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Copenhague
(fragmentos)
 
 
 
Michael Frayn
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Año de 1941. Niels Bohr y su esposa Margrethe reciben la visita de Werner Heisenberg.
 
B. ¡Mi querido Heisenberg!
H. ¡Mi querido Bohr!
 
 
B. Pasa, pasa…
 
 
H. ¿Sigues veleando?
 
 
B. ¿Veleando?
 
 
M. ¡Mal comienzo!
 
 
B. No, no he veleado.
 
 
H. ¿La bahía está…?
 
 
B. Minada.
 
 
H. Claro
 
 
M. Supongo que no irá a preguntar si Niels ha ido a esquiar.
 
 
H. ¿Y has podido esquiar algo?
 
 
B. ¿Esquiar? ¿En Dinamarca?
 
 
H. En Noruega. Acostumbrabas ir a Noruega.
 
 
B. Así es.
 
 
H. Pero como Noruega está también… es decir…
 
 
B. ¿También ocupada? Claro, eso podría hacerlo más fácil. De hecho supongo que ahora podríamos vacacionar prácticamente en cualquier lugar de Europa.
 
 
H. Lo siento. Supongo que no lo vi en esos términos.
 
 
B. Quizá estoy un poco hipersensible.
 
 
H. Desde luego que no. Debí haberlo pensado.
 
 
M. Debe estar deseando encontrarse de regreso en la Prince-Albrecht-Strasse.
 
 
H. Supongo que no ves factible volver a Alemania.
 
 
M. El muchacho es un idiota.
 
 
B. Mi querido Heisenberg, debe ser fácil cometer el error de pensar que los ciudadanos de una pequeña nación, de una pequeña nación invadida, cruel e injustificadamente invadida por un vecino más poderoso, no tienen exactamente los mismos sentimientos de orgullo nacional que sus conquistadores, exactamente el mismo amor a su patria.
 
 
M. Niels, habíamos acordado…
 
 
B. …hablar de física, sí.
 
 
M. No de política.
 
 
B. Lo siento.
 
 
H. No, no. Sólo iba a decir que todavía tengo mi viejo chalet de esquí en Bayrischzell. Así que si… en algún momento… por lo que sea…
 
 
B. Te lo agradezco. Voy a pedirle a Margrethe que tenga la amabilidad de coserme una estrella amarilla en mi chamarra de esquiar.
 
 
H. Sí, sí. Que estupidez la mía.
 
 
M. De nuevo el silencio. Esas primeras chispas han desaparecido y las cenizas han vuelto a enfriarse. Y ahora, claro, comienzo a sentir pena por él.
 
 
 
Sentado aquí, solo, en medio de gente que lo odia, totalmente solo frente a nosotros dos. Se ve más joven otra vez, como el muchacho que vino por primera vez en 1924. Tímido y arrogante, ansioso de ser querido. Contento de estar lejos de casa y extrañando a la vez. Sin duda es triste, porque Niels lo quería y al mismo tiempo era como un padre para él.
 
Bohr y Heisenberg salen a caminar.
 
H. Lo que quiero es que escuches atentamente lo que voy a decir a continuación, en vez de salir corriendo por la calle como un loco…
 
 
B. Muy bien. Aquí estoy, caminando muy lenta y pontificalmente. Y escucho atentamente mientras me dices que…
 
 
H. Que las armas nucleares van a requerir un esfuerzo tecnológico enorme.
 
 
B. Es verdad.
 
 
H. Que va a consumir una gran cantidad de recursos.
 
 
B. Gran cantidad de recursos. Sin duda.
 
 
H. Que tarde o temprano los gobiernos van a tener que acudir a los científicos para preguntarles si vale la pena dedicar esos recursos, si hay alguna esperanza de producir las armas a tiempo para ser usadas.
 
 
B. Claro, pero…
 
 
H. Espera. De modo que van a tener que acudir contigo y conmigo. Somos nosotros los que vamos a tener que recomendarles seguir adelante o no hacerlo. En última instancia la decisión estará en nuestras manos, querrámoslo o no.
 
 
B. ¿Y es eso lo que me quieres decir?
 
 
H. Es eso lo que te quiero decir.
B. ¿Es por eso que has venido hasta aquí, pasando por tantas dificultades? ¿Es por eso que has tirado casi veinte años de amistad? ¿Sólo para decirme eso?
 
 
H. Sólo para decirte eso.
 
 
B. ¡Pero, Heisenberg, esto es más misterioso que nunca! ¿Para qué me lo dices? ¿Qué se supone que debo hacer al respecto? ¡El gobierno de una Dinamarca ocupada no va a venir a preguntarme si debemos producir armas nucleares!
 
 
H. ¡No, pero tarde o temprano, si logro mantener el proyecto bajo mi control, el gobierno Alemán va a venir a preguntármelo a mí! ¡Me van a preguntar se debemos o no seguir adelante! ¡Yo voy a tener que decidir qué contestarles!
 
 
B. Entonces tienes una salida fácil para tus dificultades. Simplemente diles la verdad tal y como me la acabas de decir a mí. Diles lo difícil que va a resultar. Y quizá se descorazonen. Quizá pierdan el interés.
 
 
H. ¿Pero Bohr, cuáles serían las consecuencias si logramos fracasar?
 
 
B. ¿Qué puedo yo decirte que tú no sepas?
 
 
H. Hubo un reportaje en un periódico de Estocolmo diciendo que los americanos estaban trabajando en la bomba atómica.
 
 
B. ¡Ah! Ahora lo veo, ahora lo veo. Ahora entiendo todo. ¿Tú crees que yo estoy en contacto con los americanos?
 
 
H. Quizá. Es posible. Si alguien en la Europa ocupada está en contacto con ellos, tendrías que ser tú.
 
 
B. ¿De modo que sí quieres saber acerca del proyecto nuclear aliado?
 
 
H. Sólo quiero saber si existe. Una insinuación. Una pista. Si los aliados están fabricando una bomba, ¿qué estoy eligiendo para mi país? Dijiste que sería fácil imaginar que uno pudiera tener menos amor por su país si es pequeño e indefenso. Sí, pero también sería un error pensar que uno quiere menos a su país porque resulta que está del lado equivocado. Alemania es el país en que nací […]
 
 
B. Pero mi querido Heisenberg, no hay nada que yo pueda decirte. Ignoro si hay un proyecto nuclear aliado.
 
Años después...
 
H. La noche después de Hiroshima Oppenheimer dijo que ése era su único pesar. Que la bomba no haya sido producida a tiempo para usarse sobre Alemania.
 
 
B. Se atormentó después.
 
 
H. Después sí. Nosotros al menos nos atormentamos un poco antes ¿Alguno de ellos se detuvo a pensar, siquiera un instante, en lo que estaban haciendo? ¿Lo hizo Oppenheimer? ¿Lo hicieron Fermi, o Teller, o Szilard? ¿Lo hizo Einstein cuando le escribió a Roosevelt en 1939 instándolo a financiar las investigaciones para la bomba? ¿Lo hiciste tú cuando escapaste de Copenhague dos años después para ir a Los Álamos?
 
 
B. ¡Mi querido Heisenberg, no estábamos haciendo una bomba para Hitler!
 
 
H. Tampoco estaban arrojándola sobre Hitler. La estaban arrojando sobre quien estuviera a la mano. Sobre hombres y mujeres ancianos en la calle, sobre las madres e hijos. Y si la hubieran producido a tiempo hubiera sido sobre mis compatriotas. Mi mujer. Mi hijos. Ésa era la intención ¿o no?
 
 
B. Ésa era la intención […]
 
 
B. Bien sabes por qué los científicos aliados trabajaron en la bomba.
 
 
H. Desde luego. Por miedo.
 
 
B. El mismo miedo que los consumía a ustedes. Porque temíamos que ustedes estuvieran trabajando en lo mismo.
 
 
H. ¡Pero Bohr, tú podías habérselos dicho!
 
 
B. ¿Decirles qué?
 
 
H. ¡Lo que te dije en 1941! ¡Que la decisión está en nuestras manos! ¡En las mías, en las de Oppenheimer! ¡Que si yo puedo decirles la verdad cuando me pregunten, la simple y descorazonante verdad, también él puede!
 
 
B. ¿Esto es lo que quieres de mí? No que te diga lo que los americanos están haciendo, ¿sino que los detenga?
 
 
H. Decirles que juntos podemos detenerlo.
 
 
B. ¡No tenía yo ningún contacto con los americanos!
 
 
H. Pero sí con los británicos.
 
 
B. Sólo más tarde.
 
 
H. La Gestapo interceptó el mensaje que les enviaste sobre nuestra reunión.
 
 
B. ¿Y te lo pasaron a ti?
 
 
H. ¿Por qué no? Comenzaban a confiar en mí. Es lo que me dio la posibilidad de mantener los eventos bajo control.
 
 
B. No es por criticar, Heisenberg, pero si éste es tu plan para venir a Copenhague, es… ¿cómo pudiera decirlo? De lo más interesante.
 
 
H. No es un plan. Es una esperanza. Ni siquiera una esperanza. La hebra microscópica de una posibilidad. Una posibilidad muy remota. ¡Aunque digna de intentarse, Bohr! ¡Sin duda digna de intentarse! ¡Pero ya estás demasiado alterado para entender lo que estoy diciendo!
 
 
M. ¡No, está alterado porque está comenzando a entender! Los alemanes expulsan a la mayoría de sus mejores físicos porque son judíos. Estados Unidos y Gran Bretaña los acogen. Ahora resulta que esto tal vez ofrece una esperanza de salvación. Y entonces tú vienes aullando con Niels, a rogarle que los convenza de que la abandonen […]
 
 
H. Otto Hahn quiere pegarse un tiro, porque fue él quien descubrió la fisión y ve sus manos llenas de sangre. Gerlach, nuestro coordinador con los nazis, quiere morirse porque sus manos están vergonzosamente limpias. Sin embargo ustedes lo hicieron. Ustedes fabricaron la bomba.
 
 
B. Sí.
 
 
H. Y la usaron sobre blancos vivientes.
 
 
M. ¿Estás sugiriendo que Niels hizo algo indebido en Los Álamos?
 
 
H. Claro que no. Bohr jamás ha hecho algo indebido.
 
 
M. La decisión había sido tomada mucho antes de que Niels llegara. La bomba se habría fabricado con o sin Niels.
 
 
B. En todo caso yo jugué una parte muy pequeña.
 
 
H. Oppenheimer dijo que hiciste una gran contribución.
 
 
B. Espiritual quizá. No práctica.
H. Fermi dice que fuiste tú el que diseñó el disparador de la bomba de Nagasaki.
 
 
B. Propuse una idea.
 
 
M. ¿Estás sugiriendo que hay algo que Niels debe explicar o defender?
 
 
H. Nadie espera que Bohr tenga que explicar ni defender nada. Es un hombre profundamente bondadoso.
 
 
B. No es cuestión de bondad. Me fue ahorrado el tener que tomar una decisión.
 
 
H. Sí, y a mí no. De modo que he pasado los últimos treinta años de mi vida explicándome y defendiéndome. Cuando fui a los Estados Unidos en 1949 muchos físicos ni siquiera me daban la mano. Manos que habían fabricado la bomba no querían tocar la mía.
 
 
M. Déjame decirte, si crees que estás aclarándome las cosas, no es así.
 
 
B. Margrethe, entiendo sus sentimientos.
 
 
M. Yo no. ¡Estoy enfadada como tú antes! Es tan fácil hacerte sentir culpable. ¿Por qué habría de transferirte su carga? ¿Qué hace después de venir a consultarte? ¡Regresa a Berlín y les dice a los nazis que puede producir bombas atómicas!
 
 
H. Pero hago énfasis en la dificultad para separar el 235.
 
 
M. Les dices acerca del plutonio. […]
 
 
H. Pero no le digo a Speer que el reactor…
 
 
M. …va a producir plutonio, no, porque temes lo que sucedería si los nazis le dedicaran grandes recursos y tú no les entregaras una bomba. ¡Por favor, no trates de decirnos que eres un héroe de la Resistencia!
 
 
H. Nunca pretendí ser un
héroe.
 
 
M. Tienes habilidad para esquiar tan rápido como para que nadie puede localizarte. Para ocupar más de una posición al mismo tiempo, como una de tus partículas.
 
 
H.  A diferencia de la mayoría de las acciones de los heroes de la Resistencia. ¡Funcionó! Sé lo que piensas. Piensas que debí unirme al complot contra Hitler y que me colgaran como al resto.
 
 
B. Claro que no.
 
 
H. No lo dices, porque hay cosas que no pueden decirse. Pero lo piensas.
 
 
B. No.
 
 
H. ¿Qué hubiera logrado? Y puede que tengas razón. En efecto, tenía miedo de lo que pudiera suceder. Estaba consciente de estar del lado de los ganadores… ¡Tantas explicaciones para todo lo que hice! ¡Muchas de ellas sentadas alrededor de la mesa del almuerzo! En algún lugar en la cabecera está, me parece, la verdadera razón por la cual vine a Copenhague…
 
Traducción
Armando Jinich.
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como citar este artículo

Frayn, Michael y (Traducción Jinich, Armando). (2001). Copenhague (fragmentos). Ciencias 63, julio-septiembre, 26-29. [En línea]
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Entre oreja y oreja
 
 
 
Susana Biro
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Queda aún tanto por averiguar acerca del órgano que estás utilizando para leer esto, pero lo que se conoce es fascinante. Algunas de las funciones simples que compartimos con otros animales
—como movimiento voluntario, visión o tacto— se comprenden mejor. Otras, como la memoria o el aprendizaje, son todavía un misterio. En el pasado, los estudios del funcionamiento del cerebro humano se limitaban a hacer observaciones, ya sea de cerebros muertos o del comportamiento de quienes portaban uno vivo. En esa época los casos patológicos, en los cuales el cerebro hubiera sufrido algún daño, eran muy útiles para conocer más acerca de las funciones asociadas a la zona dañada. Desde hace mucho tiempo se hacen experimentos con animales, y más recientemente una amplia experimentación con humanos ha sido posible gracias a la utilización de técnicas no invasivas, como los estímulos eléctricos o químicos y la medición con resonancia magnética.
 
El sitio dana.org es un buen punto de partida; un “todo lo que usted siempre quiso saber” sobre el cerebro. Se trata de la página de una organización filantrópica en la cual se abordan todos los temas relacionados con la mente desde la “adicción” hasta el “Tourrette” (síndrome retratado en la película Niagara, Niagara). Dicha organización publica tres boletines dirigidos al público en general, con noticias y artículos de fondo. Su sección de actividades y recomendaciones para niños es pequeña pero sustanciosa.
 
Actualmente el cerebro se estudia a dos niveles: desde la neurología y desde la psicología. Recurriendo a la analogía tan utilizada para este tema, se estudia el hardware y el software. La obra de Oliver Sacks resulta muy interesante precisamente porque combina ambas formas de acercarse al tema. Sacks es un neurólogo clínico y divulgador de su disciplina. Probablemente se le conozca por su libro El hombre que confundió a su mujer con un sombrero, o por la película Despertares. En libros tan entretenidos como informativos aborda temas como la migraña, el daltonismo o la memoria. El sitio oficial de este escritor, oliversacks.com, contiene descripciones de sus libros y datos sobre las traducciones existentes. Han puesto algunas entrevistas con el autor y un foro de discusión sobre los temas relacionados con su obra. Tal vez lo más interesante de este sitio son los sitios que recomienda. Como siempre, es mejor que nos recomiende alguien que sabe.
 
Mientras funciona, no estamos muy conscientes de esto que llevamos entre oreja y oreja. Es cuando nos falla que nos acordamos de él. La memoria es una de las funciones que, cuando olvidamos, nos hace recordar que tenemos cerebro. Su estudio es una de las ramas más interesantes de la investigación de este órgano. Las preguntas que se hacen actualmente los investigadores sobre la memoria son ¿cómo se almacena?, ¿dónde queda?, ¿cómo recordamos? Y las respuestas se buscan por todos los medios posibles.
 
El sitio del Museo de Ciencias de San Francisco, Exploratorium, tiene una exposición virtual sobre la memoria (exploratorium.edu/memory), la cual fue inaugurada junto con una exposición real en 1998 y, a diferencia de ésta, es permanente. Aborda el tema desde muchos ángulos y con varias técnicas. Por ejemplo, para entender la anatomía de la memoria se nos presenta la disección del cerebro de un borrego. Mediante fotografías y videos se muestran las zonas asociadas, por ejemplo, a memoria de corto y largo plazo. Por otro lado, para ponernos a pensar un poco acerca de cómo funciona nuestra memoria, se incluye una serie de experiencias en torno del aspecto visual de recordar.
 
Se han puesto en línea todas las conferencias sobre el tema que se dieron durante la exposición real. Se trata de charlas de divulgación que estuvieron a cargo de expertos en las diferentes disciplinas que estudian la memoria. Escuchar, por ejemplo, acerca del efecto que tiene el estrés sobre esta función es prácticamente como haber asistido a la conferencia. La otra forma de saber más acerca de este vasto y aún poco conocido tema es siguiendo sus excelentes ligas a otros sitios.
 
En un tono de cavilación sobre el tema, hay una sección sobre arte y memoria. Ahí aparece, entre otros, un reportaje sobre Franco Magnani, un artista italiano con una extraordinaria memoria visual exclusivamente acerca de su pueblo natal. Por cierto, la historia de este pintor, y una explicación del caso, aparece en el libro de Sacks Un antropólogo en Marte.
 
Uno de los relatos en el libro de El hombre… de Sacks ilustra muy bien la complejidad del asunto de la memoria. Se llama “Reminiscencia” y trata sobre una mujer de más de noventa años que repentinamente empieza a escuchar música en su cabeza. Por un tiempo oye baladas de la Irlanda de su infancia continuamente. Luego estos eventos se vuelven más esporádicos y finalmente desaparecen. Observando con un electroencefalograma, se encuentra que tiene una pequeña zona del lóbulo temporal infartada y que cuando escucha la música le dan leves ataques de apoplejía. Cuando el doctor Sacks le ofrece administrar cierta medicina para reducir los ataques, ella no acepta pues disfruta evocar su infancia hace tanto tiempo olvidada. En este caso se combinan la parte claramente fisiológica —daño en una parte del cerebro— y la psicológica —la infancia recobrada. La relación es compleja y comprenderla requiere conocimiento y sensibilidad en ambas áreas, como muestra Sacks.
 
Probablemente queda más por descubrir de lo que ya se sabe acerca del cerebro.
Algunos expertos opinan que las dos vías por las cuales se está estudiando van a converger, y que se podrá explicar todo con la neurofisiología. Lo que es seguro es que éste es un tema del cual valdrá la pena estar pendientes.
 
Susana Biro
Dirección General de Divulgación de la Ciencia,
Universidad Nacional Autónoma de México
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como citar este artículo

Biro, Susana. (2001). Entre oreja y oreja. Ciencias 63, julio-septiembre, 39-40. [En línea]
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  de flujos y reflujos
 
     
Y sin embargo se mueve
 
 
 
Ramón Peralta y Fabi
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Sí, y de una manera que Galileo Galilei no hubiera imaginado, nuestro planeta parece tener una vida propia que lo mantiene activo e inquieto.
 
La Tierra y la mayoría de los miembros de la familia que circunnavega a la estrella más cercana tienen más en común de lo que se creía antes de que las sondas espaciales nos mandaran imágenes de Venus, Marte o la Luna.
 
El siglo xx fue la sede temporal de varias revoluciones científicas que influirán en el pensamiento de las generaciones venideras; la que concierne a la Tierra es una de ellas.
 
Las revoluciones intelectuales toman su tiempo en llegar al dominio público. Las ideas de Isaac Newton en torno a la mecánica celeste, que pone en una misma base conceptual al movimiento de los planetas, las galaxias y las manzanas, y las preocupaciones de sobrepeso de una parte del género humano, es sólo una muestra. Más recientes, e igualmente importantes, son la teoría de la evolución de Charles Darwin y la teoría de la relatividad de Albert Einstein, y las teorías modernas del átomo, de la genética y de la Tierra, que son de paternidad múltiple; en realidad todas tienen un linaje aristocrático largo y rico al que poco damos crédito. Con justeza y humildad, Newton, con una mente privilegiada, afirmó que si podía ver más lejos que los demás era porque estaba sobre los hombros de quienes lo antecedieron.
 
Si se tuviera que asociar a una persona lo que podríamos llamar la teoría de la Tierra, sería Alfred Wegener quien tendría ese privilegio. Nació en Berlín en 1880 y estudió hasta obtener un doctorado en Astronomía Planetaria. Pronto su interés se dirigió a la climatología y la paleoclimatología, áreas en las que ganó un merecido prestigio. En 1915 presentó el resultado de sus investigaciones en la primera formulación coherente de la teoría de la deriva continental. Sobre la base de que las costas americana y africana tienen un parecido que sugiere que estuvieron juntas en algún remoto pasado, y que las semejanzas estratigráficas y de registros fósiles de cada lado difícilmente podrían ser casuales, Wegener escribió su obra clásica El origen de los continentes y los océanos, usando campos muy variados del conocimiento, anticipando la necesidad del concierto de diversas disciplinas en la solución del problema y reflejando la complejidad del mismo. Sin poder ver la aceptación de su teoría, murió congelado en su cuarta expedición en Groenlandia cuando buscaba más evidencia para apoyar sus ideas, midiendo el grosor del hielo “tierra” adentro.
 
A mediados del siglo xix, la Tierra se consideraba un sitio rígido que evolucionaba debido al proceso natural de enfriamiento, a través del vulcanismo; el diluvio y otras actividades punitivas de origen divino, con los hundimientos resultantes, eran vistos como excepciones bíblicas, pero se usaban para “explicar” algunas características terrestres. Por la erosión del agua y el viento, las montañas decrecían llenando valles y mares.
 
Los cataclismos, imaginados o reales, son una de las formas simples para explicar las evidencias. Una cómoda virtud es la de no necesariamente hacer predicción alguna. Es más fácil decir que al hermanito se lo llevó una nave espacial, que ya se fue, que ir a buscarlo. Otra virtud es que sólo es preciso invocarlos una vez para justificar un hecho particular. Así, por ejemplo, el Diluvio Universal nos quita la preocupación de entender cómo es que entre las cañadas altas de los Alpes suizos hay restos fósiles de vida marina o foraminíferos del Triásico en el Muschelkalk alemán.
 
La visión opuesta, llamada uniformismo, es todavía la dominante y postula que todos los procesos en acción hoy día, operando durante largos periodos de tiempo, son suficientes para explicar la historia geológica y el estado presente de las cosas. El panorama que hoy tenemos, más afín a esta forma de imaginar la dinámica terrestre, requiere la determinación de estas fuerzas en permanente acción para explicar por qué la Tierra es como es y a dónde va. Las ideas centrales de la concepción moderna pueden resumirse en forma muy esquemática de la siguiente manera.
 
La distribución de temperaturas en la Tierra es muy probablemente debida a la combinación de varios efectos. Una rápida (de cien mil a diez millones de años) acreción de material durante su formación, hace unos 4.6 miles de millones de años; la energía cinética no tuvo tiempo de ser liberada y el material primigenio permaneció en estado líquido, al menos en las regiones externas. Una acreción violenta, por colisión con diversos objetos (cometas, asteroides y planetoides), en las etapas iniciales del sistema solar, que volvió a licuar buena parte del planeta, varias veces. En esa época se “hundieron” los materiales pesados y “salieron a flote” los más ligeros, proceso llamado de diferenciación, dando lugar a la estratificación en un núcleo sólido, debido a las altas presiones, un manto líquido y la corteza, todos de composición y dinámica distintas; esta última tiene un grosor medio de 10 km en el fondo oceánico y hasta 40 km en la masa continental. Un tercer mecanismo, señalado por el mismo Wegener, es la radiactividad, descubierta un par de décadas antes, en la que átomos pesados inestables, como el uranio y el torio, decaen en átomos más ligeros liberando energía en el proceso; éste sigue siendo la fuente de calor en el interior terrestre y en otros objetos del sistema solar.
 
Desde 1906, estudiando la propagación de las ondas sísmicas (la forma en que los geofísicos “ven” el interior de la Tierra, y hoy la tomografían con notable precisión), se había establecido el carácter líquido del manto; conocida ahora como una doble capa de material que cubre de los 10 a los 2 980 km de profundidad (manto superior, de 10 a 400 km, una zona de transición o mesosfera, de 400 a 650 km, manto inferior, de 650 a 2 890 km). De esta misma manera, en 1926 se conocía la existencia de un núcleo de más de 3 000 km de grosor. Recientemente establecido como un núcleo externo líquido de 2 890 a 5 150 km y un núcleo interno sólido de 5 150 a 6 370 km, todo parece indicar que gira a una velocidad ligeramente distinta a la del resto del planeta, lo que podría explicar los cambios registrados en la polaridad magnética de la Tierra.
 
En 1929 Arthur Holmes propuso que las variaciones de la temperatura en el interior y el estado líquido del manto serían suficientes para que circulara el material y transportara el calor del interior al exterior (corrientes convectivas) en forma más eficiente, como lo hace cualquier líquido en circunstancias semejantes. Este mecanismo es ahora uno de los más aceptados como motor del movimiento de las placas, las cuales son arrastradas al flotar sobre la capa superior del manto.
 
La propuesta de la tectónica de placas, esencial en la teoría, fue hecha en la década de los sesentas del siglo pasado, siendo Harry Hess el más importante de los muchos que participaron en darle la forma que actualmente tiene. Dos ingredientes determinantes fueron la asociación hecha por Patrick Blackett entre las observaciones geomagnéticas y la deriva continental, más de una década antes, y el conocimiento de la distribución espacial de los sismos en todo el planeta. De acuerdo con ella, la litosfera, la capa superficial de la Tierra que incluye a la corteza y llega a 60 km de profundidad, está formada por ocho placas rígidas grandes y más de veinte pequeñas, que se mueven e interaccionan; sobre estas placas se asientan los continentes o partes de ellos. A lo largo de las activas y extensas cordilleras oceánicas, marcadas por múltiples fallas, se genera litosfera nueva que va desplazando al fondo marino hasta llegar a las trincheras marinas o zonas de subducción, donde se desliza hacia el interior de la Tierra y da lugar a intensa actividad volcánica y sísmica. En el proceso crípticamente descrito aquí, se da pie a la colisión o a la ruptura de masas continentales, reconfigurando dramáticamente la topografía de la Tierra; el choque de la placa Euro-Asiática con la India, montada en la placa Indo-Australiana, se hace evidente en la formación de la cordillera de los Himalaya, región que hace apenas cincuenta millones de años era plana como una moneda.
 
Con muy diversa y robusta evidencia es ahora bastante claro que la distribución de la superficie caminable del planeta ha cambiado sustancialmente en los últimos quinientos millones de años. Cuando la deriva continental es invertida en el tiempo, hasta unos ciento ochenta millones de años, con los grandes reptiles en febril actividad, los continentes estaban todos unidos en un supercontinente, llamado Pangea por sus futuros pobladores.
 
La falta de un mecanismo convincente para justificar la deriva continental dio lugar a que la propuesta de Wegener fuera ignorada por la mayoría de quienes trabajaban en el campo, durante más de tres décadas. Cabe señalar que quienes habían hecho suya la propuesta fueron objeto del desprestigio, junto con la burla o el enojo de reconocidos geofísicos. Que los hechos no fueron suficientes para que la comunidad aceptara la teoría y buscara los argumentos y evidencias que hacían falta para completar el esquema, muestra como el prejuicio puede prevalecer en una actividad que supone no hacerlo. Es cierto que faltaban elementos clave para dar contenido y predictibilidad al modelo de la Tierra que se iría a conformar, pero las bases estaban presentes desde el inicio y los hechos eran inexplicables con las concepciones de entonces.
 
Es frecuente pensar que la ciencia avanza de manera inexorable hacia la Verdad (sic), construyendo sistemática y objetivamente un edificio intelectual, armónico con la arquitectura de lo ya diseñado y edificado, lográndose la visión consistente que hoy tenemos. Ojalá. No es así y no lo ha sido, aunque saberlo puede ser la clave para superarlo, diría el sentido común o un psicoanalista. La historia de cómo y qué hemos aprendido de Gaia, nuestra amable anfitriona, ilustra bien cómo la ciencia, a pesar de todo, se mueve…
 
Ramón Peralta y Fabi
Facultad de Ciencias,
Universidad Nacional Autónoma de México.
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como citar este artículo

Peralta y Fabi, Ramón. (2001). Y sin embargo se mueve. Ciencias 63, julio-septiembre, 47-49. [En línea]
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