revista de cultura científica FACULTAD DE CIENCIAS, UNIVERSIDAD NACIONAL AUTÓNOMA DE MÉXICO
Busca ampliar la cultura científica de la población, difundir información y hacer de la ciencia
un instrumento para el análisis de la realidad, con diversos puntos de vista desde la ciencia.
del mar
       
 
  menu2
           
Entrd109B03
Voces en el mar,
el canto de las ballenas

Elisa T Hernández Acosta
   
   
     
                     
Como si fueran trovadores del mar, las ballenas jorobadas
han recitado historias que hasta ahora parecían ininteligibles para los oídos humanos. En otros tiempos, sus vocalizaciones largas, elaboradas y potentes probablemente acrecentaron los mitos sobre el canto de las sirenas, pero en la actualidad, desde una visión científica se vislumbran los primeros indicios para comprender el cifrado de sus versos.

Aunque potentes, los himnos cetáceos no habían sido divulgados hacia el interior de los continentes hasta antes de 1970 y las notas de los gigantes gibosos eran apenas audibles para algunos privilegiados marinos.
En la década de los sesentas la marina de los Estados Unidos de América registró los cantos de las ballenas jorobadas y diez años después el zoólogo británico Roger Payne y el experto en ballenas Scott McVay difundieron la grabación para el público en general. Esta reproducción de los sonidos de la naturaleza tuvo tanto éxito entre la gente que se editó en varios países y superó los diez millones de discos vendidos. Parte de este mérito de difusión fue gracias a que se distribuyó una copia del material en la revista National Geographic.

En esa época, las coplas yubartas pasaron de ser el susurro del mar a ser el himno de conservación de las ballenas en tierra, y en 1974 los cantos se elevaron hasta los confines del Universo, cuando Carl Sagan puso estas canciones en el disco de oro Sound of Earth −sonidos de la Tierra− que transportaban las Voyager I y II.
 
El solfeo marino
 
Payne y McVay escribieron en 1971 un artículo titulado Songs of Humpback Whales 
−cantos de las ballenas jorobadas− en la revista Science. En él muestran un sonograma para comprender la estructura de las vocalizaciones, esto es, una representación visual del sonido en dos dimensiones: 
la frecuencia medida en hertz (Hz) se grafica en el eje vertical y el tiempo medido en segundos (s) en el eje horizontal (ver figura 1).
 
 figura1109b03
Figura 1. Sonograma propuesto por Payne y McVay en 1971 para especificar la terminología de los sonidos de las ballenas jorobadas. Las áreas circulares son subestructuras de los sonidos que no son detectadas por el oído humano.

 

Este primer paso científico para comprender el solfeo de las Megaptera novaeangliae define la terminología que usaron para describir los sonidos grabados. Este artículo dio las pautas para comprender la música de las ballenas, pues se distinguieron sonidos unidad, frase, tema y canción; además mostró un pequeño catálogo de sonogramas y un intento por comprender estos armónicos arpegios.

Desde entonces, las canciones de estos jorobados cetáceos se han estudiado ampliamente; en la actualidad se sabe que pueden llegar a emitir sonidos de hasta 170 decibeles, lo que equivale a la potencia de una explosión de fuegos artificiales o el despegue de un jet. También se conoce que debido a que pueden emitir sonidos de baja frecuencia, a veces inaudibles para el oído humano, las ondas de comunicación viajan más lejos, así que pueden tener intercambios sonoros con otro miembro de su manada a miles de kilómetros de distancia.

Los sonidos unidad que producen las ballenas es vasto, por lo que para catalogarlos los científicos le piden prestado a otros animales sus onomatopeyas, de modo que no es extraño leer en un tratado sobre yubartas que emitieron ronroneos, graznidos, gruñidos, ladridos, incluso hasta crujidos, gemidos, llantos o gritos.

Ahora se sabe que las polifonías son casi exclusivas de los machos y son prolongadas, pueden durar de diez minutos hasta veinte o treinta horas y se permiten llevar la misma tonada durante seis meses. Aunque cada ballena tiene su propia voz, las jorobadas de la misma área a menudo cantan la misma canción, esto se conoce porque cantan frases iguales en el orden exacto. Se podría decir que año con año los machos de un grupo específico emiten los mismos cantos, pero existen pequeñas variaciones que a lo largo de muchos años la transforman en otra canción completamente diferente.

El instrumento de viento con el que emiten su música es tan grande como su cráneo, pues producen el sonido circulando aire por la cabeza. Para hacerlo, salen a la superficie a respirar, controlan su aliento, se sumergen, se inclinan hacia abajo y cantan a quince o treinta metros bajo el mar. Existen complicaciones para estudiar más sobre cómo es que circula el aire dentro de sus cabezas y producen los sonidos, pues no es común encontrar cráneos de estos mamíferos. Así que muchos científicos extrapolan sus conocimientos sobre la forma en la que los delfines emiten sonidos e infieren cómo es que lo hacen las ballenas.

Para quien nunca ha presenciado el concierto de estos mamíferos, la red brinda la oportunidad de escucharlos, de conocer algunas vocalizaciones de las ballenas jorobadas (www.dosits.org/audio/marinemammals/baleenwhales/humpbackwhale).
 
Cantos para la manada
 
Actualmente, además de comprender la estructura de los cantos, los investigadores están interesados en conocer el significado específico del mensaje que los cetáceos se transmiten entre congéneres, pues desde hace algunos años se sabe que las ballenas se comunican con cantos y llamados, unidades de comunicación de diferente duración y que al parecer tienen distinta finalidad. En recientes investigaciones científicas se reporta que mientras que los cantos los emiten principalmente los machos (son largos, complejos y al perecer tienen fines reproductivos), los llamados son cortos y los emiten las hembras (más sencillos y utilizados principalmente para comunicarse con sus crías).

El repertorio sonoro es extenso, pero recientemente algunos investigadores han puesto especial atención en los nombrados “sonidos sociales” que hasta ahora habían sido soslayados. Durante tres años científicos de la Universidad de Queensland, Australia, se dedicaron a grabar los sonidos que emitían 61 grupos de estos cetáceos mientras viajaban por las costas australianas. Obtuvieron miles de horas de grabación y en el año 2013 lograron compilar un catálogo de 660 sonidos diferentes y tipificaron los sonidos sociales.

En dicho trabajo, basado en las grabaciones sonoras, pero también en observaciones de comportamiento, el grupo de científicos encabezado por Rebecca Dunlop relacionó la conducta más obvia que acompañaba los sonidos, y así vinculó el actuar de los machos “con lo que decían”. Por ejemplo, cuando los machos solteros se unen a un grupo cambian sus vocalizaciones, pasan de emitir sonidos de baja frecuencia a una de mayor frecuencia. También observaron que con sonidos anuncian que están en posibilidad de aparearse y atraen a las hembras. Por otro lado notaron que las hembras emiten llamados cuando están alimentando a la crías.
Conocer el repertorio acústico de una especie es el primer paso para conocer su función biológica, pero es hasta ahora, con investigaciones de la Universidad de Queenslan, que se está recopilando el catálogo de los sonidos de las ballenas jorobadas y se comienzan a clasificar.

Categorizar el repertorio sonoro de estos mamíferos marinos es una tarea complicada y se hace de tres maneras: por un lado se usan las propiedades físicas cuantitativas de los sonidos que producen (frecuencia, amplitud, duración, intensidad); por otro lado se clasifican y se da nombre a las unidades sonoras (como lo hicieron Payne y McVay en 1971) −aunque esta manera de estudiar los sonidos tiene un dejo de subjetividad, pues un sonido puede formar una estructura continua y el investigador arbitrariamente podría dividirlo en sonidos diferentes, lo cual podría resultar en una interpretación errónea del sistema de comunicación del animal; y por último, se asocian estos sonidos a su conducta observable.
 
Voces mesuradas
 
Los titulares de las noticias periodísticas que se desprendieron del artículo de Dunlop de 2007 desbordaban de imaginación, pues anunciaban el desciframiento del canto de las ballenas como si sólo se necesitara una máquina transcriptora en la que entraran voces yubartas y salieran palabras humanas. Hubo casos más amarillistas que divulgaban los posibles reclamos ambientalistas que los cetáceos tenían que comunicarnos desde las profundidades del mar.
 
A decir verdad, esta investigación no sugiere que las ballenas estén tratando de comunicarse con los seres humanos, simplemente es evidencia de que se comunican entre ellas y todavía hace falta conocer la letra de las canciones que se cantan entre sí.

Lo que sí plantea el estudio es la posibilidad de grabar a las ballenas en diferentes puntos de sus rutas migratorias o a otras poblaciones en diferentes condiciones de temperatura e iluminación para así conocer cómo afectan estas variables la comunicación. Otra vía de trabajo del equipo australiano se centra en profundizar el posible efecto de los sonidos de los barcos y sonares en la migración de las ballenas jorobadas.
Finalmente, los argumentos contundentes para descifrar el canto de las ballenas jorobadas se darán cuando la comunidad científica logre entretejer las diversas investigaciones sobre ellas, es decir, se tienen que comprender perfectamente sus estructuras anatómicas (aparatos receptores y emisores de sonido) y su función biológica se tendría que relacionar con argumentos evolutivos y sociales de las ballenas.

Mientras tanto, los cantos de las yubartas se registran, se estudian, se almacenan y hasta se mandan al espacio exterior como inmemoriales partituras que esperan ser traducidas para comprender el contenido de las coplas.
articulos

referencias bibliográficas


Dunlop, Rebecca, Michael J. Noad, Douglas H. Cato y Dale Stokes. 2007. “The social vocalization repertoire of east Australian migrating humpback whales (Megaptera novaeangliae)”, en Journal of the Acoustical Society of America, vol. 122, núm. 5, pp. 2893-2905.
Payne, Roger y Scott McVay. 1971. “Songs of Humpback Whales”, en Science, vol. 173, núm. 3997, pp. 585-597.

 

En la red

lareserva.com/home/descifrar_lenguaje_ballenasthousandmilesong.com
factsanddetails.com/world.php?itemid=1244&catid=53 subcatid=341#8711
     
_____________________________________________________________
     
Elisa T Hernández Acosta
Escuela Superior de Física y Matemáticas,
Instituto Politécnico Nacional.
     
_____________________________________________________________
     
como citar este artículo
 [En línea]
     

 

 

 

de flujos y reflujos        
 
  menu2
                
Entrada109B02 
Alacranes
y el canto de las dunas
Ramón Peralta y Fabi
   
   
     
                     
Hay una pintura extraordinaria que se exhibe en la sala
“Orientalismo” del Museo d’Orsay de París llamada El país de la sed, de Eugène Fromentin (1820-1876). Parece una trágica ventana al desierto, seco, silente, inhóspito y caliente, donde cinco personajes viven sus últimas horas.

Quienes han ido al desierto en alguna de sus presentaciones, sean dunas de arena que se extienden en todas direcciones —como el Sahara—, planicies de tierra y piedras 
—como Atacama— o extensiones áridas y diversas, con cactus y “plantas secas”, en las que la vida parece irse retirando —como en Sonora—, pueden atestiguar la desolación agobiante que se siente, aun con la certeza de saber dónde se está o que no se corre riesgo alguno.

Donde parece ser inhabitable, hay vegetales, algas y animales con estrategias insospechadas para sobrevivir en condiciones que a nosotros nos parecen extremas. Pero al menos una especie de escorpiones, Smeringurus mesaensis, vive en la arena y sólo actúa de noche. Sus ejemplares típicos son de color claro y traslúcido y miden de cuatro a diez centímetros. Uno de los aspectos que más llama la atención, y es difícil de entender, es que parecen tener la capacidad de detectar deliciosas presas o a una prometedora pareja por medio de la arena y a más de cincuenta centímetros de distancia.

Además de los “olores” (feromonas) que perciben de las posibles parejas, y que también detectan a distancia, cuentan con pequeños “vellos” (cilios de rendija basitársicos) en cada una de las ocho patas, con los que pueden percibir 
vibraciones en la arena con extraordinaria resolución. Las vibraciones que detectan son de nanómetros de amplitud, dimensiones atómicas en el intervalo de 100 a 500 Hz de frecuencia; también pueden registrar diferencias de fase, lo que les permite saber, sin ver, la dirección y velocidad del emisor. Sabiendo con precisión la ubicación del móvil alimento, acechan preparando su salto mortal, sin maromas, muy efectivamente.

Reportado originalmente por especialistas en artrópodos hace más de treinta años, fue hasta el siglo XXI que, en trabajos sobre la física de medios granulados, se estudiaron las ondas que se propagan por la superficie de la arena, comenzándose a entender los fenómenos de esta naturaleza. Es de hacerse notar que estas ondas superficiales, llamadas de Rayleigh-Hertz, se consideraban inexistentes en medios granulados hasta hace relativamente poco.

La manera en que se mueven las dunas, los patrones que forman los granos de arena, los “cantos” de las dunas, las avalanchas, los colores y texturas, son sólo algunas de las facetas de la física de la arena. Bajo ciertas condiciones de temperatura y humedad en la atmósfera, dependiendo de las características de los granos, como densidad, forma y tamaño, y la geometría de la duna, es decir, su altura y ángulos de inclinación, las dunas emiten un sonido monótono y fuerte (~110 decibeles) que persiste por muchos minutos y se propaga por distancias hasta de kilómetros. Cada desierto tiene “su nota” dentro de la escala musical; no del todo afinada, hay que decirlo.

Parece haber sido Marco Polo (1254-1324), en su Descripción del Mundo, obra dictada en prisión a su amigo Rustichello da Pisa, el primero en reportar este interesante sonido, cuya cabal explicación aún nos elude. El misterio consiste en que hay varias explicaciones, todas las cuales son razonables y recientes. Es decir, son varias las teorías físicas 
—expresadas en lenguaje matemático— y los experimentos finos en campo y en laboratorio, que requieren más trabajo científico para resolverse por una de ellas. El misterio no significa —desde luego— que una opción sean los fantasmas del desierto; en todo caso, no son los que generan tales cantos. Aseguro que los fantasmas no son fuente de cantos, ni ruidos.

La arena nos acompaña desde que aparecimos como especie. Viniendo de África, como todo parece indicarlo, necesariamente nos enfrentamos a los retos del calor y la sed. Nuestras más elementales caracterizaciones de la arena y su comportamiento no llegan a los cien años de haberse iniciado y son precarias hoy día.

Industrias fundamentales para la actividad humana, como la alimentaria, la farmacéutica y de la construcción, tratan casi exclusivamente con medios granulados; el trigo y el maíz, las pastillas y cápsulas, los cementos, gravas y piedras, son casos representativos. Su manejo es, en su mayoría, el fruto del empirismo, en ocasiones ingenioso y fino, pero al fin y al cabo resultado de una práctica sin sustento alguno. Tenemos teorías para el núcleo atómico y las moléculas de la herencia, para el interior del Sol y de la Tierra, y para la dinámica de los océanos y los acuíferos. Tenemos experimentos elaborados para poner a prueba las teorías correspondientes con muchas cifras significativas, mostrando lo profundo que se comprenden ciertas áreas. Pero las fuerzas en la base de una pila de azúcar, de diez centímetros de altura, o en un silo de treinta metros de altura con toneladas de granos de maíz, se empezaron a entender hacia finales del siglo XX. No sabemos predecir aún cómo responderá una corriente de piedras o una vibración subterránea si el suelo es arenoso.

Logros en la comprensión de cómo se propagan las perturbaciones en la arena, las que detecta el escorpión amarillo en el desierto de Chihuahua, son recientes. Poco hace que se descubrió que en la arena se pueden propagar ondas que no ocurren en un líquido y que las de los sólidos son demasiado simples para describirlas; resulta que aparecen “canales” (guías de onda) que reducen la dispersión del fenómeno y le permiten recorrer distancias mucho mayores que las esperadas.

Cómo es el movimiento sincrónico de millones de granos de arena, los que se mueven en una avalancha en la ladera de una duna, es algo que se está descubriendo mientras esto se lee. Los granitos que ruedan y se parecen como hermanos, sin haber dos iguales, se acoplan unos a otros para “resbalar” en la avalancha y, al vibrar al unísono, radian ondas acústicas al aire, que se propagan más allá de lo esperado.

La idea, en matemáticas precisas, todavía se encuentra en proceso; los experimentos de laboratorio están en preparación o en camino de (re)interpretación en el seno de distintos grupos de investigación en el mundo.

Muchas décadas han pasado para construir las ecuaciones generales para un material granulado, sin haberse alcanzado. Estos materiales, como su arena favorita —de silicatos— en las playas o dulces como el “talco” que se escarcha sobre los postres, son difíciles de comprender. A veces parecen un sólido, estático y simplón, como en una duna en las fotografías del desierto de Gobi, tomadas desde las estepas de Mongolia. En otras ocasiones semeja a un escurridizo líquido, como en las avenidas secas, de piedras y ramas, en las cañadas de California; o simula un gas extraño, cuando miramos a los granitos “brincar” sobre la superficie de un tambor que se bate rítmicamente durante el atardecer, formando patrones hipnóticos que dependen tanto del instrumento percutido como del tipo de granos que bailan sin parar (mientras hay música).

Y entonces, ¿qué es la arena? Es sólo una parte del mundo sorprendente que seres recientemente conscientes están averiguando.
articulos
Referencias bibliograficas
 
Bonneau, L., B. Andreotti, y E. Clément. 2008. “Evidence of Rayleigh-Hertz surface waves and shear stiffness anomaly in granular media”, en Physical Review Letters, vol. 101, núm. 11.
Brownell, Philip H. 1984. “Prey detection by the sand scorpion”, en Scientific American, vol. 251, núm. 6, pp. 86–97.
     
_____________________________________________________________
     
Ramón Peralta y Fabi
Facultad de Ciencias,
Universidad Nacional Autónoma de México.
     
_____________________________________________________________
     
como citar este artículo
 [En línea]
     

 

 

 

del microcosmos
            menu2
            entrada109B01 
Un infinito
mundo sonoro
César Carrillo Trueba
   
   
     
                     
Su arquitectura no es muy compleja. Un esqueleto externo
hecho de quitina, un cuerpo dividido en segmentos, tres pares de patas y, por lo general, dos pares de alas. Su relación con el medio es controlada por un sistema nervioso formado por un cerebro y un par de ganglios en cada segmento del cuerpo. Antenas, patas y abdomen poseen numerosos receptores capaces de captar las vibraciones sonoras emitidas por sus afines y enemigos. La manera en que los insectos producen sonidos es infinitamente variada. Un grupo de cerca de 800 000 especies distintas no podía pensarse homogéneo.

Sus sensores perciben los cambios de temperatura, luz, humedad y radiación solar, el llamado de algún miembro de su especie, la cercanía de un depredador, un rival o el contacto con otro animal. Al ser procesada la información se desata la emisión sonora, aunque nunca de manera unívoca —hay grillos que cantan al aumentar la radiación solar mientras otros lo hacen al ponerse el Sol. Pero no bastan los estímulos exteriores, la maduración sexual, regulada por la producción de hormonas, es un factor determinante en la manifestación sonora. Una hembra aún inmadura es incapaz de responder al llamado de un macho y hay especies en las que éstos dejan de estridular durante un lapso después de la cópula.

El cerebro de los insectos recibe los estímulos del exterior, los procesa y transmite la señal a otras estructuras del sistema nervioso, encargadas de enviar los impulsos para activar el movimiento de los instrumentos sonoros, cuya ubicación varía de un grupo a otro, de una especie a otra. Así, al percibir un llamado, las membranas que tiene una chicharra adulta en una cavidad del abdomen —mejor conocidas como timbales—, vibran hasta 1 000 veces por segundo debido a la rápida contracción y relajación de los músculos laterales que las mueven. La vibración produce sonidos que son amplificados en el interior de la cavidad por otra membrana y que salen como chirridos cuando los opérculos que la cubren se abren.

De igual manera, en muchas especies de grillos, cuando los machos adultos se encuentran en época de apareamiento, friccionan una parte del cuerpo con otra para producir su peculiar canto, sus estridulaciones. En algunos de ellos el primer par de alas tiene una serie de rugosidades que raspan los engrosamientos de las venas del segundo par que se encuentra debajo; en otros, el fémur del último par de patas posee en su cara interna una hilera de dientecillos que raspa una serie de “costillitas”, como si se tocara un güiro con un peine; y los hay que raspan con el fémur sobre las venas de las alas. El crepitar de las alas de algunos grillos al encontrarse frente a un rival, asemeja una danza de guerra en la que la intensidad del revoloteo parece decidir el vencedor. Este despliegue sonoro contrasta con la discreción de los chapulines que carecen de estructuras sonoras y se comunican golpeando fuertemente con sus patas en el suelo,
algo común en las hembras de muchos ortópteros que, al igual que las de otros grupos, generalmente no estridulan.

La diversidad de formas en que los insectos producen sonido es tan amplia que resulta imposible agotarla. Son clásicos, asimismo, casos como el de los escarabajos que envían sus mensajes golpeando desenfrenadamente con la cabeza en el suelo o el tronco de los árboles, el de las mariposas que emiten una especie de silbido con su espiritrompa por medio de una corriente de aire que se crea al vibrar parte de la faringe y la emisión de ondas sonoras de los escarabajos acuáticos que forman círculos concéntricos en la superficie del agua –sin olvidar el conocido zumbido que abejas, moscas y mosquitos producen al volar, ni el revoloteo que los escarabajos arman al agitar sus duras y quitinosas alas, en donde se encuentran los élitros que producen sus características estridulaciones.
 
¿Un lenguaje?
 
¿De qué está hecho un lenguaje? Sonidos que componen palabras, frases, oraciones que se agrupan en medio de silencios y el ritmo de la respiración. Un emisor y un receptor. Una acción que resulta de la transmisión de un mensaje —la estrepitosa huida de un grupo ante la presencia de un depredador, la atracción de un miembro del sexo opuesto— o quizá la manifestación del gusto que produce un día soleado. ¿Poseen los insectos un lenguaje? Si dejamos de creer que sólo los conceptos pueden constituirlo o que los sonidos que emiten los animales no son más que resultado de una programación genética, la respuesta podría ser afirmativa. Los ejemplos no escasean.

El caso de los ortópteros, grupo al que pertenecen los grillos, famosos por su sonoridad, es ilustrativo. Muchos de ellos emiten sonidos específicos en diferentes situaciones. El llamado de los machos para cortejar a una hembra es sutil y cadencioso, con frases cortas y espaciadas. En algunas especies la hembra responde a este llamado y las sucesivas estridulaciones de ambos permiten que se localicen mutuamente, mientras en aquellas en que la hembra carece de estructuras para emitir sonidos, es ella la que sigue el sonido del macho hasta encontrarlo. Ya juntos, el sonido se torna más suave, con frases cortas y silencios prolongados y, si el cortejo se logra, los sonidos se vuelven esporádicos y las frases extremadamente breves. En estos momentos, la presencia de otro macho de
sata una serie de sonidos de gran volumen que son lanzados al rival, uno tras otro, como si la fuerza de éstos fuera capaz de alejarlo. Un combate de imprecaciones sonoras se entabla hasta que uno de ellos resulta vencedor (figura 1).
 
 figura1109B01
 Figura 1. Sonogramas de grillos
 

¿Qué hace un grupo de hormigas sepultado por un alud de tierra? Golpear repetidamente en el piso con las patas esperando que el sonido se propague lo suficientemente lejos para que sus congéneres acudan al rescate. ¿Qué sucede cuando una abeja encuentra una fuente de néctar abundante? Emitir al interior de la colmena una serie de sonidos cuya frecuencia indica la distancia a que se halla ésta, al tiempo que se mueve en una suerte de danza que señala la orientación del sitio. ¿Cómo responde una colonia de termitas que enfrenta algún peligro? Cada una de ellas percute en el piso para prevenir a las demás mientras se refugian en el fondo del termitero. ¿Cuál es la reacción de una mariposa nocturna que percibe el vuelo de un murciélago insectívoro? Produce ultrasonidos que confunden el poderoso sistema de sonar de su enemigo, haciéndole percibir un alimento poco atractivo.

Todos estos llamados y mensajes no tienen más orden que el del azar, responsable de encuentros y desencuentros en cualquier hábitat. Pero también los hay que ordenan la vida de especies muy cercanas, que en cautiverio incluso llegan a reproducirse y viven de recursos similares. Tal es el caso de algunos homópteros, como las chicharras, cuyo llamado para agruparse tiene lugar a cierta hora del día, de manera que el canto de una especie nunca se sobrelapa al de otra, lo que les permite ocupar espacios distintos en un mismo sitio.

Orden y azar se encuentran también en la frecuencia y regularidad de cada mensaje. Mientras que hay especies cuyo canto parece seguir las oscilaciones de un metrónomo, otras lo producen bajo las invencibles leyes del azar, sin patrón posible de establecer. Finalmente, hay muchos sonidos que se cree carecen de mensaje, de receptor y de función, esto es, que son emitidos gratuitamente, rompiendo con la lógica predominante en las últimas décadas, que busca una “razón eficiente”, “adaptación” o “utilidad” a toda estructura o comportamiento existente. Como si el gusto de revolotear sonoramente no se pudiera concebir para un insecto, cuya compleja vida aún nos sorprende y escapa, obligándonos a cuestionar constantemente nuestros patrones de pensamiento y valor que han contribuido a generar un desdén por otras manifestaciones de vida que nos rodean.

La manera como se comunican los insectos ha cambiado a lo largo del tiempo. Los procesos evolutivos incluyen la conducta, y el lenguaje es parte de ella. Lo lamentable sería que estos cambios sean causados por la devastación de su hábitat, por la acción de los seres humanos. El caso de un escarabajo rinoceronte que vive en las selvas de América es ilustrativo. Debido a la creciente deforestación, este coleóptero casi ha dejado de estridular, modificando su comunicación, haciéndola cada vez más percutiva, golpeando con los pies en el suelo, tal vez en un intento por pasar desapercibido a sus depredadores. Este empobrecimiento en la sonoridad de las selvas húmedas es parte de un ocaso que parece anunciar el fin de una bella partitura que, de no tomarse las medidas de conservación necesarias, podría callar para siempre.
articulos
_____________________________________________________________      
César Carrillo Trueba
Facultad de Ciencias,
Universidad Nacional Autónoma de México.
     
_____________________________________________________________      
como citar este artículo . [En línea]      
 
 
 
Entrada109A12   menu2
   
   
María Luisa Fanjul de Moles      
               
               
La adicción se considera como una enfermedad recurrente
caracterizada por el abuso y la búsqueda compulsiva de droga y por cambios químicos de larga duración en el cerebro. Durante la adicción se producen cambios bioquímicos y fisiológicos que determinan una menor respuesta ante una misma cantidad de droga, lo que lleva al adicto a aumentar la dosis en forma progresiva para poder obtener un mismo efecto, es decir se desarrolla tolerancia a la droga. Esta serie de alteraciones psicofisiológicas aumenta en el adicto el deseo de la autoadministración de la droga, creando una dependencia a la misma —de ahí que se les llame “drogas de abuso”, pues llevan de su uso al abuso—, lo que puede generar cambios conductuales graves para tratar de conseguir la sustancia adictiva. Durante este proceso se puede producir “progresismo” o tendencia al uso de toda clase de drogas para potenciar el efecto.

¿Qué sucede si se suprime una droga en forma brusca? Se producen síntomas desagradables, como temblores, mareos, ansiedad y depresión, entre otros, dependiendo del tipo de adicción y de la dosis de droga utilizada. Éstos son conocidos bajo el nombre de “síndrome de abstinencia” y son peligrosos, por lo que deben ser atendidos. Sin embargo aunque la drogadicción es una enfermedad cerebral compleja se puede tratar y actualmente existen terapias farmacológicas y psicológicas bien desarrolladas.

Paradigmas experimentales de estudio
 
Los diferentes modelos experimentales para el estudio de la adicción están basados en las primeras teorías que trataron de definir dicho fenómeno. Cuando un individuo consume por primera vez una sustancia que tiene la capacidad de producir un efecto placentero o gratificante, va a desarrollar una dependencia hacia ella como resultado de su inclinación recurrente a la gratificación; esto es el reforzamiento positivo que produce la droga de abuso y se ha considerado por muchos años como el factor primario en el que yace la dependencia. Sin embargo, son muchas las drogas que producen tolerancia a la repetición, lo cual disminuye el reforzamiento de la droga y el enfermo incrementa entonces su consumo.

Por otra parte, el uso de la droga durante largo tiempo tiene como consecuencia efectos fisiológicos y psicológicos aversivos al descontinuarse. Esto determina su utilización continua, es decir, que se siga utilizando para evitar las consecuencias aversivas de la abstinencia, lo cual es su reforzamiento negativo. Sin embargo, tales teorías de condicionamiento y reforzamiento positivo y negativo no pueden explicar algunos aspectos de la dependencia a las drogas, como es el regreso recurrente a ciertas conductas de búsqueda y consumo de drogas después de periodos prolongados sin consumirla, cuando el síndrome de abstinencia se ha superado completamente.

Las teorías más recientes intentan explicar la complejidad de la adicción por medio de la hipótesis de la adaptación neural y la plasticidad cerebral, que contribuyen a la naturaleza duradera y compulsiva de los estados adictivos. La adicción ahora se aborda mediante modelos homeostáticos en los que la exposición a la droga produce en el adicto un cambio en el nivel de referencia “hedónico” normal, creando un desequilibrio en los sistemas de recompensa del cerebro, con lo que el sujeto pierde el control sobre la utilización de la droga y se favorece la naturaleza compulsiva del adicto. En esta situación la capacidad homeostática de alcanzar la estabilidad ante el cambio no se puede mantener.

Aunque los avances en los métodos neurobiológicos en humanos, particularmente las técnicas de neuroimagen, nos han permitido develar cuáles son los sustratos neurales en los que yace la adicción, los modelos animales siguen siendo una herramienta fundamental para el conocimiento de las bases biológicas del comportamiento adictivo. Estos modelos incluyen paradigmas de condicionamiento, autoestimulación intracraneana y autoadministración, entre otros; por ejemplo, en el paradigma de autoestimulación intracraneana, se emplean animales a los que se les colocan electrodos crónicos en áreas cerebrales relacionadas con la motivación y la recompensa, y que responderán al recibir un cierto estímulo eléctrico. Partiendo de la hipótesis que los electrodos se encuentran colocados en áreas de motivación y recompensa, al recibir drogas de abuso estos animales requieren una menor estimulación para llevar a cabo la respuesta, puesto que debido a sus propiedades de reforzamiento estas drogas reducen la cantidad de estimulación que requiere el sujeto y cuanto más adictiva es la sustancia mayor es su capacidad de reducir el umbral.

Dicho paradigma es por tanto útil para evaluar el potencial de abuso de la droga así como para determinar cambios en el estado hedónico del animal después de la exposición a éstas. En el síndrome de abstinencia, por ejemplo, todas las drogas de abuso aumentan el umbral de estimulación como lo contempla este paradigma. Las ratas, al igual que el humano, son capaces de autoadministrarse drogas y desarrollar dependencia. Los estudios de microinfusión de drogas directamente en áreas cerebrales han desarrollado mapas de los sitios en que determinadas drogas causan adicción; la heroína y la nicotina actúan sobre el área tegmental ventral, mientras la cocaína lo hace en el núcleo acumbens uno de los blancos principales del sistema dopaminérgico.
Puesto que aquí lo que nos interesa es hacer una introducción somera a las bases neurobiológicas que nos permita comprender los mecanismos que subyacen a la acción de las drogas de abuso, no abundaré en la descripción de los diferenes modelos animales, entre los que actualmente se encuentran incluso los moleculares, como la inactivación génica (genes noqueados).
 
Drogas de abuso y de recompensa 
 
Las drogas de abuso se clasifican en diferentes categorías: narcóticos (como los opiáceos), canabinoides (mariguana), depresores (etanol), estimulantes (nicotina, anfetaminas y cocaína), alucinógenos (ácido lisérgico y éxtasis), inhalantes (tolueno y óxido nitroso), entre otras. Aunque toda estas drogas tienen la habilidad de producir estados de placer y aliviar los estados emocionales negativos, poseen distintas propiedades neurofarmacológicas y conductuales, ya que actúan uniéndose a receptores diferentes e interaccionando con diferentes neurotransmisores. Sin embargo, todas ellas comparten una característica: la facilitación de la actividad dopaminérgica del sistema mesocorticolímbico, aunque la interacción de cada una de ellas con dicho sistema ocurre a diferentes niveles.

Pero, ¿qué es la dopamina y qué tiene que ver con este circuito cerebral? Es un neurotrasmisor que, como la norepinefrina, es una catecolamina. La acción sináptica de las catecolaminas se termina por recaptura, y son dos drogas, la cocaína y las anfetaminas, las que la bloquean, pero también estimulan su liberación. Es muy probable que los efectos estimulantes de la cocaína y las anfetaminas se deban a estos mecanismos. Pero además, dichas drogas tienen también una acción adictiva debida a su facilitación sobre la dopamina del circuito mesolímbico durante el abuso de la droga.

Este circuito, que está íntimamente relacionado con las propiedades gratificantes de estímulos naturales como el alimento, la bebida y el sexo, pero también con las de las drogas adictivas, está compuesto por las proyecciones dopaminérgicas que parten de los somas del área ventral tegmental del mesencéfalo hacia varias estructuras del sistema límbico, como la amígdala, el palium ventral, el hipocampo y el núcleo acumbens (vía mesolímbica) y hacia áreas corticales (la vía mesocortical) incluyendo la corteza prefrontal, la corteza orbitofrontal y el cíngulo (figura 1). Estos circuitos corticoestriadolímbicos operan paralelamente pero pueden desempeñar también papeles distintos en la adicción; por ejemplo, mientras que el núcleo acumbens está relacionado con el reforzamiento de las drogas de abuso, la amígdala y el hipocampo participan en el aprendizaje condicionado de la adicción, en el cual intervienen también la amígdala y el hipocampo, en tanto que el cíngulo regula las respuestas emocionales, el control cognitivo y la ejecución motora.
 
 Figura1A12109
 Figura 1. Estructuras cerebrales implicadas en el sistema de recompensa.
 
 
En resumen, los resultados experimentales más recientes sugieren que la vía mesolímbica es la responsable del reforzamiento de las drogas y de varias respuestas relacionadas con la ansiedad por la droga y la recaída en la adicción, en tanto que los cambios en la vía mesocortical median la experiencia consciente de la droga, la ansiedad y la pérdida de la inhibición conductual relacionada con la búsqueda y consumo de droga.
 
Mariguana, endocanabinoides y adicción
 
Contemplemos ahora cómo una droga considerada casi inocua y sujeta a debate legal desde hace varias décadas debido a sus propiedades terapéuticas puede participar activamente en los mecanismos neurobiológicos que conducen a la adicción: la canabis.
 
El cáñamo, cuyo nombre científico es Cannabis sativa, es una planta fibrosa utilizada a lo largo de la historia del hombre no sólo para elaborar cuerdas y ropa, sino también para conseguir una mayor resistencia en diferentes objetos. A pesar de que la fibra de cáñamo se conoce hace más de 100 000 años, las propiedades psicoactivas de esta planta se reconocieron en China hace 4 000 años y el mundo occidental no conoció sus propiedades intoxicantes y narcóticas hasta el siglo XIX, cuando las tropas de Napoleón III regresaron a Francia de la campaña de Egipto llevándola consigo.
 
A dosis bajas esta canabis o mariguana puede producir euforia, una sensación de calma y relajación, así como estados alterados, reducción del dolor, risa, extroversión y aumento de apetito, pero también produce un decremento en la atención, la capacidad de resolución de tareas en la memoria a corto plazo y el desempeño psicomotor, como el jugar tenis o conducir un automóvil. Las dosis altas de canabis pueden producir cambios profundos en la personalidad y alucinaciones.
 
El ingrediente activo de esta planta es una sustancia química oleosa denominada Delta 9 Tetrahidrocanabinol o THC. A finales de 1980 se descubrió que el THC en el cerebro se puede unir a una proteína G acoplada a receptores canabinoides, particularmente en las áreas de control motor, la corteza cerebral y las vías dolorosas. De forma simultánea, otro grupo de investigadores clonó un gen para un receptor desconocido o “huérfano” (orphan en inglés) acoplado a una proteína G. Trabajos posteriores demostraron que este misterioso receptor era el de canabinoides (CB), pero ahora conocemos dos tipos de estos receptores, los CB1, que se encuentran en el cerebro, y los CB2, principalmente en el sistema inmune, aunque también están presentes en el tallo cerebral, la corteza y las neuronas cerebelares. Todos estos hallazgos, aunados a experimentos neurofisiológicos y picofisiológicos, han contribuido al conocimiento del sistema canabinoide.
 
El cerebro posee un mayor número de receptores CB1 que otros receptores acoplados a proteína G, y la pregunta que surge es ¿qué hacen allí estos receptores? Ciertamente no deben haber evolucionado para unirse al THC del cáñamo. El ligando natural de un receptor nunca es una droga sintética o natural de otra especie como una toxina o un veneno, por lo tanto lo más probable es que los receptores de canabinoides existan para unirse a una molécula cerebral endógena, es decir a neurotransmisores endógenos similares al THC, esto es, los endocanabinoides. Dos de los más prometedores son la anandamida y el araquidonilglicerol (2AG), ambos son pequeñas moléculas lipídicas muy diferentes a todos los neurotrasmisores conocidos.
 
En los últimos años, el conocimiento de la neurofisiología del sistema endocanabinode se ha incrementado. Está formado por los receptores endocanabinoides, ligandos endógenos como el 2AG y la anandamida, y por varias proteínas encargadas tanto de su síntesis como de su degradación. Pero lo más interesante para el conocimiento del mecanismo de la acción de las drogas es que aparentemente el sistema endocanabinode es un buen candidato para el control de las propiedades gratificantes de las drogas. Los receptores CB1 son abundantes en el circuito de gratificación cerebral y participan en los mecanismos de adicción inducidos por diferentes drogas de abuso. Las neuronas dopaminérgicas de la vía mesocorticolímbica están controlados por entradas aferentes excitatorias e inhibitorias, que a su vez son moduladas por receptores CB1. La presencia de estos receptores en otras estructuras neurales relacionadas con la motivación y la gratificación, como la amígdala y el hipocampo, indica que el sistema endocanabinoide participa en tales funciones. Actualmente se considera que, aunque el sistema endocanabinoide es el primer sitio para las respuestas farmacológicas y gratificantes inducidas por los canabinoides exógenos como la mariguana y el hashish, también participa en las propiedades gratificantes y adictivas de todas las drogas de abuso. 
 
Nicotina, alcohol y opiáceos
 
La adicción a la nicotina es un proceso neuroquímico complejo en el cual intervienen muchos neurotrasmisores. Recientemente se ha descubierto que el sistema endocanabinoide es crucial en el efecto adictivo de dicha droga. En ratones a los que se les ha noqueado el gen que expresa el receptor CB1, las propiedades gratificantes de la nicotina están ausentes; estas propiedades son debidas a que la nicotina favorece la liberación de dopamina. Los experimentos conductuales en ratas han demostrado que ciertos estímulos ambientales inducen una recaída en la adicción a la nicotina, la cual se puede suprimir mediante la administración de un fármaco que es un antagonista del receptor CB1, el rimonabant, una droga que inhibe el apetito y se empleaba contra la obesidad hasta que se prohibió por sus repercusiones nocivas.
 
Los efectos de los endocanabinoides en las propiedades gratificantes de la nicotina que llevan a la adicción parecen ser debidos a su modulación sobre la activación que produce la nicotina sobre la vía dopaminérgica del sistema mesolímbico.
 
Es muy interesante el que este fármaco sea muy efectivo en la supresión del hábito de fumar, ayudando a disminuir la adicción del tabaco. Seguramente en pocos años los receptores canabinoides se van a convertir en moléculas claves en la terapia del tabaquismo.
 
Los canabinoides y el alcohol activan las mismas vías de recompensa y son también los receptores CB1 los que parecen regular el reforzamiento producido por el alcohol, pues la administración de antagonistas de los canabinoides estimula la ingesta de alcohol en ratas y el bloqueo de los receptores CB1 reduce este consumo. Por otra parte, la exposición de los animales a THC promueve la recaída de animales abstinentes y el rimonabant reduce la búsqueda del alcohol en ratas condicionadas. Los endocanabinoides participan de la siguiente manera, al igual que en el caso de la nicotina, en las propiedades gratificantes del alcohol, modulando sus efectos en la activación de la trasmisión dopaminérgica.
Se ha demostrado que existen interacciones funcionales de naturaleza bidireccional entre los sistemas opioide y endocanabinoide y que ambos circuitos participan en vías neurales relacionadas con las propiedades adictivas de diferentes drogas de abuso. Aquí también son los receptores CB1 los que participan en las propiedades gratificantes de los opiáceos como la heroína, la morfina y la codeína. Se puede abolir la preferencia por la morfina en animales de laboratorio que carecen de receptores CB1. El rimonabant, a su vez, reduce la autoadministración de heroína en roedores condicionados, aunque ciertos antagonistas del THC reinstalan la búsqueda desesperada de heroína en estos animales.
 
Se considera que el sistema endocanabinoide participa en las propiedades adictivas de todas las drogas de abuso típicas mediante tres mecanismos complementarios: 1) está involucrado de forma directa en los efectos gratificantes de los canabinoides, la nicotina, el alcohol y los opiodes mediante mecanismos celulares comunes y permitiendo la acción de estas drogas en la trasmisión mesolímbica de dopamina; 2) está involucrado en la motivación para la búsqueda de droga mediante un mecanismo independiente de la dopamina, todavía no dilucidado; y 3) participa en la recaída en la búsqueda de droga después de la abstinencia, probablemente actuando sobre la plasticidad sináptica que subyace en los sistemas de memoria del cerebro.
 
Como se ve, se requieren todavía muchos estudios para elucidar los mecanismos subyacentes a la fisiología de este sistema; sin embargo, los hallazgos sobre los CB1 y sus antagonistas son tan promisorios que los laboratorios farmacéuticos están encontrando nuevos fármacos relacionados para tratar no sólo el tabaquismo y otras enfermedades relacionadas, tales como la obesidad y el riesgo cardiovascular, sino también la adicción a diferentes drogas. La investigación neurobiológica sobre la adicción sigue abierta y es promisoria.
Referencias bibliográficas

Fanjul-Moles, María Luisa. 1997. “El cerebro y sus drogas endógenas”, en Ciencias, núm. 47, pp. 12-15.
Feltenstein, M. W. y R. E. See. 2008. “The neurocircuitry of addiction: an overview”, en British Journal of Pharmacology, vol. 154, núm. 2, pp. 261-274.
Maldonado, Rafael, Olga Valverde y Fernando Berrendero. 2006. “Involvement of the endocannabinoid system in drug addiction”, en Trends in Neuroscience, vol. 29, núm. 4, pp. 225-232.

     
____________________________________________________________      
María Luisa Fanjul de Moles
Facultad de Ciencias,
Universidad Nacional Autónoma de México.
 
 
María Luisa Fanjul de Moles es doctora en ciencias y profesora de tiempo completo en la Facultad de Ciencias de la unam, es miembro del Sistema Nacional de Investigadores y de la Academia de la Investigación Científica. Ha publicado numerosos artículos científicos sobre neurofisiología comparada y cronobiología.
     
_____________________________________________________
como citar este artículo 
 
[En línea]
     
Entrada109A11   menu2
   
   
Juan Carlos Martínez García      
               
               
Durante miles de años la humanidad ha logrado avanzar
A mediados de los años setentas del siglo pasado, la empresa televisiva estadounidense CBS adaptó para la televisión la exitosa película El Planeta de los Simios, basada en la novela homónima de ciencia ficción del francés Pierre Boulle, que había sido protagonizada por Charlton Heston y Rody McDowall en 1968 bajo la dirección de Franklin J. Schaffner. En el décimo episodio intitulado “El interrogatorio”, una doctora chimpancé le dice al general gorila Urko que le va a lavar el cerebro al recién capturado astronauta humano Burke, personaje principal de la serie, y le pregunta si sabía de qué se trata el lavado de cerebro; el general le responde afirmativamente, diciendo que se trata de sacarle el cerebro a la persona, lavarlo con agua fría y finalmente volvérselo a poner en la cabeza. Por cierto, la doctora pretendía controlar la mente del prisionero a fin de convencerlo para que se enamorara de ella, a quien él, en su delirio inducido, ve como una humana bellísima, consiguiendo así su confianza absoluta y su colaboración en la guerra que libraban los simios contra los humanos por el control del mundo.
Este ejemplo ilustrativo, no muy distinto en esencia a los que utilizan George Orwell en su clásica novela 1984 o Antony Burgess en la celebre Naranja Mecánica (llevada al cine por Stanley Kubrick en 1971), muestra de manera por demás irrisoria el aspecto más importante de lo que se entiende en la cultura popular por lavado de cerebro: la intención perversa de controlar el alma humana mediante la construcción en la víctima de una realidad impuesta bajo coerción.

Evidentemente no se trata de utilizar agua fría para quitarle suciedad al cerebro, sino de un proceso complejo de manipulación del comportamiento y el pensamiento. Un poco de historia nos aclarará el panorama. En el contexto de la Guerra Fría en la que se enfrascaron los Estados Unidos y la ya desaparecida Unión Soviética en los años que siguieron a la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), tuvieron lugar numerosos conflictos regionales en los que ambas superpotencias se enfrentaron por vía subsidiaria (las denominadas “guerras por proxy”).
Uno de los conflictos más mortíferos fue la guerra de Corea que inició en 1950 y hasta la fecha no ha terminado oficialmente, manteniéndose la península coreana dividida en dos estados con sistemas económicos y políticos distintos. Además de los coreanos, en dicha guerra participaron, soldados de diversas nacionalidades en ambos bandos, formando los estadounidenses el grueso de las tropas de las Naciones Unidas que combatían a las fuerzas comunistas que invadieron el sur de la península en un intento por unificar el país tras la ocupación japonesa que tuvo lugar durante la Segunda Guerra Mundial. Por el lado comunista combatieron numerosos soldados de la entonces recién creada República Popular de China (hasta la fecha principal aliada del régimen dictatorial dinástico vigente en la República Popular de Corea) y es en ese país en el que se le dio nombre de lavado de cerebro (x n o, en chino mandarín) a cierto conjunto de metodologías de persuasión coercitiva desarrolladas en la China revolucionaria para “reconstruir” el patrón de pensamiento “feudal” de los ciudadanos chinos educados bajo gobiernos prerrevolucionarios; la reconstrucción de la mente concebida por el régimen maoísta tenía como finalidad adecuar a los ciudadanos chinos a los nuevos tiempos revolucionarios.

Durante la guerra de Corea los comunistas chinos utilizaron las metodologías del lavado de cerebro, practicadas primero en su propia población, con la finalidad de producir cambios profundos y permanentes en el comportamiento y en los esquemas mentales de los prisioneros de guerra de las Naciones Unidas. El tratamiento tuvo como finalidad principal eliminar la capacidad de los prisioneros de organizarse y resistir de manera activa a su cautiverio. Un porcentaje importante de soldados estadounidenses capturados por los comunistas se unieron a éstos y fue en un intento por entender ese fenómeno asombroso e inquietante que el término brainwashing (lavado de cerebro en inglés, acuñado en 1950 por el agente de la CIA Edward Hunter) hizo su aparición en la literatura anglosajona.

De los métodos utilizados por los chinos se sabe que en un principio se basaron en la eliminación del sueño en los prisioneros, combinada con la aplicación de técnicas de manipulación psicológica dirigidas a romper la autonomía de los individuos (el cineasta sueco Ingmar Bergman ilustra este proceso en su película de 1977 El huevo de la serpiente). El fenómeno llamó poderosamente la atención debido a que algunos de los prisioneros afectados, ya liberados y de regreso a su país, siguieron manifestando su alineamiento a la ideología del enemigo al que habían combatido. Al parecer una vez libres del control rígido de la información y sin obstáculos para ejercer sus mecanismos naturales de aprehensión de la realidad, los antiguos prisioneros vieron atenuados rápidamente los valores superpuestos y los juicios adquiridos durante su cautiverio. La utilización de las técnicas del lavado de cerebro permitió a los chinos obtener ciertos beneficios propagandísticos, así como la minimización del número de guardias necesarios para encargarse de los prisioneros, consiguiendo entonces que más soldados chinos participaran en las batallas.

Dado que en la historia siempre han existido seres humanos que han intentado controlar los pensamientos de otros, es evidente que el lavado de cerebro posee una larga historia que va más allá de lo que surgió en el proceso de gestación de la China revolucionaria en el siglo XX.
Sin embargo, en su expresión contemporánea, el lavado de cerebro es producto del pensamiento totalitario que cobró auge a lo largo del siglo pasado, no sólo en lo que concierne a la política o a la economía, sino también en la constitución de modos de relación interpersonal.

En la actualidad el término es parte de la cultura popular y se ha utilizado extensamente para explicar el éxito de ciertas cultos religiosos en la conversión de individuos a nuevos credos eliminando, claro está, las creencias previas. Es también común decir que a una persona se le ha lavado el cerebro para denostar sus pensamientos y se suele también decir que la publicidad le lava el cerebro a los consumidores para hacerlos adictos a los productos publicitados. Aunque en la cultura popular se ve el lavado de cerebro desde una perspectiva psicológica, la psicología contemporánea evita el término fundamentalmente por su vaguedad y por las asociaciones que éste tiene con la propaganda política y con los temores de ciertos individuos a ser controlados por ideologías “ajenas y malevolentes” (el Islam, por ejemplo, es acusado frecuentemente de manera infame por extremistas estadounidenses de derecha de practicar el lavado de cerebro para adoctrinar con fines aviesos a niños estadounidenses).En la jerga de la psiquiatría contemporánea se prefiere utilizar el término “control mental” o bien “persuasión coercitiva”.

Más allá del interés puramente intelectual, en nuestros días el lavado de cerebro se ha convertido en motivo de estudio de las ciencias cognitivas, esto es, las ciencias dedicadas al entendimiento de los mecanismos de la mente y, más específicamente, los especialistas en neurociencias y en psicología social abordan el estudio de las técnicas de lavado de cerebro con la finalidad de comprender sus consecuencias sobre el comportamiento de los seres humanos en el contexto social, así como los procesos mentales que distinguen a los individuos sometidos al lavado.
 
El control del alma
 
Es tiempo ahora de hablar del alma y del lavado de cerebro como control de ésta. En el ámbito científico, hablar del alma causa escozor por las obvias connotaciones religiosas que inmediatamente trae el término a nuestra mente. Sin embargo, hay quienes incluso en el medio científico conciben el cuerpo humano como un lugar biológico animado por un principio de vida que posee una propiedad específica denominada psíquica y designada históricamente por medio de la noción de alma. Desde esta perspectiva, el alma no es una entidad inmaterial como pretende el pensamiento religioso, o abstracta como se comprende desde el pensamiento filosófico y el poético, sumergida en lo profundo del cuerpo, sino que define a ésta en sus propiedades psíquicas. Dichas propiedades poseen un contenido informacional que permite a la vida organizarse y desarrollarse por medio de interacciones que involucran fundamentalmente flujos de información.

En consecuencia, el cuerpo humano se presenta como un lugar único sobre el cual se escribe y en el cual se inscribe toda experiencia de vida; los procesos biológicos que se manifiestan en el cuerpo no son entonces otra cosa que las expresiones tangibles de una estructura informacional que produce mensajes y que, en la mente humana, alcanza niveles de complejidad tales que potencian la emergencia de fenómenos tan complejos como la misma conciencia.

Desde la perspectiva del concepto de alma aquí utilizado (elaborado básicamente por la comunidad psiquiátrica involucrada en la aplicación de las técnicas cognitivo-conductuales para el tratamiento de desordenes mentales asociados al abuso sexual en la infancia), el lavado de cerebro consiste fundamentalmente en la manipulación del alma de un ser humano con la finalidad de que éste no sólo se comporte en la manera deseada por el manipulador, sino que también piense y sienta lo que éste le impone. Lavarle entonces el cerebro a alguien significa darle forma, moldear, los flujos de información que lo definen en los planos interno y externo, eliminándole la libertad de controlar tales flujos en función de sus propias conveniencias e intereses.

Siguiendo la propuesta de los bucles extraños de Douglas Hofstadter, el lavado de cerebro persigue entonces cortar el lazo de retroalimentación paradójica que constituye el alma, eliminando de esta manera su autonomía, reduciendo en consecuencia su complejidad al mínimo necesario para asegurar los objetivos de control por parte del manipulador. En términos de la teoría de los sistemas dinámicos, el lavado de cerebro pretende cambiar la situación de equilibrio que en una persona sana codifica su libertad individual a una nueva situación de equilibrio en la que la libertad se transforma en obediencia dócil y además comprometida.

Es obvio que tal proceso de transformación radical y extrema, que implica la destrucción de la identidad individual, sólo puede realizarse bajo coerción, pues difícilmente una persona permite que se le manipule a un nivel tal que sus esquemas de pensamiento racional y sus reacciones emocionales le sean dictados desde el exterior. Parafraseando al escritor soviético de origen judío Vasili Grossman en su novela Vida y destino: si la vida y la libertad son sinónimos, no es posible imaginarse a un ser humano, vivo por definición, sin ser libre, lo cual nos lleva a concluir que la resistencia a la sumisión absoluta, al control del alma, está inscrita por necesidad en la esencia humana. La coerción entonces es un prerrequisito indispensable en la práctica del lavado de cerebro.
 
Un proceso coercitivo
 
En cuanto a la instrumentación del lavado de cerebro, la coerción puede ser de naturaleza física o psicológica, o bien una combinación de ambas. El lavado es un proceso social y como tal implica la interacción (íntima) de dos clases de personas: de agentes manipuladores y de víctimas (los primeros llevan a cabo el proceso de lavado, mientras que las segundas lo sufren). La coerción exige entonces la presencia de un desequilibrio estable en las relaciones humanas más intimas. La impotencia de la víctima y el poder absoluto del agente manipulador es un requisito indispensable para el ejercicio del lavado de cerebro. Conviene hacer aquí algunos comentarios sobre la naturaleza particular de este proceso en comparación con otros medios de manipulación del comportamiento y del pensamiento de los seres humanos.

Existen, en esencia, cuatro mecanismos por medio de los cuales se puede inducir en una persona dada cambios radicales en su comportamiento y en su pensamiento: la sugestión, la persuasión racional, la tortura y el lavado de cerebro. En el caso de la sugestión, el agente inductor del cambio trata de convencer de las ventajas básicamente sociales que éste puede acarrear en la persona que recibe las sugerencias y ésta es libre de aceptarlas o no; la persuasión racional se basa por su lado en la exposición de las consecuencias negativas que resultarán en caso de no cambiar y generalmente el agente que intenta la persuasión puede ejercer represalias contra aquel que la rechaza.

En lo que respecta a la tortura, el agente utiliza violencia física y psicológica para inducir el cambio en la víctima impotente ante el maltrato. El lavado de cerebro tiene semejanzas con la tortura, aunque sus diferencias son muy importantes, esto debido a las metas intrínsecas que caracterizan a cada uno de estos mecanismos. La tortura, al igual que el lavado de cerebro, sólo es posible cuando la víctima ha perdido su identidad independiente y autónoma, esto es cuando se encuentra impotente bajo el control del agente, cuando éste puede ejercer la coerción sin obstáculos. En el caso del agente torturador, éste suele ser indiferente al estado de bienestar de su víctima y puede no estar interesado en lo absoluto en moldearle comportamientos sociales, esquemas de pensamientos o reacciones emocionales, mientras que moldear es lo que caracteriza al lavado de cerebro, que suele servirse de la tortura como una de sus técnicas principales.

El proceso de lavado exige el control de las víctimas por parte de los agentes y esto sólo es posible bajo circunstancias muy especiales, tales como las que se presentan cuando una sociedad está sometida a un régimen político totalitario o bien en el marco de relaciones humanas abusivas, como las que suelen presentarse con frecuencia en familias disfuncionales. Un sistema político totalitario y la estructura de una relación padre-hijo caracterizada por el abuso sexual en la infancia tienen mucho en común. En ambos casos una entidad coercitiva fija la naturaleza de las interacciones sociales y la coerción es tal, que la resistencia es difícil y muchas veces imposible. Para el agente coercitivo no es suficiente la colaboración de sus víctimas, ya que sólo la sujeción total de éstas le permite alcanzar sus objetivos últimos de control. En el caso de un sistema político autoritario los objetivos del proceso de lavado persiguen una lealtad irrestricta de la población sometida para asegurar la sobrevivencia del régimen, mientras que en el caso de una relación familiar abusiva, es el placer perverso que el abusador obtiene al ejercer el poder sin cortapisas lo que éste desea preservar a costa de la integridad física y mental de su víctima.

Es importante mencionar que las víctimas de un proceso de lavado de cerebro no son necesariamente conscientes de su papel en tanto que víctimas y frecuentemente ven a los agentes como autoridades benévolas. Esto es particularmente cierto en el caso de sectas religiosas que hacen del lavado un aspecto fundamental de la integración de nuevos adeptos.
 
¿Cómo se lava un cerebro humano?
 
Teniendo en mente la definición precedente del alma, el proceso de lavado de cerebro se sirve básicamente de los siguientes métodos: el control total de la comunicación del individuo con el mundo externo (esto implica en la víctima la desintegración de su percepción independiente de la realidad); la inducción en la víctima de patrones de comportamiento y emociones por medio de la tortura, esto es, la imposición de castigos extremos como consecuencia de la desobediencia; el uso e insistencia de la confesión para minimizar la privacía individual; la inducción en la víctima, mediante la mecánica de la recompensa, de la creencia de que su interacción privilegiada con el agente la protege contra un entorno social que se le presenta como nocivo e incluso peligroso; el establecimiento de los dogmas básicos de la ideología del agente como ajenos al desafío y como racionalmente exactos; el desarrollo en la víctima de mecanismos de comprensión de ideas complejas por medio de frases simplistas con la finalidad de eliminarle la introspección y el análisis critico de sus vivencias; la imposición, por parte del agente, de la idea de que un dogma es más verdadero y real que cualquier cosa que experimente un ser humano individual; la imposición por parte del agente del derecho de controlar la calidad de vida y el destino último de la víctima.

Éstos son los procedimientos básicos del lavado de cerebro que, como puede verse, explotan la predisposición humana a perseguir la estabilidad del mundo social (aceptando la vigencia del principio de autoridad y la legitimidad del poder carismático) y a aceptar, en consecuencia, ciertos niveles de pérdida de la libertad individual como necesarios para la existencia de la seguridad, aunque en este caso el lavado de cerebro exige la destrucción total de la libertad del individuo y no resulta de una negociación. Puede decirse entonces que el lavado de cerebro es básicamente una violación brutal y unilateral del contrato social como lo entendía Rousseau.

Todos los métodos precedentes requieren la coerción (con diversos grados de brutalidad y arbitrariedad), ya que una persona no se somete en general a su aplicación de manera voluntaria. Existen mecanismos cognitivos en el ser humano (proyectados en la sociedad a la que pertenece) que lo llevan a resistir la imposición de cambios radicales en sus esquemas de comportamiento y pensamiento. La existencia de la memoria como soporte fundamental de la conciencia, la construcción gradual de la autodefinición, así como la adaptación incesante de la conciencia a cambios en el entorno, hacen difícil el lavado de cerebro. Es por eso que, los métodos de manipulación se apoyan en la inducción de emociones fuertes en la víctima como medio para romper sus resistencias, así como la inducción de niveles elevados de estrés que anulan en el cerebro humano la capacidad de resistir cambios abruptos en el entorno. Además, el agente induce a la víctima a aceptar que lo que se piensa es lo que se debe de sentir.

Se puede entonces interpretar el lavado de cerebro como un proceso de ingeniería de las emociones. Conviene aquí un ejemplo ilustrativo de lo que viene de exponerse: una mujer sometida al abuso de su pareja es inducida por ésta a pensar que no existe el abuso, sino que sólo es castigada por su mal comportamiento, pero que bajo ninguna circunstancia debe dudar del amor que se le profesa y en el derecho que tiene su pareja a establecer los castigos y las recompensas. Para la mujer sometida al abuso, ella es la única responsable de su sufrimiento y la necesidad de demostrar su compromiso con el destino de la pareja la lleva a hacer concesiones permanentemente. La eliminación de la soberanía corporal y emocional de la mujer abusada es buscada en todo momento por el abusador, que suele verse a si mismo como autoridad legitima e incluso benévola. La violencia física y verbal, así como la humillación sistemática mantienen a la mujer en estrés permanente, eliminando su capacidad de resistirse al abuso.
 
¿Qué tan común es?
 
Esta interrogante es difícil de responder, pues dicho proceso se encuentra en las regiones más oscuras de la dinámica social. Sin embargo, es conocida la práctica de algunas de sus técnicas más extremas por parte de sectas religiosas, ejércitos regulares e irregulares y en el contexto de relaciones familiares caracterizadas por el abuso. En sus versiones menos extremas, algunas técnicas del lavado de cerebro son ampliamente utilizadas en la actualidad por la mercadotecnia y la propaganda política (particularmente en los países en los que reina la economía neoliberal) las cuales, mediante el control de los medios de comunicación masiva, manipulan la mente social para imponer una realidad conveniente a los poderes corporativos dominantes.

Por otro lado, la práctica sistemática de la violación sexual en conflictos bélicos como medio para inducir en la población el sentimiento de indefensión y de la inutilidad de la resistencia (así como para promover la cohesión de grupo de los combatientes que violan), se inscribe en los anales del lavado de cerebro aplicado a la escala de poblaciones. Existen evidencias creíbles de que técnicas de lavado de cerebro han sido utilizadas para someter a los prisioneros que el gobierno estadounidense mantiene en la bahía de Guantánamo en Cuba, y estudios realizados en niños soldados participantes en los recientes conflictos de la región africana del Congo han puesto en evidencia la práctica de técnicas de lavado de cerebro; entre ellas se encuentra el abuso sexual sistemático e incluso la inducción del canibalismo como medios extremos para despersonalizar a los niños y garantizar su lealtad al ejército al que pertenecen.
 
Su futuro
 
La evolución constante de la tecnología de monitoreo de los procesos mentales ha llevado al desarrollo de medios de visualización de éstos, tales como la electroencefalografía, la resonancia magnética nuclear funcional y la tomografía por emisión de positrones, que permiten localizar regiones del cerebro implicadas en procesamientos mentales específicos. Los progresos en este campo son notables, y en la actualidad es posible incluso determinar con precisión la ubicación espacial de regiones del cerebro relacionadas con la intencionalidad del lenguaje y la interpretación del contenido simbólico de la experiencia visual, por ejemplo.

Sin embargo, si bien es poco probable que la tecnología de visualización permita algún día leer la mente de una persona dada la complejidad de los procesos mentales y la ignorancia abrumadora que rige aún en las ciencias cognitivas en lo que respecta a la naturaleza profunda de la conciencia humana, por otra parte, la información cada vez más precisa de los mecanismos de aprendizaje neuronal posibilita el desarrollo de productos químicos que inhiben o hacen posible ciertos procesamientos mentales. Además, en los últimos años han surgido tecnologías de manipulación de la actividad neuronal basadas en la aplicación de pulsos electromagnéticos en regiones específicas del cerebro.

Toda esta tecnología podría servir para mejorar la calidad de vida de las personas al proveer a los especialistas del comportamiento humano herramientas que coadyuven al tratamiento de desordenes mentales; por ejemplo, la estimulación magnética transcraneal aunada a técnicas de neurorretroalimentación es investigada como un medio posible de inhibición de procesos depresivos (borrando del tejido neuronal recuerdos nocivos que le dan sustento a la depresión) y algunos laboratorios importantes trabajan desde esta perspectiva en la producción de fármacos capaces de reducir la adicción a ciertas clases de drogas.

Es claro que la tecnología de visualización y manipulación de procesos mentales puede ser utilizada por aquellos interesados en moldear la mente humana de las personas con finalidades para nada altruistas, sino abusivas. Sólo una sociedad educada en valores de libertad puede ser consciente de los peligros de la tecnología y únicamente el ejercicio de la libertad responsable puede limitar sus aplicaciones nocivas. El abuso es un compañero de viaje de la ignorancia. El lavado de cerebro, por sus implicaciones perversas, es una de esas prácticas sociales en las que la ignorancia tiene una de sus más trágicas consecuencias. Quienes sueñan con el control total de una mente humana ajena no suelen pedir permiso para realizar su sueño y la negligencia de una sociedad ignorante es su principal aliado.
articulos
Referencias bibliográficas
 
Hofstadter, Douglas. 1987. Gödel, Escher, Bach: un Eterno y Grácil Bucle. Conacyt y Tusquets, Barcelona.
Miller, John H., Scott E. Page. 2007. Complex Adaptive Systems: An Introduction to Computational Models of Social Life. Princeton University Press, Princeton.
Pollock, Philip y Susan P. Llewelyn. 2001. Cognitive analytic therapy for adult survivors of childhood abuse: approaches to treatment and case management. Johh Wiley & Sons, Nueva York.
Ramonet, Ignacio. 2000. La Golosina Visual. Debate, Madrid.
Taylor, Kathleen. 2006. Brainwashing: The Science of Thought Control. Oxford University Press, Oxford.
Wassermann, Eric, Charles Epstein y Ulf Ziemann (eds.). 2008. Oxford Handbook of Transcranial Stimulation. Oxford University Press, Oxford.
Imágenes
José Guadalupe Posada, pp. 132-133: Mitin de estudiantes, 1892; p. 134: El nuevo Señor Don Simón, 1895; p. 136: Alarmante manifestación anticlerical, 1901; p. 137: El lego sabio; p. 138: Juan A. Mateos en la tribuna, Gil Blas, 1894; Tierno despedimiento al Señor del Sacro Monte; p. 139: Aparición de un nuevo cristo o mesías, ca. 1912; p. 140: Detalles de las fiestas del 16, La Patria Ilustrada, 1889; p. 141: Fin, Almanaque del Padre Cobos para 1893. P. 135 y 140: Ignacio Cumplido, Libro de muestras, 1871. Pp. 136, 138 y 140: Manuel Manilla, ca. 1882-1992.

     
____________________________________________________________      
Juan Carlos Martínez García
Departamento de Control Automático del Centro de Investigaciones y Estudios Avanzados, ipn; Centro de Ciencias de la Complejidad, Universidad Nacional Autónoma de México.
 
Es doctor en teoría matemática del control automático por la Escuela Central de Nantes, Francia. Pertenece al Departamento de Control Automático del Centro de Investigaciones y de Estudios Avanzados del IPN y al Centro de Ciencias de la Complejidad de la UNAM. Hace investigación sobre aspectos teóricos del control de sistemas dinámicos abstractos y de los automatismos que rigen la dinámica de los sistemas biológicos naturales y los sistemas artificiales, incluyendo los socioculturales
     
_____________________________________________________
como citar este artículo 
 
[En línea]
     
Entrada109A10   menu2
   
   
César Carrillo Trueba      
               
               
Desde el principio de mis recuerdos
había sido como era entonces en estatura
y proporción. Hasta ahora, nunca había
visto a un ser que se pareciese a mí
ni pretendiese contacto alguno conmigo.
¿Qué era yo? La pregunta me surgía una
y otra vez, sólo para contestarla con gemidos.

El Monstruo, en Frankenstein,
Mary Shelley
 
  articulos  
Uno de los clichés más comunes cuando se representa
al científico es el de un personaje dotado de un gran conocimiento y capaz de emplearlo para fines que rebasan las fronteras del ámbito estrictamente de la ciencia, como construir un arma superpoderosa, crear seres quiméricos, hacer experimentos con humanos, controlar la voluntad de la población y un largo etcétera. Se le conoce como científico loco o mad doctor, el clásico alter ego de todo superhéroe —Lex Luthor vs. Superman—, una figura que emerge tras la Primera Guerra Mundial y sus horrores químicos y técnicos, se difunde ampliamente tras la Segunda y el bombardeo de Hiroshima y Nagasaki, y no deja de cobrar vigor por el creciente papel que desempeñan la ciencia y la tecnología en nuestra época.

Muchos estudiosos sobre la ciencia ubican el nacimiento del científico loco en la novela Frankenstein o el moderno Prometeo, escrita por Mary Shelley en 1818, en donde Víctor Frankenstein, queriendo crear un ser humano, da vida a un monstruo, el cual reacciona en franca rebelión, violentamente, ante un mundo que lo hostiga y le teme por su apariencia —de hecho, esto ha tenido como consecuencia que el aspecto científico se convierta en el tema central, cuando la novela es una profunda reflexión acera de la naturaleza humana. La primera gran versión cinematográfica —estrenada en 1931— le va a dar un giro al convertirlo en un ser intrínsecamente malo —por su constitución biológica—, con una apariencia que hará historia, impregnando el imaginario de la cultura occidental contemporánea.

Esta manera de representar al científico forma parte de una perspectiva asimétrica —algo que desarrollé en un texto anterior—, en la cual la ciencia es vista como una actividad que se lleva a cabo por el bien de la humanidad y el científico es casi un apóstol que labora en pos del progreso de ésta. Los resultados negativos de la ciencia son vistos desde esta perspectiva como anomalías, desviaciones del propósito que persigue tan noble actividad, generalmente como obra de científicos que sucumbieron a su ambición, al deseo de lucro y poder o que se hallan sujetos a la voluntad de fuerzas oscuras que buscan causar daño a la humanidad.

Por el contrario, la perspectiva simétrica inserta la ciencia en su contexto social, lo que permite comprender cómo dicha actividad puede generar tanto lo verdadero como lo falso, lo benéfico y lo nocivo, todo aquello que generalmente se denomina como su buen y mal uso. La lectura de la novela bajo esta mirada hace estallar tales lugares comunes. El personaje de Víctor Frankenstein y el monstruo creado por él poseen tal complejidad, al igual que su relación y el contexto en que se desenvuelve la historia, que el cliché termina por desmoronarse. De hecho, a la luz de ésta, la idea misma del científico loco queda cuestionada, exhibida en toda su asimetría, e incluso las críticas efectuadas a la autora muestran la inercia de este sesgo en la sociedad en la manera de concebir la ciencia y hasta la literatura que contiene elementos de ella en su temática. Las relaciones entre ciencia y cultura, entre ciencia, literatura y sociedad en este caso, muestran una vez más su intrincada naturaleza.
 
“Un verano húmedo y riguroso...”
 
Hija de dos prominentes intelectuales liberales de la Inglaterra del siglo XVIII —su madre filósofa, preocupada por los derechos de la mujer, y el padre escritor, pero también filósofo—, a sus dieciseis años Mary Godwin unió su vida al poeta radical Percy Bysshe Shelley —ya reconocido por un par de novelas góticas, algunos poemas y sus escritos antimonárquicos y en pro del ateísmo—, cuando éste dejó a su mujer para partir subrepticiamente con Mary hacia el continente, en donde vivieron una serie de desventuras, como en una novela, a decir de ella.

Crecida entre libros y discusiones sobre innumerables temas, la hija de los Godwin gustaba de escribir de manera informal y Percy la animaba a dedicarse más a ello. Esto finalmente ocurrió en 1816 —cuando veraneaban a orillas del lago Ginebra junto con la media hermana de Mary, Claire Clarimont, cerca de donde se hallaba el amante de ésta, el célebre Lord Byron, acompañado de su médico de cabecera, William Polidori—, y una lluvia pertinaz los confinó en casa, en donde se dieron a la lectura de historias de terror. Lord Byron propuso entonces que cada uno escribiera una historia “sobrenatural”, tarea a la que se abocaron todos menos Mary, quien no conseguía encontrar una idea para iniciar. “La invención, hay que admitirlo humildemente, no consiste en crear del vacío, sino del caos; en primer lugar hay que contar con los materiales; puede darse forma a oscuras materias amorfas, pero no se puede dar el ser a la sustancia misma”, escribió ella acerca de la dificultad para iniciar su narración.
 
Uno de esos días —cuenta—, Byron y Percy pasaron discutiendo hasta entrada la noche sobre “diversas doctrinas filosóficas, entre otras la naturaleza del principio vital, y la posibilidad de que se llegase a descubrir tal principio y conferirlo a la materia inerte. Hablaron de los experimentos del Dr. Darwin [...] quien tuvo un fideo en una caja de cristal hasta que, por algún medio extraordinario empezó a moverse merced a un impulso voluntario [parece haber una confusión entre la generación espontánea de la que hablaba Erasmus Darwin, el abuelo de Charles, la cual daba origen a los animálculos, llamados también “pequeños gusanos”, y el vermicelli, una pasta como gusano, un fideo]. No era así, sin embargo, cómo se infundía vida. Quizá podía reanimarse un cadáver; el galvanismo había dado pruebas de tales cosas; quizá podían fabricarse las partes componentes de una criatura, ensamblarlas y dotarlas de calor vital”. Mary se fue a acostar sin lograr conciliar el sueño, y en duermevela le vino una imagen aterrorizante: “vi el horrendo fantasma de un hombre tendido; y luego, por obra de algún ingenio poderoso, manifestar signos de vida, y agitarse con movimiento torpe y semivital. Debía ser espantoso; pues supremamente espantoso sería el resultado de todo esfuerzo humano por imitar el prodigioso mecanismo del Creador del mundo. El éxito aterraría al propio artista; huiría horrorizado de su odiosa obra”. A la mañana siguiente anunciaba a los demás su idea y se daba a la escritura de una historia corta que, por sugerencia de Percy, fue creciendo hasta convertirse en una extensa novela.
 
Un mito de largo aliento
 
Varios son los hilos que se tensan a lo largo de la trama. El título hace alusión a una de las versiones existentes del célebre mito griego que trata del titán que robó el fuego del monte Olimpo para entregarlo a los humanos, en la cual Prometeo, adjudicándose el papel de un dios, crea la humanidad a partir de agua de lluvia y arcilla. Así, en la novela, Víctor Frankenstein, estudiante de filosofía natural en la Universidad de Ingolstadt, Bavaria, se dedica en cuerpo y alma a la comprensión del fenómeno de la vida, tratando de entender de dónde procede el “principio vital”. Estudia la química, la anatomía y la fisiología, desmenuza el proceso de descomposición del cuerpo humano, para lo cual frecuenta constantemente los cementerios; pero no sólo busca comprender el paso de la vida a la muerte, sino también el de la muerte a la vida. Finalmente —dice—, “tras días y noches de increíble trabajo y fatiga, logré averiguar la causa de la generación y la vida; y más aún, conseguí dotar de animación a la materia inerte”.

Volcado a la tarea de dar forma a un ser humano, Víctor Frankenstein se equipara ya a un dios, creador de una nueva humanidad, al igual que Prometeo: “una nueva especie me bendeciría como su origen y creador; muchas naturalezas excelentes y dichosas me deberían su ser. Ningún padre podría reclamar la gratitud de sus hijos con tanto derecho como yo merecería la de ellos”.

Su anhelo se materializa en un ser humano formado de varias personas, cuidadosamente escogidas —aunque nunca hay demasiado detalle al respecto. “Como la pequeñez de las partes constituía un gran obstáculo para la rapidez de mi trabajo, decidí, en contra de mi primera intención, hacer un ser de estatura gigantesca; es decir, de unos ocho pies de alto [2.44 metros], y de una anchura proporcionada”. Así, “una lúgubre noche de noviembre vi coronados mis esfuerzos. Con una ansiedad casi rayana en la agonía, reuní a mi alrededor los instrumentos capaces de infundir la chispa vital al ser inerte que yacía ante mí. Era la una de la madrugada; la lluvia golpeteaba triste contra los cristales, y la vela estaba a punto de consumirse, cuando, al parpadeo de la llama medio extinguida, vi abrirse los ojos amarillentos y apagados de la criatura; respiró con dificultad, y un movimiento convulso agitó sus miembros”. Sin embargo, conforme lo examinaba, un desasosiego se apoderaba de él: “¡cómo expresar mis emociones ante aquella catástrofe, ni describir al desdichado que con tan infinitos trabajos y cuidados me había esforzado en formar! Sus miembros eran proporcionados; y había seleccionado unos rasgos hermosos para él. ¡Hermosos¡ ¡Dios mío! Su piel amarillenta apenas cubría la obra de músculos y arterias que quedaban debajo; el cabello era negro, suelto y abundante; los dientes tenían la blancura de la perla; pero estos detalles no hacían sino contrastar espantosamente con unos ojos aguanosos que parecían casi del mismo color blancuzco que las cuencas que los alojaban, una piel apergaminada, y unos labios estirados y negros”.

La decepción de Víctor Frankenstein es infinita, el resultado de tanta dedicación está lejos de la perfección que imaginara —”un intenso horror y repugnancia me invadieron el corazón”—, y su aversión es tal que se siente incapaz de estar cerca del “cadáver demoníaco al que tan desventuradamente había dado la vida”. En vano trata de conciliar el sueño —”¡Ah! No había mortal capaz de soportar el horror de aquel semblante”. Al levantarse el día decide salir a caminar por la ciudad en pos de un poco de paz. Mas cuando vuelve, el monstruo no está ya. Se imagina que perecerá fácilmente al quedar abandonado a su suerte y, tras varias semanas de intensa fiebre, recobra la calma.

El moderno Prometeo cree que podrá volver a su natal Suiza para vivir en compañía de los suyos, la idílica familia donde creció. Sin embargo, el monstruo lo va a encontrar, haciéndole imposible la existencia, reprochándole el haberlo creado tan imperfectamente, dando rienda suelta al sentimiento de odio y venganza que ha germinado en él por el rechazo de que es víctima dondequiera que va.

Es aquí donde el mito antiguo se engarza con los de la tradición judeocristiana, con el relato bíblico pero desde una mirada distinta, literaria, la de El paraíso perdido de John Milton, escrito en 1667.
Mary Shelley equipara a Víctor Frankenstein con Prometeocreador, quien se adjudica el papel de dios creador, de ahí el epígrafe de la novela tomado del poema de Milton: “Did I request thee, Maker, from my clay / To mould me man? Did I solicit thee / From darkness to promote me?” (“¿Cuándo permanecía en el polvo, te pedía acaso, ¡oh Creador!, que me transformaras en hombre? ¿He solicitado que me sacaras de las tinieblas o que me colocaras en este delicioso jardín?”, dice la edición en español citada aquí).

En la versión de Milton del relato bíblico, la creación no puede ser perfecta debido a que el ser humano está dotado de razón y de libre albedrío, garantía de una verdadera veneración hacia el creador y su obra, tal y como le explica en ella el arcángel Rafael a Adán: “Dios te hizo perfecto, pero no inmutable; te ha hecho bueno, pero te ha dejado dueño de perseverar en tu bondad; te ha dotado de voluntad libre por naturaleza, que no puede ser esclava de inflexible necesidad ni del inevitable destino. Desea que nuestro homenaje sea voluntario, pero no forzado, pues que si así fuera, no sería ni podría ser aceptado por Él”.
El drama de la creación divina se halla para Milton en este rasgo humano. Incitados por Satán, Adán y Eva van a probar los frutos del árbol del bien y del mal, pero más que engañados, es por el efecto que surten los argumentos y la insistencia de aquél debido a que ellos poseen entendimiento y libre albedrío. Es justamente por la misma razón que en Frankenstein el monstruo va a desarrollar todas sus capacidades, aprendiendo incluso a leer —se conmueve con Las desventuras del joven Werther de Goethe y se identifica con el Adán del Paraíso perdido de Milton—, y reacciona a la actitud que tienen los humanos hacia su persona, exigiendo a su creador al final que remedie la condición en que lo ha colocado, de infinita soledad, pidiéndole la creación de una mujer semejante a él para ser feliz en compañía de ella. Es la idea misma de la naturaleza humana que enarbolaran los pensadores del siglo de las Luces lo que constituye el centro de la novela de Mary Shelley.

Algunos estudiosos de la cultura han criticado la manera como la autora retoma el mito de Prometeo. Es el caso de Román Grubern y Joan Prat, quienes ven una reducción del mito en la versión que ella toma, pues les parece que elimina la actitud de cuidado y protección que el creador tiene hacia su criatura así como la rebeldía de ésta, por lo que consideran inconsistente el título de la novela. Es una crítica que difícilmente se sostiene desde una perspectiva antropológica, ya que la riqueza y perseverancia de los mitos es su variación y su recreación a lo largo del tiempo, y Mary Shelley consiguió llevar el mito antiguo por el camino de la religión y, como veremos, por el de la naciente ciencia, imprimiéndole nueva vida.

Otros han colocando el énfasis en el aspecto científico —quizá la actitud más difundida—, al punto que hay quienes afirman que fue su marido quien la escribió —es el caso de John Lauritsen, que dedica un libro entero a demostrarlo—, ya que el mismo mito es tratado por aquel en un largo poema titulado Prometeo desencadenado, que comenzó a escribir justo cuando fue publicada la novela de su esposa. Sin embargo, la trama del poema de Percy Shelley se teje alrededor del episodio en donde el héroe da el fuego y la civilización a la humanidad, y es por ello que el autor pone en relieve su nobleza, su generosidad y valentía, al mismo tiempo que hace su rebeldía irreconciliable con el poder de Zeus, a diferencia de lo que ocurre en el Prometeo encadenado de Esquilo, generando así una suerte de conflicto entre poder y religión versus ciencia y humanismo, bastante clásico en el siglo de las Luces y el XIX, y más bien opuesto al que subyace en Frankenstein.

Esto es más claro en la manera como Percy Shelley retoma por su parte el poema de Milton, equiparando a Prometeo con Satanás, quien es arrojado del cielo por el creador, muy distinto a como lo hace Mary Shelley: “el único ser imaginario que se parece en algún grado a Prometeo es Satán— escribió el poeta; pero Prometeo es, en mi juicio, un carácter más poético que Satán, ya que, además de su valor y majestad, de su firme y paciente oposición a la fuerza omnipotente, es susceptible de ser descrito como exento de tintes de ambición, envidia, venganza y de un deseo de engreimiento personal, todo lo cual, en el caso del héroe del Paraíso perdido, impide que se le cobre interés”. Finalmente, es evidente que el alcance de su poema no se puede equiparar al de la novela, y la misma Mary Shelley, en la introducción al libro, aclara este infundio no exento de cierta misoginia: “no debo a mi esposo la sugerencia de una sola idea, ni siquiera de un sentimiento”.

No obstante, a pesar de tal declaración, cuando no se le adjudica la autoría al marido, se le considera como fuente de los elementos científicos que contiene la novela, ya que una de las críticas más comunes a Mary Shelley ha sido su aparente escaso conocimiento sobre cuestiones precisas que son mencionadas en la trama —no es ajeno a ello el que la ciencia sea considerada como un dominio masculino—, la cual se apoya en el texto de introducción a la novela en donde ella misma da cuenta de la conversación entre Percy Shelley y Lord Byron que inspiró el sueño de donde surgió la novela.

Esto ha sido tema de acuciosas investigaciones, como la efectuada hace algunos años por Christopher Goulding, quien minuciosamente se centra en la influencia que tuvo su marido sobre ella por efecto de sus intereses y relaciones, documentando la relación que mantuvo Percy con un profesor que conoció en Eaton, James Lund, un filósofo de la naturaleza interesado por la fisiología, que llevó a cabo varios experimentos con electricidad animal inspirados en Galvani, el célebre naturalista que durante la segunda mitad del siglo XVIII aplicó corriente eléctrica a las patas de una rana para intentar comprender el fenómeno de la conducción en los músculos y el sistema nervioso.

La importancia de este profesor en la vida de Percy era bien conocido por Mary Shelley, por lo que se piensa sus investigaciones fueron tema de conversación entre ellos. Ciertamente, Christopher Goulding menciona también que los padres de Mary tenían contactos con profesores que conocían y discutían los trabajos de Galvani y su crítico Volta, por lo que es probable que haya recibido información al respecto en casa, mas él se inclina por la influencia de Percy. No obstante, el énfasis del conocimiento que influyó en la novela lo pone en la reanimación de cuerpos sin vida, y el papel de la electricidad en ello, como el célebre experimento en donde se aplica corriente a una rana muerta, provocando que brinque. A partir de esto, remarca una vez más la falta de detalles científicos en la novela y concluye con el papel fundamental de Percy en dicho aspecto.

Yo creo que dicha ausencia es totalmente a propósito; en su afán de recrear el mito de Prometeo, Mary Shelley se centró en un aspecto particular del quehacer científico del siglo XVIII, el cual resultó ser una relación estructural de la ciencia que se estaba desenvolviendo, y que en ese momento se podía discernir con claridad por su naturaleza entremezclada de mago y científico, de alquimista y químico, un ser híbrido en el sentido que lo ha desarrollado Bruno Latour. Es decir, la escritora no pretendía proporcionar detalles precisos —cabría interrogarse si verdaderamente los había, si no carece más bien de sentido preguntarse si en algún momento ha habido un conocimiento suficiente para crear un ser humano de esa manera— y además, poco tiene que ver la creación del monstruo con la reanimación de un cuerpo muerto, ya que Víctor Frankenstein lo construyó a partir de fragmentos, de partes de varios cuerpos, y sólo la animación se lleva a cabo “infundiendo la chispa vital”, un acto que parecería, con base en  lo mencionado por la autora en la edición de 1831, de inspiración galvánica, pero es más bien vago, una simple metáfora.

A tales interpretaciones se puede contraponer el punto de vista de estudiosos como Chris Baldick, quien ha mostrado la gran influencia que tuvo la obra de los padres de Mary Shelley, William Godwin y Mary Wollstonecraft —intelectuales liberales de renombre—, en el tema de su novela, principalmente en lo que se refiere al conocimiento, la justicia y el medio social como un factor determinante en la conformación de todo ser humano; existe incluso una novela escrita por su padre, Things as They Are or, The Adventures of Caleb Williams, que guarda cierta similitud con la de su hija en varios aspectos. Por ello, me parece que, por su formación intelectual, por éstas y otras influencias que tuvo, en las repetidas menciones sobre los elementos científicos relacionados con su novela que ella escuchó en su entorno familiar y social, Mary Shelley percibió algo más que detalles técnicos: vislumbró una pulsión latente en el trabajo del científico, y es eso lo que mantiene viva la novela, lo que ha permitido su recreación a lo largo del tiempo, lo que dio aliento al antiguo mito de Prometeo. La manera como lo logra es por demás fascinante.
 
 
Las pulsiones del científico
 
 
El interés de Víctor Frankenstein por el lado oculto de la vida le viene de sus lecturas de juventud. “Eran los secretos del cielo y de la tierra lo que yo ansiaba saber; y ya fuese la sustancia externa de las cosas, o el espíritu interior de la naturaleza y el alma misteriosa del hombre lo que me ocupara, mis investigaciones se orientaban hacia los secretos metafísicos y físicos del mundo en su más alto sentido”. A los trece años cae en sus manos un libro del célebre alquimista Cornelio Agrippa y se entusiasma con “la teoría que intenta demostrar y los hechos maravillosos que relata”. Se procura sus obras completas y le siguen las de Paracelso y Alberto Magno. “Acepté todo lo que afirmaban y me convertí en su discípulo […] Bajo la dirección de estos nuevos preceptores me lancé con la mayor diligencia a la búsqueda de la piedra filosofal y el elixir de la vida”. Sin embargo, un par de años después, un amigo de la familia le da a conocer las teorías de la filosofía natural en boga, en especial aquellas que versan sobre la electricidad y el magnetismo, generándole un fuerte desconcierto. Si bien termina por aceptar la superioridad de tales teorías, dentro de él mantiene viva la llama de su ilusión, un profundo anhelo, una pulsión que lo incita a adentrarse en los misterios que encierra la naturaleza.

Tanto Alberto Magno, en el siglo XIII, como Agrippa y Paracelso, en el XVI, forman parte de una tradición ocultista que pugna por el conocimiento de una naturaleza creada por dios y propone una acción a partir de éste, en lo cual se basa la alquimia; los dos primeros se dedicaron a la búsqueda de la piedra filosofal, mientras el tercero se centró en la medicina desde la misma perspectiva. Como parte de la idea de la trasmutación de los elementos, en sus obras se encuentra la idea de insuflar vida a cuerpos muertos. “Aquellos que saben matar y resucitar sacarán provecho en nuestra ciencia. Será el Príncipe del Arte el que sepa hacer esas dos cosas”, escribió Alberto Magno en un tratado que explica, paso a paso, cómo obtener la piedra filosofal.

De igual manera, Cornelio Agrippa aborda este punto en su Filosofía oculta, un vasto tratado que versa sobre las innumerables influencias ocultas en la naturaleza, desde los números hasta los astros: “quien se proponga volver a introducir las almas en sus cuerpos, debe necesariamente saber cuál es la naturaleza propia del alma, de dónde viene, la grandeza y número de grados de su perfección, por qué inteligencias está protegida, por qué intermediarios se difunde en el cuerpo, por qué armonía se unió con él, qué afinidad tiene con Dios, con las inteligencias, con los cielo, con los elementos y todas las demás cosas de las que lleva imagen y semejanza; en fin, por cuáles influjos se efectúa la unión de todas las partes del cuerpo; pues debe saber todas estas cosas para practicar el arte de resucitar a los muertos, que no pertenece a los hombres sino sólo a Dios que puede comunicarlo a quien plazca”.

Por su parte, Paracelso se centra en el cuerpo humano, el microcosmos, en donde, a partir de la existencia de tres tipos de anatomía, de la fisiología, de signos y causas, de sustancias y compuestos, de la influencia de todo ello en el microcosmos, y con base en una teoría de cómo ocurre la transmutación en éste, postula la existencia de una muerte en el ser humano que da origen a una nueva vida, ya que éste posee varias formas: “la anatomía material, mucho más importante, estudia las transmutaciones por las cuales se introduce en el hombre la vida nueva, luego de la primera y de la media, así como la naturaleza de su sangre, de los elementos Azufre, Mercurio y Sal y del funcionamiento del corazón, del cerebro y de todos los miembros del cuerpo. Ésta es la verdadera y auténtica (genuina) anatomía, origen de todo y en la que todo médico debe formarse”. El secreto de la vida se halla así oculto, cada miembro o parte que compone al ser posee un “arcano”, y es tarea del médico desentrañarlos: “en la nueva vida es necesario que pongamos al descubierto todo aquello que normalmente permanece oculto, reduciéndolo hasta el extremo de hacerlo perceptible por nuestros propios ojos”.

Sin embargo, aun cuando comparten una serie de formas de ver y entender el cosmos, hay un rasgo que los une con mayor fuerza: la acción. El alquimista es ante todo un hombre que actúa, ya que es la relación directa con lo oculto la vía de acceso al saber; la teoría es un primer paso, el conocimiento profundo de las cosas sólo se logra por medio de la acción. Como lo explica Bernard Grœthuysen al hablar del médico alquimista: “en el mundo de un Paracelso todo es acción, creación. El hombre no sabrá permanecer inactivo. La naturaleza no descansa, ¿por qué el hombre permanecerá ocioso? La naturaleza exige, en cierta forma, que el hombre sea activo. Lo que ella le otorga, se lo da para que lo complete, para que haga algo. La naturaleza es una inmensa obra en construcción, en la cual se encuentran muchos materiales y herramientas que esperan a aquel que sepa usarlos. Dios ha dejado en cada objeto una marca, indicando cómo debe servir a una actividad creativa. ¿Para qué existiría todo eso si no estuviera allí el hombre para actuar y crear?”. Es justo de tal pulsión que Víctor Frankenstein está imbuido cuando ingresa a la Universidad de Ingolstadt para abrevar en la filosofía de la naturaleza —el término ciencia, al igual que el de científico, todavía no se adoptaba, comenzará a utilizarse en un sentido más preciso a lo largo del siglo XIX.
Su primer encuentro con los profesores se torna un tanto ríspido cuando se enteran de sus lecturas hasta entonces. “No esperaba encontrarme, en esta época ilustrada y científica, con un discípulo de Alberto Magno y de Paracelso —le espeta uno de ellos. Mi querido señor, debe usted empezar sus estudios otra vez a partir de cero”. Esta actitud le decepciona un poco: “desdeñaba el empleo que se hacía de la moderna filosofía natural. Muy distinto era cuando los maestros de ciencia buscaban el poder y la inmortalidad; sus opiniones, aunque inútiles, eran grandiosas; pero ahora la situación había cambiado. La ambición del investigador parecía limitarse a aniquilar aquellas visiones en las que se había fundado mi interés. Se me pedía que cambiase mis quimeras de ilimitada grandeza por realidades de escaso valor” (cabe mencionar que durante largo tiempo los alquimistas fueron objeto de una serie de desacreditaciones por parte de los pujantes mecanicistas. Así, por ejemplo, Robert Boyle critica los principios alquimistas en varios textos y a Paracelso, en particular, en Reflexiones sobre los experimentos vulgarmente propuestos para probar los 4 elementos peripatéticos o los 3 principios químicos de los cuerpos mixtos, publicado en 1655, con el fin de mostrar que “los principios mecánicos [son] tanto más fértiles, esto es, aplicables a la producción y explicación de un número de fenómenos muchos mayor que los químicos”).

No obstante, su resistencia es vencida por un afable profesor, M. Waldman, que logra convencerlo del potencial que para la acción poseen la química, las matemáticas y demás ramas de la filosofía de la naturaleza, las cuales han permitido a sus estudiosos no sólo realizar grandes descubrimientos, sino también alcanzar “nuevos y casi ilimitados poderes […] mandar sobre las tormentas del cielo, imitar el terremoto y hasta remedar el mundo invisible con sus propios fantasmas”, mostrándole asimismo su laboratorio, en donde le explica las funciones de los numerosos aparatos que allí tiene y le aconseja cuáles debe comprar para sus investigaciones, así como una serie de libros a estudiar. “A partir de aquel día, la filosofía natural, y especialmente la química, en el sentido más amplio del término, se convirtieron en mi única ocupación”.

Víctor Frankenstein encarna así a un científico atrapado en medio de un conflicto entre dos paradigmas, dos épocas, pero que no se resuelve con la supresión de lo antiguo en favor de lo nuevo —como suele ocurrir en el esquema lineal de la historia de la ciencia—, sino con la imbricación de ambos, con la formación de un híbrido, un producto característico de una sociedad en donde la ciencia se encuentra en estrecha interrelación con distintos ámbitos de la vida, vinculada con su propia historia y devenir, en contraposición con la imagen que se ha creado de ella. El moderno Prometeo conservará los anhelos heredados de los alquimistas al tiempo que se dotará de las nuevas herramientas y conocimientos para llevarlos a cabo.

El ardor con que se dedica a sus pesquisas es propio del mejor alquimista: aislado, sin distracción alguna, con una fiebre por acceder al saber oculto. Se vuelve hábil en el manejo de los modernos aparatos e incluso perfecciona algunos, llegando a dominar “la teoría y la práctica de la filosofía natural. Su dedicación rinde frutos y finalmente la naturaleza se revela ante él: “lo que había sido el objeto de estudio y de deseo de los hombres más sabios desde la creación del mundo, estaba ahora en mis manos”. Y aunque matiza que no se trata de un “escenario mágico”, sino que fue el conocimiento obtenido lo que guió su trabajo hacia el objeto buscado, Víctor Frankenstein se exalta ante el “poder” adquirido: dotar de vida a un cuerpo preparado “con toda su complicación de fibras, músculos y venas”, irguiéndose como el “Príncipe del Arte”, anunciado por Alberto Magno.

Este hacer desenfrenado, fuente de innumerables clichés en torno a la figura del científico, es herencia del antiguo mago, afanado en sus conjuros y pociones, una actividad que enaltecerán varios autores del Renacimiento —como lo señala Bernard Grœthuysen—, en contraposición a la del teórico que sólo busca entender, ubicar al ser humano en relación con el cosmos. “El hombre mágico no es ya el filósofo en búsqueda de la verdad y menos aún el hombre que actúa por el bien; es un individuo que logra algo y que encuentra en ese logro un valor que no puede ser reducido a valores especulativos o morales. A este hombre no le basta ya saber cuál es el lugar que, de acuerdo con su naturaleza, debe ocupar en el universo; él quiere darse cuenta de lo que es capaz de hacer en este mundo”.

Hay un último elemento, central en este asunto; se trata del hilo que liga internamente la alquimia con la química —y en la actualidad con la bioquímica, la biología molecular—, a saber: el tiempo. Tanto los antiguos alquimistas como el moderno Prometeo y sus contemporáneos intentan hacer en poco tiempo lo que en la naturaleza llevó lapsos muy largos, asumiendo así el papel del tiempo y su capacidad creadora. Este aspecto encarna la esencia de la química industrial, desarrollada principalmente en el siglo XIX, cuyo objetivo es reproducir, primero en el laboratorio y después en la fábrica, los procesos que tuvieron lugar en el universo. Muchas son las técnicas empleadas para lograrlo, pero es el catalizador, con su poder de acelerar las reacciones, el elemento paradigmático.

En un libro en donde analiza el uso del fuego en diferentes contextos culturales, Mircea Eliade aborda este aspecto con gran lucidez al dar cuenta del paso de la alquimia a la química: “no hay que creer que el triunfo de la ciencia experimental haya reducido a la nada los sueños y aspiraciones de los alquimistas. Por el contrario, la ideología de la nueva época cristalizada en torno al nuevo mito del progreso infinito, acreditado por las ciencias experimentales y por la industrialización, ideología que domina e inspira a todo el siglo XIX, recupera y asume, pese a su radical secularización, el sueño milenario del alquimista. Es en el dogma específico del siglo XIX —según el cual el verdadero cometido del hombre consiste en cambiar y transformar a la Naturaleza, que está capacitado para obrar mejor y más aprisa que la Naturaleza, que está llamado a convertirse en dueño de ésta—, en este dogma, decimos, es donde hay que buscar la auténtica continuación del sueño de los alquimistas”. Es así como “la alquimia ha legado al mundo moderno mucho más que una química rudimentaria: le ha transmitido su fe en la transmutación de la Naturaleza y su ambición de dominar el tiempo”.

De esta manera, más que detenerse en detalles que rápidamente habrían sido obsoletos o formular una suerte de ciencia ficción que, por la época, no habría llegado más allá de un relato como los de Cyrano de Bergerac, Mary Shelley construyó una imagen del científico que, captando la esencia de su quehacer, lejos de desdoblamientos de personalidad a la Dr. Jekyll y Mr. Hyde, logra una perspectiva simétrica que permite reinterpretaciones constantes, dotándola de larga vida.
 
 
Una trama compleja
 
 
A partir de todo lo anterior, cabe preguntarse: ¿a qué se debe que el aspecto científico haya cobrado tal preeminencia en la interpretación de la novela de Mary Shelley? La respuesta se puede hallar analizando la manera como pasó al teatro, en las numerosas y constantes puestas en escena en las principales ciudades de Europa y Estados Unidos a lo largo del siglo XIX. De hecho, la primera versión en el cine, producida por Tomas A. Edison en 1910, es más teatro que cine, y la célebre de 1931, dirigida por James Whale, en donde el monstruo es encarnado por Boris Karlof, está basada en el libreto de una exitosa puesta en escena en Londres.

Así, en el primer montaje, en 1823, cuyo título es Presunción: o el destino de Frankenstein, el drama se presenta como una transgresión de lo permitido, una cosa diabólica, en el cual es crucial la aparición de la figura de Fritz —posteriormente el jorobado—, una suerte de vox populi que da cuenta de los actos de su amo Víctor Frankenstein, de lo bueno y lo malo, traduciendo en una imagen maniquea el conflicto que subyace a la trama de la novela. Su labor de alquimista en pos del elíxir de la vida es considerada como sacrílega, propia del mismo diablo, al punto que termina sin alma (“he perdido toda alma o sensación sólo por esta búsqueda”, dice en un diálogo), generándose así un conflicto entre su “labor impía” y la religión, muy común en esa época, el cual se prolongará entre la ciencia y ésta última a todo lo largo del siglo XIX —de hecho, cuando aparece la teoría de la evolución de Darwin hay versiones que la integran en los diálogos como parte de este conflicto. El monstruo es así resultado de tal presunción humana, que al traspasar las fronteras de lo permitido cae en el dominio de las fuerzas del mal, de ahí su deformidad, “su fuerza gigantesca y supernatural pero con la mente de un niño” —como lo dice Frankenstein en el libreto—, así como toda la destrucción que deja a su paso. La moraleja es obvia, se trata de un castigo a la presunción humana, a la pretensión de adjudicarse una capacidad divina.

El desarrollo de la ciencia y la industria en ese siglo va a influir en la importancia de las escenas de laboratorio, en el discurso científico que se va integrando en los diálogos, intensificando asimismo el conflicto entre ciencia y religión en pos del control de las almas, ya que la Iglesia había casi dado por perdido el de los cuerpos. En la adaptación para teatro hecha en 1826 por Henry Milner se percibe claramente el énfasis en la recreación del momento en que el monstruo cobra vida y el detalle del escenario: “un laboratorio con botellas y aparatos químicos”. Como lo desarrollé en un artículo anterior sobre la adaptación de la novela de Frankenstein al cine, en la segunda mitad del siglo XIX, principalmente a causa del desarrollo de la medicina experimental, el laboratorio se torna el lugar en donde se produce la ciencia, por lo que toda representación que buscara convencer a un auditorio de su veracidad requeriría en el escenario un variado instrumental, de preferencia abundante, con muchas luces y chispas, es decir, dotado de todo el equipo que la época fuera tornando común para un buen sitio de experimentación.

Curiosamente, en este proceso, mientras mayor era la importancia conferida al momento de la creación del monstruo en el laboratorio, a los elementos empleados en ello, menor era entonces la capacidad de discernimiento del mismo, casi a manera de reflejo de cómo se fue imponiendo la idea de que el ser humano se halla determinado por su naturaleza y no por el medio, totalmente en contra de lo que promulgaba la novela —la cual culminará a finales de siglo con la entronización del determinismo biológico, completamente racista, cuya versión contemporánea sostiene que todo está determinado por los genes y el medio prácticamente no cuenta. Asimismo, a la par crecía también la condena religiosa por no respetar los límites supuestos entre lo humano y lo divino, por pretender “jugar a ser dios”, por la presunción de querer igualar su creación. Los resultados funestos seguían siendo esgrimidos como una advertencia, el sacrilegio de dar vida a seres sin alma, casi animales, que se tornan un peligro para los humanos —“tú te igualas a dios; ése fue el pecado del ángel caído”, le dice a Frankenstein el profesor Waldman, convertido en sacerdote y científico a la vez en el libreto escrito por John Balderston y Garret Fort en 1930.

Tal fue la manera como se conjugaron los tres ejes principales de la trama, con un incremento en la relevancia de lo científico en detrimento de lo filosófico —la idea de naturaleza humana— y una constante presión por parte de la religión que no cejaba en sus intentos por acotar el campo de influencia de la ciencia, en un afán de mantener el propio. Es así como se enraizó la expresión “jugar a ser dios”, convirtiéndose en una frase ad hoc para calificar cualquier tipo de investigación que se considere traspasa las fronteras de lo que debe ser el ámbito científico; es de este tipo de condena moral que nace la bioética, tan difundida hoy día, y es en este crisol donde surge la imagen del científico loco —de poder, de ambición, de venganza, de codicia, etcétera.

No obstante, esta figura se ha mantenido sin afectar la orientación que la actividad científica y tecnológica ha seguido desde hace más de un siglo, tan sólo como un exabrupto de ésta, una anomalía, una desviación que debe ser llamada al orden, condenada, ya sea moral o éticamente. Se puede decir que, por ser una representación generada por una visión totalmente asimétrica de la actividad científica, fuera de todo contexto social y basada en rasgos psicológicos por demás superficiales que se atribuyen a un individuo aislado, la figura del científico loco ha fungido como una pieza clave para mantener a la ciencia libre de críticas profundas, tornándolas más bien moralizantes —incluidos los comités de bioética que, como señalan Hilary y Steven Rose en su más reciente libro, al estar conformados por especialistas, han sido cooptados por las mismas instituciones de investigación—, una suerte de molino de viento contra el que se arremete creando la ilusión de que existen medidas reales para atajar tales excesos de los científicos, en lugar de propiciar la participación de los ciudadanos en la discusión de la orientación que podría tener la ciencia, un ejercicio que debería existir en toda sociedad democrática —ejemplo claro de ello es el debate sobre la creación de un genoma artificial por Craig Venter, quien afirma que el genoma humano es como el Sagrado Grial, al tiempo que ataja toda crítica de orden ético y continúa tranquilamente con su trabajo de investigación a pesar de los riesgos que implica.

La afirmación de que el personaje de Frankenstein es el primer científico loco en la historia se inscribe en un hábito intelectual bastante común que proyecta hacia el pasado teorías, conceptos e ideas sin tener en cuenta aquellos que prevalecían en esa época, como el famoso mito del precursor. La lectura de la fascinante novela escrita por Mary Shelley nos proporciona una mirada distinta de cómo se constituyó uno de los rasgos fundamentales de la ciencia contemporánea. Los innumerables y sólidos estudios sobre la ciencia, la tecnología y la sociedad, de filosofía e historia de la ciencia, nos permiten ahondar en ello. Al adentrarnos en la idea de naturaleza humana que en ella se despliega, recorriendo bosques y montañas en compañía del monstruo, podemos mirar con cierta distancia el determinismo biológico que nos aplasta por su predominancia en gran parte de las ciencias de la vida. Quizás así, al igual que el monstruo, terminemos enalteciendo el entendimiento humano, el ejercicio del libre albedrío... la revuelta.
 
 Referencias bibliográficas
Agrippa, Enrique Cornelio. 1531. Filosofía oculta, en upasika.com/agrippa.html
Balderston, John y G. Fort. 1930. Frankenstein. A play. Bear Manor Media, Albany. 2010.
Baldick, Chris. 1987. In Frankenstein Shadow. Myth, Monstruosity, and Nineteenth-century Writing. Clarendon Press, Oxford.
Boyle, Robert. 1660. Física, química y filosofía mecánica. Alianza, Madrid. 1985.
Carrillo Trueba, César. 2009. “Para romper con la asimetría en la comunicación de la ciencia”, en Revista de Estudios Sociales de la Ciencia (redes), vol. 15, núm. 30, pp. 195-216.
_____. 2012. “Frankenstein en pantalla o los vasos comunicantes entre ciencia y cultura”, en Ciencias, núms. 105-106, pp, 42-55.
Eliade, Mircea. 1956. Herreros y alquimistas. Alianza, Madrid. 1989.
Goulding, Christopher. 2002. “The real Doctor Frankenstein?”, en Journal of the Royal Society of Medicine, vol. 95, pp. 257-259.
Grœthuysen, Bernard. 1953. Anthropologie philosophique. Gallimard, París. 1980.
Gubern, Román y Joan Prat i Carós. 1979. Las raíces del miedo: antropología del cine de terror. Tusquets, Barcelona.
Kaplan, Peter W. 2002. “The real Dr. Frankenstein: Christian Gottlieb Kratzenstein?”, en Journal of the Royal Society of Medicine, vol. 95, núm. 11, pp. 577-578.
Latour, Bruno. 1991. Nous n’avons jamais été modernes. Essai d’anthropologie symétrique. La Découverte, París.
Lauritsen, John. 2007. The Man Who Wrote Frankenstein. Pagan Press, Nueva York.
Locke, John. 2005. Ensayo sobre el entendimiento humano. Porrúa, México.
Magno, Alberto. ca. 1250. “Compositum de Compositis”, en Bacon, Roger. Miroir d’Alchimie / Albert le Grand. Le composé des composés. (Albert Poisson, trad.). Arché, Milán. 1974.
Milner, Henry M. 1826. Frankenstein, or The Man and the Monster, en knarf.english.upenn.edu/Indexes/works.html
Milton, John. 1667. El paraíso perdido. Porrúa, México. 2004.
Paracelso. 1599. Obras completas. Colofón, México. 2000.
Peake, Richard B. 1823. Presumption, or the Fate of Frankenstein, en knarf.english.upenn.edu/Indexes/works.html
Rose, Hilary y Steven Rose. 2012. Genes, Cells and Brains. Verso, Londres.
Shelley, Mary. 1831. Frankenstein o el moderno Prometeo, (contiene la introducción de dicha edición). Alianza, Madrid. 1981.
Shelley, Percy. 1820. Prometheus Unbound. C. y J. Ollier, Londres.

     
____________________________________________________________      
César Carrillo Trueba
Facultad de Ciencias,
Universidad Nacional Autónoma de México

Es biólogo por la Facultad de Ciencias de la UNAM y Maestro en Antropología Social y Etnografía por la École des Hautes Études en Sciences Sociales de París, en donde actualmente cursa el doctorado en Antropología Social. Su libro más reciente es El racismo en México, Tercer Milenio, CNCA, México, 2009. Es editor de la revista Ciencias desde 1987.
     
_____________________________________________________
como citar este artículo 
 
[En línea]
     
Entrada109A09   menu2
   
   
Faustino Sánchez Garduño      
               
               
Me da muchísimo gusto que Nicanor Parra haya ganado el Cervantes.
Teníamos una deuda con él.

José Emilio Pacheco
 
  articulos   
El 30 de noviembre de 2011, el Jurado del Premio Cervantes —máxima presea que se otorga a escritores en lengua española— decidió adjudicárselo al poeta chileno Nicanor Parra Sandoval. De esta manera, Parra se convirtió en el tercer chileno que recibe el Cervantes —antes lo obtuvieron Jorge Edwards, en 1999, y Gonzalo Rojas, en 2003, pero también lo convirtió en el escritor más viejo a quien se le haya otorgado el prestigiado premio. A juzgar por los nombres de los finalistas, seguramente la decisión no fue fácil, pues en la lista se encontraban el nicaragüense Ernesto Cardenal, el colombiano Fernando Vallejo, el uruguayo Eduardo Galeano y la cubana Fina García Marruz. Por México, los finalistas fueron Fernando del Paso, Homero Aridjis y Margo Glantz.
La ceremonia de entrega del Premio Cervantes 2011 se realizó el 23 de abril de 2012 en el paraninfo de la Universidad de Alcalá de Henares. Debido a lo delicado de su estado de salud, el poeta chileno no asistió. En su representación lo hizo un nieto suyo, quien llegó a Alcalá de Henares haciéndose acompañar de una vieja máquina de escribir que su abuelo envió como obsequio a fin de que dicha reliquia pasara a formar parte del inventario de la universidad. No era cualquier máquina de escribir, se trataba de la máquina con la que Nicanor Parra escribió sus primeros poemas. Para esta ocasión el nonagenario poeta preparó un discurso leído por el nieto. En él, entre otras cosas, Parra pidió un año de plazo para terminar (y entregar) un libro de su autoría; ya transcurrió un año, ¿lo habrá terminado?

Nicanor Parra nació el 5 de septiembre de 1914 en San Fabián de Alico, Chile, en el seno de una familia modesta y arraigada a lo popular. Su padre (don Nicanor), fue profesor de primaria, juglar, guitarrista y bohemio. Su madre, doña Clara Sandoval, fue modista. En 1932, el joven Nicanor viajó a la capital chilena, donde estudió física en el Instituto Pedagógico, y posteriormente a los Estados Unidos. Licenciado en Ciencias Exactas y Físicas por la Universidad de Chile, después se especializó en Mecánica avanzada en la Universidad Brown de Rhode Island, en Estados Unidos, y amplió su formación en la Universidad británica de Oxford.

Es el mayor de una familia de nueve, entre los que se cuenta a la conocida cantante Violeta Parra, tres años más joven que Nicanor, y también otros dos hermanos suyos se dedicaron a la música. Pablo Neruda, el segundo Premio Nobel en Literatura de nacionalidad chilena, estableció un paralelismo entre las familias Revueltas (José, escritor, Silvestre, músico, Fermín, pintor y Rosaura, actriz), de México y la Parra de Chile. En su Para nacer he nacido, el poeta escribió: “esta familia Revueltas tiene ‘ángel’. En un país de creación perpetua, como el país hermano, ellos se revelaron excelentes y superdotados. Es una familia eficaz en la música, en el idioma, en los escenarios. Pasa como con los Parra de Chile, familia poética y folklórica con talento granado y desgranado”.
 
 Autoretrato

Considerad, muchachos,
Este gabán de fraile mendicante:
Soy profesor en un liceo obscuro,
He perdido la voz haciendo clases.
(Después de todo o nada
Hago cuarenta horas semanales).
¿Qué les dice mi cara abofeteada?
¡Verdad que inspira lástima mirarme!
Y qué les sugieren estos zapatos de cura
Que envejecieron sin arte ni parte.

En materia de ojos, a tres metros 
No reconozco ni a mi propia madre.
¿Qué me sucede? -¡Nada!
Me los he arruinado haciendo clases:
La mala luz, el sol,
La venenosa luna miserable.
Y todo ¡para qué!
Para ganar un pan imperdonable
Duro como la cara del burgués
Y con olor y con sabor a sangre.

¡Para qué hemos nacido como hombres
Si nos dan una muerte de animales!

Por el exceso de trabajo, a veces
Veo formas extrañas en el aire,
Oigo carreras locas,
Risas, conversaciones criminales.
Observad estas manos
Y estas mejillas blancas de cadáver,
Estos escasos pelos que me quedan.
¡Estas negras arrugas infernales!
Sin embargo yo fui tal como ustedes,
Joven, lleno de bellos ideales,
Soñé fundiendo el cobre
Y limando las caras del diamante:
Aquí me tienen hoy
Detrás de este mesón inconfortable
Embrutecido por el sonsonete
De las quinientas horas semanales.

 
 
Gravitando entre dos centros de atracción
 
 
A finales de los años cuarentas y principios de los cincuentas del siglo pasado, Parra residió en el Reino Unido donde, con una beca otorgada por el Consejo Británico, se matriculó en el Saint Catherine’s College para realizar un doctorado en Cosmología en la Universidad de Oxford. Su estancia en la vetusta y también cosmopolita ciudad británica —quizás debido a la atmósfera que genera la flema inglesa— lo acercó más a la poesía. La existencia de dos polos de atracción intensos, le produjo momentos de conflicto. Nuestro personaje lo expresó así: “llegué a Oxford y percibí algo en la atmósfera, sentí dos tipos de fuerzas. Percibía por un lado a Shakespeare y por otro a Newton, y una de las primeras cosas que me ocurrió fue memorizar el monólogo de Hamlet, y aplanaba las calles de Oxford, repitiendo hasta el infinito el to be or not to be, that is the question”.

Realmente, el conflicto lo resolvió gravitando desde la órbita alrededor de Newton a la correspondiente de Shakespeare. Al parecer, durante este periodo, tanto la cuenca de atracción de la literatura como la intensidad de aquélla, sobrepasaron a las de la física. Así, durante su estancia en Inglaterra, además de definir su estilo literario, Parra escribió una buena parte de su obra poética inicial y también estudió Mecánica avanzada. En ésta tuvo como supervisor al reconocido astrofísico y matemático inglés Edward Arthur Milne. El tema sobre el que versaría la tesis para obtener el doctorado (D. Phil., de acuerdo con la tradición oxfordiana) era “Algunos problemas no resueltos en relatividad cinética”. Según lo consigna la Enciclopedia Británica: “al igual que las cosmologías basadas en la teoría general de la relatividad de Einstein, la relatividad cinética caracterizaba a un Universo en expansión, pero no era relativista y usó el espacio euclidiano. La teoría de Milne se enfrentó con la oposición de sus contemporá neos tanto por sus fundamentos científicos como por los filosóficos, pero su trabajo ayudó a precisar las principales ideas sobre el espaciotiempo”.

En el año 2000, la Universidad de Oxford nombró a Nicanor Parra Honorary Fellow del Saint Catherine’s College. Este honor lo comparte, entre otros, con el destacado matemático inglés Michael F. Atiyah, a quien se le confirió la Medalla Fields 1966, el lingüista, filósofo y crítico político norteamericano Noam Chomsky, y la exprimera ministra pakistaní Benazir Bhutto, asesinada en diciembre de 2007.

Durante sus años en la Universidad de Santiago, Parra hizo compatible su labor literaria con la enseñanza de la mecánica. En 1996 dejó de impartir clases de Mecánica teórica, actividad que desempeñó durante cincuenta y un años. Allí fundó el Instituto de Estudios Humanísticos de la Facultad de Ingeniería junto con Enrique Lihn, otro poeta “todoterreno”.

Apasionado defensor de la democracia, en 1988 participó en su país en el Frente Amplio de Intelectuales por el “No”, el cual se formó a raíz de la realización de un plebiscito que la dictadura militar que gobernaba Chile desde 1973 se vio obligada a aceptar aun cuando éste implicaba el decidir su permanencia en el poder o abrir las puertas a las jornadas electorales. Como sabemos, ganó el “No” a la continuidad de la dictadura.
 
 
Andando por Isla Negra
 
 
En agosto de 1998 se realizó el IV Encuentro Latinoamericano de Ecología Matemática; las actividades de la primera semana del evento se desarrollaron en el Instituto de Matemáticas de la Universidad Católica de Valparaíso, en la costa de Chile, mientras que la segunda, se efectuó en Mendoza, Argentina, cruzando la cordillera de los Andes. Si la memoria no me falla, de México asistimos: los hermanos Miramontes (Octavio y Pedro), Ignacio Barradas, Jorge Velasco, Andrés Fraguela y yo. Valparaíso, ciudad y puerto situado en el Pacífico chileno, destaca por lo escarpado de su suelo, montañas por las que trepan decenas de colonias, algunas, populares, otras de clase acomodada. Los organizadores del encuentro nos hospedaron en Viña del Mar, centro turístico situado a pocas decenas de kilómetros de la sede del evento. El trayecto nos permitía tener una vista de la playa en dos momentos muy distintos del día.

Una tarde en la que no hubo actividades, Pedro Miramontes —mi amigo desde hace casi ocho lustros— y yo aprovechamos para caminar por el centro de la ciudad; también fuimos a un mirador desde el cual se dominan perfectamente las instalaciones del muelle. Al final de la primera semana, un grupo pequeño de los asistentes organizamos una visita a la casa de Pablo Neruda que se encuentra en Isla Negra, en la provincia de San Antonio, a unos 85 kilómetros al sur de Valparaíso. A ese viaje se apuntaron una pareja de colombianos, los venezolanos Diego Rodríguez y Jesús Alberto León —quien además de ecólogo matemático, es poeta— y de México, Andrés Fraguela y yo. Nos fuimos en un autobús de segunda y, en menos de dos horas, llegamos a Isla Negra.De inmediato preguntamos por el sitio en el que se encontraba la casa de Neruda, ubicada en un acantilado desde el cual se domina en toda su inmensidad esa parte del Océano Pacífico, al que Neruda en su Memorial de Isla Negra se refirió así: “El océano Pacífico se salía del mapa. No había dónde ponerlo. Era tan grande, desordenado y azul que no cabía en ninguna parte. Por eso lo dejaron frente a mi ventana”.

La casa es un decir, se trata del casco de un velero de unos veinte metros de eslora colocado en una ladera de un predio con vista al otrora llamado Mar del Sur. Sobre la ladera, a unos treinta o cuarenta metros hacia abajo, vimos una choza (la Covacha de Neruda) de paredes de madera y techo de tejamanil desde cuyas ventanas se domina el Pacífico sur. Al velero —ahora hecho museo— y a la choza los une una veredita que serpentea.

Al vigilante de la casamuseo le preguntamos: ¿qué es ese lugar?, ¿qué hay ahí? De inmediato y con gentileza, nos contestó: “cuando don Pablo quería estar solo para escribir, se encerraba horas y horas en esa choza”. Conjeturamos entonces que, desde la soledad de la Covacha, habrían salido quién sabe qué cantidad de versos.

En su poema “Disposiciones”, contenido en su Canto General, escrito cincuenta años atrás, el poeta dejó dicho: “Compañeros, enterradme en Isla Negra, / frente al mar que conozco, a cada área rugosa / de piedras y de olas que mis ojos perdidos / no volverán a ver”.

Voluntad que se cumplió en diciembre de 1992, cuando en un gran acto nacional, los restos de Matilde Urrutia —quien fuera su última esposa— y los de Pablo Neruda fueron trasladados de Santiago a la casa del poeta en Isla Negra, lugar donde ahora reposan (aunque en este momento sus restos estarán siendo analizados por antropólogos y científicos forenses chilenos; los estudios fueron ordenados por un juez como respuesta a la demanda interpuesta por el chofer del poeta, quien asegura que Neruda no murió debido a las enfermedades que le aquejaban, sino que fue envenenado por los militares golpistas quienes, violentando la voluntad de la mayoría de los ciudadanos chilenos y dejando detrás una estela de muerte y represión, por las armas derrocaron al presidente democráticamente electo Salvador Allende).

Al terminar el recorrido por el museo preguntamos por un lugar para comer. Alguien nos dijo, sigan por la carretera unos cien metros y después bajen hacia la playa. Son unas palapas sencillas, pero se come muy rico. Seguimos las indicaciones, bajamos y en un espacio entre el acantilado y el agua oceánica, nos encontramos con un área (de unos doscientos metros cuadrados) techada con palma. El poeta y ecólogo teórico venezolano se quedó viendo a la barra de un pequeño bar, en el que se encontraban unos parroquianos, entre ellos uno ya mayor, alto, delgado, algo encorvado, de pelo largo y blanco y barba crecida. Al verlo, Jesús Alberto se adelantó y, abriendo sus brazos, exclamó: ¡mi amigo, Nicanor, cuántos años sin vernos! Se dieron un abrazo muy sentido y enseguida nos presentó a Nicanor Parra como “el gran poeta chileno, a la altura de Neruda”.

Confieso, mea culpa, que yo no había escuchado antes el nombre. Recuerdo que Jesús Alberto nos presentó ante Parra, como sus amigos biomatemáticos y mencionó la nacionalidad de cada uno de nosotros. El ahora laureado, dijo que él tenía formación de físico y que impartió clase de mecánica racional durante muchos años y que parte de su formación la había hecho en Oxford. Estas frases dieron pie, dado que también tengo la formación de físico y que pasé por esa universidad británica, a un diálogo entre Parra y yo. Recuerdo que se refirió a los conceptos de masa, de energía, al teorema de las fuerzas vivas, etcétera, que Ernest Mach discute en su obra: Desarrollo históricocrítico de la mecánica.

Casualmente, en mis años de estudiante de la carrera de física en la Facultad de Ciencias de la UNAM yo había leído ese libro. Creo que fue Don Juan de Oyarzábal, mi maestro de mecánica, quien entre otras muchas referencias de las que nos nutría en su curso había incluido esta obra de Mach. Con el don de excelente expositor y conferencista excepcional que tenía Don Juan, recuerdo que nos comentó —y así lo refiere Mach— que fue Hüygens el primero en usar el teorema de las fuerzas vivas, el cual no es otra cosa que la ley de conservación de la energía mecánica, aplicado a objetos en caída hacia la Tierra.

Después de este rápido pero intenso intercambio de frases, dejamos a Parra y a sus acompañantes en la barra y el grupo de biomatemáticos reunimos dos pequeñas mesas, nos acomodamos a su alrededor, ordenamos un buen vino chileno y, con vista al mar, disfrutamos las delicias de un rico pescado. En esa ocasión, Jesús Alberto me hizo un encargo que, debo confesar, no lo he cumplido: “saluda mucho de mi parte a José Sarukhán, mi gran amigo, lo conocí durante mis estudios de doctorado en el University College de la Universidad de Bangor, en el Norte de Gales”.

Regresamos a Valparaíso, justo en el momento de la puesta del Sol que, rojo, muy rojo, se escondía en el horizonte marino. Íbamos muy contentos: por haber visitado la casa de Neruda y por el inesperado y agradable encuentro con Parra.
 
 
 Ciencia y antipoesía

“La poesía egocéntrica de nuestros antepasados [...] debe ceder el paso a una poesía más objetiva de simple descripción de la naturaleza del hombre [...]; el individuo no tiene importancia en la poesía moderna sino como un objeto de alisis psicológico [...] Me parece que el arte no puede ser otra cosa que la reproducción objetiva de una realidad psicológica [...] Un poema debe ser una especie de corte practicado en la totalidad del ser humano, en el cual se vean todos los hilos y todos los nervios, las fibras musculares y los huesos, las arterias y las venas, los pensamientos, las imágenes y las sensaciones, etc., etc. [...] Estoy convencido de que el poeta no tiene derecho de interpretar sino simplemente de describir fríamente [...] un ojo capaz de explicar lo que ve, eso es aproximadamente el asunto”.

Carta de Nicanor Parra a Tomás Lago, Oxford 1949.

 
Una vasta obra
 
 
El Premio Cervantes 2011 se suma a los varios reconocimientos que Nicanor Parra ha recibido: el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana en 2001, el Premio Municipal de Santiago en 1937 y 1954, el Premio del Sindicato de Escritores de Chile en 1954, el Nacional de Literatura de Chile en 1969, el Internacional de Literatura Latinoamericana y del Caribe Juan Rulfo en 1991.

Además mereció la Medalla Abate Molina de la Universidad chilena de Talca en 1998, la Medalla Rectoral de la Universidad de Chile en 1999 y el Premio Bicentenario de la Universidad y la Corporación del Patrimonio Cultural chilenas en 2001.

Sería un despropósito que alguien como yo, que tiene una formación básica en las llamadas “ciencias duras” y que se ha mantenido en ellas por algunas décadas, intente siquiera caracterizar la obra poética de Nicanor Parra, pero muchos especialistas han escrito sobre su obra. Todo indica que el estilo poético de Parra se empezó a gestar —y posiblemente a desarrollar— durante su estancia en la universidad cuyo lema es Dominus illuminatio mea, pues en una carta fechada en noviembre de 1949, escrita en Oxford y dirigida a Tomás Lago, Parra hace una suerte de declaración de lo que sería su poesía: “estoy en contra de los tristes y los angustiados, de la misma forma que estoy en contra de los bufones estilo Huidobro. También me rebelo en contra de los profetas y en contra de los pensadores proféticos estilo T. S. Eliot”.

Utilizar el “lenguaje del pueblo” es uno de los elementos principales de la poética de Parra, además de su temática, que pone al hombre común enfrentado a sus dilemas de la vida cotidiana. Es esto lo que la ha dado a su obra poética el carácter de “antipoesía”: lo irreverente de la misma. De hecho, su obra Poemas y antipoemas, cuya primera edición apareció en 1954, causó tanto el asombro como el rechazo de los puristas amantes de la poesía clásica. En esa obra, Parra creyó encontrar un remoto referente de la antipoesía, pues utilizó “el lenguaje del pueblo” en su creación literaria. La antipoesía es la poesía de lo cotidiano en su forma y en su fondo, y Parra lo dejó en claro cuando, en 1962, en sus Versos de salón, escribió los siguientes que fácilmente se confunden con prosa. En ellos, con un dejo de egocentricidad, les aprieta los tornillos a los poetas: “Durante medio siglo / la poesía fue / el paraíso del tonto solemne. / Hasta que vine yo / y me instalé con mi montaña rusa.”
Que de hecho, ya antes había escrito: / “El poeta no es un alquimista / el poeta es un hombre como todos / un albañil que construye su muro: / un constructor de puertas y ventanas.”

Después del éxito de sus Poemas y antipoemas a Nicanor Parra se le preguntó si buscaba ser el mejor poeta de Chile, a lo cual respondió: “no, me conformo con ser el mejor poeta de Isla Negra”, en alusión a Pablo Neruda, que en ese entonces ya vivía en dicha localidad. También aludió a otros poetas chilenos cuando proclamó: “no a la poesía de pequeño Dios (por Vicente Huidobro), no a la poesía de toro furioso (por Pablo de Rokha), no a la poesía de vaca sagrada (por Neruda)”. Pese a estas opiniones críticas contra sus colegas y coterráneos, Parra vive ahora en Las Cruces, un lugar situado entre Isla Negra, donde vivió y está sepultado Neruda, y Cartagena, donde vivió, murió y está enterrado Vicente GarcíaHuidobro Fernández, otro de los grandes literatos chilenos, iniciador y exponente representativo del movimiento estético llamado “creacionismo”.
 
 
 Cronos

En Santiago de Chile
Los
       días
               son
                   interminablemente
                                               largos:

Varias eternidades en un día.

Nos desplazamos a lomo de luma
Como los vendedores de cochayuyo:
Se bosteza. Se vuelve a bostezar.

Sin embargo las semanas son cortas
Los meses pasan a toda carrera
Ylosañosparecequevolaran.

 

Mark Strand, uno de los principales poetas estadounidenses, nombrado en 1990 poeta laureado de su país y acreedor al Premio Pulitzer en 1999, ha reseñado varias obras de Parra. Consultado sobre el poeta chileno y su influencia en Estados Unidos, señaló: “creo que Nicanor Parra es uno de los mejores y más originales poetas del siglo pasado. Las estrafalarias casinarraciones en su libro de antipoemas han sido tanto una inspiración como una influencia en mi propio trabajo, mucho más, digamos, que los poemas de Pablo Neruda. No puedo decir con seguridad si él es o no muy leído por los jóvenes poetas en los Estados Unidos. No estoy seguro si los poetas jóvenes leen mucho de alguien. Para mí y para otros poetas de mi generación es un maestro, una de las grandes figuras de la poesía del siglo veinte”.
 
 
Epílogo
 
Como cantaba su hermana Violeta: “Gracias a la vida”, yo agrego —y con ello le pongo punto final a este escrito—, gracias a la vida por haberme permitido este afortunado encuentro.
 
   
Referencias bibliográficas
 
Mach, Ernest. 1883. Desarrollo histórico-crítico de la mecánica. Espasa Calpe, Buenos Aires. 1949.
Neruda, Pablo. 1964. Isla Negra. Seix Barral, Barcelona. 1976.
_____. 1950. Canto General. Cátedra, Madrid. 1990.
_____. 1978. Para nacer he nacido. Seix Barral, Barcelona. 2005.
Parra, Nicanor. 1954. Poemas y antipoemas. Editorial Universitaria, Santiago.
Urrutia, Matilde. 2002. Mi vida junto a Pablo Neruda. Seix Barral, Barcelona.

     
____________________________________________________________      
Faustino Sánchez Garduño
Facultad de Ciencias,
Universidad Nacional Autónoma de México.

Faustino Sánchez Garduño es profesor del departamento de matemáticas de la facultad de ciencias. Estudió las carreras de física y matemáticas en la unam y es doctor por la Universidad de Oxford, Inglaterra. Éstas son algunas áreas de su interés: morfogénesis y emergencia de patrones, ecología matemática y biomatemáticas.
     
_____________________________________________________
como citar este artículo 
 
[En línea]
     
Entrada109A08   menu2
   
   
Raúl Daniel Sánchez Fierro      
               
               
En el derrotero estupefacto

y sin objeto de mi vida.

Desdeñando caminos ya despejados, 

demasiado largos.

He atravesado ásperos montes, 

vallejos insidiosos.

Nadie seguirá mi rastro antes

de que pase mucho tiempo.

 
Charles Cros, le coffret de santal 

 
     
El aroma a café impregna el ambiente, el bullicio del lugar
se debe a las nuevas corrientes artísticas y al reciente invento de Edison: el fonógrafo; se sirven ensaladas de pollo al hambriento comensal que viene a disfrutar un rato en Le chat noir (El gato negro), uno de los lugares favoritos de los intelectuales franceses de finales del siglo XIX.

En el fondo de este café parisino se encuentran dos míseros vagabundos a quienes se les paga con licor de ajenjo por desplumar pollos, por limpiar letrinas y apilar el carbón. Uno de ellos cae, se queja de mucho dolor, pues su hígado está destrozado a causa del ajenjo. Lo internan y muere el 10 de agosto de 1888. En el acta de defunción aparece el nombre de Charles Cros, que en realidad era el otro vagabundo que aún se encontraba trabajando en Le chat noir. El que murió era un excampeón de lucha del que sólo se sabía su apodo: el Vándalo. Pero, ¿qué importaba quien fuera el muerto?, solamente eran vagabundos trabajando por ajenjo y comida. Diez días más tarde, el verdadero Charles Cros, inventor del paleófono, la fotografía a colores y una máquina para cambiar el carácter de las mujeres, es internado en el hospital Hôtel Dieu por problemas mentales; ahí permaneció hasta su muerte, el 4 de julio de 1899.
 
“En el derrotero [...] sin objeto de mi vida...”
 
El Sol calienta la corriente del río Orbieu; sus aguas cálidas empiezan a ser pobladas por niños que salpican las tierras de la localidad de Fabrezan, ubicada en Aude, Francia. En ese lugar, donde el río Orbieu empieza su camino entre las montañas, nace el 1º de octubre de 1842 el hijo menor de Simon-Charles-Henri Cros y Joséphine Thore. El 13 de octubre de 1842 lo bautizan con el nombre de Hortensius-Émile-Charles Cros.

Durante los primeros dos años de vida de Charles Cros su familia se muda en varias ocasiones hasta que se establece en París. En la capital francesa su padre consigue trabajo de profesor en el colegio de Joigny; su ferviente republicanismo, en un tiempo en el que Francia era un gobierno imperial, lo hace ser excluido de las universidades.

Todo lo que aprende durante su infancia y adolescencia es bajo la tutela de su padre. A la edad de ocho años empieza sus estudios de griego, latín, sánscrito, hebreo, alemán e italiano, que concluye a los diecisiete años.
A los dieciocho años, después de terminar sus estudios en matemáticas y en música, Charles Cros encuentra trabajo de repetidor en la Institution des sourdsmuets (un centro para sordomudos). Su trabajo consistía en comunicar, por medio de señas, lo que el expositor quería transmitir a los sordomudos. Tres años después lo despiden a causa de que no se tomaba su trabajo demasiado en serio, además de que fue padrino en un duelo en el que participó su hermano Henry Cros, quien sería uno de los escultores que influenciaría las artes plásticas de principios del siglo XX.

Posteriormente se queda un tiempo en Aude; allí escribe un libro de biografías eclesiásticas que nunca será publicado. A mediados del mes de octubre de 1865 acontece una epidemia de cólera en París. Charles ayuda a su hermano, el doctor Antoine Cros, futuro rey de Araucanía y la Patagonia, a frenar la enfermedad.

Influenciado por un padre que escribió una teoría sobre el hombre intelectual y moral, un hermano escultor que inventó una técnica para crear una pasta de vidrio y el otro con el título de duque de Niacalel, ¿cómo no pensar en Charles como alguien con los más altos designios viniendo de un medio familiar tan insólito y desmesurado?
 
“Desdeñando caminos ya despejados...
 
Dentro de la casa número 14 de la rue de Rennes, propiedad del doctor Antoine Cros, Charles lee ávidamente sobre física, química, matemáticas y literatura; afuera, la luz del día empieza a confundirse con las de la noche, una tardenoche que empieza a fraguar un tiempo de licores y de conversaciones. El poeta escribe algunas notas en su cuaderno: “experiencias mecánicas por hacer: 1) estudiar las acciones recíprocas de las esferas que flotan en el agua, asumiendo una compresión vibratoria; 2) la aplicación de la integral del epiciclo a una batería con barómetros metálicos”.

Mientras tanto, en el salón de la casa, Antoine recibe a Paul Verlaine y Charles se une al grupo para empezar la tertulia Verlaine es parte de los llamados “poetas malditos”, un grupo de figuras importantes en la historia de la poesía compuesto por personas de convicción que, según Max Weber, filósofo alemán de principios del siglo XX, son seres que “dicen lo que piensan y hacen aquello en lo que creen sin detenerse a medir las consecuencias, porque para ellos la autenticidad y la verdad debe prevalecer siempre y están por encima de consideraciones de actualidad o circunstancias”.

Así, en los tiempos de un París donde las conversaciones de café y los personajes con visiones atrevidas del mundo convivían, la ciudad bohemia de finales del siglo XIX, Charles Cros, en búsqueda de la autenticidad, publica sus versos en las revistas de poesía más importantes de su época: L’Artiste, La Parodie y Le Parnasse contemporain; y como hombre que busca la verdad, en 1869 consigue publicar sus primeras obras científicas: Solución general del problema de la fotografía a color y Estudio sobre los medios de comunicación con los planetas.
En el primero muestra su creatividad científica y su inventiva: “los colores son de las esencias que, por la misma figura, tienen tres dimensiones, y por consecuencia exigen tres variables independientes a través de sus fórmulas representativas”.

De esta hipótesis, Cros llegó a la siguiente conclusión: “en una prueba fotográfica jamás habrá los elementos necesarios para la integración de una tabla de colores representativa. De ahí viene la idea de tener tres pruebas diferentes, dando a cada una la intensidad de uno de los tres colores elementales”. Estos colores elementales son el amarillo, el rojo y el azul. A partir de lo anterior, Charles utiliza sus conocimientos en química para obtenerlos y producir una fotografía a color.

Respecto de la segunda obra, Estudio sobre los medios de comunicación con los planetas, “por encima de consideraciones de actualidad o circunstancias”, Cros justifica a este proyecto de la siguiente manera: “sin ninguna duda, una vez los demás obstáculos desplazados, no hay sobre este globo seres equivalentes al hombre en el nivel intelectual; el proyecto por tanto no promete más que un resultado negativo. Pero como sólo su realización puede zanjar esta cuestión [si hay vida en Marte o en Venus], este proyecto toma un alto interés científico y es razonable”.

La ciencia, para Cros, es algo que puede zanjar preguntas sin importar qué tan absurdas sean. Para abordar esta idea absurda, científica y razonable, se propone construir: “una potente lámpara eléctrica colocada en el foco [que es el lugar donde toda la luz reflejada de un espejo se une] de un reflector parabólico donde el eje principal está dirigido hacia el astro”.

Por medio de las señales luminosas, Cros esperaba lo siguiente: “imaginemos que los hombres han realizado el proyecto. Los habitantes del planeta Venus o de Marte tienen espejos, telescopios u otros instrumentos que amplifiquen los astros, por lo que pueden percibir sobre el borde oscuro del disco de la Tierra un punto luminoso. Ésta es la señal que les dirigiremos los hombres”.

¿Pero qué tan intensa debía ser esta luz para ser observada desde Venus o Marte? Al final de la publicación hay una nota donde calcula la intensidad de la luz proveniente de Neptuno vista desde la Tierra. El resultado de este cálculo le proporciona a Cros una estimación de la potencia de su lámpara eléctrica.

Cros no obtuvo los recursos económicos para construir su lámpara y, en consecuencia, no fue posible en el siglo XIX saber si había vida en Venus o Marte. En el siglo xxi se sabe que no hay ningún tipo de vida en Venus. Respecto de Marte, la NASA realizó un proyecto llamado Phoenix con el propósito de estudiar la composición de su suelo. La sonda que lanzaron en agosto de 2007 para realizar encontró indicios de vida microbiana. En un futuro próximo se lanzará otra sonda para zanjar esta cuestión científica y razonable.

Ambas publicaciones son muestra de ideas científicas osadas, combinadas con un espíritu poético desmesurado; espíritu e ideas que le deberían haber abierto las puertas de la inmortalidad, pero el destino le jugaría una mala partida.

“He atravesado ásperos montes ...”
 
Verlaine y Cros recorren las calles de París, se dirigen a la estación de trenes del Este, y en ese lugar encuentran a otro de los poetas malditos, al joven Arthur Rimbaud.

Cros hospeda a Rimbaud en una casa que compartía con otro artista, entonces ya tenía cuatro años de no vivir con su hermano. Durante quince días, él esconde al amante de Verlaine. Un año después, ésta y Rimabud huyen. Enfadado por ser amigo del cuñado de Verlaine, Cros rompe relaciones con ambos poetas. Este evento trágico vaticinaría una serie de fracasos en su vida.

En 1874 crea la Revue du Monde Nouveau (Revista del Mundo Nuevo), la cual sólo tuvo tres números publicados en los meses de febrero, abril y mayo. En el primer número, Cros busca una combinación científica-poética; ésta aparece en uno de los artículos escritos por él en la sección de ciencias de la misma revista y que lleva por título “La alquimia moderna”: “cada metal pasa hoy día, con toda razón probablemente, por ser un átomo de tamaño y de figura completamente especiales. Cambiar este tamaño y esta figura parece una obra que sobrepasa los poderes del químico: los sueños de El Dorado han debido enfilar hacia otro costado sus baterías [sic]”.

La alquimia, tanto en la época de Cros como en el siglo XXI, es considerada una pseudociencia, ya que busca transmutar cualquier material en otro con diferentes características a partir de la idea aristotélica de que el mundo está conformado por cuatro elementos, tierra, aire, fuego y agua, teoría que ha sido desechada por no encontrarse evidencias que la comprueben. La química utiliza la teoría de que todo material que existe en el Universo está hecho de átomos; a partir de la cual, al igual que la alquimia, investiga cómo se transforman los materiales en otros con diferentes características.

La diferencia entre la alquimia y la química es su teoría de cómo está construido el Universo. La teoría atómica en el siglo XIX tuvo mucho éxito entre los químicos pues permitía explicar las reacciones químicas que se hacían en los laboratorios, de ahí el desuso de la alquimia.
Charles Cros sabía esta diferencia, pero como poeta eligió usar las semejanzas entre la alquimia y la química para darle un sentido poético a lo que escribía y trataba de mostrar al mundo, por medio de ese texto, el primer método para crear piedras preciosas falsas o, como se conocen en México, piedras de fantasía.

Los siguientes dos números de la Revue du Monde Nouveau, aparte de tener artículos científicos del estilo de “La alquimia moderna”, contó con la colaboración de Manet y Zolá, artistas muy importantes del siglo XIX. A pesar de ello, la revista no triunfó y Cros empezó entonces a tener problemas económicos.

Para empeorar la situación, el 11 de marzo de 1878 Edison presenta ante la Académie des Sciences (Academia de ciencias) el fonógrafo o, como se le conocía en esa época, una máquina parlante, con respecto a lo cual Charles escribe lo siguiente: “yo he descrito en una carta cerrada, dirigida a la Academia el 30 de abril de 1877, y abierta en sesión pública el 3 de diciembre siguiente, un aparato con el mismo objetivo y muy cercano a los medios del fonógrafo”.

Antes que Edison, Cros ya había concebido una idea para construir un aparato que grabara y reprodujera el sonido, pero sus carencias económicas no le permitieron construir esta máquina parlante que Edison llamó fonógrafo y que para él era paleófono.

A Charles no le quedó más remedio que felicitar a Edison y proponer mejoras al dispositivo: “M. Edison ha podido construir su aparato; él es el primero que ha reproducido la voz humana; ha hecho un trabajo admirable […] No tengo más por lo tanto que proponer las siguientes perfecciones […] Yo propongo más bien la grabación por trazas sinusoidales transversales (por medio de una palanca angulada) y el grabado de estos trazos sobre una sustancia resistente. Este es el procedimiento que yo pienso emplear, si encuentro los medios”.

Ya en ese tiempo, cuando empezaba a ser olvidado, decidió refugiarse en el ajenjo, y su obra poética se convirtió en lo que él llamaría sus “horas verdes”:  “Como mecido en una hamaca / El pensamiento oscila y se arremolina / En esta hora en la que todo estómago / En una oleada de ajenjo se ahoga”.

Deja a su amante Nina de Villard y sostiene una relación con Sidonie, a quien le dedica uno de sus poemas en Le coffret de santal. Tiempo después se casa con Mary Hjardemaal, con quien tuvo dos hijos: René Cros y GuyCharles Cros. Este último recopilaría los poemas inéditos de su padre en una obra póstuma: Le collier de griffes (El collar de garras).
Tiempo después se divorció y dio inicio una tórrida relación con Solange de Ladevignère, quien murió joven. En sus alucinaciones provocadas por el ajenjo, Solange se le aparece frecuentemente; por ello, sus últimos poemas están dedicados a ella en la segunda edición de Le coffret de santal.

El único gusto recibido durante esa época de las horas verdes, así llamadas por Cros a causa del consumo del licor de ajenjo que provocaba sus alucinaciones, fue el premio Juglar que le otorgó la Académie des Sciences, y que consistía en un reconocimiento monetario de doscientos francos, el cual le fue otorgado gracias a la influencia de uno de sus amigos y no por sus inventos. El premio en la actualidad ya no existe, en realidad Cros fue el único que lo recibió.
 
 
“Nadie seguirá mi rastro ...”
 
El poeta Alphonse Allais, amigo de Cros, escribe lo siguiente: “nuestro pobre amigo Charles Cros se murió. Lo conocí bien, me agrado mucho y, aunque conociéndolo enfermo y débil durante mucho tiempo, yo me he azorado dolorosamente por su muerte tan abrupta […] Charles Cros era un ser milagrosamente dotado desde todos los puntos de vista; poeta extrañamente personal y encantador, verdaderamente desconcertante, genial científico, además de amigo fehaciente y bondadoso […] tenía las ideas científicas más inteligentes; inventó el fonógrafo, la fotografía a colores y el fotófono”.

No hay forma de clasificar a Cros, su obra poética de vanguardia y sus ideas sobre la ciencia, que no serían vistas con rigor hasta principios del siglo XX, lo colocan en dos mundos diferentes pero a la vez ligados: el arte y la ciencia. Por medio de su obra, Cros trató de mantenerlos siempre juntos, a pesar de que en su época ya empezaba a verse esa separación que se caracteriza por cómo definimos, en el siglo XXI, la ciencia y el arte.

A los ojos de Francia Cros es el inventor del paleófono (fonógrafo) y el creador de los monólogos. En 1947 se le honró con la fundación de la Academie Charles Cros, instituto que otorga premios a lo mejor de la música francesa y que también actúa como intermediario del gobierno y la industria discográfica.

Su vida llevada al límite, incomplaciente, con una obra científica desvalorizada, así como una notable personalidad de hombre de convicción artística y científica lo colocan en la historia, junto con los grandes poetas franceses del siglo XIX, como un científico maldito.
Referencias bibliográficas
 
Cros, Charles. 1869. Solution générale du problème de la photographie des couleurs. Gauthier-Villars, París.
_____. 1873a. Le Coffret de santal. Alphonse Lemerre, París.
_____.1873b. «Communication avec les habitants de Ve-
nus», en Séances de l’Académie des Sciences, vol. lxxvii.
_____.1874. Revue du Monde Nouveau: littéraire, artistique, scientifique, vol. 1, núm. 1. Librairie des bibliophiles,
París.
Forestier, Louis. 1969. Charles Cros. L’homme et l’œuvre. Minard, París.
Juin, H. 2009. «Prólogo a Le Coffret de santal, de Charles Cros», en Biblioteca de México, núm. 109-110, pp. 40-49.
Vargas Llosa, Mario. 2002. “La moral de los cínicos”, en El lenguaje de la pasión. Punto de lectura, México

     
En la red

blog.bnf.fr/voix/index.php/2009/04/30/linvention-du-phonographe-charles-cros/trackback/
lanacion.com.ar/144

     
____________________________________________________________      
Raúl Daniel Sánchez Fierro
Casa de las Ciencias de Oaxaca

Estudió la carrera de física en la Facultad de Ciencias de la UNAM. Cursó un diplomado en divulgación de la ciencia en la Dirección General de Divulgación de la Ciencia de la UNAM. Ha publicado artículos en el blog del periódico Milenio y es columnista de ciencia y tecnología en el periódico Noticias Voz e Imagen de Oaxaca. Es miembro de la Casa de las Ciencias de Oaxaca y del comité editorial de la revista de crítica literaria Avispero.Urbano Delfín Montañana
     
_____________________________________________________
como citar este artículo 
 
     
entrada109A07   menu2
   
   
José Ernesto Marquina y Rosalía Ridaura      
               
               
Entre los muchos y muy diversos fenómenos culturales
que enmarcaron la segunda mitad del siglo XVII europeo hay uno que no se señala frecuentemente a pesar de su evidente importancia hasta nuestros días: la aparición de publicaciones periódicas dedicadas, parcial o totalmente, a cuestiones relativas a la filosofía natural. Dicho acontecimiento está asociado a personajes como Dennis de Sallo, editor del Journal des Scavans, Otto Mencke de las Acta Eruditorum y, en primerísimo lugar, Henry Oldenburg, creador de las Philosophical Transactions of the Royal Society, la primera publicación periódica puramente científica.
 
Henry Oldenburg nació en Bremen, alrededor de 1619. Su padre, también llamado Henry Oldenburg, era profesor de medicina y filosofía y fue su maestro hasta el año de 1633, cuando se matriculó en el Gymnasium Illustre, en el que estudió teología, griego, latín, hebreo, retórica, lógica y matemáticas, lo que le permitió obtener, en 1639, el grado de maestro en teología. Dos años después ingresó en la Universidad de Utrecht (Holanda), en la que pasó algunos años, pero terminó abandonándola debido a razones de índole académica y monetaria.
 
De los siguientes doce años no se conoce con detalle lo que hizo, aunque se sabe que fue preceptor de jóvenes ingleses de la nobleza, con los que viajó por Francia, Italia, Suiza y Alemania —así aprendió francés, italiano e inglés, además de su lengua materna, el alemán—.
 
En 1653 regresa a Bremen, desde donde, por su manejo del inglés, es enviado a Londres como diplomático, con el encargo de conseguir de Oliver Cromwell protección para los intereses marítimos de Bremen en el enfrentamiento entre Inglaterra y Holanda. Al siguiente año, estando aún en Londres, volvió a su papel de diplomático alemán, ahora con la misión de solicitar apoyo a la resistencia de Bremen en contra de Suecia. En su primera tarea diplomática no tuvo mucho éxito, pero en la segunda le fue bastante mejor. Su estancia en Londres le permitió entrar en contacto con los círculos intelectuales y políticos ingleses, relacionándose con personajes cercanos a Oliverio Cromwell tales como Henry Lawrence y el poeta John Milton, así como con Robert Boyle, su hermana Lady Ranelagh, John Drury, Samuel Hartlib y muchos más.
 
En 1656 volvió a su labor de tutor, cuando se convirtió en preceptor de Richard Jones, hijo de Lady Ranelagh, con quien viajó a Oxford, donde posiblemente estableció contacto con John Wilkins y otros miembros de esa universidad que constituían un club filosófico, conocido como “El Colegio Invisible”.
 
Como parte de la educación del joven Jones, en 1657 viajó a Francia, viviendo en el valle del Loira. Entre 1659 y 1660 residieron en París, donde Oldenburg tuvo la oportunidad de entrar en contacto con el medio de los naturalistas franceses que se encontraba en plena ebullición por las discusiones sobre las ideas cartesianas y las novedades que provenían de personajes como Pierre Gassendi.
 
Desde Francia, Oldenburg mantuvo correspondencia sobre temas filosóficos tanto con intelectuales franceses como alemanes y, desde luego, con ingleses, figurando de manera preponderante su correspondencia con Boyle. De las cartas de Oldenburg se desprende su admiración por lo que se hacía en Francia, aunque mostraba su espíritu crítico con respecto de los naturalistas franceses que eran, decía, más discursivos que experimentales.
 
En 1660 regresa a Inglaterra, cuando empieza un nuevo periodo político, el de la restauración de la monarquía, encarnada en Carlos II de la casa Estuardo. Al final de ese año se funda la Royal Society of London for improving Natural Knowledge, que tuvo como semilla el “El Colegio Invisible” de Oxford. Entre los fundadores se encontraba Robert Boyle, Christopher Wren, John Wilkins, su primer presidente, y Robert Moray, que sustituyó a Wilkins como presidente en marzo de 1661, año en que Oldenburg ingresó a la Sociedad debido a su amistad con Boyle y John Wilkins, no obstante que él no se dedicaba a la filosofía natural.
El 15 de julio de 1662 se firmó la cédula real con la que oficialmente nace la Royal Society y en la que Wilkins y Oldenburg son nombrados secretarios y, aunque Oldenburg era el segundo secretario, fue él quien realizó casi por completo el trabajo del secretariado.
 
En sus primeros años como secretario, Oldenburg fue el intermediario en la polémica epistolar que sostuvieron Boyle y Baruch Spinoza sobre los alcances de las pruebas experimentales, defendidas por Boyle frente a las puramente lógicas o racionales esgrimidas por Spinoza.
En lo que a su vida personal se refiere, en 1663 se casó con Dorothy West, la cual murió dos años después. Cinco más tarde, en 1668, se casó con su protegida Katherina Drury (hija de John Drury) quien contaba con sólo 16 años de edad. De este segundo matrimonio, tuvo dos hijos, Rupert y Sophia.
 
Fueron múltiples las tareas a las que se dedicó Oldenburg en la Royal Society. Además de tomar las actas en todas las reuniones que ocurrían semanalmente, llevaba el archivo de las sesiones científicas que se realizaban en cada una de las reuniones, así como de la correspondencia que mantenía con los miembros de la sociedad y con más de treinta científicos de comunidades de otros países, como Francia, Italia y Alemania, para lo cual le fue muy importante su dominio del alemán, inglés, francés, italiano y latín. Esta última tarea la llevó a cabo manteniendo un libro en el cual registraba un extracto de las cartas más importantes que llegaban o salían de la Sociedad, así como los originales de ellas y de los artículos que eran enviados a ésta. El número de cartas que recibía y contestaba era del orden de seis a siete por semana.
 
Una de las acciones más sobresaliente llevada a cabo por Oldenburg en la Royal Society fue la fundación de la revista Philosophical Transactions of the Royal Society, cuyo primer número, aparecido el 6 de marzo de 1665, fue editado, publicado y financiado por el propio Oldenburg. Este primer número, empezaba con “An Account of the improvement of Optick Glasses” de Campani y Cassini, después un reporte de Hooke de una mancha que descubrió en Júpiter y “Efemérides” de Auzot, sobre el último cometa. Además, un artículo de Boyle sobre la historia del color y tres reportes enviados a la Royal Society, uno de un becerro monstruoso, otro sobre un metal encontrado en Alemania y el tercero sobre el uso de relojes de péndulo para determinar la longitud geográfica en el mar.
 
 v0 web
 Henry Oldenburg
 
Las Philosophical Transactions pueden considerarse la primera publicación periódica puramente científica, pues aunque el 5 de enero de 1665 apareció en Francia el primer número del Journal des Scavans, editado por Denis de Sallo, esta publicación se proponía dar a conocer, además de desarrollos científicos, de los cuales se publicaron sólo cuatro en los dos meses transcurridos entre la aparición de una y otra revista, obituarios de personajes famosos, informes legales e historias de la Iglesia.
 
Es de destacar el hecho de que se mantuviera la publicación mensual de las Philosophical Transactions of the Royal Society, dado que, aunque Oldenburg pensaba que la revista podría ser un buen negocio, para diciembre de 1665 únicamente se habían vendido alrededor de trescientos ejemplares, lo que apenas alcanzaba para recuperar los gastos en papel e impresión. De hecho, su publicación sólo se suspendió en dos temporadas, la primera fue la época de la peste en Londres (16651666), durante la cual muchos filósofos abandonaron Londres y, aunque Oldenburg se quedó para solventar cualquier problema que surgiera con la Sociedad, la ciudad no estaba funcionando normalmente, por lo que sólo aparecieron unos pocos números editados en Oxford; la segunda fue durante algunos meses de 1667, ya que Oldenburg fue encarcelado en la Torre de Londres de junio a finales de agosto por razones que no son claras, tal vez por la correspondencia mantenida con filósofos de países extranjeros a quienes se le acusaba de tener “designios y prácticas peligrosas”. Aunque tampoco son claras las causas de su excarcelación, el apoyo de la Royal Society pudo haber sido determinante para que esto ocurriese.
 
Una vez liberado, continuó con su incansable labor en las Philosophical Transactions, que ya para entonces era un referente en áreas tales como la zoología, la botánica, la medicina, la química, la física y la ingeniería y, dado que Oldenburg no era una autoridad científica, utilizó sus muchos contactos con el objeto de que le aconsejaran sobre la aceptación o rechazo de los trabajos a publicar, es decir, Philosophical Transactions, desde su inicio, ha sido y es una revista arbitrada.
 
Entre los filósofos naturales con los que tuvo contacto se encuentran los ingleses John Wallis, John Flamstead, Martin Lister, así como el italiano Marcello Malpighi, a quien Oldenburg invitó a la Royal Society en 1668 y le publicó su Anatomía Plantarum. Malpighi también le envió sus descubrimientos sobre los pulmones, el bazo, testículos y cerebro; el holandés Anton van Leeuwenhoek fue el primero en identificar microorganismos y en describir los glóbulos rojos y el esperma, documentando sus descubrimientos únicamente en cartas enviadas a Oldenburg.
 
Asimismo mantuvo correspondencia con el holandés Christiaan Huygens y con el matemático y filósofo alemán Gottfried Leibniz. Oldenburg no sólo se relacionaba con los grandes hombres de la época, sino que también recibía y atendía correspondencia de algunos personajes peculiares, como Nathaniel Fairfax, que le escribió extraños relatos acerca de hombres que se alimentaban de arañas y sapos.
 
Dado que muchas de las comunicaciones que recibía no estaban escritas en inglés, Oldenburg traducía cartas, críticas y trabajos relacionados con la filosofía natural para que la comunidad inglesa los conociera, publicándolos en las Philosophical Transactions o como libros editados por la Royal Society. Como en esa época el correo era casi inexistente y muy caro, utilizó sus contactos para enviar y recibir, por vía diplomática, mediante una clave para identificarla, su amplia correspondencia.
La responsabilidad de la aparición de Philosophical Transactions es un mérito tan claro de Oldenburg, reconocido además por la Sociedad que, en diciembre de 1666, más de año y medio después de la aparición del primer número, ésta le dio cuarenta libras por su trabajo y en abril de 1668 otras cincuenta. No fue sino hasta el 3 de junio de 1669 que se le asignó un salario regular de cuarenta libras al año. De hecho, sólo él y Hooke, quien recibía un salario desde años antes, eran empleados de la misma.
 
También escribió en la revista artículos para invitar y entusiasmar a los jóvenes a dedicarse a la filosofía natural y tratar de ingresar a la Sociedad, asumiendo el papel de intermediario entre los científicos que enviaban trabajos y aquellos otros que enviaban sus críticas, no siempre halagüeñas, de los mismos. Por ejemplo, un joven que respondió a esta iniciativa, en 1669, fue Isaac Newton, que comunicó a la Royal Society, por medio de Oldenburg, su invento del telescopio de reflexión, debido a lo cual fue invitado a ingresar a la Sociedad. Newton, halagado y animado por los comentarios que le hizo llegar Oldenburg sobre su trabajo, dio a conocer a la Royal Society sus teorías de los colores y la corpuscular de la luz. La aparición de las teorías newtonianas generó un intenso debate entre Newton y diversos miembros de la comunidad, siendo el más destacado de ellos Robert Hooke, que se enfrascó en una agria polémica, en la que, inevitablemente, se vio involucrado Oldenburg por su posición en el secretariado de la Sociedad y su labor en la revista. Esto ha llevado a muchos autores a responsabilizarlo del carácter de la polémica entre Newton y Hooke, y curiosamente fue debido a ella que Oldenburg es mayormente conocido o, cabría decir, mal conocido.
 
El 5 de septiembre de 1677, habiendo trabajado hasta el último momento, Henry Oldenburg muere cerca de Greenwich, en Kent, y allí mismo es enterrado.
 
Desde su fundación hasta su muerte, Oldenburg publicó 136 números de las Philosophical Transactions y fue autor y traductor de 34 artículos.
Oldenburg fue el único secretario de una sociedad científica del siglo XVII que hizo una profesión de la administración de la ciencia. En sus quince años de servicio a la Royal Society creó una correspondencia internacional entre científicos, tradujo al inglés sus trabajos, fundó un sistema completo de archivos y construyó un reporte mensual de los desarrollos científicos. Es decir, Oldenburg fue un promotor, un colector y un publicista de la “nueva ciencia” gracias a su manejo de muchos idiomas, a su enorme número de contactos con científicos y al gran interés que tuvo en esta empresa.
     
Referencias bibliográficas
 
Christianson, Gale E. 1986. Newton. Salvat Editores S. A., Barcelona.
Hall, A. Rupert. y Marie B. Hall. 1962, “Why Blame Oldenburg?”, en Isis, vol. 53, núm. 4, pp. 482-491.
Hall, Marie B. 1965. “Oldenburg and the art of Scientific Communication”, en The British Journal for the History of Science, vol. 2, núm. 4, pp. 277-290.
Stimson, D. 1940. “Hartlib, Haak and Oldenburg: Intelligencers”, en Isis, vol. 31, núm. 2, pp. 309-326
     
En la red
 
Colección completa de los primeros doscientos años de la revista en: rstl.royalsocietypublishing.org
     
____________________________________________________________      
José Ernesto Marquina
Facultad de Ciencias,

Universidad Nacional Autónoma de México.
 
Es doctor por la Universidad Autónoma Metropolitana y actualmente es profesor en la Facultad de Ciencias de la UNAM. Sus áreas de interés son la historia y la filosofía de la física.
 
Rosalía Ridaura Sanz
Facultad de Ciencias,

Universidad Nacional Autónoma de México.
 
Estudió la licenciatura en física en la Facultad de Ciencias de la unam y es doctora por la Universidad de Washington. Actualmente imparte cursos sobre biofísica y física médica en la Facultad de Ciencias de la UNAM.
     
_____________________________________________________
como citar este artículo 
 
     
Entrada109A06   menu2
   
   
Miguel Ariza      
               
               
En 1977, el semiólogo Roland Barthes, en su lección inaugural de la Cátedra de Semiología Literaria en el Colegio de Francia, proponía reconocer tres “fuerzas” en la literatura, que denominó y distinguió con nombres griegos a los que recurría permanentemente: Mathesis, Mimesis, Semiosis. Ante la imposibilidad y el vacío de un metalenguaje que fundamentara teóricamente el sustrato sígnico de carácter narrativo y la imposibilidad de construir universales de significación sobre los más variados contenidos del saber, la Mathesis para Barthes se manifiesta no sólo como un conjunto de ordenamientos, sino como un régimen característico de la Mimesis, es decir: “como representación, que disipa su voluntad de verdad sin renunciar a su poder de evocación”.
 
Así, Roland Barthes indagaba sobre la posibilidad de concebir una ciencia de lo único y de lo irrepetible: ¿por qué no podría haber, de cierta manera, una nueva ciencia para cada objeto? ¿Una Mathesis singularis (y ya no universalis)?

Italo Calvino, en su serie de ensayos Seis propuestas para el próximo milenio recoge esta formulación y la equipara, en el capítulo “Exactitud”, a la solución dada por Robert Musil al dilema entre exactitud e indeterminación contenido en la formulación de todo tipo de saber, quien completa tal aseveración diciendo que existen “problemas matemáticos que no consienten una solución general, sino más bien soluciones particulares cuya combinación permite aproximarse a una solución general”.

Calvino, al igual que Barthes y Musil, compartía esta visualización de lo aparentemente paradójico y a la vez indiviso, esta ciencia de la unicidad de cada objeto que oscila continuamente entre los instrumentos de la generalización científica y al mismo tiempo con la sensibilidad subjetiva dirigida a la definición de lo singular y de lo irrepetible. Incansable lector de todo tipo de relatos y tratados científicos, siempre tuvo en cuenta este vaivén pendular existente entre literatura y ciencia, entre la vivencia matemática y la vivencia creativa del artista, entre el pensamiento abstracto y la vivencia subjetiva productora de tal pensamiento: “si me hubieran preguntado cuántas dimensiones tiene el espacio, si le preguntaran a ese yo que sigue sin saber las cosas que se aprenden para tener un código de convenciones en común con los demás, siendo la primera de ellas la convención según la cual cada uno de nosotros está en el cruce de tres dimensiones infinitas, ensartado por una dimensión que le entra por el pecho y le sale por la espalda, otra que lo traspasa de un hombro al otro, y una tercera que le perfora el cráneo y le sale por los pies, idea que uno acepta al cabo de muchas resistencias y repulsas, pero después fingirá haberlo sabido siempre porque todos los demás fingen haberlo sabido siempre, si tuviera que contestar a partir de todo lo que realmente había aprendido mirando a mi alrededor, acerca de las tres dimensiones que estando en el medio resultan seis, adelante, atrás, arriba, abajo, izquierda, derecha, observándolas, como decía, de cara al mar y de espaldas a la montaña”.

Este discernimiento de Calvino no sólo despliega una reflexión espacial de posiciones y ámbitos, sino además un razonamiento de carácter diagramático en donde el sujeto que construye e interpreta el entorno se manifiesta en acto. Para él, la escritura es visibilidad, proyección de lo visible en la trama narrativa del lenguaje: “capacidad de enfocar imágenes visuales con los ojos cerrados, de hacer que broten colores y formas del alineamiento de caracteres alfabéticos negros sobre una página blanca, de pensar con imágenes. Pienso en una posible pedagogía de la imaginación que nos habitúe a controlar la visión interior sin sofocarla y sin dejarla caer, por otra parte, en un confuso, lábil fantaseo, sino permitiendo que las imágenes cristalicen en una forma bien definida, memorable, autosuficiente, icástica”.

¡Pensar con imágenes! ¿Podría aplicarse al análisis un entramado semiótico narrativo? Es en los estudios del filólogo francés de origen lituano Algirdas Greimas que dicha pretensión va cobrando forma —una de las figuras centrales del estructuralismo moderno, que colaboró de manera muy cercana con Levi-Strauss y Roland Barthes, y fundó la Escuela Semiótica de París. Greimas, señala Broden, “trató de integrar una semántica interpretativa dentro de un modelo generativo de significación; e intentó validar sus modelos hipotético cognitivos de narratividad, actos de habla y emociones a través de análisis descriptivos del discurso”.

Según Paolo Fabbri, Greimas y Calvino “se conocieron en Urbino y fueron amigos durante toda la vida. Más tarde acudieron juntos al funeral de Roland Barthes y, a la muerte de Calvino, Greimas escribió sobre su amigo; mientras el texto Comment j’ai écrit un de mes livres, con su combinatoria irónica de los cuadrados semióticos, es un homenaje de Calvino a Greimas”. El libro al que se refiere el ensayo es Si una noche de invierno un viajero, novela en la que Calvino recrea a su manera el esquematismo y la estructura abstracta de la semiótica narrativa creada por Greimas, un texto que se revela como un verdadero viaje espacio temporal en el que el sistema de análisis greimasiano se convierte en un sistema de generación de escritura y de ordenación de lo narrado.

Como hemos dicho, para Calvino la escritura es visibilidad, proyección de lo visible en la trama narrativa del lenguaje. Entramado que en muchas de sus obras tuvo un carácter matemático combinatorio en su proceso de generación. Sobre todo en sus colaboraciones en el Oulipo: Ouvroir de Littérature Potentielle, fundado el 24 de noviembre de 1960 por el escritor Raymond Queneau, el matemático François Le Lionnanis y una decena de amigos más; esta agrupación era denominada por Calvino de una manera irónicamente amistosa como un grupo casi clandestino de escritores que practicaban la literatura en relación con las matemáticas bajo el signo del divertimiento.

Un oulipiano distinguido fue el matemático francés Claude Berge, cuya novela ¿Quién mató al Duque de Densmore? es en muchos sentidos un ejercicio de visibilidad, y se puede reseñar poco más o menos de la siguiente forma: “el Duque de Densmore muere al explotar una bomba que destruye totalmente su castillo ubicado en la isla de White, lugar a donde se había retirado. Los periódicos de la época mencionan que en su testamento, también perdido en la explosión, había dejado sin herencia a una de sus ocho ex mujeres. Durante sus últimos años, las había invitado a todas a pasar unos días en el castillo. Cada una de ellas fue llevada primero a la isla y luego de vuelta al continente por una lancha, en una sola ida y vuelta. Ninguna recuerda la fecha exacta o la duración de su estancia, pero cada una de ellas sí recuerda con certeza a quién más había conocido en la Isla. La bomba estaba diseñada especialmente para ser escondida en el laberinto del castillo bajo los pilares de la habitación en la que dormía el Duque. Razón por la que era necesaria una larga preparación a escondidas en el laberinto, lo que significa que la asesina tuvo que efectuar varias visitas al castillo para poder activarla”.

Los encuentros entre las invitadas fueron ocurriendo de la siguiente manera: 1) Ann ha visto a Betty, Cynthia, Emily, Felicia y Georgia; 2) Betty ha reconocido a Ann, Cynthia y Helen; 3) Cynthia ha percibido a Ann, Betty, Diana, Emily y Helen; 4) Diana ha divisado a Cynthia y Emily; 5) Emily ha visto a Ann, Cynthia, Diana y Felicia; 6) Felicia ha observado a Ann y Emily; 7) Georgia ha advertido a Ann y Helen; y 8) Helen ha percibido a Betty, Cynthia y Georgia. La relación “x ha visto a y” (es decir, han coincidido en el tiempo de visita) se expresa en la
figura 1, la cual proporciona el marco perfecto para una feliz aplicación de la teoría de gráficas a un misterioso asesinato, en particular de la de intervalos: se dirá que una grafica es de intervalos cuando exista una colección de intervalos (cerrados y conexos) de la recta real, tales que cada uno de los vértices de la gráfica representa un intervalo de dicha colección y dos vértices comparten una arista si y sólo si la intersección de sus correspondientes intervalos es no vacía. De acuerdo al propio Berge, en su libro Gráficas e hipergráficas, fueron los matemáticos György Hajós y Norbert Wiener los primeros en estudiar este tipo de gráficas.
 
 Figura1A06
 Figura 1. Gráfica de intervalos.
 

Berge señala también, en el libro ya referido, que cada gráfica de intervalos debe ser triangular, es decir, si tiene ciclos de longitud mayor a tres debe existir una cuerda entre dos vértices no consecutivos del ciclo. Por lo tanto, toda grafica que contenga un ciclo de longitud cuatro, en el que los pares de vértices no consecutivos no sean adyacentes, no puede ser una grafica de intervalos. En el diagrama podemos ver dos ciclos inducidos de longitud 4: achg y abhg, que no cumplen con las condiciones anteriores. Por otro lado, si observamos la configuración generada por los vértices a, b, c, d, e, f, podemos percatarnos que hay un triángulo inscrito en un hexágono. Si esos seis vértices representan seis intervalos sobre un eje, se produce una contradicción: por razones de simetría podemos suponer que los intervalos b, d, f, que deben ser ajenos dos a dos, están situados en el eje en este orden, libre de la elección de cambiar los vértices; entonces el intervalo a que tiene una parte común con los intervalos b y f debería cubrir el intervalo d, que está en medio de ellos, esto es falso ya que en la gráfica el vértice a no está relacionado con el vértice d. Razón por la cual la gráfica trazada no puede ser una gráfica de intervalos.

La persona culpable tendría que estar incluida en cada una de las configuraciones, aun más, al quitar el vértice que la representa en el diagrama, la gráfica tiene las propiedades de una gráfica de intervalos. Por lo tanto Ann, la mujer denotada con la letra a, es la asesina.
 
Así es como Berge resuelve la trama de su pequeña novela policiaca, mediante una construcción diagramática y el razonamiento matemático como recurso literario. El pensamiento matemático se inserta al interior del relato como eje de articulación relacional para lograr la inteligibilidad de las acciones de los personajes y así resolver el misterio. Sin embargo, ¿desde un punto de vista semiótico es posible visualizar un relato para, relacionalmente, obtener conjuntos de regularidades de carácter semántico?, ¿es posible hacerlo por medio de la construcción de una semiótica de los sucesos contenidos en el relato? Veamos.

El presupuesto según el cual el contenido de una manifestación compleja está en función de los contenidos de sus partes componentes expresa claramente una intuición que solemos tener sobre lo múltiple, implica una reflexión sobre la relación entre el todo y sus partes componentes, involucra una teoría de las multiplicidades que entraña atributos de naturaleza matemática y presenta el problema de cómo los seres humanos nos relacionamos con los entornos del mundo para generar unidad de sentido. La significación es un proceso de síntesis y precisa de la construcción de un espacio conceptual de sentido para el posible análisis de sus correlatos textuales.

Dentro del paradigma imperante en semántica formal, las teorías axiomáticas construidas en algún lenguaje artificial son consideradas, probablemente, como las únicas formalmente consistentes. Sin embargo, el lingüista danés Louis Hjelmslev, en una de sus obras más importantes, Prolegómenos a una teoría del lenguaje, expone los principios, conceptos y métodos de una teoría del lenguaje consistente y con pertinencia axiomática clara. El aparato axiomático construido por Hjelmslev intenta constituirse en un “álgebra lingüística” que podemos concebir como una modalidad del estudio entre el todo y la parte (enmarcada en la tradición de la lógica algebraica booleana), y cuya regla de correspondencia principal es la relación de presuposición. En este sentido, desde un punto de vista axiomático, el sistema de definiciones que conforma la teoría lingüística figurada en los Prolegómenos puede instituirse en un “sistema relacional”, cuyo predicado primitivo resulta ser la presuposición, a partir de lo cual podemos concebir la construcción de una teoría semiótica de carácter presuposicional, aprovechando los recursos de la matemática moderna.

En su obra, Hjelmslev introduce el andamiaje teórico para la determinación de los tipos de relaciones de dependencia que ocurren en el eje sintagmático del discurso (sucesiones) y aquellas que acontecen en su eje paradigmático (sustituciones). Con base en una propuesta que he elaborado desde una perspectiva “semiótico matemática”, las ordenaciones de magnitudes discursivas de carácter aspectual —los sucesos de un relato— generadas presuposicionalmente, sintagmática y paradigmáticamente, integran conjuntos parcialmente ordenados susceptibles de organizarse dentro de un “álgebra relacional”, cuya representación geométrica es de carácter diagramático (arbóreo y reticular), posibilitando así una esquematización por medio de la teoría de categorías.
 
La narratividad como proceso de semiosis
 
Uno. Desde un punto de vista diagramático, un relato puede visualizarse, en primera instancia, como un conglomerado accional de dimensión extensa, susceptible de modulaciones y conexiones relacionales. Es una multiplicidad inconsistente, una extensión primigenia de la que emerge la construcción de sentido. Una multiplicidad, potencialmente infinita, de sucesos puestos en situación sin más ordenamiento que el de las posibles trayectorias de sus aconteceres. Desde este punto de vista, el relato (visto como texto) es un “nono discurso”, la postulación de la existencia positiva de una entidad semiótica de la que sólo puede formularse la hipótesis de que por medio de un proceso constructivo es posible concebirlo como unidad de sentido (figura 2).
 
 Figura2A06
 Figura 2. Texto potencial.

Dos. Es en un plano segundo cuando realmente se comienza a hacer texto, es decir, por medio del análisis el relato comienza a configurarse como una entidad relacional construyendo el objeto al momento de designarlo. De esta manera, nuestros objetos son entidades narratológicas y no hechos reales. Esta designación es la que posibilitará conferir a los objetos sometidos a análisis la calidad de existentes al interior del relato. Es en este proceso relacional donde los sucesos ocupan una posición definida con respecto del relato y entre ellos mismos. Cada suceso, entonces, toma una localización definida dentro del “entorno diagramático” y con respecto de todos los demás sucesos inmersos en él. La ordenación de los sucesos depende de la puesta en marcha de una regla de correspondencia que articule sus relaciones de contigüidad sintagmática. En términos relacionales, la ordenación de los sucesos depende de una relación de orden que los articule, ésta es la relación de presuposición. El reconocimiento de los vínculos presuposicionales en un relato posibilita una lectura desde el final hacia el inicio —de los sucesos consecuentes a los antecedentes—, destacando la relevancia —el carácter necesario— de esas magnitudes semióticas con vista al final.

Así, la relación de presuposición es un principio de ordenación sintagmática que discierne y modula los sucesos de una narración en cada uno de sus ámbitos correspondientes. Su regla de correspondencia es la siguiente: un suceso dado S presupone a otro suceso dado S’ siempre que: S sea condición suficiente para S’ y S’ sea condición necesaria para S; es decir, el que S sea una condición suficiente para S’, significa que siempre que ocurra S, ocurrirá asimismo S’; la presencia (ocurrencia) de S basta para asegurar la presencia (ocurrencia) de S’. El que S’ sea una condición necesaria de S significa que toda vez que ocurra S’ ha de ocurrir asimismo S; la presencia (ocurrencia) de S exige o supone la presencia (ocurrencia) de S’ (figura 3).
 
Figura3A06 
 Figura 3. Sistema paradigmático.

Con la regla de correspondencia anterior damos a los sucesos calidad de existentes, pasando de ser entidades “inmersas” en un entorno potencial, a sucesos pertenecientes a un relato, lo que en el fondo se genera es una “membresía”. Sin embargo, no es una “membresía ociosa”, ya que funda una división paradigmática entre dos situaciones límite: en la primera, la distribución de los sucesos es totalmente independiente si cada uno de los sucesos no presupone ningún otro; y en la segunda, la distribución es totalmente dependiente si cada uno de los sucesos presupone algún otro de manera única y secuencial. En uno de los extremos los sucesos se inscriben en el relato con plena independencia unos de otros; en el otro de los extremos, los sucesos son articulados por la presuposición de manera total, resultando totalmente dependientes unos de otros.

La división paradigmática expuesta da lugar a lo que Hjelmslev ha denominado “sistema”, el cual estará delimitado por las situaciones límite ya descritas, y que son los “horizontes posibles” de toda configuración discursiva. En un extremo se configura una progresión discursiva totalmente “cardinal”, en donde cada suceso es autónomo y forma una “constelación” de “autonomías”; en el otro extremo se configura una progresión narrativa de carácter “ordinal” y los sucesos dependen totalmente unos de otros.

Entre ambas delimitaciones se encuentran las configuraciones presuposicionales de todos los relatos posibles, ca da relato es un “proceso” que media entre ambos límites, que puede o no coincidir con alguno de ellos. Entre los extremos existe una gradación en la que imperan, en mayor o menor medida, “modulaciones” de carácter presuposicional. Los dos horizontes operan como “moldes límite” hacia los que está orientada en mayor o menor medida la modulación continua de carácter presuposicional, y ambas situaciones límite corresponden a los lugares comunes de la retórica aristotélica; son el resultado de formas narrativas estereotipadas, de ahí que la complejidad y la riqueza accional de un relato se encuentre alejada de (“modulada” entre) ambas configuraciones límite.

Entonces, lo que era una entidad diagramático potencial, una entidad amorfa en la que todo está inmerso e indiferenciado, se transforma en una entidad de carácter arbóreo, un árbol de presuposición compuesto por los sucesos del relato, una entidad diagramática diferenciada, dotada de relaciones de contigüidad sintagmática, un universo tensivo sujeto a deformación, una entidad “analógica” no lingüística compuesta de “figuras” (los sucesos) que dependen de las propiedades de elasticidad del relato (figura 4).
 
Figura4A06 
 Figura 4. Árbol presuposicional.
 

El árbol entero representa un conjunto ordenado jerárquicamente de manera estricta. Fungiendo las acciones como inscripciones que los acontecimientos dejan fijadas en el texto; en este sentido, cada acción reconocida en el texto puede concebirse como un suceso elemental con cierto grado de autonomía. Puede ser visualizada, dice Paul Ricoeur, como un “cuasitexto que deja una marca, un trazo, un rasgo, y que adquiere una autonomía semejante a la autonomía semántica de un texto”.

Así, el diagrama es la actualización de un ámbito potencial por medio de una acción intencional constructiva, cuya visualización o captación trasciende la concreción singular de su trazado gráfico, de su creación más o menos convencional o arbitraria, de su presentación singular y de su posible referente representacional. Articulación relacional que se torna figurativa y que entraña un pensamiento interior, médula o manifestación de la producción semántica. En este sentido, el quehacer diagramático es un permanente actuar en labor constructiva, doble trabajo en interioridad y exterioridad, cuyo primer aspecto apunta a “la construcción, la elaboración en sí del espacio constituido por el diagrama, e interroga finalmente su fijeza, su origen, la legitimidad de su postulación, su pertinencia fundacional”, como indica Guitart, y cuyo segundo aspecto interroga su movilidad, su flexibilidad, su transformabilidad, la legitimidad de su uso y su funcionalidad.

Tres. Como lo señala Javier de Lorenzo, tanto en el hacer matemático como en el terreno del lenguaje humano es insuficiente restringirse a la noción formal de código, ya sea lingüístico o proposicional, debido a que se deben tomar en cuenta también contextos y recreaciones. Es decir, cualquier texto escrito es un diagrama que carece de valor en sí, como objeto, si no se tiene presente el valor potencial de ser actualizado en cada momento, en cada instante. Y es ese valor potencial el que posibilita la construcción real del texto como objeto semiótico.

Tomemos como ejemplo un pequeño relato de Julio Cortázar titulado La conservación de los recuerdos: “Los famas para conservar sus recuerdos proceden a embalsamarlos en la siguiente forma: Luego de fijado el recuerdo con pelos y señales, lo envuelven de pies a cabeza en una sábana negra y lo colocan parado contra la pared de la sala, con un cartelito que dice: ‘Excursión a Quilmes’, o: ‘Frank Sinatra’.”

“Los cronopios, en cambio, esos seres desordenados y tibios, dejan los recuerdos sueltos por la casa, entre alegres gritos, y ellos andan por el medio y cuando pasa corriendo uno, lo acarician con suavidad y le dicen: ‘No vayas a lastimarte’, y también: ‘Cuidado con los escalones’. Es por eso que las casas de los famas son ordenadas y silenciosas, mientras en las de los cronopios hay una gran bulla y puertas que golpean. Los vecinos se quejan siempre de los cronopios, y los famas mueven la cabeza comprensivamente y van a ver si las etiquetas están todas en su sitio”.

Desde un punto de vista semiótico, todo análisis de un relato pasa por la identificación de acciones y su integración en secuencias narrativas, tomando en cuenta efectos semánticos producto de formas esquemáticas subyacentes. Para ello, de acuerdo a la propuesta teórica de Roberto Flores, distinguiremos lo siguiente: “cambios de tiempo, de espacio, de actores [...] uso de conectores lógicos como son las conjunciones, [...] los cambios de tema-disyunción tópica recurrencias frásticas o lexemáticas y, finalmente criterios gráficos que distinguen, por ejemplo, entre párrafos y capítulos. Así como: acciones terminadas, acciones que duran, acciones sin terminar, estados, deverbalizaciones (nombres de acción), derivados de raíz verbal (nombres de oficio), adjetivos, nombres (de emoción y sentimiento), construcciones de tipo estativo, verbos de creencia, y frases subordinadas. De esta manera se imponen dos operaciones de extracción de los sucesos: a) la segmentación del relato en sus secuencias constitutivas, según criterios semánticos de delimitación que corresponden a los criterios aristotélicos de delimitación de la unidad dramática: unidad de tiempo, espacio y acción; b) una vez dada dicha delimitación, los sucesos considerados son aquellos que afectan o caen bajo la responsabilidad de los protagonistas del relato: al ámbito de los sucesos donde interviene el enunciador lo llamamos enunciación enunciada; al ámbito de los sucesos en donde intervienen los protagonistas los llamamos, de una manera poco redundante pero explícita enunciado enunciado”.

La segmentación de nuestro relato nos permite reconocer las secuencias que serán tomadas como ordenaciones iníciales, previa a la articulación presuposicional subyacente. Es posible segmentar en cuatro secuencias el texto elegido, de las cuales haremos el análisis presuposicional para las más importantes: las dos primeras.

Secuencia 1. “Los famas para conservar sus recuerdos proceden a embalsamarlos en la siguiente forma: Luego de fijado el recuerdo con pelos y señales, lo envuelven de pies a cabeza en una sábana negra y lo colocan parado contra la pared de la sala, con un cartelito que dice: ‘Excursión a Quilmes’, o: ‘Frank Sinatra’”.

Secuencia 2. “Los cronopios, en cambio, esos seres desordenados y tibios, dejan los recuerdos sueltos por la casa, entre alegres gritos, y ellos andan por el medio y cuando pasa corriendo uno, lo acarician con suavidad y le dicen: ‘No vayas a lastimarte’, y también: ‘Cuidado con los escalones’”.
 
 
 Figura5A06
 Figura 5. Árboles parciales de presuposición, 1 y 2.

Al extraer las acciones y sucesos e identificar sus vínculos presuposicionales, obtenemos un árbol para cada una de las secuencias reconocidas (figura 5). Al desplegar ambos trayectos presuposicionales podemos observar dos grandes bloques de sucesos que se encuentran en alternancia, miembro a miembro, como una suerte de simetría de oposiciones, dos formas opuestas de hacer persistir la memoria: fijar/dejar suelto, envolver/andar por el medio, colocar de pie/pasar corriendo, etiquetar/decir (figura 6).
 
Figura6A06
 Figura 6. Proceso de fusión presuposicional.

El transito fugitivo de los recuerdos que aparecen y desaparecen a su antojo, precipitándose hacia el pensamiento, convocados a la memoria por medio de una evocación sensible, retenidos por el acto de decir de los cronopios se contrapone a la fijación voluntaria de aprehensión e identificación por medio de etiquetas elaboradas por los famas. Dos formas de la anamnesis que se contraponen en el acto de /hacer-persistir/ que, como explica Flores, “involucra una dinámica de fuerzas en donde se supone una acción que contrarresta u obstaculiza una tendencia a la desaparición del recuerdo y que sin embargo no indica ni el modo en que se retiene el recuerdo en la mente ni el modo de su convocación en la reminiscencia”.

Un despliegue de dos trayectos narrativos en tensión que conforman, por un proceso de metaforización dos formas del persistir de la memoria: la / rememoración / en el caso de los famas, y la / remembranza / en el caso de los cronopios. Los actores del relato, cronopios y famas, mantienen historias independientes que al mismo tiempo son correferentes y contradictorias, y entran en contacto para fusionarse en una sola y misma historia, La conservación de los recuerdos, que continuará ulteriormente, regida por dos entidades esquemáticas, las cuales conducen ambos trayectos confluentes: / rememoración / y / remembranza /.

Dos esquemas narrativos que darán origen a un retículo booleano<E, » ñ>, donde: », es la presuposición entre esquemas narrativos y E={/hacer-persistir /, / rememoración /, / remembranza /, / conservar recuerdos /}, esto es, el conjunto de esquemas narrativos, y que da lugar a la estructura algebraica: <E, », ∏, , / hacer-persistir /, / conservar>/ recuerdo>/> (figura 7).
 
Figura7A06
Figura 7. Retículo booleano de esquemas narrativos

Podemos así transitar hacia una pequeña categoría algebraica (figura 8). Y en este espacio semiótico, el entorno genérico / hacer-persistir / es transformado por medio de una serie de instanciaciones de carácter composicional en el entorno de carácter esquemático / conservación del recuerdo /, producto de la puesta en acto de una estructuración dinámica originada por los morfismos: Et: / hacer-persistir /→ / rememoración /. Dt: / hacer-persistir /  →/ remembranza/.
 
Figura8A06
Figura 8. Categoría algebraica

Dados los esquemas narrativos I1: / rememoración / e I2: / remembranza/, las correspondientes instanciaciones del espacio genérico / hacer-persistir / son esquemas narrativos que operan como espacios de entrada que darán origen a la integración semántica una vez ocurrido los morfismos CE:  / rememoración / → / conservar recuerdo / y Cd: / remembranza / → / conservar recuerdo / .

Así, la composición CE° Et: / hacer-persistir / → / conservar recuerdo / es isomorfa a la composición Cd° Ed: / hacer-persistir / → / conservar recuerdo/ , razón por la cual es posible pasar directamente del espacio genérico / hacer-persistir / al espacio de integración / conservar recuerdo/ , equiparando de esta manera el principio de composicionalidad semántica con el de composición entre morfismos.
Todo ello nos permite visualizar también el sistema entero como un proceso de simbolización, donde el esquema narrativo / conservar recuerdo / resulta ser producto de este otro proceso de síntesis, paradigmática; es decir, nos encontramos con que las dos entidades paradigmáticas / rememoración / y / remembranza /, que se encuentran en exclusión por ser ajenas semánticamente la una con respecto de la otra, entran en participación por medio de un proceso de fusión paradigmática de índole metafórica.

Este pequeño sistema relacional de carácter simbólico puede ser entonces visualizado diagramáticamente con una estructura de Klein (figura 9). Este entorno diagramático se encuentra regulado por un conjunto de modulaciones que, tomando en cuenta todas las diversas relaciones de contigüidad presuposicional en el eje sintagmático, se sintetizan formando en el eje paradigmático un entorno solidario entre tres grandes ámbitos que están en firme interdependencia, los cuales se hallan composicionalmente entrelazados de tal modo que la desaparición de cualquiera de ellos origina la desaparición del entorno entero. Si bien es verdad que el esquema narrativo /conservar recuerdos / semánticamente puede nominar el proceso entero, no es suficiente para proclamar su autonomía con respecto de los esquemas narrativos /rememoración/ y /remembranza/, por lo que no es posible determinar el significado de un relato únicamente a partir de los sucesos que lo constituyen, visualizados como magnitudes autónomas que se adicionan “composicionalmente” para dar al relato su sentido, sino que deben ser tomados en cuenta los efectos semánticos, producto de formas esquemáticas subyacentes, ya que se torna imposible designar una totalidad de sentido global a partir de la simple aditividad de sucesos autónomos.
 
Figura9A06 
 Figura 9. Diagrama hexagramático

Hemos creado así un par de estructuras diagramáticas, una booleana y la otra kleineana de carácter hexagramático, que son análogas al despliegue dimensional mencionado por Calvino; una terna de magnitudes se entrelazan creando composicionalmente un anudamiento relacional entre tres ámbitos que emergen del proceso generativo de la semiosis.

A partir de lo anterior podemos afirmar que, siempre que tengamos trayectos narrativos, ordenados presuposicionalmente, que se desdoblen en el plano sintagmático del discurso y converjan en la aparición de un suceso singular, podemos inferir la existencia de sus correspondientes esquemas narrativos. Tales entidades paradigmáticas formarán un proceso de simbolización-metaforización que relacionalmente y composicionalmente se comportará como una estructura hexagramática.
Todo ello dentro de los umbrales que un ejercicio de “visibilidad” permite. Una confección diagramática que comporta un despliegue figurativo que articula compacidad y conexidad, interioridad y exterioridad, delimitaciones y fronteras. Un pensamiento gracias al cual se descubre lo que está allí desde el inicio, a saber, el diagrama y el sujeto como su descubridor, pero que sin embargo se mantiene siempre abierto para dar cuenta de lo no dicho, de todo aquello que queda aún por explorar, de las múltiples y variadas interpretaciones textuales que el quehacer diagramático está aún por construir y formular.
     
Nota
Este artículo es una versión actualizada de la ponencia presentada en el “Coloquio Absolución del conocimiento. Reflexiones e intersecciones entre arte y ciencia”, celebrado en la Facultad de Ciencias de la UNAM, en el marco de las celebraciones de su 70 aniversario.
     
Referencias bibliográficas
 
Ariza, Miguel. 2007. “Teoría semántica y matemáticas. Filosofía e historia de las ideas matemáticas”, en Mathesis. Serie III vol. 2 núm. 1 pp. 73-97. México, UNAM.
_____. 2010. “Pensamiento diagramático e integración conceptual” en AdVersus. vol. VII núm. 18. pp. 107-128. (‘II
RS’ ROMA-BUENOS AIRES)
_____. 2012. “Hacia un modelo presuposicional de semiótica algebraica”. Tonos Digital. núm 22. Universidad de Murcia, España.
Berge, Claude. 1970. Graphes et hypergraphes. Dunod, París.
_____. 1994. Qui a tué le duc de Densmore? La bibliothèque oulipienne, París.
Broden, Thomas F. 1994. “Ensayo conmemorativo. A. J. Greimas (1917-1992)”, en Escritos, revista del Centro de Ciencias del Lenguaje, núm. 10, pp. 151-194.
Calvino, Italo. 1962. El camino de San Giovanni. Siruela, Madrid. 2003.
_____. 1985. Seis propuestas para el próximo milenio. Siruela, Madrid. 2005.
De Lorenzo, Javier. 1994. “El discurso matemático: ideograma y lenguaje natural”, en Mathesis, vol. 10, núm. 3, pp. 235-254.
Fabri, Paolo. 2000, noviembre 16. Paolo Fabbri sobre Italo Calvino. [Entrevista con Covadonga G. Fouces González], en antroposmoderno.com/antro-articulo.php?id_articulo=510
Flores, Roberto. 1991. “Segmentación y clausura del discurso”, en Morphé, núm. 5. pp. 109- 140.
_____.2004. “Recordando las definiciones”, en Tópicos del seminario, núm. 12. pp. 81- 106.
Guitart, Rene. 2003. Evidencia y extrañeza: matemática, psicoanálisis, Descartes y Freud. Amorrortu, Buenos Aires.
Hjelmslev, Louis. 1994. Prolegómenos a una teoría del lenguaje. Gredos, Madrid.
Mier, Raymundo. 2008. “Escritura crítica y semiótica: ética y política de la práctica literaria”, en Andamios, vol. 5, núm. 9, pp. 7-23.
Ricoeur, Paul. 2002. Del texto a la acción: ensayos de hermenéutica II. FCE, México
     
____________________________________________________________      
Miguel Ariza

Facultad de Ciencias,
Universidad Nacional Autónoma de México.
     
_____________________________________________________
 
como citar este artículo 
 
     
Você está aqui: Inicio Blog (2) revistas revista ciencias 109-110