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Mieles peninsulares
y diversidad. Campeche,
Quintana Roo y Yucatán.
Entrada91B06A
Conabio, México, 2007 
   
   
     
                     
La Península de Yucatán es una inmensa planicie caliza
de 140 000 km2, con clima cálido subhúmedo. La larga historia de ocupación humana en estos territorios, la agricultura y la domesticación, los huertos y el manejo de la vegetación han contribuido a perfilar la diversidad florística que hoy caracteriza esta región. La deforestación y la introducción de agricultura y ganadería extensivas han alterado profundamente la vegetación. La apicultura es una actividad basada en las floraciones de la vegetación natural y transformada; las mieles de cada región y momento de cosecha son un reflejo de la riqueza de esta vegetación. Las buenas prácticas de manejo y la racionalización de la actividad apícola permitirán valorar las mieles de los diversos paisajes y reconocer el trabajo de los apicultores, al tiempo que se favorece la conservación de los ecosistemas y la biodiversidad regional. La fuerte tradición maya de trabajar con abejas y la rica flora de la región han permitido que la apicultura sea una actividad económica importante, tanto para las familias campesinas como para la economía de la península y del país. Las colmenas se establecen en apiarios fijos en lugares estratégicos que permiten aprovechar las diferentes floraciones que ocurren de manera continua en la región. El área de recolección de néctar depende de la estación del año, la disponibilidad de flores, su atracción y la competencia con otros animales nectarívoros o abejas de otras colonias. Cuando la floración es abundante, el área de recolección no va más allá de quinientos metros alrededor de la colmena; en épocas de baja floración las colectoras pueden hacer vuelos de hasta seis kilómetros en busca de néctar y polen. Las abejas pueden alimentarse de casi todos los néctares, aunque tienen preferencias por ciertas flores y pueden volar grandes distancias en busca de sus preferidas. En la entrada de la colmena, las colectoras entregan su carga de néctar a otras obreras que lo transportan hasta el área de almacenamiento, en donde comenzará la producción de miel. Todo este interesante proceso y la diversidad de flores, comunidades productoras, colores y sabores de mieles peninsulares se presenta en este mapa editado por la Conabio.
  articulos  
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Fragmento de la Introducción.      
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como citar este artículo
 
Conabio. 2008. Mezcales y diversidad. Ciencias núm. 91, julio-septiembre, p. 74. [En línea].
     

 

 

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María de Jesús Ordóñez y Paloma Rodríguez Hernández
     
               
México es reconocido como centro de origen y domestica­ción
de importantes cultivos como el maíz, la calabaza y el frijol. Cuenta con más de 10 000 años de tradición ­agrícola, producto del mestizaje de elementos y tecnologías pre­his­pánicas, con elementos y tecnologías introducidos ­durante la Colonia y la reciente incorporación del paquete tecnoló­gico promovido por la revolución verde.  A pesar de ser una actividad estratégica para la autosuficiencia alimentaria y la soberanía nacional, de 1980 a 2000, la población ocupada en la agricultura y otras activi­dades primarias disminuyó de 26 a 16%, y los cultivos de maíz y otros productos básicos decrecieron hasta en 50%. El campo mexicano enfrenta una tremenda devastación y despoblamiento de diversas comunidades, resultado de una crisis del modelo de desarrollo económico, el cual ha promovido una desigual distribución de la riqueza y marcado un incremento en los niveles de pobreza. La mitad de las entidades del país registra un grado de alta y muy alta marginación, más de 40 millones de mexicanos siguen catalogados en algún grado de pobreza y se localizan prin­cipalmente en las entidades del sur y sureste del país. En los últimos años se ha limitado la generación de empleo, he­cho que ha favorecido que más de 400 000 mexicanos mi­gren cada año a Estados Unidos.
 
El sector primario o agrícola es el que expulsa mayor fuer­za de trabajo: 60% de gente desplazada en este sector pro­ductivo. El abandono del campo mexicano afecta el abas­to de alimentos básicos, la conservación y transmisión de los conocimientos de los sistemas productivos; favo­re­ce la pérdida de costumbres y tradiciones, y promueve la desestructuración de la organización comunitaria rural. Su impacto en los ámbitos social, político, económico, cultural y ambiental se ha subestimado.
 
El caso de Oaxaca es ilus­trativo. Es el estado de mayor diversidad biológica y cul­tural. Registra una com­ple­ja heterogeneidad am­bien­tal, de allí su alta biodi­ver­sidad, gran riqueza de ecosistemas y más de 12 500 especies de flora y fauna, muchas de ellas conocidas, nombradas y utilizadas por los habitantes locales, quienes a lo largo de más de 10 000 años de coexistencia las han favorecido, tolerado o domesticado, desarro­llan­do estrategias múltiples de manejo de recursos naturales para satisfacer sus necesidades desde las básicas hasta las estéticas y espirituales. Más de la tercera parte de su po­blación pertenece a alguno de los 16 grupos culturales, hablantes de 157 variantes lingüísticas; y 69% de su territorio está cubierto por bosques y sel­vas, recursos que potencialmente representan una gran ri­queza. Sin embargo, es un estado representativo de la cri­sis del campo nacional, ya que ocupa el tercer lugar nacional en marginación y po­breza, 55% de su población es rural y 41% de la población económicamente activa se dedica a las actividades prima­rias —agricultura, ganadería, actividades forestales, caza, pesca y re­colección. En los últimos 50 años el balance migrato­rio negativo se ha in­cremen­tado de 7 a más de 19% (ver recuadro).
 
 Población y migración
Tiene una extensión de 92 452 km2, que representan 4.8% del territorio nacional. Su división po­lítica comprende 570 municipios y 10 511 lo­calidades. De 1960 a 2000 la población total de la entidad se incrementó de 1.7 millones de ha­bitantes a 3.4 millones. Entre 1980 y 1990, la población presentó una tasa de crecimiento anual de 2.4%, misma que se redujo a 1.29% en la siguiente década. Se ha mantenido baja densidad poblacional con 37 habitantes/km2, menor a la media nacional (50 hab/km2). De su po­blación total, 62.5% es menor de 25 años, y 37% mayor de cinco años habla alguna lengua indígena. La entidad ocupa el tercer lugar respecto a la marginación en el país. En 1950, 21% de los municipios presentaron tasas de crecimiento negativo, proporción que se incrementó 43% en el año 2000. Desde 1950 hasta 2000 ha registrado una tasa migratoria negativa.Ochenta y nueve por ciento de los 570 municipios y 98.5% de las 10 511 localidades son rurales y sólo 1.5% son urbanas; sin embargo, és­tas últimas concentran casi 40% de la población total de la entidad y el restante 60% de las localidades muestra un patrón de asentamientos muy disperso. La proporción de población rural ha dis­minuido de 75% en 1960, a 55% en 2000, aunque en números absolutos se ha incrementado de 1.3 a 1.9 millones. El mis­mo pa­trón se observa para la población indígena que pasó de 39% en 1960 a 32% en 2000, pero en números ne­tos se incrementó de 679 399 a 1.1 millones. Caso con­trario se re­porta para la población económicamente activa dedicada a las actividades primarias como agricultura, ganadería, silvicultura, ca­za, pesca y recolección que pa­saron de 81% de la pea total en 1960 a 41% en 2000 (se­gundo porcentaje más alto del país). Oaxaca concentra 32.3% de las comunidades agra­rias y 38% de los co­mu­ne­ros del país.
 
La agricultura en Oaxaca
 
Vestigios arqueobotánicos de domesticación de especies como maíz, frijol, cala­baza, chile y aguacate, así como numerosos sistemas productivos que muestran la apropiación de la diver­si­dad de hábitats en la en­ti­dad, sugieren que la his­to­ria de la agricultura en Oa­xaca data del 10 000 a.C. En el siglo xvi estos sistemas productivos incorporaron los cambios tecnológicos y el ma­nejo de especies como trigo, cebada, caña de azúcar, café, avena, arroz, ganado bovino, equino, porcino y ovino, introducidas por los españoles.
 
A pesar de los cambios en la división territorial, la te­nencia de la tierra y los derechos de acceso y usufructo de los recursos naturales impulsados por los españoles, la ma­yoría de las comunidades rurales de Oaxaca mantiene ele­mentos de los sistemas agrícolas prehispánicos tales como la organización que promueve el trabajo comunitario, conocido como tequio, y la ayu­da mutua interfamiliar. La subsistencia de tradiciones obedece a un acto de re­sis­tencia activa. En 400 años de conquista se han registra­do 400 levantamientos armados por la posesión de las tie­rras. Actualmente 80% de su territorio es propiedad so­cial —comunal y ejidal.
 
A partir de la década de los cuarentas, la revolución ver­de ha promovido la in­ves­tigación en el campo con el fin de incrementar la pro­ducción al aplicar un paque­te tecnológico basado en el uso de semillas mejoradas, maquinaria y tecnología no­vedosa, así como la aplicación de fertilizantes y pes­tici­das. Los productores de subsistencia quedaron fuera de ­este paquete tecnológico; sin embargo, la mecanización de gran­des extensiones de terreno redujo la demanda de pues­tos de trabajo y motivó la migración de campesinos hacia las ciu­dades, donde la oferta de trabajo no pudo ab­sorber esta mano de obra disponible. Otra de las circunstancias que no favorecieron el impulso de las nuevas tecnologías agropecuarias fue el elevado costo de las semillas y las tecnologías, que cada año requerían insumos agrícolas dependientes del exterior de las unidades de producción rural.De 1940 a la fecha, en Oaxaca se han registrado grandes fluctuaciones en las superficies sembradas. La desestructuración del sector agropecuario, por la caída de precios y la creciente importación de granos básicos baratos, ha ge­nerado resistencia por los pequeños productores, quienes en la última década han incremen­tado la producción de maíz bá­si­camente para el auto­abas­te­ci­mien­to, mecanismo contrario al que han seguido los empresa­rios agroindustriales que se han enfocado en la exporta­ción de frutas y hortalizas.
En 1992 se reformó el ar­tículo 27 constitucional, el cual regula la tenencia de la tierra. A los campesinos se les ofreció la opción de cam­biar la tenencia de sus tierras del sistema comunal o ejidal a pequeña propiedad. Sin embargo, hasta la fecha, en Oaxaca como en gran parte del territorio nacional, no se ha registrado la masiva venta de tierras de los pequeños pro­duc­tores que se esperaba, pero se ha incrementado la migración y el abandono de tierras productivas.

 
Desde 1995 Oaxaca se ha ubicado entre el séptimo y el octavo lugar nacional en cuanto a migración. En el año 2000 en Mexico el sector rural fue muy dinámico, ­pero sólo generó 5% del pib. Más de 80% de su población se ubi­có por debajo de la línea de pobreza y más de la mitad se situó en el nivel de pobreza extrema. En ese año los produc­tores ru­rales con menos de dos hectáreas se vieron obli­ga­dos a trabajar en otras actividades para obtener hasta 70% de sus ingresos.

Metabolismo social y apropiación de la naturaleza
 
Desde el punto de vista fisiológico, el metabolismo com­pren­de el proceso por medio del cual los organismos vivos realizan la transformación y asimilación de sustancias ex­ter­nas que sirven de alimento para obtener energía y repo­ner las pérdidas por desgaste. Si concebimos la socie­dad como un gran organismo, ésta mantiene constantes in­­tercambios de energía, materiales y ser­vicios con la naturaleza en la que se en­cuentra inmersa y de la que forma parte. El proceso mediante el cual se mantie­nen estos in­tercambios es el metabolismo social, mismo que se manifiesta en la forma en la que sus productores se apropian de la na­turaleza por medio de la agricultu­ra, la ganadería, las ac­tividades forestales, la recolección y la pesca. Los pro­duc­­tos primarios son transformados mediante el trabajo di­rec­to o la manufactura industrial, los nuevos productos re­­sultantes se transportan —circulan— hacia los lugares don­de se venden entre los mayoristas, minoristas y público en ge­neral. Estos productos son consumidos entre la población —consumidores finales—, quienes aprovechan la energía de los alimentos o utilizan las fibras u otros ma­teriales ­para finalmente excretar los desechos, los cuales van a la basu­ra, a los drenajes, y se integran a la naturaleza en la me­dida que la misma pueda absorberlos.
 
Los productores rurales, como parte de la sociedad, se ubi­can en la base de la producción; por ello, los intercambios de energía, materiales y productos que obtienen de la na­turaleza adquieren gran importancia para el resto de la so­ciedad. Sus formas de apropiación tienen un impacto directo sobre el medio ambiente, la salud de la población y el bienestar económico.
 
Tipologías agrícolas, herramienta para caracterizar
a los productores rurales
En 1960 la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (fao) se dio cuenta de la gran diversidad de productores y sistemas de producción exis­tentes en el mundo rural, y para satisfacer las necesidades de pro­ducción de alimentos en el mundo y conocer todos los aspectos de la agricultura, encargó a la Unión Geo­gráfica Internacional la creación de la Comisión de Tipología Agrícola (cta), la cual tuvo como objetivo elaborar una metodología co­mún para caracterizar los diversos tipos de agri­cultura existentes. La cta tardó 20 años en pu­bli­car un esquema metodológico en el cual identificó cuatro atributos principales para caracterizar a los productores ru­rales del planeta:

1. Atributos sociales: tenencia de la tierra y tamaño del predio agrícola.
2. Atributos opera­cio­nales o funcionales: tipos de tracción, insumos, riego, superficie cultivada y hato ganadero.
3. Atributos de producción: productividad de la tie­rra y grado de comercialización de la producción agrícola.
4. Atributos estructurales: pro­por­ción de tie­rra agrícola con cultivos perennes, con cul­tivos alimenticios y con pastos permanentes en relación con la producción agropecuaria total, el porcentaje de producción pecuaria tanto para consumo familiar o comercial y el porcentaje de cultivos industriales.
Estos atributos reflejan los aspectos propios de la agricultura. Otras particularidades sir­ven como complemento para las tipologías como son el medio geográfico, la ubicación, los medios de transporte, las condiciones del mercado, los precios, el abastecimiento y la demanda de productos agrícolas. La propuesta metodo­ló­gica sentó las bases para el desarrollo de nu­me­rosas tipologías algunas de las cuales se de­sa­rrollaron en México, tales como las de Kamikihara, Montañez y Warman, Guerrero, Toledo y colabo­radores, y Gabriel, entre otras.
 
La tipología desarrollada por Toledo y colaboradores publicada en la obra La modernización rural de México: un análisis socioecológico, construye un indicador al que llama “índice de campesinidad-agroindustrialidad”, resultado de la suma de nueve variables: la energía compren­de el uso de ésta utilizada en el hogar, en la pro­ducción y en la transformación agropecuaria; la escala mide el tamaño del predio, del hato ganadero y el grado de intensificación ganadera; la autosuficiencia estima la producción de maíz, y si se logra el autoabasto productivo, tanto agro­pecuario como forestal, genético y financiero; la fuerza de trabajo valúa la proporción de trabajo realizado por la fa­milia o con personal remunerado; la diversidad da cuenta de la heterogeneidad ecogeográfica, productiva y biológica; la pro­ductividad evalúa el trabajo realizado en el cultivo de maíz y su eficiencia ecológica; el conocimiento expresa la proporción de apoyo téc­nico pagado, y finalmente la cosmovisión representa la presencia de población indígena. Al procesar los resultados obtenidos en la sumatoria de las nueve variables se obtiene un índice que alcanza valores entre cero y uno. A partir de esos valores, los autores identifican siete ti­pos de productores rurales: campesino puro, cam­pesino tradicional, campesino semitradicional, productor transicional, agroindustrial inci­pien­te, productor agroindustrial y agroindustrial puro.
 
Esta metodología es multicriterial y puede aplicarse en el ámbito nacional, estatal, munici­pal, de localidad, ejido o comunidad agraria, ba­jando hasta la unidad de pro­ducción. Asimismo, incorpora parámetros biológicos, ecológicos y sociales, y produce una caracterización socio­ecológica de los productores rurales y de los sistemas productivos. Por lo anterior, esta tipología se consideró como la más adecuada para caracterizar a los productores rurales de Oa­xaca, ya que permite caracterizar tanto a los productores rurales como a los sistemas productivos.
 
Desde tiempos históricos los humanos se han apropia­do de la naturaleza. Las antiguas sociedades nómadas eran cazadoras-recolectoras y su impacto en el paisaje era ­poco y no afectaba la capacidad intrínseca de renovación del eco­sistema. Las sociedades agrícolas y ganaderas lograron la domesticación y el cultivo de plantas, y la domesticación de animales, su trabajo impactó de manera importante al me­dio ambiente, transformando los ecosistemas naturales. Los sistemas productivos requieren energía externa para man­tenerse, como el trabajo humano y el animal. La sociedad in­dustrializada utiliza maquinaria movida por combustibles fósiles que le permiten una mayor transformación de los ecosistemas naturales, y actualmente extensas áreas se han degradado y necesitan rehabilitarse o restaurarse para que dichos ecosistemas puedan seguir brindando servicios am­bientales, como la recarga de los mantos acuíferos, el man­tenimiento del clima y la captura de carbono entre otros.
 
Toledo y sus colaboradores señalan que la apropiación por parte de los humanos tiene límites que deben considerarse para que sea adecuada. Esto permite que los ecosistemas se renueven, y para ello hay que reconocer ­cómo están formadas las unidades ambientales, cuál es su po­ten­cial productivo y de qué manera se pueden aprovechar. Sin una forma óptima de utilización, puede haber conse­cuen­cias desastrosas. El modelo capitalista de desarrollo pro­duc­tivo establecido en México orienta la producción ha­cia la rentabilidad, lo que no permite aprovechar las con­diciones naturales, sobreexplota algunos ecosistemas y pro­duc­tos, y abandona otros. De esta manera se perturban los ciclos ecológicos, se atenta contra la capacidad de renova­ción de los ecosistemas y su diversidad tanto orgánica ­como inor­gánica. González de Molina comenta que las culturas agrícolas campesinas proponían usos armonio­sos con la naturaleza, con normas para un manejo que per­mitiera la utilización continua y adecuada. La crisis ecoló­gica del mundo, producida principalmente por los cambios sociales en los últimos 300 años, ha trastornado el equilibrio en la naturaleza. Estos cambios han sido principalmen­te el crecimiento poblacional, la explotación irracional de los recursos naturales y la creencia de que la humanidad podía disponer de la naturaleza a su voluntad. La principal causa de la crisis ha sido la presión que ha ejercido la pro­ducción sobre los recursos naturales.
 
Los productores rurales de México y Oaxaca
 
Para México, Unikel definió a la población rural como aque­lla que habita localidades menores a 15 000 habitan­tes. Estas localidades suelen carecer de algunos servicios que proporciona el Estado y están marginadas del desa­rro­llo del país. Gabriel define la agricultura como “un sis­tema económico y cultural, una forma de producción que se relaciona con el suministro de instrumentos de trabajo, mano de obra y capital, y con los mercados. Se tratan tanto las influencias sobre el uso de la tierra como sus efectos”.
 
Con base en las tipologías agrícolas establecidas por To­ledo y sus colaboradores se obtuvo un índice de campe­si­ni­dad-industrialidad para los 570 municipios de Oaxaca, y con ayuda de un sistema de información geográfica se ge­neró el mapa de distribución de los productores rurales de Oaxaca. Este mapa muestra la ubicación geográfica de las diferentes categorías de productores. Con el fin de verificar si existe relación entre los sistemas productivos y el im­pacto en la transformación del ambiente, se sobrepuso el mapa de productores rurales al mapa de cobertura vege­tal de Oaxaca, obtenido para 1991.
 
Toledo identifica dos formas extremas de apropiación de la naturaleza por parte de los productores rurales: el modo agrícola, campesino o tradicional, que se ha practica­do por miles de años, y el modo agroindustrial o moderno, que es producto de la revolución industrial. El modo cam­pesino es a pequeña escala, se basa en sus propios recursos y la energía que suele usar es la que tiene a su alcance, como la humana, la del viento, el agua y el sol. El modo agroindustrial obtiene un alto rendimiento del trabajo, se basa en insumos externos como fertilizantes, insecticidas, herbicidas, suele ser poco diverso y como se practica en su­perficies de terreno medianas y grandes, requiere mano de obra pagada y maquinaria movida por combustibles fó­siles. La agricultura campesina y la agroindustria son los extremos en la actividad de los productores rurales. Entre ellos existe una gran variedad de prácticas productivas que permiten clasificarlas en diferentes tipos, tanto de producto­res como de sistemas productivos. Estas prácticas producti­vas mezclan sistemas agrícolas tradicionales con tec­no­lo­gías modernas en diferentes combinaciones.
 
En el estado de Oaxaca prevalecen los campesinos semitradicionales (58.9%); le siguen en importancia los cam­pesinos tradicionales con más de la tercera parte de los pro­ductores (39.8%); mientras que los productores transi­cio­nales se ubican en 1.1% de los municipios, y los campe­sinos puros sólo se registraron en un municipio (0.2%).
 
El comportamiento de las nueve variables en las categorías de campesino puro, tradicional y semitradicional es muy similar. En sus hogares utilizan leña para cocinar, energía humana y/o animal en sus cultivos y no utilizan equipos de transformación en la agricultura y la ganadería; sus parcelas de tierra son pequeñas con riego en tem­po­ral; sus pequeños hatos ganaderos tienen hasta diez ca­bezas de ganado bovino o cinco vientres porcinos; no tienen instalaciones para aves y cerdos; tienen una gran variedad de usos de suelo; obtienen una gran diversidad de produc­tos agrícolas, ganaderos, forestales y de recolección; la co­bertura vegetal es muy diversa, y la población es en su ma­yoría indígena. La autosuficiencia es baja ya que tienen poca producción de maíz; hacen uso de abonos orgánicos y forrajes para ganado; consumen lo que producen; siembran semilla criolla y crían ganado criollo; no son sujetos de crédito ni tienen seguros agrícolas; la fuerza de trabajo es fa­miliar o comunal; tienen muy poca productividad en el tra­bajo; su productividad energética es muy baja debido al uso de energía humana y animal en la siembra de maíz, y recurren a sus conocimientos tradicionales y empíricos en la agricultura y la ganadería.
 
Los productores rurales agroindustriales no utilizan leña para cocinar ni energía humana o animal en la agricultura; poseen equipos de transformación agropecuarios; no tienen pequeñas superficies ni pequeños hatos ganaderos, y tienen naves para cerdos y aves. Son totalmente autosuficientes en maíz y producen excedentes; usan alimentos balanceados para ganado y agroquímicos como insecticidas y fertilizantes; comercializan la totalidad de su producción; utilizan semilla mejorada y crían ganado fino. Tienen créditos y seguros para sus actividades agropecuarias; contratan mano de obra; poseen poca diversidad; su productividad del trabajo es alta, y la productividad energética muestra un gasto energético muy alto para el cultivo de maíz. Además, contratan asistencia técnica y su población no es indígena.
 
Al comparar los promedios obtenidos por Toledo y colaboradores para el estado y el país, vemos que tanto para el ámbito nacional como el estatal se muestran las mismas tendencias; sin embargo, a pesar de que en ambos predomi­na la categoría de campesino semitradicional, se aprecian diferencias significativas en los valores de las va­ria­bles. En el ámbito nacional, el valor de la energía re­porta un mayor uso de combustibles fósiles en los hogares, además del uso de tractores. No obstante, también existe un uso reducido de tecnologías mo­dernas como alimentos ba­lanceados, semillas me­joradas y pesticidas. En contraste, en Oaxaca, el uso de com­bustibles fósiles es menor, así como las tecnologías modernas. La escala en la que trabajan los productores, tanto en el estado como en el país, en su mayoría corresponde a pequeñas superficies y pequeños hatos ganaderos. En el país existe muy poca intensificación ganadera, y en el es­tado es nula. El trabajo agropecuario asalariado en el país es ampliamente utilizado, en tanto en Oaxaca predomina la mano de obra familiar. Los ecosistemas están más altera­dos a nivel país, existen menos variedades de productos y usos de suelo, mientras que en Oaxaca, que constituye sólo 4.8% del territorio nacional, existen todas las zonas ecoló­gicas de México, y el cag registra hasta 27 productos culti­vados. La productividad del trabajo en el cultivo de maíz es baja a nivel país, pero es mucho más baja en el estado. La pro­ductividad energética es muy baja en los dos niveles, lo que significa que existe poco gasto de energía en el cultivo del maíz, más bien dominan los sistemas tradicionales en este cultivo. En ambos niveles, los productores rurales ­casi no utilizan la asistencia técnica pagada. En la mayoría de las zonas rurales del país la población no es indígena, a di­fe­ren­cia de Oaxaca, donde 58% de su población en zonas rurales es indígena.
 
Finalmente, la sobreposición de los mapas de producto­res y cobertura vegetal muestra que existe una correlación directa entre deforestación e incorporación de tecnologías modernas en los sistemas productivos. Los municipios con productores puros se localizan en municipios sin deforestación, los campesinos tradicionales se distribuyen en municipios con muy baja o poca deforestación, los cam­pesinos semitradicionales se dis­tribuyen en municipios donde disminuye la cobertura vegetal y los campesinos transicionales se localizan en municipios deforestados. Los municipios ubicados en las sierras norte y sur de la en­tidad concentran la mayor riqueza y diversidad tanto biológica como cultural, y ello puede explicarse debido a la pre­sencia de productores campesinos semitradicionales que, con sus prácticas productivas, han ayudado al mante­nimiento de dicha riqueza y diversidad. Cabe destacar que la región de la mixteca, a pesar de pre­sentar campesinos se­mitradicionales, cuenta con municipios con alto porcen­taje de deforestación, lo cual no contradice lo antes dicho sino que se explica por encontrarse en la formación geo­ló­gica más antigua del estado (precám­brico), así como al hecho de registrar grandes porcentajes de migración. Este ambiente, geológicamente antiguo, re­quiere la presencia de los campesinos que, a través de sus prácticas producti­vas, ayudan a la conservación de la cobertura vegetal, ­pero ante la ausencia de los productores y sus prácticas produc­tivas se acelera el proceso de degra­dación de estos paisajes precámbricos.
 
Conclusiones
 
La historia de la agricultura en Oaxaca nos muestra un te­rritorio que históricamente se ha mantenido aislado con una fuerte presencia indígena, hecho que ha permitido la conservación de tradiciones, costumbres y un fuerte arrai­go a la producción agrícola. Este aislamiento ha favorecido el man­tenimiento de un sector ru­ral importante (58% de su población), olvidado, rezagado, que lo ubi­ca en el tercer lugar en margi­nación y pobreza del país. Desde 1950 Oaxa­ca ha mantenido un saldo migratorio negativo y cada vez es mayor la proporción de mujeres migrantes. El estado ­está perdiendo su fuerza productiva, 90% de los migrantes se ubi­can entre 15 y 50 años, y en las dispersas localidades ru­rales sólo quedan niños y viejos. Se ha roto la vía de trans­misión de conocimientos, de organización comunitaria.
 
En cuanto a la tipología de productores rurales como herramienta metodológica, ésta permite integrar aspectos sociales y económicos de la agricultura; asimismo, ofrece ele­mentos para clasificar e identificar variables productivas y caracterizar tanto los sistemas productivos como a los productores.
 
Consideramos que la metodología elaborada por Toledo y colaboradores podría enriquecerse al incluir la te­nen­­cia de la tierra, variable que a través de siglos ha sido fuen­te de innumerables conflictos. Asimismo, podría incor­porar la migración rural e indígena, ya que Oaxaca es un estado que expulsa población rural desde 1950.
 
Con los resultados aquí obtenidos se comprueba que en Oaxaca prevale­ce un grupo de productores que tienen una actitud frente a la naturaleza y la producción muy par­ticular, que se basa en una relación sociedad-naturaleza iniciada hace más de 12 000 años y que ha generado muy diversos pro­ce­sos de apropiación/producción que se han transmitido de generación en ge­neración, heredando tradiciones que tienden a hundir sus raíces en formas civilizadoras premodernas o preindus­triales.
 
Con los resultados del índice también se verifica la exis­tencia de prácticas productivas tradicionales de fabricación y creación rural que surgen con mayor intensidad en aque­llos productores campesinos que pertenecen a grupos in­dí­genas, y que tienden a desaparecer en aquellos productores que han incorporado tecnologías modernas. En este ejercicio acerca de la caracterización de los productores ru­ra­les en Oaxaca se concluye que las estrategias de de­sa­­rro­llo del nuevo modelo de cre­ci­mien­to en México no tienen nada que pro­meter a este sector de la población me­xi­­cana. De igual manera, la nueva Ley Agraria y el Tratado de Li­bre Comercio con Estados Unidos y Canadá, no proporcio­nan ninguna ventaja o privi­legio socioeconómico a este gran nú­mero de pequeños productores ­rurales.
 
En todo caso, estas reglamentacio­nes legales y comerciales sí tienen mucho que proponer a aquellos productores que operan bajo un modo agroindustrial y que poseen una visión comercial y pragmática del universo natural.
 
El impacto que generan los pro­duc­tores rurales de Oa­xa­ca sobre el am­bien­te es diferencial, a mayor in­cor­po­ra­ción de tecnología mo­derna, mayor transformación del am­biente y mayor tasa de deforestación. En al­gu­nas re­giones geo­ló­gicamente muy an­tiguas, la presencia de prácticas pro­duc­tivas tradicionales ayuda a disminuir el deterioro de di­chos ambientes. Ante estos hechos, cabe preguntar, ¿por qué se desprecia y ataca a quienes nos dan de comer?, ¿por qué no se protege al sector rural me­xicano pa­ra que realice lo que mejor sabe hacer: identificar, seleccionar, domesticar, cul­tivar y mantener la bio­diversidad de México y producir ali­men­tos, no só­lo para ellos sino para más de 80% de la población urbana del país que no pro­duce sus alimentos?
 
articulos
 
Referencias bibliográficas

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María de Jesús Ordóñez
Centro Regional de Investigaciones Multidisciplinarias,
Universidad nacional autónoma de México.
 
Es investigadora en el Centro Regional de Investigaciones Multidisciplinarias de la UNAM, donde coordina el Programa Perspectivas sociales del Medio ambiente. evalúa áreas naturales protegidas, cambios en el uso del suelo e interacciones sociedad-­naturaleza.
 
Paloma Rodríguez Hernández
Centro Regional de Investigaciones Multidisciplinarias,
Universidad nacional autónoma de México.
 
Bióloga de la Facultad de Ciencias de la UNAM; colabora en el Centro Regional de Investigaciones Multidisciplinarias, y ha participado en diversas investigaciones sobre desarrollo urbano, medio ambiente, asistencia a la salud y productores rurales
     
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como citar este artículo


Ordóñez, María de Jesús y Rodríguez Hernández, Paloma. 2008. Oaxaca, el estado con mayor diversidad biológica y cultura de México, y sus productores rurales. Ciencias núm. 91, julio-septiembre, pp. 54-64. [En línea].

     

 

 

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 Ricardo Sandoval y Liliana Valladares      
               
Hoy día, los conocimientos científicos y tecnológicos son
considerados como fuentes estratégicas para el desarrollo de las sociedades. Su impacto sobre los índices nacionales de competitivi­dad los han convertido en los agentes más importantes para el crecimiento económico.
 
En este sentido, las naciones altamente desarrolladas se han caracteri­zado por el fuerte apoyo que otorgan a sus sistemas de ciencia y tecnología, pues éstos inciden directamente en el incremento de sus capacidades para la innovación y el progreso tecno­ló­gi­co. Dichas capacidades son, con fre­cuencia, las que permiten distinguir en­tre economías con un mayor grado de consolidación y aquellas en vías de desarrollo.
 
Las asimetrías en los intercambios comerciales y cognitivos que tienen lu­gar entre estos dos tipos de economías se suelen explicar por la escasa pro­ducción de innovaciones derivadas de los sistemas de ciencia y tecno­lo­gía en los países en desarrollo, lo que hace a estos últimos dependientes del mer­cado extranjero.
 
En el caso de México, el apoyo a la ciencia y la tecnología —que proviene principalmente del Estado— es preca­rio. Esto se refleja en algunos de los in­­di­cadores que dan cuenta del grado de avance del país y que permiten com­pa­rarlo con el resto del mundo.
 
Entre estos indicadores, el relativo al número de patentes ha ido adqui­rien­do mayor relevancia en la actuali­dad. Las patentes son un instrumento útil para medir el grado de creatividad, inventiva e innovación desarrollado dentro de un contexto; asimismo, re­fle­jan la capacidad de producción cog­nitiva con aplicación industrial, de co­mercialización y explotación de una idea que por su novedad es capaz de ex­tender el dominio de lo posible y transformar las formas de interacción en diversos ámbitos —económico, so­cial, político, cultural.
 
Las bases de patentes se han con­ver­tido en grandes mercados tecno­ló­gi­cos, pues son casi una garantía de éxi­to comercial, ya que una patente otorga el derecho exclusivo de explotar los beneficios derivados de la comercialización de una invención protegida bajo esta figura jurídica. Una paten­te concede así el derecho de impedir a otras personas —que no sean los ti­tu­la­res de la misma— que fabriquen, usen, vendan, ofrezcan en venta o im­por­ten el producto o proceso patenta­do sin su previo consentimiento.
 
De esta manera, una patente otorga beneficios tales como el acceso a nue­vos mercados y la obtención de fi­nanciamiento para continuar la inves­tigación básica y aplicada. A nivel em­presarial, la posesión de una patente re­presenta una ventaja competitiva por­que ésta se puede comercializar, ven­der —cesión de derechos— o licen­ciar —dar permiso a un tercero para que la explote de manera exclusiva en el mercado.
 
De acuerdo con los Indicadores de Actividades Científicas y Tecnológicas del Consejo Nacional de Ciencia y Tec­nología (Conacyt) en México, en 2006 se solicitaron 15 500 patentes de las cua­les solamente 574 fueron solicitadas por mexicanos. Con relación a ­esto, cabe señalar que, en ese mismo año, se publicaron casi 6 604 artículos cien­tíficos. Es decir que no todos los resul­tados de investigación que se publican mediante artículos están protegidos bajo la figura de patente.
 
Sobre estas cifras es importante pre­cisar que, por un lado, sólo 8.7% de lo que se publica en México se patenta, y que, por otro lado, del total de so­li­ci­tudes anuales ante el Instituto Me­xi­cano de la Propiedad Intelectual (impi), únicamente 3.7% es solicitado por me­xicanos.
 
El hecho de que lo patentado en Mé­xico corresponda mayormente a ex­tranjeros refleja tanto el alto índice mexicano de dependencia extranjera como el bajo coeficiente de inventiva reportado para el país.
 
El índice de dependencia extranje­ra es el valor que resulta de la relación entre el número de solicitudes de patentes de extranjeros y el número de so­licitudes nacionales. Según datos del Conacyt, en México en 2006 este valor fue de 22.36, uno de los valores más al­tos del mundo, en tanto que la relación de dependencia reportada para ese mismo año en otros países fue co­mo sigue: Brasil 3.80, España 0.11, Ja­pón 0.15 y Estados Unidos 0.88.
 
El coeficiente de inventiva, por su parte, mide la relación entre el núme­ro de patentes nacionales solicitadas por cada 10 000 habitantes. Según datos del Conacyt, en México en 2006 es­te valor fue de 0.05. El mismo indicador fue casi cuatro veces mayor para Brasil, 0.21, más de diez veces mayor pa­ra España, 0.67, más de cien veces ma­yor para Estados Unidos, 6.45, y más de cuatrocientas veces mayor para Corea, 21.89, en comparación con México.
 
Esta situación indica que en Mé­xi­co es necesario crear una cultura de la propiedad intelectual que garantice la explotación de los beneficios del co­nocimiento generado dentro del país para el bienestar social.
 
De acuerdo con los datos anterior­mente señalados surgen preguntas ta­les como: ¿por qué en México no ­existe una cultura de la protección intelectual entre la mayoría de los científicos y tecnólogos?, ¿tiene el científico-tec­nólogo la obligación de patentar los resultados innovadores de sus investigaciones?, ¿por qué sería necesario pa­tentar?
 
Protección intelectual y responsabilidad
 
En su libro titulado El bien, el mal y la razón, el filósofo mexicano León Olivé plantea la idea de que el saber implica una responsabilidad moral, por lo tanto, las prácticas que se llevan a cabo dentro de los siste­mas de ciencia y tecnología no son éticamente neutrales. Los cien­tífi­cos y los tecnólogos, por la propia naturaleza de su trabajo, adquie­ren responsabilidades morales. Esto de­bido a que el hecho de tener cierto conocimiento implica tener una responsabilidad moral sobre los riesgos, las ventajas, las apli­caciones y las con­secuencias del mismo ya que, en la prác­ti­ca, tanto científicos como tec­nó­logos deben elegir entre cursos de ac­ción posibles que son sujetos de eva­luación moral.
 
De esta manera, siguiendo el planteamiento de León Olivé, los científicos deben tomar conscien­cia de las responsabilidades que adquieren en función de variables tales como: 1) los temas que eligen investi­gar; 2) las posibles consecuencias de su tra­bajo; 3) los medios que escogen para obtener sus fines.
 
Los tecnólogos, por su parte, de­ben ser conscientes de la necesidad de eva­luar, no solamente la eficiencia y eficacia de las tecnologías que diseñan y aplican, sino tam­bién, y hasta don­de sea posible, las consecuencias que pueden derivarse de llevar sus in­novaciones a los sistemas naturales y sociales. En este sen­tido, los cientí­ficos y tecnólogos deben tener claro que los fines que persiguen con sus in­vestigaciones pueden modificar el en­torno, por lo que son res­ponsables de justificar los resultados que buscan obtener de las aplicaciones con­cretas de sus logros.
 
Siguiendo la discusión planteada por Olivé, sugerimos que la res­pon­sa­­bilidad de los científicos y tec­nólo­gos debe extenderse también hacia el tema de la protección intelectual.
 
Existen diversas razones por las cua­les se puede sostener que es un de­­ber moral de los investigadores prote­ger intelectualmente, mediante paten­tes, los resultados innovadores de su trabajo. Estas razones res­ponden, al menos, a dos ám­bitos dis­tintos. Por un lado, es­tán aquellas que se ubican dentro del terreno eco­nómico y que tienen que ver con la rela­ción entre el número de patentes y la dependencia extranjera en el sector productivo —dependencia cien­tífico-tecnológica. Dentro de es­te rubro, proteger los resultados de in­ves­ti­gación significa la oportunidad de for­talecer la competencia, la in­no­vación y la industria nacional, frente al mercado global.
 
Por otro lado, existen razo­nes vin­culadas con la responsa­bilidad ética y social de los cien­tíficos y tec­nólogos. Esto es así porque los sistemas de producción de cono­cimiento científico-tecnoló­gico no están subordinados sola­men­te a los criterios de rentabilidad y efi­cacia, sino que también se ri­gen por otros valores de tipo epis­témico, po­lítico, moral y es­tético, entre otros.
 
En este sentido, reducir la plu­rali­dad axiológica que constituye a los sistemas de ciencia y tecnología únicamente al aspecto económico, ha tenido como una de sus consecuencias las fuertes crí­ticas que di­versos autores han hecho a los siste­mas de protección intelectual, como medios que fomentan la privatización y la comercialización del saber. Sin embargo, aquí sostenemos que estas críticas no deberían condenar a priori y en abstracto, como si existiera una ética universal, los sistemas de protección intelec­tual. Debemos re­cordar que cualquier condena moral o juicio de va­lor se hace siempre desde una orientación evaluativa, esto es, des­­de un punto de vista particular que responde a un juego de valores adop­ta­dos dentro de un contexto específico.
 
Por subestimar la importancia de las patentes, hoy día las grandes em­pre­sas trasnacionales han adquirido una fuerza sin igual dentro de nues­tro país, generando las condiciones de de­pendencia antes señaladas.
 
Los sistemas de protección intelec­tual pueden contribuir a garantizar que la ciencia y la tecnología, financia­das por el Estado, cumplan con la fun­ción social de resolver algunos de los problemas de prioridad nacional.
 
Es por esto que quienes generan nuevo conocimiento en México debe­rían asumir la responsabilidad de pro­teger, mediante patentes, los resultados obtenidos de sus investigaciones, sobre todo en lo concerniente a los usos po­tenciales de los mismos —sean estos usos tanto comerciales o no, como pre­vistos o inesperados.
 
En nuestro país es necesario fo­men­tar una cultura de la protección in­telectual. Esto implica, entre otras co­sas, reconocer que publicar en las re­vistas especializadas —materia de de­re­chos de autor— no es lo mismo que patentar los resultados de investi­ga­ción potencialmente explotables des­de el punto de vista comercial —ma­te­ria de propiedad industrial.
 
Si en México los investigadores no protegen con patentes aquello mismo que publican en las revistas especiali­zadas —sobre todo cuando sus hallazgos tienen, claramente, una aplicación comercial—, entonces, no solamente estarán desprotegiendo al pueblo me­xicano del “mal uso” que se haga de esas investigaciones, sino que estarán contribuyendo a aumentar el índice de dependencia extranjera. Esto es así por­que publicar sin patentar equivale a “regalar” las tecnologías y los co­no­ci­mientos obtenidos con fondos públi­cos a un tercero —que generalmente es un extranjero—, quien al encon­trar­se con dicha información valiosa ­puede decidir patentarla para obtener el de­recho exclusivo de explotarla comercialmente. De tal modo que luego los mexicanos terminamos pagando por tecnología extranjera patentada que fue creada y desarrollada a partir de co­nocimientos y tecnologías naciona­les que no se protegieron inicialmente. En términos generales, por falta de una cultura de la propiedad intelectual, en México muchas veces compra­mos al extranjero gran parte de nuestra propia tecnología.
 
No patentar es, por tanto, un acto de irresponsabilidad que libera a un in­vestigador mexicano del deber social que tiene —en tanto que realiza sus actividades con fondos pú­blicos—, de especificar el uso deseado o inten­cio­nado de los resultados de sus in­ves­tigaciones y de proteger a la socie­dad del “mal uso” que un tercero pueda dar­le a sus invenciones científicas o tecnológicas.
 
Si bien es cierto que cada patente representa una posibilidad de comer­cia­lizar aquello que se protege, también representa la oportunidad de con­­for­mar un contrapoder que nos permita transitar más allá del punto de vista mer­cantilista. Esto es así por­que una patente otorga también el de­recho de explotar una propiedad intelectual co­mo mejor le convenga a sus titulares, sea dentro o fuera del mer­cado —por ejemplo, bloqueando un mercado que se considera desleal, injusto o ilegí­ti­mo; o bien, asegurando una retribución jus­ta, no necesaria­mente econó­mica, a quie­nes participaron en la invención.
 
El acto de patentar se vuelve en­ton­ces no solamente un asunto destinado a proteger una invención para con ello obtener el derecho exclusivo de explo­tarla comercialmente, sino que es además un acto de responsabilidad ética y social que puede asegurar que las invenciones científicas y tecnológicas de un país se usen para beneficio de la sociedad en su conjunto.
 
Una cultura de la protección intelectual
 
En México, los centros públicos de in­vestigación, así como las instituciones de educación superior, principales en­cargadas de generar nuevos co­no­ci­mien­tos y tecnologías, deben desa­rro­llar políticas claras de protección intelectual y promover entre sus estu­diantes e investigadores esta cultura como un deber moral orientado a ase­­gurar el “buen uso y provecho social” de las inven­ciones en materia de cien­cia y tecnología.
 
Para ello es imprescindible incluir, dentro de la formación académica de fu­turos científicos y tecnólogos, cursos y diplomados especializados en el te­ma, que propicien entre los estu­dian­tes la reflexión sobre la importan­cia de patentar sus trabajos de investi­gación originales. Asimismo, es importante pro­porcionar a los alumnos información oportuna relativa a diversos aspec­tos sobre cómo redactar una patente, antes de que éstos divulguen, de ma­ne­ra prematura, los hallazgos obtenidos en sus proyectos de investigación —en el artículo 18 de la Ley de Propie­dad Industrial se establece que lo ya di­vulgado previamente no puede ser patentado porque se ha afectado su ca­rácter de novedad.
 
Proteger los nuevos conocimientos generados constituye un modo en el que los alumnos pueden retribuir a su institución académica. De la misma ma­nera, estas acciones servirán también para impulsar al sistema mexi­cano de producción científica, tecnoló­gica e industrial, de tal modo que la inver­sión en ciencia y tecnología dejará de verse como un gasto por parte del Es­tado pa­ra consolidarse como una in­ver­sión que efectivamente redunde en los diversos ámbitos del desarrollo na­cional.
 
Es hora de que en los centros me­xi­canos productores de conocimientos se desarrolle y consolide una cul­tu­ra de la propiedad intelectual orientada a salvaguardar la riqueza cognitiva que se genera en el país. Esto podrá con­tri­buir a reducir las asimetrías genera­das por la hegemonía de las grandes em­pre­sas transnacionales. También pro­mo­ve­rá el fortalecimiento y el desarro­llo de una industria nacional altamente com­pe­ti­tiva, comprometida con la in­novación, pero también con el respeto de los derechos de todos al acceso de los beneficios del saber.
 
  articulos  

Referencias bibliográficas

 
Conacyt, 2007. Indicadores de Actividades Científicas y Tecnológicas. Edición de Bolsillo. Disponible en:http://www.siicyt.gob.mx/siicyt/docs/contenido/Indicadores_2007.pdf
Echeverría, J. 2002. Ciencia y valores. Destino. Bar­celona.
Olivé. L. 2000. El bien, el mal y la razón: facetas de la ciencia y la tecnología. Paidós. México.
Villoro, L. 2007. Los retos de la sociedad por venir. fce. México. 226 p.
Imágenes
P. 68: Flor Garduño, Totonaca, Cuetzalan, Puebla, 1986. P. 69: Edouard Boubat, Sin título, s. f. P. 70: Tina Modotti, Alcatraces. P. 71: Patricia Lagarde, Tecomaxóchitl; Yiauhtli; Macpalxóchitl; Yoloxóchitl, 2000. P. 72: Paul Strand, Iris and Stump, 1973; Kart Blossfeldt, Fritilla-ria, s. f.
     
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Ricardo Sandoval
Instituto de Investigaciones Filosóficas,
Universidad Nacional Autónoma de México.
 
Es maestro en filosofía de la ciencia e investigador dentro del Proyecto
sociedad del Conocimiento y Diversidad Cultural de la Coordinación de Hu-
manidades de la UNAM.
 
Liliana Valladares
Instituto de Investigaciones Filosóficas,
Universidad Nacional Autónoma de México.
 
Es maestra en Filosofía de la Ciencia e investigadora dentro del Proyecto
sociedad del Conocimiento y Diversidad Cultural de la Coordinación de
Humanidades de la UNAM.
     
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como citar este artículo

Sandoval, Ricardo y Valladares, Liliana. 2008. Protección intelectual del saber: responsabilidad ética y social del científico-tecnólogo. Ciencias núm. 91, julio-septiembre, pp. 68-73. [En línea].
     

 

 

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W allace y
el colugo
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Héctor T. Arita
   
   
     
                     
En noviembre de 1862, Alfred Russel Wallace estaba
por con­cluir sus aventuras científicas en el sureste de Asia. Ocho años atrás había comen­zado su expedición en Singapur y luego de recorrer amplias re­giones de Borneo, las Célebes, Timor, Bali, Lombock y Java, entre otras islas del ar­chi­pié­lago Malayo, decidió diri­girse a Sumatra. A sus 41 años, Wallace era ya un experimentado viajero y naturalista, conocido entre los intelectuales ingleses por sus numerosos artículos sobre la flora y la fau­na de los trópicos, y por sus ensayos acerca de la evolución por selección natural y la zoogeografía del sureste asiático. Tras largos años lejos de su terruño, ansiaba regresar a Inglaterra para compilar la enorme cantidad de información que había amasado sobre la fauna de las lejanas islas asiáticas.
 
El 8 de noviembre Wallace arribó a la bulliciosa ciudad de Palembang, en el extremo orien­tal de la isla de Sumatra. Ahí, el médico local que le dio alojamiento le explicó que en esa época del año sería muy difícil encontrar sitios adecuados para una exploración cien­tífica, ya que toda la región se hallaba inundada por las lluvias estacionales. El naturalista, sien­do un curtido explorador, no se arredró ante la adversidad y viajó río arriba hasta que encontró zonas boscosas sin anegar cerca de una localidad llamada Lobo Raman, a unos 200 kilómetros de la costa. Las condiciones de vida en el lugar eran difíciles. Las casas, detalla Wallace en El Archipiélago Malayo, consistían en un piso construido con bambú cortado, sostenido por pilotes de dos metros y “sin traza alguna de algo que pudiéramos llamar mobiliario”. A pesar de deplorar los malos olores provenientes de las letrinas, el ex­plorador consideraba a los na­tivos “tolerablemente limpios” y admiraba su sagacidad y bue­na disposición no obstante la escasez de alimentos, que en la época de lluvias los obligaba a subsistir con una dieta de arroz con sal y pi­mien­tos rojos, de acuerdo con las narraciones del viajero inglés.
 
Durante el mes que permaneció en Lobo Raman, Wal­lace encontró una gran va­rie­dad de insectos nuevos para la ciencia, aunque su cosecha de ejemplares de vertebrados no fue tan exitosa como en otras localidades. Halló “solamente” tres o cuatro nue­vas formas de aves y no pudo observar orangutanes ni elefantes, aunque encontró huellas del rinoceronte sumatrano. Ob­servó también varias especies de monos, incluyendo el siamang, el más grande de los gibones.
 
Un día que caminaba por un bosque cercano, Wallace observó en la luz del atardecer un animal trepando por el tron­co de uno de los gigantescos árboles que abundan en las selvas asiáticas. Al sentirse acechado, el animal apresuró su ascenso hasta alcanzar una altura considerable y, de pronto, se dejó caer. Con celeridad, el animalucho extendió sus patas, dejando expues­ta una amplia membrana de piel que, cual paracaídas, redu­jo la velocidad del descenso y permitió al animal planear elegantemente hasta aterrizar en otro árbol, en el que rápida­mente comenzó de nuevo a tre­par. Según los cálculos de Wallace, el animal recorrió una distancia horizontal de unos 65 metros, habiendo descendido sólo unos doce metros. El naturalista se maravilló ante el espectáculo, aunque sabía muy bien de qué animal se trataba, pues había ya colectado en Sin­gapur y Borneo varios “galeopitecos”, como él lla­maba a los colugos por el nom­bre científico prevaleciente en la taxonomía de la época.
 
El kaguang o colugo de las Islas de la Sonda (Galeop­terus variegates) y el colugo de las Filipinas (Cynocephalus volans) forman el orden Dermoptera. Los colugos son mamíferos medianos, de unos 45 centímetros de largo y de un kilo y medio de peso. Se caracterizan por las membranas de piel o patagios que cubren los espacios entre la cola y las patas traseras, entre las patas y entre las patas delanteras y el cuello del animal. Tie­nen un pelaje corto pero muy sedoso, con una coloración moteada que les permite pasar inadvertidos cuando per­manecen inmóviles recargados contra la corteza de los ár­bo­les. Tienen grandes ojos di­ri­gi­dos hacia el frente y orejas pequeñas y redondeadas. Son animales muy tímidos y difíciles de estudiar en la naturaleza, pero se sabe que son ­nocturnos, que se alimentan principalmente de material vegetal y que pasan la mayor parte del día colgados en los árboles, escondidos entre los huecos de la corteza.
 
Los dermópteros son ocasionalmente conocidos como lémures voladores. Esta desig­nación muestra que los colugos, desde su descubrimiento por los zoólogos, fueron considerados parientes de los primates, o incluso miembros primitivos de este grupo. En las clasificaciones zoológicas modernas se acepta que los órdenes Primates, Dermoptera y Scandentia (las musarañas arborícolas) forman un gru­po natural. Lo que ha sido más di­fícil de establecer es el parentesco relativo entre estos tres grupos. Un estudio reciente rea­lizado por Jan Janecka y sus colaboradores muestra que efectivamente los primates, los colugos y las musa­rañas arborícolas pueden clasifi­carse en un solo grupo (los Euarchonta) que surgió hace 87.9 millones de años. Dentro de este grupo, las musarañas arborícolas se separaron primero, de manera que los colugos vienen a ser nues­tros primos, los parientes más cercanos de los primates.
 
Tal como lo atestiguó Wal­lace, los colugos son habilidosos planeadores. Un estudio re­ciente, realizado por científicos de la Universidad de Ca­lifornia en Berkeley y de la Uni­versidad Nacional de Singapur, mostró que la distancia horizontal que los colugos pla­nean en cada salto varía entre 2.5 y 150 metros. Usando di­mi­nutos acelerómetros pegados en la espalda de los animales, los investigadores encontraron que la distancia de planeo se correlaciona con la fuerza con la que los colugos saltan desde el árbol de origen. Más interesante aún, la velocidad del aterrizaje, y por lo tanto la fuerza del impacto, es menor cuanto mayor es la distancia recorrida. Esto significa que los colugos son capa­ces de modificar la trayectoria y la velocidad de sus planeos por medio de sus patagios.
 
La capacidad de planear ha evolucionado independientemente en varios grupos de animales. Sólo entre los mamí­feros ha aparecido al menos en nueve linajes diferentes, in­cluyendo varios tipos de ardillas “voladoras” y algunos mar­supiales planeadores, además de los colugos y de los ancestros de los murciélagos. Por alguna razón aún no muy bien comprendida, las selvas del sureste de Asia son particular­mente ricas en animales planeadores. El propio Wallace descubrió en Borneo una especie de rana “voladora”, cuyas patas presentan unas enor­mes membranas que le permiten amortiguar las caídas. En el su­reste asiático habitan otros animales capaces de planear, con menor o mayor habilidad: una lagartija, un gecko, una ser­piente, además de ocho especies de ardillas “voladoras” gigantes del género Pe­tau­rista y, por supuesto, las dos especies de colugo. Se ha especulado que la estructura de las selvas asiáticas, do­minadas por árboles de gran altura y muy espaciados ha fa­vorecido la evolución de animales planeadores.
 
Durante su estancia en el archipiélago Malayo, Wallace se embelezó con la impresionante diversidad de formas animales de la región y por años buscó una explicación para su origen. Finalmente, du­rante un ataque de fiebre que lo mantuvo en cama por dos semanas a principios de 1858, dedujo que el origen de la gran variedad de formas naturales se debe al proceso de selección natural, o lo que él llamo “la tendencia de las variedades a divergir indefinidamente del tipo original”. En El Archipié­lago Malayo, publicado en 1869, Wallace utiliza las mem­branas de las patas de la rana “voladora” que descubrió en Borneo como un ejemplo de evolución: “Es muy interesante para los darwinistas, ya que muestra que la variabilidad de los dedos, que de por sí han sido modificados para permitir a las ranas nadar y trepar, ha sido aprovechada por una especie emparentada para moverse por el aire como la lagar­tija voladora” .
 
Aunque nun­ca discutió el asunto con detalle, es probable que Wallace haya tenido cavilaciones similares al observar las adaptaciones del colugo a su vida planeadora y comparar su morfología con la de los primates. Hoy en día, como en tiempos de Wallace, sin duda vale la pena estudiar a nuestros parientes más cercanos para tratar de entender nuestra propia naturaleza.
 
articulos
Referencias bibliográficas

Byrnes, G., N. T. L. Lim y A. J. Spence. 2008. “Take-off and landing kinetics of a free-ranging gliding mammal, the Malayan colugo (Galeopterus variegatus)”, en Proceedings of the Royal Society, B-Biological Sciences, núm. 275, pp. 1007-1013.
Janecka, J. et al. 2007. “Molecular and genomic data identify the closest living relative of primates”, en Science, núm. 318, pp. 792-794.
Wallace, A. R. 1869. The Malay Archipelago; the land of the orang-utan and the bird of paradise; a narrative of travel with studies of man and nature. Macmillan & Co., Londres (versión en español, cnca, México, 2001).
     
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Héctor T. Arita
Instituto de Ecología,
Universidad Nacional Autónoma de México.
     
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como citar este artículo
 
Arita, Héctor T. 2008. Wallace y el colugo. Ciencias núm. 91, julio-septiembre, pp. 16-18. [En línea].
     

 

 

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