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César Carrillo Trueba
     
               
               
No se puede interpretar muestras de poblaciones de maíz de manera eficiente sin conocer lo más que se pueda sobre la gente que ha cultivado ese maíz.
 
Edgar Anderson
     
 
En nuestra relación con la naturaleza, la de inventariar
parece no tener fin, y menos aún cuando se mantienen con vitalidad aquellos procesos que generan novedades y sostienen una larga continuidad en sitios poco atendidos. Las plantas cultivadas suelen tener este rasgo en lugares donde los agricultores son dueños de sus semillas, poseen una cultura inextricablemente ligada a la tierra, se alimentan de sus productos y su identidad misma es inconcebible sin ella. El maíz es un caso típico, una planta que es cultivada tradicionalmente en condiciones muy disímbolas (de altitud, suelo, clima, pendiente y otros factores más). Su inmensa diversidad radica en ello y en las culturas que viven en tal mosaico ambiental. Los procesos en que descansa tal diversidad se mantienen vivos y es por ello que resulta tan difícil hacer un inventario de la totalidad de sus variedades, de los complejos que forman, de las llamadas razas.
 
La presencia en un pequeño poblado otomí de Tlaxcala de maíz tunicado —conocido allí como maíz ajo—, el cual se consideraba desaparecido en México o no se consigna noticia reciente de él, es un buen ejemplo de lo anterior. Que se haya mantenido durante tanto tiempo en una región relativamente cercana a la gran capital sin que se tuviera noticia, sin que alguno de los connotados especialistas remarcara su peculiaridad, no deja de llamar la atención. Se sabía de su presencia en México por diversos textos, como el del célebre genetista experto en maíz, Edgar Anderson, publicado en 1946, así como de su antigüedad por los hallazgos de Mangelsdorf en Bat Cave, Nuevo México, cuyos maíces tunicados remontan a aproximadamente cuatro mil años, (ver fotografía en página 5). Lo curioso es que también hay evidencias contemporáneas de él en África, Suramérica, Estados Unidos y Europa. A partir del reporte elaborado en 1829 por el célebre naturalista francés Geoffroy de Saint Hilaire con base en maíces procedentes de Brasil y Paraguay, quien lo consideró como una variedad, acuñando el término tunicata (Zea mays var. tunicata), éste se volvió casi una constante en toda monografía sobre dicha planta. Reaparece en el vasto tratado escrito por el botánico francés o italiano Matthieu Bonafous en 1833, quien lo bautizó como Zea cryptosperma y exaltara su belleza en una bella ilustración (en portada de esta revista), al igual que lo hicieran los editores del Dictionaire Pittoresque d’Histoire Naturelle et des phénomènes de la nature, publicado en París en 1856 (lámina que se muestra en la página 8). Ocupa un lugar destacado en la clasificación de los maíces elaborada en 1880 por E. Lewis Sturtevant, quien lo ubica también como una especie, Zea tunicata, separada de todas las demás variedades —a las cuales agrupa bajo la especie Zea mays— y es conocida como maíz silvestre, maíz de Oregón, de California o maíz forrajero, con variedades de color blanco, amarillo, rojo y morado, mencionando también la variación bien delimitada que aparece al ser cultivado cerca de las variedades de grano desnudo.
 
Entrados en el siglo xx, Friedrich G. Brieger, investigador alemán radicado en Brasil, se interesa en él y trabaja sobre su genética, comparando el “milhio tunicado paulista” y el boliviano. Anderson lo menciona en varios de sus trabajos pero sin detenerse mucho, aun cuando parece ser común en el sur de Estados Unidos como dan fe diversos textos e ilustraciones. Mangelsdorf lo considera como el ancestro de todos los demás, a lo que Efraím Hernández Xolocotzi hace eco, entablando una polémica que se mantendrá durante largos años, en la cual el gran especialista del maíz reformulará su teoría tripartita, en donde el ancestro es un maíz tunicado, mas no del que aquí tratamos, el que actualmente se conoce en los sitios mencionados.
 
Ante este panorama, son varias las preguntas que surgen. Por un lado, ¿cómo llegó el maíz ajo a todos esos lugares tan alejados?, ¿se difundió junto con las demás variedades que fueron llevadas tempranamente desde América o bien se originó en repetidas ocasiones por la mutación de un gen que ya ha sido identificado? Por otro lado: ¿cómo es que se preservó este maíz en dichos lugares?, ¿por qué razones los integrantes de un pueblo, de una cultura, habrían de mantener una variedad de maíz que no figura entre las más empleadas, las de mayor rendimiento o mejor sabor y textura?
 
Debido a que el rasgo de tunicado es originado por un gen regulador que dispara una ruta de desarrollo, si nos apegamos estrictamente al aspecto genético es prácticamente imposible saber si la presencia de este tipo de maíz en distintas latitudes se deba a su difusión desde América o a una mutación ocurrida en una variedad de maíz sin glumas ya presente allí. En cuanto a lo segundo, hay mucho que decir. Varios autores han señalado las propiedades medicinales que se le atribuyen al maíz tunicado para explicar su persistencia. Hugh C. Cutler observó que en Bolivia los ancianos quechuas lo llaman maíz oculto (puca sara) y que sirve para curar el mal de aire, un conjunto de padecimiento relacionados con los pulmones. A decir de este botánico, serían los curanderos quienes lo habrían llevado hasta Estados Unidos, dispersándolo en su andar por todo el continente americano.
 
Por su parte, Auguste Chevalier, el padre de la etnobotánica francesa, cuenta que en el Congo es venerado como una planta fetiche, y expone la dificultad de dilucidar si las múltiples variedades de maíz, entre ellas el tunicado, son resultado de procesos locales —mutaciones incluidas— o fueron traídas de América. Por otra parte, su valor forrajero parece haber sido el elemento clave de su presencia en el sur de Estados Unidos, en donde la ganadería ha tenido un papel preponderante —es el caso de Texas—, lo que explica que tenga apelaciones locales como maíz de Texas o de Oregón.
 
La dispersión por el mundo de dicha variedad no resulta extraña a la luz de la misma que ha vivido este cultivo. Si bien originaria de Mesoamérica, la siembra de maíz se halla tan enraizada en cientos de culturas distintas, es tan común su consumo bajo diferentes modalidades, que es posible encontrar elaborados mitos sobre su origen en África, Sur y Norteamérica, Asia y hasta en Europa. Son muchos los pueblos que lo consideran nativo e incluso ha habido sendas polémicas académicas al respecto (su supuesta presencia en África antes del intercambio iniciado por Cristóbal Colón es de las más conocidas). No obstante, lo que en todas latitudes destaca es la existencia de innumerables variedades, los paralelismos que emergen al contemplar sus historias, su persistencia en el tiempo en un delicado balance entre variabilidad y estabilidad.
 
Impresiona, por ejemplo, encontrar en Etiopía a un agricultor gamo cultivando maíz amarillo de ciclo corto junto con blanco de ciclo más largo, intercalando además, tal y como se acostumbra en México, calabaza y otras plantas, completamente ajeno al centro de origen de dicho cereal. Es la costumbre, me dijo. Lo mismo se puede ver en Vietnam y China, y ni qué decir de las vastas regiones suramericanas en donde los policultivos tipo milpa son tan comunes. En todos estos sitios, al mirar las mazorcas recién cosechadas se puede apreciar una amplia variabilidad y, sin embargo, la selección de la semilla y el manejo de la nueva siembra mantienen estable cada tipo de maíz y su intervalo de variación.
 
El maíz tunicado de Ixtenco
 
Variación y estabilidad. Estos rasgos propios del cultivo del maíz en milpa me vienen a la cabeza al mirar el maíz ajo en casa de don Vicente Hernández, quien lo ha preservado, al igual que lo hicieran su padre y su abuelo, en sus milpas de la comunidad otomí de San Juan Bautista Ixtenco, en Tlaxcala, muy cerca de Huamantla. Llama la atención la hibridación que se da entre las otras variedades que cultiva don Vicente y el maíz ajo; responde a lo que un acucioso observador como Edgar Anderson denominara como “complejo”, esto es, las variaciones que presenta un tipo de maíz al hibridar con otro, el intervalo que las comprende, incluida su dimensión espacial, lo que permite dar cuenta de su distribución.
 
Así, se puede apreciar el maíz ajo en su forma más establecida y el aumento en el tamaño de la mazorca, su elongación, la forma de los granos y, sobre todo, el tamaño y grosor de la gluma que los envuelve. Las plantas presentan, asimismo, a decir de don Vicente, una serie de variaciones que se ubican también al interior de cierto intervalo.
 
El testimonio de don Vicente Hernández proporciona una perspectiva esclarecedora. Cuenta que fue su abuelo quien llevó el maíz ajo a Ixtenco porque le gustó. Era sólo del blanco pequeño, el prototípico, por decirlo de alguna manera. Nunca dejó de sembrarlo en la milpa y pronto aparecieron mazorcas de color rojo, morado y crema. Su padre lo heredó y siempre lo cuidó. Don Vicente creció así con este maíz y le tomó cariño, por lo que también siguió cultivándolo. Dice que como lo recibió de su padre, quien lo tuvo del abuelo, por eso lo cuida, muy a pesar de que, cuando vende maíz, los compradores lo hacen a un lado, no lo llevan, al igual que a sus híbridos más cercanos. Su mujer lo regañaba por ello, pues merma la venta, pero él escondía las mazorcas en las bolsas de los pantalones y seguía sembrándolo. Lo mismo hace con otro tipo de maíz que da unas mazorcas como agrupadas, que parece fueran varias malformadas y pegadas, de un rojo escarlata, algunas, y otras blancas, como se puede apreciar en la página 6, las cuales heredó también de su abuelo. Los granos de ambos tipos de maíz son depositados de manera dispersa, tres en cada hoyo, de manera que crece una mata por aquí y otra más allá. Son plantas especiales, distintas, bonitas, pues las inflorescencias son grandes, con racimos de flores de mayor tamaño y mazorcas elegantes de verdad; ciertamente, no se ven con facilidad desde lo lejos, se mantienen discretas. Hay un cierto orgullo en sus palabras; dejan entrever una honda satisfacción, muy personal.
 
Al trascurrir la conversación, a este aspecto que podríamos llamar, en parte, patrimonial, pues se trata de la preservación de un legado y de relación con los difuntos de la familia —una forma de mantener viva su memoria, su obra—, se añaden otras razones. Cuando responde sobre las cualidades de este maíz, señala que es muy resistente, ya que sobrevive bajo condiciones de escasez de agua, mal suelo, poca fertilidad y temporal. Y ese vigor pasa a los demás maíces que crecen con él en la milpa, por lo que su presencia favorece la cosecha. Lo mismo que el otro maíz, el contrahecho, que es el que cuida y protege a los demás, algo que en muchos otros lugares de Mesoamérica se atribuye al maíz rojo.
 
Esta discreción en la manera de cultivar tan peculiares maíces es lo que ha tenido por efecto que sus vecinos apenas se enteren de su existencia. Pero, en cierto modo, es característica de la forma como se lleva a cabo la innovación en las comunidades indígenas. Cada persona pone en marcha sus propias iniciativas, las afina y mejora, pero pocas veces éstas son socializadas, adoptadas por los demás. Es quizá esto lo que genera semejante patrón de variabilidad y estabilidad, y que Anderson detectó con gran agudeza: “cualquier intento por obtener un panorama del maíz mexicano se convierte en un problema difícil. El maíz en México es extremadamente variable [...] en un campo de cultivo varía de una planta a otra [...] En un poblado mexicano, una misma variedad suele variar de un campo a otro [...] además, de una región a otra hay grandes diferencias entre variedades. Hay con frecuencia tantos grandes tipos de maíz en un solo poblado mexicano como en todo Estados Unidos y, además, cuando se va a un poblado de otra parte de México se puede encontrar otro tanto de variedades”.
 
A la vez, en ese mar de variabilidad, a escalas determinadas, como la del agricultor individual, las variedades que éste maneja regularmente mantienen una cierta homogeneidad, suficiente como para distinguirlas de otras, al igual que ocurre en una comunidad, en donde sus variedades se diferencian de las de la comunidad adyacente y así sucesivamente. Es por esta razón que Anderson definió las razas como: “un grupo de individuos relacionados con suficientes características en común para poder reconocerlos como un grupo”, negándose a poner nombres en latín a tales agrupaciones, más bien empleando los creados por los propios agricultores indígenas o campesinos, quienes las han establecido y mantenido a lo largo del tiempo. Esto me parece fundamental, ya que no se trata de una categoría cerrada, sino, por medio de la idea de un “complejo”, se esboza una suerte de red cuyos nodos no poseen límites definidos, la cual, al cambiar de escala, emerge nuevamente, a manera de fractal.
 
Esto no quiere decir que no haya intercambio de semillas entre personas, comunidades o de una región a otra, al contrario, es una práctica común, pero es siempre sometida al escrutinio de cada agricultor, que se desenvuelve en condiciones ambientales bien particulares, ya que su milpa puede estar en una ladera con pronunciada pendiente y ser azotada por fuertes vientos o en un plano en donde se anega durante la época de lluvias. Son tales condiciones las que de alguna manera propician la generación de sólidos conocimientos sobre los fenómenos naturales, que constituyen un medio fértil para la inventiva, la cual es generalizada y no restringida a un grupo de especialistas; no obstante, la socialización de las innovaciones carece de canales bien definidos, por lo que generalmente éstas son compartidas en el círculo inmediato, de los amigos y parientes allegados, el familiar y, en ocasiones, se restringen a una persona exclusivamente. Su difusión más allá de estos ámbitos implica una serie de condiciones de mayor complejidad.
 
Pensemos simplemente en el proceso que llevó a la adaptación del cultivo de maíz a condiciones tan diversas de clima, altitud, lluvias, suelos y relieve como las del territorio mexicano, a su asociación con distintas plantas de cada región en la milpa. Esto resultó en una gran variedad de paisajes, tan diversos como el territorio mismo. Podemos decir que la inmersa variación que posee el maíz por su polinización abierta es la materia prima con la que se conformó un mosaico de culturas, en indisociable relación con su entorno, por supuesto. Y la estabilidad de las variedades así creadas es lo propio de cada cultura en sus diferentes escalas, desde lo individual hasta lo regional. Este proceso de unificación y diversificación se sintetiza en la imagen que brinda André Leroi-Gourhan de los factores que en él intervienen. “El medio exterior —constituido por los rasgos de la posición geográfica, zoológica y botánica, así como por los que confiere la vecindad con otros grupos humanos— es muy variable de un grupo a otro; y el medio interior, que contiene las tradiciones mentales de cada unidad étnica, no es menos variable. Se puede plantear que el envoltorio técnico de cada grupo es único en sus aspectos y que una misma película material no puede envolver dos veces un mismo grupo ni dos grupos diferentes en la historia humana; y los productos del contacto de estos dos medios, el interior y el exterior, constituyen soluciones individuales a problemas forzosamente diferentes. Es por ello que cada instante que transcurre en cada pueblo es distinto a todos los precedentes y futuros. El genio étnico radica en gran parte en esas condiciones siempre únicas que se crean”.
 
Una diversidad amenazada
 
Ciertamente, esta perspectiva incluye múltiples posibilidades de relacionarse con la llamada naturaleza, de entender e interactuar con un fenómeno natural determinado, como lo muestra la historia humana y la diversidad cultural contemporánea. Así, actualmente se perfila una nueva forma de actuar ante la gran variedad intrínseca al maíz por su polinización abierta, a saber, la creación de variedades estables en un laboratorio y su venta a los agricultores a cada nueva siembra. Desde esta otra perspectiva, la predominancia a largo plazo de los mismos genes en todo el planeta terminará por reducir dicha variación, homogeneizando bajo ciertos parámetros, como el de un alto rendimiento, una especie cultivada. Tal es el delirio de las compañías agroindustriales, que desean patentar los genes de las variedades obtenidas a lo largo de tanto tiempo por los pueblos indígenas y campesinos y poder someterlos así a su negocio de semillas y agroquímicos-indispensables-para-una-agricultura-moderna, como el glifosato que tan nocivo se ha demostrado. Se trata de una lógica mercantilista, de apropiación de un patrimonio ajeno, que busca generar variedades estables eliminando la variación, base de la vida misma, de su evolución.
 
Bien decía E. Anderson que “el maíz es un sensible espejo de la gente que lo cultiva”. En él se refleja una historia de cerca de ocho mil años, de numerosos pueblos indígenas en su devenir, pero volcada irrecusablemente hacia un presente en donde el maíz sigue siendo la base de la subsistencia, un símbolo de unidad, de comunidad, de constitución humana. Al igual que el caso de Guatemala que dicho autor analiza, quienes preservan hoy día la incalculable diversidad de maíces en México son los pueblos indígenas y campesinos —de ello da muestra el maíz ajo—, y como él mismo lo decía entonces, son pueblos ignorados, considerados como atrasados, de los que poco se sabe. “No se puede interpretar muestras de poblaciones de maíz de manera eficiente sin conocer lo más que se pueda sobre la gente que ha cultivado ese maíz”, concluye en su texto.
 
Esta simbiosis de gente y maíz es un rasgo intrínseco a las culturas mesoamericanas: para la gente de maíz, el maíz es como gente, y así lo trata. Basta mirar trabajar a don Vicente para darse cuenta de ello. El cuidado que pone en cada movimiento, la manera como toma las mazorcas en sus manos, sus gestos al removerlas de la planta, al desgranarlas. “Es igual que la gente. Si se le cuida, va a dar bien”, dice. Una manera de ver, de relacionarse con el maíz, que se aprecia por igual en muchas regiones del país.
 
De esta relación depende la diversidad del maíz en México y, por ser su centro de origen, en el mundo. No es posible por tanto permitir que se atente contra ella, contra este patrimonio de la humanidad. Tiene que seguir prevaleciendo el principio de precaución, se debe mantener la moratoria que impide las llamadas siembras experimentales y el cultivo abierto de maíz transgénico en territorio mexicano, cuna de este cereal, núcleo de su mayor diversidad, espejo que engrandece la historia humana.
 
Referencias Bibliográficas

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En la red
 
     
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César Carrillo Trueba
Facultad de Ciencias,
Universidad Nacional Autónoma de México.
 
Es biólogo egresado de la Facultad de Ciencias, unam y es maestro en Antropología Social y Etnografía por la École de Hautes Études en Sciences Sociales, París, en donde actualmente prepara el doctorado en Antropología Social. Es editor de la revista Ciencias y autor de los libros El Pedregal de San Ángel, Nacho López. Los rumbos del tiempo, La diversidad biológica de México, Pluriverso, un ensayo sobre el conocimiento indígena contemporáneo y El racismo en México, así como de numerosos artículos de divulgación científica publicados en revistas nacionales e internacionales.
     
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cómo citar este artículo
 
Carrillo Trueba, César. 2016. Gente de maíz, maíz como gente. Variación y estabilidad en el infinito complejo-maíz. Ciencias, núm. 118-119, noviembre 2015-abril, pp. 4-11. [En línea].
     

 

 

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