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Mieles peninsulares
y diversidad. Campeche,
Quintana Roo y Yucatán.
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| Conabio, México, 2007 | ||||||||||||||
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La Península de Yucatán es una inmensa planicie caliza
de 140 000 km2, con clima cálido subhúmedo. La larga historia de ocupación humana en estos territorios, la agricultura y la domesticación, los huertos y el manejo de la vegetación han contribuido a perfilar la diversidad florística que hoy caracteriza esta región. La deforestación y la introducción de agricultura y ganadería extensivas han alterado profundamente la vegetación. La apicultura es una actividad basada en las floraciones de la vegetación natural y transformada; las mieles de cada región y momento de cosecha son un reflejo de la riqueza de esta vegetación. Las buenas prácticas de manejo y la racionalización de la actividad apícola permitirán valorar las mieles de los diversos paisajes y reconocer el trabajo de los apicultores, al tiempo que se favorece la conservación de los ecosistemas y la biodiversidad regional. La fuerte tradición maya de trabajar con abejas y la rica flora de la región han permitido que la apicultura sea una actividad económica importante, tanto para las familias campesinas como para la economía de la península y del país. Las colmenas se establecen en apiarios fijos en lugares estratégicos que permiten aprovechar las diferentes floraciones que ocurren de manera continua en la región. El área de recolección de néctar depende de la estación del año, la disponibilidad de flores, su atracción y la competencia con otros animales nectarívoros o abejas de otras colonias. Cuando la floración es abundante, el área de recolección no va más allá de quinientos metros alrededor de la colmena; en épocas de baja floración las colectoras pueden hacer vuelos de hasta seis kilómetros en busca de néctar y polen. Las abejas pueden alimentarse de casi todos los néctares, aunque tienen preferencias por ciertas flores y pueden volar grandes distancias en busca de sus preferidas. En la entrada de la colmena, las colectoras entregan su carga de néctar a otras obreras que lo transportan hasta el área de almacenamiento, en donde comenzará la producción de miel. Todo este interesante proceso y la diversidad de flores, comunidades productoras, colores y sabores de mieles peninsulares se presenta en este mapa editado por la Conabio.
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| Fragmento de la Introducción. | ||||||||||||||
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Conabio. 2008. Mezcales y diversidad. Ciencias núm. 91, julio-septiembre, p. 74. [En línea].
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María de Jesús Ordóñez y Paloma Rodríguez Hernández
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México es reconocido como centro de origen y domesticación
de importantes cultivos como el maíz, la calabaza y el frijol. Cuenta con más de 10 000 años de tradición agrícola, producto del mestizaje de elementos y tecnologías prehispánicas, con elementos y tecnologías introducidos durante la Colonia y la reciente incorporación del paquete tecnológico promovido por la revolución verde. A pesar de ser una actividad estratégica para la autosuficiencia alimentaria y la soberanía nacional, de 1980 a 2000, la población ocupada en la agricultura y otras actividades primarias disminuyó de 26 a 16%, y los cultivos de maíz y otros productos básicos decrecieron hasta en 50%. El campo mexicano enfrenta una tremenda devastación y despoblamiento de diversas comunidades, resultado de una crisis del modelo de desarrollo económico, el cual ha promovido una desigual distribución de la riqueza y marcado un incremento en los niveles de pobreza. La mitad de las entidades del país registra un grado de alta y muy alta marginación, más de 40 millones de mexicanos siguen catalogados en algún grado de pobreza y se localizan principalmente en las entidades del sur y sureste del país. En los últimos años se ha limitado la generación de empleo, hecho que ha favorecido que más de 400 000 mexicanos migren cada año a Estados Unidos.
El sector primario o agrícola es el que expulsa mayor fuerza de trabajo: 60% de gente desplazada en este sector productivo. El abandono del campo mexicano afecta el abasto de alimentos básicos, la conservación y transmisión de los conocimientos de los sistemas productivos; favorece la pérdida de costumbres y tradiciones, y promueve la desestructuración de la organización comunitaria rural. Su impacto en los ámbitos social, político, económico, cultural y ambiental se ha subestimado.
El caso de Oaxaca es ilustrativo. Es el estado de mayor diversidad biológica y cultural. Registra una compleja heterogeneidad ambiental, de allí su alta biodiversidad, gran riqueza de ecosistemas y más de 12 500 especies de flora y fauna, muchas de ellas conocidas, nombradas y utilizadas por los habitantes locales, quienes a lo largo de más de 10 000 años de coexistencia las han favorecido, tolerado o domesticado, desarrollando estrategias múltiples de manejo de recursos naturales para satisfacer sus necesidades desde las básicas hasta las estéticas y espirituales. Más de la tercera parte de su población pertenece a alguno de los 16 grupos culturales, hablantes de 157 variantes lingüísticas; y 69% de su territorio está cubierto por bosques y selvas, recursos que potencialmente representan una gran riqueza. Sin embargo, es un estado representativo de la crisis del campo nacional, ya que ocupa el tercer lugar nacional en marginación y pobreza, 55% de su población es rural y 41% de la población económicamente activa se dedica a las actividades primarias —agricultura, ganadería, actividades forestales, caza, pesca y recolección. En los últimos 50 años el balance migratorio negativo se ha incrementado de 7 a más de 19% (ver recuadro).
La agricultura en Oaxaca
Vestigios arqueobotánicos de domesticación de especies como maíz, frijol, calabaza, chile y aguacate, así como numerosos sistemas productivos que muestran la apropiación de la diversidad de hábitats en la entidad, sugieren que la historia de la agricultura en Oaxaca data del 10 000 a.C. En el siglo xvi estos sistemas productivos incorporaron los cambios tecnológicos y el manejo de especies como trigo, cebada, caña de azúcar, café, avena, arroz, ganado bovino, equino, porcino y ovino, introducidas por los españoles.
A pesar de los cambios en la división territorial, la tenencia de la tierra y los derechos de acceso y usufructo de los recursos naturales impulsados por los españoles, la mayoría de las comunidades rurales de Oaxaca mantiene elementos de los sistemas agrícolas prehispánicos tales como la organización que promueve el trabajo comunitario, conocido como tequio, y la ayuda mutua interfamiliar. La subsistencia de tradiciones obedece a un acto de resistencia activa. En 400 años de conquista se han registrado 400 levantamientos armados por la posesión de las tierras. Actualmente 80% de su territorio es propiedad social —comunal y ejidal.
A partir de la década de los cuarentas, la revolución verde ha promovido la investigación en el campo con el fin de incrementar la producción al aplicar un paquete tecnológico basado en el uso de semillas mejoradas, maquinaria y tecnología novedosa, así como la aplicación de fertilizantes y pesticidas. Los productores de subsistencia quedaron fuera de este paquete tecnológico; sin embargo, la mecanización de grandes extensiones de terreno redujo la demanda de puestos de trabajo y motivó la migración de campesinos hacia las ciudades, donde la oferta de trabajo no pudo absorber esta mano de obra disponible. Otra de las circunstancias que no favorecieron el impulso de las nuevas tecnologías agropecuarias fue el elevado costo de las semillas y las tecnologías, que cada año requerían insumos agrícolas dependientes del exterior de las unidades de producción rural.De 1940 a la fecha, en Oaxaca se han registrado grandes fluctuaciones en las superficies sembradas. La desestructuración del sector agropecuario, por la caída de precios y la creciente importación de granos básicos baratos, ha generado resistencia por los pequeños productores, quienes en la última década han incrementado la producción de maíz básicamente para el autoabastecimiento, mecanismo contrario al que han seguido los empresarios agroindustriales que se han enfocado en la exportación de frutas y hortalizas.
En 1992 se reformó el artículo 27 constitucional, el cual regula la tenencia de la tierra. A los campesinos se les ofreció la opción de cambiar la tenencia de sus tierras del sistema comunal o ejidal a pequeña propiedad. Sin embargo, hasta la fecha, en Oaxaca como en gran parte del territorio nacional, no se ha registrado la masiva venta de tierras de los pequeños productores que se esperaba, pero se ha incrementado la migración y el abandono de tierras productivas. Desde 1995 Oaxaca se ha ubicado entre el séptimo y el octavo lugar nacional en cuanto a migración. En el año 2000 en Mexico el sector rural fue muy dinámico, pero sólo generó 5% del pib. Más de 80% de su población se ubicó por debajo de la línea de pobreza y más de la mitad se situó en el nivel de pobreza extrema. En ese año los productores rurales con menos de dos hectáreas se vieron obligados a trabajar en otras actividades para obtener hasta 70% de sus ingresos.
Metabolismo social y apropiación de la naturaleza Desde el punto de vista fisiológico, el metabolismo comprende el proceso por medio del cual los organismos vivos realizan la transformación y asimilación de sustancias externas que sirven de alimento para obtener energía y reponer las pérdidas por desgaste. Si concebimos la sociedad como un gran organismo, ésta mantiene constantes intercambios de energía, materiales y servicios con la naturaleza en la que se encuentra inmersa y de la que forma parte. El proceso mediante el cual se mantienen estos intercambios es el metabolismo social, mismo que se manifiesta en la forma en la que sus productores se apropian de la naturaleza por medio de la agricultura, la ganadería, las actividades forestales, la recolección y la pesca. Los productos primarios son transformados mediante el trabajo directo o la manufactura industrial, los nuevos productos resultantes se transportan —circulan— hacia los lugares donde se venden entre los mayoristas, minoristas y público en general. Estos productos son consumidos entre la población —consumidores finales—, quienes aprovechan la energía de los alimentos o utilizan las fibras u otros materiales para finalmente excretar los desechos, los cuales van a la basura, a los drenajes, y se integran a la naturaleza en la medida que la misma pueda absorberlos.
Los productores rurales, como parte de la sociedad, se ubican en la base de la producción; por ello, los intercambios de energía, materiales y productos que obtienen de la naturaleza adquieren gran importancia para el resto de la sociedad. Sus formas de apropiación tienen un impacto directo sobre el medio ambiente, la salud de la población y el bienestar económico.
Desde tiempos históricos los humanos se han apropiado de la naturaleza. Las antiguas sociedades nómadas eran cazadoras-recolectoras y su impacto en el paisaje era poco y no afectaba la capacidad intrínseca de renovación del ecosistema. Las sociedades agrícolas y ganaderas lograron la domesticación y el cultivo de plantas, y la domesticación de animales, su trabajo impactó de manera importante al medio ambiente, transformando los ecosistemas naturales. Los sistemas productivos requieren energía externa para mantenerse, como el trabajo humano y el animal. La sociedad industrializada utiliza maquinaria movida por combustibles fósiles que le permiten una mayor transformación de los ecosistemas naturales, y actualmente extensas áreas se han degradado y necesitan rehabilitarse o restaurarse para que dichos ecosistemas puedan seguir brindando servicios ambientales, como la recarga de los mantos acuíferos, el mantenimiento del clima y la captura de carbono entre otros.
Toledo y sus colaboradores señalan que la apropiación por parte de los humanos tiene límites que deben considerarse para que sea adecuada. Esto permite que los ecosistemas se renueven, y para ello hay que reconocer cómo están formadas las unidades ambientales, cuál es su potencial productivo y de qué manera se pueden aprovechar. Sin una forma óptima de utilización, puede haber consecuencias desastrosas. El modelo capitalista de desarrollo productivo establecido en México orienta la producción hacia la rentabilidad, lo que no permite aprovechar las condiciones naturales, sobreexplota algunos ecosistemas y productos, y abandona otros. De esta manera se perturban los ciclos ecológicos, se atenta contra la capacidad de renovación de los ecosistemas y su diversidad tanto orgánica como inorgánica. González de Molina comenta que las culturas agrícolas campesinas proponían usos armoniosos con la naturaleza, con normas para un manejo que permitiera la utilización continua y adecuada. La crisis ecológica del mundo, producida principalmente por los cambios sociales en los últimos 300 años, ha trastornado el equilibrio en la naturaleza. Estos cambios han sido principalmente el crecimiento poblacional, la explotación irracional de los recursos naturales y la creencia de que la humanidad podía disponer de la naturaleza a su voluntad. La principal causa de la crisis ha sido la presión que ha ejercido la producción sobre los recursos naturales.
Los productores rurales de México y Oaxaca
Para México, Unikel definió a la población rural como aquella que habita localidades menores a 15 000 habitantes. Estas localidades suelen carecer de algunos servicios que proporciona el Estado y están marginadas del desarrollo del país. Gabriel define la agricultura como “un sistema económico y cultural, una forma de producción que se relaciona con el suministro de instrumentos de trabajo, mano de obra y capital, y con los mercados. Se tratan tanto las influencias sobre el uso de la tierra como sus efectos”.
Con base en las tipologías agrícolas establecidas por Toledo y sus colaboradores se obtuvo un índice de campesinidad-industrialidad para los 570 municipios de Oaxaca, y con ayuda de un sistema de información geográfica se generó el mapa de distribución de los productores rurales de Oaxaca. Este mapa muestra la ubicación geográfica de las diferentes categorías de productores. Con el fin de verificar si existe relación entre los sistemas productivos y el impacto en la transformación del ambiente, se sobrepuso el mapa de productores rurales al mapa de cobertura vegetal de Oaxaca, obtenido para 1991.
Toledo identifica dos formas extremas de apropiación de la naturaleza por parte de los productores rurales: el modo agrícola, campesino o tradicional, que se ha practicado por miles de años, y el modo agroindustrial o moderno, que es producto de la revolución industrial. El modo campesino es a pequeña escala, se basa en sus propios recursos y la energía que suele usar es la que tiene a su alcance, como la humana, la del viento, el agua y el sol. El modo agroindustrial obtiene un alto rendimiento del trabajo, se basa en insumos externos como fertilizantes, insecticidas, herbicidas, suele ser poco diverso y como se practica en superficies de terreno medianas y grandes, requiere mano de obra pagada y maquinaria movida por combustibles fósiles. La agricultura campesina y la agroindustria son los extremos en la actividad de los productores rurales. Entre ellos existe una gran variedad de prácticas productivas que permiten clasificarlas en diferentes tipos, tanto de productores como de sistemas productivos. Estas prácticas productivas mezclan sistemas agrícolas tradicionales con tecnologías modernas en diferentes combinaciones.
En el estado de Oaxaca prevalecen los campesinos semitradicionales (58.9%); le siguen en importancia los campesinos tradicionales con más de la tercera parte de los productores (39.8%); mientras que los productores transicionales se ubican en 1.1% de los municipios, y los campesinos puros sólo se registraron en un municipio (0.2%).
El comportamiento de las nueve variables en las categorías de campesino puro, tradicional y semitradicional es muy similar. En sus hogares utilizan leña para cocinar, energía humana y/o animal en sus cultivos y no utilizan equipos de transformación en la agricultura y la ganadería; sus parcelas de tierra son pequeñas con riego en temporal; sus pequeños hatos ganaderos tienen hasta diez cabezas de ganado bovino o cinco vientres porcinos; no tienen instalaciones para aves y cerdos; tienen una gran variedad de usos de suelo; obtienen una gran diversidad de productos agrícolas, ganaderos, forestales y de recolección; la cobertura vegetal es muy diversa, y la población es en su mayoría indígena. La autosuficiencia es baja ya que tienen poca producción de maíz; hacen uso de abonos orgánicos y forrajes para ganado; consumen lo que producen; siembran semilla criolla y crían ganado criollo; no son sujetos de crédito ni tienen seguros agrícolas; la fuerza de trabajo es familiar o comunal; tienen muy poca productividad en el trabajo; su productividad energética es muy baja debido al uso de energía humana y animal en la siembra de maíz, y recurren a sus conocimientos tradicionales y empíricos en la agricultura y la ganadería.
Los productores rurales agroindustriales no utilizan leña para cocinar ni energía humana o animal en la agricultura; poseen equipos de transformación agropecuarios; no tienen pequeñas superficies ni pequeños hatos ganaderos, y tienen naves para cerdos y aves. Son totalmente autosuficientes en maíz y producen excedentes; usan alimentos balanceados para ganado y agroquímicos como insecticidas y fertilizantes; comercializan la totalidad de su producción; utilizan semilla mejorada y crían ganado fino. Tienen créditos y seguros para sus actividades agropecuarias; contratan mano de obra; poseen poca diversidad; su productividad del trabajo es alta, y la productividad energética muestra un gasto energético muy alto para el cultivo de maíz. Además, contratan asistencia técnica y su población no es indígena.
Al comparar los promedios obtenidos por Toledo y colaboradores para el estado y el país, vemos que tanto para el ámbito nacional como el estatal se muestran las mismas tendencias; sin embargo, a pesar de que en ambos predomina la categoría de campesino semitradicional, se aprecian diferencias significativas en los valores de las variables. En el ámbito nacional, el valor de la energía reporta un mayor uso de combustibles fósiles en los hogares, además del uso de tractores. No obstante, también existe un uso reducido de tecnologías modernas como alimentos balanceados, semillas mejoradas y pesticidas. En contraste, en Oaxaca, el uso de combustibles fósiles es menor, así como las tecnologías modernas. La escala en la que trabajan los productores, tanto en el estado como en el país, en su mayoría corresponde a pequeñas superficies y pequeños hatos ganaderos. En el país existe muy poca intensificación ganadera, y en el estado es nula. El trabajo agropecuario asalariado en el país es ampliamente utilizado, en tanto en Oaxaca predomina la mano de obra familiar. Los ecosistemas están más alterados a nivel país, existen menos variedades de productos y usos de suelo, mientras que en Oaxaca, que constituye sólo 4.8% del territorio nacional, existen todas las zonas ecológicas de México, y el cag registra hasta 27 productos cultivados. La productividad del trabajo en el cultivo de maíz es baja a nivel país, pero es mucho más baja en el estado. La productividad energética es muy baja en los dos niveles, lo que significa que existe poco gasto de energía en el cultivo del maíz, más bien dominan los sistemas tradicionales en este cultivo. En ambos niveles, los productores rurales casi no utilizan la asistencia técnica pagada. En la mayoría de las zonas rurales del país la población no es indígena, a diferencia de Oaxaca, donde 58% de su población en zonas rurales es indígena.
Finalmente, la sobreposición de los mapas de productores y cobertura vegetal muestra que existe una correlación directa entre deforestación e incorporación de tecnologías modernas en los sistemas productivos. Los municipios con productores puros se localizan en municipios sin deforestación, los campesinos tradicionales se distribuyen en municipios con muy baja o poca deforestación, los campesinos semitradicionales se distribuyen en municipios donde disminuye la cobertura vegetal y los campesinos transicionales se localizan en municipios deforestados. Los municipios ubicados en las sierras norte y sur de la entidad concentran la mayor riqueza y diversidad tanto biológica como cultural, y ello puede explicarse debido a la presencia de productores campesinos semitradicionales que, con sus prácticas productivas, han ayudado al mantenimiento de dicha riqueza y diversidad. Cabe destacar que la región de la mixteca, a pesar de presentar campesinos semitradicionales, cuenta con municipios con alto porcentaje de deforestación, lo cual no contradice lo antes dicho sino que se explica por encontrarse en la formación geológica más antigua del estado (precámbrico), así como al hecho de registrar grandes porcentajes de migración. Este ambiente, geológicamente antiguo, requiere la presencia de los campesinos que, a través de sus prácticas productivas, ayudan a la conservación de la cobertura vegetal, pero ante la ausencia de los productores y sus prácticas productivas se acelera el proceso de degradación de estos paisajes precámbricos.
Conclusiones
La historia de la agricultura en Oaxaca nos muestra un territorio que históricamente se ha mantenido aislado con una fuerte presencia indígena, hecho que ha permitido la conservación de tradiciones, costumbres y un fuerte arraigo a la producción agrícola. Este aislamiento ha favorecido el mantenimiento de un sector rural importante (58% de su población), olvidado, rezagado, que lo ubica en el tercer lugar en marginación y pobreza del país. Desde 1950 Oaxaca ha mantenido un saldo migratorio negativo y cada vez es mayor la proporción de mujeres migrantes. El estado está perdiendo su fuerza productiva, 90% de los migrantes se ubican entre 15 y 50 años, y en las dispersas localidades rurales sólo quedan niños y viejos. Se ha roto la vía de transmisión de conocimientos, de organización comunitaria.
En cuanto a la tipología de productores rurales como herramienta metodológica, ésta permite integrar aspectos sociales y económicos de la agricultura; asimismo, ofrece elementos para clasificar e identificar variables productivas y caracterizar tanto los sistemas productivos como a los productores.
Consideramos que la metodología elaborada por Toledo y colaboradores podría enriquecerse al incluir la tenencia de la tierra, variable que a través de siglos ha sido fuente de innumerables conflictos. Asimismo, podría incorporar la migración rural e indígena, ya que Oaxaca es un estado que expulsa población rural desde 1950.
Con los resultados aquí obtenidos se comprueba que en Oaxaca prevalece un grupo de productores que tienen una actitud frente a la naturaleza y la producción muy particular, que se basa en una relación sociedad-naturaleza iniciada hace más de 12 000 años y que ha generado muy diversos procesos de apropiación/producción que se han transmitido de generación en generación, heredando tradiciones que tienden a hundir sus raíces en formas civilizadoras premodernas o preindustriales.
Con los resultados del índice también se verifica la existencia de prácticas productivas tradicionales de fabricación y creación rural que surgen con mayor intensidad en aquellos productores campesinos que pertenecen a grupos indígenas, y que tienden a desaparecer en aquellos productores que han incorporado tecnologías modernas. En este ejercicio acerca de la caracterización de los productores rurales en Oaxaca se concluye que las estrategias de desarrollo del nuevo modelo de crecimiento en México no tienen nada que prometer a este sector de la población mexicana. De igual manera, la nueva Ley Agraria y el Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos y Canadá, no proporcionan ninguna ventaja o privilegio socioeconómico a este gran número de pequeños productores rurales.
En todo caso, estas reglamentaciones legales y comerciales sí tienen mucho que proponer a aquellos productores que operan bajo un modo agroindustrial y que poseen una visión comercial y pragmática del universo natural.
El impacto que generan los productores rurales de Oaxaca sobre el ambiente es diferencial, a mayor incorporación de tecnología moderna, mayor transformación del ambiente y mayor tasa de deforestación. En algunas regiones geológicamente muy antiguas, la presencia de prácticas productivas tradicionales ayuda a disminuir el deterioro de dichos ambientes. Ante estos hechos, cabe preguntar, ¿por qué se desprecia y ataca a quienes nos dan de comer?, ¿por qué no se protege al sector rural mexicano para que realice lo que mejor sabe hacer: identificar, seleccionar, domesticar, cultivar y mantener la biodiversidad de México y producir alimentos, no sólo para ellos sino para más de 80% de la población urbana del país que no produce sus alimentos?
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Referencias bibliográficas
Gabriel Morales, J. 2003. Tipología socioeconómica de las actividades agrícolas. Una herramienta de síntesis para el ordenamiento ecológico. ine-semarnat. México. García Mendoza, A. J., M. J. Ordóñez, y M. Briones-Salas. 2004. Biodiversidad de Oaxaca. Instituto de Biología-unam. Fondo Oaxaqueño para la Conservación de la Naturaleza-World Wildlife Found, México. Guerrero G., M. A. 1987. Primera aproximación a la tipología agrícola de los Estados Unidos Mexicanos. Tesis de doctorado. Colegio de Geografía. Facultad de Filosofía y Letras-unam. México. Kamikihara F., S. 1982. Tipología agrícola de las regiones geoeconómicas norte de Michoacán-Morelia y Zitácuaro. Tesis de licenciatura. Colegio de Geografía. Facultad de Filosofía y Letras-unam. México. Montañéz, C. y A. Warman. 1985. Los productores de maíz en México: restricciones y alternativas. Centro de Ecodesarrollo. México. Toledo, V., P. Alarcón Chaires, y L. Barón. 2002. La modernización rural de México: un análisis socioecológico. semarnat, ine, unam. México. . 2004. “La ecología rural”, en Ciencia y Desarrollo, núm. 174, pp. 36-43. , y M. González de Molina. 2006. “El metabolismo social: las relaciones entre la sociedad y la naturaleza”, en Las ciencias socio-ambientales, F. Garrido et al (eds.), Ed. Trotta, Madrid. En prensa. Unikel, L., C. Ruiz Chapetto, y V. Garza. 1978. El desarrollo urbano de México. Diagnóstico e implicaciones futuras. 2ª. Ed. Centro de Estudios Económicos y Demográficos, Colmex. México, pp. 337-355. Warman, Arturo. 2001. El campo mexicano en el siglo xx. Fondo de Cultura Económica. México. |
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María de Jesús Ordóñez
Centro Regional de Investigaciones Multidisciplinarias,
Universidad nacional autónoma de México.
Es investigadora en el Centro Regional de Investigaciones Multidisciplinarias de la UNAM, donde coordina el Programa Perspectivas sociales del Medio ambiente. evalúa áreas naturales protegidas, cambios en el uso del suelo e interacciones sociedad-naturaleza.
Paloma Rodríguez Hernández
Centro Regional de Investigaciones Multidisciplinarias,
Universidad nacional autónoma de México.
Bióloga de la Facultad de Ciencias de la UNAM; colabora en el Centro Regional de Investigaciones Multidisciplinarias, y ha participado en diversas investigaciones sobre desarrollo urbano, medio ambiente, asistencia a la salud y productores rurales
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| Ricardo Sandoval y Liliana Valladares | |||||||||||
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Hoy día, los conocimientos científicos y tecnológicos son
considerados como fuentes estratégicas para el desarrollo de las sociedades. Su impacto sobre los índices nacionales de competitividad los han convertido en los agentes más importantes para el crecimiento económico.
En este sentido, las naciones altamente desarrolladas se han caracterizado por el fuerte apoyo que otorgan a sus sistemas de ciencia y tecnología, pues éstos inciden directamente en el incremento de sus capacidades para la innovación y el progreso tecnológico. Dichas capacidades son, con frecuencia, las que permiten distinguir entre economías con un mayor grado de consolidación y aquellas en vías de desarrollo.
Las asimetrías en los intercambios comerciales y cognitivos que tienen lugar entre estos dos tipos de economías se suelen explicar por la escasa producción de innovaciones derivadas de los sistemas de ciencia y tecnología en los países en desarrollo, lo que hace a estos últimos dependientes del mercado extranjero.
En el caso de México, el apoyo a la ciencia y la tecnología —que proviene principalmente del Estado— es precario. Esto se refleja en algunos de los indicadores que dan cuenta del grado de avance del país y que permiten compararlo con el resto del mundo.
Entre estos indicadores, el relativo al número de patentes ha ido adquiriendo mayor relevancia en la actualidad. Las patentes son un instrumento útil para medir el grado de creatividad, inventiva e innovación desarrollado dentro de un contexto; asimismo, reflejan la capacidad de producción cognitiva con aplicación industrial, de comercialización y explotación de una idea que por su novedad es capaz de extender el dominio de lo posible y transformar las formas de interacción en diversos ámbitos —económico, social, político, cultural.
Las bases de patentes se han convertido en grandes mercados tecnológicos, pues son casi una garantía de éxito comercial, ya que una patente otorga el derecho exclusivo de explotar los beneficios derivados de la comercialización de una invención protegida bajo esta figura jurídica. Una patente concede así el derecho de impedir a otras personas —que no sean los titulares de la misma— que fabriquen, usen, vendan, ofrezcan en venta o importen el producto o proceso patentado sin su previo consentimiento.
De esta manera, una patente otorga beneficios tales como el acceso a nuevos mercados y la obtención de financiamiento para continuar la investigación básica y aplicada. A nivel empresarial, la posesión de una patente representa una ventaja competitiva porque ésta se puede comercializar, vender —cesión de derechos— o licenciar —dar permiso a un tercero para que la explote de manera exclusiva en el mercado.
De acuerdo con los Indicadores de Actividades Científicas y Tecnológicas del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (Conacyt) en México, en 2006 se solicitaron 15 500 patentes de las cuales solamente 574 fueron solicitadas por mexicanos. Con relación a esto, cabe señalar que, en ese mismo año, se publicaron casi 6 604 artículos científicos. Es decir que no todos los resultados de investigación que se publican mediante artículos están protegidos bajo la figura de patente.
Sobre estas cifras es importante precisar que, por un lado, sólo 8.7% de lo que se publica en México se patenta, y que, por otro lado, del total de solicitudes anuales ante el Instituto Mexicano de la Propiedad Intelectual (impi), únicamente 3.7% es solicitado por mexicanos.
El hecho de que lo patentado en México corresponda mayormente a extranjeros refleja tanto el alto índice mexicano de dependencia extranjera como el bajo coeficiente de inventiva reportado para el país.
El índice de dependencia extranjera es el valor que resulta de la relación entre el número de solicitudes de patentes de extranjeros y el número de solicitudes nacionales. Según datos del Conacyt, en México en 2006 este valor fue de 22.36, uno de los valores más altos del mundo, en tanto que la relación de dependencia reportada para ese mismo año en otros países fue como sigue: Brasil 3.80, España 0.11, Japón 0.15 y Estados Unidos 0.88.
El coeficiente de inventiva, por su parte, mide la relación entre el número de patentes nacionales solicitadas por cada 10 000 habitantes. Según datos del Conacyt, en México en 2006 este valor fue de 0.05. El mismo indicador fue casi cuatro veces mayor para Brasil, 0.21, más de diez veces mayor para España, 0.67, más de cien veces mayor para Estados Unidos, 6.45, y más de cuatrocientas veces mayor para Corea, 21.89, en comparación con México.
Esta situación indica que en México es necesario crear una cultura de la propiedad intelectual que garantice la explotación de los beneficios del conocimiento generado dentro del país para el bienestar social.
De acuerdo con los datos anteriormente señalados surgen preguntas tales como: ¿por qué en México no existe una cultura de la protección intelectual entre la mayoría de los científicos y tecnólogos?, ¿tiene el científico-tecnólogo la obligación de patentar los resultados innovadores de sus investigaciones?, ¿por qué sería necesario patentar?
Protección intelectual y responsabilidad
En su libro titulado El bien, el mal y la razón, el filósofo mexicano León Olivé plantea la idea de que el saber implica una responsabilidad moral, por lo tanto, las prácticas que se llevan a cabo dentro de los sistemas de ciencia y tecnología no son éticamente neutrales. Los científicos y los tecnólogos, por la propia naturaleza de su trabajo, adquieren responsabilidades morales. Esto debido a que el hecho de tener cierto conocimiento implica tener una responsabilidad moral sobre los riesgos, las ventajas, las aplicaciones y las consecuencias del mismo ya que, en la práctica, tanto científicos como tecnólogos deben elegir entre cursos de acción posibles que son sujetos de evaluación moral.
De esta manera, siguiendo el planteamiento de León Olivé, los científicos deben tomar consciencia de las responsabilidades que adquieren en función de variables tales como: 1) los temas que eligen investigar; 2) las posibles consecuencias de su trabajo; 3) los medios que escogen para obtener sus fines.
Los tecnólogos, por su parte, deben ser conscientes de la necesidad de evaluar, no solamente la eficiencia y eficacia de las tecnologías que diseñan y aplican, sino también, y hasta donde sea posible, las consecuencias que pueden derivarse de llevar sus innovaciones a los sistemas naturales y sociales. En este sentido, los científicos y tecnólogos deben tener claro que los fines que persiguen con sus investigaciones pueden modificar el entorno, por lo que son responsables de justificar los resultados que buscan obtener de las aplicaciones concretas de sus logros.
Siguiendo la discusión planteada por Olivé, sugerimos que la responsabilidad de los científicos y tecnólogos debe extenderse también hacia el tema de la protección intelectual.
Existen diversas razones por las cuales se puede sostener que es un deber moral de los investigadores proteger intelectualmente, mediante patentes, los resultados innovadores de su trabajo. Estas razones responden, al menos, a dos ámbitos distintos. Por un lado, están aquellas que se ubican dentro del terreno económico y que tienen que ver con la relación entre el número de patentes y la dependencia extranjera en el sector productivo —dependencia científico-tecnológica. Dentro de este rubro, proteger los resultados de investigación significa la oportunidad de fortalecer la competencia, la innovación y la industria nacional, frente al mercado global.
Por otro lado, existen razones vinculadas con la responsabilidad ética y social de los científicos y tecnólogos. Esto es así porque los sistemas de producción de conocimiento científico-tecnológico no están subordinados solamente a los criterios de rentabilidad y eficacia, sino que también se rigen por otros valores de tipo epistémico, político, moral y estético, entre otros.
En este sentido, reducir la pluralidad axiológica que constituye a los sistemas de ciencia y tecnología únicamente al aspecto económico, ha tenido como una de sus consecuencias las fuertes críticas que diversos autores han hecho a los sistemas de protección intelectual, como medios que fomentan la privatización y la comercialización del saber. Sin embargo, aquí sostenemos que estas críticas no deberían condenar a priori y en abstracto, como si existiera una ética universal, los sistemas de protección intelectual. Debemos recordar que cualquier condena moral o juicio de valor se hace siempre desde una orientación evaluativa, esto es, desde un punto de vista particular que responde a un juego de valores adoptados dentro de un contexto específico.
Por subestimar la importancia de las patentes, hoy día las grandes empresas trasnacionales han adquirido una fuerza sin igual dentro de nuestro país, generando las condiciones de dependencia antes señaladas.
Los sistemas de protección intelectual pueden contribuir a garantizar que la ciencia y la tecnología, financiadas por el Estado, cumplan con la función social de resolver algunos de los problemas de prioridad nacional.
Es por esto que quienes generan nuevo conocimiento en México deberían asumir la responsabilidad de proteger, mediante patentes, los resultados obtenidos de sus investigaciones, sobre todo en lo concerniente a los usos potenciales de los mismos —sean estos usos tanto comerciales o no, como previstos o inesperados.
En nuestro país es necesario fomentar una cultura de la protección intelectual. Esto implica, entre otras cosas, reconocer que publicar en las revistas especializadas —materia de derechos de autor— no es lo mismo que patentar los resultados de investigación potencialmente explotables desde el punto de vista comercial —materia de propiedad industrial.
Si en México los investigadores no protegen con patentes aquello mismo que publican en las revistas especializadas —sobre todo cuando sus hallazgos tienen, claramente, una aplicación comercial—, entonces, no solamente estarán desprotegiendo al pueblo mexicano del “mal uso” que se haga de esas investigaciones, sino que estarán contribuyendo a aumentar el índice de dependencia extranjera. Esto es así porque publicar sin patentar equivale a “regalar” las tecnologías y los conocimientos obtenidos con fondos públicos a un tercero —que generalmente es un extranjero—, quien al encontrarse con dicha información valiosa puede decidir patentarla para obtener el derecho exclusivo de explotarla comercialmente. De tal modo que luego los mexicanos terminamos pagando por tecnología extranjera patentada que fue creada y desarrollada a partir de conocimientos y tecnologías nacionales que no se protegieron inicialmente. En términos generales, por falta de una cultura de la propiedad intelectual, en México muchas veces compramos al extranjero gran parte de nuestra propia tecnología.
No patentar es, por tanto, un acto de irresponsabilidad que libera a un investigador mexicano del deber social que tiene —en tanto que realiza sus actividades con fondos públicos—, de especificar el uso deseado o intencionado de los resultados de sus investigaciones y de proteger a la sociedad del “mal uso” que un tercero pueda darle a sus invenciones científicas o tecnológicas.
Si bien es cierto que cada patente representa una posibilidad de comercializar aquello que se protege, también representa la oportunidad de conformar un contrapoder que nos permita transitar más allá del punto de vista mercantilista. Esto es así porque una patente otorga también el derecho de explotar una propiedad intelectual como mejor le convenga a sus titulares, sea dentro o fuera del mercado —por ejemplo, bloqueando un mercado que se considera desleal, injusto o ilegítimo; o bien, asegurando una retribución justa, no necesariamente económica, a quienes participaron en la invención.
El acto de patentar se vuelve entonces no solamente un asunto destinado a proteger una invención para con ello obtener el derecho exclusivo de explotarla comercialmente, sino que es además un acto de responsabilidad ética y social que puede asegurar que las invenciones científicas y tecnológicas de un país se usen para beneficio de la sociedad en su conjunto.
Una cultura de la protección intelectual
En México, los centros públicos de investigación, así como las instituciones de educación superior, principales encargadas de generar nuevos conocimientos y tecnologías, deben desarrollar políticas claras de protección intelectual y promover entre sus estudiantes e investigadores esta cultura como un deber moral orientado a asegurar el “buen uso y provecho social” de las invenciones en materia de ciencia y tecnología.
Para ello es imprescindible incluir, dentro de la formación académica de futuros científicos y tecnólogos, cursos y diplomados especializados en el tema, que propicien entre los estudiantes la reflexión sobre la importancia de patentar sus trabajos de investigación originales. Asimismo, es importante proporcionar a los alumnos información oportuna relativa a diversos aspectos sobre cómo redactar una patente, antes de que éstos divulguen, de manera prematura, los hallazgos obtenidos en sus proyectos de investigación —en el artículo 18 de la Ley de Propiedad Industrial se establece que lo ya divulgado previamente no puede ser patentado porque se ha afectado su carácter de novedad.
Proteger los nuevos conocimientos generados constituye un modo en el que los alumnos pueden retribuir a su institución académica. De la misma manera, estas acciones servirán también para impulsar al sistema mexicano de producción científica, tecnológica e industrial, de tal modo que la inversión en ciencia y tecnología dejará de verse como un gasto por parte del Estado para consolidarse como una inversión que efectivamente redunde en los diversos ámbitos del desarrollo nacional.
Es hora de que en los centros mexicanos productores de conocimientos se desarrolle y consolide una cultura de la propiedad intelectual orientada a salvaguardar la riqueza cognitiva que se genera en el país. Esto podrá contribuir a reducir las asimetrías generadas por la hegemonía de las grandes empresas transnacionales. También promoverá el fortalecimiento y el desarrollo de una industria nacional altamente competitiva, comprometida con la innovación, pero también con el respeto de los derechos de todos al acceso de los beneficios del saber.
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Referencias bibliográficas Conacyt, 2007. Indicadores de Actividades Científicas y Tecnológicas. Edición de Bolsillo. Disponible en:http://www.siicyt.gob.mx/siicyt/docs/contenido/Indicadores_2007.pdf
Echeverría, J. 2002. Ciencia y valores. Destino. Barcelona. Olivé. L. 2000. El bien, el mal y la razón: facetas de la ciencia y la tecnología. Paidós. México. Villoro, L. 2007. Los retos de la sociedad por venir. fce. México. 226 p. Imágenes P. 68: Flor Garduño, Totonaca, Cuetzalan, Puebla, 1986. P. 69: Edouard Boubat, Sin título, s. f. P. 70: Tina Modotti, Alcatraces. P. 71: Patricia Lagarde, Tecomaxóchitl; Yiauhtli; Macpalxóchitl; Yoloxóchitl, 2000. P. 72: Paul Strand, Iris and Stump, 1973; Kart Blossfeldt, Fritilla-ria, s. f. |
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Ricardo Sandoval
Instituto de Investigaciones Filosóficas,
Universidad Nacional Autónoma de México.
Es maestro en filosofía de la ciencia e investigador dentro del Proyecto
sociedad del Conocimiento y Diversidad Cultural de la Coordinación de Hu- manidades de la UNAM. Liliana Valladares
Instituto de Investigaciones Filosóficas,
Universidad Nacional Autónoma de México.
Es maestra en Filosofía de la Ciencia e investigadora dentro del Proyecto
sociedad del Conocimiento y Diversidad Cultural de la Coordinación de Humanidades de la UNAM. |
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como citar este artículo →
Sandoval, Ricardo y Valladares, Liliana. 2008. Protección intelectual del saber: responsabilidad ética y social del científico-tecnólogo. Ciencias núm. 91, julio-septiembre, pp. 68-73. [En línea]. |
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| del bestiario |
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W allace y
el colugo
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Héctor T. Arita |
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En noviembre de 1862, Alfred Russel Wallace estaba
por concluir sus aventuras científicas en el sureste de Asia. Ocho años atrás había comenzado su expedición en Singapur y luego de recorrer amplias regiones de Borneo, las Célebes, Timor, Bali, Lombock y Java, entre otras islas del archipiélago Malayo, decidió dirigirse a Sumatra. A sus 41 años, Wallace era ya un experimentado viajero y naturalista, conocido entre los intelectuales ingleses por sus numerosos artículos sobre la flora y la fauna de los trópicos, y por sus ensayos acerca de la evolución por selección natural y la zoogeografía del sureste asiático. Tras largos años lejos de su terruño, ansiaba regresar a Inglaterra para compilar la enorme cantidad de información que había amasado sobre la fauna de las lejanas islas asiáticas.
El 8 de noviembre Wallace arribó a la bulliciosa ciudad de Palembang, en el extremo oriental de la isla de Sumatra. Ahí, el médico local que le dio alojamiento le explicó que en esa época del año sería muy difícil encontrar sitios adecuados para una exploración científica, ya que toda la región se hallaba inundada por las lluvias estacionales. El naturalista, siendo un curtido explorador, no se arredró ante la adversidad y viajó río arriba hasta que encontró zonas boscosas sin anegar cerca de una localidad llamada Lobo Raman, a unos 200 kilómetros de la costa. Las condiciones de vida en el lugar eran difíciles. Las casas, detalla Wallace en El Archipiélago Malayo, consistían en un piso construido con bambú cortado, sostenido por pilotes de dos metros y “sin traza alguna de algo que pudiéramos llamar mobiliario”. A pesar de deplorar los malos olores provenientes de las letrinas, el explorador consideraba a los nativos “tolerablemente limpios” y admiraba su sagacidad y buena disposición no obstante la escasez de alimentos, que en la época de lluvias los obligaba a subsistir con una dieta de arroz con sal y pimientos rojos, de acuerdo con las narraciones del viajero inglés.
Durante el mes que permaneció en Lobo Raman, Wallace encontró una gran variedad de insectos nuevos para la ciencia, aunque su cosecha de ejemplares de vertebrados no fue tan exitosa como en otras localidades. Halló “solamente” tres o cuatro nuevas formas de aves y no pudo observar orangutanes ni elefantes, aunque encontró huellas del rinoceronte sumatrano. Observó también varias especies de monos, incluyendo el siamang, el más grande de los gibones.
Un día que caminaba por un bosque cercano, Wallace observó en la luz del atardecer un animal trepando por el tronco de uno de los gigantescos árboles que abundan en las selvas asiáticas. Al sentirse acechado, el animal apresuró su ascenso hasta alcanzar una altura considerable y, de pronto, se dejó caer. Con celeridad, el animalucho extendió sus patas, dejando expuesta una amplia membrana de piel que, cual paracaídas, redujo la velocidad del descenso y permitió al animal planear elegantemente hasta aterrizar en otro árbol, en el que rápidamente comenzó de nuevo a trepar. Según los cálculos de Wallace, el animal recorrió una distancia horizontal de unos 65 metros, habiendo descendido sólo unos doce metros. El naturalista se maravilló ante el espectáculo, aunque sabía muy bien de qué animal se trataba, pues había ya colectado en Singapur y Borneo varios “galeopitecos”, como él llamaba a los colugos por el nombre científico prevaleciente en la taxonomía de la época.
El kaguang o colugo de las Islas de la Sonda (Galeopterus variegates) y el colugo de las Filipinas (Cynocephalus volans) forman el orden Dermoptera. Los colugos son mamíferos medianos, de unos 45 centímetros de largo y de un kilo y medio de peso. Se caracterizan por las membranas de piel o patagios que cubren los espacios entre la cola y las patas traseras, entre las patas y entre las patas delanteras y el cuello del animal. Tienen un pelaje corto pero muy sedoso, con una coloración moteada que les permite pasar inadvertidos cuando permanecen inmóviles recargados contra la corteza de los árboles. Tienen grandes ojos dirigidos hacia el frente y orejas pequeñas y redondeadas. Son animales muy tímidos y difíciles de estudiar en la naturaleza, pero se sabe que son nocturnos, que se alimentan principalmente de material vegetal y que pasan la mayor parte del día colgados en los árboles, escondidos entre los huecos de la corteza.
Los dermópteros son ocasionalmente conocidos como lémures voladores. Esta designación muestra que los colugos, desde su descubrimiento por los zoólogos, fueron considerados parientes de los primates, o incluso miembros primitivos de este grupo. En las clasificaciones zoológicas modernas se acepta que los órdenes Primates, Dermoptera y Scandentia (las musarañas arborícolas) forman un grupo natural. Lo que ha sido más difícil de establecer es el parentesco relativo entre estos tres grupos. Un estudio reciente realizado por Jan Janecka y sus colaboradores muestra que efectivamente los primates, los colugos y las musarañas arborícolas pueden clasificarse en un solo grupo (los Euarchonta) que surgió hace 87.9 millones de años. Dentro de este grupo, las musarañas arborícolas se separaron primero, de manera que los colugos vienen a ser nuestros primos, los parientes más cercanos de los primates.
Tal como lo atestiguó Wallace, los colugos son habilidosos planeadores. Un estudio reciente, realizado por científicos de la Universidad de California en Berkeley y de la Universidad Nacional de Singapur, mostró que la distancia horizontal que los colugos planean en cada salto varía entre 2.5 y 150 metros. Usando diminutos acelerómetros pegados en la espalda de los animales, los investigadores encontraron que la distancia de planeo se correlaciona con la fuerza con la que los colugos saltan desde el árbol de origen. Más interesante aún, la velocidad del aterrizaje, y por lo tanto la fuerza del impacto, es menor cuanto mayor es la distancia recorrida. Esto significa que los colugos son capaces de modificar la trayectoria y la velocidad de sus planeos por medio de sus patagios.
La capacidad de planear ha evolucionado independientemente en varios grupos de animales. Sólo entre los mamíferos ha aparecido al menos en nueve linajes diferentes, incluyendo varios tipos de ardillas “voladoras” y algunos marsupiales planeadores, además de los colugos y de los ancestros de los murciélagos. Por alguna razón aún no muy bien comprendida, las selvas del sureste de Asia son particularmente ricas en animales planeadores. El propio Wallace descubrió en Borneo una especie de rana “voladora”, cuyas patas presentan unas enormes membranas que le permiten amortiguar las caídas. En el sureste asiático habitan otros animales capaces de planear, con menor o mayor habilidad: una lagartija, un gecko, una serpiente, además de ocho especies de ardillas “voladoras” gigantes del género Petaurista y, por supuesto, las dos especies de colugo. Se ha especulado que la estructura de las selvas asiáticas, dominadas por árboles de gran altura y muy espaciados ha favorecido la evolución de animales planeadores.
Durante su estancia en el archipiélago Malayo, Wallace se embelezó con la impresionante diversidad de formas animales de la región y por años buscó una explicación para su origen. Finalmente, durante un ataque de fiebre que lo mantuvo en cama por dos semanas a principios de 1858, dedujo que el origen de la gran variedad de formas naturales se debe al proceso de selección natural, o lo que él llamo “la tendencia de las variedades a divergir indefinidamente del tipo original”. En El Archipiélago Malayo, publicado en 1869, Wallace utiliza las membranas de las patas de la rana “voladora” que descubrió en Borneo como un ejemplo de evolución: “Es muy interesante para los darwinistas, ya que muestra que la variabilidad de los dedos, que de por sí han sido modificados para permitir a las ranas nadar y trepar, ha sido aprovechada por una especie emparentada para moverse por el aire como la lagartija voladora” .
Aunque nunca discutió el asunto con detalle, es probable que Wallace haya tenido cavilaciones similares al observar las adaptaciones del colugo a su vida planeadora y comparar su morfología con la de los primates. Hoy en día, como en tiempos de Wallace, sin duda vale la pena estudiar a nuestros parientes más cercanos para tratar de entender nuestra propia naturaleza.
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| Referencias bibliográficas
Byrnes, G., N. T. L. Lim y A. J. Spence. 2008. “Take-off and landing kinetics of a free-ranging gliding mammal, the Malayan colugo (Galeopterus variegatus)”, en Proceedings of the Royal Society, B-Biological Sciences, núm. 275, pp. 1007-1013. Janecka, J. et al. 2007. “Molecular and genomic data identify the closest living relative of primates”, en Science, núm. 318, pp. 792-794. Wallace, A. R. 1869. The Malay Archipelago; the land of the orang-utan and the bird of paradise; a narrative of travel with studies of man and nature. Macmillan & Co., Londres (versión en español, cnca, México, 2001). |
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Héctor T. Arita
Instituto de Ecología,
Universidad Nacional Autónoma de México.
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como citar este artículo →
Arita, Héctor T. 2008. Wallace y el colugo. Ciencias núm. 91, julio-septiembre, pp. 16-18. [En línea].
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