revista de cultura científica FACULTAD DE CIENCIAS, UNIVERSIDAD NACIONAL AUTÓNOMA DE MÉXICO
Busca ampliar la cultura científica de la población, difundir información y hacer de la ciencia
un instrumento para el análisis de la realidad, con diversos puntos de vista desde la ciencia.
Entrada13901   menu2
número 139-140
siguiente
PDF
 
 
     
Héctor E. Rivera Sylva y Francisco Javier Jiménez Moreno      
               
               
El estudio formal de los dinosaurios recae en la presencia
del médico rural Gideon A. Mantell. Nunca se conformó con la respuesta de los eruditos en torno a los dientes descubiertos por él y su esposa. Su trabajo derivó en la descripción de dinosaurios como: Iguanodon, 1825; Hylaeosaurus armatus, 1833; Regnosaurus northamptoni, 1848; Pelorosaurus conybearei, 1850 y Pelorosaurus becklesii, 1852. Su pasión lo llevó a la pérdida de su trabajo, familia y salud. A pesar de tan malograda situación, se le considera como el primer paleontólogo “cazador de dinosaurios” de la historia.

El estudio formal de los dinosaurios recae en la presencia del médico rural Gideon A. Mantell. Nunca se conformó con la respuesta de los eruditos en torno a los dientes descubiertos por él y su esposa. Su trabajo derivó en la descripción de dinosaurios como: Iguanodon, 1825; Hylaeosaurus armatus, 1833; Regnosaurus northamptoni, 1848; Pelorosaurus conybearei, 1850 y Pelorosaurus becklesii, 1852. Su pasión lo llevó a la pérdida de su trabajo, familia y salud. A pesar de tan malograda situación, se le considera como el primer paleontólogo “cazador de dinosaurios” de la historia.

Gideon A. Mantell nació en Sussex, Inglaterra, el 3 de febrero de 1790. De niño pasaba su tiempo descubriendo amonites, conchas y otros fósiles cerca de su casa. En la escuela, bajo la guía de una señora de edad avanzada aprendió a leer y a escribir. A los quince años fue aprendiz del cirujano James Moore y a los diecisiete partió a Londres a estudiar medicina, cargando una bolsa llena de fósiles colectados en Sussex. Él hubiera querido hacer una carrera en geología y pertenecer a la Sociedad Geológica y la Real Sociedad, pero no había oportunidad para el hijo de un zapatero. Afortunadamente conoció a James Parkinson, un importante geólogo y médico, fundador de la Sociedad Geológica en 1822, quien fuera el primer naturalista en publicar el nombre Megalosaurus sin ninguna descripción formal. Mantell, al igual que Parkinson, encontró tiempo para la geología mientras practicaba la medicina.

A los veintiún años obtuvo su diploma como miembro del Real Colegio de Cirujanos y regresó a Lewes, donde trabajó con James Moore, consolidando una apretada agenda con sus pacientes. A pesar de ello, seguía pasando sus horas de descanso inspeccionando la geología local y pagaba a los trabajadores de las canteras por cualquier fósil que le llevaran.

Uno de los pacientes de Mantell fue George Woodhouse, un negociante de Londres. Mientras lo atendía, no pudo dejar pasar desapercibida a su hija mayor Mary, quien además compartía su interés por los fósiles; pronto formaron un vínculo que los llevó al matrimonio en mayo de 1816. Una vez asentada en Lewes, Mary Mantell ayudaba a su esposo a buscar fósiles. Luego vio que le podía asistir con dibujos de sus hallazgos, y pacientemente manejaba el arte de la ilustración científica.

Con una creciente confianza en sus observaciones geológicas, Mantell decidió escribir un libro sobre sus descubrimientos en las rocas de Sussex, lo que esperaba estableciera sus credenciales científicas y posiblemente asegurara su membresía en alguna de las prestigiosas sociedades científicas. Mary hizo las ilustraciones.

Mantell descubrió que había unas rocas particulares en un área conocida como Weald, donde los fósiles eran diferentes a aquellos cerca de Lewes: grandes huesos, pero muy deteriorados, imposibles de determinar y clasificar. Allí, en Whitemann’s Green, se llevaba a cabo la extracción de cantera; pero debido a que estaba muy retirado de Lewes, y con la llegada de su primera hija en 1818, él tenía menos tiempo disponible. Tras algunas negociaciones, el señor Leney, dueño de la cantera, comenzó a enviarle los fósiles a Lewes, entre ellos le llegaron algunos dientes y mandíbulas que Mantell creyó pertenecían a un Ichthyosaurus, así como fósiles de plantas terrestres. No obstante, cuando William Conybeare publicó en 1821 su trabajo sobre Ichthyosaurus, Mantell vio que sus huesos no se parecían en nada a los allí descritos. La pregunta era obvia: ¿a qué criatura podrían pertenecer?

Iguanodon, el primer dinosaurio 

Mantell estudiaba los fósiles, pasaba noches enteras limpiándolos con cincel y martillo, y los comparaba con los ilustrados por Cuvier en su trabajo Recherches sur les ossements fossiles des quadrupedes, percibiendo similitud entre algunos huesos y vértebras de cocodrilo y los que él encontró. Posteriormente buscó una segunda opinión, y revisando las colecciones del Museo Hunteriano del Real Colegio de Cirujanos en Londres, le mostró unos dientes a William Clift, quien le dijo que ese tipo de dientes únicamente podrían estar presentes en cocodrilos o lagartos monitores, por lo que Mantell dedujo que su especimen era algo más parecido a un cocodrilo.

Poco después Mary Mantell efectuó un descubrimiento sobresaliente que llevaría a otra conclusión. Hay varias versiones del evento: la tradicional, que suena a cuento de hadas paleontológico, narra que el incidente ocurrió una mañana de 1820 o 1821 en que Mary acompañaba a su esposo a sus consultas médicas y, mientras atendía a un paciente, ella se distrajo buscando fósiles en una pila de rocas que estaba a un lado del camino. Allí encontró una figura desgastada de color café oscuro, como un fragmento de un diente gigante. Mantell observó que el descubrimiento era algo importante. Ese diente no era de un carnívoro, sino de un herbívoro y se había desgastado por comer plantas.

Dennis Dean, biógrafo de Mantell, al revisar el diario y las notas no encontró referencias de que él y su esposa hubieran hallado dientes de gran tamaño en 1822. Ninguna anotación del descubrimiento científico que cambió su vida y lo inmortalizó como el primer cazador de dinosaurios. Según Dean, Mantell ya tenía varios dientes en su poder desde 1821. Si una fecha tiene que ser marcada como el día en que su esposa encontró los dientes, no es en 1822, sino el 15 de agosto de 1820, de acuerdo con el diario; ese día Mary tuvo que encontrar el diente, ya que fue cuando el hermano de Mantell, Thomas, la llevó en su coche. 

Como fuera, el descubrimiento del diente que parecía más de un herbívoro que de un carnívoro colocaba a Mantell en un apuro, ya que carecía de algún fósil comparativo de mamífero o de un reptil gigante. Para el otoño de 1821, el primer piso de su casa estaba lleno de fósiles, los cuales podía identificar gracias a sus conocimientos en anatomía; desafortunadamente, ningún rastro de mandíbula. A pesar de eso, era evidente que había dos animales diferentes: uno con dientes como cuchillos, aplanados y aserrados, y otro con un diente liso, desgastado y de color café oscuro. El primero, dadas sus características, únicamente podía pertenecer a un animal carnívoro, y Mantell estaba seguro de que pertenecía a un reptil gigante por su similitud con los dientes de cocodrilo, aun cuando había diferencias pues los de los cocodrilos son cónicos y ligeramente curvos.

El diente de herbívoro que encontró su esposa era más intrigante, pero sin el respaldo de una universidad o una sociedad de prestigio, Mantell no podía afirmar que pertenecía a un lagarto gigante, cuando dicha criatura se suponía no había existido. Se convirtió entonces en su obsesión el querer descifrar el enigma y hallarle un lugar en la historia. Afortunadamente había otro hombre estudiando evidencias de grandes lagartos fósiles en Inglaterra: el Reverendo William Buckland.

En 1821 Mantell fue visitado por Charles Lyell para ver su colección, lo cual derivó en una larga amistad. Lyell le comentó sobre un reptil gigante encontrado por Buckland en Stonesfield, que se podía ver en el Museo Ashmolean, en Oxford, y éste le confió sus intenciones de publicar un reporte detallado sobre el reptil. En su cabeza seguía planeando el libro, incluso tenía una lista de personas a las que les enviaría una copia, y lo logró en mayo de 1822 bajo el título Fossils of the South Downs. Allí, por vez primera se hacía una descripción de estos animales gigantes de la tribu de los lagartos, criaturas que él clasifica como reptiles y que, señala, aún debía haber más enterrados en las colinas de Sussex. Cual cereza en el pastel, en 1821 le llegó una carta del rey Jorge IV para que le fueran enviadas cuatro copias del libro.

No obstante, Mantell seguía intrigado por el diente que su esposa había encontrado, por lo que en el verano de 1822 lo llevó a la Sociedad Geológica de Londres (fundada en 1807). A la sesión asistieron también William Buckland, el Reverendo Conybeare y William Clint del Museo Hunteriano. Grande fue su decepción pues, menospreciando su hallazgo, afirmaron que pertenecía a un pezlobo (Anarhicas lupus), expresando que el asignarlo al Cretácico era un error. Los “expertos” de la sociedad no aceptaban sus propuestas, después de todo era simplemente un médico. Sus opiniones desanimaron a Mantell, pero William Wollaston, presidente de la Royal Society —descubridor del Paladio (Pd) y Rodio (Rh) en 18031804—, lo exhortó a que no desistiera en su investigación, que considerara había descubierto una nueva especie. 

Mantell decidió entonces efectuar otro estudio en las rocas de Sussex, esta vez con Lyell. Ambos fueron al Bosque de Tilgate buscando estratos que tuvieran fósiles similares a los encontrados y los hallaron en las localidades de Hastings, Winchelsea y Rye, probando sin lugar a dudas que el sedimento provenía de la roca secundaria. Sin embargo, otra cosa muy diferente era convencer a los miembros de la Sociedad Geológica. Con tal fin, el 1 de junio de 1822 Mantell escribió una carta a William Fitton, secretario de ésta, pero a los miembros les pareció tan insignificante que ni si quiera se leyó. Para Buckland y otros miembros, los “reptiles” de Mantell eran grandes mamíferos en rocas terciarias. No podía ser que un cirujano de provincia sobrepasara en conocimientos a naturalistas expertos de Oxford y Londres. Cuando el artículo se leyó por fin, seis meses después, no se aceptó para su publicación sino hasta tres años más tarde.

En 1822, William Fitton inició también su propia investigación, llegando a la conclusión de que eran estratos de agua dulce y se trataba de rocas secundarias; en junio de 1823, Lyell llevó a cabo otra expedición con Buckland a la Isla de Wight, confiriendo sentido a los fósiles encontrados. Aun así el diente seguía siendo un enigma, por lo que Mantell, aprovechando un viaje de Lyell a París en junio de 1823, se lo envió a George Cuvier. Lyell lo visitó en su despachoestudio del Museo de Historia Natural y Cuvier examinó el diente, pero para él era sólo el incisivo superior de un rinoceronte extinto. El concepto de un reptil gigante herbívoro era impensable en ese momento histórico. 

La respuesta desanimó a Mantell, ya que la más grande autoridad de Europa describía su diente como un ordinario descubrimiento; y más aún cuando Lyell le comunicó que los metacarpianos que también le había enviado parecieron a Cuvier de un hipopótamo. Ante tal apreciación, Buckland aconsejó a Mantell que sería mejor no publicar la ubicación estratigráfica de los huesos: dado que se habían encontrado sueltos o en la parte superior de la Tilgate Stone, era difícil para Mantell demostrar convincentemente que eran del Wealdiano y no del Terciario, es decir, que no había pruebas de que los fósiles fueran tan antiguos como para pertenecer a un reptil extinto gigante.

Esto fue devastador para Mantell; a ello se sumaron problemas económicos, el poco dinero que ganaba lo gastaba pagando a los trabajadores de las canteras, y su libro se publicó con pérdidas y grandes deudas. Lleno de frustración, cayó en depresión; situación que se agravó tras el descubrimiento de un “tubérculo” o cuerno en los mismos estratos, del mismo tamaño y forma que el cuerno de un rinoceronte: el diente y el cuerno aparentaban confirmar las conclusiones de los “expertos”, a saber que Mantell no había descubierto nada más que un rinoceronte.

En la primavera de 1824, Mantell envió ilustraciones de los dientes de nuevo a Cuvier, y el 20 de junio recibió una carta de París que, aunque estaba en francés y no podía entenderla, pudo vislumbrar eran buenas noticias. Cuvier escribió: “estos dientes son ciertamente desconocidos para mí. No son de un carnívoro; sin embargo, yo creo […] pertenecen al orden de los reptiles. Externamente se podrían tomar como dientes de pez, similar a los tetradontes o diadontes, pero su estructura es muy diferente. Quizá tendremos aquí un nuevo animal, un reptil herbívoro”; esta carta era el apoyo que necesitaba por parte de Cuvier. 

En septiembre, Mantell acudió en compañía del curador William Clift al Museo Hunteriano del Real Colegio de Cirujanos, en donde se encontraba una de las más grandes colecciones de huesos de Europa, con el fin de hacer la comparación con otros dientes. La frustración volvió a él al no encontrar nada equivalente, pero afortunadamente el curador Samuel Stutchbury le invitó a revisar los materiales de los reptiles modernos, entre ellos los pertenecientes a los iguánidos americanos. Inmediatamente notó el parecido con especímenes de Iguana tuberculata. Dada la poca información existente y la presencia de dientes aislados, Mantell concluye erróneamente que los dientes de su reptil gigante debieron estar unidos a la mandíbula y no colocados en alvéolos como en los cocodrilos, sugiriendo que los dientes curvos de Iguanodon se insertaban en la parte frontal de la mandíbula y los de corona plana (por el desgaste) en la parte posterior, tal cual modernos mamíferos con dentición heterodonta.

Después de efectuar una minuciosa investigación y contar con el apoyo de varios expertos, escribió el artículo “Notice on the Iguanodon, a newly discovered fossil reptile, from the sandstone of Tilgate Forest, in Sussex”, el cual fue leído ante la Real Sociedad de Londres por su vicepresidente Davies Gilbert el 10 de febrero de 1825, y publicado un año más tarde en Philosophical Transactions. En dicho trabajo comenta que las areniscas del Bosque de Tilgate contienen restos de peces, tortugas y vegetales, así como dientes aislados, y era tal su emoción que escribió: “con la esperanza de que el material, aunque imperfecto, posea interés suficiente para promover aún más la investigación y con ello suplir las deficiencias que existen en el conocimiento de la osteología de este extraordinario animal, los dientes de cocodrilo, Megalosaurus y plesiosaurio encontrados en la zona son tan diferentes unos de otros, así como los de otros lagartos, que pueden ser identificados entre ellos sin ninguna dificultad”. 

El nombre originalmente propuesto por Mantell para su espécimen fue Iguanasaurus pero, debido a la poca consistencia del mismo y la recomendación de William Conybeare, Mantell decidió cambiarlo a Iguanodon. Por el tamaño del diente, estimó que el organismo había alcanzado dieciocho metros de longitud y, como lo consideró un cuadrúpedo, colocó el espolón de la pata delantera a manera de cuerno de rinoceronte, convirtiéndose en la primera reconstrucción oficial de lo que a la postre sería un dinosaurio. Más allá de la precisión, Mantell ofreció un panorama nuevo para la ciencia: “el mundo perdido”, que existió antes de los mamíferos, cuando grandes reptiles dominaron la Tierra.

Después de efectuar una minuciosa investigación y contar con el apoyo de varios expertos, escribió el artículo “Notice on the Iguanodon, a newly discovered fossil reptile, from the sandstone of Tilgate Forest, in Sussex”, el cual fue leído ante la Real Sociedad de Londres por su vicepresidente Davies Gilbert el 10 de febrero de 1825, y publicado un año más tarde en Philosophical Transactions. En dicho trabajo comenta que las areniscas del Bosque de Tilgate contienen restos de peces, tortugas y vegetales, así como dientes aislados, y era tal su emoción que escribió: “con la esperanza de que el material, aunque imperfecto, posea interés suficiente para promover aún más la investigación y con ello suplir las deficiencias que existen en el conocimiento de la osteología de este extraordinario animal, los dientes de cocodrilo, Megalosaurus y plesiosaurio encontrados en la zona son tan diferentes unos de otros, así como los de otros lagartos, que pueden ser identificados entre ellos sin ninguna dificultad”. 

En el verano de 1822, otros dientes fueron encontrados en el mismo estrato, pertenecientes a algún reptil herbívoro que poseía características particulares. Mantell los somete “al escrutinio de especialistas nacionales y extranjeros [...] el resultado de mis investigaciones en el Museo Hunteriano fue altamente satisfactorio, ya que son semejantes en estructura y forma a los dientes de iguana preparados por el Sr. Stutchbury para la colección a los especímenes fósiles recolectados”. Este trabajo le valió que el 22 de diciembre de 1825 fuera admitido como miembro de la Real Sociedad.

Florecimiento de una vida paleontológica

Ese mismo año, proveniente de Lancaster llegó a Londres un joven anatomista que desempeñó un papel significativo en la interpretación de dichos reptiles fósiles: Richard Owen. Justo en ese momento Mantell se encontraba embarcado en escribir su segundo libro: Illustrations of the Geology of Sussex, publicado en 1827, en donde describe la riqueza fósil del Bosque de Tilgate, incluyendo los cuatro tipos de reptiles que lo habitaron: cocodrilos, plesiosaurios, Megalosaurus e Iguanodon. Se imprimieron 150 copias, pero después de todo el esfuerzo que había puesto, nuevamente significó un fracaso, además de las protestas de su esposa por consagrarse de lleno a la geología. Todo esto hizo que su matrimonio se tensara y que, después del nacimiento de su cuarto hijo, en agosto de 1827, Mary Mantell pasara periodos más largos lejos de su esposo. Aun así, ese mismo año nombró la especie Megalosaurus bucklandi en honor de William Buckland, convirtiéndose en la especie tipo, el posible primer dinosaurio válido dedicado a un naturalista, aunque cabe mencionar que existe el antecedente de Megalosaurus conybeari propuesto en 1826 por el naturalista alemán Ferdinand Von Ritgen en honor de William D. Conybeare, geólogo y naturalista inglés, quien describió especies de ictiosaurios y plesiosaurios ingleses, mas el nombre de la especie es considerado actualmente nomen nudum.

En septiembre de 1829, Gideon Mantell decidió abrir las puertas de su casa al público, organizando grandes celebraciones, de dos días, a las que numerosas personas fueron invitadas; esto no fue nada bueno en el frente familiar, ya que su esposa se disgustó aún más con la situación. Tratando de sortearla, en octubre de 1830, cuando el Rey Guillermo IV visitó Lewes le envió copias de sus libros y lo invitó a ver su museo; sin embargo, sus múltiples ocupaciones y banquetes le impidieron visitarlo. La oportunidad de obtener fondos se perdió así.

A pesar de todo, los hallazgos proseguían. En el verano de 1832, los trabajadores de una cantera de Tilgate descubrieron varios bloques y los enviaron a casa de Mantell; al limpiarlos se reveló la presencia de una espina, vértebras y costillas, además de varios extraños huesos aplanados y puntiagudos que no había visto ni en Megalosaurus ni en Iguanodon. Su intuición fue que esos huesos eran una armadura que recubría todo el cuerpo del animal, que se trataba de otro reptil gigante, el primero del grupo de los ankylosaurios, al que nombró como Hylaeosaurus, lagarto de los bosques. El informe del descubrimiento de este organismo fue leído por Mantell el 5 de diciembre de 1832 ante la Sociedad Geológica, y allí se encontraba un nuevo miembro: Richard Owen, el joven asistente en el Museo Hunteriano, cuyas crecientes habilidades en anatomía era algo de lo que él carecía y que serían cruciales con el paso del tiempo.

Mantell se mudó con su familia a Brighton, donde se rodeó de aristócratas de la corte, esperando encontrar quién lo patrocinara. En mayo de 1834 recibió una carta del Sr. W. H. Bensted, dueño de una cantera en Kent, cuyos trabajadores habían descubierto fósiles cerca de Maidstone y creyeron era madera fosilizada. Posteriormente observaron en la roca un esqueleto de un gran animal y, al verlo, de inmediato Mantell lo identificó como Iguanodon. Fue un hallazgo. Sorprendentemente embebidos en depósitos marinos, había huesos de las extremidades agrupados, dos fémures de ochenta centímetros de longitud, una tibia, dos clavículas, vértebras, huesos pélvicos, falanges, costillas, chevrones y entre ellos se podía ver los dientes. Bensted fijó el precio en veinticinco libras, fuera de las posibilidades de Mantell, por lo que sus amigos Horacio Smith, Moses Ricardo, George Basevi, Thomas Bodley y Richard Hunter, entre otros, lo compraron para él. Una vez en su casa, limpió los huesos y comparó los tamaños de las clavículas y de los dientes, estimando que el Iguanodon mediría treinta metros de largo. Y aunque no tenía cráneo, manos ni más huesos para un mejor diagnóstico, se aventuró a dibujarlo como un lagarto cuadrúpedo, una iguana tanto en forma como en proporciones.

Finalmente, en 1835, por el descubrimiento de dos géneros de reptiles fósiles, Iguanodon e Hylaeosaurus, a Mantell se le otorgó el más alto reconocimiento en la Sociedad Geológica: la Medalla Wollaston.

Desafortunadamente, su éxito en la geología le acarreó problemas en su economía, ya que la gente no sentía confianza de ir con un doctor tan devoto de las rocas que no tenía tiempo para sus pacientes, por lo que el dinero se volvió una preocupación constante, sobre todo porque mantener su casa en Brighton costaba 350 libras al año y no quería cobrar la entrada a su museo. Un arreglo con el Consejo de la ciudad lo salvó: su casa se convertiría en una institución científica auspiciada por el gobierno; el problema es que no habría espacio para su familia y tendrían que buscar alojamiento en otro lado. Las reliquias de antiguas criaturas se habían apoderado de sus vidas por completo; una situación provocada por el orgullo y egoísmo del mismo Mantell.

En abril de 1836, Mary Mantell se mudó con sus hijos de regreso a Lewes, tras lo cual se abrió la Institución Científica de Sussex y el Museo Mantelliano, del cual se nombró curador a George Richardson. A Mantell se le dio un cuarto en la parte superior para que atendiera a sus pacientes y manejara los asuntos del museo. No obstante, al pasar los meses, a pesar de sus esfuerzos, la institución perdía dinero rápidamente, así que Mantell ofreció su colección al Consejo de Brighton por 3 000 libras (se estima que le costó cerca de 7 000). Los concejales rechazaron la oferta y la ofrecieron al Museo Británico que, tras una larga inspección de los especímenes, la adquirió en 4 087 libras.

Esto no salvó su situación familiar. Su hijo mayor se fue a Nueva Zelanda en 1839, su hija mayor también lo abandonó y Hannah, la menor, falleció. Mantell perdió interés por su colección y su familia. Encima, Richard Owen presentó en 1841, ante la Asociación Británica para el Avance de la Ciencia, su trabajo sobre los reptiles fósiles, ridiculizando a Mantell por buscar similitudes entre los reptiles antiguos y modernos, en una muestra de ingratitud, ya que éste lo había ayudado a obtener especímenes.

Mantell se propuso restablecer su supremacía en el campo de los reptiles antiguos pero, el 11 de octubre de 1841, durante una visita a un paciente, el carruaje en el que viajaba se volcó, lastimándose seriamente la columna vertebral, lo que le provocó una gradual parálisis y ya no pudo caminar. Comenzó a tener dolores muy intensos en la espalda y a tomar opio para calmarlos. Meses después se mudó a Exeter con su ama de llaves; ninguno de sus hijos ni su esposa querían vivir con él. Estaba completamente solo.

En 1848, Mantell leyó un artículo ante la Real Sociedad atacando un artículo de Richard Owen, tras lo cual éste se levantó de su asiento diciéndole que no debería de hacer perder el tiempo a la Real Sociedad; fueron muchos quienes concordaron con él. Aun así, presentó el descubrimiento de un fósil que había soñado por años, una mandíbula que atribuía a Iguanodon. Al finalizar su lectura, Owen intervino para anunciar que él había encontrado una mandíbula más pequeña, en mejor estado, argumentando que tales aseveraciones no eran correctas; una vez más, el Profesor Owen lo eclipsaba. Posteriormente, Mantell describió esta pieza como de otro dinosaurio nuevo, el estegosaurio Regnosaurus northamptoni; tales fósiles procedían del lecho de Wealden, en Sussex, eran una mandíbula de aproximadamente ocho centímetros de longitud y diversos alveolos dentales.

En el otoño de 1849, Mantell recibió vertebras y fragmentos de extremidades —la cabeza de una tibia y un húmero— que en nada se parecían a las de Iguanodon ni de Cetiosaurus, dinosaurio descrito por Owen. A pesar de que, como lo escribiera: “en opinión de algunos, estos restos se refieren a Cetiosaurus”, él estaba convencido de que era algo totalmente nuevo, por lo que en 1852 lo nombró Pelorosaurus becklesii o lagarto monstruoso, logrando el primer registro de piel en una de las extremidades de este saurópodo.

Sediento de reconocimiento, Mantell quería que se le otorgara la Medalla de la Real Sociedad; tres veces lo intentó, pero el Consejo rechazó su solicitud. Al cuarto, ante su insistencia y la aportación de los cuatro géneros de dinosaurios descritos, el 30 de noviembre de 1849 finalmente se le otorgó la medalla. Cuando Owen se acercó para felicitarlo, Mantell le negó el saludo y posteriormente lo acusó de plagio ante la Real Sociedad, la cual lo obligó a retractarse.
     
       
Referencias Bibliográficas

Buffetaut, E. 1991. Fósiles y hombres. Biblioteca de divulgación científica. RBA editores, Barcelona.
     Cadbury, D. 2000. The dinosaur hunters. Fourth Estate, Londres.
     Charig, A. 1988. La verdadera historia de los dinosaurios. Biblioteca científica Salvat, Barcelona.
     Cooper, J. 2010. The Unpublished Journal of Gideon Mantell: 1819 – 1852. The Royal Pavilion & Museums. Brighton and Hove.
     Delair J. y W. A. S. Sarjeant. 1975. “The Earliest Discoveries of Dinosaurs”, en Isis, vol. 66, núm. 1, pp. 4-25.
     Desmond, A. 1993. Los dinosaurios de sangre caliente. Biblioteca de divulgación científica. rba editores, Barcelona.
     Fastovsky, D. E. y D. B. Weishampel. 2009. Dinosaurs: A Concise Natural History. Cambridge University Press, Cambridge.
     Farlow J. O. y M. K. Brett-Surman. 1999. The Complete Dinosaur. Indiana University Press, Indiana.
     Hans-Dietet, S. 1999. “European Dinosaur Hunter”, en The Complete Dinosaur, Orville-Farlow, J. y M. K. Brett-Surman, (eds.). Indiana University Press, Indiana.
     Mc Gowan, C. The Dragon Seekers: How an Extraordinary Circle of Fossilists Discovered the Dinosaurs and Paved the Way for Darwin. Perseus Publishing, Nueva York.
     Mantell, G. A. 1825. “Notice on the Iguanodon, a newly discovered fossil reptile, from the sandstone of Tilgate forest, in Sussex”, en Philosophical Transactions of the Royal Society, vol. 115, pp. 179-186.
     Mantell, G. A. 1857. The wonders of geology. Henry G. Bohn, Londres.
     Sanz, J. L. 2007. Cazadores de dragones. Historía del descubrimiento e investigación de los dinosaurios. Editorial Ariel, Cd. de México.
     Weishampel, D. B. y N. M. White. 2003. The Dinosaur Papers 1676-1906. Smithsonian Books. Washington.
     Wilford, J. N. 1985. El enigma de los dinosaurios. rba editores, Barcelona.
     

     
Héctor E. Rivera Sylva
Museo del Desierto, Saltillo.

Es Maestro en Paleobiología por la Universidad de Bristol, Inglaterra, miembro del Museo del Desierto.


Francisco Javier Jiménez Moreno
Estudiante de maestría en Ciencias Ambientales,
Benemérita Universidad Autónoma de Puebla.


Es egresado de la maestría en Ciencias ambientales de la BUAP, ha realizado artículos y libros, técnico-científicos y de divulgación en biodiversidad, paleontología y ornitología.
     

     
       

 

 

de venta en copy
Número 146-147
número más reciente
 
146I

   
eventos Feriamineriaweb
  Presentación del número
doble 131-132 en la FIL
Minería

 


novedades2 LogoPlazaPrometeo
Ya puedes comprar los 
ejemplares más
recientes con tarjeta
en la Tienda en línea.
   

  Protada Antologia3
 
Você está aqui: Inicio Inicio revistas revista ciencias 139-140 El hombre que encontró los dinosaurios