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Irma Hernández Ventura, Gabriela Monsalvo Velázquez
y Alejandro Trueba Carranza
     
               
               
Ante la actual globalización en el usufructo de los recursos
naturales y genéticos, la historia sobre su preservación como tema de jurisprudencia adquiere especial relevancia más allá de aspectos meritorios (o de justicia histórica) ante la voracidad del comercio mundial, particularmente de las compañías comercializadoras de semillas, que pretenden, cada vez con mayor descaro, apropiarse del germoplasma generado por los pueblos indígenas y campesinos mediante francos esquemas de lucro. Elinor Ostrom se adelantó al señalar los diversos tipos de problemas en torno a derechos de propiedad que impiden la acción colectiva y los derechos de acceso, usufructo, distribución, difusión y apropiación del conocimiento que genera o mantiene una innovación privada y las leyes que la consagran.
 
Ante este contexto, es necesaria la sistematización de la historia viva de las variedades de un cultivo, la cual va desde las prácticas agrícolas hasta el valor en la formación intrageneracional del capital humano. Desafortunadamente, hasta hoy, por cada cincuenta escritos sobre el maíz y su ámbito fitogenético, patológico, cromosomático y factores gametofíticos, existen apenas dos o tres documentos en torno a las personas que atienden, protegen, conservan, seleccionan, heredan y transforman ese material genético en sus múltiples variedades. Asimismo, en esta historia marginal hay olvidos y sesgos. Se dice que, en México, a lo largo de décadas las variedades de maíz nativas han sido protegidas, conservadas y reproducidas más por hombres que por mujeres, sin darle el justo valor, atención y seguimiento a este grupo productor, a las innumerables custodias que han aportado tanto a la conservación de los maíces nativos, mal llamados criollos.
 
El llamado maíz ajo o tunicado nos da pie a ahondar en este aspecto un tanto soslayado. Nadie podría describir la trayectoria histórica de esta variedad tan bien como sus custodios, una historia que abarca las últimas tres generaciones de custodios de este ancestral maíz en la comunidad de origen otomí de San Juan Bautista Ixtenco, Tlaxcala, en la zona central de México.
 
Prácticas agrícolas y género
 
En muchos municipios de México los agricultores que cultivan maíz (Zea mays, L.) contribuyen a la conservación y generación de la diversidad genética in situ. Así mantienen en la práctica las variedades locales tradicionales, pues las pasan de generación en generación. En Tlaxcala se siembran anualmente alrededor de ciento veinte mil hectáreas con maíz, de las cuales seis mil utilizan semilla mejorada de híbridos comerciales que han llegado a ellos mediante diversos programas de difusión y transferencia de tecnología que ha habido en el estado.
 
Los hombres que han tenido a su cargo el resguardo del maíz ajo en la comunidad de Ixtenco descienden de familias otomíes, cuyas prácticas culturales impregnan tres áreas de dominio: familia, red cercana y presencia comunitaria. Los maíces producidos allí adquieren nombres para identificar las variedades nativas que son conocidas como: sangre de cristo, rojo carmín, morado, azul, rosa, negro, amarillo, blanco, cacahuazintle, gatito, tomando particular relevancia una raza primitiva que han denominado como maíz ajo o maíz tunicado por su apariencia similar a las cabezas de ajo.
 
Estas variedades nativas de maíz son destinadas principalmente al consumo humano, son un abanico gastronómico vinculado a festividades religiosas asociadas con las prácticas culturales agrícolas (recuadro). El maíz ajo, por el contrario, ha tenido una presencia muy discreta, manteniéndose la tradición familiar del custodio de sembrarlo entre otros maíces y cambiando año con año los sitios. La historia contada en el seno familiar es ilustrativa.
 
Historias de custodios
 
En el año 1905 nació José Hernández Solís. A la edad de trece años se le encomendó la responsabilidad de trabajar en el campo ayudando a su padre, Sabino Hernández, cuya familia, otomí como muchas otras, trabajaba al servicio de la Hacienda de San Antonio Tamariz, ubicada en el municipio de Nopalucan, actualmente Puebla. Fue entonces, justo en 1918, cuando su padre le heredó una gran riqueza: el maíz ajo, para que lo siguiera sembrando y conservando, cuidando no perderlo. Durante casi medio siglo José cumplió cabalmente esta proeza.
 
Festividades y prácticas agrícolas en San Juan Ixtenco, Tlaxcala
A continuación se presentan las festividades religiosas introducidas con la evangelización de la zona a principios de siglo vinculadas con las prácticas agrícolas de producción de maíz en el municipio de Ixtenco, así como un breve análisis de género con relación a éstas en virtud de la creciente presencia de la mujer campesina en tales actividades, fundamental para contextualizar la futura custodia del maíz ajo: Irma, hija del custodio en turno.
 
2 de febrero, Candelaria. Se usa maíz blanco y rojo para hacer tamales; el negro y el rojo para elaborar atole agrio. Junto con el niño Jesús, los niños y las diversas variedades de semillas nativas colocadas en cestos adornados se presentan en el templo para recibir la bendición religiosa como la concesión de la gracia del cuidado, conservación y producción de las semillas. Esta tradición comenzó a cambiar para adecuarse a las necesidades prácticas de las unidades productivas de mujeres, ante la ausencia de varones por la migración.
 
Primeras dos semanas de marzo, equinoccio de primavera. En estas festividades las antiguas culturas prehispánicas, como la otomí, preparan la ceremonia de Fuego Nuevo junto con flores, incienso y danzas para recibir un nuevo ciclo lunar que marca la siembra de nuevos procesos de fertilidad. Se prepara la tierra para el cultivo, removiéndola con animales o maquinaria para el rastreo, la nivelación, y la incorporación de abono orgánico. En épocas prehispánicas, las mujeres se encargaban de la preparación del agua como vínculo esencial de la fertilidad y a los hombres se les dejaban el cuidado del Fuego y del viento por representar la fuerza y poder necesarios para la fecundación de las semillas del nuevo ciclo de vida. Hoy, este proceso ha cambiado y las mujeres participan en las actividades de preparación del Fuego, elevando su papel a rango celestial.
 
Marzo y abril, Cuaresma y Semana Santa. En la Cuaresma se usa maíz rojo molido con canela para la preparación de pinole y en la Semana Santa se mezcla el maíz de diversas variedades nativas para preparar platillos típicos sin carne. También se utiliza el maíz sangre de cristo para proteger los cultivos de los eclipses. En esta época se siembra maíz de temporal, aunque se dice que por el cambio climático estas prácticas agrícolas se han recorrido un mes. Antiguamente, la siembra de temporal era una actividad propia de los hombres, pero actualmente estos roles han cambiado, orillados más por condiciones socioeconómicas y de repatriación que por el reconocimiento del papel de las mujeres en la agricultura contemporánea. En esta temporada se asocia la fertilidad de la tierra con la fertilidad femenina y se considera que al protegerla con el maíz sangre de cristo (con la capacidad de repeler las energías negativas) también se preserva la energía cósmica que genera eclipses lunares. Esta idea de fuerza de protección y provisión de alimento está ligada a los roles de masculinidad tradicional.
 
15 de mayo, san Isidro Labrador. Se utiliza maíz nativo de todos los colores para preparar atoles, tamales, gorditas, aguas, guisados y postres. Para las zonas de temporal es tradición de arraigo (desde la Conquista) ofrecer una celebración eucarística en el campo, donde al terminar los agricultores y sus familias comparten platillos típicos preparados a base de maíz nativo de diversos colores y significados. Se cree que si llueve ese día es porque san Isidro avisa a los agricultores que tendrán un buen temporal y que es grato su trabajo a los ojos de dios. El papel de las mujeres durante esta festividad gira en torno a la preparación de alimentos como ofrenda para los asistentes.
 
24 de junio, san Juan Bautista y Festival del maíz. Se preparan platillos asociados con maíces nativos donde se destaca el atole agrio hecho a base de maíz rojo y negro. Se construyen cuadros y portadas del templo decorados con maíz de todas las variedades, entre las que sobresale el maíz ajo. El maíz está presente en artesanías, vestimenta, comida, libros, música, celebraciones religiosas, accesorios de belleza y decoración. El maíz (en forma de accesorios de belleza y decoración) se utiliza como lenguaje subliminal de lo femenino y lo masculino.
 
Junio y julio, fiestas desde san Juan Bautista hasta Santiago Apóstol. En estas festividades se utiliza el maíz rojo y negro para mantener las fuerzas negativas y ocultas lejos, para proteger a todos de enfermedades y malestares familiares, de ciclones y mal tiempo. Al cumplirse el mes y medio de haber sembrado el maíz, se aplica la primera fumigación y, veinte días después, se administra la segunda para el combate de malezas, insectos y enfermedades. Hasta hace veinte años, las actividades de tales tratamientos intensivos eran propias de los hombres; sin embargo, desde hace diez años, cada vez más mujeres se incorporan a estas labores. En algunos casos dichas tareas se ven como pruebas que marcan la iniciación de los hombres para mostrar su madurez física y sexual.
 
Septiembre y octubre, proceso de dar gracias por las cosechas. Comienza la cosecha de maíz de riego y de temporal. Actualmente se mantiene en algunos lugares la tradición del almuerzo en el campo durante los procesos de siembra, cosecha y riego. En esta práctica no se da la combinación de roles (donde los hombres lleven a sus esposas el almuerzo o la comida).
 
Octubre, noviembre y diciembre, cierre de año litúrgico eucarístico. Antiguamente, la selección y conservación de mazorcas para la siembra del año siguiente eran actividades propias de los hombres. Actualmente hay mujeres instruidas para esta labor.
 
Rememorando a su abuelo, José Vicente Hernández Alonso, actual custodio del maíz ajo, narra el siguiente relato: “el dueño de la hacienda había pedido que todos los costales que salieran de maíz indio o ajo se quemaran, que porque esa había sido la orden de los frailes de ese tiempo [...] mi papá me contó que el abuelo había llenado unas ollas y las escondió en la troje; por la noche las sacó y las echó al burro para venirse al pueblo. Aquí limpió las mazorcas y las desgranó, les echó ceniza y otras cosas que ayudaban para mantenerlas sin gorgojos ni manchas hasta la siembra [...] Desde entonces igual que antes, se siembra escondido entre las milpas en medio de las parcelas. Sólo así lo hemos podido lograr”.
 
En 1961, José Vicente lo recibió para continuar con férrea convicción la reproducción del maíz ajo, tal y como su padre lo había hecho, manteniéndolo hasta nuestros días; y no sólo eso, también lo ha enriquecido mediante procesos de hibridación múltiple, lo que le ha permitido generar una enorme variabilidad de colores en las glumas, los granos, el tunicado y las mazorcas.
 
No obstante la fortaleza que aún mantiene José Vicente, está consciente que un legado como el que ha recibido y enriquecido no está sujeto a improvisaciones; desde este momento ya prepara a su sucesora para tan importante compromiso: su hija Irma, ingeniera agrónoma de profesión, primera custodia mujer, plenamente consciente de la enorme responsabilidad que habrá de continuar. Esto sucede ahora, cuando el papel de la mujer en la sociedad y en el campo son revalorados, lo que potencia el futuro de este singular maíz primitivo.
 
Algunas de las expresiones de José Vicente Hernández Alonso en relación con su experiencia con el maíz ajo son: “el cuidado de este material de maíz permitirá que nuevas generaciones lo conozcan y cuiden del maíz”; “yo comencé a sembrar el maíz ajo a los trece años, en la actualidad se habla de una explotación infantil en el campo pero no es así en el municipio de Ixtenco. Los padres ahora enseñamos a los hijos, además de buscar las nuevas carreras alternativas, como una ingeniería o licenciatura, doctores, enfermeras o maestros, el amor al campo. Así, hoy ejercen dos tipos de trabajo: son profesionistas y son campesinos. Con orgullo siguen conservando la herencia de los padres para trasmitirla a sus nuevos retoños para saber valorar la riqueza del campo. Yo inculqué a Irma el placer de disfrutar de la riqueza de seguir conservando el maíz ajo”.
 
Cambios generacionales y de género
 
En el campo, el desempeño de la masculinidad se observa en el cumplimiento del rol de proveedor de su hogar y hay una asociación con la cantidad de hijos que procrea, además se asocian estereotipos de género incluso a los cultivos; por ejemplo, tanto en el Bajío como en Ixtenco se juzga el cultivo de alfalfa como “cultivo de viudas”, descalificando al agricultor no sólo en términos de productividad agrícola, sino ridiculizando también las prácticas agrícolas.
 
Dado que la producción de maíz en el municipio no es rentable, aunado a la migración que esto implica, muchos productores buscan obtener dinero para seguir sobreviviendo mediante la innovación —que nace al buscar otras formas de aumentar los ingresos—, por lo que una parte de la producción se utiliza en la elaboración de cuadros, arcos, alfombras alusivos a escenas de la vida cotidiana ligadas al maíz, aprovechando la diversidad y variado colorido de las semillas. Los colores vivos en el maíz están íntimamente ligados al concepto de belleza, al de salud reproductiva y fertilidad de las mujeres, y al falo y masculinidad de los hombres. Esto se refleja en accesorios de belleza como aretes, collares y anillos.
 
En tales creaciones artesanales se manifiesta toda una simbología patriarcal que centra el valor de la masculinidad tradicional en el papel reproductivo-sexual tanto para mujeres como para hombres. Sin embargo, los procesos de cambio de roles emergentes ante la crisis económica, así como la repatriación y la transculturización, han reordenado las posiciones y condiciones de género, incluso en el plano intrageneracional.
 
Así, la mujer custodia en proceso de heredar las semillas del padre enfrenta una masculinidad tradicional, un entorno restrictivo para las mujeres. No obstante, se observa un proceso de cambio en las nuevas generaciones, en el que ya no juzgan peyorativamente a una mujer vinculada directamente a las prácticas agrícolas, como lo son su participación a la preparación de la tierra para la siembra, el cultivo, los arreglos para el turno de riego y pagos, incluso el manejo de maquinaria agrícola y sus implementos, y el proceso de selección, tratamiento, conservación y custodia del maíz ajo, así como el resto de los materiales genéticos propios y colectivos.
 
Dilemas abiertos
Frente a los retos contemporáneos de las nuevas masculinidades, los jóvenes agricultores demeritan la actividad agropecuaria a causa de la crisis económica, que envuelve al mismo tiempo la de la masculinidad. Ante ello quedan más preguntas que respuestas. Dados los cambios de roles y estereotipos de género, ¿la custodia entrante del maíz ajo se verá vulnerada por el rechazo de las esferas masculinas tradicionales?, ¿el empoderamiento individual de la custodia futura servirá de escudo protector para la diversidad de materiales genéticos de maíces nativos frente a las compañías multinacionales comercializadoras de semillas?
     
Referencias Bibliográficas

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Irma Hernández Ventura
Instituto Tecnológico del Altiplano de Tlaxcala.
 
Es ingeniera agrónoma especialista en fitotecnia del Instituto Tecnológico del Altiplano de Tlaxcala de San Diego Xocoyucane, Tlaxcala. Ha participado como técnica para asesorar, capacitar, elaborar proyectos y organizar grupos de las zonas rurales de Tlaxcala, también ha trabajado en el componente de desarrollo de Capacidades y Extensionismo y fue promotora técnica del componente de Agricultura Familiar, Periurban a y de Traspatio de la SAGARPA.
 
Gabriela Monsalvo Velázquez
Unidad de Posgrado, Universidad Azteca.
 
Se licenció en relaciones internacionales en la UNAM. Es maestra en ciencias por el Colegio de Postgraduados en Desarrollo Rural; especialista en Género, Agua y Agricultura. Durante su maestría fue becaria del Instituto Internacional del Manejo del Agua con sede en Colombo, Sri Lanka. Es doctora en problemas económicos de la agroindustria por el ciestaam en la Universidad Autónoma Chapingo, es especialista en mapeo de redes sociales, cooperación institucional, género y desarrollo. Su investigación de doctorado se realizó en colaboración con el Centro Internacional de Mejoramiento de Maíz y Trigo del Consorcio Internacional en Investigación Agrícola.
 
Alejandro J. Trueba Carranza
Dirección General de Educación Tecnológica Agropecuaria, Secretaría de Educación Pública.
 
Es ingeniero agrónomo especialista en suelos de la Escuela Nacional de Agricultura. Estudió la Maestría en Ciencias Agrícolas en el Colegio de Postgraduados, en el que posteriormente fue investigador. Ha trabajado en el Centro de Estudios e Investigación para la Conservación del Suelo y el Agua y en el inifap. Ocupó las Direcciones Generales de Política Agrícola y la de Fomento a la Agricultura en sagarpa. También ha realizado proyectos sobre semillas, producción, comercialización y política para el maíz y a la fecha se desempeña como investigador de la Dirección General de Educación Tecnológica Agropecuaria de la SEP.
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cómo citar este artículo
 
Hernández Ventura, Irma, Gabriela Monsalvo Velázquez y Alejandro Trueba Carranza. 2016. Transmisión generacional de variedades de maíz tunicado en un contexto de migración, cambios sociales y de género. Ciencias, núm. 118-119, noviembre 2015-abril, pp. 28-33. [En línea].
     

 

 

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