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Los maíces nativos como patrimonio biocultural de comunidades de la Sierra de Santa Marta, Veracruz

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Esmeralda Campos Vásquez, Carlos Héctor Ávila Bello, Evelyn Hernández Vidal, Daniel Alejandro Lara Rodríguez, Dinora Vázquez Luna y Cecilio Mota Cruz      
               
               
LEl maíz (Zea mays L.) es patrimonio biocultural de los
pueblos agrícolas originarios del continente americano, particularmente de Mesoamérica, pues en esta región, en la cuenca del río Balsas, México, fue domesticado hace aproximadamente 10 000 años a partir de su pariente silvestre, el teocintle (Zea mayz subsp. paraviglumis). No obstante, el maíz se difundió de manera temprana a otras regiones del continente, alcanzando un alto grado de diversificación y adaptación a una amplia geografía, particularmente en los pueblos que mantienen poblaciones nativas o de polinización abierta y que lo han mejorado y heredado de generación en generación. 
 
En el caso particular de México, el maíz constituye el núcleo de su cultura, economía y alimentación de la población, y su territorio es centro de origen y diversificación de esta planta. La domesticación del maíz involucró la observación, experimentación, aprovechamiento y cuidado de las plantas de teocintle, la modificación del ambiente donde podría prosperar, el conocimiento de su fenología, comportamiento y adaptación a diferentes nichos ecológicos, la selección cuidadosa de ciertas características de acuerdo con la experiencia de cada pueblo y su utilidad. Fue un proceso coevolutivo que propició cambios genéticos de manera concomitante a su manejo, aprovechamiento y adaptación, formando paulatinamente el cereal domesticado.
 
Hasta el momento, en el territorio mexicano se han registrado 64 razas de maíces, de las cuales 59 se consideran nativas, por lo que esta planta debe ser protegida, mejorada y manejada como patrimonio biocultural.
 
Custodios de una riqueza genética
 
México es una nación reconocida por su arraigada herencia cultural y sus vibrantes tradiciones agrícolas, que ha venerado durante mucho tiempo el maíz, un cereal versátil, parte integral de la identidad y el sustento de la población durante milenios. Su importancia trasciende su papel alimenticio, ya que es un símbolo sagrado que encarna el patrimonio biocultural de México, un rico tapiz de elementos ecológicos, agrícolas y socioculturales entrelazados. La domesticación del maíz ha dotado al país de una extraordinaria diversidad de variedades tradicionales, cada una con sus atributos únicos y su significado cultural; éstas no son simplemente productos de prácticas agrícolas, sino que están profundamente arraigadas en las narrativas, los rituales y el sentido de lugar que definen la identidad cultural de las comunidades indígenas en todo México. Por ello, la preservación de este patrimonio biocultural es de suma importancia, ya que salvaguarda no sólo la diversidad genética del maíz, sino también conocimientos, tradiciones culinarias y las conexiones espirituales que han sostenido a las comunidades mexicanas durante generaciones.
 
En la actualidad, son los pueblos originarios y mestizos quienes poseen, resguardan y mejoran constantemente la diversidad genética de los maíces nativos de México en los distintos y cambiantes ambientes del país, y bajo múltiples estrategias y sistemas agrícolas. 
 
Sin embargo, la conservación de la diversidad genética de los maíces nativos enfrenta diversos peligros y riesgos, como las dinámicas socioeconómicas en las regiones donde se cultiva este preciado grano, relacionadas con la falta de oportunidades para la población que se dedica a la agricultura, lo que se refleja en un bajo recambio generacional para mantener la actividad productiva; el cambio climático global, la introducción ilegal de maíces transgénicos y la sustitución y desplazamiento por maíces comerciales, principalmente híbridos. A este respecto Jack Harlan, renombrado agrónomo y genetista norteamericano, señaló en 1972 que: “la base genética requerida para mejorar los alimentos básicos para el mundo está siendo rápidamente destruida”, lo cual atribuía fundamentalmente a la difusión de maíces híbridos generados para su manejo en monocultivo y con el empleo de altas dosis de fertilización y substancias químicas venenosas, advertiendo que esto generaría nuevos peligros y problemas. Su propuesta era que: “las soluciones basadas en genética tradicional y el control biológico deben ser impulsadas lo más posible”. 
 
Por su parte, Levins y Lewontin señalan que el objetivo primordial al producir alimentos debería enfocarse en reducir elementos externos al sistema y no aumentarlos; asimismo, como lo hacen los pueblos originarios y campesinos, establecer agroecosistemas diversificados, de estructura compleja y dinámica, y a cuyas características, en todo caso, el mejoramiento genético debería responder. En caso contrario, se reduce la agrobiodiversidad y disminuye la variabilidad genética, afectando las posibilidades de descubrir soluciones a posibles plagas o enfermedades en el campo y no se contribuye, en última instancia, a la seguridad alimentaria.
 
El maíz en milpa y su diversidad
 
La Sierra de Santa Marta forma parte de la zona de amortiguamiento de la Reserva de la Biósfera Los Tuxtlas en la zona litoral del Golfo de México (18° 16’ 7” y 18° 14’ 20”′N, 94° 53’ 2” y 94° 57’′23” O, con una altitud de 10 a 1 750 metros sobre el nivel del mar). Su terreno se caracteriza por pendientes medias a altas y predomina el clima cálido muy húmedo (Afm) en la franja de 800 a 1 000 metros de altitud, con precipitación anual entre 3 500 y 4 000 milímetros y temperatura media anual entre 22 y 24°C; y semicálido muy húmedo (A)C(fm), con temperatura media anual mayor a 18°C arriba de 900 metros de altitud. 
 
En la región, muchos productores han adoptado el monocultivo de maíz como principal forma de producción; sin embargo, la zona es un mosaico de ambientes interconectados, donde los maíces y la milpa son el móvil y componente fundamental del paisaje biocultural de esta impresionante región, lo que permite que se conserve una amplia diversidad de maíces nativos, al menos quince razas o sus combinaciones. Estos maíces derivan de una mezcla de sistemas y diversidad multicolor, principalmente los pigmentados oscuros, cuya composición varia en función de condiciones ambientales, económicas, culinarias e incidencia de enfermedades, a las que se adapta muy bien la diversidad nativa. 
 
Por otro lado, un fenómeno importante en la zona es la migración, que se ha incrementado durante los últimos treinta años en las localidades de Santa Marta, San Fernando, El Tulín, Ocotal Chico y Mirador Saltillo. Los adultos mayores son quienes trabajan las tierras, la media de edad es de 52 años, es decir, personas en intervalos de edades que pasarán a ser adultos mayores en unos años más, lo que puede ser un gran problema para la coevolución y conservación de los maíces. 
 
Actualmente se conservan, por nombre, doce diferentes tipos de maíz: blanco, negro, rojo, amarillo, pinto, blanco olotillo, blanco Texcoco, sangre, blanco acriollado, colorado, crema y tigre (figura 1). Sin embargo, el cambio climático ha obligado a limitar el cultivo de algunos tipos como el maíz bejuquillo, ya que ahora el momento de la maduración del elote coincide con la presencia de fuertes vientos del norte que provocan que las plantas se “acamen”, esto es que se doble el tallo.
 
De acuerdo con una muestra de 37 productores entrevistados, los maíces híbridos pueden llegar a producir hasta tres toneladas por hectárea, pero el grano tiende a pudrirse con mayor facilidad, resiste menos el exceso de humedad y su sabor no es tan agradable para las mujeres y hombres de las comunidades. En general, en las comunidades se prefiere consumir maíces nativos debido a que son más suaves, tienen mejor sabor, son más resistentes a la sequía y a la humedad, además de que se ha demostrado que contienen mayor aporte nutrimental, en especial los maíces de colores, a diferencia de los maíces híbridos.
 
Las y los entrevistados mencionaron que 50.7% de las hectáreas sembradas son de maíz blanco (20.47), del que se obtuvo 19 858 kilogramos; de maíz negro 21.6% (8.7), con 8 196 kg; de amarillo 9.8% (3.95), con 3 458 kg; de rojo 7.5% (3), con 2 725 kg; de blanco olotillo 2.6% (1.06), con 1 850 kg; de blanco Texcoco 2.2 % (0.875), con 1 300 kg; de pinto 1.4% (0.5625) con 1 183 kg; de crema 1.2% (0.5) con 933 kg; de blanco acriollado 0.9% (0.375), con 750 kg; de tigre 0.8 % (0.33) con 300 kg; de colorado 0.6 % (0.25) con 400 kg; y de sangre 0.6 % (0.25) con 200 kg. En total se siembran 40.36 hectáreas, con una cosecha de 41 155 kilogramos (figura 2). 
 
Si bien la producción que se logra con los maíces nativos no es alta comparada con los híbridos, su importancia estriba en la continuidad del proceso coevolutivo entre seres humanos y el maíz, que ha sido parte de su cultura y tradiciones alimentarias. El gusto por los maíces nativos podría considerarse uno de los factores principales para su conservación, ya que hay una preferencia hacia ellos por su sabor y textura, además de involucrar una parte psicológica y nostálgica, los productores suelen decir que “los sigo sembrando porque es parte de mi tradición, para que no se pierda”. Es decir, no sólo influyen los procesos productivos, sino cognitivos en sentido de pertenencia a su cultura y una herencia compartida generacionalmente, también la memoria, el hecho de que es un legado histórico, cultural, tecnológico y social que se hereda o se adquiere de su entorno.
 
Además del maíz, en la milpa hay muchas otras plantas que son aprovechadas y representan parte de la diversidad genética: unas nacen espontáneamente y otras se cultivan (figura 3). 
 
De los 37 entrevistados, ocho tienen monocultivos y 29 otro cultivo asociado con los maíces nativos, principalmente calabaza y nueve tipos diferentes de frijol, de los cuales el chipo, el chango, el patasti, el negro y el colorado de bejuco podrían considerarse nativos de la región, ya que son de los más representativos del municipio de Soteapan.
 
Otro problema que enfrentan los productores son las plagas en los maíces nativos, como el gusano cogollero (Spodoptera frugiperda) que afecta a 42.1% de los productores, los tejones (Nasua narica) a 10.2%, las ardillas (Sciurus colliaei) a 7%, el jabalí (Sus scrofa) a 3.5%, la tijerilla (Doru taeniatum) a 3.5%, los mapaches (Procyon lotor) a 3.5%, las ratas (Neotoma sp.) a 3.5%, la chinche (Chlorocoris spp.) a 3.5%, los chapulines (diferentes especies de la familia Gryllacrididae) a 1.8%, el perro de monte (Potos flavus) a 1.8%, la tuza (Orthogeomys hispidus) a 1.8%, y el cerete (Dasyprocta mexicana) a 1.8%; 16% de los productores no tuvieron problemas con plagas. 
 
Conclusiones 
 
Los pobladores de las comunidades del municipio de Soteapan, como Santa Marta, San Fernando, El Tulín, Ocotal Chico y Mirador Saltillo, han luchado por conservar los maíces nativos, sin embargo, se enfrentan a diversos retos socioecológicos muy importantes, como la baja producción, el cambio climático, enfermedades y plagas, pero también la migración y el envejecimiento de la gente dedicada a la producción de la milpa y otros agroecosistemas, lo que afecta importantes procesos coevolutivos del maíz, otras plantas de la milpa y distintos agroecosistemas, todos estos elementos fundamentales para conservar ciclos como los de agua, nitrógeno, carbono y fósforo que, en conjunto, tienen un efecto directo en la conservación de las diferentes formas de vida. Es importante que las instituciones públicas trabajen con las y los productores para establecer programas de mejoramiento de maíces nativos mediante técnicas como la selección masal, entre otras.
     
       
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Esmeralda Campos Vásquez
Centro de Estudios Interdisciplinarios en Agrobiodiversidad,
Universidad Veracruzana.

Es estudiante de la Maestría en Desarrollo Agropecuario en la Facultad en Ingeniería en Sistemas de Producción Agropecuaria de la Universidad Veracruzana

Carlos Héctor Ávila Bello
Centro de Estudios Interdisciplinarios en Agrobiodiversidad,
Universidad Veracruzana.

E
s ingeniero agrónomo, con maestría en botánica y doctorado en agroecología. Sus áreas de interés son el manejo y la conservación de la agrobiodiversidad. 

Evelyn Hernández Vidal
Centro de Estudios Interdisciplinarios en Agrobiodiversidad,
Universidad Veracruzana.

Es postdoctorante del conahcyt. Es ingeniera en sistemas de producción agropecuaria, con maestría en ciencias en producción agrícola y doctorado en ciencias en producción agropecuaria. Área de interés: diversidad y función de microorganismos del suelo.

Daniel Alejandro Lara Rodríguez
Centro de Estudios Interdisciplinarios en Agrobiodiversidad,
Universidad Veracruzana.

Es ingeniero en sistemas de producción agropecuaria, con maestría en ciencias en agroecosistemas tropicales, y doctorado en administración y desarrollo empresarial. Su área de interés es la búsqueda de alternativas para el desarrollo agropecuario.

Dinora Vázquez Luna
Centro de Estudios Interdisciplinarios en Agrobiodiversidad,
Universidad Veracruzana.

Es ingeniera en sistemas de producción agropecuaria, con maestría en ciencias en producción agroalimentaria en el trópico y doctorado en ciencias en desarrollo rural. Área de interés: el desarrollo sustentable.

Cecilio Mota Cruz
Instituto de Investigaciones en Ecosistemas y Sustentabilidad,
Universidad Nacional Autónoma de México.


Es estudiante de doctorado en el posgrado en ciencias de la sustentabilidad del Instituto de Investigaciones en Ecosistemas y Sustentabilidad, Universidad Nacional Autónoma de México o de Hidalgo, es investigadora SNI II.
     

     
       

 

 

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