El momento de la creación de la Facultad de Ciencias
| de la historia |
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| El momento de la creación de la Facultad de Ciencias | ![]() |
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| Raúl Domínguez Martínez† | ||||||||||||||
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En octubre de 1938 el Consejo Universitario recibió
un proyecto relativo a la creación de la Facultad de Ciencias; se trataba de un documento de primera importancia, no sólo porque constituía el origen de dicho plantel, sino porque en él se exponían los motivos por los que se tomó tal decisión. Dicho proyecto lo suscribieron el doctor Antonio Caso, director de la Facultad de Filosofía y Estudios Superiores; el doctor Isaac Ochoterena, director del Instituto de Biología; el ingeniero Ricardo Monges López, responsable de la Escuela Nacional de Matemáticas y Ciencias Físicas, y el doctor Alfredo Baños, director del Instituto de Ciencias Físico-Matemáticas.
Los argumentos daban inicio con esta afirmación: “En todas las principales universidades del mundo, aun en las de segundo orden, existe una Escuela o Facultad dedicada al estudio superior de las ciencias”. Acto seguido, se deslindaba la enseñanza y el estudio de las ciencias en la universidad como elementos de cultura general, de la enseñanza y el estudio especializados, para después pasar a una crítica de la situación particular: “En nuestro medio universitario se ha tenido especial cuidado de formar buenas escuelas profesionales, dotándolas, hasta donde se ha podido, de todo lo que necesitan para preparar a sus alumnos, pero a los profesores universitarios y a los investigadores de la ciencia no se les ha prestado ayuda alguna, se han formado por su propia cuenta”. De conformidad con los propios autores, tal situación “no ha sido por falta de esfuerzos encaminados a ese fin, sino porque en los últimos años hemos vivido largos periodos de inquietud y hemos sufrido una continua falta de recursos que ha obligado a nuestras autoridades universitarias a posponer la resolución de los problemas culturales para atender a la imperativa necesidad de subsistir”.
La propuesta consideraba “cuando menos” siete departamentos: Matemáticas, Física, Química, Biología, Geología, Geografía y Astronomía, y la creación consecuente de otros tantos institutos de investigación, razón por la cual “se propone que el Instituto de Ciencias Físico-Matemáticas se divida en dos institutos, uno dedicado a las matemáticas y otro a la física; que se establezca el Instituto de Química, que tanta falta hace, y que el Instituto de Investigaciones Geográficas se incorpore con el nombre de Instituto de Geografía […] de modo tal que cada jefe de instituto será al mismo tiempo, exoficio, jefe del departamento respectivo de la Facultad de Ciencias”.
No deja de llamar la atención, por último, el que los términos de la propuesta se hayan limitado, como era lo usual, a reformulaciones legales, sin acompañar la exposición de motivos de una consideración relativa a los recursos humanos y físicos, y a la relación entre lo disponible y lo deseable.
La organización, el reglamento y los planes de estudio para la nueva facultad fueron elaborados, en las ramas de física y matemáticas, por el ingeniero Monges López y por el doctor Alfredo Baños, quien recién había regresado al país después de graduarse en la Universidad John Hopkins y de haber recibido la beca Guggenheim, siendo el primer doctor en Física mexicano con residencia aquí (Sandoval Vallarta vivía en Estados Unidos).
El documento fue presentado a la consideración del Consejo Universitario en noviembre de 1938. La iniciativa establecía diversos mecanismos de coordinación entre los departamentos y los institutos respectivos, esto con la clara intención de dar un fuerte impulso a la investigación y de integrarla al trabajo docente, razón por la cual el documento incluyó la propuesta de dividir el Instituto de Ciencias Físico-Matemáticas, de reciente creación, en dos institutos especializados, dando lugar así al surgimiento de un Instituto de Física propiamente dicho; el de Matemáticas sería posterior. La nueva Facultad otorgaría los grados de maestro y doctor en Ciencias, con una nomenclatura peculiar compartida con Filosofía y Letras en la que la maestría era equivalente a la licenciatura, y siendo requisito la obtención del primero para poder cursar el doctorado.
El 19 de diciembre de 1938 se promulgó el nuevo Estatuto General; de esta manera dio comienzo la vida formal tanto de la Facultad de Ciencias como del Instituto de Física. El artículo 8 establecía que “los institutos tendrán un director, constarán de las secciones con el personal técnico y administrativo que señale el reglamento y dependerán directamente del rector. Cada uno de los institutos tendrá un Consejo consultivo [antecedente del actual Consejo Técnico de la Investigación Científica] que deberá hacer al rector todas las observaciones que estime pertinentes para el mejor desarrollo de los trabajos”. Los directores de institutos podrían durar indefinidamente en el cargo, de acuerdo con el artículo 34, pudiendo ser removidos por el Consejo a solicitud del rector o de un grupo de consejeros que representaran cuando menos un tercio de los votos computables en el órgano legislativo. Las labores efectivas dieron inicio en enero de 1939, año para el cual había sido aprobado el Reglamento de Pagos, estableciendo una cuota de inscripción para los alumnos de la Universidad de diez pesos y una colegiatura anual de cien pesos para los de la Facultad de Ciencias; ese año, después de una devaluación brusca, el dólar se cotizó a $5.19, y el salario mínimo diario general en la zona metropolitana era de $2.50, lo que suponía, para los alumnos de física, un pago anual equivalente a poco menos de veinte dólares y a cuarenta salarios mínimos. Adelantaremos aquí que, para 1940, la matrícula de la nueva Facultad representaba sólo 1.1% de la población estudiantil universitaria.
Para el caso de la física y la matemática, la Facultad de Ciencias continuó ocupando las instalaciones en el Palacio de Minería, y el edificio porfiriano de Ezequiel Montes número 15 albergó el área de la biología. El cambio más importante era, en realidad, el de perspectiva, ya que se había logrado el paso a la creación de una entidad autónoma para el desarrollo de las ciencias. El énfasis inicial fue puesto en el desarrollo de las matemáticas y la física y en la preparación de cuadros en el extranjero.
Por su parte, el Instituto de Física comenzó sus trabajos en medio de dificultades principalmente de orden pecuniario. El primer ejercicio presupuestal no pudo hacerse efectivo debido a problemas administrativos; esa primera asignación fue de veinte mil pesos anuales, cifra que se elevó a treinta y ocho mil pesos en 1939. Aquí conviene recordar que en el curso de ese año dio comienzo la conflagración bélica en Europa, en cuyo contexto habría de tener lugar un impresionante desarrollo de la física nuclear. Para entonces, el Instituto ocupó un local dentro del Palacio de Minería, en la calle de Tacuba, en el centro de la ciudad. Aparte del doctor Baños, director del mismo y precursor en México, junto con Sotero Prieto y Blas Cabrera, de los estudios de Física Atómica y de Física Teórica, figuraban como investigadores el ingeniero Manuel González Flores y los profesores (aún no contaban con el título profesional) Héctor Uribe y Manuel Perusquía, así como un ayudante de investigador, el señor Pedro Zuloaga.
Radiación Cósmica, Hidrodinámica y Elasticidad, Física Biológica, Física Nuclear y Radioactividad, Espectroscopía y Estructura Atómica, Rayos X y Estructura Molecular, Astrofísica, Geofísica y Laboratorio de Mecánica de Suelos eran las secciones que integraban el núcleo estructural del Instituto, según su plan original. Sin embargo, dadas las limitaciones presupuestales y, en general, las carencias de la Universidad, hubo de conformarse con establecer y hacer funcionar las secciones de Radiación Cósmica y de Mecánica de Suelos, e iniciar los trabajos teóricos de la geofísica.
En un artículo preparado por el doctor Baños a finales de 1940 para la Revista de Estudios Universitarios, órgano de difusión de las Facultades de Filosofía y Letras, Ciencias y de la Escuela Nacional Preparatoria, el director del Instituto presentó a la comunidad universitaria las siguientes reflexiones: “A diferencia de otros institutos, tales como el Instituto de Biología, el Instituto de Geología y el Observatorio Astronómico Nacional, que ingresaron a la Universidad Nacional Autónoma de México en 1929, dotados de amplio patrimonio en cuanto a edificios, laboratorios, bibliotecas y personal, el Instituto de Física ha empezado sin patrimonio alguno, con lo cual la labor de creación a la vez que de organización y dirección se torna de lo más difícil, especialmente en vista de las circunstancias precarias por las que ha atravesado la Universidad durante los últimos tres años escasos que lleva de vida el Instituto de Física. Sin embargo, es la esperanza de esta Dirección que las autoridades universitarias, animadas de un alto espíritu de deber universitario y percatadas por entero de la importancia y trascendencia de la misión que el Instituto de Física está llamado a desempeñar dentro de la Universidad como laboratorio central de pruebas y medidas físicas y como centro de investigaciones en las ciencias físico-matemáticas, habrán de prestarnos su más amplia colaboración y franca ayuda para dotar, desde luego al Instituto, aunque sea de forma modesta y sencilla, de un edificio adecuado para sus oficinas, sus laboratorios y su biblioteca”.
Estos acontecimientos fueron reconocidos por el rector Gustavo Baz en el informe que presentó en 1940: “De enorme trascendencia para el país fue la creación de la Facultad de Ciencias. La Universidad de México estaba integrada por un conjunto de Escuelas en las que se preparaba a los profesionistas. Pero nos faltaba la pura investigación científica y particularmente la preparación de los investigadores, hombres ajenos al ejercicio práctico de una profesión y que deben tener como fin la pura investigación científica”.
Así fue como se inició en nuestro país la promoción institucionalizada de científicos: con presupuestos exiguos y escatimados, en un contexto generalizado de apatía, sin conexiones operativas con la planta productiva, y careciendo de estímulos sociales en favor del incremento de vocaciones en las diversas áreas. En su devenir seguirá enfrentando esta situación.
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Nota Este texto es un fragmento del publicado en número 53 de la revista Ciencias |
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| Raúl Domínguez Martínez† Instituto de Investigaciones sobre la Universidad y la Educación, Universidad Nacional Autónoma de México. |
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cómo citar este artículo
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