revista de cultura científica FACULTAD DE CIENCIAS, UNIVERSIDAD NACIONAL AUTÓNOMA DE MÉXICO
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César Carrillo, Patricia Magaña, Moisés Robles,
Silvia Torres, Ruán Almeida y Alba Rojo
     
               
               
“¿No es extraño que quienes dominan al género humano
ocupen un rango muy superior al de quienes lo educan?” Se preguntaba Lichtenberg hace dos siglos, ironizando acerca de lo que él llamaba la “barbarie ilustrada”. Nosotros podemos retomar la pregunta, orientándola a la divulgación de la ciencia: ¿No es extraño que quienes gobiernan y quienes deciden salarios y criterios de evaluación, asignen tan pobre lugar a la ciencia y a su difusión?
 
Aventuremos algunas hipótesis que puedan explicar este fenómeno social.
 
Hipótesis de complot. Esta teoría sostiene que, gobernantes y funcionarios deciden pagar mal a profesores y divulgadores, para así impedir que realicen correctamente su trabajo, y de esta manera mantener al pueblo en un estado casi analfabeta para poder dominarlo sin problema alguno. Y si aún así llegase a destacar alguno, lo reprimen. A esta posibilidad se la asocia normalmente con el imperialismo.                           
Hipótesis de la miopía. Esta teoría se basa en pensar que las intenciones de funcionarios y gobernantes son buenas, lo que sucede es que creen que el desarrollo es un modelo para armar, que se adquiere en Estados Unidos o en Europa —tabuladores incluidos— y que generalmente es vistoso. Industrias que funcionan a la mitad de su capacidad: centrales nucleares, grandes proyectos de desarrollo científico-tecnológico —consejos y rascacielos obligatorios—, elefantes blancos que denotan un problema de miopía, son su resultado. En lugar de construir un sistema educativo sólido y de difundir la ciencia, prefieren megaproyectos que de pasada les ayuden a pasar a la historia, pues están convencidos de su trascendencia. Confunden lo grandote con lo grandioso.
 
Hipótesis de la corrupción. Aquí se trata de suponer que en realidad los funcionarios sólo buscan el camino que les permita obtener beneficios para ellos y para sus cuates. Es por esto que no les interesa en lo más mínimo, gastar en algo que no les reditúe económica y directamente. Construyen fachadas de proyectos que no sirven más que para ocultar sus truculentas movidas. No les importan ni la educación de la gente ni el país. Tienen su cuenta en Suiza y al terminar el sexenio ya habrán adquirido alguna finca en el Cono Sur y un cirujano plástico que les espera (aunque por los cambios en la región ya han puesto el ojo en zonas de ultramar o aguardan el nuevo orden mundial).
 
Hipótesis de la élite. La esencia de esta teoría se basa fundamentalmente en el desprecio por la divulgación, pero presenta tres variantes:
 
a) El culturólogo. Para este tipo de funcionario la cultura no incluye a la ciencia. Piensa que esta última tiene que ver con cosas muy abstractas que no interesan a nadie, o bien con máquinas y transistores, que cualquiera conoce y maneja. Detesta los artículos sobre ciencia que por casualidad llegan a aparecer en su revista cultural preferida. Ignora la poesía de las matemáticas, la imaginación del astrónomo o las maravillosas especulaciones del paleontólogo. Lleva su definición de cultura en un bolsillo de su saco neoyorquino.
 
b) El pragmático. Para él la ciencia y su divulgación deben ser apoyadas sólo si dan frutos aplicables, esto es, tecnología. Por ello desconfía de toda investigación básica y cree que el Conalep es lo mejor que se ha hecho en este sentido. Enaltece cualquier innovación tecnológica y su sueño es hacer de México un Taiwán, o de perdida, una Corea del Sur. Sus hijos asisten al Liceo Taiwanés y espera que obtengan un know-how muy oriental en la administración de maquiladoras. Piensa que un túnel del metro repleto de estrellas carece del sentido que tendría uno lleno de chips. En el fondo, desprecia a la ciencia por su inutilidad. Su eslogan es: Desarrollo = administración + tecnología. No en balde estudió administración en Harvard, o en el ITAM o en el TEC.
 
c) El excelso académico. Es investigador, titular al menos, y doctor en alguna universidad del Primer Mundo, al lado de una eminencia en su rama. Para él la ciencia es igual a investigación básica, más publicaciones en revistas internacionales y participaciones en congresos de primer nivel. La divulgación le quita tiempo, por lo que la evita al máximo: una plática al año para guardar las apariencias. Está plenamente convencido de que la evaluación del trabajo científico debe realizarse siguiendo estas jerarquías. Su tragedia es tener una hija que después de cursar una carrera científica decidió dedicarse a la divulgación de tiempo completo en lugar de ir al extranjero a continuar sus estudios (—¿Que te vas a dedicar a la divulgación? —¡Eso déjalo a los que no sirven para la investigación! Le dijo frunciendo la boca).
                  
Y si dejáramos volar nuestra imaginación, la lista de hipótesis aquí presentes continuaría pero nuestros tiempos no están para eso. Si les preguntáramos a ustedes, lectores, a qué hipótesis se adhieren, seguramente sería a más de una. Lo mismo pensamos nosotros. Si reunimos casos que hemos conocido, o rememoramos escritorios ante los que hemos estado sentados esperando una respuesta, o revivimos anécdotas e historias de nuestros compañeros, tendríamos curiosos híbridos.
 
La única constante es la indiferencia ante el trabajo de divulgación. El que uno se dedique parcial u ocasionalmente a ello, o que éste sea su oficio o vocación, da como resultado el mismo problema: la necesidad de elaborar criterios de evaluación que consideren de una manera adecuada esta labor. Por esta razón queremos señalar algunos puntos que nos parecen esenciales para llegar a conformar una propuesta a nivel nacional. Ésta, pensamos, sólo puede surgir de una discusión entre quienes nos dedicamos de una manera u otra a tan ingrata pero satisfactoria faena.
 
1. En primer lugar, creemos que, aunque parezca increíble, es necesario continuar atacando todas las falsas ideas que circulan acerca del quehacer científico y de la importancia de la divulgación. Advertir que la matrícula de ingreso a las áreas científicas continúa disminuyendo en forma alarmante, las implicaciones que esto tiene, etcétera.
 
2. Basándonos en esto, exigir una evaluación y remuneración decorosa para todos aquellos que consagran parte de su tiempo a la divulgación y con mayor razón para quienes lo hacen de tiempo completo.
 
3. Que se consideren como profesionales en este campo, independientemente de su formación académica, a todos aquellos que posean una trayectoria reconocida. Esto es muy importante, ya que en nuestro país no existen instituciones que impartan estudios para obtener algún grado, en materia de divulgación.
 
4. Por esto mismo, resulta indispensable la creación de un diplomado o especialización en difusión de la ciencia, ya sea en el área de ciencias de la comunicación o en las Facultades de Ciencias.  
5. Que exista la promoción en esta área.
 
6. Que se otorgue todo el apoyo material necesario para el desempeño de este trabajo.
 
Pensamos que una de las principales tareas de una sociedad como la Sociedad Mexicana de la Divulgación de la Ciencia y la Tecnología (SOMEDICyT) debería ser la de impulsar una revaluación del trabajo de divulgación. Por lo anterior, creemos que es imprescindible constituir una plataforma para avanzar en tal dirección. Asimismo, nos parece que no hay razón para que el ingreso a la SOMEDICyT sea tan estricto, pues su acción solamente será eficaz, cuando se logre reunir a la gran mayoría de las personas que se dedican a esta actividad. Ya es tiempo de acabar con esta situación de menosprecio a tan importante trabajo.
 
Addéndum. Apenas concluida la redacción de este trabajo, nos llegó la noticia del cambio ocurrido en el tabulador del Programa de Estímulos a la Productividad y el Rendimiento Académico, elaborado por la Dirección General del Personal Académico de la UNAM. A diferencia del inicial, ahora se limita a un diez por ciento el trabajo de divulgación. Quiere decir que quienes únicamente trabajamos en esta área —con plazas de Técnicos Académicos, lo cual no implica impartir algún curso— no podremos tener acceso a los estímulos académicos que obteníamos a través de este programa ¿Miopía? ¿Elitismo? ¿Complot? Protestamos de cualquier manera.
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Nota
Ponencia presentada en el I Congreso Nacional de Divulgación
de la Ciencia, Morelia, Michoacán. 18 al 20 de marzo de 1991.
     
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César Carrillo, Patricia Magaña, Moisés Robles,
Silvia Torres, Ruán Almeida y Alba Rojo
Facultad de Ciencias,
Universidad Nacional Autónoma de México.
     
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cómo citar este artículo

Carrillo Trueba, César, Magaña Patricia, Robles Moisés, Torres Silvia, Almeida Ruán, Alba Rojo. 1991. Divulgación: devaluación, evaluación. Ciencias núm. 23, julio-septiembre, pp. 59-61. [En línea]

     

 

 

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