revista de cultura científica FACULTAD DE CIENCIAS, UNIVERSIDAD NACIONAL AUTÓNOMA DE MÉXICO
Busca ampliar la cultura científica de la población, difundir información y hacer de la ciencia
un instrumento para el análisis de la realidad, con diversos puntos de vista desde la ciencia.
Entrada124A02   menu2
índice 124
siguiente
anterior
PDF
 
     
Alan Heiblum Robles
     
               
               
Se suele aceptar que una imagen vale más que mil palabras
sin reparar que di­cha afirmación no se presenta con imá­genes sino con palabras. Bajo ar­di­des semejantes, las imágenes han sido rebajadas en múltiples ocasiones a un segundo plano donde fungen como me­ras acompañantes de texto, limitan­do sus funciones —en el mejor de los casos— a las de didáctica, como ayu­dan­tes en la comprensión de la lectura, algo que ocurre frecuentemente en los textos científicos, en particular aque­llos de divulgación. Hay un caso famoso, el de un grabado publicado por el as­tró­no­mo francés Camille Flammarion, el cual ha sido utilizado en nume­rosas ocasiones como un mero adorno sin pres­tar atención a su intrincado dis­cur­so visual y origen.
 
No sabemos la fecha ni la identidad del autor, ni siquiera el lugar en donde fue creado este fascinante grabado. Fue­ra de la nube de rumores que lo en­vuel­ve, el registro más antiguo con que con­tamos es su publicación en 1888 por Flammarion en la tercera edición de su voluminoso texto de ochocientas pági­nas La atmósfera: meteorología popular —razón por la cual se le conoce como el grabado Flammarion. La ima­gen se en­cuentra en el libro doce (“Los fenó­me­nos ópticos del aire”), en la pá­gi­na 163 del capítulo uno, cuyo título es “El día”, en el subcapítulo “La forma del cie­lo–La luz”. En la inscripción de la ima­gen se lee: “Un misionero de la edad me­dia había encontrado el punto don­de el cielo y la Tierra se tocan”.
 
Meteorología popular es un largo tra­tado que, bajo la consigna de que es la atmósfera la que organiza la vida, in­ten­ta agotar sus distintos aspectos: su composición química, sus propiedades físicas, sus ocasionales inclemencias para los viajeros aeronáuticos, etcétera. El libro reúne decenas de hermosas ilustraciones de múltiples estilos. Mu­chas de ellas cuentan con firma, otras más quedaron desprovistas de sus debidos créditos. Entre estas últimas luce el grabado que aquí nos convoca, cuyo estilo no es compartido por ningu­na otra de las ilustraciones; la calidad de la línea, su marco, la forma de relleno son visiblemente diferentes del resto. Una página antes de la ilustración, Flammarion escribió: “Un ingenuo mi­sionero de la edad media contó que, en uno de sus viajes en búsqueda del paraíso terrestre, alcanzó el horizonte don­de el cielo y la Tierra se tocan, y que encontró un punto donde éstos no estaban soldados, por el que pasó los hombros flexionados bajo la cubier­ta de los cielos... ¡Pero esa bella bóveda no existe! Ya me elevo en un globo ae­rostático más alto que el Olimpo griego, sin nunca llegar a tocar esa carpa que se fuga de aquellos que la persiguen, como las manzanas de Tántalo”.
 
Flammarion, haciendo gala de cier­tos típicos prejuicios decimonónicos (que incluyen un desprecio al Medio­evo como una época oscura e ignoran­te y una complacencia al conocimien­to natural de los antiguos griegos como primeros destellos de un conocimien­to protocientífico), considera que antes de Copérnico, cuando se hablaba de las esferas celestes, incluida la atmósfera, se pensaba estrictamente en esferas duras, materiales y cristalinas. De cara a una historia o filosofía de la ciencia ri­gurosa, una afirmación así de sim­plis­ta tiene muy poco interés y puede ser tildada de anacrónica. No hay sen­ten­cias fáciles que puedan resumir a caba­lidad el pensamiento a través del tiem­po. Así, en general, los li­bros de Flam­marion tienen múltiples bondades pero su profundidad no es una de ellas, y es que el astrónomo es­taba mucho más interesado en impac­tar a su público con datos científicos que en efectuar un recuento histórico cuidadoso o un escrutinio detallado de los argumentos en juego.
 
¿Quién fue Flammarion?
 
Antes de proseguir con el análisis del grabado me parece pertinente mostrar un poco más quién fue Flammarion. Astrónomo, escritor de ciencia ficción, místico, asiduo al espiritismo y a la hip­nosis, Camille Flammarion arrancó su carrera como divulgador de la ciencia con el pie derecho. Su primer libro, La pluralidad de los mundos habitados, pu­blicado en 1862, fue todo un éxito. Como su título lo indica, el libro está de­dicado a explorar las posibles formas de vida fuera de la Tierra. Este tema fue uno de sus favoritos y más re­cu­rren­tes.
 
Flammarion afirmaba tanto la exis­tencia de la vida extraterrestre como la transmigración de las almas. En Relatos del infinito (1872) y en La astronomía popular (1880) —que fue su libro más ce­lebrado— juntó ambas ideas en una serie de cuentos donde las almas reen­carnan en alienígenas no antropomor­fos de otros mundos.
 
Una anécdota de lo más interesan­te se tiene en la primera copia de su Tie­rras del cielo (1882). El ejemplar lleva inscrito en letras de oro: “Cumpli­mien­to piadoso de un deseo anónimo / en­cua­dernación en piel humana (mujer)”. La historia va así. Resulta que había una condesa enamorada de Flammarion que cuando supo que no sob­re­viviría la tuberculosis que la aque­ja­ba hizo ju­rar a su medico que le lleva­ría su piel al autor que tanto amaba. La sor­presa no termina ahí, para colmo la condesa había hecho tatuarse el rostro de Flammarion en la espalda, así que cuan­do Fla­mmarion encuadernó su nue­vo li­bro, contó además con su ros­tro en la contraportada. No obstante, esto no es tan extraño como aparenta, la biblio­pe­gia antropodérmica fue una prác­ti­ca co­mún desde el siglo xvii. Así, por ejem­plo, pueden encontrarse dos copias de la constitución francesa (17891793) fo­rradas en cuero humano.
 
Flammarion entonces fue un ce­le­bre autor que publicaba principal­men­te en la editorial de su familia. Tuvo con­tacto con múltiples ilustradores y él mismo hizo de ella uno de sus ofi­cios. Lamentablemente no nos dejó más información respecto del graba­do que posteriormente recibiera su nom­bre. A lo largo del tiempo, el famoso gra­bado ha sido interpretado de dis­tintas maneras. En 1958 el psicoanalis­ta C. G. Jung ofreció una de tantas. En su opinión el tema central de la imagen es la iluminación según los rosacruces, el personaje es un peregrino es­piritual y lo que observa son proyec­ciones del mundo interior.
 
La primera interpretación de la que se tiene registro es justamente la de 1888 de Flammarion ya citada. ¿Fue él el autor de dicho grabado? Es la opinión de algunos. Mas no es la mía, por dos razones. La primera: Flammarion apro­vecha poco o nada la potencia del gra­bado, ignora su tema cosmológico cen­tral y evade su simbolismo (un im­portante ejemplo de ello es la figura que aparece en la esquina superior iz­quier­da: se trata de la doble rueda de las vi­siones del profeta Ezequiel). La segunda: en la revista Science et Vie (nú­mero 22 especial) de 1952 existe una versión del grabado que parece ser in­depen­dien­te del publicado por Flammarion.
 
De imágenes a palabras y viceversa
 
Cuando se trata de interpretar una obra visual es importante recorrer el cami­no que va de las imágenes a las palabras pero también el camino de vuelta. Se conoce como écfrasis a la “traducción” en palabras de una imagen. Se tra­ta de una descripción que debe ser precisa y detallada aun cuando la ima­gen no exista. El ejemplo más famoso es la sugerente descripción del escudo de Aquiles que Homero ofrece en la Ilía­da. El caso reverso a la écfrasis, par­tir de un texto y arribar a una imagen precisa y detallada, es un proceso que no cuenta con un nombre específico. Se podría decir que en tanto imaginar es crear imágenes, “imaginación” sería entonces la palabra correcta. Pero no lo es, desde hace milenios la palabra “ima­ginación” ha sido reservada para usos más amplios. Tampoco “ilustrar” termina de ser una solución afortu­na­da, pues no hemos logrado del todo com­batir el prejuicio que hace de las ilustraciones ornamentos o acompañantes del texto.
 
Haciendo a un lado el término con el que se describa dicha metamorfosis que va de palabras a imágenes, es claro que el concepto inunda la pintura, y aunque un ejemplo obvio son los fa­mo­sos dibujos policiales, donde el ne­buloso retrato hablado de un descono­cido se vierte en un identificable ros­tro de carboncillo. Otro ejemplo bien pudiera ser, justamente, el grabado que es­tamos escudriñando.
 
La interpretación que aquí ofrezco es que el grabado Flammarion no es sino la puesta en imagen del argumen­to cosmológico de Arquitas de Tarento, formulado entre los siglos v y iv a.C., el cual nos llegó gracias a Eudemo, casi contemporáneo de Arquitas, y Simpli­cio, un comentarista de la obra de Aris­tóteles que vivió en el siglo v d.C., bajo la siguiente forma: si el Universo fuera finito tendría un límite; pero situado frente al límite, un viajero siempre po­dría extender su mano o bastón exten­diendo a su vez el límite. Frente al nue­vo límite podría repetir la operación. La conclusión es que el Universo es in­finito en potencia. Ahora bien según Ar­quitas lo que es eterno no conoce di­ferencia entre acto y potencia, y como el Universo es eterno, entonces es infinito. No hace falta insistir mucho para reconocer que el grabado es una ilus­tra­ción de este elegante argumento. Allí está el límite de los cielos, están el viajero, la mano y su bastón.
 
El argumento cosmológico de Arquitas es elegante y contundente, pero no convenció a sus contemporáneos. Desde el punto de vista de Aristóteles, el argumento sencillamente no funcio­na. Para El Estagirita las cosas están lo­calizadas, es decir, como no pueden es­tar en sí mismas, están en algo más: así la Tierra está en el agua, el agua en el aire, el aire en el éter, el éter en el cielo, pero el cielo no está en ningún lugar por­que no hay ninguna otra cosa que lo contenga. Según Aristóteles, el viaje­ro, en tanto compuesto de los diferen­tes elementos, ni siquiera podría alcan­zar los cielos y, aun suponiendo que lo hiciera, no podría rebasar su límite, pues más allá de los cielos simplemen­te no hay lugar.
 
El argumento de Arquitas también falla desde el punto de vista moderno. El problema está en la primera línea. No es cierto que lo finito es necesaria­mente limitado. Por ejemplo, la su­per­fi­cie de una esfera puede recorrerse de manera indefinida sin impedimen­to alguno y es, por tanto, finita pero ili­mi­tada.
 
Arquitas de Tarento
 
Hace más de dos mil años, disfrazado bajo un manto de bucólica fertilidad se escondía un furioso volcán. El 24 de agosto del año 79 de nuestra era, la erup­ción del Vesubio sepultó las ciu­da­des de Pompeya y Herculano. Nu­me­ro­sas personas perecieron, entre ellas el famoso historiador Plinio el Vie­jo, quien había acudido a las faldas del mon­te preso de curiosidad, sin saber que se dirigía a su tumba. Durante los siglos posteriores nunca más se supo de estas ciudades y, cuando ya parecían más leyenda que sitios históricos, en 1720 el príncipe d’Elbeuf desenterró, accidentalmente mientras busca­ba mármol, los restos de Herculano. En­tre las esculturas que fueron halla­das se encuentra un busto en bronce oscu­ro, conservado hoy día en el Museo Ar­que­ológico Nacional de Nápoles; se trata de la imagen de Arquitas de Ta­rento.
 
De Arquitas sabemos muy poco, te­nemos una única imagen y ninguna obra completa. Se trata de un perso­na­je mucho menos conocido y reco­no­ci­do que Platón y Aristóteles —sus contem­poráneos— pero no menos tras­cendente. Diógenes nos cuenta que hay otros tres Arquitas que no deben ser con­fundidos: un músico de Mitilene, Grecia; un poeta epigramático —“¿Qué es un epigrama? Un todo ena­no, cuer­po breve, alma aguda”; y el autor de un libro de agricultura.
 
Aun así, lo primero que uno advier­te es que nuestro Arquitas fue tan pro­lífico como multifacético, pues también fue músico y escribió acerca de la armonía y las cualidades del sonido; no­tablemente fue uno de los primeros en sentenciar que la música tenía una gra­mática. No fue poeta pero fue recono­ci­do por sus escritos. A él también de­be­mos una de las más maravillosas de­mostraciones matemáticas de todos los tiempos, uno de los primeros autó­matas de la historia y otras aportaciones que han ayudado a dibujar el rostro académico de Occidente.
 
La tradición lo llama pitagórico y es posible que así haya sido, sobre todo si, como se asegura en los testimonios re­cogidos en el siglo i a.C por el escritor romano Marco Tulio Cicerón en su obra Catilinarias, Arquitas fue alumno de Fi­lolao, el pitagórico más prominente de su tiempo. En el mismo sentido apun­ta el hecho de que cultivó la música y sos­tuvo la preeminencia de los núme­ros, aspectos fundadores del pensa­mien­to pitagórico.
 
Pero también es posible que Arqui­tas no haya pertenecido a dicha secta. En favor de esta suposición hablan las escasas referencias explícitas (ni Pla­tón ni Aristóteles lo llaman pitagórico) y la to­tal ausencia de la metempsicosis (trans­migración de las almas) en sus frag­mentos o testimonios; esto es so­bre­sa­liente si consideramos que la me­tem­psi­cosis era una cuestión inne­go­cia­ble para la per­tenecía a la orden pi­tagórica. La cues­tión interesante es que Arquitas es llamado pitagórico sin re­parar que di­cha etiqueta pudiera ocul­tar más de lo que aclara. Finalmen­te, si alguna fi­gu­ra de la Antigüedad re­sulta lo sufi­cien­temente buena candidata para que­brar moldes rígidos y ser oca­sión de excepción, es justamen­te la de Arquitas.
 
También fue un notable político, bajo su mando Tarento resplandeció y nunca conoció la derrota militar. Ocupó siete veces consecutivas el cargo anual de estratega plenipotenciario. El poder que dicho cargo le confería era el de to­mar decisiones sin consultar a la asamblea general. El hecho de que haya sido reelegido en distintas oca­sio­nes suele interpretarse como mues­tra del enorme aprecio que le tenían sus conciuda­danos, ya que la ley de la de­mocracia de Tarento prohibía la re­elec­ción a di­cho cargo por más de un año. Su caso es un buen ejemplo para enten­der que en la antigua Grecia el tér­mino “tirano” designaba poder y no su abuso.
 
Arquitas fue admirado por su labor política y por virtudes muy diversas; destacó asimismo en el terre­no de las matemáticas, en donde, ade­más de ser mentor del gran Eudoxo, formu­ló una solución para el problema de la du­pli­cación del cubo que, junto con la cuadratura del círculo y la trisección del ángulo, constituyen los tres pro­ble­mas clásicos de la Antigüedad.
 
El origen del problema de la dupli­cación del cubo se remonta a la pes­te que asoló la ciudad de Atenas en el año 433 a.C., epidemia que diezmó a un cuar­to de la población ateniense, inclu­ido el gobernante Pericles, y amena­za­ba con mermarla por entero. Con el fin de encontrar un remedio para con­ju­rar la peste, los sabios visitaron el tem­plo dedicado a Apolo en Delfos. Según el relato, el oráculo anunció que para de­tener la epidemia era necesario du­plicar el altar cúbico dedicado a Apolo. Los artesanos quedaron desconcertados en sus esfuerzos por descubrir cómo podrían construir un cubo que fuera exactamente el doble de otro sólido similar. A partir de entonces, distintos matemáticos intentaron atacar el pro­ble­ma. La respuesta más deslumbran­te vino de Arquitas y se basa en las in­ter­secciones de tres superficies de re­volu­ción: un cilindro, un cono y un toro, si­tuadas en distintos planos. La for­ma exacta de esta notable solución requie­re una abstracción matemática impor­tante y constituye todo un desafío para el lector que quiera seguirla.
 
No obstante su brillo, Platón re­pu­dió el planteo de Arquitas, pues él que­ría una solución restringida a des­pla­za­mientos espaciales, no virtuales. Actualmente se sabe que la duplicación del cubo, la cuadratura del círculo y la trisección del ángulo son proble­mas sin solución en los términos pro­pues­tos por Platón, esto es, como cons­truc­cio­nes restringidas al uso de la regla y el compás. Sin embargo, a esta conclu­sión negativa se llegó hasta el siglo xix, después de más de dos mil años de tra­ba­jo y gracias a los progresos alcanzados en el álgebra y el análisis matemá­tico.
 
Platón estaba en lo cierto, Arquitas había mezclado geometría y mecánica, pero esto, en lugar de calificarse de vi­cio puede elogiarse como una virtud. A este respecto, Diógenes Laercio en su obra Vidas, opiniones y sentencias de los filósofos más ilustres, señala que Ar­qui­tas “fue el primero que metodizó la me­cánica sirviéndose de principios ma­te­máticos y el primero que aplicó el mo­vimiento mecánico a una figura geo­métrica”. Entonces la solución pro­vista por Arquitas no sólo constituye una prueba de su increíble pericia, sino que además es un precedente de la mecánicageométrica que luego del Re­nacimiento fundaría la ciencia actual.
 
En el libro X de su obra Noches áticas, el escritor romano Aulo Gelio se­ña­la que Arquitas, alrededor del año 400 a.C., habría diseñado y luego cons­truido en madera un artefacto al cual bautizó peristera, pues tenía forma de paloma y era capaz de volar por medio del disparo de un chorro a presión. Pro­bablemente este artefacto fue la prime­ra máquina voladora capaz de moverse por medios propios. Pero hay también otros inventos atribuidos al pensador de Tarento, entre ellos se destaca el so­najero. Según Aristóteles se trataba de una matraca hermosamente concebida, que milagrosamente permitía que los niños tuviesen las manos ocu­pa­das, impidiéndoles así romper las cosas de sus casas. Aristóteles estuvo muy interesado en Arquitas, tan­to que le de­dicó una obra en cuatro vo­lúmenes, ex­tensión mayor que la otor­gada a cualquier otro pensador. Para infortunio de la historia nada de ella permanece. Como tantas otras obras de la Antigüe­dad, el “Arquitas de Aristóteles” se en­cuentra perdido en los abismos del tiem­po. Por fortuna Aristoxeno, un dis­cípulo de Aristóteles, escribió una obra intitulada La vida de Arquitas, que aún se conserva, y mucho de lo que hoy pre­su­mimos saber proviene de ella.
 
La relación entre Platón y Arquitas no es clara. Si bien parece que hubo una amistad, no sabemos si Platón en­contró en Arquitas inspiración para su rey filósofo o fue Arquitas quien halló en Platón un maestro. Otra posibilidad es que simplemente fueron colegas en­tablados en eternos debates. Desde lue­go, estas opciones no son mutua­men­te excluyentes. Lo que sí sabemos es que tiempo después de la muerte de Sócrates, Platón visitó el sur de Ita­lia. Llegado a Siracusa fue recibido en la corte de Dionisio II. Platón era ampliamente reconocido pero no por ello necesariamente aplaudido. Tras escu­char las ideas del filósofo, el tirano re­solvió venderlo en calidad de esclavo a la ciudad de Egina, entonces enemi­ga de Atenas. Para fortuna de Platón, cuan­do su vida corría el mayor de los peligros, en el puerto lo esperaba un ti­rreme con treinta soldados enviados en su auxilio por Arquitas.
 
Más allá de su posible amistad, po­de­mos entrever una férrea rivalidad en­tre el pensamiento de Arquitas y el de Pla­tón. El uno bien puede ser visto como la imagen en negativo del otro. Mien­tras el universo de Platón es fini­to en el tiempo pero infinito en el espa­cio, el de Arquitas es infinito tanto en edad como en extensión. En el pensa­mien­to platónico las cosas imitan a los nú­me­ros pero no son números, el mun­do sen­sible imita al mundo inteligible pero no es el mundo inteligible. En el pen­samiento arquítico dichas divisiones simplemente no ocurren. Por últi­mo, mientras que para Platón conocer es recordar, para Arquitas es el fruto de la investigación: “Descubrir lo que no se está buscando es difícil y raro, des­cu­brir lo que se está buscando es acce­si­ble y factible, mas no hay conocimien­to con insuficiente investigación”. Tal vez fuera esta visión optimista del co­nocimiento y la enseñanza, en la cual sus límites son rebasados una y otra vez, lo que le sugiriera su argumento cosmológico; o tal vez fuera justo al re­vés y para Arquitas el conocimiento de un universo sin límites tampoco debie­ra conocer límites.
 
A modo de cierre
 
Al igual que al andar por la senda que aparece en el grabado, hemos llegado al limite de este escrito, pero no al fin del misterio. Empezamos el recorri­do con un grabado sin título ni firma y co­nocimos a quien lo hizo público: Camille Flammarion, uno de los divulgado­res más importantes y excéntricos de la ciencia de fines del siglo xix e inicios del xx. En él aparece la noción de in­finito y de un viajero que se asoma más allá del presunto límite del Universo, lo que nos llevó a considerar por consiguiente que se trata de la traduc­ción visual del argumento cosmológi­co del célebre Arquitas de Tarento, uno de los pensadores más ilustres de la An­tigüedad. De estar en lo correcto, el mis­terioso artista que dio vida al grabado debió haber conocido los escritos refe­rentes a Arquitas de manera directa o indirecta y en clave religiosa.
Postdata: Arquitas y Flammarion son, por cierto, también dos cráteres lunares.
 
     
Referencias Bibliográficas

Aristóteles. Siglo iv a.C. Física. Gredos, Madrid. 1995.
Flammarion, Camille. 1888. L’Atmosphère: météorologie Populaire. Flammarion, París.
     

     
Alan Heiblum Robles
Historiador de la ciencia y epistemólogo independiente.

Alan Heiblum Robles obtuvo el grado de físico en la Facultad de Ciencias de la UNAM en 2009 con una tesis sobre máquinas del tiempo. Después se embarcó en un viaje musical, académico y vital a Uruguay y a Argentina, donde terminaría por obtener su grado de doctor en filosofía e historia de la ciencia en 2014. En 2015 realizó una estancia postdoctoral en Cambridge. En 2016, ya de regreso en México, realizó la película Philms que discurre sobre las posibilidades de una filosofía fílmica.
     

     
 
cómo citar este artículo
 
Heiblum Robles, Alan. 2017. Camille Flammarion, Arquitas de Tarento y un grabado sobre el infinito. Ciencias, núm. 124, abril-junio, pp. 14-21. [En línea].
     

 

 

de la escuela
        menu2
índice 124
siguiente
anterior
PDF
                 
Ciencia y saberes comunitarios en la escuela un diálogo simétrico para el cuidado del ambiente
124B04  
 
 
 
Rogelio Cayetano Andrés
 
                     
“La ciencia en la escuela y los saberes comunitarios,
un diálogo simétrico para el cuidado del medio ambiente”, así se llama uno de nuestros proyectos educativos enmarcados en el contexto de la propuesta “La ciencia en la escuela”, una experiencia que hemos y estamos viviendo en la secundaria técnica número 183 de la comunidad de Encinal Colorado, perteneciente al municipio de San Juan Guichicovi, Oaxaca.

Ubicada en la zona norte del istmo de Tehuantepec y parte del territorio que ocupa el pueblo mixe —ayuuk nos llamamos nosotros—, en esta comunidad la mayoría de los habitantes se ocupa en las labores del campo, y las mujeres se dedican también a la elaboración de totopos, que son tortillas tostadas en un horno que se calienta con brasas de encino.

Quien llega a Encinal, en su visita se refresca aquí y allá con el verde profundo. A lo lejos se pueden ver las montañas que se extienden cual alfombras verdes, de donde bajan todavía arroyos y ríos. Lamentablemente, en la actualidad los garrapaticidas, herbicidas, abonos y demás químicos que ahora aplican los ganaderos, principalmente, van a desembocar en esas corrientes.

La escuela, inserta en este contexto, no puede cerrar sus ojos ante tan evidentes consecuencias. Se pensó entonces que en ella se podía promover una cultura de preservación y cuidado del ambiente, generar conciencia ecológica a partir del estudio científico del mismo y del rescate de los saberes comunitarios y, con estas dos categorías, generar verdaderas experiencias de aprendizaje tanto para los alumnos como para los docentes. Ambiente, comunalidad y experiencias de aprendizaje son los conceptos que cimientan el proyecto educativo con los cuales se han diseñado acciones para diferentes ámbitos.

Los elementos para el desarrollo del proyecto son: un jardín botánico, la producción de abono orgánico —composta y lombricomposta—, un huerto biointensivo para el cultivo de hortalizas, la construcción de terrazas, la recuperación de nacederos, una estación meteorológica, la clasificación y el tratamiento de la basura, la identificación de fauna y el establecimiento de un vivero; además de la zona de reserva que hemos establecido en la escuela, en la que estamos generando de manera natural la reforestación con árboles y plantas propias de la zona.

De todos estos elementos se desprenden las proyectos didácticos de investigación, que son el medio para concretar el proyecto educativo en el aula. La idea rectora de nuestra metodología es primero generar y vivenciar la experiencia en la escuela con los alumnos para posteriormente divulgar e impulsarla en la comunidad. Así sucedió con el horno ecológico, que se propuso como una alternativa, una solución al uso exagerado de la leña que requiere el horno tradicional, ya que se produce demasiado humo y pérdida de calor en el proceso de elaboración del totopo, además de que gran parte del calor y el humo es absorbida por las personas que elaboran este alimento básico, provocándoles enfermedades pulmonares y respiratorias.

En este ciclo escolar hemos elaborado un interesantísimo proyecto didáctico para trabajar una zona de microcuenca que se localiza al lado de la escuela, cuyo propósito central es establecer una estación científica para estudiar el manto acuífero y la biodiversidad que allí existe y, con esto, rescatar y dar vida a ese nacedero para después construir una minipresa que permita abastecer de agua a la escuela en épocas de sequía y regar nuestras plantas y hortalizas.

Además de preservar la belleza del lugar pues, como lo han dicho sorprendidas las personas que han visitado la escuela: “¡Es hermoso!”, así exclamó una maestra cuando, desde arriba, vio el arroyito que serpentea bajo los árboles.
Todas las asignaturas aportarán su trabajo: español elaborará una monografía, una narración y descripción del proceso de construcción de la minirrepresa; biología hará un inventario de la biodiversidad; química un estudio de las características del agua; matemáticas diseñará la microcuenca y hará cálculos para el volumen de captación; física estudiará las diferentes técnicas de bombeo del agua; en la llamada asignatura estatal se sembrarán plantas nativas y propias de la microcuenca; historia se encargará de la historia oral de los pozos; contabilidad se dedicará a un proyecto comunitario de conservación del agua; geografía estudiará y obtendrá datos del área que cubrirá el centro de investigación; computación sistematizará el proyecto mediante videos; educación artística se concentrará en un diseño estético de la microcuenca; inglés describirá el paisaje lacustre; y formación cívica y ética efectuará censos de los mantos acuíferos en la comunidad.

Pero a la par de todo esto, los principales de la comunidad, los que más saben sobre estos temas, así como las autoridades tradicionales de la localidad, participarán con la comunidad escolar para compartir sus conocimientos y experiencias sobre el cuidado y uso que se le debe dar al agua y a la tierra, sin dejar de lado las creencias ni el significado de los ritos que aún se conservan. Es así como la construcción de estos proyectos nos ha permitido integrar contenidos tanto locales como universales, integrar todas las asignaturas en una forma de trabajo interdisciplinario. Es así como la ciencia y los saberes comunitarios se unen en un diálogo simétrico para el cuidado del ambiente.
     
Referencias bibliográficas

Carrillo Trueba, César. 2013. Pluriverso, un ensayo sobre el conocimiento indígena contemporáneo. UNAM, México.
Hidalgo Guzmán, Juan Luis. 2011. Una escuela para educar en la vida. Comprender y ayudar a los estudiantes en su situación. Oaxaca-IEEPO, Oaxaca.
     

     
Rogelio Cayetano Andrés
Director de la Escuela Secundaria Técnica 183,
San Juan Guichicovi, Oaxaca.
     

     
 
cómo citar este artículo

Cayetano Andrés, Rogelio. 2017. Ciencia y saberes comunitarios en la escuela, un diálogo simétrico para el cuidado del ambiente. Ciencias, núm. 124, abril-junio, pp. 44-46. [En línea].
     

 

 

de la soluble y lo insoluble
        menu2
índice 122-123
siguiente
anterior
PDF
                 
Echar volados
no es razonable:
decisión en los límites
del conocimiento
124B01  
 
 
 
Andrés García Barrios
 
                     
Hace algunos años fui invitado a participar como
jurado en una selección de libros infantiles sobre ciencia para un proyecto de bibliotecas escolares. Los organizadores te daban varios textos para leer, los calificabas y luego te reunías con los demás jurados para debatir. Al final de la última reunión, quedaban sobre la mesa dos libros; no conseguíamos decidir cuál debía incluirse en el proyecto. Habíamos discutido mucho y no llegábamos a un veredicto, parecía que el diálogo razonado nos había llevado a los límites del conocimiento. Entonces comenté a media voz que podíamos echar un volado. Mi compañero de al lado volteó y con sereno desprecio me dejó ver que este tipo de cosas no podían resolverse así. Después, uno de los presentes propuso dejarle la decisión al director del área. Todos estuvimos de acuerdo, nos pusimos de pie y a mí no me volvieron a invitar.
 
Desde entonces la anécdota me ha dado vueltas en la cabeza y siempre acabo pensando que yo tenía razón, teníamos que lanzar una moneda al aire, al menos si en verdad el silencio de aquel jurado era por estar ante los límites del conocimiento. “De lo que no se puede decir nada es mejor no hablar” afirma Ludwig Wittgenstein, pero no menciona nada sobre no echar volados.
 
La visión de la ciencia clásica
 
¿De verdad había llegado aquel jurado a los límites del conocimiento? Según la visión clásica de la ciencia, no. Sólo estaba ante los límites de su propio conocimiento y lo que había más allá era su ignorancia. Un jurado con verdadero conocimiento habría cumplido la misión sin tropiezos.
 
Aunque también es probable lo siguiente: imaginemos que el avión de ese verdadero conocimiento se avería antes de partir y los que saben no acuden a la cita. Al mismo tiempo, miembros de la asociación de cómicos de carpa que están de visita se ven por error sentados en la mesa del jurado con la misión de elegir entre aquellos libros. Los improvisados maestros llegan al resultado en diez minutos, después de una tremenda alharaca y sin haber dudado nunca. La ciencia exige que se dominen todas las variables, nada de cómicos haciéndose pasar por sabios, sin embargo, ¿existirá un criterio invariable que, llegado el momento, garantice que ya se dominan todas? ¿Algún día podremos estar seguros de que detrás de la verdad no hay un payaso disfrazado?
 
El director del área
 
Las decisiones que no se pueden tomar con la razón y que no se quieren dejar al azar han encontrado desde tiempos inmemoriales una solución infalible: que las tome el jefe. Por lo general, el jefe es una persona que goza de enormes privilegios a cambio de aceptar que la incógnita caiga con su infinito peso sobre él, lo cual significa saber disimular que el asunto no tiene una solución razonable y fingir que está seguro de lo que hace. Hubo un tiempo en que los monarcas encubrían la carga de la decisión respaldándose en la doctrina del derecho divino, según la cual dios mismo los designaba e inspiraba sus resoluciones. Era algo en lo que todos creían, así que el ocultamiento se hacía a plena luz. Pero llegó un día en que la Ilustración tomó la palabra para afirmar que no hay verdades fuera de nuestro alcance y que las decisiones surgen de la cabeza de la gente, incluidos el monarca y sus partidarios —tal vez por eso la guillotina se convirtió en el símbolo de toda una época.
 
Si la razón podía resolver nuestros más grandes enigmas, todos debíamos ponernos a pensar; así florecieron la educación y la ciencia. Mientras tanto, en espera de la verdad última para tomar decisiones se recurrió a una solución cuantitativa: como dos cabezas piensan más que una, tres más que dos y así sucesivamente, nació la democracia. Por lo pronto, la mayoría tendría más razón que la minoría y lo que pensaran cincuenta y uno de cada cien cabezas sería considerado “la verdad”. No faltaron quienes —por respeto a esta nueva forma de pensar— resolvieron que incluso la existencia de dios quedara en veremos hasta ponerla a votación: asi, en 1936, en el insigne Ateneo de Madrid, el creador estuvo a punto de dejar de existir por un solo voto.
 
El retorno de los brujos
 
Pero pasó el tiempo, la razón y la ciencia tardaban en resolver los más grandes enigmas, mientras la sensatez democrática fue flaqueando y empezó a revelar un fondo de cosas impensables. Al congreso llegó una cierta renovada sinrazón que un día no pudo ocultar: con frecuencia, al votar sobre decisiones cruciales se contaban más votos en la urna que votantes en la tribuna.
 
Para vencer la angustia, la población recurrió entonces a la vieja práctica de “taparle el ojo al macho” y así limitar el propio campo visual y la necesidad de respuestas. Pero las intervenciones mágicas acabaron por invadir prácticamente toda la realidad. Desde entonces los jefes han seguido buscando la manera de contener a la gente, pero lo cierto es que hasta hoy no han hallado la forma de hacernos transitar de la fe en la razón a la fe en la ilusión como método de conocimiento.
 
El mundo entero se encuentra nuevamente temblando en las fronteras de la incertidumbre. La mayoría enmudece y unos cuantos anuncian la vuelta de dios, otros insisten en que hay que tener paciencia, que muy pronto —cosa de cinco o diez mil años— la ciencia será capaz de descifrar todas las leyes del Universo.
 
¡Suerte!
 
Imagino que soy el jefe. Me han nombrado juez final en el asunto de decidir cuál de los dos libros de ciencia para niños irá a todas las bibliotecas escolares del país. Se ha hecho de noche y estoy en mi casa, solo, mirando atónito ambos textos. La llamada de un amigo me interrumpe.
 
“Vete a dormir —me dice—. Tal vez mañana, ya descansado, puedas decidir. Claro, considera desde ahora que si al despertar llegas a una conclusión, deberás aferrarte a ella pues es posible que muchas otras variables a tu alrededor atenten contra la nueva certidumbre. En ello consiste la decisión cuando la verdad no es evidente. También acuérdate de que, si quieres ser un verdadero líder, deberás reconocer ante todos que tomaste la decisión sin estar seguro y decir: corro el riesgo, me hago cargo de lo que ocurra. Ahora bien, si no estás dispuesto a sostener esta posición (sin duda heroica), pero tampoco a fingir que sabes la verdad, aún te quedan algunas opciones; por ejemplo, la religión taoísta afirma que ante lo inefable es mejor no actuar y el budismo explica que lo que nos pasma es el empeño mismo en tomar decisiones”.
 
Me despido de mi amigo y cuelgo. Yo, que aspiro a ser honesto pero no tengo madera de líder y no profeso ninguna religión por ahora, decido seguir otro camino. Actúo como creo que lo habría hecho el más sublime y humano maestro que conozco, aquel sabio gobernador de la ínsula Barataria en quien se unían lo angelical y el olor a cebolla: echo un volado.
 
Seguramente el gran Sancho Panza encomendaría el azar a dios. Yo, huérfano de divinidad, al ver la moneda volar sólo puedo pensar en una cosa: cuando quede resuelto el asunto exhortaré al ganador a ser modesto por haber tenido suerte; después convenceré al perdedor de que la decisión ha sido tomada por un juez de verdad imparcial, el único que siempre actúa con igual equidad exista o no una verdad eterna.
 
     

     
Andrés García Barrios
Facultad de Filosofía y Letras,
Universidad Nacional Autónoma de México.
     

     
 
cómo citar este artículo

García Barrios, Andrés. 2017. Echar volados no es razonable, decisión en los límites del conocimiento. Ciencias, núm. 124, abril-junio, pp. 10-12. [En línea].
     

 

 

de la academia
        menu2
índice 124
siguiente
anterior
PDF
                 
El camino del investigador
124B05  
 
 
 
Zorba J. Hernández, Aldo H. Romero y Jorge Serrano
 
                     
En este nuevo milenio, cuando la ciencia y la tecnología
generan el desarrollo y crecimiento de los países, y por ende pro­gre­so a sus pobladores, son los países del Grupo de los ocho los que más apoyan la investi­ga­ción científica y tecnológica, creando grandes institutos y centros de investigación, además de ser los que proporcionan más recursos a las universidades. Por otro lado está el es­fuerzo de los gobiernos para que los nuevos descubrimientos sean integrados a la produc­ción industrial. Como consecuencia de esto, se tiene la ne­cesidad de formar recursos humanos tan­to para la investigación como para la operación y seguimiento de nuevas tecnologías y descu­brimientos; y es aquí donde el “prin­cipiante de inves­tigador” o estu­diante de último año de ca­rrera, maes­tría o doc­torado, tiene que emprender y ceñirse a lo que implica el cami­no del investigador.
 
Etimológicamente hablando, la palabra investigar provie­ne del latín in (en) y vestigare (ha­llar, inquirir, indagar, seguir vestigios), lo que conduce al concepto más elemental de des­cubrir o averiguar alguna cosa, seguir la huella de algo, explorar. De esta manera se po­dría considerar que un in­ves­tigador es aquella persona que se dedica a alguna actividad de búsqueda, independien­temen­te de su metodología, propósi­to e importancia. Como el ser huma­no tiene una tendencia na­tural a buscar el sen­tido de las cosas, se deduce que exis­ten diversos tipos de investi­ga­ciones, desde las más ele­men­tales y co­ti­dia­nas con las cuales se busca am­pliar el hori­zonte de los obje­tos conocidos, has­ta la inves­ti­gación científica con caracterís­ticas propias de eficacia superior.
 
Para que alguien pueda lle­gar a ser un buen investigador pensamos que se deben tener las siguientes actitudes: entusiasmo, curiosidad, concentración y disciplina. El entusiasmo lo podemos entender como la capacidad de ilusionarse por los detalles y las imágenes glo­bales de la naturaleza, el gusto por saber, por aprender cosas nuevas todos los días. Sólo las personas entusiastas son capa­ces de vencer los desafíos de lo cotidiano y pasar a una nue­va situación. Una persona entu­siasta habla de retos y descono­ce lo que son los problemas.
 
La curiosidad es cuestionar las cosas que uno observa; ¿có­mo funcionan las cosas?, ¿qué propicia los eventos? Albert Einstein dijo: “no tengo talentos especiales, pero sí soy profundamente curioso”. Por otro lado, la concentración es enfocarse en un tema hasta ha­cer de ello una obsesión, lo que nos lleva a crear un gran nú­mero de preguntas retóricas; como dijo Théophile Gautier: “para reducir lo infinito a lo finito, lo inasequible a lo humanamente real, no hay más que un camino: la concentración”.
 
La disciplina nos lleva a construir y a depurar hábitos que nos servirán de mecanismos de protección ante per­tur­baciones; es el hábito íntimamente asociado al auto­control. A largo plazo, el trabajo cons­tan­te nos lleva a conseguir un objetivo, llámese descubrimien­to, innovación tecnológica, nue­va aplicación, etcétera.
 
La disciplina es útil para en­trar en el estado mental ade­cua­do según la situación y el momento, sirve para poder detectar y moldear nuestro estado de ánimo, contar con ella ayuda a saber cuándo esforzarnos has­ta la saciedad o incluso rede­finir el rumbo. También es cier­to que cuando nos encontramos en situaciones di­fíciles, continuar trabajando dis­cipli­na­da­men­te nos ayuda a salir ade­lan­te. Tra­bajar siempre por obje­tivos, si­guiendo nuestra mo­tivación más profunda, nos conducirá a tener logros constantemente, los cua­les nos mo­tivarán a su vez a se­guir ade­lan­te mejoran­do la autoestima. La constancia nos lleva a seguir aprendiendo y esto nos ayuda­rá a alcanzar nuestras metas. Además, tener la disciplina de realizar un traba­jo ordenado y sistematizado nos permitirá ob­tener más rápido los resultados deseados o in­clu­so saber que vamos en una dirección equi­vo­cada para lo que estamos buscando.
 
También es importante tener claridad en cuáles son nues­tros objetivos, saber qué tema de in­vestigación queremos desarro­llar, cuáles son las razones por las que se quiere hacer. Resol­ver esto nos proporciona moti­vación.
 
Algunas preguntas fundamentales para elegir el tema de investigación son: ¿qué vamos hacer?, ¿qué temas vamos a ele­gir?, ¿por qué escogemos es­tos temas?, ¿cuál es nuestra mo­tivación en ello?, ¿cuál tema es el más viable con los recursos que tenemos o podemos conseguir?, ¿cómo vamos a es­tructurar la investigación?, ¿cómo la vamos a llevar a cabo?, ¿cómo obtendremos el fi­nan­cia­miento?, ¿cuándo realizaremos las actividades programadas?, ¿en dónde las vamos a realizar?, ¿dónde vamos a elaborar los ma­teriales?, ¿en dónde vamos a realizar las me­dicio­nes y para qué?, ¿cuál es la finalidad prác­tica de nuestra investigación?, ¿a quien le va a servir?, ¿qué nos va a aportar? Una vez teniendo claro hacia dónde se de­ben dirigir los esfuerzos, es mo­mento de comenzar.
 
Elegir supervisor
 
Es muy importante decidir quién va a dirigir nuestro trabajo, pues debe ayudarnos a escoger el tema y sugerirnos posibles soluciones en situaciones difíciles. Debemos buscar a aquel cien­tí­fico que pueda apor­tar a nues­tra investigación conocimien­to, experiencia y recur­sos mate­ria­les. Una manera de evaluar el potencial de dicho in­vestigador para el proyecto que tenemos en mente es conocer su capa­ci­dad docente, pues de­berá trans­mi­tir­nos cómo realizar el trabajo, ade­más de dominar el tema en cuestión. Del mis­mo modo, hay que conocer su capacidad como investigador para establecer co­laboraciones y así poder enri­que­cer el trabajo. Lo más conveniente es que la persona que va dirigir nuestro trabajo tenga recono­ci­miento en el tema en cuestión.
 
En nuestro desarrollo como investigadores tenemos que cru­zar varias etapas en las que la interacción con nuestro direc­tor de tesis es de vital impor­tan­cia, por lo tanto, somos nosotros los que tenemos que evaluar al investigador antes de tomar la de­cisión de parti­cipar en su proyecto de investigación. Para lo anterior hay diferentes puntos que debemos con­side­rar.
 
En el caso de una investi­ga­ción de ciencia básica, uno de los rubros importantes a tomar en cuenta es su número de pu­blicaciones, tanto en el país como en el extran­jero. De manera estimativa: si tiene maestría, uno o dos artícu­los por año; si cuenta con doctorado o post­doctorado, dos o tres artículos cada año. Para evaluar su ex­ce­lencia investiga­dora se reco­mienda conocer su trabajo in­di­vidual, es decir, el nú­mero de publicaciones como primer au­tor y el número de citas, así como su trabajo colec­ti­vo en co­labo­raciones, su parti­ci­pa­ción en congresos y seminarios.
 
Otro punto a evaluar es la docencia; se recomienda poner atención en cuántos cursos ha impartido y la calidad de éstos, conocer las tesis que ha dirigido y de qué nivel (licenciatura, maestría y doctorado) así como el éxito de los egresados de su grupo de trabajo.
 
Finalmente, se debe evaluar su acceso a grandes ins­ta­laciones (laboratorios, equipo de computo de gran capacidad, así como equipo especializado, etcétera). Si es posible, conocer cómo hace la gestión de recur­sos, es decir, cómo administra los apoyos a la investigación; esto nos dará también un buen panorama de su movilidad institucional.
 
Tipo de profesional
 
Un profesional en la industria es la persona que aplica los co­no­cimientos existentes a las ne­ce­sidades prácticas de la socie­dad. Si alguien quiere desarrollarse así, necesita tener un sólido fun­damento científico y ser capaz de usar la tecnología contemporánea. La industria buscará emplear a quien tenga la mayor cantidad de aportaciones a la ciencia y tecnología, enfatiza­rá en las colaboraciones y en la capacidad de gestión de proyectos del investigador.
 
Un docente es la persona que se dedica a la formación de recursos huma­nos y será evaluado por la facilidad que tenga para enseñar, por la cantidad de cursos impartidos, de publicaciones, de congresos, conferen­cias y semi­narios a los que ha sido invitado.
 
Un científico es la persona que por convicción se dedi­ca a la tarea de cre­ar nuevos cono­ci­mientos en su dis­cipli­na cien­tí­fica con el fin de aumentar el sa­ber del cual dispo­ne la huma­nidad, para encon­trar soluciones a las demandas de ésta y satisfacer sus nece­si­dades, por decir algo. Para poder trabajar en un centro de investigación se le evaluará por el número de pu­blicaciones y la calidad de és­tas, las aportaciones que ha rea­liza­do al conocimiento, la cola­bo­ra­ción y la gestión de proyectos.
 
Los tres perfiles a veces tien­den a unificarse en la figu­ra de un investigador de exce­lencia que contribuye al de­sarrollo de la sociedad, tanto des­de la perspectiva de acumular y trans­mitir conocimientos, como desde un enfoque práctico; esto es, que atiende las necesida­des sociales, en la medida de lo posible, en la rama del saber que le ocupa.
 
     
Referencias bibliográficas

Allègre, Claude. 2003. La derrota de Platón o la ciencia en el siglo xx. Fondo de Cultura Económica, México.
Zubizarreta, Armando. 1986. La aventura del trabajo intelectual: cómo estudiar e investigar. Addison Wesley, México.
     

     
Zorba J. Hernández
Aldo H. Romero

Centro de Investigaciones y de Estudios Avanzados-Querétaro,
Instituto Politécnico Nacional.

Jorge Serrano
Departamento de Física Aplicada,
Universidad Politécnica de Cataluña.
     

     
 
cómo citar este artículo

Hernández, Zorba J., Aldo H. Romero y Jorge Serrano. 2017. El camino del investigador. Ciencias, núm. 124, abril-junio, pp. 56-58. [En línea].
     

 

 

Entrada124A7   menu2
índice 124
siguiente
anterior
PDF
 
     
Silvia Andreli Díaz Navarro y Luis Gabriel Mateo Mejía
     
               
               
En el discurso postmoderno existen diversas variable que son
tomadas en cuenta para abordar lo que se ha denominado filosofía de la historia o pensamiento modernista; entre éstas encontramos la figura del hombre que trabaja, es decir, el Homo laboris, con la subjetividad que lo circunscribe en tanto persona que ejerce la actividad laboral en forma consciente, una subjetividad que a menudo fluye con una velocidad mayor a la que posiblemente es dada a la razón humana. Algunos pensadores como Erich Fromm han reflexionado sobre la condición del ser humano contemporáneo, especialmente la moderna, en donde los seres humanos son altamente productivos en medio de una sociedad cada vez más demandante de necesidades y servicios. A dicha condición humana, denominada también como Homo faber, es a la que se refiere tanto el planteamiento de Fromm como el concepto de Homo laboris.
 
En ambos términos encontramos ciertas analogías y semejanzas; una es la afección que nos aqueja hoy día: el estrés. Pero encontramos otra todavía más profunda, que daña directamente el corazón del ser humano, la enfermedad del vació y la nada: el “sin sentido de la vida”. En esto se enfoca este breve ensayo, principalmente en la relación causal que existe entre la condición de Homo laboris y la de Homo faber, ambos constructores y realizadores del trabajo, con el “sin sentido” que puede tener nuestra sociedad actual, altamente modernizada y desarrollada por medio de la constante tecnológica que termina por dominar todas las esferas de la vida. Cabe señalar que esta crítica ha sido explicada por la Escuela de Fráncfort en su teoría crítica de la sociedad y del pensamiento moderno.
 
Para analizar la relación entre un profundo “sin sentido” y el ser humano contemporáneo se necesita dimensionar su importancia, la cual se ve reflejada en la realidad —basta con ver las noticias en la televisión, escuchar la radio, navegar por la red o leer los periódicos para darse cuenta de los hechos caóticos que externan y acontecen a millones en el planeta. Es preciso considerar un enfoque teórico y metodológico basado en la filosofía para analizar dicha realidad desde una perspectiva de criticidad racional hacía la configuración del pensamiento, tal como se concebía en el siglo xx; en otras palabras, la historia de la filosofía no puede ser ajena al entendimiento de nuestra realidad ni indiferente, y debe dar una palabra —aunque sea de arrebato y malestar— contra los enormes estragos que ocasionan las enfermedades del pensamiento modernista, como la esquizofrenia y la paranoia, el “sin sentido” de las cosas, el estrés y otros efectos negativos de la vivencia cotidiana de nuestra civilización occidental.
 
El “sin sentido” de la vida
 
Se afirma que el hombre moderno se ve a sí mismo como demarcado, delimitado, circunscrito por su necesidad de trabajo, debido a que en nuestro sistema económico y político el trabajo es el medio por excelencia para la subsistencia, el desarrollo humano y el crecimiento profesional, aunque no siempre las tres cosas vayan de la mano y en el mismo carril.
 
Desde la perspectiva de Zygmunt Bauman, existe una gran paradoja entre la vida moderna y el sentido de modernidad, de ahí el término postmodernidad. El miedo en la modernidad fluye con la misma velocidad que lo hace el desarrollo tecnológico, impregnando las distintas áreas de la existencia humana, de la vida moderna. Vivimos así un miedo real por el inexorable paso del tiempo y los cambios globales; al mismo tiempo, seguimos estancados en los límites y determinaciones que implican un esfuerzo para ser felices ante las contradicciones y amenazas que se nos presentan en el diario vivir.
 
Fromm señala que el ser humano moderno tiene miedo a ser autentico y libre; no obstante, hoy en día encontramos que en las grandes ciudades —en donde prácticamente se puede comprar de todo— las personas están fuertemente inclinadas a vivir la libertad a tope, es decir, sin restricciones; pero existe también una inmensa contradicción, puesto que el sujeto se ha perdido en su propia inconmensurable libertad.
 
El ser humano postmoderno se ve completamente delimitado y determinado a trabajar, pese a lo que quiera, le guste o no, por aquello que —a falta de un mejor término— se denomina retribución, paga o salario. Todo parece indicar que el trabajo y su desarrollo especializado, altamente profesionalizado, va por un sendero; mientras la vida de los hombres y mujeres, seres humanos de carne y hueso, puede ir por otro y hasta en sentido contrario. Esta es una de las principales causas del “sin sentido” de la vida, la pérdida de significado como enfermedad que plaga toda la vida hoy día. En términos de Viktor Frankl: el ser humano necesita un sentido y significado para la vida, así como un sentido y significado último para la muerte.
 
Perspectivas de la condición humana
 
Conductismo. Para explicar cabalmente la condición del hombre laboral en relación con la enfermedad de nuestro tiempo se necesita demostrar la manera en que la psicología laboral ha demostrado la existencia de ciertos fenómenos en la conducta, que termina siendo una postura reflexiva. Se tiene así el reflejo condicionado, fruto de la investigación y conocimientos desarrollados por el conductismo, cuyos mejores expositores fueron Pavlov y Watson. En el conductismo se genera una conducta reforzada por los estímulos y las respuestas, elementos permanentes de condicionamiento, que permiten de manera automática realizar la actividad esperada en la forma adecuada. La especialización de la conducta se obtiene con base en la repetición y al desarrollo de la habilidad para ejecutarla de forma eficiente y eficaz.
 
Por su parte, Watson entiende la psique como un sistema del ser humano en el cual se desarrollan las habilidades tanto conductuales como cognitivas mediante el reforzamiento, mismo que encara la particularidad del proceso cíclico que obtiene el resultado esperado. En suma, el proyecto de conducta esperado se planea mediante la previsión de los estímulos adecuados. Esta base es usada y explotada de forma racional en todos los ambientes laborales, en los cuales cada sujeto es parte de un engranaje que se espera obtendrá y realizará las actividades señaladas en los manuales de procedimiento y tablas de trabajo, los cuales se formulan en función del perfil académico-educativo. La condición del ser humano desde el punto de vista del conductismo permite equipararlo con una máquina de vida laboral y productiva; casi se podría asumir la proposición: “la totalidad del trabajo es la totalidad de la vida”.
 
Gestalt. Esta perspectiva encierra la suma conductual y psicológica del sujeto. El fundamento o principio racional de esta propuesta psicológica y filosófica es que el quehacer mismo de la vida es mayor que cada una de sus partes conductuales y humanas. Para la gestalt, la sensación y la visión son las claves de su holismo científico, el cual niega rotundamente las esencias que nacen de los elementos que configuran la complejidad de la conducta debido a que lo premonitorio en la vida humana es su estructura y ésta, a su vez, es la esencia que permanece en la actividad humana y, por ende, en la actividad laboral de todos los sujetos. Hoy en día, dicha estructura está cargada de una totalidad racional e instrumental, inclinada hacia la parte izquierda del cerebro, que impide la meditación de la conducta desde planos más profundos de la contemplación y la atenuación considerable del ser.
 
Laboralmente hablando, esta forma de pensar se acerca a la posibilidad de vivir enajenado o alineado, evitando los extremos para dar funcionalidad al simple hecho de ser y existir. Sin embargo, una dura crítica a una postura tan radical como ésta se halla en el hecho de considerar las necesidades materiales de la vida como partes fundamentales de la existencia, es decir, de forma consciente no se puede renunciar a tener y dar paso a la simplicidad del ser.
 
En otras palabras, el ser humano no puede hoy día realizar la potencialidad de su vida sin una carga contundente de cosas materiales que le permitan indicar aquello que sí es, desde el horizonte de la legitimidad del poder y la posesión. La vida de los ideales no es divergente de la vivencia plena de la realidad, es decir, las realidades humanas son tanto materiales como mentales, por lo que el sujeto moderno requiere en su trabajo el logro y el éxito de su profesión en el sentido material y profesional.
 
Cognitivismo. Si el conductismo hace del humano una máquina al estilo del ciclo de Carnot, el cognitivismo sigue el estilo de las computadoras, lo cual viene a reforzar la conducta automática y mecánica del Homo laboris en sociedad. El investigador y psicólogo U. Neisser planteó en 1967 un análisis de la mente que buscaba el centro entre el holismo y el localizacionismo; encontró un hecho singular: la mente puede autoajustarse y autorregularse, es un sistema de elaboración y no uno meramente pasivo. Por lo que, a manera de una matemática integrada con una filosofía de la conducta, el sujeto puede buscar el conocimiento y encontrarlo de forma objetiva en la realidad.
 
Ello viene a demostrar que el sujeto, nacido para la competencia laboral, puede muy bien desarrollarse profesionalmente y a la par puede integrar todas sus facultades volitivas y conductuales. Nada más obvio que generar un paralelismo con una máquina cibernética, que recibe la automatización del exterior y que es capaz de automatizarse a sí misma. Esto lo vemos reflejado en la conducta del hombre moderno, quien apuesta por un modelo económico, altamente racionalizado, además de mantener la creencia en su desarrollo humano y personal. La paradoja que encierra el cognitivismo es un claro ejemplo de la crisis de valores debida al exceso de uso de la racionalidad instrumental que vive nuestra sociedad industrial y postmoderna en su exacerbada aplicación de las ciencias exactas y la tecnología. En consecuencia, el Homo laboris vive dentro, sumergido, circunscrito en un mundo de dilemas, contradicciones y paradojas.
 
Insight o intuición. El concepto de insight fue desarrollado por el psicólogo Wolfgang Köhler en 1967. El modo de pensar ocasionado por el insight es otra clara reflexión sobre la condición del hombre que labora, cargado de una enfermedad postmodernista altamente desarrollada, que remite el valor de lo humano a la inanidad. En el siglo xx, los fenómenos intuitivos o de iluminación demostraron que las ideas repentinas e inesperadas reajustaban el campo de fuerzas de la conducta, al cual alude la gestalt con su elaborada reconstrucción intuitiva que coloca de vuelta la sensación en el primer plano de la investigación científica.
 
La sensación es un hecho que fue considerado como secundario por la tradición filosófica, por lo que a raíz de estos estudios tuvo una reevaluación entre las causas de la conducta humana. Surgieron así pensadores como Thomas Kuhn, quien reconstituye la visión de la ciencia con paradigmas que pueden ser cambiantes.
 
En la actualidad, el ser humano —completamente diferenciado y seccionado por el campo laboral— se enfrenta a dichos paradigmas en forma exacerbada debido a que en el pensamiento de Occidente la razón culmina en una esfera social tecnologizada y altamente racionalizada, exageradamente influyente, cambiante, con un alto grado de licuefacción y pocos niveles de viscosidad, como lo explica Bauman. Nuestra sociedad es el lugar en donde la función primaria es la acumulación del capital, la generación de la posesión y la riqueza.
 
En este sentido, el intuicionismo es la teoría del isomorfismo de dos partes de la realidad: la psíquica y la fisiológica, cuyo principio fundamental es que toda realidad psíquica tiene su correlato fisiológico, lo que permite ubicar una conducta adecuada para la solución de un problema. Es por ello que el sujeto puede posicionar el paradigma de producción como la pieza clave de su desarrollo humano. Laboralmente hablando, la conducta productiva y la exagerada pauta de exigencia laboral pueden contribuir a la generación de enfermedades, alienaciones y pautas de comportamiento.
 
Mentalismo. La mente demostró ser más que una simple caja negra y pasó a ser un verdadero procesador de información. El enfoque interdisciplinario de la neurología y la cibernética integró el filtro de la mente como un sistema de entradas (input) para ser procesadas por operaciones psíquicas y obtener así conductas (output). En 1956, el psicólogo G. A. Miller estudió la mente como un canal de capacidad limitada, memoria de corto y largo plazo, encontrando en la conducta automatizada una adaptación a la forma de las máquinas. La gestalt respalda la conducta de la mente compuesta por unidades informativas, bloques unitarios o cifras individuales, que son capaces de integrarse en forma local y estructurada en la conformación del todo inteligible del sujeto. Como consecuencia de ello, la mente es educada, reforzada y encauzada —tanto desde el conductismo como desde la psicología laboral— a la instrumentalidad del desarrollo científico, tecnológico e industrial, que estructura la conducta en función de la productividad económica y la eficiencia comercial, aun a expensas de otros esquemas conductuales que implican una reflexión ética y profesional.
 
El mentalismo es una aplicación de la psicología cognitiva que contribuye a la determinación de la vida humana como un instrumento, un medio, alejándose de la finalidad teleológica del sujeto: que es ser un fin en sí mismo. De ahí que el hombre laboral no podrá autoliberarse para ser un elemento de la sociedad en evolución si primero no deja de ser un elemento de producción masiva. Esto lleva a replantear los objetivos de todo campo laboral y económico, los cuales deben de contar con ejes de crecimiento tanto humano como profesional.
 
Test de Turing. Expuesta en 1950 por el matemático y filósofo británico Alan Turing con el fin de demostrar la existencia de la inteligencia en una máquina, esta prueba corrobora el pensamiento postmoderno y el problema de la enfermedad que acosa a la sociedad postindustrial de nuestra época. En el test de Turing se ve claramente cómo la “inteligencia artificial” ha rebasado en gran medida la necesidad de interactuar de los humanos pues, en cierto modo, bastan las máquinas. En la actualidad, nuestra sociedad occidental vive el paradigma de la “inteligencia artificial”, en donde la vida laboral y personal se encuentran conectadas en sintonía con la red. Quedan relegadas a segundo plano las pasiones y conductas volitivas. Hoy en día se puede vivir muy bien hablando económicamente y con ironía en la segunda vida del ciberespacio.
 
Esto permite corroborar la psicología laboral planteada en el mentalismo: el Homo laboris va dejando de ser un fin para ser un medio o instrumento de trasformación de la materia. En cuanto a lo laboral, los seres humanos empleamos una cantidad de horas productivas en el trabajo con las computadoras, equiparables a las horas dedicadas al trabajo agrícola en el siglo pasado. En todo caso, el aumento de la faena laboral deberá equipararse con el aumento en la vivencia familiar; esto hace reflexionar sobre el sentido de la vida laboral y la forma de lograr los objetivos económicos que se propone un profesionista a corto, mediano y largo plazo.
 
Sentido común. La economía y las ciencias dictan precisamente lo contrario al sentido común: la sobreexplotación de la racionalidad instrumental. ¿Qué es realmente el sentido común? En 1989, Hyman Minsky señaló que el sentido común no ofrece certezas absolutas, pero contiene elementos para adecuar la conducta a aquello que hace plausible sus motivaciones.
 
En la actualidad, vivimos un futuro que nos ha sobrepasado por mucho, una “inteligencia artificial” que nos sobrepuja a un humanismo materializado de forma exorbitante. Basta jugar ajedrez con una computadora para darnos cuenta de que no podremos ganar, así tengamos experiencia en el juego; en este sentido, las máquinas son capaces de dictarnos conductas precisas, mismas que sobrepasan el horizonte de la lógica del pensamiento singular de los sujetos.
 
Ante esta situación, nos vemos impelidos a tener un sentido común que contenga características como la ductilidad, la sensatez e incluso la ironía, a fin de que nuestra conducta pueda mantener un sentido y significado. Sin embargo, las máquinas o la “inteligencia artificial” no pueden emular del todo ciertas formas del pensamiento como la ostensión, la metáfora, la metonimia y la analogía debido a que nuestro cerebro puede trabajar con base en observaciones inductivas y no solamente por medio de una lógica lineal absoluta.
 
A pesar de ello, las ciencias de la computación han desarrollado programas para tomar decisiones bajo esquemas de lógica borrosa o estados de incertidumbre, atendiendo redes de conexión de datos, pero dichos programas no rebasan el mismo sentido común de la vida cotidiana de los sujetos, por lo que, en sentido estricto, éste es una forma de equilibrio y búsqueda de significado en la existencia humana. En Occidente, donde la economía y la política se rigen bajo estrictas normas de vigilancia, se requiere que el verdadero sentido común sea una base para el desarrollo humano y no una herramienta más de adaptación, lo cual favorecería la vivencia de los sujetos, desde planos menos materializados o menos ambiciosos, como consecuencia de esquemas de identidad configurados bajo la certeza de la posesión de las cosas. El hombre laboral requiere una integración del sentido común y la existencia humana, es decir, una visión de conjunto de la vida artificial y tecnológica a la par de la vivencia de hechos significativos para la vida.
 
El pensamiento postmoderno
 
En 2010 Zygmunt Bauman y Bolívar Echeverría describieron con lujo de detalle la condición del humano en del pensamiento contemporáneo, mejor conocido como postmoderno. El término postmodernidad, nacido en la arquitectura y llevado a la literatura, nos ha enseñado lo inestable que puede ser la razón al endiosarla como herramienta e instrumento máximo en la construcción de nuestra civilización occidental. La razón se torna contraria a sí misma en la frontera de sus límites, dirige la vida en dirección contraria a la plenitud, acercándola a la catástrofe nuclear.
 
Es por eso que pensadores como Bolívar Echeverría analizan la educación de la ciudadanía en su dimensión política, desde una visión que sitúa la generación de riqueza en un punto de equilibrio ante la creciente demanda de capital a nivel global. Sin llevar estos principios a una izquierda política, se precisa rescatar el método de análisis social para entender la enorme necesidad de dialogar con las realidades más complejas de nuestro sistema económico y político.
 
El pensamiento postmoderno es una reflexión sobre la historia y su sentido en la búsqueda de nuevos pasos, razón por la cual el análisis crítico es indispensable en la continuidad de la vida de todos los seres humanos. En forma particular, el México contemporáneo demuestra ser un campo fértil para entender los distintos escenarios como si fueran distintos países. Se requiere analizar el perfil de la cultura en aquellos escenarios del México profundo, como el de la pobreza y la inseguridad, en donde hace acto de presencia el desarrollo internacional a niveles macroeconómicos. La condición laboral del hombre y de la mujer mexicana es un claro ejemplo de la discrepancia y paradojas existentes en el pensamiento postmoderno.
 
En todos estos espacios o dimensiones dialógicas se aprecia la enfermedad del hombre laboral. Inclinado a la explotación racional de todas sus capacidades y de todas sus habilidades; aplastado por una falta de plenitud en el desarrollo de las potencialidades de la vida; circunscrito por demarcaciones y límites que impiden lograr objetivos a largo plazo en la vida. La planeación, la misión y la vocación de la vida son elementos que “casi, casi” deben ser pensados en la cuna, más que en los años de desarrollo humano y crecimiento personal.
 
Como lo explica Bauman, la vida ahora se torna un arte y un juego, lo cual implica un enorme reto para lograr la felicidad, ya que pasamos de estados de adaptación, eliminación, afirmación, comienzo y finitud en forma infinitamente rápida.
 
Conclusiones
 
En la actualidad se vive innegablemente la enfermedad de una condición humana ambigua, confusa, enclenque, desde el naciente conductismo hasta la pérdida del sentido común. El Homo laboris es la expresión de un humanismo arcaico que deja al sujeto fuera del camino, alejado de la vereda de la verdadera humanización, pues su principal exigencia es equipararse o igualarse con una máquina. No obstante, los sujetos nunca seremos máquinas, nunca podremos ser una simple tarjeta de circuitos; nuestra existencia demanda autenticidad e individualidad, es decir, personalismo. Se requiere pensar en la construcción de una civilización que no pretenda deshumanizar al humano para lograr su supervivencia y se debe pensar en profundidad la manera de plantear dichos derechos.
 
La condición de Homo laboris es una forma de trauma o neurosis que termina en una psicosis colectiva. Estamos enfermos de trabajo puesto que éste, además de requerir un análisis de la distribución de la riqueza social desde una perspectiva más equitativa, necesita una integración de las facultades mentales y el potencial afectivo de los seres humanos. Solamente desde una perspectiva de esta índole podemos hablar de un tipo de humanismo contemporáneo, ajustado a las demandas del pensamiento postmoderno.
 
En cuanto al hombre laboral como condición de sujeto frente al entorno social o ante aquello que denominamos mundo, se hace evidente la necesidad de un medio reformado por el instrumentalismo racional de las ciencias. Se ha orquestado toda una maquinaría para hacer del ser humano un sujeto dependiente, más que libre y espontáneo. Hoy día los hombres y las mujeres tenemos que buscar la forma de canjear nuestra libertad por esclavitud y viceversa pues, al parecer, ambas polaridades se implican en el horizonte del pensamiento y en la civilización occidental.
 
Muy a pesar de las investigaciones realizadas para entender la mente —sus límites y capacidades— se han desarrollado numerosas ciencias interdisciplinarias que enfatizan los límites de la riqueza y la grandeza del cuerpo humano. Por tanto, las grandes crisis de Occidente (de valores éticos, políticos y económicos) no determinan el humanismo ni su afán por hallar un horizonte de significados. Se hace inminente, en consecuencia, la búsqueda de significados y sentidos que permitan la realización de los seres humanos.
 
Es evidente la presencia de enormes vacíos ocasionados por los problemas sociales y económicos, y nos muestra la urgencia con la que debemos cambiar el cauce del río denominado modernidad, por un caudal que contenga los elementos necesarios para la pesca del futuro, un devenir para los seres humanos civilizados, hombres y mujeres que deberán continuar manteniendo la vida sobre la Tierra.
 
     
Referencias Bibliográficas
 
Bauman, Zygmunt. 2004. Modernidad líquida. Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires.
_____. 2009. El arte de la vida. Paidós Ibérica, Barcelona.
Echeverría, Bolívar. 1997. Las ilusiones de la modernidad. unam-El Equilibrista, México.
_____. 2011. Bolívar Echeverría, ensayos políticos. Ministerio de Coordinación de la Política y Gobiernos Autónomos Descentralizados, Quito.
Frankl, Viktor. 1991. El hombre en busca de sentido. Herder, Barcelona.
Fromm, Erich. 1942. El miedo a la libertad. Paidós Ibérica, Barcelona. 2004.

     

     
Silvia Andreli Díaz Navarro
Instituto Tecnológico Superior P'urhépecha.

Silvia Andreli Díaz Navarro es licenciada en educación preescolar y maestra en tecnología educativa. También es enlace docente en el Instituto Tecnológico Superior P'urhépecha y docente en línea de Ciencias y Humanidades.

Luis Gabriel Mateo Mejía
Instituto Tecnológico Superior P'urhépecha.


Luis Gabriel Mateo Mejía es maestro en tecnología para el aprendizaje y docente del Instituto de Filosofía en línea. También es profesor de apoyo de Ciencias y Humanidades en el Instituto Tecnológico Superior P'urhépecha.
     

     
 
cómo citar este artículo
 
Díaz Navarro, Silvia Andreli y Luis Gabriel Mateo Mejía. 2017. El humano ¿un ser laboral?, Homo laboris y el pensamiento postmoderno. Ciencias, núm. 124, abril-junio, pp. 70-77. [En línea].
     

 

 

de la solapa         menu2
índice 124
siguiente
anterior
PDF
                 
Historias que brotan de las rocas. Experiencias sobre el pedregal de San Ángel y su reserva ecológica.
124B06  
 
 
 
Luis Zambrano y Zenón Cano Santana (comps.).
UNAM-CONABIO, México. 2016.
 
                     
La protección de los ecosistemas naturales es una
necesidad que surgió para enfrentar la compleja problemática ambiental del planeta. La destrucción de la naturaleza es inevitable ante el acelerado crecimiento de las poblaciones humanas y el inadecuado modo de consumo de sus recursos naturales. El derrame de lava provocado por la erupción del volcán Xitle y sus conos adyacentes, ocurrido hace alrededor de dos milenios, creó un paisaje particular y fascinante, conocido como Pedregal de San Ángel, precisamente al sur de la hermosa cuenca del Valle de México. Sin embargo, su vecindad con la populosa Ciudad de México provocó que ésta engullera con sus fauces las ecosistemas que este paisaje albergó.
 
Entre las primeras construcciones realizadas sobre las rocas basálticas del Pedregal de San Ángel se encuentran las del campus de Ciudad Universitaria de la Universidad Nacional Autónoma de México, las cuales crecieron a una velocidad menor que los asentamientos humanos a su alrededor. Esto permitió que los universitarios de la segunda mitad del siglo xx estudiaran y trabajaran en contacto estrecho con el paisaje del Pedregal de San Ángel. En la década de 1980 surgió un conflicto provocado por las necesidades de modernización de los servicios y comunicaciones que tenía la Ciudad Universitaria y el genuino interés de académicos y estudiantes por preservar el paisaje original de este campus. Así, se generó en el país un movimiento ecologista que clamaba por proteger este ecosistema; afortunadamente, este clamor fue escuchado y atendido por las autoridades universitarias.
 
El propósito de este libro, apreciable lector, es compartir con usted las emociones, los recuerdos y vivencias humanas de quienes han estado en contacto con el Pedregal de San Ángel, así como los complejos problemas de una reserva ecológica durante su creación, crecimiento y mantenimiento. Para esta obra se invitó a pobladores, vecinos de la zona, a sus primeros estudiosos, a académicos que participaron durante su gestión y a quienes eran estudiantes y concurrieron a las movilizaciones y asambleas. Además, se encontrará la perspectiva de las autoridades universitarias, presentes en los tensos momentos de negociación, así como la de todos los académicos responsables de la Reserva Ecológica del Pedregal de San Ángel de Ciudad Universitaria (repsa), la de quienes actualmente trabajan para la Secretaría Ejecutiva de la repsa y la de los miembros de sus diferentes comités técnicos.
 
En suma, usted descubrirá en esta obra que las reservas ecológicas no son impersonales, están llenas de experiencias humanas en donde se mezclan el placer, la nostalgia, el valor, la inteligencia y, a veces, la tristeza de los testigos de su destrucción. Este trabajo nos permitió reconocer la trascendencia de las ideas de académicos de distintas áreas del conocimiento, revalorar sus puntos de vista y reeducar la visión limitada que algunas personas tienen por usar únicamente su visión de las cosas. Se reconstruyeron historias para compartirlas y evitar que quedaran archivadas en los recuerdos personales de sus autores. Sacarlas de allí para el conocimiento colectivo ha sido un ejercicio que ha resultado muy interesante y placentero para nosotros, sus compiladores.
 
La obra está organizada en cuatro unidades. En la primera (“El principio”) se exponen las ideas de quienes visitaron y conocieron el Pedregal en su estado prístino o casi prístino, en las décadas de 1950 y 1960, y el vínculo de la reserva con las culturas prehispánicas. En la segunda unidad se enfatizan las experiencias vividas por distintos actores durante el proceso de elaboración del proyecto de creación de una reserva ecológica en Ciudad Universitaria y las negociaciones realizadas entre estudiantes y autoridades universitarias que culminaron con la creación de la repsa. En la tercera unidad, por su parte, el hincapié está en las vivencias de quienes se enfrentaron a la problemática cotidiana relacionada con una reserva ecológica, quienes tuvieron que lidiar con las necesidades de crecimiento de cu, el impacto de los humanos sobre el ecosistema natural y la necesidad y deseo de los visitantes y universitarios por estar cerca de espacios agradables a los sentidos, lo cual llega a dañar a gran variedad de seres vivos. Finalmente, en la cuarta unidad se encuentran las reflexiones y las historias personales y profesionales de cuatro académicos universitarios que han estado ligados estrechamente a la repsa.
 
Ojalá, al leer esta obra usted sienta el mismo placer que nosotros experimentamos al realizarla. Estas historias brotadas de las rocas del Pedregal y escritas por sus protagonistas tienen los propósitos de conmover a los lectores y contribuir a que valoren, en su justa dimensión, el papel vital de la protección de todos los ecosistemas naturales del planeta
 
     
(Fragmentos de la Introducción).      

     
Luis Zambrano y Zenón Cano Santana
Compiladores
     

     
 
cómo citar este artículo

Zambrano, Luis y Zenon Cano Santana. 2017. Historias que brotan de las rocas. Experiencias sobre el pedregal de San Ángel y su reserva ecológica. Ciencias, núm. 124, abril-junio, pp. 68-69. [En línea].
     

 

 

de la filosofía y la ciencia
        menu2
índice 122-123
siguiente
anterior
PDF
                 
La dualidad
de la información,
clásica versus cuántica
124B02  
 
 
 
Carlos Ortega Laurel,
Shi-Hai Dong, Silvia Viera 
y
Miguel Cruz Irisson

 
                     
Intuitivamente es posible definir la información
como todos los datos de hechos, asuntos y parámetros que, procesados en las mentes, orientan, indican o aportan sobre algo, como las características de las personas, detalles de eventos, resultados, consecuencias, etcétera, de tal modo que estos datos procesados por la percepción permiten saber con cierta certidumbre qué va a pasar con ese algo, es decir, quién y cómo es la persona, sobre qué es el evento y precisar aquello o lo otro. De hecho, ante una mayor cantidad de datos procesados se tendrá una mejor aproximación a la obtención de información inequívoca y, mientras mayor sea la cantidad de información, más se estaría informado sobre algo. Para los científicos, tecnólogos e investigadores existen dos teorías que versan sobre la información, una clásica y otra cuántica.
 
El avance de la física y las ciencias de la información ha dado lugar a formas alternativas para entender esta última. Charles Bennett y Peter Shor definieron en 1998 la teoría de la información cuántica, presentándola como una teoría que entrelaza dos de las grandes ciencias del siglo xx, ya que entrecruza la teoría cuántica establecida entre 1920 y 1930 por Planck, Einstein, Bohr, De Broglie, Born, Heisenberg, Schrödinger, Pauli, Dirac y Von Neumann, con la teoría de la información establecida en 1948 por Claude Elwood. Se ha propuesto que a dicha aproximación se le nombre la segunda revolución cuántica, tal y como apuntara Dowling en 2003: “siendo la primera, por supuesto, la invención de la teoría cuántica”. Hay dos teorías sobre la información: una clásica, que viene desde 1948, a decir de Shannon, y una cuántica, que data del año 1998 según Bennett y Shor.
 
Esta forma alternativa de entender la información hace uso de los principios fundamentales de la teoría cuántica, los cuales rigen los fenómenos en la escala subatómica. Para Peskin y Schroeder, el concepto de incertidumbre, que está en el corazón de la teoría cuántica no se debe a la falta o pérdida de información o a la imprecisión en la capacidad de medición, es más bien una incertidumbre inherente a la naturaleza propia de los fenómenos a escala subatómica; es una característica intrínseca al mundo subatómico.
 
Dos teorías
 
En la década de los cuarentas, en el contexto del envío de información por un canal —como puede ser el cable telefónico o el telegráfico—, el ingeniero Claude Shannon tuvo el acierto de proponer y modelar la información, no como intuitivamente la percibimos, sino como eventos o datos que se producen con ciertas probabilidades. Esta visión ha permitido desde entonces revolucionar la ciencia de las comunicaciones y lo hace aún en la actualidad.
 
Para entender más a fondo el concepto de información en la teoría clásica debe considerarse el siguiente ejemplo. Una moneda es lanzada al aire, es claro que existe una probabilidad de 50% de que caiga águila y 50% de que caiga sol; éstos son los datos del sistema. Si la moneda no está cargada —trucada—, intuitivamente todos pueden decir que la probabilidad de que salga sol es de 50%, al igual de que sea águila; la probabilidad de que caiga águila o sol es la suma de ambas, lo que por supuesto da 100% de ésta.
 
Ahora, si se piensa cuantitativamente, lo que en realidad reflejan las probabilidades es lo mucho o lo poco que se sabe acerca del lanzamiento de la moneda. Las probabilidades en realidad cuantifican el desconocimiento más a fondo que se tiene de los datos del sistema, ya que desde la óptica de la física determinista, pensar y decir que hay una posibilidad de 50% y 50% significa que no se tiene datos suficientes del sistema para determinar cómo caerá la moneda al efectuar el lanzamiento. Sin duda esto es válido en el uso intuitivo y cotidiano de la información, y se le conoce como incertidumbre clásica pues, si se estudiara y entendiera con detalle las causas y datos del sistema físico, sería posible determinar de qué lado caerá la moneda y también se lograría conocer con suficiente precisión todos los parámetros relevantes del sistema físico, como la fuerza conferida a la moneda por el lanzador, la altura desde la cual se lanza, la que alcanzará antes de caer, la resistencia del aire, la velocidad del viento y todos los demás parámetros medibles que fuesen de utilidad, por lo que se podría predecir el resultado con una certeza de 100%. Es por esto que para los científicos no hay incertidumbre real sobre el sistema, sino únicamente ignorancia acerca de él.
 
El volado es un sistema binario en el que es posible tener dos estados: águila: 0 y sol:1; de éstos resultará la cantidad de información que será posible manejar y por tanto a considerar desde la teoría de la información: en este caso la cantidad es un bit de información.
 
Si se contrasta el significado que en forma natural e intuitiva se asocia a la palabra información con la ya referida en la teoría de la información clásica, se encontrará que la teoría de Shannon no trata de la información en el sentido coloquial de la palabra, sino sobre la determinación de la información en forma cuantitativa en el contexto de una cuantificación métrica de los datos. Este argumento permite sumarle, operarle, almacenarle y transmitirla, lo cual, en el planteamiento original de Shannon fue llevado a la práctica dentro de los sistemas de comunicaciones, por considerarla como información en términos de la probabilidad de ocurrencia de los símbolos usados para su representación.
 
Fue en tales términos que se determinó su incertidumbre con el fin de establecer los fundamentos y la cantidad de símbolos idóneos, y no de información como intuitivamente se le conoce en el mundo cotidiano, en donde se trasmiten mensajes de manera coloquial. Esta gran diferencia de conceptos es lo que permite distinguir y resaltar el quehacer científico y de investigación del contexto de lo cotidiano.
 
Nuevas preguntas
 
Con el surgimiento de la teoría cuántica se han trasladado las preguntas básicas de la teoría de la información clásica a la nueva teoría de la información cuántica, de tal manera que las primeras —que ya tienen respuestas clásicas— encuentren ahora respuestas cuánticas en los sistemas tecnológicos cuánticos, que serán la tecnología de última generación. La primera pregunta que se formula de manera natural es saber si existe una medida análoga de información cuántica. El fundamento de la teoría de la información cuántica fue asentado por Von Neumann en 1932, quien formuló una rigurosa base matemática para la mecánica cuántica, en la que plantea una incertidumbre basada en los estados cuánticos y su descripción de acuerdo con los conceptos de la mecánica cuántica.
 
Imaginemos una moneda dentro de una caja, es un experimento mental; se lanza o se agita la moneda dentro de la caja y, si describimos el experimento con las leyes fundamentales de la mecánica cuántica, la moneda puede caer en cualquier dirección, esto es, en términos del espín se tendría el águila arriba, águila abajo, esto es sol abajo, sol arriba, y experimentalmente podría caer en cualquier dirección, ya que el espín del átomo puede tener orientación hacia arriba, hacia abajo, a un lado o al otro, prácticamente en cualquier dirección de forma indistinta. El asunto es que no es posible predecir el resultado con 100% de certeza, sino que sólo se puede determinar la probabilidad de que ocurra cierto resultado. Esto es consecuencia de la incertidumbre cuántica y no debido a la falta o pérdida de información o a la imprecisión en la capacidad de medición; es algo inherente a la naturaleza propia de los fenómenos a escala subatómica, pues la incertidumbre es intrínseca a su naturaleza. Por lo tanto, la descripción del sistema se hace mediante las llamadas funciones de onda, que representan toda la información que se tiene del sistema en forma genérica, ya sea en el ejemplo sobre la moneda o en un sistema cuántico generalizado.
 
Así, análogamente a los dos estados (águila:0 y sol:1) medidos en bits y que describen el lanzamiento de la moneda, al interior de la caja existen qubits, en los que la gama de posibilidades varía continuamente del 0 al 1; resulta práctico por ello imaginar el qubit como una aguja que gira y puede apuntar en una esfera en cualquier dirección, lo que significa que puede estar en cualquier estado. Es esto último lo que diferencia y da potencial al qubit sobre el bit clásico, el cual sólo puede apuntar en dos direcciones: arriba y abajo, 0 o 1.
 
Para clarificar aún más esto, imaginémonos los estados cuánticos de un qubit representados como las bolas de un juego de billar —quince numeradas y una blanca del pool. Éstas serían justamente la representación de todos los estados de un qubit de información. Al pensar en cualquiera de estas bolas como estados cuánticos del qubit, se estaría hablando de una posibilidad de entre las dieciséis alternativas observables, mismas que son representables en cuatro bits clásicos. En este sentido, se está hablando ya no de un bit máximo de información —como en la moneda—, sino de cuatro bits de información simultáneos, o sea, la representación de los dieciséis estados del qubit hipotético, lo que innegablemente les da a los qubit un potencial magnífico; es claro que, para efectos prácticos, una función de onda contiene toda la información sobre un sistema —representando todos los estados cuánticos posibles—, por lo que para describir cualquiera de los estados posibles, únicamente se puede hacer por medio de probabilidades, esto es, mediante la probabilidad de captar uno de los estados-valores u otros parámetros de tales estados como variables u observables.
 
Así, de la analogía planteada con las bolas de billar de un juego de pool es posible inferir que se llama información cuántica a la información física contenida en uno de los estados posibles de un sistema cuántico de entre un conjunto de estados posibles.
 
Finalmente
 
La teoría de la información cuántica es el estudio de la capacidad máxima que tienen los sistemas físicos subatómicos, la cual se rige por las leyes de la mecánica cuántica para preservar la información y sus correlaciones. La información en la teoría cuántica de éste es aquella que es cuantitativa, es medible y busca ser transportada por sistemas cuánticos, mismos que, en forma similar al caso clásico, pueden abarcar desde la representación de los símbolos en uso, hasta la fuente de generación de información, el dispositivo transmisor que prepara la señal a ser transmitida, la señal transmitida o recibida, el canal subyacente, las fuentes de ruido, el receptor, el destino y los símbolos recibidos –todos ellos ahora desde la perspectiva de la tecnología cuántica.
 
Finalmente, es posible decir que cualitativamente no hay información clásica y cuántica, sólo hay un tipo de información que depende de los términos de los mensajes que se desea comunicar. La tecnología cuántica promete ser revolucionaria en el progreso de la ciencia y la tecnología en el de los sistemas de comunicación.
     

     
_______________________________________________      
Carlos Ortega Laurel
Miguel Cruz Irisson
Escuela Superior de Ingeniería Mecánica y Eléctrica-Culhuacan, Instituto Politécnico Nacional.

Shi-Hai Dong
Centro de Innovación y Desarrollo Tecnológico
en Cómputo, Instituto Politécnico Nacional.

Silvia Viera
Unidad de Gestión Educativa Local,
Tambogrande, Piura, Perú.
     
_________________________________________________      
 
cómo citar este artículo

Ortega Laurel, Carlos; Shi-Hai Dong, Silvia Viera y Miguel Cruz Irisson. 2017. La dualidad de la información, clásica versus cuántica. Ciencias, núm. 124, abril-junio, pp. 22-24. [En línea].
     

 

 

imago         menu2
índice 124
siguiente
anterior
PDF
                 
Las infinitas maneras
de ensamblar el cosmos
124B03  
 
 
 
César Carrillo Trueba
 
                     
La tajante división instaurada en el pensamiento
occidental, y por ende en la ciencia, entre lo que es naturaleza y lo que es cultura, sociedad, es quizá uno de los mayores obstáculos para la comprensión del conocimiento generado en diferentes culturas, de lo que es real y no, de lo que se considera posible, lo verdadero. Las relaciones que las diferentes sociedades —pasadas y presentes— mantienen con los elementos de la naturaleza configuran de una manera particular su cultura, su cosmovisión, y constituyen el universo de lo posible, de lo real, su propia ontología, orientando su pensamiento y la forma como en la vida social cotidiana se relacionan con ellos, así como entre los mismos integrantes de la sociedad y de aquellas que les rodean. Es al interior de este marco conceptual que debemos tratar de comprender las formas de conocimiento desarrolladas en otras culturas, pasadas y presentes. Como bien dice Anthony Aveni: “todos buscamos la unidad, pero la forma como la gente crea orden en el mundo que le rodea parece depender fuertemente de su agenda social —lo que necesitan para funcionar en su día a día—, pues es su cultura la que confiere estructura a la naturaleza. Los lazos ocultos que se establecen entre la manera como sopla el viento, cómo se mueven las estrellas, cómo amanece, difieren claramente a lo ancho del mundo, y este proceso de unir así partes del entorno en que se vive no es compartido por toda la gente, salvo en su nivel más elemental. Lo que sucede por encima de todo es que no existe un conjunto de principios culturales abstractos que sean entendidos de la misma forma por toda la gente en toda época. Somos demasiado diversos para eso”.

Las representaciones del cielo elaboradas por las diferentes culturas que aquí presentamos son claro ejemplo de dicha diversidad.

imago1 imago2
Decoración astronómica de tumba egipcia en Tebas, ca. 1473 a. C.  Leonard King, Planisferio de Nínive, 1912.
   
imago5 imago4
Liber floridus, s. XIII; Abd Al-Rahman Al-Sufí, Libro de las constelaciones de las estrellas fijas, s. XIV
   
imago3 imago6
Abd Al-Rahman Al-Sufí, Libro de las constelaciones de las estrellas fijas, s. XIV.  Grabado del período seléucida, s. II a. C.


La mirada arrogante que aún prevalece en la ciencia poco puede aportar a la irrecusable necesidad de simetría en las relaciones entre distintas sociedades en el mundo pluricultural en que vivimos; esto sólo pueden ser viable si tales relaciones se hallan cimentadas, desde el punto de vista ontológico, en una igualdad de las diferentes formas de conocimiento que existen, es decir, en el pleno respeto a las diversas realidades que constituyen, en palabras del mismo Aveni, “las infinitas maneras de ensamblar el conjunto del cosmos”.
     
Referencias bibliográficas

Aveni, Anthony. 1992. Conversing whit the Planets: how science and Myth Invented the Cosmos. Times Books, Nueva York.
     

     
César Carrillo Trueba
Facultad de Ciencias,
Universidad Nacional Autómoma de México.
     

     
 
cómo citar este artículo

Carrillo Trueba, César. 2017. Las infinitas maneras de ensamblar el cosmos. Ciencias, núm. 124, abril-junio, pp. 36-37. [En línea].
     

 

 

del obituario           menu2
índice 124
anterior
PDF
 
                 
León Olivé Morett (1950-2017).
in memoriam
 
124B07Foto: Universidad Veracruzana  
   
Matemático egresado de la Facultad de Ciencias
de la UNAM, León Olivé orientó su formación hacia la filosofía de la ciencia, área en la que fue pionero en el país y en donde llegó a ocupar un lugar prominente como miembro del Instituto de Investigaciones Filosóficas de la unam. Quizá por el ambiente familiar —su padre fue un reconocido antropólogo— y su cercanía con Luis Villoro, León se interesó en la dimensión intercultural que tiene el conocimiento en una sociedad pluricultural como la nuestra e incluso abordó el asunto de la justicia desde tal perspectiva. Su pertenencia a la Unión de Científicos Comprometidos con la Sociedad (uccs) es muestra de la relevancia que para él tenían todos esos aspectos del quehacer científico, de la indispensable crítica que se debe ejercer desde la academia contra ciertas orientaciones del desarrollo tecnológico. Pero, además, siempre consideró la comunicación de la ciencia como un asunto importante, necesario, por lo que fue un colaborador constante y cercano, un miembro fundamental del Consejo Editorial de Ciencias. Lamentamos profundamente su muerte.

Artículos de León Olivé publicados en la revista Ciencias:


Qué hace y qué hacer en la Filosofía de la Ciencia
revista Ciencias número 19.

El progreso científico y el cambio conceptual en las ciencias
revista Ciencias número 26.

La muerte. Algunos problemas filosóficos
revista Ciencias número 38.

Razón y sociedad
revista Ciencias número 43.

La comunicación científica y la filosofía

revista Ciencias número 46.


Thomas S. Kuhn y el estudio de la ciencia
revista Ciencias número 50.

Políticas científicas y tecnológicas: guerras, ética y participación pública
revista Ciencias número 66.

El maíz en México: problemas ético-políticos
revista Ciencias número 92-93.

 

     
Los editores
Revista Ciencias, Facultad de Ciencias,
Universidad Nacional Autómoma de México.
     

     
 
cómo citar este artículo

Los editores. 2017. León Olivé (1950-2017), in memoriam. Ciencias, núm. 124, abril-junio, pp. 78. [En línea].
     

 

 

Entrada124A3   menu2
índice 124
siguiente
anterior
PDF
 
     
José Luis Álvarez García
     
               
               
La Academia y el Liceo en Atenas, al igual que la Biblioteca
y el Museo en Alejandría, surgieron durante la Antigüedad clásica. Fue en dichas escuelas y centros de desarrollo del conocimiento donde se reunió la filosofía y el conocimiento de esa época, cuyos textos fueron trasladados a Oriente después del derrumbamiento de la civilización Clásica, primero a Siria y luego a Persia donde, en la ciudad de Gundishapur, surge un observatorio astronómico junto a un importante centro cultural célebre en el siglo vi. Más adelante, entre los siglos viii y xi, los musulmanes preservarán el conocimiento en grandes centros de cultura como Bagdad, Damasco y Córdoba. Una de las primeras construcciones que mandó erigir el califa Al-Manzur en el año 761 en Bagdad, fue La Casa de la Sabiduría, sede de la Escuela de Traductores de Bagdad, en donde pasaron del griego al árabe los textos de Platón, Aristóteles, Hipócrates, Galeno, Euclides, Hiparco, Ptolomeo y otros más, lo cual permitió a Occidente recuperar más tarde el saber antiguo. Similar fue la Escuela de Traductores de Toledo, en donde se pasaron al latín textos árabes que provenían del griego.
 
A partir del siglo iv, con la caída del Imperio Romano y el advenimiento del cristianismo como religión de Estado, se traslada el desarrollo cultural a Oriente, al Imperio Bizantino, y en Occidente ocurre incluso un retroceso.
 
No obstante, en Venecia, Salerno y hasta en la remota Irlanda fueron conservadas fuentes del saber clásico, de las cuales habría de fluir la cultura medieval original para unirse en el siglo xii con la corriente principal proveniente del oriente islámico. En el norte de Inglaterra, en el siglo vii, aparece la figura de Beda y poco después la de Alcuino, quien tendrá un papel relevante en la renovación cultural ocurrida durante el siglo viii en el continente bajo el auspicio de Carlomagno. Las escuelas de las catedrales y las monacales estuvieron destinadas en un principio a la educación de los monjes y los novicios, pero más adelante, a finales del siglo ix, ampliaron su enseñanza a los jóvenes ajenos a los monasterios. Sin embargo, fue en el siglo xii cuando, en el fermento de las ciudades, surgen como centros de actividad económica, adquiriendo un gran desarrollo, constituyendo así el antecedente de las nacientes instituciones de enseñanza y desarrollo de la cultura: las universidades.
 
El retorno de los textos antiguos a Occidente
 
La dinastía carolingia se extendió del año 751 al 987 en Francia, manteniendo la renovación cultural promovida por el propio Carlomagno, cuyo núcleo esencialmente educativo y escolar rindió frutos en los siguientes siglos. Fue en el año 768, cuando el rey de los francos decidió reorganizar la enseñanza en sus Estados debido a que en la dinastía anterior las escuelas habían caído en la más completa decadencia; los sacerdotes eran totalmente ignorantes, al grado de no comprender el latín de las plegarias y los sacramentos más comunes. Carlomagno pretendía tener un clero de mejor calidad y una nobleza formada por funcionarios suficientemente instruidos como para asegurar la buena marcha de un Estado centralizado, además de que poseía un deseo genuino de renovación cultural. Para tales propósitos mandó llamar a un clérigo de York, Alcuino, dedicado a asuntos políticos y religiosos, cuyo papel principal fue el de enseñar, para lo cual hizo traer libros clásicos y manuales de Inglaterra y fundó escuelas anexas a las catedrales; en suma, según sus propias palabras, “construyó en Francia una nueva Atenas”.
 
En el proyecto carolingio existieron rasgos positivos; por ejemplo, la legislación escolar extendió la enseñanza a todos los obispados y monasterios, el apetito intelectual se vio exacerbado y hasta el rey daba ejemplo de ello al construir una academia palatina, compuesta por letrados de su séquito y destinada a instruir a los hijos de los nobles. Asimismo, los progresos en las comunicaciones favorecieron la circulación de libros e ideas. Al término del reinado de Carlomagno, el crecimiento intelectual se tornó más brillante y ya no una moda pasajera; por ejemplo Juan Escoto Erígena, considerado como el más original y vigoroso de los pensadores del siglo ix, careció de público en su tiempo, pero fue conocido y comprendido en el siglo xii por la Escuela de Chartres.
 
Las obras que se le atribuyen a Carlomagno seguramente fueron escritas por algunos de los eruditos que mandó traer a fin de transmitir su ideario; en 787, por ejemplo, dirige a obispos y abades la Capitulare de litteris colendis, texto en el cual, tras reprocharles su lenguaje de iletrados, los exhorta a crear escuelas para religiosos y laicos; en 789 promulga la Admonitio generalis, en la que ordena que en todo el reino de los francos se debe construir escuelas y que los sacerdotes tienen que ser examinados por los obispos en materia teológica; en 792 inicia en Aquisgrán la construcción de la Capilla Palatina y en 796 premia a Alcuino con la donación de las rentas de la abadía de San Martín de Tours.
 
La enseñanza era impartida en las escuelas de las catedrales y en las de los claustros. Estaban abiertas a un doble público: las interiores a monjes y novicios; las exteriores a los jóvenes ajenos a los monasterios. En el año 817 las escuelas exteriores cerraron, lo que limitó la difusión de la cultura. Para que se ampliara verdaderamente el desarrollo de las escuelas urbanas tuvo que llegar el crecimiento de las ciudades.
 
En conjunto se podían distinguir tres niveles de estudios; en el más bajo se enseñaba a leer y escribir, y se iniciaba a los alumnos en los rudimentos del latín, la Biblia y la liturgia. El segundo nivel era el de las artes liberales (el trivium y el cuadrivium) y el de la lectura más o menos amplia de autores paganos y cristianos. En el nivel más alto se situaba el estudio de las Escrituras, consideradas en diversos sentidos: gramatical, histórico, teológico, etcétera.
 
En general, durante la alta Edad Media (siglo iv al xi) la erudición secular, concentrada en las escuelas monacales del periodo, estaba limitada a las siete artes liberales: gramática, retórica, dialéctica, que constituía el trivium; y aritmética, geometría, astronomía y música, el cuadrivium. Este esquema perduró hasta el siglo xi, y en él la gramática fue la materia principal. La filosofía estaba representada por la dialéctica (la lógica elemental) basada en los tratados aristotélicos escritos por Boecio en el siglo vi. La filosofía, en el sentido amplio que le daban los griegos, estaba prácticamente olvidada. Juan Escoto Erígena fue el único autor con una contribución auténtica a la filosofía, pero era una figura aislada y se distinguía por su familiaridad con el neoplatonismo griego.
 
Esta situación cambió completamente gracias al notable surgimiento de estudios filosóficos, teológicos y científicos que se inició en la segunda mitad del siglo xi. Se tradujo del árabe y del griego un elevado número de obras sobre filosofía y ciencias. Proclo y otros autores neoplatónicos también estaban incluidos en los temas de estudio, pero la presencia más completa e importante en la literatura era la obra casi entera de Aristóteles, acompañada de unos cuantos comentarios griegos y un volumen mucho mayor de escolios árabes, en especial los de Avicena y Averroes. Los textos que regresaron a Europa fueron traducidos, pero la elección de temas y autores refleja más claramente la tradición filosófica árabe que la griega.
 
Este notable aumento en el conocimiento tuvo por causa directa la recuperación para Occidente de los textos antiguos que habían sido conservados y desarrollados por los musulmanes. Es la época de la primera cruzada, de la reconquista del sur de España por parte de los Reyes Católicos y de la recuperación de Sicilia y el sur de Italia por parte de los normandos.
 
Entre los muchos filósofos de la Antigüedad clásica, dos ejercieron en la posteridad una influencia más amplia y profunda que el resto: Platón y Aristóteles. Dos factores explican esta importancia avasalladora de los dos filósofos: la grandeza intrínseca de sus obras y el que se hubieran conservado sus escritos. Algunos pensadores de nuestro tiempo consideran que ambos proyectaron su luz alternadamente sobre nuestra civilización, por ejemplo, hasta el siglo xii Platón reinó notablemente; después, y durante más de trescientos años, Aristóteles gobernó el pensamiento de la baja Edad Media.
 
El cristianismo tomó los aspectos místicos y religiosos del platonismo, desapareciendo casi por completo los aspectos más racionales —el lógico y el matemático. El platonismo, o más bien el neoplatonismo, se mezcló con el cristianismo, constituyendo, sin lugar a dudas, el apoyo intelectual de su teología. Ahora tocaba el turno a Aristóteles.
 
Las escolásticas cristiana y musulmana
 
A mediados del siglo xii empezó a manifestarse en el occidente cristiano un deseo y una necesidad de explicar racionalmente el mecanismo de la Creación de acuerdo con la fe. Por más de un milenio la Iglesia había intentado aclarar puntos oscuros del dogma y había fijado conceptos acerca del origen, mantenimiento y fin de los cielos y la Tierra, respecto del hombre, el pecado original y sus esperanzas para la vida futura. El plan divino aparecía claro, por lo menos en símbolos en las páginas de la Biblia, donde se muestra información suficiente para entender todo lo que había ocurrido, ocurría y tendría que ocurrir por toda la eternidad.
 
Pero, a veces, la divina revelación parecía algo velada y no enteramente clara a pesar de una fervorosa y absoluta fe para animar a los hombres a pensar en dios y su obra. De modo que era preciso descifrar los símbolos y las alegorías de los relatos bíblicos para teorizar el plan de la naturaleza o de la Creación de acuerdo con la revelación divina. Fue así que la razón, siempre sometida a la fe, construiría el castillo de la teología cristiana.
 
El contenido y propósito de la escolástica es explicar teológicamente el Universo, tanto en el orden físico como moral. Es difícil precisar hasta qué punto la escolástica cristiana se vio estimulada por la musulmana que la precedió. Los árabes conocieron a Aristóteles antes que el occidente latino, y el problema que persiguieron los escolásticos del Islam es prácticamente el mismo que se propusieron los doctores cristianos: aclarar los misterios de la revelación con la ayuda de la Lógica y la Metafísica de Aristóteles.
 
Es difícil creer que en el siglo xii la influencia árabe no actuara sobre los eruditos occidentales para estimular la aparición de la nueva ciencia de la escolástica. Además, estaba el antecedente de Platón, que había servido para fundamentar el cristianismo; entonces, ¿por qué no seguir buscando ese apoyo en otros pensadores clásicos como Aristóteles? Aunado a esto había un clima favorable para el pensamiento antiguo, atmósfera que provenía desde la época carolingia.
 
La contribución árabe y los traductores
 
En los siglos xi y xii, cuando Occidente sólo tuvo materias primas para exportar —aun cuando ya se anunciaba una incipiente industria textil—, los productos raros llegaban de Oriente, venían de Bizancio, Damasco, Bagdad, pero también de Córdoba, y junto con las especias y la seda llegaron los manuscritos que aportaban la cultura grecoárabe.
 
Las obras de los pensadores clásicos que fueron llevadas a Oriente por los cristianos (heréticos, nestorianos y monofisitas) y por los judíos perseguidos en Bizancio, fueron legadas a las bibliotecas y a las escuelas musulmanas que las acogieron ampliamente y, a finales del siglo xi, regresaron al occidente europeo.
 
En ese entonces, los buscadores cristianos de manuscritos árabes y griegos se desplegaron hasta Palermo, donde los reyes normandos de Sicilia y Federico II, en su cancillería trilingüe (griego, árabe y latín), animaron la primera corte italiana renacentista, llegando hasta Toledo, donde trabajaban activamente los traductores cristianos.
 
Los traductores son los pioneros de este renacimiento, pues para esas fechas en Occidente ya se leia el griego antiguo y la lengua del conocimiento era el latín. Textos originales árabes, versiones árabes de textos griegos y originales griegos fueron traducidos más frecuentemente por equipos que reunían varias habilidades; como el célebre equipo que formó en el siglo xii el ilustre abad de Cluny, Pedro el Venerable, para traducir el Corán. Él es el primero que concibe la idea de combatir a los musulmanes, no en el terreno militar, sino en el intelectual; pensaba que para refutar tal doctrina se debía conocerla primero: “Ya sea que se dé al error mahometano el vergonzoso nombre de herejía, ya sea que se le dé el infame nombre de paganismo, hay que obrar contra él, es decir, escribir. Pero los latinos y sobre todo los modernos, habiendo perecido la cultura antigua, ya no conocen otra lengua que la de su país natal [...] de manera que no pudieron ni reconocer la enormidad de este error ni cerrarle el camino [...] me indigné al ver a los latinos ignorar la causa de semejante perdición y ver cómo su ignorancia los privaba del poder de resistir a ella; nadie respondía porque nadie sabía. Fui pues en busca de especialistas de la lengua árabe que permitió a ese mortal veneno infectar a más de la mitad del mundo. Los persuadí a fuerza de súplicas y de dinero a que tradujeran del árabe al latín la historia y la doctrina de ese desdichado y hasta su misma ley que llaman Alcorán. Y para que la fidelidad de la traducción fuera completa y para que ningún error pudiera falsear la plenitud de nuestra comprensión, a los traductores cristianos agregué un sarraceno [...] este equipo, después de haber revisado a fondo las bibliotecas de ese pueblo bárbaro compuso un gran libro que se publicó para los lectores latinos. Este trabajo se hizo el año […] del Señor 1142”.
 
La empresa de Pedro el Venerable es un ejemplo del rigor y la precisión con que se vertían los textos del árabe al latín en las escuelas de traductores en España. Sin embargo, éstos no estaban interesados en el islamismo; les atraían los tratados científicos griegos y árabes.
 
Los investigadores que trabajaron en diversos centros de traducción (además del de Toledo) como Santiago de Venecia, Burgundio de Pisa, Moisés de Bérgamo, León Tusco —que trabajó en Bizancio y el norte de Italia—, Aristipo de Palermo en Sicilia, Adelardo de Bath, Platón de Tívoli, Hermann el Dálmata, Roberto de Ketten, Hugo de Santalla y el célebre Gerardo de Cremona en España, contribuyeron enormemente a la cultura de Occidente al traducir al latín textos de las matemáticas de Euclides, de astronomía de Ptolomeo, de medicina de Hipócrates y Galeno, de física, lógica y ética de Aristóteles.
 
Al hablar de la contribución árabe tenemos que mencionar el álgebra de Al-Khwarizmi y la aportación a la medicina de Rhazi —que los cristianos llaman Rhazés— y de Ibn Sina o Avicena. También hubo participación en la astronomía, pero tal vez la contribución árabe más importante fue en el terreno de la medicina y la filosofía con la obra de Ibn Rhus o Averroes a partir de comentar los textos de Aristóteles.
 
Los lugares más importantes en donde se incorporó todo el legado oriental a la cultura cristiana son Chartres y París, Laon, Reims y Orleans. Fue lo que convirtió a Francia en lo que Alcuino había pronosticado: la primera heredera de Grecia y Roma.
 
La Escuela de Chartres
 
A finales del siglo x, como un residuo del florecimiento carolingio, surgen figuras como Geberto de Aurillac, convertido en el papa Silvestre II en el año 1000, muy involucrado en el arranque de las escuelas catedralicias. Uno de sus discípulos, Fulberto, funda en 990 la Escuela de Chartres en la ciudad francesa del mismo nombre. Fue una de las primeras escuelas representativas de los centros de enseñanza instalados en las ciudades que estuvieron abiertos a todo el mundo —religiosos y laicos—, el cual alcanzó su máximo esplendor en el siglo xii.
 
Todo ese conocimiento de la Antigüedad clásica que comenzaba a ser recuperado a finales del siglo xi por Europa mediante los textos árabes donde los musulmanes habían vertido los trabajos de los sabios griegos tuvo que adecuarse al dogma cristiano. La renovación del estudio de la naturaleza, el desarrollo de la instrucción de los laicos, el interés en disciplinas profanas (como el derecho y la medicina) hicieron que los lazos existentes entre la ciencia sagrada y las artes profanas se volvieran lo suficientemente laxos como para que estas últimas comenzaran a emanciparse y ya no se les cultivara únicamente para comprender mejor la sacra pagina. El gusto por la dialéctica misma se hace más vivo, lo suficiente como para que su aplicación al dogma se vuelva inquietante. Algunos de los pensadores que pasaron por la Escuela de Chartres, la cual se destaca por su interés en el saber científico y humanístico, el platonismo y las relaciones entre fe y razón, son Bernardo de Chartres, Gilberto de la Porrée, Thierry de Chartres, Clarembardo de Arras, Guillermo de Conches y Juan de Salisbury. Bernardo, por ejemplo, fue consciente del crecimiento histórico del conocimiento: veritas, filia tempore (la verdad es hija del tiempo) y a él se atribuye la alegoría del progreso intelectual que más tarde Newton haría famosa: “somos como enanos sentados en la espalda de gigantes: si vemos más cosas y más lejos que ellos, no es por que nuestra mirada sea más perspicaz, ni por que nuestro tamaño sea mayor; es porque somos elevados por ellos”.
 
De los labios de estos eruditos chartrianos, así como de su pluma, sale la palabra moderni para designar a los escritores de su tiempo; pero son modernos que no riñen con los antiguos, todo lo contrario, se nutren de ellos. El historiador medievalista Jacques Le Goff en su libro Los intelectuales en la Edad Media presenta la siguiente cita que muestra el espíritu chartrense: “No se pasa de las tinieblas de la ignorancia a la luz de la ciencia —exclama Pedro de Blois— si no se releen con amor cada vez más vivo las obras de los antiguos. ¡Que ladren los perros, que gruñan los cerdos! No por eso dejaré de ser el sectario de los antiguos. A ellos dedicaré todos mis cuidados y cada día el amanecer me encontrará estudiándolos”.
 
Este otro testimonio habla de la enseñanza dada por Bernardo de Chartres, según cita uno de sus más ilustres discípulos, Juan de Salisbury: “Cuantas más disciplinas se conozcan y cuanto más profundamente se impregne uno de ellas, más plenamente se captará la perfección de los autores [antiguos] y más claramente se los enseñará [...] sobre ese campo, la lógica, al aportar los colores de la demostración, infunde sus pruebas racionales con el esplendor del oro; la retórica en virtud de la persuasión y el brío de la elocuencia imita el brillo de la plata. La matemática, arrastrada por las ruedas de su cuadriga, pasa sobre las huellas de las otras artes y deja en ellas con una infinita variedad sus colores y sus encantos. La física, habiendo penetrado los secretos de la naturaleza, aporta la contribución del múltiple encanto de sus matices. Por fin, la más eminente de todas las ramas de la filosofía, la ética, sin la cual no hay filósofos, ni siquiera de nombre sobrepasa a todas las demás por la dignidad que confiere a la obra [...] éste era el método que seguía Bernardo de Chartres”.
 
El problema de la relación entre la razón y la fe, crucial en toda la Edad Media, viene planteada por la escuela chartriana en términos que pretenden entender con la razón el contenido de la fe; la verdad se encuentra en la razón, de modo que la revelación es a la vez punto de partida y llegada para lograr la verdad; es deber del pensador aclarar su contenido mediante el patrimonio científico y filosófico de la Antigüedad.
 
El siglo XI
 
Después de la desintegración del imperio de Carlomagno tiene lugar una serie de acontecimientos: guerras entre los estados que se habían formado en el vasto territorio carolingio, las invasiones normandas y otros más que darán lugar a un debilitamiento del poder y a la inseguridad, así como a un conjunto de rasgos que muestran una mentalidad regresiva, que permiten comprender el débil nivel de vida intelectual en el siglo x.
 
En este periodo, entre los siglos x y xiii, que algunos historiadores han dado en llamar Edad Media central, hubo serias dificultades para obtener de la tierra el alimento suficiente —en calidad y cantidad—, se dice a causa de lo limitado del instrumental que los agricultores usaban para trabajar la tierra.
 
La tierra era la realidad esencial de la cristiandad medieval en una economía que era ante todo de subsistencia, era el fundamento y base de la riqueza, del poder y la posición social. La clase dominante, una aristocracia militar, fue al mismo tiempo la de los grandes propietarios de la tierra. Pero esta tierra era ingrata pues la debilidad de las herramientas impedía cavarla, removerla, quebrantarla con suficiente fuerza y la necesaria profundidad para hacerla más fértil. El antiguo arado de madera simétrico, primitivo, sin ruedas, que apenas removía la tierra, era utilizado ampliamente, incluso fuera de la zona mediterránea. Además, había una insuficiencia de abonos, lo que hacía necesario emplear todo tipo de recursos como las rentas de estiércol exigidas por los señores feudales, lo que obligaba a los campesinos a dejar sus rebaños durante un determinado número de días en las tierras señoriales para que se abonaran con sus excrementos; o bien recurrir a las cenizas de las malezas, a las hojas podridas o a los rastrojos de los cereales.
 
Las tierras sólo llegaban a producir buenos resultados si se les daba suficiente tiempo para reconstituirse, por lo que frecuentemente el terreno arable se dividía cada año en dos partes y sólo una producía cosecha; esta rotación bienal del terreno era, a mediados del siglo xi, la regla general en Occidente. A veces, muchas tierras no podían mantener ese ritmo de producción y se abandonaban al cabo de algunos años; como compensación, otras se ganaban para el cultivo mediante la roza o quema de bosques.
 
Era de esperarse que, bajo estas condiciones, toda inclemencia climatológica fuera catastrófica. Un mal año debido a lluvias excesivas, heladas, sequías, enfermedades de las plantas o plagas de insectos ocasionaba que las cosechas bajaran por debajo del mínimo necesario para la subsistencia. El ganado no estaba exento de enfermedades y epizootias, lo que debilitaba la fuerza animal de trabajo, acrecentando las crisis alimentarias y agravando así las necesidades económicas. El hambre amenazaba sin cesar a la población.
 
En el siglo XI también hubo grandes terrores colectivos. A las miserables condiciones materiales y económicas que aplastaban a la mayoría de los mortales de aquel tiempo en Europa se añadían los desmanes de “los espíritus malignos”; eran tiempos propicios en los que el miedo se personificaba en figuras diabólicas y el terror colectivo se alimentaba con las escenas apocalípticas que multiplicó el naciente arte románico.
 
Tales condiciones provocaban que en ocasiones el desarrollo intelectual de la época carolingia se borrara ante una literatura más inmediatamente utilizable frente a los peligros y calamidades. Es el caso de las obras litúrgicas y devotas y las crónicas llenas de supersticiones, de personajes de evidente herencia agustiniana que muestran un absoluto desdén por el conocimiento antiguo, como Gerardo de Csanad, Otloh de Saint-Emmeram, pero sobre todo Pedro Damián, quien llega a posiciones extremas: “Platón escudriña los secretos de la misteriosa naturaleza, fija los límites de las órbitas de los planetas y calcula el curso de los astros: lo rechazo con desdén. Pitágoras divide en latitudes la esfera terrestre: hago poco caso de ello [...] Euclides se entrega a los problemas complicados de sus figuras geométricas: yo lo aparto del mismo modo; en cuanto a todos los retóricos con sus silogismos y sus cavilaciones sofísticas, los descalifico como indignos”. El pensamiento de los monasterios se refugia totalmente en la fe; la ciencia urbana, como un último fruto del periodo carolingio, balbucea en la Escuela de Chartres, pero sólo hasta la segunda mitad del siglo xii alcanzará su mayor esplendor.
 
El mundo cristiano occidental revela a mediados del siglo xi una técnica y una economía atrasadas, una sociedad dominada por una minoría de explotadores y dilapidadores, fragilidad y vulnerabilidad de la salud, primitivismo del instrumental lógico, el imperio de una ideología que predica el desprecio por el mundo y, por lo tanto, el desdén por el conocimiento y las ciencias profanas. Indudablemente, tales rasgos seguirán apareciendo a lo largo de todo el periodo, pero al mismo tiempo, ese siglo fue testigo de un despertar y un progreso. Entre 1050 y 1060 se pueden advertir los primeros signos de dicho desarrollo y lo más espectacular es el aumento demográfico, la población crece sin cesar a mediados del siglo xi (46 millones de personas hacia 1050, 48 en 1100, 50 en 1150, 61 en 1200 y 73 millones ya para llegar a 1300) prueba de que la vitalidad demográfica fue capaz de superar los estragos de una mortalidad estructural y coyuntural debido a que el crecimiento económico superó el demográfico.
 
La base de este auge fue un conjunto de progresos llamado “revolución agrícola”, los cuales hicieron que aumentara la cantidad de alimentos y mejorara la calidad de la dieta. Hubo una renovación de las herramientas (arado con ruedas, utensilios de hierro) y de los métodos de cultivo (rotación trienal), y al mismo tiempo se acrecentaron las superficies de cultivo (desmontes) y aumentó la fuerza de trabajo animal (el buey fue reemplazado por el caballo y un nuevo sistema de enganche).
 
Por otro lado, el siglo xi es sorprendente en el dominio de la construcción, pues aparecen las iglesias de estilo románico y más adelante las de estilo gótico. La renovación de las iglesias lleva consigo el desarrollo de técnicas de extracción y de transporte, el perfeccionamiento de las herramientas, la movilización de grandes masas de mano de obra, la búsqueda de medios más potentes de financiamiento, la incitación al espíritu de aventura y de perfeccionamiento de los descubrimientos técnicos.
 
Fue así que, entre los siglos x y xiii, la faz de las ciudades de Occidente cambió, convirtiéndose en el hogar de lo que los señores feudales detestaban: la actividad económica. Tras su aparición a finales del siglo x estos nuevos centros de actividad económica reunieron diversos tipos sociales que van a comerciar sus productos, como agricultores, alfareros, comerciantes textiles, aquellos que dominan un oficio y ofrecen sus servicios en esos mercados como carpinteros, herreros y albañiles. En estos centros de intercambio económico aparece un nuevo oficio que implica pensar y enseñar ese pensamiento: el intelectual.
 
El nacimiento del intelectual como tipo sociológicamente nuevo presupone la división del trabajo urbano, así como el surgimiento de nuevas instituciones implica un espacio cultural en donde el intelectual pueda desarrollarse a la par de esas nuevas “catedrales del saber”. La división del trabajo, la ciudad, el intelectual y las nuevas instituciones en un espacio cultural común, son rasgos esenciales del nuevo paisaje intelectual de la cristiandad occidental en el paso del siglo xii al xiii.
 
En conclusión, el intelectual (erudito, filósofo, sabio, docto, pensador) nace con las ciudades, germina y se desarrolla en las escuelas urbanas del siglo xii y florecerá en el siglo xiii en esas nacientes instituciones: las universidades.
 
     
Referencias Bibliográficas
 
Antaki, Ikram. 1989. La cultura de los árabes. Siglo XXI, México.
Encliclopedia Historia Universal Salvat. 1999. Vol. 11: La Baja Edad Media y Renacimiento. Salvat, Barcelona.
Jolivet, Jean. 2005. Historia de la filosofía. La filosofía medieval en Occidente. Siglo XXI, México.
Le Goff, Jacques. 1971. La Baja Edad Media. Siglo XXI, México.
_____. 1985. Los intelectuales en la Edad Media. Gedisa, Barcelona. 1996.
Sarton, George. 1960. Ciencia antigua y civilización moderna. Fondo de Cultura Económica, México.
     

     
José Luis Álvarez García
Facultad de Ciencias,
Universidad Nacional Autónoma de México.

José Luis Álvarez García es físico y maestro en ciencias por la Facultad de Ciencias de la UNAM; es doctor en filosofía de la ciencia por la Facultad de Filosofía y Letras y el Instituto de Investigaciones Filosóficas de la UNAM. Actualmente es profesor titular del Departamento de Física de la Facultad de Ciencias de la UNAM. Sus áreas de trabajo son la enseñanza de la física y las matemáticas, así como la historia y la filosofía de la física.
     

     
 
cómo citar este artículo
 
Álvarez García, José Luis. 2017. Los grandes centros de enseñanza y conocimiento de la Antigüedad clásica al siglo XII. Ciencias, núm. 124, abril-junio, pp. 26-35. [En línea].
     

 

 

You are here: Inicio Búsqueda Titulo revistas revista ciencias 124