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La importancia
de las gramíneas
como forraje en México
R044B02  
 
 
 
Patricia Dávila Aranda
y Jorge Sánchez Ken
 
                     
Las gramíneas forman, sin lugar a dudas, uno de los grupos
vegetales más importantes desde el punto de vista económico. En la historia del ser humano las gramíneas han sido un factor fundamental en la formación y evolución de las grandes civilizaciones, pues se han usado como alimento primario. Varias de las grandes culturas sustentaron su alimentación en alguna gramínea. Así, Nueva Guinea utilizó la caña de azúcar, las civilizaciones de Asia y Medio Oriente basaron su subsistencia y desarrollo en cultivos de sorgo, cebada, avena, arroz, etcétera. Europa basó su desarrollo en el cultivo del trigo y en Mesoamérica el maíz jugó un papel primordial en la mayoría de las culturas precolombinas (Pohl, 1986).
 
Además de su utilización como alimento y forraje, las gramíneas son empleadas por el hombre en la elaboración de productos médicos, artesanales y también en la industria. Igualmente, se utilizan para la construcción, recreación y en ceremonias religiosas. Algunos representantes de esta familia son elementos importantes de la conservación y regeneración de suelos y desempeñan un papel ecológico fundamental, respecto a la vida de la fauna silvestre.
 
Las gramíneas representan uno de los grupos vegetales más diversos en el mundo, pues ocupan el tercer lugar en cuanto al número de géneros y el quinto a nivel específico. En el mundo la familia Poaceae o Gramineae incluye 702 géneros y 9675 especies (Clayton y Renvoize, 1986). Respecto a México, Valdés y Dávila (1995) registran 206 géneros (157 nativos y 49 introducidos) y Beetle (1987) estima que existen alrededor de 1127 especies. Se estima que 50% del total de especies presentes en México tienen un potencial forrajero, aunque muy pocas de ellas son utilizadas para este fin, pues son sustituidas por unas cuantas especies forrajeras introducidas (por ejemplo, sorgo, avena, zacate estrella, pasto bermuda, etcétera).
 
El valor nutritivo de los forrajes está determinado por la presencia de altos porcentajes de sustancias nutritivas, como proteínas, vitaminas, minerales y carbohidratos que son necesarios para la salud, crecimiento y productividad de los animales, así como también por las adaptaciones biológicas que permiten su fácil y rápida reproducción vegetativa. En general, las gramíneas presentan una mayor cantidad de carbohidratos, mientras que las leguminosas poseen más proteínas. Sin embargo, la calidad, cantidad y distribución de estos nutrientes en las plantas están influidos por factores físicos como las condiciones climáticas imperantes, la fertilidad del suelo y la época del año, así como por factores biológicos dentro de los que destacan la edad de las plantas (grado de madurez), la intensidad del pastoreo y la actividad competitiva de las malezas.
 
Uno de los factores físicos más importantes relacionados con el desarrollo, productividad y calidad de los forrajes es la calidad o fertilidad del suelo que regula el crecimiento de las plantas e influye en su calidad. En otras palabras, cuando los suelos son ricos en minerales esenciales (Duffey et al., 1978), los forrajes crecen normalmente y poseen una buena calidad, de lo contrario éstos son deficientes en tamaño y pobres en calidad. En este sentido, con el fin de evitar estas deficiencias en las zonas ganaderas de México y del mundo, la utilización de fertilizantes ha sido una actividad común y desgraciadamente poco controlada. Sin embargo, el costo monetario y sobre todo ecológico que estamos pagando por la utilización indiscriminada de estos compuestos químicos es muy alto y no podemos prever las repercusiones de la misma.
 
De los factores biológicos que afectan la calidad de las plantas forrajeras sobresalen las etapas de desarrollo, las estrategias para propagación y sobrevivencia de las mismas, así como la acción de las malezas. En relación con el desarrollo y madurez de las forrajeras, se sabe que en sus estados juveniles la mayor producción metabólica está centrada principalmente en la síntesis de proteínas, mientras que en las etapas maduras ésta se canaliza a la síntesis de material de reserva, como los carbohidratos. En las etapas juveniles de las gramíneas, la cantidad de proteínas producida es alta, pero comienza a disminuir conforme se alcanza la madurez. Esta madurez se refleja en una mayor producción de carbohidratos y lignificación de las partes vegetativas. Sin embargo, el pastoreo puede interrumpir este ciclo natural de crecimiento de las gramíneas y otras plantas forrajeras (especialmente en sus etapas adultas), y volver a regenerar tanto tallos como follaje, casi con las mismas características de las etapas juveniles (Sullivan y Wilkins, 1948).
 
Además de sus características nutritivas, las gramíneas presentan adaptaciones biológicas que han desarrollado posiblemente como respuesta al forrajeo. Los pastos en general tienen una gran capacidad de regeneración o reproducción vegetativa, por medio de la actividad de meristemos intercalares, estolones y rizomas que les permiten regenerarse, sobrevivir y funcionar como forrajes en diferentes ambientes, climas y suelos y bajo diferentes intensidades de pastoreo.
 
Como parte de su vocación forrajera, las gramíneas interaccionan constantemente con las malezas presentes. Estas malezas representan un fuerte elemento competitivo para las gramíneas y otros recursos forrajeros, ya que compiten por los elementos nutricionales que tiene el suelo, por la luminosidad, por el espacio, etcétera, lo cual puede ocasionar disminución o variación en la calidad y cantidad de los forrajes disponibles. Es interesante que uno de los grupos vegetales más importantes por su acción como maleza es la familia de las gramíneas, cuyas características de desarrollo y sobrevivencia también les permiten establecerse fácilmente en ambientes abiertos, manejados o deteriorados. La incorporación de plantas introducidas para forraje ha sido una fuente importante de malezas en nuestros cultivos y áreas ganaderas, lo cual ha causado la proliferación de muchas de ellas y el desplazamiento de algunas nativas.
 
Además de su valor nutritivo y de los factores que regulan la calidad de los forrajes, es importante tomar en cuenta la distribución, abundancia y por lo tanto disponibilidad del recurso forrajero. Las plantas forrajeras principalmente se encuentran localizadas en comunidades vegetales denominadas pastizales, los cuales pueden ser de tipo primario (comunidad vegetal original) o secundario (producto de la transformación de otra comunidad, i. e. bosque de pino-encino, encinares, matorrales espinosos, etcétera) y pastizales artificiales, que son el producto del cultivo selectivo del hombre. Rzedowski (1975) señala que los pastizales ocupan una porción importante del territorio mexicano. Estos pastizales son sumamente diversos en lo que respecta a su composición florística, fisonomía, fenología, requerimientos ambientales, etcétera. Así los pastizales, de acuerdo con el factor ambiental que los conforma, pueden ser de tipo climático, edáfico y antropogénico.
 
En México existen dos tipos climáticos que favorecen el desarrollo de los pastizales. El primero es el clima semi-árido y ligeramente frío, característico del Altiplano mexicano; mientras que el segundo pertenece a un clima frío en altitudes por arriba de los 4000 m. Como ya se mencionó en México principalmente existen dos tipos de pastizales naturales, siendo los de clima semiárido los que ocupan una extensión más grande y que representan casi 80% del total, mientras que los de clima templado y los artificiales (desarrollados con especies exóticas o introducidas) suman el 20% restante (Rzedowski, 1975).
 
Las metas principales del manejo de pastizales son la obtención de una alta productividad de los mismos y del ganado a bajo costo y el mejoramiento de especies forrajeras. En este sentido, una acción indispensable en este marco de sustentabilidad es la restauración de áreas y la propia propagación de las especies vegetales involucradas.
 
En lo que respecta a la propagación y obtención de especies forrajeras, se requiere de una tarea indispensable para el fitomejoramiento y producción óptima y cuantiosa de semillas forrajeras de origen silvestre principalmente.
 
En relación con la producción de semillas, en la actualidad no existe en México un programa gubernamental o privado que esté encargado de la producción de semillas forrajeras nativas. En gran medida, la semilla que se utiliza para sembrar en zonas forrajeras es comprada en el extranjero y proviene casi toda de especies introducidas.
 
El fitomejoramiento y la producción de semillas en México requieren del reconocimiento de ciertos atributos de las especies, como sus requerimientos ambientales (en referencia a diferentes tipos de climas y suelos), interacciones bióticas (resistencia a plagas, insectos, etcétera), así como información de tipo fenológico (producción continua y prolongada de forraje y facilidad de establecimiento y manejo), calidad nutricional del forraje, palatabilidad, posibles sustancias tóxicas presentes, etcétera. (Hernández y Ramos, 1987).
 
Con base en los datos de los herbarios y de los tratamientos taxonómicos se pueden reconocer los patrones de distribución de las especies potencialmente forrajeras, los tipos de vegetación a donde pertenecen y uno de los factores importantes en el establecimiento de las plantas, el clima. De esta manera se pueden empezar los trabajos de fitomejoramiento de las plantas ya sea in situ o ex situ. Mejía y Dávila (1992) señalan que 47.3% del total de las especies de gramíneas de México (nativas e introducidas) tienen un valor forrajero. Aproximadamente 24% de estas especies son consideradas de buena calidad y en el 76% restante se encuentran especies cuyo valor forrajero es bajo o poco conocido. Sin embargo, a partir de esta lista y de trabajos de fitomejoramiento probablemente se pueden desarrollar especies forrajeras de buena calidad adaptadas a los diferentes ambientes del país.
  articulos
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Referencias Bibliografícas
 
Beetle, A. A., 1987, Noteworthy grasses from Mexico XIII, Phytologia 63(4): 309-297.
Clayton, W. D. & S. A. Renvoize, 1986, Genera Gaminum. Grasses of the world, New Bulletin Additional Series XIII, London, England, 389 pp.
Duffey, E., M.G. Morris, J. Sheail, L. Ward, D. A. Wells & T. C. E. Wells, 1978. Grassland ecology and wildlife management, London Chapman & Hall, Inglaterra, 281 pp.
Hernández-X., E. & A. Ramos-Sánchez, 1987, “Mejoramiento de las plantas forrajeras en México”, en Xolocotzia II, E. Hernández X., (ed.). Revista de Geografía Agrícola, Universidad Autónoma de Chapingo, México, pp. 533-551.
Mejía-Saulés, M. T. & P. Dávila. 1992. Gramíneas útiles de México, Cuadernos del Instituto de Biología 16, UNAM, México, 298 pp.
Pohl, R. W., 1986, “Man and the grasses: a history” en Grass systematics and evolution, T. R. Soderstrom, K. W., Hilu, C. S. Campbell & M. E. Barkworth (eds.), Smithsonian Institute, Washington, pp. 355-358.
Rzedowski, J., 1975, An ecologicial and phytogeographical analysis of the grasslands of Mexico, Taxon 24(1): 67-80.
Sullivan, J., T. & H. L. Wilkins, 1948. “What makes a nutritious forage?” en Grass. The yearbook of agriculture, A. Stefferud (ed.). U.S.D.A. Department of Agriculture, Washington, pp. 285-289.
Valdés, J. y P. Dávila. 1995. Clasificación de los géneros de Gramineae (Poaceae) mexicanas. Acta Bot. Mex. 33: 37-50.
     
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Patricia Dávila Aranda y Jorge Sánchez Ken
Instituto de Biología,
Universidad Nacional Autónoma de México.
     
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cómo citar este artículo  →
 
Dávila Aranda, Patricia. Sánchez Ken, Jorge. 1996. La importancia de las gramíneas como forraje en México. Ciencias, núm. 44, octubre-diciembre, pp. 32-34. [En línea].
     

 

 

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La literatura
y la humanización
de la medicina
R044B01  
 
 
 
Antonio R. Cabral  
                     
Los pacientes confían en que sus médicos prevengan,
diagnostiquen y traten certeramente sus enfermedades, además, esperan que lo hagan con humanismo. Sin duda, la medicina camina paulatinamente hacia las tres primeras metas; en cambio, el cuarto atributo parece perder cada día más terreno. Los médicos de antaño poco sabían de biología molecular, genética humana, bioingeniería y epidemiología; pero cargaban en su maletín altas dosis de plática, paciencia, candor y calor humano. Esta deshumanización tiene causas muy variadas que no analizaré aquí. En cambio, en este ensayo abusaré del tiempo del indulgente lector con algunas reflexiones acerca de cómo el arte, en particular la literatura, puede contribuir a promover la difícil y paradójica tarea de “humanizar” la medicina. El entrecomillado es porque pienso que si algún ser extraterrestre (no necesariamente inteligente) nos visitara, se sorprendería al saber que una actividad tan inherentemente humana como es el alivio del sufrimiento está en peligro de destruir precisamente lo que por siglos ha sido el meollo de su éxito.
 
La relación entre literatura y ciencia está en debate desde la época victoriana. Matthew Arnold defendió la literatura mientras que Thomas Huxley propuso que las ciencias naturales remplazaran las letras humanas durante la educación general. En su famoso y controvertido ensayo Las dos culturas, C. P. Snow sugirió en 1959 que las ciencias naturales y las humanísticas están irremediablemente separadas y que el futuro pertenece a los científicos. Tal aserto podría tener cierta verdad entre algunos círculos científicos y literarios; sin embargo, conforta saber que desde 1972 algunas escuelas de medicina norteamericanas utilizan métodos literarios, textos clásicos y clases de literatura para tratar de ayudar a los médicos en formación a escuchar mejor a sus pacientes y humanizar sus actividades. Igualmente, varias revistas médicas de circulación internacional desde hace varios años publican secciones dedicadas a la literatura en donde, por ejemplo, reseñan textos literarios y reproducen poemas.
 
El estudio de la literatura puede contribuir a incrementar las dimensiones humanas del médico de varias maneras: 1) las narraciones literarias de los padecimientos pueden enseñar lecciones concretas acerca de las vidas de las personas enfermas; 2) las obras maestras de ficción permiten a los médicos comprender la fuerza y las implicaciones de lo que hacen; 3) por medio de la narrativa, los médicos pueden entrenarse a captar mejor las historias clínicas de sus pacientes y con ello aumentar su certidumbre diagnóstica y terapéutica; 4) los estudios literarios tienen la capacidad de incrementar la experiencia narrativa de los médicos y de ahondar en el entendimiento de actos en los que está involucrado el discernimiento ético; 5) el estudio de la literatura ha ayudado a enfrentar algunos de los desafíos actuales de la medicina, por ejemplo, la posición de los médicos como entes sociales y modificadores de su entorno ambiental; finalmente, 6) la literatura puede atemperar la siempre potencial enajenación que produce la experiencia diaria de la enfermedad y del sufrimiento.
 
Abundan los trabajos literarios sobre la vida de pacientes, del quehacer médico, del conocimiento narrativo, de la ética narrativa y sobre la teoría literaria de la medicina. Como el viaje emprendido por Dante al infierno en la Divina Comedia, que podría ser como un recorrido hacia cualquier enfermedad. En La muerte de Iván Ilich, Tolstoi lleva de la mano al lector aliado de la cama de un burócrata maduro y moribundo de cáncer que articula sin temores las lamentaciones de una vida egoísta y sus miedos de morir totalmente solo. En su obra maestra La metamorfosis, Kafka narra una parte de la vida de Gregorio Samsa, quien se ha convertido repentinamente en insecto, y la reacción de su familia, lo que podría ser quizás una metáfora de las varias transformaciones y del estoicismo que producen las enfermedades en pacientes, familiares y aun en médicos. En Intoxicated by my Illness, Anatole Broyard, genio de la llamada “literatura de la muerte”, describe sin tapujos su enfrentamiento con el cáncer de vejiga y con su propia mortalidad.
 
Las representaciones literarias del trabajo cotidiano de los galenos pueden ayudar también a aclarar su papel en la sociedad y lo que ésta puede esperar de ellos. La montaña mágica de Thomas Mann y La peste de Albert Camus son narraciones de los mundos personales, profesionales y políticos de los médicos. Médicos-escritores como Anton Chéjov, William Carlos Williams y Oliver Sacks, entre otros, escriben sobre la medicina con gran profundidad. En El pabellón número 6, Chéjov describe los grandes conflictos internos del estoico doctor Raguin ante la vida y ante la incurabilidad de algunas enfermedades. En Despertares, Oliver Sacks narra claramente la obsesión de los médicos por encontrar curas milagrosas y su lucha por convencer a las autoridades del poder de la investigación. En su formidable cuento Sólo para fumadores, Julio Ramón Ribeyro nos da una clara idea de cómo el cigarro gobierna la vida del fumador y de los graves daños que le causa su adicción.
 
Cuando un médico recibe a un paciente está expuesto a una compleja historia; con sus palabras y gestos el enfermo narra algunos episodios y sensaciones; si el paciente está dubitativo o es un narrador caótico, el galeno debe estar especialmente alerta para escuchar la historia, atender lo importante y desechar lo superfluo, para rellenar huecos y finalmente para agrupar los datos que le permitan emitir su diagnóstico. Para ello, el médico requiere técnicas que pueden ser ejercitadas por medio de la lectura, como respetar el lenguaje, no tomar partido, organizar los puntos en un texto que lo ayude a atar cabos y a entender una historia dentro de muchas otras narradas por el mismo sujeto.
 
La descripción de algunas enfermedades por quienes las padecen también contribuye a entender la relación siempre estrecha entre literatura y medicina. Aunque ayuda, como a Dostoievski, el sufrimiento no es un prerrequisito para la creación literaria; tampoco equivale a decir que el escritor deba estar enfermo para que pueda transmitir ideas reales del sufrimiento. Mann tuvo tuberculosis y sífilis, pero sólo en sus novelas. Igualmente, la influencia de la enfermedad del escritor puede comprobarse de diversas maneras y sus narraciones son verdaderas historias clínicas. Por ejemplo, el obsesivo interés de nuestro admirado Marcel Proust por los más pequeños detalles de la vida cotidiana y de su constante recreación, fueron, dicen sus biógrafos, el origen de su temperamento neurótico; además, su asma fue un santuario que lo enfrentó a Cronos y lo impulsó a crear su portentosa obra En busca del tiempo perdido.
 
El sentido común dicta que el médico aprende humanismo en su cuna y que sólo lo pone en práctica en el hospital o en el consultorio. Las escuelas de medicina esperan que los alumnos aprendan la ciencia clínica de sus maestros; suponen también que los estudiantes absorben de la misma manera las cualidades humanas de la medicina, esto es lo que muchos llaman “el arte de la medicina”. Creo que esto tiene algo de verdad, sin embargo, así como los médicos no aprenden toda su ciencia sólo de ver, los estudiantes tampoco pueden adquirir sólidamente las bases humanas de la práctica médica sin un entrenamiento explícito y progresivo. Tengo para mí que, junto con otras estrategias y medidas, la literatura podría auxiliarnos a todos en ese esfuerzo.
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Antonio R. Cabral
Instituto Nacional de Ciencias Médicas y Nutrición, "Salvador Zubirán".
     
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cómo citar este artículo
 
Cabral R., Antonio. 1996. La literatura y la humanización de la medicina. Ciencias, núm. 44, octubre-diciembre, pp. 8-9. [En línea].
     

 

 

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