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El extraño caso de la jirafa de cuello corto
                                                                                                                                 
 
   
   
Héctor T. Arita    
                     
El continente africano de finales del siglo XIX era
un mundo colmado de misterios y de sorpresas. Era, tal como lo había descrito sir Henry Stanley, el continente negro. Stanley tenía buenas razones para llamar así a África, pues él era uno de los exploradores más prestigiados de aquella zona del mundo. Su fama comenzó con su expedición de 1871 en busca del extraviado misionero escocés David Livingston, que culminó con el encuentro de los dos hombres y el lacónico saludo de Stanley: “el doctor Livingston, supongo.” Posteriormente, Stanley realizó entre 1874 y 1889 tres expediciones en lo que él llamó la región más negra del África: la cuenca del río Congo.
 
Fue ahí, en las selvas de lo que ahora es Zaire, donde Stanley encontró a los pigmeos, esa extraña raza de cazadores y recolectores que aún en nuestros días subsisten de los recursos de los amenazados bosques tropicales del Congo. Y fueron los pigmeos los que dieron a Stanley la primera pista para uno de los descubrimientos zoológicos más importantes de la historia. Cada vez que los diminutos hombres de la selva veían un caballo repetían un curioso apelativo: “okapi, okapi”. Al indagar, Stanley aprendió que okapi era el nombre que los pigmeos usaban para referirse a un animal de la selva que cazaban con sus rudimentarias armas y del que obtenían alimento. Stanley, sin embargo, nunca vio uno de estos animales.
 
Fue en 1900 cuando apareció la primera evidencia física del okapi. Sir Harry Johnston, naturalista, explorador y a la postre comisionado especial de la Corona británica en Uganda, obtuvo en Fort Beni un pedazo de la piel del cuarto trasero de un okapi y lo envió a la Sociedad Zoológica de Londres para su estudio. Como si fuera parte de la trama de una película de misterio, el pedazo de piel generaba más preguntas que respuestas. Lo único claro era que la tira de piel presentaba un rayado semejante al de las cebras, pero era evidente que no provenía de uno de estos animales.
 
P. L. Sclater, quien examinó el espécimen enviado por Johnston, estaba perplejo. Seguramente influido por los relatos de Stanley, el naturalista pensó que el pedazo de piel pertenecía a una desconocida especie de cebra selvática y publicó en los Proceedings de la Sociedad Zoológica de Londres la descripción de Equus johnstoni. Equus es el género al que pertenecen los caballos y las cebras y johnstoni hacía honor a sir Harry. En muy poco tiempo, sin embargo, Sclater se daría cuenta de su error.
 
Al mismo tiempo que Sclater preparaba su manuscrito, un militar belga de apellido Eriksson conseguía en Fort Beni una piel completa y dos cráneos del okapi. Cumpliendo la promesa que había hecho a Stanley, el belga envió los ejemplares a Londres. La piel completa permitió a Lankester, el naturalista encargado de examinar los especímenes, darse una idea más realista del animal. El patrón a rayas estaba presente sólo en los cuartos traseros y, más disimulado, en los delanteros. El resto del cuerpo era café oscuro, con excepción de la cabeza, que era de color más pálido. Por las dimensiones de la piel se podía inferir que el okapi medía unos dos metros de longitud, con una cola de unos 40 centímetros; la altura a la cruz debía ser de aproximadamente un metro y medio y el animal debía pesar unos 220 kilogramos. ¿Cómo era posible que un animal tan grande hubiera pasado inadvertido para la ciencia por tantos años?
 
Lo más intrigante del animal, sin embargo, surgió cuando se compararon las características del cráneo con otros ejemplares. Para Lankester resultó de inmediato evidente que el cráneo no semejaba el de un caballo, y en un artículo publicado en Nature cambió el apelativo del nuevo animal por Okapia Johnstoni. Los especímenes más parecidos a Okapia eran unos fósiles que habían sido encontrados unos años antes en Grecia y que se habían considerado como pertenecientes a los ancestros de las jirafas. En electo, ¡el okapi no era otra cosa que una jirafa selvática de cuello corto y patas rayadas!
 
Cuando unos pocos años más tarde se logró la captura de okapis vivos, se comprobó la asombrosa realidad: efectivamente existe una jirafa de cuello corto viviendo en las selvas de África. Hoy día se sabe que el okapi está restringido a las selvas de Zaire, principalmente en el bosque de Ituri, y que su existencia está supeditada a la conservación de las selvas del Congo. Considerado como una especie rara, el okapi está oficialmente protegido por el gobierno de Kinshasa.
 
Aunque el descubrimiento de animales de la talla del okapi es un evento muy raro, la descripción de nuevas especies es más o menos común entre los estudiosos de grupos tales como insectos, ácaros, nemátodos y hongos.
 
Por ejemplo, en 1860 se conocían únicamente 80 especies de nemátodos, mientras que en la actualidad se reconoce la existencia de más de 15 000 especies, la mayoría de ellas descritas en los últimos treinta años. En contraste, anualmente se describen sólo dos o tres especies nuevas de aves. De igual manera, mientras que en un gramo de suelo de un bosque noruego se han encontrado alrededor de 4 500 especies de bacterias nuevas para la ciencia, se necesitan años de búsqueda y de intenso estudio para encontrar una nueva especie de mamífero.
 
Es por esta diferencia que el hallazgo de un nuevo mamífero o de un ave desconocida generalmente produce reportajes en la prensa internacional, mientras que la descripción de un nuevo acaro o de una especie desconocida de nemátodo rara vez emociona a más personas que a los especialistas en esos grupos. En 1994, por ejemplo, aparecieron reportajes en los periódicos de todo el mundo que anunciaban el descubrimiento de una forma hasta entonces desconocida de venado muntjac en la reserva de Vu Quang en Vietnam, una región que ya había dado sorpresas, como el descubrimiento en 1992 del saola o buey de Vu Quang (Pseudoryx nghentinhensis). Ese mismo año, se descubrió en Irian java, la provincia indonesia en el occidente de Nueva Guinea, una especie nueva de canguro arborícola, que por cierto era bien conocida por los Moni, un grupo indígena que se considera descendiente de éste.
 
También en ese año se describieron una nueva especie de ave tropical, la cotinga pechicastaña (Doliornis remseni) en los bosques nublados de Ecuador, una nueva codorniz (Xenoperdix udzungwensis) en Tanzania y un nuevo murciélago insectívoro de Brasil (Lasiurus ebenus). Estos descubrimientos fueron lo suficientemente interesantes como para ser reseñados en el libro del año de la Encyclopaedia Británica. Por el contrario, ¿cuántas especies de reptiles y peces, de insectos y ácaros, de nemátodos y de moluscos fueron descritas en 1994? Sólo los especialistas en esos grupos podrían contestar la pregunta.
 
El caso del okapi ejemplifica el método tradicional para encontrar especies nuevas: la exploración de sitios exóticos. Cada año se describen incontables especies nuevas de animales provenientes de sitios poco estudiados, como los doseles de las selvas, los túneles volcánicos de Hawai, el fondo del mar, las ventilas hidrotermales de los océanos, los pozos de exploración geológica, etc. Así fue como en 1983 Reinhardt Kristensen, un científico danés, encontró entre la arena y la grava del fondo del mar un tipo completamente desconocido de invertebrado al que llamó Nanaloricus mysticus. Lo relevante del descubrimiento es que el extraño animal, de apenas un cuarto de milímetro de longitud, representaba no sólo una nueva especie sino un phylum desconocido. Los phyla (plural de phylum) son la categoría más alta en la jerarquía de la clasificación zoológica y representan las formas básicas sobre las que se desarrolla la totalidad de la diversidad de los animales del planeta. Existen sólo unos 35 phyla dentro del reino animal, lo que pone en perspectiva la importancia del hallazgo de los Loricifera, nombre que acuñó Kristensen para el nuevo phylum.
 
En ocasiones, por el contrario, las nuevas especies pueden aparecer en lugares más cercanos a la civilización. Por ejemplo, la vaquita (Phocoena sinus), un cetáceo endémico de México, se descubrió apenas en 1958 a pesar de vivir en el Golfo de California, un área bastante visitada por los biólogos marinos. De manera similar, en 1990 se encontró una especie nueva de primate, el tamarín dorado de cara negra (Leontopithecus caissara), a sólo 65 kilómetros de Sao Paulo, la ciudad más poblada de América del Sur.
 
El caso más reciente de un hallazgo espectacular en un sitio común involucra al mismo Kristensen de los Loricifera. En diciembre de 1995 se anunció el descubrimiento de una nueva especie de invertebrado que habita en las partes bucales de la langosta común del mar del Norte (Nephrops norvegicus) y que de acuerdo con Funch y Kristensen, los autores de la descripción, constituye un nuevo phylum al que llamaron Cycliophora. La nueva especie (Symbion pandora) a primera vista semeja animales de phyla bien conocidos como los entoproctos, ectoproctos (llamados también briozoarios) y rotíferos. Sin embargo, los detalles de la anatomía y sobre todo el extraño ciclo de vida del S. pandora, que involucra una fase asexual y una sexual con machos enanos adheridos a las hembras, lo separan por completo de estos grupos.
 
El hecho de que en las postrimerías del siglo XX se sigan descubriendo especies nuevas es un signo de que el conocimiento que tenemos sobre la biodiversidad del planeta es relativamente pobre. Edward O. Wilson calcula que existe alrededor de un millón 413 mil especies descritas de plantas y animales. Aunque todos los biólogos están de acuerdo con que aún hay muchísimas especies por ser bautizadas científicamente, los cálculos sobre el número exacto varían desde uno o dos millones hasta 90 millones. Sólo en los bosques tropicales podría haber entre cinco y 30 millones de especies de insectos no conocidos todavía por la ciencia.
 
El descubrimiento de una especie nueva —ya sea una bacteria de un pozo geológico, un ciclióforo de la boca de una langosta o un okapi de las selvas de Zaire—, representa un avance en la aventura que ha emprendido el ser humano por conocer su planeta. Dadas las actuales tasas de destrucción de los hábitats naturales, es muy probable que un número altísimo de las especies aún no descritas desaparezcan antes de que sean conocidas por la ciencia. La búsqueda y descripción de especies nuevas es una actividad de vital importancia en la actual lucha por la conservación de los ambientes naturales.
 
  articulos  
Referencias Bibliográficas
 
Funch, P. y R. M. Kristensen. 1995. Cycliophora is a new phylum with affinities to Entoprocta and Ectoprocia. Nature 378:711-714. Descripción original de Symbion paridora (véanse también comentarios de S. C. Morris en el mismo número de Nature, pp. 661-662).
Wilson, E. 0.1992. The Diversity of Life. Harvard University Press. Cambridge. Los capítulos 4 a 10 versan sobre la importancia del estudio de las especies, la forma en que trabajan los taxónomos y la magnitud de la diversidad biológica del planeta.
     
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Héctor T. Arita
Centro de Ecología,
Universidad Nacional Autónoma de México
     
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cómo citar este artículo 
 
Arita, Héctor T. 1996. El extraño caso de la jirafa de cuello corto. Ciencias, núm. 43, julio-septiembre, pp. 28-30. [En línea].
     

 

 

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Del SNI, evaluaciones e investigación clínica
   
 
   
   
Antonio R. Cabral
y Arnoldo Kraus
   
                     
Por la naturaleza intrínseca de sus actividades,
asignar calificaciones al trabajo de un investigador científico es labor ardua y, hay que decirlo, subordinada a valoraciones relativas. Todo sistema de evaluación, ya lo dijo el doctor Julio Muñoz, está hecho a imagen y semejanza de sus inventores. Es decir, los creadores de reglamentos sólo tienen que ver cuánta agua tiene su molino para decidir qué cantidad es la conveniente, recordar cuál fue la estrategia que ellos siguieron para traerla y así exigirla a los evaluados. Es por eso que todo sistema que intente discriminar lo apto de lo no apto, lo que trasciende de lo etéreo, debe ser sometido a minuciosas y profundas críticas para que sus imperfecciones e imprevistos no rebasen sus virtudes. Quien califica debe analizar todas las posibles vicisitudes para no caer en contradicciones a la hora de las sentencias. Por ello, pensamos que merced a la intrínseca complejidad del acto de calificar, la justicia y la razón deben ser los primeros y los últimos peldaños. Evitar dobles raseros debería ser la meta de todo sistema de evaluación.
 
Ya es lugar común señalar que el Sistema Nacional de Investigadores (SNI) fue creado en 1984 por decreto presidencial para impulsar la investigación científica y para evitar la fuga de cerebros. Con el SNI nació el estatuto de Investigador Nacional y con ellas el monto de las becas que reciben los investigadores según su “Categoría” y “Nivel”. Esta jerarquización ha disgustado a muchos y el sistema de evaluación no ha logrado aún asentarse del todo. Si bien pensamos que el SNI ha hecho gran esfuerzo para que las evaluaciones de los investigadores sean transparentes, hay algunos embrollos y ciertas omisiones que deben discutirse y en su caso corregirse. Las reflexiones aquí expuestas se refieren solamente al Área II (ciencias biológicas, biomédicas y químicas). Las primeras se refieren a las famosas citas a los trabajos, actividad que cada día se arraiga más en los comités evaluadores de los investigadores dentro y fuera del SNI. En este último, las citas a los trabajos tienen tanto peso que a veces determinan quién cambia de nivel.
 
a) Calidad de las citas. Hay trabajos muy citados, pero que cuando se analizan resulta que la alusión a la publicación es para contradecir los resultados, para señalar que los datos están equivocados o de plano para denunciar que son falsos.1 También sucede que algunas veces las citas son erróneas, inapropiadas o los apellidos de los autores están mal escritos; consecuentemente, las computadoras del Science Citation Index (empresa dedicada a rastrear las citas y que hace su agosto a expensas del trabajo de otros) los detectan como pertenecientes a otra persona.
 
b) Autocitas. El que un investigador (o un coautor) se cite a sí mismo en trabajos ulteriores no cuenta para el SNI. Tal punto es erróneo; si hay autocitas es porque el trabajo sigue siendo fértil.
 
c) Las modas hablan. Cuando se analiza el número de veces que un artículo ha sido citado, saltan algunos puntos: 1) los trabajos metodológicos son más citados que las contribuciones originales, 2) si se publica “a tiempo” o dentro de alguna moda, es más probable que ese trabajo sea referido.2
 
d) Las modas que no hablan. Cuando el número de grupos de investigación en el mundo que trabajan sobre una determinada área de la ciencia es limitado, el número potencial de citas a los trabajos de esos grupos, si es que esto funcionara aritméticamente, es también limitado.
 
e) País del autor remitente. Los factores económicos carecen de fronteras y la influencia de éstos sobre la ciencia es realidad cotidiana. Por ello, publicar en América Latina es más difícil que hacerlo en países del Primer Mundo; no importa si el apellido del autor es latino, chino o bengalí, lo relevante es la dirección del remitente.3 Por lo mismo, el número de citas a trabajos publicados por investigadores del Tercer Mundo es menor que las de sus colegas del Primero, con todo y que traten de lo mismo.3
 
f) Hay artículos que por conocidos ya nadie los cita. El clásico ejemplo es la carta publicada en Nature en donde Watson y Crick describieron la estructura del ADN. Desde que apareció en 1953, esta célebre y revolucionaria publicación sólo es citada en promedio 37 veces al año.2
 
g) El idioma de la publicación tiene valor preminente. Enviar trabajos originales a revistas cuya lengua oficial es el español carece de sentido pues, además de ser revistas de “bajo impacto”, es muy poco probable que sean leídos y prácticamente imposible que sean referidos. Este punto tiene especial relevancia para los trabajos cuyos resultados están dirigidos precisamente a públicos específicos que hablan español. ¿Tendría caso publicar la revista ciencias en inglés si está dirigida precisamente a usted que habla castellano?
 
h) Qué trabajo cita un autor es su privilegio. La decisión de citar un artículo y no otro cuando ambos tratan lo mismo, puede ser tan poco científica como decir “porque así lo prefiero”, “porque es el que tengo a la mano” o “tú me citas yo te cito”.
 
Sin duda que las citaciones a los trabajos científicos tienen más bemoles. Con lo anotado basta para poder afirmar que este asunto es obsoleto y que no evalúa nada. La inclusión del número de citas a los trabajos es una moda mal copiada de los americanos desde que Eugene Garfield, director del Institute for Scientific Information, la dio a conocer hace algunos años.2 Sin embargo, en el país de Garfield tal práctica no tiene ninguna relevancia. Quien haya asistido al homenaje de algún decano (no necesariamente americano) de la investigación biomédica en Estados Unidos o haya leído la biografía de algún investigador eminente,4 sabrá que entre sus logros ni siquiera se anota el número de citas que tienen sus trabajos. Por ello, creemos que las citaciones como parte del sistema de evaluación de los investigadores del SNI (y fuera de él) debe ser eliminado. El “impacto” de los hallazgos científicos tiene una forma más simple de evaluación: la de los propios autores. Es decir, son los investigadores los indicados y mejor calificados para opinar sobre la trascendencia de sus hallazgos y en todo caso, para indicar las citas más relevantes que han tenido sus trabajos.
 
Investigación clínica
 
Un aspecto omitido en los formatos actuales de evaluación del SNI es el trabajo asistencial del médico investigador. Por el número cada vez mayor de pacientes, por la complejidad de la medicina o porque no hay plazas para contratar médicos de tiempo completo, la gran mayoría de los médicos investigadores están obligados a emplear el tiempo de investigación para beneficio de sus enfermos. Ante esto, desde luego, no cabe decir: que se acaben los médicos investigadores; recordemos que la ciencia médica nació con galenos dedicados a la investigación y a la asistencia, Claude Bernard está ahí para atestiguarlo.
 
En la investigación clínica existen algunos obstáculos no siempre fáciles de salvar y que necesariamente dificultan el trabajo. Perder de vista que el objeto de la investigación clínica es el ser humano o cualquiera de sus productos biológicos es perder la brújula. Si el enfermo es la única preocupación del clínico, la ética y el extremo cuidado en la selección de los casos es fundamental; esto hace que la disponibilidad de los casos sea difícil y la aparición de los resultados, y de las publicaciones, lenta.
 
Grados académicos. Un aspecto preocupante del reglamento del SNI-1995 es el de los requisitos académicos que deben tener los aspirantes para ingresar al mismo. Citamos el artículo quinto inciso a): “Para el nivel I (y los que siguen) el aspirante debe poseer el doctorado y participar activamente en trabajos de investigación original de alta calidad...” (el subrayado es nuestro). Tal requisito descalifica automáticamente a la mayoría de los médicos, quienes al terminar sus estudios de licenciatura tradicionalmente siguen el camino hacia la especialización. Tal cosa puede durar de 5 a 12 años puesto que la mayoría de los médicos hacen dos especialidades, por ejemplo, medicina interna y cardiología. Al final el médico recibe un diploma que lo acredita “sólo” como especialista, con todo y que la profundidad y el tiempo invertido en sus estudios de posgrado sin duda equivalen a los de cualquier doctorado. Por esto, el SNI debería considerar a la primera especialidad como homologa a la maestría y la segunda al doctorado; de lo contrario, las autoridades del SNI deben aducir las razones por las que esto no es así, aun después de que este punto ha estado en debate prácticamente desde la creación del SIN.
 
Quizás por conocer el peligro de las clasificaciones simplistas, Isaiah Berlín rescató un pensamiento de Arquíloco que dice: “Muchas cosas sabe la zorra, pero el erizo sabe una sola y grande”. Y luego dice: “Los estudiosos han discrepado acerca de la correcta interpretación de estas oscuras palabras, que quizás sólo quieran decir que la zorra, pese a toda su astucia, se da por vencida ante la única defensa del erizo”.5 Aun cuando no pretendemos resolver con este escrito quién tiene la razón (si la zorra o el erizo) —en el caso del SNI es probable que ambos la tengan—, sabemos que el problema no es simple. Como ya se ha dicho en este mismo espacio,6 la cultura científica en México es pobre comparada con otras formas de expresión. Promover la investigación clínica es tarea urgente. Modificar los instrumentos de evaluación del SNI, conjuntamente con la mejor distribución del trabajo académico del médico, debe ser parte de esa promoción. Por ello, no es exagerado decir que si a algún estudiante de medicina se le presenta el panorama descrito, al menos que haya nacido en cuna de oro, lo más seguro es que al final de su entrenamiento médico se dedique a la muy honrosa medicina asistencial. Esto lo hará en algún hospital que le asegure un sueldo fijo mensual (magro la mayoría de las veces), mientras incrementa sus ingresos en el consultorio privado o corriendo de hospital en hospital. Por más que a los estudiantes de medicina se les muestren los beneficios de la medicina académica y las mieles de la investigación científica, si no perciben panoramas más atractivos dudamos que elijan ser investigadores de carrera. Aunque carecemos de números que nos apoyen, tenemos la impresión de que la cantidad de médicos recién egresados que optan por la investigación clínica va en descenso. Si a esto agregamos la falta de cultura de investigación en México, el poco reconocimiento social que tiene el investigador en nuestro país y lo desaliñado que está el reglamento del SNI, corremos el riesgo de que en México el investigador clínico sea pronto una especie en peligro de extinción. Este es un lujo que ningún país se puede dar.7
  articulos
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Referencias Bibliográficas
 
Cabral, A.R. 1995. La deshonestidad en ciencia. Ciencias 37:5256
Carfield, E. y A. Welljams-Dorof. 1992. Of Nobel Class: A cilation frequency on high impact research authors. Theor. Med. 13:117-135
Gibbs, W.W. 1995. Lost Science in the Third World. Scientific American 273:76-3
Chargaff, E. 1978. Heraclitean Fire. Sketches from a Life before Nature. The Rockefeller University Press, Nueva York.
Berlin, I. 1982. El erizo y la zorra. Muchnik Editores, Barcelona
Cabral, A.R. 1995. Ciencia y sociedad. Ciencias 39:14-15
PérezTamayo, R. 1993. “La importancia social del científico”, en Palabras académicas, El Colegio Nacional, México, pp. 35-48.
     
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Antonio R. Cabral y Amoldo Kraus
Instituto Nacional de la Nutrición, “Salvador Zubirán”.
     
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cómo citar este artículo
 
Cabral R., Antonio y Kraus, Arnoldo. 1996. Del SNI, evaluaciones e investigación clínica. Ciencias, núm. 43, julio-septiembre, pp. 12-15. [En línea].
     

 

 

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