revista de cultura científica FACULTAD DE CIENCIAS, UNIVERSIDAD NACIONAL AUTÓNOMA DE MÉXICO
Busca ampliar la cultura científica de la población, difundir información y hacer de la ciencia
un instrumento para el análisis de la realidad, con diversos puntos de vista desde la ciencia.

 

       
 
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Popol Vuh
las antiguas historias Quiché

 

 
   
   
     
                     
                     
 
Ésta es la relación de cómo todo estaba en suspenso, todo en
calma, en silencio; todo in­mó­vil, callado, y vacía la exten­sión del cielo.

Ésta es la primera relación, el primer discurso. No había to­davía un hombre, ni un animal, pájaros, peces, cangrejos, árboles, piedras, cuevas, ba­rran­cas, hierbas ni bosques: sólo el cielo existía.

No se manifestaba la faz de la tierra. Sólo estaban el mar en calma y el cielo en toda su extensión.

No había nada junto, que hiciera ruido, ni cosa alguna que se moviera, ni se agitara, ni hiciera ruido en el cielo.

No había nada que estu­vie­ra en pie; sólo el agua en re­po­so, el mar apacible, solo y tran­quilo. No había nada dotado de existencia.
Solamente había inmovi­lidad y silencio en la oscuridad, en la noche. Sólo el Creador, el Formador, Tepeu, Gucumatz, los Progenitores, estaban en el agua rodeados de claridad. Estaban ocultos bajo plumas verdes y azules, por eso se les llama Gucumatz. De grandes sabios, de grandes pensadores es su naturaleza. De esta manera existía el cielo y también el Corazón del Cielo, que éste es el nombre de Dios. Así contaban.

Llegó aquí entonces la pa­labra, vinieron juntos Tepeu y Gucumatz, en la oscuridad, en la noche, y hablaron entre sí Tepeu y Gucumatz. Hablaron, pues, consultando entre sí y meditando; se pusieron de acuerdo, juntaron sus palabras y su pensamiento.

Entonces se manifestó con claridad, mientras meditaban, que cuando amaneciera debía aparecer el hombre. Entonces dispusieron la creación y crecimiento de los árboles y los bejucos y el nacimiento de la vida y la creación del hombre. Se dispuso así en las ti­nie­blas y en la noche por el Corazón del Cielo, que se llama Huracán […] Entonces ­vinieron juntos Tepeu y Gucumatz; entonces con­fe­ren­cia­ron sobre la vida y la claridad, cómo se hará para que aclare y amanezca, quién será el que produzca el alimento y el sustento.

—¡Hágase así! ¡Que se llene el vacío! ¡Que esta agua se retire y desocupe (el espacio), que surja la tierra y que se afir­me! Así dijeron. ¡Que aclare, que amanezca en el cielo y en la tierra! No habrá gloria ni grandeza en nuestra creación y formación hasta que exis­ta la criatura humana, el hombre formado. Así dijeron.

Luego la tierra fue creada por ellos. Así fue en verdad co­mo se hizo la creación de la tie­rra: —¡Tierra!, dijeron, y al instante fue hecha […] Luego hicieron a los animales peque­ños del monte, los guardianes de todos los bosques, los genios de la montaña, los venados, los pájaros, leones, tigres, serpientes, culebras, cantiles (víboras), guardianes de los bejucos.

Y dijeron los Progenitores: —¿Sólo silencio e inmovilidad habrá bajo los árboles y los be­jucos? Conviene que en lo sucesivo haya quien los guarde.
 
Así dijeron cuando medita­ron y hablaron en seguida. Al punto fueron creados los venados y las aves. En seguida les repartieron sus moradas a los venados y a las aves. —Tú, venado, dormirás en la vega de los ríos y en los barrancos. Aquí estarás entre la maleza, entre las hierbas; en el bosque os multiplicaréis, en cuatro pies andaréis y os sostendréis. Y así como se dijo, así se hizo.
Luego designaron también la morada a los pájaros peque­ños y a las aves mayores: —Vo­sotros, pájaros, habitaréis sobre los árboles y los bejucos, allí haréis vuestros nidos, allí os multiplicaréis, allí os sacudiréis en las ramas de los árboles y de los bejucos. Así les fue dicho a los venados y a los pájaros para que hicieran lo que debían hacer, y todos ­tomaron sus habitaciones y sus nidos.

De esta manera los Proge­nitores les dieron sus habitaciones a los animales de la tierra.

Y estando terminada la crea­ción de todos los cua­drúpe­dos y las aves, les fue dicho a los cuadrúpedos y pájaros por el Creador y Formador y los Progenitores: —Hablad, gritad, gorjead, llamad, hablad cada uno según vuestra especie, según la variedad de cada uno. Así les fue dicho a los venados, los pájaros, leo­nes, tigres y serpientes […] Cuan­do el Creador y el Forma­dor vieron que no era posible que hablaran, se dijeron entre sí: —No ha sido posible que ellos digan nuestro nombre, el de nosotros sus creadores y formadores. Esto no está bien, dijeron entre sí los Progenitores […] Por esta razón fueron inmoladas sus carnes y fueron condenados a ser comidos y matados los animales que exis­ten sobre la faz de la tierra.

Así, pues, hubo que hacer una nueva tentativa de crear y formar al hombre por el Crea­dor, el Formador y los Progenitores.

—¡A probar otra vez! Ya se acercan el amanecer y la auro­ra; ¡hagamos al que nos sustentará y alimentará! […] que nos sustenten y alimenten. Así dijeron.

Entonces fue la creación y la formación. De tierra, de lo­do hicieron la carne (del hombre). Pero vieron que no estaba bien, porque se deshacía, estaba blando, no tenía movimien­to, no tenía fuerza, se caía, estaba aguado, no movía la ca­beza, la cara se le iba para un lado, tenía velada la vista, no podía ver hacia atrás. Al principio hablaba, pero no tenía entendimiento. Rápidamen­te se humedeció dentro del agua y no se pudo sostener.

Y dijeron el Creador y el Formador. Bien se ve que no puede andar ni multiplicarse. Que se haga una consulta acerca de esto, dijeron.
 
Entonces desbarataron y deshicieron su obra y su crea­ción. Y en seguida dijeron: —¿Có­mo haremos para per­fec­cionar, para que salgan bien nuestros adoradores, nues­tros invocadores? […] En seguida les hablaron a aque­llos adivinos, la abuela del día, la abuela del alba, que así eran llamados por el Creador y el For­mador, y cuyos nombres eran Ixpiyacoc e Ixmu­cané […]
—Echad la suerte con vues­tros granos de maíz y de tzité. Hágase así y se sabrá y resultará si labraremos o tallaremos su boca y sus ojos en madera. Así les fue dicho a los adivinos.
 
A continuación vino la adivinación, la echada de la suerte con el maíz y el tzité. —¡Suerte!
Entonces hablaron y dijeron la verdad: —Buenos saldrán vuestros muñecos hechos de madera; hablarán y conversarán sobre la faz de la tierra.

—¡Así sea!, contestaron, cuando hablaron.

Y al instante fueron hechos los muñecos labrados en madera. Se parecían al hombre, hablaban como el hombre y poblaron la superficie de la tierra.

Existieron y se multiplicaron; tuvieron hijas, tuvieron hijos los muñecos de palo; pero no tenían alma, ni entendi­mien­to, no se acordaban de su Creador, de su Formador; caminaban sin rumbo y andaban a gatas.

Ya no se acordaban del Co­razón del Cielo y por eso cayeron en desgracia. Fue solamente un ensayo, un intento de hacer hombres. Hablaban al principio, pero su cara estaba enjuta; sus pies y sus manos no tenían consistencia; no tenían sangre, ni sustancia, ni humedad, ni gordura; sus mejillas estaban secas, secos sus pies y sus manos, y amarillas sus carnes.

Por esta razón ya no pensaban en el Creador ni en el Formador, en los que les daban el ser y cuidaban de ellos.

Éstos fueron los primeros hombres que en gran número existieron sobre la faz de la tierra […]
En seguida fueron aniquilados, destruidos y deshechos los muñecos de palo, y recibieron la muerte.

Una inundación fue produ­cida por el Corazón del Cielo; un gran diluvio se formó, que cayó sobre las cabezas de los muñecos de palo.

De tzité se hizo la carne del hombre, pero cuando la mu­jer fue labrada por el Creador y el Formador, se hizo de espadaña la carne de la mujer. Estos materiales quisieron el Creador y el Formador que entraran en su composición.
 
Pero no pensaban, no hablaban con su Creador y su Formador, que los habían hecho, que los habían creado. Y por esta razón fueron muertos, fueron anegados. Una ­resina abundante vino del cielo. El llamado Xecotcovach llegó y les vació los ojos; Camalotz vino a cortarles la cabeza; y vino Cotzbalam y les devoró las carnes. El Tucumbalam lle­gó también y les quebró y ma­gu­lló los huesos y los ner­vios, les molió y desmoronó los huesos.

Y esto fue para castigarlos porque no habían pensado en su madre, ni en su padre, el Corazón del Cielo, llamado Hu­racán. Y por este motivo se os­cureció la faz de la tierra y comenzó una lluvia negra, una lluvia de día, una lluvia de noche.

Así fue la ruina de los hom­bres que habían sido crea­dos y formados, de los hombres hechos para ser destruidos y aniquilados: a todos les fueron destrozadas las bocas y las caras.

Y dicen que la des­cen­den­cia de aquéllos son los mo­nos que existen ahora en los ­bosques; éstos son la muestra de aquéllos, porque sólo de palo fue hecha su carne por el Crea­dor y el Formador.

Y por esta razón el mono se parece al hombre, es la mues­tra de una generación de hombres creados, de hombres formados que eran solamente muñecos y hechos solamente de madera […].

He aquí, pues, el principio de cuando se dispuso hacer al hombre, y cuando se buscó lo que debía entrar en la carne del hombre.

Y dijeron los Progenitores, los Creadores y Formadores, que se llaman Tepeu y Gucumatz: “Ha llegado el tiempo del amanecer, de que se termine la obra y que aparezcan los que nos han de sustentar y nu­trir, los hijos esclarecidos, los vasallos civilizados; que aparezca el hombre, la humanidad, sobre la superficie de la tierra.” Así dijeron.

Se juntaron, llegaron y celebraron consejo en la oscuridad y en la noche; luego buscaron y discutieron, y aquí re­flexionaron y pensaron. De esta manera salieron a luz cla­ramente sus decisiones y encontraron y descubrieron lo que debía entrar en la carne del hombre.

Poco faltaba para que el sol, la luna y las estrellas aparecieran sobre los Creadores y Formadores.

De Paxil, de Cayalá, así lla­mados, vinieron las mazorcas amarillas y las mazorcas blancas.
 
Éstos son los nombres de los animales que trajeron la comida: Yac (el gato de monte), Utiú (el coyote), Quel (una cotorra vulgarmente llamada chocoyo) y Hoh (el cuervo). Es­tos cuatro animales les dieron la noticia de las mazorcas amarillas y las mazorcas blancas, les dijeron que fueran a Paxil y les enseñaron el camino a Paxil.

Y así encontraron la comida y ésta fue la que entró en la carne del hombre creado, del hombre formado; ésta fue su sangre, de ésta se hizo la sangre del hombre. Así entró el maíz (en la formación del hombre) por obra de los Progenitores.

Y de esta manera se llena­ron de alegría, porque habían descubierto una hermosa tierra, llena de deleites, abundan­te en mazorcas amarillas y ma­zorcas blancas y abundante también en pataxte y cacao, y en innumerables zapotes, anonas, jocotes, nances, mata­sanos y miel. Abundancia de sabrosos alimentos había en aquel pueblo llamado de Paxil y Cayalá.

Había alimentos de todas clases, alimentos pequeños gran­des, plantas pequeñas y plan­tas grandes. Los animales enseñaron el camino. Y mo­lien­do entonces las mazorcas amarillas y las mazorcas blancas, hizo Ixmucané nueve bebidas, y de este alimento pro­vinieron la fuerza y la gordura y con él crearon los músculos y el vigor del hombre. Esto hicieron los Progenitores, Tepeu y Gucumatz, así llamados.

A continuación entraron en pláticas acerca de la creación y la formación de nuestra primera madre y padre. De maíz amarillo y de maíz blanco se hizo su carne; de masa de maíz se hicieron los brazos y las pier­nas del hombre. Única­men­te masa de maíz entró en la carne de nuestros padres, los cuatro hombres que fueron creados.
 
  articulos  
Fragmentos tomados del Popol Vuh. Las antiguas historias del Quiché, fce, México, 1947.
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como citar este artículo
sin autor. (2009). Popol Vuh. Las antiguas historias del Quiché. Ciencias 92, octubre-marzo, 14-17. [En línea]
     
 
     

 

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El maíz en México: problemas ético-políticos
 
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León Olivé
   
               
               
La problemática del maíz, como se ha ve­ni­do planteando en
México en las décadas re­cientes, tiene muchas aristas: económicas, sociales, culturales, éticas, políticas, agríco­las, alimentarias, técnicas y científicas, sólo para mencionar algunas. Hay dos temas de relevancia ético-política que deben tener un sustento en concepciones adecuadas de los sistemas técnicos, tecnológicos y científico-tecnológicos, y que son cruciales en estos momentos en México: 1) ¿Cómo debería enfrentarse socialmente la problemática de los organismos genéticamente modificados, en general, de las plantas transgénicas, en particular, y muy especialmente el cultivo de maíz transgénico? 2) ¿Por medio de qué tipos de mecanismos, y con la participación de quiénes, debería decidirse el tipo de tec­nología que tendría que adoptarse para incrementar la producción de maíz en nuestro país y, sobre todo, para ga­ran­tizar el autoabasto nacional?

Para responder a estas interrogantese es preciso pri­me­ro examinar diferentes maneras de concebir la ética, la ciencia y la tecnología, y mostrar que estas concepciones no son neutrales, sino que desempeñan un papel ideológico y tienen consecuencias importantes sobre las formas en que se considera correcto tomar decisiones con respec­to a los ámbitos científico-tecnológicos, especialmente los que afectan a la sociedad y al ambiente.

En efecto, las formas de entender la ética no son va­lo­rativamente neutrales ni están libres de intereses no filo­só­ficos y no epistémicos. Las concepciones de la ética, especialmente en relación con la ciencia y la tecnología, están ligadas a intereses políticos y económicos, y tampoco están libres de sesgos cul­turales.

Por ejemplo, desde cierto punto de vis­ta la bioética ha sido entendida como una éti­ca “principalista”, basada digamos en los lla­mados principios de Georgetown (be­ne­fi­cencia, no maleficencia, autonomía y jus­ticia). Esta concepción ha sido acu­sa­da de insensibilidad ante la diversidad cultural y valorativa que prevalece en el mundo, apar­te de que es afín a una visión verti­cal de las prácticas científicas y tec­nológicas, donde los principios éticos se im­ponen desde arri­ba y se excluye la par­ticipación de todos los involucrados para establecer las normas y valores pertinentes en contextos específicos.
 
En oposición a una concepción principalista de la bioé­tica puede proponerse que la tarea de ésta debe ser el aná­lisis crítico de la estructura axiológica de las prácticas so­ciales que tienen que ver con la vida, con sus condi­cio­nes de posibilidad y con su entorno. De esta manera, los ob­je­tos de análisis de la bioética incluirían, entre otras, a las prác­ticas médicas, las de investigación farmacológi­ca, las que afectan el ambiente, y en el caso de México y de mu­chos paí­ses de América Latina, todas aquellas in­vo­lu­cradas en la cadena de producción, distribución, trans­formación y con­sumo del maíz, en la medida que tie­nen que ver con el ambiente y con aspectos funda­men­ta­les de la vida huma­na, tanto desde una perspec­ti­va social y cultural, como in­dividual, muy especialmente con la nu­trición.

Las diferentes concep­cio­nes tienen distintas con­se­cuen­cias sobre las formas de responder a la pregunta que nos interesa. Por ejemplo, ¿quiénes deberían inter­venir en los procesos de críti­ca y, en su caso, modificación de las normas y valores que guían a las prácticas en la pro­duc­ción del maíz, su dis­tri­bu­ción, co­mercialización, transfor­ma­ción y consumo, tanto de se­millas como de los produc­tos derivados de su cultivo?

En relación con las prác­ti­cas médicas, bajo la con­cep­ción que aquí sugerimos se des­pren­de que los grupos que deben intervenir en el análi­sis y crítica de las normas y va­lores correspondientes no son sólo los médicos y en­fer­meros, ni sólo ellos junto con los funcionarios institu­cio­na­les responsables de los ser­­vi­cios de salud, sino que tam­bién deben participar los gru­pos sociales afectados, pa­­cien­tes, grupos unidos en tor­no a en­fermedades y pa­de­ci­mientos específicos, etcétera.
 
También las concepciones de la ciencia o de la tecnología que se utilicen tienen consecuencias para considerar si éstas son éticamente neutrales. La tesis de la neutralidad ética de la ciencia afirma que la ciencia está libre de va­lores morales, y que los únicos valores que deben im­pe­rar en la ciencia son los epistémicos, es decir aquellos que entran en juego para formular hipótesis y teorías, así como en la decisión de aceptarlas o re­cha­zarlas. Mediante una separación de los con­ceptos de “ciencia” y de “científicos”, esta posición considera que los científicos, como personas, ciertamente pueden enfrentar problemas éticos, y sus acciones es­tán sujetas a evaluación desde un pun­­to de vista ético. Por ejemplo el plagio o el fraude son éti­ca­mente condenables. Pero en tanto que el objetivo de la ciencia es pro­ducir co­no­cimiento, la evaluación acer­ca de si una propuesta de conocimiento está bien fun­dada y se trata de conocimiento autén­tico, de­pende de la correcta aplicación de normas y valores me­todológicos y epis­­té­micos, pero de ninguna manera éticos. De aquí apresurada e injustificadamente se concluye que la ciencia está libre de va­­lores no epistémicos. Otra cosa —para la posición que defiende la neutralidad ética de la ciencia— es que el conocimiento, una vez pro­du­cido, se use para bien o para mal. Pero desde el punto de vista de quienes defienden esta tesis, eso ya no es un pro­blema de la ciencia, ni de los científicos, sino de quienes la usan y la aplican (políticos, empresarios, militares, etcétera). Como veremos, esto es controvertible, por decir lo menos, pues depende de una concepción estrecha de la ciencia, que la reduce a sus productos: los conocimientos.
 
La tesis de la neutralidad ética de la ciencia se sostiene, pues, sobre la base de una concepción de la ciencia que la identifica con sus resultados. Pero existen otras formas de concebir a la ciencia que arrojan consecuencias muy dife­rentes sobre la tesis de la neutralidad. La ciencia pue­de con­cebirse no únicamente como el conjunto de los re­sul­ta­dos de las acciones de los científicos, sino como el con­junto de prácticas científicas que generan esos resulta­dos (los cono­cimientos). De acuerdo con esta concepción, los cono­cimientos forman parte de esas prácticas, y los cientí­ficos (las personas) también son elementos cons­titutivos de ellas.
 
Prácticas sociales y prácticas científicas
 
Para elucidar el concepto de “práctica científica” comen­te­mos primero el de “prácticas social”. Las prácticas so­cia­les están constituidas por grupos de seres humanos que rea­li­zan ciertos tipos de acciones intencionales y son, por tan­to, agentes. Además de los agentes, las prácticas in­clu­yen una estructura axiológica compuesta por los fines que se per­si­guen mediante esas ac­cio­nes, así como los valores y las normas in­vo­lucradas. Las acciones son guiadas por las representaciones (creencias, teorías y modelos) que tie­nen los agentes, y también involucran conocimiento tá­ci­to. Por lo general en todas las sociedades hay prácticas, por ejemplo, económicas, técnicas, educativas, políti­cas, re­crea­tivas y religiosas. En las socieda­des mo­der­nas hay además prácticas tecnológicas y cien­tíficas.
Las prácticas científicas son un tipo de prácticas sociales, que se ca­­racterizan porque el objetivo principal que se persigue en ellas es la generación de conocimiento, el cual es sancionado de acuerdo con va­lo­res y normas metodológicas propias de cada disciplina científica, las cua­les garantizan, humanamen­te ha­blan­do, que los resultados que satis­facen dichas nor­mas y valores constituyen cono­cimiento fiable, aunque falible.
 
Desde este otro punto de vista, en­tonces, la ciencia se entiende co­­mo un conjunto de prácticas que se desarrollan dentro de los sistemas de ciencia, que incluyen no sólo a las ins­ti­tu­cio­nes (centros, institutos, uni­versidades, etc.) donde se desa­rro­lla la ciencia en sentido estricto, sino tam­bién a las instituciones y agen­cias encargadas del diseño e im­ple­mentación de políticas cien­tí­fi­cas, como el conacyt, por ejemplo, e incluyen también a los órganos en­cargados de la enseñanza y de la comunicación de la ciencia. Así, por ejemplo, la Fa­cultad de Cien­cias de la unam, en tanto insti­tución en­car­gada de la formación de nuevos cien­tíficos y de profesores de ciencias, forma parte del sis­tema científico de México, y la revista Ciencias, en tanto que tiene por mi­sión la co­mu­nicación de la ciencia a un alto nivel, también.

Los conceptos de “práctica científica” y “sistema cientí­fico” son complementarios. De hecho la distinción se hace para fines del análisis únicamente, pues en la realidad social las prácticas científicas están insertas en sistemas científicos, y éstos no existen al margen de las prácticas; al contrario, los sistemas existen y se reproducen por me­dio de ellas. Con el concepto de “sistema científico”, por ejem­plo, se hace énfasis en las instituciones en las que se desarrollan las prácticas científicas (centros de investigación y enseñanza, universidades), así como en las que se diseñan y aplican las políticas científicas (instituciones como conacyt), incluyendo los procesos de evaluación (de individuos, de grupos y de instituciones), así como en las relaciones e interacciones entre todas ellas.

Una importante consecuencia de esta manera de con­cebir a la ciencia es que a partir de ella ya no es sostenible la tesis de su neutralidad ética. Pa­ra ver eso, basta reparar en que se le en­tiende como un conjunto de prác­ticas que con­sis­ten en grupos de agentes intencionales que reali­zan determinadas acciones con cier­tos propósitos, que uti­li­zan determina­dos medios para sus fines, y que de hecho generan resultados, algunos previstos y buscados inten­cio­nal­men­te, pero otros imprevistos y no buscados. Los medios utilizados, los fines que se bus­can, las intencio­nes, y los re­sultados de hecho pro­du­cidos, todo esto es sus­ceptible de evaluación desde un pun­to de vista ético.
 
Hay un caso histórico que ilustra esto con claridad. Se trata de uno de los episodios más citados en la his­to­ria de la ciencia donde se vio­la­ron las normas éticas más elemen­ta­les: la investigación sobre la sífilis en Tuskegee, Alabama, donde du­ran­te cuarenta años, entre 1932 y 1972, con el fin de obtener conocimiento científico acerca del desa­rro­llo de la enfermedad en pacientes que no recibían tratamiento alguno, se hizo un seguimiento de su evolu­ción en alrededor de 400 sujetos, to­dos ellos negros, sin informarles que realmente estaban enfermos de sí­fi­lis, haciéndoles creer que tenían otro padecimiento, sin ofre­cerles ningún tratamiento —co­mo el de la penicilina que se hizo común a partir de 1943—, y evitando que recibieran ayuda por parte de alguna otra institución. El experi­mento sólo se detuvo cuando surgió un escándalo nacional en los Estados Unidos a partir de una filtración de la información a la prensa. A partir de esta in­vestigación, hecha en nombre de la ciencia, para obtener conoci­miento científico, se redactó el llamado Informe Belmont, don­de se establecieron en los Estados Unidos los derechos de las personas que participen en investigaciones de ese estilo.
 
Podría replicarse que éste es un ejemplo inadecuado, porque esas situaciones ya no ocurren más. Al respecto ha­bría que decir que está por verse que en efecto ya no ocu­rran, es decir, necesitaríamos información empírica para determinar si tienen lugar o no. Pero en cualquier caso, la proliferación de comités de ética, no sólo en la práctica clínica, sino en la investigación en salud en general, es un reconocimiento de la existencia de una variedad de problemas éticos que surgen en la investigación misma, y no sólo en la aplicación de los conocimientos.

En cualquier caso, el ejemplo anterior muestra que es indispensable evaluar los medios que se utilizan, aunque el fin que se busque, y el principal resultado de he­cho, sea genuino y puro conocimiento científico.

Algo análogo puede decirse con res­pec­to de la tecnología. Suele reducirse la tec­nología a los artefactos, o en todo caso a los artefactos más las técnicas por medio de las cuales éstos se producen, en­ten­diendo por técnicas a los conjun­tos de reglas, instrucciones y habilidades para transformar objetos. De nueva cuenta, el problema de concebir así a la tecnología es que se excluye a los sujetos que tienen intenciones, buscan determinados fines, utilizan ciertos medios para lograrlos, y obtienen de hecho ciertos resultados que tienen consecuencias en la sociedad y en el ambiente.

Pero existe otra forma de entender a la tecnología, tam­bién como un conjunto de prácticas que se desarrollan dentro de un determinado sistema conformado por insti­tu­cio­nes, empresas, industrias, organismos de regulación (que otorgan o niegan permisos para la fabricación y distribución de determinados artefactos) y que están encargados de establecer políticas, etcétera.

Bajo esta concepción, las prácticas tecnológicas, a di­fe­ren­cia de las científicas, están orientadas no ha­cia la ge­ne­ración de conocimiento, sino a la trans­formación de ob­jetos, que pueden ser materiales o simbólicos, aunque muchas veces para ello generan nuevo conocimiento. No necesa­riamente buscan satisfacer un valor de mercado, como lo ilustra el caso de mucho del tra­bajo que se ha ve­nido rea­li­zando en torno al software libre en nuestros días, pero es cierto que en las sociedades cuya economía se rige por el mercado, la tendencia dominante es que las prác­­ticas tecnológi­cas generen productos con un valor de cam­bio que se realiza en el mercado.

Las prácticas tecnológicas incluyen co­no­­ci­miento tácito que las hace posibles, pero ade­más están basadas en conoci­­mien­tos que pro­vienen en gran medida de prác­ti­cas distintas. Una de las características de las prác­ti­cas tec­nológicas es que nece­sa­ria­­mente deben basarse en conocimien­tos científicos, aun­que no exclusivamente en ellos.

Esta propuesta distingue entonces en­tre prácticas téc­ni­cas y tecnológicas, re­ser­vando el término de “tecnología” para aque­llas prácticas cuyo objetivo central es la trans­for­ma­ción de objetos mediante pro­cedimientos que se bene­fician del co­no­ci­miento científico. Las prácticas técni­cas, en general, son aquéllas que transforman objetos sin hacer uso nece­sa­riamente del conocimiento científico.

Transformaciones en los sistemas de ciencia y tecnología
 
Las prácticas científicas y tecnológicas que conocemos ac­­tualmente se vinieron conformando a partir de la revo­lución científica de los siglos XVI y XVII y de la revolución industrial del XVIII, y claramente subsisten hasta nuestros días. Sin embargo, en el siglo XX sucedió otra revolución, la que algunos autores han llamado la revolución tecnocientífica.

Dicha revolución consiste en el surgimiento, clara­men­te desde mediados del siglo xx, pero no sin antece­den­tes significativos, de prácticas generadoras y transfor­ma­do­ras de conocimiento que no existían antes. En ellas se ge­ne­ra conocimiento, se transforma y ahí mismo, en su seno, ese conocimiento se incorpora a otros productos, materia­les o simbólicos, que tienen valor añadido por el hecho mis­mo de incorporar ese conocimiento. Dicho valor normalmente se debe a que los resultados de esas prácti­cas tienen un valor que se realizará en el mercado, o bien por­que son útiles para mantener el poder económico, ideoló­gico o militar (por ejemplo técnicas de propaganda o de con­trol de los medios de comunicación).

El conocimiento y la técnica, en tanto que permiten trans­formar la realidad natural y social, han sido aprovechadas por muchos grupos humanos para satisfacer sus necesidades, y también han sido puestas al servicio de quie­nes han detentado el poder político, económico y mi­­li­tar desde los principios de la humanidad. Eso no es ningu­na novedad. Pero lo inédito en la historia es que las nue­­vas prácticas “tecnocientíficas” tienen una estructura distinta a las prácticas científicas y tecnológicas tradicionales, incluyendo sobre todo su estructura axiológica, por lo que requieren de novedosos criterios de evaluación, y tienen efectos importantes en las políticas de ciencia, tecnología e innovación.

Suele mencionarse al proyecto Manhattan (la cons­truc­ción de la bomba atómica) como uno de los primeros gran­des proyectos tecnocientíficos del siglo XX. Otros ejemplos paradigmáticos de tecnociencia hoy en día los encontramos en la investigación espacial, en las redes satelitales y telemáticas, en la informática en general, en la biotec­no­logía, en la nanotecnología, en la genómica y en la pro­teómica.

Los sistemas tecnocientíficos están conformados por gru­pos de científicos, de tecnólogos, de administradores y gestores, de empresarios e inversionistas y muchas veces de militares. Aunque no es una característica in­trín­se­ca de la tecnociencia, hasta ahora el control de los siste­mas tecnocientíficos ha estado en pocas manos, de élites políticas, de grupos dirigentes, de empresas trasnacionales o de mi­li­tares, asesorados por expertos tecnocientíficos. Éste es un rasgo de la estructura de poder mundial en virtud del cual, además del hecho de que el conocimiento se ha con­­ver­ti­do en una nueva forma de riqueza que ­pue­de reproducir­se a sí misma, también es una forma nove­do­sa de poder.

No es de sorprender, entonces, que los sistemas y las prácticas que mayores recursos económicos reciben hoy en día (públicos y privados) sean los tecnocientíficos, a diferencia de los científicos y tecnológicos que relativamente reciben ahora menos atención y financiamiento. Pero también las prácticas y sistemas tecnocientíficos son los que tienen mayores efectos sociales y ambientales.
 
¿Cómo evaluar y juzgar esos efectos? ¿Existe un con­jun­to de criterios, o es posible llegar a un consenso social so­bre un conjunto de criterios que permitan hacer una eva­luación desde un punto de vista unificado? Para res­pon­der a esta pregunta es necesario examinar la estruc­tura axiológica de las prácticas tecnocientíficas. Veremos que esa estructura explica que sea prácticamente imposible lle­gar a un consenso social sobre un único conjunto de cri­te­rios para evaluar las prácticas tecnocientíficas y sobre todo su impacto social y ambiental. Ésta es una de las ra­zo­nes fundamentales por las cuales la evaluación de las prácticas tecnocientíficas y la toma de decisiones con res­pecto a ellas trasciende el campo puramente cien­tífico y tecnológico para pasar al político. Se requieren acuerdos políticos y sistemas políticos de participación pública para realizar las evaluaciones, especialmente en ca­sos como el maíz, donde se afectan intereses de toda la sociedad.
 
Veamos primero la estructura axiológica de las prácticas tecnocientíficas, para pasar después a la propuesta de los mecanismos de evaluación y toma de decisiones que se­rían aceptables desde un punto de vista ético, y bajo una perspectiva política que tome en serio la democracia, es de­­cir como democracia participativa y no como mera democracia formal.

Estructura axiológica de la tecnociencia


Las prácticas científicas, en sentido estricto, nunca han es­ta­do orientadas a la producción de resultados con un va­lor de mercado, y jamás han sometido sus resultados a pro­ce­­sos de compra-venta en mercados de conocimiento. Por el contra­rio, si de algo se ha preciado y sigue pre­­ciándose la ciencia moderna es del carácter pú­blico de sus resultados. Así ha ­si­do des­de sus inicios, y así si­gue sien­do. Esto es, los valores que dominan den­tro de las prácticas cien­tíficas son sobre todo valores epis­témicos, aun­­que como hemos sos­te­ni­do, no de­jan de estar en jue­go valores éticos y otros como los es­téticos, pero el ob­je­ti­vo de la cien­cia tradicional al ge­nerar conocimien­to nunca ha si­do el de obtener ganancias econó­micas.

Sin embargo esto es radical­men­te distinto en las prác­ti­cas tec­no­cien­tíficas. En la estructura axiológica de éstas se encuentran valores eco­nó­micos como la ganancia fi­nan­cie­ra, o valores militares y políticos co­mo la ventaja para vencer y dominar a otros, junto con valores que aho­ra son considerados positivos por algu­nos sectores —si re­­dun­dan en un beneficio económico— y que afectan di­rec­ta­men­­te el dominio epistémico, tales co­mo la apropiación privada del conocimiento, y por tan­to el secreto y a veces hasta el plagio.

El filósofo español Javier Echeverría ha propuesto que en las prácticas tecnocientíficas pueden estar presentes 12 tipos de valores (sin pretender exhaustividad y re­co­no­­cien­do que no en toda práctica tecnocientífica están ne­ce­saria­mente todos ellos), a los cuales podemos añadir un ti­po más, el de los valores éti­cos, haciendo una distinción entre moral y ética. Por moral entenderemos la moral po­sitiva, es decir, el conjunto de normas y valores mo­ra­les de hecho aceptados por una co­munidad para regular las relacio­nes entre sus miembros. Por ética en­ten­deremos el conjunto de valores y de nor­mas racionalmente acep­ta­dos por comunidades con diferentes mo­rales positivas, que les permiten una convivencia ar­mo­­nio­­sa y pacífica entre ellos, y que in­clu­so puede ser cooperativa; el res­pe­to a la diferencia, así como la tolerancia horizontal, por ejemplo, son valores éticos fundamenta­les. Ba­jo esta concepción, la ética tie­ne la tarea de propo­ner valores y normas para la con­vivencia entre grupos con morales diferentes, los cua­les deben ser acep­­tables para cada uno de esos grupos por sus propias ra­zones. Éstos son: básicos (como la preservación de la vida con buena ca­lidad); epistémicos (como la ade­cua­ción de una teo­ría a los datos que per­miten su acep­ta­ción, la fecun­di­dad en las explicacio­nes, la sim­pli­­ci­dad en las pruebas); técnicos (co­mo la eficiencia o la efi­cacia); económi­cos (como la ganancia); militares (co­mo la victoria, la capacidad de intimidar al enemigo); jurídicos (como la propiedad); políticos (el poder); so­ciales (como la justicia social, la igualdad; pero también para otros los valores pueden ser la desigualdad, el prestigio, la riqueza); ecológicos (la preservación de la biodiversidad); estéticos (elegancia de una teoría o de una demostración matemática); religiosos (por ejemplo los involu­cra­dos en la investigación con em­briones o células troncales); morales (en el mis­mo tipo de investigaciones mencionadas arriba están involu­cra­dos también valores morales, por ejem­plo para quienes por creen­cias religiosas consideran que el em­brión es una per­sona); éticos (por ejemplo el va­lor del no sufrimiento inú­til de los animales, lo cual daría lu­gar a una norma­ti­vi­dad para que la investiga­ción con ani­males se haga bajo con­di­ciones que garanticen el menor sufrimien­to posible, y que los animales sean su­jetos de experimentos sólo cuan­do no haya otras opciones viables).
 
Esta complejidad axiológica da lu­gar a prácticas tec­no­científicas que aparentemente son similares, pero que real­mente se distinguen precisa­mente porque se separan en algún valor o en un grupo de ellos. Así, por ejemplo, una de­terminada práctica bio­tec­nológica, en­mar­cada en una empresa transnacional, puede responder de manera privilegiada al valor económico de la ganancia, su­bor­dinando los valores epis­témicos, es de­cir, en ella se vigilará que se cum­plan los valores epistémicos al nivel mínimo indispensable para lo­grar los resultados que se buscan en el or­den científico y tec­nológico, por ejem­plo que una determinada semi­lla trans­génica produzca una planta con determinadas carac­terísticas, pero el va­lor fundamental para hacer eso se­rá el de la ganancia, y probablemente no se actúe de acuer­do con cierto valor eco­lógico como podría ser el de pre­servar la bio­diversidad, evitando riesgos de con­ta­minación transgénica en otras variedades de la especie, como ha ocurrido con el maíz en México.

En cambio otra práctica biotecno­ló­gi­ca, por ejemplo de­sarrollada en el se­no de instituciones públicas de in­vestiga­ción, puede responder precisamente al valor de la pre­ser­vación de la biodiversidad, y en ella la generación de co­nocimiento no buscaría la ganancia económica, sino quizá el bien público. Por ejemplo, al hacer públicos los cono­ci­mientos generados en esa práctica no ha­bría ánimo de lu­cro, y se buscaría el fin de que tales conocimientos sean úti­les a la sociedad para tomar decisiones digamos en ma­teria de bioseguridad.

Por sus características, incluyendo su estructura axio­ló­gica, entonces, aunque aparentemente pertenezcan al mis­­mo campo (digamos a la biotecnolo­gía, o a la ingeniería genética), puede ha­ber prácti­cas tecnocientíficas que en rea­li­dad sean diferentes en función de los va­lo­res que asumen y a los cuales res­pon­den. Es­to ex­plica que en la arena so­cial con­tem­po­ránea sean inevitables las con­­­­fron­ta­cio­nes y choques entre grupos hu­­manos a la hora de evaluar prácticas tec­­no­cien­tí­ficas y sus resultados en la so­ciedad y en el ambiente, pues nor­mal­men­te lo ha­­rán con base en diferentes gru­pos de valores y respondiendo a distintos intereses.

La problemática del maíz en México está íntimamente ligada a la operación de determinadas prácticas tecnocientífi­cas, en la medida en que muchas de és­tas tie­nen el interés de colocar sus pro­duc­­tos en el mercado mexicano, respon­­dien­do principalmente a ciertos valores eco­­­nó­mi­cos, sobre todo el de la ganancia, que pri­vilegian por encima de otros co­mo la justicia social, la preservación de la bio­diversidad y el derecho de los cam­pe­­si­nos a realizar sus tradicionales prácticas productivas (de cultivo) que, para conti­nuar siendo tradicionales, deberían ha­cer­se sin semillas transgénicas.
 
La participación democrática

¿Significa lo anterior que no queda otro ca­mino que el en­frentamiento entre gru­pos con intereses y valores di­fe­ren­tes, don­de inevitablemente saldrá victorioso el más poderoso política y económicamen­te?

Si bien ésta es la triste situación que de hecho se ha da­­do hasta la fecha en México, no debemos caer en el error de pensar que es ine­vi­table y que así tie­ne que ser en vir­tud del desarrollo cien­tífico y tecnológico. Co­mo ade­lan­ta­mos antes, precisamente porque la estructu­ra axio­ló­gica de las práctica tecnocientí­ficas lleva a con­frontacio­nes en­tre grupos con intereses distintos, la resolución de esta pro­ble­má­ti­ca tiene que entender­se de manera po­lítica, en el me­jor senti­do de política que podamos asumir, a sa­ber, el de la bús­que­da de procedimientos y mecanismos para la toma de decisiones que afectan la esfera pública, los cua­les deberían re­sul­tar aceptables para to­dos los interesa­dos, siempre y cuando se acepte el su­pues­to de que nadie tiene de­recho a im­poner su punto de vista y an­teponer sus intereses particulares a los de los demás.

Desde luego el último supuesto no se da en México, y de ahí deriva la actual si­tuación en la cual unos grupos imponen sus intereses particulares aun en te­­mas tan básicos como el del maíz. Pero la idea anterior es­boza en sus rasgos ele­men­ta­les un prin­ci­pio de organización de­mo­crá­ti­co, en el sentido de de­mo­cra­cia par­ticipativa, no formal. Es de­cir, en un sentido en donde se reco­no­ce que la toma de decisiones debe ha­cerse, y los conflictos de­ben re­solverse, mediante su airea­­mien­­to en la esfera pública, a la cual to­dos tienen derecho de ac­ce­der y en la cual todos tienen de­recho a presentar y defender sus intereses particulares, y en don­de deben debatirse todas las posicio­nes presentadas, pero de la cual se espera que los resultados, por ejemplo una decisión acer­ca de qué tipo de tecnología resulta más conveniente para resolver el problema del abas­to de maíz en México, se deriven de acuerdos que sa­tisfagan el bien público, según como la mayoría entienda ese bien público.

Sistemas sociales científico-tecnológicos


Para responder a nuestras dos preguntas iniciales, el primer paso sería reconocer que una problemática como la del maíz en México no debe enfocarse como un asunto ex­clusivamente científico-tecnológico (ni siquiera inclu­yen­do a las ciencias sociales, como la economía, la sociología o la antropología en la definición del problema y en la propuesta de soluciones). Es preciso concebirlo en todas sus dimensiones, que incluyen problemas ético-políticos, culturales, sociales y ambientales.

En virtud de la dimensión científico-tecnológica, desde luego que en el diagnóstico y en la formulación precisa del problema, así como en su discusión, en el debate de las pro­puestas de solución, y en la ejecución de las posibles medidas para resolverlo, deben participar expertos de las diferentes disciplinas científicas y tecnológicas invo­lu­cradas, de las ciencias naturales, de las exactas, de las so­ciales y de las humanidades.
 
Por otra parte, las soluciones requerirán decisiones en cuanto a políticas públicas, en el terreno de la agricultura, la economía, la salud, la edu­cación, la cultura, por lo que des­de luego deben participar tam­bién los responsables de la to­ma de de­cisiones en esos ámbitos. Pero en atención a las otras aristas, que afectan la vida de muchos grupos humanos, así como al ambiente en el que habitamos todos, y a la luz de la conclusión a la que llega­mos en la sección anterior de que no basta con la participación de po­líticos y de expertos, sino que en un problema de esta naturaleza es necesario que la solución pro­ven­ga de un amplio debate en la esfe­ra pública, entonces ciertamen­te en la definición del problema, en la propuesta y discusión de po­sibles soluciones, así como en su implementación, deben participar todos los interesados, con plena li­bertad para aportar al debate propuestas de acuerdo con su experiencia, sus conocimientos, sus deseos y sus ex­pec­tativas. La solución debería satisfacer a la mayoría de que se está preservando el bien común.

De lograrse algo como lo apuntado arriba, se habría cons­tituido lo que bien podríamos llamar una red socio-­cul­tural de innovación. Es decir, una red social que permita amplias interacciones y circulación de conocimientos, de opiniones y propuestas entre diferentes grupos sociales, con distintos puntos de vista e intereses y respondiendo a valores diferentes, pero que al final de cuentas genera un acuerdo satisfactorio para todos, que en la opinión ma­yo­ritaria preserva el bien común.
 
Podemos entender el concepto de innovación como refiriéndose a la capacidad de generar conocimiento y de aplicarlo mediante acciones que transformen a la so­cie­dad y su entorno, generando un cambio en artefactos, sis­temas o procesos que permiten la resolución de pro­ble­mas de acuerdo con valores y fines consensados entre los diversos sectores que están involucrados y que son afec­ta­dos por el problema en cuestión. A partir de lo anterior, las prác­ticas de innovación serían prácticas generadoras de co­nocimiento y transformadoras de la realidad, donde el cono­cimiento que producen tiene un valor añadido por­­que ta­les prácticas expresamente han constituido el proble­ma que tratan de resolver, en ellas se realiza investigación y se genera el conocimiento pertinente, incorporando conocimiento previamente existente, y trans­formando la realidad mediante acciones que tratan de re­solver el problema.

Las redes socio-culturales de innovación, entonces, in­­cluyen a miembros de comunidades de expertos de di­fe­ren­te clase —de las ciencias naturales y exactas, de las so­ciales, de las humanidades y de las disciplinas tecnológicas—, a gestores profesionales de los sistemas científico-tecnológicos, a profesionales de mediación que no sean sólo “divulgadores” del conocimiento científico, tecnológi­co y científico-tecnológico (que lleven mensajes sólo en el sentido de la ciencia y la tecnología a la sociedad), sino que sean capaces de comprender y articular las demandas de diferentes sectores sociales y llevarlas hacia el medio científico-tecnológico y facilitar la comunicación entre unos y otros.

Tales redes incluyen entre sus nodos a los sistemas don­de se genera el conocimiento, los procesos mediante los cuales se hace eso involucra circulación de información y conocimiento entre los nodos de la red, así como nu­merosas interacciones entre esos nodos. Pero estas redes también incluyen a los mecanismos que garantizan que tal conocimiento será aprovechado socialmente para satisfacer demandas de diferentes sectores, y por medios aceptables desde el punto de vista de quienes serán afectados. Esto significa que garantizan la participación de quie­nes tienen los problemas, desde la conceptualización y formulación del problema, hasta su solución. Por eso es in­dispensable la participación de representantes de los gru­pos que serán afectados y, en su caso, beneficiados, así como de especialistas de diversas disciplinas, entre las cua­­les necesariamente deben estar científicos sociales y humanistas.
 
Democracia, ciencia y tecnología

El debate sobre el maíz en México, la generación de más co­nocimiento para entenderlo mejor y para proponer so­lu­ciones pero, sobre todo, la posibilidad efectiva de diseñar y tomar medidas exitosas para su solución, requiere la constitución de redes socio-culturales de innovación. De esa manera se superarán los planteamientos que favorecen los intereses de las empresas transnacionales de semi­llas transgénicas, y de los grupos políticos y empresariales que actúan de acuerdo con esos intereses.

Pero mientras no se constituyan tales redes, en virtud de los riesgos que se corren mediante la importación de maíz transgénico, entre otros por ejemplo la introgresión genética en variedades criollas, así como riesgos culturales y sociales al afectarse prácticas tradicionales de cultivo que son constitutivas de las formas de vida de muchos grupos, lo adecuado desde un punto de vista ético sería hacer una aplicación juiciosa del principio precautorio, que es un prin­cipio ético que da pautas de acción en situaciones don­de los daños posibles son grandes y que pueden conducir a situaciones irreversibles de perjuicios al ambiente o a la sociedad, y que en un sentido amplio puede enunciarse como “la ausencia de certeza al nivel exi­gido usualmente para aceptar hipótesis cien­tíficas no es una razón suficien­te ­para posponer políticas ambientales o de con­trol de riesgos, así como medidas específi­cas de control, si el retraso en tomar ta­les medidas puede resultar en daños se­rios e irreversibles para la salud de los seres hu­manos o para el ambiente”.

En el caso del maíz en México, una de­cisión éticamen­te correcta, con base en el principio precautorio, sería que mientras no se desarrollen las redes socio-cul­turales que sean necesarias para debatir y tomar medidas para la solución del pro­blema alimentario y el abasto del maíz, no debería continuar la importación de se­millas transgénicas y el uso de tecnologías transgénicas en relación con el maíz. Esta conclusión se refuerza al tomar en cuenta que no existen ac­tual­mente los mecanismos sociales adecuados para eva­luar los riesgos en la sociedad, la cultura y el ambiente, por el uso de tecnologías que por ellas mismas generan una alta incertidumbre —es decir, que pueden pro­­ducir con­se­cuen­cias que son imposibles de prever en el momento de su apli­cación, co­mo en el caso de liberación de semillas trans­génicas al ambiente—, y mucho menos tenemos las instancias sociales que vigilen esos riesgos y que tengan la ca­pacidad de decisión y de acción adecuada para controlar debidamente los daños que pudieran lle­gar a ocurrir.
 
La conclusión es que mientras no existan redes socio-culturales de innovación que en pleno ejercicio democrá­tico pudieran decidir otra cosa en el futuro, por ahora debe buscarse el fortalecimiento y desarrollo de tecnologías tra­dicionales para el cultivo y transformación del maíz en la gran variedad de productos alimentarios y de otro tipo que de él se pueden derivar. Para esto se requiere un cam­bio ra­dical en las políticas públicas con respecto al campo, la agricultura, la educación, la eco­nomía, la cultura, la cien­cia y la tecnología en México. Pero esa transformación en las políticas públicas difícilmente se dará al mar­gen de un viraje en nuestro país hacia una so­ciedad auténticamente democrática, donde la gente participe en las discusiones públicas y en la toma de decisiones.
  articulos  
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como citar este artículo
Olivé, León. (2009). El maíz en México: problemas ético-políticos. Ciencias 92, octubre-marzo, 146-156. [En línea]
     

 

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Bioseguridad y dispersión de maíz transgénico en México
 
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José A. Serratos H.
   
               
               
Las políticas de bioseguridad en Mé­xi­co cumplen veinte años. El
primer per­mi­so para hacer pruebas en campo con un tomate modificado por in­ge­nie­ría genética fue solicitado a la Di­rección General de Sanidad Vegetal (DGSV) de la Secretaría de Agricultura (SAGARPA) en 1988 por productores de tomate de Sinaloa. Esa solicitud dio ini­cio a la bioseguridad en México, ya que el gobierno federal tenía que responder a esa novedosa solicitud fitosanitaria y para ello inició un proceso de consulta entre la comunidad cien­tí­fica, en particular del sector agrícola, y con las autoridades gubernamentales responsables de la bioseguridad en Estados Unidos y Canadá, prin­ci­pal­men­te de la Organización de la Pro­­tec­ción Vegetal de América del Norte (OPVAN, NAPPO por sus siglas en inglés). A partir de ese año, aunque muy inci­piente, el tema de la bioseguridad de los organismos genéticamente mo­di­fi­ca­dos (OGM) se empezó a discutir en pe­queños círculos de especialistas y en­tre algunos productores, particu­lar­­mente del norte del país.
 
Coincidente con esa primera solicitud de ensayo de tomate transgénico en México, se había negociado un tratado de libre comercio bilateral en­tre Estados Unidos y Canadá que entró en vigor el primero de enero de 1989. En ese tratado, algunos artículos del ca­pítulo agrícola incluían temas relacionados con regulaciones técnicas, por lo que se incluyeron artículos que impedían el establecimiento de ba­rre­ras regulatorias al comercio. En par­ticu­lar, el artículo 708 establecía explí­citamente que debían armonizarse los “requerimientos regulatorios técnicos y procedimientos de inspección, [para tomar] en cuenta estándares interna­cio­na­les apropiados”, y trabajar ha­cia “la eliminación, además de prevenir la introducción, de regulaciones técnicas y estándares que constituyan, o que pu­die­ran constituir, una res­tric­ción arbitraria, injustifi­cada o disfrazada contra el comercio bilateral”. Esos pá­rrafos constituyen el mode­lo básico de políticas neo­liberales encaminadas a la eliminación de regulaciones. En México, con el Tratado de Libre Co­mercio de América del Norte (TLCAN) se impondría ese modelo para facilitar el comercio de productos que, ya desde 1986, podrían ser OGM o derivados de ellos.

En 1992, con el inicio de negocia­ciones conducentes al tlcan, la mayoría de las regulaciones en la protección vegetal se armonizaron en los tres países y se integró un esquema preliminar para la bioseguridad de los OGMogm entre los tres socios co­mer­ciales. La Convención sobre Diver­si­dad Biológica (CDB) se llevó a cabo el mis­mo año y fue en ese foro en donde se delineó el uso responsable de la bio­­tec­nología, el principio precautorio y los primeros elementos para el esta­ble­cimiento del Protocolo de Car­ta­ge­na. El gobierno de México tuvo una par­ticipación activa en la Con­ven­ción y fue de los primeros países en fir­mar­la y ratificarla. Recordemos que en México la Secretaría de Medio Am­bien­te (SEMARNAT) es la entidad encargada de la CDB y por tanto competente para abordar la regulación de la biotecnología; sin embargo, la par­ti­cipación de la semarnat fue bas­tante marginal en bioseguridad.
 
En ese contexto, hacia 1993, un gru­po ad hoc de científicos de disci­pli­nas diversas, que años después se constituiría como el Comité Nacional de Bioseguridad Agrícola (CNBA), dis­cu­timos y propusimos la filosofía regulatoria y los principios que fue­ron el fundamento del sistema de bioseguridad mexicano en aquellos años. Carreón-Zúñiga, en ese en­tonces director de la DGSV, describió los fun­damentos que manejó el CNBA en sus inicios: “los principios científicos que forman la base de las revisiones y análisis de riesgos y peligros con relación a la introducción de OGM al ambiente, están derivados esencialmente de la Ecología. La suposición básica o hipótesis de trabajo es que los ecosistemas —y particularmente la biodiversidad— pueden ser alterados por la introducción de OGMs”. Aunque la SEMARNAT y sus dependen­cias en el área de ecología no partici­pa­ron directamente en el desa­rrollo de los principios en bioseguridad, se puede decir que el CNBA asumió las pre­­misas más estrechamente relacio­nadas con la Convención de la Diver­sidad Biológica que las establecidas en el TLCAN —eliminación de re­gu­la­cio­nes—, a pesar de que la influencia del tratado fue contundente en todas las esferas del desarrollo eco­nómico, político y social de México.

La hipótesis de trabajo manejada por el grupo ad hoc tuvo como base una regla que asentaba la carga de la prueba en los productores de OGM ya que, en la práctica, los solicitantes de permisos para pruebas de campo con OGM tendrían que demostrar que los ecosistemas no se alteran al introducir organismos transgénicos y que la biodiversidad no sufrirá efectos ne­ga­tivos al interactuar con ellos. En es­te sentido, entre 1992 y 1994, el grupo ad hoc trabajamos en el proyecto de Nor­­ma Oficial Mexicana (NOM) que de­be­ría establecer “los requisitos fito­sa­ni­tarios para la movilización interestatal, importación y estableci­miento de prue­bas de cam­po de organismos manipula­dos mediante la apli­ca­ción de in­geniería genética”. Junto con la NOM 68-FITO-1994, que fue el antece­den­te de la NOM de 1995 propuesta para el manejo de OGM, se forma­li­zaron y consolida­ron las actividades en bioseguridad del grupo ad hoc para convertirse en el CNBA. Este comité fue el encargado de la bio­seguridad en México de 1995 a 1999.
 
En aquellos años, la visión de la DGSV y del CNBA estaba dirigida a la pre­­vención y el enfoque de precaución con relación a los OGM. Incluso la DGSV, como integrante del Comité Eje­­cu­ti­vo de la NAPPO, en 1995 solicitó al se­cretario ejecutivo de esa orga­ni­za­ción incluir una tarea con relación a la des­regulación, en particular de OGM, para que el pa­nel de biotecno­logía de­sarrollara una norma que evi­tara que las decisiones de un país miem­bro pudiesen afectar a los países que fue­ran centros de origen y diversidad de plantas. Además, ese mismo año, al saber que la compañía Monsanto es­ta­ba a punto de lograr la desregula­ción en Estados Unidos de una línea de maíz transgénico resistente a le­pi­dópteros, el director de la DGSV envió un oficio al director del Servicio de Ins­pección Sanitaria Vegetal y Animal (APHIS por sus siglas en inglés) para manifestarle la preocupación de la dgsv por ese hecho.

En particular, se solicitaba al Dr. John Payne, director de APHIS, tomar en consideración que el maíz es una planta de polinización libre y que la desregulación implicaría una gran in­certidumbre con relación a la pureza genética del maíz no transgénico (ma­zorca, semilla o grano) que fuera exportado a México desde los Estados Uni­dos. Se argumentaba que la obli­ga­ción de México es “conservar el pa­tri­mo­nio y recursos genéticos que [le] con­fie­re ser centro de origen [del maíz]” y por lo tanto se hacía un aten­to llamado a tomar en cuen­ta esas con­si­de­raciones antes de desregular el maíz trans­génico. Desafortunada­men­te, el gobierno de Estados Unidos mi­ni­­mi­zó esos argumentos y así se perdió la opor­­tunidad de haber discutido, des­de entonces, la forma de enfrentar los pro­blemas que se originarían en Mé­xico derivados de la desregulación de maíz transgénico en Estados Unidos.
 
El mismo año se concluyó la norma oficial NOM 056 FITO 1995 (publi­ca­da en 1996) que contenía el trabajo de­­sarrollado antes en la NOM 68 FITO 1994. La norma de 1995 fue el instrumento que utilizó la SAGARPA con el ob­jetivo de “establecer el control de la mo­vilización dentro del territorio na­cio­nal, importación, liberación y eva­lua­ción en el medio ambiente o prue­bas experimentales de organismos manipulados mediante la apli­ca­­ción de ingeniería genética para usos agrícolas”, y para lo cual se formalizó el CNBA con la tarea de funcionar co­mo un órgano auxiliar de consulta y apo­yo en el análisis de información téc­ni­ca referida en la NOM 056. Es in­te­resante constatar que en uno de los con­si­de­ran­dos de la NOM 056 se es­tablece que “la introducción de los orga­nismos ma­nipulados mediante inge­nie­ría ge­néti­ca para aplicarse en agricultura, cons­tituye un alto riesgo por lo que su im­portación, movili­za­ción y uso en te­rritorio nacional, debe realizarse en es­tricto apego a medi­das de bioseguridad”. En ese sentido, se trató de que to­das las evaluaciones por parte del cnba fueran lo más cautelosas posibles, en particular en el caso del maíz.

Desde 1993 el grupo antecedente al cnba recibió una solicitud de per­mi­so para experimentación con maíz trans­génico por parte de investigadores del Centro de Investigación y de Es­tu­dios Avanzados (CINVESTAV). A par­­tir de esa primera solicitud, y hasta me­­dia­dos de 1995, todos los ensayos fue­ron en rea­lidad experimentos de es­ca­la mínima. En febrero de 1996 se le con­cedió al Cen­tro Internacional de Me­jora­mien­to de Maíz y Trigo (CIMMYT) el primer permiso oficial para llevar a cabo una prueba propiamente de cam­po en Tlal­tizapán, Morelos.
 
Es ilustrativo relatar el proceso pa­ra llevar a cabo esa primera liberación de maíz transgénico en campo, ya que permite conocer los elementos que tu­vieron que desarrollarse para lograr ese permiso. Un primer elemento fue la construcción de infraestructura. En el CIMMYT, junto con la construcción de su centro de biotecnología, se recons­tru­ye­ron varias unidades de invernaderos que fueron convertidos en los pri­me­ros y, al parecer, los únicos in­ver­na­de­ros bioconfinados para maíz transgénico en México. Asimismo, los laboratorios se adecuaron para el ma­nejo de material transgénico y se creó un Comité de Bioseguridad interno que desarrolló las reglas del manejo de OGM en laboratorio e invernadero, ade­más de dictaminar las solicitudes de los investigadores que deseaban establecer un experimento en campo, an­tes de que fuera enviado al CNBA. Por otra parte, en sus campos de experi­men­tación, previstos para las pruebas con maíz transgénico, se construyeron enrejados especiales, y en el lugar de almacenamiento de semilla transgéni­ca se implementó un sistema de tres lla­ves para la seguridad de ese germo­plasma. En comunicación con miembros del CNBA, los investigadores del CIMMYT lograron establecer las pri­me­ras experiencias de manejo de maíz trans­gé­ni­co en campo. En el CNBA, a su vez, la experiencia con el CIMMYT per­mitió delinear algunas normas que, se esperaba, serían básicas para cual­quier institución que manejara maíz genéticamente modificado (MGM).
 
A partir de 1996, y hasta enero de 1999, hubo un crecimiento significa­ti­vo de solicitudes de experimentación en campo con maíz transgénico. En la mayoría de los casos (20 ensayos) se trató de pruebas para medir la eficacia del maíz resistente al ataque de in­sec­tos lepidópteros o maíz Bt, por con­te­ner la endotoxina de la bacteria Baci­llus thuringiensis. Sin embargo, tam­bién se solicitaron permisos (8 en­sayos) ­pa­ra probar los dos tipos de maíz to­le­ran­te a herbicidas (Glifosato y Glufosinato). En dos casos (CIMMYT) se so­licitó per­miso para generar semilla trans­gé­nica al retrocruzar con polen de maíz nor­mal el jilote de plantas trans­génicas. En todos los casos, el área de campo uti­lizada no excedió una hec­tá­rea y se tomaron medidas de control para el manejo del material transgé­ni­co, prin­cipalmente: 1) no permitir la ma­du­rez sexual de la planta o desespigar to­das las plantas en el experi­mento; 2) ba­rreras físicas y biológicas alrede­dor de las pruebas; 3) personal califi­ca­do y autorizado para el manejo del ensayo; 4) destrucción o incineración de material transgénico remanente y de las ba­rreras biológicas en el caso de que se hubiera utilizado maíz.

En esos años (1995-1998) se apren­dieron y generaron méto­dos y técnicas que permitieron el manejo básico del maíz trans­gé­nico en condiciones experimentales supervisadas. El secreto era mantener los ensayos en su­per­fi­cies pequeñas y dentro de los lí­mites de control de las empresas o institu­cio­nes. En 1997 ya se tenían, bá­sica­men­te, los elementos preliminares pa­ra un escrutinio científico de las pruebas de campo en condiciones experimentales. Se sabía que en superficies de me­nos de una hectárea, con supervisión técnica, desfase de cul­tivo y barreras físicas y biológicas, es posible manejar en campo el maíz transgénico. Ade­más, se podían llevar a cabo poliniza­cio­nes experi­men­ta­les con maíz trans­génico incre­men­tando la astringencia de las medidas de bioseguridad y re­du­cir, aún más, el tamaño de la parce­la. Sin embargo, la siguiente escala en este proceso, el aumento en el tamaño de las parcelas experimentales y la gran cantidad de permisos que se estaban solici­tando eran motivo de preo­cupación en el CNBA.

Para algunos de nosotros las con­di­ciones del campo mexicano con re­la­ción a la agricultura del maíz eran, y siguen siendo, diametralmente di­fe­ren­tes a las que prevalecen en otros paí­ses, particularmente los Estados Uni­dos, en donde el agricultor está in­tegrado a un sistema agrícola dependiente de todos los insumos y la semi­lla que ven­den las empresas agro­industriales. En México, 75% o más de la su­per­ficie ara­ble dedicada al maíz está sem­bra­da con una gran diversidad de maí­ces de polini­zación libre y semilla criolla o acriollada. Los recursos para la adquisición de insumos agroquí­mi­cos son escasos y los campesinos y pro­duc­to­res de pequeña escala, que son los que resguardan la diversidad del maíz han sido abandonados du­ran­te casi tres décadas por la puesta en marcha de políticas públicas de cor­te neoliberal. Así, el CNBA em­pren­dió una discusión interna y un se­gun­do foro para refle­xionar acerca de los problemas potenciales que se generarían con las nuevas circunstancias del maíz transgénico y las acciones que se deberían implementar para en­frentarlas.

A pesar de la experiencia acumulada por el cnba y la información ge­ne­rada en dos foros cuyo tema central fue el manejo y bioseguridad del maíz transgénico, además de una cre­ciente participación de algunos sec­to­res de la sociedad en este tema, no hu­bo una respuesta clara del gobierno pa­ra apoyar las iniciativas en cuan­to al impacto del maíz transgénico pro­puestas por los científicos y la sociedad. Lo que sí hubo fue una presión muy fuerte de las empresas para rea­lizar pruebas “experimentales” de gran escala que involucraban superficies de varias hectáreas. En 1998 el CNBA ana­lizó nuevas solicitudes de las prin­cipales empresas para llevar a cabo ex­perimentos reiterativos, idénticos a los que ya se habían realizado pero en su­perficies mucho más grandes; sin em­bargo, la información que generaban no era adecuada para evaluar los ries­gos reales en las condicio­nes de la agri­cultura mexicana. En mi opinión, esas solicitudes tenían el pro­pósito de acelerar el proceso de desregulación tal como estaba sucediendo con el algodón transgénico para el cual ya en 1998 se pedían permisos con el fin de hacer ensayos en miles de hectáreas.
 
Después de varias reuniones internas y valorar la situación, con base en las experiencias de los permisos con­cedidos y las recomendaciones de especialistas en los foros, algunos miem­bros del cnba discutimos y enviamos una propuesta de moratoria pa­ra la liberación de maíz transgénico a la DGSV y SAGARPA. Aunque no se puede asegurar que fue nuestra ini­cia­tiva la que puso en mar­cha el es­ta­blecimiento de la moratoria de facto para las pruebas de campo con maíz transgénico, sí fue claro que se tomó co­mo un elemento clave en la decisión final. Hacia finales de 1998, sagar­pa implementó la moratoria de facto a través de la Subsecretaría de Agricul­tu­ra, en ese momento enca­be­zada por Francisco Gurría. En la prác­tica, la mo­ratoria empezó a funcionar en 1999.

Con la implementación de la mo­ra­toria se llevó a cabo una serie de cam­­bios en puestos clave de la SAGARPA, en particular la Subsecretaría de Agri­­cultura, y de manera relevante la crea­ción de la Comisión Intersecretarial de Bioseguridad y Organismos Gené­ti­ca­men­te Modificados (CIBIOGEM) con la que se desintegra al cnba. En 1999, a so­licitud de Ernesto Zedillo, se crea un comité ad hoc para elaborar un do­cu­­­men­to que sirviera de base pa­ra es­ta­ble­cer las acciones de gobier­no con re­la­ción a la bioseguridad. Ese docu­men­to fue el fundamento para la con­formación de la CIBIOGEM, sin embar­go, en el decreto presidencial de su crea­ción se modificaron sus­tan­cial­men­te los preceptos y la filosofía de bioseguridad que había desarrollado el CNBA.
 
El decreto de creación de la cibiogem marca las características que habría de tener esa Comisión y que con­serva hasta ahora. En el primer párrafo de los considerandos se anota “que a ni­­vel mundial se ha incrementado la aplicación de la ingeniería genética en vegetales y animales con diversos pro­­pósitos como los de aumentar la pro­duc­ción de la actividad agropecua­ria, la calidad de los productos, su re­sis­ten­cia a factores adversos, así como la ­vida en anaquel de los productos pe­re­ce­de­ros”; y continúa en el tercer pá­rrafo: “que nuestro país debe aprovechar los procesos que conducen a las innovaciones científicas y tecnológicas que en materia de biotecnología, biosegu­ridad y manejo de organismos genéti­camente modificados se están dando en los diferentes países del orbe”. Esto es, se parte de la descripción de las bon­dades de la biotecnología y en segundo término se coloca el objeto de la comisión: “Que siendo nuestro país centro de origen de múltiples especies y poseedor de una biodiversidad reco­nocida como una de las más elevadas del mundo, es prioritario para el Go­bier­no de la República asegurar que los ecosistemas y la biodiversidad no se vean afectados por la liberación de or­ga­nismos genéticamente modi­ficados”.

En particular, una de las funciones de la CIBIOGEM revela la filosofía de la re­gulación que fundamentaría a esa co­misión: “Determinar, de con­for­mi­dad con las disposiciones legales apli­ca­bles, criterios a efecto de que los trá­mites para el otorgamiento de auto­rizaciones, licencias y permisos a car­go de las dependencias, para la rea­li­za­ción de las actividades a que se refiere la fracción anterior, sean homogéneos y tiendan a la simplificación admi­nis­tra­ti­va”. Por fin las empresas lograban conseguir una de sus principales de­man­das desde los inicios de la biose­gu­ridad en México: la simplificación de la regulación. Posteriormente se rea­lizaron más modificaciones a la cibiogem con la publicación de la Ley de Bioseguridad y Organismos Ge­né­ti­camente Modificados en 2005.

En los años siguientes, los aconte­cimientos generados por el descubrimiento de maíz transgénico en Oaxaca dominaron el tema de la biosegu­ridad en el país. En la figura 1 se ilustran las investigaciones reportadas que se han realizado hasta ahora. Un trabajo re­cien­te de Mercer y Wain­wright re­por­ta información comple­men­taria a esos trabajos. Excepto por el trabajo de Quist y Chapela, entre 2000 y 2003 se producen investigaciones que se publican en medios in­for­males o sin revisión por pares. Sin embargo, en la mayoría de los casos fue­ron las insti­tu­ciones públicas y gu­ber­na­men­ta­les las que llevaron a cabo esos estudios. Los más importantes, y que están estrechamente relacionados, son los que se realizaron de 2001 a 2002 en Oa­xa­ca, Puebla y Jalisco ba­jo los auspi­cios del Instituto Nacional de Ecología (INE) en colaboración con conabio, y el de SAGARPA-CIBIOGEM en Oaxaca y Puebla.
 
A diferencia de una actitud de­fen­siva mostrada por las autoridades de SAGARPA y CIBIOGEM frente al estudio y la información proporcionada por Ig­na­cio Chapela, los investigadores Exe­quiel Ezcurra y sus colaboradores del INE y de la Comisión Nacional para el Uso y Conservación de la Biodiversidad (CONABIO) emprendieron una in­ves­ti­ga­ción que descubrió la presencia de maíz transgénico en los estados de Oaxaca y Puebla. Esos resultados fue­ron presentados en la Conferencia In­ternacional LMOS and the Environment en una sesión especial que organizamos como parte de la delegación me­xi­cana en el grupo de trabajo para la armonización de la bioseguridad (BIOT por sus siglas en inglés) de la Organización para la Cooperación y el Desa­rrollo Económico (OCDE).

Ezcurra y sus colaboradores dis­cu­ten en ese trabajo que, “ya que [los] análisis fueron hechos por medio de amplificación de la reacción en cadena de la polimerasa [en inglés Poly­me­­rase Chain Reaction PCR], la posibilidad de resultados falsos positivos no pue­de ser descartada totalmente. Si los resultados son corroborados […] se con­firmará definitivamente la pre­sen­cia de elementos transgénicos sem­bra­dos en México a pesar de la mora­to­ria a la siembra y cultivo de maíz trans­­gé­ni­co en el país”. Asimismo, estos in­­ves­ti­ga­do­res sugieren “un muestreo más extensivo —incluyendo milpas en mu­chas partes de México así como en po­blaciones silvestres de teo­cin­tle en ci­clos sucesivos de siembra [que per­mita] definir de manera más pre­­ci­sa las tendencias y los riesgos pa­ra la bio­diversidad”, por lo cual genera­ron un incentivo para la participación de las demás instituciones involucradas en la bioseguridad en ese momento.
 
A partir de la investigación del INE y CONABIO, la SAGARPA conformó un co­mité ad hoc de trabajo, en el que par­ti­cipamos investigadores de dife­ren­tes disciplinas e instituciones para llevar a cabo un estudio de gran mag­ni­tud en Oaxaca y Pue­bla. En las primeras reu­­niones del co­mi­té ad hoc se esta­ble­ció que era prioritario muestrear ex­ten­si­vamente el maíz de los dos es­tados, de­terminar el origen del maíz transgé­nico y hacer una estima­ción del gra­do de dispersión que pudiese ha­ber en ellos. Se mencionó es­pe­cí­fi­ca­men­te que el estudio no era de tipo académi­co, sino que debía con­si­de­rar­se un tra­bajo práctico para ge­ne­rar da­tos que sirviesen para informar a la so­ciedad acerca de la situación del maíz trans­génico en Oaxaca y Puebla, y las ac­cio­nes que la SAGARPA em­pren­dería ante esa problemática.

Ninguno de esos objetivos se cum­plió porque, como sabemos, estos re­sul­ta­dos nunca se dieron a conocer en Mé­xico, ni se establecieron programas, acciones o proyectos de gobierno para enfrentar esa situación. El silencio en el país con relación al estudio de SAGARPA-CIBIOGEM fue “compensado” con una escueta nota en un congreso ce­le­­brado en Beijing, China, a finales de 2002. Aunque el grupo ad hoc que lle­va­mos a cabo la investigación fuimos enviados al anonimato, sí se in­for­mó que “los resultados presentados por el gobierno mexicano han demos­trado que los transgenes tales como Cry1A se encuentran ampliamente difundidos en las razas locales del estado de Oaxaca”. Como se observa en la figura 1, la dispersión era alarmante, por­que además complementaba el primer re­porte del INE y CONABIO; sin embargo, la sociedad mexicana no fue ente­rada de este hecho, las autoridades no apli­caron el principio precautorio y sólo to­maron medidas superficiales de con­trol. Alrededor de un año después, el in­forme de SAGARPA-CIBIOGEM se co­no­ció en algunos círculos de la comu­ni­dad académica por medio de una pu­bli­cación formal en la revista Envi­ronmental Biosafety Research, que en realidad era sólo un resumen comentado del reporte oficial dado a conocer en Beijing en 2002.
 
Por su parte e independientemen­te del grupo ad hoc coordinado por SAGARPA-CIBIOGEM, investigadores del inifap realizaron de 2002 a 2003 un es­tudio en el estado de Oaxaca pa­ra la detección y determinación de la dis­­tri­bución y cuantificación de la in­mi­gra­ción de maíz transgénico en la en­ti­dad. En esa investigación se en­con­traron cinco parcelas con presencia de maíz transgénico, de un total de 162 mues­trea­das. Esas parcelas se locali­za­ron en algunos de los municipios en donde el primer informe de INE-CONABIO había encontrado maíz trans­génico (figura 1).
 
  articulos  
FIG1      
 
Con los resultados de esos tres es­tu­dios, en diferentes tiempos, lugares y metodologías, la CIBIOGEM, por con­duc­to de su comité consultivo cientí­fi­co, realizó un análisis somero y una síntesis de las conclusiones de esos trabajos, esto es, se confirmaba la pre­sencia de transgenes en el estado de Oa­xaca. Asimismo, sugerían que había una clara tendencia hacia la dismi­nu­ción de la presencia de maíz transgé­ni­co en Oaxaca. Aunque las principales recomendaciones de la CIBIOGEM fueron continuar y ampliar el muestreo de maíz en todo el país e informar a la sociedad de los resultados del monito­reo, lo único que se manejó en los me­dios de comunicación fue que la supuesta tendencia de disminución de la presencia de transgenes era evidencia de que el maíz transgénico estaba de­sa­pareciendo de la entidad, y que sólo era cuestión de tiempo para despreocu­parnos de la dispersión de maíz trans­génico en México.

Para complementar una estrategia a todas luces incongruente con los prin­cipios de bioseguridad, y a pesar de la información con la que contaba la SAGARPA, en coordinación con la CIBIOGEM se levantó en 2003 la morato­ria para las pruebas en campo con maíz transgénico. Con todas esas acciones se estaba pavimentando el camino pa­ra iniciar la desregulación del maíz trans­génico en México.
Sin embargo, una serie de protestas y acciones di­ver­sas de organizaciones de la sociedad y, de manera relevante, la denun­cia pública en 2002 ante la Comisión de Cooperación Ambiental (CCA) de Amé­rica del Norte por la contaminación del maíz nativo de Oaxaca con maíz trans­génico, contribuyeron a detener el pro­ceso de desregulación que se esta­ba ges­tan­do en ese momento.

El caso de la denuncia ante la CCA ha sido discutido extensivamente y el material de análisis, junto con el in­­for­me final y recomendaciones, con­tiene toda la información relevante a éste. Lo único que podría destacar es que el documento no fue bien recibido ni acep­­tado por los gobiernos de Es­ta­dos Unidos y Canadá y que, por otra par­te, el go­bierno mexicano mantuvo una po­si­ción débil y ambigua frente al estudio.

La ley mexicana de bioseguridad

La bioseguridad se ha definido como el conjunto de normas, procedimientos, lineamientos, medidas y acciones de prevención, control, remediación y mitigación de impactos negativos que pudieran surgir por el manejo, movili­zación, importación, exportación, trán­sito y liberación al ambiente de orga­nis­mos vivos modificados. En particular, el Protocolo de Cartagena establece en el artículo 1 que su objetivo es “con­tribuir a garantizar un nivel adecuado de protección en la esfera de la trans­fe­ren­cia, manipulación y utilización se­guras de los organismos vivos modificados resultantes de la biotecnolo­gía moderna que puedan tener efectos adversos para la conservación y la uti­lización sostenible de la diversidad bio­lógica, teniendo también en cuenta los riesgos para la salud humana, y cen­trán­do­se concretamente en los movimientos transfronterizos”. Este Protocolo, firmado por el estado mexicano el 24 de mayo de 2000, ratificado por el Senado de la República el 27 de agosto de 2002 y puesto en marcha el 11 de septiembre de 2003, es muy claro al en­fatizar que su propósito es la protec­ción de la biodiversidad en un mundo de países con divisiones políticas espe­cíficas, inmersos en un medio ambien­te común para todos.
 
Los antecedentes del Protocolo los encontramos en el Convenio sobre Di­versidad Biológica, en sus artícu­los, 1 (“Objetivos”), 16 (“Acceso y transfe­­ren­cia de tecnología”) y en particular el artículo 19, que se refiere a la “Ges­tión de la biotecnología y distribución de sus beneficios”, y que enuncia formalmente la participación de la tecnología, en general, y de la biotecnología, en particular, en la conservación y utilización sostenible de la diversidad. Sin em­bar­go, es claro a lo largo del texto que, aun­que se reconoce la importancia de la biotecnología, existe una preocupación legítima de todas las partes firmantes con respecto de la manipulación y uso de los organismos vivos modificados y su posible im­pac­to en la biodiversidad y sostenibilidad de los ecosistemas. Es por ello que el Principio 15 de la De­cla­ración de Río, en el que se define el enfoque de pre­caución para la protección de la biodiversidad, se con­vier­te en el fundamento del Protocolo de Cartagena. Por lo anterior podemos con­cluir que la biotecnología y sus pro­ductos, en par­ticular los organismos genéticamente modificados, desde la perspectiva de estos tratados internacionales de los que México es parte, son los elementos a ser supervisados, vigilados o regulados por un sistema que permita minimizar efectos adver­sos a la biodiversidad, los ecosistemas y la salud humana.
 
En su artículo 1, la Ley de biosegu­ridad y organismos genéticamente mo­dificados establece que su objetivo es la regulación de esos organismos, y en su redacción se puede identificar una gran concordancia con el Protoco­lo. Sin embargo, a partir del artículo 2 en su fracción XV se introduce por pri­mera vez el fomento a la investigación en biotecnología como uno de sus man­datos. Posteriormente, en el artículo 9, fracción VI del capítulo II se establece como un principio de bioseguridad el fomento a la investigación en áreas bio­tecnológicas. Aún más, en la fracción XII de este mismo artículo 9 se in­troduce como otro principio de bio­seguridad la necesidad de apoyar “el desarrollo tecnológico y la investigación científica sobre organismos gené­ticamente modificados que puedan con­tribuir a satisfacer las necesidades de la Nación”.

En la parte de coordinación y par­ti­cipación (Capítulo IV), con relación a las funciones de la CIBIOGEM, el ar­tícu­lo 20 específica que el Consejo Con­sul­tivo Científico es un órgano de con­sulta obligatoria en aspectos téc­ni­cos y científicos en biotecnología mo­­der­na y bioseguridad de organismos ge­né­ti­ca­mente modificados. Con respecto de la coor­dinación entre la federación y los estados (Capítulo V), se establece en el artículo 26 fracción VII que se de­be­rán determinar acciones “en el apo­yo a la investigación científica y tecno­lógica en bioseguridad y biotecnología”.

Finalmente, el capítulo VI de la ley está dedicado por completo al fo­men­to a la investigación científica y tecno­lógica en biotecnología y bioseguridad; de manera explícita se obliga al Estado a fomentar, apoyar y fortalecer la investigación en esas dos áreas. En par­ticular, se establece que: 1) se impulsará la investigación en biotecnología para resolver necesidades productivas específicas (Artículo 28); 2) se desa­rro­llarán programas de biotecnología y bioseguridad (Artículo 29) y; 3) el CONACYT deberá constituir un fondo para el fomento y apoyo a la investiga­ción en esas áreas en las que pueden participar dependencias, entidades y recursos de terceros (Artículo 31).
 
Al analizar esos artículos se puede concluir que hay una contradicción en esta ley que genera incongruencias con el objeto de la misma. Como se mencionó anteriormente, es la bio­tecnología y específicamente sus pro­ductos (OGM) los que deben estar re­gulados y supervisados. Al introducir el fomento y apoyo a la investigación en biotecnología junto con la bioseguridad, se introduce indebidamente al sujeto regulado dentro del sistema regulador; esto es, se le convierte en juez y parte. Una ley de bioseguridad debería sujetarse estrictamente a la re­gulación de los productos de la biotec­nología. Por otra parte, la bioseguridad es una actividad que requiere la parti­cipación concertada de muchas disci­plinas científicas. Con el mandato que hace esta ley para la participación, fo­mento y desarrollo de la biotecnología, se le está privilegiando y al mismo tiempo se excluye o minimiza la parti­cipación de diversas disciplinas científicas y tecnologías alternativas que quizá deberían tener un trato igual con respecto del manejo seguro de los ogm. En mi opinión esos artículos deberían modificarse y excluir a la biotecnología, o al menos especificar que la in­ves­­tigación en biotecnología deberá estar directamente vinculada a la bio­­seguridad. De otra manera, la con­tra­dic­ción sigue latente al mantener el mandato de apoyar y desarrollar la bio­tecnología en general.

Se debe enfatizar que los conceptos vertidos en el articulado del capítulo VI son importantes para el desarrollo del país, pero están en un lugar inadecuado. Esos artículos deberían es­tar en la Ley de Ciencia y Tecno­logía si lo que realmente se quiere es fo­men­tar la biotecnología para que con­tri­buya como una más de las alter­nativas tecnológicas que nuestro país necesita.

El maíz y el principio de precaución

Esta pieza clave del Protocolo es abor­dada en la fracción iv del artículo 9 del capítulo II de la LBOGM. Aquí se ha­ce una traducción literal del principio 15 de la declaración de Río: “cuando haya peligro de daño grave o irrever­si­ble, la falta de certeza científica ab­so­luta no deberá utilizarse como razón para postergar la adopción de medidas eficaces en función de los costos para impedir la degradación del medio am­biente”. Sin embargo, en el caso de la LBOGM se establece que el estado apli­cará este enfoque “conforme a sus ca­pacidades” con lo que se inutiliza la po­tencia del principio precautorio y se introduce un elemento de discreciona­lidad que puede resultar perjudicial, en este caso a la diversidad del maíz, por­que su protección estaría depen­dien­do de la importancia y prioridad que cada gobierno le asigne a esos re­cursos. En ese sentido, como hemos vis­to en párrafos anteriores, después de siete años de la primera noticia del hallazgo de transgenes en el maíz na­tivo de Oaxaca, las instituciones de go­bierno no han sido capaces de actuar de manera contundente bajo el prin­cipio precautorio para proteger el germoplasma de maíz nativo. Por el contrario, se ha permitido que el pro­ble­ma avance hasta un punto que se aproxima al no retorno.
 
Para la protección de la diversidad del maíz, en la LBOGM se incluyó un or­denamiento (Artículo 2 XI) que, en general, debe determinar las bases pa­ra el establecimiento de áreas geográficas libres de OGM y, en particular, un régimen de protección especial para el maíz por ser México centro de origen del cultivo. Sin embargo, los ar­tículos, definiciones y mecanismos aso­ciados al ordenamiento parecen ser inadecuados para asegurar una efi­ciente protección del maíz nativo en México.

Las definiciones de centro de origen, domesticación y diversidad en la lbogm son construcciones imprecisas de esos conceptos. Por ejemplo, la de­finición de centro de origen (Art. 3, VIII) incluye el proceso de domestica­ción, pero separa el factor de la diver­­si­dad trasladándolo a una segunda de­finición (Art. 3, IX). De esa forma rom­pe la unidad del concepto y re­du­ce el centro de origen al área en la que se domesticó el cultivo y no a su diver­sidad. En el caso del maíz, si se toma­ra al pie de la letra la definición de centro de diversidad como se enuncia en el artículo 3 fracción IX, no se podrían proteger regiones enteras de México que contienen una gran diversidad de maíz.

Un asunto preocupante es que los centros de origen y diversidad se de­ter­minarán por medio de un simple acuerdo conjunto de SEMARNAT y SAGARPA, según se establece en los artícu­los 86 y 87. En otras palabras, de una ma­nera tautológica los artículos 86 y 87 de la ley ordenan a SAGARPA y SEMARNAT determinar centros de origen y diversidad tal como ya están definidos de antemano, y para llegar a esas definiciones, la ley establece los crite­rios que deben tomarse para las deter­minaciones de los centros de origen y diversidad, en este caso, del maíz. De esa forma, me parece que se corre el riesgo de tomar decisiones tras­cen­dentales para el futuro del maíz nativo con criterios estrechos y rígidos que no corresponden al estado del conoci­miento científico.

El reglamento de la ley también es revelador porque afirma la locali­za­ción única del centro de origen para de­limitar la zona en la que se debe res­guardar el maíz nativo y el teocintle. Esta idea de focalización del centro de origen llevaría a establecer, si acaso, mu­seos de sitio en los que se supondría se originó el maíz (sin evidencias arqueológicas), y con los criterios im­pues­tos en la ley, los centros de diver­sidad estarían asignados a un puñado de localidades en donde se encuentre la intersección de los parientes silves­tres con las reservas genéticas que so­brevivan en la actualidad. Esos criterios son la negación de la realidad viva de la diversidad del maíz en Mé­xi­co, así como de la investigación en cuanto a los centros de origen.

La dispersión del maíz transgénico


Es difícil explicar con exactitud cómo se introdujo el maíz transgénico en México. Se han adelantado varias hi­pó­tesis como: 1) la siembra de grano trans­gé­ni­co proveniente de las im­por­taciones; 2) el contrabando o la intro­duc­ción ilegal de semilla; 3) programas oficiales de semilla sin supervisión —por ejemplo kilo por kilo—; 4) redes co­merciales de semilla en pequeña es­cala; 5) mala supervisión de las prue­bas de campo realizadas en el país. Sin embargo, es sumamente difícil obte­ner pruebas para aceptar o descartar cualquiera de estas hipótesis, lo más se­gu­ro es que sea una combinación de todos estos factores lo que favoreció la entrada de maíz transgénico en México. Por otra parte, hemos visto que, desde muy temprano en el desa­rrollo de la bioseguridad, se identifica­ron los problemas e impactos que se darían en la agricultura del maíz e in­cluso las posibles vías de entrada del maíz modificado genéticamente. Se ela­boraron recomendaciones que han resistido la prueba del tiempo, ya que se han reiterado una y otra vez en di­ferentes tiempos, circunstancias y con diferentes actores, y también se traba­jó para implementar las bases de la re­gulación con criterios científicos mul­tidisciplinarios. Sin embargo, el he­cho es que el maíz transgénico se ha intro­ducido en su centro de origen y desde entonces continúa su dispersión.

En mi opinión, los vaivenes en las políticas y estrategias gubernamenta­les para enfrentar este problema tuvie­ron una gran influencia en esta situa­ción. Nunca terminó de consolidarse una verdadera política de Estado en bio­seguridad, en particular para el maíz, al desperdiciar muchos años de experiencias con cambios inoportunos e improvisados que generalmente respondían a intereses coyunturales específicos. En mayor o menor me­di­da, significativamente durante los úl­ti­mos gobiernos, se ignoró la historia y se “rein­ventó” la bioseguridad sin apor­tar algo más de lo que ya se había tra­bajado. Por el contrario, por la falta de voluntad política y la compla­cen­cia con intereses particulares, se dieron pa­sos atrás en la conformación de un sistema de bioseguridad que fuese apro­piado para nuestro país.

Es insostenible la política de ocul­ta­miento que han seguido las insti­tu­cio­nes encargadas de la bioseguridad en México con respecto de la dispersión de maíz transgénico en nuestro te­­rri­to­­rio. En el futuro próximo, y cada vez con mayor frecuencia, conoce­remos más casos de introducción de maíz mo­dificado en diferentes estados del país, como los reportados re­cien­te­­men­te en el estado de Sinaloa y en el Distrito Federal.

Ante esta situación es urgente insistir en que se atiendan las aportacio­nes que los académicos y la sociedad han hecho para resolver este problema. Tal es el caso del Manifiesto por la Protección del Maíz Mexicano pu­bli­ca­do en el periódico El Universal en septiembre de 2006, en el que se re­su­mieron las propuestas de cien­tíficos y sociedad con relación al régimen de protección especial del maíz y en el que además se propuso la im­plemen­ta­ción de un Programa Multi­dis­ci­pli­na­rio de Protección de la Di­ver­sidad del Maíz Mexicano. En este sentido, recien­temente el Consejo Con­sultivo Científico ha coincidido exac­ta­mente con los argumentos y pro­pues­tas del Ma­ni­fies­to de 2006 en lo que se refie­re al régimen de protección es­pecial del maíz, incluido el Pro­grama de Pro­­tección del Maíz. Por ello, se pre­senta para el CCC una mag­ní­fi­ca opor­­tunidad de abrir la discusión de este tema, como lo ha so­licitado la so­cie­dad civil, y evitar el re­currente pro­ble­ma de responder a in­tereses políticos coyunturales. Ojalá que no se vuelva a ignorar la historia, para no repetirla.
 
     
Referencias bibliográficas

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como citar este artículo
Serratos Hernández, José Antonio. (2009). Bioseguridad y dispersión de maíz transgénico en México. Ciencias 92, octubre-marzo, 130-141. [En línea]
     
 
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El potencial de las variedades nativas y mejoradas de maíz
 
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 Alejandro Espinosa y colaboradores
   
               
               
México vive una falta de grano de maíz, que lo obliga a
im­portar siete millones de toneladas cada año. Su origen se ha­lla en la inadecuada estrategia agropecuaria que han se­gui­do los responsables gubernamentales, al considerar que convenía importar grano en lugar de producirlo bajo el argumento de que el precio internacional en términos re­lativos era menor al que se pagaba por tonelada aquí —por cada tonelada se ahorraban aproximadamente 20 dólares. Nunca se consideró que producirlo en el país tenía las ven­tajas invaluables de la derrama económica que genera la ocu­pación, el impacto social, ni la conservación de nuestra identidad ni aun la soberanía alimentaria.

La capacidad instalada para producir maíz en México no fue estimulada correctamente, desde 1994 no se otorgó apoyo a la producción y productividad de maíz, por lo que se ha erosionado la infraestructura y los elementos con que cuenta el país para incrementar la producción de este cultivo. El último golpe fue atestado por la entrada en vi­gor del tlc, por las desventajas comparativas de los agri­cul­tores mexicanos con respecto a los subsidios que se otor­ga a los productores de maíz en Estados Unidos, y la des­es­ti­mu­lación de su producción con el argumento de que so­braban miles de productores de maíz en el campo y debían de­dicarse a otros cultivos.

Asimismo, la investigación agronómica no recibió apo­yo, ni tampoco el acceso a fertilizantes, agroquímicos, in­sec­ticidas, herbicidas a precios justos, asesoría técnica, así como a tecnología desarrollada en México, que podría coad­yu­var a una mayor producción de maíz en el país, como es el caso de las semillas mejoradas creadas en instituciones na­cionales de investigación.
Una variedad mejorada se define como el conjunto de plantas con cierto nivel de uniformidad, producto de la apli­cación de alguna técnica de mejoramiento genético, con ca­racterísticas bien definidas y que reúne la condición de ser diferente a otros, y estable en sus características esen­­cia­les; generalmente tiene mayor rendimiento que las va­rie­da­des que le antecedieron, así como con­di­cio­nes favorables de calidad, precocidad, resistencia a plagas y en­­fermedades, y un potencial de uso para las regiones para las que se recomienda. Todas estas características la ha­cen de­­seable.
 
La semilla de variedades mejoradas, para una óptima ex­pre­sión de su potencial de rendimiento, requiere la apli­cación de los resultados de la investigación de otros com­­po­nen­tes tecnológicos tales como densidad de población, fertili­zación, fechas de siembra, labores de cultivo, apli­­ca­ción de herbicidas, así como otras recomendaciones para el co­rrec­to manejo del cultivo; sin embargo, una aspiración legítima de los investigadores genetistas es la de formar variedades que, con la simple sustitución de la semilla que le antecede, incrementa el rendimiento, la calidad o la carac­terística favorable de interés antropocéntrico que se busca obtener.
 
La obtención de una nueva variedad implica de 12 a 15 años de trabajo de investigadores de dife­ren­tes disciplinas (genetistas, fitopatólogos, entomólogos, fisiólogos, espe­cia­listas en semillas, etcétera), y existen casos don­de este pe­riodo se prolonga por mucho más tiempo y difícilmente se logra la liberación de materiales.
 
En México, desde 1942, el Instituto Nacional de Investi­gaciones Agrícolas (INIA), así como el Instituto de Investiga­ciones Agrícolas (IIA) y la Oficina de Estudios Especiales (OEE) —organismos antecesores del inifap— desarrollaron variedades mejoradas de diferentes cultivos, las cuales re­pre­sentaron para los agricultores mexicanos opciones de mayores ingresos, menor costo y tolerancia a enfermedades y factores limitantes de la producción. Las variedades mejoradas se inscriben ante el Catálogo Nacional de Varie­dades Vegetales (CNVV), que depende del Servicio Nacional de Inspección y Certificación de Semillas (SNICS); al es­tar las variedades registradas en el CNVV se incorporan en­ton­ces al proceso para obtener la calificación le­gal y contar con la certificación de la semilla. Cada nueva varie­dad debe ser evaluada por lo menos durante tres años y en caso de lograr rendimientos satisfactorios similares o su­­pe­riores a las variedades testigo comerciales, puede ser in­­corporada al Boletín de Variedades Recomendadas (BVR), pu­blicado por la sagarpa.
 
El inifap y sus antecesores desarrollaron, de 1942 a la fecha, 1 097 variedades de diferentes cultivos, debida­men­te inscritas, de las cuales 246 son variedades e híbridos de maíz. Ciertamente, las variedades mejoradas desarrolladas en algunos casos no han sido suficientes y debe reconocerse que en general la investigación, desde sus inicios, ha privilegiado la agricultura de mayor potencial productivo, por lo que tiene una deuda con la agricultura y los agri­cul­tores tradicionales y de subsistencia.

Un número importante de variedades de diferentes cultivos, principalmente de maíz y frijol, han sido de­sa­rro­lladas por instituciones como la uach, udg, uanl, unam, ­uaaan, pero sin ser inscritas ante le cnvv. Finalmente es­tán todas las variedades nativas o criollas, principalmente ­para autoabasto, que se siembra en 75% de la superficie na­cio­nal de cultivo de maíz, con las cuales evidentemente se con­tinuará sembrando de esa manera, con base en la se­lec­ción y mejoramiento tradicional.


Variedades mejoradas disponibles


Las variedades mejoradas disponibles tienen el potencial para lograr el in­cre­men­to en la producción de maíz que necesita México. En el inifap se ha rea­lizado mejoramiento genético a partir de 10 de las más de 50 razas na­tivas de maíz, desde hace décadas. Con ellas se ha podido cubrir las dis­­tin­tas provincias agronómicas. Hay maí­ces me­jorados para los quince grandes macroambientes, que con­sideran grandes regiones agroclimáticas del país (Tró­pi­co, Bajío, Al­­tiplano, Transición, Meseta semiárida del nor­te y Subtrópico semiárido, así como el uso de riego, hu­me­dad resi­dual o bien precipitación pluvial) y las cuatro pro­vincias agro­nó­micas de la tierra de la­bor (riego, muy bue­na, buena y me­diana productivi­dad) de cada una de ellas. Para es­tas 24 con­diciones agro­cli­máticas se han sucedido varias ge­nera­ciones de ma­te­ria­les genéticos cada vez más adap­ta­dos a sus condi­ciones agro­cli­máticas, con mayor resisten­cia a en­fermedades y con ma­yor potencial de rendimiento y uniformidad feno­tí­pi­ca. En total, desde la Ley de Semillas pro­mulgada en 1991, el inifap ha liberado 168 varieda­des me­jo­ra­das de maíz, de las cuales 84 son hí­bridos y 84 va­rie­da­des de polini­za­ción libre. Los híbridos han sido de­sa­rro­lla­dos para las pro­vincias agronómicas de mayor cali­dad, mientras que las va­riedades de polinización libre se aprove­chan en las pro­vin­cias agronómicas de me­nor cali­dad. El sis­tema uni­versitario pú­blico también ha de­sa­rro­lla­do y liberado maí­ces mejo­ra­dos, si bien sus con­tri­bu­cio­nes han sido puntuales.

Así, por ejemplo, en la superficie que constituye la suma de todos los macro ambientes de mediana productividad (estimada en 3.116 millones de hectáreas), el tipo de va­rie­dades más adecuadas son las variedades sintéticas de po­li­nización libre y las variedades e híbridos no convenciona­les como la V-229 (Comiteca), V-231 A (Teopisca), con adap­­ta­­ción a la Meseta Comiteca, V-233 (Bolita Sequía), reco­men­da­da para la Mixteca Oaxaqueña, V-235 y V-236, espe­cí­ficas para la Montaña de Guerrero, V-237, desarrollada para la Meseta Purepecha, así como hasta 18 variedades desa­rro­lladas in situ para Oaxaca con la participación ac­ti­va de los agricultores, cuya ventaja es el valorar los tipos espe­cia­les de maíz que se pueden promover con base en el uso di­fe­ren­cia­do o los precios atractivos para quienes los cultivan. En otras regiones destacan maíces como H-516 en el Trópico seco, H-50, H-48 y H-40 en los Valles altos, y H-513 y VS-536 en el Trópico húmedo.
 
Considerando en forma integral las provincias, sola­men­te con el uso de la tecnología del inifap, Antonio Turrent ha demostrado que se podrían producir millones de toneladas de maíz adicionales para lograr la suficiencia ali­men­ta­ria, lo que incluye el planteamiento de “Granos del sur”, que aportaría volúmenes importantes de grano de maíz, aprovechando la humedad y agua disponible en el ci­clo otoño-invierno, que generalmente se aprovecha muy poco. Para ello deben utilizarse los nuevos y poten­cial­­men­te mejores híbridos y variedades de maíz.

Sin embargo, debido a la gran diversidad de condiciones que existen en México en el manejo agronómico de maíz, se requiere cientos de variedades mejoradas, ya que se es­tima que podría usarse una variedad por cada cinco mil hec­táreas como máximo, lo que significa que se necesitarían 1 000 variedades para cubrir cinco millones de hectá­reas, la superficie en México, con semilla adecuada. Dichas va­riedades deberán contar con las características de desea­bi­lidad que propicien su uso reiterado, por lo que tiene que ser semilla certificada, aun para provincias agronómicas de mediana productividad, para lo cual se deben emplear to­dos los elementos tecnológicos disponibles.

La semilla es el insumo más importante para elevar la producción de cualquier cultivo (eso ha motivado nuestro trabajo, en 22 años hemos desarrollado nueve híbridos y cin­co variedades con ventajas sobre otros maíces comer­cia­les). Los híbridos de grano blanco rinden hasta 11.5 tonela­das por hectárea, cuando se cuenta con un riego de auxilio, pero en condiciones de buen temporal en los Valles altos rin­den entre 7 y 9 toneladas por hectárea. Las variedades ama­rillas rinden de 7 a 9 toneladas por hectárea en siembras de temporal muy retrasado, donde otras variedades de grano amarillo sólo rinden 2 toneladas por hectárea; pero no sólo eso, no hay variedades amarillas mejoradas co­mer­ciales en los Valles altos.
 
Actualmente proseguimos nuestra investigación en maíz en la fesc-unam para desarrollar mejores variedades de maíz, altamente rendidoras, tolerantes a enfermedades, de ciclo corto, que respondan a la expectativa de los agricul­tores. El problema es que no ha habido interés del gobierno en aprovechar estos desarrollos ni los de otras instituciones públicas, y la difusión y comercialización constituyen un gran obstáculo. Aun cuando existe interés por usar nues­tras variedades por parte de los agricultores, también por empresas de semillas como impulsagro en el estado de Mé­xi­co y otras empresas en Tlaxcala y Guanajuato, resulta di­­fí­cil llegar a zonas distantes de Michoacán, Jalisco y otros estados, en donde hay productores interesados.
 
Es por ello que uno de los efectos determinantes de la falta de un organismo público de distribución es que el po­sicionamiento de las variedades de inifap es limitado, con menor presencia en las principales zonas pro­ductoras de maíz. En caso de no crearse canales de difusión adecuados, el inifap deberá replantear en un futuro su actividad en el mejoramiento genético, ya que sus variedades en proceso de liberación y las liberadas los últimos años tendrán poca justificación. Una alternativa fun­damental para revertir el bajo uso de semilla mejorada de instituciones nacionales podría ser el esquema de mi­cro­empresas, así como la participación de organizaciones de productores.
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La distribución de semillas

En 1961 se creó la empresa pública Productora Nacional de Semillas (pronase) y se expidió la Ley sobre Producción, Cer­tificación y Comercio de Semillas lo cual dio origen al Sistema Nacional de Producción, Certificación y Comercio de Semillas, donde se señala que el Servicio Nacional de Ins­pección y Certificación de Semillas (snics) tenía la res­ponsabilidad de dar seguimiento a la certificación y aspec­tos relacionados con el comercio de semillas; dicha ley fue modificada en julio de 1991, con su respectivo reglamento en 1993. La nueva ley permitió mayor agilidad en el re­gis­tro y autorización de variedades, menores exigencias para la producción y comercialización; pero la pronase dejó de ser la receptora casi exclusiva de las variedades mejoradas desarrolladas por el inifap, con lo cual se inició un proceso paulatino de participación de otras empresas me­dia­nas en la producción y comercio de materiales del instituto, oca­sio­nan­do que la pronase tuviera cada vez menos impacto, ya que tenía otros competido­res ofreciendo las mismas va­rie­da­des, una situación desventajosa para el inifap.

Esta situación quedó establecida en la Ley de Variedades Vegetales emitida en 1996, cuyo reglamento apareció en 1998, donde se de­ta­llan las condiciones y elementos para la protección de los De­rechos de los Obtentores de variedades, lo cual es pa­rale­lo y se consolida con el ingreso de México, en noviembre de 1997, a la Unión para la Protección de Obtenciones Ve­getales. Finalmente, en la administración de Fox se redu­je­ron casi completamente sus actividades, llevando a su ­cierre virtual en 2002, con una operación muy baja por el cierre de la mayoría de sus plantas y delegaciones.
 
La distorsión y los efectos que tuvo la disolución de la Productora Nacional de Semillas (pronase) se reflejan en el hecho que el flujo de variedades mejoradas de origen pú­blico hacia los productores mexicanosde alimentos fue interrumpido.
     
 
Las compañías privadas de semillas con tec­nología y capital transnacional, si bien han cubierto con éxito los nichos del campo mexicano que ofrecen mayor rentabilidad para sus actividades de producción y comercialización de semillas certificadas, concentrándose en el sector definido por híbridos de maíz y de sorgo en regiones de riego y buen temporal, con productores de tipo empre­sa­rial, han dejado fuera del servicio de semillas certificadas a los productores que utilizan variedades de polinización li­­bre, principalmente de regiones menos prósperas, algunas incluso apartadas, que no resultan interesantes para las grandes empresas privadas porque el nivel de comerciali­zación de semilla no es atractivo. Es en estas zonas donde el cierre de la pronase tuvo mayor impacto pues su acti­vi­­dad, la difusión de semilla a precios accesibles, era de im­portancia social.


Finalmente, la estrategia de libre mercado tampoco fue un logro, ya que más de 90% de la venta de semilla de maíz corresponde a las grandes empresas privadas y el precio al que se comercializa la semilla alcanza niveles muy elevados (4.5 a 7 dólares por kilo, o bien 1 500 pesos por saco de 60 000 semillas). El precio de semilla al cual se comercia­li­za la semilla en México es único en el mundo; por ejemplo, en Iowa, 1 000 semillas de híbridos de cruza simple se co­mercializan a 1.34 dólares, en cambio en Sinaloa 1 000 se­millas de híbridos trilineales se venden a 2.00 dó­la­res; dado que estas semillas son más baratas com­pa­ra­ti­va­men­te, en forma globalizada se estima por tanto que 1 000 se­millas de híbridos trilineales deberían comercializarse a 0.67 y no a 2.00 dólares.

¿Qué soluciones puede haber?

Es urgente que se revise en forma seria lo que ocurre. Pri­­mero, para resolver el problema es preciso que se reco­noz­ca que la estrategia hasta ahora no ha sido correcta. La Se­cretaría de Agricultura y la Secretaría de Economía tienen la opor­tunidad de encauzar una estrategia adecuada.

 
Se requiere un análisis detallado de los factores que in­­fluyen en la crisis y hacia dónde camina México si se con­tinúa con el afán de defender la misma política agro­pe­cua­ria con respecto del maíz, que el tiempo ha mostrado que ha sido incorrecta, agudizándose en el sexenio que terminó, con im­portaciones alarmantes de seis mi­llo­nes de to­ne­ladas anua­les de grano de maíz. En nada ayu­da continuar señalando que no hay pro­ble­ma y que Mé­xico es autosuficiente en la producción de maíz blanco que se destina al consumo humano, que lo que se importa es para otros usos. Ya que en términos rea­les se importan grandes volúmenes, con la agravante de que ahora es difícil y sumamente caro adquirir grano en el concierto internacional.
 
México tiene las tierras, las condiciones y la tecnología que se requiere para lograr la suficiencia y soberanía alimentaria; quienes están en la posibilidad histórica de orien­tar correctamente la política en materia de maíz en Mé­xico deberían acercarse a nuestros investigadores.
El problema de abasto de maíz debe tomarse seria­men­te, es urgente que México oriente correctamente su es­tra­te­­gia; fallaron las predicciones de que continuaría siendo económicamente mejor importar grano de maíz que pro­du­cirlo en México.

Las fuerzas del mercado y los precios internacionales de este grano indican que México depende del exterior para su alimentación, aun cuando se afirme que somos auto­su­ficientes.

Debe aprovecharse la tecnología disponible en las uni­versidades y en el inifap; las variedades que han sido desarrolladas, así como toda la tecnología son suficientes para llegar a producir los millones de toneladas de maíz que se requieren en México. Las semillas de maíz transgénico no son necesarias para ello y en cambio los riesgos son muy grandes.
     
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como citar este artículo
Espinosa, Alejandro y et. al. (2009). El potencial de las variedades nativas y mejoradas de maíz. Ciencias 92, octubre-marzo, 118-125. [En línea]
     

 

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Biotecnología agrícola en el mundo en desarrollo: mitos, riesgos y alternativas
 
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Miguel A. Altieri
   
               
               
Las compañías de biotecnología con fre­cuencia proclaman
que los orga­nis­mos genéticamente modificados, en es­pecial las semillas, son un des­cu­bri­miento científico importante y ne­ce­sa­rio para alimentar al mundo y re­du­cir la pobreza en los países en desarrollo. La mayoría de los organis­mos interna­cionales de todo el mundo que tienen a su cargo las políticas y la investigación tendientes a incrementar la seguridad alimentaria en el mundo en desarrollo se adhieren a es­te punto de vista que descansa en dos premisas críticas. La primera es que el hambre se debe a que existe una bre­cha entre la producción de ali­men­tos y la densidad de población o su ta­sa de crecimiento. La segunda es que la ingeniería genética es el único o el mejor camino para incrementar la pro­ducción agrícola, y por tanto para solventar las necesidades futuras de alimentos. Un punto de partida para es­clarecer estos conceptos erróneos es comprender que no existe relación en­tre el hambre prevaleciente en un de­terminado país y su población. Por ca­da nación densamente poblada y ham­brien­ta, como Bangladesh o Haití, existe una nación hambrienta con po­ca densidad de población, como Brasil o Indonesia. El mundo produce hoy, como nunca, más alimento por ha­bi­tan­te. Existe suficiente alimento dis­­po­­ni­ble para proporcionar casi dos ki­los por persona, diariamente: más de un kilo de grano, legumbres y nueces; alrededor de medio kilo de carne, leche y huevos y otro de frutas y verduras.

La producción mundial de granos en 1999 habría sido suficiente para ali­­mentar a una población de ocho mil mi­llones de personas —en el año 2000 el planeta tenía seis mil millones de ha­bitantes— de haber sido equitativa­­men­te distribuida o no hubiera sido em­pleado como alimento para ani­ma­les. En Estados Unidos, tres de cada 4.5 kilos de grano son para ali­men­to de ani­ma­les. Algunos países co­mo Bra­sil, Pa­raguay, Tailandia e In­do­ne­sia de­di­­can miles de hectáreas de tie­rras agrí­co­las a la producción de soya y yu­ca que se exporta a Europa co­mo ali­­men­to pa­ra ganado. Si se canali­za­ra una tercera par­te del grano pro­du­ci­do en to­do el mundo hacia los pue­blos nece­sitados, instantáneamen­te cesaría el ham­bre.

La globalización también es un fac­tor de hambre, especial­­men­te cuan­do los países en desarrollo adop­tan po­lí­ti­cas de libre comercio (ba­­jan­do los aran­celes y permitiendo el flu­jo de bie­nes procedentes de los países in­dus­tria­lizados), amparados por insti­tu­cio­nes internacionales de crédito. La experiencia de Haití, uno de los paí­ses más pobres del mundo, es un claro ejem­­plo de ello. En 1986, la mayoría del arroz consumido en Haití había si­do cultivado en la isla y se importaban sólo 7 000 toneladas. Inmediata­­men­te después de abrir su economía al mun­do, empezó a llegar a la isla arroz más barato procedente de Estados Uni­dos, donde la industria arrocera está sub­si­diada. En 1996, Haití importaba 196 000 toneladas de arroz extranjero a un cos­to de 100 millones de dólares al año. La producción arrocera hai­tia­na pasó a un segundo término una vez que la dependencia del arroz extranjero fue total y el costo del arroz subió dejando gran parte de la población pobre al ca­pricho del alza de los precios del gra­no a nivel mundial. El ham­bre aumentó.

Las causas reales del hambre son la pobreza, la desigualdad y la falta de acceso al alimento y a la tierra. Hay de­masiada gente, demasiado pobre (al­rededor de dos mil millones de per­­so­nas sobreviven con menos de un dó­lar al día) para comprar el alimento dis­ponible, a menudo mal distribuido, o que carece de tierra y de recursos pa­ra cultivarla. Dado que la verdadera raíz de la causa del hambre es la desi­gual­dad, cualquier método para fo­men­tar la producción de alimentos que la agu­dice está destinado a fallar en el in­ten­to por reducirla. Por el con­trario, lo que realmente pue­de acabar con el hambre son las tec­no­logías que están a favor de los pobres y que produ­cen efectos positivos en la distribución de la riqueza, los in­gre­sos y los bienes. Afortunadamente, estas tec­no­logías existen, y se pueden agrupar li­bre­men­te bajo la disciplina de la agro­eco­logía, cuyo potencial ha sido ampliamente demostrado.Además, atacar frontalmente la des­igualdad mediante verdaderas reformas agrarias crea la esperanza de au­men­to en la productividad que sobrepasa el potencial de la biotecnología agrícola. Mientras las propuestas de la industria a menudo pronostican para un futuro 15, 20 o incluso 30% de ganancias mediante la biotecnología, los pequeños agricultores producen hoy de 200 a 1 000% más por unidad de área que los gran­des agricultores de todo el mundo.

Es crítico comprender que la mayor parte de las innovaciones en la bio­tecnología agrícola han sido enfo­ca­das más bien a obtener ganancias que a cubrir necesidades. El gran im­pul­so de la industria de la biotecnología ge­né­ti­ca no es el hacer la agricultura más pro­­duc­tiva, sino generar be­­ne­fi­cios. Esto se puede ilustrar revi­san­do las principales tecnologías dis­po­­ni­bles en el mercado actual, que son los cul­tivos resistentes a her­bi­ci­das como las semillas de soya Round­up Ready de Monsanto, que son tolerantes al her­bi­­ci­da Roundup de Monsanto, y los cul­tivos Bt (Bacillus thuringien­sis) que es­tán genéticamente modificados para producir su propio insecticida.

En primera ins­tancia, es claro que la meta es ganar una mayor distribución en el mercado de her­bicidas de un producto de su propiedad y, en se­gunda, se trata de fomentar la venta de se­mi­lla, sin tomar en cuenta el ries­go de dañar la uti­li­dad que representa el uso de un pro­­duc­to clave contra las plagas (Bacillus thuringiensis, un in­secticida básicamente microbiano) en el cual confían mu­chos agricultores, incluso los agricul­to­res orgánicos, por ser una importante alternativa a los in­secticidas químicos. Estas tec­no­lo­gías responden a la nece­si­dad de las compañías de biotecnología de in­ten­sificar la dependencia de los agri­cul­­to­res a las semillas protegidas por los llamados “derechos de pro­piedad in­te­lectual” que entran en con­flic­to di­rec­tamente con los antiguos derechos de los agricultores para repro­du­cir, dis­tri­buir y almacenar semillas.

Las cor­poraciones buscan que los agricultores compren los más recientes insumos y prohiben que compren o vendan se­mi­llas. En Estados Unidos, los agri­cul­to­res que adoptan se­mi­llas de soya trans­génicas deben firmar un acuerdo con Monsanto; si siembran se­mi­lla de soya transgénica al año si­guiente, la mul­ta es de casi 3 000 dó­la­­res por cada me­dia hectárea y, de­pen­diendo de la superficie, les puede costar sus tierras y su modo de subsistencia. Mediante el control del germoplasma a partir de la semilla que se va a ven­der y for­zan­do a los agri­­cul­to­res a pagar precios in­flados por los paque­tes de semilla quí­mica, las com­pa­ñías han tomado la determinación de obtener el mayor ren­dimiento de su inversión.

¿Aumentan la productividad?

Un importante argumento adelantado por quienes proponen la biotecno­lo­gía es que una de las principales ca­­­rac­terísticas de los cultivos trans­gé­ni­cos es el aumento sustancial en el ren­di­mien­to. Aun cuan­do los da­tos pro­ce­den­tes del mundo en desa­rro­llo son escasos, un informe de 1999 elaborado por el Departamento de Agri­cul­­tu­ra de Estados Unidos y el Ser­vi­cio de In­vestigación Económica, en donde se ana­lizaron los datos de 12 y 18 com­bi­na­ciones de region/cultivo recopilados en 1997 y 1998, resultó con­clu­yen­te al respecto. Los cultivos vigilados fue­ron maíz y algodón Bt y maíz, al­go­dón y so­ya tole­ran­tes a los herbicidas (ht por sus si­glas en inglés) y sus con­tra­par­tes no modificadas.

En 1997, en siete de doce combi­na­ciones región/cultivo, la diferencia del rendimiento no fue significativa en­tre los cultivos genéticamente modificados y los no modificados. Cuatro de doce regiones mos­tra­ron incre­mentos importantes (de 13 a 21%) en el rendimiento de los cul­tivos modificados versus los no modificados (fri­jol de soya ht en tres regiones y al­go­dón Bt en una región). El algodón ht en una región mostró una impor­tan­te re­ducción en el rendimiento (12%) en comparación con sus contrapartes no modificadas.

En 1998 en 12 de 18 combinaciones región/cul­ti­vo la producción no fue sig­ni­fi­cativamente diferente entre los cul­ti­vos no modificados y los mo­di­fi­ca­dos. En cinco combina­cio­nes cul­­ti­vo región (maíz Bt en dos regiones, maíz ht en una región y al­go­dón Bt en dos regiones) los cultivos mo­di­fi­ca­dos mostraron im­por­tan­tes incre­men­tos en la produc­ti­vi­dad (de 5 a 30%) so­bre los no modificados, pero tan só­lo bajo la presión del gorgo­jo del maíz europeo, el cual es es­po­­rádico. El al­go­dón ht (glifosato-tole­rante) fue el úni­co cultivo genéticamente mo­di­fi­cado que mostró un crecimiento poco im­por­tan­te en su pro­duc­tividad en to­das las regiones. En 1999, inves­ti­ga­do­res del Instituto de Agri­cul­tura y Re­­cur­­sos Naturales de la Uni­ver­si­dad de Ne­braska cultivaron cinco dife­ren­tes va­riedades de semillas de soya Mon­­san­to junto con sus especies em­pa­ren­tadas tradicionales más cercanas y las va­rie­dades tradicionales de más alto ren­di­miento; esto se llevó a ca­bo en cua­tro locali­dades del estado, tanto en tie­rras secas como en campos irri­ga­dos. Los in­vestigadores en­con­­tra­ron, en pro­me­dio, que aun cuan­do las va­rie­da­des ge­néticamente modifi­cadas eran más ca­ras, producían seis por cien­to me­nos que sus parientes más cer­ca­nos no mo­dificados ge­né­ti­ca­­men­te y 11% menos rendimiento que el más al­to de los cultivos tradi­cio­na­les. Al­gu­nos in­for­mes proce­den­tes de Ar­gen­ti­­na mues­tran los mismos re­sul­ta­dos en cuanto a que no ha ocu­rrido un au­men­to en la productividad con semillas de so­ya ht, lo que al parecer pre­sen­ta una caí­da en la produc­ción a nivel mundial.
 
¿Benefician a los agricultores pobres?

La mayoría de las innovaciones tec­no­lógicas disponibles hoy día no toman en cuenta a los campesinos pobres, pues estos agricultores no están en ca­­pa­ci­dad de costear las semillas pro­te­gidas por patentes pertenecientes a las cor­po­raciones de biotecnología. Ade­más, la posibilidad de ampliar la tecnología mo­der­na para proporcionar recursos a los campe­si­nos ha sido limitada históricamente por obstáculos ambientales conside­ra­bles. Alrede­dor de 850 millones de per­sonas viven en tierras amenazadas por la desertificación; otros 500 mi­llo­nes de personas residen en tierras muy di­fíciles de cultivar debido a la pen­­dien­te de sus tierras. Además, la mayoría de la vida rural pobre entre el Trópico de Cáncer y el Trópico de Capricornio se desa­rro­lla en re­­giones que serán más vul­ne­rables a los efectos del calenta­mien­to glo­bal. En tales medios sería preciso con­tar con una plé­tora de tecnologías lo­ca­les baratas y accesibles para propiciar, en vez de li­mitar, las opciones de los agri­­cul­to­res, tendencia que inhi­­be la tec­­no­logía con­trolada por las cor­pora­ciones.

Muchos investigadores en biotecnología se han comprometido a combatir los problemas asociados a la pro­duc­ción de alimentos en esas zonas mar­ginales mediante el desarrollo de cul­tivos genéticamente modificados con características consi­deradas de­sea­bles para los pequeños agricultores, tales como un incre­mento en la com­petitividad contra las ma­le­zas y tolerancia a las sequías. Estos nuevos atributos, sin embargo, no necesaria­men­te serán una panacea. Algunas ca­­racterísticas tales como la tolerancia a la sequía son poligénicas, lo que quie­re decir que están de­ter­mi­nadas por la interacción de múl­ti­ples genes. En consecuencia, el de­sarrollo de cultivos con estas carac­terísticas es un com­plejo proceso que podría tomar por lo menos diez años. Y bajo estas cir­­cuns­tancias, la ingeniería genética no da algo a cambio de nada. Cuando se hace un mal trabajo con múltiples ge­nes para crear una característica de­seada, inevitablemente se acaba por sa­crificar otras características tales co­­mo la productividad. El uso de una plan­­ta tolerante a la sequía aumentaría la productividad del cultivo tan só­lo en 30 o 40%. Cualquier in­cremento adicional a la producción tendría que provenir más bien de prácticas ambientales mejoradas (tales como el almacenamiento de agua o aumen­tan­do la materia orgánica del suelo pa­ra tener una mejor retención de hu­me­dad) y no tanto de la manipulación gené­tica de características específicas.

Aun cuando la biotecnología con­tri­buya a obtener mayores cosechas, la pobreza no necesariamente decli­na­rá. Muchos campesinos de los países en desarrollo no tienen acceso al di­ne­ro en efectivo, al crédito, a la asis­ten­cia téc­nica o a los mercados. La lla­ma­da Re­volución Verde de los años cin­cuen­tas y sesentas no llegó a estos agricul­tores porque el mantener los nuevos cultivos alta­men­te pro­duc­tivos me­diante el uso de plaguicidas y fertili­zan­tes era demasiado costoso para los empobrecidos propietarios de tierras. Los datos con que contamos nos demuestran que, tanto en Asia co­mo en América Latina, los agricultores ricos, con tierras más extensas y me­jor dotadas, sacaban mayor provecho de la Revolución Verde, mientras que los agri­cultores de menores recursos so­lían ganar muy poco.

La “Revolución del gen” terminará repitiendo las mis­mas equivocaciones que su pre­de­ce­so­ra. Las semillas ge­né­tica­mente mo­dificadas están con­tro­­la­das por las corporaciones y prote­gi­das por patentes; en consecuencia, son su­ma­mente caras. Dado que muchos paí­ses en de­sarrollo todavía carecen de una estructura institucional y de cré­di­to blan­do necesario para proporcionar estas nue­vas semillas a los agricultores pobres, la biotecnología no hará más que exa­cerbar la marginalización.

Además, los agricultores pobres no encajan en el nicho de mercado de las empresas privadas, que se enfocan a las innovaciones tecnológicas para los sectores agrícolas y comerciales de las naciones industriales y en desa­rro­llo, donde estas corporaciones esperan un enorme rendimiento de su inversión en investigación. El sector pri­vado a menudo ignora importantes cul­ti­vos tales como la yuca, que es un pro­duc­to de primera importancia pa­ra 500 mi­llones de personas en to­do el mun­do. Los pocos campesinos que tengan acceso a la biotecnología se vol­ve­rán peligrosamente depen­dien­tes de la compra anual de semillas ge­né­ti­camente modificadas. Estos agri­cul­to­res tendrán que aceptar, por los one­rosos acuerdos de propiedad inte­lectual, no plantar semillas producidas a partir de una cosecha de plantas bio­ge­né­ticamente manipuladas. Estas es­tipulaciones son una afrenta a los agri­cultores tradicionales, quienes durante siglos han obtenido y dis­tri­bui­do semi­llas como parte de su le­ga­do cultural.

Algunos científicos y ciertas auto­ri­dades competentes sugieren que las grandes inversiones por medio de socios públicos y privados podrían ayudar a los países en desarrollo a adquirir la ca­pacidad local científica e institu­cio­nal para transformar la biotecnolo­gía, a fin de que llene las necesidades y las cir­cunstancias de los pequeños agri­cul­tores. Pero una vez más, los de­rechos intelectuales de las corporaciones sobre los genes y la tecnología de su clo­nación pueden complicar más aún las cosas. Por ejemplo, en Brasil, el ins­ti­tuto nacional de investigación (embra­pa) debe negociar acuerdos de lici­ta­ción con nueve diferentes compa­ñías antes de que una papaya resis­­ten­te a los virus, desarrollada por in­ves­ti­gado­res de la Universidad de Cornell, se pue­da otorgar a los campesinos.
 
Biotecnología, agricultura y ambiente

La biotecnología intenta paliar los pro­­blemas (como resistencia a pla­gui­­ci­das, contaminación, degradación de los suelos, etcétera) ocasionados por an­te­riores tecnologías agroquí­mi­cas pro­movidas por las mismas com­pa­ñías que ahora dirigen la bio­­rre­volu­ción. Los cultivos transgénicos desa­rro­llados para controlar las plagas si­guen muy de cerca el paradigma de usar un único mecanismo de con­trol (un pla­­gui­cida), lo cual, como se ha de­mos­tra­do, ha fallado una y otra vez con los insectos, los patógenos y las hier­bas malas. El tan discutido plan­tea­mien­to de “un gen-una plaga” tam­bién se verá fá­cil­men­te superado por plagas que con­ti­nua­men­te se adap­tan a las nuevas situaciones y hacen evo­lu­cionar los mecanismos de destoxificación.

Los sistemas agrícolas desarrollados con cultivos transgénicos favore­ce­­rán los monocultivos caracterizados por presentar peligrosos niveles de ho­mogeneidad genética, que llevan a una mayor vulnerabilidad de los sistemas agrícolas, a tensiones bió­ticas y abió­ti­cas. Promover monoculti­vos también de­teriorará los métodos ecológicos en agricultura, tales como la ro­­tación y los policultivos, lo cual agu­di­zará los problemas de la agricultura convencional.

Dado que las nuevas semillas ge­né­ti­camente modificadas reemplazan a las antiguas y tradicionales variedades y a sus parientes silvestres, el de­te­rio­ro genético se acelerará en el Ter­cer Mun­do. La tendencia ha­cia la uni­for­mi­dad no sólo destruirá la di­ver­­si­dad de los recursos genéticos, si­no que también afectará la complejidad bio­ló­gica que va implicita en la sus­ten­ta­bi­lidad de los sistemas agríco­las locales.

Existen muchas preguntas ecoló­gi­cas sin respuesta respecto del im­­pac­to que produciría liberar en el me­­­dio plantas transgénicas y mi­cro­or­ga­nis­mos, pero las pruebas disponibles su­gie­ren que es­tos impactos pueden ser muy graves. Entre los riesgos más im­portantes aso­cia­dos con las plantas ge­néticamente modificadas está la trans­ferencia no con­trolada a especies emparentadas con las plantas de los “transgenes”, así como los efec­tos eco­lógicos impredecibles que esto traería consigo.

Resistencia a los herbicidas

Queda claro que al crear cultivos re­sis­tentes a los herbicidas, una com­pa­ñía puede expandir mercados para sus productos químicos patentados (en 1997, 50 000 agricultores sembraron 3.6 millones de hectáreas de soya ht, lo que es equivalente a 13% de las casi 70 millones de hectáreas sembradas con so­ya en Estados Unidos). Los ob­serva­­do­res calcularon un valor de 75 mi­llo­nes de dólares estadunidenses para cultivos ht en 1995, que fue el pri­mer año que salieron al mercado, e indica­ron que para el año 2000 el mer­­cado será aproximadamente de 805 millones de dólares, lo cual represen­ta 61% de aumento.
 
El continuo uso de herbicidas, tales como bromoxinilo y glifosato (tam­­bién comocido como Roundup) que to­leran los cultivos resistentes a los her­bicidas, pueden desencadenar pro­­blemas. Es bien sabido, y se tienen do­cumentos de ello, que cuando un úni­co herbicida se usa repetidamente en un cultivo, las probabilidades de que se desarrolle resistencia al her­bicida en poblaciones de malezas aumenta mucho. Se han reportado al­re­de­dor de 216 casos de resistencia a plaguicidas en una o más familias de herbicidas químicos. Los herbicidas a base de triacina son los que cau­san más resistencia en cerca de sesenta especies de malezas.

El problema reside en que, dadas las presiones de la industria para au­mentar las ventas de herbicidas, se in­crementará el número de hectáreas tratadas con herbicidas de amplio espectro, pro­fundizando así el problema de la re­sistencia. Por ejemplo, se planea que el número de hectáreas tratadas con glifo­sa­to aumente a casi 60 millones de hectáreas. Aun cuando se considera que el glifosato causa me­nos resistencia a los herbicidas en las malezas, con el tiempo el uso continuo del herbicida seguramente dará co­mo resultado una mayor resistencia, aun cuando ésta sea más lenta, co­­mo ya se ha comprobado en las po­bla­ciones australianas de ballico, grama y trébol, Cirsium arvense y Eleu­sine indica.

Los herbicidas no sólo matan malezas

Las compañías afirman que si el bro­mo­xi­nil y el glifosato se aplican bien, se degradan rápidamente en el suelo, no se acumulan en las aguas del sub­sue­lo, no tiene efectos sobre los or­ga­nis­mos a los cuales no están diri­gi­dos y no dejan residuos en los ali­men­tos. Sin embargo, existen eviden­cias de que el bromoxinil causa malforma­cio­nes de nacimiento en los animales de laboratorio, es tóxico para los pe­ces y puede causar cáncer en los hu­ma­nos. Dado que el bromoxinil causa mal­for­maciones de nacimiento en los roedores y es absorbido a través de la piel, es probable que los agricultores y los trabajadores de granjas también corran riesgos. Asimismo, se ha re­­por­­tado que el glifosato es tóxico para al­gunas especies a las cuales no está di­rigido, que viven en el suelo; tanto pa­ra los predadores benéficos, como las ara­ñas, los aradores, los coleópteros y los escarabajos coccinélidos, los detri­tívoros, como son las lombrices de tierra, y los organismos acuáticos, in­clu­yendo los peces.
 
También surgen preguntas en cuan­to a la salvaguarda de los alimentos, pues este herbicida sufre una pequeña degradación metabólica en las plan­tas y se sabe que se acumula en frutos y tubérculos, y que hoy día más de 17 millones de kilos de este herbicida se usan anualmente tan sólo en Estados Unidos. Ade­más, las investigaciones do­cu­mentan que el glifosato parece ac­tuar del mismo modo que los anti­bió­ti­cos, alterando la biología del sue­lo de una manera que aún se descono­ce y, por tan­to, causando efectos tales como la re­ducción de la facultad de fijar el nitrógeno de la soya y del trébol, hacer más vul­nerables a las en­fer­me­da­des a las plan­tas de frijol, y reducir el cre­cimiento de hongos micorrícicos be­néficos que vi­ven en la tierra, los cua­les son la clave pa­ra ayu­dar a las plantas a extraer el fós­foro del suelo.

La creación de supermalezas

Aun cuando existe alguna preocupación de que los cultivos transgénicos pue­dan convertirse en malezas, hay un riesgo ecológico mayor, y es que la liberación a gran escala de cultivos trans­génicos puede propiciar una trans­ferencia de transgenes de los cultivos hacia otras plantas que también po­drían convertirse en malezas. Los trans­genes que representan un adelanto bio­lógico importante pueden trans­for­mar las plantas de hierbas silvestres en nuevas o peores malezas. El pro­ce­so biológico preocupante aquí es la in­trogresión, es decir, la hibrida­ción en­tre diferentes especies de plan­tas. Los hechos nos indican que ya es­tán ocu­rriendo estos intercambios gené­ti­cos entre las plantas silvestres, las ma­­le­zas y las cultivadas. La inci­den­cia en la especie de sorgo Sorghum bi­color, un pariente silvestre del sorgo, y el flujo de genes entre el maíz y el teo­cintle, demuestran el potencial que existe de que las plantas empa­­ren­ta­das con ciertos cultivo los con­vier­tan en ma­le­zas peligrosas.

Esto es preocupante dado que en Estados Unidos un nú­mero de cultivos se siembra a una distancia muy cor­ta de los parientes silvestres com­pa­tibles. Es preciso tener cuidados ex­­tre­mos en los sistemas de plantas que se prestan a una polinización cruzada fá­cil, tales como la avena, la cebada, el gi­rasol y sus parientes silvestres, y en­tre la semilla de colza y sus parientes cru­cíferos. En Europa existe una gran preocupación respecto de la posibilidad de transferencia de polen de genes ht de las semillas oleaginosas de Bras­sica a Brassica nigra y Sinapsis ar­vensis. También existen cultivos que se siembran cerca de plantas silvestres que no son parientes cercanos pe­ro que pueden tener cierto grado de com­pa­ti­bi­li­dad cruzada, tales como las cruzas de Raphanus raphanistrum x. R. Sativus (rábano) y la Grass x John­son de sorgo maíz. Los efectos en cas­cada que producen estas transferencias pue­den, en última instancia, significar cam­bios en la estructura de las co­mu­nidades de plantas. Los intercambios de genes causan gran temor en los cen­tros de diversidad, donde se ha vis­to que en los sistemas de cultivo con bio­diversidad es muy alta la probabilidad de que ciertos cultivos transgénicos sean sexualmente compatibles con pa­rientes silvestres.

La transferencia de genes de cul­ti­­vos transgénicos a cultivos orgánicos plantea un problema específico a los agricultores orgánicos, dado que la cer­­tificación de orgánico depende de que los cultivadores puedan garantizar que sus cultivos no tienen genes in­ser­ta­dos. Los cultivos capaces de mul­ti­pli­car­se, tales como el maíz o la se­milla oleaginosa de nabo, se verán afec­ta­dos en mayor medida, pero en realidad to­dos los agricultores orgánicos corren el riesgo de contaminación genética, puesto que no existen normas que obli­­guen a guardar un mínimo de distancia que aísle los campos transgénicos de los orgánicos.

En conclusión, el hecho de que la hi­bridación y la introgresión especí­fi­cas sean comunes a especies tales co­mo el girasol, el maíz, el sorgo o la se­milla oleaginosa de nabo, el arroz, el tri­go y las papas, sienta las bases pa­ra que ocurra el flujo esperado de genes entre los cultivos transgénicos y sus parien­tes silvestres y se creen nuevas malezas resistentes a los herbicidas. Los cien­tí­fi­cos están de acuer­do en que los cul­ti­vos transgénicos pueden, even­tual­men­te, hacer silves­tres los trans­genes cuando se introdu­cen en las po­bla­cio­nes de los parientes silvestres que vi­ven en libertad. Los desacuerdos radican en qué tan serios son los impactos de dicha trans­ferencia.

Los cultivos resistentes a insectos

De acuerdo con la industria de la bio­tec­nología, la promesa es que los cul­ti­vos transgénicos con genes Bt injer­ta­dos remplazarán a los insecticidas sintéticos utilizados actualmente para con­trolar las plagas de insectos. Pero es­to no queda claro porque la mayoría de los cultivos padecen una diver­si­dad de plagas por insectos y, por tan­to, los insecticidas tendrán que seguir aplicándose para controlar las plagas de insectos no lepidópteros, los cuales no son susceptibles a la toxina Bt especí­fi­ca del cultivo. De hecho, en un in­for­me reciente se menciona un aná­lisis del uso de plaguicidas en una es­ta­ción de siembra de Estados Unidos prac­ticado en 1997, con 12 combina­cio­nes region/culti­vo, el cual de­mues­tra que en siete lugares no se observó una diferencia estadís­ti­ca­mente sig­ni­fi­cati­va en el uso de pla­guicida en los cul­ti­­vos Bt versus los cul­tivos no Bt. En el delta del Mississippi se usaron de ma­nera impor­tan­te más plaguicidas en los cultivos de algodón Bt que en los cultivos de algo­dón no Bt.

Por otra parte, se ha reportado que muchas especies de lepidópteros han desarrollado resistencia a la toxina Bt, tan­to en el campo como en pruebas de laboratorio, lo que sugiere que los pro­blemas más importantes en cuanto a resistencia se de­sarrollan probablemente en los cultivos Bt, debido a que la continua especificidad de la to­xina crea una fuerte presión se­lecti­va. Ningún entomólogo serio se cues­tiona si la resistencia se desarrolla o no, el problema es qué tan rápido ocu­rre. De hecho, los científicos ya han detectado en algunos insectos un desarrollo de “resistencia conductual”, ya que debido a la desigual distribución de la toxina en la hoja del cultivo, éstos atacan partes de los tejidos (o par­ches) con concentraciones bajas de toxina.

Con el fin de retrasar el inevitable desarrollo de insectos resistentes a los cultivos Bt, los ingenieros biogenéticos están creando una combinación de plantas de transgénicos y no trans­gé­ni­cos (llamados refugios) para retrasar la evolución de la resistencia entre los insectos. Aun cuando los refugios deben cubrir por lo menos 30% del área de cul­ti­vo, de acuerdo con los miembros de la Campaña para Salvaguardar los Alimentos, el nuevo plan de Mon­san­to sólo contempla un 20%, incluso cuando se tenga que usar in­sec­ticidas. Es más, el plan no propor­cio­na detalles para saber si los refugios se deben plantar a un lado del cultivo trans­génico o a una distancia que los estudios sugieren podría ser menos efectivo. Además de los re­­fu­gios que requieren una coordinación regional entre los agricultores —algo difícil de lograr—, la mayoría de los agri­cultores pequeños o medianos ten­drían que dedicar más de 30 o 40% de su área de cultivo a los refugios —lo cual no parece viable, especial­men­te si los cultivos en dichas áreas tienen que soportar grandes daños por plagas.

Los agricultores que enfrentan el ma­yor riesgo por el desarrollo de la re­­sistencia de los insectos al Bt se están acercando a los agricultores orgánicos que cultivan maíz y soya sin pro­­­duc­tos agroquímicos. Una vez que apa­rezca la resistencia en las pobla­cio­nes de insectos, los agricultores or­gá­ni­cos ya no podrán usar Bt como in­sec­ti­ci­da microbiano para controlar las plagas de lepidópteros que se desplazan desde los campos transgénicos que los rodean. Además, la contami­na­ción ge­nética de los cultivos orgánicos que ocurre por el flujo de genes, por polen, de los campos transgénicos pue­de poner en peligro la certificación de los cultivos orgánicos, y por tan­to los agricultores pueden perder mercados importantes. ¿Quién va a com­pensar a los agricultores orgánicos por estas pérdidas?

La historia de la agricultura nos di­ce que las enfermedades de las plan­­tas, las plagas de insectos y las malezas se hacen más severas con el desa­rro­llo de monocultivos, y que los cul­ti­vos manejados y manipulados gené­ti­ca­men­te pronto pierden su diversidad ge­­né­ti­ca. Sin embargo, no hay razón pa­ra creer que la resistencia a los cul­tivos transgénicos no va a evolucionar en los insectos, las malezas y los pa­tó­genos, tal como ya sucedió con los pla­guicidas. Cualesquiera que sean las es­tra­te­gias que se empleen para ma­ne­jar la resistencia, las plagas se van a adaptar y a sobreponer a los apremios agrícolas. Los estudios realizados acer­ca de la resistencia a los plaguicidas demuestran que puede ocurrir una se­lección inesperada que dé como re­sul­ta­do problemas de plagas mayores a los que existían antes del desa­rro­llo de nuevos insecticidas. Las en­fer­me­da­des y las plagas siempre han cre­ci­do por cambios dirigidos hacia una agri­cultura genéticamente homogénea, precisamente el tipo de agricultura que promueve la biotecnología.

Las especies no controladas

Los culti­vos Bt pueden acabar con los ene­migos naturales de las poblaciones que constituyen plagas, como preda­do­res y avispas parásitas que se ali­men­tan de ellas, disminuyendo su efec­to sobre éstas. En­tre los enemigos naturales que viven exclusivamente de insectos que los cul­tivos transgéni­cos matan por estar así diseñados, co­mo los lepidópteros, los más afectados serán los huevos y las larvas parasitoides porque son totalmente depen­dien­tes de huéspedes vivos para su de­sarrollo y supervivencia, mien­tras que algunos predadores podrían teóricamente medrar sobre la muerte o la pre­sa moribunda.
 
Algunos de ellos también podrían verse afectados directamente a causa de los efectos producidos por los nive­les intertróficos de la toxina. Da­do que el potencial de las toxinas Bt pasan por las cadenas ali­mentarias de los artrópodos, las implicaciones para el biocontrol natural en los campos de cul­ti­vo son serias. Una evidencia reciente nos muestra que la toxina Bt puede afec­tar insec­tos benéficos, predadores que se ali­men­tan de otros insectos que son plaga. Algunos estudios realizados en Sui­za muestran que la mortalidad total pro­me­dio de las larvas predadoras de crisopa (Chrysopidae), que cre­cieron a base de presas alimentadas con Bt, es de 62% en compraración con 37% cuando se alimentan de pre­­sas que no tienen Bt, además de que presentan también un prolongado tiem­po de desarrollo durante su estado juvenil.

Estos descubrimientos preocupan a los pequeños agricultores, quienes pa­ra con­trolar las plagas confían en el rico complejo de predadores y pará­sitos asociados a sus sistemas de culti­vo mix­tos. Los efectos de los niveles in­tertróficos de la toxina Bt son fuente de grandes preocupaciones a causa de la posible alteración del control na­tural de plagas. Los polífagos preda­do­­res, que se mueven en y entre los cul­tivos asociados, encontrarán presas no controladas con contenido de Bt du­­ran­te toda la temporada de siembra. La alteración de los mecanismos de bio­control puede dar como resultado un aumento en las pérdidas producidas por las plagas y por el mayor uso de plaguicidas, con los consiguientes riesgos para la salud y el ambiente.

También se sabe que el polen trans­por­ta­do por el aire procedente de los cultivos Bt hacia la vegetación natural circundante a los campos transgénicos puede matar a los insectos no controlados. Un estudio de la Universidad de Cornell de­mos­tró que el polen del maíz con to­xi­na Bt puede ser arrastrado varios metros por un viento propicio y depositarse en el follaje del algodoncillo, con efectos potencia­les de destrucción de las poblaciones de mariposas monarca. Estos descubri­mientos han abierto una nueva dimen­sión a los impactos inesperados que pue­den tener los cul­tivos transgénicos en los organismos no contemplados que desempeñan funciones clave en el ecosistema, muchas veces des­co­no­ci­das. Pero los efectos ambientales no se limitan a la interacción de cul­tivos con insec­tos. Las toxinas Bt pue­den ser incor­po­radas al suelo por medio del follaje cuando los agriculto­res abandonan los residuos de culti­vos transgénicos después de la cosecha. Las toxinas pueden per­du­rar durante dos o tres meses, resistiendo la degra­da­ción al unirse a las partículas de ar­cilla y de suelos húmicos áci­dos que mantienen su actividad tóxica. Estas to­xinas activas Bt que se acumu­lan en el suelo y el agua a partir de la capa de residuos transgénicos pueden producir efectos negativos en el sue­lo y en los invertebrados acuáticos, así co­mo en los procesos cíclicos de los nutrimentos.

El hecho de que estas toxinas con­serven sus pro­piedades insecticidas y estén pro­tegidas contra la degradación mi­cro­biana al unirse a las partícu­las del sue­lo, permaneciendo en diver­sos tipos de éste durante por lo me­nos 234 días, es una seria preocupación pa­ra los campesinos que no pueden afrontar los gastos que representa la compra de fertilizan­tes. Estos agricul­tores pobres confían, en cambio, en los re­si­duos locales, en la materia orgánica y en los microorganismos del suelo para la fertilidad de sus tierras (en cier­tos inverte­bra­dos, hongos o especies bac­terianas) los cuales pueden ser afec­tados nega­tivamente por la presencia de la toxina en el suelo.

Alternativas sustentables

Los que proponen una segunda Revo­lución verde argumentan que los paí­­ses en desarrollo deben optar por un modelo agroindustrial que se base en tecnologías estandarizadas y en el uso creciente de fertilizantes y de plagui­ci­das para porporcionar suministros adi­cionales de alimento como conse­cuen­cia del aumento en la población y las economías. Por lo contrario, un nú­mero creciente de agricultores, las ong y los que abogan por la agricul­tu­ra sus­tentable proponen que, en lugar de es­te enfoque basado en el capital e insumos intensivos, los países en desa­rrollo deberían favorecer un modelo agroecológico que pusiera el énfasis en la biodiversidad, el reciclaje de los nutrimentos y la sinergia entre cultivos, animales, suelos y otros componentes biológicos, así como en la re­ge­neración y la conservación de los recursos.

Cualquier estrategia tendiente a aumentar el desarrollo agrícola sus­ten­table deberá basarse en principios agroecológicos y en un acercamiento más participativo en el desarro­llo de tecnologías y en su difusión. La agro­eco­logía es la ciencia que proporciona los principios ecológicos para proyec­tar y gestionar sistemas agrícolas sus­tentables y la conservación de los re­cur­sos, ofreciendo diversas ventajas pa­ra el desarrollo de tecnologías no agre­sivas para los agricultores; se ­basa en el conocimiento lo­cal de la agri­cul­tura y en la selección de tecnologías mo­der­nas de bajo in­su­mo con mi­ras a diversificar la pro­duc­ción. Esta propuesta incorpora los principios biológicos y los recursos locales en la gestión de los sistemas agrícolas con el fin de lograr un ambiente saludable y una manera que permita a los peque­ños propietarios intensificar la produc­ción en zo­nas marginales.

Se calcula que entre 1 900 y 2 200 mi­llo­nes de personas todavía carecen directa o indirectamente de acceso a la tecnología agrícola moderna. Se pro­yectaba que en América Latina la po­bla­ción rural permanecerá estable en 125 millones hasta el año 2000, pero más de 61% de esta población es po­bre y se espera que crezca. La pros­pec­ti­va para África es todavía más dra­mática; la mayoría de la población ru­ral pobre (alrededor de 370 millones en­tre los más pobres) vive en zonas de escasos recursos, que son muy heterogéneas y de alto riesgo. Sus sistemas agrícolas son de pequeña escala, com­plejos y di­ver­sos. La peor pobreza a me­nudo ­está localizada en zonas áridas o se­mi­ári­das, y en montañas y ce­rros eco­ló­gi­camente vulnerables. Estos campos y sus complejos sistemas de cultivo son, pues, un reto para los investigadores.

Para que sean benéficos a los cam­pe­si­nos pobres, el desarrollo y la in­ves­ti­ga­ción agrícolas deben operar con base en un planteamiento que par­ta de lo mínimo, o usando los recursos ya disponibles, esto es, la gente del lu­gar, su co­no­ci­miento y sus recursos natura­les autóctonos. Se debe tomar se­ria­mente en consideración, me­dian­te acer­ca­mien­tos participativos, las ne­ce­si­da­des, aspiraciones y circunstancias de los pequeños propietarios. Esto significa que, desde la perspectiva de los campesinos, dichas innovaciones deben ser el ahorro de insumos y la re­ducción de costos y ries­gos; la ex­pan­sión hacia tierras marginales infértiles; la congruencia con los sistemas agrícolas de los campesinos; la nutrición, salud y mejoramiento del entorno.

Es precisamente por lo que acaba­mos de mencionar que la agro­eco­lo­gía ofrece varias ventajas sobre la Re­vo­lu­ción Verde y los plantea­mien­tos bio­­tec­nológicos, pues sus tecnologías tien­­den a basarse en el conocimiento lo­cal y en su razón de ser, son económicamente viables, accesibles y están ba­sa­das en los recursos locales; son am­bien­tal, social y culturalmente sensibles, evi­tan los riesgos de acuerdo con las cir­cuns­tancias de los campesinos, y pro­pician una total estabilidad y productividad agrícolas.

Mien­tras se logran tales criterios, existen miles de ejemplos de produc­to­res rurales que, en asociación con las ong y otras instituciones, pro­mue­ven la conservación de los re­­cur­sos aun cuando los sistemas agríco­las sean altamente productivos. Los incremen­tos en la producción de 50 a 100% son bastante comunes y tienen más mé­to­dos alternativos de producción. En al­gunos de estos sistemas, el ren­di­­mien­to de las cosechas en que el cam­pesino pobre confía más —arroz, frijol, maíz, yuca, papas y cebada— se ha multiplicado cuando se ha confiado más en el conocimiento local que en la compra de insumos muy caros, y al aprovechar los procesos de inten­si­ficación y sinergia. Hay algo más im­­por­tante que la mera pro­duc­ti­vidad, es la posibilidad de lograr una producción total principalmente mediante la diversificación de los sistemas agrí­co­las, usando al máximo los recursos dis­po­nibles.

Conocemos muchos ejemplos de apli­cación de la agroecología en el mun­do en desarrollo. Se calcu­la que al­rededor de 1.45 millones de pro­­pie­ta­rios rurales pobres, que abar­can 3.25 millones de hectáreas, han adop­tado las tecnologías de conserva­ción de los recursos. Por ejem­plo, en Bra­sil, 200 000 agricultores cubren con abono verde los cultivos, du­pli­can­do el rendimien­to de maíz y tri­go; en Guatemala y Hon­duras, 45 000 cam­pesinos incor­po­raron una ca­pa de la leguminosa Mu­cuna como sistema para la conser­va­ción del suelo y triplicaron el ren­di­miento de maíz en las laderas; en Mé­xico, 100 000 pequeños productores de café orgá­ni­co incrementaron la pro­duc­ción en 50%; en el sureste de Asia, 100 000 pequeños productores de arroz, en colaboración con las escuelas ipm, aumentaron en forma consi­de­rable la producción eliminando los pla­gui­ci­das; en Kenia, 200 000 campe­sinos du­­plicaron la producción de maíz me­­­dian­te el uso de la agrosilvicultura ba­sada en leguminosas e insumos orgánicos.

Conclusiones


Los efectos ecológicos de los cultivos mo­dificados genéticamente no se li­mi­tan a ser resistentes a las plagas y a la crea­ción de nuevas malezas o de cepas de virus. Los cultivos transgéni­cos producen también toxinas am­bien­tales que se mueven en la cadena ali­­mentaria y que pueden pasar al suelo y las aguas, afectando a invertebrados y probablemente procesos eco­ló­gicos como el reciclado de los nutrimentos. Es más, la homogeneización del paisaje en gran escala debido a los cultivos transgénicos agudizará la vul­­nerabilidad ecológica que hoy se asocia con la agricultura de monocultivo. La expansión indiscriminada de esta tecnología en los países en desarrollo no es deseable. Existe una fuerza en la diversidad agrícola de muchos de esos países que no debe reducirse ni inhi­­birse mediante el monocultivo ex­ten­sivo, es­pecialmente cuando las con­se­cuen­cias de hacer esto son problemas so­cia­les y ambientales muy serios.

A pesar de estas consideraciones, los cultivos transgénicos se han intro­du­ci­do en los mercados internacio­­na­les y han deteriorado los paisajes agríco­las de Estados Unidos, Canadá, Argentina, China y otros países. En el contexto de las negociaciones en torno a la Convención sobre Diversidad Bio­lógica, 130 países firmaron un tra­ta­do glo­bal que regirá el mercado de los organismos genéticamente mo­di­fi­cados, y tuvieron el buen juicio de adoptar el “principio precautorio”, el cual dice que cuando se sospe­cha que una nueva tecnología puede causar un posible daño, la incertidum­bre cientí­fica sobre el alcance y la se­­ve­ridad del daño no debe obstaculizar una acción precautoria.

En lugar de lan­zar críticas a sus de­­tractores por probar que su tecno­lo­gía pueda implicar un daño, los pro­­duc­tores de biotecnología tienen la res­ponsabilidad de presentar pruebas de que ésta es segura. Hoy día existe una evidente necesidad de realizar y controlar muestreos independientes para asegurarse de que los datos autogene­rados presentados a las instituciones gubernamentales regulatorias no están desviados o distor­sio­nados para aco­mo­dar los intereses de la industria. Es más, debería forta­le­cer­se una moratoria mundial hasta que las cuestio­nes planteadas, tanto por los científicos dignos de credibili­dad —que están investigando seria­men­te los impactos ecológicos de los cultivos transgénicos y en la salud—, como el público en ge­neral, puedan escla­re­cerse mediante cuer­pos indepen­dien­tes de científicos.
 
Muchos grupos ambientalistas y con­sumidores abogan por una agri­cul­­tura más sustentable y demandan con­­ti­nua­men­te asistencia para la in­vesti­ga­ción agrícola basada en la eco­lo­gía, así como para todos los problemas bio­ló­gicos que la tecnología pretende que se pue­den resolver usando enfoques agro­quí­­mi­cos. El problema es que la in­vestigación en las instituciones públicas re­fle­ja cada vez más los intereses de los inversionistas privados en de­trimento de una buena investigación pública, tal co­mo el control bio­ló­­gico, los sistemas de producción or­gá­nica o las técnicas agroecológicas generales. La sociedad civil debe ­exigir más in­vestigación acerca de las op­cio­nes que tiene la biotecnología, tan­to a las universidades como a otras instituciones públicas. Existe tam­bién la im­periosa necesidad de en­fren­tarse al sistema de patentes y derechos de pro­piedad intelectual inherente a la Orga­nización Mundial de Comercio (omc), el cual no sólo beneficia a las corpo­ra­ciones multinacionales con el dere­cho de incautarse los recursos genéticos y patentarlos, sino que también acentúa la tasa a la cual las fuerzas del mer­cado están fomentando los mo­no­cul­ti­vos con variedades transgénicas genética­men­te uniformes.
 
No cabe duda de que los pequeños agricultores situados en ambientes mar­­gi­na­les en el mundo en desarrollo pueden producir mucho más alimento del necesario. La evidencia es concluyente: nuevos planteamientos y tecnologías encabezados por agricultores, gobiernos locales y ong, en todo el mundo, están aportando una gran con­tribución a la seguridad ali­men­ta­­ria a niveles doméstico, nacional y re­­gio­nal. En muchos países existe una va­riedad de planteamientos agro­eco­ló­­­gicos y participativos que muestran logros positivos, incluso en condiciones adversas. Estos potenciales inclu­yen el aumento en la producción de ce­­real de 50 a 200%, y la estabilidad de la producción mediante la diversifi­cación y la gestión del suelo y el agua, el mejo­ra­miento de las dietas y el ingreso, con la ayuda y difusión apropia­das de es­tos planteamientos, y son una contribución a la seguridad nacional alimentaria y las exportaciones.
 
Que el potencial y la difusión de las miles de innovaciones agroecoló­gi­cas locales se realice de­pen­de de las inversio­nes, las políti­cas que se lleven a cabo y la actitud ante los cambios por parte de los in­ves­ti­ga­do­res y las autorida­des res­pon­sa­bles. Los cambios ver­dade­ra­mente importantes deben ocurrir en las políti­cas, las instituciones y la in­ves­­ti­gación y el desarrollo pa­ra asegu­rar que se adopten alterna­tivas agro­eco­ló­gicas equitativas y ampliamente accesibles a que se multipli­quen para que su pleno beneficio para una segu­ridad alimentaria sustentable pueda llegar a ser una realidad. Los subsidios exis­ten­tes y la política de incentivos a las soluciones químicas deben desa­parecer. El control de las corporaciones sobre el sistema ali­mentario debe también ser cues­tio­na­do; es urgente que los gobiernos y los organismos pú­­blicos internaciona­les fo­menten, pres­ten asistencia y for­ta­lez­can a los campesinos para lograr se­guridad en su alimentación, la ge­ne­­ra­ción de ingresos y la con­ser­va­ción de los recursos naturales.
 
Es preciso que se desarrollen tam­­bién oportunidades equitativas de mer­­ca­do, poniendo en relieve un mercado justo y otros mecanismos que vinculan al agricultor con los consumidores en forma más directa. El reto final es aumentar la inversión y la investigación en agroecología y rea-lizar pro­yec­tos que ya han sido pro-bados con éxi­to. Esto generará un importante im­pacto en el ingreso, la seguridad ali­mentaria y el bienestar ambiental de la población mundial, en especial la de millones de campesinos pobres a quie­nes todavía no llega la tecnolo­gía de la agricultura moderna.
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Traducción
Elena Álvarez - Buylla Roces.

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como citar este artículo
Altieri, Miguel A. (2009). Biotecnología agrícola en el mundo en desarrollo: mitos, riesgos y alternativas. Ciencias 92, octubre-marzo, 100-113. [En línea]
     

 

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Riesgos y peligros de la dispersión de maíz transgénico en México
 
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Elena Álvarez-Buylla Roces y Alma Piñeyro
   
               
               
Actualmente estamos frente a la posibilidad de que se aprue­be
la liberación de líneas de maíz transgé­nico en el campo mexicano. Las consideraciones sobre lo de­sea­ble y seguro de esta tecnología para nuestro país han sido guiadas por intereses políticos y económicos privados, más que por estudios científicos concluyentes, dejando de lado además las consideraciones sociales y ambientales. Estos intereses han moldeado y apresurado un marco re­gu­la­torio encaminado a posibilitar la liberación de las líneas co­merciales disponibles de maíz transgénico en el cam­po mexicano, lo cual desencadenaría un conjunto de ries­gos y peligros.

Lo que es peor, en el caso particular del maíz trans­gé­ni­­co se sabe ya que estos desarrollos son obsoletos en tér­mi­nos tanto científicos como tecnológicos, aun para las con­diciones de agricultura industrializada para los que fue­ron creados originalmente, debido a que se basan en un paradig­ma científico ya superado: un gen determina un rasgo visi­ble —fenotípico— de manera simple y prácticamente indepen­diente del resto de los genes del organismo y del ambiente en donde se desarrolla dicho orga­nismo. Mientras se creaban los primeros organismos genéticamen­te mo­di­ficados (ogm), este paradigma ya era cuestionado con base en innumerables datos experimentales y modelos for­ma­les. Sin embargo, se siguen desarrollando transgéni­cos con base en este paradigma y se promueve su co­­mer­cia­lización y dispersión en el ambiente sin medir las con­se­cuen­cias. ¿Cuáles son los riesgos de dicha liberación?
 
Para evaluar los riesgos e incertidumbres del uso de una tecnología se han elaborado diferentes protocolos de evaluación que analizan diferentes niveles en los cuales un de­sarrollo tecnológico puede presentar peligros, riesgos e in­certidumbres. En el caso de los organismos genética­men­­te modificados, uno de los protocolos más acabados pre­sen­tados hasta el momento por una autoridad nacional o supranacional es el elaborado por el panel científico con­sul­tado por la Autoridad Europea de Seguridad de los Ali­men­­tos. Este protocolo contempla que el análisis de bio­se­gu­ri­dad de un ogm específico debe hacerse en varios niveles y mínimamente incluir: las características biológicas del(os) organismo(s) de donde se obtuvieron las secuencias trans­génicas; las características biológicas del organismo re­cep­tor; el proceso de transformación genética; las característi­cas de la(s) proteína(s) recombinante(s), tanto su toxicidad para el hombre y los animales como la posibilidad de trans­ferencia horizontal de los (trans)genes que las codifican ha­cia otros organismos, así como los posibles riesgos de su liberación al ambiente en diversos contextos.
 
Lo notable de este documento es que hace referencia ex­plícita a que la evaluación de los posibles efectos nega­ti­vos o peligros de la liberación de un ogm particular debe hacerse caso por caso, en donde un “caso” está con­for­ma­­do por el ogm mismo y sus características, pero también por el ambiente y el contexto agrícola en el cual se usará, así como por sus posibles usos. Para la liberación al am­bien­te de un ogm es necesario evaluar los posibles peligros (que definimos aquí como la fuente del riesgo, y se refiere a una sustancia o a una acción que puede causar daño) y riesgos (la posibilidad de sufrir un daño por la exposición a un peligro), los cuales se hallan contenidos unos en otros —como las muñecas rusas, de ma­nera jerárquica, debido a los distintos niveles de orga­ni­zación de los sistemas biológicos por lo que se les llama “anidados”—, de acuerdo con pa­rámetros ecológicos ambiente-específicos, pero también considerando las condiciones socioeconómicas bajo las cua­­les se usarán tales desarrollos.
 
De manera muy simplificada y esquemática, los princi­pales niveles de riesgos e incertidumbres son: 1) la construcción recombinante o transgénica propiamente dicha, que incluye el o los genes que codifican para las proteínas objeto de la biotecnología, así como las secuencias reguladoras que determinan en dónde y cuándo se expresará dicho gen; las secuencias que permiten la selección de las plantas que resultan transgénicas y, finalmente, secuencias importantes para la transcripción del o los genes de in­terés (figura 1); 2) el contexto genómico y proteómico, así como el fondo genético de la planta receptora, en el cual se integrará la construcción recombinante y del cual dependerá el efecto fisiológico o morfológico del transgén; 3) el contexto ambiental en el cual se usará la planta trans­génica; 4) el contexto agrícola-tecnológico de la zona o país en donde se liberará la planta transgénica; 5) el contexto socioeconómico —cultural, forma de uso, importancia ali­­men­taria, organización de la producción agrícola, distri­bu­ción, etcétera— de la región y país en que se usará la plan­ta transgénica bajo evaluación.
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FIG1
     

El esquema de anidamiento de incertidumbres, riesgos e insuficiencias deja claro que aquellos que surjan en los niveles más internos tendrán implicaciones más gene­rales que los que surjan por fenómenos a niveles superiores, dentro de contextos económicos, sociales y culturales que si bien operan de manera independiente con los nive­les inferiores, se traslapan con éstos, potenciando o ate­nuan­do los riesgos e incertidumbres presentes en los ni­ve­les basales. Más aún, dentro de las evaluaciones de riesgo, algunos niveles tendrán interacciones más relevantes —por ejemplo los riesgos e incertidumbres propios del nivel fi­siológico de la transformación genética serán más importantes cuando se evalúe la posibilidad de toxinas que afec­ten la alimentación de la población, que los riesgos de­rivados de la transgénesis per se, que están en un ni­vel inferior. En contraste, para evaluar la posibilidad de flu­jo génico, el nivel agroecológico será el más relevante, tan­to en las consideraciones de impacto a nivel social, como a ni­vel económico (figura 2). Así, los efectos que se de­rivan de factores o peculiaridades de los niveles supe­rio­res serán relevantes únicamente para los casos en donde se pre­sen­ten las condiciones específicas asociadas a dicho contexto y riesgo e incertidumbre particular surgido de un nivel superior.

     
FIG2
     
 
Así, las consecuencias de los maíces transgénicos en paí­ses para los cuales el maíz es el alimento básico, con la relevancia nutricional, ambiental, económica, social y cul­tural que esto conlleva, serán muy distintas a las que tendrán estos desarrollos en otros países donde no lo es. Por los riesgos e incertidumbres del uso de este tipo de orga­nis­mos, así como por la percepción social de los mismos, en los países para los cuales el arroz (Japón e India) y el tri­go (Estados Unidos de Norteamérica, Canadá y Europa) son los cereales básicos y se consumen masivamente de ma­ne­ra directa (como sucede con el maíz en México), ha ha­bido mucha resistencia a la liberación de líneas trans­gé­ni­cas de estos cultivos. Sólo cinco líneas de arroz gm han sido aprobadas para su liberación al ambiente en espacios restringidos dentro de Canadá y Estados Unidos, mientras que siete líneas de trigo gm han sido liberadas al ambiente en espacios pequeños dentro de Canadá y Estados Unidos, pero no se ha aceptado la comercialización a gran es­cala de líneas transgénicas, como ha sucedido con el maíz. La protección de este último, corresponde a México y nuestro gobierno.
 
 
El análisis de los niveles de anidamiento es útil para dis­cernir en qué punto de la cadena productiva puede ha­ber riesgos o incertidumbres al usar tecnologías que no son claramente peligrosas. Tal es el caso de los maíces transgé­nicos de uso agrícola —conocidas popularmente como Bt y rr—, comercializados hasta el momento. Sin embargo, hay de­sarrollos tecnológicos que implican peligros contun­den­tes para la salud y el medio ambiente en prácticamente todos los niveles, sin importar la dinámica humana de los ni­veles superiores. En este caso no es conveniente minimi­zar los riesgos en ninguno de los niveles, por más pequeños que sean. Ejemplos de este tipo de desarrollo bio­tec­no­lógico son los nuevos eventos de transformación en maíz que producen sustancias para uso farmaceútico —an­ti­coa­gulantes, vacunas, reactivos experimentales, anti­cuer­pos y muchas otras proteínas recombinantes para uso ex­pe­ri­men­tal, no especificadas y protegidas por secreto de empresa— e industrial —plásticos, solventes y otros.
 
 
Construcciones recombinantes en maíz

El promotor viral 35S y los cassettes de resistencia a antibióti­cos. En este caso, el primer nivel de anidamiento está dado por las secuencias génicas reguladoras presentes al interior de la construcción quimérica en donde se encuentra fusionado el gen que codifica para la proteína objeto de la transgénesis. En la figura 1 ilustramos una construcción que contiene uno de los desarrollos económicamente más importantes en maíz transgénico: el que expresa una va­rian­te de la proteína Cry de la bacteria Bacillus thurin­gien­sis —llamado maíz Bt. La construcción recombinante con­tiene por lo menos tres secuencias: una promotora, el gen de interés y otra terminadora. Es pertinente considerar la función de cada una de las secuencias usadas: a) secuencia promotora que dirige la expresión de un gen —gen Bt, en este ejemplo; b) (trans)gen de interés: codifica para la proteína que se quiere producir en un organismo genética­mente transformado, c) secuencia terminadora de la trans­cripción del mismo gen, que delimita hasta dónde llega el adn polimerasa; d) secuencia utilizada como marcador de selección, que sirve para determinar qué plantas han sido transformadas exitosamente —hasta ahora la estrategia más utilizada ha sido la cotransformación con genes que ex­presan una proteína que confiere resistencia a un antibiótico, en particular la kanamicina y otros de la familia de las penicilinas, o resistencia a herbicidas; e) secuencias flan­queadoras de la construcción recombinante que pueden aumentar las posibilidades de inserción exitosa en el genoma receptor. Todas las secuencias enlistadas, salvo la b no son objeto directo del desarrollo biotecnológico ela­bo­rado, sin embargo, sí se integran en el genoma de la plan­ta receptora e implican peligros y riesgos importantes que con­sideramos en este apartado.
 
El promotor 35S del virus del mosaico de la coliflor. Esta se­cuencia promotora es una secuencia reguladora de la ex­presión de un gen que provoca una expresión fuerte y constante del gen bajo su acción. Es una secuencia originalmente aislada de un virus que provoca la enfermedad del mosaico en la coliflor. En un inicio se creía que sólo fun­cionaba en plantas dicotiledóneas de la familia Brassi­ca­­ceae, como la coliflor, en la cual fue aislada y caracteri­zada a partir del virus del mosaico. Sin embargo, experimen­tos posteriores demostraron que este promotor podía ser funcional en otras plantas, tanto dicotiledóneas como mo­nocotiledóneas, y en bacterias como Escherichia coli, Agro­bacterium rhizogenes así como en células humanas.
 
Dada su eficiente y alta expresión en todo tipo de te­jidos durante las etapas del desarrollo de las plantas —ex­pre­sión ectópica y constitutiva—, ha sido el promotor más uti­li­zado en la transformación genética de plantas. En el caso del maíz, ha sido utilizado en más de 85% de los eventos de maíz transgénico liberados al ambiente y muchos de ellos comercializados en diferentes partes del mundo.

La primera incertidumbre y potenciales riesgos a nivel de las construcciones recombinantes que incluyen este pro­motor surge justamente del hecho de que es un pro­mo­­tor de origen viral y los virus nunca transfieren sus se­cuen­cias promotoras a los genomas de las plantas o a los ani­ma­les que infectan. Este hecho es relevante por varios motivos; por un lado, este promotor ha sido progresiva­men­te modificado para expresarse de manera constitutiva e independiente del contexto genómico en el que se en­cuentre, fenómeno que se ha corroborado en diferentes organismos, incluidos tejidos humanos. Tam­bién se ha documentado que puede activar y dirigir la expresión de genes que estén río aba­jo del sitio de inserción de la construcción transgénica que lo contiene, dichos genes pue­den entonces ser endógenos o propios del or­ganismo transformado genéticamente, y no sólo los genes de interés.
 
Al interior de los genes presentes en el ge­noma de muchos seres vivos, incluidas las plantas y humanos, se encuentran secuencias originarias de virus, mismas que podrían ser activadas por un promotor 35S. En el caso del ser humano esto sería mucho más difícil pues involucraría la transferencia de genes exó­genos mediante técnicas como las utiliza­das en terapia génica o por algún otro me­ca­nismo de transferencia horizontal. Pero en el caso de las plantas, se han documentado casos en donde el promotor 35S ha activado ec­tópicamente un gen endógeno o ha si­len­ciado los propios transgenes que dirige u otros genes de la planta receptora.

Por otro lado, la presencia de esta secuencia dentro del genoma de un organismo puede ser un factor intrínseca­men­te desestabilizador ya que contiene secuencias que han sido caracterizadas como hot-spots de recombinación, esto es, regiones que favorecen la unión al adn de recombi­nasas, las cuales a su vez pueden cortar y pegar el adn de manera aleatoria. Esto ha sido comprobado en virus, pero existe la posibilidad de que lo mismo ocurra cuando este pro­motor es insertado en otros genomas —es un hecho que no ha recibido la suficiente atención científica.

Algunos de los desarrollos comercializados en los últi­mos tres años han comenzado a utilizar otros promotores, como el de la ubiquitina y zeína del maíz o arroz, los cua­les se expresan de manera más específica, tanto temporal como espacialmente, al interior de un planta. Sin embargo, el promotor 35S sigue siendo el más utilizado en los eventos disponibles comercialmente.
 
Contexto genómico

En este nivel podemos, a su vez, distinguir varios tipos de ries­gos: aquellos derivados de la presencia de secuencias reguladoras que funcionan de manera autónoma —y co­­mún­mente ectópica con respecto al contexto genómico en que se insertan; tal es el caso del promotor 35S. También están los riesgos derivados de que una construcción transgénica se fragmente al ser introducida en una planta. Esto último es bastante común cuando se usan métodos de transformación por medios físicos, como la biobalística, que es ampliamente usada en la transformación de maíz, y otras monocotiledóneas que eran históricamente recalci­tran­tes a la transformación in planta mediada por la in­fec­­ción con Agrobacterium tumefasciens, que debe ser previa­­men­te modificada para llevar a cabo la construcción re­com­bi­nan­te en su plásmido. En caso de fragmentación, las secuen­cias exógenas se quedan dispersas dentro del genoma re­ceptor, y pueden interferir con la expresión de un gen si son insertadas dentro de su secuencia codificante, lo cual anularía la expresión de un gen funcional. Otra posibilidad es una afectación a nivel epigenético, lo cual sucede cuan­do los fragmentos de la construcción recombinante son se­cuencias reguladoras —promotores u otros enhancers— que están lo suficientemente cerca de un gen endógeno como para modificar su expresión.

Otro riesgo relacionado con los anteriores, que surge en el nivel del genoma de la planta receptora, se desprende del hecho de que el efecto de un gen en el fenotipo —conjunto de rasgos fisiológicos o morfológicos de un ser vivo— depende del contexto genómico en el cual se encuentra dicho gen. En el caso específico de los transgenes, usamos un ejemplo de nuestro laboratorio para ilustrar cómo el si­tio de inserción de una construcción recombinante puede afectar el fenotipo. En la figura 3 se muestran dos plantas gemelas, idénticas genéticamente, que sólo difieren entre sí en la localización del transgen insertado. En este caso, es una construcción que incluye el promotor 35S, un gen de la familia mads, un terminador de la transcripción nos —gen de la Nopalina-sintetasa, aislado de E. coli—, un gen de re­sistencia al antibiótico Kanamicina y secuencias que flan­quean la construcción transgénica derivadas de Agrobac­te­rium tumefasciens, las cuales permiten la inserción de la cons­trucción recombinante en el genoma de Arabidopsis tha­liana. Estos experimentos se hacen bajo estrictas condiciones de bioseguridad en un laboratorio biocontenido con el fin de entender cómo son y cómo funcionan las re­des genéticas que regulan el desarrollo vegetal.
 
Como se ve en la figura 3, lo sorprendente es que a pe­sar de que las plantas transformadas son todas gemelas idén­ticas, porque Arabidopsis thaliana se autofecunda, al­gu­nas son de tipo silvestre (a) y otros no (b). Este hecho re­sulta de la imposibilidad de controlar el sitio de inserción de un transgén y del efecto sobre el mismo contexto genó­mi­co en el cual cae el transgén, el organismo receptor. En el caso de los ogm para fines comerciales en países como Es­tados Unidos, este hecho no tiene gran relevancia, pues las compañías seleccionan a posteriori las líneas con el fe­no­ti­po adecuado para sus fines, establecen líneas puras y de ellas distribuyen semillas para su venta.
     

FIG3

     
De cualquier manera, para un rango de condiciones pa­recidas a las usadas durante la selección a posteriori de las líneas transgénicas, éstas deben comportarse más o me­nos igual. Esto es cierto, y por ello los campos de maíz trans­génico en Estados Unidos raramente muestran plantas abe­rrantes o con comportamientos extraños. Sin em­bar­go, en el caso de México y de otros países en los que se encuentran variedades cultivadas y silvestres interfértiles con las transgénicas, el riesgo de efectos no deseados puede tener implicaciones mayores. En estas condiciones los transgenes estarán en contextos genómicos diversos y muy distintos a los de los maíces usados en la transforma­ción inicial. El riesgo de efectos inesperados en generacio­nes posteriores dependerá de la probabilidad de flujo gé­nico que se discute más adelante y opera en el nivel del sistema agroecológico en que se usarán los transgénicos.

El otro riesgo en el nivel genómico derivado de la trans­gé­ne­sis es el aumento en la labilidad e inestabilidad ge­nó­mi­ca del genoma receptor, lo cual incrementa la poten­cia­li­dad de recombinaciones ilegítimas o mutaciones espontáneas. Esto puede resultar del daño físico que es pro­ducido en el adn del genoma receptor cuando se introducen cons­truc­cio­nes transgénicas por medios físicos, pero también po­dría suceder en la transformación por infección con Agro­bac­te­rium tumefasciens. En el caso de la biobalísitica, se rompe la cubierta celular y nuclear, así como la integri­dad del adn, mediante la introducción a alta ve­lo­cidad de par­tícu­las de oro o tungsteno recubiertas con la construcción transgénica de interés. El adn incorpora la construcción transgéni­ca al ser reparado por la maquinaria subcelular endógena. Este tipo de efectos potenciales por la transgénesis ha sido advertido pero no se ha documen­tado rigurosamente.
 
Los sitios de rompimiento e introducción del transgén cuando se usa la biobalística son aleatorios y deben ser re­parados independientemente de si se incorpora la construc­ción transgénica completa, parcial o no, lo cual generará procesos de recombinación ilegítima al interior del genoma receptor. En cualquier caso, si la transgénesis genera mayo­res tasas de mutación o no, es algo que ha recibido muy poca atención y sin duda debería investigarse con mayor rigor antes de liberar una planta transgénica al ambiente, sobre todo si dicha planta puede entrecruzarse con otras locales. Estas incógnitas no han sido investigadas para el caso de la posible introducción de maíz transgénico en México.

Contexto fisiológico

Las proporciones y cantidades de proteínas producidas por una planta transgénica en comparación con su isolínea no transgénica se pueden ver trastornadas, llevando a la plan­ta a producir más de cierto tipo de proteínas que de otras. Esto puede suceder en ciertas partes y momentos del de­sa­rrollo, o en todos ellos y es una posibilidad que ha sido co­rroborada para un evento de maíz transgénico (mon810), en donde estudios proteómicos demostraron que por lo me­nos 100 proteínas estaban modificadas, mientras que 43 de éstas tenían aumentos o disminuciones significativas frente al perfil proteico de una planta no transgénica, con el mismo fondo genético que la mon810 y cultivada bajo las mismas condiciones controladas que las plantas trans­génicas. Este estudio fundamenta la necesidad de po­ner a prueba las modificaciones fisiológicas de las plantas trans­génicas a niveles más finos de las hechas hasta ahora, y de­ben abarcar otras sustancias, además de las producidas por el transgén de interés.
En otro estudio menos exhaustivo, se observó que la can­ti­dad de lignina producida por una planta transgénica (mon810) aumentaba significativamente en comparación con su contraparte no transgénica. Estos dos estudios ponen de manifiesto que en ciertos contextos fisiológicos, la transgénesis puede modificar por lo menos la proporción y cantidad de proteínas totales producidas como conse­cuen­cia no deliberada de la transgénesis. Si bien estos cambios pueden conferir ventajas adaptativas a las plantas que las posean, también podrían ir en su detrimento. Por ejemplo, cabe también la posibilidad de que se produzcan com­pues­tos tóxicos o alergénicos, además de que en el caso de con­ferir ventajas adaptativas, si también expresan fármacos u otras substancias no aptas para el consumo, la ventaja adap­ta­ti­va implicaría un mayor riesgo de expansión y con­taminación no deseada y sería difícil controlar las líneas biorreactoras.
 
Tampoco se sabe qué efectos e interacciones ocu­rri­rán cuando se acumulen varios transgenes en una misma plan­ta, algo que es plausible en condiciones como las de Mé­xi­co, donde se puede dar la polinización cruzada repetida con varias líneas transgénicas distintas.

Escala agroecológica

Los más relevantes riesgos, incertidumbres y peligros de li­berar maíz trans­génico al ambiente son aquellos que sur­gen en el nivel agroecológico, y que están relacionados con el hecho de que México es el centro de origen y diversifi­ca­ción del maíz (Zea mays ssp. mays), así como de dife­ren­tes especies de teocintle, con los que se puede entrecruzar —en especies como Zea mays ssp. parviglumis, el teocin­tle más cercano al maíz, dicha tasa de hibridización puede al­canzar frecuencias de hasta 50%.
 
Varios estudios paleontológicos han fechado las prime­ras mazorcas de maíz descubiertas en una cueva del valle de Tehuacán, entre los estados de Puebla y Oaxaca, en apro­ximadamente 8 000 años antes del presente. Mientras que las investigaciones genéticas realizadas mediante cruzas con­tro­la­das entre maíz y el mismo teocin­tle han ayudado a discernir los cambios genéticos que sub­ya­cen a las gran­des diferencias morfológicas entre la ma­zorca del maíz y la infrutescencia del teocintle (figura 4). Ta­les di­fe­rencias son grandes a nivel del fenotipo, pero pe­que­ñas a nivel ge­né­ti­co —involucran, hasta donde se sabe, al­gunos genes ho­meó­ti­cos— pero es una evidencia que nos sirve para in­­sis­tir en la no linealidad del mapeo del geno­ti­po al fe­no­­ti­po, y la posibilidad de que —como se muestra en la figu­ra 3— algunas pequeñas alteraciones genéticas o epi­ge­né­ticas pro­ducidas por la transgénesis pue­dan tener efec­tos fenotípicos grandes e inesperados dependiendo del con­texto genómico en el que se inserte el transgén.
     
FIG4
     

 

 
A lo largo del tiempo el mejoramiento agronómico cam­pesino ha generado por lo menos 50 razas criollas de maíz, con características morfológicas, agrícolas y bioclimáticas particulares. Dada esta diversidad, es fundamental documentar no sólo los centros de origen, sino también los de diversificación del maíz, los cuales, más que los primeros, probablemente acumulan la mayor parte de la diversidad genética del maíz, como ha sido documentado para el caso de otro cultivar mesoamericano: el aguacate. Para el caso del maíz, en los acervos de México se resguarda más de 60% de la variación genética de todo el mundo. Por lo tanto, nues­tro país es también el centro de diversidad de este cereal.

El maíz es además una planta de polinización abierta y muy promiscua, ya que más de 90% de las semillas de una mazorca son resultado de la fertilización de los óvulos por polen proveniente de otras plantas. La probabilidad de flu­jo vía polen y la distancia a la que viaja depende de las condiciones agroecológicas. Las plantas de maíz transgénico podrán polinizar plantas de maíz no transgénico aun­que no estén en parcelas contiguas. El riesgo de polini­za­ción cruzada entre ambos tipos de plantas dependerá de muchos factores, prácticamente imposibles de controlar. Entre ellos están la distancia entre las parcelas, la sin­cro­nía en los tiempos de floración de ambos tipos de plan­tas, la dirección de las corrientes de viento y la orografía, los cua­les pueden aumentar los riesgos de flujo de transgenes vía polen. Lograr documentar el flujo génico en el cam­po es técnicamente complicado y demandante, y toda­vía no existe un consenso sobre cómo hacerlo.
 
En México, el flujo de genes vía semilla es quizás el más importante. Los agricultores de comunidades distantes in­tercambian semilla con la finalidad de probar si la que re­ciben presenta alguna característica de interés. En este pun­to se puede proceder a la mezcla directa entre la se­mi­lla adquirida y la propia o, más comúnmente, se siembra una al lado de la otra, favoreciendo entonces la fecundación cruzada. Además, cada temporada de cosecha se reco­gen todas las mazorcas de una parcela, y de éstas se selec­cionan unas pocas que serán utilizadas en la siembra del siguiente ciclo agrícola, práctica que favorece la posible acu­mulación de transgenes diversos en el banco de semillas de un agricultor, compuesto por los de ciclos anteriores, y que puede favorecer tanto la disminución como el aumento en la frecuencia de un transgén que pueda estar en las mazorcas seleccionadas para el siguiente ­ciclo.
 
Dado el número limitado de semillas seleccionadas para cada ciclo agrícola es posible incluso que un transgén se fije por un fenómeno conocido en genética de poblaciones como “cuello de botella”, y que depende de un “error de muestreo”. Por ejemplo, si en un costal tenemos 1 000 fri­jo­les negros y otros tantos blancos y sacamos a ciegas sólo 5, éstos podrían ser de un solo color, o en vez de tener 50% de cada uno como en la “población” original, podríamos te­ner 1 y 4, 2 y 3, etcétera. Por lo tanto, el manejo campesi­no tradicional puede ser un mecanismo que favorezca la introgresión de transgenes a razas criollas, siempre que es­tos genes no sean deletéreos.
 
Adicionalmente, en el proceso de distribución de semi­lla se pueden mezclar involuntariamente semillas trans­gé­nicas con no transgénicas. Por ejemplo, durante su transportación a granel en contenedores que no están sellados totalmente o en vehículos de transporte terrestre o ferro­ca­rril, de los cuales se pueden escapar semillas durante su trayectoria a lugares de almacenamiento. Dichas semillas pueden germinar cerca de parcelas de maíz no transgénicas y entrecruzarse con las plantas que allí crecen. Asimismo, al llegar a los sitios de almacenamiento pueden mezclarse durante su empaquetamiento o cuando las bol­sas o costales de semillas transgénicas se rompen y se mez­clan con semillas no transgénicas guardadas en almacenes comunes; al igual que el uso de la misma maquinaria para manejar ambos tipos de semilla puede favorecer su mezcla a bajas frecuencias si no es correctamente limpiada.
 
Si bien todos estos pasos involucrados en la distribución de semilla podrían teóricamente controlarse me­dian­te el empleo de contenedores sellados durante el trans­porte de semilla transgénica, el uso de almacenes exclusivos, la ela­boración de criterios más astringentes para el manejo de semilla de identidad dudosa —su destrucción—, la lim­pieza de la maquinaria, contenedores y transporte utiliza­dos, así como el informar al agricultor de la posible pre­sen­cia de semilla transgénica no distinguible visualmente de la no transgénica, en los hechos la segregación es imposi­ble aun en países como Estados Unidos, en donde el abas­to de semillas es controlado por las compañías semilleras y exis­ten medidas reguladoras estrictas. En ese país, 90% de los acervos de semillas de maíz, soya y canola que no debe­rían tener transgenes, están contaminados con más de 1% de los mismos. Además, existen varios casos concretos que ejemplifican la imposibilidad de segregar, aun cuando se vi­gila que esto no suceda, como el del escape de maíz “Star­link” que produce una variedad de la proteína Cry (9c) de Bacillus thuringiensis, que por sus posibles efectos alergé­ni­cos en humanos fue aprobada sólo para consumo animal. De manera inadvertida, esta proteína llegó a diversos pro­ductos alimenticios presentes en los anaqueles de los su­per­mercados de Estados Unidos.
 
En ese país tampoco se ha podido contener al 100% las siembras experimentales de ogm que expresan fármacos o sustancias industriales, las cuales están sujetas a medidas de regulación y contención mucho más estrictas que los otros tipos de transgénicos. Dos casos de ello son la conta­minación en 2002 de la maquinaria y la posible cruza con otros maíces, de un maíz transgénico creado por Prodi­Gene que expresaba una vacuna para puercos; y el reciente es­cape, en 2006, de una línea de Bayer de arroz Liberty Link (evento ll601), sembrado a nivel experi­men­tal en Estados Unidos y que inadvertidamente llegó al arroz destinado a la exportación a Japón. Más tarde se detectó en arroces de anaquel en muchos países del mundo. En Mé­xico, el Ins­tituto Nacional de Ecología publicó en los pe­riódicos que cerca de 90% de los paquetes de arroz en el supermer­ca­do estaban contaminados con esta variedad aún no auto­rizada para consumo humano, una situación gra­ve si pensa­mos que 70% del arroz que se consume en México proviene de aquel país.
 
La evidencia disponible permite asegurar que una vez sembrado el maíz transgénico a campo abierto en México, la introgresión no deliberada de transgenes al genoma de razas criollas de maíz no podrá prevenirse de ninguna for­ma, algo que ha sido ya comprobado para el algodón, del cual México es centro de origen —de una de las especies de mayor importancia comercial: Gossypium hirsutum. Es una planta mucho menos promiscua que el maíz, con una red de producción menor y una probabilidad de dispersión vía polen menor; sin embargo, estudios recientes de gené­tica de poblaciones sugieren que es probable que ocurra flu­jo gé­ni­co a larga distancia —estimada en 265 kilómetros— de las variedades transgénicas a las no transgénicas por la vía de la dispersión de semilla. Dado este po­ten­cial de disper­sión, es de esperar que los acervos silves­tres even­tual­men­te presenten contaminación a pesar de estar a mi­les de ki­lómetros de distancia entre sí.
 
Más aún, monitorear el flujo génico en el momento que está ocurriendo es muy difícil pues requiere métodos mo­leculares o bioquímicos sofisticados y esfuerzos de mues­treo grandes, muy demandantes en tiempo y recursos. Ade­más, en México no existe la capacidad técnica en términos de laboratorios o personal necesario para imple­mentar un monitoreo eficaz de las semillas que entran a nues­tro país, algo cada vez más necesario y urgente, pues los riesgos des­cri­tos en las secciones anteriores para los ni­veles infe­riores se multiplican, dado que el riesgo de ­flujo génico es muy grande. Ambos aspectos implican un pe­li­gro que no se debe correr: el efecto disruptivo de los transge­nes —so­bre todo del promotor 35S como se explicó arriba— sobre la integridad de los acervos genéticos de maíz mexi­ca­no, y los efectos no esperados por la introgresión de transgenes en distintos contextos genómicos. Y en caso de escapes, los peligros que se desprenden del riesgo de contaminación de los acervos de maíz mexicano con genes que condifican para sustancias tóxicas.
 
Al peligro de disrupción de los acervos genéticos per se, que puede tener consecuencias muy negativas para fu­tu­ros planes de mejoramiento agronómico o para la seguridad alimentaria nacional, se le deben sumar los posibles efectos ecológicos no deseados. Entre ellos, discutidos am­pliamente en otras contribuciones, se cuentan la posible aparición de insectos resistentes a las proteínas insecticidas de la variedades de maíz Bt comercializadas actual­men­te, la evolución de supermalezas tolerantes a los herbi­cidas que se tendrán que administrar en cantidades cada vez mayores al maíz transgénico tolerante a estos agrotó­xi­cos, la acumulación de los mismos en el ambiente, el daño o efecto nocivo a organismos no blanco y sus efectos mul­ti­plicativos y difíciles de predecir en los ecosistemas, la per­sistencia de los transgenes en variedades criollas o sil­ves­tres, y la acumulación de proteínas recombinantes en el suelo con posibles efectos nocivos, entre otros.
 
Finalmente, el riesgo de flujo génico puede tener im­pli­caciones socioeconómicas importantes. Dadas las leyes in­ternacionales de patentes, las secuencias recombinantes patentadas le dan derecho a los dueños de las mismas. Si estas secuencias llegan accidentalmente a los maíces crio­llos, en principio, estos dueños podrían demandar a los usua­rios de los acervos contaminados o incluso reclamar la pertenencia de los mismos.
 
 
¿Una tecnología inadecuada para México?
 
 
Actualmente nuestro país está entre los diez principales pro­ductores de maíz a nivel mundial y este cultivo ocupa el primer lugar en superficie cultivada en Mexico. Si bien se cultiva en todo el territorio, se hace de maneras diversas; en el norte, en estados como Sinaloa y Tamaulipas y al­gu­nas zonas del Altiplano o el Bajío, su cultivo se lleva a cabo en parcelas de gran extensión, en una agricultura tec­nificada con muchos insumos, tales como semilla mejo­ra­da, fertilizantes químicos y pesticidas. En el centro y sur, su cultivo se lleva a cabo en parcelas más pequeñas, con menos insumos y en el contexto de una agricultura diversificada de milpa en donde el maíz es acompañado comúnmente por frijol, chayote, calabacitas y hierbas comestibles o quelites.
 
La milpa es un sistema agroecológico robusto y sus­ten­table que asegura un abasto diverso de alimentos com­plementarios de elevada calidad nutricional. Además, la in­terdigitación, extensión y complejidad de los sistemas de producción de maíz en todo México hacen que el riesgo de flujo génico, y con ello los otros riesgos y peligros in­trín­secos a los niveles inferiores descritos en las secciones an­te­riores, sean muy grandes, lo cual debería de ser sufi­ciente para cancelar el uso de los transgénicos de maíz disponibles en el mercado como opción tecnológica para nuestro país. Pero además, los desarrollos actuales son insuficientes para las condiciones de México y lo están siendo también para las que fueron desarrollados.
 
 
Así, de los maíces transgénicos disponibles comercialmente, el que se ha adoptado con mayor éxito es el maíz Bt resistente a insectos, el cual representa la mayor proporción del total de maíz transgénico sembrado a nivel mundial. Sin embargo, las proteínas Cry de dichos maíces trans­génicos (Cry1Ab/Ac y Cry1c) no son eficaces para el control de las plagas de maíz mexicanas como Manduca sexta. Esto significa que además de los riesgos y peligros implicados en el uso de maíz transgénico, este desarrollo no conlleva be­­ne­ficios potenciales para este cultivo en nuestro país.
 
De igual manera, las líneas de maíz transgénico tole­ran­tes a herbicidas más usadas son las que expresan la pro­teína epsps recombinante proveniente de la cepa cp4 de Es­cherichia coli, la cual es tolerante al herbicida glifosato, que inhibe la producción de un aminoácido esencial, el trip­tofano y así mata las plantas. En México esta variedad es in­compatible con el policultivo de la milpa, ya que los her­bicidas afectan a todas las plantas, y mataría a todas las es­pecies acompañantes del maíz en la milpa. La primera consecuencia negativa del uso de este desarrollo sería el em­pobrecimiento de la dieta de aquellas familias que de­ci­dan utilizar semilla resistente a herbicidas, además de que se contaminarían los suelos y cuerpos de agua por el li­xi­via­do de estos agroquímicos no biodegradables, algo que está ya sucediendo en países como Argentina, en don­de se están sembrando extensiones grandes de cultivos de soya resistente al glifosato.
 
Por otro lado, existe la posibilidad de transferencia de ge­­nes de tolerancia a herbicidas por la vía del flujo génico a plantas como el teocin­tle, cuyas especies conviven co­mún­men­te en México con el maíz y son interfértiles con el mismo. El teocintle es tolerado aparentemente porque fa­vorece la transfe­rencia de genes útiles al maíz. Sin embar­go, el uso de maíz rr puede llevar a la introgresión del gen de tolerancia al teo­cin­tle y a la evolución, por exposición re­petida al her­bi­cida, de teo­­cin­tles tolerantes y otras male­zas, como ya está suce­dien­do en varios países que utilizan este herbicida.
 
 
Otro de los riesgos que ha sido más ampliamente dis­cu­tido e investigado es la afectación de los insectos no blan­co y la microbiota del suelo. Esto puede ocurrir en va­rios niveles: debido al consumo de proteínas Cry que con­­tie­ne la planta o de los exudados de las raíces de una ­plan­ta transgénica. También se podría modificar la cadena trófica en los agroecosistemas por la eliminación de los insectos blan­co, así como por la adquisición de resistencia de és­tos ha­cia las diferentes versiones de proteínas Cry ex­pre­­sadas por los distintos eventos de maíz transgénico, dando lugar a una carrera tipo “armamentista” entre insectos re­sistentes y variedades de maíz Bt. Estos insectos resistentes even­tualmente podrían volverse una plaga de grandes dimensiones en caso de salirse de control y evolucionar me­ca­nis­mos que los haga resistentes a una gran variedad de proteínas Cry expresadas por los transgénicos, y enton­ces habría que echar mano de pesticidas tóxicos. Este es­ce­na­rio no es nada remoto y por ello desde un ini­cio fueron establecidas estrategias de retardo en la evolución de re­sis­tencia por el Departamento de Agricultura de Estados Unidos.
 
Además de estas insuficiencias y riesgos se ha demostrado que los maíces transgénicos usados hasta ahora no aumentan de manera neta el rendimiento, pues no fueron desarrollados para ello. En algunos casos lo disminuyen, y en pocos implican aumentos menores a los que se podrían alcanzar con el uso de híbridos mejorados disponibles en las instituciones públicas de México. Los híbridos mexica­nos en combinación con otras prácticas agrícolas sí podrían implicar aumentos significativos en el rendimiento de maíz en México. El promedio de cosecha por hectárea es de alrededor de 3 toneladas por hectárea, frente a las 12 toneladas por hectárea cosechadas en Estados Unidos y otros países. Estos niveles en México sólo se alcanzan en algunos estados del norte del país en el contexto de una agricultura industrializada, como es el caso del estado de Sinaloa.
 
Biocombustible vs alimentos

Hasta el momento se han abordado los riesgos, incertidum­bres y peligros de las líneas de maíz comercializadas ac­tual­mente. En estas líneas, los riesgos a la salud no son apa­rentes. Sin embargo, los estudios de efectos a la salud se han hecho con base en el principio de equivalencia substancial, que ha sido ampliamente criticado en Europa, y que establece que una planta transgénica y otra no trans­gé­nica son iguales, y sólo difieren en la proteína producida en la primera. De tal manera, que los efectos a la salud de las plan­tas transgénicas generalmente se restringen a es­tu­diar los efectos de dichas proteínas recombinantes pu­rifica­das y aisladas del contexto de la planta en donde se producen. Es imperativo promover estudios sistemáticos usando, a lo largo de varias generaciones de animales de la­boratorio, las plantas transgénicas como tales. Algunos es­tudios independientes han alertado sobre algunos efectos nocivos que no han sido ampliamente investigados en diferentes organismos.
 
Más allá de conducir estos estudios en las líneas trans­gé­nicas comercializadas actualmente, las líneas de maíz trans­génico que han sido modificadas para producir de manera endógena sustancias industriales —fármacos como anticoagulantes, vacunas, etcétera—, que son tóxicas para animales y humanos o cancelan el uso del maíz como plan­ta alimenticia —como los que producen plásticos— repre­sentan un peligro irrefutable para la cadena productiva y ali­men­taria de maíz. Dado este peligro, una parte significa­tiva de la comunidad científica ha externado su rechazo al uso de plantas comestibles como biorreactores. En México, den­tro de la Ley de Bioseguridad de Organismos Ge­né­tica­men­te Modificados, así como en los reglamentos ema­nados de la misma, se ha establecido explícitamente que este tipo de desarrollos en maíz no serán permitidos en el territorio nacional. Sin embargo, en Estados Unidos se han sembrado más de 77 531.35 hectáreas a campo abierto de es­te tipo de cultivos. Éstos incluyen una larga lista de sus­tancias farmaceúticas, de uso industrial y experimental no explicitadas por prerrogativa de secreto industrial. Si bien estos campos están sujetos a controles más estrictos de bio­seguridad que los de transgénicos para uso agrícola, ya han existido casos de escape —mencionados arriba— y mezcla de este tipo de cultivos biorreactores con culti­vos convencionales o con cultivos transgénicos no tóxicos. Exis­te un riesgo inminente de escape o este puede ya ha­ber ocu­rrido en Estados Unidos.
 
Dado este riesgo, sería urgente insistir en que se can­ce­lara el uso de plantas alimenticias para generar biorreacto­res en todo el mundo. Pero para México el caso es particu­larmente preocupante. Dadas las condiciones productivas y de consumo de maíz —se pro­duce en todo el territorio, hay un flujo de genes im­por­tante en distancias largas y se consume en grandes can­tida­des por un amplio sector de la población, de manera cotidiana, sostenida, y en muchos casos, con un nivel bajo o nulo de procesamiento—, una mí­nima infiltración de estas líneas de maíz biorreactor po­dría multiplicarse en cada paso de la cadena productiva y alimentaria del maíz en México.
 
Dado que en Estados Unidos no están haciendo un es­crutinio cuidadoso de los transgenes en sus acervos y que ingresan 10.2 millones de toneladas de este grano a nuestro país sin exigir —como lo hace Japón para su cereal bá­si­co, que es el arroz— etiquetado y segregación, la posibili­dad de contaminación por alguno de los genes que ex­presan estas sustancias farmaceúticas o industriales es un riesgo latente que no se está monitoreando y mucho menos pre­viniendo.
 
Por todo lo anterior, es crucial y urgente que el Go­bier­no mexicano: a) establezca con rigor qué tipo de transgenes están ya en las cadenas productivas y alimentarias del maíz; b) haga un escrutinio cuidadoso que asegure esta­ble­cer cuáles son las vías de entrada de los transgenes encon­trados; c) en caso de presencia de transgenes, que imple­men­te mecanismos eficaces para evitar que sigan entrando y con ello evitar la contaminación de nuestros acervos de maíz con transgenes que codifican para substancias no aptas para el consumo animal y humano.
 
Consideraciones finales
 
 
Muchos de los riesgos y peligros aquí mencionados no se han considerado explícitamente en las evaluaciones de ries­go oficiales. Es el caso del uso de secuencias, como el pro­motor viral (35S del Camv) y los efectos en la inte­gri­dad ge­nómica de la transgénesis, la posibilidad de flujo génico a larga distancia por el intercambio o mezcla de di­versos acer­vos de semillas, y la transferencia de genes a variedades locales cultivadas o parientes silvestres.
 
Lo anterior se suma al hecho de que en nuestro país no se cuenta con la infraestructura necesaria para llevar a cabo estudios de biomonitoreo, los cuales necesitan he­rra­mientas de la biología molecular para detectar las se­cuen­cias transgénicas en una muestra de tejido, semilla o sus de­rivados. Los estudios de biomonitoreo realizados en nues­tro país hasta la fecha, estimulados por el primer re­­por­te de la presencia de transgenes en razas criollas de maíz en la Sierra Norte de Oaxaca, aún no cuentan con es­­tándares uni­ficados en términos de los equemas de mues­­treo o de los métodos moleculares a usarse. Establecer di­chos es­tán­dares es urgente para contar con datos con­fiables acerca de la presencia de transgenes en los acer­vos mexicanos así co­mo su tipo y sus vías de entrada, con el fin de establecer medidas para rectificar la posible contaminación.
 
Adicionalmente, para aquellos grupos campesinos que no deseen sembrar cultivos transgénicos por razones di­ver­sas —acceder a mercados preferenciales de orgánicos y otros que exigen que estén libres de transgénicos—, la Ley de Bioseguridad de Organismos Genéticamente Mo­di­ficados debe establecer responsabilidad social al agente “con­taminante”, quien debe asumir el costo de monitoreo y remediación en caso necesario. Sin embargo, actual­men­te, dicha ley transfiere la responsabilidad a las per­sonas o gru­pos que no desean tener trasngénicos en sus acervos de semilla.
 
Dada la evidencia presentada, el único mecanismo de protección real del maíz mexicano es, con base en el prin­cipio precautorio —que postula que “cuando haya sospechas razonables de que una determinada tecnología pueda producir daños se­veros a la sociedad o al ambiente, y exis­tan razones para pen­sar que tal daño puede llegar a ser irre­versible, debe im­­pedirse el uso de esa tecnología, aun cuan­do la evidencia disponible en el momento sobre estos daños potenciales no cumpla los estándares exigidos usual­mente en las investigaciones científicas para considerar una hipótesis como verificada”— reinstaurar la moratoria a la siembra de maíces transgénicos a campo abierto en Mé­xi­co bajo cual­quier modalidad de uso, y a su vez realizar un estudio cui­da­do­so y extensivo de los transgenes que están pene­tran­do a la cadena productiva y de consumo de maíz en Mé­xi­­co, y proponer estrategias para evitar esta infiltración por completo.
 
En nuestro país se podrían combinar los conocimientos y riqueza de maíces criollos con ciencia y técnicas de bio­lo­gía molecular y genética de frontera, para buscar alterna­tivas sustentables de mejoramiento genético asistido. Esta estrategia se podría complementar con otros avances tecno­lógicos que estén diseñados para resolver o prevenir pro­ble­máticas agrícolas, alimentarias o ambientales apre­mian­tes propias de nuestro país. Ante las incertidumbres del mer­ca­do de granos básicos, este tipo de desarrollo tecno­ló­gico más apropiado a las condiciones mexicanas sería una de las vías más seguras para recuperar la autosuficien­cia alimentaria en un marco de soberanía y agricultura sus­tentable.
 
En estos momentos en que el Gobierno mexicano está por completar el marco regulatorio que abrirá las puertas a la liberación de maíz transgénico en nuestro país, es cru­cial que toda la comunidad científica nacional e interna­cio­­nal evalúe los riesgos y peligros de la liberación de trans­gé­ni­cos a campo abierto en sus centros de origen, en particu­lar para el caso del maíz en México; y se manifieste pública­men­te y fundamente su postura ante este posible evento.
 
En un aspecto más general, el creciente impacto de la cien­cia sobre la naturaleza y la sociedad hace inminente la necesidad de principios éticos en el quehacer científico, que incluyan consideraciones ambientales y económicas. La ciencia debe ejercerse con responsabilidad social y am­biental y todos los científicos debemos asumir activa­men­te la responsabilidad de nuestros descubrimientos. Esto im­plica participar activa y transparentemente con otros sec­tores de la sociedad para evaluar, informar y ayudar a prevenir los riesgos que pueden derivarse de la aplicación de nuestros descubrimientos en los distintos contextos am­bientales y sociales que éstos puedan ser usados. Por ello, es importante fomentar una ciencia y un desarrollo tec­no­ló­­gi­co que incorporen consideraciones éticas, no sólo per­ti­nentes a las relaciones entre individuos, sino también a la relación de los seres humanos con el resto de la natura­le­za y a los efectos económicos y sociales que los desarrollos tec­nológicos puedan tener en diversos contextos.
 
     
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como citar este artículo
Álvarez Buylla Roces, Elena y Piñeyro Nelson, Alma. (2009). Riesgos y peligros de la dispersión de maíz transgénico en México. Ciencias 92, octubre-marzo, 82-96. [En línea]
     

 

 
 
 

 

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Los maíces transgénicos y sus riesgos
 
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Carlos H. Ávila Bello
   
               
               
El maíz es el primer tótem mesoameri­ca­no,
anterior al águila, al jaguar, a la ser­piente, al
pez. Es, al mismo tiempo, ori­gen y creación del
hombre. Es la hostia con la que comulgamos
los mexicanos en un acto de antropofagia.
¿Qué otros discursos se cifran en torno a esta
semilla, que parece germinar en el latido de
nuestro corazón?
 
 
Andrés Henestrosa
 
La biotecnología comprende procesos técnicos aplicados a fenómenos bioló­gicos para obtener productos útiles al ser humano; estos métodos se basan en el cruzamiento de especies vegeta­les o animales diferentes pero con una relación familiar al menos cercana, por ejemplo maíz con maíz. El descu­brimiento de la infección natural cau­sada por la bacteria Agrobacterium tumefaciens en algunas plantas dio ini­cio a experimentos con los que se lo­gró substituir genes de una planta por los de una bacteria, con lo que se sen­taron las bases de la ingeniería gené­ti­ca (figura 1)
  articulos  
FIG1      
Sin embargo, el uso de se­­millas transgénicas, es decir, aquellas a las que se le han modificado se­cuen­cias específicas de adn y son susti­tui­das por secuencias génicas de otra es­­pecie, ha generado fuertes con­tro­ver­sias relacionadas con la salud hu­ma­na, la diversidad biológica, la cien­cia y la seguridad ali­men­ta­ria. Esta controversia es especial­mente aguda en México en el caso del maíz; se argumenta que tenemos un atraso importante en este ti­po de tecnologías y que el debate se debe más a la ignorancia e intereses par­­ticulares que a razones de fondo, con lo cual los políticos y quienes to­man decisiones pretenden soslayar que el maíz es una planta fundamen­tal en Mé­xico, que se considera de ori­gen di­vino, y como se consume diaria­mente en la alimentación de millones de mexicanos, se ha experimentado con ella durante largo tiempo, por lo que cada parte tiene usos específicos, tanto en aspectos culinarios como ar­tísticos. Se trata de una planta tan im­portante culturalmente, que su ausen­cia sería intolerable para los humanos que dependemos de ella.
 
Es por ello que la siembra de maíces transgénicos constituye un grave riesgo, ya que la contaminación es muy posible de­bido a que el maíz, los teocintles y los maíces transgénicos son plantas de polinización libre, es decir, que su polen puede viajar mu­chos kilómetros por medio del viento o adherido al cuerpo de ani­males o el ser huma­no —ade­más de que todas estas especies poseen el mis­mo número cromo­sómico (n=20). En 2002, Quist y Cha­pela encontraron maí­ces nativos contaminados en Oa­xa­ca, mientras que Jørgensen y sus colaboradores ob­servaron cruzamiento de especies cul­tivadas y silvestres de la colza o vaina para pájaros (Bras­si­ca napus y B. ra­pa), y las últimas desarrollaron resistencia a herbicidas co­mo el Round­up de Monsanto. Por su parte, Robin­son menciona que lo mismo puede su­ceder con plantas en cuyo código gené­tico se ha insertado información de alguna bacteria. Todo esto es preo­­­cupante ya que las 49 o más razas de maíz que existen en México, junto con los teocintles, constituyen una fuen­te de variabilidad genética muy útil en el caso de que los maíces “mejora­dos”, con su alta uniformidad gené­tica, sean susceptibles a diferentes pla­gas o en­fermedades; su pérdida contri­bui­ría por tanto a erosionar la variabilidad ge­nética de los maíces.

La FAO ha documentado la im­por­tancia de la variabilidad genética; en 1970, cuando la roya del maíz provocó que los granjeros de Estados Unidos per­die­ran hasta la mitad de su co­se­cha, la fuente de resis­ten­cia se en­con­tró en un maíz de­sa­rrollado local­­men­te en África. Así su­cedió con la pa­pa en 1840 en Ir­lan­da, donde un hongo, el tizón tardío (Phy­tophtora infestans) atacó durante cinco años este cultivo, debido a lo cual murieron cerca de dos millones de personas y casi el mismo número emi­graron a los Estados Unidos. Fue­ron entonces las es­pe­cies silvestres y sus parientes localizados en Perú la fuen­te de di­versidad genética para en­contrar resistencia a este hongo.
 
Por otro lado, México es el cen­tro de origen del maíz y del teo­cin­tle, y am­bas plantas se pueden en­con­trar a lo largo y ancho del territorio na­cio­nal; son maíces que presentan ex­­ce­len­te adaptación ecológica y los cam­pe­si­nos tienen un profundo co­noci­­mien­to de su manejo como para alcanzar una alta producción y productividad en cada región del país. Es funda­men­tal entonces contar con recursos eco­nómicos suficientes para desarrollar trabajos de investiga­ción arqueológi­ca, botánica, etno­botánica y gené­tica que permitan am­pliar el cono­ci­mien­to relacionado con estas dos plantas, especialmente en el norte del país.

En este sentido, el artículo 8 del ca­pítulo tercero del reglamento de la Ley de Bioseguridad es imposible de cum­plir, pues ¿cómo lograrán la sa­gar­pa y la semarnat prevenir el flujo génico en plantas de polinización libre que se en­cuentran a cielo abierto?

La salud humana

Debido a que los maíces transgénicos están destinados al consumo humano directo son necesarias pruebas de la­boratorio sofisticadas que garanticen su inocuidad. Bourges y Lehrer co­men­tan que en las interacciones de gen a gen la regulación de la expresión de mu­­chos de ellos es poco conocida, por lo que entonces la inserción de nue­vas secuencias de adn en el ge­no­ma del maíz puede alterar la función de los genes, produciendo nuevos me­ta­bolitos o alterando los nive­les de aque­llos que ya existen; algunas de es­tas con­secuencias pueden inferirse, pe­ro otras no. Asimismo, los genes in­serta­dos pueden codificar enzimas que pos­­teriormente se expresen en altos ni­­ve­les de actividad, lo que provocaría la alteración del flujo metabólico y au­­men­to o disminución de metabolitos importantes para el funcionamien­to del organismo; un riesgo es la eli­mi­na­ción de algunos antioxidantes fun­da­men­tales para el funcionamiento humano.
 
En 2005, el criigen cuestionó, des­de el punto de vista estadístico, las prue­bas llevadas a cabo por Monsanto en varios de sus maíces transgénicos, como el mon 810 y el mon 863; en el pri­mer caso se tienen fuertes dudas acer­ca de su inocuidad, ya que al pa­re­cer la secuencia génica que contiene a la bacteria que ataca al gusano co­go­llero (maíz Bt) puede substituir la fun­ción de algunas enzimas llamadas ligasas, particularmente importantes en la síntesis y reparación de muchas mo­léculas del organismo, incluyendo el adn; en el segundo, el departamen­to estadístico de esa misma compañía lle­vó a cabo pruebas que pasan por ­alto mu­chas de las posibles correlaciones e interacciones de secuencias gé­ni­cas con los órganos de ratas de labora­to­rio, en las que sin embargo se pudo com­pro­bar que al menos 33% de las ali­­men­tadas con mon 863 presentaron riñones con menor peso, así como in­­flamación y regeneración anormal de ese mismo órgano.

En este sentido, no se está cum­plien­do una de las normas de la Comi­sión del Codex Alimentarius de la fao, llamada equivalencia substancial, que consiste en establecer si el alimento trans­génico es tan inocuo como su ho­mólogo tradicional, para lo cual se de­ben considerar los siguientes aspectos: a) la identidad, el origen y la composi­ción del alimento; b) los efectos de la elaboración y la cocción; c) el proceso de transformación del adn y productos de la expresión de la proteína del adn introducido; d) los efectos sobre la función o funciones del organismo; e) la posible toxicidad, alergenicidad y efectos secundarios; f) la posible in­ges­tión y consecuencias alimentarias de la introducción del alimento trans­gé­nico.

Para esa organización mundial es de fundamental importancia el análisis de riesgos, el cual consta de tres eta­pas: su evaluación, la gestión de los mis­mos y la comunicación de los ries­gos, esta última en especial no está in­cluida en la Ley de Bioseguridad de Mé­xico.
 
Es muy posible que los maíces y teo­cin­tles mexicanos se contaminen con la presencia de maíces transgéni­cos, incluso a nivel experimental. Las consecuencias ambientales y en la sa­lud humana son impredecibles; esto debe ser especialmente valorado, ya que los sesenta pueblos originarios de México, es decir, más de 10 millones de personas, dependen directamente pa­ra su alimentación de este cultivo, y la gran mayoría de los mexicanos de­pen­demos de su consumo en dife­ren­tes formas —tortillas, elotes, esquites, tamales y toda una serie de productos que derivan de esta planta ancestral.

Dependencia científica y alimentaria

En un país como México, el papel de la ciencia y el avance tecnológico propios siempre han sido soslayados. Parte del problema radica en la visión parcial y fragmentaria de la ciencia, más evi­den­te en las áreas relacionadas con el estudio de los recursos naturales y la agricultura. A lo que se agrega una se­rie de fenómenos como el dominio ac­tual de la biología y genética molecu­la­res y la perversión de los sistemas de evaluación del trabajo científico, que ha­cen que muchos de los dedicados a esta actividad olviden que el todo da ra­zón de ser a las partes, y que una par­te del universo puede afectar, si las perturbaciones persisten, a los de­más componentes —el calentamiento global es uno de los mejores ejemplos actuales.

La ciencia es un componente fun­da­mental para el avance de cualquier país, no puede plantearse el progreso co­mo una meta sin el apoyo decidido del Estado a los diferentes campos de la ciencia. Quintana y Urbano mencio­nan que en México se invirtió en 2007 tan sólo 0.40% del pib en esta actividad, es decir, lo mismo que en 1970, y actualmente se está cerca de 0.39%; ade­más de que de cada 100 mexicanos sólo 0.4% termina un doctorado. Ce­rei­jido sostiene que lo que disparó el avance de Europa y Estados Unidos fue la inversión en ciencia y tecnología, y su aplicación en los diferentes sec­tores de la sociedad.

En la agricultura y el manejo sustentable de los recursos naturales, la ciencia juega un papel primordial, ya que la explicación de los fenómenos se basa en leyes que pueden ser so­me­tidas a comprobación. Se prueban, ade­más, alternativas de manejo y mejoramiento basadas en ex­perimentación y en pro­gra­mas matemáticos que per­miten acercarnos con mayor preci­sión a un entendimiento profundo y exacto de los fenó­me­nos y, por lo tanto, a so­lu­cio­nes más acordes con las condicio­nes de cada región.
 
Del mismo modo, los avances en las ciencias sociales, especialmente en el campo de la vinculación con los campe­sinos y pueblos originarios, nos han permitido una mayor sen­si­bi­li­dad, co­­nocimiento, respeto, y ca­pa­ci­dad de acer­camiento a ellos. Sin em­bar­go, el des­mantelamiento que ha su­frido el país en su apa­ra­to científico, especial­men­te en el área agropecuaria y fores­tal, es impresio­nan­te; baste mencionar que el Insti­tu­to Nacional de Investiga­cio­nes Fo­res­ta­les Agrícolas y Pecuarias (inifap), en cuyo seno deberían encon­trarse los expertos encargados de apli­car los capítulos tercero y cuarto del regla­men­to de la Ley de Bioseguridad, cuenta actualmente con sólo 700 in­vestigadores a nivel nacional para atender las nece­sidades de investigación agrícola, pecuaria y fo­res­tal del país, cuando en 1986 tenía 3 000. Esto ha re­percutido en el abandono de programas de investigación, en la importación de conocimiento y tecnología, con la consecuente dependencia econó­mi­ca, alimentaria, y la pérdida de agro­biodiversidad, obligando a los inves­tigadores a buscar financiamien­to en empresas como Monsanto, Pioneer, DNA Plant Technology, Asgrow Mexicana, Aventis o Syngenta, entre otras.
 
Ningún país puede aspirar a ser in­dependiente y soberano cuando la in­versión en as­pec­tos vitales como la alimentación, la conservación de los recursos naturales y la energía pro­viene de capitales mayoritariamente extranjeros; esto impide la plena rea­li­za­ción de metas relacionadas con sa­lud, educación, empleo, deporte, la con­tem­plación, la ciencia y la gene­ra­ción de tecnología propia. La solución es dar­le un nuevo impulso a la inves­ti­ga­ción agropecuaria y forestal en el país bajo un enfoque filosófico que per­mi­ta valorar el conocimiento cam­pe­sino tradicional e incorporarlo al pro­ceso de investigación y educación en las ins­tituciones de investigación y edu­cación superior del país.

Ética, ciencia, visión del mundo

Uno de los argumentos usados fre­­cuen­temente para la introducción de maíz transgénico es que existe un ­bajo rendimiento en este cultivo, lo que nos deja fuera del mercado glo­bal y oca­siona que los recur­sos fo­restales se sigan deterio­ran­do por la apertura de nue­vas tierras para la agri­cultura; es fun­damental por tan­to aumentar la pro­ductividad para disminuir pobreza y degradación am­biental. Sin embargo, en este ar­gu­men­to se ha olvidado que el problema prin­cipal de la pobre­za y el hambre no es la producción de alimentos, sino la inequidad que exis­te en el mundo y en el país respecto de la distribución y consumo de los recursos.

Los países industrializados cons­ti­tuyen 25% de la población mundial y consumen cerca de 85% de todo lo que se produce en el mundo, es decir, de 10 a 25 veces más que los países en de­sarrollo, lo cual se refleja en la pre­­sión tan fuerte que ejercen sobre los re­cursos naturales, especialmente aque­llos de los países subdesarrollados. Resulta ilustrativo lo que Goetzel menciona sobre el inventario forestal de los Estados Unidos, el cual ha aumen­tado 30% en los últimos años, es decir, que se tienen más bosques; sin em­bar­go, su consumo de productos fo­res­ta­les, sobre todo papel y maderas sua­ves, va a aumentar 40% en los siguientes 50 años, ¿a quién le pasarán la factura ambiental?, a los países sub­desarrollados.
 
En este sentido, de acuerdo con da­tos del Departamento de Agricul­tu­ra de los Estados Unidos, la producción de maíz en ese país no ha aumentado substancialmente con el uso de maíces transgénicos (figura 2).
     
FIG2      
El asunto de los maíces transgé­ni­cos en México obliga a plantear algunas preguntas relacionadas con la ética: ¿es aceptable liberar al am­bien­te organismos cuyo funcionamiento no conocemos cabalmente?, ¿debemos arriesgar la alimentación de la población humana, especialmente la cam­pesina e indígena, que dependen di­rectamente del cultivo de las diferentes razas de maíz mexicanas?, ¿debemos permitir que se imponga la visión del mercado a poblaciones cuyo objetivo inicial es lograr la seguridad alimentaria de la familia y de sus comunidades? ¿Debemos permitir la pérdida de parte de la diversidad biológica que de­ben heredar las generaciones futuras? Y tal vez las más importantes, ¿qué haremos en el futuro cercano?, ¿cómo participaremos para que el rum­bo del país sea diferente?      
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como citar este artículo
Ávila Bello, Carlos H. (2009). Los maíces transgénicos y sus riesgos. Ciencias 92, octubre-marzo, 74-79. [En línea]
     

 

 
 

 

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La nixtamalización y el valor nutritivo
del maíz
 
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O. Paredes, F. Guevara y L. A. Bello
   
               
               
El papel central que el maíz ha desempeñado en la historia de
Mesoamérica es indiscutible, sin embargo poco se ha­bla del proceso de nixtamalización que le confiere un alto va­lor nutritivo y cambios funcionales extraordinarios, y que es clave en la elaboración de la tortilla, el prin­ci­pal ali­men­to en la dieta del pueblo mexicano y base de su su­per­vi­ven­cia desde hace más de 3 500 años. ¿Qué procesos quí­mi­cos tienen lugar durante este proceso? Veamos.
 
La composición química del grano de maíz, y por ende su valor nutritivo, dependen del genotipo de la variedad, el ambiente y las condiciones de siembra. En promedio, el contenido de proteína del maíz es de 10% y una buena par­te se encuentra en el germen del grano. No obstante, tanto el endospermo como el pedicelo (figura 1) llegan a tener has­ta 9% de proteínas —clasificadas en cuatro tipos de acuer­do con su solubilidad: albúminas (solubles en agua), glo­bulinas (solubles en soluciones de sales), prolaminas (so­lubles en soluciones alcohólicas) y glutelinas (solubles en soluciones alcalinas o ácidas diluidas). En el maíz, las pro­laminas se encuentran principalmente en el endospermo y han recibido el nombre de zeínas, mientras que las glute­linas se encuentran en la matriz proteínica de esta misma estructura; ambas proteínas constituyen cerca de 90% de las proteínas del grano completo. Por el contrario, las del ger­men son casi en su totalidad albúminas y globulinas.
  articulos  

fig1

     

La calidad nutritiva del maíz está definida en buena me­dida por la calidad de sus proteínas y ésta, a su vez, la es­tablece el contenido de los llamados aminoácidos esen­ciales. Es importante indicar que estos aminoácidos no pue­den ser sintetizados por el ser humano, por lo que de­ben estar presentes en su dieta en cantidades recomenda­das por organismos de salud tales como la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimenta­ción (fao) y por la Organización Mundial de la Salud (oms). Con el fin de conocer la calidad de las proteínas del maíz se ha determinado el patrón de aminoácidos esenciales; como resultado, se ha encontrado que tanto la zeína como la glu­telina son deficientes en lisina y triptófano. De hecho, la zeína no contiene este último aminoácido. Otro aspecto so­bresaliente de la calidad de la proteína del maíz es su alto contenido de leucina pero su bajo contenido en isoleucina. Este desbalance provoca que el valor biológico de la pro­teí­na dis­minuya. Es pertinente aclarar que el valor biológico de una proteína se determina midiendo el nitrógeno absor­bido, que es el ingerido menos el excretado en heces, di­­vidido entre el nitrógeno retenido —el ingerido menos el excretado en heces y orina.

En cuanto al contenido de lípidos, el grano de maíz con­tiene alrededor de 5%, principalmente en el germen. Se ha encontrado que el aceite de maíz, como la mayoría de los aceites de origen vegetal, contiene bajos niveles de grasas saturadas, las cuales se han relacionado desde un pun­to de vista epidemiológico con problemas cardiovascu­lares. El contenido de los ácidos grasos saturados, como el palmítico y el esteárico, es relativamente bajo en compara­ción con los ácidos grasos no saturados, como el oleico y li­noleico, los cuales representan la mayoría del total de los lípidos contenidos en el grano de maíz. Cabe mencionar que el ácido linoleico es uno de los ácidos grasos esen­ciales en la nutrición humana, y forma parte de un grupo de compuestos bioactivos asociados a los lípidos, todos ellos relacionados con nutrición y salud, y varios de los cuales se encuentran en niveles variables en el maíz.

En cuanto a vitaminas, se sabe que el maíz amarillo con­tiene principalmente dos vitaminas solubles en grasa, β-ca­roteno o provitamina A y α-tocoferol o vitamina E, y la ma­yoría de las vitaminas solubles en agua. El maíz ama­­ri­llo es una fuente razonablemente buena de provitamina A; sin embargo, ésta se pierde paulatinamente con el almace­namiento prolongado. Por otro lado, el contenido de nia­ci­na en el grano de maíz es muy alto en comparación con los requerimientos mínimos, pero no está presente en for­ma disponible para ser asimilado por el cuerpo humano.
 
El germen del grano contiene 78% de los minerales, pro­bablemente porque son esenciales durante el creci­mien­to del embrión, de los cuales el componente inorgáni­co más abundante es el fósforo, principalmente en las ­sales de potasio y magnesio del ácido fítico. Este compuesto, que llega a representar hasta 1% de la masa del grano, in­ter­fiere en la absorción intestinal de muchos minerales esen­ciales. El azufre, que es el cuarto elemento más abun­dante en el grano, está contenido en forma orgánica como parte de los aminoácidos metionina y cisteína. El contenido de algunos minerales es muy variable dependiendo de los tipos de maíz, por ejemplo, existen materiales de maíz que contienen únicamente 0.1 miligramos/100 gramos de hie­rro mientras que otros llegan a tener hasta 10 miligramos/ 100 gramos. Consumir 250 gramos de un maíz que conten­ga altos contenidos de hierro, a pesar de las po­sibles pérdi­das que se presentan durante la nixtamalización y de los efec­tos inhibitorios del ácido fítico sobre su biodisponibili­dad, podría cubrir 50% de los requerimientos mínimos dia­rios de este mineral. Otro micronutri­mento de mucho interés para la salud humana es el zinc, el cual está pre­sen­te en niveles bajos en el grano en comparación con los requerimientos mínimos diarios.
 
En relación con el almidón, el grano maduro del maíz presenta en promedio 72%, y prácticamente todo está pre­sente en las células del endospermo. En un maíz normal, el gránulo de almidón contiene aproximadamente 27% de amilosa —una molécula esencialmente lineal formada apro­ximadamente por 1 000 unidades de glucosa— y 73% de amilopectina —una molécula ramificada que posee apro­ximadamente 40 000 o más unidades de glucosa.
 
El proceso de la nixtamalización

Del náhuatl nixtli, cenizas, y tamalli, masa, el proceso de la nixtamalización se ha transmitido de generación en ge­ne­ración en Mesoamérica, y todavía se utiliza como en tiem­pos prehispánicos. Se inicia con la adición de dos partes de una solución de cal aproximadamente al 1% a una por­ción de maíz. Esta preparación se cuece de 50 a 90 minutos, y se deja remojando en el agua de cocción de 14 a 18 ho­ras. Posterior al remojo, el agua de cocción, conocida como nejayote, se retira y el maíz se lava dos o tres veces con agua, sin retirar el pericarpio ni el germen del maíz. Se ob­tiene así el llamado maíz nixtamalizado o nixtamal, que lle­ga a tener hasta 45% de humedad.
 
El maíz nixtamalizado es molido en un metate para pro­ducir la masa que se utiliza para formar a mano discos que luego son cocidos en un comal de barro. Es importante in­dicar que el proceso de molienda requiere la adición de agua y que la masa llega a tener de 48 a 55% de humedad. Finalmente el disco de masa, de aproximadamente 20 cen­tímetros de diámetro, se cuece permitiendo que un lado de la tortilla esté en contacto con el calor de 30 a 45 segundos, se voltea para cocer el otro lado durante un minuto y otra vez el lado inicial por otros 30 segundos para completar la cocción. El producto resultante era llamado en nahuatl tlax­calli y fue nombrado tortilla por los españoles.

La masa es también la materia básica para la preparación de totopos de maíz o fritos, tostadas o totopos de torti­lla. Los totopos de maíz se obtienen friendo la masa directa­mente, mientras que los de tortilla se obtienen precisamente cuando la tortilla cortada se somete al proceso de freído. Los totopos de tortilla absorben mucho más aceite (36%) que los totopos de maíz (24%) y por consiguiente aportan mayor cantidad de calorías.

Las propiedades sensoriales y funcionales de todos los productos derivados de la masa son de suma importancia. Por ejemplo, uno de los aspectos de mayor relevancia en re­lación con las características de estos productos, es el tipo de grano. En general, la tortilla preparada a partir de maíz blanco tiene mayor aceptación. Los totopos y tostadas pue­den prepararse utilizando maíz amarillo o blanco. Otros fac­tores que afectan negativamente la calidad del producto final son los agentes que deterioran al maíz, como roedores, daño microbiano o el tiempo de almacén.

El endospermo es una estructura que está muy rela­cio­nada con la calidad de la tortilla. Por ejemplo, variedades con endospermo vítreo o no harinoso requieren tiem­pos de cocción mayores que los maíces con endospermo tipo harinoso. El contenido de humedad de la masa tam­bién es un factor importante, el óptimo para producir tortillas de alta calidad y buena vida de anaquel, que varía se­gún la línea de maíz; aparentemente los mejores resultados en este sentido se obtienen cuando la masa tiene de 50 a 55% de humedad. Una característica importante en la cali­dad de ciertos productos derivados del maíz es que el peri­carpio sea fácilmente removible.

La nixtamalización no sólo ha servido para producir tor­tillas. La masa, el maíz nixtamalizado y las tortillas, ob­via­mente, se han usado también para preparar un gran nú­mero de platillos. Cada región prepara algunos de éstos con un condimento especial, muchos son consumidos lo­cal­men­te, como es el caso del joroch (esferas de masa coci­das), los panuchos y el pozol (esferas de masa envueltas en hojas de plátano) que forman parte de la cultura culi­na­ria del sur de México y Centroamérica. Los tamales se pre­pa­ran con maíz nixtamalizado y se conocen al menos 20 tipos diferentes que son elaborados en diversas formas de­pen­diendo de la región. Los productos elaborados a base de maíz se han vuelto muy populares en otros países de América y Europa. Las dos botanas nixtamalizadas por ex­celencia, los totopos y las tostadas, están colocadas en el se­gun­do lugar en ventas en el mundo después de las papas fritas, y representan un gran ingreso económico en los Es­ta­dos Unidos.

En el caso del estado de Guerrero, México, una tradición de todos los jueves es consumir pozole. Existen re­por­tes que señalan que la cuna de este platillo a base de maíz nixtamalizado es la ciudad de Chilapa, en la región de la Mon­­ta­ña. El pozole guerrerense, ya sea blanco o verde —pre­pa­ra­do con una pasta a base de semilla de calabaza—, de puerco o pollo, se degusta con chicharrón, aguacate, que­so fresco, chile, cebolla y orégano que, dicen los oriundos de estos lugares, ayuda a la buena digestión de este platillo.

Cómo aumenta el valor nutritivo

La cocción alcalina y el remojo provocan la disolución y el hinchamiento de las capas del pericarpio, esto hace que las paredes celulares y los componentes de la fibra dietaria de esta parte del grano se vuelvan frágiles, facilitando su re­mo­ción, lo cual obviamente disminuye el contenido de fi­bra dietaria insoluble. Sin embargo, y por fortuna, en este proceso la fibra dietaria soluble pasa de 0.9% en el maíz a 1.3% en la masa, y a 1.7% en la tortilla. La fibra dietaria en general ha sido reconocida como un componente impor­tan­te y altamente deseable en los alimentos, ya que ejerce di­versas funciones fisiológicas asociadas a la salud.

La nixtamalización también provoca que la estructura que une las células del endospermo, llamada lámina media, y las paredes celulares se degraden y solubilicen par­cial­men­te. La mayoría del germen permanece en el grano durante la nixtamalización, lo que permite que la calidad de la proteína de los productos de la masa no se vea afec­tada. Otro aspecto sobresaliente es que la membrana semi­per­mea­ble que está alrededor del grano, denominada aleu­ro­na, permanece sobre el mismo durante este tratamiento, lo que minimiza la pérdida de nutrimentos hacia el neja­yo­te por el fenómeno llamado lixiviación.

Cuando el maíz nixtamalizado se muele pierde su es­truc­tura debido a que los componentes del grano fueron acon­di­cionados por la cocción y el remojo. La masa resul­tante de la molienda consiste en fragmentos de germen, residuos del pericarpio y endospermo unidos por el almidón parcialmente gelatinizado, y por las proteínas y los lípidos emulsificados.
 
Desde mediados del siglo XX se ha llevado a cabo una se­rie de trabajos para entender el efecto que el proceso de la cocción alcalina tiene sobre la calidad nutritiva del maíz. Por ejemplo, la cocción alcalina altera la estructura y la so­lu­bi­li­dad de las proteínas del maíz, la nixtamalización y la cocción de la tortilla reducen la solubilidad de las albúminas y de las globulinas, y lo mismo ocurre con la solu­bili­dad de las prolaminas; asimismo, se observa la aparición de glutelinas de alto peso molecular. Estos cambios se de­ben al enlazamiento de proteínas y a la ruptura de su es­truc­tu­ra, que es estabilizada por diversas fuerzas de atracción.
 
El contenido de proteína no se ve afectado sensible­men­te después que el maíz ha sido nixtamalizado y se pro­duce la tortilla. Las diferencias en el contenido de proteína en los reportes existentes se debe a que hay diferencias en el contenido de proteína entre diferentes materiales de maíz. La digestibilidad de la proteína disminuye ligera­men­te tanto en el nixtamal como en la tortilla, lo cual está re­lacionado con el tiempo de cocción y la concentración de cal, ya que la cocción altera las prolaminas provocando que sean menos susceptibles a la digestión.
El contenido de lisina y triptófano no se ve muy afec­ta­do después de que el maíz ha sido sometido tanto a la nix­ta­ma­li­za­ción como a la producción de tortilla, aunque sí se presentan ligeras pérdidas. Los aminoácidos liberados pueden producir un compuesto llamado lisinoalanina, que no es biodisponible, y además pueden reaccionar con azú­ca­res reductores formando compuestos de color oscuro.

El maíz es deficiente en lisina y triptófano, y obvia­men­te el nixtamal y la tortilla también lo son. Sin embargo, la nixtamalización incrementa la disponibilidad de la mayoría de los aminoácidos esenciales: es una de las prin­cipales contribuciones a la nutrición humana. En general, se ha observado que uno de los indicadores importantes del valor nutritivo de una pro­teí­na, la relación de eficiencia proteíni­ca, se incrementa por el proceso de nixtamalización; es una de las bondades de consumir tortilla, en lugar de maíz sin nixtamalizar.
 
Es pertinente aclarar que la re­­lación de eficiencia proteínica mi­de la relación que existe entre la ga­­nancia en peso con respecto a la can­tidad de proteína consumida. De esta forma, una proteína pre­sen­tará mejor eficiencia proteínica cuan­do el organismo en cuestión ga­ne más peso con menor cantidad de proteína ingerida. Así, el valor bio­ló­gico de la proteína se incrementa sen­siblemente como re­sultado de la nixtamalización y la producción de la tortilla, mientras que la utilización neta de la proteína puede disminuir ligeramente. Pero el valor bio­lógico de una pro­teína se mide por la cantidad de nitrógeno que es asimi­lado por el cuerpo humano, mientras que la utilización neta de la proteína se calcula con base en la digestibilidad y el valor biológico de la proteína. En resumen, la nixta­ma­lización mejora considerablemente en forma global el aporte nutritivo de las proteínas del gra­no de maíz.

En cuanto a los cambios que el almidón sufre durante la nixtamalización, ésta retarda la gelatinización del mismo debido a la aparente interacción del calcio con el almidón, especialmente con la amilosa. El almidón de maíz alcanza un bajo grado de gelatinización por efecto de la nixtamalización, lo que contrasta con la creencia anterior de que el almidón de maíz se gelatinizaba completamente por efecto de la cocción alcalina que se lleva a cabo en di­cho proceso. Posterior al cocimiento, el almidón se retro­gra­da, es decir, se recristaliza o reasocia para formar nue­vas estructuras, durante el tiempo que el grano per­­ma­nece en remojo. El proceso de la molienda libera al almidón del endospermo y reduce aún más su cristalinidad, y la coc­ción de la masa para producir la tortilla la reduce nuevamente, y en forma drástica. Durante el enfriamiento de estos productos, el almidón se reasocia formando también complejos amilosa-lípidos.
Por otro lado, un nixtamal sobrecocido absorbe más agua debido a un mayor grado de gelatinización; una vez que este tipo de nixtamal es transformado en masa, ésta ad­quiere propiedades de pegajosidad y adhesividad que son indeseables en la producción de tortilla. Este tipo de tortillas generalmente pierden flexibilidad o textura más rápidamente debido al fenómeno de retrogradación del almidón.
 
El proceso de retrogradación del almidón ha llamado la atención en los últimos años. Hoy día se sabe que, desde un punto de vista nutrimental, la fracción del almidón re­trogradado no es digerida en el intestino delgado de los se­res humanos. Este almidón, llamado almidón resistente, pasa al tracto intestinal inferior y llega al colon. En forma similar a la fibra soluble, el almidón resistente es fermentado por la microflora del colon, con lo cual se producen áci­dos grasos de cadena corta como el ácido propiónico, el acético y el butírico.

La fermentación de este almidón produce cantidades ma­yores de ácido butírico en comparación con la produ­ci­da por la fibra soluble. Este ácido sirve como la principal fuen­te de energía de los colonocitos —las células del colon—, por lo que el almidón resistente es considerado de gran importancia para mantener el colon en estado sa­lu­dable, ya que por este mecanismo, tanto el almidón como la fibra soluble ayudan a prevenir el cáncer de colon.

En la actualidad, los consumidores de tortilla tienen generalmente la cos­tum­bre de almacenar las tortillas bajo condiciones de refrigeración y las so­me­ten a un ciclo de calentamiento y enfriamiento hasta que el producto se agota. Esta práctica pudiera favorecer la formación de almidón resistente, aparte del que se produce durante el proceso de la nixtamalización, lo que aumenta el beneficio que tiene la tortilla para la salud.
 
Los lípidos del grano de maíz disminuyen en forma im­portante, hasta 3.4% en tortilla de maíz amarillo y 2.5% en la de maíz blanco. Estas pérdidas no se han explicado to­talmente, sin embargo, pueden deberse a la pérdida del pericarpio, del pedicelo o probablemente a la del germen, que puede ser par­cial o total, en donde se localiza la ma­yo­ría de los lípidos del grano.
Por otro lado, las pérdidas que la cocción alcalina y la pro­ducción de la tortilla provocan en las vitaminas son va­riables. Se sabe que cuando el maíz amarillo se somete a la nixtamalización pierde de 15 a 28% de su contenido de caroteno. La tiamina (vitamina B1), que en promedio está presente en el maíz en 0.7 miligramos por 100 gramos de materia seca, se reduce hasta en 60%, mientras que la ri­bo­flavina (vitamina B2) y la niacina (vitamina B3) se pier­den hasta en 70 y 40% respectivamente.

Cabe mencionar que la niacina presente en el grano de maíz no se halla disponible, pero el proceso de cocción provoca que esta vitamina sea liberada como ácido nico­tí­ni­co —un componente de la niacina— para su aprovecha­miento. Al respecto se ha indicado que la cocción alcalina destruye el efecto pelagró­ge­no —causante de la en­fer­medad llamada pelagra— que tienen las dietas ricas en maíz crudo o tostado. Apa­rentemente esta enfer­medad se debe al desbalance de los aminoácidos esenciales del maíz, en particular su bajo nivel de triptófano, lo que incrementa los requerimientos de niacina por parte del organismo. La cocción del maíz en agua tiene el mismo efecto; es decir, incrementa la disponibilidad de nia­ci­na. Se ha reportado que los productos del maíz nixtama­li­zado proporcionan entre 39 y 56% de niacina, de 32 a 62% de tiamina y 19 a 36% de riboflavina del mínimo reque­ri­do diariamente por el ser humano.

En relación con el calcio, se ha observado que el con­te­nido de este elemento en la masa se ve afectado por la can­tidad de cal añadida, las temperaturas de cocción, el tiem­po de remojo y el nivel de cal eliminado durante el la­vado del grano cocido. Por otro lado, si el maíz se remoja antes de la cocción, el contenido de calcio aumenta en el grano nixtamalizado, que generalmente puede contener alrededor de 30 veces el nivel original de calcio del grano crudo. Es interesante hacer notar que el calcio de la tor­tilla es altamente biodisponible, ya que cuando se alimen­tan ratas con tortilla absorben y retienen más calcio que aquellas que se alimentan con granos crudos de maíz. Las ratas presentan huesos más grandes y resistentes a frac­tu­ras, lo que confirma la absorción y retención de este im­­por­tan­te elemento. Por otro lado, tomando en consideración el consumo diario de productos nixtamalizados, el calcio de las tortillas provee más de la mitad del ingerido per ca­pita en México. La nixtamalización indudablemente reduce los problemas asociados a la deficiencia de este elemento.
 
Otro aspecto importante desde el punto de vista nutri­men­tal que se relaciona con el calcio y el fósforo, es que la relación entre estos elementos, que en el maíz es de 1 a 20, llega a ser de 1 a 1 en la tortilla. Debe tenerse presente que el fósforo del maíz está presente principalmente en el áci­do fítico, compuesto químico que interfiere fuertemente en la absorción de varios elementos, incluido el calcio, y cuyo contenido disminuye de 1% en el grano de maíz a 0.4% en la tortilla. Finalmente, se ha calculado que la tor­ti­­lla puede proporcionar de 32 a 62% de los requerimientos mínimos de hierro. En conclusión, el aporte nutrimental que el maíz suministra a la dieta humana es mucho más importante que el que da el maíz sin nixtamalizar.

Maíz de alta calidad proteínica


Como ya se mencionó, una de las principales deficiencias nu­tri­mentales del maíz es su bajo contenido en lisina y trip­tófano, lo cual ha despertado el interés por encontrar alternativas para mejorar su calidad proteínica. Así, en los años sesentas se encontró una mutación espontánea en el cromosoma 7 del maíz, denominada opaco-2, que duplica el contenido de lisina y triptófano. El maíz normal contiene en promedio 1.6 gramos de lisina y 0.5 gramos de triptófano por 100 gramos de proteína, mientras el denominado maíz opaco-2 posee hasta 2.5 veces el nivel original de lisina y el doble del de triptófano.
 
Por su alto contenido proteínico se pensó que este maíz podría sembrarse extensivamente, pero su endospermo es blando, lo cual lo hace mucho más susceptible a las plagas de almacén y al daño mecánico, y su rendimiento es mucho menor que el del maíz normal, además de que el grano requiere largos periodos de tiempo para secar.

Con el fin de contrarrestar estas características inde­sea­bles, durante diez años de esfuerzos el Centro Interna­cio­nal de Mejoramiento del Maíz y el Trigo, cimmyt, situa­do en México, realizó una serie de trabajos con tecnología genética tradicional que dieron como resultado la generación de un maíz de alta calidad proteínica, el maíz qpm, por sus siglas en inglés. Los granos de este nuevo tipo de maíz presentan contenidos similares de lisina y triptófano al del opaco-2 pero no las características indeseables de su endospermo. El programa de maíz qpm en Sudáfrica fue el primero en liberar híbridos comerciales y hoy existen numerosas variedades e híbridos de color blanco y amarillo diseminados por todo el mundo —en Sudáfrica, Ghana, China y Brasil se siembra comercialmente este tipo de maíces. Es interesante notar que se ha encontrado que la relación de eficiencia proteínica del maíz qpm es del orden de 1.9 cuando el de la tortilla llega a ser de 2.1, lo cual indica que la calidad de su proteína para la nutrición de los niños es equivalente a 84% de la proteína de la leche. Asimismo, para la nutrición del humano adulto el valor biológico del maíz qpm es del 80%, mientras que la cantidad de maíz requerido diariamente para equilibrio de nitrógeno es de 230 gramos, valores que son cualitativa­mente superiores a los correspondientes al maíz normal de 40 a 57% y 547 gramos, respectivamente.

Se han llevado a cabo estudios para evaluar el compor­tamiento del maíz qpm en relación con la producción de tortilla y otros productos relacionados, y se ha encontrado que, además del alto contenido de lisina y triptófano en com­paración con el maíz normal, las tortillas y totopos pre­sentan más del doble del contenido normal de proteínas tipo albúminas y globulinas. Cuando se ali­men­tan ra­tas con estos productos, la ganancia en peso es del doble en comparación con las ratas alimentadas con productos de maíz normal.

Existe un acuerdo de cooperación entre el Instituto Na­cional de Investigaciones Forestales, Agrícolas y Pe­cua­rias de México (inifap) y el cimmyt que tiene como objeti­vo producir híbridos qpm de este grano básico. Se espera que este avance revolucione el sistema productivo y mejore los aspectos nutricionales, sobre todo de los producto­res de maíz para autoconsumo y sus familias. Este acuerdo señala que el inifap es responsable de desarrollar los materiales genéticos a través de los procesos tradicionales para incrementar semilla.
 
En la actualidad en México ya se produce semilla re­gis­trada de maíz qpm, 26 híbridos y variedades diferentes su­­fi­ciente para sembrar más de 80 000 hectáreas en áreas tropi­cales y subtropicales. Se tiene proyectado que en los pró­ximos años en la mitad de las cerca de ocho millones de hectáreas que se siembran con maíz se podrían utilizar las variedades disponibles de maíz qpm.

Consideraciones finales

Los beneficios físicos, nutrimentales y sensoriales que se derivan de la nixtamalización son suficientes para sugerir que éstas fueron las razones para su implementación y uso. No sabemos cómo lo explicaban ni cómo llegaron a ello, pero las antiguas civilizaciones mesoamericanas fue­ron capaces de observar los efectos adversos si el maíz no se sometía al proceso de la cocción alcalina antes de producir tortillas y otros productos derivados de este cereal. Así, estas grandes culturas que todavía nos continúan im­pre­sionando generaron uno más de los alimentos mágicos que formaban parte de su dieta.
 
Por otro lado, se sabe que el consumo de harina de tri­­go refinada está ampliamente extendido en los países desarrollados. Este hábito de consumo tiende a establecerse en aquellos países en vías de desarrollo conforme la urba­ni­zación y el ingreso aumentan. Sin embargo, existen varias ventajas que favorecen al maíz nixtamalizado por so­­bre la harina de trigo. Así, se ha visto que la calidad de la proteína de mezclas de harina de maíz y de trigo dismi­­nu­ye conforme la proporción de esta última aumenta, mientras otros estudios han demostrado que las tortillas presentan una proteína cuya calidad es mejor que la del pan blanco.

A pesar de la belleza de las transformaciones que ocurren durante la nixtamalización, está claro que se requiere complementar los productos alimenticios de esta tecnolo­gía con otros como frijol, frutas y verduras, todos ellos par­te de la dieta tradicional mexicana. Sin embargo, en nues­tro país, los grupos sociales con bajos ingresos están dejando de consumir tortilla por una idea equivocada de lo que es el estatus social, y lo mismo ocurre en aquellas de altos in­­gre­sos, lo que constituye un problema serio. Deberían en­ten­der que, en comparación con productos de harinas de tri­go refinadas como el pan blanco, el consumo de tor­tilla incrementa el de fibra y otros importantes nutrimentos. El renunciar a este alimento, sea por ignorancia o por otros factores, lleva a la pérdida de los enormes beneficios nutracéuticos —esto es, nutrimentales y medicinales— que conlleva su consumo.
     
Referencias bibliográficas

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como citar este artículo
Paredes López, Octavio y Guevara Lara Fidel, Bello Pérez Luis Arturo. (2009). La nixtamalización y el valor nutritivo del maíz. Ciencias 92, octubre-marzo, 60-70. [En línea]
     

 

 

 

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Maíz, riqueza de México
 
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Hugo R. Perales R.
   
               
               
Todos convienen en que el maíz fue el más preciado presente del nuevo al viejo mundo. Y por haber pasado de aquí al otro Continente, un don de México.
 
Andrés Henesterosa
 
El maíz es tan cotidiano en México que raramente
consideramos lo ex­tra­ordinario que es esta especie. Es asom­brosa en tantos aspectos que sería un reto encontrar otra planta con tantas bondades. Proviene de una forma sil­ves­tre de la misma especie llamada teo­cintle, con una inflorescencia fe­me­nina y semillas tan distintas a las del maíz que nos es familiar, que aún hoy difícil­mente podríamos imaginar el po­tencial encerrado en su ancestro sil­vestre si no lo conociésemos. Es po­si­ble que ninguna otra especie se adap­te a tantos tipos de ambientes y presente una variación tan grande en cuanto a características de interés hu­mano co­mo el maíz. Ade­más, la cantidad de maneras en que se utiliza el maíz tam­poco tiene rival entre las especies do­mesticadas.
 
En realidad, pocas especies son tan importantes para la humanidad co­mo el maíz. En­tre sus principales ali­men­tos destacan tres es­pe­cies ve­ge­ta­les, maíz, trigo y arroz, las cuales con­tri­bu­yen anual­mente con más de 2 mil millones de to­ne­ladas de pro­duc­ción, una cantidad si­milar a la pro­duc­ción de las siguientes 20 especies alimen­ti­cias más importantes. En los primeros años de este si­glo el maíz ha sido la es­pecie con ma­yor producción en el mun­do y se ha con­vertido en la planta alimenticia más importante, no só­lo de México si­no del planeta. Es­te he­cho no es gra­tui­to y deriva di­rec­ta­men­te del po­ten­cial genético com­­pren­dido en esta especie y de nuestra capacidad de ex­traer este potencial.
 
El maíz es obra humana y como tal su futuro está en nuestras manos. No es común que las plantas generen una liga emocional como lo hace el maíz, y en Mesoamérica este vínculo es intenso.
 
Los cambios que el maíz ha expe­ri­men­tado bajo influencia humana son considerados únicos en el reino ve­ge­tal. Todas las especies domesti­ca­das han cambiado en su constitución ge­né­tica bajo la influencia humana, sin embargo, reconocer el maíz en su an­cestro silvestre no deja de sorprender. El teocintle es una planta muy pa­reci­da al maíz pero con múltiples ra­mificaciones en las axilas de las ho­jas en lugar del tallo único y esbelto del maíz. Sus mazorquitas, por lla­mar­las así, po­co se parecen a la del maíz, más allá de su cubierta. En el teo­cin­tle las mazor­quitas son de unos cinco centímetros de longitud y se componen de semillas con una cu­bierta en­du­recida (sus glumas) ali­nea­das en dos hileras y sin olote, muy dis­tintas a las mazorcas y los granos de maíz que conocemos. ¡Tendríamos que tener mucha hambre para pensar en co­merlas!
 
Actualmente hay consenso en que el maíz proviene del teocintle y se han identificado los genes involu­cra­dos en la ramificación axilar y el grano desnudo. El gen tb-1 (del inglés teo­sin­­te branch 1 o ramificación teo­sin­tle 1) reprime el crecimiento de las ra­mificaciones, y su ausencia las per­­mi­te; y el gen tga1 (teosinte glume ar­chi­tecture 1 o arquitectura gluma teo­­sin­tle 1) redu­ce las glumas y des­nu­da el grano. Fal­tan otros aspectos de los cambios pro­ducidos durante la domes­ticación y seguimos sin tener una idea clara de cuál fue la influencia humana en este proceso. Al mismo tiempo, desde el pun­to de vista científico el in­genio y la destreza de los agricultores meso­ame­ricanos que produjeron la enor­me diversidad del maíz que here­damos son amplia­men­te reconocidos sin reservas.
 
Muchas especies domesticadas de­penden de los humanos para su cul­ti­vo, pero el maíz es probablemente la planta más depen­dien­te que conocemos; unos cuantos años sin nuestra atención y de­saparecería de la faz de la tierra. Las semillas de la mazorca, to­talmente cu­bierta por varias capas de hojas mo­dificadas conocidas co­mo totomox­tle, quedarían capturadas im­pidiendo su ger­minación o el es­table­cimiento ade­­cua­do al germinar amon­tonadas. Ade­­más, las semillas que germinaran seguramente es­ta­rían creciendo fuera de la temporada de lluvias y, por tanto, pro­pensas a mo­rir en la sequía que co­mún­mente le sigue. Si no cosechamos un campo de maíz, sólo algunas de los más de 10 millones de semillas que fueron pro­du­cidas estarían creciendo el año si­guien­te y en menos de unos cinco años se­guramente, no encontraríamos ni una planta de maíz en ese campo.
 
Los maíces que tenemos son producto de un conjunto de factores que han influido en su evolución y con­for­mación. Al dispersarse el maíz por Mé­xi­co, el resto de América y otros con­ti­nentes, las distintas condiciones ambientales en que se sembró y las pre­fe­rencias de distintos grupos humanos causaron modificaciones en su constitución genética. Inicialmente originario de un ambiente semi-cálido y subhúmedo, el maíz fue llevado a nue­vos ambientes en donde se pro­du­jeron adaptaciones a las condiciones particulares. Por ejem­plo, en am­bien­tes templados se generaron maíces que ger­minan a temperaturas bajas, con maduración muy tardía para apro­vechar tantos días de crecimiento como fuese po­si­ble, y con pigmentación morada para protegerlos de la luz ultravioleta, más intensa en regiones de altura. En ambien­tes secos y cálidos fueron maíces con ciclos muy cor­tos pa­ra escapar a las sequías. Los am­­bien­tes húmedos exigieron maíces capaces de tolerar enfermedades propias de los mismos. Las preferencias en dis­tintas culturas también causaron cambios. En Perú el uso como grano entero de­sarrolló maíces con granos muy gran­des y harinosos, además se desarro­lla­ron maíces con intensa co­lo­ración morado-rojizo para chicha —una bebida de maíz que incluye el olote. El uso de maíz para pozole hizo algo similar en México y se prefirió que los granos estallaran como flores al cocerse. En Asia se usó el maíz como verdura y se desarrollaron varieda­des con múlti­ples mazorcas en cada plan­ta, especia­les para consumir como elotitos (con todo y olote). Este ti­po de factores han hecho que el maíz se conforme a los dis­tintos ambientes y a las necesidades e intereses huma­nos. Ninguna otra planta ha presen­ta­do tanta plasticidad como el maíz en este sentido.
 
El consumo de maíz en México es­tá íntimamente ligado a la nixtama­li­za­ción con cal, uno de los grandes des­cubrimientos de los pobladores de México y lamentablemente descuida­do al dispersarse el maíz por el mundo. La nixtamalización no sólo elimina la cubierta del grano haciéndolo menos fibroso y creando una masa más elás­ti­ca, lo que permite la elaboración de tor­tillas, también in­crementa el contenido de calcio en el alimento y la efi­ciencia en la asimilación de proteína, y reduce además las aflotoxinas comu­nes del maíz y libera la niacina (vitami­na B3) presente en el gra­no, evi­tan­do así la pelagra, común cuan­do la die­ta se basa en maíz, como fue el caso en al­gunas regiones de Italia, Es­paña y Por­tugal en los siglos xviii y xix. La nix­tamalización, junto con el uso del fri­jol, permitió que los po­bla­dores me­so­americanos dependieran intensa­men­te del maíz sin problemas nutricionales. El frijol suministra ami­noácidos en los que el maíz es de­fi­ciente y permite una dieta balanceada y saludable al ser consumido con maíz, en particular cuando incluimos calabaza y chile, los otros dos pilares de la alimentación mesoamericana. Sin la nixtamalización y el frijol, la cul­tura del maíz en México hubiese te­ni­do que tomar un rumbo distinto y muy posible­men­te no nos reconoceríamos como pueblo de maíz.
 
Muchos mexicanos y gua­te­mal­tecos nos consideramos “hom­bres y mu­jeres de maíz”. Esto no es sólo una fra­se seductora que proviene de la mi­tología me­so­americana. Al mismo tiem­po que el maíz se hizo más y más dependiente en los humanos, los humanos nos con­ver­ti­mos en más dependientes del maíz. El maíz no fue la primera especie vegetal domestica­da en Mesoamérica, pero hace unos 3 000 años la dependencia mutua lle­gó al gra­do que los olmecas divinizaron el maíz y representaron el univer­so fincado en su poder simbólico. El mode­lo para el ciclo de muerte y re­su­rrección, para la unión del cielo y la tierra y para la fertilidad y la crea­ti­vidad fueron tomados del maíz, y és­te perduró en todas las civilizaciones me­soamericanas. En estas tierras la falta de maíz ha implicado ham­bru­na, mientras que la abundancia de maíz permitió te­ner tiempo libre, es­pecialización del trabajo y desarrollo social. Los espa­ño­les cambiaron los nombres locales de cintli, ixim y otros al nombre taíno de maíz —de los ara­huacos de Las Antillas— y nada cam­bió. La liga emo­cional de los pobladores mesoameri­ca­nos permaneció igual de fuerte y la planta sigue siendo respetada ahora como maíz. Al­gunos han opinado que el maíz ha generado intensidad emocio­nal porque es cultivado casi in­di­vidualmente al sembrarse en ma­tas, a diferencia del trigo y arroz que son atendidos en tablones. No lo sa­be­mos, lo ­cierto es que, en un país como Mé­xi­co, la liga emo­cio­nal se ­pue­de observar en distintas ma­ni­fes­taciones sociales, co­men­zando por su posición central en el altar de muer­tos. No sólo el maíz depen­de de los humanos, los hu­ma­nos de estas tierras dependemos del maíz. Ambos, humanos y maíz, co­evo­lucionamos íntimamente durante los últimos tres o cuatro mil años de tal manera que la historia de los pueblos mesoameri­ca­nos ha es­tado estrechamente ligada a la his­toria del maíz. Aunque con ma­ni­fes­ta­ciones distintas a las de Mesoamé­­rica, actualmente la historia de la hu­ma­ni­dad está también ligada a ella.
 
Su exuberante diversidad
 
Casi todos conocemos diferentes tipos de maíz y posiblemente no hemos con­siderado la importancia y lo que esto sig­nifica. Lo primero que ca­si todos no­tamos es que hay granos blancos y ama­rillos, otros son azules o ro­jos. Pero también podemos en­con­trar granos anaranjados, crema, rosa­dos, ca­fés, mo­rados y casi negros. Ade­más, los hay mo­teados y jaspeados y otros que pa­recen tener un casco. La forma del gra­no puede ser redonda, in­denta­da, pun­tiaguda y algunos has­ta pre­sen­tan una forma encogida que se ve corrugada. Su textura puede ser cristalina, hari­no­sa o cerosa y los hay re­ventadores, que conocemos como pa­lomero, y dulces. Algunos granos son tan chicos que se requieren más de setenta para formar un gramo, cuan­do en otros maíces bastan dos granos para un gramo y medio. Hay gra­nos largos y cortos y otros tan anchos que casi alcanzan dos centímetros.
 
Estas pocas características descri­tas para el grano son sólo una peque­ña parte de lo que podemos ver. Se co­­no­cen plantas de maíz que apenas pa­san cincuenta centímetros y otras que lle­gan a me­dir más de cinco metros de altura, algunas con apenas diez hojas y otras con más de veinte. Los tallos y hojas pue­den ser verdes, rojizos o mo­­rados. Algunas plantas dan sólo una mazorca, otras pueden tener hasta más de diez pe­que­ñas. Las mazorcas pueden medir desde unos cinco centíme­tros de largo has­ta más de cuarenta y tienen de ocho hileras de granos a más de treinta. La mayoría de las mazorcas presentan for­mas cilíndricas o có­nicas, pero algunas son casi redon­das. Algunos maíces los co­no­cemos como tunicados porque cada grano parece estar cubierto por su propio totomox­tle —tú­nica.
 
Sin embargo, esta variación mor­fo­lógica no es la única diversidad que ofrece el maíz, y seguramente tam­po­co la más importante. El maíz es una de las plantas más plásticas que co­no­cemos y esto le ha permitido adap­tar­se a una gran cantidad de condi­cio­nes ambientales. En México podemos en­contrar campos con maíz desde el ni­vel del mar en climas cálidos, hasta más de 2 500 metros de altitud en cli­mas templados. En Perú se le en­cuen­tra has­ta casi 3 500 metros sobre el nivel del mar. Se siembra desde 58° de la­titud norte en Canadá y Rusia hasta 40° de latitud sur en Argen­ti­na, y en regiones con poco más de 200 milímetros de precipitación, hasta am­bientes con más de cua­tro metros de lluvia por año, y cre­ce bien en los veranos cortos de Canadá y en la región tro­pical con verano perma­nen­te. Algunos ti­pos de maíz madu­ran en poco más de dos me­ses, otros permanecen en el campo casi todo el año. Nin­gún otro cul­tivo está dis­tri­bui­do tan amplia­men­te co­mo el maíz ni prospera bajo condiciones tan variadas. To­dos los cul­tivos importantes tienen una considerable va­riación genética; sin embargo, la extraordinaria variación del maíz represente po­siblemente su mayor va­lor potencial y es la razón fundamental del por qué se ha convertido en el cultivo más importante del mundo.
 
A principios del siglo XXI más de la mitad del maíz sem­brado en Mé­xico procede de se­millas de variedades tra­dicionales, desarrolladas por los agricultores sin inter­­ven­ción de técnicos o cientí­fi­cos. Todos los tipos principales de maíz que se reconocen hoy día existían cuando los científicos comenzaron a estudiar y hacer me­jo­ramiento en el maíz. Hace unos cincuenta años se consideró que las va­rieda­des tradicionales de maíz serían rápi­damente desplazadas por varieda­des producidas por instituciones edu­cati­vas y de investigación y por empresas comerciales. Tan fuerte fue esta idea que las variedades modernas pro­duci­das en forma institucional han sido conocidas como variedades mejoradas, en cierta forma como con­tra­posi­ción a las “no-mejoradas” de los agri­cultores. Éste es un prejuicio que no se sostiene. Convencional­men­te se ha su­puesto que las variedades modernas son superiores a las tradicionales, sin pensar en la complejidad de los ambientes en donde el maíz se cultiva. Una interpretación superficial de la prevalencia de va­rie­dades tradicionales se basa en la idea de que los agricultores son muy tra­dicionales, no conocen ni prueban las variedades mo­dernas y, posiblemente, ha faltado inversión en in­ves­tigación, extensión e in­fra­es­tructura por parte del Estado y la iniciativa privada. Sin em­­bar­go, aunque en algunas re­gio­nes agrícolas con condiciones fa­vo­­ra­bles sí se registra un uso extensivo de las va­riedades modernas, el pro­ce­­so de des­plazamiento no ha sido co­mo se espe­raba y se ha documentado que exis­ten buenas razones para que esto sea así. Estudios hechos en las úl­timas dos dé­cadas han mostrado que los agri­cul­to­res continúan sembrando variedades tradicionales porque muchas veces és­tas son superiores en su adaptación a las condiciones par­ticu­lares de los agri­cultores, distintas a los campos experi­mentales, o presen­tan características apreciadas que las ha­cen ser preferidas en los hogares.
 
De los más de dos millones de ho­gares que siembran maíz cada año en Mé­xico, más de 80% son pro­duc­tores que cultivan menos de cinco hec­táreas de maíz, y casi todos lo ha­cen en siembras de temporal —sin rie­­go— y en tierras quebradas que no per­mi­ten la mecanización. Además, mu­chos de estos productores no cuen­tan con suficientes recursos para pro­porcionarle las mejores condiciones de crecimiento al maíz. No es un hecho que bajo estas condiciones las va­riedades modernas sean superiores, en particular en ambientes semicálidos y templados de México, donde las va­rie­dades tradicionales son dominantes. Las variedades tradicionales de Mé­xico merecen mucho mayor re­conocimiento y apoyo social del que han recibido en las últimas décadas.
 
Es difícil evaluar cuántos tipos dis­­tintos de maíz se siembran en el país. Desde el punto de vista científico se ha optado por clasificar a las variedades tradicionales del maíz en razas, donde una raza es un conjunto de individuos con suficientes características en común para ser reconocidas como parte de un grupo. Esto implica que una ra­za no la conforma un solo tipo de maíz uniforme e idéntico entre sí, como se busca en las variedades co­mer­ciales. De hecho, dentro de una raza particu­lar podemos encontrar variación en co­lor de grano, precocidad y otras características de los maíces como las descritas anteriormente. No te­nemos consenso en cuanto al número de razas que se siembran en México, pero los estudios que se han hecho indican que son entre 35 y 60, y en el mundo se han descrito unas 300 razas. Algunas, como los Cónicos y Tuxpeños, son ampliamente sembradas en México, mientras otras razas, como el Tepe­cin­­tle y Jala, se encuentran en regiones restringidas y en pequeñas cantidades. Desde hace más de cincuenta años se ha apreciado que en Mé­xico y Gua­temala gran parte de las ra­zas de maíz tiene una relación es­tre­cha con los pue­blos indígenas. En muchas co­mu­nidades se piensa que las variedades sembradas son propias de la comu­ni­dad, aunque no tenemos suficiente ex­perimentación y análisis genético para determinar el grado en que éstas son si­milares entre comunidades. En ca­si todas éstas, dos o tres variedades son muy comunes y do­mi­nan tres cuar­tas partes o más de la siem­bra de maíz, pero si se bus­ca las variedades po­co comunes siem­pre se puede encontrar diez o más en cada comunidad. Aunque ac­tualmente seguimos sin poder de­ter­minar cuántas varieda­des tradi­cio­nales existen en el país, sí es posible es­timar que son cientos y posiblemen­te un millar o más. Esta gran diver­sidad de formas y tipos de maíz re­pre­senta una riqueza y un gran potencial para México.
 
Su inagotable versatilidad
 
Ligado directamente a la diversidad del maíz está su enorme potencial co­­mo cultivo con múltiples usos. No ­só­lo tenemos maíces para casi cualquier tipo de ambiente, también los usos que se hacen del maíz van más allá de lo que suponemos cuando lo vemos sólo como planta alimenticia. El po­ten­cial del maíz está li­mitado casi só­lo por nuestra imaginación.
 
El maíz es el único entre los ce­rea­les mayores que se puede consumir co­mo verdura —elote y jilote— y grano seco, y es también el único en el que una enfermedad, el carbón del maíz —conocido como cuitlacoche—, es con­sumida como una delicadeza. Una vez nixtamalizado, las formas co­mo se puede preparar son legen­da­rias y nos podríamos llevar párrafos en­te­ros describiendo los distintos tipos de tortillas, gorditas, tostadas, ta­­ma­les, ato­­les, pozol y pozole. Baste re­­cor­dar que su versatilidad nos permite comer­lo dia­riamente sin can­san­cio. Des­de tiem­pos precolombinos el maíz fue la especie con más usos, lo cual registró fray Ber­nardino de Sahagún. Ade­más de ali­men­to se conside­ra­ba forraje, combustible, medicina, para ce­re­mo­nia y tributo. Se ha propuesto que el uso inicial del teocintle y el maíz fue como caña de azúcar, pero aún no lo sa­bemos. Aunque los olotes no tienen mu­cho calor de combustión sirven ­pa­ra cocinar y los estigmas de la ma­zorca —los “cabellos”— se utilizan co­mo diu­ré­ti­cos. Aún persisten formas rituales de uso del maíz entre los pue­blos originarios de Mé­xico y no es ra­ro encon­trar que se recurra a mazorcas rojas para tratar el espanto.
 
Fuera de Mesoamérica el consumo de maíz nixtamalizado es poco co­mún. En Venezuela y Colombia se pre­pa­ran arepas, similares a gorditas de maíz re­llenas, y algunas se hacen con maíz nixta­ma­lizado. En Estados Unidos se prepara un tipo de hominy con granos nixta­ma­lizados, en forma si­mi­lar al pozole, aunque con granos sin reventar. Pero en Perú, donde el consumo de maíz tie­ne milenios, se hace principal­men­te como choclo —elote ma­du­ro hervido y a veces desgranado— o cancha —maíz tostado— y ta­ma­les elaborados prin­ci­palmente con choclo sin nixtamalizar. En muchos otros países el maíz se pre­para como un tipo de potaje espeso con o sin acom­pañamientos. En Áfri­ca hay paí­ses como Lesotho, Zambia y Malawi, don­de el consumo per ca­pi­ta es mayor que el de México. En este continente el maíz se prepara princi­palmente co­mo gruel, similar a un ato­le espeso de maíz pero hecho con maíz molido o harina de maíz sin nixta­ma­lizar. Por si­glos el maíz se consideró en Europa como no apto para humanos, en particular porque su falta de glu­teno no permitía hacer buen pan, y hasta se de­sarrolló un rechazo y tabú a su con­su­mo. Pero en al­­gunas regiones pobres se adoptó y en Italia se prepara co­mo polenta, una especie de potaje, a ve­ces seco y hor­nea­do, original­men­te pre­pa­ra­do de trigo o cen­te­no y com­ple­men­tado con queso y otros ali­­men­tos. Des­pués de la Se­gun­da Gue­rra Mun­dial la harina de maíz se convirtió en la polenta más común de Italia y aho­ra es considerado un pla­tillo gour­met. En Ru­mania se prepara un pla­ti­llo nacio­nal similar a la po­lenta, co­no­cido como mamaliga, y una co­mi­da tra­di­cio­nal puede consistir de tres o cuatro platillos, cada uno a ba­se de maíz.
 
La forma principal de consumo de maíz en muchos países industriali­­za­dos es indirecta, ya que es un com­po­nen­te principal en el alimento de va­cu­nos, porcinos, aves y otros ani­ma­les. En Estados Unidos, el mayor pro­duc­tor de maíz en el mundo, más de la mitad del consumo interno de maíz se hace bajo esta forma. Con­si­de­­ran­do que en países industrializados la pro­ducción de car­ne se basa en el maíz y que éste es com­po­nen­te im­portante en la ela­boración de varios ali­mentos, se ha estimado que más de la mitad de una comida rá­pida tipo ame­­ricano, como hambur­guesa o po­llo frito, se elabora a base de maíz.
 
Pero este cereal también es un com­po­nente importante en muchos productos alimenticios e industriales. El azúcar con alto contenido en fruc­tuo­sa, producido a base de maíz, ha ve­nido a ser el edulcorante más im­portante para la industria de be­bidas carbonatadas. El al­mi­dón de maíz se utiliza en adhe­sivos, baterías eléc­­tri­cas, crayolas, balas y has­ta algunos ti­pos de llantas lo tienen como com­ponente importante; el aceite de maíz se emplea como susti­tuto de hule, ja­bones e insecticidas. En Estados Uni­dos se ela­­bora un whis­key de maíz muy apreciado, co­no­­cido como bour­bon. Se encuentra en múlti­ples pro­duc­tos alimenticios como ce­­rea­les pro­cesados, aceites comestibles, pas­te­les, salsas, jugos, yogurt, dulces y be­­bi­das, pero también en cosméticos, pa­pel, farma­céu­ticos, porcelanas, hu­les, alcoholes, pinturas, lubricantes, tex­ti­les y muchos otros productos in­dustriales. En los últimos años la pro­­ducción de com­bustible con base en etanol de maíz ha adquirido im­por­­tan­cia. Se ha calcula­do que de los cer­ca de 10 000 productos que se encuen­tran en un super­mer­ca­do común, cuan­do menos 2 500 contienen maíz en algu­na forma.
 
Desde hace siglos el maíz ha sido re­conocido como uno de los cultivos más productivos. Tan fue así que después de que en­­tró a Eu­ropa, Áfri­­ca y Asia ha sido considerado como un alimento de pobres. En los úl­ti­mos cien años el me­­­joramiento cien­tífico y los avan­ces en la agronomía han sido ca­­paces de ele­­var considera­blemente los rendi­mien­tos del maíz. A principios del si­glo pasado, en promedio éstos eran de poco más de una tonelada por hectárea, y hoy día en Es­tados Unidos y Eu­ropa se producen en promedio más de ocho toneladas por hectárea. En Mé­xi­co el ren­di­mien­to promedio es de ­poco más de 2.5 to­ne­ladas por hectárea aun­que en las re­gio­­nes favorables del nor­oeste y no­­res­te se llega a ocho, tal y co­mo en los paí­ses industrializados, aunque los rendimientos récord allá registrados son de más de veinte y hubo uno de veinti­sie­te, lejos del récord de catorce del trigo o las doce del arroz.
 
El mejoramiento de los maíces ha podido cambiar la cantidad y calidad del aceite de sus granos, co­mún­men­te entre 4 y 5%, llegando a más de 20% en líneas especiales con selec­ción intensiva. Asimismo, cantidad de pro­teí­­na se ha podido incrementar, aun­que no tanto como el aceite, y se ha encon­trado cómo duplicar la calidad nutriti­va de ésta. Estos ejemplos muestran la maleabilidad del maíz y el potencial que puede tener para Mé­xico, en par­ticular cuando consideramos la enorme di­ver­sidad genética pre­sente en el país y su gran capacidad adaptativa a muchos am­­bien­tes ya descrita anteriormente.
 
De hecho, dicho potencial representa ac­tual­­men­te un pro­blema, ya que se con­vir­­tió al maíz en una de las plan­tas preferidas por los biotecnólogos pa­ra la producción de químicos es­pe­­cia­lizados, y se han pro­­du­cido así maí­ces transgénicos que pueden crear plás­ti­cos, antibióticos, insulina y varios productos farmacéuticos más —mu­chos de los cuales se mantienen como se­cre­tos industria­les. Si bien la im­por­tan­cia del maíz en este sentido es pro­digiosa, también re­presenta un riesgo notable, ya que si este tipo de maíces se escapan a la ca­dena alimenticia pue­den resultar un problema consi­de­rable para los pueblos que lo con­­su­men como alimento pri­mario, como es el caso de México.
 
El cuidado de la diversidad genética
 
Hace poco más de cincuenta años se hicieron extensas colectas de los maí­ces de México, las cuales constituyeron la base para la formación de un ban­co de germoplasma de maíces me­xicanos. Los bancos de germoplasma tienen la función de preservar este ma­terial para la posteridad y ponerlo a la dis­posición de los investigado­res que se dedican a su estudio; son un ins­trumento indispensable para el cui­dado de la di­versidad genética de los cultivos. Más de 50% de las ra­zas de maíz mexica­nas tienen una re­­pre­sen­tación de me­nos de 0.5% en los ban­cos de ger­mo­plasma y puede con­siderarse que se hallan en riesgo de ex­tinción. El banco de germoplas­ma de los maíces mexicanos cuenta con más de 10 000 colectas, es un ma­te­rial verdaderamente valioso que re­quie­re apoyo permanente para su man­te­nimien­to y mejoramiento. En los últimos años se han creado algunos bancos de germoplasma comuni­tarios que también tienen la función de pro­veer se­mi­llas a los agricul­to­res locales. Posi­ble­mente esta tendencia deba am­pliarse en un futuro cercano.
 
Actualmente se considera que no es suficiente guardar la diversidad ge­­nética de los cultivos en bancos de ger­moplasma. La mayor parte de la diversidad de maíz se encuentra en los campos de los agricultores mexicanos que continúan sembrando variedades tradicionales, que las prefie­ren por varios motivos y las siembran sin el menor apoyo de instancias gubernamentales. Inclusive, en muchas oca­sio­nes, las variedades tradicionales se siembran en contra de los inte­reses de técnicos y burócratas que no comprenden su valor. Es importante que la percepción social sobre estas va­riedades cambie y en lugar de per­judi­car­las desde posiciones guberna­mentales se les apoye reconociendo el valor que tienen para sus curadores y el que pueden llegar a tener en el futuro.
 
Un aspecto en que todos podemos apoyar el cuidado de las variedades tra­dicionales mexicanas es consu­mien­do tortillas y otros productos de maíz de alta calidad. En las últimas décadas el harina de maíz nixtamalizado ha llegado a dominar los ambien­tes urbanos y hay motivos importantes para esto, ya que aun cuan­do ésta puede ser de alta calidad, las tor­ti­llas y otros platillos elaborados a par­tir de nixtamaliza­ción fresca no tie­­nen parangón para quien conoce. Ha lle­gado el momen­to de que en Mé­xi­co se demande tortillas y otros pro­ductos de alta calidad elaborados con base en la nix­tamalización fresca de maíces crio­llos me­xicanos. Esto re­presentará un sostén fundamental para la preservación de la diversidad del maíz mexica­no y una fuente importante de empleo al implicar una producción descentralizada.
 
¡El maíz nos necesita!
 
¿Quiénes seríamos los mexicanos sin el maíz? Demasiado retórico tal vez, pe­ro, detengámonos un momen­to, ¿po­demos siquiera imaginarlo? ¿Po­dríamos imaginarnos sin comer maíz, sin volver a oler una tortilla fresca, sin un elote? ¿Cuántos mexicanos lo comen tres veces al día, cuántos con­side­ran que sin maíz no han comido de­bi­da­men­te? Tal vez esto es demasiado, ¿pero podemos dar el siguiente paso?, ¿se­ríamos iguales si en lugar de produ­cir el maíz que consumimos lo tuviésemos que comprar fuera de México? Algunos creen que sí, que só­lo se trata de mercados y costos. Pe­ro puede no ser tan simple.
 
Hay un conjunto de objetos cul­tu­ra­les que nos identifican como me­xi­ca­­nos, y el maíz es uno de éstos. Creer que los mexicanos podemos tra­tar a esta planta sólo como mer­can­cía pue­de ser uno de los grandes errores de las últimas décadas. Olvi­dar­­nos de su contenido y capital sim­bó­­lico muy posiblemente nos empo­brez­ca como mexicanos. Pero dejemos esto de lado por ahora, porque es po­si­­ble que el otro lado de la relación sea el que se ha tornado crítico en la ac­tua­lidad. El maíz nos necesita tanto o más que no­sotros a él, necesita de nuestra atención y soporte para continuar sien­do lo que ha sido para Mé­xico en los úl­timos mi­lenios.
 
El tratar al maíz como mercancía ha implicado el descuido de su pro­duc­­ción en el país. La mayor parte de los hogares que siembran maíz en Mé­­xico lo hacen en cantidades pe­­que­ñas, y dependen di­rec­ta­men­te de su propia producción pa­ra su bienestar. Raya en lo ridículo es­­perar que ellos puedan com­petir directamente con los productores subsidiados de Estados Unidos, en­tre los cuales tener 1 000 hectáreas planas sembradas con riego es considerado como pequeña escala. Apoyar sólo a los gran­des productores mexicanos porque son éstos los úni­cos que suminis­tran grandes cantidades de maíz im­pli­ca descuidar el bie­nestar de algunos de los hogares más pobres, y promover que dejen el maíz y emigren a la ciudad es poco sensato mientras la educación en el campo siga deficiente y no haya suficiente trabajo para la población urbana. El maíz necesita de nuestra atención comenzando por exigir que el gobierno mexicano deje de verlo como una simple mercancía.
 
El maíz necesita de nuestra atención y sustento porque de otra manera la extraordinaria diversidad que he­mos heredado puede perderse entre pre­cios internacionales e importacio­nes que sólo ven ganancias en este gra­­no. El maíz es uno de los cultivos más estudiados en el mundo, pero en Mé­xi­co no estamos invirtiendo sufi­cientes recursos humanos y materiales en la investigación necesaria para que nos brinde todo su potencial. Ade­más, por ser una de las plantas mejor co­no­cidas no sólo permite la investiga­ción de aspectos aplicados, sino por ser una plan­ta mo­delo es un baluarte pa­ra el desarrollo de la investigación bá­si­ca en México.
 
Si considerarnos hombres y muje­res de maíz sigue siendo un honor y pun­to de identidad, tendremos que evi­­tar que el maíz pierda el lugar cen­tral, material y simbólico, que ocupa en nuestra cultura.
 
     
Referencias bibliográficas

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La boda del maíz y la fragilidad de la alianza
 
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Johannes Neurath
   
               
               
En Mesoamérica el maíz no es un simple ali­men­to. Hay una
relación especial de los seres hu­manos con este grano. Como dice Bonfil Bata­lla, “maíz, sociedad, cultura e historia son insepa­rables; nuestro pasado y presente tienen su fundamento en el maíz; nuestra vida esta basada en el maíz […] somos gente de maíz”. ¿Pero qué significa, en la concepción indígena, que los hombres están hechos de maíz? Creo que es evidente que no se trata de una simple metá­fora. Por otra parte, parece relevante señalar que, en la on­to­lo­gía indígena, la relación con el maíz y la iden­ti­fi­ca­ción de los seres humanos con este grano es un asunto que no pertenece al ámbito de la naturaleza. Tampoco im­plica un discurso identitario. Más bien, podemos decir que la iden­tificación mesoamericana con el maíz revela una for­ma amerindia de relacionarse con el otro.
 
El Popol Vuh (un texto de la época colonial temprana) se burla de los hombres de barro que no servían debido a su inmovilidad e incapacidad de hablar, y narra la historia del origen de los hombres de maíz. Pero, como señala Bro­therston, hay dos versiones sobre el inicio de la agricul­tura. Según la primer versión, el maíz es producto de la in­te­rac­ción entre los hombres y los dioses del inframundo. Como narra la gran epopeya maya, los héroes cultura­les luchan y, finalmente, vencen a sus enemigos de Xibal­ba pero, al mismo tiempo, establecen una relación. El na­cimiento de la segunda generación de gemelos héroes es el resultado se un affair entre el héroe Uno Caza­dor y una diosa del inframundo de nombre Mu­jer Sangre. Al morir Uno Cazador, Mujer Sangre aban­dona a Xibalba y va a vivir en la casa de su sue­gra Xmucame en la tierra —llevando consigo el cultivo de maíz. La implicación es que el maíz viene de los enemi­gos. Lo más propio —podríamos decir lo esencial de la ci­vilización mesoamericana— viene de los otros. Estamos frente a un paradigma que no enfatiza la uni­cidad (particularidad, autonomía) de los humanos, sino se­ñala la necesidad de establecer relaciones y alianzas, in­cluso con los seres de Xibalba. Entre los huicholes en­con­tramos una situación similar. Según la mitología wi­xa­rika, el origen del maíz es un pacto matrimonial entre Watakame el ancestro de los huicholes, y una diosa algo omi­nosa, madre de cinco hijas, que habita en un pequeño rancho ubicado en algún lugar de las profundidades de la barranca. Versión del mito del origen del maíz y la publicó con el título La boda del maíz: Hubo una hambruna tremenda. Los seres humanos no tenían qué comer. Watakame, que vi­vía con su anciana madre, exclamó: —¡Tengo hambre! —dijo el hombre—, voy a preguntarle a la gente. En su ca­mino Watakame se topa con la “gente-hormiga” que iba trans­por­tan­do maíz. —¿Dónde lo compraron [el maíz]? —pre­guntó. —Allá hay maíz, vamos hacia allá a com­prarlo. Watakame se fue con ellos. —Aquí vamos a pasar la noche— dijeron. Todos se fueron a dormir. Cuando Watakame despertó ya no había nadie, pero sus cabellos habían de­sa­parecido. Se había quedado calvo. Las hormigas arrie­ras le habían robado el cabello. Entonces se dio cuenta de que estas arrieras no compraban el maíz, sino que se lo ro­baban. —¿Qué hago? Tengo hambre. —Se sentó en la cres­ta de una sierra y, desde ahí, vio cómo se acercaba una paloma [kukurú, güilota] que traía masa de maíz en el pico. La paloma es la madre del maíz. —¿Puedo visitarte en tu casa?—le dijó. Pronto llegó al rancho de la paloma y pre­gun­tó: —¿Aquí venden maíz? —Bueno— dijo la dueña del rancho que era una viejita—. Bueno, si quieres te doy una muchacha. Ella abrió la puerta y exclamó: —Ven maíz ama­rillo; maíz rojo, ven; maíz negro, ven; maíz pinto, ven; maíz blanco, ven; ven, flor de calabaza; ven, amaranto rojo. Maíz amarillo, tú te vas a ir con él. —No. —Maíz rojo, te vas. —No. —Maíz negro, te vas. —No. No voy. —Maíz pin­to, te vas. —No voy. Mañana o pasado mañana me va a regañar. Ca­mino muy despacito. —Flor de calabaza, te vas. —No, me cortará con un cuchillo. —Amaranto rojo, te vas. —No, me ti­rará. —Construye cinco trojes y un adoratorio bonito. Durante cinco días coloca flores rojas de cempasúchil en el sur, flores amarillas de cempasúchil en el Norte, betónicas en el Oriente, tempranillas en el Poniente, y en el centro vas a colocar flores de corpus. Durante cinco días enciende una vela. No vayas a regañar a las muchachas. Ponlas en el adoratorio. Y nunca dejes de barrerlo. Watakame se fue a su casa e hizo como le dijeron.
 
A los cinco días llegó la muchacha del maíz, fue entonces cuan­do él vio que sus trojes estaban llenas de maíz y comió. Pero este idilio no duró mucho. La madre de Watakame no pudo aceptar que las cinco Niwetsika fueran tratadas como princesas y no le ayudaran con las tareas de la casa. Entonces la madre de Watakame regaño a su nuera: —¡Prepara [la comida]. Eres una mujer y no un hombre como para que te sirvan la comida! —dijo ella. La muchacha maíz se puso a moler en el metate. Un chorro de san­gre salió de sus manos. Llorando molió el maíz. Se quemó las manos. Al final desapareció. Ya no hubo maíz en el rancho. —¿Qué voy a comer?— exclamó la viejita y le dijo a su hijo: —Las Niwetsika se fueron a su casa. ¡Tráemelas otra vez! Watakame regresó al rancho de la madre del maíz y dijo: —Perdí a las Niwetsika ¿vinieron aquí? —Te dije que no las regañaras. Ya no te la voy a dar. Aquí vino. Aquí está. Sus manos quedaron totalmente quemadas. Vete tú sólo. No sabes comer. Se fue. Llegando a su choza regañó a su mamá: —La regañaste. Por eso se fue, y nosotros nos vamos a morir de hambre. Mitos similares existen en otras partes de Mesoamérica e, incluso, en el Suroeste de los Estados Unidos. En otras versiones huicholes de este mito, el hombre y su madre sobreviven la hambruna y se convierten en los antepasados de los seres humanos, pero esto sólo después de arduas negociaciones con la madre de las muchachas. Watakame le llevó a su suegra muchos obsequios: carne de venado, ta­males. También elaboró para ella velas, jícaras y flechas, es decir las ofrendas que actualmente se preparan en oca­sión de las fiestas. Así es como se celebró la primera fiesta de la siembra, Namawita Neixa. —Ahora el maíz ya no crece por sí mismo sino que requiere mucho trabajo físico y ritual. Los decendientes del matrimonio entre Watakame y las Niwetsikas son los huicholes. La relación entre el hombre cultivador y las plantas de maíz equivale a un matrimonio, pero ésta es una relación frágil que implica establecer una alianza con los dioses del mundo de abajo. De esta manera, el cultivo implica invo­lu­crarse con un ámbito del cosmos que, a menudo, se aso­cia con el mundo mestizo. Los ancestros de los huicholes se describen como cazadores y seres solares de “arriba” —los mestizos se consideran más antiguos, pues sus ante­pa­sados vivían “abajo”, en la planicie costera de Nayarit y, por ex­ten­sión, en el inframundo (el país de los muertos que se ubica también al fondo de las barrancas). En esta ló­gica es significativo que la madre de las muchachas maíz se iden­ti­fi­que con una diosa de los mestizos, la virgen de Gua­da­lu­pe (Tanana), misma que, entre los huicholes, a me­nudo se representa con una cabeza de calavera.
 
Alteridad constituyente
 
La relación con los otros que se describe en el Popol Vuh y entre los huicholes, aparentemente, no es una concepción tan excepcional. También en la Amazonia se han do­cu­men­ta­do casos donde las culturas indígenas no se fundamen­tan en un discurso de identidad sino en una alianza con los ene­migos. Una “alteridad constituyente” también se ha plan­tea­do para el caso del carnaval otomí de la Huasteca. Galinier describe que los otomíes se disfrazan de hacendados, charros, doctores, ingenieros, políticos, mujeres blan­cas se­­ductoras y personajes de las películas de Holly­wood. Muchos de estos “diablos” del inframundo se consideran ancestros de los otomíes. De manera similar, Pitarch anali­za cómo, entre los tzeltales de Cancuc, las “almas” y los “se­res sobrenaturales” se caracterizan por ser todo menos in­dígenas: animales, fenómenos atmosféricos, sacerdotes católicos, maestros, rancheros.Como vimos entre los huicholes y en el Popol Vuh, in­cluso el maíz es resultado de la relación de alianza con los otros. Asimismo, afirmamos que la identificación meso­ame­ricana de los seres humanos con el maíz no debe en­ten­der­se como un discurso sobre la naturaleza físico-bioló­gi­ca, sino sobre relaciones culturales. A la inversa del sentido común occidental, aquí lo innato (la naturaleza) se considera lo variable, la convención (la cultura) como lo invaria­ble. De esta manera, al participar en las campañas contra el uso de semillas genéticamente manipuladas, los hui­cho­les no defienden la causa de la protección de la naturaleza, sino una civilización. La amenaza del maíz Frankenstein no pone en duda el código genético compartido de las es­pecies maíz u Homo sapiens, sino los fundamentos ontoló­gicos de la existencia humana en relación con los ancestros y dioses del inframundo.
 
La familia poligínica
 
Cultivar y alimentarse de las cinco variantes de maíz tra­di­cional es el paradigma social huichol. Esto implica también que el consumo de otros granos (como trigo) es conside­ra­do aberrante. Para los comuneros es una obligación sem­brar maíz tradicional. Gente que vive fuera de las comu­ni­dades encarga su maíz con familiares y envía dinero para cubrir los gastos de las ceremonias. Esto es muy impor­tan­te, pues quien deja de sembrar el maíz sagrado pierde sus de­re­chos comunales. En los terrenos comunales no se per­mite la siembra de otras va­riedades que no sean las tradicionales y en numerosas comunidades, aunque no en to­das, el uso de fertilizantes y plaguicidas ha sido prohibido por las asam­bleas y las autoridades tradicionales. El concepto huichol de la persona está sobredetermi­nado por la relación entre el cultivador y la planta. Muchos nom­bres personales, tanto de hombres como de mujeres, se refieren a algún aspecto del cultivo de la milpa. Los ni­ños reciben nombres como Xitakame, “joven ji­lote” o Xi­ka­tame, “joven de las cinco primeras hojas de la plan­ta de maíz”, la niñas llevan nombres como Niwetsika, que es el nombre de la diosa del maíz, Utsiama, “semilla guar­da­da [el la troje]”, o Keiwima, “guía de frijol”. Por otra parte, la identificación con el maíz vale espe­cial­mente para las mujeres. Las cinco variantes de maíz son concebidas como hermanas y se asocian a los cinco rum­bos del cosmos: Yuawime, el maíz azul oscuro del sur, Tuxame, el maíz blanco del norte, Tailawime, el maíz mo­rado del poniente, Taxawime, el maíz amarillo del oriente y Tsayule, el maíz “pinto” del centro, deben sembrarse jun­tas en el coamil (waxa, milpa), aunque nunca revueltas. De esta manera, el cultivo de maíz es el modelo para la familia poligínica huichola. La poliginia no necesariamente es so­roral, como lo plantea el mito de Watakame, pero real­men­te es un aspecto fundamental de la sociedad huichola. Este hecho queda aún más claro si tomamos en cuenta que los misioneros (católicos y recientemente también los pro­tes­tantes) llevan ya varios siglos esforzándose inútilmente por acabar con esta práctica. Mantener varias esposas significa más trabajo para el hom­bre, que es el principal responsable de los trabajos del coamil y, por eso, sólo unos cuantos varones llegan a rea­lizar el ideal de tener cinco mujeres. Muchos hombres no se casan con una segunda o tercera esposa antes de que sus hijos mayores hayan alcanzado una edad en la que ya puedan trabajar como adultos. Un hombre pobre generalmente no tiene más que una o dos mujeres. Sin embargo, con­tar con varias esposas también representa una ventaja que se puede traducir en una mejor posición económica, ya que las mujeres son las principales productoras de ar­te­sa­nías para vender. A una mujer huichola, por cierto, no le conviene ser la única esposa, ya que los trabajos do­més­ticos suelen repartirse entre las diferentes mujeres de un rancho. Hay que mencionar que la regla de la endogamia étni­ca, es decir, la prohibición de casarse con mestizos o miem­bros de otras etnias, no es tan estricta como la de sembrar un maíz que provenga de fuera.
 
El fracaso en la cacería y la fiesta de la siembra
 
Watakame, el esposo de las cinco Niwetsika y primer culti­vador de maíz, frecuentemente se describe como un joven cazador perdido: errante, solitario y hambriento, sin casa y sin parientes, engañado por las hormigas. Sólo a través de su matrimonio con una o varias mujeres del inframundo se convierte en “gente” (tewi) y adquiere un modo de vida sedentario y en familia. En el inicio del mito, el héroe cultural se describe como un cazador fracasado y, por ende, desprestigiado. Como no puede cazar, padece hambre y va en busca de un lugar don­de le vendan comida. Llegando a un rancho ubicado en el fondo de una barranca, conoce el alimento maravilloso que son las tortillas de maíz, pero la dueña del rancho se niega a venderlas. Más bien, ofrece a sus hijas como esposas. Sin embargo, pronto surge un conflicto entre parientes afinales: la madre del cultivador no respeta a sus nueras, las re­gaña y las obliga a trabajar, rompiendo así el trato que se ha­bía establecido con la madre de las muchachas maíz. La relación entre las familias de arriba y abajo es con­­flic­tiva y puede llevar al desastre. Como ya vimos, las nue­ras regañadas se mueren desangradas al ser obligadas a mo­ler maíz, que son ellas mismas. Para recuperar el alimen­to se establece toda una serie de trabajos rituales para recon­ciliar a las familias antagónicas de arriba y de abajo, concre­tamente la fiesta Namawita Neixa, que es el único día del año en que se respeta plenamente al acuerdo con la madre del maíz. Este día, el maíz y las mujeres no trabajan. Única­mente se consume alimento preparado a base de maíz no-nixtamalizado, las mujeres descansan y los hombres son los que tienen que barrer y preparar el alimento.
 
La fiesta de los primeros frutos y el fantasma del canibalismo
 
Como producto de un “matrimonio” entre hombres huma­nos y mujeres-plantas, los niños recién nacidos se identifi­can con el maíz. Para poder vivir, deben perder algo de esta identificación y someterse a un rito de iniciación que lo se­para de los elotes y demás primeros frutos. El rito en cues­tión, Tatei Neixa (la “danza de Nuestra Madre”) es, en pri­mer lugar, un rito iniciático y mortuorio para el elote y, en segundo lugar, un rito de paso para los niños. En la primera fase del ritual los niños, los elotes y las ca­labazas tiernas se tratan igual y se conciben como lo mis­mo. Elotes, calabazas y bebés son los productos del ma­trimonio agricultor-plantas de maíz. Hasta en la segunda fase se establece una separación. Los niños no aguantan y se quedan dormidos, los elotes y calabazas continúan en la fiesta. Según los cantos chamánicos, el elote se autosacrifi­ca para que la gente y, en particular los niños, puedan cele­brar una comida de los primeros frutos. Debido a su sa­cri­ficio, el elote se convierte en una deidad astral, es de­cir, un ancestro deificado. El niño no se autosacrifica, ya que aún no logra la iniciación chamánica, únicamente adquie­re un estatus quo que le permite alimentarse de maíz; es de­cir, se convierte en una persona, tewi. Pero no es que el niño deje de ser maíz, más bien los elotes dejan de ser “gen­te” y, como consecuencia de su autosacrificio, se con­vierten en ancestros. Como ancestro, el maíz se equipara con las presas de ca­cería, en particular, con los venados, y no sorprende así que, en algunos ritos de los primeros frutos, los cazadores hui­choles se dirigen a la milpa y cazan un elote con arco y flecha. Alimentarse de maíz ya no es un acto de “comer gen­te”, sino reproduce la relación sacrificial de los hui­­cho­­les con los ancestros deificados. El hecho de que el maíz se deje comer implica que es un an­ces­tro que se sa­­cri­fica en be­ne­ficio de sus descen­dientes. Pero el maíz no solamente es ancestro. Como plan­ta de maíz es esposa del agricultor y, en forma de elote, es su hijo. Comer maíz, por ende, siem­pre man­tiene una cier­ta connotación de canibalismo. Los amazonistas describen que la relación entre hom­bres y animales de cacería se complica porque se les atribu­ye humanidad a estos animales. Según Viveiros de Cas­tro, el fantasma del canibalismo es el equivalente amerindio del solipsismo occidental. “Si éste deriva de la inseguridad de que la semejanza entre los cuerpos garantiza la comunidad real de los espíritus, aquél sospecha que la se­mejanza de los espíritus pueda prevalecer sobre la dife­ren­cia real de los cuer­pos, y que todo animal que se come siga siendo, pese a los esfuerzos cha­má­nicos para la des-subjetivización, hu­ma­no”. Entre los huicholes y, posible­men­te, otros grupos me­soamericanos agri­cul­to­res, esta re­lación ambivalente invo­lucra, so­bre todo, el maíz. Al comer maíz nunca se sabe con certeza si uno no está comiendo gente.
 
  articulos  
Referencias bibliográficas

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como citar este artículo
Neurath, Johannes. (2009). La boda del maíz y la fragilidad de la alianza. Ciencias 92, octubre-marzo, 34-40. [En línea]
 
     
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