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Sólo cuestión de rutina
 

 
César León
   
   
     
                     

La tripulación, en su mayoría biólogos marinos y     oceanógrafos, muestreaban la zona con el propósito de esclarecer el gran enigma que, en días pasados, consternara a media humanidad.                 

De acuerdo al más reciente informe publicado por el Departamento de Fauna Marina de la Universidad de Antuana, en cierta parte del Océano Antártico habitaban unos extraños cetáceos que, al parecer, eran las criaturas más inteligentes del planeta conocidas hasta entonces. Dotadas de una inteligencia por mucho superior, incluso, a la de cualquier ser humano.                

La noticia no tardó en darse a conocer en todo el mundo, despertando las polémicas más escandalosas nunca antes vistas, desde las ocasionadas por Darwin, claro está.                 

Las demandas no se hicieron esperar. Las hubo de todos los olores, colores y sabores. Contra éstos, aquellos y contra todos. Por esos días, nadie parecía estar a salvo.                      

Conforme transcurría el tiempo la situación se tornaba insoportable. Los medios de comunicación le adjudicaban a diferentes grupos y organizaciones el terrible atentado. Primero, muchos coincidieron que todo era obra de las comunistas, quienes seguramente buscaban, con tan absurdas ideas, desestabilizar a los gobiernos imperialistas y a los nazis. Después se pensó que los países del sur, con la finalidad de incrementar el turismo hacia aquellas regiones, habían ideado todo. Aún así, existían sospechas en contra de australianos, japoneses, chilenos y estadounidenses. En repetidas ocasiones, se llegó a culpar también a la Sociedad Protectora de Animales, a infinidad de grupos ecologistas y a la Asociación de la Fauna Silvestre.             

Más tarde, y como medida de seguridad, todos los evolucionistas y biólogos fueron fichados, interrogados y amenazados de muerte si se les sorprendía apoyando tan descabellada posición. Hubo que adoptar medidas drásticas capaces de resguardar la seguridad mundial.

Por petición de las naciones, la Organización Mundial de la Salud pronto tomó cartas en el asunto y, después de investigar minuciosamente los antecedentes políticos de miles de especialistas en el tema, asignó a un grupo de eminentes científicos denominados “Neutrales”, para que fueran a inspeccionar la zona y, mediante investigaciones, complicados experimentos y pruebas, resolvieran el escandaloso enigma.

Un mes más tarde, se supo que los “Neutrales” habían localizado a las singulares criaturas y que comenzaban los estudios.                  

Auxiliados por los más avanzados equipos de video y captación sonora, los investigadores pudieron comprobar la compleja organización social de aquellos animales. De acuerdo a sus observaciones, era evidente que poseían un elaborado lenguaje, pues eran capaces de comunicarse con cualquier miembro de la manada. Además pudieron descubrir que cada individuo tenía su propio nombre y una actividad bien definida dentro de la comunidad.                      

Conforme progresaban las investigaciones, se supo que la especie había adoptado nuevos términos para designar a las cámaras de video, los equipos de sonido y todo cuanto era sumergido en el océano; incluidos los diferentes buzos, quienes también habían sido bautizados por aquellas criaturas. Dos semanas más tarde, los cetáceos hacían todo lo posible por comunicarse con la especie humana.                   

Sorprendidos  ante aquellas irrefutables muestras de inteligencia, los científicos intentaron dar a conocer la gran noticia. Fueron detenidos. De acuerdo a lo pactado, toda información debería ser comunicada una vez concluidos los experimentos.                 

Para los especialistas una cosa era evidente. Aquellos animales también se dedicaban a estudiar a los humanos; su comportamiento, sus debilidades y limitaciones, la eficiencia de sus equipos electrónicos. Todo estaba siendo minuciosamente aprendido y evaluado por los inteligentes catodontes.                        

Durante el tiempo que llevaban conviviendo con ellos, la tripulación había notado interesantes cambios en el comportamiento de la manada. Nunca consiguieron capturar a un ejemplar, en cuanto lo intentaban, éstos se sumergían en las profundidades y la ecosonda los perdía después de la isoterma de los diez grados. Al parecer, habían aprendido a evadir el sofisticado sistema de rastreo.                       

En alguna ocasión, uno de los especialistas comentó que a ese paso, los cetáceos acabarían por aprender a leer y escribir mucho mejor que cualquier estudiante de bachillerato. La hipótesis provocó enromes carcajadas hasta en los investigadores más serios y reservados. No obstante, una noche, una de las computadoras comenzó a captar mensajes en clave “morse”.                   

En cuanto fue localizada la fuente, quedó claro que se trataba de aquellas criaturas.                      

Aún incrédulos y desconcertados, no dejaban de mirar la gran pantalla. El codificador empezaba a convertir sonidos en palabras, en frases, en una prosa nunca antes revelada. Amena, sutil. Aquel era un momento histórico. El gran sueño estaba a punto de cumplirse. El hombre podría comunicarse en breve con otra especie del planeta que, cabría esperar resultaría ser mucho más inteligente.                 

En cuanto la noticia llegó al seno del Comité de las Naciones del Mundo y al de la Organización Mundial de la Salud, ambos coincidieran en cancelar de inmediato el proyecto. Ante todo estaba la seguridad mundial.                        

Fue ordenado el traslado a tierra de la tripulación, los científicos fueron acusados de terroristas y de espías, encontrándoseles más tarde —según lo anunció la prensa— drogas y demás estupefacientes, además por supuesto, de armas de alto poder y documentos altamente comprometedores, por lo que fueron trasladados a misteriosas penitenciarias, bajo los cargos de enemigos de la humanidad, charlatanes y criminales compulsivos de alto riesgo.                  

Por aquellos días el mundo entero experimentaba grandes tensiones. Hubo mítines, marchas e intentos de golpe de estado en casi todos lados. Grupos que apoyaban a los científicos detenidos y otros que pedían se les condenara. Como siempre, los ejércitos cumplieron celosamente su deber. Y en cuanto apareció el informe de la Organización Mundial de la Salud, la humanidad, en su gran mayoría, pudo librarse del molesto enigma y volver a la tranquilidad de antes.                        

De acuerdo al comunicado, el supuesto caso de los “cetáceos suprasapiens” no venía a ser otra cosa que una simple y vulgar falsa alarma; ya que después de un sinnúmero de pruebas y minuciosos estudios, se había logrado comprobar que éstos no tenían ni un pelo de inteligencia, y una vez más, la sapiencia venía a ser una cualidad única y exclusiva de los seres humanos.                        

Nuevamente, todos los incrédulos fueron perseguidos y encarcelados. A la mañana siguiente, una flota entera de barcos y submarinos militares que transitaban las gélidas aguas del Océano Antártico, dijeron a la prensa tan sólo andar realizando algunas pruebas nucleares sin importancia en aquella región. Nada especial —recalcaron— ¡sólo cuestión de rutina!

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Para el Dr. Anelio Aguayo.

     
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César León
Alumno de Maestría, Instituto de Ciencias del Mar y Limnología, UNAM.
     
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