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Tercer Mundo: sinónimo de incompetencia
Antonio R. Cabral
y Arnoldo Kraus
 
 
 
                     
La publicación de los resultados es uno de los aspectos
más importantes del quehacer científico, hecho nada trivial, pues de ella depende que los interesados se enteren de lo que el investigador hace; la divulgación de los hallazgos científicos es también invitación a que otros los reproduzcan o, según sea el caso, que los pongan en práctica o los refuten. Por razones que podrían ser fácilmente motivo de otro texto, los científicos dedicados a la investigación biomédica, que es la que mejor conocemos, están obligados, les guste o no, a publicar los resultados de sus investigaciones en revistas "indexadas", esto es, incluidas en la primera y más grande base de datos del mundo. La mayoría de estas publicaciones están escritas en inglés. En el número de agosto de 1995, la famosa revista Scientific American publicó el ensayo "Lost Science in the Third World" (Ciencia perdida en el Tercer Mundo), en él se vierten las opiniones de diversos científicos del Primer y Tercer Mundos en cuanto a los embrollos y avatares que sigue el desarrollo de la ciencia en países como el nuestro, menos ricos y afortunados, y de las vicisitudes de los científicos para publicar sus resultados1. Sobresalen las opiniones del doctor Luis Benítez Bribiesca, quien narra sus experiencias como editor en nuestro país, así como sus dificultades para publicar artículos desde México, contrariamente a la relativa facilidad con que lo hacía cuando radicaba en el extranjero. La conclusión que se desprende de lo dicho por Benítez Bribiesca es triste: realizar investigación de avanzada en países pobres es muy complejo y su publicación en revistas extranjeras depende, en buena medida, de la dirección del remitente.
 
Si bien este polarizado y deshumanizado mundo obliga a aceptar que para muchos el desprecio por los pobres, por otras razas y otros países es la norma, es difícil entender que los editores en jefe de prestigiosas revistas científicas expresen, sin ambages, opiniones que se prestan a más de una lectura. Jerome P. Kassirer, editor del New England Journal of Medicine, después de descalificar y despreciar la propuesta de colegas ingleses de colaborar con los editores de revistas del Tercer Mundo comentó: "los países en vías de desarrollo deberían recibir orientación sobre nutrición e inmunizaciones antes de recibir consejos sobre la edición de textos médicos. Los países pobres deberían preocuparse por esas cosas en vez de hacer investigación de alta calidad". Y remata: "Ahí no hay ciencia". Igualmente, Floyd E. Bloom, editor de la revista Science dice: "Si te das cuenta de que esta gente comete múltiples errores al deletrear, en su sintaxis y semántica, preocúpate de si cuando hacían su ciencia no cometieron los mismos errores de falta de atención" (el subrayado es nuestro).
 
Tales son las ideas de dos prestigiosos científicos estadounidenses que, al ser editores en jefe, seguramente reflejan las inclinaciones y políticas de las revistas que representan. Sin duda, son opiniones que surgen de su débil naturaleza humana y no de su parecer científico. ¿Qué otra lectura debemos hacer de los pareceres de tan distinguidas personas?
 
Concordamos con Kassirer en que los países pobres tienen mucho de qué ocuparse y preocuparse, pero en gran medida la ciencia ya ha hecho su parte, por ejemplo en las enfermedades transmisibles y en la desnutrición; corresponde entonces a los gobiernos modificar las condiciones sociales de sus gobernados para que esos problemas dejen de serlo. A su propio ritmo y desde sus propias trincheras, científicos y no científicos, como entes sociales, también tienen la gran responsabilidad de trabajar para mejorar las condiciones de vida de todos. Sin embargo, los países del Primer Mundo, incluyendo los Estados Unidos de América desde luego, también tienen sus propios problemas sociales, algunos profundamente arraigados: adolescentes embarazadas, pobreza, analfabetismo, desempleo, indigencia, acceso desigual a la educación, financiamiento de guerras y discriminación racial, aun en medicina, sólo por enumerar algunos2. Con todo, la mayoría de los investigadores de países pobres y ricos hacen su ciencia no con esperanzas utilitarias sino movidos por sus objetivos primarios: buscar la verdad, mejorar el conocimiento de la naturaleza e incrementar la calidad de la vida. Artículos recientes en Science ilustran claramente estos puntos.
 
Para hacer su trabajo, los científicos del Tercer Mundo enfrentan muchos desafíos, dos de los cuales fueron claramente expuestos en el artículo citado1: prejuicios y magro apoyo financiero. Otro es la barrera del idioma. En 1492, Antonio de Nebrija anotó en el prólogo de su Gramática castellana: "siempre la lengua fue compañera del imperio". De acuerdo con esto, el inglés es el idioma de la ciencia sólo porque se habla en el mayor imperio científico del mundo moderno: Estados Unidos de América. La existencia de un instrumento universal de comunicación científica es afortunada y benéfica para la propia ciencia. Al eliminar las diversidades lingüísticas, esta especie de esperanto científico promueve el intercambio de información y contribuye al progreso de la ciencia misma. A final de cuentas, quien sale ganando es la humanidad toda. Los límites de mi lenguaje, dice Wittgenstein, son los límites de mi mundo. A pesar de esto, Mr. Bloom debería recordar que así como los mexicanos sentimos, amamos, soñamos y construimos nuestras vidas y nuestra nación en castellano, los científicos no angloparlantes, hacen y viven su ciencia precisamente en su idioma materno, no en el de Shakespeare. Con el debido respeto y admiración a Chargaff, Medawar, Thomas, Sacks y otros científicos-escritores que han elevado la prosa científica en inglés a niveles casi poéticos, y con el perdón de nuestros amigos y colegas norteamericanos, para nosotros el inglés es sólo un instrumento de trabajo, igual que las columnas de cromatografía, los lectores de ELISA, el sintetizador de adn o una prueba de correlación de Pearson. Tal vez a Bloom le convendría leer a Oscar Wilde: "We have really everything in common with America nowadays, except, of course, language".
 
Es lamentable que personajes tan connotados e influyentes de la vida científica estadounidense expresen opiniones tan simples y ligeras. Odiosas son las comparaciones, pero en cierta forma recuerdan el pensar de la comunidad médica en Alemania y Austria durante el régimen nazi. Una sociedad sin investigación científica, como la pide Kassirer, está condenada a depender de otras para su crecimiento y desarrollo. Es decir, un país sin investigación automáticamente renuncia a su proyecto de nación y a sus ideales de libertad y autonomía. Estas son características que no dependen del Producto Interno Bruto sino más bien de los valores éticos y morales de su gente. Por ello hacemos ciencia y continuaremos haciéndola, a pesar de los desafíos y obstáculos a los que cotidianamente nos enfrentamos. Por fortuna, los científicos del Tercer Mundo no están solos en su intento: en su favor están el sentido común, la dedicación, el estudio disciplinado, los trabajos en colaboración y la creatividad.
 
Nota
Ideas de (algunos) científicos estadounidenses.
 
articulos
 
Referencias Bibliográficas
 
Gibbs W.W. 1995. "Lost science in the Third World", en Scientific American 273:76-83.
Pappas, G., S. Queen, W. Hadden, G. Fisher. 1995. "The increasing disaparity in mortality between socioeconomic groups in the United States, 1960 and 1986". en N. Engl. J. Med. 329:103-109.
"Points of light in Latin America", en Science 267:807-828, 1995.
     
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Antonio R. Cabral y Arnoldo Kraus
Instituto Nacional de la Nutrición, "Salvador Zubirán" 
     
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como citar este artículo
 
Cabral R., Antonio y Kraus, Arnoldo. 1995. Tercer mundo: sinónimo de incompetencia. Ciencias, núm. 40, octubre-diciembre, pp. 46-47. [En línea].
     

 

 

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