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| Carlos Antonio Aguirre Rojas |
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Una de las funciones importantes de la historia —entre
las varias y múltiples que le corresponden— es la recuperación, conservación y transmisión de la memoria colectiva de pueblos y sociedades. Durante los últimos tres lustros, tal función parece haber cobrado nuevo auge y florecimiento, a partir de la organización y promoción de constantes y renovados actos de conmemoración.
Se diría incluso que la sociedad ha entrado, hace sólo 10 o 15 años, en una especie de etapa conmemorativa. Reproduciendo y multiplicando los centenarios, bicentenarios, quincuacentenarios, de distintos procesos sociales o acontecimientos históricos fundamentales, intentaría hacer posible una más adecuada y compleja asunción del pasado y de sus lecciones, dentro de la vida y los proyectos futuros de las sociedades contemporáneas.
Pero si bien la historia es responsable de esos procesos de transmisión de los recuerdos colectivos y de su salvaguarda, no se reduce sólo a la tarea de mantener viva la memoria; la historia reivindica también el hecho de que tal memoria no es unitaria sino que se descompone en múltiples memorias, en diferentes herencias que incluso pueden ser distintas y hasta opuestas entre sí.
Porque si la historia quiere ser esa compleja empresa de explicación crítica y científica de la obra de los hombres en el tiempo, o de la dinámica concreta de evolución de las sociedades, entonces debe vincular también el diagnóstico crítico de los hechos y procesos reales que producen y reproducen dicha memoria, mostrando cómo esta última se compone tanto de verdades históricas y creencias no comprobadas, como de hechos importantes que, ya filtrados por la conciencia colectiva de los pueblos, practican sobre los procesos sociales una suerte de elección concreta y determinada.
Al mismo tiempo, y puesto que la historia se ocupa también del presente, esa recuperación y reproducción del pasado transmitido a través de la memoria debe vincularse con las urgencias del presente, que constantemente relee y reconstruye el pasado en función de sus necesidades, remodelando y refuncionalizando también los distintos usos posibles de esa misma memoria.
Es claro que esa memoria colectiva puede ser reivindicada y utilizada, lo mismo para legitimar un cierto presente, remontándolo a orígenes gloriosos y reacomodándolo de acuerdo a las más venerables tradiciones, que a la inversa, como verdadera contramemoria, y por lo tanto, como empeño genuinamente crítico que intenta mostrar los múltiples pasados vencidos, reprimidos y negados para dar paso al status quo vigente.
Puesto que la historia oficial es sólo una parte de la historia —generalmente unida a esos ejercicios conmemorativos y celebratorios del presente dominante—, la historia total y siempre crítica, capaz de pasar la mirada a contrapelo de las evidencias consagradas, será también una suerte de contramemoria, de complejo proceso de transmisión de los recuerdos en ruinas, vivos, latentes y actuantes de esos pasados posibles pero aún no dominantes, que persisten en las experiencias y herencias conservadas por las clases populares y oprimidas de la historia.
Entonces, si la historia humana es esta dialéctica permanente entre pasado y presente, entre historia oficial e historia crítica, y entre memoria y contramemoria, es necesario considerar los dos extremos de dicha dialéctica, para ser capaces de evaluar correctamente los múltiples y variados esfuerzos de conmemoración, de celebración del pasado y de reactualización de los acontecimientos, hechos y procesos de la historia anterior de las sociedades y de los pueblos.
Desde esta óptica resulta interesante comprobar cómo, en los últimos 15 años, la historiografía europea en general, y en especial la historiografía francesa, se han comprometido en la línea de teorizar y problematizar, pero también de promover y animar una clara historia rememorativa, preocupada por la recuperación y el estudio de los distintos símbolos que dan sentido a las identidades nacionales, sociales, comunitarias o colectivas en general, volcándose al examen acucioso de los lugares de la memoria francesa de la época contemporánea.1
Con ello, y cobijados en un apoyo total y masivo de sus respectivos gobiernos, ya proliferan publicaciones sobre las celebraciones conmemorativas del Bicentenario de la Revolución Francesa, de los 500 años del llamado descubrimiento de América, de los 50 años del fin de la Segunda Guerra Mundial, igual que de los 300 años de la fundación de una ciudad, los 100 del nacimiento de… o los 25 años de la muerte de…
En estos casos, y en otros que se desenvuelven con la misma tónica, el efecto sobre la historiografía en torno a los acontecimientos o procesos conmemorados siempre es doble: si de un lado realmente se ha impulsado —a partir de la promoción institucional y de los nuevos fondos disponibles para el estudio de estas celebraciones “conmemorativas”— la multiplicación de trabajos e investigaciones genuinamente interesantes, por el otro lado y al mismo tiempo, la proliferación “inducida” de nuevas publicaciones en relación al tema “conmemorado” ha terminado por banalizar, en alguna medida, la investigación histórica más profunda, reduciendo el complejo análisis histórico del pasado y del presente a la más limitada y elemental función memorística de conservación y reciclamiento de ciertos símbolos de identidad de ese mismo pasado.
Así, olvidando las profundas lecciones de esa larga e importante tradición intelectual que desde Marx y hasta Michel Foucault, pasando por Walter Benjamin y Norbert Elías, entre muchos otros,2 ha insistido en esa parte constitutiva fundamental de la ciencia histórica —su dimensión en tanto contramemoria o en tanto memoria crítica—, la historia tiende a ser reducida a su sola y limitada función como posible historia monumental.
Ello se ejemplifica muy nítidamente —por mencionar uno de entre varios casos posibles— en la empresa historiográfica colectiva dirigida e impulsada por Pierre Nora, y titulada Les lieux de mémoire. En ésta se enuncia la tensión entre la perspectiva propiamente histórica, constituida siempre de muchas y múltiples dimensiones, y esos nuevos intentos de recuperación de la “memoria”, centrados sobre todo —a decir del propio Pierre Nora— en el examen de una “verdad puramente simbólica”, distinta al mismo tiempo de la historia positivista tradicional de las representaciones, pero también de la clásica historia de las mentalidades.
El primer volumen de esta obra fue publicado en 1984. Reflejando claramente la atmósfera de la época, el proyecto de Les lieux de mémoire trata de ir más allá de la para entonces bien afianzada y difundida historia de las mentalidades, al desplazar su centro de atención desde los reflejos “mentales” de una cierta sociedad, época o mundo específicos, y desde las configuraciones diversas del imaginario social que proyectan el modo en que una colectividad aprende y asimila su propio mundo, hacia ese universo más preciso y limitado, pero al mismo tiempo más cargado hacia esa dimensión semimetafórica que es el plano más denso de la reconfiguración simbólica y del trabajo de la conciencia sobre sus propias reconstrucciones espirituales —y ya no sobre su vínculo directo con lo real—, que justamente son esos símbolos de la identidad de los grupos sociales, de las clases, de las colectividades y de las naciones.
Simultáneamente, y en una dimensión más profunda que brota de su parentesco con todas aquellas historiografías innovadoras que surgieron como respuesta y efecto de la profunda revolución cultural y civilizadora de 1968, el proyecto coordinado por Nora también intenta ir más allá de lo que él considera una historia “vacía” de las estructuras, una cierta historia derivada de la época del auge de los grandes modelos interpretativos que, sin embargo, en algunos casos se convirtió en una historia “sin carne, sin vida, sin personajes concretos y actuantes”, y en consecuencia en una historia irreal. Reconociendo que este proyecto que pretende restituir esa verdad “puramente simbólica” de la memoria no tiene un “apoyo teórico sólido”, y que es “parcial” y “monográfico”, Nora y una buena parte de sus colaboradores —con algunas notables excepciones— encuentran ese lado “vivo, concreto y realmente en movimiento” de la historia en ese espacio particular de la memoria, a la que reivindican sin ocultamientos por ser afectiva, mágica, flotante, abierta, indefinida, maleable, e incluso manipulable.
Ya que esa memoria es plural y está “soldada” o “vinculada orgánicamente” a los distintos grupos sociales, y contraponiéndola a la “fría historia” que “no pertenece a nadie” y es, a la vez, anónimamente “de todos”, la obra Les lieux de mémoire postula que las condiciones actuales de una importante “sed de memoria” de las sociedades europeas —y, por ende, el furor conmemorativo antes referido—, así como su auge en tanto tema recurrente del análisis histórico reciente, derivan del ocaso definitivo de los espacios reales de su permanencia centenaria y hasta milenaria: del fin cada vez más irreversible del mundo campesino (una colectividad-memoria), de las sociedades coloniales (inmensos reservorios de la memoria) y de instituciones como la familia, la iglesia o la escuela (a las que, dentro de esta visión, se clasifica también como instituciones-memoria).3
Pero, como suele suceder en los movimientos “pendulares” que caracterizan gran parte de la historia de las ciencias sociales contemporáneas, el legítimo intento de restituir ese elemento vivo, concreto y multicolor de la historia —que se encuentra también en la base que anima todo el proyecto de la importante “microhistoria italiana”, recuperando las dimensiones fundamentales de la verdad simbólica y de la memoria— terminó olvidando todo aquello que la historia a la que se criticaba había ido conquistando, y que era igualmente rescatable y hasta imprescindible para la reconstrucción adecuada de una historia más plena y científica.
Porque si bien la memoria es parte de la historia, esta última no se reduce a la primera. La historia es sin duda memoria, pero también contramemoria, y más allá indagación crítica, reflexión creativa, reconstrucción problemática y búsqueda interminable de nuevos “indicios”, pistas, nuevas lecturas e interpretaciones y explicaciones de los hechos históricos mismos. Por eso, la historia en su conjunto no puede renovarse o transformarse de raíz —como ha sido la intención y el proyecto, finalmente fallido, de la empresa acometida por Pierre Nora— si sólo se le restituye o “recuerda” su dimensión o espacio memorístico.
Por ello, esa manía conmemorativa que hoy invade tanto a las ciencias históricas como a parte de las ciencias sociales europeas, no puede más que derivar en un boom efímero que, lejos de “refundar” o transformar de fondo los estudios históricos, más bien parece llevarlos por el sendero de una clara banalización de la historia. Así, ésta es presentada casi como una simple versión erudita y sofisticada de la museografía más tradicional, pero también de la eterna historia oficial, acrítica y “monumental”, destinada a inculcar el nacionalismo más elemental y estrecho en niños y adultos.
Uno de los desafíos importantes para la historiografía contemporánea es justamente el que pone en el centro esta obra sobre los “lugares de la memoria”, y más en general, ese movimiento u ola de conmemoraciones. Se trata de traspasar la moda mediática que hoy prolifera, pero recuperando al mismo tiempo el papel esencial de la memoria dentro de la historia. Y, en esta misma línea, también la dialéctica compleja entre la memoria oficial y las múltiples memorias “subterráneas”. Así, penetrando de lleno en ese complicado territorio de las muchas memorias posibles, y de las varias aún conservadas, acceder también a la reconstrucción de esa contramemoria, crítica y rebelde, que a lo largo de las generaciones y aunque sea de manera velada, parcial, encubierta o esporádica, mantiene viva la conciencia popular de que las cosas son como son sólo al precio de haber reprimido y cancelado otras posibilidades de historia y otros caminos de la historicidad. Una contramemoria que nos recuerda que las cosas siempre pueden ser diferentes, y que si bien los pasados no dominantes han sido vencidos, no fueron completamente eliminados, pues están allí, agazapados, esperando las condiciones de su posible resurrección.
Depende de nosotros, de nuestra actividad y decisiones colectivas, la posibilidad de que la contramemoria resurja de nuevo y se actualice, y de que esos pasados reprimidos se conviertan en las líneas dominantes del próximo devenir histórico.
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Notas
1. Véase la obra coordinada por Pierre Nora, Les lieux de mémoire, Gallimard, París, 1984-1993; así como el dossier consagrado a esta obra en Magazine Littéraire, núm. 307, febrero de 1993. También el artículo de Marcia Manso D’Alessio “Memoria: leituras de M, Halbwachs e P. Nora” en Revista Brasileira de Historia, núm. 251 26, Sao Paulo, 1993.
2. Véase, por mencionar sólo dos ejemplos, el libro de Michel Foucault, Genealogía del racismo, La Piqueta, Madrid, 1992, y Walter Benjamin, Essays 2, 1935-1940, Denoël, París, 1983. También puede verse el artículo de Carlos Aguirre Rojas, “Noe en 1492 sur le nouveau continent”, en Espaces temps, núms. 59, 60 y 61, París, 1995, y el de Ricardo García Cárcel, “La manipulación de la memoria histórica”, en Historia en debate, t. 1, Ed. Historia en debate, Santiago de Compostela, 1995. 3. Véase el artículo de Pierre Nora, “Entre mémoire et historie”, en Les Lieux de mémoire, t. 1. op. cit. Fabrizio León, 12 octubre de 1991. Archivo fotográfico de La Jornada.
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Carlos Antonio Aguirre Rojas
Instituto de Investigaciones Sociales,
Universidad Nacional Autónoma de México.
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cómo citar este artículo →
Aguirre Rojas, Carlos Antonio. 1998. Historia, memoria y contramemoria. Ciencias, núm. 49, enero-marzo, pp. 46-49. [En línea].
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| Simón Brailowsky |
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La lucha del hombre contra el poder es la lucha de la memoria contra el olvido.
Milan Kundera
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¿Para qué sirven las manos? ¿Son las manos lo que nos distingue de los animales? ¿Cambiaría mucho nuestra vida si perdiéramos aunque fuera una sola? ¿Nuestras manos tienen una historia? ¿Qué distingue la mano de un pintor de la de un pianista o de la de un herrero?
Con la misma gravedad, estas preguntas también podrían plantearse para cualquier parte del cuerpo, pero parece que adquirieran un significado diferente cuando las aplicamos a la memoria. Quizá la única diferencia sería la definición: parece más fácil definir qué son las manos que definir a la memoria.
Como las manos, también hay tipos de memoria. Y vuelve a aparecer la confusión: es sencillo decir que hay manos grandes, chicas, alargadas o gorditas, con lunares o venas abultadas, finas o duras. Pero si aplicamos estos adjetivos a la memoria, entonces aparecen como vagos, de difícil significado, porque no podemos decir qué es lo que hace a una memoria chica o grande, dura o fina. La dimensión de las manos, su movimiento, su elegancia o su flexibilidad se pueden apreciar a la vista. Las de la memoria no.
También es fácil decir de qué están hechas las manos: piel, músculo, uñas. Pero, ¿de qué está hecha la memoria? ¿De recuerdos? ¿De sensaciones?
Efectivamente, la memoria está hecha de recuerdos (de “memorias”), pero también de olvido, concepto inseparable del de memoria, especie de recuerdo “negativo” porque, ¿cómo se puede olvidar algo que no se ha aprendido?
Vemos aparecer un elemento que hemos usado casi sin darnos cuenta: el del aprendizaje (para recordar algo, hay que haberlo aprendido).
Otro problema fascinante es entender cómo aprendemos. La incorporación de nueva información es una cuestión de sobrevivencia. No hablaremos aquí del tipo de memoria que permite a una amiba o a un paramecio “aprender” a reconocer un estímulo nocivo, o a un animal alejarse del fuego. Nos referimos a la generación de representaciones internas del mundo exterior que corresponden a información sensorial, a experiencias vividas en algún momento de la vida y que dejan una huella duradera. Podríamos excluir las representaciones correspondientes a programas genéticos que codifican información relativa al desarrollo, o a aprendizaje “forzado” por lesiones o enfermedades. Aunque estas influencias también pueden significar aprendizaje, éste seguiría reglas diferentes a las de los procesos que trataremos aquí.
Así pues, la memoria incluye el aprendizaje, el recuerdo y el olvido. ¿Eso es todo, o hay algo más?
Existe también la consolidación, es decir, la transformación de algo que se percibe por los sentidos a algo que se aprende, algo que puede recordarse y, por lo mismo, olvidarse. No todo lo que percibimos se almacena. Piénsese en las miles de cosas que vemos, olemos, oímos, tocamos, gustamos cada día. ¿De cuántas de ellas nos acordamos?
Para que una experiencia se fije en nuestro cerebro se requieren varias cosas: por supuesto, contar con una integridad neurosensorial suficiente. ¿Verdad de perogrullo? No tanto. ¿Se ha preguntado cómo aprende un ciego o un sordo? El cerebro de sujetos con lesiones se reorganiza en respuesta al daño.1 Por ejemplo, la información visual se transmite desde la retina hasta la corteza visual, situada en la parte posterior —occipital— del cerebro después de haber tocado varios relevos, siendo el más importante el del llamado cuerpo geniculado lateral (ver esquema p. 23). La información auditiva se transmite desde la cóclea (situada al interior del oído) hasta la corteza auditiva, localizada en el área parietal. Recientes resultados obtenidos con técnicas de imagenología de flujo sanguíneo cerebral en ciegos y en sujetos normales a los que se evaluó realizando una tarea de discriminación táctil (semejante a leer en lenguaje Braille), mostraron que en los invidentes la zona cortical que se activaba correspondía no sólo al área sensorial correspondiente (es decir, la corteza somatosensorial primaria), sino también a la región occipital, aquella que se hubiera esperado estuviera vacante, pues las entradas normales —las visuales— se hallaban ausentes. En los sujetos videntes, la misma tarea de discriminación fina con la punta de los dedos produjo una disminución del flujo sanguíneo occipital. Como vemos, los ciegos aprenden de diferente manera que los videntes. Es decir, el proceso de aprendizaje y de memorización, aunque se aprecia conductualmente de manera similar, ocurre de manera diferente a nivel cerebral. El colofón sería que aprendemos —y memorizamos— con lo que tenemos.
Sin embargo, existen áreas cerebrales que parecen indispensables para la fijación duradera de la información. El célebre caso de H. M. —al cual se le extirparon ambos lóbulos temporales para controlar una epilepsia que no respondía a ningún medicamento— perdió la llamada memoria a corto plazo (ver el artículo de J. Fernández y J. C. López). H. M. podía leer el mismo periódico todos los días, a pesar de que recordaba su niñez perfectamente.
Otro requisito que nos parece fundamental para el aprendizaje y la memoria es el estado de vigilia. Parecería otra aparente obviedad, pero ¿cuánta gente hay que cree —falsamente— que se puede aprender algo durante el sueño, o qué tanto se piensa en lo que es la vigilia, en relación con el sueño? Existen estructuras cerebrales responsables de estas funciones: la del sueño y de la vigilia. El sueño tiene varias fases, que se identifican en el electroencefalograma (la actividad eléctrica registrada desde el cuero cabelludo): el llamado sueño de ondas lentas, en donde nuestro cerebro produce actividades eléctricas de frecuencias lentas (0.5 a 7 Hz) y que ocupa casi 80% de la duración total del sueño, y el sueño de movimientos oculares rápidos (MOR), en donde, además de mover los ojos producimos ritmos cerebrales rápidos (mayores a 8 Hz) y donde ocurre la actividad onírica (las ensoñaciones).
Se ha implicado a la fase MOR en la memoria de acuerdo con dos hipótesis diferentes. Michel Jouvet, famoso “sueñólogo” de la Universidad Claude Bernard en Lyon, Francia, propone que durante la fase MOR nos reprogramamos para ser los mismos durante la vigilia, y disiente de Freud, quien proponía que los ensueños sirven para que el sujeto procese sus experiencias diurnas, en relación con sus emociones y tendencias. Experimentos en gatos en los que se había lesionado el locus subceruleus —una estructura cerebral esencial para que suceda la relajación muscular completa que también caracteriza a la fase de sueño MOR— mostraron que los animales parecían actuar sus sueños: perseguían ratones, se aterrorizaban como en presencia de un predador, etcétera.
Por otra parte, Francis Crick, el Nobel descubridor, junto con James Watson, de la estructura en doble hélice del ADN, proponen que el sueño MOR nos sirve para olvidar la información adquirida durante la vigilia que no nos es útil. Es decir, sería un mecanismo de limpia, para no almacenar incesantemente información irrelevante.
¿Y qué podríamos decir de los bebés, que se pasan casi todo el día durmiendo, y cuyo sueño está constituido casi por 50% de sueño activo, el precursor del sueño MOR del joven y el adulto? ¿Qué tipo de información podrían estar fijando o procesando? ¿Qué sueña un bebé? Si fabricamos nuestros sueños con nuestras vivencias, entonces un bebé estaría soñando con sus experiencias intrauterinas (los movimientos de la madre, su voz, su actividad cardiaca, la intestinal, la luz que atraviesa la pared abdominal, etcétera). Pero este es otro tema.
La evidencia indica que en el recién nacido, estas fases de intensa actividad cerebral tendrían propósitos más de maduración que de procesamiento de la información.
Una de las maneras de ver a la consolidación de la información (almacenamiento) es preguntarse cómo los recuerdos se vuelven permanentes. No es a partir del aumento en el número de células, a medida que aumenta la información, ya que las neuronas no se reproducen. Su programa genético se los impide, como también está íntimamente implicado en la fijación de los recuerdos. Se requiere de la síntesis proteica —codificada genéticamente— para la memoria a largo plazo. La administración de inhibidores de esta síntesis produce amnesia.
Durante el sueño MOR aumenta la síntesis de proteínas, y si se inhibe ésta, se disminuye o bloquea al sueño MOR. Existe, por tanto, una relación entre el sueño y la memoria. Es de notar que el tipo de proteínas que se produce durante el sueño MOR se relaciona a efectos tróficos, es decir, de mantenimiento y desarrollo de la actividad neuronal y glial.
Para aprender o recordar algo, es necesario estar atento (en el niño, los problemas de aprendizaje son, en su mayor parte, problemas de atención). La atención es otra función cerebral que merece interés. Nuestro sistema nervioso recibe continuamente información sensorial, y debe seleccionar cuál merece ser procesada hacia niveles superiores de elaboración, o cuál posee relevancia. Estamos hablando de la capacidad de una madre para oír el llanto de su hijo, aunque la intensidad del sonido sea inferior a la del ruido ambiente, o del llamado “efecto discoteca”, en donde, sumergidos en una tormenta acústica, visual, odorífera y emocional, podemos estar platicando con una sola persona. No es que no estemos oyendo, viendo u oliendo todo lo que nos rodea, sino que seleccionamos de toda esta información la que nos interesa. La atención selectiva es, pues, necesaria para que aprendamos, y después memoricemos.
Algunos autores incluirían también a la motivación, al sentimiento, dentro de los elementos que componen a la memoria (es mucho más fácil aprender y recordar algo que nos gusta). Piense el lector en esas ocasiones cuando una persona pasa a nuestro lado y le percibimos un perfume conocido, un olor familiar, que de pronto nos trae un alud de recuerdos, casi de manera instantánea, de aquella novia o novio de la juventud —o hasta de la niñez— que fue tan importante en ese momento. El recuerdo nos trae su imagen, su voz, su piel, momentos, lugares. Tantas cosas.
¿Cómo es que un solo estímulo puede asociarse a tantos recuerdos? ¿Qué es lo que hace que súbitamente nos acordemos de algo, y de manera tan vívida, tan “real” dirían algunos? Éste es un problema neurofilosófico interesante. Además de que estamos implicando aquí a millones de circuitos neurales que enlazan información relacionada en el tiempo y el espacio, de diferentes modalidades sensoriales, lo que nos llama la atención es el papel tan importante que la emoción tiene en el proceso. Cualquiera sabe que aprendemos mejor cuando estamos motivados. ¿Y qué es, entonces, la motivación, sino emoción?
Por supuesto, a todos nos gustaría tener una memoria ilimitada. De todos es conocida la frustración, y a veces el embarazo, al no recordar algo. Existe el mito de que, en toda nuestra vida, sólo utilizamos una décima parte de nuestra capacidad de memoria (y para el caso ¡de todo nuestro cerebro!) Nos preguntamos, ¿a quién se le habrá ocurrido esta cifra?, ¿cómo le hizo para obtenerla?
En realidad, se tienen cifras bastante más confiables: el cabalístico 7 es el número de elementos (palabras, números, objetos) que podemos recordar simultáneamente en un tiempo relativamente corto. El número de palabras que una persona usa varía mucho: en la vida cotidiana, desde algunos cientos a algunos miles, de 8 a 12 mil en obras literarias (Shakespeare usó cerca de 15 mil, mientras que los autores italianos de ópera se contentaron con 800), y en sociedades llamadas “primitivas”, se han identificado entre 600 y 2 mil. El número oscila entre 25 mil y 50 mil para las palabras que podemos reconocer en la lengua materna. Mientras, el número de imágenes que podemos almacenar-evocar, sería de alrededor de 10 mil.
Muchos tratan de hacerse ricos vendiendo técnicas, pastillas o polvos para aprender más rápido o para fijar mejor la información (la consolidación de la que hablábamos). La industria farmacéutica está buscando la sustancia maravillosa que nos permita combatir la terrible enfermedad de Alzheimer, forma de demencia cada vez más frecuente, que se caracteriza por la pérdida de la memoria y que costará a la sociedad cada vez más. Mencionemos aquí lo impresionante que es la amnesia que resulta de la administración de benzodiazepinas, sustancias ansiolíticas2 de uso cada vez más frecuente (el diazepam, midazolam, etcétera).
Estos intentos, hasta ahora vanos, de aumentar nuestras capacidades mnésicas (término que, como nos recordara Laura Vit, viene de Mnemosine, hija del cielo —Urano— y de la Tierra —Gea—, diosa griega de la memoria y madre de todas las musas) o de combatir su deterioro, no han pasado aún por la dimensión de la lucha contra el olvido.
Parece obvio que memoria y olvido van juntos, pero no es así. El famoso neuropsicólogo ruso Alexander Luria describió el paradójico caso (lo llamó el Mnemonista) de un sujeto que no podía olvidar, sólo acumulaba información. De hecho, Luria nunca pudo encontrar el límite de la memoria de esta paciente. Ello había llegado a ser un problema, porque la cantidad de recuerdos era tal que interfería con su funcionamiento normal, resultaba demasiado distractor. Aprendió entonces a “sepultar” los recuerdos con otros recuerdos. Aquí el problema no era el de aprender o recordar, sino de olvidar. El mnemonista, por su gran problema para olvidar, tenía problemas de adaptación y sólo podía trabajar en un circo. Y este es otro de los enigmas de la memoria: ¿qué es el olvido? Algunos piensan que la información sólo se va esfumando, ya sea porque no se refresca suficientemente (no se repite o no se evoca): otros proponen que el olvido es un proceso activo, es decir, que consume energía para mantenerlo. Habría, entonces, una forma de olvido “pasivo” y otro “activo”.
Hay cosas que preferimos olvidar, por dolorosas (Acteal, Chiapas, diciembre de 1997); otras que no podemos olvidar, por vergonzantes (Acteal, Chiapas, diciembre de 1997); y otras que no deberíamos olvidar, para que no vuelvan a ocurrir (Acteal, Chiapas, diciembre de 1997).
¿Quiere decir esto que existen diferentes áreas o procesos cerebrales responsables de cada uno de los elementos que componen a la memoria? ¿Es cierto que con una parte del cerebro aprendemos a hablar, con otra a ver, con otra a recordar? ¿Cómo se pueden estudiar estos problemas?
En la antigüedad, la memoria era instrumento esencial de los historiadores y cronistas, en ausencia del papel y la tinta. Recuérdese a Homero, cronista ciego, rápsoda inigualable que viajó por todo el Mediterráneo, para después relatarnos su historia.3 La memoria, entidad casi mágica, caja de Pandora que todos tememos pero cultivamos, capacidad que nos trae amigos y enemigos, que acarrea éxitos y fracasos, tema de bardos y políticos, de historiadores y de cronistas, sigue siendo un enigma.
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Referencias Bibliográficas
1. Brailowsky, S., Stein, D. G. y Will. B. 1988. El cerebro averiado. Plasticidad cerebral y recuperación funcional. Fondo de Cultura Económica.
2. Brailowsky, S. 1995. Las sustancias de los sueños. Neuropsicofarmacología. Fondo de Cultura Económica. 3. Sobre este tema, recomiendo la novela de Ismael Kadaré, El expediente H. |
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Simón Brailowsky
Instituto de Fisiología Celular,
Universidad Nacional Autónoma de México.
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cómo citar este artículo →
Brailowsky, Simón. 1998. La memoria y el olvido. Ciencias, núm. 49, enero-marzo, pp. 10-15. [En línea].
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| Juan Fernández Ruiz y Juan Carlos López García |
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Imagina que has olvidado tu pasado. Te diriges a la escuela
o a la oficina y justo al llegar descubres que no sabes lo que haces allí. Alguien te saluda y no sabes quién es; podría ser tu hermano o tu jefe, pero no lo reconoces. Quisieras volver a tu casa, pero no recuerdas dónde está (¿tienes una?). No estás seguro de si estás en tu ciudad o sólo andas de viaje. No sabes si estudias arquitectura, si estás casado y tienes trabajo; si tus padres viven, si ya has comido o si eres mexicano. Has perdido completamente la memoria.
Nuestra capacidad de usar el conocimiento adquirido como producto de la experiencia —la memoria—, es uno de esos atributos del organismo que, como el sentido del tacto o el del equilibrio, normalmente pasan inadvertidos, pero cuya ausencia puede resultar devastadora, como ilustra el ejemplo anterior. En palabras del filósofo David Hume, sin memoria no somos más que una colección de diferentes sensaciones que se suceden unas a otras, con rapidez inconcebible en un flujo perpetuo.
Entender la memoria es una de las metas más ambiciosas que persiguen los estudiosos del sistema nervioso y que, desafortunadamente, aún está muy lejos de ser alcanzada. Una de las causas es que, a diferencia del tacto o del equilibrio —fenómenos suscritos al funcionamiento de estructuras nerviosas determinadas—, la naturaleza de la memoria es más elusiva; durante muchos años ha sido considerada como una propiedad de la mente —esa entelequia escondida en alguna parte del cerebro e inaccesible al análisis experimental.
Aunque las especulaciones encaminadas a explicar la memoria humana se remontan a los antiguos griegos, principalmente a Aristóteles, no fue sino hasta finales del siglo pasado cuando el estudio de los procesos mnemónicos o relativos a la memoria trascendió el ámbito filosófico para adquirir características de ciencia experimental.
La transición se inició en 1885, cuando Hermann Ebbinghaus publicó su trabajo titulado Uber das Gedachtnis (Sobre la memoria), el primer análisis sistemático de la memoria humana. Intentando averiguar cuánta información novedosa podía almacenar un individuo y qué tan rápido la olvidaba, Ebbinghaus creó un sistema de más de dos mil sílabas sin sentido (una vocal en medio de dos consonantes: CUX, FEJ, NIW, ZAT) para usarlo como material a memorizar. Su idea al usar sílabas sin sentido era garantizar que la información fuese indudablemente nueva, y que el sujeto de experimentación no pudiera establecer ninguna asociación entre ésta y su conocimiento previo. Utilizando este vocabulario artificial y experimentando en sí mismo, Ebbinghaus se dio a la tarea de aprender series de sílabas, variando tanto la longitud de las listas que estudiaba como el número de repasos que hacía de cada una, para después analizar cuántos de estos átomos de información era capaz de recordar al cabo del tiempo.
Esta serie de experimentos definió algunos de los principios básicos sobre la memoria que aún conservan validez. En primer lugar, que la memoria es gradual, pues había una correlación directa entre un mayor número de repasos y la cantidad de sílabas que recordaba; en segundo, que existía un número máximo de sílabas que podía repetir tras sólo un repaso de la lista (alrededor de siete), anticipando así una de las divisiones fundamentales de la memoria: de corto y de largo plazo. En tercer lugar, que requería menos esfuerzo volver a aprender una lista que había olvidado, en vez de aprender una totalmente nueva, fenómeno conocido como “ahorro”. Y finalmente, que su olvido de las sílabas consistía en dos fases: una rápida y muy pronunciada —dentro de la primera hora después de estudiarlas—, y una lenta y menos drástica, a lo largo de varias semanas.
La trascendencia del trabajo de Ebbinghaus se debe no sólo a la importancia de sus hallazgos, sino a su desapego por la tradición filosófica en la búsqueda de una solución al problema de la memoria. Ebbinghaus cambió el escenario de las discusiones, llevándolas de un plano puramente teórico al de la comprobación rigurosa en el laboratorio. Sus experimentos iniciaron el estudio de los procesos mnemónicos desde una perspectiva primeramente psicológica y más tarde fisiológica, y son el punto de partida del que se ha originado una gran parte de nuestro conocimiento actual sobre su organización y funcionamiento.
Al revisar el estado actual de nuestra comprensión del fenómeno de la memoria, resulta difícil señalar cuáles son los hallazgos más sobresalientes obtenidos en el siglo transcurrido desde la publicación de Uber das Gedachtnis. Sin embargo, existen tres aspectos del problema en donde los avances han sido muy significativos y merecen consideración especial: 1) el descubrimiento de diferentes tipos de memoria; 2) la identificación de las regiones del cerebro involucradas en ella, y 3) el hallazgo de cambios celulares asociados a su formación. Los dos primeros forman parte de la llamada neuropsicología de la memoria —término utilizado originalmente en los años 30 para describir a la entonces novedosa unión entre la neurología y la psicología.
Estudios realizados en humanos han demostrado claramente que la memoria no es una entidad indivisible, sino que el sistema nervioso procesa por separado las diferentes categorías de conocimiento que debe almacenar. Más aún, esta taxonomía de la memoria no opera en un vacío puramente conceptual: es definida por la existencia de regiones cerebrales involucradas selectivamente en cada uno de sus diferentes tipos. En otras palabras, cada clase de memoria posee un sistema anatómico independiente que interactúa activamente con los otros.
Así las cosas, nuestro objetivo es revisar la perspectiva neuropsicológica en el estudio de los procesos mnemónicos: cuáles son las principales divisiones de la memoria; cuáles las observaciones cruciales que las han definido, y cuáles son los sistemas neurales que se encargan de cada una. Por último, señalaremos aquellos aspectos del problema de la memoria que no han sido debidamente abordados, proponiendo algunas avenidas que deberán explorarse para responder a las preguntas que todavía requieren contestación.
Lo corto y lo largo de la memoria
Ayer escribiste una carta para tu amigo de Guadalajara. Consultaste su dirección en tu agenda, la memorizaste para escribirla en el sobre y después de un rato ya no la recordaste. Hoy decides ir al cine y tienes que llamar por teléfono para averiguar el horario de la película. Memorizas el número luego de buscarlo en la guía telefónica; llamas, y unos minutos más tarde ya no recuerdas el teléfono marcado.
Estas experiencias tan cotidianas apuntan a una distinción básica entre diferentes maneras que tenemos de recordar la información. Algunas memorias son persistentes: duran semanas o meses, e incluso pueden ser indelebles. Éstas constituyen la memoria de largo plazo. Otras, como en los ejemplos anteriores, son muy transitorias: duran mientras las estamos utilizando y constituyen la memoria de corto plazo, también llamada memoria de trabajo. Esta división de los procesos mnemónicos fue la primera establecida en tiempos de Ebbinghaus. Recordemos que éste observó que si repasaba una sola vez alguna de sus listas de sílabas sin sentido, únicamente recordaba seis o siete, y que su memoria era más susceptible de desaparecer durante la primera hora después de estudiarlas.
Fascinado por estas observaciones, el filósofo William James aventuró una interpretación que anticipó los estudios neurológicos por más de medio siglo. Propuso que la poca información que era posible recordar inmediatamente después de ser estudiada, aquellas seis o siete sílabas, constituía una memoria primaria (término que más tarde sería reemplazado por memoria a corto plazo), y la definió como el conocimiento que no era necesario evocar porque nunca ha abandonado el curso principal de nuestro pensamiento. En palabras de James, la información no viene a nosotros como parte del pasado genuino, sino que pertenece a la parte anterior de este mismo tiempo presente. Por el contrario, cuando la información ha dejado de ocupar nuestra atención y dejamos de tener conciencia de ella, pasa a formar parte de la memoria secundaria (o memoria de largo plazo), desde donde puede ser recuperada a voluntad cuando sea necesario (a menos que la olvidemos, por supuesto). Esta idea tan simple también ayudaba a explicar fenómenos como la pérdida de memoria después de un golpe en la cabeza o tras un ataque epiléptico, casos en los que se olvidan sólo los eventos que ocurren poco antes del traumatismo, dejando intactos los recuerdos más antiguos.
La interpretación de James, tan elegante por su simpleza, era al mismo tiempo tan intuitiva que podía incluso parecer trivial; más como un intento arbitrario de dividir a la memoria que como una categorización para entender sus bases neurales. A pesar de que los experimentos realizados poco después de los de Ebbinghaus apoyaban las ideas de James, fue necesario encontrar algún fundamento neurológico que respaldara su clasificación y eliminase la posibilidad de que sí se trataba de una sola memoria, unitaria e indivisible, que simplemente desaparecía más rápido en unos casos que en otros. Tuvieron que pasar más de 60 años para que apareciera un caso clínico que estableciera, sin lugar a dudas, que James estaba en lo correcto.
El caso H. M.
Si tuviéramos que señalar cuál ha sido el evento más importante en el campo de la neuropsicología de la memoria en el siglo XX, la descripción del caso H. M. recibiría la distinción. Su existencia no sólo confirmó la división trazada por William James: definió tipos de memoria insospechados hasta entonces. De hecho, un gran número de nuestras ideas actuales sobre el funcionamiento de los procesos mnemónicos gira alrededor de dicho caso, y muchos de los estudios actuales aún lo toman como punto de referencia para explicar nuevas observaciones.
En 1953, un paciente con un caso crítico de epilepsia fue intervenido quirúrgicamente para aliviar sus convulsiones. La cirugía practicada a este individuo de 27 años de edad consistió en la remoción de la parte inferior y lateral de su cerebro, región denominada lóbulo temporal. Como consecuencia del tratamiento, la epilepsia desapareció casi por completo. Pero no fue el único efecto. Cuatro años después de la cirugía, William Scoville y Brenda Milner reportaron que el paciente (conocido desde entonces como H. M.) tenía la deficiencia mnemónica más devastadora jamás observada: era incapaz de formar nuevas memorias. A pesar de que su nivel intelectual no se vio alterado, H. M. olvidaba los eventos de la vida diaria tan pronto como ocurrían; no podía recordar a las personas que lo rodeaban cotidianamente (las enfermeras y los médicos, por ejemplo), y no sabía dónde se encontraba o cómo había llegado a ese lugar. Desde entonces, y hasta la fecha, H. M. está atrapado en el presente: su deficiencia en la memoria es tan severa que, ya envejecido, es incapaz de reconocerse en una fotografía reciente de sí mismo.
Desde su descripción inicial, dos características de H. M. llamaron la atención de los estudiosos de la memoria. En primer lugar, si bien es cierto que era incapaz de recordar cualquier información nueva, sus recuerdos más remotos estaban intactos. Por ejemplo, recordaba sin dificultad el nombre de sus padres, el sitio donde había vivido en su infancia y muchos otros detalles de su pasado distante. Además, H. M. era capaz de seguir el hilo de una conversación relativamente simple si se concentraba en ella. Sin embargo, a la menor distracción olvidaba lo que se le había preguntado, e incluso con quién estaba hablando. De esta forma, había algo en el paciente que evocaba claramente la proposición de James. Mientras la información que recibía ocupaba su pensamiento, H. M. podía hacer uso de ella: su memoria de corto plazo funcionaba perfectamente. Pero tan pronto como dejaba de prestarle atención, el conocimiento se perdía pues no podía archivarlo en la de a largo plazo. Esta característica de H. M. permitió investigar las propiedades de la memoria de corto plazo en un aislamiento perfecto. Por ejemplo, era posible explorar cuánta información podía almacenarse en ella antes de saturarla. ¿El límite máximo de la memoria a corto plazo eran las seis o siete sílabas que Ebbinghaus recordaba luego de un solo repaso de sus listas?
Así H. M. fue entrenado en una tarea similar a la que Ebbinghaus había diseñado, excepto que, en vez de sílabas, los átomos de información eran números. El paciente era expuesto a una secuencia numérica que debía memorizar y repetir sin errores. Si acertaba, se le presentaba una nueva secuencia, que ahora contenía un número adicional. Un individuo normal es capaz de recordar secuencias de más de 20 cifras al cabo de unos cuantos intentos. Sin embargo, la cadena más larga que H. M. podía recitar sin errores era precisamente de siete. No importaba cuántas veces lo intentara, nunca era capaz de recordar una octava cantidad. De esta forma, la observación de Ebbinghaus tenía un correlato neurológico, y la idea de James era correcta: la memoria a corto plazo posee un espacio muy limitado, suficiente para aproximadamente siete partículas de información, y opera mientras estamos conscientes del conocimiento. Por su parte, la memoria de largo plazo dispone de un espacio mucho mayor -quizá ilimitado-, destinado a la información que abandona el curso de nuestro pensamiento y desde donde podemos recuperarla cuando sea necesario. Es importante enfatizar que, a pesar de que las expresiones a corto y largo plazo implican a la duración de la memoria como la característica más relevante para ubicarla en uno u otro tipo, en realidad son otros de sus atributos los que establecen la diferencia: el papel de la atención y del procesamiento consciente de la información, así como la cantidad de ésta que puede almacenarse en cada categorí
Planteemos algunas consideraciones sobre las regiones del cerebro donde radican estos dos tipos de memoria.
Empecemos por el lóbulo temporal (ver esquema p. 23), la estructura cuya ausencia desató las alteraciones mnemónicas de H. M. ¿Forma parte del sistema neural de la memoria a corto plazo o a largo plazo? Una posibilidad es que no pertenece a ninguno. Recordemos que la memoria primaria de H. M. funcionaba normalmente y que, al mismo tiempo, sus recuerdos más antiguos estaban intactos. Lo único alterado parecía ser la transición de un tipo de memoria al otro. Esta observación invita a pensar que el lóbulo temporal simplemente es un conducto que comunica al pequeño almacén de la memoria de corto plazo con la inmensa bodega de la memoria a largo plazo, pero que per se carece de propiedades mnemónicas. Sin embargo, esta interpretación tan simple parece ser errónea pues, si bien es cierto que la memoria a largo plazo de H. M. no desapareció por completo, muchos de sus recuerdos de la década anterior a la operación sí se desvanecieron. Así, el lóbulo temporal es capaz de almacenar memorias, pero sólo transitoriamente. Funciona como una estación de paso desde donde los recuerdos emigran, después de algún tiempo, hacia otras regiones cerebrales (aún por localizarse con precisión), en donde serán archivados en un registro más o menos permanente. De esta forma, es más adecuado ubicar al lóbulo temporal como componente del sistema neural de la memoria a largo plazo.
Por su parte, la memoria a corto plazo es procesada de manera más difusa en el sistema nervioso, pero algunos experimentos muy elegantes realizados fundamentalmente en primates, y cuya descripción escapa al objetivo de este trabajo, parecen ubicarla en la parte anterior del cerebro, específicamente en la llamada corteza prefrontal.
Saber qué vs. saber cómo
En el sentido más estricto, la distinción entre memoria de corto y de largo plazo no define diferentes tipos de memoria, sino diferentes etapas por las que ésta pasa. Retomemos uno de los ejemplos anteriores: para recordar momentáneamente la dirección de tu amigo de Guadalajara utilizaste tu memoria a corto plazo. Si después de un rato no la has olvidado, habrá pasado a formar parte de la memoria a largo plazo. El recuerdo es ahora más estable, pero la información que lo compone (el nombre de la calle, el número, el código postal) sigue siendo la misma, al margen de si pertenece a una u otra clase.
Revisemos ahora otra clasificación de la memoria que sí toma en cuenta el tipo de información procesada en el sistema nervioso, y cuyo descubrimiento también fue consecuencia de la descripción del caso H. M.
H. M. era incapaz de formar nuevas memorias después de la cirugía a la que fue sometido. Este efecto se manifestaba de manera tan drástica que por algún tiempo se creyó que la incapacidad era absoluta: sin excepción, el paciente no podía adquirir información novedosa. Para explorar de manera formal si esto era cierto, Brenda Milner decidió entrenar a H. M. en una gran variedad de tareas conductuales, de manera similar a como lo hizo con las secuencias numéricas, hasta encontrar alguna que pudiese recordar a pesar del daño a su lóbulo temporal. En una de ellas, H. M. tenía que repintar un dibujo (el contorno de una estrella) sin verlo directamente sino a través de un espejo. Si tú hicieras esta tarea, tu tendencia normal sería mover la mano en el sentido opuesto al requerido, pero con unas cuantas sesiones de entrenamiento repintarías el dibujo sin errores. Sorprendentemente, H. M. aprendió a ejecutar la tarea tan rápidamente como un individuo normal, mejorando con cada sesión de práctica a lo largo de los días. Lo más sobresaliente, sin embargo, fue que antes de cada nueva sesión de entrenamiento había que explicarle en qué consistía la prueba, pues él afirmaba que nunca antes la había realizado. En otras palabras, H. M. presentaba una disociación entre la memoria que registraba la forma de resolver la tarea y la memoria para archivar la existencia de la tarea misma.
Esta separación de la memoria entre el saber qué y el saber cómo, ha guiado la era moderna de la investigación sobre la memoria. Toda la información que los pacientes con daño al lóbulo temporal pueden adquirir constituye a la llamada memoria de procedimiento, también denominada memoria no declarativa, refleja o implícita. Como su nombre lo indica, este tipo de memoria posee las características de una acción refleja: su uso es automático y su formación y evocación no requieren participación consciente. No es necesario expresar este conocimiento mediante el uso de palabras, y su adquisición se traduce en una mejor ejecución de la tarea que se está realizando (como en el caso de repintar la estrella: mientras más intentos, mejores resultados).
Por su parte, aquellas memorias que eluden a pacientes como H. M. y cuya adquisición y evocación requieren participación consciente, han sido denominadas memoria declarativa o explícita. En este caso, el conocimiento se adquiere en un solo intento y normalmente es expresado mediante el uso del lenguaje (de allí su nombre). Por ejemplo, H. M. no podía recordar a su médico, a pesar de verlo día tras día, mientras que para cualquiera de nosotros bastaría con que se presentase una sola vez para reconocerlo en la siguiente ocasión. Otra característica de la memoria declarativa es que requiere la integración de múltiples fragmentos de información que coinciden en el tiempo, formando en su conjunto al evento que habrá de recordarse. Si pensamos en una experiencia de naturaleza declarativa, digamos, “ayer vi una pintura de Picasso”, el recuerdo no se compone solamente de la pintura sino también del sitio en donde fue vista, la hora del día, las personas que estaban presentes, y de muchos otros detalles que se pueden evocar sin dificultad y que, juntos, constituyen la representación interna del recuerdo.
¿Cuál es la relación entre esta división de la memoria y la que establecimos al principio entre una de corto y otra de largo plazo? En realidad, sólo la memoria declarativa pasa por estos dos estadios temporales. Recordemos que su formación requiere del procesamiento consciente de la información (característica de la memoria a corto plazo), y que su almacenamiento depende de la integridad del lóbulo temporal (característica de la memoria a largo plazo). En cambio, la memoria de procedimiento no cumple con ninguna de esas propiedades, pues no requiere de nuestra atención para consolidarse (razón por la que también se le ha denominado memoria sin registro) y es independiente del lóbulo temporal.
Las mil y una caras de la memoria
La división de la memoria en declarativa y de procedimiento es muy general como para permitirnos obtener una comprensión global de las bases neurales de los procesos mnemónicos. El viejo adagio “divide y vencerás” es perfectamente aplicable al estudio de la memoria. Precisamente eso han hecho los científicos interesados en ella: buscar unidades más sencillas y enfocar su atención en tratar de entender cada una por separado. A continuación discutiremos cuáles son las principales subdivisiones que se han definido dentro del marco conceptual de aquellos dos tipos de memoria, para más adelante identificar las zonas cerebrales donde se almacenan.
Los humanos somos una especie esencialmente declarativa, pues mucho de nuestro conocimiento lo expresamos a través del lenguaje. Este tipo de memoria es el que nos da una identidad, una historia personal y un conocimiento del mundo en que vivimos. Aunque algunas especies animales poseen un lóbulo temporal y exhiben cierta memoria que puede considerarse declarativa, en ningún caso ha alcanzado el grado de complejidad que tiene la humana.
Este tipo de memoria ha sido dividida en dos clases: episódica y semántica. La memoria episódica almacena eventos específicos que ocurren en la vida de un individuo, guardándolos junto con referencias temporales. Es la memoria que posee nuestra autobiografía y da continuidad a nuestras acciones. Gracias a ella podemos establecer el orden en que han ocurrido los sucesos que conforman nuestra historia personal. Recuerdos tales como “el verano pasado terminé la secundaria” o “mi hija tuvo un bebé la semana pasada”, pertenecen a la memoria episódica.
Por su parte, la memoria semántica almacena nuestro conocimiento del mundo. En ella están guardados todos los hechos concretos que conocemos. Es la memoria que activamos cuando tenemos que contestar un examen en la escuela o resolver un crucigrama. En este caso, el conocimiento no tiene referencias cronológicas. Recuerdos tales como “París es la capital de Francia” o “mi casa tiene dos recámaras”, pertenecen a la memoria semántica.
Una forma de entender más claramente la diferencia entre uno y otro tipo, es pensar que si la memoria semántica archiva el dato “París es la capital de Francia”, la memoria episódica archiva nuestro recuerdo de las circunstancias bajo las que aprendimos ese dato.
La memoria de procedimiento está ampliamente distribuida en el reino animal; existe en todas las especies donde se ha buscado: moluscos, insectos, peces, aves, mamíferos… Se cree que es más primitiva desde el punto de vista evolutivo. Existen varias subdivisiones de este tipo de memoria, definidas en función de, entre otras cosas, la manera en que se adquiere la información.
Los primeros ejemplos de este tipo de memoria datan de mucho antes de la descripción del caso H. M. El descubrimiento del condicionamiento clásico o pavloviano y del condicionamiento operante, representó la continuación de los intentos de Ebbinghaus por explorar la naturaleza de la memoria en las condiciones controladas del laboratorio, con la ventaja adicional de que, por primera vez, los experimentos eran realizados en animales. El condicionamiento clásico fue estudiado originalmente por Ivan P. Pavlov a principios de siglo. Su legendario trabajo sobre los llamados “reflejos condicionados” es quizá el más conocido, y se constituyó como el primer estudio fisiológico de los procesos mnemónicos. Recordemos su experimento clásico: Pavlov presentaba alimento a un perro hambriento y cuantificaba la cantidad de saliva que el animal producía en cada presentación. Además, cada vez que estaba a punto de presentar la comida, Pavlov sonaba una campana. Después de unas cuantas presentaciones conjuntas de la campana y la comida, bastaba con que el animal escuchara el sonido para que comenzara a salivar. El perro había asociado el sonido de la campana con la comida, lo que desencadenaba la salivación aun en ausencia de alimento.
En términos generales, el condicionamiento clásico requiere el establecimiento de una asociación entre dos estímulos independientes, de manera tal que la ocurrencia de uno (el retintín de la campana, en nuestro ejemplo) siempre está acompañado del otro (la comida). Así, el primero de los estímulos será capaz de desatar una respuesta que inicialmente no estaba asociada a él (la salivación).
La descripción del condicionamiento operante guardaba una relación más estrecha con la escuela psicológica inaugurada por Ebbinghaus. El pionero en este campo fue Edward L. Thorndike, discípulo de William James; sus estudios estuvieron encaminados a definir la capacidad intelectual de los animales, sometiéndolos a problemas relativamente complejos tales como abrir diferentes cerrojos y resolver laberintos para obtener su comida. Más tarde, B. F. Skinner formalizó este tipo de estudios e introdujo una de las herramientas clásicas usadas en la investigación de la memoria: la caja de Skinner. En un experimento típico, el animal es colocado en una de estas cajas para que la explore libremente. La caja contiene una palanca que, al ser presionada, causa la apertura de un compartimiento en donde hay comida. La primera vez, el animal presiona la palanca accidentalmente, pero tarde o temprano termina por asociar esa operación con la aparición del alimento. En este caso, la asociación no se estableció entre dos estímulos diferentes, sino entre una acción (presionar la palanca) y las consecuencias de la misma (obtención de comida). En síntesis, lo que el animal debe recordar son las consecuencias de sus actos: la probabilidad de que determinada acción ocurra, aumenta si está asociada a una recompensa y disminuye si está asociada a un castigo.
Además de estos dos tipos de condicionamiento, existen otros que también se archivan en la memoria de procedimiento: la adquisición de hábitos y habilidades (saber atarse los zapatos o, en el caso de H. M., saber repintar la estrella); las formas de condicionamiento no asociativas, tales como la habituación (una disminución gradual de la respuesta a un estímulo determinado después de que éste es presentado repetidamente; por ejemplo, si suena el teléfono a media noche, saltamos con el primer timbrazo pero no con los siguientes); y, por último, un fenómeno sumamente interesante conocido como priming.
Para entender en qué consiste, consideremos el siguiente ejemplo: pedimos a un paciente con daño en el lóbulo temporal (como H. M.) y a un individuo sano que lean simplemente una lista de palabras tales como PARQUE, DESCUBRIR, ÚNICO, y más tarde les presentamos una nueva lista con algunas palabras repetidas y algunas nuevas, para que nos digan cuáles de ellas recuerdan de la primera sesión. De acuerdo con lo que sabemos sobre la memoria declarativa, esperaríamos que el paciente cometa más errores que la persona sana, dada su incapacidad de almacenar recuerdos en su memoria de largo plazo. Y, efectivamente, eso es lo que sucede. Sin embargo, hay otras formas de probar si los pacientes han guardado algún componente de esa información. Si en vez de presentarles la lista nueva les preguntamos: ¿cuál es la primera palabra que viene a la mente al ver las sílabas PAR___, DES___ o UNI___?, encontraremos que los dos individuos escogerán las palabras que vieron en el entrenamiento de entre las múltiples posibilidades que existen en cada caso (partir, pareja, paraguas, desarrollo, desagüe, destino, universal, unidad, uniforme). Así, la información que el paciente recibió fue almacenada de manera inconsciente y en la ausencia del lóbulo temporal (recordemos que esas son dos de las propiedades de la memoria de procedimiento), de manera que sólo puede ser evocada indirectamente.
Más allá del lóbulo temporal
Uno de los logros más espectaculares de la neuropsicología de la memoria es la identificación de estructuras cerebrales asociadas a cada uno de sus diferentes tipos. Hemos mencionado someramente que la memoria de corto plazo se procesa en la corteza prefrontal, mientras que la de largo involucra al lóbulo temporal, al menos en sus etapas iniciales. Igualmente, hemos enfatizado que la participación del mismo lóbulo temporal es necesaria para la formación de la memoria declarativa. Sin embargo, no hemos dicho nada sobre la localización de la memoria de procedimiento. ¿Existe una zona cerebral equivalente al lóbulo temporal, en donde se hallen nuestros recuerdos de esta naturaleza? Si se encontrara algún paciente como H. M., pero con una pérdida selectiva de esta clase de memoria, el problema estaría fundamentalmente resuelto. Por desgracia, no se han encontrado casos clínicos con una deficiencia total en la memoria de procedimiento. Por otra parte, recordemos que animales muy simples poseen memoria de procedimiento, a pesar de que su sistema nervioso puede consistir en unos pocos cientos de células nerviosas (o neuronas), cantidad muy discreta comparada con el billón de éstas que componen al cerebro humano. Este hecho indica que no es necesario tener un cerebro tan grande y complicado para poseer capacidades mnemónicas, sino que unidades más simples compuestas por unas cuantas células pueden darnos la capacidad de almacenar información.
Basados en estas observaciones, algunos investigadores han propuesto que los sitios de almacenamiento de la memoria de procedimiento están distribuidos a lo largo del sistema nervioso. Más aún: se cree que las neuronas encargadas de archivar este tipo de memoria son precisamente aquéllas que fueron activadas durante su adquisición. Analicemos un ejemplo de habituación para clarificar este concepto.
La habituación —hemos señalado— consiste en una reducción gradual de la respuesta a un estímulo inocuo cuando éste es presentado repetidamente. Aun cuando el fenómeno es conocido desde hace mucho tiempo, sus bases neurales fueron exploradas sólo a partir de los años 60, luego de su caracterización en la liebre de mar, molusco que presenta un sistema nervioso muy simple. Si la piel de este animal es estimulada, adoptará una postura defensiva contrayendo sus músculos para evitar posibles daños. Sin embargo, si el estímulo no tiene consecuencias nocivas, la respuesta muscular asociada a estimulaciones sucesivas disminuirá gradualmente. El molusco recuerda las propiedades del estímulo y modifica su respuesta de acuerdo con su experiencia previa. ¿Dónde está almacenado este recuerdo? Pues fue guardado en la misma vía que generó la respuesta. La primera estimulación activó unas cuantas células sensibles al tacto (también llamadas neuronas sensoriales), que están directamente comunicadas con las responsables de contraer el músculo (neuronas motoras), desatando la respuesta. Durante la segunda estimulación las neuronas sensoriales también respondieron, pero lo hicieron más débilmente, por lo que la contracción muscular fue menos intensa. Por tanto, la habituación se archivó en ese circuito tan simple que hay entre las neuronas sensoriales y las motoras, y fue consecuencia directa de un cambio en la eficiencia de las primeras para transmitir la información procedente de la piel.
Si bien es cierto que el cerebro de la liebre de mar es muy sencillo y que la habituación es quizá el ejemplo más simple de aprendizaje, muchos grupos de investigación han llegado a conclusiones similares en otras especies (incluyendo mamíferos), y utilizando diferentes tipos de condicionamiento que requieren del procesamiento de toda clase de estímulos externos (es decir, no sólo táctiles, como en nuestro ejemplo, sino también olfativos o visuales). Podemos concluir que la memoria de procedimiento no se localiza en una sola región del cerebro, sino que depende de cambios en las propiedades de las vías sensoriales y motoras, que se activan selectivamente durante la experiencia que habrá que recordarse.
¿Hacia dónde vamos?
Hemos ofrecido aquí una visión general de los avances principales en la neuropsicología de la memoria. ¿Qué tanto se ha avanzado en este campo y cuánto camino queda por recorrer? Un siglo después de Uber das Gedachtnis, nuestra comprensión de la memoria ciertamente es mejor de lo que era en aquel entonces. Tal vez sea justo señalar que hemos tenido logros más significativos tratando de entender ciertos ejemplos de memoria de procedimiento, como el condicionamiento clásico, fundamentalmente por tres razones: su simplicidad, el conocimiento de su anatomía, y la posibilidad de experimentar sobre ella en animales de laboratorio. Por lo tanto, si queremos entender mejor a la memoria en general y a la declarativa en particular, habremos de intensificar la investigación en aquellos frentes. A pesar de que existen algunos ejemplos bien descritos de memoria declarativa en animales de laboratorio, es necesario refinar las tareas que se han utilizado en esos estudios para obtener nuevos conceptos a partir de ellos, y que no se queden sólo en confirmaciones de los hallazgos obtenidos en pacientes como H. M.
También es cierto que la anatomía del lóbulo temporal es entendida muy pobremente. Si se profundiza en la descripción de esta región del cerebro, quizá sea posible descubrir lo que ocurre en ella durante la formación y la evocación de un recuerdo. Por otra parte, la gran mayoría de nuestro conocimiento sobre la memoria declarativa proviene del estudio de pacientes con lesiones, lo que nos coloca en la posición de quien quiere entender cómo funciona un radio removiendo uno de los transistores. Lo que necesitamos son formas de observar a nuestro cerebro en acción, para ver cómo funciona mientras forma y evoca un recuerdo.
El advenimiento de técnicas de imagenología tales como la tomografía por emisión de positrones, empieza a rendir frutos. No obstante, aún se encuentran en un nivel inferior al que necesitaremos para entender a los procesos mnemónicos.
Una vez identificadas las estructuras nerviosas responsables de recordar, podemos formular la última pregunta: ¿cómo lo hacen?, ¿cuál es la naturaleza de los cambios que experimenta nuestro cerebro al guardar una memoria? Confiamos en que no deberemos esperar demasiado para conocer las respuestas.
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Referencias Bibliográficas
Larry R. Squire. 1987. Memory and Brain, Oxford University Press.
Daniel L. Schacter. 1997. Searching for Memory: The Brain, the Mind, and the Past. |
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Juan Fernández Ruiz
Departamento de Fisiología,
Facultad de Medicina, Universidad Nacional Autónoma de México.
Juan Carlos López García
Center for Neurobiology and Behavior
Universidad de Columbia, Nueva York.
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cómo citar este artículo →
Fernández Ruiz, Juan y López García, Juan Carlos. 1998. La neuropsicología de la memoria. Ciencias, núm. 49, enero-marzo, pp. 18-25. [En línea].
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Las neurociencias
en el exilio español
en México
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Augusto Fernández Guardiola
Fondo de Cultura Económica
México, 1997
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En el mundo de la información en que vivimos se
termina por suponer que el dolor físico que produce una guerra, el horror de las mutilaciones, los cadáveres por doquier, los asesinatos en primer plano finalizan súbitamente con el último noticiario. Así parece ser para el espectador televisivo o para el lector de diarios: para los implicados puede durar aún días o meses, o años quizá. Pero las heridas que llagan el mundo interior de los sobrevivientes —ganadores/perdedores— sí que escuecen y duelen por un largo periodo: llegan incluso a anestesiar el espíritu y, en muchas ocasiones, lo aniquilan en vida. Puede que por eso en 1940, un año después de finalizada la guerra civil, para el poeta, Madrid es una ciudad de más de un millón de cadáveres (según las últimas estadísticas).
Con el sucederse de las generaciones y el transcurrir del tiempo la realidad traumática de una guerra se convierte por fortuna en historia, sobre todo porque los descendientes de los combatientes ya no son partícipes directos ni de la batalla ni de las emociones encontradas. España es ahora otro país reconstruido y hecho de nuevo a partes más o menos iguales. Con ser doloroso lo dicho, el exilio añade una parálisis temporal. El exiliado lleva consigo una foto fija de su entorno que ni progresa ni se deteriora. Queda en el último combate dialéctico con el último adversario. Su relación con su ciudad, con sus colegas queda inconclusa; pendiente de un final que nunca llega.
Este es un hermoso libro escrito con el cariño con el que un cocinero casero prepara sus guisos para los invitados. El profesor Fernández Guardiola (Augusto para todos sus amigos) nos abre camino para un largo y ameno viaje a la obra y al interior de cinco españoles que lo dieron todo en un país amigo y hospitalario cuando el suyo se puso a la mala: Dionisio Nieto, José Puche, Isaac Costero, Rafael Méndez y Ramón Álvarez-Buylia. Augusto tiene además maneras de buen escritor. Notará el lector que el libro no es lineal, sino que está escrito con cierta técnica contrapuntística. El libro se desenvuelve en tres tiempos. El tiempo en el que se desarrolla la obra de los cinco investigadores en México, las emociones que ellos viven con las visitas a nuestro país y, por último, el tiempo de Augusto, bien como discípulo, bien cuando imagina haber compartido con ellos charlas y trastadas en la residencia de estudiantes.
Para nuestra suerte, y al igual que ocurre con algunos cantes (habaneras), éstos fueron maestros de ida y vuela. Porque ahora nos beneficiamos de las enseñanzas que nos ofrecen muchos de sus discípulos. Al menos la ciencia ofrece esa facilidad para saltar fronteras geográficas y políticas y para crear archipiélagos a partir de islas diseminadas por el mundo de la investigación experimental.
De acuerdo, España es ahora otro país, pero la lección nunca está bien aprendida del todo y tenemos el ejemplo cercano en tiempo y espacio de Yugoslavia o Argelia. El mejor antídoto para la conflagración civil es sin duda la permeación de las ideas. La tolerancia de lo que el otro opina y, en particular, el hacer posible para todos el desarrollo de sus capacidades creativas. Si este es un país no muy dado a ayudar al que algo nuevo quiere hacer al menos tiene que aprender a tolerárselo. A veces percibo rasgos inconfundibles de intolerancia, una sórdida guerra sin balas que aburre o fatiga al creador, al investigador. A largo plazo esta actitud puede iniciar un nuevo éxodo de talentos o puede terminar por inactivarlos.
Esperemos que no pase a mayores y que en España lleguemos a ser más generosos con el creador, con el artista, con el investigador. Que vengan de otros países a aprender y a enseñar; que no se tengan que marchar los que hacen, los que piensan.
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| (Fragmento del prólogo escrito por José M. Delgado García) |
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cómo citar este artículo →
Fernández Guardiola, Augusto. 1998. Las neurociencias en el exilio español en México. Ciencias, núm. 49, enero-marzo, pp. 70-71. [En línea].
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| Samuel Ponce de León R. |
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El primer registro del uso de medicamentos fue encontrado
en una tableta de barro proveniente de Sumeria, cuya antigüedad parece corresponder al tercer milenio antes de Cristo. En ella se describe cómo han de mezclarse vino, ciruelas y aceite para aplicar un emplasto sobre la piel o las heridas.
Posiblemente la primera sustancia con actividad antimicrobiana corresponde a la descrita en el papiro de Smith encontrado en Circa. El texto, que se piensa fue escrito en 1550 a. C., explica el uso de la miel combinada con otras sustancias para la curación de heridas. La lista de compuestos empleados es muy larga pero destacan, por la frecuencia con que se citan, el vino y la miel, ambos actualmente reconocidos por su actividad antimicrobiana.
Durante siglos, las teorías sobre la enfermedad fueron las establecidas por Galeno, quien siguiendo algunos conceptos hipocráticos describía la salud y la enfermedad como resultado del balance del organismo. Como se sabe, los cuatro humores adjudicados a los seres humanos eran: el flemático, el melancólico, el colérico y el sanguíneo. Los tratamientos, en consecuencia, buscaban restituir el equilibrio con sangrías, enemas, cocimientos y otros métodos.
Fue hasta la segunda mitad del XIX que el químico francés Luis Pasteur postuló y demostró la teoría microbiana de la enfermedad. En contra de la corriente firmemente mantenida por siglos, no sin dificultades, Pasteur refutó la teoría de la generación espontánea con experimentos cuidadosamente diseñados, para los que fabricó matraces de alargados cuellos y medios de cultivo en su interior. Así sentó las bases que permitieron el desarrollo del conocimiento que finalmente culminaría en la terapia antimicrobiana y el descubrimiento de la penicilina, quizás el hallazgo más espectacular del siglo XX.
Si bien la penicilina es el primer antibiótico, no fue el primer antimicrobiano. Este fue el salvarsan, descrito por Ehrlich en 1911 como una “bala mágica”, y que durante décadas fue el único tratamiento contra la sífilis. Posteriormente, la utilidad clínica del prontosil fue demostrada por Gerhard Domagk, quien lo utilizó para combatir infecciones experimentales por estreptococos. Así comienza la era de la terapia antimicrobiana sistémica.
Hay una anécdota interesante en relación al estudio del prontosil. Cuando Domagk estudiaba el compuesto, su hija enfermó gravemente por una infección estreptocóccica. Como los tratamientos habituales fueron inútiles y la muchacha se agravaba con rapidez. Domagk utilizó el prontosil en ella, y obtuvo una rápida y completa recuperación. Sus estudios sobre el prontosil le valieron el premio Nobel de Medicina en 1933.
Pocos años después casi todos los países desarrollados manufacturaban sulfanilamida, y para 1949 existían 53 compuestos de uso oral y 63 preparaciones tópicas con nombre comercial. Pero la resistencia bacteriana a este compuesto creció rápidamente.
Fue en este contexto histórico que Alexander Fleming comenzó los estudios de una levadura observada por serendipia en una placa de petri, inaugurando así la era de los antibióticos.
En realidad, la existencia de compuestos antibióticos había sido intuida por Pasteur, quien junto con Joubert efectuó diversos experimentos en 1887, mismos que los llevaron a concluir que “en las especies inferiores la vida amenaza a la vida. Un líquido invadido por un fermento organizado o por un aerobio hace difícil para un microorganismo inferior su multiplicación”. Con base en el hallazgo de que el ántrax se desarrollaba pobremente en la orina y que moría si se agregaban bacterias comunes a ésta, señalaron: “estas observaciones pueden quizás justificar la gran esperanza para desarrollar alguna terapéutica”.
Otros investigadores también realizaban trabajos en esta área. Así, Bartolomeo Gosi obtuvo un antibiótico de un cultivo de Penicillium C. Bouchard, Rudolph Emmerich y Oscar Low —en Francia y Alemania, respectivamente— descubrieron la piocinasa, y Albert Vraudemer reportó algún éxito en el tratamiento de la tuberculosis con una preparación derivada de Aspergillus fumigatus. La toxicidad de estos compuestos fue un obstáculo que limitó su aplicación y estudios subsecuentes.
El escocés Alexander Fleming nació en una familia de varias generaciones de granjeros duros y valientes, acostumbrados a esforzarse para sobrevivir. Alexander fue el séptimo hijo de Hugh Fleming y el tercero de su segunda esposa, Grace Morton. Una anécdota ilustra las difíciles condiciones en que Alexander vivió su infancia: para acudir a la escuela tenía que caminar varios kilómetros, y en el invierno debía llevar papas recién cocidas en los bolsillos para evitar que su manos se helaran.
Su desempeño escolar siempre fue sobresaliente. Ingresó en el Instituto Politécnico de Londres, en donde obtuvo el primer lugar en el examen de admisión en Medicina. Por azar decidió realizar sus estudios en el Hospital de St. Mary. Para entonces los rasgos de su carácter se habían definido; era un hombre serio pero amable; introvertido, propiamente tímido, altamente crítico y organizado. Se dice que su inclinación por la medicina obedeció a indicaciones de un hermano mayor, quien era oculista, y que decidió entrar a St. Mary porque en alguna ocasión jugó waterpolo contra ellos. Finalmente se cuenta que se graduó como cirujano por no perder las cinco libras que le costó la inscripción al curso.
Seleccionar el Hospital de St. Mary resultó definitivo para lo que sucedería en el futuro, pues en este sitio se encontraba el laboratorio de inoculación de sir Almroth Wrigth. Este fue un destacado clínico inglés, muy interesado en la investigación, a quien se le otorgó el título de caballero precisamente el año en que ingresó Fleming a su laboratorio.
El trabajo implicaba actividades asistenciales, bajo la premisa de Wrigth: “el que se dedique a la investigación debe continuar viendo enfermos, con objeto de seguir con los pies en la tierra”. Versátil, la personalidad de sir Almroth Wrigth era arrolladora, su discurso brillante y gustaba de la espontaneidad. Hacía ostentosa gala de sus conocimientos. Describió la opsonización y elaboró un índice opsonínico que le permitió establecer diagnósticos de enfermedades infecciosas, y con bacilos muertos, desarrolló una vacuna contra la tifoidea. Era capaz de recitar 250 mil versos de memoria. Su práctica clínica era frecuentada por personajes de alcurnia, y fue amigo de George Bernard Shaw. Precisamente este autor se basó en Wrigth para perfilar al héroe de su sátira El dilema del doctor. Su contrapunto era la personalidad de Alexander Fleming, a quien le gustaba provocar maliciosamente para escucharle decir algunas palabras.
Es paradójico el hecho de que Wrigth afirmara que no habría otro tratamiento para las infecciones que la vacunoterapia. Por su parte, Fleming trabajaba durante la mañana en el hospital y por la tarde en el laboratorio, en donde intentaba obtener vacunas.
Durante la Primera Guerra Mundial, Fleming fue asignado a un hospital en Boloña y luego a Wilmereux, en donde existía un centro de atención e investigación en heridas de fémur, de sepsis y de gangrena gaseosa. En ese ambiente, Fleming escribió: “Rodeado de aquellas heridas infectadas, de aquellos hombres que sufrían y morían y a quienes no podíamos ayudar, me sentía devorado por el deseo de dar por fin con algo que matara aquellos microbios, alguna cura como lo era entonces el salvarsán”.
Después de la guerra, Alexander fue nombrado jefe del Laboratorio de Inoculación de St. Mary —sus trabajos sobre la opsonización y el descubrimiento de la lisozima en 1921 le habían granjeado prestigio académico y social. En su búsqueda de compuestos antibacterianos, descubrió que el moco nasal inhibía el crecimiento bacteriano en placas de agar, y que ello era consecuencia de la actividad de una enzima, a la que bautizaron como lisozima. Con ella realizó muchísimos ensayos, probándola contra todos los microbios a su alcance. Los estudios se realizaban con lágrimas y saliva. Para obtener las primeras, los miembros de laboratorio se exprimían cáscara de limón en los ojos para conseguir la cantidad de lágrimas necesaria.
Pasaron los años: la gente seguía sucumbiendo ante las infecciones, mientras Fleming buscaba algún compuesto que curara las enfermedades causadas por bacterias.
Precisamente en 1928, mientras estudiaba cultivos de estafilococos, el investigador observó el efecto de una levadura que había crecido accidentalmente en uno de sus cultivos de estafilococo. Como era su costumbre, había dejado las cajas abiertas por varios días sobre su mesa de trabajo: como otras veces lo había notado con la lisozima, las bacterias observadas en la periferia del hongo se habían disuelto. Fleming anotó lo observado e intentó reproducir los resultados, cultivando estafilococos y el hongo, pero no lo logró. De hecho no es posible reproducirlo en las condiciones descritas en el artículo original, como lo comprobaron diversos microbiólogos.
¿Qué fue entonces lo que ocurrió? Con interés puramente académico, se ha intentado dilucidar la sucesión de eventos ocurridos en el laboratorio de Fleming. Fundamentalmente existen dos hipótesis. Una es de Butinza, y parece muy poco probable, pues sostiene que el hallazgo pudo haber ocurrido exactamente como lo describió Fleming, asumiendo rarezas del estafilococo en cuestión. Por su parte, Hare revisa todos los detalles y señala que Fleming dejó la caja sin incubar —por olvido o intencionalmente—, y que todo lo demás dependió del clima. El hecho es que si uno tiene un cultivo de estafilococos y le agrega Penicillium no ocurre nada.
Para actuar, la penicilina requiere que las bacterias se reproduzcan y ésta interviene durante la formación de la pared celular. Pero ambos microorganismos tienen temperaturas de crecimiento diferentes. Fleming salió de vacaciones en esos días y dejó el cultivo sobre su mesa: éste se contaminó accidentalmente y fue entonces que el clima cambió. Durante varios días la temperatura disminuyó, fluctuando entre 16° y 20°C: en este tiempo se desarrolló Penicillium y produjo la penicilina que se difundió hacia el medio. Después volvió a subir la temperatura hasta 25°-26°C, permitiendo el crecimiento del estafilococo y la lisis de las colonias en contacto con la penicilina.
Evidentemente la historia es inexacta y todo ocurre por azar. Incluso se menciona que cuando Fleming regresó a su mesa después de unos días de descanso, inicialmente desechó la caja, pero en ese momento lo visitó un colega a quien mostró sus cultivos; fue hasta esta segunda revisión que observó los cambios descritos.
Fleming tomó una muestra del hongo y lo cultivó en caldo, solicitando a un micólogo que lo identificara. Éste, erróneamente, le informó que se trataba de Penicillium rubrum, acuñándose entonces el nombre de penicilina para este compuesto. Fue hasta dos años después que Charles Norton, un micólogo americano, lo identificó correctamente como Penicillium notatum. Trataron de aislar el compuesto pero sólo pudieron obtener muy pequeñas cantidades; a pesar del informe publicado, no hubo mayor interés en el hallazgo. Para entonces las sulfas estaban en su apogeo.
En 1936, Howard Florey y Ernst Chain, en Oxford, revivieron el interés por el descubrimiento. Ambos hacían estudios precisamente sobre la lisozima, y esto los llevó a revisar la literatura sobre antagonismo microbiano. Así encontraron el trabajo de Fleming, a quien no conocían y de hecho suponían muerto. Florey y Chain persistieron en la identificación y purificación de la penicilina, y en 1939 obtuvieron para su trabajo un financiamiento de la Fundación Rockefeller por cinco mil dólares.
La penicilina era muy inestable y requería grandes cantidades de cultivos para su producción, pero pronto lograron obtener una penicilina semipura y parcialmente estable que les sirvió para realizar estudios experimentales en animales. Los sorprendentes resultados fueron publicados en The Lancet el 24 de agosto de 1940. Fleming se maravilló al leer el informe y rápidamente se dirigió a Oxford para presentarse con Florey y Chain. En febrero de 1941 un paciente con una muy grave infección estreptocóccica fue tratado con penicilina y mostró una rápida mejoría. Por desgracia falleció, pues el tratamiento fue interrumpido a falta de más medicamento.
En ese momento la producción de penicilina era extraordinariamente costosa, pues se requerían 100 litros de cultivo para producir el tratamiento necesario para un solo día. Decididos a aumentar la producción, los investigadores viajaron a América en busca de patrocinio. Ante el desinterés británico y estadounidense, se pusieron en contacto con Charles Thorn, el micólogo que había identificado el Penicillium notatum, quien entonces trabajaba en el laboratorio de investigación de la región norte del Departamento de Agricultura, en Peoria. En su laboratorio, Thorn habían elaborado un medio muy eficiente para el cultivo de Penicillium.
Ya embarcados en un trabajo conjunto, descubrieron que otra especie de Penicillium, P. chrysogenum, obtenido de un melón en descomposición, producía una mayor cantidad de penicilina —eventualmente hasta mil unidades por mililitro de cultivo. Para entonces la industria farmacéutica había decidido formar un consorcio en el que participaron Merck, Squibb, Pfizer, Abbot, Winthrop y Comercial Solvents, haciendo realidad lo que hasta ese momento sólo era promesa.
El primer paciente tratado con penicilina producida industrialmente fue una mujer de 33 años que sufría septicemia por estreptococos, como resultado de una complicación de cirugía ginecológica. La paciente estaba en el hospital de la Universidad de Yale, y frente a la inutilidad del tratamiento con sulfadiazina se inició el de penicilina cada cuatro horas. Después de casi tres semanas de tratamiento se observó una solución completa del problema.
Durante los primeros años la penicilina se usó exclusivamente para los soldados heridos, pero en 1942 hizo su “presentación en sociedad” con motivo del incendio del Cocoanut Grove, un centro nocturno de Boston, en donde fallecieron más de 200 personas y otras 200 fueron internadas. Los descubrimientos médicos permitieron salvar las vidas de muchos quemados, quienes de otra forma habrían fallecido por infección. Se usaron plasma, furacín y penicilina. Ésta última fue enviada en un camión vigilado por el Ejército desde una planta de Merck al Massachusetts General Hospital.
El tratamiento aplicado a los heridos durante el accidente permitió una evaluación, no controlada, de la penicilina en un grupo grande de pacientes gravemente enfermos, disipando las dudas que la industria pudiera haber tenido sobre su eficacia y seguridad. En esa época los ensayos clínicos controlados no se consideraban necesarios, y sólo los animales de experimentación se comparaban contra placebos.
En sus primeros tiempos, la penicilina se administraba únicamente por vía intravenosa; su corta vida media requería múltiples aplicaciones diarias, que sólo podían efectuarse en el hospital. Fleming advirtió a tiempo sobre el riesgo de resistencia, en una entrevista para The New York Times, en donde hizo una trágica predicción que puntualmente se ha cumplido. Decía Fleming que de popularizarse el uso de los antibióticos, la resistencia crecería rápidamente, como él mismo había observado en su laboratorio. Ya nuestra época y el milenio que pronto empezará, son considerados como la era post-antibiótica o el final de la era de los antibióticos.
Alexander Fleming, Howard Florey y Ernst Chain recibieron el premio Nobel de Medicina en 1945. En este 1998 se cumplirán 70 años del descubrimiento de la penicilina, y la resistencia a los antibióticos es una grave preocupación para la comunidad médica internacional.
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Samuel Ponce de León
Instituto Nacional de Ciencias Médicas y Nutrición, Salvador Zubirán.
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cómo citar este artículo →
Ponce de León R., Samuel. 1998. Notas sobre penicilina. Ciencias, núm. 49, enero-marzo, pp. 54-57. [En línea].
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