revista de cultura científica FACULTAD DE CIENCIAS, UNIVERSIDAD NACIONAL AUTÓNOMA DE MÉXICO
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un instrumento para el análisis de la realidad, con diversos puntos de vista desde la ciencia.
Ciencia y filosofía: la renovación de
las preguntas
solapa51
Edna Suárez

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El desarrollo de la filosofía de la ciencia a partir de los años 60 —y sus complejas y en ocasiones conflictivas relaciones con disciplinas como la historia, la sociología, la antropología y la psicología— han generado una diversificación tal de nuestra visión de la ciencia, que en ocasiones parece haberse diluido la certeza de que exista algo que definitivamente pueda ser catalogado así.
 
Se me antoja útil una analogía con la vieja discusión en torno al concepto de especie entre los biólogos. Como es conocido, durante mucho tiempo se pensó que las especies se definían por una esencia o tipo que las caracterizaba desde el momento de la Creación. Sin embargo, poco a poco algunos naturalistas reconocieron que esa definición no era compatible con un creciente número de observaciones y creencias. La única opción sensata parecía ser la de proponer que las especies eran simplemente nombres con los que se designa a los individuos que comparten un número de características. Como sabemos, la disyuntiva se disolvió, grosso modo, con el reconocimiento de la evolución de las especies, y la más reciente aceptación de que éstas son individuos históricos (debido en gran parte a los argumentos de filósofos de la biología, como David Hull y Elliot Sober).
 
En los últimos 30 años, la tendencia dominante en el campo de los estudios de la ciencia ha sido comprender y escudriñar las consecuencias de la idea de que la ciencia es un ente histórico, que no se caracteriza por un tipo de racionalidad o de metodología que le sea esencial, pero que tampoco es un mero nombre para referirnos a lo que se hace en las escuelas y facultades de una universidad. La ciencia, ese ente histórico, es resultado de las complejas y cambiantes interacciones entre las personas y el mundo, pero no sólo. La ciencia es también resultado de las relaciones entre la gente. Y, haciéndome eco de una importante vertiente de los estudios sobre la ciencia, debo agregar que la ciencia es además resultado de las interacciones entre hombres y mujeres.
 
Dicho así, pareciera que hay pocas cosas nuevas bajo el sol. Sin embargo, las implicaciones de esta idea pueden ser —de hecho han sido— radicales, llegando en algunos casos a cuestionar y modificar nuestras creencias más fundamentales en torno a la ciencia. Si ésta es el resultado histórico de las relaciones de las personas entre sí y con el mundo, no hay razón para pensar que lo que hoy consideramos conocimiento científico no pudiera ser de otro modo.
 
La expresión más radical y polémica de esta idea se encuentra en el llamado “programa fuerte de la sociología de la ciencia” (Barnes y Bloor): la verdad de un enunciado no explica su aceptación. Pero si bien muchos autores no coinciden con esa escuela sociológica, hoy en día no hay quien dude de que la construcción de la ciencia, como todo proceso histórico y social, depende de las contingencias atrincheradas en la historia previa y en las circunstancias presentes, las cuales restringen tanto el tipo de problemas que se plantean como el desarrollo de soluciones en uno o en otro sentido. Aquí no me refiero a cuestiones tan vagas y subjetivas como la consabida pregunta acerca de la “madurez” de una época para recibir un “descubrimiento” (palabra que, por cierto, los estudiosos de la ciencia consideran sospechosa y en general han sustituido por “construcción”). No, me refiero a cuestiones tan locales y materiales como si un determinado sistema experimental —que a su vez depende del tipo de técnicas y materiales que se consideran aceptables en un área científica y con los cuales inicia su investigación un grupo— generará el tipo de preguntas interesantes que, por poner un ejemplo real, los lleve de la investigación de los virus causantes del cáncer al arn de transferencia.
 
¿Por qué fue tan difícil aceptar para la ciencia lo que el historicismo desde el siglo XIX ha reconocido para cualquier otra esfera de la historia humana? La respuesta debemos buscarla no sólo en la convicción, profundamente moderna, de que la ciencia nos acerca a esa verdad que la sociología y la historia contemporáneas encuentran problemática, sino también en el estatus político y, más en general social, que le han ganado a la ciencia sus éxitos en el mundo material. Y sin embargo, no hay nada que nos diga que el desarrollo de la ciencia, como la evolución de las especies, debía seguir inevitablemente la dirección que de facto ha seguido. De la misma manera en que la circunstancia de que un meteorito haya generado la extinción de los dinosaurios y facilitado la evolución de nuestros antepasados, así las costumbres de los gentilhombres ingleses del siglo xvii son factores que permiten entender algunas de las normas científicas más apreciadas, como la famosa evaluación entre pares y la reproducción de los resultados obtenidos en la investigación. Asimismo, la convicción de que una explicación científica apela a leyes universales, sería impensable sin la interacción entre la teología cristiana y las necesidades legislativas del moderno Estado-Nación, y su inserción en una concepción del Universo creado por un Supremo Legislador.
 
Una vez asumido que la ciencia es un ente histórico, el siguiente paso es aceptar que los factores que intervienen en la construcción de conocimiento científico son más variados de lo que tradicionalmente estábamos dispuestos a admitir. Ello ha generado, entre otras cosas, un creciente interés por lo que se llama la “cultura material” de la ciencia, es decir, la historia de los objetos (materiales, instrumentos, máquinas), que los científicos utilizan en su trabajo experimental o de campo. Este tipo de investigación se ha ligado con frecuencia al estudio de la transmisión de las “prácticas” científicas, reconociéndose a las tradiciones —concepto sociológico aparentemente opuesto a la visión de una ciencia “progresiva”— como los contextos en que se lleva a cabo tanto la reproducción de la cultura, incluida la material, como de las prácticas científicas. Asimismo, se ha reconocido la enorme variedad de recursos explicativos de la ciencia, y la naturaleza pragmática de la construcción de teorías, modelos y analogías. El estudio de todos estos factores sociológicos, etnológicos y psicológicos ha tenido profundas y muy diversas repercusiones en la filosofía de la ciencia de los últimos 15 años, como lo muestra la colección “Problemas científicos y filosóficos”.
 
El pasado 3 de febrero se presentó en la facultad de Filosofía y Letras de la UNAM la colección “Problemas científicos y filosóficos”. Inicialmente ya se han publicado cinco volúmenes: la traducción de los ya clásicos libros de Ian Hacking, Representar e intervenir, y de Bas Van Fraassen La imagen científica; el libro de Sergio Martínez De los efectos a las causas, y las antologías sobre Epistemología evolucionista (editada por Sergio F. Martínez y León Olivé) y Racionalidad y cambio científico (editada por Ambrosio Velasco).
 
Esta colección constituye un impulso importante para todos aquellos que se interesan en el tema de la naturaleza de la ciencia. Paradójicamente, ilustra no sólo la gran diversidad de posturas que conviven en torno a la ciencia, sino la convicción de que eso que llamamos “ciencia” no tiene precisamente una “naturaleza”.
 
El libro de Ian Hacking que inicia esta colección, no es sólo un excelente ejemplo de las mencionadas tendencias, sino un catalizador de las mismas. Cuando lo leí por primera vez me hizo recordar apasionadamente las ideas marxistas sobre el conocimiento y la relación de la persona con la naturaleza. Desde su aparición en 1983, este libro ha sido referencia obligada en el área de los estudios de la ciencia. Hacking nos recuerda que, si bien una parte importante del quehacer científico consiste en la representación del mundo mediante modelos, analogías y teorías de diferente rango, no podemos perder de vista el papel que cumple nuestra intervención en el mundo. Existe una actividad sumamente importante en la ciencia, para la que ni siquiera tenemos un nombre, nos dice Hacking. A esta actividad podemos llamarla creación de fenómenos, la cual ocurre en contextos tecnológicos producidos por la gente, y requiere el desarrollo de habilidades y prácticas científicas. A ella dedica Hacking sus páginas más originales.
 
Bas Van Fraassen, por su parte, es otro de los grandes filósofos de la ciencia contemporánea. Su libro La imagen científica es un clásico que proporciona un excelente tratamiento del tema de la explicación científica. Para Van Fraassen, la aceptación de una teoría científica no implica que sea necesariamente verdadera, sólo que es empíricamente adecuada. Pero el poder explicativo de una teoría no se limita a su contenido empírico, sino que tiene una dimensión pragmática. Para Van Fraassen ello significa que una teoría incorpora en sus explicaciones importantes elementos del contexto en el cual se hacen las preguntas y se formulan las respuestas.
 
El libro de Sergio Martínez, De los efectos a las causas, también trata de la explicación científica. En este caso el autor defiende —mediante reconstrucciones históricas detalladas— la idea de que en la ciencia conviven diferentes patrones de explicación científica, como el patrón de explicación por leyes de la mecánica clásica y el patrón de explicación seleccionista, inaugurado con la teoría de la evolución de Darwin. El libro de Martínez es un largo argumento a favor de la relevancia —para la filosofía de la ciencia— de los estudios de historiadores y sociólogos. Los científicos construyen explicaciones mediante los recursos y decisiones que son accesibles en un determinado contexto. Y es inútil indagar por la “naturaleza” de las explicaciones científicas: éstas se construyen de manera local, y no existe un solo tipo de ellas, sino varios, que tienen su origen en distintas coyunturas históricas de la ciencia.
 
Las dos antologías de esta colección, Epistemología evolucionista y Racionalidad y cambio científico, presentan una muy amplia gama de artículos en torno a dos temas cruciales de la filosofía de la ciencia contemporánea. La primera reúne trabajos que intentan aplicar la teoría de la evolución, y en particular la idea de selección natural, para clarificar diferentes aspectos de la construcción del conocimiento y del desarrollo de la ciencia. Este enfoque evolucionista ha tenido un gran impulso a partir del reconocimiento de que cosas tales como la ciencia o la racionalidad no tienen una “esencia”, sino que son entes históricos. Algunas epistemologías evolucionistas intentan, por ejemplo, clarificar hasta qué punto nuestras capacidades biológicas, construidas por la acción de la selección natural, pueden explicar nuestra manera de conocer y de hacer ciencia (Campbell). Otras, en cambio, buscan desarrollar explicaciones seleccionistas para dar cuenta de la elección entre teorías (Popper), o el desarrollo de diversas formas de conocimiento y la evolución de las comunidades científicas (Hull, Richards, Martínez). Asimismo, se incluyen artículos que cuestionan el alcance de dichas epistemologías (Cordero, Thagard).
 
Finalmente, los artículos incluidos en Racionalidad y cambio científico enfrentan el problema más debatido en la filosofía post-kuhniana: el tema de la racionalidad científica y el debate en torno al relativismo. El problema surge del reconocimiento de la historicidad del conocimiento científico. ¿Cómo debe reaccionar la filosofía de la ciencia ante este hecho? Muchos autores han defendido que las normas y características de la ciencia deben estudiarse empíricamente, con ayuda de la sociología, la psicología o la historia de la ciencia. Para otros, en cambio, la filosofía de la ciencia no puede dejar de ser una disciplina normativa, siempre y cuando entienda que las ideas de progreso y racionalidad (que son ellas mismas ideas normativas) tienen un fuerte componente histórico y social; es aquí, por cierto, donde se ha discutido la relevancia del concepto de tradición (abordado en algunos artículos). Ahora bien, si la labor de la filosofía es todavía prescribir normas, ello implica que es posible hacer comparaciones entre diversos productos históricos. ¿Pero es posible o no?
 
Ante el caudal de estudios de los últimos años, que se enfocan a los aspectos estrictamente locales y contingentes de la ciencia, la reflexión filosófica de cuestiones de carácter general se hace necesaria. Más aún; ante las enormes implicaciones de la ciencia en la vida moderna, resulta indispensable el diálogo entre las ciencias y las humanidades. La colección coeditada por el Seminario de Problemas Científicos y Filosóficos, el Instituto de Investigaciones Filosóficas de la UNAM y editorial Paidós, es un excelente comienzo, una revitalización de la literatura disponible de estos temas en idioma español, cuyas publicaciones —al menos en nuestro país— parecían haberse detenido hacía 30 años.Chivi51
Edna Suárez
Facultad de Ciencias,
Universidad Nacional Autónoma de México.
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como citar este artículo
Suárez, Edna. (1998). Ciencia y filosofía: la renovación de las preguntas. Ciencias 51, julio-septiembre, 60-63. [En línea]
 
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  imago  
     
Cuando la naturaleza imita al arte
 
 
 
César Carrillo Trueba
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Desde sus orígenes la fotografía ha sido víctima de un debate en el que se disputan su paternidad las bellas artes y la ciencia. Hoy día, el empleo y la difusión de nuevas tecnologías ha reavivado esta ancestral discusión. La digitalización y manipulación de imágenes ha llevado incluso a algunos a proponer una legislación que obligue la mención del uso de estas técnicas en la publicación de una imagen fotográfica. Por su parte, quienes ven en estos medios un mundo a explorar, un espacio de creación, los defienden a capa y espada en ocasiones en nombre del tan deteriorado “progreso”.
 
Al igual que las de varios autores, las fotografías de Art Wolf realizadas con estas técnicas viven en medio de la polémica. Este connotado fotógrafo de naturaleza ha puesto en circulación, junto con su tradicional trabajo de gran calidad, una serie de imágenes creadas en la computadora con base en fotografías tomadas por él mismo. En muchas de ellas su fuente de inspiración ha sido el trabajo del artista holandés M. C. Escher. Clásica es ya aquella en donde las líneas de los cuerpos de un grupo de cebras se entremezclan de tal manera que resulta casi imposible delimitar sus contornos.
 
EscherEscher
La dificultad para detectar la manipulación de las imágenes ha provocado el enojo de quienes defienden la supuesta “pureza” del documento fotográfico; mas su belleza ha sido suficiente argumento para enfrentar los cuestionamientos. Además, como lo señala Joan Fontcuberta, en cada paso de la creación de una fotografía existe una dosis de manipulación. “Encuadrar es una manipulación, enfocar es una manipulación, seleccionar el momento del disparo es una manipulación... La suma de todos estos pasos se concreta en la imagen resultante, una ‘manipulación’ sin paliativos”. En síntesis, la manipulación es “una condición sine qua non de la creación”.
 
 
 
 
 
 
Quizá el revuelo que han causado las imágenes de Art Wolf se deba a que la fotografía de naturaleza ha mantenido un estilo bastante clásico, lejos de las vanguardias que brotan constantemente en la llamada fotografía artística. Sin embargo, al igual que en esta última, la práctica de una serie de manipulaciones es algo común, desde amarrar con un mecatito a un animal para que no se mueva, hasta las imágenes obtenidas por medio de sofisticados dispositivos que se accionan con el movimiento de un animal colocado en un espacio diseñado ex-profeso, pasando por el juego de óptica y encuadre que permite dar la impresión de que un animal en cautiverio se encuentra en su medio natural.
 
 
WolfArt Wolf
La conclusión de Joan Fontcuberta en torno a esta cuestión es interesante. La manipulación de una imagen no puede ser condenada en sí, ya que toda fotografía es producto de cierta manipulación; “lo que sí está sujeto al juicio moral son los criterios o las intenciones que se aplican a la manipulación”. Estigmatizar una imagen digitalizada y manipulada resulta un tanto absurdo, sobre todo si se trata de fotografías que por su efecto logran despertar interés en cuestiones sociales, políticas, ambientales, etcétera.
 
 
 
 
 
Como bien lo dice el fotógrafo indú, Shahidul Alam, “si podemos pintar con luz, podemos pintar con sueños, podemos crear la neblina de la mañana o el resplandor del atardecer. ¿Acaso es falso? De ninguna manera. En nuestra tenue existencia, cualquier cosa puede ser falsa, menos la imaginación. Todo lo que valoramos y luchamos por defender, todo lo que nos da fuerza, está hecho de sueños. Por eso debemos continuar soñando. Y si los pixeles son el vehículo para realizar nuestros sueños, que así sea”.Chivi51
César Carrillo Trueba
Facultad de Ciencias,
Universidad Nacional Autónoma de México.
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como citar este artículo
Carrillo Trueba, César. (1998). Cuando la naturaleza imita al arte. Ciencias 51, julio-septiembre, 36-37. [En línea]
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Desarrollo sustentable y globalización
 
Martha Pérez García y Gilberto Hernández Cárdenas
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Todos los seres vivos dependen de la obtención y utilización de otros organismos para su sobrevivencia, manipulando los ecosistemas en que éstos viven. No hablamos de una colección de elementos sin relación entre sí; por el contrario, los componentes de los ecosistemas —tanto bióticos como abióticos— están estrechamente relacionados por procesos naturales que también son parte de ellos; muchos constituyen mecanismos estabilizadores del ecosistema. Al estabilizarlo, permiten su permanencia en el tiempo; con un buen manejo proporcionan múltiples beneficios a la especie humana.
El acelerado deterioro de los ecosistemas naturales se inició de manera sistemática con la revolución industrial; los avances logrados en la ciencia, la tecnología de transformación y el proceso capitalista condujeron a cambios y efectos de contaminación, así como al agotamiento de recursos naturales. Tal crisis resulta de imponer un modelo de desarrollo económico fundamentado en la maximización de las ganancias y del excedente económico en el corto plazo, con sus efectos en la concentración del poder económico y político, el cual sólo ha aumentado los niveles de deterioro ambiental, profundizando la brecha entre pobres y ricos13.
También es de considerar el acelerado aumento de la población mundial, que ejerce una mayor presión sobre los recursos naturales. Strong señaló que a mediados de 1991, la población llegó a ser de 5 mil 400 millones de personas. De éstas, 77% vivía en países en desarrollo y 23% en países desarrollados. Se estima que para el año 2000 la población mundial será de casi 6 mil 300 millones de habitantes, y de 8 mil 500 para el 2025. Más de 90% del incremento poblacional ocurre en los países en desarrollo, en donde la población ha crecido de mil 700 millones en 1950 a 4 mil 200 millones en 1991; se espera que esta cifra llegue a ser de aproximadamente 5 mil millones en el año 2000. El mayor crecimiento poblacional en los países en desarrollo ha sido utilizado por algunos gobiernos y ciertos grupos de países avanzados como argumento para “culpar” a los primeros de ser los principales responsables del deterioro ambiental y, al mismo tiempo, causa básica para que no puedan salir del subdesarrollo.
En la última década se ha dado un intenso debate sobre el desarrollo sustentable (muchas veces mal entendido); el término ha formado parte de todos los discursos y publicaciones, desde las periodísticas, políticas, económicas y ecologistas, hasta las estrictamente académicas. Por otro lado, el exacerbado fenómeno globalizador que estamos viviendo ha conducido a la formación de grandes monopolios de acceso a los recursos naturales del planeta: los peligros de la explotación indiscriminada adquieren ahora visos planetarios.
Desarrollo sustentable
La idea del desarrollo sustentable se registra desde los años 70, cuando surgen algunas líneas de pensamiento que posteriormente servirán de base a la noción de una nueva economía del desarrollo. Una de ellas es la del “ecodesarrollo”, concepto acuñado y expuesto por el economista polaco Ignacy Sachs, quien fue de los primeros en buscar una conciliación entre las nociones del desarrollo y la necesidad de ejercer al mismo tiempo una política ambiental. Es a mediados de la década de los 80 cuando, con la entrega del Informe Final (Nuestro futuro común o Reporte Brundtland) que realizó la Comisión Mundial del Medio Ambiente y del Desarrollo (cmmad), se presenta un análisis del estado mundial del medio ambiente y se proponen estrategias medioambientales a largo plazo, hacia un desarrollo sustentable para el año 2000. Este informe incluye la definición de desarrollo sustentable: “es el que satisface las necesidades de la generación presente, sin comprometer la capacidad de las generaciones futuras para satisfacer sus propias necesidades”.
Se trata de un proceso que no tiene bien identificados los pasos a seguir; no hay fórmulas mágicas que señalen caminos definidos, sólo hay propuestas de diversa índole y algunos estudios que pueden ser útiles como base para perfilar ciertas estrategias. Además implica, entre otros aspectos, la reorientación de la evolución tecnológica y el marco institucional, el avance en el crecimiento económico —sobre todo en los países en desarrollo—, la modificación de patrones de consumo —en especial en países desarrollados—, así como la realización de proyectos serios y responsables para disminuir y/o erradicar la extrema pobreza.
Globalización
La globalización de la economía mundial en las últimas décadas de este siglo ha vinculado aún más la realidad interna de las naciones con su contexto externo. Este fenómeno coexiste con el peso decisivo de la cultura, los mercados y los recursos naturales de cada nación. La articulación de esta dimensión endógena de la realidad con su contexto externo determina el desarrollo o el atraso de los países.
No es algo nuevo; tiene una antigüedad de cinco siglos. Comienza en la última década del siglo xv con el lento pero constante desarrollo del capitalismo en la Edad Media europea. El incipiente desarrollo económico de Europa planteó, por primera vez, una de las dos condiciones fundamentales (aumento de la productividad y un orden mundial global) del dilema dimensión endógena/contexto externo. Sin embargo, hasta fines del siglo XV la cuestión era sólo de carácter intraeuropeo; pero el descubrimiento, conquista y colonización del llamado nuevo mundo —América— incorporó un espacio gigantesco que cumplió un papel decisivo en la formación del orden económico mundial. En ese periodo también comenzó a gestarse la distinción entre el poder tangible y el intangible. El tamaño de su población y los recursos naturales constituyen el poder tangible de cada país, pero la respuesta al contrapunto entre el ámbito interno y el contexto externo condiciona la gestación de los factores intangibles, representados en la tecnología y la acumulación de capital. En ausencia de estos últimos componentes, el poder tangible se disuelve en el subdesarrollo. Así, desde el despegue del Primer Orden Económico Mundial comenzó a tejerse la trama sobre la cual se articuló el sistema internacional y la distribución del poder entre las naciones.
La globalización se refiere a la condición en la cual la información y el impacto de los sucesos que ocurren en alguna parte del mundo se comunican rápidamente a muchos otros puntos, saltando barreras nacionales y ambientales. En estas últimas décadas, el proceso ha vinculado aún más la realidad interna de las naciones con su contexto externo; la expansión del comercio, las operaciones trasnacionales de las empresas, la integración de las plazas financieras con un megamercado de alcance planetario, y el espectacular desarrollo de la información (incluyendo las computadoras) han estrechado los vínculos entre los países.
Tal globalismo, que intenta homogeneizar y controlar la vida y soberanía de todas las naciones con el pretexto de la modernidad, se genera por medios técnicos y económicos, pero sus implicaciones son sociales, políticas, culturales y ambientales, ya que ha promovido un fenómeno compulsivo de destrucción de la cultura y la experiencia tradicional indígena en su relación con la naturaleza y otros muchos aspectos, y su sustitución forzada por formas modernas de expoliación y depredación de enormes recursos naturales de los países en vías de desarrollo.
Difícil panorama internacional
La amplia temática tratada en la conferencia de las Naciones Unidas sobre Medio Ambiente y Desarrollo —que desembocó en el documento denominado Agenda 21— celebrada en Río de Janeiro, Brasil, en junio de 1992, en su intento por hacer compatible la protección ambiental con el crecimiento y desarrollo económico, atraviesa en su dimensión vertical y horizontal las relaciones humanas, tanto en el interior de las sociedades como entre países. Si bien la conferencia logró avances de importancia en ciertas áreas, otros grandes problemas quedaron sin solución. La conferencia —también conocida como la Cumbre de Río— se tradujo en una lucha entre diversos intereses en el ámbito mundial, los cuales responden a condiciones distintas entre naciones y sociedades, a múltiples necesidades —desde preocupaciones sobre el mejoramiento de las condiciones de vida en la Tierra, hasta llamadas angustiosas y desesperadas frente a los efectos de la pobreza extrema y la hambruna. La situación ha generado gran número de opiniones controversiales. Algunos argumentan que los países desarrollados consumen más de 80% de los recursos disponibles en la Tierra; otros sostienen que la sobrepoblación es el problema principal. En el caso de autores como Hardin sus opiniones llegan a extremos realmente irritantes, por sus connotaciones racistas. Estas aseveraciones neomalthusianas han sido rebatidas por numerosos autores. Otros investigadores sostienen que el consumo suntuario en los países desarrollados es una de las causas más importantes del deterioro ambiental, y tampoco coinciden en el orden de prioridades de los problemas ambientales (los globales), pues consideran que éstos son responsabilidad de los países del Norte.
La alarmante realidad es que la mayor parte de los países en desarrollo no tiene capacidad de participar en los acuerdos globales. Se estima que más de 60 naciones carecen de la experiencia jurídica internacional y la habilidad técnica para tomar decisiones informadas y objetivas sobre asuntos tan complejos; más aún, muchos países ni siquiera pueden afrontar los gastos que significan el envío de representantes a las reuniones internacionales. Por si fuera poco, los voceros estadunidenses advirtieron que reducir el volumen de consumo o cambiar radicalmente los patrones de vida de los países desarrollados significaría recortar las exportaciones de los países en desarrollo, al contraerse sus mercados; ello —aseveran— abatiría los ingresos que los países pobres tendrían para financiar la sustentabilidad del medio ambiente.
Uno de los grandes problemas a resolver es traducir el proceso de desarrollo sustentable a los contextos nacionales, previendo la forma en que deba o pueda transformarse el modelo actual de desarrollo, los plazos y programas para lograrlo, los costos y beneficios, y su relación con todos los aspectos presentes y previsibles de la evolución económica y social.
Otra gran dificultad es la deuda externa de los países en desarrollo, que en el caso de México y Brasil es extraordinariamente alta, lo que implica una transferencia neta de recursos monetarios hacia el exterior por concepto de servicio de tal deuda; para poder cumplir habría que fomentar internamente un excedente de ahorro sobre inversión. Como a corto plazo es muy difícil, se reduce drásticamente la inversión; la consecuencia es dejar de construir y mantener carreteras, represas, viviendas, hospitales, escuelas, con grave deterioro de la infraestructura y la capacidad productiva de los países en desarrollo. Se les obliga a concentrarse en inversiones destinadas a extraer más recursos para aumentar sus exportaciones, la mayoría de las veces vendiéndolos como materia prima a precios  irrisorios. Igualmente se ve afectada la capacidad de proveer servicios sociales a la población, generando con ello enormes aumentos de desempleo y subempleo y peligrosos riesgos de tensión social (en la presente década se han extendido de manera notable en la mayoría de los países en desarrollo), que pudieran alcanzar de alguna manera a los países desarrollados.
Como si no bastara, recientemente se ha establecido la llamada condicionalidad ambiental de los préstamos del Banco Mundial y de diversas agencias de cooperación internacional para los países latinoamericanos. Esto es, que los proyectos de naciones en vías de desarrollo que solicitan financiamiento externo, son sometidos a un estricto análisis para asegurarse de que tales proyectos no deteriorarán ni afectarán negativamente las condiciones ambientales y ecológicas de los países solicitantes, pero pasan por alto los graves impactos y dilapidación de recursos naturales que sus fábricas trasnacionales cometen en nuestros países.
Otro aspecto importante es el acceso al mercado internacional; la principal área de inquietud se relaciona con los productos agrícolas. En muchos países en desarrollo, el proteccionismo agrícola —junto con las exportaciones subsidiadas de estos productos— contribuye a bajar los precios internacionales, limitando severamente la capacidad de diversos países para desarrollar la agricultura en forma sustentable, y colocando a los sectores productivos bajo fuerte tensión.
Es indudable que la globalización ha favorecido cambios determinantes en los últimos años, por ejemplo la concentración y centralización del poder tecnológico, financiero, político y militar en pocas manos y países, provocando una globalización desde arriba. Al mismo tiempo, la pobreza y el desempleo han crecido, excluyendo a grandes masas de población convertidas en población superflua, con mayor fragmentación y polarización de las sociedades, tanto del norte como del sur. La homogeneización del mercado y el control de los medios de comunicación social han facilitado la instauración de un sistema de poder opaco, que busca —aparentando no tener color ideológico– ser la lógica y natural exigencia de la modernidad, la única vía hacia el progreso y el mejoramiento de las condiciones de vida de millones de personas marginadas. La apatía del intelecto y de la voluntad, así como el anonimato y la atomización de buena parte del mundo académico, constituyen notables conquistas del poder opaco.
Para los países en desarrollo
¿Cómo se puede pensar en un desarrollo sustentable en el mundo, cuando el fenómeno globalizador ha generado severas crisis que ya son de civilización? La crisis del medio ambiente es producida tanto por el excesivo consumo de un pequeño número de países y pueblos del norte, como por el empobrecimiento creciente de los países del sur que amenaza fauna, flora y vida en los océanos. Los pueblos indígenas y campesinos —quienes preservaron por siglos el medio— han sido forzados por el modelo de capitalismo neoliberal a convertirse también en depredadores de la naturaleza para poder sobrevivir. Además, los ajustes estructurales para imponer la globalización planetaria han afectado de manera muy inequitativa la carga fiscal, las tasas de interés en los créditos a pequeños propietarios, el costo de bienes y servicios en las zonas marginadas, y dieron pie a medidas legislativas que condujeron a la privatización de las selvas, tierras y aguas comunales que antes eran de los campesinos pobres, quienes se volvieron paupérrimos.
Entre otros efectos negativos, el fenómeno globalizador que estamos viviendo representa un enorme obstáculo para transformar el proceso actual de desarrollo en uno sustentable, adecuado para la conservación de la biodiversidad. Ello puede ser ilustrado con la polémica suscitada en las últimas dos décadas en cuanto a los derechos de propiedad del germoplasma vegetal. La mayor diversidad de recursos genéticos vegetales a nivel mundial se concentra en los países en vías de desarrollo, y es ahí donde se ha efectuado la domesticación y la producción sistemática de cultivos vegetales a lo largo de miles de años. El encuentro del nuevo y viejo mundo condujo a un movimiento generalizado de material vegetal; el “capitalismo mercantil de expansión” europeo que se basaba en la producción agrícola, influyó en la velocidad y extensión del movimiento de material botánico, transformando la agricultura de ambos mundos.
Siglos después, al iniciar su carrera como potencia, Estados Unidos se vio en la necesidad de colectar germoplasma alimentario e industrial, debido a la pobreza genética de su propio territorio. La actividad se realizó de diversas maneras y a través de diferentes instancias; entre ellas se pueden mencionar los centros de investigación establecidos por el cgiar (Grupo Internacional de Consulta e Investigación Agrícola), que se encargaron de extraer y transferir el valioso material a bancos de germoplasma en Europa, Estados Unidos y Japón. Mucho de este material ha servido como base para avances técnicos y científicos de gran relevancia; sin embargo esto no le quita importancia al reconocimiento de los problemas que existen en torno a la creciente escasez de material genético vegetal (denominada “erosión genética”) en sus regiones de origen, debido a la falta de regulación de la extracción e intercambio de los recursos genéticos vegetales entre países desarrollados y en vías de desarrollo, lo cual tiene repercusiones ecológicas, económicas y sociales. Por ello se suscitaron muchas inquietudes sobre el problema de la “erosión genética”, señalando las causas subyacentes a la monopolización por parte de las industrias semilleras privadas; también se generó oposición a la legislación propuesta por países desarrollados sobre los “derechos de reproductores de semillas”. Esto llevó a políticos, diplomáticos y científicos de países en vías de desarrollo a iniciar un cabildeo en la fao/onu en 1980. Para 1983, en su xxii Conferencia bianual, la fao adoptó una resolución acerca de los recursos genéticos vegetales: la 8/83.
La resolución estableció que tanto las semillas híbridas —generadas por los países desarrollados— como las razas locales —ubicadas mayormente en los países en desarrollo— son consideradas herencia común de toda la humanidad, lo que ha provocado fuertes discusiones alrededor de la propiedad e intercambio de los recursos genéticos vegetales. Por un lado, los países desarrollados reconocen al germoplasma original —razas locales y cultivares tradicionales— como un “bien de acceso libre”, y por el otro señalan que las “semillas mejoradas” producidas por la tecnología moderna en países desarrollados son “propiedad privada”, sólo accesibles mediante la compra. Así, no sorprende que los países industrializados rechacen la resolución 8/83, obstaculizando tanto la generación de metodologías y prácticas de desarrollo sustentable como la conservación de la diversidad genética, al sólo reconocer los recursos genéticos vegetales de valor agrícola e industrial y pretender seguir saqueándolos, al tiempo que menosprecian las especies y las prácticas tradicionales valiosas para los habitantes rurales y la naturaleza del planeta.
Los cambios necesarios en el comportamiento de las naciones para dar los primeros pasos seguros hacia un desarrollo sustentable, no sólo tienen que ver con consideraciones de orden económico, sino con aquellas arraigadas en la cultura, con los valores y cualidades morales, éticas y espirituales, motores fundamentales del comportamiento humano. Sin embargo se antoja utópico, pues la mayoría de las naciones consideradas potencias no desean dejar de serlo; es más, ni siquiera aceptan cambiar sus dispendiosos patrones de vida en aras de la conservación de la naturaleza, base de todos los beneficios que han obtenido a costa de la expoliación de los recursos de quienes menos tienen.
A pesar de lo anterior, la sociedad civil está emergiendo a nivel global con una comunidad de nuevos valores, actitudes e intereses, en respuesta a las amenazas en todos los continentes. En esta década una globalización desde abajo, adentro y abierta ha venido cobrando fuerza; la falsa pretensión de la inevitabilidad de una globalización homogénea y neoliberal del mercado mundial se ha topado con propuestas alternativas encarnadas en proyectos participativos y acumulativos a nivel local, regional, nacional y mundial. Tales proyectos son portadores de una visión, propuestas y esperanza transformadoras, en pleno contraste con el temor y la incertidumbre de aquellos cuyas fórmulas de estabilización y ajuste no están funcionando. La rebelión de las culturas frente a la homogeneización que amenaza su identidad, idiosincrasia y recursos naturales, hace que los nuevos sujetos de la sociedad civil sean difícilmente incorporables al paradigma de la globalización desde arriba, en la que sólo participan como consumidores pasivos y con determinado poder adquisitivo. El modelo neoliberal ya está mostrando signos de debilidad; su eficiencia y credibilidad son muy cuestionadas. Un nuevo espacio y un nuevo tiempo se han abierto para redefinir los conceptos de desarrollo —incluyendo el sustentable— para vincular a los sujetos alternativos y comenzar un plan de acción nacional e internacional solidario para una estrategia de cambio global.
Conclusiones
Como se ha visto, razones y presiones económicas, culturales y políticas —tanto nacionales como internacionales— contribuyen a que el desarrollo sustentable no forme parte del futuro inmediato de los países en desarrollo, y menos con esta globalización que genera desequilibrios e impone modelos de desarrollo que resultan asfixiantes. Sin embargo, también se ve difícil que el fenómeno globalizador pueda expanderse totalmente y, más aún, aceptarse como el camino inevitable y único hacia el progreso. Pero es indudable que también pesa mucho el no saber cómo afrontar los retos.
Es preciso incrementar las fuerzas de nuestros países y reducir sus vulnerabilidades con base en el desarrollo de sus recursos humanos y de las capacidades institucionales relacionadas con los campos de la ciencia, la tecnología, la administración y la preparación profesional. La falta de capacitación es un factor limitante del desarrollo sustentable en todo el mundo, y específicamente de nuestras naciones. Es urgente fomentar y formar talentos internos con capacidad de generar conocimiento y tecnología propios, a fin de solucionar los problemas internos de cada país, y a la vez enfrentarse a un mundo globalizado en donde el conocimiento es la materia prima de la competitividad. También se necesita que los gobiernos confíen en la capacidad de las personas bien preparadas y dejen de importar asesorías y paquetes tecnológicos que sólo producen pérdida de recursos naturales y divisas.
En relación con el monopolio de obtención de recursos naturales del planeta, sería más saludable fomentar el acceso tanto a los recursos naturales como a los medios de producción de manera igualitaria y respetuosa, de forma que hubiese cada vez menos desigualdad. También se podría gestar un proceso global de toma de decisiones, con fuerte presencia y participación de los países que detentan los recursos naturales más importantes y abundantes para la humanidad. Aunque es un asunto delicado y complicado, se debería incluir una valoración monetaria de tales recursos, la cual haría obligatorias la reducción de pérdidas y la distribución del valor y del ingreso de esos bienes.
Finalmente, en relación con los recursos genéticos vegetales, se necesita que todos los países participen en la búsqueda de soluciones equitativas y esto incluye, desde luego, a los millones de agricultores de subsistencia, quienes cotidianamente conservan in situ los recursos naturales. Una respuesta humanista al desafío que plantea la globalización puede ser idealista pero no utópica; es urgente reconocer la realidad de cada país o región para realizar el proceso de sustentabilidad.Chivi51
Referencias bibliográficas
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Martha Pérez García y Gilberto Hernández Cárdenas
Universidad Autónoma Metropolitana-Iztapalapa
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como citar este artículo
Pérez García, Martha y Hernández Cárdenas, Gilberto. (1998). Desarrollo sustentable y globalización. Ciencias 51, julio-septiembre, 44-49. [En línea]
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 Diversidad biológica de México.

Orígenes y distribución
Bibliofilia51
T.P. Rammamoorthy, Robert Bye,
Antonio Lot y John Fa (compiladores).
 
Instituto de Biología,
Universidad Nacional Autónoma de México, 1998.

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La diversidad de la vida ha sido objeto de interés para el hombre desde que éste apareció en la Tierra. Los pueblos antiguos —mediante su interrelación con los elementos de la diversidad biológica que los rodeaba— desarrollaron sistemas para reconocer, explotar y manejar los recursos naturales a su alcance. Con frecuencia, estos sistemas acompañados de la búsqueda del conocimiento, han sido los antecesores de los grandes avances económicos y culturales; por ejemplo, la Europa renancentista se benefició enormemente del descubrimiento de la considerable diversidad biológica que se encontró al explorar el Nuevo Mundo. De hecho, muchos viajeros volvían con relatos extraordinarios, tanto de su riqueza como de las notables plantas y animales que allí existían. Estos relatos —fantásticos o realistas— ampliaron el concepto europeo de la diversidad y tuvieron efectos profundos en el devenir de la historia mundial, tanto de las naciones y de los países que conquistaron como del desarrollo del intelecto humano: tal fue el resultado de los grandes viajes de exploración (Colón, da Gama, Darwin, Humboldt y otros).
 
En otro aspecto, el estudio de la diversidad biológica abrió el camino al nacimiento de la sistemática moderna, así como, más tarde, condujo a su ocaso tanto el pensamiento tipológico como el esencialismo, impulsando el desarrollo de los conceptos de la biología de poblaciones y de las especies biológicas. La percepción de la biodiversidad también nos ha enseñado que todas las especies son singulares e insustituibles, lo que consistituye la base del actual pensamiento conservacionista. Sin duda, el estudio de la diversidad continuará desempeñando un importante papel en el futuro desarrollo de los conceptos e ideas acerca de la función de ésta en el esquema general de la vida en la Tierra, de la cual formamos parte los seres humanos.
 
 
El reciente interés mundial y los nuevos registros de la diversidad biológica ponen de relieve dos hechos: que el conocimiento de la biodiversidad de nuestro entorno es incompleto y que la extinción masiva de taxa —en particular en los trópicos donde la diversidad es máxima— avanza a paso acelerado (Wilson, 1988). La necesidad de conservar las especies en todo el mundo es el resultado de tan preocupante situación, sobre todo porque es en los trópicos donde, al no existir una base confiable de datos taxonómicos, ni siquiera se tiene una clara idea de lo que se está perdiendo. La mayoría de los biólogos están de acuerdo en que la pérdida de los bosques —tanto tropicales como templados— puede conducir a cambios catastróficos en los complejos ecosistemas del mundo, con inimaginables consecuencias para la vida en la Tierra. Sin embargo, cada vez surge más información acerca del papel de las especies en sus comunidades y de las consecuencias ecológicas y económicas de su pérdida. La preocupación que despierta este gravísimo problema sólo se equipara con el inmenso reto de documentar la biodiversidad.
 
El comprender que el grado de biodiversidad varía de unas a otras partes del mundo ha llevado a reconocer a algunas naciones como países de megadiversidad (Mittermeier, 1988). Por su abundancia de especies, México está incluido entre éstos, después de Brasil, Colombia e Indonesia y antes de naciones como China y Australia. En muchos aspectos, México es un ejemplo de los retos que plantea y las oportunidades que ofrece la biología tropical: no existen estudios completos de su flora o fauna; sólo en parte están exploradas las grandes zonas abundantes en especies (el sur tropical) o centros de endemismo (las provincias morfotectónicas de la Faja Volcánica Transmexicana y la Sierra Madre del Sur, según las define Ferrusquía). La taxonomía de muchos grupos bióticos del país es poco clara; la bibliografía científica sobre la biota mexicana es bastante copiosa, pero en muchos casos, estas publicaciones no se pueden conseguir en México; la mayoría de la información producida localmente y contenida en tesis sigue inédita, y por ello no está al alcance ni de los académicos mexicanos ni de los del extranjero. La necesidad de compilar esta información y de llevar a cabo una exploración intensiva para completar el inventario biológico es grande; el principal objetivo de este libro —que es en gran parte producto del simposio sobre biodiversidad de México llevado a cabo en 1988— es recopilar datos acerca de diferentes grupos representativos de la biota mexicana para ponerlos al alcance tanto de los mexicanos como de la comunidad mundial.
 
El libro esta organizado en seis grandes secciones y éstas en capítulos; en el primero de ellos se exponen los antecedentes históricos y geológicos, e incluye  también un ensayo acerca de la diversidad de las plantas fanerógamas de México y sus orígenes. Las secciones segunda y tercera estan divididas en capítulos en los que se tratan, repectivamente, los más importantes grupos faunísticos y florísticos; varias de estas contribuciones exponen, entre otros temas, la diversidad (abundancia o riqueza de especies), el endemismo y la distribución, incluyendo un ensayo acerca de la diversidad ecológica en los grajos, llamados queisques de ceja blanca. La cuarta sección se ocupa de los patrones fitogeográficos en ecosistemas contrastantes: la floras de México de la selva húmeda y de la vegetación alpina. La quinta sección presenta dos ensayos etnobiológicos: uno sobre la influencia humana en la diversificación de las especies vegetales y el otro sobre los aspectos de la domesticación de plantas en México. La última sección proporciona un panorama sinóptico de la biodiversidad mexicana y una revisión de los hábitats terrestres del país.Chivi51
Fragmento de la introducción.
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Rammamoorthy, T.P. y Bye Robert, Lot Helgeras Antonio, Fa John. (1998). Diversidad biológica de México. Orígenes y distribución. Ciencias 51, julio-septiembre, 62-63. [En línea]
 
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Ecología y economía en tiempos de globalización
 
Yamel Rubio Rocha
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Cuando hablamos de globalización en el contexto económico y ambiental, aludimos a las tendencias de aprovechamiento homogeneizante de los recursos a nivel mundial. En términos ideales, tal aprovechamiento debería ser equitativo, permitiendo a todos contar con las mismas oportunidades para vivir con mayores “comodidades” en términos de productos de consumo. Pero la realidad es otra. Así, en una misma región geográfica, por ejemplo Norteamérica (Canadá, Estados Unidos y México), existen polaridades de formas de vida y necesidades y, por lo tanto, de satisfactores, todas derivadas de una historia que no inicia con la revolución industrial del siglo xviii sino cientos de años atrás.
 
Veamos el caso de México. Los antiguos concebían a la naturaleza como un orden que debía perpetuarse, respetándola y aprovechando animales y plantas en forma planeada, buscando sólo lo necesario para vivir y disfrutarla. Aun en la sociedad mexicana de principios y mediados de este siglo no dominaba tanto el consumismo como lo vivimos hoy, expresado en necesidades fabricadas (por ejemplo, las modas en ropa o juguetes electrónicos). ¿A qué responden estas “necesidades” que obligan a extraer una mayor cantidad de materia prima del ambiente (recursos naturales o biodiversidad), aun por encima de su capacidad sustentadora? Un factor determinante es la globalización económica en sus relaciones de libre mercado.
 
 
Ecología y economía han sido disciplinas que divergen en intereses y propósitos. No obstante, hoy ambas parecen compartir intereses y hasta modelos previsores.
 
 
El objetivo de la economía es la manipulación de los recursos económicos (naturales e infraestructura material y humana) dirigida hacia una mayor producción a bajos costos y en tiempos mínimos, rescatando la vieja fórmula: “mayor producción en menor tiempo”. Los ecólogos pretenden la preservación del ambiente, y sugieren un aprovechamiento racional, sustentable, considerando los principios ecológicos de la naturaleza y no los mecanismos del mercado durante los procesos de producción.
 
A simple vista parecerían posiciones encontradas, pero si observamos con cuidado la actitud de ecólogos y economistas contemporáneos se perfila un fin común: la preservación de la materia prima (económica o evolutiva, según el caso); la biodiversidad (ambientes, flora, fauna) en bien de la humanidad. Entendiendo esta finalidad como la capacidad de satisfacer una necesidad, desde estética hasta de alimentación.
 
El valor de la biodiversidad
 
El paisaje de una selva tropical o un bosque templado conservados, representa la combinación de diversas formas animadas (flora, fauna, microorganismos) e inanimadas (relieve y clima), que en conjunto constituyen la biodiversidad. ¿Qué valor o utilidad puede ofrecer ésta a la sociedad? La respuesta es relativa, dependiendo de quién la aprecie: un economista verá con buenos ojos la aplicación del progreso tecnológico y la lógica del mercado, la de la racionalidad de la ganancia a corto plazo para extraer y transformar los recursos económicos (recursos naturales), poniendo en último lugar la preservación a largo plazo —que seguramente no le genera la misma ganancia. Baste citar el sistema que rige en México, donde el Estado confía más el destino del país a los mecanismos del mercado que a los principios de la gestión ambiental. Un ejemplo manifiesto de esta postura es la apertura de industrias en zonas naturales protegidas. Recientemente el ine (Instituto Nacional de Ecología) aprobó la construcción de una planta de nitrógeno de Pemex dentro de Laguna de Términos, área de reserva natural, pese a la oposición de organizaciones ambientalistas locales.
 
La biodiversidad tiene dos tipos de valores: el extrínseco (utilitario) y el intrínseco o inherente. El primero es asignado por la gente a los recursos, de acuerdo a su capacidad para satisfacer necesidades como alimento, vestido, medicina, etcétera, y también está en función de la economía y de los mecanismos mercantiles. El valor inherente es el que reconocen los ecólogos, biólogos y ambientalistas, para quienes cada especie es única y forma parte del patrimonio biológico. Este principio es de vital importancia, pues busca la protección de la naturaleza a través de un uso racional.
 
El término “valor” tiene significado distinto para diferentes individuos o grupos. Una de las discusiones gira en torno al valor de uso de la biodiversidad. Podríamos dividir éste en económico —conferido por los mercados—, y el pasivo, otorgado a las especies por el simple hecho de ser únicas, y por la necesidad de conservarlas a fin de contar con ambientes diversos para las futuras generaciones, quienes tienen el derecho de admirarlas y utilizarlas.
 
El precio que ostenta en el mercado algún recurso natural —materia prima o producto manufacturado— nunca ha reflejado el costo social y ambiental, es decir, lo que los economistas denominan externalidades o fallas de mercado. Por ejemplo, el precio del carbón vegetal no refleja (o informa) a los consumidores el impacto ambiental que ocasiona producirlo. Como sabemos, su proceso consiste en talar árboles para quemarlos y convertirlos en carbón, así como limpiar un terreno para hornear la madera, lo que implica talar otro tanto de terreno que queda expuesto más fácilmente al fenómeno de la erosión, situación muy común en nuestro país. No olvidemos el “efecto cascada” de los procesos de extracción de los recursos naturales. En este caso, la tala de árboles conduce a € pérdida de flora € pérdida de fauna € pérdida de la biodiversidad \deterioro ambiental.
 
Comúnmente se utilizan especies de árboles consideradas en peligro de extinción o amenazadas, por ejemplo el palo de Brasil, Haematoxilum brasiletto (leguminosa). Si el carbón comercializado contemplara el costo ambiental, sería mucho más caro. Un saco con 25 kilos de carbón es ofrecido por los productores en 20 o 30 pesos a los comerciantes, quienes lo revenderán, pero aun así el carbón es un combustible barato y de tradición en gran parte del país, así como en las zonas rurales y urbanas de Sinaloa, por citar un caso específico.
 
Revisemos otro ejemplo. Si se contemplan las externalidades —costos sociales y ambientales— durante la producción de carne de res dirigida a empresas trasnacionales, el precio se elevaría y sería poco atractivo para los inversionistas nacionales y para los extranjeros interesados en establecerse en México; ello los llevaría a buscar otros sitios donde las condiciones les fueran más favorecedoras. Por desgracia, en México quienes aplican las leyes ambientales son poco exigentes; la ignorancia y la desinformación de la sociedad al respecto, así como la falta de apoyo técnico, promueven la apertura de industrias no conservacionistas o con poco interés en la preservación de la naturaleza. Si el costo ambiental se contemplara dentro de los esquemas económicos, de se guro se tendrían más apoyos monetarios, técnicos e informativos para proteger mejor al ambiente.
 
Efecto globalizante
 
La globalización puede entenderse como la mundialización de las culturas, la política, la economía, es decir: su integración en el plano internacional, apoyada por la rapidez con que funcionan las telecomunicaciones y la informática. Los factores que moldean o catalizan las transformaciones de un país, en el sentido social, económico, político y ambiental, se derivan de este fenómeno y de las constantes tendencias a homogeneizar los patrones de conducta a nivel regional (América del Norte) o mundial. Por lo mismo, la globalización tiene impactos inmediatos; así, la crisis de un país afecta a otros geográficamente lejanos (pensemos en el efecto dragón de las crisis económicas).
 
El concepto de globalidad es aplicable en varios sentidos. Tan alarmante puede ser reconocerlo dentro del mismo discurso económico como en cualquier otro. No olvidemos que cada grupo social tiene una concepción y un discurso definido hacia la naturaleza y su valor de uso.
La globalización de la economía es fácilmente apreciable en los tratados comerciales. Para el caso de México pensemos en el tlc con Estados Unidos y Canadá, cuya tendencia principal es el consumo de masas, ya que pretende la estandarización en los diversos sectores de la sociedad a fin de ofrecer, vender y adquirir bienes de consumo en común.
 
Pero, ¿acaso todos los pueblos son iguales, consumen o viven de la misma forma? El asunto es obligado tema de análisis en foros ad hoc, como en la sexta Reunión Nacional de Destrucción del Hábitat 1997, organizada por el Programa Universitario del Medio Ambiente de la unam.
La respuesta a la interrogante es: no. Basta observar la forma tradicional de vivir en los países del norte y los del sur, o simplemente en Estados Unidos y México. Sin embargo, bajo el paradigma de la globalización, se pretende “mejorar” la economía del país, proveyendo más y mejores oportunidades de acceso a bienes de consumo, la mayoría de estos superfluos o extraños a nuestra cultura, y que día a día se afincan en diversos estratos poblacionales, sobre todo en los más frágiles cultural y económicamente, que oponen poca resistencia al influjo de los ofrecimientos publicitarios.
 
Así pues, la integración económica tiene repercusiones culturales y ambientales. Afortunadamente México aún posee una riqueza cultural admirable, resistente a ser absorbida por el fenómeno globalizante. Las manifestaciones que datan de tiempos precolombinos, como el culto a los muertos y los rituales que de ello se derivan; el respeto, la adoración y la utilización de la naturaleza a través de la herbolaria, entre otros, pueden ejemplificar tal resistencia.
 
El imperio global de tendencia capitalista al que pertenece nuestro país, implica la desrregulación de las barreras que limitan los flujos de mercado, de tecnología y de cultura extranjeras, con la consecuente interdependencia de las naciones firmantes de los tratados internacionales. Pero ¿qué pasa cuando los niveles económicos, tecnológicos y de materia prima (recursos naturales) contrastan enormemente —como es el caso de México frente a los vecinos del Norte?
 
El tlc ha derivado en un saqueo de los recursos naturales. La materia prima que se extrae del país es comprada a precios irrisorios; una vez manufacturada o industrializada la consumimos a costos comparativamente muy altos. Por ejemplo, ¿cuánto gana el país —por no decir cuánto le cuesta económica y ambientalmente— con la producción de carne de res para empresas trasnacionales, que posteriormente nos la ofrecerán transformada en productos para consumo, a precios que no contemplan las externalidades? Generalmente estos productos no son de primera necesidad; responden más bien a aspiraciones económicas, pero nos hacen la vida “más fácil”. Un ejemplo son las conocidas hamburguesas que ofrecen algunas trasnacionales asentadas en el país.
 
Asimismo, las políticas de desarrollo de la nación han favorecido una explotación depredadora de los recursos naturales, con altos beneficios económicos a corto plazo, pero serias afectaciones a la base de conservación, sustentación y regeneración de los mismos. Esta política también ha deteriorado la economía de los estratos más pobres. En 1984, 20% de la población mexicana más rica recibía 47% del ingreso monetario para sufragar sus gastos, y 40% —los más pobres— recibía tan sólo 17%. Para 1994 las distancias entre estos polos sociales se extremaron: 20% más rico percibía 52% del ingreso, y 40% más pobre disminuyó a 10.9% en la percepción del ingreso.
 
Otro impacto negativo de la globalización sobre el ambiente se dio a través de la modernización del agro mexicano. Ésta implicó importación de insumos y el uso de grandes cantidades de agroquímicos prohibidos en el mercado internacional, o de no circulación en el país de origen por sus efectos devastadores sobre la redes tróficas. En el mismo sector productivo habría que sumar la tendencia mundial dominante para limitar el espectro de plantas cultivadas a un pequeño grupo formado por las 15 o 30 especies de mayor importancia económica: maíz, trigo, soya, y otras, reduciendo con ello la diversidad biológica.
 
Recordemos que durante el pasado sexenio mexicano, el tlc representó la tabla de salvación para una economía golpeada y en decremento. Los criterios de la nueva política eran estabilizar y poner la mesa para la iniciativa empresarial interna y externa. Un tratado con Estados Unidos proveería de nuevas oportunidades mercantiles, tecnológicas y productivas, se dijo. Sin embargo, economistas y biólogos reconocidos, como Fernando Noriega e Irene Pisanty, afirman que México no estuvo ni está preparado para trabajar y/o competir —mercantil y tecnológicamente— con países del primer mundo. El objetivo de éstos es penetrar en países en vías de desarrollo, aún ricos en biodiversidad, para obtener mano de obra barata, materia prima a precios sumamente bajos y legislación ambiental flexible, lo que les permite gigantescos beneficios económicos y ambientales. Se puede visualizar que la interdependencia se convierte en dependencia obligada. Los países desarrollados dependen de la materia prima de los subdesarrollados, y éstos de los avances científicos, tecnológicos y de las divisas económicas de los primeros. Así, la economía del país está bajo el juego de la economía norteamericana.
 
Cambio global
 
Después de la globalización económica debemos esperar, y ya se presenta con toda seguridad, un cambio global ecológico como resultante del fenómeno. Para algunas autoras como Arizpe y Carabias, “consiste en aquellas transformaciones biogeoquímicas que afectan a todos los hábitats del mundo”. Ambas hacen referencia a la naturaleza; habría que agregar las transformaciones en las actitudes individuales, pues el fenómeno de la globalización incide sobre la riqueza cultural. De hecho, podemos percibir una pérdida constante de valores sociales y éticos hacia el entorno natural. Por ejemplo, los grupos étnicos se reducen rápidamente, aun antes de agotar los recursos naturales de los que dependen; las consecuencias de esta pérdida cultural son visibles en la desaparición de conocimientos y tecnologías apropiadas para las actividades cotidianas y de subsistencia rural. Este sector, dominante en los países latinoamericanos, es heredero de tal sabiduría; su reducción conlleva un empobrecimiento cultural del campesinado, diluyendo sentimientos y valores respecto a los recursos naturales.
 
Los problemas ambientales de México han derivado principalmente del subdesarrollo económico; aquí la pobreza ha sido una constante. Quizá para las comunidades no existan mejores opciones que aprovechar de manera racional sus recursos para sobrevivir; desgraciadamente, es común observar en ellas el tráfico de plantas y animales considerados exóticos o con algún grado de amenaza, así como el cultivo en terrenos no aptos y susceptibles de erosión. Sin duda el problema es complejo y no admite soluciones simples, habida cuenta que está de por medio la subsistencia familiar.
 
La globalización nos está llevando a un consumismo casi incontrolable, en buena medida impulsado por los medios de comunicación. La naturaleza es saqueada para satisfacer a una sociedad cada vez más numerosa y que demanda bienes de consumo de primer o tercer orden; sus desechos cargan el ambiente con toneladas de contaminantes sólidos, líquidos y gaseosos que superan la capacidad de degradación y reciclaje natural.
 
Entre los problemas ambientales globales que compartimos están la deforestación y la pérdida de biodiversidad. La transformación de los ecosistemas forestales en agropecuarios, áreas industriales y de asentamientos humanos ha sido el común denominador de todos los países. Hablamos del problema que más ha dañado a nuestra naturaleza; simplemente comparemos el valle de México antes y después de la conquista. Durante la Colonia se talaron zonas extensas y ricas en madera con el fin de construir los palacios de los nuevos dueños de estas tierras. Por supuesto, también grandes cantidades de madera fueron saqueadas por el mercado europeo.
Es cierto que la deforestación fue un fenómeno común en el México precolombino —tanto la madera para la construcción, como la leña y el carbón eran necesarios para producir cal, estuco y barro cocido—; sin embargo, el impacto negativo sobre el ambiente fue relativamente poco hasta antes de la conquista, comparado con las tasas de extracción posteriores y actuales.
 
La deforestación va en aumento; de seguir la tendencia tendremos un país cuya diversidad biológica será bastante pobre. Las tasas han disminuido el bosque tropical; de 12 millones de hectáreas originales hoy sólo existen 800 mil, concentradas en la selva Lacandona, los Tuxtlas, Uxpanapa, el este de la Huasteca y Tuxtepec. Al igual que en otros países de América Latina, la deforestación está en relación directa con la apertura de más zonas agropecuarias.
Las consecuencias se reflejan en la pérdida de un potencial de recursos económicos, traducida en el paulatino agotamiento de materias primas, la erosión de suelos —que afecta a 80% del país—, la sedimentación de cuerpos de agua naturales y, al extinguirse poblaciones de flora y fauna local y regional, la desaparición de germoplasma.
 
La deforestación es sólo un ejemplo de las actividades antropogénicas que conducen al empobrecimiento ambiental, y por consiguiente, al económico. Existen otros fenómenos de igual impacto, como el saqueo de la flora y fauna terrestre y marítima, el uso de tecnología no apta a las condiciones naturales del país, la pérdida de valores éticos y otros.
 
Conclusiones
 
El fenómeno de la globalización ha repercutido negativamente sobre nuestra sociedad. No es incorrecto buscar nuevas tecnologías para mejorar los niveles de vida nacional, pero sí lo es cuando no somos capaces de discernir cuáles pueden coadyuvar al desarrollo, sin perjudicar las bases sociales y ecológicas de nuestro país. Negativo es también pretender dejar de lado las raíces y los valores culturales que nos dan identidad. Es preciso reforzar nuestra relación con la naturaleza como la madre de toda forma de vida y proceso evolutivo, recomponer el dúo armónico que formamos con ella, reconociéndonos en sus procesos y asumiendo la responsabilidad de conservarla y manejarla adecuadamente.
 
La globalización debería desembocar no sólo en la obtención de mejoría económica sino ambiental, de bienestar común. Claramente existe —al menos así lo manifiestan las reuniones cumbres— un conjunto de intereses que comparten los países a fin de lograr una calidad de vida aceptable para la humanidad y, ello pasa por la conservación, protección y aprovechamiento del ambiente que garantice la supervivencia humana y la biodiversidad. Creo que desde este punto de convergencia se puede construir una nueva visión sobre el uso y reciclaje de los recursos naturales. Sin embargo, las heterogeneidades de los distintos grupos al interior de las naciones, y entre éstas, hacen necesario un largo y complejo proceso de negociación. Mayormente cuando se sobreponen intereses particulares sobre los comunes. He aquí la responsabilidad de los políticos, y sobre todo de la sociedad, que debe estar atenta a las negociaciones en materia económica y ambiental.
 
Es prioritario que México desarrolle conocimiento científico y tecnológico acorde a nuestro ambiente, formulando pactos políticos que permitan armonizar las demandas de grupos internos con el interés nacional y con los intereses comunes a nivel mundial.Chivi51
Agradecimientos
Agradezco a Rodrigo Medellín Legorreta su asesoría.
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Yamel Guadalupe Rubio Rocha
Instituto de Ecología,
Universidad Nacional Autónoma de México.
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como citar este artículo
Rubio Rocha, Yamel Guadalupe. (1998). Ecología y economía en tiempos de globalización. Ciencias 51, julio-septiembre, 38-43. [En línea]
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El “Hoy No Circula” y nosotros los mexicanos
 
 
 
Héctor G. Riveros y Enrique Cabrera
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Cuando en el mes de noviembre de 1989 se implantó el programa “Hoy No Circula” se hizo con el fin de retirar de la circulación, en los días laborables, el 20% de los autos particulares. Con ello se esperaba una reducción hasta del 12% en las emisiones contaminantes de los vehículos dado que éstos son responsables del 60% de las emisiones de los vehículos y como consecuencia se esperaba la correspondiente reducción en el consumo de la gasolina.
 
Las bondades del programa se podrían alcanzar solamente si la población que utiliza ese transporte se quedara en su casa esos días. Si por el contrario, se desplaza en algún otro vehículo, o usando el transporte público, las emisiones por este medio de transporte y el consumo de gasolina se incrementan considerablemente, reduciendo así el impacto que se perseguía inicialmente con el programa.
 
Al retirar el 20% de los vehículos particulares, en principio, se debía facilitar la circulación en las calles reduciendo así los embotellamientos y por consiguiente la contaminación y el consumo de gasolina. Sin embargo, al sumar el incremento en el consumo del transporte alternativo, no podía esperarse una reducción significativa en la contaminación, pero sí un aumento considerable en las molestias a que está sujeta la población.
 
De estos simples razonamientos se deriva que el programa “Hoy No Circula” carece, desde un principio, de fundamentos sólidos que permitieran reducir la contaminación y el consumo de gasolina y por ello nunca debió de implantarse.
 
Por otro lado la experiencia del programa indica, al comparar los índices de contaminación de la ciudad de México antes y después de aquel 20 de Noviembre de 1989, que no se detectaron cambios significativos en los niveles de contaminación (como se decía debían haber ocurrido) ni tampoco se observó, como se muestra en la figura 1, una disminución en el consumo mensual de la gasolina en esas fechas, hecho que por si solo probaría que la medida estaba funcionando. Esto obedece a que las fluctuaciones estadísticas causadas por cambios en los vientos y en las emisiones son mucho mayores que las debidas al programa.
 
 
Figura1
Figura 1. Consumo de Gasolinas en la zona Metropolitana de la ciudad de México. Nótese que no hay cmabio significativo a fines de 1989.
 
En la figura 2 se muestran las ventas de coches en todo el país para los años comprendidos entre 1960 y 1993 (en número de unidades). En ella se observan las reducciones drásticas en las ventas, claramente asociadas a la situación económica por la que atraviesa el país, más que a cualquier otro factor.
 
Figura2
Figura 2. Ventas totales de las cinco marcas que venden coches en el país. Se nota claramente las reducciones asociadas a la mala situación económica.
 
 
Si se considera que la medida del “Hoy No Circula” (desde sus inicios cuando era de forma voluntaria) tuvo sus orígenes allá por el año de 1987, ésta bien puede estar relacionada con una drástica caída en el volumen de ventas de coches nuevos. Como resultado de la recuperación en las ventas en el año de 1989, el incremento de coches en circulación compensó la reducción diaria de vehículos asociada con el programa “HNC”, volviendo a tener embotellamientos similares a los observados antes de la implantación de la medida. Esto influyó también a que no se haya observado ninguna disminución en el consumo de la gasolina.
 
Una vez más, los mexicanos habíamos encontrado la manera de obedecer una ley y al mismo tiempo seguir viviendo igual que antes: “Me compro un segundo coche”, “No vendo la carcachita”, “Se lo pido prestado a mi compadre”, etc., son algunas de las medidas a que se recurre para seguir con los desplazamientos acostumbrados. Las actividades cotidianas del mexicano continúan igual que antes.
 
Medidas para reducir las distancias recorridas como pueden ser el cambiarse cerca del lugar de trabajo o a un trabajo cercano a la casa, o cambiar a los hijos a escuelas más cercanas, o medidas como adecuar los itinerarios para evitar las horas pico y reducir los embotellamientos, son medidas poco utilizadas, pero que pueden reducir los consumos de gasolina y la contaminación ambiental así como los gastos.
 
Cabe hacer hincapié que la reducción observada en el consumo de gasolina en el Valle de México en 1995 (última columna de la figura 1), se debió más a las condiciones económicas del país que a una racionalización de su consumo.
 
Al inicio el programa “Hoy No Circula” parecía ser un éxito, pero ello se debió sólo a las condiciones meteorológicas favorables que prevalecieron. Con el paso de los años el programa “Hoy No Circula” ha demostrado su ineficiencia para cumplir con sus cometidos y finalmente parece que está en vías de ser derogado. Sólo ha servido como fuente de ingresos extraordinarios para el mercado automotriz, para los talleres de servicio y los verificentros y para algunas personas encargadas de cuidar que los coches no circulen. Es cierto que la gran mayoría de los mexicanos nos hemos apegado al programa, sin embargo, en el medio intelectual en el que nos desenvolvemos, solemos ser muy distraídos y olvidar alguna vez que el coche no puede circular, lo que suele costarnos desde la mitad de la multa establecida hasta la totalidad de ésta y un día en el corralón.
 
El método escogido para derogar el programa es lento. Empieza por reconocer que los coches con convertidor catalítico emiten de 10 a 15 veces menos contaminantes que un vehículo sin convertidor, y por lo tanto, es mejor que circule todos los días dándole la calcomanía “cero” si realmente emite pocos contaminantes. Se inventó una calcomanía “uno” para los coches exentos del “Doble Hoy No Circula”, y la calcomanía “dos” que indica que se está dentro de los niveles establecidos pero que se le aplica el “Doble Hoy No Circula”.
 
Cuando los niveles o Índice Metropolitano de Calidad del Aire (IMECA) llegan a valores cercanos a los 300, para poder reducirlos a niveles seguros para la población, es necesario reducir las emisiones a un 50%. Esto se puede lograr suprimiendo la circulación de casi la totalidad de los coches particulares que, como se mencionó anteriormente, son responsables del 60% de las emisiones. Tales condiciones tienen lugar en aquellos días del año en que sopla muy poco el viento, situación que es fácilmente predecible con 24 horas de anticipación; ya que corresponden a un anticiclón sobre la ciudad de México y que por lo tanto pueden tomarse las medidas pertinentes antes de que esto suceda.
 
Como medida intermedia en estos casos se aplica el “Doble Hoy No Circula” situación en la que (entre otras medidas) se retira de la circulación el 40% de los coches particulares.
Afortunadamente, los días de contingencia ambiental son pocos en el año y cabe esperar que vayan siendo menos conforme dejen de circular los coches sin convertidor catalítico.
 
La política actual fomenta la compra de coches nuevos en sustitución del “viejito”, desechando la idea de conservar a éste como el segundo coche o comodín. Esto es conveniente para todos, inclusive para los que no tenemos un coche nuevo pues, en definitiva, ¡todos respiramos el mismo aire!
 
Como ya es costumbre, no falta un pelo en la sopa, en lugar de establecer como condición única que los niveles de emisión estén por debajo de ciertos límites para optar por la calcomanía “cero”, se pide además que sean coches con convertidor catalítico y que sean del año de 1993 o más reciente. Esto tiene dos inconvenientes: primero, que aunque alguien logre que su coche emita con valores inferiores a los limites establecidos para la calcomanía “cero” no la pueda obtener. Segundo, se sabe que existen coches anteriores a 1993 que tienen ya convertidor catalítico y que por sus niveles de emisión pueden pasar la prueba sin problemas, pero que no se les da la calcomanía por el solo hecho de ser modelos anteriores a 1993, aunque tengan convertidores catalíticos nuevos.
 
En detalle, el primer punto influye en que desalienta a probar otros dispositivos o a la conversión del sistema a poner un convertidor catalítico. Esto desalienta a que se realicen proyectos en los centros de investigación para desarrollar nuevos dispositivos o catalizadores alternativos.
 
Pero lo que realmente parece inconcebible es que a los coches de provincia se les niega “a priori” la posibilidad de tener la calcomanía “cero” o la calcomanía “uno” sin importar el modelo, el año ni los niveles de emisión. Esto parece inverosímil, pero se puede confirmar con amigos y conocidos, que hayan traído sus coches a verificar a la ciudad de México para tener la calcomanía “cero” y poder venir cualquier día de la semana, pero se encontraron con que se les niega el servicio por venir de provincia. Por ser una prueba voluntaria para los vehículos de provincia y solamente se les da la calcomanía “dos”, resulta que pagan y hacen cola para salir con los mismos derechos con los que entraron. ¿Para qué entonces perdieron su dinero y su tiempo verificando el coche?
 
Esta restricción contribuye a la fama de prepotencia que se nos asocia a los chilangos en provincia. La verdad es que no se entiende la lógica de esta medida, hasta donde se sabe todos los mexicanos somos iguales (aunque sospechamos que la Constitución es un libro poco leído en nuestros días). Es más, en los estados en que se tienen centros de verificación, éstos deberían de estar capacitados para dar calcomanías “cero” o “uno” según sea el caso.
 
Es de esperar que estas líneas sirvan para corregir una falla administrativa que causa un malestar innecesario en la población y que, por otro lado, tampoco les reditúa un beneficio. En principio, acaso las autoridades no están a nuestro servicio.
 
Aunque sospechamos que la corrección va a tomar un tiempo, ya que la disposición de que solamente coches del Distrito Federal y del Estado de México pueden exentar, fue publicada en el diario oficial del 29 de enero de 1997. Por otra parte, es de reconocerse el esfuerzo de producir gasolina Premium con menos de 100 ppm de azufre, lo que evita el envenenamiento prematuro del convertidor catalítico. La nueva Magna-Sin, aunque con menor contenido de azufre, todavía afecta el convertidor catalítico.
 
Pero parece que esto sólo es un derroche de optimismo, como lo demuestra la frecuencia y los límites establecidos en la verificación obligatoria, la cual tampoco puede influir en la reducción de la contaminación por la manera en que se efectúan las medidas. Pero ese es tema de otro texto.
 
Los puntos analizados en esta nota son particularmente importantes ahora que las ciudades de Guadalajara y Monterrey presentan problemas de contaminación atmosférica. ¡Se debe evitar cometer los mismos errores que se han cometido en el Distrito Federal!Chivi51
 
Héctor G. Riveros y Enrique Cabrera
Instituto de Física,
Universidad Nacional Autónoma de México.
_______________________________________________________________
como citar este artículo
Riveros, Héctor G. y Cabrera, Enrique. (1998). El "hoy no circula" y nosotros los mexicanos. Ciencias 51, julio-septiembre, 26-29. [En línea]
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El clima en la historia  
Gustavo Garza Merodio y
Mariano Barriendos Vallvé
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La climatología histórica es una especialidad de la paleoclimatología, que emplea como fuente básica de datos la información meteorológica/climática contenida en fuentes documentales históricas. Su introducción es relativamente reciente en el ámbito geográfico iberoamericano, pero tiene un potencial si se considera la enorme disponibilidad de documentación histórica que constituye, en definitiva, la fuente de información de tipo meteorológico-climático en la que se basan sus análisis paleoclimáticos.
 
En Hispanoamérica esta especialidad tiene una trayectoria limitada, con algunas iniciativas realmente interesantes pero carentes de la suficiente continuidad. Destaca el físico Manuel Rico Sinobas, que a mediados del siglo xix propuso un método de recopilación de informaciones meteorológicas obtenidas en fuentes documentales en forma de fichas estandarizadas.
 
Durante más de un siglo casi no se generaron estudios específicos de climatología histórica en España. Hubo que esperar hasta la década de  1960 para apreciar cierto interés en algunos investigadores. José María Fontana Tarrats inició, a título particular, una recopilación de informaciones de archivos de toda España. Sin establecer un criterio de trabajo específico que le permitiera después la producción de series de datos utilizables a efectos climáticos, este investigador fue el primero en percibir las inmensas posibilidades de la climatología histórica dentro del patrimonio documental generado por el conjunto de instituciones y particulares en la monarquía hispánica. Por otro lado, en esa misma época el profesor Emili Giralt Raventós advirtió la utilidad que podría tener para la climatología histórica el empleo de las referencias documentales sobre ceremonias de rogativas por motivaciones ambientales.
 
 
El primer trabajo dentro del ámbito universitario, con características óptimas tanto en los planteamientos metodológicos como en sus resultados, se produce dos décadas después. Es un trabajo realizado por C.M. Albentosa sobre el régimen pluviométrico en  ciudad de Tarragona durante el siglo xviii a través de registros documentales. Pero es hasta 1994 cuando se presentan dos tesis doctorales sobre esta especialidad; la primera, escrita por Barrientos, trata sobre Catalunya entre los siglos xv-xix y la segunda, de Sánchez Rodrigo, sobre Andalucía en los mismos siglos.
 
El sistema de rogativas
 
La disponibilidad de documentos históricos con información interesante a efectos climáticos es tan abundante en cualquier archivo de cualquier ámbito geográfico o institucional que desde el inicio de cualquier investigación en climatología histórica debe establecerse una serie de criterios de selección de las fuentes a consultar.
 
 
Como el objetivo final es obtener series de datos climáticos lo más prolongadas y continuas posible, el resultado de la selección suele dirigirse hacia series documentales también largas, como los libros de actas administrativas de instituciones municipales y eclesiásticas. Allí, además de aparecer un sinnúmero de hechos cotidianos de la propia institución, suelen registrarse sucesos memorables o que rompen la rutina cotidiana en la localidad, tanto de origen humano (guerras, accidentes, visitas de personalidades) como de origen físico (episodios meteorológicos extremos, epidemias, terremotos, hambrunas). En las localidades más importantes tampoco es infrecuente encontrar —siempre que se hayan conservado en algún archivo privado o público— documentos específicos con informaciones de carácter extraordinario que llevaban personas a título particular, como médicos, abogados, funcionarios eclesiásticos o de los gobiernos municipales, que generaban libros de memorias o dietarios.
 
La información que puede recuperarse de los documentos históricos no es despreciable, ni por la cantidad ni por su calidad de detalle: inundaciones, sequías, heladas, nevadas catastróficas, temporales de mar, huracanes, grandes tempestades, episodios de lluvias persistentes, olas de calor y de frío.
 
 
La información meteorológica/climática directa es difícil de encontrar en fuentes documentales manuscritas. Sin embargo, lo más abundante son las informaciones indirectas sobre condiciones atmosféricas, conocidas como proxy-data. Entre los diferentes tipos de proxy-data, el que ha ofrecido mayores perspectivas de investigación hasta ahora en la Península Ibérica es el registro de ceremonias religiosas de rogativas por motivaciones ambientales. Las rogativas son motivadas por diferentes variaciones o anomalías, en este caso climáticas, que ponen en tensión las limitadas disponibilidades tecnológicas de las comunidades preindustriales. Ante los problemas directos sufridos por las actividades agrarias, se ponía en marcha un complejo mecanismo institucional hasta llegar a la realización de una ceremonia de rogativas.
 
 
Cada rogativa tenía las siguientes etapas de preparación:
 
 
1) Indicaciones de las autoridades gremiales de labradores con los problemas detectados,
2) Deliberación de las autoridades municipales competentes en la materia,
3) Comunicación de su decisión a las autoridades eclesiásticas para la introducción de la ceremonia en el calendario de actividades de la Iglesia Católica,
4) Pregón o anuncio público de la ceremonia de rogativas.
 
El mecanismo institucional transmite, en consecuencia, un alto grado de fiabilidad y objetividad, y la disponibilidad de informaciones detalladas sobre las rogativas, ya que el procedimiento deja un rastro documental. En definitiva, la homogeneidad con que se generaron durante siglos, la datación exacta y la continuidad de los registros conservados en archivos municipales y eclesiásticos, impulsó el empleo de esta información para la obtención de series con información climática a escala pluisecular. Estos materiales, por otra parte, ofrecen la posibilidad de cuantificar en diferentes niveles de intensidad el tipo de fenómeno por el que se está rogando. Así, las sequías —el azote más habitual y más perjudicial— llegaron a generar cinco niveles de rogativas según la intensidad y duración del episodio. En breves términos, el primer nivel consistía en oraciones durante las celebraciones religiosas, como las misas. El segundo preveía la exposición de reliquias o imágenes de advocaciones especializadas durante un número de días variable. El tercero consistía en procesiones por las calles de la población. El cuarto contemplaba la inmersión en agua de reliquias o imágenes, hasta su prohibición a principios del siglo xvii, momento en que hubo de sustituirse por ceremonias de similar importancia. Finalmente, en el nivel máximo se realizaba una peregrinación a santuarios de ámbito regional de gran devoción entre la población.
 
 
En el caso de la cuenca de México, los datos utilizados para lograr la serie climática sobre sequías extremas proceden de tres tipos de  fondos: documentos administrativos, religiosos y diarios privados.
 
 
El tipo de información obtenida corresponde al de las denominadas rogativas “pro pluvia” de nivel crítico. Éstas tenían lugar al presentarse una sequía prolongada que pusiera en peligro los cultivos de temporal o la salud pública. Tales rogativas se concentraban en las dos imágenes más veneradas de la región, la virgen de Los Remedios y la de Guadalupe. El santuario de la primera se encontraba bajo la administración directa del cabildo colonial de la ciudad de México, y se le consideró desde fines del siglo xvi la advocación más efectiva contra la amenaza de las sequías.
 
 
Todos los registros de las rogativas asentadas para el logro de esta serie climática mencionan las fechas en que se llevaron a cabo, las características de los traslados de la virgen de su santuario (15 kilómetros al noroeste de la capital), el tipo de ceremonias realizadas, la duración de su estancia, así como su regreso a Los Remedios, por lo general después de un pomposo novenario.
 
Un estudio comparativo
 
En una primera aproximación a la obtención de datos referentes a la realidad climática de la cuenca de México durante el periodo colonial, se apreció que la información relacionada con sequías extremas era la más asequible y fácil de lograr durante un lapso corto de investigación.
Al no tener disponible la totalidad de la información en los registros del Archivo del Antiguo Ayuntamiento de la Ciudad de México, se procedió a completar los datos con fuentes bibliográficas fiables, obtenidas primordialmente en el Fondo Reservado de la Biblioteca Nacional.
 
Una vez comprobado que se contaba con la totalidad de las rogativas “pro pluvia” críticas, se ejecutó la cuantificación de los datos, los cuales en periodos de 30 años permiten reconocer los lapsos con mayor número de sequías durante poco más de 200 años (1601-1810).
 
 
De acuerdo con la serie obtenida, el comportamiento climático de la cuenca de México  muestra una oscilación que comienza en la primera mitad del siglo xvii, caracterizada por la escasez de sequías extremas. A partir de la séptima década del siglo xvii la frecuencia de sequías se hace más notable, y se prolonga hasta cerca de 1720. Durante los siguientes 60 años las sequías volvieron a presentarse con menos frecuencia. Por último, la oscilación de esta serie conduce a un periodo en el que la presencia de sequías críticas se vuelve extrema: el ciclo 1781-1810 duplica en número al de los periodos graves anteriores.
 
En el caso español, el comportamiento es casi inverso al registrado en la ciudad de México: las sequías graves son frecuentes al inicio y al final del periodo estudiado, mientras que desde mediados del siglo xvii hasta principios del siglo xviii se observa un acusado descenso en la aparición de las sequías. La coincidencia de esta baja ocurrencia con el desarrollo del mínimo Maunder (“Late Maunder Minimum”, 1675-1715) lo que parece indicar una probable relación entre ambos fenómenos. Una excepción en España ofrece,  un comportamiento similar al de la ciudad de México. La ciudad de Murcia, en el sector sudoriental más árido de la península Ibérica, presenta un régimen de sequías graves completamente diferentes de las otras localizadas a pocos cientos de kilómetros, mientras que su patrón para este fenómeno es más similar al de la capital mexicana.
 
De lo observado, y comparándolo con series obtenidas en España, es de llamar la atención que el punto álgido de la llamada “Pequeña Edad de Hielo” (siglos xv al xix), el mínimo Maunder significa en general para la península Ibérica una época de precipitaciones abundantes y regulares, mientras que en México da lugar a un periodo de sequías recurrentes y graves. También resalta la extrema sequedad que se produce a fines del siglo xviii y principios del xix, la cual ya ha sido insinuada en la historiografía mexicana como una de las causas del aumento en el descontento popular que precedieron a la guerra de Independencia. En el caso concreto de la cuenca de México, puede sugerir cambios topoclimáticos derivados de la constante y paulatina desecación de los lagos.
 
Las posibilidades para las investigaciones que busquen reconstruir la realidad climática durante el virreinato y parte del siglo xix por medio de la cuantificación de los datos proporcionados por las ceremonias de rogativas son muy amplios, no sólo en la cuenca de México, sino en buena parte del territorio nacional. Una vez que la totalidad de la información referente al centro de México haya sido consultada y procesada —lo cual podría tomar años— se proponen otras dos áreas de estudio, cuyas características climáticas difieren de las del antiplano central.
 
Por un lado, se puede llegar a comprender la frecuencia, el comportamiento y la intensidad de los huracanes tropicales al consultar y cuantificar la documentación de los cabildos coloniales de Mérida, Campeche, San Cristóbal de Las Casas, Oaxaca, Veracruz o Xalapa. Asimismo, la información proporcionada por los archivos de ciudades coloniales como Zacatecas, Durango, San Luis Potosí, Saltillo, Monterrey, Chihuahua o Santa Fe de Nuevo México podrán ser
útiles para el reconocimiento de la frecuencia de sequías en las regiones secas de la América
del Norte.Chivi51
Agradecimientos
Conacyt (México) CLI95-1928-CO2-02, cicyt (España)
Referencias bibliográficas
 
Fuentes documentales y bibliográficas. Caso de la ciudad de México.
Archivo del Antiguo Ayuntamiento de la Ciudad de México. Ramo del Santuario de Los Remedios.
Archivo General de la Nación. Ramo de Desagüe.
Bustamante, Carlos María de. 1810. Miscelánea. Fondo Reservado de la Biblioteca Nacional.
Carrillo Pérez, Ignacio. 1808. Lo máximo en lo mínimo Fondo Reservado de la Biblioteca Nacional.
Díaz Calvillo, Juan Bautista. 1812. Noticias para la Historia de Nuestra Señora de los Remedios desde el año de 1808, hasta el corriente de 1812. Fondo Reservado de la Biblioteca Nacional.
Guijo, Gregorio de. 1952. Diario 1648-1664 (2 tomos). Editorial Porrúa, México.
Historia de las Imágenes del Pueblito, Los Remedios y Ocotlán. 1745. Fondo Reservado de la Biblioteca Nacional.
Robles, Antonio de. 1946. Diario de Sucesos Notables 1665-1703 (3 tomos). Editorial Porrúa, México.
Sermón Panegírico. Fondo Reservado de la Biblioteca Nacional.
 
Bibliografía general
 
Albentosa, L.M. (1981-1982). “La importancia del conocimiento de las fluctuaciones climáticas en los estudios históricos. Aproximación al clima de Tarragona durante el siglo XVIII”, Universitas Tarraconensis, Facultad de Filosofía i Lletres. Divisió Geografía i Historia, Tarragona, 4, 73-90.
Barriendos, M. (1994). Climatología histórica de Catalunya. Aproximación a sus características generales (ss. XV-XIX), Departamento de Geografía, Física y Análisis Geográfico Regional, Universidad de Barcelona. Tesis doctoral inédita.
Barriendos, M. (1997). “Climatic variations in the Iberian Peninsula during the late Maunder Minimum (AD 1675-1715): an analysis of data from rogation ceremonies”, The Holocene, 7, 1, E. Arnold, pp. 105-111.
Giralt, El. (1958). “En torno al precio del trigo en Barcelona durante el siglo XVI”, Hispania, Madrid, 18, 38-61.
Martin Vide, J. y Barriendos, M. 1995. “The use of rogation ceremony records in climatic reconstruction: a case study from Catalonia (Spain)”, Climatic Change, 30, Kluwer Academic Publishers, pp. 201-221.
Sánchez Rodrigo, F. 1994. Cambio climático natural. La Pequeña Edad de Hielo en Andalucía. Reconstrucción del clima histórico a partir de fuentes documentales, Departamento de Física Aplicada, Universidad de Granada. Tesis doctoral inédita.
Gustavo Garza Merodio y Mariano Barriendos Vallvé
Grupo de Climatología,
Universidad de Barcelona, España
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como citar este artículo
Garza Merodio, Gustavo y Barriendos Vallvé, Mariano. (1998). El clima en la historia. Ciencias 51, julio-septiembre, 22-25. [En línea]
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El fenómeno del El Niño y la oscilación
del sur. Sus impactos en México
 
Víctor Magaña Rueda, José Luis Pérez
y Cecilia Conde
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Uno de los mayores retos en las ciencias atmosféricas ha sido entender los cambios que anualmente se producen en el clima. Condiciones extremas son, por ejemplo, los periodos de secas, que en ocasiones han producido cosechas pobres, hambruna y migraciones masivas. Hoy en día, no sólo la agricultura se ve afectada por la variabilidad en el clima, sino también otras actividades económicas —generación de energía eléctrica, pesca e incluso la salud.
 
En las últimas tres décadas se ha encontrado que la variabilidad interanual en el clima está relacionada en gran medida con el fenómeno de El Niño. Es común escuchar que la sequía es consecuencia de El Niño, que el huracán Paulina se debió a que estamos en año de Niño, las lluvias en Tijuana y otras. Pero, ¿hasta qué punto realmente El Niño es culpable de tales fenómenos? ¿Las tragedias descritas en los noticiarios pudieron haber sido previstas y, consecuentemente, prevenidas? Para contestar es necesario analizar qué sabemos sobre el sistema climático en general, y sobre el fenómeno de El Niño y sus impactos en México en par­ticular.
 
 
Ya desde el siglo pasado, científicos y adivinos intentaban pronosticar. Por ejemplo, el monzón de verano en la India ha sido parte de la vida misma de ese país; por ello los ingleses —con grandes intereses en la zona— iniciaron estudios sobre su predicción. Utilizando los datos disponibles en ese tiempo, como la presión atmosférica en superficie, el científico Gilbert Walker encontró que cuando la presión en superficie en Darwin, Australia, era en promedio más baja de lo normal, en el océano Pacífico central era más alta que normalmente (en Tahití, por ejemplo). Esta especie de sube y baja en la presión, con periodos de dos a cuatro años, se denominó Oscilación del Sur (Figura 1).
 
 
Figura1
Figura 1. Esquema de las condiciones en la atmósfera y el océano Pacífico tropical, A) Normal, y B) Durante años de Niño.

 
 
Por su parte, los pescadores de las costas del Perú encontraron que en ciertos años las aguas donde trabajaban estaban más calientes de lo normal, lo que ocasionaba que la pesca fuera pobre. Como la anomalía en la temperatura del océano alcanzaba un máximo hacia finales de año, los hombres de mar asociaron esta especie de corriente de agua caliente con la llegada del niño Jesús, por estar próxima la Navidad.
 
 
En los años 50 y 60, el meteorólogo Jacob Bjerknes estableció que la llamada Oscilación del Sur y la corriente de El Niño eran parte de un mismo fenómeno climático, que involucraba interacciones de la atmósfera y el océano Pacífico tropical. Desde entonces se han desarrollado muchas teorías para explicar el origen del ahora llamado fenómeno de El Niño/Oscilación del Sur. Aquellas que parecen física y dinámicamente más plausibles son las que involucran formas de inestabilidad en la interacción del océano y la atmós­fera, que corresponden a ondas ecuatoriales. Sin embargo, existen otras teorías menos posibles, las cuales proponen que El Niño puede ocurrir debido a fluctuaciones en la actividad solar o en la actividad volcánica terrestre. Aunque tienen menor aceptación en la comunidad meteorológica, mientras no contemos con una teoría completa que permita explicar a El Niño, éstas deben ser consideradas.
 
 
En el Pacífico tropical, los vientos dominantes cerca de la superficie provienen del este y se denominan alisios, y tienden a acumular el agua más caliente ­hacia el lado oeste, alrededor de la región de Australia e Indonesia (Fig. 1a). Por ser elevada la temperatura de superficie del mar (>28°C), el aire es más ligero y forma una atmósfera inestable en la que hay gran formación de nubes y lluvias intensas. En cambio, el Pacífico tropical del este es más frío (<25°C), por presentarse surgencias de agua del fondo del océano. Sus aguas son ricas en nutrimentos, razón por la cual algunas de las pesquerías más ricas en el mundo se encuentran frente a las costas de Perú. Sin embargo, la presencia de aguas relativamente frías inhibe la formación de nubes profundas, por lo que se tiene poca lluvia en las costas de Perú y Chile.
 
 
Durante años de Niño, los vientos alisios en el Pacífico se debilitan; así, las aguas más calientes del Pacífico tropical se esparcen a lo largo del ecuador (Fig. 1b). Aunque no parece un gran aumento en la temperatura del Pacífico del este (~2°C), la cantidad de energía (calor) involucrada sí aumenta, y de ahí los cambios que se dan en el clima global.
 
 
Con la aparición de una zona de agua caliente en el Pacífico central y del este, aparecen nubes cumulunimbus profundas y precipitaciones intensas sobre esta parte de los trópicos. Tal corrimiento en los patrones de lluvia no se debe a mayor evaporación in situ, sino a mayor convergencia de humedad en la región. Con tales cambios, donde antes llovía poco (por ejemplo, en las islas del Pacífico del este o Perú) ahora se producen lluvias intensas e incluso inundaciones, mientras que donde antes llovía mucho lloverá menos y habrá sequías, como en el Pacífico del oeste (Indonesia, norte de Australia...).
 
 
En los últimos años se ha encontrado que El Niño puede alterar el clima de regiones tan distantes como Estados Unidos o Sudáfrica. Por ejemplo, la influencia de El Niño se siente en el nordeste del Brasil, donde se producen sequías intensas, con el consecuente impacto en la agricultura. En Australia, la agricultura y ganadería también resultan afectadas por la sequía, mientras que en California se establecen planes de prevención de desastres ante las fuertes lluvias de invierno y las inundaciones que provocan. Los costos se calculan en cientos de millones de dólares.
 
 
Pero no se piense que el fenómeno de El Niño es una amenaza apocalíptica que va a terminar con la humanidad. En realidad tal tipo de variabilidad en el clima ha existido desde siempre. Los seres humanos y los ecosistemas se han adaptado a tales extremos en el clima. Quizá hoy estos fenómenos causen más preocupación por afectar a más personas. Es natural; el desmedido aumento de la población ha obligado a establecer asentamientos en zonas que pueden ser muy afectadas por fenómenos naturales; así, la posibilidad de que un huracán cause daños a un núcleo de población es mayor si existe más gente viviendo en laderas de cerros o en lechos de ríos.
 
 
Además de El Niño, también se habla de su contraparte, La Niña, que corresponde a anomalías negativas en la temperatura superficial del Pacífico tropical del este. Al parecer, La Niña provoca eventos climáticos contrarios a los experimentados durante El Niño. Por ejemplo, en Australia o Indonesia en vez de sequía durante El Niño, lloverá más de lo normal. Sin embargo, aún no es claro que los efectos en el clima de otras regiones sean “simétricos” entre periodos de El Niño y La Niña. Al parecer, esta última resulta en un regreso a lo que consideramos las condiciones climáticas normales.
 
 
Se sabe que aunque el clima durante años de Niño tiende a ser anómalo en cierta dirección (más o menos lluvias, huracanes y otros), hay grandes variantes en las respuestas climáticas de un año de Niño a otro, por lo que se habla de la no linearidad del sistema océano-atmósfera. Por otra parte, a un evento de El Niño no siempre sigue uno de La Niña, mostrando la no periodicidad de este fenómeno. Esto resulta en serias complicaciones para la predicción del clima.
 
Los impactos en México
 
Fenómenos meteorológicos
 
En nuestro país el fenómeno de El Niño tiene grandes repercusiones. De manera general podemos decir que las lluvias de invierno en años de Niño se intensifican —como ocurrió durante los inviernos de 1982-1983, 1986-1987 y 1991-1992 (ver tabla)— y se debilitan durante los correspondientes veranos. Lo opuesto ocurre aproximadamente durante años de La Niña.
 
En inviernos de El Niño, la corriente en chorro de latitudes medias se desplaza hacia el sur, provocando una mayor incidencia de frentes fríos y lluvias en las zonas norte y centro de México. El impacto de El Niño en las lluvias de invierno no es siempre el mismo, principalmente cuando se analizan los cambios a nivel regional. Eventos como el de 1986-1987 parecen haber resultado en sólo un ligero aumento de las lluvias del centro del país. Incluso El Niño de 1982-1983, aunque produjo lluvias invernales por encima de lo normal, tuvo un impacto aparentemente menor al del invierno de 1991-1992. Regiones como Baja California Norte o Sinaloa han experimentado algunas de las mayores inundaciones durante años de Niño. La intensidad del más reciente permitió que las lluvias torrenciales de invierno en Baja California fueran pronosticadas desde mediados de 1997.
 
 
Tabla. Porcentajes de Anomalías de Precipitación
  Invierno Verano
Región
Niño Niña Niño Niña
Baja California S.
50% –25% 70% –10%
Baja California N. 50% –25% 0% – 5%
Coahuila 150% –50% 20% 10%
Chiapas 40% –50% –30% 20%
Chihuahua
70% –30% –10% 0%
Durango
90% –80% –20% 0%
Guerrero
110% –90% –30% 10%
Jalisco
150% –50% –30% 10%
Michoacán              
260% –90% –30% 10%
Nuevo León
130% –20% –20% 30%
Oaxaca
10% 10% –50% 10%
Sinaloa
50% – 5% –10% 5%
Sonora
40% 0% –20% 0%
Tabasco
0%
0%
-10%
0%
Tamaulipas
190% 30% –10% 30%
Veracruz
20% –10% –10% 10%
Yucatán
50% –40% –20% 10%
 
 
 
Durante veranos de El Niño, las lluvias en la mayor parte de México disminuyen (ver tabla), por lo que la sequía aparece. En este periodo, la zona intertropical de convergencia del Pacífico del este —donde existe gran cantidad de nubes profundas y lluvia— tiende a permanecer más cercana del ecuador, por lo que la fuente de humedad para las lluvias en la costa oeste de México permanece alejada y las lluvias de verano no ocurren como se espera. Por el contrario, en años de Niña las lluvias parecen estar por encima de lo normal en la mayor parte de México, pero especialmente en la costa del Pacífico.
 
 
En verano, el país se ve afectado por huracanes; en años de El Niño aumenta su número en el Pacífico, mientras que disminuye en el Atlántico, Mar Caribe y Golfo de México. Tal relación tiende a revertirse durante años de Niña. Pero no es claro en qué parte del océano se formarán los huracanes y si tenderán a seguir trayectorias cercanas o alejadas de las costas mexicanas. Al parecer, la anomalía de agua caliente que ocurre en el Pacífico del este resulta en una mayor dispersión en la génesis y trayectorias de huracanes. Dicha anomalía puede alcanzar las costas mexicanas, aumentando la intensidad de los huracanes como parece haber sucedido con Paulina. Sin embargo, no se puede afirmar que la trayectoria seguida por éste a lo largo de Oaxaca y Guerrero se debió a El Niño o sea algo anómalo. Durante cada verano existe la posibilidad de huracanes entrando por las costas de nuestro país.
 
Los impactos económicos
 
En los años 1982-1983 los efectos de El Niño fueron severos, provocaron sequías, incendios y pérdidas estimadas en cerca 600 millones de dólares en las economías de México y Centroamérica. Durante los años 1991-1995 se estableció un periodo de Niño que, si bien no fue tan intenso como el mencionado, coincidió con una de las sequías más prolongadas en el norte de México. Ésta produjo problemas internos y externos por el uso de agua en las presas. Los reclamos por agua en la Presa de El Cuchillo o los conflictos con Estados Unidos por el líquido del Río Bravo fueron noticias de primera plana durante varios días.
 
El Niño más reciente provocó una disminución en las lluvias y, de acuerdo a cifras oficiales, se perdieron más de dos millones de toneladas de granos básicos y se produjeron daños por cerca de ocho mil millones de pesos. Lo anterior no incluye los efectos de las lluvias de Tijuana.
 
Un mayor conocimiento de los impactos del fenómeno de El Niño en las lluvias y, por tanto, en la disponibilidad de agua permitiría un mejor manejo de este recurso. Así, el hecho de que en inviernos de Niño haya más precipitación —principalmente en la región norte de nuestro país— permitiría administrar el agua de las presas. Existen también impactos de El Niño en pesquerías, salud y otras áreas, que apenas comienzan a ser estudiados. Condiciones de mayor humedad y calor en ciertas partes de Sudamérica y Centroamérica parecen ser propicias para que surjan epidemias de cólera o paludismo.
 
 
Para este 1997 y 1998 se ha detectado el desarrollo de uno de los eventos de El Niño más intensos de que se tiene registro. Muchos países han tomado acciones preventivas ante los posibles impactos negativos, pero también para aprovechar los positivos.
 
Además de un constante monitoreo sobre el clima, se ha comenzado a emitir pronósticos sobre la ocurrencia y evolución de El Niño, utilizando modelos de circulación del océano o técnicas estadísticas que toman en cuenta los cambios de temperatura superficial del mar que se dan en los últimos meses. Aunque al principio existía cierta discrepancia entre los resultados que los modelos entregaban, poco a poco parecen comenzar a mejorar y a volverse más precisos. Se ha desarrollado incluso un Instituto Mundial para Estudios de El Niño (International ­Research Institute) que coordina investigaciones de predicción, no sólo en lo que se refiere a la temperatura superficial del mar, sino también a los impactos que tendrá el fenómeno en otras regiones del planeta, tanto en temperatura como en precipitación.
 
La demanda de productos climáticos ha aumentado considerablemente. Productores agrícolas, aseguradoras, consorcios pesqueros, compañías genera­doras de energía, etcétera, tienen gran interés en conocer cuáles serán las condi­ciones climáticas probables, para considerarlas como elemento adicional de planeación.
 
Predictibilidad
 
Los límites en la predictibilidad del tiempo están impuestos por la naturaleza no lineal y a veces caótica del sistema atmosférico. El límite de dos semanas para pronósticos explícitos globales —como lo sugirió Edward Lorenz— es un valor generalmente aceptado.
 
En principio sólo sería posible pro­nosticar de manera determinística las condiciones de la atmósfera a menos de 15 días, lo cual hace imposible efectuar predicciones climáticas del tipo de las que se hacen para el tiempo atmosférico. Es por ello que el problema del pronóstico del clima debe ser analizado en su dimensión real. Por ejemplo, en predicciones a corto plazo (uno o dos días) se desea conocer en qué regiones del país lloverá o hará frío, dando valores a cada una de estas variables de manera precisa en el espacio y tiempo. Entre más corto sea el plazo de pronóstico, mayor es la precisión alcanzada.
 
El de largo plazo (climático) sólo trata de determinar en qué porcentaje se verán afectadas la condiciones en una cierta región del planeta. Así, en predicciones del clima se habla de anomalías, ya sea en lluvia, temperatura, etcétera. Tal información resulta de gran valor. En la mayoría de los casos se trabaja en un sentido probabilístico, a partir de la historia del clima de los últimos 50 años. Sin embargo, también se trabaja en comprender la circulación de la atmósfera y los mecanismos que la controlan, para de esta manera entender —desde el punto de vista físico— lo que la estadística sugiere. La naturaleza no lineal del sistema climático nos obliga a utilizar modelos numéricos para estudiar el clima.
 
En México estamos comenzando a trabajar en el desarrollo de esquemas de pronóstico a largo plazo. Para ello se realizan investigaciones con datos históricos, modelos dinámicos y campañas de observación que permiten definir de manera más adecuada los impactos de El Niño en el país. El mayor interés radica en explicar por qué no todos los fenómenos de este tipo resultan en las mismas anomalías climáticas. No es necesario esperar a conocer perfectamente todos los detalles de algún proceso climático para realizar pronósticos y hacer uso de ellos. Sí es importante conocer cuáles son las limitaciones de tales pronósticos, para no crear falsas expectativas.
 
Aunque existe una gran necesidad de saber con suficiente anticipación si habrá más huracanes afectando las costas mexicanas, lo más que podremos decir es si se esperan más sistemas de este tipo en esta parte del mundo, pero de ninguna manera si Acapulco sufrirá de nuevo el embate de un huracán como Paulina. Lo más importante es aplicar el principio de precautoriedad, aumentando las medidas de protección.
 
Acciones de mitigación y adaptación
 
La vulnerabilidad del país ante eventos muy fuertes de El Niño está en relación inversa con:
 
1. La difusión y comprensión de los pronósticos climáticos,
2. La capacidad técnica para aplicar medidas preventivas, y
3. La disponibilidad de recursos financieros para aplicar esas medidas
 
Brasil y Australia son ejemplos en cuanto a acciones estratégicas para mitigar y/o adaptarse a este evento. En ­Estados Unidos ya se han integrado comi­siones de prevención de desastres ante los potenciales impactos de El Niño.
 
En México ya pueden considerarse algunas acciones preventivas. Por ejemplo:
En la planeación de actividades de agricultura, contemplar como elemento de juicio los pronósticos de lluvias basados en información de El Niño.
 
Con la recarga de las presas en invierno se puede sugerir su administración en función de las prioridades productivas de la región (irrigación y ganadería, por ejemplo). Las presas de capacidad media tienen que permanecer en estado de alerta ante un posible desbordamiento. Con la recarga de las presas en invierno se debe evaluar la perspectiva de condiciones de sequía en verano (de prevalecer El Niño), revisando la posibilidad del uso racional del agua almacenada.
 
En las regiones urbanas es importante prever para el invierno las posibles inundaciones por lluvias intensas, dependientes del estado del alcantarillado. Si en el verano se presentan condiciones de sequía, será importante educar a la población y a las industrias para un uso racional del agua.
 
Durante los veranos bajo condiciones de fuerte Niño, es fundamental prevenir los incendios forestales. Además de difundir las medidas de seguridad entre los grupos de productores agrícolas que queman parte de los bosques, es también necesario difundir las medidas de alerta por la posibilidad de incendios naturales.Chivi51
Agradecimientos.
Expresamos nuestro agradecimiento al señor Rodolfo Meza, por su apoyo en la búsqueda de información sobre El Niño y sus impactos. Este trabajo ha sido apoyado financieramente por el proyecto PAPIIT-IN100697.
Víctor Magaña Rueda, José Luis Pérez y Cecilia Conde
Centro de Ciencias de la Atmósfera,
Universidad Nacional Autónoma de México.
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como citar este artículo
Magaña Rueda, Víctor y Pérez José Luis, Conde Cecilia. (1998). El fenómeno de El Niño y la oscilación del sur. Sus impactos en México. Ciencias 51, julio-septiembre, 14-18. [En línea]
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  del herbario
 
     
El mezquite, árbol de gran utilidad
 
 
 
Salvador Meraz Vázquez, Juan Orozco Villafuerte, José Angel Lechuga Corchado, Francisco Cruz Sosa
y Jaime Vernon Carter
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El mezquite (Prosopis laevigata) es un árbol importante del árido suroeste de Estados Unidos y norte de México. De acuerdo al sistema de clasificación de Cronquist, pertenece a la familia Mimosaceae del orden Fabales, clase Magnoliopsida (dicotiledóneas).
 
 
México posee una amplia extensión de zonas áridas y semiáridas —56 y 23 millones de hectáreas, respectivamente— que, en conjunto, representan más de 40% de la superficie total del territorio mexicano. Hablamos de zonas apropiadas para el desarrollo agropecuario forestal basado en el cultivo del mezquite. Sin duda, este es un recurso que puede ser aprovechado para mejorar los niveles de vida del sector rural; actualmente se encuentra establecido en más de 3.5 millones de hectáreas en el norte de México.
 
 
Es interesante saber que de las legumbres, algunos pueblos de las regiones secas del país elaboraban bebidas embriagantes. El fruto del mezquite es del agrado de todos los rumiantes domésticos y utilizado para consumo humano, pues tiene propiedades alimenticias. La legumbre es consumida como fruta fresca; una vez seca, se obtiene un polvo farináceo que bien puede comerse así —pinole de mezquite—, o emplearse para elaborar dulces compactos —piloncillo— que se comercian en regiones de San Luis Potosí y Sinaloa.
 
 
El mesocarpio de la legumbre contiene de 13 a 36% de azúcares, mientras que la semilla posee 55-59% de proteínas. El fruto se vende a mayoristas en algunos municipios de Tamaulipas.
 
El mezquite produce hasta 25 toneladas de fruto por hectárea en determinados lugares; se estima que en esa misma superficie se pueden producir hasta 2 mil kilogramos de peso de ganado mayor, en tanto que en la misma extensión sembrada de maíz sólo se obtendrían 563 kg. Una vez transformado en harina, el fruto se emplea en la elaboración de alimentos balanceados para ganado criado en establos. En el municipio de Matehuala, San Luis Potosí, se ha estimado la producción de fruto de mezquite en siete mil toneladas por año. Además, sus flores son productoras importantes de miel.
 
 
La madera de este árbol es muy apreciada tanto para la fabricación de muebles como para la cocción de carnes, a las que confiere un agradable sabor. De la resistente madera se fabrican los cotizados pisos de parquet, así como diversas artesanías. También del árbol se obtienen leña y carbón para uso doméstico, y postes para delimitación de solares.
 
 
El carbón producto de este árbol se distribuye en las principales ciudades de San Luis Potosí y Sinaloa. Sus bajos costos de producción en México han determinado el incremento de las exportaciones a Estados Unidos. Los envíos anuales de carbón al vecino del norte pasaron, de 1982 a 1992, de 2 mil a 20 mil toneladas. Un importante ejemplo de la respuesta a este mercado lo ha dado Sonora, donde la producción de carbón de mezquite fue incrementada de 4 mil toneladas en 1982 a más de 22 mil en 1985, y sus exportaciones se elevaron de 177 toneladas a más de 10 mil anuales en el mismo periodo.
 
 
Ya que la leña y el carbón de mezquite son productos muy apreciados, la no cuantificada sobreexplotación ha causado un serio deterioro, sin que hasta ahora se hayan tomado medidas para reglamentarla. A través de la práctica de la tala selectiva se han destruido muchos mezquitales; así, en Nuevo León estas formaciones vegetales son escasas y pueden encontrarse sólo algunos relictos.
 
 
Sabemos que la producción de leña es uno de los factores causales más importantes de la deforestación en Latinoamérica, donde ya han sido agotadas dos terceras partes de las reservas forestales.
 
 
Del árbol se extraen dos gomas; la que exuda la corteza —de color ámbar y muy parecida a la goma arábiga— se utiliza para afecciones de la garganta; la segunda es negra y exuda de las grietas superiores del tronco, es astringente, por el tanino que contiene, y se utiliza para la fabricación de tintas. La goma secretada por el árbol es una golosina para los niños. En la medicina tradicional se emplea follaje, goma y corteza como antiséptico y emoliente, así como contra la disentería y diarrea.
 
 
Desde el punto de vista ecológico, las diferentes especies de mezquite tienen una gran importancia porque sirven de alimento y sitio de resguardo para la fauna silvestre; además son estabilizadores del suelo y protectores de cuencas hidrogeográficas.
 
 
Estas especies son tolerantes a la salinidad y existen evidencias de que también tienen la capacidad de fijar el nitrógeno. Es por ello que expertos de la fao las recomiendan como productoras de forraje y madera en las zonas áridas y semiáridas del mundo. Y es que se trata de plantas idóneas para la reforestación frente al proceso de desertificación, que no es más que la degradación irreversible —producto de la actividad humana— de grandes extensiones de suelo. De esta manera, diversas especies de mezquite han sido introducidas en más de diez países de todos los continentes, exceptuando Europa.
 
 
Mientras que en México se busca optimizar el aprovechamiento de sus diversas cualidades, en Estados Unidos la investigación se orienta hacia el desarrollo de mejores técnicas para su combate, pues consideran al mezquite una maleza en los sitios donde se practica la ganadería intensiva.
 
 
Sin duda, el árbol de mezquite puede contribuir en la generación de alimento, energía y en
la conservación de los componentes bióticos y abióticos de los ecosistemas de zonas áridas, preservando especies animales y vegetales, al tiempo que protege y rescata suelos de la
erosión.Chivi51
 
Salvador Meraz Vázquez
Facultad de Ciencias,
Universidad Nacional Autónoma de México.
 
 
Juan Orozco Villafuerte, José Angel Lechuga Corchado, Francisco Cruz Sosa
Departamento de Biotecnología,
Universidad Autónoma Metropolitana-Iztapalapa.
 
 
Jaime Vernon Carter
 
Departamento de IPH,
Universidad Autónoma Metropolitana-Iztapalapa.
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como citar este artículo
Meraz Vázquez, Salvador y et.al. (1998). El mezquite, árbol de gran utilidad. Ciencias 51, julio-septiembre, 20-21. [En línea]
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  del bestiario
 
     
En la tierra del ave roc
 
 
 
Héctor T. Arita
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De entre miles de peligros que Simbad el Marino tuvo que sortear en los siete viajes que describe el libro de Las mil y una noches, pocos eran tan aterradores como los sorpresivos ataques de la gigantesca ave roc, que con sus descomunales garras era capaz de levantar elefantes en vilo para alimentarse de ellos. De hecho, durante el tercer viaje de Simbad, uno de estos portentosos animales provocó el naufragio de su nave al arrojarle enormes rocas desde el aire. El ave roc es mencionada también por Marco Polo en una de sus frecuentes divagaciones dentro de Il Milione, el libro que recapitula sus 26 años de aventuras en el lejano oriente a finales del siglo xiii. La descripción que hace Marco Polo del ave roc en uno de los capítulos de sus memorias ha sido esgrimida por algunos críticos como una evidencia del alto contenido fantasioso del libro del viajero veneciano. De hecho, tal descripción aparece en un capítulo que habla de Madagascar, una tierra que Marco Polo nunca visitó.
 
Irónicamente, si Marco Polo hubiera visitado Madagascar, es muy probable que se habría topado con el animal que originó esas fábulas que le restaron credibilidad a sus narraciones. El ave elefante (Aepyornis maximus), con su altura de casi tres metros y su peso de alrededor de media tonelada, es el ave más grande que ha existido sobre el planeta. Por supuesto, era incapaz de volar y mucho menos de cargar un elefante, pero aún así, su enormidad era realmente asombrosa. Sus descomunales huevos, de unos 90 cm de circunferencia y de casi nueve litros de capacidad, fueron preciados trofeos para los primeros humanos que arribaron a Madagascar. De hecho, se ha especulado que la depredación sobre los huevos del ave, más que la cacería directa de los animales, fue el factor que llevó a la majestuosa ave a su extinción definitiva. Todavía en 1658 el gobernador francés de Madagascar incluyó en su informe anual una mención a las poblaciones del ave elefante en el sur de la isla. Para 1700, sin embargo, el ave más gigantesca del mundo había desaparecido para siempre.
 
El ave elefante es sólo un ejemplo de la extraña fauna típica de Madagascar. Separada del continente africano durante decenas de millones de años, la isla ha sido terreno fértil para la evolución de grupos de plantas y animales que no se encuentran en ningún otro sitio del mundo. En ella han sucedido procesos de evolución paralela y convergente que han producido especies animales muy parecidas —pero no cercanamente emparentadas—, a las de otros sitios del planeta. El equivalente ecológico del ave elefante sería, por ejemplo, la también extinta moa gigante de Nueva Zelanda (Dinornis maximus), un animal un tanto más esbelto que su primo lejano de Madagascar, con sus casi cuatro metros de altura y 275 kg de peso.
 
Otro ejemplo lo constituyen los vángidos, una familia de aves endémicas de Madagascar que ha experimentado un proceso de especiación casi tan vigorosa como la de los clásicos ejemplos de los libros de texto —los pinzones de las Galápagos y los drepánidos de Hawai. En total existen unas 13 especies que se alimentan de insectos y pequeños vertebrados, que usan diversas estrategias para conseguir su comida. Algunas especies de vangas capturan insectos y los empalan en pequeñas ramitas o espinas, en la forma en que lo hacen sus parientes más cercanos, los alcaudones europeos y el llamado pájaro verdugo en México (familia Laniidae). Otros vángidos, sin embargo, han adoptado estrategias diferentes, que incluyen capturar pequeños vertebrados (como lo hacen las aves de presa), acechar presas voladoras desde una percha (a la manera de los papamoscas), hurgar bajo la corteza de los árboles en busca de insectos (al estilo de los pájaros carpinteros) y trepar a lo largo de los troncos (igual que los pájaros del género Sitta).
 
Los ejemplos más sorprendentes de convergencia evolutiva en Madagascar los encontramos entre los mamíferos. En los tenrecs, pequeños mamíferos primitivos que constituyen la familia Tenrecidae, endémica de Madagascar, encontramos especies que se asemejan a musarañas, topos, erizos, puercoespines y hasta ratas acuáticas. Los únicos carnívoros malgaches son varias especies de mangosta (Viverridae). Una de ellas, la dosa (Cryptoprocta ferox), parece mucho más un pequeño gato de selva que una mangosta, y de hecho por un tiempo fue clasificada entre los felinos. Uno de los murciélados de Madagascar, la única especie de la familia Myzopodidae, también endémica de la isla, posee unos discos adhesivos que le ayudan a trepar y ha evolucionado en forma convergente con la de los quirópteros del género Thyroptera de América tropical.
 
Los mamíferos más representativos de Madagascar son los lemures, tanto, que la isla es llamada también Lemuria por algunos naturistas. Los prosimios (grupo que divergió muy temprano en la evolución de los primates y que incluye a los lemures y sus parientes cercanos) encontraron en Madagascar un paraíso libre de competidores, lo que permitió una radiación espectacular de este grupo en la isla. Entre los prosimios de Madasgascar encontramos los lemures ratón y los lemures enanos, apenas mayores a una rata grande y que se asemejan en su físico y en su comportamiento a los dasiúridos, pequeños marsupiales de Australia. Los lemures típicos, sin embargo, son bastantes más grandes y constituyen el equivalente ecológico de los primates más avanzados que se encuentran en las zonas tropicales de otras partes del mundo.
 
Sin duda el primate más estrambótico de Madagascar es el aye-aye (Daubentonia madagascariensis). Se trata de un animalito del tamaño de una ardilla, de aspecto primitivo, con grandes orejas y ojos que evidencian sus hábitos nocturnos. La característica más extraña de este animal es el dedo medio de sus manos. Largo, muy delagado y huesudo, termina en una afilada uña que el animal usa como herramienta para extraer insectos de están bajo la corteza de los árboles, para sacar la pulpa de las frutas y hasta para llevar agua de beber a la boca. El dedo del aye-aye es sin duda una de las adaptaciones más sofisticadas que se puedan encontrar en los mamíferos.
 
El origen de la extraña fauna de Madagascar ha sido siempre un misterio para los biólogos. Es claro que el hecho de que la isla esté separada del continente africano por casi 400 km de mar en el canal de Mozambique, ha contribuido al surgimiento de extrañas especies endémicas en la isla. Sin embargo, según los datos geológicos tradicionales, Madagascar ha sido una isla separada de África desde hace al menos 125 millones de años, y los ancestros de los mamíferos que ahora pueblan Madagascar aparecieron sobre la faz de la tierra hasta hace 40 millones de años. ¿Cómo llegaron a Madagascar? Según una teoría reciente, en el canal de Mozambique existió un puente ancestral que alguna vez (entre 45 y 25 millones de años atrás) unió Madagascar con África. De acuerdo con la teoría, el puente habría emergido como consecuencia del choque de la India con el resto de Asia. Este choque produjo, además de la cordillera del Himalaya, diversos eventos de gran magnitud en todo el Océano Índico. Posteriomente, hace 25 millones de años, el puente se habría hundido a raíz de otros procesos, como los que dieron origen al gran valle del Rift en el este de África.
 
Esta teoría geológica explica razonablemente el origen de la extraordinaria fauna malgache. Así, hace 45 millones de años, los primitivos insectívoros y primates (los ancestros de los tenrecs y de los lemures) así como los ancestros del ave elefante, habrían podido invadir lo que ahora es la isla de Madagascar, para luego quedar atrapados al hundirse el puente del canal de Mozambique. Esto habría dado oportunidad a la radiación de las especies de estos grupos, en una forma análoga a la asombrosa especiación y diversificación de los marsupiales en Australia. Madagascar habría sido de hecho un auténtico laboratorio natural para la evolución de los mamíferos más primitivos.
 
En tiempos mucho más recientes, un factor de gran magnitud amanaza con acabar esta riqueza biológica acumulada en la isla de Madagascar. El hombre ha provocado la extinción del ave elefante y de otras especies malgaches. Muchas otras están bajo seria amenaza de extinción, entre ellas el aye-aye y varias especies de lemures. La depredación directa y, sobre todo, la altísima tasa de pérdida de hábitats naturales en la isla, son amenazas directas para numerosas especies. Si no se toman serias medidas de conservación, varias especies seguirán los pasos del ave elefante hacia la extinción y solamente existirán, como el ave roc, en las leyendas de los viajeros.Chivi51
 
Lecturas adicionales
 
Eisenberg, J. F. 1981. The mammalian radiations. University of Chicago Press. Análisis de la evolución de los mamíferos, incluye un capítulo sobre los mamíferos de Madasgascar.
Eisenberg, J. F. y E. Gould. 1970. The tenrecs. A study in mammalian behavior and evolution. Smithsonian Contributions Zoology 27:137. Monografía sobre los tenrécidos.
Héctor T. Arita
Instituto de Ecología,
Universidad Nacional Autónoma de México.
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como citar este artículo
Arita, Héctor T. (1998). En la tierra del ave roc. Ciencias 51, julio-septiembre, 50-52. [En línea]
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