Racismo y acoso escolar en una escuela primaria de Cholula, Puebla
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| Sol Tiverovsky Scheines, Jorge Gómez Izquierdo y Colette Despagne Broxner |
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A nivel social, el racismo aparece no sólo como uno de los
fundamentos que permiten el funcionamiento de los mecanismos modernos de dominación, sino que además llega a conformar un consenso en el imaginario colectivo acerca de la importancia de las diferencias humanas en el establecimiento de las jerarquías sociales correspondientes. Como explica George Mosse, el racismo es un fenómeno multidimensional que asienta su poder discursivo sobre un paradigma de belleza estética de la que derivan valores morales, de inteligencia y de comportamiento, y ha logrado establecerse como pilar en la formación de la conciencia de jóvenes mexicanos desde por lo menos los años ochenta del siglo xix. De acuerdo con Jorge Gómez Izquierdo, la forma en que se ha difundido este racismo sustentado en las ciencias, ha sido privilegiadamente por medio de la enseñanza de la historia patria. De esta manera, y a lo largo de generaciones, en México hemos sido conformados como sujetos atados a una identidad racista, lo cual genera una forma de ser en la que el sujeto mexicano se asume como inferior, feo y desconfiable.
Una de las consecuencias de todo ello es la exteriorización de una discriminación que hoy en día está en la base del fenómeno que se conoce como acoso escolar, y tiene repercusiones en el cuerpo y en la psique de los niños. Cuando hablamos de acoso escolar, nos referimos a toda forma de maltrato físico, verbal o psicológico que se produce entre escolares de forma reiterada. De acuerdo con la encuesta realizada por el Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación (conapred) en 2018, cuatro de cada diez niños reportan haber experimentado violencia asociada a la discriminación. Y en un estudio que llevó a cabo la ocde junto con la ong Bullying Sin Fronteras en 2017 y 2018, siete de cada diez niños o adolescentes en México sufren acoso escolar. Esto significa que, de los más de 40 millones de alumnos de educación básica y educación media, alrededor de 28 millones lo padecen. Es importante notar que los contenidos de los libros de texto de historia de México y otros materiales utilizados para enseñar el pasado indígena, difunden a través del relato de la Conquista de México y de la caracterización de los grupos indígenas históricos, una percepción racista que provoca un profundo daño en la autoestima de los niños. Queremos demostrar que esto repercute en una autopercepción denigrante y en las conductas discriminatorias que se observan en algunos tipos de acoso escolar. Analizar las relaciones que existen entre los discursos racistas, la discriminación y el acoso escolar en el ámbito de las escuelas de educación básica en Cholula, Puebla, tomando como ejemplo una escuela pública primaria, nos permitirá rastrear cómo se insertan éstos en el discurso de los estudiantes de primaria. Nuestro trabajo se ubica en la línea de los estudios sobre los discursos racistas y sus efectos de poder, desde la cual se reflexiona acerca de los procesos por los cuales una sociedad llega a ser racista, cómo este fenómeno afecta a la convivencia pacífica entre los niños y puede llegar a expresarse como acoso. La ideología racista en la historia patria El estudio de la historia patria en las escuelas y los saberes que de allí se desprenden tienen un fuerte impacto en la constitución de subjetividades en tanto afectan conductas, comportamientos y mentalidades. Debido a que se trata de libros de uso obligatorio y cuyo contenido los alumnos deben aprender y repetir en los exámenes, su impronta es muy fuerte.En México, en el siglo xix y hasta la década de los cincuentas del siglo xx, se usaron manuales elaborados por historiadores profesionales, pero fue sólo hasta la segunda mitad del siglo xx que se empezaron a utilizar estos libros de texto editados por la Secretaría de Educación Pública, mismos que son entregados gratuitamente y poseen un carácter obligatorio. El objetivo es homogeneizar el conocimiento, es decir, que todos los niños del país aprendan con los mismos materiales de estudio. En cuanto a la Conquista de México, los manuales de historia patria han mantenido el mismo enfoque a lo largo de más de cien años. Analizar estos materiales permite adentrarse en las ideologías dominantes de la sociedad en una época determinada. Se presupone que estos manuales deben ser objetivos y veraces, pero el hecho mismo de seleccionar los temas o de dar preponderancia a unos sobre otros indica los objetivos que se persiguen con tales libros. La manera en que se han abordado ciertos temas de la historia de México nos permite visualizar el modo en que se inocula el racismo en los niños. A pesar de que los libros de texto actuales utilizan un lenguaje “políticamente correcto” al referirse a las culturas indígenas que habitaban el territorio a la llegada de Hernán Cortés, se sigue reproduciendo en las aulas una visión estereotipada y racista. Los discursos sobre la justificación de la conquista española se pueden resumir en dos ejemplos: 1) la imagen de los mexicas como un pueblo guerrero que ofrece a sus dioses miles y miles de víctimas; y 2) la consecuencia obvia de esta afirmación que se reduce en el agradecimiento a Hernán Cortés por haber liberado a estas tierras de “tan terribles costumbres”. Ambos se mantienen desde finales del siglo xix, y provienen de los cronistas de la conquista: Hernán Cortés, Bernal Díaz del Castillo y Fray Bernardino de Sahagún; pero, a pesar de los descubrimientos arqueológicos y las discusiones sobre los sacrificios mexicas, este discurso sigue presente hoy en día en las escuelas. La violencia de los mexicas Mucho se ha escrito acerca de las masacres rituales que realizaban los aztecas o mexicas. En los libros de historia patria para estudiantes de primaria y secundaria que se utilizaron en la primera mitad del siglo xx, se describían con profusión los sacrificios rituales expresando a su vez la repulsión que provocaban. Guillermo Prieto caracterizaba a los aztecas como “feroces y sanguinarios […] turbulentos y perversos”, debido no sólo a los sacrificios sino a la manera de matar: “el sacrificio que ha hecho a los mexicanos funestamente célebres, consistía en tender y sujetar de pies y manos fuertemente a la víctima sobre la piedra, abrirle el pecho, arrancarle el corazón y mantenerlo en la mano, humeante y chorreando sangre, ofreciéndolo a su abominable dios […] Calculan algunos autores que el número de víctimas sacrificadas anualmente era veinte mil, pero otros, entre ellos Clavijero, dicen que en esto hay exageración. De todos modos la cifra era horrorosa, tratándose de esta repugnante materia […] Los restos de la víctima se daban para que los comieran, ya a los sacerdotes, ya a los soldados”. Julio Zárate, por su parte, en el Compendio general de México describía las guerras sagradas como: “bárbaro engendro de la superstición y una de las instituciones más dignas de estudio que ofrecen a la historia los antiguos mexicanos”. Y más adelante, aludiendo al gobierno del gobernante mexica Ahuitzotl, agrega: “durante cuatro días se sacrificaron prisioneros a los dioses, y el número de esas desdichadas víctimas del más horrendo fanatismo y del siniestro culto de los mexicas ascendió […] a 20,000, según autores más respetables, y hay algunos que lo hacen llegar a 70,000”. Asimismo, José Ascención Reyes, en 1895, se preguntaba qué tan civilizados eran los aztecas de acuerdo con su moralidad, sabiduría y riqueza: “el espíritu guerrero de los aztecas era […] contrario á la virtud. Su único afán era arrebatar á los demás pueblos su libertad y hacerlos esclavos. Además, sacrificaban inhumanamente á los prisioneros […] en la dedicación del templo mayor de México murieron en el sacrificio más de veinte mil prisioneros, dejando la ciudad teñida de sangre y hediendo a cadáver; ¡y estas bárbaras ceremonias se repetían con mucha frecuencia! ¿Qué sentimientos nobles podían caber en pechos tan sanguinarios? […] El crimen había llegado a ser una religión para los mexicanos y diariamente eran inmoladas víctimas humanas al dios Huitzilopoxtli”. Los autores, como se puede apreciar en estas citas, no sólo resaltan la importancia que tenía el sacrificio humano para los mexicas, sino que se apuran a mostrar el asco y la aversión que estas prácticas les provocaban. Ellos no pueden tener empatía frente a individuos a los que consideraban casi monstruosos por practicar ceremonias de muerte. En Historia Patria, Justo Sierra Méndez también hace alusión a las guerras mexicas cuyo único objetivo era satisfacer la necesidad de víctimas para los sacrificios religiosos, y plantea al respecto: “es cosa extrañísima cómo pueblos que habían llegado a ser cultos, conservaban estas abominables costumbres”. Esto que plantea Justo Sierra Méndez es una preocupación genuina de lo que podríamos llamar “un nacionalista de buena fe”. ¿Cómo conciliar la imagen espeluznante de los antiguos indígenas con la necesidad de fomentar, al mismo tiempo, el orgullo de descender de los antiguos pobladores de estas tierras, a quienes se les reconoce la producción de grandes conocimientos y de tradiciones positivas? Justificación de la conquista Como podemos ver en el relato de los estudiosos de este periodo histórico, la guerra entre diferentes pueblos y el sometimiento que ejercían los mexicas hacia otros grupos, aunado a los rituales de sacrificio, se convertirían en las pruebas irrefutables de una costumbre que, tarde o temprano, debía ser erradicada. La llegada de los españoles y la subsecuente conquista del territorio, en la interpretación de estos intelectuales, estaría más que justificada. Así lo indicaba José Ascensión Reyes en 1912, quien, al preguntarse si la conquista fue un bien o un mal, se responde “fue un bien para la Humanidad, porque destruyó un culto sangriento, que sacrificaba sin piedad innumerables víctimas, fundó la nacionalidad mexicana, haciendo de todos los pueblos […] una sola nación a la que dio la civilización cristiana”. El autor nos habla aquí del mestizaje, bandera del Estado mexicano y proyecto nacional que mostraba una preocupación racial y cultural. Para él: “la conquista fue benéfica para México porque mediante ella se introdujo la civilización cristiana […] el imperio azteca hubiera caído por sí mismo, porque tenía de enemigos a todos los pueblos que había conquistado… Por eso Cortés que era un GENIO POLÍTICO supo explotar este sentimiento de hostilidad… La barbarie había sido vencida é iba á fundarse la civilización”. Esta misma opinión se refleja en novelas de fines del siglo xix, como la de Pascual Almazán. Estos textos, que circulaban con profusión durante la primera mitad del siglo xx, aún están al alcance del público lector: “medio siglo después de la conquista por los españoles presentaba ya el centro del Anáhuac un aspecto tranquilo, habiéndose convertido generalmente los vencedores en colonos devotos, y avezándose más y más cada día los vencidos a un yugo que no era muy diverso del que habían sufrido bajo los emperadores mexicanos. Las victorias sangrientas de Moctezuma sobre las tribus o naciones limítrofes, y la tiranía respecto de sus súbditos, prepararon la sumisión casi general a los españoles”. La conquista quedaría justificada por los rituales sanguinarios y la violencia entre los pueblos que prevalecía antes de la llegada de los españoles. Por otro lado, no debemos subestimar la importancia que tuvo para estos intelectuales la evangelización, que permitió inculcar la religión católica a los pueblos conquistados, una religión de amor y de paz que contrastaba con los cultos de los antiguos habitantes, tal como lo expresa Manuel Payno en Los bandidos de Río Frío: “en esa roca (Tepeyácac o Cerro de la nariz, como le pusieron los españoles) había una divinidad azteca, la diosa Tonantzin, una especie de Virgen gentílica, la cual venían a adorar multitud de indios […] llegado cierto día del año, terminaban las fiestas religiosas con el sacrificio de cien niños, desde un mes hasta dos años, que eran degollados en una piedra de sacrificios, con navajas de pedernal y de obsidiana. La diosa no estaba contenta si no se le hacía el tributo de esa sangre inocente [...] después de algunos años de la conquista, la diosa Tonantzin desapareció del Cerro de la Nariz [...] A pocos meses, en vez de la diosa Tonantzin, que exigía la sangre de los niños, apareció en el cerro una hermosa y modesta doncella vestida con el traje de las nobles indias, que prometió a los naturales su protección y exigía, en vez de sangre, las rosas y las flores silvestres de los campos”. El autor se limita a expresar que la diosa Tonantzin simplemente “desapareció”, sin dar mayor explicación sobre cómo ocurrió ese suceso. Esta omisión es significativa porque deja un vacío en el relato y, por lo tanto, resulta en un cambio natural de religión y costumbres que se aceptan porque así debe ser. Es indudable que estos discursos se enganchan fuertemente con el colonialismo. Éste ha sido un factor importante que permite explicar el desarrollo del racismo en México durante el siglo xix. La sujeción colonial se valió del colonialismo para legitimar una jerarquía social en la que los conquistadores se encontrarían en la cúspide mientras que el resto de la población ocuparía los escalones más bajos de la pirámide socioracial. Esta diferenciación de la población marcaba a los sujetos en su cotidianidad. Y es que, tal como expresa Albert Memmi: “el racismo colonial, conjunto de conductas, de reflejos aprendidos, ejercidos desde la primera infancia, fijado, valorizado por la educación, se halla incorporado tan espontáneamente a los gestos, a las palabras, incluso a las más banales, que parece constituir una de las estructuras más sólidas de la personalidad colonialista”. No se trataba únicamente de plantear una superioridad frente al otro, sino de hacer que ese otro se asumiera inferior. El racismo sirvió a toda empresa colonizadora para legitimar en términos biológicos la diferenciación social. La distancia sociorracial entre unos y otros y la justificación del gobierno de unos sobre los otros, se mantuvieron aun después de la independencia formal de México con España, debido a que una élite intelectual emergente sostuvo sus privilegios identificándose como pertenecientes a la raza blanca de los conquistadores para justificar su paternalismo respecto de los demás grupos étnicos. Los materiales de estudio en escuelas primarias En 2007, y en el marco del coloquio “Nuevas perspectivas del sacrificio humano”, los arqueólogos Yolotl González Torres y Leonardo López Luján expresaron su postura respecto a esta antigua discusión sobre las masacres de los mexicas. Sin negar la existencia de sacrificios en el siglo xv, ellos plantearon que luego de treinta años de excavaciones en el Templo Mayor (Ciudad de México), sólo encontraron 127 cadáveres. Esto los llevó a repensar las cifras que se han manejado durante años con respecto a este tema. Ellos concluyeron que los frailes del siglo xvi debieron exagerar las cifras ante la necesidad de justificar la conquista militar y religiosa del territorio. Aun así, los libros de historia actuales siguen reproduciendo esta imagen de los mexicas como victimarios de otros pueblos para obtener de ellos cuerpos que ofrendar a sus dioses. En el libro de tercer grado de primaria de 2018, y bajo el tema “La vida cotidiana de los primeros habitantes de mi entidad”, se describe el juego de pelota: “existían aros de piedra a un lado y otro de la cancha, por donde los jugadores debían hacer pasar una pelota de hule muy pesada. Al finalizar el juego se sacrificaba a un jugador, como ofrenda a la deidad del Sol [...] en el sitio arqueológico de Cantona se pueden observar todavía altares para sacrificios humanos, ubicados en la proximidad de la cancha”. Más adelante, narra sobre las sociedades que habitaron el valle de Puebla: “poco a poco, un ánimo bélico fue haciéndose más presente”; éste se expresaba en las llamadas “guerras floridas”, “combates rituales en los que el objetivo de ambos contrincantes era capturar prisioneros y sacrificarlos”. Asimismo, en el libro de cuarto año de 2018, luego de describir la cultura mexica y sus avances matemáticos y tecnológicos, se explica el modo en que, para principios del siglo xvi, lograron dominar la región del Valle de México. Con el dominio de la región, llegaron también los tributos: “tejidos, artículos preciosos, alimentos, y también cautivos destinados al sacrificio”. Como podemos observar, los libros de texto contemporáneos, aunque utilizan un lenguaje “políticamente correcto” que omite prudentemente la cantidad de sacrificados, así como las opiniones del autor vertidas al respecto, no dejan de mencionar los sacrificios humanos como un elemento que formaba parte fundamental de la cultura de estos pueblos. Ahora bien, en las aulas, la imagen de los mexicas como pueblos sanguinarios y despóticos se encuentra muy presente, y esto es porque, por una parte, se sigue trabajando con materiales que recogen esa visión del siglo xix y, por otra, porque los maestros siguen reproduciéndolas mediante narraciones que han aprendido cuando ellos mismos eran estudiantes. Entre estos materiales, quizás el más utilizado sea el de las llamadas “monografías” o “láminas”. Se trata de hojas a todo color con imágenes representativas y un texto explicativo en el reverso. Se venden en todas las papelerías de México y son una herramienta de trabajo en el aula, sobre todo para niños de primaria. Las imágenes les sirven para recordar más fácilmente los temas que se están trabajando. La información que contienen ha sido extraída, en algunos casos, de textos de historia patria decimonónicos. La lámina de la cultura Olmeca, por ejemplo, extrae la información del libro México a través de los siglos, T. I, publicada originalmente en 1884. Veamos algunos ejemplos de estas láminas. En “Cultura azteca” se habla de los sacrificios humanos: “la costumbre de sacrificar prisioneros a las deidades era algo muy arraigado entre los mexicas. Los mexicas practicaron sacrificios humanos entre los que destaca el de carácter gladiatorio”. Y en la lámina Cultura CholulaXochicalco: “los mexicas se posesionaron de Cholula allá por el año 1500 de nuestra era, ejerciendo una dominación durísima como solían hacerlo con los pueblos conquistados”. Un niño de tercer grado que asistía a una escuela primaria pública en Cholula contó que en su salón se trabajaba con láminas, sobre todo para aprender acerca de los grupos indígenas: “la maestra nos pidió que para la clase siguiente llevemos una lámina de los olmecas, de esas que se compran en la papelería. A mí lo que más me llamó la atención fue las caras de los olmecas. Y que aparecían matando a otros con unas hachas o algo así. La maestra en clase nos dijo que los indígenas eran como animales, que mataban a sangre fría”. En dicha lámina se explica la fusión de olmecas con nahoas, de la cual surgirían totonacos, huastecos, huejotzincas, etcétera: “quienes con el transcurrir de los años pertenecerían al poderoso imperio azteca de Moctezuma Ilhuicamina que en una sangrienta campaña que duró desde 1458 hasta 1463 se apoderó de varias regiones estratégicas. El mundo prehispánico una vez más sufrió cambios y la tradición de pueblos dominadores y dominados continuó con el último logro azteca de fundir tantos pueblos en un solo imperio, de manera que se preparó el terreno para los conquistadores europeos”. Vemos entonces una narración que procura mostrar la violencia bélica como rasgo casi congénito de los antiguos mexicanos, pero también se quiere mostrar que no fueron los españoles los que inauguraron la violencia hecatómbica y que, por lo tanto, todo parecía estar acomodado para que su llegada fuera triunfal. Como podemos observar, estos materiales consiguen que los niños recuerden especialmente el carácter violento y cruel de los pueblos indígenas y los maestros refuerzan esta imagen con narraciones que han escuchado en su juventud. Así, un docente de tercer grado de primaria enseñaba a los alumnos la historia de Tenochtitlan hablándoles sobre el sacrificio humano: “subían a los prisioneros a la cima de la pirámide y allí les quitaban el corazón. Como eran muchos prisioneros, la sangre chorreaba y bajaba por la pirámide como ríos. Ahí la juntaban en unas vasijas y junto con el amaranto, hacían unas galletas y se las comían”. En otra escuela, un maestro de historia pensó que sus alumnos aprenderían mejor el concepto de guerras religiosas y sacrificios, escenificándolo con sus alumnos. Así, se dividió el grupo en dos equipos que se enfrentarían en un juego de pelota. Habiendo terminado el partido, el maestro les explicó que, dado que en la antigüedad los ganadores eran sacrificados a los dioses, se haría un símil de aquello, y el equipo ganador recibiría un castigo obteniendo menos puntos que el otro en la materia. Evidentemente, la noticia causó gran conmoción entre el alumnado. Conmoción y a su vez estigmatización, lo que tuvo dos efectos. Por una parte, se satanizaba la práctica del sacrificio y por otra, los alumnos, lejos de entenderla, llegaban a ver a esos grupos como una especie de locos insensatos que actuaban de manera irracional. Bullying racista Ahora bien, creemos que es posible visualizar el racismo en el ámbito escolar en los comentarios despectivos que expresan los niños en relación con el color de piel y rasgos fisonómicos indígenas mesoamericanos, así como en la frustración que manifiestan cuando se encuentran con un niño de piel más clara o con otras características físicas que ellos consideran mejores que las suyas. En 2019 entrevistamos a niños de quinto grado A y B de una escuela primaria ubicada en Cholula. Antes de la llegada de los españoles fue un centro ceremonial y comercial muy importante en la región. De los 78 niños entrevistados, 38 tenían al menos un apellido nahua. Conversamos con los niños sobre discriminación y acoso escolar y les pedimos que nos contaran sus experiencias en la escuela y en su casa. Les preguntamos cómo se percibían físicamente y si estaban contentos con ellos mismos, en caso contrario, qué cambiarían de su aspecto. También les pedimos que nos contaran si les habían puesto algún apodo y cómo los hacía sentir. Con respecto a la pregunta sobre su color de piel: 22 dijeron ser “güeros” (blancos); 5 morenos claro; 4 apiñonados (piel ligeramente morena); 42 morenos, 1 moreno algo oscuro y 4 no respondieron a la pregunta. Observamos una constante con los estudios realizados por Guitté Hartog en los estados de Puebla y Nayarit. Esta tendencia a identificarse con un color de piel más claro refleja el modo en que la discriminación se subjetiva. Se trataría de un mecanismo de defensa frente a la constatación de un racismo existente. Con respecto a los apodos desagradables, estos hacían referencia al color de piel, el peso y al uso de anteojos. “Morena/o”, “chaparra/o”, “bruja”, “boo”, “gorda/o” y “cuatro ojos” aparecieron recurrentemente en las pláticas. Un niño contó que se sentía muy mal cuando le ponían apodos por su color de piel. Nos contó con mucha tristeza que en la escuela le decían “negrito bimbo” y se reían de él. Cuando le pedimos que describiera a su amigo ideal, dijo que éste sería “blanco, color de cabello negro, ojos cafés, feliz, divertido e inteligente”. Una niña de quinto grado comentó que su familia y sus vecinos le decían “negra”, y que eso la hacía sentirse muy mal. Cuando le preguntamos cómo sería su amiga ideal dijo que ésta sería “blanca, hermosa, alta, muy alegre”. Hubo alumnos de quinto que, aun reconociendo que nadie les ponía apodos, expresaban estar disconformes con su color de piel que definían como “moreno”, así como su deseo de tener un tono de piel más claro y ojos claros. Como se puede apreciar en esta pequeña muestra, el racismo y sus efectos persisten en nuestra sociedad. Quizás lo más terrible de este fenómeno es que provoca el desprecio hacia uno mismo, la imposibilidad de aceptarse tal cual se es, es decir, rompe la autoestima. En ocasiones esto lleva a situaciones dramáticas. Un alumno de secundaria nos contó que una de sus compañeras se frotaba desesperadamente la goma de borrar sobre la mano, intentando blanquearse un poco ante la angustia que sentía por su color de piel. A manera de conclusión Las investigaciones de los intelectuales del siglo xix se apoyaban en una verdad científica que marcó la manera de percibirnos en términos raciales. Podemos afirmar que dichos estudios científicos sobre las razas humanas y sus características innatas han condicionado los modos de percepción asumiendo una superioridad o inferioridad de acuerdo con el color de su piel y a sus características físicas. El racismo fue el elemento que permitió el despliegue de toda una serie de políticas encaminadas al control de la población, abriendo paso a la creación de subjetividades basadas en el autodesprecio. Los saberes racistas han tenido efectos en el cuerpo de los sujetos, en su manera de percibirse a sí mismos y a los demás. Estos saberes permitieron, por medio de la mirada, reconocer aquello que no podía ser visto. Con esto aludimos al hecho de que la belleza de una persona visibilizaría sus cualidades morales, su nivel social y su potencial peligro para la sociedad. Como consecuencia, tenemos una población que se denigra a sí misma y que desprecia lo que es porque ha asumido su inferioridad. En México, incluso hoy en día, la palabra “indio” se utiliza como un insulto que tiene por objeto menospreciar al otro. Si lo indígena es sinónimo de sanguinario, cruel, irracional y físicamente desagradable, tal como se ha apreciado en las narraciones históricas y literarias, es comprensible que los niños se esfuercen por estar lo más lejos posible de todo aquello. De ahí la variedad de matices con los que se describen a sí mismos. Los apodos que reciben son la punta del iceberg del acoso escolar, y algunos de éstos muestran claramente los vínculos que existen entre el color de piel y la discriminación. Cuanto más moreno, menos bello y viceversa. |
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Referencias Bibliográficas
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| Sol Tiverovsky Scheines Becaria posdoctoral CONACYT, Benemérita Universidad Autónoma de Puebla. Sol Tiverovsky Scheines es licenciada y maestra en Estudios Latinoamericanos (FFyL, UNAM) y doctora en Filosofía (FFyL, BUAP). Posdoctorante conacyt en el Instituto de Ciencias Sociales y Humanidades (buap). Sus líneas de investigación giran en torno a problemas de Biopolítica y racismo de Estado en México. Jorge Gómez Izquierdo Instituto de Ciencias Sociales y Humanidades, Benemérita Universidad Autónoma de Puebla. Es profesor investigador en el Instituto de Ciencias Sociales y Humanidades (BUAP). Estudioso del racismo en México como fundamento de la identidad nacional. Acaba de publicar la segunda edición del “Movimiento antichino en México”. Sus líneas de investigación son los problemas del racismo y del nacionalismo durante la revolución mexicana. Colette Despagne Broxner Instituto de Ciencias Sociales y Humanidades, Benemérita Universidad Autónoma de Puebla. Realizó su doctorado en la Universidad Western Ontario en Canadá en educación lingüística. Es profesora en el Posgrado de Ciencias de Lenguaje del Instituto de Ciencias Sociales y Humanidades “Alfonso Vélez Pliego” de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla. Sus líneas de investigación giran alrededor de la relación que existe entre lenguas, identidades y poderes. Ha publicado libros y artículos de investigación en varias revistas y editoriales tanto nacionales como internacionales. |
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