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Amham Ibn Hazam y la constante de Planck
Ana María Sánchez
   
   
     
                     
                   

I

Pocos de ustedes han de saber que en el siglo XV de nuestra era, época en que España se encontraba bajo el dominio de los árabes, Amhad lbn Hazam calculó, por primera vez en la historia, el valor de la constante de Planck. Hecho insólito a no dudar.

Amhad lbn Hazam, estudioso de las ciencias ocultas legadas a los árabes por los sacerdotes egipcios, vivía en las afueras de la ciudad de Córdoba. Desde el amanecer hasta el ocaso, Ibn Hazam permanecía sumido en la sabiduría de los gruesos volúmenes que cubrían su mesa de trabajo, interrumpiendo sus estudios sólo a la hora de las plegarias en dirección a la Meca.

¿Qué estudiaba lbn Hazam? ¿Qué misterio atado a una labor aparentemente interminable? ¡Por qué con tanta frecuencia consultaba un papiro amarillento!…

En el párrafo tercero de la parte XLII del Libro de los Muertos, se lee:

“El gran Ra salió de su morada celeste para castigar a los impuros que habían despreciado a los dioses en su corazón. Los rayos emanados del disco solar, al tocar sus cuerpos, se convirtieron en candentes proyectiles de oro de tamaño tan pequeño que podían verse, e hirieron a los impuros, aniquilándolos”.

El carácter de estas líneas permaneció velado hasta que, en el año 642 d.C., cuando Amr Ibn Al-As ocupó Egipto, los libros sagrados de los egipcios fueron conocidos por los árabes. Con el correr del tiempo, los estudios terminaron viendo en aquel trozo una revelación respecto a la naturaleza de los rayos solares y su posible conversión en oro.

Fue Abul Al-Mansur, maestro de maestros, el primero en dedicarse seriamente a encontrar la fórmula cabalística que permitiera hacer realidad la revelación contenida en el Libro de los Muertos. A la edad de 109 años la muerte lo sorprendió, dejando a Ahmad lbn Hazam, su discípulo predilecto, la continuación del cálculo.

En el año de 1486, casi al final del dominio musulmán en la península ibérica, lbn Hazam logró concluir el laborioso trabajo. Previendo los malos tiempos por venir y temeroso de que la valiosa fórmula se perdiera, la apuntó en una página de su Corán, partiendo unos días después con rumbo al África.

No se conoce nada sobre el resto de la vida de Amhad Ibn Hazam, ni de la manera en que el Corán que contenía la fórmula cabalística, sobrevivió durante cinco siglos sin ser destruido, ni su significado descifrado.

II

En el año de 1974, durante un viaje por varios países de Europa y Asia, tuve la oportunidad de conocer la biblioteca de la Universidad de Riyadh, famosa por sus libros antiguos. En esa biblioteca, entre el De División naturae, de Erígena y el original de Novum Organum de Bacon, encontré el Corán que perteneció a Amhad lbn Hazam.

La curiosidad de conocer un libro tan antiguo me hizo hojearlo detenidamente, aún sin entender un solo símbolo arábigo. Pero no dejó de sorprenderme que, entre la regularidad de la escritura característica de todo el manuscrito, en la página 2089, intercalada entre las líneas originales, se encontraba una escritura de aspecto muy diferente.

La circunstancia afortunada de que la siguiente escala de mi viaje era la ciudad de Khaibar, donde se lleva a cabo en esos días la reunión anual de los Sunnitas, me decidió a obtener una fotocopia de la hoja en cuestión, pensando que la escritura aludida podría ser de ayuda para los estudiosos de las fuentes de la fe.

En la sede de la reunión fui amablemente recibido por el doctor Abul-Abbas, uno de los más grandes conocedores del Corán en nuestra época.

Tres días tardó el sabio en descifrar el párrafo añadido, haciendo finalmente de mi conocimiento que no se trataba de un comentario religioso. Más bien parecía ser una fórmula de las que se utilizaban en el antiguo Egipto con fines mágicos. La traducción rezaba así:

“El uno dividido tantas veces la altura de la Gran Pirámide, dividido tantas veces como minutos tarda Venus en dar la vuelta al Sol, dividido tantas veces como el cometa Al-Araz tarda en pasar entre Mercurio y el Sol, dividido tantas veces como el Sol es más luminoso que la Luna, dividido tantas veces como se puede partir un pfad de oro sin que deje de serlo, dividido tantas veces la distancia del Sol a la Tierra doblemente. Alá es el único Dios”.

III

Al regresa de mi viaje me dediqué a llevar a cabo los cálculos que se indicaban en la fórmula de Amhad lbn Hazam. Debo decir que fue un trabajo más arduo, en parte, por las unidades de medida utilizadas hace tanto tiempo por los árabes y, en parte, por los datos astronómicos que, como comprendí más tarde, debían corresponder exactamente a los de aquella época, incluyendo errores atribuibles al estado de la ciencia de entonces. Tuve que investigar, también, el dato que correspondía al cometa Al-Araz en Occidente y la equivalencia de un “pad”. El problema de la luminosidad del Sol y la Luna, contrariamente a lo que esperaba, no presentó mayor dificultad, pues es un valor, aunque disparatado en nuestra época, viene dado en el famoso tratado Six Centuries of Arabian Astronomy del fallecido Sir Lewis Arnold.

Al cabo de varios meses de trabajo obtuve como resultado:

0.0000000000000000000000000000000000006625

¡que es igual a la constante de Planck!

Algunos de ustedes me preguntarán que objeto hubiera podido tener en el siglo XV una constante que hasta el siglo XX tuvo sentido en la ciencia. Esta es una pregunta que, por ahora, no me es posible responder. Sin embargo, me he propuesto estudiar concienzudamente el árbol genealógico de Planck en busca de sangre árabe en alguna de sus ramas. Ruego a ustedes esperar pacientemente mi
próxima publicación al respecto.

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cómo citar este artículo
Sánchez, Ana María. 1982. “Amhad Ibn Hazam y la constante de Plank”. Ciencias núm. 2, julio-agosto, pp. 60-61. [En línea]
     
 
     

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