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Las biotecnologías: discusión impostergable |
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| César Carrillo Trueba | ||||||||||
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Mucho se ha hablado acerca de las biotecnologías. Se ha dicho que gracias a ellas se acabara con el hambre, que será posible conservar el acervo genético de todos los seres vivos e, incluso, manipular y diseñar organismos a nuestro antojo. Este futuro tan promisorio ha dado como resultado la creación de múltiples laboratorios e industrias de investigación y desarrollo en el área. Grandes compañías como Kodak, Dupont y Johnson & Johnson, han invertido millones de dólares. Al mismo tiempo ha hecho su aparición un nuevo personaje: el biólogo-empresario-molecular, repitiendo el mito americano del hombre-emprendedor-inventor. Así como Henry Ford construyó su famoso modelo T en el garaje de su casa y las primeras microcomputadoras salieron de instalaciones semejantes, los biólogos moleculares se reúnen para fundar pequeños industrias que al lograr un producto biotecnológico y patentarlo, tienen que vivir el resto de sus vidas… o invertir en la obtención de otro. Las biotecnologías están actuando a diferentes niveles: en la práctica científica, la concepción y comercialización de productos con alto valor agregado, la caído del uso de derivados de productos naturales —con las consecuencias obvias para los países que viven de la venta de ellos—, el saqueo del acervo genético de los países del tercer mundo —que poseen la mayoría de los especies vegetales y animales del planeta—, una división del trabajo científico —los países tercermundistas conservan y mejoran el germoplasma y las del primer mundo lo modifican, patentan y venden, etcétera. El libro de Daniel Goldstein es de las pocas obras elaboradas por científicos latinoamericanos que analiza y discute estos problemas. Sus puntos de vista son verdaderamente interesantes e incluso llega a proponer soluciones que bien valdría la pena tomar en cuenta, como la de una necesaria integración latinoamericana a nivel de la investigación en este campo, para poder hacer frente a norteamericanos y europeos, rompiendo con la división del trabajo científico ya implantada y por lo tanto con la dependencia científica y comercial, y detener así el saqueo de nuestros recursos. En momentos como el que y vivimos, en el que se menosprecio la actividad científica, de medidas “curita” como el Programa de Estímulos Académicos de la UNAM y demás paliativos a problemas que son mucho más profundos y precisan de otro tipo de soluciones, el trabajo de Goldstein constituye una invitación a la reflexión, a la discusión, impostergable ya, de la situación y perspectivas de las biotecnologías en América Latina, así como del papel de las universidades en el desarrollo de éstas, y de lo imperiosa necesidad de elaborar políticas de desarrollo científico y tecnológico que sean eficaces. Esta obra —se esté o no de acuerdo totalmente con el enfoque— es un excelente acercamiento a esta problemática, proporciona una gran cantidad de información y un buen análisis. Como el mismo autor lo dice a manera de conclusión: “Espero que este pequeño libro pueda estimular la discusión sobre el tema y que, como resultado de ese debate, podamos ir elaborando entre todos una política que nos lleve al protagonismo científico y a la independencia tecnológica”.
EL MARAVILLOSO REINO DE LOS HONGOS Una de las características de la enseñanza de la ciencia en un país dependiente como el nuestro, es el empleo de libros de texto de autores estadunidenses y europeos que, además, nos llegan en traducciones de editoriales españolas que generalmente dejan mucho que desear. El Bold, el Romer, el Alexopolus, son parte del repertorio de libros que requiere todo estudiante de biología. La producción de textos para nivel universitario, en el campo de las ciencias naturales, es realmente escasa. Por tal razón, la publicación de este libro, escrito por dos reconocidos investigadores del Instituto de Biología, profesores de la Facultad de Ciencias preocupados por la docencia —lo cual es cada vez más raro en los investigadores— es un acontecimiento. No sólo por el hecho de que sean dos científicos mexicanos, sino por la calidad de la obra, tanto en su contenido como en la presentación: una edición minuciosamente cuidada, bien ilustrada, impresa en buen papel. Ciertamente no se trata de un libro para un público amplio, no es una obra de divulgación, más la claridad de la exposición, la estructura, el glosario y los múltiples ejemplos, hacen de este trabajo un libro que cualquier persona armada de interés y paciencia podría disfrutar. En El Reino de los Hongos, los estudiantes de biología encontraran una obra a la altura de las mejores, y además, podrán relacionarse más fácilmente con el tema por la familiaridad de los ejemplos. Así, al estudiar el orden Ustilaginales nos encontramos, a manera de ejemplo, perfectamente ilustrada el ciclo de vida del Ustilago maydis, hongo que todos hemos disfrutado en quesadillas y tacos bajo el nombre de huitlacoche y en las refinadas crepas con el de “cuitlacoche”. Los profesores de lo que aún se llama Botánica II en la Facultad de Ciencias, tendrán en esta obra el texto que requerían para sus clases. Un libro que esperemos constituya el inicio de todo una serie de textos que cada vez se vuelven más necesarios para la enseñanza de la ciencia en México. |
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Referencias Bibliográficas Biotecnología, universidad y política, Daniel J. Goldstein, Siglo XXI, 1989, 257 pp. El reino de los hongos, Teófilo Herrera y Miguel Ulloa, Fondo de Cultura Económica, UNAM, 1990, 552 pp. |
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César Carrillo Trueba Facultad de Ciencias, UNAM.
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Los recursos fitogenéticos ¿Patrinomio de la humanidad?
Prueba de calidad de condones |
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| César Carrillo Trueba | ||||||||||
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A finales del mes de junio de 1990 se llevó a cabo en Costa Rica un seminario organizado por el Grupo Consultivo para la Investigación Agrícola Internacional (CGIAR) y la Agencia IPS: Los recursos genéticos y la alimentación en América Latina. En el participó John Gregory Hawkes, ex jefe del Departamento de Biología de Plantas de la Universidad de Birmingham, Inglaterra, considerado como uno de los mayores especialistas en la materia, quien afirmó que los recursos fitogenéticos se deben considerar como “patrimonio de la humanidad… la libre circulación de germoplasma (material base de la herencia) y de resultados científicos, es un objetivo al cual todos tenemos que aspirar”. Hawkes explicó que “al sustituirse las variedades vegetales tradicionales por variedades uniformes y al irse destruyendo los hábitats donde se encuentran los parientes silvestres de las especies cultivadas, los recursos fitogenéticos que se pierden son irrecuperables”. El CGIAR, a través de sus centros, presta atención a estos recursos, además de la investigación agraria general que realizan, colectándolos en explotaciones agrarias tradicionales en cada región y almacenándolos, bien como semillas en cámaras frigoríficas o bien como tejidos vegetales en bancos de cultivos de tejidos. Al preguntársele sobre las compañías transnacionales que privatizan el germoplasma colectado en países del tercer mundo, al crear variedades mejoradas con esos genes, que luego patentan con derechos exclusivos para su comercialización, Hawkes señaló que “ha habido frecuentes malos entendidos, en este respecto”. En este debate, Hernán Rincón, jefe de la Unidad de Comunicación del Centro Internacional de la Papa (CIP), habló de la interdependencia global y apuntó que los recursos genéticos “se encuentran en los países que no tienen los recursos y conocimientos para preservarlos” y que “hay productos desarrollados por investigadores que sí tienen patente”, en tanto que Miguel Martí, director de Proyectos para América Latina del IPS, comentó que “interdependencia implica simetría”. Moderador del seminario, Martí reconoció que hay transnacionales que cobran royalties (derechos) por el uso de sus patentes. “Comercializan resultados de investigaciones pero no comparten el know-how (cómo hacerlo) científico”, dijo, señalando que en los países donde aún no hay programas de conservación genética el IBPGR (Consejo Internacional de Recursos Fitogenéticos) busca el desarrollo de programas nacionales. Posteriormente la discusión se enfocó hacia el hecho de que aunque existe socialización de los conocimientos, prevalece la privatización de las ganancias, por lo que deben dársele un marco legal a estas actividades. Luis González, coordinador para América del Norte del IBPGR —que es un centro del CGIAR subrayó que el intercambio del germoplasma, debe promoverse en forma irrestricto y que, en esto, la voluntad política y la concientización son factores fundamentales. Para responder a las críticas de que los beneficiarios del sistema del CGIAR “tienden a volver a las naciones industrializadas” y de que “el patrimonio del germoplasma de los países del tercer mundo es expoliado por las naciones del norte, que posteriormente lo cobran cuando es solicitado por el sur”, Hawkes manifestó que “se necesitan varios proyectos de investigación, de una naturaleza técnica, en conexión con el almacenaje del germoplasma”, técnica que “casi sólo se encuentra en los países desarrollados”, y que “todos los recursos fitogenéticos crudos, depositados en los bancos de germoplasma de las naciones industrializados, están totalmente a disposición de todos los científicos de la comunidad internacional”. Definió el concepto recursos fitogenéticos crudos, como el material original que no ha tenido ningún proceso de mejora vegetal y añadió que “de todas maneras, aquellas líneas altamente mejoradas que han ido obteniendo los fitomejoradores, a base de mucho trabajo y dinero, por razones obvias no pueden ser de libre disponibilidad. Si existiera libre acceso a las mismas, otro fitomejorador podría realizar unos cuantos cruzamientos finales y lanzarlas al mercado, obteniendo grandes beneficios sin ningún costo”. Subrayó que, sin embargo, “si un fitomejorador de un país del tercer mundo, quisiera obtener una variedad totalmente mejorada, le sería dada sin costo” dentro del sistema del CGIAR. Menos mal…
PRUEBAS DE CALIDAD DE CONDONES De tres mil 100 condones sometidos a pruebas de calidad por el Instituto Nacional del Consumidor (INCO), sólo 22 presentaciones cumplieron los requisitos, informó hoy el organismo. Señaló que las pruebas se hicieron a condones de tipo liso y texturizado, y que de los que cumplieron con las normas de la Unión Internacional de Organizaciones de Consumidores, 19 son de marcas importadas y tres son nacionales. El Instituto apuntó que se estudiaron 26 marcas, nueve de ellas nacionales y 17 importadas, principalmente de Estados Unidos (15) una de Taiwán y otra de Corea. Las marcas nacionales fueron Frez-Ko, Gelt, Pack, Preventex, Sensitex, Dispakk, Gool, Supermacho (transnacional), Argis y Oropak. Las de importación fueron Prime, Sultan, Life Styles (tres presentaciones) Roughrider, Therso, Flash, Eros, Shake, Selecto-3, Edenmex, Protektor, Profam, Royne, (Taiwán), Rosetex (Corea) y Taití. Las muestras se adquirieron en diferentes zonas del Distrito Federal, y en las mismas condiciones en las que los obtiene el consumidor común. Con tal muestreo se detectaron condones fabricados seis años antes, cuya vida útil había caducado y que sin embargo continúan distribuyéndose al público. “El paso del tiempo, la exposición a la luz y la temperatura afectan la calidad de los condones, provocando su deterioro”, precisó el INCO. Por lo que respecta a la información de la etiqueta, la mayoría no indica la fecha de caducidad y, pocas marcas señalan la fecha de elaboración y en ninguna se incluye una leyenda de “no se use después de…” En la evaluación global de calidad, el INCO reportó que se incluyeron pruebas de empaque, acabados del producto, pruebas mecánicas de envejecimiento, todas ellas en condiciones extremas de uso. (El Nacional, 30 de agosto de 1990). |
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César Carrillo Trueba Facultad de Ciencias, UNAM.
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Salarios, estimulo y burocracia
¿Un amparo más? |
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César Carrillo Trueba Ruán Almeida |
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SALARIOS, ESTIMULO Y BUROCRACIA Para cuando esta nota aparezca ya se habrán producido múltiples discusiones en torno al polémico Programa de Estímulos a la Productividad y Rendimiento del Personal Académico, pues seguramente al no recibirlos, quienes creen tener derecho a ello protestaron. Pensado como una manera de acordar incentivos con base en una evaluación del trabajo desempeñado, este programa pretende paliar en una manera selectica el problema de los bajos sueldos del personal académico de la UNAM. La convocatoria para ingresar al Programa fue emitida en abril de 1990. Se recibieron siete mil solicitudes, pero se calcula que de éstas sólo 3500 serán aceptadas, aunque se rumora que la cifra es todavía mas baja. El monto de los estímulos va de un salario mínimo a dos y medio mensuales. Se calcula que el costo del proyecto para el primer año será de seis mil millones de pesos. Las reacciones al interior de la comunidad universitaria varían, como siempre, entre quienes lo ven con buenos ojos, los que creen en la necesidad de realizar evaluaciones en el desempeño de las labores, pero no aprueban la forma del proyecto, y aquellos que se oponen por completo. Aunque, a decir verdad, el silencio ha prevalecido sobre todas ellas. A continuación reproducimos los puntos de vista de dos distinguidos académicos, que contienen críticas interesantes a esta clase de medidas —cada vez más comunes— empleadas con el fin de resolver problemas que requieren de otro tipo de soluciones más profundas. SALARIO DEL MIEDO, ESTÍMULO DE PAVOR Independientemente de quién creó el Programa de estímulos a la productividad y rendimiento del personal académico de la UNAM y de su intención, éste ha sido entendido por un amplio grupo de académicos como un esfuerzo de las autoridades, que al ser planteado en términos utilitarios deforma al trabajo académico y le orienta equivocadamente. En el sector de investigación se escuchan voces que señalan cómo este tipo de propuestas tienden a detener un proceso evolutivo que debiera ser fluido y culminar en la jubilación. Es decir, la situación actual obliga a los investigadores que están en condiciones de jubilarse, a posponer esa decisión debido a que su ingreso está dividido en el mejor de los casos en tres fracciones: un 25 por ciento para la compensación o estímulo que por antigüedad se acumula de cinco en cinco años, un 50 por ciento del estímulo aportado por el Sistema Nacional de Investigación, y el 25 por ciento restante corresponde al salario que será lo único con lo que contará el académico al jubilarse. Así las casas, resulta razonable posponer la jubilación. Quienes han deseado hacer una carrera académica en condiciones económicas decorosas han tenido que aceptar evaluaciones extrauniversitarias que difieren de lo establecido por el Estatuto de Personal Académico, obligándose a poner mas atención a la acumulación de puntos al cumplir con labores y tiempos que no necesariamente robustecen su formación y la calidad de su trabajo. Si la mayor parte de los profesores no investigan se debe a razones que están directamente relacionadas con la falta de condiciones adecuadas, que corresponde a la administración resolver. Y si la mitad de los investigadores no dan clase, se debe en buena medida a que la misma administración no lo ha facilitado. Las escuelas y facultades no tienen la capacidad económica, administrativa y aun física para admitir a todos los investigadores que deberían dar clase. Además es sabido que los investigadores inscritos en el SNI se han ido alejando de la enseñanza debido a que al ser evaluados se aprecia más la publicación incesante, valorando más la cantidad de publicaciones que su calidad, actitud que fomenta una creciente deserción del aula. El lema parece ser “El que no publica deja de existir”. Es cierto, sin embargo, que ha habido una relativa aceptación de parte de los académicos para concursar en el Programa de Estímulos que puede atribuirse a la necesidad imperiosa de mejorar su economía. El Programa no parece estar encaminado para contribuir a una solución de fondo que mejore las condiciones del trabajo académico facilitándolo; y sí atenta con presiones contra la libertad de investigación, pues induce a buscar resultados inmediatos sacrificando la reflexión. Se busca una productividad entendida como la capacidad de obtener resultados a corto plazo. Se ignora a quien únicamente produce ideas, parece desconocerse el proceso intelectual de maduración de las ideas, que no es posible controlar en términos temporales. Se excluye a los investigadores y profesores especializados en investigar y enseñar, también se excluye a los académicos contratados por medio tiempo, a los profesores de asignatura, y parece no haber sido pensado para incluir a los técnicos académicos, pues les resulta casi imposible llenar los requisitos para ser estimulados. Entre académicos se asegura que el Programa se diseñó sin tomar en cuenta la opinión de los propios académicos. La convocatoria estableció que todo académico con méritos podría ser estimulado. Sin embargo, circulares posteriores aclararon que “no todos, solamente algunos”, académicos serían estimulados. Es decir, de una promesa de sana competencia consigo mismo, se ha pasado a provocar divisiones dentro de las dependencias, estimulando la competencia entre compañeros. Porque es evidente que si no hay dinero para todos y uno lo obtiene, otro más será desplazado. Han surgido algunas dudas razonables pensando en la evaluación del año próximo. ¿La administración central será capaz de crear las condiciones para que todos los académicos estimulados puedan cumplir cabalmente? o ¿los evaluadores estarán obligados a hacerse de la vista gorda y calificar con “amplitud de criterio”? ¿interpretando el reglamento, quizá violentando, o deformando, o exagerando, o aun ignorando los términos académicos? José Ruiz de la Esparza, La Jornada 3 de octubre de 1990.
EN TORNO AL PROGRAMA DE ESTÍMULOS Quisiera expresar algunas consideraciones adicionales sobre ese programa que tanta irritación ha producido en la comunidad universitaria. Hace apenas diez años, el sueldo de un universitario de tiempo completo dependía únicamente de la UNAM. Es difícil comparar el salario de aquella época con el actual, pero se puede afirmar con toda certeza que en esos tiempos no tan lejanos un investigador de alto nivel ganaba lo suficiente para vivir sin preocupaciones económicas; por ejemplo, un departamento nuevo, típico de clase media, equivalía a unos veinte meses de salario. Ahora las cosas han cambiado. El mismo investigador, haciendo el mismo trabajo que antes, ganará, con todo y becas del Sistema Nacional de Investigadores y del nuevo Programa de Estímulos, sensiblemente menos que hace diez años; para volver al ejemplo anterior: necesitara unos cincuenta o más meses de salario para comprar un departamento modesto. Pero ahora el sueldo mermado dependerá de tres instancias burocráticas, en lugar de una sola. Esto implica que deberá presentar tres informes anuales de actividades: dos a la UNAM y uno al SNI, lo cual equivale, en promedio, a dos o tres semanas al año en que la actividad de investigación se paraliza en aras de la burocracia. Lo anterior es una excelente confirmación de la Ley de Parkinson, según la cual la burocracia aumenta a medida que disminuyen los recursos. Parkinson notó que, a principios de este siglo, cuando Inglaterra era la primera potencia naval, el Ministerio de Marina en Londres estaba instalado en un viejo y pequeño edificio, donde trabajaban unos cuantos funcionarios. Después de la Segunda Guerra, el mismo ministerio contaba con una planta impresionante de “marineros de oficina”, instalados en un lujoso edificio, a pesar de que el poderío naval inglés había pasado ya a la historia. Un estudio similar sobre la UNAM sería sumamente ilustrativo. Dr. Shahen Hacyan, Instituto de Astronomía, UNAM.
¿UN AMPARO MÁS? El proyecto de la nucleoeléctrica de Laguna Verde, Veracruz se inició en 1966 con los estudios de prospección del sitio y de factibilidad económica. Desde esa época, el proyecto fue cuestionado por muchos de los técnicos calificados que trabajaban en la Comisión Federal de Electricidad, como el Ingeniero Jorge Young Larrañaga, que era el gerente general de planeación. La construcción de la unidad número 1 de la planta se llevó a cabo durante cinco cambios de gobierno y en la propia administración de la CFE, de manera que diversas compañías a lo largo de todo este tiempo se han hecho cargo de la construcción. El resultado ha sido la inexistencia de un seguimiento sistemático de la calidad de los materiales que se han utilizado, y de las normas de calidad con que se debía haber construido la planta. La protesta pública para que se suspendiera su construcción tomó auge después del accidente de Chernóbil, el veintiséis de abril de 1986; se formaron muchos grupos antinucleares, tanto en el estado de Veracruz, como en otros estados de la República. En 1988 se inició la campaña para recolectar un millón de firmas en contra de que se terminara la planta, además de otras acciones como manifestaciones, mítines, debates públicos y en las Cámaras; foros de discusión nacional sobre la nucleoelectricidad, etc., quince mil amparos a los cuales no se les dio curso legal. Sin embargo el veintisiete de septiembre de 1990 acudieron a la Suprema Corte de Justicia de la Nación el grupo de los Cien representados por Feliciano Béjar, Ofelia Medina, Rosalinda Huerta (la diputada por Córdoba) y Efraín Romero (un representante de los grupos antinucleares de Jalapa, Banderillas, y alrededores) además de otras personas del D.F., para ampararse en contra del funcionamiento de la nucleoeléctrica. El presidente de la Suprema Corte, el abogado Carlos del Río, dio entrada al recurso de amparo, lo turnó a la juez del quinto distrito que esta ubicado en Río Churubusco y Avenida Universidad. El día ocho de octubre se anunció oficialmente que este recurso de amparo procedía, la primera audiencia tendría lugar el treinta de octubre. Existen distintas interpretaciones del significado político de que se le haya dado entrada al recurso de amparo en contra de la nucleoeléctrica: una podría ser el aligerar la presión que están ejerciendo los distintos grupos que luchan porque sea cerrada la nucleoeléctrica, en virtud de que la gente que vive en los alrededores de la planta ha pasado a la acción directa (como tratar de bloquear la cañería de la planta, pues según los pescadores cinco lagunas han sido afectadas por la contaminación que genera la planta). Sin embargo, la represión no ha cesado. Por ejemplo el nueve de octubre Pedro Lizárraga de Jalapa, que es una persona muy activa en la lucha contra la nucleoeléctrica, encontró sobre su escritorio un sobre con fotografías que mostraban hasta el detalle más mínimo lo que había hecho durante un día específico de su vida, desde la mañana hasta la noche, con un anónimo que decía ”Como dice el refrán: no juegues (sic) con lumbre, te puedes quemar” (Fernández Panes E., Diario de Xalapa, 11-X-90). No es la primera vez que se amenaza a la gente que esta en contra de la nucleoeléctrica. Otra de las posibles interpretaciones, es que con la entrada de México al GATT, y el tratado de libre comercio con E.U., el gobierno tiene que presentar un panorama de estabilidad para que los inversionistas extranjeros puedan traer sus capitales al país. Sin embargo, esto no se puede dar en un país con un régimen presidencialista como el nuestro, con una concentración tan intensa del poder, por lo que el gobierno le ha dado entrada al recurso de amparo para aparentar hacia el exterior que los poderes, particularmente el judicial, son soberanos. Otra explicación es que al darle entrada al recurso de amparo, después se le declare improcedente y de esta manera se cierre este camino, pero legalmente. Esto es totalmente factible si se analiza cómo se lleva a cabo un juicio de amparo: la juez reúne a peritos tanto del lado que acusa como de lado que se defiende, en este caso la Comisión Federal de Electricidad y otras dependencias de gobierno, y al mismo tiempo nombra un perito para su apoyo. Éste resuelve el peritaje final, pero quien toma la última decisión es la juez basada en este último peritaje. Hay otra versión: que la planta ha sido tan costosa y ha producido tan poco, que finalmente el gobierno ya se cansó y la quiere parar, y al mismo tiempo lograr un poco de legitimidad clausurándola. Hay una cierta evidencia de esta situación: la salida del ingeniero Eibenshutz, de la subdirección de la CFE encargada de la nucleoeléctrica, quien ahora está en la jefatura de asesores de la SEMIP. Es lamentable que no existan grupos de investigadores, ya sea de universidades locales, asociaciones civiles nacionales o extranjeras que se dediquen a evaluar los daños que se han generado por la actividad de la nucleoeléctrica. Los datos que se tienen de la contaminación, por ejemplo de estroncio 90 en la parte comestible del camarón, o del yodo radiactivo en la leche, o de otros elementos radiactivos, manganeso y cobalto en el sargazo y en otras algas marinas, son del laboratorio de dosimetría e impacto ambiental de la misma planta, que fueron dadas a conocer a la opinión pública por el físico Miguel Ángel Valdovinos, quien en ese momento era director del laboratorio y por esta causa fue despedido. La UNAM y algunas otras universidades cuentan con el equipo y el personal capacitado para medir con exactitud los daños que la planta esta generando por su funcionamiento. ¿Tomará alguien este trabajo?
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El arca de Noé |
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| Juan José Morales | ||||||||||
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Las expediciones preliminares, con naves automáticas primero y tripuladas después, habían sido todo un éxito. Ahora, ellos se encontraban ahí, desplazándose a dos mil metros de altitud sobre este mundo cálido y húmedo, poblado por extraños animales y plantas gigantescas. Sabían cómo era, pero aún no podían verlo, oculto como estaba por densas formaciones de nubes y torrenciales aguaceros que no parecían dejar claro alguno para descender. Apenas cuatro años atrás, aquel viaje hubiera sido imposible. Ni siquiera en teoría. Pudo planearse sólo cuando se descubrió que el tiempo, ese tiempo cuya naturaleza habían intentado explicar los físicos y los filósofos durante milenios, es simplemente una forma de energía: la energía de la expansión del Universo. Es una onda que al igual que un resorte al estirarse por efecto de un impulso inicial, se propaga en la inmensidad del espacio provocando a su paso los acontecimientos y perdiendo vigor paulatinamente, haciéndose poco a poco más lenta en el proceso. Y, del mismo modo que el resorte al llegar al máximo de su extensión, la onda del tiempo terminara por detenerse y comenzar a correr hacia atrás hasta retornar al estado inicial de energía comprimido, para luego volver a propagarse una vez más en otro ciclo de su interminable y majestuosa pulsación. Pero aquello —la detención y la inversión del tiempo— no era un problema que preocupara a los tripulantes de la nave. Ocurriría, según los cálculos, 7.6 x 10132 años más adelante de su época. Demasiados cientos de miles de trillones de siglos como para quitarle el sueño a nadie. Una vez descubierta la naturaleza del tiempo, el siguiente paso fue aprovechar su propia energía para viajar hacia el pasado. Exclusivamente hacia el pasado, no al futuro, porque no se puede ir a un sitio que aún no existe, al que no ha llegado todavía la onda del tiempo. Todo fue cuestión —nada fácil, sin embargo— de diseñar y construir inversores de flujo que al concentrar la energía temporal y revertir su sentido permitían a una nave viajar, por así decir, contra la corriente normal del tiempo y a una velocidad incomparablemente mayor que la de ésta. A ellos les había tomado sólo cuatro días y cinco horas retroceder 65 millones de años, hasta los albores de la era terciaria. Cuatro días y cinco horas también necesitarían para volver a las coordenadas espacio-temporales de partida. Los inversores de flujo —al igual que en la compresión del resorte— habían acumulado durante el viaje la energía necesaria para el retorno. O, para ser exactos, casi toda, pues inevitablemente había pérdidas por fricción. Pero sólo haría falta un leve impulso adicional de los reactores transformadores de fusión para compensar esa pérdida y regresar al punto de origen. Sí, al punto preciso de origen, porque a nadie le gustaría quedarse varado años, siglos o milenios atrás. En aquellos tiempos la vida había sido demasiado dura, incómoda, y peligrosa. Por supuesto, existía el riesgo de que ocurriera algo así, de que por cualquier falla —de la cual ningún aparato puede considerarse totalmente a salvo— la energía de retorno fuera insuficiente y no alcanzaron la meta. Pese a ello, sobraron voluntarios para tripular la nave, El arca de Noé, como la había bautizado con muy poca imaginación el presidente del Consejo Mundial de Ciencia y Tecnología. Diseñada para albergar o una docena de animales pequeños, no de más de un metro de alzada, y varios cientos de huevos de ejemplares mayores, que serían incubados en condiciones controladas. El arca de Noé realizaría una de las más grandes misiones científicas de todos los tiempos: llevar dinosaurios al siglo XXII. Así, aquellas fascinantes y descomunales criaturas, que por millones de años dominaron la naturaleza, volverían a vivir. Podrían ser estudiadas en detalle y serían el centro de atracción en los Zoológicos. Aquellas malditas nubes, sin embargo, no dejaban el menor resquicio, como si envolvieran por entero al planeta. No dejaría de ser paradójico, pensó, que ellos, hombres procedentes de una época en que se había logrado gobernar a voluntad el clima y el tiempo, vieran frustrado su propósito por impedimentos meteorológicos. Media hora más tarde, no encontraban todavía un claro para descender. Los había en las altas latitudes y sobre los océanos, pero en las primeras no encontrarían dinosaurios, y un amarizaje quedaba descartado, pues la expedición no estaba preparada para ello ni —mucho menos— para atrapar animales acuáticos o voladores. El inesperado impedimento comenzó a inquietarle. Como capitán de la nave, sentía sobre sus hombros todo el peso de la responsabilidad por el éxito o el fracaso. Trató de tranquilizarse. Necesitaría toda su sangre fría y su habilidad para ejecutar las delicadas operaciones de captura. Para entonces, estarían volando peligrosamente cerca del suelo, casi a la velocidad mínima de sustentación y dentro de muy estrechos límites de maniobrabilidad. Un error en tales condiciones podría hacerlos estrellarse y quedar aislados, sin posibilidad siquiera de informar sobre lo ocurrido, porque las señales de radio no se transmiten en el tiempo, y sólo tendrán una remotísima probabilidad de ser localizados y rescatados, ya que el margen de incertidumbre en la determinación de una posición temporal, aunque muy reducido —de sólo 0.00001 por ciento— significaba que para dar con ellos a esa distancia de 65 millones de años las misiones de salvamento tendrían que explorar un sector de más de 12 siglos. Se recriminó por haber pensado en eso. No había hecho más que agravar su nerviosismo. Se calmó un poco, sin embargo, al recordar que las probabilidades de un accidente eran sólo de una en cien mil, o quizá de una en un millón. Súbitamente olvidó todas sus preocupaciones. Había divisado una amplia oquedad entre las nubes, una zona despejada que se ensanchaba como si las fuerzas de la atmósfera dieran la bienvenida a los primeros cazadores intertemporales. De inmediato enfiló la nave hacia allí y pudo, por fin, contemplar el imponente paisaje de árboles colosales, gigantescos helechos y vastos pantanos de oscuras aguas sobre los que flotaban tenues y móviles vapores blanquecinos. Por alguna razón, esperaba encontrar miríadas de dinosaurios. Por ello se sorprendió un tanto al no ver ninguno. Sólo cuando maniobraba ya a poco mas de cien metros sobre una somera laguneta, percibió los primeros, grises y verdosos, que corrían chapoteanedo y agitando la vegetación, espantados por el zumbido de los motores. Ya los había visto en la películas holográficas tomadas por las expediciones precedentes. Ya había ensayado repetidamente, en los simuladores tridimensionales, las maniobras de acoso, persecución y captura. Pero se dio cuenta de que en la practica las cosas no serían tan fáciles. Contra lo que mucha gente pensaba, aquellos animales no tenían nada de torpes ni lentos. Por lo contrario, se movían con gran agilidad y rapidez entre la maraña de troncos, ramas, juncos y arbustos. Saltaban, cambiaban súbitamente de dirección, se escurrían bajo el follaje y se deslizaban al abrigo de las rocas. Cada vez que creía tener uno en la mira, se interponía algo que impedía atraparlo. Y fuera de la laguneta, “no había a la vista ningún otro sitio libre de obstáculos sobre el cual se pudiera arrojar las redes. Torció el rumbo y comenzó a describir un amplio arco para cortar el paso a la estampida de dinosaurios, amedrentarlos y hacerlos volver al terreno despejado, pero los perdió de vista cuando penetraron en un tupido bosque cuyos árboles erguían sus copas a mayor altura que la nave. Movió la palanca de mando para cambiar de dirección, tratando de adivinar qué rumbo seguirían los animales, a la vez que escudriñaba las inmediaciones en busca de otra posible presa. En ese momento escuchó un penetrante zumbido y en la periferia de su campo visual aparecieron unas líneas negras claramente marcadas sobre un fondo rojo. Volvió la mirada y quedó helado de espanto al contemplar en el tablero de instrumentos tres indicadores cuyas agujas habían llegado casi al tope de la zona de peligro. Lo remotamente, remotísimamente probable, aquello que sólo tenían una probabilidad en cien mil o en un millón de suceder, había ocurrido. Es sorprendente la velocidad con que puede razonar la mente humana. Durante los tres segundos que transcurrieron entre ese vistazo y el desastre, se dio cuenta de que nada podía hacerse para evitarlo, que no había ya tiempo de alertar a sus compañeros, que sería inútil por lo demás decirles nada, que los tres acumuladores de flujo habían fallado simultáneamente, que ya nunca volverían al punto de partida, que la energía acumulada a lo largo del trayecto de 65 millones de años estaba a punto de liberarse súbitamente y que la nave iba a estallar sin remedio con una violencia comparable a la de varios millones de superbombas de hidrógeno de cien megatones. Es sorprendente también de qué extrañas maneras puede reaccionar un ser humano ante la inminencia de la muerte. En ese instante lo embargó una sensación de euforia, el júbilo rayano con el éxtasis, apenas empañada por el hecho de que no podía compartir su hallazgo con nadie, ni siquiera con el resto de la tripulación: había descubierto por qué se extinguieron los dinosaurios. |
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Juan José Morales Cuento ganador del V Certamen Regional de Literatura de Bacalar, Quintana Roo realizado en 1990.
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| Antonio Lazcano Araujo |
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A la memoria de Tomás Brody Al referirse en un poema a 1968, Rosario Castellanos escribió un verso que resume de manera magistral la vocación de olvido voluntarioso del Estado mexicano “…no busques en los archivos, que nada consta en actas…”. Como las únicas actas que existían eran las del poder judicial que los mandaderos de Díaz Ordaz habrán levantado en contra de un sinnúmero de profesores y alumnos que hablan participado en el movimiento de 1968, el llegar a la Facultad de Ciencias en 1969 significaba entrar a un espacio académico que miraba entre dolorido y confuso los cambios que se operaban en el país luego de 1968 intentando mantener algo de sus ímpetus políticos del año anterior. Era difícil olvidar que la Facultad tenia estudiantes y profesores presos en Lecumberri, así fuera porque el recordatorio lo constituyera un lócker en biología de Gilberto Guevara, que tenía escrito con letras de plumón negro la palabra “Kremlin” en su puerta, o por la presencia de un local obscuro y maloliente, el del Comité de Lucha, que hervía en militantes apasionados, aromas de thínner y pintura y una dosis nada desdeñable de vituperios políticos, ensayos tímidos de estigmatización ideológica y torturantes discusiones. Fueron tan vastas las consecuencias del 68 que resulta imposible definir en unas cuantas palabras todos los cambios políticos y sociales que ocurrieron en el país, luego de la noche de Tlatelolco, pero fue justamente entre los jóvenes donde se comenzaron a dar, de manera notoria, una serie de cambios que habrían de modificar la estructura de todo el país incluyendo la de las escuelas y universidades. Me remito a unos pocos ejemplos: el rock —que a mi sigue sin gustarme—, cobró su carta de naturalización y alcanzó uno de sus momentos culminantes en el Festival de Avándaro. Los pelos crecieron y como atestiguarán gustosas Paty Moreno, Rosaura Ruiz y muchas más, las faldas se acortaron, y habrían de permanecer en esas alturas inconmensurables hasta que los dobladillos comenzaron a descender de manera paulatina pero inexorable diez años mas tarde. Eran los signos de una nueva época: de repente, toda autoridad, lo mismo política que académica, familiar o sexual se vio cuestionada abiertamente. Junto con la incorporación del Diario del Ché a la cultura de los jóvenes se dio la de la onda, qué buena onda, qué ondón, hijo, y desde luego, la de la revolución sexual, posible en aquellas épocas anteriores al SIDA en las que no era necesario pensar en el amor con barreras de látex. Las excentricidades comenzaron a ser, si no bien vistas, cuando menos toleradas; junto con aquel estudiante de física que alternaba el uso de una cubeta como sombrero con el de la pantalla de una lámpara, comenzaron a surgir de manera esporádica algunos hippies en la Facultad de Ciencias (de los cuales Manuel López Mateos se convirtió en uno de los principales representantes, con sus camisas de manta, sus gafas redondas, sus huaraches y sus festines semiclandestinos de comida china). Ningún sitio era tan importante como la cafetería de la antigua Facultad. Gracias a los espantosos murales que Mario Falcón había pintado allí en un arrebato revolucionario, los estudiantes de otras escuelas apenas si se atrevían a ir a comer en ese local, en donde Santiago López de Medrano, en muda contemplación, meditaba profundamente sobre el significado topológico de las donas, mientras que Pepe Chacón nos dejaba a todos boquiabiertos con su capacidad para reprobar materias y jugar diez partidas simultáneas de ajedrez. Cada sábado descendían hasta la cafetería, olímpicos y majestuosos, envueltos en refulgentes ropajes curriculares, Tomás Brody, Marcos Moshinsky y Jorge Flores para organizar discusiones sobre ciencia y política, sin saber que en el piso de abajo el Milamores, convertido ahora en un respetable historiador de la ciencia, lloraba sus desventuras románticas en el silencio del cubículo del Cine Club en donde el Moi planeaba sus funciones privadas de películas pornográficas. Esas épocas marcaron el adiós de una derecha estudiantil ponzoñosa y antisemita que usaba calzones de bombero, se peinaba con Glostora y resumía sus propuestas ideológicas en una sola frase: “Cristianismo sí, comunismo no”. Eran los militantes del MURO, el Movimiento Universitario de Renovadora Orientación, cuya agonía política me tocó presenciar, y que solían combinar las golpizas ocasionales a los militantes de izquierda con los misas de inicio de semestre y las sesiones de meditación y recogimiento, al final de las cuales siempre se rezaba: Virgencita de Guadalupe, Claro que después de ver lo que ha ocurrido en China y en Cuba uno no puede menos que agradecer al cielo la eficacia de tales jaculatorias. Ante el flujo de cambios que se daban no sólo en la Universidad sino en todo el país, los del MURO no tardaron en convertirse en una especie en extinción. ¿Cómo podrán competir estas inocentes almas de Dios, por ejemplo, con los mejores momentos de oratoria política de Salvador Martínez della Roca, “el Pino”, que calzando botas de cuero labrado se ponía rojo como jitomate norteño en las Asambleas, mientras inauguraba un nuevo lenguaje político marcando el ritmo de sus palabras: “Miren compañeritos, a ustedes nos los vamos a chingar, pero no a golpes, sino po-lí-ti-ca-mente”. Muchos ni nos dimos cuenta, pero también por esas épocas comenzó a caducar la vieja izquierda, autoritaria y dogmática, que lo mismo cantaba La Internacional en las manifestaciones de apoyo a la Revolución Cubana, que se reventaba en las fiestas aquello de que yo soy el “icuiricui”, “yo soy el matalacachimba” del mambo universitario (evocación imperiosa de Pérez Prado) en las fiestas en donde dicen que las militantes de aquel remoto entonces, como Annie Pardo usaban calcetines y crinolinas con cascabeles, y colectaban fondos para las planillas de izquierda —y de perdida progresistas— de las sociedades de alumnos. Eran otras épocas, no cabe duda, porque muchos de los mejores espíritus de esas generaciones estaban convencidos de que todo lo que se decía de Cuba, Rusia y China no eran sino rumores del Selecciones del Readers Digest. Lo que siguió a los estertores políticos del régimen de Díaz Ordaz fueron las promesas de Echeverría de borrón y cuenta nueva, su convicción entre positivista y demagógica de la importancia de la ciencia, y la certeza de muchos de que ora sí ya la hicimos con el CONACyT, la transformación repentina de científicos en funcionarios y las invitaciones a transformar desde dentro el sistema, lo que provocó que más de un científico declarado de izquierda se incorporara, con el alma henchida de impulsos populistas, a la administración pública o, de perdida, se subiera al avión de redilas y se fuera con el Presidente a Japón. No está por demás recordar la manera en que en estos veinte años el destino de nuestra Facultad, la principal escuela de científicos que existe en el país, se ha visto afectada por la inconstancia sexenal del Estado mexicano respecto a la ciencia. Baste recordar, por ejemplo, el Plan Nacional de Ciencia, preparado durante el gobierno de Echeverría, y en el que participaron un sinnúmero de científicos ilusos al lado de los representantes de los sectores tecnológicos, educativos y productivos del país, y que con la devaluación del peso mexicano en 1976 y el cambio de gobierno se vio abandonado al disminuir el interés oficial por apoyar el desarrollo científico y tecnológico nacional. Sin embargo, al inaugurarse los momentos estelares del sueño panorámico de la prosperidad petrolera que anunciaba López Portillo, el auge y la ostentación se convirtieron en un recurso político a los que se sumó la Universidad. Era la época en la que parecía haber un oleoducto que comunicaba los pozos petroleros del Golfo de México con las arcas del Estado mexicano. Se abrieron nuevos centros e institutos de investigación, se aumentó de manera considerable el número de becarios y se inició el milagro de la multiplicación de los doctorados. Se financiaron barcos oceanográficos, telescopios, dinamitrones y bancos de información. Eran los años de las vacas gordas y había dinero en abundancia; bastaba con presentar proyectos de investigación, entregar tres copias del currículum vitae y llenar un sinnúmero de solicitudes para obtener becas y subsidios, viáticos para viajes académicos, y dinero para surtir las bibliotecas y comprar toneladas de aparatos científicos. Apareció y se multiplicó con rapidez por los pasillos de las oficinas universitarias una especie nueva de burócratas jóvenes que hablaban con un lenguaje solemne y arrogante de la ciencia, como si esta fuese una empresa de ideas modernas capaz de ofrecer todo un universo de posibilidades al investigador o al becario que quisiera invertir en ella sus neuronas. No nos fue tan mal en la Facultad. Conseguimos un edificio nuevo —al que faltan salidas de emergencia, enfermería y muchas cosas más—, pero como nos gustaban las asambleas, hasta logramos que nos construyeran un auditorio, y en una muestra de la nostalgia por los símbolos, pudimos arrancar la estatua del Prometeo de su fuente original para venir a dar con ella hasta acá, en donde nadie le hace caso. Pero no hay auge petrolero que dure cien años, ni pueblo que lo resista. Como resultado de ese pavoroso desastre económico que eufemísticamente designamos con el nombre de crisis, hoy asistimos a la transformación múltiple de la actividad científica en nuestro país, y desde luego, a cambios radicales en el modus vivendi de la Facultad. La UNAM se separaba en dos grandes sectores: uno formado por las escuelas y facultades en donde las posibilidades de realizar la investigación son cada vez más reducidas, y otro por un número creciente de Centros e Institutos que son privilegiados con recursos materiales y humanos considerables. En estos veinte años de historia de la Facultad nos ha tocado la desgracia de perder muchos compañeros y maestros. Se han muerto Don Juan de Oyarzábal y su esposa Graciela, y también Alejandra Jaidar, Chela Salicrup, la Dra. Kurtz y la maestra López de la Rosa, Alfredo Barrera, Guillermo Haro y nuestro insustituible Tomás Brody. Dicen que veinte años no es nada, pero en este tiempo a la Pepita Larralde la dejaron de conmover las películas de Bambi y ahora vive aterrada por el plan de estudios de biología. Víctima de los deslices económicos, que no morales, del peso, asistimos en el doble papel de espectadores y victimas a la transformación constante de la actividad científica del país: la supervivencia mínima de la investigación y la docencia en ciencias, la pauperización de nuestras bibliotecas, los fracasos constantes de los planes de descentralización de la ciencia, la crisis del marxismo, el final de la izquierda tradicional y la transformación de la ecología en una actividad, si no de oposición, cuando menos contestaria. La Facultad ha visto sustituida la Fuente de Prometeo por el imán gastronómico que significan las escaleras del estacionamiento de Biología, desde donde se contempla un espectáculo de sopes y quesadillas capaces de hacer estremecer al gastroenterólogo más templado. A pesar de que no han faltado quienes han soñado con verse directores de una Facultad de Biología, hemos mantenido una unidad más o menos esquizofrénica de tres departamentos, cuatro carreras y una sola Facultad verdadera. Pero aunque convivimos actuarios, biólogos, físicos y matemáticos, no hemos aprovechado la oportunidad que ello significa para enriquecer las interacciones científicas. Vivimos las paradojas más absolutas. Hemos multiplicado las opciones académicas pero no hemos sido capaces, en 23 largos años, de transformar los planes de estudio. Nunca habíamos tenido tantos laboratorios, tantos profesores y ayudantes, y sin embargo, nunca habíamos sido tan pobres y desesperanzados, porque la crisis no parece abrirnos muchas perspectivas más allá de la supervivencia mínima de un aparato científico profundamente debilitado. Algunos hemos abandonado temporalmente la Facultad, pero terminamos regresando a ella tarde o temprano, porque el criminal siempre retorna al lugar donde cometió sus delitos más graves, aunque sea para recibir su castigo. Y es que a pesar de todos nuestros defectos y carencias, aquí la gente es anárquica, voluntariosa, obsesivamente perfeccionista y hasta carismática, y ello se ha traducido no sólo en actos de profunda devoción académica, rebeldía intelectual, sino también en hechos conmovedores como los protagonizados por las brigadas de estudiantes, maestros y trabajadores que trabajaron día y noche cuando el temblor de 1985. Somos intensamente individualistas, pero aquí se ha logrado mantener y desarrollar una solidaridad profunda, lo mismo se manifiesta con la edición de libros pirata que con las donaciones de sangre. Yo, que en el sentido más estricto soy un ejemplo vivo de lo que esa solidaridad significa, quisiera permanecer por siempre en esta Facultad a condición, eso sí, de nunca tener que cargar con la maldición de ser su director, porque como decían los griegos: “aquellos a quienes los dioses quieren destruir, les dan el poder”, y si no que lo digan Juan Manuel Lozano y Juan Luis Cifuentes, que apenas si se están recuperando de semejante trauma. Pero como dice Elena Poniatowska, Dios no cumple antojos, no endereza jorobados, ni les da alas a los alacranes, así que me conformaré con seguir siendo un profesor más en esta Facultad, viendo qué me depara el destino, hasta que se me doble el espinazo, se me endurezcan las corvas y se me nuble para siempre el entendimiento. |
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Antonio Lazcano Araujo
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| Jonathan Mann |
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Hoy, en 1990, en San Francisco, nosotros podemos ver al SIDA como una revolución en el ámbito de la salud, como una ruptura histórica con el pasado, dramática, un cataclismo que afecta nuestras vidas tanto a nivel individual como colectivo y ante el cual no hay marcha atrás, pues ninguna otra enfermedad o epidemia en la historia del mundo ha desafiado el status quo como lo ha hecho el SIDA. Nunca antes —incluso en tiempos de las grandes plagas europeas— un problema de salud ha catalizado semejante replanteamiento, tan amplio, de la salud de los individuos y de la sociedad y, en consecuencia, de nuestros sistemas políticos y sociales. Año con año nos hemos reunido en la Conferencia Internacional de SIDA, y hemos visto cómo —junto con la epidemia— nuestra visión, tanto individual como colectiva, ha evolucionado. Cada ano hemos avanzado en nuestra comprensión de la pandemia y de nosotros mismos, ya que cada uno de estos trascendentales años ha cargado el peso intelectual y la fuerza emocional de una década. Ahora, en 1990, nosotros sabemos más, tenemos más experiencia. Sin embargo, nos encontramos más inquietos, pues el ritmo de cambio ha sido rápido y la colisión con nuestros anteriores supuestos ha sido a veces violenta. Para apreciar qué tanto se ha logrado, para entender cómo el SIDA ha llegado a ser el crisol en el que el futuro de la salud, se está forjando; nuevamente debemos tomar un poco de distancia de las cuestiones específicas del día, analizar la amplitud de la pandemia y examinar de que manera la suma total del trabajo de una década ha desafiado —y comenzado a cambiar— al sistema de creencias y a las instituciones del pasado. El aspecto más importante de la pandemia del VIH es que todavía se encuentra en un estado muy temprano de su desarrollo. Esto tendría tres consecuencias: la primera, que la pandemia sigue siendo volátil y dinámica. Segundo, que su mayor impacto no se ha hecho sentir todavía. Y tercero, que aún existe un gran potencial para influir en su curso futuro. La infección del VIH continúa propagándose, incrementándose rápidamente en algunas poblaciones ya afectadas, especialmente en África, América Latina y el Caribe, y penetrando profundamente entre nuevas áreas afectadas, como Europa Oriental, Medio Oriente y el Sureste Asiático. El año pasado, la epidemia de Tailandia fue el símbolo de la amenaza de crecimiento de la pandemia. Hoy debemos dirigir nuestra atención a India, en donde la transmisión heterosexual ha avivado una epidemia que se extiende con gran rapidez —casi tanto como la epidemia de Tailandia. Esta nueva ola de infección del VIH tendrá serias implicaciones para el futuro de Asia. El VIH es hoy parte del ambiente global, y el potencial de diseminación a nivel mundial, del VIH sigue siendo vasto. Hasta ahora, cerca de un veinte por ciento de los cinco millones o más, de usuarios de drogas intravenosas en el mundo, ha sido infectado con VIH, y el resto son extremadamente vulnerables a la explosiva propagación del mal. Un nuevo frente de la epidemia del VIH entre usuarios de drogas intravenosas, se ha abierto en el Sureste de Asia, y comprende la parte más oriental de India, Myanmar, Tailandia y partes del sur de China —todas ligadas con el “Triángulo Dorado”. Además, el surgimiento en todo el mundo de más de 100 millones de nuevos casos cada año, de enfermedades por transmisión sexual, ilustra dramáticamente el enorme potencial de diseminación sexual del VIH. Debido a que la epidemia es relativamente reciente, su mayor impacto está por venir. Tanto los sistemas de salud como los sistemas sociales se están esforzando ya para enfrentar las necesidades para el cuidado de las personas infectadas por el VIH, así como de los enfermos, y aún se espera que desgraciadamente el número de gente con SIDA aumente diez veces durante la década de los noventa. El impacto de la epidemia mundial que comenzó en los años setenta, continuará creciendo de esta manera, incluso durante la primera década del siglo XXI. Finalmente, la corta historia de la pandemia significa también que el potencial para influir en su desarrollo futuro sigue siendo grande. No hay país ni población en donde el SIDA sea una “causa perdida” —a menos que sea abandonada. Muchos países están entrando justamente en este momento en una fase crítica de inicio de la epidemia de VIH —en Asia, Europa Oriental y en el Centro y Sur de América. La forma final que tomará la pandemia en el mundo no es clara. En última instancia, es aquí, en la prevención de nuevas infecciones, que se hará sentir de manera global, el mayor impacto sobre la salud. ¿Cuál es el estado, a nivel mundial, de la lucha contra el SIDA? En estos pocos pero notables años, han sido construidos los fundamentos para conseguir el control de esta nueva amenaza para la salud. Aún hoy, la marcha y el creciente impacto de la pandemia amenaza con sobrepasar la capacidad existente para prevenir la infección y cuidar de los enfermos e infectados, porque las epidemias de África, América Latina, el Caribe y el Sureste de Asia no están avanzando de manera controlada: se están expandiendo. Las duras lecciones de San Francisco, Ámsterdam, Sídney y Nairobi no han sido aprovechadas sistemáticamente. En muchas comunidades la información sigue siendo inadecuada, incorrecta o francamente errónea. Los servicios sociales y de salud necesarios todavía no existen, para mucha gente son muchos los lugares donde las actitudes discriminatorias y punitivas se han exacerbado y, por lo tanto, dentro de este marco, la prevención simplemente no ha tenido realmente una oportunidad. La brecha entre ricos y pobres —tanto entre países como en el interior de los mismos— está creciendo. Cerca de dos tercios de los casos de SIDA en el mundo, hasta la fecha, y las tres cuartas partes de la gente infectada por el VIH se encuentran en países en vías de desarrollo. Sin embargo, el costo de los medicamentos y del tratamiento implica que la “intervención temprana”, es todavía un concepto carente de significado en los países en vías de desarrollo. El AZT sigue siendo demasiado caro para la mayor parte de la gente que lo necesita. La contribución total anualmente aporta el mundo industrializado para combatir el SIDA en los países en vías de desarrollo es de 200 millones de dólares o menos. El año pasado el total de los gastos para la prevención y tratamiento del SIDA, únicamente en el estado de Nueva York, fue cinco veces más grande. En promedio el presupuesto total de los programas de SIDA en los países en vías de desarrollo, es actualmente menor al costo del tratamiento de sólo quince personas con SIDA en los Estados Unidos. Esta es la pandemia actualmente: 700000 personas que hasta ahora han desarrollado el SIDA y aproximadamente ocho millones de personas infectadas. Una joven pandemia que sigue adquiriendo velocidad. Sabemos que un mundo con una epidemia de SIDA en expansión, no puede ser un mundo fuera de peligro. Ahora más que nunca, la complacencia, la indiferencia, la negación y un enfoque buscando “negocio como de costumbre” amenazan con socavar el éxito de la lucha contra el SIDA. O reforzamos, extendemos y construimos sobre lo que ya ha sido logrado, o en los próximos años nos quedaremos cada vez más a la zaga del paso de la epidemia por el mundo. Durante la década de los ochenta, al enfrentar el SIDA, nadie se propuso llevar a cabo una revolución. Más bien, la gente sólo ha tratado —lo mejor que ha podido— de hacer un trabajo de prevención de la infección de VIH, cuidando a enfermos y a infectados, y tratando de ligar los esfuerzos nacionales e internacionales. No obstante, al realizar este trabajo, las deficiencias de nuestros sistemas sociales y de salud, se han revelado de una manera tan espantosa y dolorosa que el paradigma de la era pre-SIDA —su filosofía y su práctica— ha sido cuestionado y se le ha encontrado terriblemente inadecuado y, por lo tanto, fatalmente obsoleto. ¿Cuál es el paradigma de la salud que el SIDA ha cuestionado tan duramente? ¿Qué sucesos, qué hechos, qué ideas fueron —retrospectivamente— revolucionarias? ¿Cuáles son los temas creadores de un nuevo paradigma en la salud, el cual está siendo demandado por el SIDA? El paradigma que heredamos estaba enfocado hacia el descubrimiento de los agentes externos de la enfermedad, la incapacidad y muerte prematura. Inevitablemente el énfasis era médico y tecnológico e involucraba a expertos e ingenieros. Para ciertos propósitos este enfoque era bastante efectivo. Sin embargo, los puntos de vista contenidos en este paradigma contemplaban una dicotomía fundamental, entre los intereses individuales y los sociales. En acuerdo y en armonía con el espíritu de la época, los gobiernos eran llamados a mediar y a prevenir las enfermedades a través de leyes y el trabajo burocrático. La atención a consideraciones de orden social o de comportamiento, eran con frecuencia rudimentarias e ingenuas. La coerción era continuamente favorecida. Muchos sistemas de salud pública buscaron la eficacia por medio del aumento de su poder de coerción, y los derechos humanos fueron poco mencionados, salvo dentro del contexto de las reacciones en contra de los abusos de poder de la burocracia. Ya desde antes de la década pasada, y durante esta última, la capacidad limitada de este paradigma para hacer frente a los problemas de salud del mundo moderno, era cada vez más evidente. Se reconoció el papel crítico del comportamiento individual y colectivo, ya que a pesar de lo barato y extraordinario de las vacunas para los niños, solamente cerca de la mitad de los infantes del planeta eran inmunizados. Entendimos que las mujeres carecían de la capacidad de decir “no”, al sexo forzado o no protegido, a menos de que tuvieran también el poder social, económico y político para decir “no”. Descubrimos que las plantas nucleares no podían ser manejadas bajo una seguridad absoluta, pues había, y siempre habrá, el llamado “factor humano” de la Isla de Tres Millas o de Chernóbil. Entonces, súbitamente, apareció el SIDA, y su impacto en la antigua estructura de pensamiento, de las instituciones y su práctica fue tan notable, tan inesperado e incluso, de alguna manera, tan inevitable, como el derrumbe de un régimen político caduco o el colapso del muro de Berlín. Examinemos ahora algunas de las ideas y actos revolucionarios de la década pasada: primero, en la medida en que no había ninguna medicina o vacunas disponibles, el comportamiento fue inmediatamente considerado de vital importancia en la lucha contra el SIDA. El comportamiento más implicado era el sexual, acerca del cual todas las sociedades rápidamente descubrieron ser profundamente ignorantes. La negligencia en general, en cuanto al comportamiento dentro de la filosofía y la practica de la salud prevalecientes, se volvió terriblemente obvia. Entonces, las necesidades sociales y de salud para la prevención y tratamiento de la gente infectada por el VIH, y de las personas con SIDA, destrozaron la complacencia en cuanto a nuestros sistemas sociales y de salud. El SIDA levantó el velo que había cubierto a deficiencias y desigualdades. Así se puso en evidencia, entre otras cosas, la forma en que el cuidado de la salud y los servicios sociales se encuentran organizados y distribuidos, la marginación de grupos dentro de la sociedad y la escasa prioridad acordada a la salud. Las personas infectadas con VIH y aquellas que tenían SIDA, articularon también las necesidades humanas, con tal claridad y de tal manera, que las estructuras y servicios existentes resultaron no estar preparados. Además, la gente con SIDA, la gente infectada por el VIH, así como los etiquetados como miembros de “grupos de alto riesgo”, declararon su firme intención de participar en el proceso de prevención, tratamiento e investigación, en lugar de someterse a él. El revuelo causado por esta valerosa determinación de participar aún no ha disminuido, ha cuestionado la investigación clínica y ha sacudido profundamente los supuestos establecidos acerca del papel de los enfermos e infectados. La participación se ha ampliado a tal punto, que miles de comunidades y organizaciones populares de base, han respondido a las continuas y desesperadas necesidades de los servicios de prevención y tratamiento. La idea predominante del gobierno, visto como el actor más importante en la protección de la salud, fue cuestionada por la realidad de la acción y el activismo de la comunidad. Es por esto que, inesperadamente, nos encontramos hablando en el lenguaje de la dignidad y los derechos humanos. Pues, ¿en que otra área de la salud, en qué otra época hemos escuchado tal discurso de “derechos” y “justicia social”? Al invocar los conceptos de derechos humanos, de no discriminación, de igualdad y justicia, no sólo nos referimos ya a problemas de la política y de la acción institucional de lo que se ha cuestionado, sino también al proceso a través del cual las políticas y las decisiones han sido elaboradas. Estos actos y muchos más —la comprensión del SIDA como un problema global, la continuación de estas conferencias, las mantas del Proyecto de los Nombres (Name’s Project) y otras expresiones de amor— han transformado la manera en que los individuos y la sociedad concebimos la salud. ¿Hacia qué nueva visión —qué imaginación y poder para promover la salud y prevenir la enfermedad— nos está llevando el SIDA actualmente? La llave para el nuevo paradigma es el reconocimiento de que el comportamiento, tanto individual como colectivo, es el desafío más grande para la salud del futuro. Al trasladar un mayor énfasis hacia el comportamiento humano en su contexto político, económico y social, el nuevo paradigma reemplazará la imposición, por el apoyo y la discriminación, por la tolerancia a la diversidad. Sera necesario desarrollar nuevas formas de pensar acerca de las identidades e interacciones sociales y personales. En el futuro los conceptos de incorporación, adaptación y simbiosis, podrían ser más relevantes y útiles, que las viejas dicotomías de lo externo versus lo interno o lo individual versus lo colectivo. De la misma manera en que el SIDA borra las distinciones entre el papel de los patógenos y el de la inmunidad en la salud personal, el futuro paradigma de salud deberá contener una nueva forma de entender el significado de “lo interno" y “lo externo”, así como una nueva definición de lo que es “lo propio” y lo que es “lo otro”. Usando nuestro vocabulario habitual —pues quizá se requieran nuevas palabras— la solidaridad describe un concepto central en esta emergente perspectiva de salud, de individuos y sociedad. La pandemia de SIDA nos ha enseñado enormemente acerca de la solidaridad. Hemos aprendido mucho, aunque ha tomado tiempo. Las bases de la solidaridad son la tolerancia y la no discriminación, el rechazo a separar la condición de la minoría del destino de la mayoría. La solidaridad surge cuando la gente, se da cuenta de que las diferencias excesivas entre las personas hacen inestable al sistema en su conjunto. La caridad es individual, la solidaridad es social por esencia, está ligada a la justicia social y, por lo tanto, es también económica y política. El SIDA nos ha ayudado a reconocer que la solidaridad es, en parte, una consecuencia de las condiciones objetivas del final del siglo XX. Por ejemplo, el viajar y el moverse, son parte de la condición humana, pero nunca antes tanta gente habla viajado tanto y tan continuamente como ahora. Desde 1950 el número de viajeros internacionales, reportado oficialmente, ha aumentado en quince veces. En la medida en que las barreras geográficas y culturales disminuyen, el sistema en que vivimos —desde los productos que consumimos hasta el aire que respiramos y los patógenos virales de nuestro ambiente—, reflejan una dependencia y una articulación mundial creciente. Esto también proporciona agentes infecciosos y oportunidades sin paralelo para su rápida propagación. El VIH es quizá el primer virus en sacar provecho de esta situación, pero difícilmente será el último. Afortunadamente nosotros también estamos empezando a entender, y a responder, a las consecuencias de esta situación mundial. La solidaridad global —imperfecta, en construcción, pero real, se ha podido sentir en la creación de las Naciones Unidas, en la preocupación acerca de la guerra nuclear, en la creciente resolución a nivel mundial para proteger el ambiente y en la lucha global en contra del SIDA. Sin embargo la solidaridad solamente puede existir cuando la interdependencia es real y se siente de esa manera. El sentimiento es importante. La experiencia del SIDA nos ha mostrado que algunas de las formas de contacto personal con la gente afectada por el SIDA, es un estimulo poderoso para una mayor tolerancia y un entendimiento humano. El SIDA demuestra la paradoja de que para que un problema se convierta verdaderamente en un asunto general, debe llegar a ser también extremadamente personal. Quizá necesitaremos innovaciones políticas para ayudarnos a expresar nuevos impulsos de solidaridad, y para desarrollar nuevos puentes entre los individuos, su comunidad local y el mundo. El SIDA también ha mejorado nuestra comprensión de la solidaridad al revelar las deficiencias inherentes a dos de sus alternativas: la coerción y la discriminación. Todos hemos tenido experiencias personales con la coerción —ella ha sido utilizada sobre nosotros y nosotros la hemos empleado—, en un esfuerzo para influir sobre el comportamiento. Pero es esencial hacer la pregunta básica: “¿funciona realmente la coerción? y, de ser así ¿hasta dónde y por cuánto tiempo?”. La experiencia internacional disponible respecto al SIDA nos obliga a ser escépticos, ya que hay poca, o casi ninguna, evidencia de que la coerción tenga una influencia positiva en la conducta. No obstante, seguimos oyendo gente que dice que las personas infectadas deberían ser “castigadas”, incluyendo la imposición del aislamiento y la cuarentena. Persiste el mito de que la cuarentena es de hecho el instrumento más poderoso de salud pública que tenemos —quizá por ser el mas coercitivo. Sin embargo, al examinarla más de cerca, la cuarentena resulta tener una aplicación muy limitada y poco útil, ya que tiene un costo económico y social muy alto, el cual ha sido ignorado con frecuencia, y su impacto sobre un programa de prevención del SIDA sería, casi seguro, fuertemente contraproducente. Finalmente, de la experiencia en muchos escenarios nacionales, hemos aprendido que para tener un programa de prevención del VIH que sea efectivo, la discriminación de las personas infectadas con el VIH debe ser evitada. Por esta razón la protección de los derechos y de la dignidad, debe ser un punto central de los programas contra el SIDA. La discriminación reduce la participación en las actividades de prevención del VIH, lo que disminuye su eficacia y, también, la discriminación es un “factor de riesgo” de la infección de VIH. La vulnerabilidad a la infección de VIH aumenta siempre que la gente es discriminada o marginada socialmente, por varias razones: su acceso a la información y a los servicios de prevención disminuye, influyen menos en la elaboración de estrategias de prevención y, lo más importante, tienen menos poder y capacidad para tomar las medidas necesarias para protegerse a sí mismos. Por ello, mientras las medidas para proteger los derechos humanos no sean garantizadas en sí mismas, no es posible un programa efectivo contra el SIDA. La negación de los derechos humanos es claramente incompatible con un control y una prevención efectiva del SIDA. Es así que, a través del SIDA, hemos comenzado a despojarnos de viejos y desgastados supuestos, hemos confrontado los mitos sociales con las realidades sociales y nos encontramos, otra vez, formulando las preguntas básicas, simples y terribles, acerca de nuestra vida personal y colectiva. Nuestra experiencia nos ha llevado a este punto: a descubrir y reconocer la solidaridad basada en los derechos humanos como la piedra de toque, el problema central de una nueva era. ¿De qué manera podemos ahora reforzar, a través de nuestro trabajo, esta solidaridad que responde a las condiciones objetivas y a las aspiraciones de nuestro tiempo? Primero, debemos reconocer nuestro poder. Los individuos y los grupos pequeños pueden expresar y catalizar las aspiraciones de pueblos enteros. Después, debemos trabajar para ampliar la participación de la gente en las decisiones que les afectan, quienesquiera que éstas sean. Durante este proceso debemos también aprender más acerca de los derechos humanos. Los requerimientos para cuidar y respetar los derechos humanos están contenidos en la Carta de las Naciones Unidas y en la Declaración Universal de los Derechos Humanos. En consecuencia, la obligación de respetar y proteger los derechos humanos es universal. Todo Estado está sujeto a ellos, sin importar los detalles de cada sistema político. Por primera vez en la historia, tenemos las bases escritas y colectivamente acordadas, para la promoción de los derechos humanos y a los gobiernos se les puede pedir cuentas de la forma en que tratan a su pueblo. Nuestro objetivo debe ser no solamente la prevención de abusos de los derechos humanos, sino el ayudar a generar las condiciones para la promoción de la dignidad y de los derechos humanos y ello requiere de la deliberación, de un trabajo activo y constante. Como parte de nuestra responsabilidad, deberíamos incluir asesoría en materia de derechos humanos, al hacer una revisión de los programas contra el SIDA a todos los niveles de comunidad, nacional y mundial. El no tratar las cuestiones relacionadas con el SIDA y con los derechos humanos, es una forma de descuido, que sólo sirve para reforzar la discriminación. Esto significa también que debemos definir nuestras respuestas a las violaciones de los derechos humanos asociadas al SIDA. Donde exista discriminación institucional —en la ley de los E.U. sobre los visitantes extranjeros, en los sanatorios de SIDA en Cuba, en las pruebas obligatorias y la exclusión de extranjeros infectados que realiza Arabia Saudita— nosotros debemos levantar la voz. Finalmente, debemos tener el valor de mirar más profundamente en nuestras comunidades, ya que los problemas más difíciles de todos son los que se encuentran más cerca de casa: problemas de trabajo, de cuidado de la salud, con las aseguradoras, la escuela y la discriminación en la vida diaria. Hace solamente diez años —que parecen un siglo— ¿quién hubiera podido predecir lo que hemos experimentado? ¿quién hubiese podido imaginar las formas tan particulares de valor y creatividad que hemos presenciado? y ¿quién hubiera tenido la audacia de pensar que el SIDA, no sólo reflejaría, sino que también ayudaría, a conformar la historia de nuestro tiempo? Para el historiador del futuro, muchos puntos de interés, comunes y corrientes, serán invisibles, y el paradigma hacia el que nos estamos dirigiendo será, en retrospectiva, evidente en sí mismo. Incluso cuando esta historia esté escrita, el descubrimiento del indisoluble vínculo entre los derechos humanos y el SIDA y, más ampliamente, entre derechos humanos y salud, ocupará un lugar entre los más grandes descubrimientos y avances de la historia de la salud y de la sociedad. Porque la importancia de la revolución del SIDA, va más allá del SIDA mismo. La solidaridad basada en los derechos humanos, eleva los niveles de tolerancia que cada sociedad garantiza a sus propios miembros y a los otros. Esto es vital para el SIDA y, de una manera más amplia, para la salud y para el futuro de nuestras instituciones políticas. El historiador del futuro verá que nosotros tuvimos el privilegio de estar presentes y de haber participado en la creación de nuevos derroteros de acción y pensamiento, en una revolución basada en el derecho a la salud. En este momento, en San Francisco, nos enfrentamos a la incertidumbre de los años que vienen. Nuestra solidaridad no debe abandonarnos ahora. Aquí, en donde fue firmada la Carta de las Naciones Unidas, en esta ciudad que ocupa un lugar de honor en la lucha mundial contra el SIDA, reconocemos y agradecemos a todos aquellos que nos han enseñado —con sus vidas y sus muertes— el poder de su amor. Aquí, honramos a quienes nos han guiado en la búsqueda de la comprensión y la expresión de esta forma de amor que llamamos solidaridad. Más allá de este momento, más allá de nosotros, reconocemos la magnitud de la revolución en el pensamiento que el SIDA ha catalizado, y de qué manera la integridad y la totalidad de nuestro trabajo, está ligada a una lucha instintiva, a una necesidad visceral de expresar nuestra, solidaridad humana. Porque la nuestra es parte de una revolución más grande aún, que lleva a la esperanza, no a la desesperación. Esperanza para nosotros mismos, esperanza en la lucha contra el SIDA y esperanza para el futuro del mundo.
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Refrerencias Bibliográficas Ponencia leída durante la Conferencia Internacional de SIDA, San Francisco, California, 23 de junio de 1990. Material proporcionado por el CRIDIS de CONASIDA. Traducción: César Carrillo. |
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Jonathan Mann
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| José Sanfilippo B. |
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El Libellus de plantas medicinales indígenas en su estructura, como ya se ha mencionado, analiza las enfermedades que padece el ser humano, desde la cabeza a los pies, y lo hace de la misma manera que lo hacían los libros de medicina europeos desde tiempos ya muy remotos. En esta forma de clasificar las enfermedades, cuando se llega a la boca se mencionan todas las alteraciones que se puedan encontrar en ella y no únicamente las afecciones dentarias. A esta visión integral de los trastornos bucodentarios, es lo que actualmente se conoce como estomatología, que se ha definido como la parte de la medicina encargada de conservar en un estado de completa normalidad anatómica y funcional a los dientes, parodoncio, las partes vecinas de la cavidad bucal y otras estructuras relacionadas con la masticación.1 En los capítulos quinto y sexto del Códice se encuentran, en su mayor parte, las afecciones estomatológicas. Vale la pena echar un vistazo a los temas que comprenden dichos apartados. El capítulo quinto tiene: Limpiador de dientes o dentífrico. Curación de encías inflamadas y purulentas. Dolor y caries de los dientes. Fuerte calor, tumor o supuración de la garganta. Anginas. Medicina con que se mitiga el dolor de garganta. Para desechar la saliva reseca. Para acabar con el esputo sanguinolento. Para calmar la tos. Para quitar el aliento fétido y repugnante.2 Y en el siguiente los apartados son: Alivio para el ardor de la boca inflamada. Remedio para el que no puede bostezar por el dolor. Sarna de la cara. Sarna de la boca. Estruma o escrófula del cuello. Agua subcutánea. Debilidad de las manos.3 De este capítulo, sólo cuatro incisos no tienen relación directa con nuestro tema. Como claramente se puede observar en todos los casos, el tratamiento de las afecciones no indica cirugía, es decir, extracciones dentarias, que ya tienen otro tipo de implicaciones. Cuando en 1964 se hizo la edición facsimilar, el maestro Samuel Fastlicht4 hizo el análisis odontológico del Códice, con lo que se describe únicamente en el capítulo quinto, y lo clasificó en tres grupos: higiene bucal, enfermedades de la boca y halitosis. Ya con la ampliación al sexto capítulo y con una visión estomatológica, la división que se hace de las enfermedades es diferente. En primer lugar encontramos las afecciones de la garganta, que en la actualidad son atendidas por los Otorrinolaringólogos, y que son: calor de la garganta, angina, dolor de garganta, hipo y tos.5 Temas todos ellos que se salen de las prácticas odonto-estomatológicas. La segunda división corresponde a la higiene bucal, y abarca: dentífricos o limpiadientes,6 y la medicina para quitar el mal aliento y la fetidez de la boca.7 El tercer grupo se refiere ya a las afecciones bucales propiamente dichas: para la boca hinchada,8 contra la sarna de la boca,9 curación de las encías inflamadas y purulentas,10 medicina para desechar la saliva reseca11 y medicina que cura el esputo de sangre.12 Finalmente, en la última parte se encuentra el tratamiento contra el dolor de dientes,13 es el único caso en el Libellus, en que se hace relación al aspecto dental propiamente dicho. En conjunto el tipo de tratamientos que se indican son una mezcla de terapéutica de origen hipocrático-galénico, de elementos de medicina prehispánica y de aspectos supersticiosos de ambos orígenes. Se sabe que con los primeros conquistadores llegaron también las creencias supersticiosas de Europa que vinieron a enriquecer las ya existentes entre los naturales. Se han encontrado algunos elementos procedentes de la medicina europea como por ejemplo el empleo de la ortiga, tanto de las semillas como de la raíz. Esta planta la recomienda Dioscórides en su Materia medica, para tratar las llagas sucias, la inflamación de la campanilla y el dolor de muelas.14 A su vez Martín de la Cruz la recomienda en tres ocasiones a lo largo del Códice: dos son para el tratamiento de afecciones bucales, como lo son la sarna de la boca y las encías inflamadas e infectadas,15 y en ambos casos forman parte de algún compuesto. Uno de ellos utiliza plantas y sustancias europeas, como la yema de huevo y la miel.16 Otro producto que se encuentra en diversas recetas, de origen claramente europeo, es la alectoria, un cálculo hepático que se encuentra en las aves ya viejas y que se utilizaba con fines medicinales. En el Libellus, cuando se da la receta para desechar la saliva reseca, se dice: Ha de agregarse la alectoria, que es una piedra preciosa de apariencia de cristal, del tamaño de un haba, sea de las Indias, sea de España, y se encuentra en el buche de las aves gallináceas, como lo atestigua también Plinio. Esta cita se encuentra en la última parte del Códice, donde se menciona explícitamente a Plinio, y donde la alectoria se receta mezclada con plantas indígenas y con dos tipos de aves: el pichón y el milano de Indias; esta última es una avecilla diurna de presa.17 El texto es una descripción completa de cómo preparar esta medicina y de cómo debe tomarse. La materia médica de este autor y la de Dioscórides, fueron de las más utilizadas para los tratamientos médicos, dentro del concepto de la medicina humoral, y se sabe que en el Colegio de la Santa Cruz de Tlatelolco, había algunos ejemplares de estas obras.18 Los elementos de carácter mágico-supersticioso que he podido detectar dentro de estos dos capítulos, son tres: el hueso de mono, el diente de cadáver y el polvo de cuerno de venado. El sentido mágico que tiene el uso de algunas partes del mono en la terapéutica es, al parecer, de origen americano y el doctor Viesca ha relacionado su uso con la prevención de hemorragias profusas, en función de una serie de implicaciones simbólicas de redención con las cuales se obtendría la curación no sólo, en el plano físico, sino también en el espiritual.19 En el Códice está indicado el hueso de mono dentro de la receta para el esputo de sangre.20 Otro elemento supersticioso que aparece en el Códice de Martín de la Cruz, también sólo en una ocasión, es el diente de cadáver. Este concepto al parecer fue una aportación de la cultura española, ya que Arnaldo de Vilanova menciona que Avicena daba el siguiente consejo: Toma el diente del hombre muerto e toca con él el diente que te doliese e quitarte ha el dolor.21 Esta costumbre quedó profundamente arraigada en el pueblo, tanto en el español como en el mexicano, ya que después de esta mención en el Libellus de plantas medicinales indígenas, se siguió recomendando en los tratamientos dentales. Probablemente el éxito de esta práctica se deba a que el dolor de muelas es caliente, mientras que el diente de muerto es frío, con lo cual se equilibra la temperatura del nervio y se quita el dolor. Finalmente el tercer elemento con ciertas implicaciones mágicas es el cuerno de venado que se encuentra tanto en la cultura prehispánica como en la europea. Viesca señala que en diversos pueblos se utilizaba para controlar las crisis epilépticas.22 Dioscórides, a su vez, menciona el cuerno de ciervo y da algunas indicaciones para mitigar el dolor que causan las muelas, lo mismo hacen Laguna y Rivera en sus comentarios a ese autor.23 Las ocho recetas y tratamientos bucodentales que aparecen en el Códice de la Cruz-Badiano, contienen indicaciones precisas para su preparación y, cuando el caso lo requiere, para su correcto seguimiento. Como ejemplo de ello a continuación reseñare la receta contra el dolor de muelas, ya que por un lado aparece prolijamente descrita y por el otro, siempre ha existido un gran interés en paliar uno de los problemas que más a aquejado a la humanidad. La foja 17 v. dice en la primera línea: Los dientes enfermos y cariados deberán punzarse con un diente de cadáver. Esta indicación, como vimos anteriormente, tenía como fin el aminorar la temperatura de la muela, ocasionada ésta por la irritación que provoca los alimentos en la cavidad cariosa. Ya con una visión moderna, el objetivo real de esta punción es el de establecer una comunicación directa con la pulpa del diente afectado y permitir así que drene el pus, en caso de infección, o que la sangre que está congestionada en la cavidad pulpar ocasionando un aumento de la presión intradental, tenga salida al exterior, lo que provoca por fuerza una sensible mejoría. Después dice: En seguida se muele y se quema raíz de un alto arbusto llamado Teonochtli, juntamente con cuerno de venado y de piedras finas: iztac quetzaliztli y chichiltic tapachtli, con un poco de harina martajada con algo de sal. Todo esto se pone a calentar. Tratando de identificar cada uno de estos elementos se tiene que el Teonochtli es una cactácea, especie de pitaya, aún no totalmente identificada. Desde épocas de Francisco Hernández ya se distinguieron dos tipos de esta planta, ambas con apariencia de tuna.24 Posteriormente, en la edición ya mencionada de 1964, Faustino Miranda y Javier Valdés, apoyando las observaciones de Hernández, dicen que un árbol de la mixteca da un fruto llamado “tuna divina” y que esta variedad es la más parecida a la ilustración que aparece en el Códice.25 En ningún caso se dan las indicaciones terapéuticas precisas, pero el autor del siglo XVI dice que una de ellas es de naturaleza fría y húmeda, y que la otra es un alimento excelente y refrescante, lo que nos hace pensar que se utilizaba también para equilibrar la temperatura del diente afectado. El otro componente es el polvo de cuerno de venado del cual ya se habló anteriormente, y sólo agregaría sobre este elemento que el médico Andrés Laguna le confiere una complexión seca y fría.26 En lo concerniente a las piedras finas que forman parte del compuesto, en el estudio realizado por Maldonado Koerdell,27 se ha identificado al iztac quetzaliztli como una obsidiana verdosa o jade americano, y al chichiltic tapachtli como el coral rojo. Sin embargo no se mencionan las propiedades medicinales de ninguno de los dos y es difícil encontrar alguna relación al respecto. Se sabe que en España hay una práctica, mezcla de fe religiosa y superstición, que consiste en introducir en la boca piedras arrancadas de las paredes de alguna ermita para quitar los dolores de muelas,28 lo que nos hace pensar que podría tratarse de una costumbre popular arraigada en ambas partes o que dentro de la concepción prehispánica se le confirieran a este tipo de elementos ciertos atributos de frialdad. Y por último, la harina y la sal son comúnmente sustancias que se utilizan como aglutinantes y secantes. Con ellas se le da cuerpo a todos los demás polvos, en el momento de calentarlos, y así conformar una pasta que pueda ser fácilmente manejada para aprovechar los elementos activos y curativos de todos los productos que conforman el medicamento. La fórmula sigue diciendo: Toda esta mezcla se envuelve en un lienzo y se aplica por breve tiempo apretada con los dientes, en especial con los que duelen o están cariados. Esto era, quizá, para que las sustancias curativas pudieran penetrar en la cavidad cariosa y mitigaran el dolor ocasionado por la punción de la pulpa dental, previamente hecha con el diente de muerto. Desconozco sí alguna de las sustancias podrían propiamente mitigar el dolor, pero, desde luego, al manejar el concepto de equilibrio entre frio y calor, y todas las sustancias que se recomiendan se considera que tienen propiedades frías y refrescantes, es evidente que se restablecía inmediatamente el equilibrio. Y la receta continúa diciendo: En último lugar se hace una mezcla de incienso blanco y una clase de untura que llamamos xochiocotzol y se quema a las brasas y su olor se recoge en una mota gruesa de algodón que se aplica a la boca con alguna frecuencia o mejor se ata a la mejilla. Nuevamente se encuentra otro producto de origen europeo: el incienso blanco, que Dioscórides recomienda para sellar las heridas frescas, para curar las quemaduras de fuego, para los dolores de oídos y para limpiar las llagas sucias.29 Francisco Hernández identifica un árbol de la familia de los copales llamado tecopalquahuitl o “copalli del monte” que tiene todas las características parecidas al incienso de los antiguos en olor, sabor y propiedades, que juzga que es congénere suya. Es probable que fuera la misma planta y tuviera ya usos identificados por los indígenas dentro de sus concepciones. Las propiedades que este autor señala son: “de naturaleza caliente, seca y algo astringente, el sahumerio fortalece algunos órganos, contiene los flujos, consume las mucosidades, aleja los fríos de las fiebres y calienta los miembros enfriados”.30 El xochiocotzotl ha sido identificado como las hojas del liquidámbar, un gran árbol. Nuevamente Hernández nos da las características de esta planta. Dice que es de naturaleza caliente y seca, y que mezclada con tabaco fortalece ciertos órganos, mitiga el dolor de cabeza por causa fría, arroja los humores, calma los dolores y es de olor agradable;31 en resumen, tiene las mismas características que el incienso. Así pues, estos dos productos se queman y con una mota de algodón se recoge su olor, es decir, se aprovecha el sahumerio, probablemente con el fin de restablecer la temperatura normal del diente, además de otorgar a la boca un aroma agradable. En la indicación de usar una mota de algodón es donde difiere de los tratamientos europeos, ya que allá se utilizaban las bolas de hilas con ese fin. Tal vez la indicación final de aplicarlo con alguna frecuencia o atarla a la mejilla, podría interpretarse en el sentido de taponar la cavidad para evitar que volviera a doler, hasta ser restaurada, cosa que no se menciona aunque se sabe que lo hacían con polvo de conchas o de coral blanco. Podría pensarse que el segundo compuesto, a base de piedras finas y teonochtli, podría haber servido como una obturación definitiva, pero hasta la fecha no hay datos que lo corroboren. Así pues, he querido señalar brevemente algunos de los elementos que contribuyeron a conformar una práctica estomatológica, con conceptos terapéuticos aculturados, cuyas indagaciones todavía tienen un gran trecho que recorrer. |
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Refrerencias Bibliográficas 1. OMS, Organización de Servicios de higiene dental, Ginebra, p. 7. (Serie informes técnicos, No. 298). |
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José Sanfilippo B.
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| Ignacio de la peña Páez |
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Conocer las enfermedades que padecían los antiguos mexicanos, no quiere decir que sepamos que pensaban de ellas. De ninguna manera podemos aplicar nuestros conceptos de enfermedad a la manera y forma de la cultura náhuatl; al describir el dolor del corazón no podemos decir que los médicos nahuas conocieran el infarto del miocardio, con esto queremos puntualizar que para acercarnos a un sistema de creencias como las tenidas por el pueblo náhuatl, debemos identificar sus propios principios básicos y tomarlos como referencia o punto de partida. El criterio actual de enfermedad está basado en la presencia de una lesión, considerándose como tal desde el nivel microscópico. Para el médico náhuatl el concepto de enfermedad era radicalmente diferente; respondía a un juego de fuerzas, por un lado las cósmicas y por el otro las del propio individuo y considerando a la vez, que el hombre produce energía y que su propia sangre y el corazón mismo son alimento de los dioses. De esta batalla algunos seres terrestres podían transformarse, “trascender” y adquirir, después de la muerte, cualidades especiales, sobre todo las referentes a una gran energía y fuerza; en ese grupo privilegiado están los guerreros, las mujeres muertas en su primer parto, (cihuateteos), y los elegidos para el sacrificio. Es decir, dependiendo de la “calidad” de su muerte, adquirían una fuerza especial. Podemos decir que el equilibrio de fuerzas, entre los antiguos mexicanos, representaba la salud y que la ruptura de las mismas, ya sea, en más o en menos, representaba la enfermedad. Desde antes de nacer el individuo náhuatl estaba expuesto a las fuerzas cósmicas representadas por cada uno de los innumerables dioses o por los elementos representativos de los mismos. El destino de la salud en cada uno de los nahuas estaba marcado desde su nacimiento por el Tonalanatl. Así, los nacidos en 6-perro “serian enfermizos y morirían presto y si viviesen, sufrirían diversas enfermedades”.1 De acuerdo a esto, el médico náhuatl tenia que interpretar, prácticamente en todas las etapas de la vida, la presencia de un designio o de una enfermedad, que marcaría irremediablemente la acción de una fuerza o la pérdida de energía en un individuo; de esta interpretación de las manifestaciones descritas en los códices, pretendemos hacer algunos señalamientos; para ello hemos escogido el manuscrito de medicina náhuatl más antiguo que se conoce, el Códice De la Cruz-Badiano. Al referirse en el Códice a los tratamientos “contra la opresión molesta del pecho”, se menciona que cuando se está “como oprimido por una repleción y acompañado de una angustia”.2 Es evidente que esta observación recogida en el Códice, se refiere a un individuo que padeció un dolor en el pecho, que se encuentra angustiado y que siente una opresión; todas estas manifestaciones aún se siguen observando, por ejemplo, en el “dolor precordial”. En otro momento, al describir el tratamiento para la podagra o gota, se dice “que el pie duele mucho con el calor”.3 Efectivamente esta enfermedad se presenta con un fuerte dolor, acompañado de una sensación ardorosa-quemante en la zona afectada del pie. Cuando se nos describen los tratamientos para vejiga, y en especial al referirse a “cuando se ha tapado el conducto de la orina” y no se resuelve con el tratamiento indicado, el médico náhuatl acude a los aspectos prácticos y recomienda: “recurrir a la médula de la palma, muy tenue, cubierta con un poco de algodón untada con miel y, con muchísimo cuidado, introducirla en el meato viril, de modo que se abra la obstrucción de la orina”.4 Por está descripción del tratamiento, podemos imaginar al médico aplicando inicialmente la curación, después interrogando sobre los resultados y, finalmente, tomando la decisión de realizar un acto cruento sobre el paciente para resolver así su problema; toda esta relación entre médico y paciente tiene para nosotros el más puro ambiente clínico. Hay situaciones en la terapéutica médica náhuatl que hacen ver lo amplio de las observaciones que concibieron sus médicos, por ejemplo, al referirse a los cuidados que se deben tener en los casos de los “ojos que se calientan mucho” se recomienda: “abstenerse del ardor del sol, del humo, del viento y de ver cosas blancas”.5 Indicaciones todas ellas, causantes de algunas molestias oculares. En otras ocasiones se advierte de lo que puede ocurrir con el que tiene el padecimiento conocido como “enfermedad comicial o epilepsia”. El Códice dice: “observa el tiempo en que la epilepsia ha de venir, porque entonces se aparece la señal”. Esta anotación evidencia el conocimiento previo que se tenía de la enfermedad y al referirse a la aparición de una señal, coincide con lo que nosotros conocemos como “aura” o fenómeno que antecede a toda convulsión en la epilepsia. Es interesante la descripción de los casos que presentan fiebre: “la cara del que tiene la fiebre, alguna vez se pone roja, a veces se pone negra y a veces se pone pálida, también puede escupir sangre, vomitar o que el cuerpo se vuelva acá y allá, cuando ya ve poco y en la boca siente en especial en el paladar, un amargor, un ardor y alguna vez dulzor y el estómago está muy corrompido y la orina está blanca, si no se ataja el peligro, ya se preparará tarde la medicina”.6 Son numerosos los datos con implicaciones clínicas que contiene el párrafo anterior; supone un seguimiento no sólo de observación al referir los cambios de coloración en la cara, sino un interrogatorio para saber las sensaciones de amargor, ardor o de dulzor, como está referido en el Códice. Observación interesante es el hecho de que la utilidad del medicamento es nula después de aparecidos ciertos datos, de lo cual se infiere que el médico debería de estar cerca del paciente y administrar las medicinas a tiempo. En el capitulo décimo tercero del Códice, titulado “de algunas señales de la cercanía de la muerte”, se menciona lo siguiente: “los ojos enrojecidos son sin duda signos de vida…” “…los pálidos y blancuzcos, indicios de salud incierta. Los indicios claros de muerte son un cierto color humo que se percibe en medio de los ojos. Los ojos ennegrecidos que relucen poco, la nariz afilada y como torcida a manera de coma, quijadas rígidas, lengua fría, dientes como cubiertos de polvo y muy sucios, que rechinen; la cara que palidece, que ennegrece, que adopta y toma una y otra expresión y que, finalmente, emite y revuelve las palabras sin sentido, como los pericos, todo ello son anuncio de muerte”.7 El médico náhuatl que dio las anteriores referencias, seguramente había observado a numerosos moribundos y con atención especial las “facies” que estos presentaban, y con sutil percepción clínica menciona: “un cierto color humo entre los ojos” o la pérdida de la brillantez de los mismos, cuando se acercaba la muerte. Nuevamente encontramos una estrecha relación médico-paciente, que nos explica lo detallado de los datos referidos. Dentro de la medicina náhuatl, los aspectos mágico-religiosos generalmente habían sido comentados ampliamente en años anteriores, por cronistas, historiadores e investigadores, dejando pasar, inadvertido o conscientemente, los hechos de observación como los que se señalan en el presente trabajo. Es probable que hayan considerado que los médicos nahuas no tenían la capacidad para interpretar las manifestaciones de la enfermedad; esa consideración ha sido un error, ya que la sensibilidad de los antiguos mexicanos para interpretar el mundo que les rodeaba fue única. Sólo me referirá a dos ejemplos suficientes para mostrar esta sensibilidad. El primero corresponde a los tlamatini llamados por Sahagún “sabios y filósofos”, los cuales empleaban la expresión in ixtli in yollotl (rostro-corazón), para indicar que con sólo ver un rostro era posible conocer el interior, el “yo” del individuo. El otro ejemplo es el del Ticitl, el verdadero médico el cual interpretaba al hombre enfermo desde el punto de vista físico y espiritual.
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Refrerencias Bibliográficas 1. Martínez Cortés, F., 1964, Las ideas en la medicina náhuatl, Prensa Médica Mexicana, México, p. 76. |
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Ignacio de la Peña Páez
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| Carlos Viesca Treviño |
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Dentro de los numerosísimos aspectos del material que presenta el Códice de la Cruz-Badiano que han sido estudiados en mayor o menor medida, se ha ahondado principalmente en aquellos relacionados con las plantas medicinales, su identificación y algunos de sus efectos, y con el reconocimiento y tratamiento de algunas enfermedades o grupos de enfermedades, pero hasta ahora, poco se ha trabajado en la forma en que el Códice expresa un sistema de clasificación de las enfermedades que no corresponde necesariamente con el europeo. Hasta ahora sólo se había pensado en la identificación literal de algunos cuadros patológicos, tomando como base la coincidencia del nombre, pero en la mayoría de los casos, sin que se llegara a profundizar en el concepto que se oculta atrás de un nombre y que puede hacer que una misma palabra exprese concepciones diferentes y que, en cambio, diferentes nombres se refieran en ocasiones a un mismo concepto. El intento de escudriñar el manuscrito en busca de indicios de una clasificación prehispánica, náhuatl para ser más precisos, de las enfermedades, no deja de ser riesgoso y, como bien advertía Efrén del Pozo en su estudio sobre el valor médico del manuscrito con el que acompañó a la edición facsimilar publicada en 1964,1 “nos puede llevar a más errores de los que tratamos de evitar cuando pedimos juicio sereno, prudencia y agudeza para valorar este documento excepcional.”2 Sin embargo, pienso que ya no se debe en la actualidad aceptar límites cognoscitivos reconocidos como tales hace cerca de treinta años, y menos aún en un campo, como lo es el del estudio de la medicina náhuatl prehispánica, en el que se han logrado avances sustanciales. Así pues, sin caer en el error de considerar al Libellus como un tratado de medicina, intentaré en las páginas siguientes de leer entre líneas y ofrecer una interpretación del texto en lo tocante a los posibles criterios de clasificación de las enfermedades que le sirven de base teórica para el establecimiento de los tratamientos que se describen en él. LA DESCRIPCIÓN DE LAS ENFERMEDADES SEGÚN UN ORDEN ANATÓMICO DE CABEZA A PIES Una situación a todas luces evidente y en la cual no han dejado de insistir todos los estudiosos del documento, es que el primer orden que se observa en el material del Códice de la Cruz-Badiano es la distribución de sus capítulos de acuerdo a la disposición anatómica de los órganos o partes del cuerpo afectadas, y que este orden además las enumera partiendo de la cabeza hacia abajo. Es obvio que el modelo en el que se inserta esta distribución es el vigente en la Europa del siglo XVI, siguiendo ni más ni menos que el modelo clásico de Galeno, tal y como se manifestaba en sus principales obras, especialmente De usu Partius y De Locis affectis, tratados fundamentales cuyo estudio caracterizara y diera normas al galenismo renacentista. Este era también el orden de todas las grandes obras médicas medievales del Lilium medicinale de Bernardo de Gordon a la Chirugia Magna de Guy de Chauliac y, claro está, de todas las obras anatómicas prevesalianas. No es de extrañar pues que de la Cruz y Badiano hayan optado por ajustarse a tal distribución de su material al tratar de conferir a su obra una dimensión del más alto nivel de conocimiento, descartando tal vez por esta misma razón una disposición por orden alfabético como eran ordenados algunos de los Tesoros de pobres que seguramente eran conocidos al menos para Juan Badiano. Siguiendo en el terreno de las conjeturas, tal vez por esa misma pretensión de ciencia se prefirió encabezar los textos de acuerdo con las enfermedades a tratar y no con los remedios recomendados, aún cuando esto último era la costumbre en los herbarios europeos que, siguiendo el ejemplo de Dioscórides, los encabezaban así. Debe señalarse que en el manuscrito, no obstante y que el texto se encabeza con el nombre de la enfermedad a que se refiere, las páginas llevan escrito antecediendo a cualquier otra cosa el nombre o los nombres de las plantas dibujadas en ellas. De lo anterior puede concluirse que, a pesar de pretender ser esencialmente un herbario, en el Libellus no se perdió de vista el que se quería tratar acerca de la medicina indígena y no solamente de los remedios mexicanos, como era probablemente la intención de Don Francisco de Mendoza al solicitar la elaboración del manuscrito, ya que, como se sabe, pretendía acompañarlo con ejemplares de algunas plantas. Resta la duda acerca de si existía también en los sistemas médicos prehispánicos la costumbre de ordenar la anatomía y las enfermedades de acuerdo con este modelo que procede yendo de la cabeza a los pies, o de si tenían alguna otra forma de hacerlo y, en este último caso, de si fuera Fray Jacobo de Grado quien dio la idea de seguir esta disposición. Debe tomarse en cuenta sin embargo, que todas las descripciones de los dioses y sus atuendos y ornamentos, como los que aparecen, por ejemplo, en los textos de los informantes indígenas de Sahagún, siempre se procede en un orden que va de cabeza a pies, lo cual nos ilustra acerca de la costumbre prehispánica de proceder también en este orden.* Veamos ahora cómo proceden de la Cruz y Badiano en la adjudicación de este orden anatómico a las enfermedades. En los capítulos primero a la mitad del octavo no se aprecia mayor complicación en lograr este ordenamiento, estando el primero destinado a tratar de las enfermedades de la cabeza, el segundo las de los ojos, aquellas de los oídos el tercero, las de la nariz el cuarto, el quinto las de la boca, destinándose el sexto a complementar este material e incluyendo en él la sarna de la cara, el estruma o escrófula del cuello, única enfermedad de esta zona del cuerpo de la que trata el Códice, y la debilidad de las manos. El capítulo séptimo se refiere a las enfermedades del tórax y el abdomen, dejándose para el octavo el ocuparse de los problemas de la región del pubis, con los que asocian los de la ingle, la vejiga, las asentaderas y el miembro inferior, terminando con las grietas de la planta de los pies y las lesiones de estos. Los problemas, es decir, la imposibilidad de ubicar anatómicamente las enfermedades de que se trata, empiezan con los dos últimos incisos de este mismo capítulo octavo que tienen que ver con los remedios contra la fatiga y “contra el cansancio del que administra la República y desempeña un cargo público.” Los capítulos noveno y décimo tampoco presentan un contenido susceptible de ordenamiento anatómico, excepción hecha de las hemorroides y el condiloma que nos llevan nuevamente a la región anal y la mentagra que conduce a las manos. El capítulo undécimo, si bien no sigue el orden anatómico previsto, agrupa enfermedades de la mujer asociadas con la procreación, en tanto que el duodécimo se refiere a problemas de los niños, separando de esta manera dos grupos de padecimientos cuya particularidad consiste no ya en el sitio del cuerpo al que afectan, sino la característica esencial que les confiere el presentarse en la mujer o en el niño. El decimotercer y último capítulo trata de las señales de la cercanía de la muerte, lo que también le ubica fuera, y a la vez como parte final del orden al que aquí me he referido. En relación con esta distribución anatómica es menester hacer aún algunos comentarios. En primer lugar debe hacerse un llamado de atención al hecho de que no es traído a colación ningún detalle anatómico, hecho no raro, ya que actualmente es bien sabido que el conocimiento de la anatomía como se entendía en la cultura occidental no cabía en los términos cognoscitivos de las culturas mesoamericanas prehispánicas entre las cuales se ubica la náhuatl, de la que es testimonio el manuscrito aquí estudiado. Asimismo debe señalarse que tampoco los textos médicos y quirúrgicos europeos de la época hacían distinciones finas en este sentido, aún cuando probablemente a raíz del énfasis puesto en las complicaciones del tratamiento de las heridas, se empezaba a señalar diferencialmente cuándo había o no lesión de los nervios, pasando a ser esta otra categoría nosológica que falta completamente en el Libellus. Por otra parte, como ya ha hecho notar previamente del Pozo,3 en los capítulos correspondientes del Códice se amalgaman algunas partes del cuerpo con síntomas que pueden asociarse con ellas y a los que se les llega a dar la categoría de enfermedad. Entre ellas pueden citarse el esputo sanguinolento,4 del que no hay en el texto ninguna forma de diferenciar entre el procedente de alteraciones gingivales, de aquel cuyo sitio de origen habría de ubicarse en la garganta o en zonas más bajas del aparato respiratorio, como el ya clásico en los libros modernos de medicina, que se asocia a la tuberculosis pulmonar y se refiere simplemente como “escupir sangre”; el hipo5 aparece asimismo en la sección consagrada a las enfermedades de la boca, y lo mismo sucede con la tos,6 en cuyo texto correspondiente se habla de untar en la garganta uno de los remedios prescritos, lo que permite ubicar precisamente allí el problema. En tales circunstancias no es extraño encontrar a seguir y referido exclusivamente a la boca, el mal aliento.7 Las mismas consideraciones pueden aplicarse a la presencia de algunas situaciones fisiológicas como el acto de dormir, asociado con los ojos8 y con la somnolencia, entendida aquí al parecer como la contraparte de la función normal de dormir.9 Todo esto ha sido interpretado globalmente como una percepción errónea de relaciones anatomofuncionales que en realidad no es de extrañar dadas las posibilidades de desarrollo del conocimiento en el sentido moderno de la palabra que existían en esa época y del absolutamente diferente significado asignado a las estructuras anatómicas, de acuerdo con el cual era más el énfasis puesto en las correspondencias simbólicas entre el hecho anatomofuncional y la estructura asimismo cargada de simbolismo del universo.
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Refrerencias Bibliográficas 11. De la Cruz, M., 1964, Libellus de Medicinalibus Indorum Herbis, ed. facsimilar, México, Instituto Mexicano del Seguro Social. * Debo a la Dra. Carmen Aguilera el justo reconocimiento por haber llamado mi atención acerca de este hecho. |
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Carlos Viesca Treviño
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| Juan Somolinos Palencia |
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México que tanto se adelantó a manifestar su propia naturaleza, donde la adaptación natural y la fusión entre los indígenas colonizados y los españoles originaron desde los primeros años un nuevo hombre, fue también el escenario para la creación de un libro de ofrenda: El Libellus de Medicinalibus Indorum Herbis;1 su mismo autor, Martín de la Cruz, lo expresó claramente en el prólogo del texto al decir que Francisco de Mendoza deseaba vivamente tener el ejemplar para ofrecerlo al rey y anotó: Pues no creo que haya otra causa de que con tal instancia pidas este Opúsculo acerca de las hierbas y medicinas de los indios, que de recomendar ante la Sacra Cesárea Católica y Real Majestad a los indios, aun no siendo ellos merecedores.2 La indicación de Martin de la Cruz en la dedicatoria, el desusado lujo con que se elaboró el ejemplar, la cuidadosa confección de sus textos y dibujos, así como la encuadernación con cantos dorados y cordones, hoy perdidos, indican claramente que este libro tuvo una misión muy superior a la simple enumeración y recolección de recetas y métodos terapéuticos. Fue un regalo para un rey. Su propósito era causar asombro y mover la voluntad de Carlos V en beneficio de El Colegio de la Santa Cruz de Tlatelolco. Y efectivamente en aquel momento era necesario encomendar a los indios. Sobre todo a los indios letrados del Colegio de Santiago Tlatelolco que habían recibido enseñanza europea desde los primeros días de la conquista y que sabían hablar el latín con elegancia y escribirlo con corrección. Este Colegio estaba pasando por una etapa crítica debido a la epidemia de cocoliztle de 1545, que, según las palabras del propio Bernardino de Sahagún: dio gran baque al colegio3 y quedó triste y desocupado. El mismo Sahagún nos cuenta que en Tlatelolco, antes de que él cayera enfermo, habían enterrado más de diez mil cadáveres;4 entre ellos estaban los más notables colegiales y maestros. También había muerto el obispo Zumárraga y, para mayor desdicha, la Real Hacienda dejó de entregar el millar de pesos que le tenía asignado el emperador. No se piense que este abandono fue voluntario. Hasta 1543, Carlos V, con salidas transitorias, había permanecido en España ocupándose directamente de los asuntos administrativos de su reino. Pero precisamente a mediados de ese año, Carlos V abandonó España para no volver nunca más en calidad de rey. Quedó al frente del gobierno Felipe, el príncipe de 16 años. Mientras tanto Carlos V viajaba por el centro de Europa, donde sus problemas se acumulaban, los enemigos le acosaban por todas partes y los periodos de salud y optimismo se alternaban con aquellos en los que la gota lo atormentaba y la depresión espiritual lo llevaba a pensar en abandonar el mundo y recluirse en un monasterio. Así llegamos al año de 1552, el de más interés en nuestra historia, pues en él se redacta y completa el libro que nos ocupa. Para entonces el emperador se hallaba acosado por todos lados. Fue el año mas difícil de toda su vida. Escapó vivo de milagro a una celada traidora, que le tendió Mauricio de Sajonia; derrotado y envejecido, huyó de noche en una litera, a través de los Alpes. La bancarrota le obligaba a pedir dinero continuamente a España, donde a duras penas podían reunirlo. Hacia diciembre la situación era casi desesperada.5, 6 En estas condiciones, cuando a veces la situación era tan crítica que peligraba hasta su vida, es comprensible que Carlos V no tuviera tiempo de acordarse del colegio mexicano, y aunque su sucesor Felipe tenía autoridad para decidir sobre muchos o casi todos los problemas del reino, le faltaba la holgura económica para gastar en cosas de importancia secundaria, frente a las inaplazables exigencias de las campañas bélicas. Sin embargo, la edición del Códice siguió su curso y, aunque tenemos noticia de que el Emperador Carlos no llegó a verlo, si sabemos que pasó a los estantes de la Biblioteca de San Lorenzo del Escorial y es a partir de este momento que comienza la historia del libro.7 Retrocedamos un poco para saber el origen de esta obra. Esta escrita, lo dice el propio Juan Badiano en el colofón, por orden de fray Jacobo de Grado, que en aquellos momentos tenía el cargo de guardián del Convento de Tlatelolco y presidente del Colegio. Su autor lo dedicó a Francisco de Mendoza, hijo del primer virrey de Nueva España y que, como su padre, era un decidido protector del Colegio. Sabemos que Francisco de Mendoza sentía gran admiración por la flora medicinal mexicana, y a él se debe la idea de redactar el texto de la dedicatoria ya que con esto se daba una adecuada introducción para la presentación del trabajo al rey. Este dato confirma el hecho de que, precisamente en esa fecha, Francisco de Mendoza, que un año antes había marchado al Perú con su padre, partió para España llevando en propia mano lo que toca al repartimiento. También llevaba de parte de su padre el encargo expreso para el rey de no abrir las cajas selladas, sin antes hablar y escuchar lo que Francisco tenia que decirle.8 Nuestra falta de conocimientos sobre la gestación del Libellus, el no poder contar con más datos que aquellos que el propio manuscrito suministra y el extraordinario interés que para la medicina mexicana representa, han dado ocasión para que las conjeturas y las suposiciones tomen mas vuelo del debido y que, con la mayor buena voluntad, se afirmen hechos posibles, cuya veracidad histórica no puede ser demostrada. En particular el tema que más problemas ha planteado, es el referente a sus autores. No existe la más mínima duda respecto a quiénes fueron. Los datos los suministra el propio manuscrito. En la primera página se anota que el libro: Lo compuso un indio médico del Colegio de Santa Cruz, que no hizo ningunos estudios profesionales, sino que era experto por puros procedimientos de experiencia. Más adelante, en la misma página, al escribir la dedicatoria, nos dice su nombre: Martin de la Cruz. En las dos últimas páginas aparece la constancia del otro autor: Juan Badiano, quien se declara intérprete de la obra y autor de la traducción latina en ella presentada. Es, por lo tanto, un texto original del médico indio Martín de la Cruz, vertido al latín por otro indígena llamado Juan Badiano. Ambos manifestaron pertenecer al Colegio de la Santa Cruz de Tlatelolco y, Badiano por su parte, indicó ser natural de Xochimilco. Mucho se ha dicho en cuanto a las edades de los autores, hasta señalar que Martín de la Cruz era un hombre viejo, mientras Juan Badiano no pasaba de los veintiocho años.9 Ambas afirmaciones están basadas en algunas frases del texto original. Cuando Martín de la Cruz en la dedicatoria agradeció al Virrey Antonio de Mendoza, dijo: Lo que soy, lo que poseo, lo que tengo de fama, a él se lo debo… y dejó con ello su reconocimiento al mismo tiempo que reafirmó el renombre de la institución dentro de la corte virreinal y entre aquellos que formaban parte del Colegio de la Santa Cruz. El asegurar que era un indio viejo porque en la primera página del libro dice: era experto por puros procedimientos de experiencia, o deducir su edad basándose en sus conocimientos médicos terapéuticos, pertenecientes al último periodo prehispánico (azteca IV) que aparecen en el contenido del Libellus, son razones algo aventuradas, pues a los años y a la experiencia hay que añadir la tradición heredada, sin que por ello se marque una edad avanzada. Martin de la Cruz fue un indio mayor que Juan Badiano, sin formación escolar, por lo que dictó o redactó sus conocimientos en náhuatl para luego ser transcritos al latín. En el caso de Juan Badiano, al asegurarse que fue profesor en el Colegio de la Santa Cruz de Tlatelolco, podemos hacer un cálculo aproximado de su edad, tomando en cuenta el año en que se fundó esta institución (1536), el que los grupos de niños admitidos al colegio no eran mayores de 12 años y los años transcurridos hasta el 22 de julio de 1552 (día de Santa María Magdalena) en el que se terminó de traducir el manuscrito. Esto es todo lo que sabemos de ellos. Ninguno de los dos vuelven a aparecer citados en otros documentos de la época que hayan llegado a nosotros. Tampoco se sabe que hayan realizado alguna otra obra además de ésta. Por lo tanto, todo lo que se haya dicho y escrito, y cuanto podamos expresar sobre ellos, son simples suposiciones, sin ninguna base documental, siempre sujetas al criterio propio de quien lo expone y a ser rectificadas ante la más leve evidencia que se oponga a lo escrito. Y así llegamos al juego de las suposiciones, pues con el afán de dar mayor importancia al texto, se rompe el equilibrio entre la imaginación y la realidad, olvidando lo más importante: el contenido mismo del manuscrito, lo referente a los conocimientos médicos y terapéuticos de un solo lugar y de un solo autor; sin embargo, resulta suficiente para poder conocer, aunque sea de una manera aproximada, algunos de los rasgos de la medicina que se practicaba en lo que ahora se conoce como Mesoamérica, y que por sus características culturales y políticas constituye una unidad histórica. Resulta evidente que el texto tiene ya la influencia de las ideas de los colonizadores, incluso siempre que se escribe sobre la época, se habla de vencedores y vencidos. Pero, desentendiéndonos de lo que puedan haber influido las ideas europeas, encontramos un riquísimo arsenal de conocimientos indígenas sobre terapéutica y prácticas curativas. En general, es una reseña de recetas empíricas que utilizan en su composición los elementos más variados, pertenecientes a los tres reinos de la naturaleza, y en los cuales, junto a vegetales que han demostrado valor efectivo en estudios farmacológicos modernos, encontramos también muchas sustancias inútiles, productos escatológicos sobre todo un volumen de elementos mágicos, en su mayor parte de sustitución y semejanza, que es lo que verdaderamente caracterizaba al tipo de terapéutica utilizada. La lectura de su contenido y su análisis, da una muy amplia posibilidad de reconstruir los procesos mágicos terapéuticos, que aún permanecen a la espera de un acucioso investigador. Como bien lo señala Aguirre Beltrán,10 la medicina indígena utilizaba muchas de sus plantas y remedios buscando en ellas, no el principio activo farmacológico que hoy conocemos, sino el contenido mágico que cada elemento pudiera poseer, y que debía actuar en contra o a favor de una determinada idea etiológica y mágica de la enfermedad. Falta pues, que se nos explique mediante la filología su contenido y en particular las diferencias entre herbario y recetario, ya que se trata de un escrito que incluye tanto las hierbas, como lo que el médico ordena que se suministre al enfermo.11 No debe tomarse este libro como revelación de maravillas medicinales; ingenuamente así han querido verlo algunos, ni es un tratado de medicina mágica a que lo reducen otros. Sin que dejen de mezclarse prácticas mágicas, tiene la sabiduría pragmática del empirismo que contrasta con los dogmas médicos europeos del siglo XVI. Su interés supera al de un documento histórico; su estudio cuidadoso revela recursos que merecen un análisis serio, y para el médico mexicano es una enseñanza del origen de muchos de los conceptos y medidas que todavía se encuentran en la medicina tradicional. En lo físico, el libro es de confección europea. El formato, el idioma, el papel, la escritura, la encuadernación, todos son elementos importados; hasta el mismo orden de los capítulos corresponde a la distribución habitual en los libros médicos de aquella época en Europa. Sólo presenta en su estructura material un elemento puramente autóctono, capaz por sí solo de anular las demás características, y cuyo valor artístico y documental sobrepasa cualquier otro aspecto de la obra y hace de ella un ejemplar único en la cultura de América. Nos referimos a las ilustraciones. Son de ejecución totalmente indígena, elaboradas por tlacuilos que conservaban la escuela de sus antepasados. El mayor interés del libro nos entra por los ojos. En el orden es puramente estético y hojear el Libellus origina un diálogo entre sus viejos creadores y los investigadores de hoy. Es evidente que esta relación de simpatía es mayor cuando se trata de satisfacer un sentido indagador, pareciera que sus “miniaturas”12 provocan una fluidez artística que mueve en todos sentidos al curioso de hoy. Ciertamente también sobre este tema hay mucha deliberación que en boca de expertos inclina sus intereses hacia el lado indígena o europeo. Quien quiera apreciar estos dibujos habrá de entender la representación ideográfica de los indígenas siempre sintética y en dos dimensiones, y también el sentido de volumen que aparece insinuado por los colores o dobleces vegetales, que indican la influencia europea ejercida sobre el artista anónimo. Hay en todas las figuras una intención naturalista, donde se reúne el diseño indígena original con imágenes aculturadas que reafirman su carácter indoeuropeo. Ninguna obra como el Libellus deja sentir el aliento del espíritu mexicano; de su doble historia sale ese aire de cultura unificada. Ahora que México ha iniciado su marcha por los caminos de la ciencia y que está descubriendo el valor de su pasado cultural, es deber impostergable evaluar el más antiguo y a la vez el más original y veraz documento con que cuenta el historiador, para poder intuir la medicina de los pueblos anteriores a la Conquista.13 Información parcial y expurgada, ausente de muchos componentes mágicos y con fuerte influencia europea, pero de todos modos sigue siendo el documento más fidedigno con que contamos hasta hoy para emprender el estudio de la medicina mesoamericana. |
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Refrerencias Bibliográficas 1. Con intentos de análisis y rescate de su contenido, el Códice de la Cruz-Badiano ha sido estudiado en numerosas ocasiones. Se han sucedido distintas ediciones, siendo las principales: Gates, William. |
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Juan Somolinos Palencia
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