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La recuperación
del río La Piedad
un caso de regeneración socioecológica
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Delfín Montañana
y Natalia Gálvez |
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Desde Egipto y Mesopotamia hasta la Gran Tenochtitlan
podemos observar como los asentamientos humanos que derivaron en las culturas originarias de la humanidad tienen un patrón constante: surgen alrededor de sistemas lacustres o a lo largo de los ríos. Cualquiera notaría que esto no es una casualidad, los ríos traen consigo la posibilidad de mejores condiciones de vida asociadas con el acceso a tierras fértiles, a una zona con confort de temperatura, biodiversidad y agua dulce. Durante siglos, los ríos y sistemas lacustres han hecho posible el nacimiento y la subsistencia de las culturas más importantes de nuestro planeta.
En México, la función actual de los ríos es en extremo distante a la que solía existir en la antigüedad, se han convertido en parte del sistema de drenaje de nuestras ciudades. Bajo el modelo actual de crecimiento de la ciudad, el automóvil es el protagonista y el principal determinante de la conformación del espacio urbano, favoreciendo así las superficies propicias para la circulación de automotores, dejando el medio ambiente en un segundo plano. Los ríos acaban por ser entubados, así se les incluye en el sistema de alcantarillado, se utiliza el caudal que llevan para mantener el flujo de los deshechos y aguas residuales de la ciudad y, en consecuencia, se obtiene más espacio para avenidas y calles destinadas a uso vial. Los ríos dan paso a calles, se vuelven invisibles, aprisionados bajo alguna vialidad. En la ciudad de México, de alguna manera la movilidad urbana ha seguido la traza de los antiguos ríos Churubusco, San Joaquín, Remedios, Consulado, Magdalena y muchos más. El modelo actual de desarrollo urbano obedece a una lógica derivada del sistema económico capitalista, donde el único fin es la generación de bienes. El auge inmobiliario, siguiendo la misma lógica, carece de esquemas de control y normatividad que aseguren una relación entre desarrollo, planificación y diseño de calidad del espacio urbano. Los intereses económicos de inversionistas, desarrolladores y el gobierno sobrepasan de manera directa las necesidades sociales. De esta manera, las políticas inmobiliaria y vehicular son las que modelan y definen nuestras ciudades, dando como resultado poblaciones carentes de servicios, espacios dignos, calidad de vida y contacto con la naturaleza. Estamos convencidos que esto debe de parar. Las ciudades y las áreas metropolitanas se expanden a un ritmo nunca antes visto. Se prevé que, en 2050, 80% de la población vivirá en ciudades, lo cual consume territorio a una velocidad sorprendente y crea una continua explotación de recursos. Creemos que nuestros modos de producción y consumo, así como la manera en que crecen nuestras urbes deben integrar modelos de desarrollo sustentable, donde el bienestar social resida en la salud de nuestro entorno natural. Es parte de una convicción el hecho de que, en la actualidad, las sociedades deben cambiar fundamentalmente su relación con el ambiente. Las comunidades humanas tienen el potencial de destruir y crear, de cambiar el modelo de desarrollo urbano en lugar de contaminar nuestros sistemas vivos y recrear un nuevo modelo de autorrenovación. Queremos una ciudad en donde la sociedad sea el agente de cambio para transformar la dinámica que antecede el desarrollo urbano, lo cual se basa en la modificación de la relación entre la sociedad y el ambiente. Empezar a entender que somos parte de la naturaleza y no ajenos a ésta. Un río emblemático Es así como nace el proyecto de la regeneración del río La Piedad, el cual nace de la unión de los ríos Tacubaya y Becerra, y cuya agua cristalina, proveniente de la montaña, desciende por su cause natural para, kilómetros más adelante, mezclarse con aguas negras al entrar en contacto con la mancha urbana. Después es reencausado para unir su flujo con el de otros ríos (igualmente utilizados como drenaje) y bombeado hacia el norte de la ciudad hasta cruzar los límites de la cuenca de Anáhuac; posteriormente las aguas provenientes de la Zona Metropolitana de la Ciudad de México alimentan las actividades productivas del Valle del Mezquital para terminar en el Golfo de México. La gran mayoría de las inundaciones en dichazona se debe a que el agua de lluvia conducida por los ríos se suma al sistema de drenaje, sobrepasando su capacidad de desalojo en la parte baja de la cuenca, donde se encuentra la ciudad. Todo el agua proveniente de la lluvia que desciende como río podría utilizarse para aminorar la escasez que existe en diversas zonas de la ciudad. Cuando notamos la cantidad de agua que desperdiciamos y contaminamos de primera mano, resulta absurdo importarla de cuencas externas. El río La Piedad se entubó en 1949 para convertirse en el Viaducto Miguel Alemán. Durante la época de lluvia su cauce está compuesto en 80% de agua pluvial y 20% del drenaje de las zonas urbanas cercanas. El proyecto que proponemos incluye un sistema integral de gestión y tratamiento del agua, adaptándose a las distintas zonas para modificar la percepción social sobre nuestra relación con el agua. El primer paso consiste en generar un sistema separado para aguas residuales y pluviales, es decir, debemos dejar de usar los ríos y la lluvia como drenaje, dejar de efectuar una contaminación sistemática del agua limpia. Para ello debemos captar el agua de lluvia y, para poder utilizarla, reciclarla y tratarla de manera adecuada, esto es, de manera secundaria y terciaria, mediante el uso de humedales artificiales, filtros y biodigestores. Una vez que esté limpia, podrá ser liberada, reintegrándose a los bosques en donde puede filtrarse al manto acuífero en la parte alta de la cuenca o a los ríos en la parte baja. La idea es que la ciudad modifique su modelo de impacto y degradación ambiental a uno nuevo que restablezca una relación con los flujos y corrientes naturales del lugar, integrando los procesos socioecológicos y volviéndose partícipe de la renovación del ciclo del agua y de la cuenca de Anáhuac. El proyecto propone el desentubamiento del río La Piedad, creando un conector biológico orienteponiente, desde Santa Fe hasta el aeropuerto de la ciudad de México, el cual contaría con transporte público, ciclovías, caminos peatonales, vías para autos particulares, áreas verdes, actividades culturales, comercio y la oportunidad de tener un río limpio y vivo dentro de la ciudad. Esto no sólo contribuiría a reducir los riesgos de inundación e incrementar la disponibilidad del agua para la ciudad, sino que también beneficiaría de manera inmediata a las zonas aledañas, aumentando la plusvalía de los predios, transformando su situación inmobiliaria, ambiental y urbana e incrementando drásticamente la oferta de espacios públicos de calidad en áreas de la ciudad carentes de servicios. El proyecto aborda el tema de la movilidad urbana pero considerando al peatón como protagonista y teniendo como fin último el bienestar social y ecológico. El uso del auto se ve desincentivado, ofreciendo distintas alternativas de movilidad eficiente mientras se genera un sistema integral de diversos medios de transporte público. Se sabe que el tráfico se comporta como un gas, ya que al aumentar el espacio que lo contiene se expande y, si se reduce, se comprime. Es por eso que la solución al problema de movilidad en la ciudad de México no está en promover la movilidad privada, sino en hacer más eficiente la colectiva. El proyecto del río La Piedad beneficiaría a 80% de la población de la ciudad que utiliza el transporte público y también al restante que se mueve en transporte privado al reducir el transito. La renovación del entorno biológico y las funciones del ecosistema son aspectos clave del proyecto de rehabilitación del río La Piedad. Nuestro objetivo es regenerar las condiciones de los ecosistemas para restaurar la biodiversidad que se ha perdido en los últimos cinco siglos. La gestión social es central; debemos incentivar a los barrios, colonias y comunidades de nuestra ciudad a participar en la creación de ideas y proyectos que beneficien localmente sin perder la visión de conjunto. De esta manera tendremos las herramientas necesarias para dirigir y presionar a nuestras autoridades en cuanto al uso adecuado de fondos federales, estatales e institucionales. |
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Referencias bibliográficas Jeffrey Kenworthy, Sustainable Policy Institute, Curtin Universty of Technology, Australia. |
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Delfín Montañana y Natalia Gálvez
Taller 13 Arquitectura Regenerativa.
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como citar este artículo →
Montañana, Delfín y Natalia Gálvez. (2013). La recuperación del río La Piedad un caso de regeneración socioecológica. Ciencias 107-108, julio 2012-febrero 2013, 34-36. [En línea]
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Las transiciones críticas
en los ecosistemas
Luis Zambrano
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Hace unos tres meses el gobernador de California, Jerry Brown,
habló por teléfono con el Dr. Antony Barnosky que trabaja en Berkeley. La plática se alargó durante dos horas, terminando con el compromiso de discutir las políticas relacionadas con el cambio climático. El gobernador buscó al especialista a raíz de un texto aparecido en la revista Nature en junio de este año titulado “Approaching a State Shift in Earth’s Biosphere”, donde veintidós colaboradores de diferentes campos de la ciencia sugieren que la humanidad se está acercando a una transición crítica en las múltiples relaciones que existen entre la economía, la sociología y la ecología.
Para explicarlo, los autores indican que, contrario a la creencia popular, la naturaleza no está en equilibrio, sino en un concepto llamado “estado dinámico de estabilidad”. Esto suena más complicado de lo que es. La naturaleza en equilibrio conduce a una balanza con pesos y contrapesos. La tala de un bosque “desequilibra la naturaleza” pues le quita peso a una de las partes de la balanza. La representación de la naturaleza es estática, pues lo único que se mueve en la balanza es su aguja indicadora. Pero el estado dinámico de estabilidad sugiere que la naturaleza se representa con el movimiento de una canica que habita en un mar de platos soperos. La canica constantemente se mueve por las dinámicas que se generan dentro de la naturaleza, pero ésta siempre regresa al centro de un plato sopero. La influencia de los humanos no es otra cosa que ser otra fuerza que empuja la canica. Si un humano tala un árbol, está moviendo la canica; si tala muchos, la fuerza con la que empuja la canica es mayor. Cuando la canica no alcanza a salir del plato, el ecosistema sigue funcionando igual y tarde o temprano ésta volverá al fondo del plato. El problema es cuando la fuerza con la que se empujó la canica es tan grande que la hace brincar de un plato sopero a otro. Este brinco es lo que se le llama una “transición crítica”. El nuevo plato que ahora hospeda a la canica puede ser muy diferente al anterior; por ejemplo, puede ser más hondo o con las paredes más verticales. Esto genera nuevas reglas que hacen que el ecosistema funcione de manera muy diferente a como antes. La canica es la misma pero las reglas no. Casos de éstos sobran en la naturaleza: los lagos transparentes pueden sufrir una transición crítica y se vuelven turbios al ser contaminados en poco tiempo. Estamos viendo este fenómeno en tiempo real en los Lagos de Montebello, en donde se pueden ver lagos turbios y transparente en la misma área, cuando hace unos años todos eran prístinos. El artículo de Barnsoky da ejemplos de transiciones críticas a escala de toda la biósfera —uno de ellos es la última extinción masiva la de los dinosaurios— y sugiere que se acerca una nueva transición en la biósfera ocasionada por los humanos que estamos empujando muy fuerte la canica. Los resultados serán inesperados. La escala es muy importante para poner en perspectiva dichas transiciones críticas: en un lago ocurre en días, pero a escala de la biósfera pueden llevar cientos de años. Para una canica que ha estado miles de años en un plato, una transición crítica puede durar décadas o cientos de años ya que, comparada con millones de años, es muy rápido; pero para la vida de un humano es lento. Es por esto que los escépticos ante el cambio climático argumentan que no se perciben los cambios dramáticos. Sin embargo, los cambios en la biósfera los sufrirán nuestros hijos. Si esta teoría de las transiciones críticas existe a nivel local (un lago) y a nivel global (toda la biósfera) nada nos dice que no exista a escala intermedia, digamos a la de una cuenca como la de México. Somos ya muchos en la ciudad de México (más de veinte millones) y estamos sobreperturbando el ecosistema (agua, contaminación, erosión, deforestación en las montañas, túneles, hundimientos, etcétera). En estos momentos este ecosistema puede estar en una “transición crítica” que puede cambiar todas las reglas, generando problemas graves para la vida cotidiana de los capitalinos. Por lo general, para comprender las transiciones críticas se escoge una sola variable como indicadora —en el cambio climático es la temperatura y en un lago la turbiedad del agua. Para entender los cambios en la cuenca de México se pueden usar dos variables que normalmente sufrimos los capitalinos y que pueden estar en transición crítica: la movilidad y el agua. Los datos presentados por el Instituto Mexicano de la Competitividad (imco) sugieren ya una transición crítica en cuanto a la movilidad. En 1990 el promedio de velocidad de los autos era de 35 km/h y tardó trece años para reducirse a 7 km/h, pero en un sólo año (2004) la velocidad promedio se redujo en otros 7, de manera que en 2007 llegó a 17 km/h. Una lógica simplista sugiere que el segundo piso debió haber aumentado la velocidad, pero después de su construcción el promedio en la velocidad sigue bajando. Esto se debe a que la movilidad está inmersa en un sistema complejo. La movilidad en auto es una variable que no depende únicamente de la cantidad de calles que hay en la ciudad, sino también del número de automóviles. El imco indica que en 2003 había poco más de dos millones de autos, en 2008 la cifra subió dramáticamente a tres millones y medio, y hoy hay cerca de cuatro. A la tasa de crecimiento para mantener la velocidad en 16 años tendríamos que duplicar el área de asfalto y de estacionamientos en la ciudad. Pero la velocidad promedio también depende de cuantos carros están circulando y del “tráfico inducido”, que se basa en la decisión personal de utilizar un auto y escoger la ruta. Imaginemos que nos invitan a una fiesta un viernes de quincena, que vivimos en Coyoacán y la fiesta es en Satélite. Tenemos dos opciones: vamos o no vamos (hasta esta sencilla decisión afecta al tráfico, puesto que millones de personas están tomando una decisión similar). Si creemos que vamos a hacer tres horas en llegar, quizá desistiremos de ir; por el contrario, si parece que vamos a hacer buen tiempo, nos lanzaremos a la aventura. La segunda decisión que tomamos es el medio de transporte. El transporte público tiene la ventaja de que podemos tomar alcohol y no preocuparnos por el alcoholímetro, pero es de muy baja calidad y en las noches es inexistente. Por el contrario, si en lugar de transporte público nos anuncian un segundo piso o una supervía, decidiremos utilizar el auto. Puesto que son suposiciones basadas en ilusiones, lo más posible es que pasemos más tiempo del deseado en el auto, debido a que muchos pensaron igual que nosotros. Así que la movilidad en la ciudad es un sistema complejo que no se solucionará con mayor cantidad de calles, puesto que su construcción promueve la compra y la utilización del auto. Es el razonamiento que desde hace más de medio siglo se utiliza en Nueva York, en donde no se ha hecho ninguna autopista urbana desde entonces; por el contrario, en la ciudad de México consideramos moderno el hacerlas e incluso de cobro, aumentando así la desigualdad entre los ciudadanos: los que tienen dinero van por arriba, los que no lo tienen irán por abajo. La movilidad está dentro de un sistema conectado con otro sistema también complejo: la provisión de agua. Aquí la variable a medir es la cantidad litros y calidad de agua. De nuevo, empíricamente creemos que su solución es sencilla pues, conforme nos estamos agotando los acuíferos cercanos a la superficie sólo hay que aumentar la profundidad de los pozos de agua. Pero los resultados de esta solución muestran que en lugar de mejorar la cantidad y calidad de agua, empeora. Habitar una ciudad que recibe diez veces más agua de lluvia de la que necesita y que tiene problemas de abastecimiento y de inundaciones, lo cual sugiere que estamos haciendo las cosas muy mal y que nos están encaminando a una transición crítica. El acuífero se alimenta de la infiltración de lluvias; para ello tiene que haber suelo poroso y presencia de vegetación que disminuya la velocidad del agua. Si se asfalta el suelo para resolver el problema de la movilidad (aquí es donde se tocan los dos sistemas) el agua no se infiltra y se pierde en el drenaje profundo. Este drenaje se le llama pomposamente el Túnel Emisor Oriente y costó más de 19 000 millones de pesos. El agua en la ciudad se conduce por varios ríos entubados (no se puede infiltrar), y como el Distrito Federal se está hundiendo porque estamos sobreexplotando el acuífero, el agua de los ríos entubados tiene que ser bombeada 35 metros para que pueda llegar a dicho túnel. Eso explica por qué el agua que antes se infiltraba ahora inunda las zonas más bajas, como Chalco, ocasionando pérdidas económicas para la gente que vive ahí. Ahora tenemos menos agua y eso se comprueba con los cada día más comunes recortes en su provisión. Los problemas de abastecimiento que antes estaban circunscritos a pequeñas regiones ahora ya está llegando a colonias de altos recursos como Santa Fe o Condesa. Pero también se reduce la calidad del agua, que es tingible por el mal olor que despide durante la época de secas y que sufrimos los capitalinos. Este año, el mal olor fue producido por una sustancia llamada “geosmina”, sustancia hepatotóxica. La razón de que estemos recibiendo poca agua y de baja calidad es porque tenemos que importarla del Sistema Cutzamala, el cual se abastece de lagos y presas que ya tuvieron una transición crítica de agua prístina a turbia con una gran cantidad de algas que producen dicha sustancia. El panorama pesimista sugiere que corremos el peligro de pasar el resto de nuestra existencia encerrados en nuestros autos y sin tener suficiente agua. Esto puede hacer entrar en pánico a cualquiera, pero no debe de ser el caso. La gran ventaja es que ya estamos elucidando cuáles son las dinámicas que nos han llevado a esta situación. Sabemos cuáles son las fuerzas que han movido la canica de un plato a otro, por lo que tenemos claro lo se debe hacer para regresarla: sencillamente, mejorar el transporte público y defender el suelo de conservación, recuperando así las áreas de absorción. Desde esta perspectiva, el costo de tales acciones es infinitamente menor a lo que puede ocasionar el sufrir una nueva transición crítica. Así que, para los ciudadanos, el costo que están generando los proyectos viales de miles de millones de pesos —y que fomentan la urbanización en los suelos de conservación— son mayores a los considerados e incluso el de su desmantelamiento puede ser mucho menor a sufrir las consecuencias de mantenerlos. Además, esta visión ayuda a comprender la importancia de proyectos que a simple vista parecen estar fuera de la cordura pero que en el mediano plazo pueden mejorar la calidad de vida de los capitalinos. Un ejemplo tangible es el recuperar El río La Piedad, dejando Viaducto con menos carriles para autos. Bajo el paradigma de desarrollo actual estamos caminando hacia transiciones críticas que disminuyen cada vez más nuestra calidad de vida. Es necesario impulsar por ello, en el manejo de ciudades como el Distrito Federal, un cambio en el desarrollo, el cual involucre ideas como la de transiciones críticas y complejidad sistémica.
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Luis Zambrano
Instituto de Biología, Universidad Nacional Autónoma de México. |
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como citar este artículo →
Zambrano, Luis. (2013). Las transiciones críticas en los ecosistemas. Ciencias 107-108, julio 2012-febrero 2013, 14-17. [En línea]
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| Conrado Ruiz Hernández y Alma Lupercio Lozano | ||||||||||||||||||||||||||||||||||||||
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La discalculia es una afección en el aprendizaje, específica de
las matemáticas, en la cual el sujeto que la sufre está impedido para fijar su atención, es decir, padece de un déficit de percepción visual o de problemas en cuanto a la orientación secuencial —por la incomprensión del lenguaje simbólico— en una operación elemental de cálculo aritmético, tanto de manera mental como en mecanizaciones escritas. Esta discapacidad puede tener manifestaciones clínicas leves o muy severas, como el no poder resolver cuánto es dos más dos.
En estudiantes con capacidades normales —sin dicha afección—, ésta no puede ser la razón de un bajo rendimiento escolar en el aprendizaje de las matemáticas; las causas son otras: contenidos truncos o inapropiados de los programas escolares, estrategias didácticas ineficaces y malos hábitos de estudio. En la educación básica, un desarrollo apropiado en las asignaturas instrumentales, como español y matemáticas, permiten al estudiante seguir aprendiendo en áreas curriculares, como son las ciencias naturales o las sociales, a partir de libros y otros medios de información que son indispensables para continuar en el siguiente nivel educativo. Se tiene la referencia de que los alumnos regulares de educación básica —etapa educativa que concluye con el tercero de secundaria— tienen como “talón de Aquiles” la dificultad para reconocer los términos (los cómputos independientes o los valores unitarios separados por una suma o resta en una operación seriada) de un polinomio, ya sea por un defecto en el aprendizaje o por falta de práctica. Para conocer cuál es la situación actual de esta dificultad en estudiantes universitarios que no padecen de discalculia y estudian una carrera científica, se aplicó un diseño de corte experimental en un grupo de estudiantes de ciencias biológicas con los objetivos siguientes: 1) conocer el nivel de dominio en habilidades numéricas, especialmente la identificación de los términos en un polinomio; y 2) evaluar la eficacia del paréntesis como una ayuda para la identificación de los términos, a modo de recurso preventivo para la disminución significativa de las equivocaciones. Se formuló la siguiente hipótesis: la delimitación de los términos con paréntesis en un polinomio sí disminuye significativamente la incidencia de equivocaciones en estudiantes universitarios de carreras científicas. A continuación se aplicó un cuestionario de doce preguntas (cuadro 1) sobre aspectos elementales de aritmética, con el cual evaluamos, de manera particular, las operaciones implicadas en una transacción comercial (una niña compró una paleta de $2.00 y tres chocolates de $4.00 cada uno, ¿cuánto gastó?) y la ejecución de la suma de un polinomio: 3.2 + 4.4 × 2. En la primera, el resultado es catorce pesos; en la segunda, doce. Esencialmente se trata de dos operaciones semejantes, ambas constan de dos términos, sólo que una se realiza en un plano concreto o de la vida cotidiana, y el otro, más propiamente como una abstracción. De las dos, la que está reportada como un verdadero problema de aprendizaje escolar es la segunda. La variable independiente que determina a los dos tratamientos experimentales fue que a un grupo de alumnos se le presentó la suma del polinomio sin paréntesis y a otro semejante la misma con paréntesis, es decir: 3.2 + (4.4 × 2).
Todos los participantes (treinta y cuatro alumnos, los cuales fueron divididos en dos subgrupos equivalentes) son estudiantes universitarios que inician una carrera científica y la distribución de los tratamientos fue al azar, lo que significa que a cualquiera pudo tocarle alguno de los cuestionarios distintos.
En estudios anteriores se observó que el uso de paréntesis como ayuda para permitir la identificación de los términos en un polinomio posee una eficacia de 5% en alumnos de sexto de primaria (quizás debido a que les falta familiaridad con ese recurso matemático) y de 50% en alumnos de tercero de secundaria. Parece ser que la práctica coadyuva a la identificación correcta de los términos, conforme al avance escolar, con y sin paréntesis. Los resultados que observamos en estudiantes de ciencias (cuadro 2), además de mostrar un desempeño apropiado de habilidades numéricas (es bueno, de nueve en promedio ya que, respectivamente, es de cinco y siete en estudiantes de sexto de primaria y de tercero de secundaria), dejan ver que es en el nivel universitario en donde la eficacia del uso de paréntesis como una ayuda para la identificación de los términos en un polinomio es mayor: de 100%. La seguridad estadística para la diferencia observada entre los grupos con los términos sin paréntesis y con éstos es de 99.9%, lo que es altamente notable si se considera que se trabajó con muestras pequeñas (n = 17).
La docimasia o docimología, que es el arte de evaluar el logro por medio de pruebas y exámenes, es un recurso verdaderamente útil; esta misma orientación es la que poseen las evaluaciones internacionales que realiza la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (ocde). El ejercicio que aquí reportamos comprueba la eficacia de dicha modalidad de evaluación educativa tanto para un abordaje general (cuestionario contextual) como para detalles específicos (identificación de los términos en una compra de estanquillo y en la suma de un polinomio). La calificación binaria que se aplicó (cero para el desacierto y uno para el acierto), permitió resolver con gran sencillez los cálculos necesarios para la certidumbre estadística que alcanzó la diferencia en la suma correcta del polinomio con los términos sin y con paréntesis. Ésta es la variable independiente que tuvo el diseño y fue el único reactivo o pregunta del cuestionario en que se presentó una diferencia significativa. El cálculo de la significación estadística (abajo) permitió la corroboración del teorema siguiente y sin que se tuvieran aspectos oscurantistas (lo que es común en los “rituales” de estadística habituales): “la probabilidad de ocurrencia de un hecho repetidamente observado (en este caso, la diferencia en puntos, entre dos muestras de alumnos), está contenida en el hecho mismo”.
Los numeradores en el dividendo son los aciertos con la suma del polinomio entre paréntesis (17) y sin ellos (7); el denominador es el número de participantes en cada uno de los subgrupos (ambos integrados por 17 sujetos). Los numeradores presentes en los factores incluidos dentro del radicando son los aciertos totales contabilizados para los dos subgrupos de alumnos que se comparan (17+7=24) y en el denominador (17+17=34) se acumulan los aciertos totales posibles en ambos subgrupos o muestras. El producto de: (24/34) × (124/34) es la variancia para este tipo de comparación; el primer factor representa la probabilidad de ocurrencia de los aciertos, y el segundo la probabilidad de no ocurrencia de ellos. En el tercer factor del mismo radicando están los recíprocos (1/17) de cada una de las muestras (n=17). El valor de Z así obtenido, que es muy parecido a la más reconocida prueba de t, alcanza para la diferencia en aciertos observada una seguridad estadística de 99.9%. Así vistas las cosas, todo parece ser, muy claro. Los examinados son estudiantes de una carrera científica (biología), por lo que si se incluyen otras formaciones profesionales, entre las que se pueden encontrar algunas que prescindan del uso y práctica de las matemáticas, el resultado que muestra el cuadro 3 probablemente tendría una distribución de calificaciones con rango 010, y no como lo observado en este caso, con rango 610 (a modo de curva logística o asíntota), con sesgo hacia las calificaciones altas.
Sin el paréntesis, la incidencia de equivocaciones en los universitarios es de 60%. Cabe mencionar que, efectuando la operación de suma con calculadora científica de bolsillo, los aciertos se elevan a 100%, lo que permite establecer que la discalculia por inadvertencia de los términos es más propiamente un lapsus numerae (equivocación involuntaria). Reconocida como tal, puede ser prevista por el maestro, advirtiendo a los alumnos del problema (puede ser que repase con ellos el concepto de término, por ejemplo), y previniendo la incidencia de equivocaciones al anotar entre paréntesis los términos complicados —o que puedan tener un efecto capcioso— de polinomios en las ecuaciones.
Examinar si el diseño experimental posee restricciones particulares cuando se aplica a los escenarios educativo y social es algo necesario, al igual que la revisión de las características que debe poseer un experimento verdadero. Asimismo, hay que tomar en cuenta que frecuentemente se tiene el prejuicio de que en las ciencias sociales —en donde se ubica la investigación educativa— este tipo de abordaje es inviable o, al menos, poco objetivo. En cuanto a la observación de diferencias entre el diseño experimental en las ciencias naturales y las sociales, los alumnos participantes no encontraron rasgos distintivos, ya que la clave para este tipo de abordaje es que se sepa lo que se busca observar y se disponga del método más apropiado que permita con todo rigor resolver el registro de lo que se estudia. El diseño experimental aplicado fue eficaz. Ahora bien, se analizó la plasticidad del método experimental que puede tenerse en las ciencias sociales, en donde éste puede tener connotaciones cuasiexperimentales e, inclusive, seudoexperimentales. Las deficiencias en el aprendizaje de las matemáticas escolares, esto es, el efecto remanente de lo que debió adquirirse en la escolaridad básica, se arrastra de por vida. En algunos aspectos, como la identificación de los términos en un polinomio, el problema puede ser perdurable, como se observa en los estudiantes de ciencias. Éstos muestran un buen nivel en habilidades numéricas (se puede suponer que conocen otros recursos como el álgebra y el cálculo), pero yerran en la identificación de los términos. Es cierto que, como ya se hizo costumbre en los estudiantes de todos los niveles, normalmente los cálculos aritméticos —desde los sencillos hasta los complicados— se realizan con el apoyo de calculadora científica de bolsillo y computadora. No obstante, si bien el impacto de la discalculia debida a la inadvertencia de los términos no parece representar un impacto severo en el ámbito de la aritmética, puede ser que en el álgebra y el cálculo la afectación colateral no sea tan menor. Por desconocimiento de los términos sin la ayuda del paréntesis, cerca de 60% de un grupo de estudiantes universitarios erró en la suma de un polinomio, ¿qué podría pasar si la misma suma fuera algebraica o si formara parte de una integral? Con esto queremos señalar que la correcta comprensión de los términos es un aspecto central del razonamiento matemático. Por lo que debe procurarse su enseñanza eficaz, así como el dominio y aprendizaje significativo del concepto desde la primaria. |
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Referencias bibliográficas
Alatorre, S. 2002. “Aspectos temáticos del efecto remanente de las matemáticas en México”, en: Algunos problemas de la educación en matemáticas en México, A. De la Peña (compilador). Siglo XXI, México, pp. 51-112.
Bomboir, A. 1971. Pedagogía correctiva. Ediciones Morata, Madrid. Campbell, D. y J. Stanley. 1993. Diseños experimentales y cuasiexperimentales en la investigación social. Amorrortu, Buenos Aires. Carraher, T., D. Carraher y A. Schliemann. 1991. En la vida diez, en la escuela cero. Siglo XXI, México. Gallardo, J., J. González y W. Quispe. 2008. “Interpretando la comprensión matemática en escenarios básicos de valoración. Un estudio sobre las interferencias en el uso de los significados de la fracción”, en Revista Latinoamericana de Investigación en Matemática Educativa, vol. 11, núm. 3, pp. 355-382. Ruiz, H. C., V. Hoyos, S. Juárez y A. Lupercio. 2003. “Analfabetismo numérico funcional. Alfabetización matemática en egresados de educación básica”, en Ciencia y Desarrollo, vol. XXIX, núm. 168, pp. 35-41. Ruiz, H. C. y A. Lupercio. 2007. “Remediación en la educación básica. Un caso sobre alfabetización matemática”, en Ciencia y Desarrollo, vol. 33, núm. 213, pp. 16-21. |
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Conrado Ruiz Hernández
Facultad de Estudios Superiores Iztacala,
Universidad Nacional Autónoma de México. Es profesor de carrera titular en la FES-Iztacala, UNAM, Realiza investigación en temas de alfabetización matemática y ambietal.
Alma Lupercio Lozano Facultad de Estudios Superiores Iztacala, Universidad Nacional Autónoma de México. Es psicóloga educativa y ambiental, y labora como docente en la FES-Iztacala, UNAM, en donde también colabora en proyectos de investigación educativa. |
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como citar este artículo →
Ruíz Hernández, Conrado y Alma Lupercio Lozano. (2013). La utiilidad de los paréntesis en la enseñanza de las matemáticas. Ciencias 107-108, julio 2012-febrero 2013, 148-153. [En línea]
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Marcus Soares y Isabel Gomes
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La Fundación Oswaldo Cruz-Fiocruz es unainstitución federal vinculada con el Ministerio de la Salud de Brasil, y es considerada como una referencia nacional en lo que concierne a la investigación en el área de salud pública. Dicha institución tiene como misión “producir, concentrar y difundir conocimientos científicos y tecnológicos en salud por medio del desarrollo integrado de actividades de investigación y desarrollo tecnológico, enseñanza, producción de bienes, prestación de servicios de referencia e información con la finalidad de proporcionar apoyo estratégico al Sistema Único de Salud (sus) y contribuir al mejoramiento de la calidad de vida de la población así como para el ejercicio pleno de la ciudadanía”. Un camino encontrado por la institución para la realización de su misión en lo que se refiere a la difusión de conocimientos científicos y tecnológicos fue la creación, en 1999, del Museu da Vida, un museo de ciencias de tipo interactivo ubicado dentro del campus de la fundación Fiocruz y que cuenta con cinco espacios distintos: 1) el Centro de recepción, que es el punto de bienvenida, de información y orientación al público; 2) el Espacio de biodescubrimiento, compuesto por nueve módulos interactivos que tratan sobre la diversidad de la vida en el planeta; 3) el Parque de la Ciencia, que ofrece actividades interactivas organizadas a partir de tres temas principales —energía, comunicación y organización de la vida; 4) Ciencia en escena, un lugar en donde la relación entre ciencia y arte es abordada por medio de piezas de teatro y los laboratorios de percepción; y 5) el Pasado y presente, en donde el público es invitado a conocer dentro del Palacio Morisco, el castillo símbolo de la Fiocruz, un poco de la historia de la salud en Brasil y los caminos recorridos por Oswaldo Cruz en su lucha por el mejoramiento de la salud pública en el país. La entrada a estos cinco espacios es gratuita, y el público que visita el museo es escolar en su mayoría, principalmente de escuelas de la ciudad, seguidas de aquellas de los municipios cercanos y, por último, de las del interior del estado de Rio de Janeiro, aunque en ocasiones llegan también algunas escuelas de otros estados. Esta situación no es privativa de este museo, se repite en otras instituciones en todo el país, debido a que gran parte de los centros y museos de ciencia de Brasil se encuentran en los grandes centros urbanos. Con base en la percepción pública de la severa carencia de infraestructura cultural en las ciudades del interior de los estados del país, el Ministerio de Ciencia y Tecnología, en colaboración con la Academia Brasileña de Ciencias, lanzaron en 2004 una convocatoria cuyo objetivo era financiar e implementar proyectos que posibilitasen la itinerancia y, consecuentemente, la realización de actividades educativas y científicas en el interior de los estados. Nueve proyectos fueron apoyados, proporcionando una nueva configuración a ese movimiento en el país. Como lo consignan Ferreira y colaboradores, actualmente existen más de quince proyectos que llevan a cabo una labor de divulgación itinerante.
Uno de los proyectos financiados por la convocatoria mencionada es el “Ciencimóvil: vida y salud para todos” —“Ciência Móvel” es la unidad móvil del Museu da Vida/coc/fiocruz—, el cual es coordinado en colaboración con la Fundación cecierj, y que se propone llevar a toda la región del sureste, principalmente a las ciudades más alejadas de las grandes urbes, una serie de aparatos culturales, científicos y tecnológicos con el fin de consolidar un modelo de adentramiento e itinerancia de los museos de ciencias en el país. Para realizar este trabajo de itinerancia se utiliza una cabina de trailer con un semirremolque de 13.5 metros de longitud, en donde se transportan los equipos que son descargados para ser montados en cada municipio visitado, conformando una exposición interactiva que ocupa un área de aproximadamente 450 metros cuadrados. La exposición está compuesta de equipos interactivos, juegos, dispositivos multimedia, un planetario inflable y exposiciones temáticas. Se ofrece también a los visitantes muestras de cine científico, talleres y conferencias, las cuales se efectúan en el interior del remolque, especialmente adaptado para transformarse en un moderno auditorio multimedia. La manera como los equipos son montados y distribuidos en el local depende del espacio físico disponible en cada lugar visitado, es decir, que la museografía de la exposición puede cambiar de configuración. Para cada una de las actividades ofrecidas hay un mediador que dialoga con el visitante, aclarando sus dudas y motivándolo a encontrar respuestas a sus propias preguntas. El Ciencimóvil permanece abierto en cada ciudad visitada, en promedio, cuatro días y recibe alrededor de 350 estudiantes por hora que, en su mayoría, llegan en grupo escolar por medio de un sistema de citas que organiza la alcaldía de la ciudad, aunque hay también un considerable público que llega en forma espontánea. Desde que inició sus actividades en octubre de 2006, al participar en la semana nacional de ciencia y tecnología en el municipio de Nueva Iguaçu, el Ciencimóvil ha realizado ochenta visitas a 54 municipios de la región del sureste de Brasil, en donde recibió casi cuatrocientos mil visitantes. En su primer año de funcionamiento, es decir, hasta octubre de 2007, atendió un público de cerca de cien mil personas (tabla 1).
Más allá de la práctica Además de la labor de llevar el Museu da Vida a las poblaciones alejadas de las grandes urbes, proporcionando la oportunidad de educación y recreación y, contribuyendo a su inclusión sociocultural, el Ciencimóvil ha desarrollado un provechoso trabajo de evaluación y ha llevado a cabo una serie de investigaciones en el ámbito de la educación en museos, así como en torno a las políticas públicas de divulgación de la ciencia y las actividades de mediación. Actualmente se efectúa un estudio de público que tiene como objetivos: caracterizar el perfil del público visitante, conocer su opinión sobre la visita al museo itinerante y generar subsidios para mejorar la infraestructura, la organización de eventos y las estrategias de comunicación con el público visitante. Parte de este trabajo fue publicado en la revista Tempo Brasileiro, en una edición especial en donde se discutía sobre los desafíos de divulgar la ciencia en forma más estimulante e inclusiva a sectores sociales menos desfavorecidos. Otra investigación realizada en el ámbito del Ciencimóvil, ya concluida, buscaba analizar cómo se efectúa la mediación humana en un aparato de exposición con el fin de descubrir cuáles son los saberes utilizados por los mediadores durante su labor. Estas reflexiones nos han llevado a mantener un grupo de estudios, creado en 2008, que reúne mediadores y coordinadores con el propósito de analizar y discutir en torno a nuestra práctica, al trabajo realizado por el Ciencimóvil. A partir de las reuniones de grupo fueron surgiendo algunos cuestionamientos con respecto de las diferentes perspectivas, las miradas divergentes sobre los objetivos del Ciencimóvil y cómo éstas influencian de diversas maneras la labor práctica del museo itinerante. Esto dio origen, finalmente, a una investigación en forma, cuyo precepto de base es que la práctica del Ciencimóvil está influida por factores tales como: los documentos que le dieron origen, los conceptos y acciones de la coordinación, y el trabajo realizado por los mediadores; esto es, los documentos que dieron origen al Ciencimóvil orientaron al equipo coordinador tanto en las etapas de implementación del proyecto, en lo que se refiere a la concepción de las exposiciones elaboradas, así como al influir, en consecuencia, en las acciones realizadas durante la relación con el público.
El mediador es concebido como un eslabón entre la exposición y el público, cuyo papel es traducir los conceptos propuestos que, durante el proceso de diálogo con los visitantes, sufren reinterpretaciones. Desde esta perspectiva, la investigación buscaba rediscutir los objetivos del Ciencimóvil tomando como referencia los objetivos que constan en el proyecto original sometido al Ministerio de la Ciencia y la Tecnología, así como la concepción actual de los coordinadores y mediadores sobre cuáles consideran que son los objetivos de la propuesta. Para ello se realizó un análisis del proyecto original y entrevistas con los coordinadores e algunos mediadores, indagando cuáles son las semejanzas y diferencias entre lo que piensan dichos actores con respecto del objetivo del Ciencimóvil y cuál la relación entre el discurso oficial y la práctica.
Objetivos únicos, concepciones diferentes En el proyecto original, los objetivos del Ciencimóvil relacionados con la salud apuntan hacia una necesidad de divulgar informaciones sobre temas propios de la Fundación Fiocruz, al tiempo que presenta la ciencia como una fuente de transformación de la salud, individual y colectiva, por medio de la adopción de hábitos más saludables y una toma de posición crítica en relación con los problemas sociales que comprometen la calidad de vida de la población. Otros objetivos establecidos por el proyecto original son los referentes a la divulgación científica, más específicamente a la popularización y el llevar al interior del país la ciencia por medio de prácticas no formales de educación. También está definido en el documento que uno de los objetivos del Ciencimóvil es el de contribuir a la formación del ciudadano a fin de que éste pueda tomar una posición de manera crítica ante cuestiones polémicas, tales como el uso de tecnología y el aprovechamiento de recursos naturales. Un punto importante que aparece en el proyecto original es el relacionado con la enseñanza de las ciencias, el desarrollo de la curiosidad y la capacidad para utilizar lenguajes diferentes, así como fuentes de información y recursos tecnológicos por parte del público blanco.
A partir del análisis de las entrevistas notamos que mediadores y coordinadores tienen una percepción general semejante a la contenida en los objetivos del proyecto. Cuando fueron interrogados sobre los principales fines del mismo, todos citaron la popularización y el llevar al interior del país y divulgar la ciencia, lo que concuerda en parte con lo que consta en el proyecto original. Con respecto de la concientización sobre temas relativos a la salud se observó una diferencia entre las opiniones de los coordinadores y los mediadores; los primeros consideran que el Ciencimóvil realiza en parte ese trabajo pero que no alcanza todo su potencial, mientras que los segundos creen que dicho objetivo es logrado con creces durante las visitas que el público efectúa al camión. No obstante, ambos relacionaron directamente los equipos interactivos y las actividades presentadas por el Ciencimóvil con la concientización sobre salud, destacando las exposiciones “Vías del corazón”, que aborda temas ligados a la hipertensión y a hábitos saludables, y “Dengue”, en la que se discute dicha enfermedad como una cuestión de salud pública, así como el módulo “Microscopía”, que trata de los distintos vectores y micoorganismos patógenos. Los mediadores, sin embargo, citaron una mayor variedad de equipos y actividades relacionadas con la salud, probablemente debido a su práctica, ya que ellos distinguen más claramente el potencial de cada actividad para abordar determinados temas; incluso algunos de ellos, en concordancia con el proyecto original, reconocieron que hay equipos interactivos que propician la discusión en torno a los hábitos saludables. La divulgación científica es destacada por todos los entrevistados como uno de los objetivos principales del Ciencimóvil, y la mayoría considera que éste logra llevarla a cabo. Sólo un coordinador expresó reservas, manifestando que el proyecto efectúa ese trabajo únicamente en parte, y algunos mediadores mostraron un desconocimiento del concepto de divulgación, incapaces de especificar de qué manera se realiza esa labor. La percepción de los coordinadores en cuanto a este aspecto resulta ser más amplia que la de los mediadores, ya que consideran que el Ciencimóvil divulga estudios realizados por la Fundación Fiocruz y otras instituciones, piensan que éste divulga ciencia básica; asimismo, destacan la influencia del Museu da Vida en las acciones del camión y poseen, de manera general, una visión crítica de la ciencia que será divulgada por medio de él.
En cuanto a si el proyecto contribuye a la formación de un ciudadano crítico, se identificaron diferentes visiones entre los coordinadores. Uno de ellos dijo desconocer si esto se logró o no, pero reiteró que “ésa es la propuesta y nuestro esfuerzo debe ser en ese sentido: formar ciudadanos críticos y conscientes de su inserción en una sociedad y de sus posibilidades de participación en ella”. El otro, al igual que los mediadores, creen que el Ciencimóvil sí ayuda a la formación de ciudadanos críticos, ya que despierta el interés de las personas por la ciencia al estimular al público a estudiar y buscar más información. En lo que atañe a la educación en ciencias, tanto los mediadores como los coordinadores afirmaron que es una labor llevada a cabo por el proyecto en su totalidad. No obstante, para los coordinadores esto sólo es posible por el contacto y trabajo conjunto con los profesores y las escuelas visitantes, mientras que los mediadores consideran que ocurre por la relación directa que ellos tienen durante su trabajo con el público. Los primeros no señalan las visitas del público escolar, el mayoritario en el camión, como una forma de contribución a la educación y la enseñanza de las ciencias, aunque uno de ellos sí destaca el efecto de la visita a la exposición en los profesores, quienes podrían “aplicar y saber reconocer durante la visita aquellos elementos que después pueden explorar en el aula”. Consideraciones finales Al comparar las declaraciones de los entrevistados y los objetivos que constan en el proyecto original se percibe que los coordinadores son quienes más se aproximan del texto original, lo cual puede ser explicado por el hecho de que ellos se involucraron en todas las etapas de la implementación y desarrollo del mismo. A diferencia de los mediadores, quienes, a pesar de ser seleccionados durante una presentación del proyecto, de su origen y actividades, y de recibir una capacitación, se constató que no se apropiaron, efectivamente, de los objetivos de éste, aun cuando, en ocasiones, reconocen claramente que su práctica se encuentra inserta en la propuesta inicial del Ciencimóvil. A pesar de la distancia que percibimos en algunas pláticas entre quienes piensan y dirigen el proyecto y aquellos directamente en contacto con el público, encontramos varios puntos de intersección en sus discursos, las cuales están directamente ligadas a las cuestiones relacionadas con la divulgación de la ciencia, la concientización sobre la salud y la contribución al mejoramiento en la calidad de la enseñanza de las ciencias —objetivos fundamentales que van en la dirección de la misión de la institución que dirige el proyecto: el Museu da Vida. Un aspecto importante que merece ser destacado es la contribución que las reflexiones suscitadas por este trabajo tuvieron para incrementar la integración de la coordinación y los mediadores, y que ha estado permitiendo el fortalecimiento de la identidad del proyecto sin perder, en ese transcurso, la riqueza de la multiplicidad de sus discursos. Una característica que tanto mediadores como coordinadores y los autores de esta investigación consideraron fundamental para la continuidad del éxito en el trabajo realizado hasta el momento es que el diálogo entre todos debe ser continuo, posibilitando así un mayor acercamiento entre los objetivos y las prácticas, entre lo real y lo pretendido. |
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Nota
Este texto forma parte de una propuesta de investigación sobre la construcción del imaginario de la ciencia y los científicos en el cine mexicano de 1930 a 1960. Agradezco a Víctor Manuel Méndez, jefe del departamento de Audiovisual y Multimedia del CEIICH, así como a Gabriela Martínez Hernández y Axel Inván Mendoza Duarte, el apoyo prestado para extraer los fotogramas que ilustran este pequeño texto. |
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Referencias bibliográficas
Ferreira, José Ribamar, Marcus Soares, Miguel Oliveira. 2007. “Ciência Móvel: um museu de ciência itinerante” en: Memória de la X Reunión de la Rede de Popularización a la Ciência y la Tecnologia en América Latina y el Caribe (Red Pop). San José, Costa Rica (disponible en: www.cientec.or.cr/pop/2007/br-JoseRibamar.pdf, acceso el 13-09-2012).
Montenegro, Iby, Andréa Maia, Marcus Soares, Isabel Gomes y Marcele A. P. M. Rocha. 2009. “Objetivos e práticas de um museu itinerante: entre o real e o pretendido”, presentado en la xi Reunión de la Red PoP en Montevideo. Plano Quadrienal da Fiocruz 2005-2008. Revista Tempo Brasileiro. 2012. Ed. Tempo Brasileiro, Rio de Janeiro, núm. 188. p. 1. Rocha, Marcele Augusta Padilha Monteiro. 2011. Análise da mediação de um museu de ciências (monografía de especialização), Instituto Federal do Rio de Janeiro, Rio de Janeiro. |
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Traducción Marcus Soares
Museu da Vida, Fundación Oswaldo Cruz-Fiocruz, Rio de Janeiro, Brasil.
Se graduó en Ciencias Biológicas, cursó una especialidad en Enseñanza de las ciencias en la Universidade Federal Fluminense y es Maestro en Educación en Ciencia y Salud por la Universidade Federal do Rio de Janeiro. Actualmente trabaja como professor de biologia en la red estatal de enseñanza de Rio de Janeiro y en la Coordinación de educación y mediación del Proyecto Ciência MóvelVida e Saúde para todos del Museu da Vida / Fiocruz. Isabel GomesMuseu de Astronomia e Ciências Afins-MAST, Rio de Janeiro, Brasil.
Se graduó en Ciencias Biológicas en la Universidade Federal do Rio de Janeiro, en donde actualmente cursa una mestría en museología. Trabajó de 2006 a 2012 en el Museu da Vida / Fiocruz en el proyecto de divulgación científica itinerante Ciência Móvel, y ahora en la Coordinación de educación del Museu de Astronomia e Ciências Afins de Rio de Janeiro. |
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como citar este artículo →
Soares, Marcus y Isabel Gomes. (2013). Una mirada a la práctica y teoría de un museo de ciencias itinerante: el caso del Museu da Vida de Rio de Janeiro. Ciencias 107-108, julio 2012-febrero 2013, 136-145. [En línea]
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Adolfo Olea Franco
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Comprender la ciencia y la tecnología desde la filosofía
política significa entenderlas como partes integrantes de la economía, de las relaciones de poder, de la desigualdad social, de la cultura, de las relaciones internacionales, así como explicar su institucionalización y financiamiento a lo largo de la historia, su producción y aplicación material y simbólica. Lo “interno” de las ciencias es tan sociocultural como lo “externo”, y esto tan “objetivo-subjetivo” como aquello. Significa también confrontar la concepción idílica del trabajo de científicos y tecnólogos, santos laicos cuyo fin esencial sería descubrir la “verdad” e inventar cosas que mejoren la vida, con los rasgos, más bien prosaicos, hoy predominantes de esas actividades.
Destaca en primer término la mercantilización y la militarización de las investigaciones mejor financiadas a nivel mundial, generadoras de ganancia y poder bélico para sus patrocinadores; también la intervención manipuladora, incluso destructora, en los seres vivos, en los humanos, en los ecosistemas, basada en un conocimiento detallado de sus procesos fisiológicos, pero comúnmente ajena a la responsabilidad ética. Otro rasgo, cada vez más acentuado, de las ciencias y tecnologías es la crasa artificialización que imponen, por motivos de lucro, a todo lo natural; práctica manipuladora que, en vez de resolver los existentes, crea nuevos problemas, tales como las enfermedades iatrogénicas, a los que, en una espiral sin fin, se les atribuirá todo tipo de causas naturales, que demandarán entonces otra “solución tecnológica”, antes que reconocer el efecto causal de la intervención humana. Igualmente notable es la concentración de la investigación científica y de la innovación tecnológica en unas cuantas naciones dominantes que realizan cerca de 90% de la investigación mundial y, por sin eso fuera poco, difunden el prejuicio etnocéntrico de que sus prioridades cognitivas, asociadas a la producción y reproducción de su posición hegemónica, constituyen los “verdaderos” problemas de investigación. Este prejuicio, poderoso también en las naciones dominadas, conduce a menospreciar otras concepciones de la naturaleza, de la sociedad y la cultura, así como a excluir o marginar, en la producción de las ciencias institucionalizadas, a las grandes mayorías, a las mujeres, a los pueblos indígenas y a quienes son diferentes al modelo de “normalidad” sexual y política. El eurocentrismo, incapaz de comprender la otredad, adopta, en el terreno de las ciencias y las tecnologías, una actitud engañosa ante los conocimientos de los pueblos indígenas: por un lado, niega que sean conocimientos, si acaso serían creencias, pero, por otro lado, se apropia, para patentarlos, de esos conocimientos (botánicos, agrícolas, zoológicos, taxonómicos, médicos, ecológicos). La formación académica, generación tras generación, de estudiantes, maestros e investigadores de las ciencias sociales y naturales, de las humanidades y las artes, condiciona y es condicionada por el tipo de relaciones, de subordinación, de interés compartido, de autonomía parcial, que el campo científico mantiene con el campo del poder y con el económico, mismas que suelen contrastar con las relaciones más bien distantes, y en todo caso casuales, desestructuradas, hasta reprimidas, que el campo científico mantiene con el campo social, con esa porción mayoritaria de la sociedad civil que no posee ni el poder político ni el poder económico. La investigación científica y tecnológica se realiza hoy, principalmente, en tres conjuntos de instituciones: a) las universidades, tecnológicos y otras instituciones de educación superior públicas y privadas; b) las secretarías de Estado, cuyas tareas, cuando se hacen bien, demandan sólidos conocimientos sobre numerosos asuntos, y c) los laboratorios industriales de las grandes corporaciones, creados desde los albores del siglo xx. En las naciones dominantes, estos tres grupos de instituciones están estrechamente articulados entre sí por medio de programas de investigación realizados conjuntamente, entre otras cosas, mientras que en el resto de los países la interrelación es muy débil y las investigaciones en coordinación excepcionales. En México, las universidades públicas hacen la mayor parte de la investigación, inconspicua en las privadas, mientras que la investigación industrial y gubernamental es muy escasa. Las naciones fundadas tras sacudirse el yugo colonial han enfrentado numerosos obstáculos para desarrollarse, el más importante de los cuales, mas no el único, es el poderío militar, financiero, industrial, científico y tecnológico de los países industrializados, surgido en parte del prolongado, todavía en curso, robo colonial y neocolonial. La investigación industrial demanda cuantiosa inversión financiera, complejas instalaciones y equipamiento, personal científico experimentado y altamente calificado, así como actividades productivas y de servicios que incorporen las innovaciones y generen ganancias económicas, parte de las cuales, a su vez, será reinvertida en investigación científica y creación de tecnología. Por otro lado, lo que suele llamarse genéricamente “conocimiento científico”, lejos de ser sinónimo de “verdadero”, es un conjunto vasto y heterogéneo de planteamientos, representaciones y proyecciones desde y hacia la praxis humana, nacido del estudio de aristas concretas de la realidad objetiva que forman parte de las prácticas industriales, sociales, sexuales, sanitarias, culturales y bélicas, entre otras. La vinculación a priori y a posteriori entre el contexto multifactorial y el proceso de producción y aplicación de conocimiento condiciona tanto el contenido del conocimiento adquirido como el uso instrumental al que pueda ser destinado. Así, la producción, bajo los paradigmas ortodoxos, de las ciencias naturales y sociales en las naciones hegemónicas y dominadas, está tan cercana de la “verdad” a secas como lo están las bellas artes, en su versión consagrada u occidental, de la “belleza” per se, o la ética al servicio de los poderosos lo está del “bien y la justicia”. Lo que quiero decir es que ni la producción ni la definición de la verdad, la belleza, el bien y la justicia son monopolio de ningún conjunto de naciones, instituciones o especialistas. Tienen, por el contrario, orígenes y sentidos múltiples. Algunas “verdades científicas” como, por ejemplo, “es posible obtener energía eléctrica a partir de la nuclear”, son de alcance limitado, pues no tienen implicaciones ideológicas, políticas o éticas —a menos que se quiera distorsionarlas o convertirlas en medios para otros fines. En este caso concreto, la experiencia de los últimos sesenta años refutó a los panegiristas de la industria nucleoeléctrica, ciegos ante las amenazas que planteaba a la seguridad humana y de la biósfera, pero fueron millones y millones de no especialistas, de ciudadanos comunes quienes, a veces con el apoyo de investigadores, lanzaron la voz de alarma sobre los peligros reales y potenciales de esta industria. Otras supuestas “verdades científicas”, como la afirmación “la inteligencia humana es hereditaria porque está codificada en los genes”, tienen un sentido expansivo, ajeno a investigaciones desprejuiciadas, que contribuye, junto con otros factores, a otorgar credibilidad a las viejas y nuevas creencias racistas y sexistas que, al ser defendidas por los “sabios”, adquieren un barniz de respetabilidad. En los debates sobre la energía nucleoeléctrica y el racismo genético, al igual que en otros similares, los científicos naturales discutieron entre sí y con los de las áreas sociales, que a su vez tampoco defendieron una sola posición. A pesar de las controversias entre especialistas, la mayoría de ellos adoptó un determinado punto de vista que pasó a ser, al menos temporalmente, la “ortodoxia”, la “verdad”, por razones institucionales, ideológicas y políticas, vinculadas más con su ubicación nacional y socioeconómica que con las investigaciones que habían hecho. Estas razones, distintas a las de la lógica, la epistemología y la evidencia experimental, no son irracionales, sino formas de la razón instrumental, estratagemas del intelecto que permiten ocultar con argumentos “inteligentes” la desnudez de los intereses personales y corporativos de ganancia monetaria y de ejercicio del poder. Respecto de éstos y otros problemas, los no especialistas han tenido también mucho que decir, si bien su voz ha sido igualmente heterogénea. Con la pura ciencia o con la ciencia pura sería imposible elaborar argumentaciones tan vastas y significativas como las que hoy aceptamos como teorías generales de la naturaleza, la sociedad, la historia y el ser humano. Tanto los científicos como los legos conocen estas grandes teorías en la forma de extensas estructuras argumentativas en cuya elaboración son elementos constitutivos, y no meramente recursos expresivos, las imágenes, las metáforas, las analogías y otros medios e insumos culturales con los que se construyen los significados simbólicos emanados de las ciencias, significados que se plasman también de manera práctica en la esfera de las relaciones sociales y la producción material. Entender la diferencia y la vinculación entre lo público y lo privado es imprescindible para valorar la índole del conocimiento científico y de la tecnología, caracterizados, habitualmente, como parte del patrimonio de la humanidad, según la creencia de que se producen y aplican en la sociedad en aras del bienestar del ser humano, sin distingos de nacionalidad, clase social, sexo, etnia, religión o posición política. Sin embargo, el conocimiento científico y la tecnología tienen una naturaleza ambivalente, son lo mismo recursos públicos que privados. Pueden ser producidos, apropiados y usufructuados de manera privada, es decir, en este caso su principal función es aportar ganancias, aunque se conviertan en parte de la cultura general y sus aplicaciones ideológicas o materiales sean públicas. Pueden ser producidos, en contraste, con financiamiento público y en instituciones públicas, y aun así ser apropiados y usufructuados por empresas capitalistas que tornan lo que supuestamente era patrimonio de todos en fuente de ganancias privadas, en alianza con los investigadores que registran las patentes y se convierten en accionistas de las corporaciones. La realidad siempre es más compleja, más enredada que las categorías que elaboramos para nombrarla, describirla y comprenderla. Una caracterización sucinta de los tres conjuntos de instituciones que hacen investigación científica y tecnológica es necesaria. En primer lugar están las universidades, que podrían ser consideradas como la base contemporánea del campo del conocimiento. Si bien aquellas nacidas durante el Renacimiento y en la etapa inicial de la modernidad europea, todavía empapadas de escolasticismo, fueron antagónicas a los antecedentes y primeras teorías de las ciencias naturales y sociales que florecieron fuera de ellas, tras el poderoso avance del capitalismo posterior a la revolución industrial, posibilitada por la acumulación financiera de tres siglos de colonialismo y esclavismo, las universidades europeas, estadounidenses y japonesas adquirieron lentamente, emulando el novedoso modelo alemán de principios del siglo xix, el perfil de instituciones de enseñanza superior y posgrado, cuyos profesores se dedican también a hacer investigación original junto con sus estudiantes de posgrado en los diversos campos del conocimiento, así como a trabajar de asesores y funcionarios de los estados y las empresas, incluso como fundadores de corporaciones industriales que lucran con los más recientes hallazgos científicos. Las instituciones de educación superior forman a prácticamente todo el personal dedicado a la investigación científica y tecnológica, desde los creadores de las teorías generales de la naturaleza, del ser humano y de la sociedad, hasta los técnicos de apoyo a las labores de investigación. Si, como desde hace dos décadas, aquellas pertenecientes al sector público prosiguen en el abandono impuesto desde organismos internacionales y nacionales empeñados en destruir la autonomía universitaria y su función social originaria, es decir, servir al interés social mayoritario, para ponerlas al servicio del “mercado mundial” o de la “sociedad del conocimiento y la innovación” —bella frase que oculta la fealdad del “nuevo orden mundial”—, el campo universitario y del conocimiento tendrá un carácter cada vez más instrumental, más privatizado, por ende antagónico al pensamiento crítico, fuente de las ciencias naturales y sociales, de las humanidades y de las artes modernas y, previsiblemente, también de las futuras concepciones teóricas. Pero ¿quiénes son los sujetos sociales que hacen investigación y qué tanto y de qué manera deciden sobre la problemática de su investigación y la aplicación tecnológica de los resultados? Los científicos son sujetos sociales similares al resto en cuanto al modo en que establecen relaciones y realizan su trabajo, es decir, viven un proceso de formación que los habilita para buscar una posición laboral en la enseñanza y la investigación (o las tareas propias de quienes investigan en secretarías de estado o en empresas capitalistas), procuran obtener financiamiento y reconocimiento a sus investigaciones —para lo cual tienen que sujetarse a las reglas explícitas e implícitas ya existentes en el campo, tocantes a los métodos de investigación, las formas de publicación, la estructura lógica y discursiva de una argumentación científica, el manejo de los resultados experimentales o evidencias prácticas y los problemas de investigación considerados relevantes—, y trabajan en el marco de las relaciones establecidas entre una disciplina de investigación y las fuentes potenciales de financiamiento público y privado, por lo que deben acatar las reglas de valoración o medición del mérito de los logros de investigación. En ese sentido, como trabajador asalariado —por lo menos en la mayoría de los casos, porque hay también científicos-empresarios o empresarios-científicos—, el investigador llega a un campo en donde todo parece estar repartido, con escaso espacio para moverse libremente, lo cual puede estar incluso prohibido. La llamada “comunidad científica” está completamente jerarquizada, desde los directores de investigación que tienen bajo su mando a docenas de investigadores, hasta los técnicos, empleados manuales y estudiantes graduados y no graduados asociados a grupos de investigación. En la estructura jerárquica, ¿las posiciones de arriba, de en medio y abajo son asignadas por el mérito de las personas y el origen de clase social, étnico y de género? ¿Ayudaría dicho origen, según su distribución en los escalones de la jerarquía, a pensar el problema de hacia dónde se orienta la investigación científica, para servir a qué fines y a qué clase, etnia y género? Veamos algunos casos. Gregor Mendel nació en una familia pobre del campesinado austrohúngaro e hizo sus investigaciones en un monasterio agustino, del que fue abad; mientras que, de familia de la gran burguesía inglesa, Charles Darwin, tras su viaje de circunnavegación alrededor del mundo, hizo todo su trabajo en su casa y no ocupó ninguna plaza universitaria. Finalmente, Albert Einstein, vástago de una familia judía de la pequeña burguesía alemana, concibió sus conclusiones teóricas más importantes mientras trabajaba como empleado en una oficina de patentes, años antes de que pudiera siquiera aspirar a ser un profesor universitario. Es evidente que el origen nacional, de clase, étnico y de género, juzgado de esta manera simplista, parece ayudar muy poco a valorar las contribuciones científicas de Mendel, Darwin y Einstein. Sin embargo, la forma específica de sus investigaciones, las conclusiones que elaboraron y la manera en que las expresaron discursivamente están íntimamente vinculadas con sus contextos nacionales y socioculturales, mismos que, evidentemente, no aportan toda la explicación de la creatividad de estos científicos, pero sí ayudan a insertarlos en el reino de este mundo y a poner un límite a la mistificación idealista. El campo científico tiene una autonomía relativa respecto del social, económico y político; está vinculado con ellos, pero no es reductible a ninguno, como tampoco es enteramente separable. Este principio se aplica de manera diferencial a las diversas ciencias: la matemática, la física y la astronomía disfrutan de una mayor autonomía relativa que la química y la biología, mientras que en esta escala las ciencias sociales y las humanidades tienen una autonomía relativa menor, pero poseen alguna. Considero que la autonomía relativa de las ciencias modernas más consolidadas, como la física, es fundamentalmente de tipo intelectual, es decir, que ni el poder político, ni el económico, ni el militar, ni el religioso le dictan sus conclusiones conceptuales y teóricas o determinan sus metodologías de investigación. No obstante, creo que la física es sujeto de un enorme control político, económico y militar por la vía del financiamiento de sus investigaciones: durante los últimos setenta y cinco años, las docenas de disciplinas y áreas de investigación que la integran avanzaron enormemente en los Estados Unidos, pero su principal motor no fue, sospecho, la búsqueda de conocimientos y tecnologías para el “bienestar de la humanidad”, sino la ganancia capitalista y el máximo poderío militar. Dicho lo cual, no pretendo que la obra científica de, digamos, J. Robert Oppenheimer, Richard P. Feynman o Murray GellMann pueda explicarse como simple consecuencia del imperialismo estadounidense, pero considero que el entender la formación de dichos físicos y sus actitudes ideológicas y políticas demanda comprender cómo funcionaba la sociedad y la élite del poder estadounidenses en la primera mitad del siglo xx, así como saber que los físicos tenían una vinculación estrecha con el Estado y las corporaciones con objeto de acrecentar el poderío bélico de su país. Como existe una vinculación multiforme, compleja, cambiante, entre el campo social, político, económico y el científico, la estructura y funcionamiento de este último no puede entenderse como si fuese el producto de procesos puramente endógenos. El financiamiento de la investigación no se decide dentro del propio campo del conocimiento, aunque podría creerse que es así porque las problemáticas de investigación que son financiadas son diseñadas principalmente, aunque no de manera exclusiva, por los científicos. La orientación y las aplicaciones de la investigación tampoco son controladas exclusivamente por los científicos. El contenido de las teorías y los conceptos, las conclusiones que se alcanzan en la investigación, son conformados principalmente por los científicos que, de todos modos, tienen que explicar sus logros con el lenguaje común y los recursos expresivos que lo integran, desde las palabras, las oraciones, las analogías, las metáforas, los modelos, las imágenes, en fin, la transferencia de conceptos de otras disciplinas. Debe tomarse en cuenta que hay, aunque no siempre, una retraducción o una transfiguración de los recursos expresivos comunes, así como el empleo de modelos matemáticos y otras formas de representación formal. La concepción de Bourdieu sobre las ciencias es, hasta cierto punto, una idealización del campo científico, ya que ignoró, como si no existiera, el vasto conjunto de investigaciones sobre el uso ideológico, político, cultural, racista, sexista que se ha hecho de teorías científicas o pseudocientíficas; cuando habla de ciencia, a mi juicio, Bourdieu habla del deber ser de la ciencia: como conocimiento no contaminado por las limitaciones, intereses y bajezas humanas que, a final de cuentas, serían filtradas por la vigilancia epistemológica; pero no analiza la ciencia realmente existente, excepto en los aspectos cubiertos por su modelo de libre concurrencia, de acuerdo con el cual una de las condiciones sociales que hacen posible la objetividad científica sería el carácter autocorrectivo de las investigaciones, el cual consiste en que los principales productores intelectuales, enfrascados en una competencia inclemente, no sólo son los más capaces de entender y aprovechar lo que publican sus contrincantes, sino también, llegado el caso, de refutar sus planteamientos. La competencia entre los científicos más dotados sería, así, una de las raíces sociales de la objetividad, que sin duda tendría también raíces epistemológicas y metodológicas. No hay una sola palabra, o casi, en su vasta obra sobre la militarización de la ciencia, la mercantilización de la ciencia (empezó a hablar de esto hasta sus últimas publicaciones), el uso racista y genocida que de las ciencias —o de lo que pasa por ciencia— que hacen las naciones hegemónicas que oprimen, en mancuerna con las oligarquías locales, a los pueblos del Tercer Mundo. En cuanto a la vastedad y diversidad de la humanidad, siguió adherido, como Michel Foucault y Jürgen Habermas, a la visión eurocentrista de la realidad y la historia, ¿cómo iba a escapar a la influencia de esos elementos tan profundos de su formación intelectual? No albergo, empero, duda alguna de que su obra se cuenta entre las de mayor valor en la sociología del siglo XX. Los investigadores raramente interactúan con el campo social porque en la formación del habitus científico —en las instituciones universitarias y de investigación, al solicitar financiamiento para proyectos específicos, al escribir artículos y libros e intentar publicarlos, al solicitar el ingreso a sociedades y academias científicas, al venerar los mitos de origen de las ciencias, en los que figuran “padres”, pero no “madres”, al ser reconvenido por transgredir las normas del decoro científico—, se incorpora firmemente la disposición de mantenerse alejado de ese sector, so pena de ser calificado de “poco serio” o de diletante. Pero es una actitud distinta a la de los alquimistas medievales, cuyo esoterismo proscribía revelar secretos a los no iniciados, ya que en el caso de las ciencias se teme, a mi juicio, a que los investigadores y profesores se inmiscuyan en las organizaciones sociales y se pongan contra el poder económico y el político. La inhibición o prohibición de la alianza con los sectores sociales subordinados es tan constitutiva del habitus científico como el estímulo o compulsión a vincularse con los poderes político y económico, cuya organización, centralización y posesión de recursos los hace fuentes de financiamiento y, todavía más, de proyección social amplia y de aplicación cultural, política, ideológica, industrial, comercial y bélica de los productos de los investigadores. A mi entender, quienes laboran en el campo científico se orientan hacia el campo social sobre todo en periodos de crisis revolucionaria, guerra y depresiones financieras (que al dificultar su trabajo tornan al investigador uno más entre sus congéneres). En una sociedad verdaderamente democrática, en la que el interés social mayoritario participe en la toma de decisiones fundamentales y en la aplicación de programas de gobierno, así como en determinar la orientación de la producción material y simbólica, el habitus científico tendrá quizá rasgos más afines al principio de responsabilidad colectiva. El campo científico es, lo sé, mucho más heterogéneo que lo antedicho: la enseñanza y la investigación en universidades públicas y privadas están lejos de ser idénticas; lo mismo se aplica, con menos intensidad, a las investigaciones en las secretarías de Estado y quizá también, aunque lo dudo, a las corporaciones empresariales (sólo las mayores hacen investigación, hay una concentración cada vez mayor del capital, de tecnología, de producción-comercialización y de finanzas en las ultramegacorporaciones, la mayor parte de cuyas operaciones de compraventa se realiza con sus propias subsidiarias y ramales). Pero por más heterogeneidad que exista, en el terreno de la educación superior y la investigación hay también instituciones, laboratorios, grupos e investigadores mejor financiados, con mejor infraestructura, instalaciones y equipo que producen más (patentes, artículos, libros, posgrados, cuadros para el Estado y la empresa privada) y, de manera regular, suelen ser los que, a su vez, están más estrechamente vinculados con el poder político y económico que, en ocasiones, por la fuerza de las circunstancias, tiene que reconocer también a algunos de los pensadores o creadores disidentes, sobre todo cuando pretenden cooptarlos o una vez muertos. El campo científico incluye todo el sistema educativo, en particular las instituciones de educación superior, públicas y privadas; los institutos, centros y laboratorios de investigación en todas las disciplinas del conocimiento, sean de índole pública (universidades autónomas), gubernamental (los institutos de investigación, casi extintos en México, de las secretarías de Estado) o privada (los laboratorios industriales); las revistas, sociedades y academias científicas nacionales e internacionales. Cada una de las porciones del campo científico se vincula de manera específica con el campo político, económico y social. La ciencia y la tecnología serían incomprensibles sin tomar en cuenta que el conocimiento es un poder, que las ciencias son hoy fuerzas productivas de primera línea, instrumentos fundamentales de la política y de las políticas de Estado, que los propios científicos pueden convertirse en integrantes de las clases política y capitalista, con lo que en ocasiones suman a su capacidad de productores de conocimiento la de poseedores de poder político y económico. Pero las ciencias también pueden producir “desconocimiento”, en el sentido de obliteración de la comprensión, porque excluyen el estudio de procesos fundamentales: por ejemplo, la economía neoliberal sólo puede explicar el desempleo como consecuencia de la falta de capacitación del trabajador y la pobreza como consecuencia de la escasez de los bienes materiales, pero cierra los ojos ante el hecho de que el capitalista utiliza la tecnología para dominar al trabajador y reducir el uso de la fuerza de trabajo —por eso elimina numerosos puestos laborales—, y que el proceso que genera pobreza para el polo de abajo de la sociedad es el mismo que produce riqueza desmesurada para el polo de arriba, cuya ambición por poseer cantidades ilimitadas de bienes terrenales y capital sólo es frenada de cuando en cuando por los movimientos y las revoluciones sociales, o bien por las depresiones económicas en que los tiburones capitalistas se comen a los peces capitalistas y arruinan la vida de cientos de millones de personas. De la misma manera, la historiografía, la sociología y la ciencia política hegemónicas oscurecen la comprensión del estatuto de las naciones del Tercer Mundo, a las que suponen en proceso perpetuo de desarrollo para alcanzar a los países dominantes, como si éstos, cada vez más inalcanzables, permanecieran inmóviles mientras aquellas “ascienden” en la “escala del progreso”, cuando ocurre precisamente lo contrario, algo misteriosamente “invisible” para las concepciones ortodoxas, a saber, que las naciones dominantes lo son porque acumulan incesantemente riqueza y poder a costa de los recursos y de las mayorías humanas de las demás. En este sentido, tal forma de “ignorancia ilustrada” que producen las ciencias hegemónicas es también un tipo de poder, gracias a que es valorada como conocimiento. Algo parecido puede decirse de lo que diversos teóricos de las ciencias naturales y sociales plantearon en los últimos siglos sobre la condición de la mujer y de los pueblos indígenas no europeos: produjeron concepciones sexistas y racistas que, no obstante, durante un tiempo fueron consideradas científicas de manera casi unánime —a excepción de autores que desde la misma área de conocimiento defendieron concepciones alternativas—, y todavía tienen sus defensores recalcitrantes en versiones “actualizadas” como las teorías de Samuel Huntington sobre el supuesto choque de civilizaciones o la amenaza que los mexicanos significarían para la cultura anglosajona estadounidense. La historia nos enseña que no podemos estar dogmáticamente seguros de las verdades que hoy nos entregan las ciencias: algunas lo son, otras no. Más aún, en la medida que éstas caen bajo el control de la plutocracia internacional y se vuelven por ende menos autónomas en cuanto a decidir su problemática de investigación y difundir masivamente sus conclusiones por medios electrónicos e impresos (medios que también son empresas), el ejercicio de la duda y el pensamiento crítico se vuelven más indispensables. La posibilidad de la verdad objetiva sigue vigente, pero a condición de que se comprenda y, más aún, destruya, el vínculo de dependencia que hoy tienen las ciencias respecto del poder político y económico y, por otro lado, se fomente la interacción de las ciencias con los poderes de la sociedad civil, no por atomizados inexistentes, lo cual, es cierto, tampoco está exenta de aristas. |
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Adolfo Olea Franco
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como citar este artículo →
Olea Franco, Adolfo. (2013). La vinculación del investigador con las diferentes formas del poder. Ciencias 107-108, julio 2012-febrero 2013, 120-131. [En línea]
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Pablo Kreimer y Juan Zabala
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La producción de conocimiento científico ha sido reconocida (es decir, “construida”) por parte de diferentes actores vinculados con la promoción, producción, circulación y difusión del conocimiento científico, como una estrategia de intervención legítima sobre los problemas sociales: los poderes públicos, las comunidades académicas, los organismos internacionales, los medios de comunicación, entre otros, han instalado la creencia de que el desarrollo de conocimientos científicos es un método legítimo y eficaz para superar los problemas sociales a los que se encuentra sometida la población de América Latina, tales como deficientes condiciones de vivienda, de salud, ambientales, de acceso a bienes simbólicos, etcétera.
Ahora bien, cuando se ha intentado llevar estas ideas a la práctica, con la dificultad que esto supone en nuestra región, las relaciones entre ciencia y sociedad han mostrado ser más complejas de lo que sugiere la imagen del progreso unívoco. Estudiar por tanto dicha complejidad, profundizando en las dimensiones clave que condicionan las posibilidades y limitaciones del conocimiento científico para ser un instrumento de modificación de la realidad social, es fundamental para comprender esta problemática. Así, el análisis de la forma en que la enfermedad de Chagas hizo parte de una política pública de producción de conocimientos en Argentina a partir de la década de los setentas, considerando un conjunto de acciones (y de relaciones entre actores) cruciales en la dinámica que adquiere la producción de conocimiento como una forma de intervención sobre un problema social, nos puede servir para ello. Un primer punto de nuestro argumento acerca de la complejidad de las relaciones entre “producción de conocimiento y resolución de problemas sociales” pasa por el cuestionamiento de la concepción objetiva de los problemas sociales que permea al espacio de las políticas públicas. En efecto, los procesos de toma de decisiones políticas se fundamentan en una serie de abstracciones acerca de lo que es un “problema social”, las cuales constituyen un relato “oficial” acerca de las características principales del problema, las circunstancias que le dan origen y las formas legítimas de intervenir sobre él. Así, mediante intrincados procesos sociales de negociación simbólica y material, ciertas concepciones e intereses se objetivan en un conjunto de “hechos” que aparecen como indiscutibles, reafirmando la objetividad del problema. En el caso de la enfermedad de Chagas, el “relato oficial” acerca del problema incluye diversos elementos: a) es reconocida como la principal endemia de América Latina, ya que afecta alrededor de dieciocho millones de personas en la región; b) es causada por un parásito, el Trypanosoma cruzi, que provoca serias lesiones internas en el corazón, el aparato digestivo y el sistema nervioso, que reducen la esperanza de vida de los infectados; y c) se trata, esencialmente, de una “enfermedad de la pobreza”, ya que su principal forma de contagio es por medio de un insecto que anida en las viviendas rurales, siendo este tipo de población la más afectada —según el Instituto Nacional de Parasitología, en Argentina hay aproximadamente 2 500 000 personas infectadas (7.2% de la población), con un porcentaje de mortalidad que va de 1% a 5%. Además, por diferentes circunstancias, este padecimiento se encuentra dentro de la categoría de “enfermedad ignorada”. Entre las principales causas de dicho desconocimiento se encuentra la baja condición social de la mayor parte de la población y, asociados a ello, la discriminación que sufren en el plano laboral, la poca participación de los actores involucrados y el desinterés de los laboratorios privados por desarrollar tratamientos de mayor eficacia (nuevas drogas o vacunas). Sin duda, la importancia de estas circunstancias para los sectores sociales que padecen el mal de Chagas es innegable, así como la legitimidad del tema para su abordaje a partir de diferentes instancias de intervención sobre “la cosa pública” con el objetivo de solucionar la problemática. Sin embargo, ello no invalida que este relato (y toda cuestión considerada un problema social) no constituya una “mera descripción de hechos objetivos”, sino el resultado de procesos en los que diferentes actores escogen ciertos hechos, discuten sus significados, y proponen prácticas de intervención sobre el problema. De manera que la traducción de “la enfermedad” en los dispositivos institucionales que la han abordado a lo largo de la historia (programas de control del vector de la enfermedad, planes de atención a enfermos, creación de institutos, planes de apoyo a determinadas líneas de investigación) esconde un conjunto de procesos sociales que es conveniente hacer evidentes para comprender mejor el papel que desempeñan los conocimientos producidos y los posibles usos que se les atribuye. En síntesis, sostenemos que: a) no es posible considerar ninguna situación social como intrínsecamente problemática si no es en relación con los actores que la construyen como tal, en situaciones históricamente contingentes; b) la producción de conocimiento no es solamente un recurso orientado a la resolución de problemas sociales, sino que cumple un papel en los procesos de construcción de esos problemas; y c) el conocimiento, en sí mismo, es producto de construcciones sociales; por ello, tanto su papel social como su contenido cognitivo son el resultado de diversas intervenciones, en particular por parte de los científicos, pero también de otros agentes tanto del campo científico como de otros de la producción simbólica y material. Los hechos cuestionados Para mostrar el carácter relativo de los problemas sociales es útil confrontarlos con otras interpretaciones posibles: mientras que el relato oficial sobre la enfermedad de Chagas se presenta en forma lineal y sin grietas aparentes, otros actores con distintas categorías de análisis de la realidad cuestionan su validez. Al hacer esta operación, intentamos poner de manifiesto los procesos sociales que están detrás de la aceptación e imposición de los distintos argumentos y la traducción de la enfermedad como un problema “público”. La cifra de enfermos. Uno de los aspectos “objetivos” más controvertidos es la “incertidumbre” en torno a la cifra de infectados por la enfermedad: se calcula que en Argentina hay entre 2.5 y 3 millones, pero los últimos datos fueron recogidos en 1993, como lo indica Segura. Así, los datos disponibles son cuestionados por algunos epidemiólogos, como Zaindenberg y colaboradores, en la medida que no dan cuenta de los cambios luego de la profunda crisis económica y social que estalló en 2002 y que sumergió a más de la mitad de la población bajo la “línea de pobreza”. El asunto es importante, ya que se considera a la enfermedad de Chagas como altamente sensible a las variaciones socioeconómicas. La incidencia del mal de Chagas en la esperanza de vida. El planteamiento es de carácter médicosanitario pues, como muestran las estadísticas, las poblaciones de las zonas afectadas tienen menor esperanza de vida (la esperanza de vida al nacer para una mujer, en 2001, en Buenos Aires era de 79.39 y en el Chaco de 66.95, es decir, de casi trece años menos). Ahora bien, ¿es realmente el parásito el causante de esta diferencia? Algunos trabajos, como el de Storino y colaboradores, han mostrado que el peso de las condiciones de vida de las poblaciones que habitan en el medio rural (bajo nivel de acceso a agua potable, uso de cloacas, deficiencias nutricionales, etcétera) es fundamental para explicar el desarrollo de la etapa crónica de la enfermedad. La percepción de los propios afectados. Si nos atenemos al plano cultural, el estudio realizado por Sanmartino y Crocco, en 2000, muestra cómo las propias personas de las zonas endémicas tienden a “naturalizar” la existencia de la enfermedad y a minimizar su importancia en sus discursos, incorporando la enfermedad de Chagas como algo “propio” de sus condiciones de vida. La construcción de un problema público Una vez reconocido el carácter “construido” de los problemas sociales, intentamos analizar el papel de los espacios, actores e instituciones de producción de conocimientos científicos en estos procesos. En la actualidad, el papel de la ciencia en la articulación pública de problemas sociales es cada vez más evidente, sobre todo en temas vinculados con el medio ambiente o con la controversia existente alrededor de los organismos genéticamente modificados. Sin embargo, la intervención de la ciencia en estos procesos no es algo novedoso en el desarrollo de las sociedades modernas, tal como lo muestran distintos estudios, entre los que se destacan los realizados por Latour acerca de las transformaciones en la sociedad francesa que produjeron los trabajos de Pasteur, las reflexiones de Bourdieu sobre el papel de las demandas sociales y el libro de Gusfield dedicado a la relación entre la ingesta de alcohol y el manejo de automóviles en términos de la construcción de un “problema público”. Redes y actores. Bruno Latour ha mostrado cómo los procesos de producción de conocimiento científico participan en la definición de las sociedades. Para ello ha propuesto el modelo de “traducción”, que explica el modo en que las investigaciones en microbiología de Louis Pasteur modificaron la sociedad francesa a partir del siglo xix. Dicho proceso es visto por este autor como el resultado de las interacciones de distintos actores y plantea sintéticamente que Pasteur, para demostrar la existencia de los microbios (en particular del bacilo del ántrax), articuló los intereses y perspectivas de los distintos actores implicados en la enfermedad: los granjeros, los encargados de la política sanitaria, los higienistas y los médicos militares. Mediante distintos movimientos (en un sentido analítico y espacial), Pasteur logró, según Latour, “traducir” los intereses de los distintos actores implicados en favor de su concepción. Es a partir de los operativos de traducción que un actor desplaza los intereses de los otros en una dirección que le permite imponer su propio sentido a aquello que “está en juego”. Sin embargo, escribe Latour, “la traducción que posibilita a Pasteur transferir la enfermedad del ántrax a su laboratorio en París no es literal, palabra por palabra. Solamente lleva un elemento con él, el microorganismo, y no la granja entera, ni el olor, las vacas, los sauces que rodean el estanque o la hermosa hija del granjero. Con el microbio, sin embargo, también arrastra a las sociedades agrícolas, que ahora se interesan por lo que hace. ¿Por qué? Porque al haber designado al microorganismo como la causa viva y pertinente, puede reformular los intereses de los granjeros de una forma distinta: si quieren resolver su problema del ántrax, tendrán que pasar antes por mi laboratorio”. La conclusión del análisis de Latour es que las dimensiones “científica” y “social” no son más que una diferencia analítica que no tiene sentido en las prácticas concretas. Así, asume que “no hay una distinción [entre ciencia y sociedad], porque sólo existen cadenas heterogéneas de asociaciones que, de un momento a otro, crean los puntos de pasaje obligado. Vayamos más lejos, la creencia en la existencia de una sociedad separada de la ciencia y de la técnica es el producto del modelo de difusión […] ¡De este modo se llega a suponer que hay tres esferas, la ciencia, la tecnología y la sociedad, que obligan a estudiar el impacto de cada una de ellas sobre las otras!”. Autonomía y falsa demanda social. La traducción de un conocimiento científico en una práctica concreta de intervención (y resolución) de un problema es muchas veces más compleja de lo que plantea Latour para el caso de Pasteur. Por un lado, los científicos no suelen comportarse como Pasteur, dispuestos a trasladarse y acomodar sus conocimientos a las expectativas de los otros actores. Antes bien, lo que suele observarse es que éstos se desenvuelven dentro del espacio social delimitado por la actividad científica, con su propia dinámica y patrones de reproducción. Por otro lado, muchos de los conocimientos producidos no pueden transformarse directamente en una práctica concreta de intervención sobre el problema. De esta forma, existen siempre en estos procesos determinaciones estructurales (institucionales, profesionales e incluso técnicas) que escapan a las estrategias de los actores sociales. Algunos de estos aspectos han sido abordados por Bourdieu cuando discute el problema de la “demanda social” de conocimientos. En cierto sentido, su suposición es terminante y cercana a las ideas más constructivistas. Para Bourdieu, de hecho, la pretensión de demanda no es más que un eufemismo que esconde intereses concretos que, casi por definición, están lejos de atender las verdaderas necesidades de los agentes sociales que realmente las padecen. En particular, “todo lleva a pensar que las presiones de la economía son cada vez más abrumadoras, en especial en aquellos ámbitos donde los resultados de la investigación son altamente rentables, como la medicina, la biotecnología y, de manera general, la genética, por no hablar de la investigación militar”. Sin embargo, la forma en que estos condicionamientos atraviesan los espacios de producción de conocimiento (tanto en la orientación de las investigaciones como en su utilización concreta) está siempre mediada por la estructura del campo científico y, en particular, por la tensión que siempre existe entre la autonomía y la capacidad de respuesta a las demandas sociales. Bourdieu es enfático en este punto y, al ser consultado sobre cuál debería ser la reacción de los científicos frente a las demandas sociales, responde que, para él, los científicos “deberían empezar por afirmar su autonomía, por defender sus intereses específicos, es decir, en el caso de los científicos, las condiciones de la cientificidad, etc., y a partir de allí, intervenir en nombre de los principios universales de su existencia y de las conquistas de su trabajo” (las cursivas son nuestras). La consideración que Bourdieu hace de los aspectos más “estructurantes” de la actividad científica balancea el excesivo énfasis puesto por Latour en las estrategias individuales. Sin embargo, su análisis tiene un inconveniente para comprender los procesos concretos de uso de los conocimientos, ya que no considera las distancias que existen entre la producción de conocimiento científico y su posibilidad de aplicación concreta. En este sentido, un conocimiento nunca puede ser utilizado por un actor “otro” que el productor de conocimiento mismo (nadie se cura, se alimenta o produce más con un paper científico), sino es por medio de un complejo proceso de transformación, de resignificación de un conocimiento. Para simplificar, podemos llamar a este proceso “industrialización de un conocimiento”, en donde intervienen al mismo tiempo usuarios finales e intermedios que son, precisamente, aquellos que están en condiciones de industrializar el conocimiento. Más allá de los debates acerca de quién ejerce el control social de estas actividades, negar la importancia de tales instancias significa ignorar los procesos reales de producción y uso social de los conocimientos. La naturaleza del problema social. Tanto el abordaje de Latour como el de Bourdieu alumbran algunos aspectos de nuestra preocupación, pero presentan ciertas limitaciones para examinar casos concretos. Por ello, consideramos necesario un enfoque más próximo al de Gusfield, quien analiza el papel del conocimiento científico en el proceso de construcción de un hecho social: el manejar alcoholizado visto como un problema público, estudiando, desde una perspectiva afín al interaccionismo simbólico, los argumentos, actores e instituciones que participaron en la estabilización del problema en una forma determinada (como un problema del conductor y no como un problema de transporte, por ejemplo). Según Gusfield, es posible distinguir dos dimensiones en estos relatos: por un lado, una “cultural”, que refiere a los significados que adquiere el problema en el plano simbólico, la cual alude a los argumentos y metáforas que se esgrimen para dar cuenta de las causas y posibles soluciones al problema; por otro lado, la dimensión de la organización social, es decir, del “patrón de actividades por medio del cual el fenómeno se vuelve accesible y es sistematizado en teoría y datos”. Mientras que la primera de tales dimensiones hace referencia a la forma en que el problema es pensado, la segunda nos muestra las acciones concretas mediante las cuales determinados actores recolectan, procesan y transforman determinados hechos en acciones de política pública. En otras palabras, ¿quién o qué institución tiene o se le ha dado la responsabilidad de “hacer algo” acerca de dicha cuestión? Si los fenómenos están abiertos a diversos modos de conceptualización en tanto que problemas, entonces también su carácter público está abierto a diferentes formas de concebir su resolución. Para Gusfield, “la ciencia, los pronunciamientos científicos, los programas técnicos y las tecnologías aparecen como apoyo a la autoridad o a la contraautoridad, proporcionando a un programa o política el molde para validar su naturaleza con base en un proceso neutral por un método que asegura tanto certeza como precisión”. No se trata del uso “natural” que los actores hacen del conocimiento relevante producido por dispositivos científicos y técnicos, sino de que ciertos actores hacen un uso específico y deliberado del conocimiento científico como un modo de terciar en las controversias públicas acerca de un problema que, precisamente con estos medios, se torna público. Dicho de otro modo, no se trata ya de “la ciencia”, sino del papel que la retórica científica desempeña en la construcción de problemas públicos. El mal de Chagas Aplicando un análisis análogo al que propone Gusfield examinaremos el modo en que la enfermedad de Chagas se erigió simultáneamente, a partir de la década de los setentas, en un importante problema social y un tema de notable importancia para la comunidad científica nacional y regional. De hecho, este periodo se caracteriza por una importante producción de conocimiento científico en relación con la enfermedad, asociada con la irrupción de la biología molecular y la promesa de desarrollo de una vacuna. El análisis de la producción de conocimiento y de determinadas políticas destinadas a su promoción permite observar cómo la definición de las prácticas legítimas (y por lo tanto estimuladas) para actuar contra la enfermedad se encuentra estrechamente relacionada con los diferentes actores sociales que participan en tales procesos. De esta manera, se hace evidente que la relación entre la promoción de conocimiento científico y la resolución de problemas sociales adquiere, al menos en sociedades en desarrollo, un carácter complejo, que no puede reducirse a la sola promoción de la actividad científica. La producción de una vacuna o la construcción de ficciones surgidas del laboratorio. Tras largos años de controversias acerca de su naturaleza y extensión en el territorio, la enfermedad de Chagas alcanzó un pleno reconocimiento como “problema social nacional” hacia finales de la década de los cuarentas, lo que se materializó en la puesta en marcha de diferentes iniciativas que desembocaron en la creación de un Programa Nacional de Lucha contra el Mal de Chagas, básicamente destinado a la fumigación de las viviendas rurales de las zonas endémicas con el objetivo de erradicar el insecto vector. El reconocimiento de la importancia de la enfermedad por parte de los sucesivos gobiernos se mantuvo durante las siguientes décadas, en las que la enfermedad recibió la atención del aparato estatal y a su alrededor se creó un conjunto de instituciones destinadas a dar cuenta de su incidencia epidemiológica, a la realización de análisis en forma extendida y la evaluación de ciertos tratamientos. Hacia finales de la década de los sesentas, a tales iniciativas se sumó un incipiente interés de la comunidad científica, como lo indican Rotunno y colaboradores, a partir del cual la enfermedad se transformó en un estandarte de la “ciencia al servicio de los problemas locales”. El interés por parte de la comunidad científicomédica en la enfermedad tuvo su epicentro en algunos de los grupos pertenecientes a la influyente tradición de investigación biomédica, particularmente en los liderados por Armando Parodi y Andrés Stoppani, quienes lograron transformar dichas iniciativas grupales en manifestaciones institucionales, tal como se desprende de la creación, en 1965, de la Comisión de Investigaciones Científicas sobre Chagas de la Universidad de Buenos Aires, la cual articuló investigaciones en bioquímica, microbiología y clínica médica. En los años siguientes, el apoyo institucional a tales investigaciones aumentó considerablemente a partir del Programa Nacional de Investigaciones sobre Enfermedades Endémicas, creado en 1973 por la Secretaría de Ciencia y Tecnología de la Nación, con un papel central de Stoppani y de los discípulos de Parodi. A su vez, dichas iniciativas tuvieron un decisivo correlato en el plano internacional a partir de la creación, en 1975, del Programa Especial de Investigación y Entrenamiento de Enfermedades Tropicales de la Organización Mundial de la Salud, en la que estos investigadores tuvieron un papel central al definir los temas prioritarios de investigación. En la medida en que aseguraron un continuo flujo de recursos, estas instituciones significaron un apoyo fundamental para la consolidación de las investigaciones académicas sobre la enfermedad de Chagas. El apoyo creciente a la investigación en el plano político estuvo acompañado por un desplazamiento en el plano cognitivo fundamental: de los enfermos y las condiciones de transmisión hacia el parásito, el Trypanosoma cruzi. De hecho, por esos años, desde el corazón de la tradición bioquímica, es decir, desde la entonces Fundación Campomar (hoy Instituto Leloir), así como desde otros laboratorios públicos (Instituto Fatala Chabén), se comenzó a investigar en profundidad sobre múltiples aspectos relacionados con la fisiología y el metabolismo del parásito, tanto como la interacción de ésta y su huésped. El objetivo era doble: por un lado, encontrar un blanco en donde atacar al parásito, asociado con la producción de un medicamento tripanocida eficaz; por otro, con el objetivo de desarrollar una vacuna, el estudio de los mecanismos inmunológicos que el parásito disparaba en el organismo humano. Esta última vía fue particularmente importante, pues parecía ofrecer una “solución radical” al problema social: en la medida en que se pudiera obtener una vacuna contra la enfermedad de Chagas, los otros aspectos de las políticas públicas (como la fumigación sistemática de los ranchos) podrían ocupar un lugar secundario. El desarrollo del conocimiento básico sobre el parásito, necesario para alcanzar ambos objetivos políticocognitivos, tuvo un impulso fundamental con la emergencia de un nuevo campo disciplinario: la biología molecular. Esta disciplina, que había tenido una fugaz emergencia hacia finales de los años cincuentas en el Instituto Malbrán, comenzó su etapa de institucionalización plena hacia mediados de los setentas, en espacios ligados a la tradición de investigación biomédica proveniente de Bernardo Houssay y Luis Federico Leloir. A partir de los ochentas, las investigaciones en biología molecular fueron reposicionando la enfermedad de Chagas en dos sentidos diferentes: por un lado, como una estrategia legítima para conocer los mecanismos “básicos” del parásito y sus interacciones con animales y humanos —lo que operó como el fundamento de una política de largo plazo basada en un conocimiento científico “de excelencia” en la lucha contra la enfermedad— y, por el otro, reposicionando el mal de Chagas, en particular el parásito, como objeto de estudio de una importancia central en la investigación biomédica en Argentina. Como consecuencia de estos procesos, así como de las políticas de promoción de conocimiento científico vinculadas a la enfermedad, es posible verificar en los últimos diez años una significativa producción de trabajos científicos en tal campo. El conocimiento experto generado cumple, en un primer acercamiento, con los requisitos de “relevancia” (tal como surge de la temática abordada) y de “calidad” (si nos remitimos a los medios en que ha sido publicado y, por ende, las pautas de evaluación académica que ha superado) que esperaban los planes de política promotores de su producción. La organización temática de las investigaciones producidas durante estos años resulta sumamente reveladora, como se puede observar en el cuadro 1. Para ello hemos establecido una clasificación de las investigaciones sobre Chagas según los principales objetos de referencia cognitiva: los enfermos, el parásito (agente causal), el vector (la vinchuca, Triatoma infestans) y los aspectos epidemiológicos. Como se observa, la mitad de las publicaciones reseñadas se refieren al parásito (Trypanosoma cruzi), lo que se explica por la fuerte concentración de investigaciones en biología molecular y bioquímica que lo han tomado como objeto de investigación. Es significativo, para el análisis de la utilidad de dichos conocimientos, que muchos de los grupos de investigación manifiesten que sus investigaciones tienen por objetivo la producción de conocimiento necesario para el desarrollo de nuevas drogas (en particular, la búsqueda de “blancos” por donde atacar el parásito). Sin embargo, en los hechos, el desarrollo de tales nuevas drogas tendría que estar a cargo de otros actores sociales (en particular, de laboratorios farmacéuticos) quienes no manifiestan ningún interés por el tema (entre otras cosas, por tratarse de una enfermedad de la pobreza). Así, la utilidad manifiesta de estas investigaciones se reduce a una construcción retórica, en la medida que la escasez de vínculos entre los grupos de investigación analizados y los productores de medicamentos impide que dichos conocimientos científicos producidos en el país puedan tener una utilidad efectiva.
Algo similar ocurre con las investigaciones que se orientan al estudio de los enfermos, que significan una cuarta parte de la producción. Nuevamente hemos encontrado que éstas no se traducen en prácticas de atención a los enfermos sino que, también en esta orientación temática predomina el estudio de aspectos básicos de la enfermedad. La investigación clínica, por su lado, que podría suponer un mayor acercamiento a las prácticas concretas de atención de pacientes y, por lo tanto, a la posibilidad de ser incorporada a las prácticas de atención, ocupa una parte muy poco significativa y se lleva a cabo en condiciones institucionales inferiores (tanto de financiamiento como de reconocimiento profesional). En definitiva, más allá de la variedad de temas en las investigaciones sobre la enfermedad de Chagas, el análisis cuantitativo nos muestra un elemento común: el fuerte predominio de la investigación básica o académica en todos los campos de conocimiento, con lo cual, el principal producto de dichas investigaciones lo constituyen los papers científicos, la mayor parte de ellos publicados en revistas internacionales. A su vez, el principal (casi exclusivo) ámbito de circulación y difusión de tales investigaciones es el campo de la academia, lo cual implica una limitación en la capacidad de difusión de estos conocimientos, que adquiere un carácter endogámico, en la medida que su comprensión requiere una alta especialización en la temática que sólo poseen los propios investigadores científicos. La estructura de la comunidad científica local, tanto en el plano cognitivo como en el social, es crucial para comprender la traducción de un problema social en un objeto de investigación científica y su resignificación de acuerdo con los intereses, prácticas y posibilidades de los actores. En el plano cognitivo, es central la importancia de las investigaciones científicas en el campo de la biología y, sobre todo, en el de la biología molecular. Este hecho implicó, desde los años ochentas, un desplazamiento cognitivo fundamental, mediante el cual el Trypanosoma cruzi se transformó en un “modelo biológico” importante para el desarrollo sociocognitivo de los grupos de expertos, debido a la posibilidad de estudiar allí procesos biológicos originales no necesariamente vinculados con la enfermedad de Chagas. En el plano de la organización social es fundamental atender la importancia de los grupos involucrados y, en particular, su grado de internacionalización e integración en redes globales de producción de conocimientos. De hecho, el crecimiento en la producción de conocimiento fue liderado por los grupos ya mencionados, los cuales se inscriben en la tradición biomédica heredera de los premios Nobel, Houssay en 1947 y Leloir en 1970, que lograron una fuerte (y en ese sentido “exitosa”) conexión con la comunidad internacional, expresada en la formación de los investigadores en el extranjero y en publicaciones en las revistas internacionales. El prestigio les permitió a los investigadores contar, en el plano material, con fuentes de recursos estables, tanto de agencias nacionales como internacionales. Por cierto, la diferenciación entre los planos “cognitivo” y “organizacional” es meramente analítica, ya que ambos se encuentran relacionados en la producción de conocimientos: la mayor parte de las agendas de investigación de los grupos locales se formulan en tensión con las redes internacionales de las que los investigadores locales participan. Es ello, precisamente, lo que les otorgó visibilidad internacional a quienes trabajaron sobre diversos aspectos de la enfermedad y a quienes invirtieron posteriormente esa visibilidad en términos de construcción de su legitimidad local. De esta forma es posible encontrar diferencias importantes entre la retórica sobre la utilidad de la ciencia y los procesos concretos de producción de conocimientos, es decir, su uso en la intervención efectiva sobre los afectados. Resulta así interesante constatar que los relatos acerca de la enfermedad se basan, en buena medida, en la construcción de “ficciones” que adquieren luego, en el espacio público, un valor de verdad que no estaba estabilizado de antemano: los biólogos moleculares lograron establecer la ficción según la cual una investigación científica “de excelencia”, evaluada e integrada a los cánones de la “ciencia global”, era un requisito importante en la lucha contra la enfermedad. Por lo tanto, el conocimiento íntimo de un conjunto de problemas asociados con la genética del parásito se presentó como el “determinante cognitivo” para contar con una solución efectiva en dicha lucha: la producción de una vacuna o el desarrollo de una nueva droga dependían, en efecto, de dichos conocimientos. La ficción así construida tuvo —tiene— diversos supuestos implícitos (ocultos): en primer lugar, que el proceso de producción de conocimientos conforma una promesa suficiente para el desarrollo de una estrategia basada en ellos —con independencia de otras dimensiones sociales, culturales, simbólicas o institucionales. En segundo lugar, el desarrollo de investigaciones “aplicadas” omite o ignora deliberadamente los procesos de industrialización del conocimiento necesarios para “salir de los laboratorios” y llegar a los ranchos (viviendas rurales predominantes donde se alojan los insectos vectores de la enfermedad). En tercer lugar, aspecto importante de nuestro trabajo, se produce una operación de “purificación” mediante la cual los parásitos, como objetos de conocimiento, son despojados de todo decorado social, de los ranchos, las vinchucas y los enfermos, para ser convertidos en secuencias de genes, en bibliotecas de splicing, de proteínas o en dispositivos para la construcción de analogías con otros mecanismos biológicos. En realidad, lo que nos está mostrando este proceso es la forma como el Chagas, en tanto que objeto, ha sido resignificado por un conjunto de actores que lograron imponer públicamente un nuevo sentido, al tiempo que redefinieron los ámbitos de intervención: el problema, formulado en términos de los enfermos (o los pobres, la marginalidad social, las condiciones de vivienda, etcétera) y de los modos de identificarlos y curarlos, se fue desplazando —redefiniendo— hacia un problema expresado en términos de la identificación y el conocimiento fisiológico y genético del parásito con la “promesa” de producción de una nueva droga o vacuna. Ello está acompañado del fuerte prestigio social que tienen los biólogos moleculares al interior de la comunidad científica frente a la relativa decadencia de los cardiólogos especializados en Chagas, incluso muy particularmente, en la propia comunidad médica. Conclusiones Hemos partido de una concepción de los “problemas sociales” como entidades cuyo contenido se redefine en cada momento de la historia. Sobre ellas se produce un conjunto de acciones destinadas a la intervención de acuerdo con las categorías aceptadas como legítimas. Estas decisiones son configuradas, en cada caso, por un conjunto de actores e instituciones que dan cuenta de la traducción que tiene el problema en el plano de la organización social: médicos en el comienzo del siglo xx, luego epidemiólogos, entomólogos, y el Estado con un papel protagónico. Más tarde ingresan los bioquímicos y los biólogos moleculares, mientras que en el seno del Estado se agrega a la definición de las políticas de salud la política de ciencia y tecnología, orientada a la promoción del conocimiento. Y hemos intentado mostrar cómo, en estos procesos, la relación entre decisiones en el nivel de las políticas públicas y la producción de conocimientos científicos es siempre compleja, tanto por las definiciones en torno a la enfermedad como por los supuestos que quedan ocultos en las diversas posiciones. Dentro de estas últimas, la más evidente es la que ocultan los procesos de industrialización del conocimiento que serían necesarios para pasar de un conocimiento de la genética del parásito a la obtención de una droga o vacuna. En este sentido, las empresas farmacéuticas, que deberían ocuparse de las fases conocidas como “Investigación y Desarrollo industrial”, aparecen —en particular a lo largo del periodo más reciente— como una suerte de “actor ausente” que debería participar una vez que la oferta de los conocimientos fuera suficientemente eficaz como para ser industrializada. En particular, nos hemos concentrado en lo sucedido con la investigación vinculada a la enfermedad de Chagas en las últimas décadas, intentando dar cuenta de la complejidad que supone la utilización de los conocimientos científicos en la resolución de problemas sociales. Específicamente, intentamos mostrar cómo la “historia oficial” de la enfermedad va estableciendo mojones que, lejos de ser “naturales”, van respondiendo a los modos de intervención de los diferentes actores en cada periodo específico, articulando un conjunto de dispositivos culturales que, al ser interesados, construyen y desvanecen los tópicos, las modalidades e incluso configuran la existencia misma de una cuestión en la esfera pública. En el desarrollo de los dispositivos, los científicos no son meros receptores de las acciones de los otros actores, sino que son activos productores de sentido y, además, van generando los discursos que serán posteriormente articulados en relaciones sociales más complejas como consecuencia del uso retórico que otros actores harán de ellos. De esta manera se genera una “purificación de segundo orden” que puede resumirse en la secuencia siguiente: a) los médicos postulan la existencia de la enfermedad ⇒ b) la población es informada de que es portadora de entidades patógenas ⇒ c) los médicos e investigadores producen un discurso público acerca de las dimensiones del Chagas como problema social ⇒ d) las autoridades resignifican ese discurso, instituyendo como algo público un problema que era hasta entonces privado ⇒ e) en función de esos discursos, las instituciones generan mecanismos de intervención sobre las relaciones parásitovinchucahumanos ⇒ f) los bioquímicos y los biólogos moleculares instalan el discurso acerca de la necesidad de conocer la fisiología y la genética del parásito ⇒ g) las instituciones de ciencia y tecnología van generando la relación entre investigación molecular y posibilidad de desarrollo de vacunas y medicamentos ⇒ h) los parásitos son “purificados” en los laboratorios, libres de toda contaminación contextual ⇒ i) los investigadores negocian con las redes internacionales más prestigiosas de producción de conocimiento la oferta de un “modelo biológico interesante” a cambio de recursos y visibilidad ⇒ j) las autoridades plantean en la arena pública la importancia de los hallazgos que producen los científicos locales en relación con la enfermedad de Chagas pero en referencia al reconocimiento internacional. Los sucesivos procesos de purificación operan como un velo que dificulta observar el nivel de la organización social (de las acciones y prácticas concretas). En el escenario público, los problemas ya emergen como naturalizados o problematizados por los actores que los formulan, quienes tienden a estabilizarlos según la posición que ocupan, las relaciones y los vínculos que establecen, etcétera. Sin embargo, la formulación de una utilidad de los conocimientos científicos, es decir, su aplicación para la resolución de los problemas en cuestión, no puede separarse, analíticamente, del vínculo que deben generar las intervenciones que en el campo científico se proponen con una organización social capaz de llevarlas a cabo: ningún conocimiento podría ser reapropiado por otros actores sino es por medio de procesos de mediación social. Por ejemplo, un proceso de fumigación requiere agentes que produzcan no sólo su contenido técnico, sino también formas de administrarlo periódicamente, recursos para producirlo masivamente, sujetos que lo internalicen como parte de una estrategia para la erradicación de los vectores, capacidad de vincular dicho proceso con los riesgos de contraer la enfermedad, etcétera. Un nuevo medicamento, por su parte, está también en dependencia de una red sociocognitiva, compuesta por investigadores que enuncian los blancos moleculares posibles, pero también por laboratorios farmacéuticos que buscan —y encuentran— una molécula, por epidemiólogos que identifican las características de las cepas en cuestión, por organismos públicos que regulan las pruebas clínicas, por bioquímicos que estudian la farmacocinética, por recursos que se orientan a la viabilidad técnica y financiera de un nuevo producto, por médicos que articulan su administración, por sujetos que se apropian del nuevo artefacto y de sus sentidos en la lucha o prevención de la enfermedad, etcétera. Los problemas planteados de este modo pierden, sin lugar a dudas, el romanticismo de los discursos purificados, el heroísmo de los buscadores de pociones mágicas, la abnegación de las personalidades públicas capaces de emprender —y hacerse cargo— de los problemas sociales, el apostolado de los profesionales de la salud que se preocupan por sus pacientes, la dedicación de las empresas que buscan satisfacer necesidades sociales, etcétera. No obstante, al mismo tiempo esto permite desarmar las ficciones que, con la ayuda de los discursos científicos, generan panoramas “modernos” de magníficos conocimientos cuya utilidad es, en el mejor de los casos, abstracta. |
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Referencias bibliográficas
Bourdieu, Pierre. 1997. L’usage social des sciences. Éditions de l’inra, París.
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Pablo Kreimer
Centro de Ciencia, Tecnología y Sociedad (Universidad Maimómedes) y Universidad Nacional de Quilmes.
Es sociólogo por la Universidad de Buenos Aires y Doctor en Ciencia, Tecnología y Sociedad por el Centre Science, Technologie et Société de París. Es investigador del Conicet, profesor titular de la Universidad Nacional de Quilmes, donde dirige actualmente el Instituto de Estudios sobre la Ciencia y la Tecnología, y la Maestría en Ciencia, Tecnología y Sociedad, y autor de varios libros.
Es investigador del conicet, licenciado en Sociología por la Universidad de Buenos Aires, magíster por la Universidad Nacional de Quilmes y doctor por la Universidad de París y por la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales. Ha publicado varios artículos sobre temas de sociología e historia de la ciencia.
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como citar este artículo →
Kreimer, Pablo y Juan Zabala. (2013). Anatomía de un hecho científico: construcción del mal de Chagas como un problema social y de conocimiento en Argentina. Ciencias 107-108, julio 2012-febrero 2013, 102-115. [En línea]
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Natalia Mantilla Beniers, Magdalena Escorcia Martínez
y Christopher Stephens
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| La salud de la población no sólo está en manos de los médicos
y de las autoridades de salud pública, depende también, y en forma importante, de la participación activa de los individuos. Ahora, es más probable que éstos adopten buenos hábitos si conocen en qué consisten y saben qué beneficios acarrean. De ahí que las campañas informativas que dan a conocer qué prácticas ayudan a evitar enfermedades desempeñen un papel central en la mejora de la salud de la población al permitir la toma informada de decisiones.
Por otro lado, el conocimiento del número y la distribución geográfica de casos de distintas enfermedades presentes en un territorio permite a médicos y autoridades saber qué riesgos a la salud prevalecen en la población y definir políticas de salud pública. Resulta entonces que autoridades y médicos, por un lado, e individuos, por el otro, interactúan por vía de la información que intercambian y de las acciones que deciden llevar a cabo con base en ella. De hecho, la primera pandemia del siglo xxi evidenció cómo la falta de información puede afectar negativamente la toma de decisiones tanto a nivel del sistema de salud como en el individual. Durante los días subsecuentes a la declaración de alerta sanitaria en el Distrito Federal se especulaba en torno de distintos temas. Se desconocía el número preciso de casos de influenza tipo a observados más allá del fin de la temporada, su distribución en el territorio nacional y su gravedad. Esta falta de información, aunada a la desconfianza endémica hacia las autoridades, generó en la población dudas en torno de la veracidad de la existencia de un brote epidémico y la llevó a cuestionar si serían adecuadas las medidas tomadas para contenerlo. Por otro lado, la falta de información llevó a las autoridades a extremar precauciones bajo el supuesto del peor escenario imaginable. Lo anterior volvió evidente que necesitamos reflexionar en torno de las formas más confiables y eficientes de recabar y diseminar información veraz que permita tomar decisiones más adecuadas a fin de evitar futuras crisis sanitarias, así como mejorar nuestras capacidades de respuesta cuando se presenten. Por otro lado, la información relevante a transmitir es compleja y su selección, procesamiento y transmisión presentan retos importantes. Veamos cuáles.
El virus y la crisis Los virus de influenza pertenecen a la familia Orthomyxoviridae y se clasifican en tres tipos: a, b y c. Los virus tipo a infectan a diferentes especies animales, entre las que se cuentan los humanos; los tipos b y c sólo infectan a estos últimos. Los tipo a poseen en su superficie dos glucoproteínas: la hemaglutinina (ha o h) y la neuraminidasa (na o n). La combinación de ha y na da lugar a subtipos de influenza; en la pasada epidemia acaecida en México en abril de 2009, posteriormente una pandemia, el subtipo involucrado correspondió a h1n1. Ésta se detectó a mediados del mes de marzo, cuando en los centros de atención médica del país se detectaron casos de enfermedad respiratoria que coincidían con signos clínicos sugestivos de influenza; en un principio se pensaba que correspondían a casos de influenza estacional. Los primeros casos de influenza a h1n1 se reportaron el 18 de marzo y el número se incrementó hacia el mes de abril. Las autoridades de epidemiología señalan que típicamente hay más casos de influenza tipo a al principio de la estación y que éste es menos común hacia el final de la temporada, cuando aumentan los de tipo b. Este cambio en el subtipo predominante preconiza el término de la temporada de influenza estacional, que típicamente ocurre alrededor de marzo o abril. En contraste, en la época de término de la temporada de 2009 se reportaban, en tres sitios distintos, eventos epidemiológicos que anunciaban la presencia continuada del virus de influenza a en México (tabla 1).
Para esas fechas, Canadá ya había confirmado 18 casos positivos al virus de Influenza tipo a h1-n1. Con base en estos acontecimientos, el sábado 25 de abril la directora general de la Organización Mundial de Salud (oms) declaró una emergencia de salud pública internacional. El incremento en el número de ciudades afectadas por el virus llevaría a la oms a declarar la Fase 5 de alerta, correspondiente a una pandemia inminente. Aunque en un inicio se señaló a los cerdos como posibles transmisores de este virus, a la fecha no existe evidencia de que haya habido transmisión de cerdos a humanos. Sin embargo, este señalamiento infundado tuvo como consecuencia una importante disminución en el consumo de carne de cerdo que impactó a la industria porcina. El virus continuó diseminándose y el sábado 2 de mayo Canadá reportó un caso de infección en cerdos en la provincia de Alberta. De acuerdo con las autoridades en la materia y tomando como base el seguimiento epidemiológico, estos animales fueron infectados por un carpintero que había tenido la enfermedad producida por el virus epidémico a h1n1. En este caso se reportaron 450 animales afectados (lechones destetados), lo que representaba una morbilidad de 25% de los animales de la granja, ninguno de los cuales murió víctima del virus. Como medida preventiva, la granja fue puesta en cuarentena. Los detalles de este brote (que pueden ser consultados en el portal de la Organización Mundial de Salud Animal: www.oie.int) refieren que los signos clínicos iniciaron el 21 de abril y fueron confirmados como ocasionados por el virus de la influenza a h1n1 el 1 de mayo. Con el paso del tiempo, cada vez más países se verían afectados por este virus, lo que llevó a que el 10 de junio de 2009 la Organización Mundial de Salud declarara la primera pandemia del siglo XXI. Actualmente existe una aparente calma respecto de la diseminación del virus de influenza ah1n1 y las autoridades epidemiológicas de la oms han señalado que ya entramos en la etapa postpandémica. En este breve recuento cronológico no es posible tocar todos los puntos relevantes en que hubo falta de información, deficiencias en la comunicación o en el flujo de la información y, finalmente, carencias en el análisis y en la toma de decisiones basadas en esta información. En la tabla 2 se ejemplifican algunas decisiones tomadas a nivel individual y por las autoridades a distintos niveles, así como la información que las motivó.
Sin embargo, en la tabla no se refleja la información que sirve de contexto a tales decisiones, y ese contexto les da calidades distintas. También se omiten los procesos que llevan a integrar y pesar la información. Por ejemplo, el proceso mental que llevó a una parte importante de la población a tomar la decisión de no comer carne de puerco ante la posibilidad de contagio (tabla 1) probablemente se origina en el desconocimiento de: i) las formas de transmisión del virus; ii) los tejidos donde reside en sus hospederos; y iii) el efecto que tiene la cocción sobre los microorganismos patógenos presentes en los alimentos. Las consecuencias económicas de dicha disminución fueron graves y posteriormente se demostró con todo rigor que no había riesgo de contagio por esta vía. Sin embargo, desde antes se tenía elementos para pensar que era seguro el consumo de cerdo y pollo. Con todo, estos elementos no fueron definitorios en el comportamiento de un sector importante de la sociedad, a veces por desconocimiento y otras por cautela extrema. Lo anterior ilustra la enorme importancia de las emociones en la toma de decisiones, y éste es un punto sutil en cuestiones de salud pública.
Salud pública e internet En el contexto de la crisis sanitaria, diversos grupos de investigadores, entre ellos algunos de la Universidad Nacional Autónoma de México (unam), se dieron a la tarea de estudiar el brote de influenza desde sus áreas de especialidad. En esta última se integró también un comité que brindaba información al público en general y contribuía a la tomar de decisiones en torno del manejo de la epidemia en la universidad. Las investigaciones abarcaron muchas escalas y dimensiones del problema. En lo micro, los estudios moleculares buscaron rastrear el origen del nuevo virus y evaluar su sensibilidad a los antivirales disponibles en el mercado. A escala poblacional, epidemiólogos clínicos y teóricos se dieron a la tarea de buscar e implementar las medidas de control más eficientes. Por su parte, grupos de científicos sociales analizaron el efecto del brote en lo social, económico y político. En estas investigaciones, como en otras en torno del brote, un problema común fue la falta de información, de manera que un aspecto común a todos los enfoques fue la búsqueda de métodos que permitieran obtener la información faltante. En el caso de la información epidemiológica se recurrió a la red. El 7 de mayo de 2009 se hizo pública una página en la que se invitaba a las personas residentes en México a dar cuenta de si habían o no tenido uno o varios síntomas indicativos de infecciones respiratorias. Llamada “Reporta” (http://reporta.c3.org.mx/), la página se dio a conocer por vía de correos electrónicos y, pese a lo limitado de sus medios de difusión, en dos semanas contaba con cerca de 4 000 participantes. La participación en el portal se lleva a cabo por medio de dos breves cuestionarios: en uno se pide información sociodemográfica, y en otro el participante reporta si ha tenido alguno o varios de una serie de síntomas indicativos de enfermedad respiratoria y, cuando los ha presentado, informa si ha recibido atención médica y diagnóstico. La información proporcionada es completamente anónima, pero incluye el código postal de residencia, con lo que puede conocerse la distribución geográfica de casos sospechosos de influenza. Otros datos recabados en Reporta son mes y año de nacimiento, número de personas con quienes se comparte casa, medio habitual de transporte, hábitos de atención médica y preexistencia de enfermedades crónicas (como asma y diabetes). Con ellos puede construirse un mapa de riesgo que indique cuáles factores contribuyen a la aparición de cuadros de influenza en la población residente en México. El monitoreo en la red de enfermedades tipo influenza por medio de la participación voluntaria tiene antecedentes en proyectos emprendidos en los Países Bajos, a partir de 2003, y Portugal (desde 2005), que hoy se agrupan bajo la red “Influenzanet”. La información obtenida en Holanda, Bélgica y Portugal ha mostrado que el número de participantes con síntomas sospechosos de influenza recabado por medio de la red coincide cualitativamente con el número de casos que se notifica por la vía de la vigilancia epidemiológica clínica. Así, son similares en los momentos de inicio, su punto máximo y el descenso de los brotes epidémicos de temporadas de influenza pasadas. Más aún, dado que la información está disponible a todo público y se actualiza en tiempo real, se convierte en un retrato del entorno que la gente puede ver para conocer lo que está pasando y decidir las medidas que toma para minimizar el riesgo de enfermarse. Es cierto que este sistema no está exento de debilidades. El perfil de los participantes tiene un sesgo, puesto que el sistema se basa en el acceso a la red, el cual no está disponible o no es familiar a toda la población, lo cual puede explicar en parte el sesgo en la distribución geográfica de los participantes. Mientras que 20% de la población reside en el Distrito Federal o el Estado de México, 65% de los participantes se ubican en tales entidades. Además, dentro de los sectores que sí utilizan la red el grado de participación es desigual y se ha notado que el perfil de edades es muy distinto al de la población general. Ahora bien, al conocer mejor los rasgos sociodemográficos de los participantes tenemos un perfil de las personas más inclinadas a participar activamente en el cuidado de su salud. Los resultados preliminares indican que quienes menos participan en la colecta e intercambio de información en salud son precisamente quienes más apoyo necesitan —la población marginada, con bajo nivel educativo y escasos recursos. No obstante, una ventaja de este tipo de metodología es que posibilita el acceso a un gran número de personas a muy bajo costo.
Minería de datos e influenza Ya se enfatizó antes que la salud de la población depende tanto de las autoridades como de los individuos y se mencionó que la efectividad de las decisiones que se toman depende a su vez de la calidad de la información disponible. Así, en una crisis de salud pública como la de la influenza a h1n1 en 2009, cuando acontecimientos importantes suceden a una velocidad muy acelerada que obliga a tomar rápidamente decisiones estratégicas importantes y de alto impacto, es esencial contar con los mejores sistemas de colecta y análisis de información disponibles a fin de conocer con detalle qué está pasando para reaccionar óptimamente. Desafortunadamente, esto es sumamente difícil debido a la diversidad de factores que intervienen y la complejidad con que se interrelacionan. La variedad de factores que influyen en la dinámica de una epidemia son numerosos. Estos abarcan muchas escalas: desde lo microscópico, como es el sistema inmune de una persona infectada, hasta lo macroscópico, que se ejemplifica con el sistema de transporte en que se mueven las personas infectadas y aquellas susceptibles de contagiarse. Así sucede que una gran diversidad de datos, fisiológicos, inmunológicos, farmacéuticos y clínicos, pero también psicológicos, sociales, económicos, demográficos y políticos pueden ser relevantes para el entendimiento y la elaboración de modelos de una enfermedad y sus consecuencias. El espectro amplio y complejo de factores que intervienen impone grandes retos a la comprensión y el tratamiento de estos problemas. En primer lugar, no existe una única disciplina que los integre todos. Esto significa que la mejor manera de abordar el estudio y planear el control epidémico de la influenza, y por supuesto de cualquier otra enfermedad, es por medio de un trabajo interdisciplinario en equipo. Sin embargo, dicha colaboración implica muchos aspectos con cierto grado de dificultad, desde la integración del equipo hasta el establecimiento de un lenguaje común. En términos de los datos, hay también obstáculos importantes, dado que desafortunadamente no existe una base de datos que guarde toda la información relevante a un problema. Antes bien, ésta se encuentra fragmentada y parcelizada en múltiples fuentes, frecuentemente de distintas organizaciones, cada una de las cuales tiene poco deseo y carece de motivación para compartirlos con otras. La identificación y subsecuente integración de estos datos es un problema tanto políticoorganizacional como sociocultural y técnico, y no se solucionará rápidamente, especialmente en el aspecto políticoorganizacional, a pesar de que el aprovechamiento de la información existente es un problema de la más alta importancia. Ahora bien, es claro que la obtención e integración de las bases de datos que contienen información de los distintos factores relevantes al entendimiento y manejo de una epidemia es nada más el primer paso. Después de esto hay que analizar la información y derivar de ella conocimientos útiles, lo cual puede hacerse por medio de la minería de datos, es decir, haciendo un análisis sistemático de la información que permita detectar patrones, correlaciones y otras regularidades. Dicha herramienta es particularmente valiosa cuando hay muchas variables involucradas y se manejan bases de datos muy grandes. Naturalmente, nos interesa utilizar la información que obtuvimos con la minería de datos para orientar y respaldar la toma de decisiones. Por ejemplo, si una persona está en alto riesgo de enfermarse, ¿qué puede hacer para disminuirlo? De forma análoga, ¿qué medidas puede tomar la autoridad para proteger a sectores de la población en alto riesgo? Por ello, es claro que la información que proporciona la minería de datos puede ser de interés para diferentes actores. En el caso de Reporta, el análisis de la información recabada en el portal es de potencial utilidad tanto para las autoridades como para los individuos: la distribución espaciotemporal de casos permite parametrizar modelos con los cuales se prediga la dinámica de una epidemia ante distintas medidas de control. Todo ello contribuye a que la autoridad elija una estrategia adecuada a las necesidades de la población. Al mismo tiempo, y gracias a que se captura información económica y sociodemográfica, así como sobre los antecedentes y hábitos de salud de los participantes, es posible analizar casos a nivel individual y ver cuáles son los factores de riesgo para un individuo, lo que también permite recomendar un tratamiento o intervención, proporcionando así una retroalimentación personalizada a los usuarios de los sistemas de participación ciudadana, basada en sus propios datos, la cual les ayude a mejorar su salud.
Conclusiones La salud de la población depende en gran parte de las decisiones que tomamos cada uno de nosotros y no simplemente de las políticas que implementan las autoridades. Por otro lado, la posibilidad de tomar una decisión buena depende de la calidad de la información con que se cuente. La pandemia de influenza a h1n1 en 2009 mostró claramente algunas de las fallas que existen, tanto a nivel gubernamental como individual, y evidenció la ausencia de canales de comunicación entre los distintos actores. Una manera de mejorar esta situación es utilizar sistemas de participación ciudadana, como Reporta. Al constituirse como una fuente complementaria de información que se actualiza en tiempo real, Reporta puede contribuir a detectar comportamientos epidemiológicos anómalos de forma temprana. Al ser recogidos los datos en formato digital directamente se hace más fácil y eficiente su procesamiento y análisis. Además, al estar vinculada la información sociodemográfica y los hábitos de salud con el estado de salud de los participantes, podemos entender más a fondo los factores de riesgo asociados a una enfermedad, la manera en que se propaga, etcétera. Por último, la participación directa de la ciudadanía en este tipo de proyectos puede contribuir a informarla y hacerla copartícipe. Con ello mejora su capacidad para tomar decisiones que la beneficien y se tornan socialmente responsables, lo que en última instancia altera de forma positiva el balance de fuerzas y responsabilidades entre las autoridades y la población en cuestiones de salud pública. |
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Referencias bibliográficas
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Natalia Mantilla Beniers
Facultad de Ciencias, Universidad Nacional Autónoma de México.
Estudió Matemáticas en la unam y el doctorado en Cambridge, Inglaterra; se dedica a la ecología de infecciones. Es profesora de tiempo completo del departamento de Matemáticas de la Facultad de Ciencias de la UNAM y miembro del Centro de Ciencias de la Complejidad. Coordina desde 2009, cuando se inició, el proyecto Reporta para monitoreo de enfermedades respiratorias.
Magdalena Escorcia Martínez
Facultad de Medicina Veterinaria y Zootecnia,
Universidad Nacional Autónoma de México.
Estudió Medicina Veterinaria y Zootecnia en la fes-Cuautitlan, unam, así como una especialidad en Producción Animal de Aves en la FMVZ-UNAM y la Maestría en Ciencias en la unam. Actualmente es académica de tiempo completo en la FMVZ y responsable del Control de Calidad de Biológicos para aves en la misma.
Christopher Stephens
Instituto de Ciencias Nucleares,
Universidad Nacional Autónoma de México.
Es Investigador Titular c en el Instituto de Ciencias Nucleares de la UNAM y nivel III en el SNI. Hizo su licenciatura en The Queen’s College Oxford y su doctorado en física teórica en la Universidad de Maryland, eu. Cuenta con más de 100 publicaciones y 1 200 citas. Trabaja en sistemas complejos y minería de datos.
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como citar este artículo →
Mantilla Beniers, Natalia, Magdalena Escorcia Martínez y Christopher Stephens. (2013). Información, toma de decisiones y salud, lecciones de la pandemia de influenza A-H1N1. Ciencias 107-108, julio 2012-febrero 2013, 90-99. [En línea] |
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Miguel E. Castillo Rodríguez
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Si se observa la porción la superficie terrestre desde el espacio en una imagen de satélite, puede observarse dos tipos de megaformas: los sistemas montañosos y las planicies. Si se mira con más detalle, puede detectarse que tanto las montañas como las planicies presentan depresiones que se organizan en una serie de ramificaciones: son ríos que drenan a una cuenca y conforman un sistema fluvial. Debido a la amplia presencia que tienen los ríos en la superficie emergida, son uno de los principales modificadores del relieve terrestre, ya que afectan a los materiales geológicos de las cadenas montañosas, que son levantados por la tectónica y también depositan materiales que resultan de la erosión de los sistemas montañosos y dan lugar a la formación de grandes planicies y deltas. Si bien forman parte de un solo sistema fluvial, los ríos presentan cambios en sus propiedades desde su punto de origen hasta su desembocadura. Por ejemplo, los ríos que discurren por montañas, cortan el sustrato geológico, tienen pendientes abruptas en su lecho y acarrean grandes bloques de roca, mientras los que transitan por las planicies, generalmente lo hacen sobre los materiales depositados por el propio río, en donde predominan sedimentos que van de medios a finos, como son las gravas, las arcillas y los limos. Los ríos han sido estudiados desde la Antigüedad como elementos del relieve, cuando, entre los siglos v y i a.C., los filósofos griegos Aristóteles, Herodoto y Estrabón se interesaron por el origen y curso de los ríos, así como por la formación de los deltas. Las teorías contemporáneas se pueden rastrear desde el siglo xviii, durante la Ilustración escocesa, cuando John Plairfair enunció una ley en la cual establece que los ríos tributarios entroncan con el cauce principal a una misma altura, lo cual presupone que la erosión de los tributarios en su punto de entronque con el canal principal ocurre aproximadamente a una misma intensidad. A partir del siglo xix, el estudio de los ríos que fluyen por el relieve montañoso comenzó a captar la atención de los científicos. El geógrafo estadounidense William Morris Davis en su obra El ciclo geográfico, publicada en 1899, consideró que el relieve evoluciona y pasa por tres etapas: la primera se caracteriza por la juventud del sistema fluvial, etapa que supone un levantamiento tectónico del relieve que genera un sistema montañoso, en donde los ríos son de corto recorrido e inciden directamente en el sustrato; los valles en este tipo de ríos presentan laderas muy escarpadas. La segunda etapa se caracteriza por la madurez del sistema fluvial, cuando las laderas de los valles se suavizan y se reduce la altura del sistema montañoso, y los ríos tienen tributarios mucho más largos que en la fase inicial. La última etapa corresponde a la senectud, cuando los ríos forman un sistema fluvial bien desarrollado, es decir, que el río tienen un canal ancho que presenta numerosos meandros donde drenan tributarios largos que discurren por una topografía casi plana; en este estadio el sistema montañoso está erosionado en su totalidad. Si bien en la actualidad el modelo de Davis está descartado, pone de manifiesto el indiscutible papel que tienen los ríos en cuanto al modelado de las montañas. El geólogo Grove Karl Gilbert, también estadounidense y contemporáneo de Davis, es el principal referente en el estudio de los ríos de montaña. En su trabajo titulado Reporte de la geología de las Montañas Henry, él explica cómo la pendiente del lecho en los ríos está relacionada con el transporte de materiales y con las tasas de erosión, y menciona la importancia que tiene el sedimento acarreado por un río en los procesos de erosión o de protección del lecho fluvial. Esto es, si el material acarreado es transportado a gran velocidad en el lecho, se incrementa la erosión y se presenta el pulido de la superficie rocosa del lecho, pero cuando la cantidad de sedimento supera la capacidad que tiene el río para transportarlo, éste será depositado y cubrirá el lecho, entonces el sedimento inhibe o reduce totalmente la erosión. Después de Gilbert, el estudio de los ríos de montaña no fue abordado sino hasta pasada la segunda mitad del siglo xx, cuando el geomorfólogo John T. Hack, inspirado en las investigaciones del primero, retomó el estudio de los ríos de montaña en Virginia. Él propuso que los ríos no evolucionan en las etapas propuestas por Davis, ya que consideró que el levantamiento tectónico no es un evento puntual en el tiempo, sino que es continuo y, por lo tanto, si un sistema fluvial erosiona un cordal montañoso que se levanta de forma contínua, la erosión fluvial contrarresta al efecto del levantamiento tectónico; a partir de esto propuso que la erosión de los ríos es independiente del tiempo, condición que denominó “equilibrio dinámico”. Actualmente, los científicos consideran que existen dos escenarios en la manera como los ríos erosionan el sistema montañoso. El primero corresponde a zonas de tectónica activa, en las cuales el equilibrio dinámico es plausible. En el segundo se encuentran las zonas de tectónica pasiva, donde están los sistemas montañosos antiguos y los ríos parecen tener un comportamiento parecido al propuesto por Davis. El interés por los ríos de montaña se incrementó a partir de finales del siglo xx, ya que se ha hecho patente la importancia que tienen éstos con respecto de los cambios en la tectónica y el clima. Los ríos son elementos sensibles del paisaje, que cambian de forma rápida sus tasas de incisión y formas del lecho ante un incremento en la velocidad del levantamiento o ante cambios en las condiciones climáticas. ¿Qué son y dónde se encuentran? A pesar de que hoy día existen numerosos estudios que se centran en ríos de montaña, no existe hasta el momento una definición consensuada de éstos. Como puntos de acuerdo se considera que son aquellos que discurren por el relieve montañoso donde existen fuertes pendientes en el lecho del río, condición que favorece un encajamiento de los ríos en los materiales geológicos. Otra característica está dada por la frecuente exposición del lecho rocoso; las condiciones físicas que prevalecen en los ríos de montaña se asocian a su vez con dos tipos de procesos: el desprendimiento y la abrasión. El primero es la ruptura de un bloque de roca en la superficie del lecho debido a la presión ejercida por el sedimento que se acumula en las fracturas; por lo tanto, aquellos sitios en los cuales existen numerosas fracturas son superficies donde hay mayor erosión. El segundo proceso se debe al impacto de clastos y el arrastre de sedimentos sobre la superficie del lecho. Al impactar la roca, el sedimento la fragmenta, los granos así producidos, junto con la carga de sedimento que lleva el río, generan una abrasión en el lecho, lo cual da lugar a la formación de acanaladuras y hoyas, una acción erosiva que a largo plazo causa la exhumación de los materiales geológicos, es decir, que la raíz de las montañas quede expuesta. La distribución de los ríos de montaña está confinada a la parte media y alta de las zonas montañosas. Y si bien los ríos de montaña tienen mayor extensión y presencia en zonas de orogenias modernas como son las cadenas montañosas de los Andes, los Himalaya y las Montañas Rocallosas, entre otras, también pueden presentarse en montañas antiguas como los Apalaches y el sistema montañoso oriental Australiano. Mensajeros de los cambios globales La tectónica y el clima son los principales generadores de cambio en el relieve terrestre. Por un lado, la actividad tectónica genera el levantamiento de grandes cadenas montañosas que, en función de su localización, pueden asociarse con la formación de arcos volcánicos, como ocurre en la región del cinturón de fuego del Pacífico, o levantar sedimentos continentales de más de 8 000 metros sobre el nivel del mar, como es el caso de los Himalaya. El clima, por otro lado, puede originar glaciaciones; la presencia de glaciares en relieves montañosos modifica de forma drástica la topografía, favorece la erosión, produce gran cantidad de sedimento y reduce, en algunos casos, la altitud de las montañas. Además, las glaciaciones generan el descenso brusco del nivel del mar debido al congelamiento de grandes masas de agua oceánica. El ejemplo más reciente ocurrió en el periodo conocido como el “último máximo glacial”, ocurrido hace 26 000 años, cuando el nivel del mar se encontraba aproximadamente a 120 metros por debajo del nivel actual. Pero, ¿cuál es el papel que desempeñan los ríos de montaña en todos estos cambios mencionados y por qué es tan importante su estudio para conocer el efecto de la tectónica y el clima en el relieve terrestre? En el caso de las orogenias modernas y en sitios donde existe un rápido levantamiento de la corteza, los ríos de montaña registran los levantamientos y forman escarpes en el lecho, conocidos como knickpoints. Un ejemplo es el de los ríos que cortan las “Tierras Altas” escocesas, en donde después del último máximo glacial, las masas heladas que cubrían más de la mitad de lo que hoy es el Reino Unido, se deshicieron y ocasionaron un rebote “glacioisostático”, es decir, que la corteza, al estar “hundida” por el peso de hielo y fundirse por el incremento en las temperaturas, ocasionó un retorno de la corteza a su posición previa a la ocupación de las masas de hielo. En Escocia el rebote de la corteza superó el incremento del nivel del mar, por lo que los ríos experimentaron un incremento brusco en la pendiente del lecho en su desembocadura y formaron un knickpoint, el cual incrementó la erosión y provocó que dichas formaciones comenzaran a migrar hacia las cabeceras de los ríos. El incremento en la erosión dejó testigos, como la formación de terrazas, esto es, antiguas superficies del lecho fluvial que quedaron abandonadas debido a un mayor encajamiento por parte del río. Cuando existen cambios en las condiciones climáticas, los ríos de montaña, independientemente de si están en una zona de tectónica activa o pasiva, experimentan cambios en sus tasas de transporte de sedimentos y en la deposición de los materiales que acarrean. Si el clima tiende a ser más lluvioso, la descarga de un río será mayor y los sedimentos transportados se incrementarán, por lo tanto, la erosión aumentará —la datación de los sedimentos es de utilidad entonces para detectar cambios ocurridos por factores climáticos. En el caso de un cambio climático extremo, como las glaciaciones, la forma de los ríos se modifica totalmente; el perfil longitudinal de un río, por el cual fluyó un glaciar, presenta entonces una topografía cóncava en la cabecera que corresponde a la zonda donde hubo una mayor acumulación de hielo. Conclusiones Queda claro así cómo los ríos de montaña proveen información sobre el efecto de la tectónica y el clima en el relieve terrestre. Por una parte, poseen lechos rocosos, lo contrario de los ríos de planicie que están compuestos por sedimentos. Sobre los lechos rocosos, el efecto de los levantamientos del terreno generados por la acción de la tectónica da lugar a la formación de escarpes que quedarían ocultos o difuminados en los ríos de planicie. Así, la acción del material acarreado por el flujo de agua favorece la erosión en el lecho fluvial mediante el impacto de los rocas sobre las superficie del lecho, arrancando fragmentos del lecho y provocando la erosión de la masa rocosa que conforma el sistema montañoso. El clima influye también en el incremento de la erosión mediante el aporte de lluvia. Cuando ésta aumenta, los ríos tienen más agua y pueden transportar mayor cantidad de sedimentos, lo que en los ríos de montaña supone una mayor erosión del lecho fluvial. En general, se puede apreciar que los ríos de montaña son muy susceptibles a los efectos de la tectónica y el clima. Como la acción de estos dos componentes opera de forma conjunta sobre la superficie terrestre, el estudio de los cambios temporales en cualquiera de ellos es relevante para estudios geológicos. Por todo ello, los ríos de montaña son una ventana abierta para el estudio de los grandes cambios planetarios. |
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Referencias bibliográficas
Davis, W. M. 1899. “The Geographical Cycle”, en The Geographical Journal, vol. 14, pp. 481-504.
Gilbert, G. K. 1880. Geology of Henry Mountains. Government Printing Office, eua. Hack, J. T. 1960. “Interpretation of erosional topography in humid temperate regions”, en American Journal of Science, vol. 258-A, pp. 80-97. |
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Miguel E. Castillo Rodríguez
Instituto de Geología, Universidad Nacional Autónoma de México. Es doctor en Geomorfología de la Universidad de Glasgow, Reino Unido y una maestría en Geografía Ambiental de la Faculta de Filosofía y Letras y el Instituto de Geografía, UNAM. Sus áreas de estudio son los ríos de lecho rocoso, morfometría y producción de relieve y los procesos geomorfológicos del Cuaternario. |
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como citar este artículo →
Castillo Rodríguez, Miguel E. (2013). Los ríos de montaña: grandes mensajeros de los cambios tectónicos y climáticos. Ciencias 107-108, julio 2012-febrero 2013, 80-85. [En línea]
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Javier Carmona Jiménez, Guillermina Alcaraz Zubielda,
Miriam Guadalupe Bojorge García y Ligia Collado Vides
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Los sistemas acuáticos que conocemos como océanos, lagos, ríos, ente otros, poseen un conjunto de parámetros que los caracteriza y define. Los sistemas fluviales se diferencian de otros sistemas acuáticos por la presencia de corriente de agua unidireccional. Al igual que cualquier tipo de ambiente, los ríos poseen una gran diversidad de organismos y, a su vez, éstos presentan una gran diversidad de formas y funciones. Sin embargo, en ellos es posible encontrar patrones morfológicos y funcionales comunes. Aunque no todos los atributos de los organismos pueden ser explicados como resultado directo de la selección natural, una parte considerable de su diversidad morfológica, de sus procesos funcionales y respuestas conductuales son adaptaciones particulares que les permiten habitar de manera exitosa en dicho ecosistema, las cuales, además, tienen un contexto evolutivo-ecológico, es decir, histórico en su origen y ecológico en su papel actual. Así en el entendimiento global del diseño de un organismo se debe considerar un análisis funcional, histórico y ecológico con la finalidad de responder preguntas tales como: ¿cuál es la relación que existe entre su diseño y la función que desarrollan en el sistema en que habitan? ¿Son los patrones morfológicos, funcionales y conductuales generales consistentes con la presión de selección del sistema? ¿Cómo han llegado los organismos al diseño actual? La diversidad de ambientes en los sistemas fluviales es extremadamente amplia y está caracterizada por procesos geológicos, climáticos, fisicoquímicos y biológicos que actúan en escalas de tiempo y espacio geográfico, regional, local y microambiental. De la misma forma, los procesos físicos, como la velocidad de corriente del agua, actúan en diferentes escalas espaciales y temporales donde cada nivel tiene sus propias características en cuanto a su persistencia en el tiempo, rango de fluctuación y extensión espacial. En el análisis de grandes regiones geográficas, los procesos se relacionan con escalas geológicas que incluyen aspectos geoquímicos, el desarrollo de cauces, procesos de sucesión, paisaje, uso de suelo y cambios de clima mayores relacionados con la historia evolutiva de los sistemas y de la biota. En este caso, los procesos de cambio lento (interanuales o a lo largo de décadas) son los que determinan las condiciones climáticas, fisicoquímicas y biológicas. Es en esta escala en donde se analizan los efectos de los contaminantes, los fenómenos de acidificación y la eutrofización asociados a los cambios climáticos globales. La diversidad ambiental de los sistemas fluviales a nivel geográfico y regional puede explicarse mediante el efecto combinado de factores asociados con la latitud, longitud y altitud. Por ejemplo, en comparación con lagos y lagunas, la extensión de los ríos es inmensamente mayor, dado que éstos pueden fluir por largas extensiones geográficas. Un ejemplo de ello es el río Nilo, que fluye por grandes extensiones incluyendo el alto y bajo Egipto, o el río Volga, que a lo largo de su curso pasa por diversas regiones climáticas de Europa. En escala geográfica vemos que, en general, los ríos tienen su origen en las tierras altas donde la temperatura tiende a ser más baja, las pendientes del terreno más pronunciadas y la velocidad de corriente del agua es, en consecuencia, más rápida. Conforme el río desciende a la planicie, la temperatura se incrementa y la pendiente disminuye reduciéndose la velocidad de flujo. A su vez, la velocidad de la corriente actúa como modelador físico y estructural del perfil topográfico, determinando también el tipo y tamaño de las partículas que forman los sedimentos a nivel local. Por ejemplo, un río con baja velocidad de corriente presenta mayor proporción de partículas finas y sedimento lodoso en comparación con un río en donde ésta es alta. La velocidad del caudal también afecta las características químicas del agua, la abundancia y distribución de nutrimentos y desempeña un papel importante en las interacciones bióticas. Como resultado de la variación latitudinal y altitudinal a lo largo del cauce de un río, se espera encontrar una considerable heterogeneidad ambiental (determinada por cambios físicos y químicos), la cual requiere ser caracterizada por un gradiente multifactorial. En una escala local y microambiental los procesos de índole biótica y abiótica se caracterizan por cambios bruscos en escalas temporales relativamente cortas (minutos y horas) muchos de ellos relacionados con pulsos. En comparación, el incremento en la distancia longitudinal se relaciona con variaciones temporales más predecibles y menos violentas, como son las fluctuaciones diurnas y estacionales. Los microambientes se caracterizan por ser subdivisiones del ambiente relativamente homogéneas, sin embargo, difieren cuantitativamente en los valores de algunas variables ambientales en comparación con aquellos de una escala espacial mayor. En sistemas fluviales los microambientes son originados por muchos factores de origen topográfico, objetos que modifican el flujo de agua, tamaño y composición química del sustrato, profundidad, iluminación, presencia de vegetación, etcétera, así como características bióticas que a su vez son factores generadores de características microambientales. De manera general, la variación de parámetros ambientales y bióticos en microambientes se observa en pequeña escala en los cambios acelerados en el tiempo y bruscos en función del espacio, aunque la permanencia de la biota, resultado de esos cambios continuos en escalas reducidas, tendrá una repercusión en escalas espaciotemporales mayores. Un reto común: la velocidad del agua Es indudable que las fuerzas del flujo de agua unidireccional modelan el hábitat físico de arroyos y ríos al determinar el tamaño de las partículas, la naturaleza del substrato, la morfología del cauce, la distribución e intercambio de nutrimientos y otros recursos por medio del efecto de la fuerza física que actúa en la columna del agua y sobre el sustrato. En el caso de la biota, el flujo de agua impone desafíos y riesgos para la perpetuación espacial y temporal de los organismos en los sistemas fluviales. El desafío más evidente es el evitar ser desprendido o arrastrado por la corriente, mantener una posición espacial en el sistema o desplazarse en contra de esta fuerza. El flujo de agua en los cauces se manifiesta en tres dimensiones, ya que cada partícula del fluido puede desplazarse longitudinalmente, lateralmente o verticalmente. En función del movimiento del conjunto de partículas del fluido, el flujo puede ser laminar o turbulento. El primero se mueve en capas paralelas en la misma dirección y es usual en velocidades altas. El flujo turbulento ocurre en áreas de sustrato irregular y bordes caóticos, donde se altera el flujo laminar ordenado, disminuye la velocidad y se genera un movimiento en distintas direcciones. Este flujo tiene un importante efecto en la mezcla y oxigenación del agua. La naturaleza del flujo también se caracteriza por sus propiedades de viscosidad y por la inercia. Las aguas altamente viscosas promueven el flujo laminar, mientras que el incremento en las fuerzas de inercia incrementan la turbulencia. En un fluido, la relación entre las fuerzas de inercia y las fuerzas viscosas da como resultado el número de Reynolds, que puede ser estimado tanto para objetos (organismos) como para sistemas de corriente. El desafío que representa el flujo de agua se debe a que cualquier objeto que se encuentre dentro de aguas corrientes opone una fuerza de resistencia hidráulica al flujo, la cual está en función de la estructura del organismo, su tamaño y forma, así como del tipo y la velocidad del flujo al que se enfrenta. En el caso del flujo laminar, la velocidad de corriente empuja a los organismos sésiles, los cuales ofrecen una resistencia de acuerdo con sus atributos morfológicos, ya que de éstos depende cómo se manifestará el efecto del movimiento turbulento del agua. En el caso de las plantas, el flujo laminar se relaciona con el patrón de ramificación, la forma de las hojas y tallos, y la turbulencia con el tamaño y grosor de los tallos, con la manera como se enredan las ramas finas. Existen especies con alta tolerancia al flujo, sin embargo, cuando éste es de alta intensidad, el tiempo es importante, ya que determina la presencia de especies con tolerancia limitada al golpeteo y al enredo. En los animales móviles y sésiles el principal riesgo es ser arrastrado por la corriente o invertir demasiada energía, incrementándose el riesgo en ambientes de fluidos turbulentos. En algunos arroyos el flujo turbulento ocurre únicamente en periodos de tormenta, lo cual causa daños temporales en las poblaciones. Además del efecto directo del flujo sobre los organismos, en estos ambientes las corrientes unidireccionales afectan a los organismos de manera indirecta mediante los sedimentos, sea como partículas suspendidas o bien por fenómenos de erosión y sedimentación. La abrasión en los organismos se genera por el paso y golpeteo de partículas, como arena y otras pequeñas que son arrastradas por la corriente. Este efecto de choque de partículas se presenta principalmente en las algas, plantas acuáticas e invertebrados sésiles, dado que los organismos móviles tienden a evitar este tipo de condiciones. El daño causado por la abrasión es menor en las partes suaves de las plantas, en tanto, en las partes rígidas o con irregularidades morfológicas las partículas suspendidas quedarán atrapadas, incrementando la resistencia al flujo y, en consecuencia, la posibilidad de desprendimiento. En contraste con la erosión, la sedimentación consiste en la acumulación de partículas causada por las tormentas, el inicio de la época de estiaje o el acarreo de sedimento exportado de las orillas del río. El efecto directo causado en los organismos sésiles se manifiesta como un incremento en el nivel del sustrato en función del nivel de anclaje del organismo, es decir, en su conjunto, éste se va enterrando, reduciéndose la superficie fotosintéticamente activa en el caso de las plantas o bien cubriendo a los organismos de menor talla. Morfologías y estrategias convergentes Existen dos estrategias para resistir a los efectos de la corriente en un sistema fluvial: escapar de la acción de dicha fuerza física o enfrentarla. A partir de los estudios de laboratorio se concluye que un gran número de organismos que habitan en sistemas lóticos pueden soportar velocidades de flujo mucho mayor al que naturalmente ocurre en el medio, lo que sugiere que estos organismos se encuentran anclados de tal manera que toleran el paso de tormentas temporales. Por otro lado, la permanencia espacial en el sistema no es el único desafío que los organismos tienen que enfrentar en ese ambiente, la energía que las especies invierten en mantener la posición vertical o desplazarse en contra de la corriente puede ser muy elevada. Ante este hecho, muchos organismos tienden a utilizar refugios de corriente que disminuyen el riesgo y los costos de enfrentar tal fuerza, fenómeno que está relacionado con la conducta de selección de hábitat de los animales y los patrones de establecimiento de los organismos vegetales. De manera general, se asume que la interfase del agua y el sedimento provee un refugio importante a los organismos para escapar o disminuir la fuerza del flujo de agua. Esta interfase microscópica es utilizada por bacterias, diatomeas, cianobacterias, rodofíceas y clorofíceas, unicelulares y costrosas de pocos micrómetros de espesor. Sin embargo, la amplitud de esta capa es demasiado angosta para ser utilizada como refugio de flujo por pequeños invertebrados bentónicos. Asimismo, la velocidad del agua disminuye significativamente en algunas áreas particulares de los ríos, como debajo de las rocas, en hendiduras y entre la vegetación sumergida, así como en capas superficiales del sedimento y la cama de los ríos. En particular, la mayor densidad de organismos bentónicos microcrustáceos, oligoquetos y quironómidos se presenta entre 5 y 15 centímetros de profundidad de la cama de sedimento, y éstos migran verticalmente hacia las capas superficiales en donde se realiza una importante actividad alimentaria. Otro refugio de flujo importante está relacionado con la heterogeneidad espacial del flujo (lateral o longitudinal). La presencia de zonas muertas y obstrucciones donde la velocidad de la corriente es baja constituye refugios importantes, principalmente para peces e invertebrados, así como microambientes críticos para la reproducción y mantenimiento de las poblaciones. Por su parte, los organismos que no evaden el flujo presentan atributos morfológicos que les permite enfrentar la velocidad de la corriente, caracteres morfológicos, biomecánicos, que con frecuencia son considerados como adaptaciones generales para la vida en sistemas fluviales. Entre las principales características que convergen en diferentes grupos y que se señalan como adaptaciones que permiten soportar la fuerza del agua se destaca el perfil vertical reducido, el tamaño, la forma hidrodinámica del cuerpo y la presencia de estructuras de anclaje y de contrapeso. Estas características morfológicas pueden abordarse desde dos perspectivas fundamentales: las estructuras de anclaje que ayudan al organismo a fijarse al sustrato y le evitan ser desprendido, y la forma del cuerpo que ayuda a disminuir la fuerza de arrastre del agua. Estructuras de anclaje La fuerza de anclaje se refiere a aquella que mantiene el organismo unido al sustrato. Si la fuerza de arrastre ejercida por el agua es mayor a la de anclaje, el organismo será desprendido y arrastrado por la corriente. Esta última depende de las dimensiones, la cantidad, la profundidad y la extensión lateral que alcancen las prolongaciones que lo fijan al sustrato, así como del tipo de sedimento en que se encuentren inmersas. En el caso de las plantas, las prolongaciones de anclaje largas y profundas son características de los ambientes de bajo flujo, mientras que en aguas rápidas se encuentran plantas con raíces fuertes, cortas y curvas, que les permite sujetarse a las rocas de gran talla, características de sistemas con alta velocidad de corriente. La mayoría de las plantas de sistemas fluviales se encuentran fuertemente ancladas al sustrato, de tal manera que la fuerza de anclaje excede a la fuerza de arrastre de la corriente. De manera complementaria, sus estructuras de anclaje (estolones) son tejidos de reproducción vegetativa a partir de los cuales se da la regeneración del organismo. Una gran cantidad de animales presenta también estructuras de anclaje al sustrato, las cuales están constituidas, en su mayoría, por sedas, secreciones pegajosas, ganchos y sistemas de succión que les permite mantener una posición vertical sin ser arrastrados por la corriente. En el caso de algunas larvas de insectos, éstas presentan sistemas de succión ventrales y ganchos que les permite sujetarse fuertemente al fondo e incluso desplazarse en sentido opuesto al flujo de agua de alta velocidad. En algunas especies de mosca, éstas resisten las corrientes de alta velocidad, hilando una maraña de seda sobre la superficie de una roca, a la cual se sujetan con apéndices especializados provistos de ganchos. Este tipo de seda también es usado por algunos dípteros para sujetar sus pupas a piedras mientras mudan y se desarrollan. Otro ejemplo particular es el sistema especializado para sujetarse que presenta el mejillón cebra, cuyos filamentos de fijación le permite vivir en corrientes donde hay un sustrato duro. La presencia de estructuras de fijación como resistencia a la corriente del agua no es exclusiva de plantas y animales de talla reducida; algunos anfibios presentan estructuras de succión que les permite mantener una posición espacial en los sistemas o bien facilitan su desplazamiento voluntario en corrientes rápidas. En particular, algunos renacuajos de Asia, como Rana hasinesis, presentan un sistema de succión formado por las papilas del labio frontal, el cual les permite sujetarse fuertemente al sustrato y deslizarse de manera similar a como lo hacen las sanguijuelas sobre las piedras. Un sistema parecido está también presente en la lamprea y, aunque se considera que su sistema de succión es una adaptación al ectoparasitismo, dicha estructura es frecuentemente empleada para trepar cascadas por paredes de roca fina durante las migraciones corriente arriba. La forma del cuerpo En términos evolutivos, muchos factores físicos pueden influir en la forma del cuerpo de los organismos. Considerando el papel tan importante que desempeña la corriente de agua en los habitantes de sistemas lóticos, no es sorprendente encontrar que muchos aspectos de la morfología de los organismos se encuentren ligados a este factor. Se considera en general que las características convergentes de la forma del cuerpo en habitantes de sistemas fluviales están relacionados con cualidades estructurales que permiten disminuir la fuerza de arrastre del agua o bien el gasto energético asociado a la locomoción y la permanencia en el agua. Entre estas características se destaca el perfil vertical reducido y la presencia de estructuras de contrapeso. La talla y la forma del cuerpo dorsiventralmente aplanada constituyen variantes del perfil vertical reducido, lo cual disminuye la fuerza de levantamiento causada por el agua, facilitando a los organismos el permanecer fijos al sustrato. Asimismo, el perfil vertical reducido podría favorecer el camuflaje y evitar la depredación. Varios grupos de insectos acuáticos son de talla pequeña y cuerpo aplanado, mientras los de talla grande, como algunos peces —los bagres y los góbidos que habitan el fondo— presentan características singulares, como los ojos situados en el dorso, opérculo y aletas laterales, vejiga natatoria reducida y órganos de fijación entre otras. En los de talla pequeña el perfil vertical reducido es también adquirido de manera pasiva como resultado de la flexibilidad de los organismos y las fuerzas de empuje del agua que doblan o inclinan el cuerpo en dirección de la corriente; es el caso de algas y plantas alargadas, de estructuras delgadas y flexibles en forma de láminas, como las del genero Prasiola, y de la vegetación vascular acuática del genero Ranunculus, que crece en arroyos de montaña donde la velocidad del agua tiende a ser elevada. La inclinación pasiva de la postura del cuerpo por efecto de la corriente se observa también en animales, como las larvas de moscas, algunas de las cuales modifican adicionalmente la posición de sus estructuras alimentarias para incrementar la captación de alimento y disminuir la fuerza de arrastre de la corriente. Otro carácter importante que habilita a los organismos a enfrentar la corriente de agua es el lastre o peso extra. Este atributo se presenta en algunas larvas de insectos, como los fríganos, en donde actúa también como un factor que favorece de manera paralela el camuflaje y la protección directa contra depredadores. En los peces, la gran variabilidad en la forma del cuerpo y las aletas está relacionada con los diferentes ambientes lóticos en que habitan, así como con sus patrones y estrategias de desplazamiento. Su plano morfológico-funcional se relaciona con los mecanismos de propulsión usados durante la locomoción, donde las características del nado se relacionan con el área transversal, el tipo de aletas, la posición relativa de las mismas y la superficie corporal. De acuerdo con este esquema, los peces pueden ser generalistas o especialistas de nado de alta aceleración y velocidad o en la ejecución de maniobras. En los sistemas fluviales la distribución de organismos altamente especializados en las diferentes modalidades de nado se relaciona directamente con la velocidad de la corriente. En general, se puede señalar que los peces de nado rápido y los que requieren mantener una posición espacial en corrientes rápidas tienden a presentar formas hidrodinámicas y corte transversal redondo, como los salmónidos y las truchas. Plasticidad fenotípica Dado que el crecimiento en las plantas es un proceso continuo y en estrecha relación con los efectos del medio, se puede observar una alta plasticidad morfológica asociada al flujo de corriente. Es importante señalar que la forma hidrodinámica, la talla reducida y la disminución del perfil de exposición al flujo de agua no son características indispensables para habitar en corrientes rápidas. Muchas especies de plantas de tipo arbustivo pueden habitar en sitios de corriente rápida como resultado de una gran resistencia de sus tejidos vegetativos, la presencia de estructuras de anclaje altamente eficientes, así como una alta flexibilidad que evita fracturas en el tejido vegetativo. Algunas especies de tipo arbustivo están muy ramificadas, como es el caso de los pastos del género Ranunculus. La expresión fenotípica de estos organismos se modifica en función del ambiente en que habitan; así individuos con menor grado de ramificación habitan en ambientes donde la velocidad de la corriente es alta debido a que la resistencia al flujo tiende a disminuir con el grado de ramificación. Las plantas arbustivas de ambientes de flujo lento tienden a presentar estructuras gruesas que ofrecen mayor resistencia que las delgadas y flexibles alineadas al flujo, lo cual resulta de su mayor superficie expuesta a la línea de corriente. La plasticidad de crecimiento se observa también en organismos que modifican su forma de crecimiento y su morfología en función de la posición vertical relativa de sus estructuras en la columna del agua, es el caso de Apium nodiflorum y Berula erecta, cuyas plantas se desarrollan fuera del agua, crecen de manera arbustiva y alcanzan mayor talla que las que se desarrollan en inmersión. En organismos sumergidos existen diferencias en las estructuras que dependen de su posición relativa en el sustrato; los tallos ubicados cerca del fondo tienden a ser relativamente cortos, mientras que los más largos se encuentran en las partes expuestas a la columna del agua. Consideraciones ecológicas A partir de lo anterior, se desprende que la distribución de las especies en los sistemas fluviales está limitada actual e históricamente a ciertas áreas. Cuando los márgenes de distribución están relacionados con barreras físicas evidentes que evitan que las especies se distribuyan más allá de ciertos rangos, su presencia allí puede ser fácilmente explicada; por ejemplo, en sistemas fluviales las grandes caídas de agua (cascadas) restringen la presencia de plantas y peces que se dispersan a partir de sitios bajos. Sin embargo, cuando los márgenes de distribución están establecidos por características topográficas evidentes pero están delimitados por un continuo de variación ambiental, la explicación se hace más complicada; es el caso de la distribución de los organismos en función de la corriente de agua en los sistemas fluviales, la cual se comporta como una variable física en la cual no es posible observar bordes interrumpidos, sino un gradiente continuo de diferente intensidad. El flujo continuo de agua hace de los ríos un sistema único. En función del establecimiento de patrones generales, la velocidad de corriente es una presión de selección que debe ser considerada como inherente a este tipo de sistemas. La velocidad del agua actúa como un factor limitante en la distribución de los organismos, ejerciendo efectos directos en ella como resultado directo de la velocidad o del tipo de flujo (laminar o turbulento), por medio de cambios indirectos en factores bióticos relacionados con interacciones biológicas como la competencia, la depredación y la distribución de alimento, entre otras, o bien por la interacción de ambos factores. Es aquí donde el estudio de los patrones ecofisiológicos toma importancia al identificar los caracteres que delimitan la tolerancia de los organismos a este factor y explican su distribución actual en el ambiente, es decir, que establecen la relación existente entre su diseño y la función que desarrollan en el sistema que habitan. Sin embargo, es importante recordar que son muchas las dimensiones espaciotemporales que deben ser consideradas en el estudio de las convergencias adaptativas para la vida en estos sistemas. Así, aun cuando los estudios ecológicos interpretan la distribución actual de los organismos en función de los caracteres que determinan la tolerancia, dicho enfoque no explica por qué tales caracteres delimitan la distribución. Desde una perspectiva histórica y evolutiva, la información ecológica provee sólo una explicación parcial del rango de distribución de las especies, sin contestar las preguntas centrales: ¿cómo han llegado los organismos al diseño actual? ¿Son los patrones generales observados consistentes con la presión de selección del sistema? ¿Por qué bajo estas condiciones de un continuo de variación ambiental los organismos no continúan evolucionando, extendiendo sus límites de distribución? El estudio de las adaptaciones es esencialmente un fenómeno que sólo puede ser estimado mediante la comparación de especies o caracteres de diferentes especies. Algunas aproximaciones se basan en la comparación de diferencias fenotípicas que podrían ser interpretadas como adaptaciones a diferentes regímenes selectivos. La evidencia que apoya el papel de la corriente sobre la biota se fundamenta en el hecho de que algunas especies habitan en aguas rápidas y otras en lentas, así como en convergencias morfológicas y funcionales asociadas a ese factor ambiental. Sin embargo, es importante destacar que la aproximación rigurosa al estudio de las adaptaciones se basa en la realización de comparaciones filogenéticas relacionadas con la historia evolutiva del grupo, un método filogenético que permite probar estadísticamente correlaciones en el cambio de dos o más caracteres y establecer secuencias de cambio que han ocurrido durante la evolución. La asociación entre caracteres homólogos y factores ambientales fundamenta inferencias acerca de las adaptaciones. Para concluir, es importante destacar que en este trabajo no se pretende ahondar en el estudio de las adaptaciones, sino abordar convergencias que podrían ser el resultado de procesos ecológico-evolutivos y estar relacionadas con la expresión de selección de este ambiente particular. |
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Referencias bibliográficas
Allan, J.D. & Castillo, M.M. 2005. Stream Ecology: Structure and function of running waters. 2a. ed. Springer. USA.
Elosegui, A. & S. Sabater. 2009. Conceptos y técnicas en ecología fluvial. Fundación bbva. Bilbao, España. Stevenson, R. J., M. L. Bothwell & R. L. Lowe (eds). 1996. Algal Ecology, Freshwater Benthic Ecosystems. Academic Press, San Diego, California. |
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Javier Carmona Jiménez,
Facultad de Ciencias, Universidad Nacional Autónoma de México.
Es profesor de Carrera Titular en la Facultad de Ciencias, egresado y Doctorado en la misma institución. Su investigación pretende caracterizar la ecología y fisiología de algas en sistemas fluviales de nuestro país y su empleo como indicadores de la calidad ambiental.
Guillermina Alcaraz Zubielda
Facultad de Ciencias,
Universidad Nacional Autónoma de México.
Es profesora de Carrera Titular en la Facultad de Ciencias, egresada y Doctorada en la misma institución y estudia la ecología y conducta de vertebrados en ecosistemas acuáticos.
Miriam Guadalupe Bojorge García
Facultad de Ciencias,
Universidad Nacional Autónoma de México.
Es Técnico Académico en la Facultad de Ciencias, Campus Juriquilla y Maestra en Ciencias egresada de la misma institución.
Ligia Collado Vides
Southeast Environmental Research Center, Florida International University.
Miami, Florida.
Es profesora Instructor del Southeast Environmental Research Center y doctorada por la Universidad Nacional Autónoma de México. Su investigación incluye el estudio de los efectos del crecimiento clonal en los aspectos ecológicos y evolutivos de las macroalgas.
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como citar este artículo →
Carmona Jiménez, Javier, Guillermina Alcaraz Zubieta, Miriam Guadalupe Bojorge García y Ligia Collado Vides. (2013). El gran desafío de los seres vivos en ecosistemas fluviales. Ciencias 107-108, julio 2012-febrero 2013, 66-75. [En línea] |
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Jazmín Dávila Jimenénez, Giovanna Díaz del Toro,
Ixchel Sarahí González Ramírez, Griselda Guerrero Márquez,
Adrián Reyna Domínguez y Francisco Enrique Saldaña Monroy
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Las barrancas son formaciones geológicas que se originaron
por fracturas del terreno o por una erosión provocada por ríos y escurrimientos, depresiones naturales elongadas, con laderas que presentan escurrimientos. Aun cuando algunos las toman como sinónimos de valles, cada habitante tiene un concepto único en función de su experiencia.
Este tipo de relieve proporciona beneficios ambientales como la captación e infiltración del agua a los mantos acuíferos, evitar la erosión, son grandes reservorios de co2, allí se libera oxígeno, y poseen un alto potencial forestal, el cual es de suma importancia para una ciudad tan contaminada como el Distrito Federal. Además, estos ambientes desempeñan un papel estratégico en la vida silvestre por el tipo y la cantidad de especies vegetales y los animales que la integran, por lo que son importantes para la conservación ecosistémica. También fungen como reguladores climáticos, de manera que, para el funcionamiento y mantenimiento de los sectores ambiental y social, es imperativa su conservación. En el Distrito Federal hay cerca de 2 300 escurrimientos naturales asociados a barrancas. Debido a las características topográficas existentes, el sur es la zona con más barrancas, ya que existen 74 barrancas distribuidas en ocho delegaciones (Álvaro Obregón, Cuajimalpa, Gustavo A. Madero, Iztapalapa, Magdalena Contreras, Milpa Alta, Tlalpan y Xochimilco), la mayoría concentrada en las delegaciones Álvaro Obregón, Cuajimalpa y Gustavo A. Madero. Actualmente el Distrito Federal sufre las consecuencias del desarrollo urbano a costa de áreas naturales, sobre todo como consecuencia de los nuevos asentamientos que se edifican en zonas agrícolas y forestales de alto valor productivo, adicionando un costo ambiental al crecimiento de la ciudad. Es un crecimiento urbano desordenado que desborda ya las laderas de las barrancas debido a la falta de control de las obras de las constructoras y a otras actividades ilícitas, lo que las torna susceptibles de ser ocupadas de manera irregular, provocando, como consecuencia, su modificación, erosión y contaminación. Dicha situación genera varios problemas: a) al no encontrar una masa forestal que amortigüe su velocidad, los escurrimientos pluviales producen impactos destructivos en las edificaciones construidas en lechos y taludes adyacentes a las barrancas produciendo deslaves; b) el porcentaje de infiltración de agua pluvial en los mantos acuíferos se ha reducido; c) la desaparición de especies de flora y fauna silvestres endémicas; d) la modificación del clima de la ciudad de México; y e) la pérdida de suelos orgánicos importantes para el desarrollo de la flora y, por ende, de la fauna silvestre. Estos fenómenos impactan negativamente a las barrancas del Distrito Federal, convirtiéndolas en basureros y focos de infección. De acuerdo con Leff, algunas de las causas del daño a estas barrancas es el déficit de vivienda, la falta de políticas ambientales que valoren en su justa medida los servicios ecosistémicos, la impunidad de las grandes empresas constructoras y comerciales al establecer complejos industriales y habitacionales en estas zonas, además de la aplicación de políticas públicas erróneas para el desarrollo rural. De manera importante, la delegación Álvaro Obregón sobresale en toda la ciudad por ser la que cuenta con la extensión de barrancas más grande, el mayor número de colonias o zonas ubicadas dentro de dichas barrancas (79) y de viviendas en situación de alto riesgo (900), lo cual se debe a que en ella se encuentran las siguientes elevaciones: la Sierra de las Cruces, el Cerro de San Miguel, la Cruz de Cólica o Alcalica de Mamatla, el Ocotal y la Zacazontetla, de donde proviene un gran número de escurrimientos. Su sistema hidrológico actual consiste en ocho subcuencas fluviales correspondientes a los ríos Tacubaya, Becerra, Mixcoac, Tarango, Tequilazco, Tetelpan, Texcalatlaco y Magdalena. Es en esta delegación en donde se encuentra la Barranca de Guadalupe. La comparación entre las propuestas encontradas en una página del gobierno del Distrito Federal, los proyectos para las barrancas en general, su restauración y recuperación, y aquellas expuestas en un artículo del Instituto Nacional de Ecología de 2007 que trata del estado de la Barranca de Guadalupe muestra que ésta presenta problemas como el incremento en la urbanización, ya que cada asentamiento cercano requiere un sistema de drenaje que generalmente es dirigido hacia ella. Por otro lado, al aumentar la pavimentación, se ocasiona que los volúmenes de infiltración y recarga de los mantos acuíferos disminuyan, mientras que la basura, el cascajo, el drenaje a cielo abierto y el desazolve de presas aumentan. A la conagua, la delegación, el gdf, al gobierno federal y a los ciudadanos corresponde solucionar los problemas de drenaje a cielo abierto, basura y el desazolve de presas, pero el problema del cascajo es tarea de la delegación, el GDF y los ciudadanos. De acuerdo con el diagnóstico de la Barranca de Guadalupe elaborado en 2007, se detectó un total de 353 problemas e ilícitos ambientales, destacando trece descargas residuales colectivas, 270 individuales que no se encuentran conectadas y descargan de manera directa al cauce de la barranca, diecinueve tiraderos de basura, doce tiraderos de cascajo, tres de chatarra y dos de desechos industriales, los cuales, en conjunto, ocasionan un fuerte deterioro y alta contaminación ambiental. A partir de lo anterior se pensó evaluar lo que sucedía en realidad allí, teniendo en cuenta la importancia de las barrancas, además del caso de la supervía, que cruzaría dos barrancas importantes (La Malinche y Tarango), aunque más tarde se descubrió que también estaba incluida la de Guadalupe, hecho que dio origen al presente trabajo. Entre los estudios y trabajos de campo sobre las barrancas del Distrito Federal que se habían llevado a cabo anteriormente, el primero, de noviembre de 2004, es un reporte titulado Barrancas en el Distrito Federal, seguido del Diagnóstico Socioambiental de la Barranca de Guadalupe en Álvaro Obregón, Distrito Federal, de noviembre de 2007, el cual presenta una descripción minuciosa de la barranca, así como de muchos de los problemas más sobresalientes (aguas residuales, tiraderos de basura, de chatarra, de desechos industriales y aceites, construcciones irregulares, desarrollo urbano de alto riesgo, entre otros). Esta recopilación de información fue de gran relevancia para nuestro trabajo debido a que sirvió como punto de partida. Asimismo, varios periódicos publicaron artículos con enfoques más centrados, como La Jornada, que en enero de 2008 reportó cómo la mitad de las barrancas de Álvaro Obregón están invadidas, no sólo por gente de escasos recursos, sino también por grupos de alto poder económico, haciendo de esto un problema no sectorizado, sino de ámbito general. En agosto de 2008, El Universal reportó que la delegación Álvaro Obregón había iniciado un programa de rescate de los cien kilómetros que comprenden las siete barrancas con el fin de recolectar miles de toneladas de basura. A nivel político, en julio de 2009, la responsable de la Secretaría del Medio Ambiente dio a conocer que se preparaba la declaratoria como Área de Valor Ambiental de 32 barrancas ubicadas en el Distrito Federal. El propósito sería que, para 2012, se tuviera un incremento en la recarga de los mantos acuíferos superior al metro cúbico por hectárea. En marzo de 2010, la misma anunció la puesta en marcha del programa integral de rescate de barrancas, cuyo objetivo general sería dar valor ambiental a 33 barrancas que se ubican en la zona poniente de la ciudad con el propósito de garantizar su conservación, estrategia que forma parte del Plan Verde del Gobierno del Distrito Federal para alcanzar el equilibrio del acuífero del valle de México. Descripción general La Barranca de Guadalupe es parte del sistema de barrancas ubicado en la parte poniente y surponiente del Distrito Federal, cuya formación parte de la Sierra de las Cruces y corre paralelamente, descargando en la cuenca de México. Es la más extensa en la delegación Álvaro Obregón, conformada por franjas de lomas que van del poniente al oriente de la ciudad, de La Loma y La Bandera al viejo panteón Jardín ubicado en Rómulo O’Farril. Está dividida en cinco tramos (tabla 1) y su cauce principal y mayores afluentes miden aproximadamente quince kilómetros de longitud. Limita al poniente con la delegación Cuajimalpa, al sur con el Desierto de los Leones y al norte con la calzada de las Águilas. Se ubica dentro de la Región Hidrológica No. 26 (RH26) Pánuco, en la cuenca “D” Río Moctezuma y la subcuenca “P” Lago de Texcoco-Zumpango.
Tiene un promedio de precipitación anual de 1 100 milímetros en la parte alta y de 800 en la baja. Se caracteriza por una vegetación en manchones compuesta por encinos (Quercus sp.), fresnos (Fraxinus sp.), madroños (Arbutus xalapensis), tepozanes (Buddleia cordata) y cipreses (Cupressus lindleyi). Y anteriormente era una zona de refugio para especies —como consta en los registros orales de los oriundos del lugar—, de anfibios (Caudata), tlacuaches (Didelphimorphia), musarañas (Insectivora), reptiles pequeños (Squamata), carpinteros (Piciformes), golondrinas, jilgueros, gorriones (Passeriformes) y murciélagos (Chiroptera). El estudio se efectuó en el último tramo de la barranca llamado Río Guadalupe. Al comenzar, tras apenas haber caminado poco más de diez metros, la problemática era evidente: contaminación por el drenaje al aire libre, acumulación de basura que emite olores que, al moverse las corrientes de aire, cambiaban, tornándose intensos, muy desagradables. Conforme se profundizó en el estudio, notamos disturbios ecológicos presentados por especies invasoras, como el ricino (Rizinus communis), un arbusto capaz de inhibir el crecimiento de otro tipo de plantas, además de la existencia de insectos plaga, principalmente hemípteros, con capacidad de reproducción rápida (estrategia R) y un alto consumo de materia vegetal. Asimismo, la reducción del hábitat y la contaminación de los cauces ha desplazado a las especies de animales, y el efecto de la fauna feral (perros y gatos domesticados abandonados en las laderas de la barranca, los cuales se adaptan a una vida silvestreurbana) que se alimenta de la fauna local y desechos comestibles.
En dichas entrevistas se obtuvo conocimiento de que en épocas electoreras es el periodo en el cual se anega a la gente de promesas para tener algo que está establecido legalmente, como el derecho a un ambiente limpio y salud entre otros. Entre esas promesas los lugareños explicaron que figuran proyectos como el uso de agua de desagüe para riego, la colocación de cercas para prevenir que los automóviles arrojen basura a la barranca, entre otros, pero de todo lo propuesto sólo se cumplió, al llegar nuevamente la época electorera, el desazolve de la presa de Guadalupe. Los problemas se agravan porque algunas personas, de manera consciente e inapropiadamente, tiran la basura a la barranca, aun teniendo el servicio de camiones de basura circulando regularmente en la zona. No obstante, algunos se habían organizado para limpiarla, sembraron árboles para reforestar el área, e incluso formaron equipos deportivos de fútbol.
Principales problemas detectados Los resultados se organizaron dividiendo el área de estudio en dos partes: la zona baja, que va de la presa la Mina, en la colonia Lomas de los Ángeles Tetelpan, a la presa Tequilazco, ubicada entre las colonias El Encino y Puente Colorado; y la zona alta, que va desde la presa Tequilazco hasta la cerrada del Pozo Colonia Ocotillos. En la parte baja se observó una mayor perturbación; gran cantidad de residuos domésticos como bolsas de plástico, botellas, muebles y desperdicios de chatarra. El estancamiento de agua y drenaje al aire libre le da un color opaco al agua y muy mal olor. También se observaron tiraderos de cascajo, fauna nociva como perros, gatos y roedores en abundancia, especies vegetales no nativas y el estrato arbóreo escaso, todo lo cual representa un problema serio en materia de salud, ya que la fauna nociva puede ser un vector para la transmisión de enfermedades infecciosas. En esta zona el terreno es accidentado y el suelo sin cubierta vegetal es erosionado, lo que puede ocasionar deslaves. El cauce del río no es el único que presenta estos problemas, en las laderas también hay un exceso de basura evidente a simple vista. El caso de las presas es similar; su objetivo es retener el agua y en época de lluvias evitar inundaciones ocasionadas por la creciente del río Guadalupe, sin embargo, durante la época de secas se observa una gran acumulación de basura, cascajo, muebles, grandes cantidades de lodo que obstruyen las compuertas y el agua tiene una coloración grisácea con tonalidades verdosas y un tendencias a negra en donde se estanca, es espumosas y produce un olor fétido. La parte alta de la barranca está en condiciones similares; exceso de basura y drenaje de aguas residuales a cielo abierto, con la diferencia de que allí se encuentra un mayor número de asentamientos irregulares, pues en la ladera, aunque tiene una inclinación mayor, hay un gran número de casas y departamentos, e incluso existen construcciones que se están levantando justo encima del cauce. En la parte final de esta zona, la cobertura vegetal nativa y el estrato arbóreo son más abundantes, la presencia de basura se ve disminuida así como los tiraderos de cascajo, lo cual se debe a que en esta zona el paso al cauce está limitado. Cabe mencionar que en una de las visitas a esta última parte de la barranca se encontró a personas talando una cantidad considerable de árboles a escasos quince metros del cauce, quienes nos indicaron que era para la construcción de la supervía poniente, proyecto llevado a cabo por el gdf. En la página de la red de la supervía no se menciona específicamente por dónde pasará, sin embargo, hay un mapa en el cual se puede observar que pasará por zonas donde hay barrancas, incluyendo la de Guadalupe. A fin de cuantificar todos estos problemas se empleó un índice de perturbación que toma en cuenta los nueve problemas más relevantes: basura, cascajo, tipo de vegetación, especies ferales o invasoras, el color, olor y fluidez del agua en relación con el desagüe directo, al igual que la distancia de las viviendas al cauce de la barranca. Los valores obtenidos permitieron, además, hacer una comparación del grado de perturbación a lo largo del tramo de la barranca estudiado —aunque estadísticamente no son representativos los valores obtenidos, los daños son notables aun de manera general. Se establecieron puntos cada 450 metros, con lo que se elaboró un esquema que muestra gráficamente el grado de perturbación a lo largo de la zona y los aspectos clave como los tiraderos de cascajo, presas y salidas de drenaje. Todos los puntos tuvieron índices de perturbación altos. El punto de mayor perturbación se presentó en la presa Tequilazco debido a la presencia de agua estancada, ya que es utilizada como zona de tiradero. De 2007 a 2011 A partir de dicha información se hizo una comparación entre el estado actual de la barranca y el reportado en 2007, evaluando directamente el posible cambio desde entonces e indirectamente el programa de recuperación de las barrancas de la delegación Álvaro Obregón. La tabla 2 muestra los principales problemas, el estado actual de la barranca y el estado reportado en 2007 por el ine en su estudio diagnóstico, así como los instrumentos legales que permitirían solucionar estos problemas y las estrategias del programa de recuperación de la delegación. En ella se observa que todos los problemas tienen una instrumentación legal y que existen proyectos planteados por la delegación para la recuperación de las barrancas en general y soluciones para cada uno de ellos. Sin embargo, al comparar el estado actual de la barranca con el reportado en 2007 no hay ninguna mejoría, por lo que se infiere que los problemas derivan de la falta de aplicación de la ley, ya que existe suficiente información, instrumentos legales y proyectos que podrían solucionar en gran medida la problemática de este sitio.
Así, por ejemplo, mientras el Plan Nacional de Desarrollo menciona que se han efectuado entrevistas a líderes vecinales de la Barranca de Guadalupe, a organizaciones no gubernamentales y funcionarios de la delegación, y semarnat dio incentivos para eliminar la basura de las barrancas, los lugareños no lo mencionaron y la barranca está llena de basura. Y si bien ante problemas como la contaminación del agua la delegación tiene proyectos de plantas de tratamiento, ya que el estudio de 2007 reporta descargas de aguas residuales colectivas e individuales y drenaje a cielo abierto, en 2011 la situación fue la misma: no se observa ninguna planta de tratamiento. Con respecto del problema de la basura, la delegación tiene proyectos de limpieza de basura y manejo de residuos domiciliares, y el Plan Nacional de Desarrollo establece en el apartado 9.5.1 que se deben dar incentivos para eliminar los basureros de las barrancas urbanas, pero nosotros observamos numerosos tiraderos de basura y desechos sólidos en el cauce, además de problemas de cascajo, al igual que en 2007. Asimismo, ante la presencia de viviendas cerca de la barranca, con riesgos de deslave, la delegación tiene proyectos como el de protección de taludes, pero tanto el estudio de 2007 como esta investigación reportan construcciones irregulares a no más de diez metros de distancia del cauce, cuyos habitantes no han notado ni oído de ninguna aplicación del proyecto. En cuanto al problema de vegetación oportunista, no existen proyectos de ningún tipo, y es un problema que aparece en el estudio del 2007 y nosotros lo encontramos de manera constante. El Plan Nacional de Desarrollo del presidente Felipe Calderón menciona también la búsqueda de tecnologías para solucionar la problemática de las barrancas en general y, a un año de que termine el periodo del presidente, en nuestras visitas notamos que ésta sigue igual o peor a la presentada en el estudio de 2007. Finalmente, si bien la ley de aguas y la ley ambiental del Distrito Federal se ven implicadas directamente en el problema de la contaminación de medios hidrológicos, la presencia de desechos sólidos y de especies vegetales invasoras; la ley de residuos sólidos lo está con la existencia de este problema en la barranca, la de vivienda con el riesgo de deslave de casas, además de su papel en el desarrollo urbano; la ley de protección de animales con el riesgo de eliminación de especies locales y la de salud es responsable ante posibles riesgos que la afectan, todas estas leyes no se ven aplicadas ante la problemática observada e inclusive se notan violaciones graves. Tal es el caso del derecho a la salud, que es incumplido debido a los deficientes servicios médicos por la extrema atención a la guerra contra el narcotráfico, lo cual no permite que las personas recurran al servicio médico, ni evitar los problemas por la presencia de focos de infección, y aún menos tomar en cuenta el derecho a un ambiente limpio. La perspectiva de los habitantes La mayoría de los lugareños entrevistados han vivido cerca de la barranca desde hace más de treinta años, y la mitad de ellos pasan por la barranca diariamente y creen que esto representa alto riesgo físico y de salud. Cabe notar que en cuanto a los problemas de la delegación Álvaro Obregón, en 2007 los habitantes ubicaron la seguridad y la delincuencia como el principal problema, mientras que en 2011 cambiaron su percepción, considerando que el daño al ambiente es igualmente importante. Esto es, hay un cambio en su visión de los problemas que afectan a las barrancas y en especial a la de Guadalupe, ya que ahora no sólo se piensa en problemas locales como los tiraderos de basura, sino que se tiene una idea más global de lo es la contaminación. Aun así, un porcentaje alto considera que el estado de la Barranca de Guadalupe no es ni bueno ni malo, probablemente porque se han acostumbrado a un mal manejo de las barrancas. En cuanto al interés de la gente y su disposición a abordar la problemática de la barranca, (algo que no se preguntó en el diagnóstico de 2007), encontramos que la mitad de los entrevistados ha escuchado sobre los proyectos a cargo de la delegación principalmente durante las campañas electorales, pero no conoce ningún proyecto que esté en práctica actualmente. Los entrevistados están dispuestos a participar en proyectos de rescate colaborando en la limpieza, la reforestación, el entubamiento de aguas negras, el alumbrado público, colocando un enrejado para proteger la zona y dar otros usos a la barranca, preferentemente para esparcimiento. Por último, la mayoría desconocía la razón de la tala de árboles y pocos se habían enterado (no más de dos meses antes del estudio) que era a causa del proyecto de la supervía, lo cual podría deberse a que la gente no se entera de los proyectos que se llevan a cabo en su colonia ni de los grandes impactos a nivel ambiental, social y de infraestructura que éstos pueden generar, ya que el túnel de la supervía atravesará las laderas de la barranca donde se encuentran vastos asentamientos urbanos, la mayoría de ellos en condiciones irregulares. Conclusiones El estado actual de la zona baja de la Barranca de Guadalupe no es mejor que el reportado en 2007 en el estudio diagnóstico del Instituto Nacional de Ecología. Entre los principales problemas se encuentra la contaminación por desechos sólidos y cascajo, las descargas de aguas residuales, el estancamiento de aguas negras y las construcciones irregulares. Los pobladores de esta zona están conscientes del deterioro de su barranca y los problemas que esto ocasiona, por lo que están dispuestos a colaborar en acciones de restauración, aunque aún existe mucha desinformación al respecto. A pesar de que estamos a un año de que concluya el periodo presidencial, y de la existencia de una instrumentación legal y buenos planteamientos de soluciones a los problemas por parte de la delegación y el gdf, éstos no se aplican, contribuyendo al deterioro de la barranca, a lo cual se suman acciones del sector gubernamental que son contradictorias, como el proyecto de la supervía, que va en contra de la declaratoria de las barrancas como áreas de valor ambiental. Es evidente que un buen número de personas oriundas del lugar están dispuestas a apoyar acciones de rescate si se implementara alguno de los proyectos planteados por la delegación y el gobierno. Pudiese ser que el restringir un tanto el acceso a las barrancas evitaría que se tirara basura, así como un aumento en la seguridad el que se den agregaciones delictivas, como sucede en el caso de la presa Guadalupe, cuyos habitantes han recibido una mayor consideración por tratarse de gente de alto poder. No obstante, a la larga, este grado de contaminación afectara a una amplia zona y no sólo al sector marginado, como sucede actualmente. Con base en diversas fuentes (bibliográfica, páginas de internet oficiales, lo observado y lo narrado) se obtuvo información de carácter individual, a la cual se le imprimieron conceptos propios y, en general, se consideró que existe una desinformación intencionada por parte del gobierno hacia los habitantes de la zona, acompañada de actos pantomímicos, donde se plantean proyectos que no se realizan o no se consulta a la ciudadanía al respecto. Las narraciones corroboraron lo encontrado bibliográficamente en cuanto a la presencia anteriormente de especies animales y vegetales en la zona, ahora escasas o desaparecidas al verse desplazadas por efectos antropogénicos como la contaminación y la introducción de fauna de tipo feral, lo cual se evitaría con un control de las mascotas que en muchos casos son abandonadas. Este estudio propone, principalmente, que si se diera un seguimiento a un proyecto, inclusive simple, la gente consciente de la problemática estaría dispuesta a ayudar. Colocar una malla para evitar que se tire cascajo y basura sería un buen comienzo, como también sería importante tener un control de la ubicación de las casas, pues muchas están cerca del cauce donde hay riesgos de erosión visibles, lo cual conlleva probables deslaves y riesgos para sus habitantes. A pesar de que una proporción de la gente se acostumbró ya al estado de la zona, la creciente contaminación y el deterioro de la Barranca de Guadalupe es un riesgo, ya que se pueden generar focos infecciosos de enfermedades, con una alta propagación debido a fauna feral, como los roedores e insectos transmisores de enfermedades, esto es, un riesgo para la ciudad de México en su totalidad, ya que algunas enfermedades tienen una alta propagación. Dadas las limitaciones del presente estudio, pues no propone una visión de desarrollo sustentable como solución, lo cual sería deseable, el visualizar problemáticas como la existente en la Barranca de Guadalupe puede permitir un comienzo plausible para algún tipo de solución que lleve a mejorar las condiciones ecológicas, socioeconómicas y políticas de esa localidad. Sirve también para hacer conciencia en el ámbito científico, a fin de que tenga eco y se busquen soluciones adecuadas a esta problemática que cada vez se torna más grave. |
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Referencias bibliográficas
Procuraduría Ambiental y Ordenamiento Territorial del df. 2010. Zona de riesgo y vulnerabilidad ambiental en barrancas de la delegación Álvaro Obregón, Distrito Federal. Pp. 1-26 (www.paot.org.mx/centro/temas/barrancas/docpaot/reportedebarrancas.pdf).
Instituto Nacional de Ecología. 2007. Diagnóstico socioambiental de la barranca de Guadalupe en Álvaro Obregón, Distrito Federal. Pp.1-54 (www.ine.gob.mx/descargas/dgipea/diag_barranca_gpe.pdf). El economista. 2009. “Declaran barrancas del df como áreas de Valor Ambiental”, 22 de julio (eleconomista.com.mx/notasonline/df/2009/07/22/declaranbarrancasdfcomoareasvalorambiental). Bertha Teresa Ramírez. 2010. “Al rescate de las 33 barrancas de la zona poniente del df”, en bionero (www.bionero.org/ecologia/alrescatede33barrancasdelazonaponientedeldf). Plan Nacional de Desarrollo 20072012. Investigación científica y tecnológica ambiental con compromiso social. Objetivo 13 (www.semarnat.gob.mx/transparencia/rendicioncuentas/Documents/primer%20informe/ 09.pdf). Gobierno del Distrito Federal. Sistema de información de Barrancas (www.sma.df.gob.mx/barrancas/index.php?op=tipodeproyectos). Manifestación de Impacto Ambiental Modalidad Específica. Sistema Vial de Túneles y Distribuidores al SurPoniente de la Ciudad de México. Mayo de 2010. Pp. 1-62. |
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Agradecimientos
Agradecemos a las profesoras Julieta Jujnovski Orlandini y Alya Ramos Ramos Elorduy, quienes nos alentaron a difundir lo encontrado y finalmente a la revista Ciencias, que nos dio la oportunidad de expresar los resultados de nuestro trabajo. |
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Jazmín Dávila Jimenénez, Giovanna Díaz del Toro, Ixchel Sarahí González Ramírez, Griselda Guerrero Márquez, Adrián Reyna Domínguez y Francisco Enrique Saldaña Monroy
Estudiantes de Biología de la Facultad de Ciencias, Universidad Nacional Autónoma de México.
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como citar este artículo →
Dávila Jiménez, Jazmín, Giovanna Díaz del Toro, Ixchel Sarahí González Ramírez, Griselda Guerrero Márquez Adrián Reyna Domínguez y Francisco Enrique Saldaña Monroy. (2013). La problemática ambiental en la Barranca de Guadalupe y la percepción de sus habitantes. Ciencias 107-108, julio 2012-febrero 2013, 50-60. [En línea] |
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