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Lugares sagrados
del Valle de México
R041B03   
 
 
 
Johanna Broda  
                     
Los grandes volcanes (el Popocatépetl y el Iztaccíhuatl)
así como la sierra de Tláloc eran, sin duda, las deidades más importantes, y los cronistas describen las fiestas particulares que se realizaban en su honor. Muchos otros cerros menores son mencionados en los ritos a los dioses de la lluvia que se celebraban en los meses de l Atlcahualo (correspondiente a febrero), o en XIII Tepeilhuitl (correspondiente a octubre) y XVI Atemoztli (correspondiente a diciembre). Algunas montañas destacadas más allá del valle también figuraban en la cosmovisión mexica, como por ejemplo el Pico de Orizaba (Poyauhtécatl), la Malinche (Matlalcueye), el Xochitécatl (frente a Cacaxtla), o el Nevado de Toluca.
 
El Cerro de la Estrella en el Valle de México (Huixachtécatl), aunque no es de gran elevación, tenía una singular posición estratégica y religiosa. Desde su cumbre se dominaba todo el valle, desde los lagos de Chalco y Xochimilco hasta los de Tetzcoco y Xaltocan. Este cerro abarca también una serie de profundas cuevas. Cada 52 años se celebraba allí la ceremonia del Fuego Nuevo, lo que acontecía en el mes de noviembre cuando las Pléyades pasaban el meridiano a media noche, fecha astronómica que en esta latitud correspondía además al anticenit del Sol.
 
Otra elevación de poca altura que, sin embargo, tenía una gran importancia estratégica, era el Zacatepec. Allí se congregaban los cazadores mexicas durante "la fiesta de XIV Quecholli para llevar a cabo una caza ritual. Este cerro situado al lado suroeste del valle frente a Cuicuilco, conserva hasta hoy día su nombre y unas ruinas aztecas que nunca han sido debidamente excavadas.
 
Por otra parte, hay que mencionar el Tepetzintli que era un pequeño promontorio en medio de la laguna, cerca del sumidero Pantitlan. Allí se encontraba un adoratorio (ayauhcalli) y se hacían sacrificios de niños en l Atlcahualo. En el Pantitlan se repetían los sacrificios en IV Huey tozoztli, y en VI Etzalcualiztli se arrojaban corazones al remolino. El Tepetzintli se conoce hasta hoy día con el nombre de "El Peñón de los Baños" por las fuentes termales que siguen brotando en este lugar, a un lado del moderno Aeropuerto de la Ciudad de México. La gran importancia ritual de este pequeño cerro parece haber derivado de su localización junto al Pantitlan en medio de la laguna, y al parecer existía un alineamiento visual (¿astronómico?) entre el Tepetzintli y el Cerro de la Estrella por un lado, y el santuario en la cumbre del Cerro Tláloc por el otro.
 
Es de notar que los datos etnohistóricos sobre los pequeños santuarios en los cerros y la laguna, y sobre los ritos que tenían lugar en ellos, son corroborados por la arqueología. Ruinas aztecas se han conservado en numerosos lugares como el Cerro de la Estrella, el Zacatepec o el Cerro Tláloc. Además son de gran interés los numerosos sitios que se encuentran en los alrededores del Iztac Cíhuatl o del Popocatépetl, y que, al parecer, se remontan a la época tolteca. Estos sitios fueron explorados por D. Charnay en el siglo XIX y descritos, posteriormente, por J.L. Lorenzo. Recientemente, S. Iwaniszewski y A. Ponce de León, con un grupo de colaboradores, han retomado el estudio de estos interesantes sitios, algunos de ellos situados arriba de los 4 000 msnm. La orientación de algunos de ellos parece haber tenido propiedades calendáricas, es decir, muestran una alineación explícita hacía la salida del Sol en los equinoccios o en ciertas fechas significativas entre fines de abril y principios de mayo. Todo lo anterior sugiere que los mexicas les asignaron a estos santuarios un papel en su calendario ceremonial, estableciendo un vínculo deliberado entre la geografía de la alta montaña y los ciclos climáticos, agrícolas y rituales.
 
Los sacrificios de niños eran el prototipo del sacrificio humano dedicado a Tláloc, cuya finalidad era asegurar las lluvias necesarias para la agricultura. Estos niños se identificaban con los cerros del Valle de México y se les concebía como la personificación viva de los tepictoton ("las figuritas modeladas") o tlaloque, los pequeños servidores de Tláloc que le ayudaban a producir las lluvias. Según las fuentes históricas, los santuarios en los cerros donde se sacrificaban estos niños durante los meses de l Atlcahualo a IV Huey tozoztli (correspondientes a febrero-abril), consistían en un patio rodeado por un muro donde se encontraban una multitud de pequeños ídolos, los tepictoton. Por otra parte, llama la atención que los planos de los santuarios tanto del Cerro Tláloc como del Zacatepec incluían unas estructuras centrales con una avenida de acceso que bien podía haber servido para procesiones rituales.
 
Es de notar que existía una correspondencia simbólica entre los santuarios en los cerros y el recinto del Templo Mayor. Duran relata que en el Tlillan, el templo oscuro de la diosa Cihuacóatl que se encontraba al lado de la gran pirámide de Huitzilopochtli, había una multitud de "ídolos pequeños y mayores" colocados a lo largo de las paredes de la pieza, los cuales se llamaban tecuacuilin ("imágenes de piedra o de bulto") y estaban vestidos con unos atavíos de papel pintados con hule (ulli) líquido.
 
Estos idolillos se sacaban del Tlillan en ciertas ocasiones cuando eran llevados en procesión "al monte, o a la sierra, o cueva donde tenían su denominación y allá, en aquella cueva o cerro, les... ofrecían sus sacrificios y ofrendas, invocando aquel cerro..., o por falta de agua, ...o por hambre, o para auxilio de guerra futura". Terminada la ceremonia, regresaban a los ídolos a su lugar acostumbrado en el templo. Es de notar que el Tlillan era el lugar de culto de la diosa de la tierra Cihuacóatl, madre de Huitzilopochtli, que era una deidad sumamente importante en el Templo Mayor. La arquitectura de su templo era la imitación de una cueva oscura. Tlillan, de hecho, significa "el lugar de la negrura", "el lugar oscuro". Los idolillos que se guardaban en este enigmático templo no eran sino otra clase de imágenes que representaban a todos los cerros del Valle de México.
 
El otro lugar donde se rendía culto a las imágenes de los cerros era el santuario de Tláloc, en lo alto de la sierra del mismo nombre. Durán describe este templo y sus ritos en el siglo XVI. En la cumbre del cerro había un patio cuadrado con una cerca blanqueada, "la cual se divisaba de muchas leguas". A un lado del patio había un adoratorio, dentro del cual se encontraba la estatua de Tláloc rodeada por la multitud de pequeños Ídolos de los cerros a los que arriba hemos hechos referencia. A estas imágenes se les rendía culto durante la fiesta de Tláloc en IV Huey Tozoztli, correspondiente a fines de abril cuando los reyes de Tenochtitlan, Tetzcoco y Tlacopan junto con su nobleza, subían en persona a la cumbre del cerro. Al amanecer sacrificaban a un niño de seis o siete años en ese lugar. Después del sacrificio, el rey Motecuhzoma entraba con sus hombres en la pieza donde estaba la estatua de Tláloc, y vestía al ídolo con lujosos atavíos. También proveía de vestidos nuevos a todos los idolillos de los cerros que se encontraban a su alrededor. Siguiendo su ejemplo, los reyes de Tetzcoco, Tlacopan y Xochimilco vestían a los ídolos y les servían cestillos de comida y bebida de chocolate. Al terminar la fiesta, los mexicas dejaban un destacamento de cien guerreros en el santuario de Tláloc para vigilar todas aquellas ricas ofrendas, puesto que sus enemigos —los huexotzincas y los tlaxcaltecas— estaban prestos a robarlas. Los guerreros se quedaban allí hasta que todas las comidas y plumas se pudrían con la humedad. Las demás ofrendas no perecederas las enterraban en el patio, y el santuario se cerraba hasta el año siguiente, puesto que no contaban con sacerdotes que viviesen allí continuamente.
 
Las ruinas de este santuario, situado a una altura de 4150 msnm, aún pueden apreciarse hoy día. Lamentablemente, no se ha hecho ninguna excavación arqueológica de ellas hasta la fecha. El acceso a esta sierra es difícil, y pocos visitantes llegan hasta su cumbre, además de que las condiciones climáticas durante la estación de lluvias y los meses de invierno son realmente duras. Sin embargo, por lo solitario del lugar, las ruinas se han conservado de una manera sorprendente. Todavía se aprecia la muralla que rodeaba la plataforma en la cumbre del cerro, unas pequeñas edificaciones dentro ella, así como una larga calzada de acceso que estaba delimitada en ambos lados por un muro. Dentro del recinto se percibe aún una grieta —¿o cueva?— artificialmente trabajada que se llena de agua durante gran parte del año y da la impresión de conducir al interior del cerro.
 
La fiesta de la Santa Cruz y la llegada de las lluvias
 
La fiesta de IV Huey Tozoztli para la que los gobernantes de la Triple Alianza acudían a la cumbre del cerro Tláloc tenía lugar durante el apogeo de la estación seca, y marcaba el tiempo propicio para la siembra del maíz. Estos ritos prehispánicos encuentran su continuación hasta nuestros días en la fiesta de la Santa Cruz (3 de mayo) que celebran las comunidades indígenas tradicionales de México y Guatemala como una de las principales fiestas del año. Su simbolismo sigue estando vinculado con la sequía de la estación, la petición de lluvia, la siembra del maíz, y la fertilidad agrícola en general. La cruz cristiana reúne en sí el simbolismo prehispánico de las deidades del maíz, de la tierra y las lluvias, se le invoca como "nuestra madre", "nuestra señora de los mantenimientos" y se le adorna con guirnaldas de flores y panes. En otras regiones predomina el simbolismo del agua —son "cruces de agua" que están pintadas de color azul. Estas cruces se encuentran en las cumbres de los cerros que tienen vital importancia para la comunidad. A veces es una sola cruz, pero también hay cerros con dos, tres o más cruces.
 
Etnográficamente, las ceremonias más interesantes que se conocen son las de la región nahua del noreste de Guerrero (Citlala, Oztotempa, Ameyaltepec, Acatlan, etcétera). Entre los tlapanecos y mixtécos de la región colindante, el culto de la Santa Cruz también es importante y se relaciona con las cuevas y los cerros.
 
Pero también hay datos interesantes del Altiplano central que han sido estudiados en cuanto a su sincretismo religioso. Entre estos lugares figuran Chalma, Malinalco y Tecomatlán en el Estado de México, así como los pueblos circunvecinos a los grandes volcanes: el Nevado de Toluca, la Malinche, el Popocatépetl y el Iztac Cíhuatl. Entre las comunidades situadas en las faldas del Popocatépetl podemos mencionar a Hueyapan (Morelos), Tealtican (Puebla), Amecameca, San Pedro Nexapa y San Juan Tehuixtitlan (Valle de México). En los últimos tres lugares siguen existiendo las corporaciones de graniceros, "los que cuentan el tiempo", que se componen de hombres y mujeres que han sido tocados por el rayo. Mediante sus ritos en unas cuevas en las faldas del Iztac Cíhuatl y del Popocatépetl —dentro de la de Canoahtitla se encuentran 19 [!] cruces de madera, pintadas de azul—, los graniceros protegen a la comunidad de los peligros de la tormenta y del granizo. El 3 y el 4 de mayo realizan unos ritos para atraer el agua e iniciar así la estación de lluvias, mientras que al terminar ésta el 4 de noviembre, hacen otra ceremonia de agradecimiento por el temporal. En las ruinas aztecas de la cumbre del cerro de Tláloc también se encuentran hoy día seis culto a la Santa Cruz en este importante sitio prehispánico.
 
Estos ritos de la zona alrededor de los volcanes guardan una continuidad con aspectos del culto prehispánico. La fiesta mexica de la siembra, Huey Tozoztli, incluía tres aspectos: 1) el culto del maíz dedicado a la diosa Chicomecóatl; 2) las ceremonias en lo alto del cerro de Tláloc, y 3) ritos y sacrificios en medio de la laguna, en el sumidero Pantitlan. Sin embargo, lejos de tratarse de diferentes cultos como han sugerido algunos autores, estos ritos expresan, precisamente, que en la cosmovisión mexica la siembra se vinculaba con la función de Tláloc como dios de los cerros. La fiesta de la Santa Cruz demuestra la sobrevivencia hasta la actualidad de este importante nexo entre los ritos de la siembra, la lluvia y los cerros. En lo alto de los cerros abrasados para la sequía de la estación se sigue invocando la llegada de las lluvias fertilizadoras. El prototipo de estos ritos actuales en los que los cerros, las barrancas, las cuevas y los manantiales desempeñan un papel tan importante, se encuentra precisamente en la fiesta del cerro de Tláloc celebrada en Huey Tozoztli por los gobernantes de la Triple Alianza.
 
Resulta lógico que el momento de la cosecha fuera la otra fecha cuando, de nuevo, en Tenochtitlan se daba culto a los tlaloque como dioses de los cerros. Durante XIII Tepeilhuitl (correspondiente a octubre) y XVI Atemoztli (correspondiente a la segunda mitad de diciembre), se hacían imágenes en miniatura de los cerros. Estas imágenes, llamadas tepictoton o ixiptla tépetl, recibían los nombres de los cerros del Valle, según hemos apuntado arriba. Además de los volcanes más prominentes como el Popocatépetl y el Iztac Cíhuatl, encontramos imágenes dedicadas a las deidades del agua, de la fertilidad y la tierra como Tláloc, Chalchiuhtlicue, Matlalcuye, Ehécatl, Chicomecóatl y Cihuacóatl. En estos meses también se daba culto a los muertos en cuyo honor se hacían los tepictoton en la fiesta de Tepeilhuitl. Hay que recordar que el Tlalocan o paraíso del dios de la lluvia era también el lugar de descanso de los difuntos que se habían ahogado o habían sido muertos por el rayo.
 
Las fiestas de la cosecha en Tepeilhuitl y Atenoztli correspondían climáticamente al final de la temporada de lluvias. La división básica del año calendario) y del año ritual de los indígenas se hacía entre la estación seca y de lluvias, lo que reflejaba un hecho climático fundamental de estas latitudes del trópico. Según la cosmovisión mexica, los cerros retenían durante la estación seca (tonalco, o "tiempo del calor del sol") el agua en su interior, para soltarlo de nuevo en tiempo de lluvia (xopan, o "el tiempo verde"). Pero no sólo el agua se encontraba en el interior de los cerros, sino también el maíz y los demás alimentos que estaban dentro del tonacatépetl, el "Cerro de los mantenimientos". Según hemos mencionado arriba, existen numerosos mitos en diferentes partes de Mesoamérica que hablan de los alimentos y riquezas en general, que se guardan en el interior de los cerros. Es de notar que este "Cerro de los Mantenimientos" se plasmó en la arquitectura del Templo Mayor de Tenochtitlan en la pirámide dedicada a Tláloc. Este último, como dios de los cerros y de la tierra, era el dueño original del maíz y de los demás alimentos.
 
Las ofrendas encontradas en la reciente excavación, dan testimonio de estos aspectos del culto a este dios.
 
     articulos
Fragmento tomado del artículo "Cosmovisión y observación de la naturaleza: el ejemplo del culto de los cerros en Mesoamérica", publicado en Arqueoastronomía y Etnoastronomía en Mesoamérica, J. Broda, S. Iwaniszewski y L Maupomé (eds.) UNAM, México, 1991.
     
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Johanna Broda
     
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cómo citar este artículo
 
Broda, Johanna. 1996. Lugares sagrados del Valle de México. Ciencias, núm. 41, enero-marzo, pp. 46-49. [En línea].
     

 

 

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