revista de cultura científica FACULTAD DE CIENCIAS, UNIVERSIDAD NACIONAL AUTÓNOMA DE MÉXICO
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El “Hoy No Circula” y nosotros los mexicanos
 
 
 
Héctor G. Riveros y Enrique Cabrera
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Cuando en el mes de noviembre de 1989 se implantó el programa “Hoy No Circula” se hizo con el fin de retirar de la circulación, en los días laborables, el 20% de los autos particulares. Con ello se esperaba una reducción hasta del 12% en las emisiones contaminantes de los vehículos dado que éstos son responsables del 60% de las emisiones de los vehículos y como consecuencia se esperaba la correspondiente reducción en el consumo de la gasolina.
 
Las bondades del programa se podrían alcanzar solamente si la población que utiliza ese transporte se quedara en su casa esos días. Si por el contrario, se desplaza en algún otro vehículo, o usando el transporte público, las emisiones por este medio de transporte y el consumo de gasolina se incrementan considerablemente, reduciendo así el impacto que se perseguía inicialmente con el programa.
 
Al retirar el 20% de los vehículos particulares, en principio, se debía facilitar la circulación en las calles reduciendo así los embotellamientos y por consiguiente la contaminación y el consumo de gasolina. Sin embargo, al sumar el incremento en el consumo del transporte alternativo, no podía esperarse una reducción significativa en la contaminación, pero sí un aumento considerable en las molestias a que está sujeta la población.
 
De estos simples razonamientos se deriva que el programa “Hoy No Circula” carece, desde un principio, de fundamentos sólidos que permitieran reducir la contaminación y el consumo de gasolina y por ello nunca debió de implantarse.
 
Por otro lado la experiencia del programa indica, al comparar los índices de contaminación de la ciudad de México antes y después de aquel 20 de Noviembre de 1989, que no se detectaron cambios significativos en los niveles de contaminación (como se decía debían haber ocurrido) ni tampoco se observó, como se muestra en la figura 1, una disminución en el consumo mensual de la gasolina en esas fechas, hecho que por si solo probaría que la medida estaba funcionando. Esto obedece a que las fluctuaciones estadísticas causadas por cambios en los vientos y en las emisiones son mucho mayores que las debidas al programa.
 
 
Figura1
Figura 1. Consumo de Gasolinas en la zona Metropolitana de la ciudad de México. Nótese que no hay cmabio significativo a fines de 1989.
 
En la figura 2 se muestran las ventas de coches en todo el país para los años comprendidos entre 1960 y 1993 (en número de unidades). En ella se observan las reducciones drásticas en las ventas, claramente asociadas a la situación económica por la que atraviesa el país, más que a cualquier otro factor.
 
Figura2
Figura 2. Ventas totales de las cinco marcas que venden coches en el país. Se nota claramente las reducciones asociadas a la mala situación económica.
 
 
Si se considera que la medida del “Hoy No Circula” (desde sus inicios cuando era de forma voluntaria) tuvo sus orígenes allá por el año de 1987, ésta bien puede estar relacionada con una drástica caída en el volumen de ventas de coches nuevos. Como resultado de la recuperación en las ventas en el año de 1989, el incremento de coches en circulación compensó la reducción diaria de vehículos asociada con el programa “HNC”, volviendo a tener embotellamientos similares a los observados antes de la implantación de la medida. Esto influyó también a que no se haya observado ninguna disminución en el consumo de la gasolina.
 
Una vez más, los mexicanos habíamos encontrado la manera de obedecer una ley y al mismo tiempo seguir viviendo igual que antes: “Me compro un segundo coche”, “No vendo la carcachita”, “Se lo pido prestado a mi compadre”, etc., son algunas de las medidas a que se recurre para seguir con los desplazamientos acostumbrados. Las actividades cotidianas del mexicano continúan igual que antes.
 
Medidas para reducir las distancias recorridas como pueden ser el cambiarse cerca del lugar de trabajo o a un trabajo cercano a la casa, o cambiar a los hijos a escuelas más cercanas, o medidas como adecuar los itinerarios para evitar las horas pico y reducir los embotellamientos, son medidas poco utilizadas, pero que pueden reducir los consumos de gasolina y la contaminación ambiental así como los gastos.
 
Cabe hacer hincapié que la reducción observada en el consumo de gasolina en el Valle de México en 1995 (última columna de la figura 1), se debió más a las condiciones económicas del país que a una racionalización de su consumo.
 
Al inicio el programa “Hoy No Circula” parecía ser un éxito, pero ello se debió sólo a las condiciones meteorológicas favorables que prevalecieron. Con el paso de los años el programa “Hoy No Circula” ha demostrado su ineficiencia para cumplir con sus cometidos y finalmente parece que está en vías de ser derogado. Sólo ha servido como fuente de ingresos extraordinarios para el mercado automotriz, para los talleres de servicio y los verificentros y para algunas personas encargadas de cuidar que los coches no circulen. Es cierto que la gran mayoría de los mexicanos nos hemos apegado al programa, sin embargo, en el medio intelectual en el que nos desenvolvemos, solemos ser muy distraídos y olvidar alguna vez que el coche no puede circular, lo que suele costarnos desde la mitad de la multa establecida hasta la totalidad de ésta y un día en el corralón.
 
El método escogido para derogar el programa es lento. Empieza por reconocer que los coches con convertidor catalítico emiten de 10 a 15 veces menos contaminantes que un vehículo sin convertidor, y por lo tanto, es mejor que circule todos los días dándole la calcomanía “cero” si realmente emite pocos contaminantes. Se inventó una calcomanía “uno” para los coches exentos del “Doble Hoy No Circula”, y la calcomanía “dos” que indica que se está dentro de los niveles establecidos pero que se le aplica el “Doble Hoy No Circula”.
 
Cuando los niveles o Índice Metropolitano de Calidad del Aire (IMECA) llegan a valores cercanos a los 300, para poder reducirlos a niveles seguros para la población, es necesario reducir las emisiones a un 50%. Esto se puede lograr suprimiendo la circulación de casi la totalidad de los coches particulares que, como se mencionó anteriormente, son responsables del 60% de las emisiones. Tales condiciones tienen lugar en aquellos días del año en que sopla muy poco el viento, situación que es fácilmente predecible con 24 horas de anticipación; ya que corresponden a un anticiclón sobre la ciudad de México y que por lo tanto pueden tomarse las medidas pertinentes antes de que esto suceda.
 
Como medida intermedia en estos casos se aplica el “Doble Hoy No Circula” situación en la que (entre otras medidas) se retira de la circulación el 40% de los coches particulares.
Afortunadamente, los días de contingencia ambiental son pocos en el año y cabe esperar que vayan siendo menos conforme dejen de circular los coches sin convertidor catalítico.
 
La política actual fomenta la compra de coches nuevos en sustitución del “viejito”, desechando la idea de conservar a éste como el segundo coche o comodín. Esto es conveniente para todos, inclusive para los que no tenemos un coche nuevo pues, en definitiva, ¡todos respiramos el mismo aire!
 
Como ya es costumbre, no falta un pelo en la sopa, en lugar de establecer como condición única que los niveles de emisión estén por debajo de ciertos límites para optar por la calcomanía “cero”, se pide además que sean coches con convertidor catalítico y que sean del año de 1993 o más reciente. Esto tiene dos inconvenientes: primero, que aunque alguien logre que su coche emita con valores inferiores a los limites establecidos para la calcomanía “cero” no la pueda obtener. Segundo, se sabe que existen coches anteriores a 1993 que tienen ya convertidor catalítico y que por sus niveles de emisión pueden pasar la prueba sin problemas, pero que no se les da la calcomanía por el solo hecho de ser modelos anteriores a 1993, aunque tengan convertidores catalíticos nuevos.
 
En detalle, el primer punto influye en que desalienta a probar otros dispositivos o a la conversión del sistema a poner un convertidor catalítico. Esto desalienta a que se realicen proyectos en los centros de investigación para desarrollar nuevos dispositivos o catalizadores alternativos.
 
Pero lo que realmente parece inconcebible es que a los coches de provincia se les niega “a priori” la posibilidad de tener la calcomanía “cero” o la calcomanía “uno” sin importar el modelo, el año ni los niveles de emisión. Esto parece inverosímil, pero se puede confirmar con amigos y conocidos, que hayan traído sus coches a verificar a la ciudad de México para tener la calcomanía “cero” y poder venir cualquier día de la semana, pero se encontraron con que se les niega el servicio por venir de provincia. Por ser una prueba voluntaria para los vehículos de provincia y solamente se les da la calcomanía “dos”, resulta que pagan y hacen cola para salir con los mismos derechos con los que entraron. ¿Para qué entonces perdieron su dinero y su tiempo verificando el coche?
 
Esta restricción contribuye a la fama de prepotencia que se nos asocia a los chilangos en provincia. La verdad es que no se entiende la lógica de esta medida, hasta donde se sabe todos los mexicanos somos iguales (aunque sospechamos que la Constitución es un libro poco leído en nuestros días). Es más, en los estados en que se tienen centros de verificación, éstos deberían de estar capacitados para dar calcomanías “cero” o “uno” según sea el caso.
 
Es de esperar que estas líneas sirvan para corregir una falla administrativa que causa un malestar innecesario en la población y que, por otro lado, tampoco les reditúa un beneficio. En principio, acaso las autoridades no están a nuestro servicio.
 
Aunque sospechamos que la corrección va a tomar un tiempo, ya que la disposición de que solamente coches del Distrito Federal y del Estado de México pueden exentar, fue publicada en el diario oficial del 29 de enero de 1997. Por otra parte, es de reconocerse el esfuerzo de producir gasolina Premium con menos de 100 ppm de azufre, lo que evita el envenenamiento prematuro del convertidor catalítico. La nueva Magna-Sin, aunque con menor contenido de azufre, todavía afecta el convertidor catalítico.
 
Pero parece que esto sólo es un derroche de optimismo, como lo demuestra la frecuencia y los límites establecidos en la verificación obligatoria, la cual tampoco puede influir en la reducción de la contaminación por la manera en que se efectúan las medidas. Pero ese es tema de otro texto.
 
Los puntos analizados en esta nota son particularmente importantes ahora que las ciudades de Guadalajara y Monterrey presentan problemas de contaminación atmosférica. ¡Se debe evitar cometer los mismos errores que se han cometido en el Distrito Federal!Chivi51
 
Héctor G. Riveros y Enrique Cabrera
Instituto de Física,
Universidad Nacional Autónoma de México.
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como citar este artículo
Riveros, Héctor G. y Cabrera, Enrique. (1998). El "hoy no circula" y nosotros los mexicanos. Ciencias 51, julio-septiembre, 26-29. [En línea]
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  imago  
     
Cuando la naturaleza imita al arte
 
 
 
César Carrillo Trueba
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Desde sus orígenes la fotografía ha sido víctima de un debate en el que se disputan su paternidad las bellas artes y la ciencia. Hoy día, el empleo y la difusión de nuevas tecnologías ha reavivado esta ancestral discusión. La digitalización y manipulación de imágenes ha llevado incluso a algunos a proponer una legislación que obligue la mención del uso de estas técnicas en la publicación de una imagen fotográfica. Por su parte, quienes ven en estos medios un mundo a explorar, un espacio de creación, los defienden a capa y espada en ocasiones en nombre del tan deteriorado “progreso”.
 
Al igual que las de varios autores, las fotografías de Art Wolf realizadas con estas técnicas viven en medio de la polémica. Este connotado fotógrafo de naturaleza ha puesto en circulación, junto con su tradicional trabajo de gran calidad, una serie de imágenes creadas en la computadora con base en fotografías tomadas por él mismo. En muchas de ellas su fuente de inspiración ha sido el trabajo del artista holandés M. C. Escher. Clásica es ya aquella en donde las líneas de los cuerpos de un grupo de cebras se entremezclan de tal manera que resulta casi imposible delimitar sus contornos.
 
EscherEscher
La dificultad para detectar la manipulación de las imágenes ha provocado el enojo de quienes defienden la supuesta “pureza” del documento fotográfico; mas su belleza ha sido suficiente argumento para enfrentar los cuestionamientos. Además, como lo señala Joan Fontcuberta, en cada paso de la creación de una fotografía existe una dosis de manipulación. “Encuadrar es una manipulación, enfocar es una manipulación, seleccionar el momento del disparo es una manipulación... La suma de todos estos pasos se concreta en la imagen resultante, una ‘manipulación’ sin paliativos”. En síntesis, la manipulación es “una condición sine qua non de la creación”.
 
 
 
 
 
 
Quizá el revuelo que han causado las imágenes de Art Wolf se deba a que la fotografía de naturaleza ha mantenido un estilo bastante clásico, lejos de las vanguardias que brotan constantemente en la llamada fotografía artística. Sin embargo, al igual que en esta última, la práctica de una serie de manipulaciones es algo común, desde amarrar con un mecatito a un animal para que no se mueva, hasta las imágenes obtenidas por medio de sofisticados dispositivos que se accionan con el movimiento de un animal colocado en un espacio diseñado ex-profeso, pasando por el juego de óptica y encuadre que permite dar la impresión de que un animal en cautiverio se encuentra en su medio natural.
 
 
WolfArt Wolf
La conclusión de Joan Fontcuberta en torno a esta cuestión es interesante. La manipulación de una imagen no puede ser condenada en sí, ya que toda fotografía es producto de cierta manipulación; “lo que sí está sujeto al juicio moral son los criterios o las intenciones que se aplican a la manipulación”. Estigmatizar una imagen digitalizada y manipulada resulta un tanto absurdo, sobre todo si se trata de fotografías que por su efecto logran despertar interés en cuestiones sociales, políticas, ambientales, etcétera.
 
 
 
 
 
Como bien lo dice el fotógrafo indú, Shahidul Alam, “si podemos pintar con luz, podemos pintar con sueños, podemos crear la neblina de la mañana o el resplandor del atardecer. ¿Acaso es falso? De ninguna manera. En nuestra tenue existencia, cualquier cosa puede ser falsa, menos la imaginación. Todo lo que valoramos y luchamos por defender, todo lo que nos da fuerza, está hecho de sueños. Por eso debemos continuar soñando. Y si los pixeles son el vehículo para realizar nuestros sueños, que así sea”.Chivi51
César Carrillo Trueba
Facultad de Ciencias,
Universidad Nacional Autónoma de México.
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como citar este artículo
Carrillo Trueba, César. (1998). Cuando la naturaleza imita al arte. Ciencias 51, julio-septiembre, 36-37. [En línea]
Ciencia y filosofía: la renovación de
las preguntas
solapa51
Edna Suárez

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El desarrollo de la filosofía de la ciencia a partir de los años 60 —y sus complejas y en ocasiones conflictivas relaciones con disciplinas como la historia, la sociología, la antropología y la psicología— han generado una diversificación tal de nuestra visión de la ciencia, que en ocasiones parece haberse diluido la certeza de que exista algo que definitivamente pueda ser catalogado así.
 
Se me antoja útil una analogía con la vieja discusión en torno al concepto de especie entre los biólogos. Como es conocido, durante mucho tiempo se pensó que las especies se definían por una esencia o tipo que las caracterizaba desde el momento de la Creación. Sin embargo, poco a poco algunos naturalistas reconocieron que esa definición no era compatible con un creciente número de observaciones y creencias. La única opción sensata parecía ser la de proponer que las especies eran simplemente nombres con los que se designa a los individuos que comparten un número de características. Como sabemos, la disyuntiva se disolvió, grosso modo, con el reconocimiento de la evolución de las especies, y la más reciente aceptación de que éstas son individuos históricos (debido en gran parte a los argumentos de filósofos de la biología, como David Hull y Elliot Sober).
 
En los últimos 30 años, la tendencia dominante en el campo de los estudios de la ciencia ha sido comprender y escudriñar las consecuencias de la idea de que la ciencia es un ente histórico, que no se caracteriza por un tipo de racionalidad o de metodología que le sea esencial, pero que tampoco es un mero nombre para referirnos a lo que se hace en las escuelas y facultades de una universidad. La ciencia, ese ente histórico, es resultado de las complejas y cambiantes interacciones entre las personas y el mundo, pero no sólo. La ciencia es también resultado de las relaciones entre la gente. Y, haciéndome eco de una importante vertiente de los estudios sobre la ciencia, debo agregar que la ciencia es además resultado de las interacciones entre hombres y mujeres.
 
Dicho así, pareciera que hay pocas cosas nuevas bajo el sol. Sin embargo, las implicaciones de esta idea pueden ser —de hecho han sido— radicales, llegando en algunos casos a cuestionar y modificar nuestras creencias más fundamentales en torno a la ciencia. Si ésta es el resultado histórico de las relaciones de las personas entre sí y con el mundo, no hay razón para pensar que lo que hoy consideramos conocimiento científico no pudiera ser de otro modo.
 
La expresión más radical y polémica de esta idea se encuentra en el llamado “programa fuerte de la sociología de la ciencia” (Barnes y Bloor): la verdad de un enunciado no explica su aceptación. Pero si bien muchos autores no coinciden con esa escuela sociológica, hoy en día no hay quien dude de que la construcción de la ciencia, como todo proceso histórico y social, depende de las contingencias atrincheradas en la historia previa y en las circunstancias presentes, las cuales restringen tanto el tipo de problemas que se plantean como el desarrollo de soluciones en uno o en otro sentido. Aquí no me refiero a cuestiones tan vagas y subjetivas como la consabida pregunta acerca de la “madurez” de una época para recibir un “descubrimiento” (palabra que, por cierto, los estudiosos de la ciencia consideran sospechosa y en general han sustituido por “construcción”). No, me refiero a cuestiones tan locales y materiales como si un determinado sistema experimental —que a su vez depende del tipo de técnicas y materiales que se consideran aceptables en un área científica y con los cuales inicia su investigación un grupo— generará el tipo de preguntas interesantes que, por poner un ejemplo real, los lleve de la investigación de los virus causantes del cáncer al arn de transferencia.
 
¿Por qué fue tan difícil aceptar para la ciencia lo que el historicismo desde el siglo XIX ha reconocido para cualquier otra esfera de la historia humana? La respuesta debemos buscarla no sólo en la convicción, profundamente moderna, de que la ciencia nos acerca a esa verdad que la sociología y la historia contemporáneas encuentran problemática, sino también en el estatus político y, más en general social, que le han ganado a la ciencia sus éxitos en el mundo material. Y sin embargo, no hay nada que nos diga que el desarrollo de la ciencia, como la evolución de las especies, debía seguir inevitablemente la dirección que de facto ha seguido. De la misma manera en que la circunstancia de que un meteorito haya generado la extinción de los dinosaurios y facilitado la evolución de nuestros antepasados, así las costumbres de los gentilhombres ingleses del siglo xvii son factores que permiten entender algunas de las normas científicas más apreciadas, como la famosa evaluación entre pares y la reproducción de los resultados obtenidos en la investigación. Asimismo, la convicción de que una explicación científica apela a leyes universales, sería impensable sin la interacción entre la teología cristiana y las necesidades legislativas del moderno Estado-Nación, y su inserción en una concepción del Universo creado por un Supremo Legislador.
 
Una vez asumido que la ciencia es un ente histórico, el siguiente paso es aceptar que los factores que intervienen en la construcción de conocimiento científico son más variados de lo que tradicionalmente estábamos dispuestos a admitir. Ello ha generado, entre otras cosas, un creciente interés por lo que se llama la “cultura material” de la ciencia, es decir, la historia de los objetos (materiales, instrumentos, máquinas), que los científicos utilizan en su trabajo experimental o de campo. Este tipo de investigación se ha ligado con frecuencia al estudio de la transmisión de las “prácticas” científicas, reconociéndose a las tradiciones —concepto sociológico aparentemente opuesto a la visión de una ciencia “progresiva”— como los contextos en que se lleva a cabo tanto la reproducción de la cultura, incluida la material, como de las prácticas científicas. Asimismo, se ha reconocido la enorme variedad de recursos explicativos de la ciencia, y la naturaleza pragmática de la construcción de teorías, modelos y analogías. El estudio de todos estos factores sociológicos, etnológicos y psicológicos ha tenido profundas y muy diversas repercusiones en la filosofía de la ciencia de los últimos 15 años, como lo muestra la colección “Problemas científicos y filosóficos”.
 
El pasado 3 de febrero se presentó en la facultad de Filosofía y Letras de la UNAM la colección “Problemas científicos y filosóficos”. Inicialmente ya se han publicado cinco volúmenes: la traducción de los ya clásicos libros de Ian Hacking, Representar e intervenir, y de Bas Van Fraassen La imagen científica; el libro de Sergio Martínez De los efectos a las causas, y las antologías sobre Epistemología evolucionista (editada por Sergio F. Martínez y León Olivé) y Racionalidad y cambio científico (editada por Ambrosio Velasco).
 
Esta colección constituye un impulso importante para todos aquellos que se interesan en el tema de la naturaleza de la ciencia. Paradójicamente, ilustra no sólo la gran diversidad de posturas que conviven en torno a la ciencia, sino la convicción de que eso que llamamos “ciencia” no tiene precisamente una “naturaleza”.
 
El libro de Ian Hacking que inicia esta colección, no es sólo un excelente ejemplo de las mencionadas tendencias, sino un catalizador de las mismas. Cuando lo leí por primera vez me hizo recordar apasionadamente las ideas marxistas sobre el conocimiento y la relación de la persona con la naturaleza. Desde su aparición en 1983, este libro ha sido referencia obligada en el área de los estudios de la ciencia. Hacking nos recuerda que, si bien una parte importante del quehacer científico consiste en la representación del mundo mediante modelos, analogías y teorías de diferente rango, no podemos perder de vista el papel que cumple nuestra intervención en el mundo. Existe una actividad sumamente importante en la ciencia, para la que ni siquiera tenemos un nombre, nos dice Hacking. A esta actividad podemos llamarla creación de fenómenos, la cual ocurre en contextos tecnológicos producidos por la gente, y requiere el desarrollo de habilidades y prácticas científicas. A ella dedica Hacking sus páginas más originales.
 
Bas Van Fraassen, por su parte, es otro de los grandes filósofos de la ciencia contemporánea. Su libro La imagen científica es un clásico que proporciona un excelente tratamiento del tema de la explicación científica. Para Van Fraassen, la aceptación de una teoría científica no implica que sea necesariamente verdadera, sólo que es empíricamente adecuada. Pero el poder explicativo de una teoría no se limita a su contenido empírico, sino que tiene una dimensión pragmática. Para Van Fraassen ello significa que una teoría incorpora en sus explicaciones importantes elementos del contexto en el cual se hacen las preguntas y se formulan las respuestas.
 
El libro de Sergio Martínez, De los efectos a las causas, también trata de la explicación científica. En este caso el autor defiende —mediante reconstrucciones históricas detalladas— la idea de que en la ciencia conviven diferentes patrones de explicación científica, como el patrón de explicación por leyes de la mecánica clásica y el patrón de explicación seleccionista, inaugurado con la teoría de la evolución de Darwin. El libro de Martínez es un largo argumento a favor de la relevancia —para la filosofía de la ciencia— de los estudios de historiadores y sociólogos. Los científicos construyen explicaciones mediante los recursos y decisiones que son accesibles en un determinado contexto. Y es inútil indagar por la “naturaleza” de las explicaciones científicas: éstas se construyen de manera local, y no existe un solo tipo de ellas, sino varios, que tienen su origen en distintas coyunturas históricas de la ciencia.
 
Las dos antologías de esta colección, Epistemología evolucionista y Racionalidad y cambio científico, presentan una muy amplia gama de artículos en torno a dos temas cruciales de la filosofía de la ciencia contemporánea. La primera reúne trabajos que intentan aplicar la teoría de la evolución, y en particular la idea de selección natural, para clarificar diferentes aspectos de la construcción del conocimiento y del desarrollo de la ciencia. Este enfoque evolucionista ha tenido un gran impulso a partir del reconocimiento de que cosas tales como la ciencia o la racionalidad no tienen una “esencia”, sino que son entes históricos. Algunas epistemologías evolucionistas intentan, por ejemplo, clarificar hasta qué punto nuestras capacidades biológicas, construidas por la acción de la selección natural, pueden explicar nuestra manera de conocer y de hacer ciencia (Campbell). Otras, en cambio, buscan desarrollar explicaciones seleccionistas para dar cuenta de la elección entre teorías (Popper), o el desarrollo de diversas formas de conocimiento y la evolución de las comunidades científicas (Hull, Richards, Martínez). Asimismo, se incluyen artículos que cuestionan el alcance de dichas epistemologías (Cordero, Thagard).
 
Finalmente, los artículos incluidos en Racionalidad y cambio científico enfrentan el problema más debatido en la filosofía post-kuhniana: el tema de la racionalidad científica y el debate en torno al relativismo. El problema surge del reconocimiento de la historicidad del conocimiento científico. ¿Cómo debe reaccionar la filosofía de la ciencia ante este hecho? Muchos autores han defendido que las normas y características de la ciencia deben estudiarse empíricamente, con ayuda de la sociología, la psicología o la historia de la ciencia. Para otros, en cambio, la filosofía de la ciencia no puede dejar de ser una disciplina normativa, siempre y cuando entienda que las ideas de progreso y racionalidad (que son ellas mismas ideas normativas) tienen un fuerte componente histórico y social; es aquí, por cierto, donde se ha discutido la relevancia del concepto de tradición (abordado en algunos artículos). Ahora bien, si la labor de la filosofía es todavía prescribir normas, ello implica que es posible hacer comparaciones entre diversos productos históricos. ¿Pero es posible o no?
 
Ante el caudal de estudios de los últimos años, que se enfocan a los aspectos estrictamente locales y contingentes de la ciencia, la reflexión filosófica de cuestiones de carácter general se hace necesaria. Más aún; ante las enormes implicaciones de la ciencia en la vida moderna, resulta indispensable el diálogo entre las ciencias y las humanidades. La colección coeditada por el Seminario de Problemas Científicos y Filosóficos, el Instituto de Investigaciones Filosóficas de la UNAM y editorial Paidós, es un excelente comienzo, una revitalización de la literatura disponible de estos temas en idioma español, cuyas publicaciones —al menos en nuestro país— parecían haberse detenido hacía 30 años.Chivi51
Edna Suárez
Facultad de Ciencias,
Universidad Nacional Autónoma de México.
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como citar este artículo
Suárez, Edna. (1998). Ciencia y filosofía: la renovación de las preguntas. Ciencias 51, julio-septiembre, 60-63. [En línea]
 
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 Diversidad biológica de México.

Orígenes y distribución
Bibliofilia51
T.P. Rammamoorthy, Robert Bye,
Antonio Lot y John Fa (compiladores).
 
Instituto de Biología,
Universidad Nacional Autónoma de México, 1998.

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La diversidad de la vida ha sido objeto de interés para el hombre desde que éste apareció en la Tierra. Los pueblos antiguos —mediante su interrelación con los elementos de la diversidad biológica que los rodeaba— desarrollaron sistemas para reconocer, explotar y manejar los recursos naturales a su alcance. Con frecuencia, estos sistemas acompañados de la búsqueda del conocimiento, han sido los antecesores de los grandes avances económicos y culturales; por ejemplo, la Europa renancentista se benefició enormemente del descubrimiento de la considerable diversidad biológica que se encontró al explorar el Nuevo Mundo. De hecho, muchos viajeros volvían con relatos extraordinarios, tanto de su riqueza como de las notables plantas y animales que allí existían. Estos relatos —fantásticos o realistas— ampliaron el concepto europeo de la diversidad y tuvieron efectos profundos en el devenir de la historia mundial, tanto de las naciones y de los países que conquistaron como del desarrollo del intelecto humano: tal fue el resultado de los grandes viajes de exploración (Colón, da Gama, Darwin, Humboldt y otros).
 
En otro aspecto, el estudio de la diversidad biológica abrió el camino al nacimiento de la sistemática moderna, así como, más tarde, condujo a su ocaso tanto el pensamiento tipológico como el esencialismo, impulsando el desarrollo de los conceptos de la biología de poblaciones y de las especies biológicas. La percepción de la biodiversidad también nos ha enseñado que todas las especies son singulares e insustituibles, lo que consistituye la base del actual pensamiento conservacionista. Sin duda, el estudio de la diversidad continuará desempeñando un importante papel en el futuro desarrollo de los conceptos e ideas acerca de la función de ésta en el esquema general de la vida en la Tierra, de la cual formamos parte los seres humanos.
 
 
El reciente interés mundial y los nuevos registros de la diversidad biológica ponen de relieve dos hechos: que el conocimiento de la biodiversidad de nuestro entorno es incompleto y que la extinción masiva de taxa —en particular en los trópicos donde la diversidad es máxima— avanza a paso acelerado (Wilson, 1988). La necesidad de conservar las especies en todo el mundo es el resultado de tan preocupante situación, sobre todo porque es en los trópicos donde, al no existir una base confiable de datos taxonómicos, ni siquiera se tiene una clara idea de lo que se está perdiendo. La mayoría de los biólogos están de acuerdo en que la pérdida de los bosques —tanto tropicales como templados— puede conducir a cambios catastróficos en los complejos ecosistemas del mundo, con inimaginables consecuencias para la vida en la Tierra. Sin embargo, cada vez surge más información acerca del papel de las especies en sus comunidades y de las consecuencias ecológicas y económicas de su pérdida. La preocupación que despierta este gravísimo problema sólo se equipara con el inmenso reto de documentar la biodiversidad.
 
El comprender que el grado de biodiversidad varía de unas a otras partes del mundo ha llevado a reconocer a algunas naciones como países de megadiversidad (Mittermeier, 1988). Por su abundancia de especies, México está incluido entre éstos, después de Brasil, Colombia e Indonesia y antes de naciones como China y Australia. En muchos aspectos, México es un ejemplo de los retos que plantea y las oportunidades que ofrece la biología tropical: no existen estudios completos de su flora o fauna; sólo en parte están exploradas las grandes zonas abundantes en especies (el sur tropical) o centros de endemismo (las provincias morfotectónicas de la Faja Volcánica Transmexicana y la Sierra Madre del Sur, según las define Ferrusquía). La taxonomía de muchos grupos bióticos del país es poco clara; la bibliografía científica sobre la biota mexicana es bastante copiosa, pero en muchos casos, estas publicaciones no se pueden conseguir en México; la mayoría de la información producida localmente y contenida en tesis sigue inédita, y por ello no está al alcance ni de los académicos mexicanos ni de los del extranjero. La necesidad de compilar esta información y de llevar a cabo una exploración intensiva para completar el inventario biológico es grande; el principal objetivo de este libro —que es en gran parte producto del simposio sobre biodiversidad de México llevado a cabo en 1988— es recopilar datos acerca de diferentes grupos representativos de la biota mexicana para ponerlos al alcance tanto de los mexicanos como de la comunidad mundial.
 
El libro esta organizado en seis grandes secciones y éstas en capítulos; en el primero de ellos se exponen los antecedentes históricos y geológicos, e incluye  también un ensayo acerca de la diversidad de las plantas fanerógamas de México y sus orígenes. Las secciones segunda y tercera estan divididas en capítulos en los que se tratan, repectivamente, los más importantes grupos faunísticos y florísticos; varias de estas contribuciones exponen, entre otros temas, la diversidad (abundancia o riqueza de especies), el endemismo y la distribución, incluyendo un ensayo acerca de la diversidad ecológica en los grajos, llamados queisques de ceja blanca. La cuarta sección se ocupa de los patrones fitogeográficos en ecosistemas contrastantes: la floras de México de la selva húmeda y de la vegetación alpina. La quinta sección presenta dos ensayos etnobiológicos: uno sobre la influencia humana en la diversificación de las especies vegetales y el otro sobre los aspectos de la domesticación de plantas en México. La última sección proporciona un panorama sinóptico de la biodiversidad mexicana y una revisión de los hábitats terrestres del país.Chivi51
Fragmento de la introducción.
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como citar este artículo
Rammamoorthy, T.P. y Bye Robert, Lot Helgeras Antonio, Fa John. (1998). Diversidad biológica de México. Orígenes y distribución. Ciencias 51, julio-septiembre, 62-63. [En línea]
 
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