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Un maestro entusiasta
 
 
 
Daniel Piñero
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La primera vez que oí el nombre de Carlos Vázquez Yanes fue en 1972, cuando yo era consejero técnico alumno de la carrera de biología en la Facultad de Ciencias de la unam. En ese entonces, había apenas alrededor de cinco profesores de tiempo completo en biología (ahora hay más de cien). Carlos Vázquez, según me dijo el maestro Juan Luis Cifuentes, entonces secretario general, estaba recién doctorado y junto con Judith Márquez, Sergio Guevara y Jorge González formaban un grupo de botánicos que, como hemos visto y lo predijo el maestro Cifuentes, cambiarían el rumbo de la biología en la Facultad de Ciencias, profesionalizando tanto la docencia como la investigación. Excepto a Carlos, a los demás los conocía porque habían sido mis maestros y sabía cuales eran sus áreas de investigación. Respecto a la ecofisiología, no sabía lo que estudiaba y me prometí aprender más de ella.
 
 
Desgraciadamente, Carlos estuvo en la Facultad de Ciencias poco tiempo y luego se fue a la uam Iztapalapa. En esa época, entre 1975 y 1976, yo pensaba como una posibilidad pedirle trabajo a Carlos. Una de las últimas veces que fui a la uam-I, en 1998, lo hice como parte de una comisión especial que formó el Rector, el Dr. Gázquez. Mientras esperábamos, Carlos me contó cómo cuando él se fue a la uam-I, ésta era concebida como el Harvard de México. Tenían un presupuesto casi ilimitado, equipo, vehículos, prácticas de campo en lugares exóticos, y demás. Carlos me lo contaba como una anécdota, pero estoy convencido de que a la biología mexicana, como Carlos la quería, le ha faltado tener mucho más para poder alcanzar objetivos ambiciosos. De esas generaciones de la uam-I tenemos investigadores apasionados, creativos y muy capaces y estoy seguro de que las condiciones que tuvieron al inicio de sus estudios fueron importantes en su desarrollo académico.
 
 
Después de varios años, en 1980, supe que Carlos se había incorporado al equipo del Dr. Sarukhán en el Instituto de Biología de la unam. Esto, con la idea de continuar los esfuerzos del maestro Faustino Miranda y del Dr. Arturo Gómez-Pompa por formar un grupo de ecología en la unam, que en 1973, por razones de politiquería y mediocridad, se vieron fragmentados.
 
 
En 1982, a mi regreso de hacer el doctorado, Carlos ya era un mito para mí. Mi mayor asombro era cómo él y su grupo podían trabajar en un lugar tan pequeño como lo era el cubículo del departamento de botánica que compartía con Alma Orozco: se corrían las cortinas y hacían un experimento, se abría la puerta y se volvía sala de seminarios. Fue entonces —por razones que tenían que ver con la creación del doctorado en ecología y del departamento de ecología— que debí revisar por primera vez su currículum vitae. Carlos era extremadamente productivo y creativo. Su enfoque experimental, su visión de la germinación, sus semillas recalcitrantes, que como él, no se cuecen al primer hervor, eran los rasgos del maestro universitario ejemplar, producto de los esfuerzos de los maestros Miranda y Gómez Pompa que iniciaron la Escuela mexicana de ecología tropical.
 
 
Así, la presencia de Carlos en nuestro grupo, se debió, como lo fueron después la de Hugh Drummond, Exequiel Ezcurra y Jorge Soberón, a la necesidad de incorporar líderes académicos formados en otras áreas y escuelas para fortalecer la política de formación de estudiantes de doctorado en el extranjero que fuimos estudiantes del Dr. Sarukhán en la licenciatura o la maestría. Carlos fue entonces uno de los pilares más importantes del grupo, y por ello el entonces Centro de Ecología le otorgó la medalla “Faustino Miranda” en 1992. Fue, hasta 1999, el único investigador nivel III del Sistema Nacional de Investigadores, además del Dr. Sarukhán. Es decir, por un lapso de 15 años desde que se creó el departamento de ecología en el ibunam. De estos años recuerdo el liderazgo de Carlos en varias ocasiones. Por ejemplo, en el foro local del ceunam para el Congreso de 1990, Carlos dijo que los dos problemas más importantes de la unam eran (y todavía lo son): la burocracia y la mediocridad. Fue consejero interno, consejero técnico, jefe de departamento, director interino. Carlos siempre mostraba su absoluta honestidad, profesionalismo y capacidad para tener claros los problemas y soluciones académicos. A él le debemos el acuerdo del consejo interno de 1998 sobre políticas de contratación y permanencia de nuevos investigadores, que sin duda ha significado un avance fundamental en nuestro instituto. Siempre que le pedí ayuda, consejo o que estuviera en un cargo con responsabilidades administrativas, Carlos aceptó con gusto y lealtad. Hace un año y medio me dijo que quería renunciar a la jefatura del departamento de Ecología Funcional y Aplicada (a su decir formado de retazos). Le comenté entonces que era libre de decidir, pues su compromiso institucional ya había sido demostrado incontables veces. Se dedicó entonces a un proyecto de restauración ecológica que le adjudicó el comité respectivo del Conacyt por 4 millones de pesos, sin chistar y con un gusto enorme. Carlos era querido y respetado en todos los ámbitos de la investigación y la cultura en México.
 
 
El último artículo suyo que leí en el número de septiembre-octubre de 1999 de la revista de la Universidad, sobre los fósiles recién encontrados de homínidos de Atapuerca, en España, me acercó todavía más a él. Allí Carlos escribió “Finalmente los mismos seres humanos modernos, Homo sapiens, coexistieron con una o más especies humanas hoy extintas […] Las consecuencias del contacto entre dos o más especies de seres humanos —mucho más distintas en lo físico y lo cultural de lo que pueden serlo las actuales razas humanas— resultan un tema fascinante para especular sobre los probables acontecimientos resultantes de ese contacto y sus posibles consecuencias en el desarrollo de la conducta humana moderna”. Es muy clara su sensibilidad a la posición del hombre en la naturaleza, su humildad ante los principios de la biología, la astronomía, la arqueología, la ecología. Nunca perdió la capacidad de sorprenderse, de ser un niño pequeño que descubre aquello que está por ser descubierto. Atapuerca y sus fósiles se lo hicieron ver claramente, y él, como siempre, así lo interpretó. Éste es un rasgo típico de los grandes descubridores. En los días que leí su artículo recibí de mi madre como regalo el libro de Atapuerca. Le iba a preguntar si lo tenía, si lo había leído. Ya no lo hice, pero estoy seguro que como mi corazón, el suyo se llenó de placer al descubrir que Atapuerca escondía, como sus semillas, un universo maravilloso por conocer, y que como él con las semillas, los investigadores de Atapuerca le dieron al mundo dos cosas de gran valía: por un lado, su descubrimiento, y por el otro, su vida misma.Chivi57
 
 
Gracias Carlos.
 
Daniel Piñero
 
Diciembre 6, 1999.
Instituto de Ecología,
Universidad Nacional Autónoma de México.
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como citar este artículo

Piñero, Daniel. (2000). Un maestro entusiasta. Ciencias 57, enero-marzo, 14-15. [En línea]

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