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Citlalli López
     
               
               
La ciudad de Tenochtitlan, sede del imperio mexica,
concentró una población de aproximadamente 300000 habitantes y mantuvo una estructura social compleja en la que gobernantes y sacerdotes ocupaban la cúspide y ejercían su superioridad al exterior del valle sobre los pueblos dominados y al interior sobre mercaderes, artesanos, labriegos, sirvientes y esclavos; todos sometidos al sistema político-religioso dominante de los sectores poderosos.
 
Como asentamiento urbano, Tenochtitlan concentró un alto porcentaje de población no agrícola. Su aprovisionamiento a través del mercado y el tributo provenían del campo ya que dependía de los pueblos agrícolas bajo su dominio, obligándolos a cumplir con las exacciones que les imponía. Para los mexicas los lugares sujetos podían conservar su organización local, sus normas, sus tierras y recursos, siempre y cuando cumplieran con la entrega de los tributos asignados.
 
Por medio del tributo entraban a Tenochtitlan una gran cantidad y variedad de bienes, objetos manufacturados y productos de distintas zonas ecológicas, además de alimentos y todo tipo de objetos de uso cotidiano y de lujo: vestidos, mantas y huipiles de algodón, armas, leña, jícaras, tecomates, copal, objetos de cobre, piedras ricas y papel amate. De esta manera el papel, como impuesto extraído a los pueblos dominados, formaba parte de los mecanismos de coerción estatal.
    
Cuando los rollos del papel tributado llegaban a la ciudad éstos se almacenaban y registraban en inventarios, también hechos de papel amate. En la Matrícula de Tributos se anotaba todo lo que recibía Moctezuma II, y ésta, según el trabajo realizado por Lenz a partir de la interpretación de los nombres geográficos, indica que la región del actual estado de Morelos era la que tributaba mayores cantidades de papel. Quauhnahuac, ahora Cuernavaca, contribuía anualmente con 16000 pliegos, lo mismo Huaxtecpec y Amacoztitlán e Itzamatitlán; entre ambos, 480000 hojas de papel al año. Además, se recibían 300000 mantas de fibra de henequén que eran utilizadas como moneda.
  
Otra considerable cantidad de papel, convertida también en largas hojas o biombos, se empleaba para escribir los Tonalámatl o calendarios de las fiestas rituales y los Amoxtli, libros religiosos, además de las relaciones históricas, los mapas y las cronologías. El empleo de libros para diversos asuntos era común en Tenochtitlan, sin embargo, el acceso a éstos era reservado a sacerdotes y gobernantes. Su manejo exclusivo aseguraba la conservación y el control de toda la sabiduría alcanzada contribuyendo así al fortalecimiento de su régimen.
 
De igual manera los conocimientos sobre la escritura y lectura, aunque formaban parte de las enseñanzas del calmecac, eran conocimientos reservados para ejercerse como oficio por los escribanos. Para ser escribano o tlacuiloque, se requería de gran habilidad, el oficio se enseñaba de padres a hijos y el ejercerlo representaba la posesión de un estatus social importante. El tlacuiloque utilizaba pinceles hechos con pelos de conejo o venado, y delineaba previamente las figuras que quería representar pintándolas posteriormente con colores planos.
 
La literatura de los mexicas abarcaba todos los aspectos de la vida, todo el saber acumulado por generaciones: ideas, mitos, rituales, historia, medicina, derecho, poesía.
 
Papel sagrado
 
Cuando el papel amate adquiría un significado mágico-religioso, su función principal era la de honrar a los dioses y participar de esta manera en la preservación del poderío de los gobernantes. La religión dominante imponía una visión común del mundo y ordenaba, por medio de los ritos la existencia de todos. Era una religión abierta que anexaba a su calendario los dioses y ritos de las provincias conquistadas. Los sacerdotes adoptaban los mitos y prácticas de tierras lejanas con el fin de integrar una sola explicación del mundo. Es así que la religión y el calendario se convirtieron en un sistema complejo de creencias que incluía el saber y la expresión de una confederación extensa y diversa.
 
La explicación de los fenómenos naturales era comprensible a través de un caudal de prácticas y concepciones religiosas. El calendario azteca, dividido en 18 meses con sus respectivos dioses, marcaba cientos de ceremonias que variaban de mes en mes. En todas se organizaban grandes celebraciones y sacrificios que vinculaban en una unidad al individuo y a las deidades.
 
En estas celebraciones el papel amate ocupó un lugar sagrado. Emilia Seemann Conzatti, en su trabajo “Usos del papel en el Calendario Ritual Mexica”, realizado a partir de la interpretación del Códice Florentino, el Códice Borbónico y Los Primeros Memoriales de Sahagún, observa que las representaciones del papel amate son constantes, éstas se encuentran presentes en todas las fiestas empleándose para cada una de manera distinta y en diferentes cantidades.
 
El papel se transformó en adornos, ofrendas y atavíos de dioses, sacerdotes y sacrificados. Según lo establecían los sacerdotes, en cada fiesta se utilizaban diferentes calidades de papel; probablemente el papel de maguey, extraído y fabricado en el mismo altiplano, de textura más fibrosa y tosca se destinaba para la preparación de adornos voluminosos y ofrendas cuantiosas que eran destruidas durante el ritual. El papel de corteza también se usó en grandes cantidades pero, los más finos, seguramente se reservaban para pintar los códices y los calendarios.
  
En todas las fiestas empleaban los amatetéuitl, papeles recortados en forma de bandera larga o en forma de trapecio, goteados con ulli, el hule o goma derretido, con el que se decoraban y pintaban los símbolos característicos de cada dios. Los amatetéuitl funcionaban como ornamentos y ofrendas. En el primer mes del año se celebraba la fiesta llamada Cuahuitleua, “el árbol o los árboles se levantan”, o “cuando empiezan a retoñar las plantas”, y se efectuaba como una petición de lluvias en la que, según los Primeros Memoriales, participaba toda la población llevando como ofrenda unos amatetéuitl recortados en forma de estandartes, decorados con color azul y ulli y en la punta del asta una rica plumería.
 
Los tetéuitl, lanzas de caña con decoraciones de papel en la punta, también eran usados con profusión. En la fiesta al dios Tezcatlipoca las hijas de los señores los llevaban en las manos durante las procesiones. En esta misma celebración se sacaba un gran ornamento llamado “papelón” que tenía 20 brazas de largo y 1 braza de ancho, esto es 33 x 1.65 m, con un dedo de grueso. Este papelón era manejado con mucho cuidado; lo cargaban entre varios jóvenes ensamblado en saetas para colocarlo después junto a la imagen del dios Tezcatlipoca, en él se pintaban las proezas de cada año.
 
La indumentaria de los dioses era complicada y exuberante, frecuentemente contenía papel, plumas, metales y diversas piedras preciosas. En la representación del dios Tláloc, (ver figura) según el Códice Borbónico, este aparece sentado dentro de su templo, que se encuentra sobre un cerro, que en su interior tiene un amatetéuitl. Tláloc está enteramente vestido y adornado con papeles pintados y goteados de hule y lleva en su mano derecha un báculo en forma de rayo. El cuerpo y el rostro están pintados de negro, en la parte superior de la cabeza lleva un tocado de plumas de garza y en la nuca un abanico de papel plegado, característico de las deidades del agua, de los montes y de la vegetación.
 
Los sacerdotes, dependiendo de la fiesta, se vestían y adornaban con bragueros, tocados en la cabeza, flores y bandas cruzadas al pecho, todos hechos de papel; además llevaban en la mano un bastón revestido de papeles goteados de hule y una bolsa de piel o de papel para cargar el copal.
 
A los sacrificados los vestían con materiales valiosos: piel de tigre, cascabeles de oro, telas ralas y diferentes adornos de papel. Para la celebración al dios del fuego, Xiuhtecutli, los sacerdotes pintaban de blanco el cuerpo de los sacrificados, además les quitaban banderitas de papel que llevaban en las manos como señal de que iban a ser sentenciados y las quemaban; los vestían con un braguero, con bandas de papel cruzadas al pecho y en la cabeza les colocaban cabellos de tiras delgadas de papel. Como ofrenda a Xiuhtecutli, traían desde un mes antes el tronco de un árbol que llamaban Xócotl, lo clavaban en la plaza y le colocaban en la parte de arriba la estatua del dios hecha con semillas de amaranto, grandes banderas y tiras de papeles blancos, colgados hasta la mitad del árbol. Alrededor de él bailaban niños y hombres tomados de la mano, y al final, cuando terminaba el sacrificio, los muchachos se acercaban para bajar la imagen del dios, desmenuzarla y repartirla entre todos.
 
Como ofrenda y en homenaje a los dioses se ofrecían los papeles en rollos, en hojas, cortados en banderolas o en pedazos más pequeños, untados con copal o con goma de hule, agregándoles un poco de copal, piedras preciosas o el corazón de los sacrificados como regalo y alimento para sus dioses, quienes a su vez darían de comer al pueblo.
 
Papel profanado
 
Esta etapa, de máxima profusión en la historia del papel prehispánico, cambió de rumbo de manera drástica a partir de la llegada de los españoles. Siendo su interés primordial el saqueo de plata y oro y la conversión y adoctrinamiento de estas tierras, el papel perdió su valor como tributo, como objeto de comercio y como elemento sagrado y no sólo padeció su desvalorización total sino que se le consignó como papel prohibido.
 
Los españoles llevaron a cabo una conquista total, arrasando y destruyendo dioses, creencias, instituciones políticas y organización social. Para ellos no existía más que un Estado y una sola religión. Esta destrucción quedó consumada con la quema de los códices que eran finalmente los libros depositarios de la memoria de los mexica: los relatos sobre su origen, los registros de batallas y héroes, los conocimientos acumulados por generaciones; era la interpretación de su historia, la cual tenía que borrarse para construir la nueva historia de conquista.
 
Fray Diego de Landa, Obispo de Yucatán mandó quemar 27 libros históricos de los mayas. Fray Juan de Zumárraga hizo lo mismo con la Biblioteca Real de Texcoco. La destrucción de los códices fue de tal magnitud que Torquemada, franciscano que redactó un trabajo extenso sobre la cultura prehispánica y los nuevos cambios coloniales, escribió lo siguiente: “…aunque por haberse quemado estos libros al principio de la conversión no han quedado para ahora, todo lo que ellos hicieron, y tiempo que poseyeron estas tierras.” (II-544)
 
Los libros de carácter religioso o mágico también fueron destruidos y por consiguiente el papel como elemento ritual, por usarse en un sinnúmero de “ritos extraños y espantosos”, quedó prohibido.
       
Actualmente se conservan aproximadamente 500 códices; de éstos sólo 16 datan de antes de la conquista. La elaboración de los códices post hispánicos, escritos en su mayoría en papel amate, en papel europeo y otros, los menos, en lienzos de algodón y piel, se deben principalmente a la labor de algunos frailes, como Sahagún y De las Casas, quienes se interesaron por describir con todo detalle y de fuentes directas, las costumbres y los conocimientos indígenas. De esta manera se elaboraron, entre otros, el Códice Sierra, el Códice de La Cruz Badiano y el Códice Florentino.
 
Otros códices como la Matrícula de Tributos y el Códice Mendocino fueron mandados a hacer para conocer el sistema y geografía del tributo, las costumbres y las tradiciones. En la Matrícula de Tributos, elaborada en hojas de papel amate, aparecen los pueblos tributarios, la ruta y lugares que recorría un colector de impuestos y los géneros tributados; debajo de cada jeroglífico se escribieron las glosas para aclarar el códice y facilitar su uso a los españoles, quienes desde un principio mostraron gran interés por las provincias tributarias de oro, de cacao y de mantas de algodón.
 
El Códice Mendocino fue hecho en papel europeo por orden del Virrey Antonio de Mendoza y consta de tres partes: la historia de las conquistas mexicas, un registro de los tributos y un informe sobre la vida de éstos.
 
Una vez más, ahora en los principios de la Colonia, el manejo del papel y sus contenidos, información valiosísima para los españoles, representan la ostentación del poder. En esta nueva etapa, los códices y el papel amate, anteriormente conformados como una unidad, se separan definitivamente. Mientras los códices y libros de registro continuaron elaborándose, aunque de manera extraordinaria, por poco tiempo y con otros fines, la fabricación y el uso del papel de amate quedó prohibido por relacionarse básicamente con su valor sagrado y por formar parte medular del sistema económico y político mexica. Éste, en poco tiempo fue desplazado por el “papel oficial” que se traía de Europa y cuyo uso estaba reservado a los encomenderos y gobernantes.
 
A pesar de todo esto, el papel de amate, como lo mencionan los viajeros y primeros exploradores, continuó fabricándose de manera marginal y clandestina en algunos poblados alejados del nuevo centro político colonial.
 
Papel proscrito
 
El Dr. Francisco Hernández estuvo en México de 1570 a 1575, escribió que en el pueblo de Tepoztlán, en cuyos montes abundaba el árbol de amate, vio a unos indígenas fabricando papel. El enviado de Felipe II describió 21 plantas de la familia de los amates o higueras mexicanas, cuyo carácter genérico común, según el mismo botánico, era su condición de materia prima para la fabricación del papel.
 
Los diversos materiales y las especies identificadas por Hernández presuponen su existencia en una heterogeneidad ecológica que corresponde básicamente a las zonas costeras y centrales del país, en los estados de Chiapas, Oaxaca, Guerrero, Michoacán, Veracruz, Tabasco, Yucatán y parte del Valle de México y Morelos, sitios que contaron con abundancia de recursos y que además fueron tributarios de papel a Tenochtitlan.
 
En la vertiente del Golfo, en las barrancas húmedas de las laderas de la mesa central que dan hacia tierras calientes, abundaba el papel purpúreo llamado xalama y el de moral que da un papel blanco tlacoamatl. En la zona tropical seca, en los estados de Oaxaca, Jalisco, Morelos y Michoacán se producía el papel amarillo, sobresaliendo Morelos, tierra caliente de la Cuenca del Balsas, en cuyas márgenes de los ríos y arroyos prospera el amate amarillo amacoztic o también llamado texalamatl, amate de las rocas, por poseer raíces que crecen adheridas a las rocas.
 
Por otro lado en Yucatán, zona tropical subhúmeda, se utilizaron las cortezas fibrosas de los jonotes abundantes en selvas medianas subperennifolias y, hacia el norte de la península, se utilizaron las pencas de henequén de las cuales extraían las fibras de ixtle para confeccionar un tejido fibroso empleado como vestido. En la Mesa Central del país, con un clima templado semiseco, se producía el “metl” o papel de maguey.
 
Mucho tiempo después, en 1924, el Dr. Nicolás León, dio la noticia de que el papel de amate continuaba fabricándose en varios pueblos indígenas remontados en las sierras, en la región donde se unen los estados de Hidalgo, Puebla y Veracruz.
 
Por sus características topográficas, de montañas y colinas escarpadas, ésta ha sido una región de difícil acceso, retirada de los centros de poder y hasta principios de este siglo alejada de las vías de comunicación. Antes y después de la conquista constituyó un territorio de libertad y una zona compleja, receptora de constantes migraciones y de múltiples poblamientos.
 
Cuando los toltecas empezaron a establecer lo que sería su gran ciudad Tollan, se instalaron al norte y noroeste del Valle de Toluca en tierras ocupadas por los otomíes. Estos últimos se vieron obligados a abandonarlas y a desplazarse hacia la zona mas árida del Valle del Mezquital, al oeste del actual estado de Hidalgo. Allí formaron la parte norte de Tollan, y constituyeron la frontera entre el centro tolteca y las tierras ocupadas por los chichimecas nómadas. Esta frontera constituyó un territorio transitorio, marcado por el término e inicio de dos áreas geográficas y de dos modos de vida muy distintos: de lo semiseco a lo desértico, de los pueblos agrícolas del valle a los pueblos cazadores y recolectores nómadas del norte. Los otomíes mantuvieron un contacto cercano con Tollan por formar parte de esta confederación y también con las tribus nómadas del norte con quienes intercambiaban distintos productos y resistían sus frecuentes ataques evitando que entraran al valle.
 
El segundo gran movimiento de población otomí sucede con la caída de Tula, cuando varias tribus se dispersan y los otomíes, que ya habían incursionado en tierras del norte, se desplazan y penetran en los territorios escarpados de las sierras. De esta manera, antes de que los mexicas se apoderaran de varios lugares orientales del país, los otomíes ya se habían establecido en parte de Puebla, Veracruz y oriente del estado de Hidalgo, conformando los llamados asentamientos otomíes serranos que llegaron hasta Huayacocotla en el estado de Veracruz, y que a su vez se integraron en una amplia región multiétnica habitada por tepehuas, huastecos, totonacos, nahuas y otomíes.
 
Los otomíes y demás pueblos que integraban el Señorío de Tutotepec, junto con el vecino Señorío de Meztitlán, fueron de los pocos territorios que lograron conservar su independencia durante la expansión del Imperio Mexica. A mediados del siglo V todos los otomíes del valle vivían bajo la soberanía mexica, excepto los de Tlaxcala y las Sierras, exentos de los tributos a cambio de sus servicios militares en defensa de los límites de la confederación que constantemente era atacada por los grupos chichimecas.
 
A la llegada de los españoles, los otomíes de la Sierra Oriental eran autónomos y mantenían una libertad casi absoluta; los españoles heredaron los problemas de resistencia y oposición y los obstáculos geográficos para dominarlos. Pasaron muchos años antes de que lograran controlar la región y pudieran establecer las primeras parroquias. Ante la evangelización, los otomíes mostraron una resistencia tenaz, conservaron sus dioses, sus fiestas y sus creencias arraigadas fuertemente en su religión, a través de la cual también se continúa entretejiendo la historia del papel de amate.

Cuando formaron parte de Tollan, veneraron a las deidades toltecas pero también a sus propios dioses del Sol, del Viento y de la Tierra. A la Madre Vieja y al Padre Viejo: a la Pareja Divina y a otros dioses menores, el dios del Fuego, el dios de la Vegetación y la deidad de la Muerte. Les ofrecían ceremonias, sacrificios y sahumerios de copal y de frutos. En estas participaban los tlaciuhque, sacerdotes-adivinos que poseían un poder oculto, y cuya reputación, como dice Galinier, de adivinos y practicantes de la brujería hizo que los otomíes fueran temidos por sus vecinos.
 
Las migraciones hacia la Sierra continuaron durante todo el siglo XVI y los primeros años de la Colonia, generándose una separación definitiva entre los otomíes de la Sierra y los del Valle. Sus costumbres, lengua, calendarios festivos y dioses los llevaron consigo. De hecho, Emilia Seemann encuentra en la actualidad ciertas similitudes entre los ritos que realizan los otomíes de San Pablito y los ritos prehispánicos que celebraba este mismo grupo en su hábitat semidesértico. La persistencia de las creencias antiguas, el aislamiento geográfico de la Sierra y su difícil acceso, dificultó y condicionó la obra de los primeros evangelizadores.
 
En tanto que, entre los otomíes del altiplano, el adoctrinamiento se realizó de manera relativamente pacífica, a través de la labor de frailes franciscanos y agustinos, en la Sierra resultó tarea ardua y lenta. Los misioneros encontraron fuerte resistencia y un sistema de creencias muy complejo y arraigado. En el siglo XVII los misioneros describen en sus relaciones los ritos y creencias de la población de Tutotepec como totalmente “paganos”. Incluso los mismos misioneros, con el fin de evitar las duras represiones de las autoridades, dieron su anuencia para que los “nativos” continuaran realizando sus fiestas, pidiendo sólo que los sacrificios humanos se sustituyeran por los de animales.
     
Fue así que los otomíes conservaron sus antiguas concepciones mágico-religiosas y adoptaron las nuevas creencias e imágenes católicas, resultando un sincretismo que dio cabida a la brujería y a las prácticas ancestrales.
 
Durante la Colonia fueron frecuentes las acusaciones levantadas ante el Juzgado de Pahuatlán contra los brujos de San Pablito por daños materiales, físicos y causas criminales. Como prueba de ello, los injuriados mostraban los papeles que los representaban, recortados y clavados con espinas o alfileres.
 
De esta manera, siendo la brujería una práctica secreta y clandestina, la prohibición de fabricar y emplear papel de amate, no interrumpió la labor de los brujos, ni el uso que hacían de los papeles mágicos.
 
Los brujos llamados “badi” o “bati” que significa “el que sabe”, poseen el conocimiento de las fuerzas y alteraciones sociales, cósmicas y mentales, mantienen una relación íntima con el mundo natural, y tienen, por lo tanto, el poder para curar y también para destruir. Son los conciliadores entre los hombres, los dioses y los espíritus que los rodean y, a través de las curaciones llamadas “costumbre”, restablecen su armonía o interceden mediante prácticas ocultas, para perpetrar el desequilibrio.
 
Las enfermedades son causadas por sustos, caídas, malos aires, espíritus difuntos, falta de respeto a las creencias comunales, olvido de realizar ritos a la tierra o a la casa. En suma, son el castigo por desobedecer a las normas de las tradiciones o la consecuencia de conflictos (envidias, problemas de tenencia de la tierra, etcétera). Sólo el brujo-curandero tiene el poder de intervenir en lo sobrenatural para solicitar el perdón y restablecer la salud del cuerpo enfermo cuya potencia, encontrándose en la naturaleza, está permanentemente sometida a las influencias de la tierra, el agua y el monte, Fuerzas con las que el brujo, durante las acciones rituales, establece un vínculo simbólico mediante las palabras sagradas, las ofrendas y el papel recortado con el que las representa.
 
En “el costumbre” se utilizan plantas, aves, cigarros, ceras, refino, copal, papel de china de diferentes colores y papel amate. Las hojas de papel amate adquieren valor cuando el brujo o curandero las recorta para representar en figuras zoomorfas o antropomorfas las deidades o espíritus que invoca en sus rituales. Las figuras recortadas con papel oscuro representan a los malos espíritus, se les llama diablos y se relacionan con la muerte. Las figuras de papel blanco se usan para invocar protección, generalmente son benéficas y se les relaciona con los principios de la fecundidad. El papel adquiere un gran valor y fuerza mágica que el brujo le confiere a través de la palabra sagrada para establecer por medio de éste un vínculo simbólico.
 
Los recortes en papel de corteza clara, salpicados de aguardiente e impregnados de tabaco dan protección y poder para resistir a las fuerzas negativas. También se hacen las figuras que representan los espíritus de las semillas de las plantas de café, plátano, maíz y otros productos vegetales a las que se les efectúa una ceremonia de invocación para que produzcan una buena cosecha. En este caso los colores del papel corresponden con los del producto.
 
La actividad agrícola mantiene a los otomíes en una relación estrecha con el mundo natural; por ejemplo, en cada etapa del cultivo de maíz se realizan las fiestas a los santos del calendario católico y se llevan a cabo los ritos agrícolas. En estos actos agrícolas y en los de curación, el papel de amate cumple un lugar importante en el ciclo productivo y ritual de los otomíes.
 
El papel amate entró en una nueva fase a partir de los años sesenta, cuando los otomíes empezaron a comercializar las hojas de este papel y, casi inmediatamente, los nahuas de Guerrero las adoptaron para pintarlas y a su vez venderlas.
 
En la actualidad, a pesar de que la comercialización ha provocado profundas modificaciones en la organización de la vida cotidiana, en las relaciones sociales y familiares y en la manera de relacionarse con su entorno natural, los otomíes continúan venerando a la tierra. Se le ofrenda y se le pide permiso para sembrar en ella, después se recogen sus frutos. Continúan manteniendo una relación estrecha con la naturaleza pero lo que se obtiene de ella ya no es suficiente, los ingresos por la venta de papel ya no son sólo complementarios, ahora constituyen la fuente esencial para la subsistencia.
 
El lugar del brujo en San Pablito también se reformuló, ya que las prácticas de brujería fueron severamente sancionadas y acosadas, principalmente por los mestizos de Pahautlán y de otros pueblos vecinos que, ante el acaparamiento arbitrario de las tierras y los conflictos que surgieron entre ellos y los indígenas, temían que se les causara daño o hasta la muerte a través de la brujería. Por otro lado, a partir de las fuertes epidemias sufridas a principios de siglo, los indígenas fueron perdiendo fe en sus tratamientos y prácticas curativas. El reconocimiento de la comunidad hacia los brujos disminuyó, quedando restringido a sus facultades curativas basadas en el uso de plantas, pero su presencia, sus conocimientos y poderes fueron y siguen siendo determinantes para los otomíes, sin ellos el orden del mundo y la comunicación con los dioses y los espíritus se perdería.
 
Para los otomíes lo que le da una connotación sagrada al papel amate o a cualquier otro tipo de papel es el recorte efectuado por los brujos y curanderos; este conocimiento anteriormente reservado se ha generalizado convirtiéndose en una práctica pública con fines comerciales. Ahora al papel de amate se le atribuyen dos valores diferentes: uno, simbólico-curativo cuando lo corta el brujo y el otro comercial cuando lo corta cualquier gente para venderlo. Los consejos y decisiones del brujo continúan siendo importantes y su función como intermediaros entre los seres protectores y los hombres aún persiste. Y el papel amate como mediación simbólica de esta comunicación, tampoco ha perdido su valor ritual.
 
Los resultados que aquí se presentan constituyen un producto parcial del estudio: “El amate: aprovechamiento potencial de un recurso forestal”, financiado durante el año pasado por la Secretaría de Desarrollo Agropecuario y Pesquero (SEDAP) del gobierno del estado de Veracruz-Llave.
 
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Referencias Bibliográficas
 
Florescano, E. (coord.) 1983, Atlas Histórico de México, México, Cultura SEP-Siglo XXI.
Galinier, J. 1987, Pueblos de la Sierra Madre. Etnografía de la comunidad otomí, México, Instituto Nacional Indigenista, Centre D’Etudes Mexicaines et Centraméricaines, (Colección INI, no. 7).
Lenz, H., El papel indígena mexicano, 1973, México, Secretaría de Educación Pública, Sep-Setentas No. 65.
Rojas, J. L. de. 1988, México Tenochtitlan. Economía y sociedad en el siglo XVI, México, Fondo de Cultura Económica, El Colegio de Michoacán, (Sección Obras de Historia).
Sahagún, Fray Bernardino de. 1975, Historia General de las Cosas de la Nueva España, México, Editorial Porrúa, (Colección Sepan Cuantos).
Seemann, C., E, 1990, Usos del papel en el Calendario Ritual Mexica, México, Instituto Nacional de Antropología e Historia, (Serie Etnohistoria no. 207).
Torquemada, Fray Juan de, 1976, Monarquía Indiana, México, UNAM.
 
 
 
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Citlalli López      
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cómo citar este artículo
López, Citlalli. 1992. El papel amate. Sagrado, profano, proscrito. Ciencias, núm. 28, octubre-diciembre, pp. 31-36. [En línea].
     

 

 

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