuentan los libros de historia, la cuenca
de México fue descrita como un enorme lago rodeado de montañas verdes y cielo azul, inmortalizada en una novela como la región más transparente. Los volcanes Iztaccihuatl y Popocatepetl al horizonte descansaban la vista y los ríos que alimentaban el lago apaciguaban el espíritu. Seguro que el águila devorando a la serpiente no fue lo único que motivó a los mexicas a asentarse en esta cuenca.

No obstante, en la actualidad la ciudad de México está al borde del colapso: 1 200 toneladas de basura producidas diariamente, escasez de agua, reducción de áreas verdes por construcción ilegal, aire contaminado, tráfico y muchos otros problemas. Veamos el caso de las áreas verdes.

La ciudad de México tiene una superficie total urbana —es decir, sin incluir suelo de conservación— de 632.66 km2, de la cual 128.28 km2 corresponden a áreas verdes urbanas, es decir aproximadamente 20%. De éstas, poco más de la mitad son áreas arboladas (71.70 km2) y el resto de pastos y arbustos. Si dividimos la superficie arbolada entre el número de habitantes de la zona urbana de la ciudad de México, obtenemos que cada habitante tiene alrededor de 9 m2 de árboles. Sin embargo, sólo 44.69 km2 arbolados se hallan bajo un programa de mantenimiento que asegura que los árboles estén saludables para que brinden un beneficio ambiental cercano al que se estima en forma teórica y que se basa en su tamaño, especie y estado de salud, por lo que cada capitalino sólo tiene 5.3 m2 de árboles (en promedio) cuando lo recomendado por la Organización Mundial de la Salud es de 9 a 11 m2, es decir, se requiere casi el doble de zonas arboladas en la ciudad de México. ¿Por qué se recomienda esta superficie por persona? ¿Cuáles son las funciones que desempeñan en nuestro entorno urbano las zonas verdes?

Beneficios

Empecemos por calcular la cantidad de dióxido de carbono que absorben las áreas verdes cuidadas de la ciudad de México. Se estima que cada metro cuadrado de zona arbolada es capaz de absorber 2.8 kg de dióxido de carbono al año, entonces la superficie arbolada en esta ciudad podría absorber aproximadamente 125 132 toneladas de dióxido de carbono en ese lapso. Si se venden estas reducciones de dióxido de carbono en los mercados voluntarios de carbono, donde cada certificado de reducción de emisiones de dióxido de carbono vale en promedio 6 dólares por tonelada (de acuerdo con la plataforma mexicana de bonos de carbono el precio de estos instrumentos financieros depende de la localización y tipo de proyecto y del mercado en que se ofertan, por lo que el precio va de 1 a 12 dólares por tonelada), es decir, aproximadamente 120 pesos por tonelada. Se obtendrían así 15 015 840 de pesos al año.

Con el fin de comparar esta cifra con algún servicio conocido por el capitalino pondremos como ejemplo que la línea 1 del metrobús al vender sus reducciones de emisiones de dióxido de carbono en Europa obtuvo poco más de 2 millones de pesos en 2009. En este caso los bonos de carbono de las áreas verdes son casi veinte veces los bonos de carbono provenientes del metro.

Si se incrementara la extensión de las áreas arboladas de la capital, no sólo podríamos reducir nuestras emisiones de este gas invernadero, sino además financiar su mantenimiento junto con algunas otras acciones sociales o ambientales.

Además de absorber dióxido de carbono los bosques urbanos producen oxígeno; la cantidad de este gas generado por un metro cuadrado de bosque depende de la especie de los árboles, de su tamaño y su salud.

En diferentes ciudades de Estados Unidos se hizo un estudio del oxígeno liberado por los bosques urbanos y se obtuvo que la tasa mínima de emisión de oxígeno es de 2.7 toneladas al año por metro cuadrado. Utilizando este dato, la zona arbolada cuidada de la ciudad de México provee 300 437 toneladas de oxígeno anualmente. Sería muy necesario hacer un estudio similar en nuestras ciudades a fin de que se registren las especies de árboles locales y sus emisiones de oxígeno.

Por otro lado, un adulto en promedio respira 0.84 kg de oxígeno al día, es decir 306.6 kg al año; multiplicando este consumo por la población que había en 2010 en la ciudad de México (8 851 080 habitantes) obtenemos 2 713 741 toneladas de oxígeno, es decir, los bosques de la ciudad proveen nueve veces menos oxígeno que lo requerido por los capitalinos. Afortunadamente 21% de la atmósfera está compuesta de oxígeno de modo que todos los capitalinos logramos sobrevivir, aunque está claro que si la ciudad de México fuera un sistema cerrado nos asfixiaríamos en pocos días.

Otra de las virtudes de los bosques urbanos es la de remover contaminantes del aire como el ozono, el dióxido de nitrógeno, el dióxido de azufre y el monóxido de carbono. En un estudio de 2006, David Nowak, Daniel Crane y Jack Stevens revisaron los datos de cincuenta y cinco ciudades estadounidenses en las que sus bosques eliminaron en promedio 1% de estos contaminantes anualmente. Dependiendo de la ciudad estudiada, los bosques remueven del aire entre 11 100 y 22 000 toneladas de contaminantes; aquí mismo se indica que el valor promedio de remoción de contaminantes es de 10.8 g/m2 por año. Estos valores parecen modestos, pero si se considera que la remoción de una tonelada métrica de dióxido de nitrógeno cuesta 6 752 dólares, la de dióxido de azufre 1 653 y 959 la de monóxido de carbono, los bosques urbanos de los Estados Unidos son capaces de ahorrar del orden de 60 millones de dólares cada año tan sólo por remover contaminantes de la atmósfera. Es claro que tales datos son alentadores y pueden ser considerados como inversiones rentables en el largo plazo. De nuevo es necesario indicar que se requiere un estudio semejante al hecho por Nowak, Crane y Stevens para la ciudad de México y otras ciudades del país, pues como ellos mencionan, los valores de captura de contaminantes depende de la especie y tamaño de los árboles, además de las condiciones meteorológicas de la zona.

Más árboles, más beneficios

Usualmente, cuando una ciudad crece se reemplazan sus zonas verdes por edificios, caminos o estacionamientos que generan islas de calor. Este fenómeno consiste en una elevación de la temperatura local debido a que los materiales urbanos absorben un gran porcentaje de la radiación solar que reciben en lugar de reflejarla.

Se ha encontrado que las islas de calor pueden elevar la temperatura de la zona centro hasta 10 °C por encima de la temperatura ambiente de los alrededores. La sombra y humedad que los bosques nos brindan permiten reducir 20% el costo de ventilación artificial en los edificios. Se dice por ejemplo que cada grado centígrado incrementado en una zona urbana provoca que los costos por ventilación artificial suban de 4 a 8%.

Cada delegación de la ciudad de México invierte una cantidad distinta de electricidad en ventilación artificial, pues algunas concentran un gran número de oficinas con ventilación artificial mientras que otras son de carácter residencial y sólo algunas casas cuentan con dicho servicio.

Una vez más, resulta clara la necesidad de diferenciar el origen del consumo eléctrico en nuestra ciudad; relacionando el consumo eléctrico causado por ventilación artificial y el incremento en la temperatura local por islas de calor podríamos determinar la extensión de área arbolada necesaria para atenuar los efectos.

Por otra parte, se ha observado que las temperaturas altas promueven la reacción fotoquímica de hidrocarburos y óxidos nitrosos de la atmósfera que producen ozono, elevando la concentración de este compuesto en las zonas urbanas. Al moderar la temperatura local, los bosques no contribuyen a la formación de ozono. Se ha registrado que por cada grado centígrado incrementado, la concentración de esmog crece de 7 a 18%. De acuerdo con los estudios realizados en el Instituto de Geografía de la Universidad Nacional Autónoma de México, durante el siglo xx la temperatura de la ciudad de México se ha incrementado en 3° C a causa de la urbanización; esto significa que el consumo de energía eléctrica por ventilación artificial se incrementó 24% y la concentración de esmog 54% tan sólo en el siglo pasado.

Los bosques urbanos con mantenimiento pueden retribuirnos más de 42 millones de pesos anualmente. Una vez que se tengan datos técnicos precisos, a estos recursos se les puede sumar los que se obtienen por producción de oxígeno, remoción de contaminantes y disminución en consumo eléctrico por ventilación artificial. Las áreas arboladas deben considerarse como tecnologías verdes rentables, con beneficios que influyen directamente en la calidad de vida de los habitantes de las ciudades.

Faltan árboles

Resulta claro que el índice de superficie arbolada por habitante no es la adecuada para que la población se beneficie de las funciones que cumplen los bosques, que cada capitalino no disfrutará de un aire más limpio, ni de reducir tu tarifa eléctrica, de una temperatura más agradable en su localidad, etcétera. Pero, además de los beneficios ya mencionados, los árboles capturan partículas o polvo en sus hojas, bloquean la radiación ultravioleta, filtran agua contaminada, amortiguan la contaminación auditiva y contribuyen a la salud mental de quienes pueden vivir cerca de un bosque; algunos árboles producen frutos que nos alimentan y cualquiera los puede plantar y cuidar.

Finalmente, dadas las enormes emisiones de dióxido de carbono de nuestra urbe es claro que para disminuirlas se requiere implementar tantas alternativas de fuentes renovables de energía como sea posible. Sin embargo, pensamos que la alternativa de reverdecer las ciudades es la más accesible para la población. Aprendamos a vivir en simbiosis, para lo cual se necesita un poco de respeto y esfuerzo.

Estimado lector: ¿se cree capaz de plantar y cuidar un árbol durante toda su vida?, ¿mantener un jardín?, ¿embellecer un camellón?, ¿cavar jardineras en su banqueta? Son pequeños sacrificios para obtener grandes beneficios, ¿no lo cree?

     
Referencias bibliográficas

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Carreiro, Margaret M., Yong Chang Song y Juanguo Wu. 2008. Ecology, Planning and Management of Urban Forests. Springer, Nueva York.
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Garstang M., P. D. Tyson y G. D. Emmitt. 1975. “The Structure of Heat Islands”, en Reviews of Geophysics and Space Physics, vol. 13, núm. 1, pp. 139145.
Nowak, David J., Daniel E. Crane y Jack C. Stevens. 2006. “Air pollution removal by urban trees and shrubs in the United States”, en Urban Forestry & Urban Greening, núm. 4, pp. 115-123.
Nowak, David J., Robert Hoehn y Daniel E. Crane. 2007. “Oxygen Production by Urban Trees in the United States”, en Arboriculture & Urban Forestry, vol. 33, núm. 3, pp. 220226.
Simpson, James R. 1998. “Urban forest impacts on regional cooling and heating energy use: Sacramento County case study”, en Journal Arboriculture, vol. 24, núm. 4, pp. 201-214.
Torres Rivas, Daniel. 2005. Planeación, espacios verdes y sustentabilidad en el Distrito Federal. Tesis, División de Ciencias y Artes para el Diseño, Universidad Autónoma Metropolitana-Azcapotzalco, México.

En la red

www.transparenciamedioambiente.df.gob.mx
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www.state.sc.us/forest/trpeople.htm
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Emilye Rosas Landa Loustau
Facultad de Ingeniería,
Universidad Nacional Autónoma de México.

Antonio del Río Portilla
Instituto de Energías Renovables,
Universidad Nacional Autónoma de México.
     

     
 
cómo citar este artículo


Rosas Landa Loustau, Emilye y Antonio del Río Portilla. 2017. Los árboles: tecnología verde. Ciencias, núm. 125, julio-septiembre, pp. 29-41. [En línea].
     

 

 

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